Asegúrate de que descanse mucho, reciba aire fresco y coma bien. Te traje verduras y leche ...
Sí, sí, Olivia. Aquí también tenemos verduras y leche, sabes -dijo una exasperada Augusta mientras contemplaba a su cuñada con las manos apoyadas en las caderas.
Lo sé -respondió Olivia- pero está acostumbrado a las verduras de nuestra granja y no quiero arriesgarme a que se enferme del estómago ...
Olivia, el niño estará bien. Te preocupas demasiado por él. Mira lo saludable que se ve. Aún cuando se contagie el resfrío de Marcus, no le hará ningún daño. Todos los niños se resfrían y eso no los m ... -Augusta se contuvo justo a tiempo antes de que las palabras "no los mata" escaparan de su boca. No quería aumentar en modo alguno la inquietud de Olivia por su hijo menor. Augusta tomó al pequeño que no dejaba de reír de los brazos de su madre y lo acomodó sobre su cadera. Haciéndole sacarse los dedos de la boca, le besó primero la nariz, luego los suaves rizos castaños.
Glaucus pasaba tanto tiempo con ella que casi había comenzado a pensar en él como en su propio hijo. Unos confiados ojos verdes le devolvieron la mirada y Augusta pensó, no por primera vez, que el nombre del niño no podía ser más adecuado: Maximus Decimus Glaucus, el cognomen "ojos verdes" distinguiéndolo de su notable padre, Maximus Decimus Meridius. Depositó al robusto pequeño de dos años sobre sus pies y le palmeó afectuosamente el trasero.
Ve corriendo a jugar con tus primos mientras termino de hornear, Glaucus. Para la cena tendremos tartas de manzana.
Las dos mujeres se quedaron mirando mientras la criatura corría hacia la habitación próxima donde fue calurosamente recibido por sus tres primos mayores. Los cuatro niños de pusieron a jugar de inmediato de un modo tan alegremente ruidoso que Augusta se tapó los oídos mientras hacía girar los ojos fingiendo estar enojada.
Olivia sabía que su cuñada amaba al pequeño Glaucus casi tanto como ella misma.
Por favor, Augusta, no lo descuides -rogó Olivia.
Oh, no lo haré, no lo haré. De veras, Olivia, eres demasiado sobreprotectora cuando se trata de ese niño.
Titus entró patinando en la cocina y cerró la puerta justo a tiempo como para que dos almohadas lanzadas desde el otro lado se estrellaran contra ella. Se secó la frente con fingido alivio.
¿Veo que Glaucus está de regreso? ¿Qué pasa esta vez? ¿Marcus tiene tos nuevamente? -dijo.
Olivia ignoró a su hermano y se dirigió hacia la puerta.
Volveré por él en cuanto Marcus se sienta mejor. Una vez más, gracias por cuidarlo. De veras lo aprecio.
Titus intercambió una mirada con su esposa, quien inclinó la cabeza significativamente en dirección hacia Olivia, de modo que la siguió fuera de la cocina, hacia el frío aire del atardecer.
Olivia -aferró a su hermana por un brazo, forzándola a darse vuelta y enfrentarlo y le dijo en voz baja- ¿Le escribiste a Maximus?
Olivia alzó el mentón en forma desafiante, sabiendo de antemano lo que vendría a continuación.
Le escribo todo el tiempo.
Titus suspiró.
Me refiero al pequeño y lo sabes. ¿Le has dicho a Maximus que tiene otro hijo?
No.
Olivia, prometiste que lo harías.
He estado pensando mucho acerca de ello, Titus, y no puedo hacerlo.
¿Por qué no? El niño es saludable y no está en peligro de morir aún cuando tú creas que cualquier pequeña fiebre acabará con él. No es justo hacia Maximus que le ocultes esta información.
Titus, tú no entiendes lo mucho que la muerte de nuestra hija lo afectó. Fue terrible que tuviera que enterarse del modo en que lo hizo ... tan lejos de casa y de las personas que ama. Lo lastimó mucho. Lo vi por mí misma en Germania. No puedo arriesgarme a que pase por eso nuevamente. Vive atemorizado ante la idea de perder otro hijo. Dijo que si eso ocurría, no podría sobrevivirlo. Cuando Marcus estuvo enfermo en Germania, Maximus dijo que moriría si perdía a otro hijo.
Olivia, puedo entender que no le dijeras sobre el niño hasta estar segura de que sobreviviría ... y por cierto que su vida tuvo un inicio incierto. Pero ahora es tan saludable como cualquier niño pueda serlo y nada le va a ocurrir.
Podría beber agua contaminada y morir; podría caerse en un pozo y morir; podría ser pateado por un caballo y morir ...
Titus la sacudió.
Basta. Basta de pensar en esas cosas.
Las lágrimas brillaron en los ojos oscuros de Olivia.
¿No entiendes, Titus? Es mejor que Maximus se sorprenda en su próxima visita al descubrir que tiene un hijo hermoso y saludable que esperar un hijo sólo para descubrir que algo horrible le ha pasado. No puedo soportar la idea de lastimar a Maximus de ese modo nuevamente, no puedo soportar la idea de volver a decepcionarlo -un sollozo le estranguló la garganta- Lo extraño tanto.
Titus la estrechó contra su pecho. Apenas podía comprender lo que era la vida para su hermana, con su marido lejos del hogar durante años. En su vida no había ninguna certeza, ni siquiera la de que Maximus volviera a casa.
Titus frotó su mejilla contra el cabello de su hermana.
¿Cuánto tiempo ha pasado?
Casi tres años.
¿Tuviste noticias de él recientemente?
Recibí una carta suya justo ayer. Sus legiones están luchando otra vez contra las tribus y tiene la esperanza de que la guerra terminará pronto y podrá volver a casa para quedarse -Olivia se apartó de Titus y buscó en su rostro algún síntoma de comprensión- ¿Puedes imaginar que regalo maravilloso será para él volver a casa y encontrar que no tiene un hijo sino dos? Y Glaucus es tan parecido a él.
Lo es. Sólo espero que una vez que Maximus supere la alegría inicial no se ponga furioso con todos nosotros por mantener a ese niño en secreto. No disfruto la perspectiva de tener que enfrentar la furia de ese hombre, te lo aseguro.
Una vez que vea a Glaucus y lo tenga en sus brazos le será imposible enojarse con nadie -Olivia cerró los ojos y sonrió- Oh, no veo la hora de que llegue ese día.
Titus no estaba del todo convencido.
Olivia, ¿qué hay si ese día no llega sino hasta dentro de varios años? -Titus levantó una mano para hacerla callar- ¿Qué hay si las guerras duran más de lo que Maximus espera y él no regresa a casa en mucho tiempo? Glaucus tendrá edad suficiente para saber sobre su padre -especialmente a través de Marcus- y hará toda clase de preguntas. ¿Te parece justo hacia el niño que su padre no sepa sobre su existencia?
Si eso ocurre lo manejaré. Prefiero creer que Maximus volverá a casa pronto, Titus, y que seremos una familia nuevamente. Espera y verás.
Olivia le acarició la mejilla con un beso y se dirigió a su carruaje antes de que su hermano pudiera plantearle más objeciones.
Titus se quedó mirando el carruaje hasta que éste desapareció y el polvo del camino volvió a asentarse; luego, se preguntó en voz alta "¿Y qué hay si Maximus muere en batalla? Moriría sin saber que tiene un hijo que lleva su nombre". Movió la cabeza tristemente y volvió a entrar en la cocina, ahora fragante con el dulce aroma de las tartas de manzana.
Marcianus le hizo gestos frenéticos a Cicero, quien se encontraba en la entrada de la tienda de Maximus, contemplando atontado la espada que sostenía en sus manos.
¡Cicero! Cicero! -siseó al tiempo que hacía le hacía señas con las manos.
¿Qué pasaba con él? Marcianus se escurrió entre las sombras del praetorium hasta llegar lo suficientemente cerca de Cicero como para tocarlo.
¡Cicero! -susurró.
El sirviente de Maximus se sobresaltó como si lo hubieran golpeado, sus ojos muy abiertos y con una mirada vidriosa. Pero, en lugar de responder al llamado del médico, se limitó a contemplar la espada como tratando de recordar cómo había llegado ésta a sus manos.
Cicero, ha ocurrido algo terrible. Necesito hablar con Maximus de inmediato.
Cicero se limitó a sacudir la cabeza negativamente, sus ojos aún vidriosos, y murmuró:
Se ha ido.
Marcianus lo empujó al interior de la tienda de Maximus.
¿Dónde está? ¡Es imperativo que hable con él ahora mismo!
El rostro de Cicero simplemente se derrumbó.
Se lo llevaron, se lo llevaron para ... ejecutarlo -se atoró con sus propias palabras, su garganta estrangulada por la conmoción y el dolor.
¡Qué! -Marcianus sujetó a Cicero por los hombros y lo sacudió con fuerza- ¿Quién se lo llevó?
Los pretorianos.
Dios querido -en un esfuerzo por mantener la calma, Marcianus se clavó las uñas en las palmas de las manos- ¿Sabes a dónde se lo llevaron?
Cicero negó con la cabeza.
Quintus les ordenó que cabalgaran hasta el amanecer y luego lo ejecutaran -miró nuevamente la espada- Traté de dársela pero no quiso pelear ... lo desmayaron de un golpe y se lo llevaron a la rastra.
Ahora Cicero estaba llorando abiertamente, sus manos temblando de tal modo que la espada se deslizó de entre sus dedos y cayó de punta al suelo, donde se clavó trepidando como blandida por una mano invisible. La inquietante acción de la espada los devolvió a la terrible realidad que estaban viviendo.
Marcianus, ¿qué está ocurriendo? Escuché a Maximus decir que el emperador fue asesinado ...
Lo fue. Estrangulado. Me llamaron para que firmara el documento de su defunción pero me obligaron a escribir en él que había muerto por "causas naturales". Estaba justo fuera de la tienda del emperador cuando Maximus fue convocado -aún iba vestido con sus ropas de dormir- y cuando salió estaba tan disgustado que ni siquiera notó mi presencia. Quintus y varios pretorianos lo siguieron unos minutos después.
Cicero continuó con el relato:
Regresó a la tienda y se puso la armadura, luego me dijo que despertara a los senadores porque necesitaba su consejo.
Marcianus movió la cabeza afirmativamente.
Obviamente vio lo mismo que vi yo ... las marcas azules en el cuello de Marcus Aurelius. ¿Qué ocurrió luego?
Van a matar a su familia.
¿Su familia? ¿Olivia y Marcus? -Marcianus se dejó caer de rodillas y unió sus manos en plegaria, sus labios moviéndose silenciosamente.
¿Por qué? ¿Por qué le hacen esto? -demandó Cicero, su rostro contorsionado en agonía mientras aferraba a Marcianus por los hombros y lo sacudía, reclamando respuestas. Marcianus se puso de pie cansadamente.
Creo que lo sé. Commodus se ha declarado a sí mismo emperador y es probable que Maximus se negara a jurarle lealtad luego de ver que Marcus Aurelius había sido asesinado.
Marcianus, tenemos que detener su ejecución. Cuando se lo digamos, los soldados no lo permitirán. ¡Rescatarán a su general!
¿No te das cuenta, Cicero? La legión está ahora bajo el control de Commodus. Cualquier hombre que lo desafíe, morirá. Maximus probablemente ha sido declarado traidor o acusado de traición.
Cicero alzó sus manos en señal de descreimiento.
Nadie lo creerá.
Marcianus asintió pensativamente.
Tienes razón. Tienes razón. Ve de inmediato y corre la voz, Cicero. Cada momento cuenta ...
Sus palabras fueron interrumpidas por la abrupta entrada en la tienda de dos pretorianos.
Médico -dijo uno de ellos- Se te ordena que prepares el cuerpo para el viaje a Roma.
Marcianus miró a Cicero.
¡Ahora! -demandó el guardia y esperó a que Marcianus pasara delante de él para seguirlo fuera de la tienda. El segundo pretoriano se quedó junto a la entrada y cruzó sobre el pecho sus brazos recubiertos de cuero negro mientras miraba a Cicero.
El sirviente de Maximus reunió todo su coraje y se dirigió al guardia, intentando salir de la tienda.
Tengo cosas que hacer.
Cicero fue detenido por una pesada mano que cayó sobre su hombro.
No vas a ningún lado -dijo el guardia y empujó a Cicero hacia atrás. El sirviente se tambaleó y cayó pesadamente sobre la cama de Maximus, donde se quedó sentado contemplando la espada de su general, la cual permanecía clavada, fuerte y erecta, en el medio de la tienda.
Cicero no podía creer que Maximus fuera conducido hacia su propia muerte como un cordero es llevado al sacrificio. No ... ¡Maximus lucharía! Pero, cuando se lo llevaron, estaba atado ... inconsciente. ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaría despierto y sufriendo? ¿Estaría asustado? ¿Pensaría en su esposa y su hijo, condenados también a morir por un emperador enloquecido? ¿Se arrepentiría de su decisión de desafiar a Commodus? ¿Cambiaría de idea? ¿Era demasiado tarde para hacerlo?
Cicero no se dio cuenta de que estaba retorciéndose las manos hasta que el dolor le atravesó los dedos. Bien, el dolor le ayudaría a mantenerse concentrado. Retorció sus dedos aún más dolorosamente, sabiendo que lo que pudiera sufrir era apenas una fracción de lo que Maximus y su familia afrontarían. Por alguna razón, el dolor lo hacía sentirse menos impotente, menos inútil mientras estaba allí sentado, bajo vigilancia, esperando la llegada de aquel terrible amanecer. Cerró los ojos y rezó a cada dios que conocía que salvara la vida de su general ... les pidió que tomaran a cambio la suya si era necesario pero que, por favor, perdonaran la de Maximus.
Si tan sólo pudiera salir. Podría reunir a los soldados y tal vez aún hubiera tiempo suficiente. ¡Cinco mil hombres furiosos acabarían rápidamente con esta locura!
Miró al hombre alto y fuertemente armado que ni siquiera parecía pestañear mientras contemplaba a su cautivo. Cicero comenzó a levantarse pero sólo se había erguido a medias cuando sintió una espada contra su garganta.
No hagas tonterías -le advirtió el guardia- o te corto en pedazos y te doy como alimento a los perros.
Los perros. Hércules no había estado allí para defender a su amo. El veterinario lo había mantenido en su tienda por esa noche luego de quitarle una larga espina que se había clavado en una de sus patas. Cicero pensó que era bueno que así hubiera ocurrido o el perro habría muerto defendiendo a Maximus.
Las horas pasaron tan lentamente como pueda transcurrir el tiempo, la mente de Cicero convertida en un torbellino de confusión, culpa y odio. Los dos hombres permanecieron inmóviles y mudos, la espada entre ellos, separándolos, hasta que la luz del amanecer alcanzó finalmente la lona de la tienda y pudieron escuchar los ruidos propios del inicio de la actividad en el praetorium. Una lenta sonrisa victoriosa se extendió sobre el rostro del guardia mientras éste abría la solapa de la entrada y contemplaba el cielo que se iba aclarando. Con una mirada de triunfo, el pretoriano miró despectivamente a Cicero, pateó la espada de Maximus y se marchó.
Cicero simplemente permaneció sentado en la cama, contemplando el arma que había cuidado tan diligentemente durante años, las lágrimas de un dolor insondable corriendo por sus mejillas. Se obligó a ponerse en movimiento y se dirigió penosamente hacia la entrada de la tienda. Cuatro pretorianos armados custodiaban la entrada al praetorium. Más allá de éste, los soldados se ocupaban de sus actividades diarias, sin siquiera tener idea de los terribles acontecimientos de la noche anterior. Cicero regresó a la cama y volvió a sentarse en ella y allí seguía, totalmente derrotado, cuando Marcianus regresó a la tienda, horas más tarde, su actitud calma y su voz firme.
La voz se está corriendo por el campamento. Los soldados no pueden creer lo que ocurrió mientras dormían. Commodus se ha ido y Quintus se fue con él -Marcianus se dirigió hacia la espada y la levantó- Fue astuto de parte de Quintus. Los soldados lo hubieran matado.
Marcianus sostuvo la espada apartada de su cuerpo y recorrió con sus ojos su brillante extensión.
Los pretorianos están aún aquí y tienen a los oficiales detenidos en la tienda del emperador para impedir que organicen una rebelión. Pero unos cuantos hombres se han escapado saltando el muro. No pudieron llegar hasta los caballos de modo que han salido a pie a buscar el cuerpo de Maximus. Debemos tributarle los honores que merece.
El médico se sentó junto Cicero y sintió junto a su piel la presencia del pergamino que llevaba oculto bajo la túnica.
Esto es mucho más complicado de lo que sospecháramos, Cicero. Marcus Aurelius quería algo muy diferente para el imperio de lo que va a ocurrir y Maximus debía desempeñar un rol muy importante en esos planes -movió la cabeza tristemente- Maximus es ... era ... el mejor hombre que conocí en mi vida. El difunto emperador pensaba lo mismo. Maximus merece que su memoria sea preservada pero creo que los pretorianos planean borrar todo rastro de su existencia, Cicero ... su familia, su propiedad ... -Marcianus contempló la espada que sostenía entre sus manos- ... sus pertenencias.
Cicero volvió a levantarse, sus piernas entumecidas cooperando de un modo sorprendente mientras se dirigía hacia el altar de Maximus.
No pudimos salvarlo y sólo los dioses pueden salvar a su esposa y su hijo pero podemos preservar su memoria, Marcianus. Es lo mínimo que le debemos -Cicero tomó reverentemente las tallas de la mujer y el hijo de Maximus- Su esposa las hizo para él.
Consérvalas en memoria de Maximus, Cicero. Sé lo mucho que lo amabas.
Cicero asintió y las tomó.
Ayer a esta hora estaba preparándole el desayuno ... -su compostura se deshizo y finalmente estalló en sollozos, sus hombros sacudiéndose con el insoportable dolor.
Marcianus lo contempló, la capacidad de contener su propio dolor nacida de años de ocuparse de los sufrientes.
Cicero ... Cicero, escúchame. Ayúdame a reunir sus pertenencias. Regresaré a Vindobona y juntaré el resto. No puedo quedarme en el ejército sin Maximus. El es la única razón por la cual me quedé tanto tiempo. Tomaré sus pertenencias y me iré. Debes guardar las tallas tú mismo.
¿Có ... cómo ... saldrás? -tartamudeó Cicero entre sollozos.
Cuando el dolor de los soldados se convierta en furia, se desatará el averno. Cuando eso ocurra -y los pretorianos estén ocupados tratando de controlarlos- me escaparé.
¿Dónde irás?
A alguna comunidad cristiana -respondió Marcianus con amargura- He tenido más que suficiente de la justicia romana.
Roma ... un mes más tardeSeptimius Severus se inclinó bajo la luz escasa de una humeante lámpara de aceite y leyó con avidez las palabras garabateadas en el rollo translúcido de papiro, saboreándolas y haciéndolas rodar por su lengua como si hubieran sido un buen vino. Lo torció hacia un lado y el otro para obtener mejor iluminación mientras leía el texto por segunda vez en esa noche, su corazón martilleando mientras se lamía continuamente los labios, su ansia evidente en cada gesto. Oh sí ... aquello era exactamente lo que había esperado. Dejó el rollo sobre la mesa y dio vueltas en su mente a las crípticas palabras de la profecía de Amalthea. Finalmente el reino de Marcus Aurelius había terminado y era él, Septimius Severus, quien estaba destinado a la grandeza no aquella gimoteante parodia de emperador llamado Commodus.
Una sonrisa torció su boca mientras alisaba el papiro con la palma de su mano en un gesto casi reverente, ignorando las gotas de sangre que lo manchaban, la sangre que alguna vez había corrido por las venas del infortunado escriba que había registrado las palabras de la Sibila.
El hombre había vivido muy poco tras abandonar la cueva, el único testigo de la profecía y la víctima de un cuchillo clavado entre sus omóplatos por el praetor que lo había contratado. El cuerpo del infortunado escriba había rodado por los empinados escalones hasta quedar junto a la base de la escalera, roto y torcido como una estatua derrumbada.
El pobre individuo había seguido confiadamente al praetor romano, quien acababa de recibir la promoción que lo colocaba al mando de una legión en Siria. Habían viajado costa abajo hacia el Sur de Roma hasta Cumas y el hermoso y pequeño templo griego que marcaba la entrada a la cueva de la Sibila. Juntos habían hecho los sacrificios prescritos y luego se habían aventurado por las traicioneras escaleras antes de arrastrarse hacia la estrecha entrada de la cueva oscura y llena de murciélagos que había sido excavada en la roca sólida. Aterrados, se aferraron el uno al otro cuando la Sibilla apareció ante su vista, iluminada por una fantasmagórica luz roja proveniente de una abertura ubicada en algún lugar en lo alto. Era horrible ... una mujer vieja y arrugada, con una sonrisa sin dientes y ojos brillantes. Aterrorizado, Septimius Severus se dirigió a ella y le tomó algún tiempo comprender que su silencio se debía a que estaba muerta. La figura era el cuerpo momificado la anterior Sibilla, Deiphobe, quien ahora compartía la caverna con su heredera, Amalthea, una hermosa mujer de aspecto enloquecido, quien se encontraba sentada en un trono de marfil, bañada por la luz blanca que provenía de una abertura oculta detrás de Deiphobe.
Septimius obligó a su lengua a articular nuevamente su pregunta.
Oh Sibila, he venido a interrogarte acerca del destino de Roma y del mío propio.
Gradualmente, el rostro de Amalthea comenzó a transformarse a medida de que sus poderes proféticos se apoderaban de ella y la mujer luchaba y jadeaba, su voz áspera y chirriante. Mientras hablaba, un viento salvaje atravesó la caverna y el escriba tuvo que luchar para retener en su puño el papiro flameante. Septimius apartó con sus manos los murciélagos que cayeron sobre él provenientes de la oscuridad mientras trataba de escuchar sus palabras ... las mismas palabras que ahora leía otra vez:
Durante ochenta años y otros cuatro
la poderosa Loba se asoció con aquellos
que eran de hierro pero también de oro
Septimius movió la cabeza en señal de comprensión. Durante ochenta y cuatro años, la dinastía de los Antoninos había gobernado el imperio romano, desde Nerva hasta Marcus Aurelius. Durante ese lapso, el imperio había prosperado y crecido.
Durante los últimos veinte, su Consorte le trajo
Espadas y sabiduría, guerras y oro
Como el sol era y como el sol brilló
Sí, Marcus Aurelius había sido bueno, realmente bueno. Como consorte, había expandido el imperio y lo había hecho más fuerte. Pero el imperio aún no había visto nada ...
Pero no engendró un cachorro de lobo sino un Perro Rabioso
Ningún cachorro de lobo que siguiera sus brillantes pasos
El Perro sólo traerá dolor, lágrimas y sangre.
Septimius rió una risa sonora y triunfal. El Perro Rabioso era sin lugar a dudas Commodus. Traería dolor y pena a todo aquello que tocara. Todos se volverían en su contra y luego lo recibirían a él -Septimius- con los brazos abiertos.
El Consorte era sabio y vio la verdad.
Le pidió al León que salvara a la Loba.
Pero el Consorte fue traicionado y también lo fue el León.
Al llegar a esta parte, la sonrisa de Septimius vaciló. ¿Marcus Aurelius le había pedido al León que salvara a Roma de Commodus? ¿Quién era ese León y dónde se encontraba ahora?
La sangre del Perro Rabioso y el León
Manarán juntas pero no se mezclarán
Sobre la arena teñida de rojo, bajo un sol que brilla como el oro
No más Consortes de Oro para la Loba.
La sangre del León será pagada con Oscuridad
Luego, el Aguila de Hierro la conquistará con su espada.
De modo que el León destruiría a Commodus y luego moriría él mismo. Que conveniente. Y Septimius -el Aguila de Hierro- se adueñaría del poder tras un período de oscuridad. La Oscuridad podía significar cualquier cosa ... guerras, hambre, la plaga. ¿A quién le importaba realmente? Pero le gustaba ser descripto como Aguila de Hierro. Cualquiera sabía que el hierro era mucho más fuerte que el oro. Se mantendría discretamente apartado y haría sus preparativos mientras esperaba que este León apareciera para cumplir con su deber hacia Roma y luego morir. Al cabo de un período de oscuridad él, Septimius, el Aguila de Hierro, actuaría. Rió entre dientes y con malicia.
Pasos de hierro, hombres de hierro, hierro y poder pero oro no.
No más brillo ni compasión; no más sabiduría.
El Aguila someterá a la Loba y sus polluelos también lo harán.
Ah... el imperio sería todo suyo. Lo gobernaría con fuerza y autoridad. Con Marcus Aurelius Roma había tenido suficiente en materia de sabiduría, escritos y filosofía. Ahora estaba nuevamente lista para volver a tener un verdadero líder... un Aguila de Hierro seguida de sus polluelos de hierro. Soldados, obviamente. ¡Muchos soldados! Pensó en su puesto en Siria. Ese era el comienzo.
Plumas de hierro, garras de hierro, ojos de hierro, en su mano una espada.
Implacable con sus enemigos e implacable con sus amigos.
Corazón de hierro para el Aguila, su palabra no es buena ni debe ser creída.
Rivales amenazarán al Aguila de Hierro; águilas menores llenas de codicia.
Pero esos rivales no son rivales y los despedazará con sus garras.
¡Invencible! Septimius hizo una mueca desdeñosa. ¡Sería invencible y destruiría a todo hombre que se atreviera a desafiar su poder, fuera amigo o enemigo, del modo que resultara necesario!
Pero ninguna amenaza es como El Oculto y oculto debe estar
Porque su sangre es dorada aunque roja fluya.
Oculto de todos, oculto de sí mismo
Aún estando oculto el sol brilla donde él va.
Su desdén se transformó en una mueca de preocupación. ¿Quién era este "Oculto" que estaba oculto hasta de sí mismo? ¿Qué significaba esto? ¿Y qué clase de amenaza implicaba? Esa Amalthea ahora estaba soltando palabras sin sentido. Esa parte de la profecía no tenía sentido alguno. Aún así, Septimius se estremeció atemorizado ante la perspectiva de un rival al que no reconocería.
El Águila de Hierro caza cachorros de lobo y los devora
Pero el Cachorro Oculto está creciendo y no es lobo sino León
Porque su sangre es dorada aunque fluye roja, es sangre de León.
¿Otro león, ahora un cachorro, con sangre dorada? ¿Podría ser que Marcus Aurelius hubiera tenido otro hijo? No ... decía que era un león y no un lobo, entonces no podía ser un hijo del emperador de Roma. ¿Sería el cachorro del León que habría de matar al Perro Rabioso? Bien, en ese caso, el Oculto sería muy fácil de eliminar. Simplemente habría que esperar a que el León se diera a conocer y luego destruir a su prole.
Casi reverentemente, Septimius volvió a arrollar el papiro y lo ató con una cinta color púrpura, luego lo escondió dentro de otro rollo guardándolo en el fondo del cajón inferior de su escritorio. Se estiró, arqueando la espalda y escuchando sonar sus vértebras mientras estas se alineaban. Por ahora, iría a Siria a hacerse cargo de su primer puesto importante en el ejército. Ascendería velozmente y muy pronto sería general. Luego ... nada sería imposible para el astuto Septimius Severus.