El pequeño Petavius Valerius de diez años, conocido simplemente por su cognomen, Glaucus, estaba sentado sobre el cerco de piedra que rodeaba la propiedad ubicada a sólo unas pocas colinas de su propio hogar. Ya nadie vivía allí, los anteriores residentes habían abandonado el lugar luego de que un misterioso incendio destruyera la casa principal y el granero unos siete años atrás. A pesar de que era muy buena tierra, nadie se había molestado en reclamarla ni en reconstruir la granja, sino que el lugar era tratado casi como territorio que debía ser evitado. De modo que, él -Glaucus- la había reclamado en secreto para sí mismo, un lugar donde podía dejar que su imaginación volara sin el impedimento de las tareas diarias.
En ese fresco día de finales de primavera, la niebla se había asentado en los valles y las verdes colinas ubicadas por encima de estos, casi como si hubiera sido un monstruo que vivía agazapado en las profundidades. Pero, en cambio, la colina que sostenía las paredes de piedra ennegrecida de lo que había sido la casa, se veía como un sólido pedestal que soportara una curiosa pero preciosa estatua de piedra que había sufrido daño y esperaba ser restaurada.
Las paredes ennegrecidas y rotas flotaban por encima de la niebla y parecían encerrar secretos y misterios que sólo esperaban ser descubiertos. Pero, cada vez que Glaucus le preguntaba a sus padres acerca de ese lugar, estos se miraban nerviosamente el uno al otro y hacían a un lado sus preguntas, dándole a entender que lo que había ocurrido allí no debía ser comentado y que, de todos modos, pasaba demasiado tiempo en ese lugar. Era un lugar poco saludable y peligroso. ¿Por qué no podía quedarse en casa y jugar allí con el resto de los niños?
Pero Glaucus se sentía atraído hacia la casa como si la Sirena lo hubiera encantado con su belleza y su canto mágico. Para otros, ese era un lugar repulsivo. Para él, era un lugar de soledad e inusual y fantasmagórica belleza. Las rotas paredes de piedra habían sido reclamadas por la naturaleza y las enredaderas se aferraban a cada superficie, casi ahogando la sorprendente rosa color coral que se enroscaba en forma protectora en torno a la puerta, como si con su belleza tratara de tentar a los visitantes para que entraran. Las lluvias habían lavado parte del hollín de las paredes, revelando las cálidas piedras color rosa ocultas bajo éste.
El trigo dorado aún luchaba con los yuyos por la supremacía de los campos y, a fines de verano, las ramas de los árboles estaban pesadas de duraznos, peras y manzanas. Los arroyos que corrían al Sur de la casa eran ricos en agua fresca y pura y en ellos habitaban brillantes peces y tímidas tortugas. Glaucus pasaba muchas horas contemplando los peces que nadaban corriente arriba, sus brillantes lomos cual trazos de plata en las profundas, oscuras aguas. Flores silvestres que formaban alborotados matorrales estiraban sus raíces hacia el agua, alzando sus cabezas en busca del sol que se colaba entre los árboles, salpicando el suelo bajo ellos con danzantes puntos dorados.
Aquel era un lugar mágico y ahora era suyo. Pero Glaucus siempre estaba consciente de que había habido otros antes que él. Ocasionalmente encontraba rastros de ellos mientras hurgaba en las ruinas: una cuenta de vidrio aquí, un retorcido utensillo de cocina allá. Alguien había colocado las enormes urnas que se encontraban frente a la entrada y había plantado flores en ellas. Ahora, esas urnas yacían rotas e inútiles. Alguien había construido la pared sobre la cual se encontraba. Alguien había cosechado el trigo, recogido la fruta, cuidado de los caballos de cuya presencia había numerosos signos en los establos vacíos. Glaucus sabía que, alguna vez, ese lugar había florecido. Alguna vez, gente real había vivido en él ... tal vez hasta un niño como él.
La brisa agitó la niebla, empujándola gradualmente lejos del lugar y luego levantó y alborotó las pesadas ondas del cabello castaño del niño. En un gesto inconsciente, se pasó la mano por el cabello, echando hacia atrás un fastidioso rizo que se arremolinaba sobre su frente. Ni siquiera notó cuando el cabello volvió determinadamente al mismo lugar, soltándose y enrulándose con vida propia. Glaucus arrancó una hierba y la colocó entre sus dientes blancos y parejos, chupando el extremo jugoso y dándole vueltas entre sus dedos. Levantó las piernas y examinó la costra en su rodilla causada por una caída de su caballo pocos días antes. Era un excelente jinete pero había estado tratando de hacer algo que no debía -exhibiéndose un poco- y había pagado por ello con una rodilla sangrante. Rascó cautelosamente la costra pero ésta se mantuvo firme y Glaucus pronto perdió interés.
Estiró sus largas, fuertes piernas bronceadas y movió los dedos de sus pies calzados con sandalias. Luego, enroscó la lengua y soltó un silbido corto y sonoro. En minutos un enorme perro negro salió dando saltos de los bosques cercanos y corrió hacia él, gotas de agua cayendo de su gruesa, brillosa pelambre. Tenía las orejas aplastadas y su larga cola flameaba detrás de él mientras se dirigía hacia el muchachito. Su tío Persius se lo había regalado para su último cumpleaños y le había susurrado en tono conspirador que el perro tenía un ancestro que había sido un lobo. Cuando Glaucus se preguntara cómo llamarlo, Persius había sugerido que Hércules, para gran disgusto de sus padres. A Glaucus el nombre le había gustado pero sus padres le habían prohibido usarlo de modo que decidió llamarlo Zeus. Era casi tan bueno como ‘Hércules’. Glaucus se deslizó de la pared y se dirigió hacia la casa en ruinas, Zeus trotando inmediatamente detrás de él, tras haberse sacudido enérgicamente para liberarse del agua que aún lo cubría desde el cuello hasta la cola y empapando de paso a su joven amo con agua barrosa.
Glaucus quería un regalo para su madre de modo que arrancó una rosa color coral del arbusto que rodeaba la puerta, la rosa más hermosa que fue capaz de alcanzar. Luego se dio vuelta y miró hacia el sendero, su atención atraída de inmediato por un hermoso pájaro negro que giraba y se elevaba su cabeza. Glaucus extendió sus brazos y empezó a correr hacia el sendero, pasando a la carrera entre los curiosos montículos gemelos cubiertos de hierba ubicados justo frente a las urnas. Mientras corría, su cabello ondulado y su túnica volaban tras él -subiendo y bajando, subiendo y bajando- sus brazos desnudos extendidos como las alas de un joven pájaro, como si buscara las corrientes invisibles capaces de elevar su cuerpo muy alto en los cielos azules, hacia un lugar donde pudiera girar y elevarse como el pájaro que volaba por encima de él. Moviendo enérgicamente sus fuertes piernas, siguió corriendo más allá de las urnas y por el sendero alineado de álamo, los altos árboles fuertes y erectos cual legionarios, como si formaran guardia en torno al niño para protegerlo del cualquier mal. Pasó a través de la puerta rota y giró hacia el camino polvoriento, mientras estiraba sus músculos y casi levantaba vuelo, sus pies apenas tocando la tierra, el pájaro negro describiendo círculos sobre él. Era hora de almorzar y mamá no estaría feliz si volvía a llegar tarde. A Glaucus no le gustaba hacer infeliz a nadie y menos que a nadie a mamá, quien ya estaba preocupada por el mucho tiempo que pasaba jugando en la propiedad quemada y destruida que se encontraba en la colina ... un lugar que lo atraía con una fuerza magnética y seductora.
El joven Glaucus, de catorce años, se apartó un rizo rebelde de los ojos, luego se pasó la mano por su grueso cabello, esperanzado en lograr que se mantuviera en su lugar al menos hasta que la carrera se iniciara. El movimiento de su mano fue seguido por tres pares de ojos femeninos mientras las muchachas -las que reunían mejores condiciones para ser su prometida en los próximos años- seguían atentamente cada uno de sus gestos. Rieron y se sonrojaron, convirtiéndose en la envidia de otra docena o más de jovencitas que se mantenían arracimadas un poco más atrás, sus chances de casarse con el hijo menor de Titus Valerius mucho menos probables.
La familia de Glaucus era una de ricos criadores de caballos, cuyos sementales montaban los hombres más importantes de Roma -tanto generales como emperadores- y Glaucus era el único varón que permanecía soltero. Faltaban pocos días para su cumpleaños número quince y en la fiesta de Liberalia a celebrarse el 17 de marzo del año siguiente, se convertiría en adulto y ciudadano de Roma junto con otros muchachos de su misma edad. Poco después, su abuelo podría arreglar su matrimonio y las jóvenes de Mérida esperaban que eso ocurriera más temprano que tarde. Al presente, todas ellas estaban rogándole a sus padres que interrogaran al patriarca de los Valerius acerca de sus planes para su nieto.
Además de ser el único soltero que quedaba en el clan, en opinión de las muchachas, era de lejos el más atractivo. Alto para su edad, delgado, de hombros anchos y piernas fuertes y derechas, era famoso por sus habilidades atléticas y cada año ganaba todos los certámenes de los que participaba en la feria anual de verano de Emérita Augusta.
Recientemente había ganado el campeonato de lucha entre los jóvenes de su edad y también había triunfado en carrera. Los varones eran menos que entusiastas cuando de Glaucus se trataba, envidiosos de sus talentos, su aspecto físico y la riqueza de su familia. Ahora estaba sentado a lomos de uno de los mejores sementales de la granja -un animal castaño oscuro de tres años llamado Apolo- preparándose para la carrera de resistencia que llevaría a los contendientes a través de las colinas que rodeaban la ciudad. Ninguno de los otros muchachos se hacía ilusiones respecto de tener alguna chance de superar a Glaucus pero un segundo lugar no era despreciable en una carrera contra el más joven de los varones de la familia Valerius.
Glaucus estaba erguido en su silla y otra vez echó hacia atrás su brillante cabello castaño, sin darse cuenta del efecto que sus gestos tenían entre los espectadores de sexo femenino, su mente fija en la carrera que estaba por comenzar. Sus brillantes ojos verdes escrutaron las colinas del mismo color mientras trazaba mentalmente la ruta que seguiría. Tocó de un modo ausente la bulla que llevaba en torno al cuello; ese amuleto y la raya de su toga praetexta lo único que lo identifica aún como niño. Se movía con la confianza de un hombre, una confianza nacida de ser capaz de lograr fácilmente todo aquello que se le ponía en la cabeza. También estaba empezando a parecer un hombre, el inicio de una barba oscureciendo su labio superior. Sus brazos y piernas bronceados ondulando con sus duros y fibrosos músculos mientras apretaba los muslos, tomaba las riendas y se aproximaba a la línea de largada. Se ubicó del lado de afuera del grupo de dieciséis caballos.
Los dos hermanos mayores de Glaucus, Tacitus y Claudius, vagabundeaban cerca de allí, a la sombra de un árbol cubierto de brotes primaverales.
¿Apostaste por él? -le preguntó Tacitus a Claudius.
Por supuesto. No se me ocurre un modo más fácil de ganar dinero. El problema es que cada día resulta más difícil encontrar a alguien lo suficientemente tonto como para apostar en su contra.
¿Cuándo fue la última vez que perdió?
Creo que nunca ha perdido ... sea en lucha o como jinete. Tampoco en carrera a pié y arquería. Gana todas las competencias. La verdad es que me da un poco de lástima por los otros muchachos.
Bueno, no durará mucho más en la categoría de los menores. El año próximo tendrá que vérselas con oponentes más fuertes.
Igualmente ganará -Claudius señaló con la cabeza al grupo de jovencitas rientes que se había reunido cerca de la largada pero que se mantenían apartadas de los caballos que no dejaban de hacer cabriolas- Cuando de él se trata, nada les alcanza. Me pregunto si padre le arreglará pronto un matrimonio.
No lo creo.
¿Por qué? En pocos años más será lo suficientemente maduro como para casarse.
Creo que padre tiene otras cosas en mente.
Claudius miró confundido a su hermano mayor y luego la comprensión se hizo evidente en su rostro.
¿Va a decírselo?
Sí. El año próximo, luego de la ceremonia de Liberalia.
Claudius suspiró pesadamente. El y Tacitus andaban por los veintitantos, estaban casados y tenían hijos pero ambos sentían una gran ternura hacia el muchachito que se había convertido en miembro permanente de su familia doce años atrás. Era especial. Todos los sabían pero muy pocos sabían porqué, incluyendo al propio Glaucus. ¿Cómo reaccionaría ante la revelación?
Glaucus se inclinó sobre el cuello de su caballo, su rostro casi escondido en las gruesas crines del animal, las manos firmes pero relajadas sobre las riendas. La bandera cayó y Glaucus apretó los muslos y gritó, haciendo que Apollo se lanzara a la acción y tomara una considerable ventaja respecto de los otros competidores aún antes de alcanzar el primer cerco. El semental se contrajo, flexionó y voló, Glaucus pegado a él, aterrizando a unos buenos cinco pies del cerco de piedra para luego desaparecer en la curva del camino, el polvo que levantara sofocando a los caballos que venían detrás de él. Sus hermanos movieron las cabezas y sonrieron.
Es el hijo de su padre -dijo Tacitus.
Por cierto que lo es -respondió Claudius mientras se abrían camino entre la multitud en busca de refrescos. Pasaría media hora o más antes de que Glaucus cruzara la línea de llegada, con varias millas de ventaja sobre sus rivales de modo que mientras tanto bien podían relajarse.
Cuando llegó el momento de ver a su hermano menor cruzar como una ráfaga la línea de llegada sin siquiera otro competidor a la vista, se encontraban de regreso bajo el árbol. Glaucus contuvo al sudado semental, bajó de éste de un salto y abrazó su cuello húmedo. Una excitada multitud se reunió a su alrededor y él se dio vuelta con una sonrisa, su cabello convertido en un alboroto de rizos desordenados. Viendo a sus hermanos, los saludó jubilosamente con la mano y ellos le devolvieron el gesto para luego acercarse a felicitarlo.
¡No vaciló ni una vez! -dijo Glaucus- Apenas si pude contenerlo de tan ansioso que estaba por correr.
Lo lleva en su sangre -dijo Titus. Luego, bajó la voz y agregó- Es increíble lo mucho que los hijos se parecen a sus padres.
La fiesta de Liberalia se celebraba el 17 de marzo de cada año para todos los muchachos que hubieran alcanzado el decimoquinto año de su existencia. La ceremonia significaba el fin de su niñez y el comienzo de su vida como adultos. La celebración, que duraría todo el día, comenzó por la mañana, en la casa, cuando Glaucus se quitó su toga praetexta orlada de carmesí y su bulla y las depositó ante los Lares, las pequeñas estatuas de los dioses domésticos e importantes ancestros. Rodeado por los varones de su familia, Glaucus hizo una ofrenda de incienso a los Lares. Luego, su padre, Titus, le pasó por la cabeza la toga virilis de color blanco puro, ajustándosela de modo que quedara bien en sus hombros y cintura. Sus ojos se encontraron.
¿Estás listo? -preguntó Titus. Glaucus ladeó la cabeza y sonrió lentamente, la expresión tan similar a la de otro muchacho a quien había conocido años atrás que su corazón se encogió.
¿Estás bien, papá? -preguntó Glaucus, preocupado por la emoción que detectó en los ojos de su padre.
Titus acarició la mejilla de su hijo, luego le alborotó el cabello, moviendo la cabeza ante sus ondas rebeldes.
Vamos a tener que cortar ese cabello, hijo.
¿Por qué? No es parte de la ceremonia.
El brillo travieso de los sorprendentes ojos verdes del muchacho le dijo a Titus que éste lo estaba provocando.
No. Pero es parte de hacerte presentable.
La respuesta de Glaucus consistió en lamerse las manos y pasárselas por el cabello, tratando de aplastarlo. En cambio, sólo logró dejar a su paso un rastro de ondas y tirabuzones rebeldes para gran diversión de sus hermanos.
Afuera, la numerosa familia Valerius se había reunido en pleno junto con los sirvientes y esclavos de la granja y sus respectivas familias. Amigos provenientes de establecimientos que se encontraban hasta a dos días de camino también se encontraban presentes y vivaron cuando Glaucus, su padre y su abuelo salieron de la casa, seguidos por sus dos orgullosos hermanos mayores.
Los hombres montaron lustrosos sementales y las mujeres subieron a los carruajes que partieron tras ellos. Los esclavos se amontonaron en las carretas y toda la procesión se abrió paso lentamente a través de las colinas color esmeralda en dirección a Emerita Augusta. A lo largo del camino, otras familias salieron a la puerta de sus casas alineadas junto a éste y gritaron sus felicitaciones al muchacho quien les devolvía el saludo con la mano y les ofrecía su contagiosa sonrisa. Algunos hombres se acercaron a darle la mano, dándole la bienvenida como pleno ciudadano de Roma.
Cuando alcanzaron las grandes murallas de piedra gris donde se abrían las puertas de la ciudad, los hombres desmontaron y las mujeres y los sirvientes y esclavos descendieron de los carruajes y todos caminaron como una misma familia hacia el foro circundado de estatuas por calles pavimentadas en piedra y decoradas con guirnaldas de hojas y flores en las que se alineaban espectadores que no dejaban de vivar. Algunas mujeres lanzaron pétalos de flores y unos pocos se posaron sobre el cabello de Glaucus. Aquellos que conocían a su familia lo llamaban por su nombre y lo saludaban. El les devolvía el saludo, apretando un puño cerrado contra su pecho. Las muchachitas escondían sus risas nerviosas detrás de sus manos mientras la procesión de jóvenes atravesaba la ciudad, sonrojándose furiosamente y señalando a aquel que atraía su atención. Incómodo por la atención masiva que estaba recibiendo, Glaucus trató de mantener la vista fija ante él pero no pudo resistirse a echarle una mirada a las preciosas jovencitas vestidas de brillantes colores y con flores trenzadas en sus cabellos sueltos.
En el foro, los muchachos se alinearon con sus orgullosos padres detrás de ellos, las estatuas de los emperadores echando largas sombras sobre el grupo y trazando líneas de luz y oscuridad sobre las piedras del suelo. Uno por uno fueron llamados por su nombre y se adelantaron para ser felicitados por los magistrados de la ciudad por haber alcanzado la edad adulta y la plena ciudadanía del imperio.
Luego, la procesión completa se dirigió al templo, donde un toro fue sacrificado a los dioses en nombre de los muchachos. Cuando el cuchillo se hundió en el cuello del animal, Glaucus se encogió ligeramente pero luego ocultó su reacción con un encogimiento de hombros. La multitud vivó estruendosamente y más y delicados pétalos de flores cayeron sobre su cabeza y el suelo, su color igual al rojo intenso de la sangre que chorreaba desde el altar y formaba charcos en las piedras bajo éste.
Luego de socializar largamente, la familia y sus amigos regresaron al hogar para una gran comida consistente en los mejores alimentos que podían conseguirse en la región. Las mesas gemían bajo el peso de fuentes de plata cargadas de carnes y verduras y delicadezas exóticas tales como huevos de pescado traídos del Mar Negro, ostras y coquillas y caracoles. Rábanos, alcauciles, espárragos y guisante peleaban por el espacio con cordero de primavera cocido con menta, perdices en salsa de vino y suculentos bifes frotados con pimienta negra y cocidos muy lentamente. El comedor fue cambiado por el más espacioso atrio, donde se instalaron divanes para acomodar a aquellos huéspedes que preferían reclinarse o sentarse.
Por debajo del ruido de las voces excitadas, las fuentes del jardín cantaban una canción tintineante en competencia directa con los músicos que recorrían el atrio tocando sus instrumentos. Luego de la comida, damas vestidas de ricas sedas y elaboradamente peinadas se sentaron a conversar en pequeños grupos mientras sus hombres se entregaban a diferentes juegos. Los niños corrían por persiguiéndose por los jardines y los gatos de la casa optaron por mantenerse fuera de su alcance.
Glaucus estaba apabullado por todo aquello, aquel elaborado festejo sólo para honrarlo a él, y se mantenía cerca de sus hermanos mayores, quienes entendían exactamente cómo se sentía. Aquellos hombres se veían sumamente protectores, como si quisieran salvaguardar a Glaucus por algún tiempo más de las responsabilidades de una vida adulta. Porque eran ellos y no él, quienes sabían la información que pronto le sería revelada, una información que cambiaría su vida para siempre.
La mirada de curiosidad de Glaucus pasó de su padre a su abuelo mientras éstos lo conducían hacia el gran dormitorio de Marcus. ¿Habría hecho algo mal?
Siéntate, mi muchacho. Oh, supongo que no debería llamarte más así, ¿verdad? -rió Marcus.
Por mí está bien, abuelo. Sé que siempre seré tu muchacho, no importa la edad que tenga.
Marcus le tendió una copa de vino.
Pensé que nosotros tres podríamos celebrar en privado y hablar como hombres.
Glaucus tomó un trago y frunció la nariz antes de obligarse a relajar su rostro. El vino no estaba tan diluido como estaba acostumbrado a beberlo. Tosió ligeramente y luego sonrió a su padre, quien lo miraba con intensidad.
- Glaucus, tu abuelo y yo tenemos algo de importancia para discutir contigo. Es algo muy difícil para nosotros pero lo hemos hablado largamente y pensamos que, ahora que eres un hombre, tienes el derecho a saber algunas cosas sobre tu vida que te son desconocidas.
Las mariposas comenzaron a aletear en el estómago del joven quien se revolvió inquieto en su silla. ¿De qué estaban hablando? Sus ojos pasaron de un hombre al otro. Fuera lo que fuera, era serio.
Titus continuó.
Déjame comenzar por asegurarte que lo que tenemos que decirte no altera en nada tu situación dentro de esta familia o cambia en lo más mínimo lo que sentimos por ti. Eso debe quedarte claro.
Glaucus apretó la copa de vino y tragó profundamente. Las mariposas se golpeaban contra las paredes de su estómago como aves silvestres aprisionadas en una jaula.
Titus tomó la mano de su hijo entre las suyas y la apretó para darle confianza.
Las circunstancias de tu nacimiento no son las que tu crees -Titus respiró hondo- Soy tu padre sólo de nombre, no soy el hombre que te engendró, y Augusta es tu madre sólo de nombre.
Los ojos verdes se abrieron muy grandes y miraron a Titus, luego buscaron respuesta en el rostro del hombre de más edad.
Ten la seguridad, Glaucus, de que soy tu verdadero abuelo -Marcus le sonrió afectuosamente.
Los dos hombres esperaron pacientemente hasta que la conmoción inicial fue reemplazada en el rostro de Glaucus por una expresión de torturada intriga.
Pero ...
Deja que te expliquemos -continuó Titus- Es una historia simple pero difícil de contar. Verás, eres el hijo de mi hermana, Olivia, quien murió cuando tenías dos años. El nombre de tu padre era Maximus -Maximus Decimus Meridius- y también está muerto. Cuando tu familia murió, viniste a vivir conmigo y mi esposa y te criamos como a un hijo.
¿No eres mi padre? -preguntó Glaucus, anonadado, tratando de comprender la terrible información.
No soy el hombre que te dio la vida pero te amo como a un hijo. Para mí eres tan hijo mío como Tacitus y Claudius.
Eres mi tío -Glaucus asimiló la información mientras su cuerpo todo temblaba- Mi madre es mi tía. ¿Me adoptaron?
Soy tu tío pero, no, no te adopté y hubo una muy buena razón para no hacerlo que te explicaré muy pronto.
Los dos hombres contemplaron las conflictivas emociones que cruzaron el rostro del muchacho.
Tacitus y Claudius no son mis hermanos.
Son tus primos pero te aman como si fueras su hermano. Debes entenderlo.
¿Lo saben?
Sí. Eran lo suficientemente mayores que tú como para recordar a tu padre y a tu madre, aunque sea vagamente.
Me lo ocultaron -dijo Glaucus en tono ligeramente acusador, sus manos apretadas en un intento por evitar que temblaran.
Marcus decidió que era el momento de intervenir.
La decisión fue mía, Glaucus. Queríamos que crecieras feliz y saludable, sin añorar una familia que nunca podrías tener. Les ordené a tus hermanos que no te dijeran nada. Fue mi decisión. Saben que en este momento te estamos diciendo la verdad y ambos están muy preocupados por ti. También están temerosos de perder a su hermanito pequeño. Te quieren enormemente.
Glaucus se mordió la uña del pulgar y parpadeó rápidamente, sus emociones convertidas en un verdadero torbellino.
¿Cómo dijiste que era el nombre de mi padre?
Maximus Decimus Meridius.
Entonces ... mi verdadero nombre es Decimus, no Valerius.
Sí.
¿Petavius Decimus Meridius?
Tu verdadero nombre es Maximus ... Maximus Decimus Glaucus. Te dieron el nombre de tu padre. Lo de Glaucus fue, obviamente, por tus ojos verdes. A tu padre lo llamaron Meridius por el lugar donde nació.
Bebe otro trago de vino, Glaucus -lo alentó Marcus.
No puedo. Creo que voy a vomitar -Glaucus cruzó los brazos sobre su estómago revuelto, su mente un torbellino de confusión, conmoción y preguntas.
¿Qué les ocurrió?
Hubo un accidente. Un terrible accidente ... -comenzó a decir Titus. Marcus lo interrumpió en tono admonitorio.
Titus, estuvimos de acuerdo en decirle al muchacho toda la verdad.
Titus se dirigió a su padre.
Lo sé pero no estoy seguro de que esté listo para ello. Míralo. Está muy conmocionado.
Glaucus aferró la toga de su padre.
Por favor, deben decírmelo. Tengo que saber.
Titus volvió a tratar de intervenir.
Glaucus, has escuchado lo suficiente por un día. ¿Por qué no piensas en lo que te hemos dicho y volvemos a hablar de esto mañana?
Papá ... -empezó a decir, luego se detuvo abruptamente, mirando a Titus y sin saber cómo dirigirse a él.
Titus extendió una mano y acarició las ondas rebeldes del cabello del muchacho, su voz tan gentil como su mano.
- Me sentiría honrado si siguieras llamándome de ese modo. Y sé que mi esposa se sentiría destrozada si dejaras de llamarla "mamá". Eres su bebé, lo sabes.
Glaucus asintió en silencio.
Por favor, papá, abuelo, díganme qué les ocurrió ... Si no lo hacen, imaginaré todo tipo de cosas horribles.
Marcus acercó su silla hasta colocarla junto al muchacho, sabiendo que nada podría ser más terrible que al verdad.
De acuerdo, te diré lo que sé. Desafortunadamente hay algunas cosas que no logramos entender -bebió un buen trago de vino y tomó aliento profundamente, luego comenzó su relato- Tuve cuatro hijos y una hija. Mi hija -tu madre- se llamaba Olivia. Cuando Olivia era una jovencita, conoció a un soldado que era dueño de una propiedad vecina a la nuestra y se enamoró de él a primera vista.
Glaucus lo miró sin comprender.
La casa quemada que está a pocas colinas de aquí -explicó Marcus.
Glaucus se irguió lentamente a medida de que iba comprendiendo.
¿La casa a la que suelo ir? ¿Mis padres vivieron allí?
Marcus asintió con la cabeza.
Era una hermosa y próspera granja, con campos ricos en cosechas y muchos animales.
Pero Glaucus apenas lo escuchaba. El lugar que lo siempre lo había atraído como una fuerza invisible había sido el hogar de sus padres.
¿Murieron ... murieron en el fuego que destruyó la casa?
Déjame continuar. El nombre del joven soldado era Maximus y era miembro de una legión estacionada en Germania. Era un hombre muy meritorio y había alcanzado el rango de legado que es el inmediatamente anterior a general ... algo muy notable para un hombre proveniente de las provincias. Volvió a su hogar después de haber estado ausente desde su infancia. Verás, Glaucus, esa casa ya se había quemado antes, cuando Maximus era un niño, y en el incendio él perdió a sus padres y a su hermano.
Glaucus vio la conexión de inmediato.
Como yo.
Sí, como tú. Vino aquí a tratar de establecer un nexo con su pasado y tu madre lo vio. Era un joven atractivo -tú te le pareces mucho- y ella comenzó a cortejarlo llevándole de comer. No sabíamos lo que estaba haciendo. Finalmente, lo invitó a cenar y lo conocimos. Vino vestido con su uniforme y lucía simplemente espléndido. Bueno, se enamoró de tu madre y se casaron poco tiempo después. Construyeron una casita sobre los cimientos de la que se había quemado y poco a poco, a lo largo de los años, la fueron expandiendo hasta que llegó a ser una granja muy próspera. Pero, poco después de que se casaran, cuando tu madre estaba esperando a tu hermano Marcus ...
¿Mi hermano? -Glaucus se levantó de golpe, conmocionado por la revelación- ¿Tengo un verdadero hermano?
No -agregó Marcus rápidamente, avergonzado de haber permitido que se le escapara la información- Siéntate, muchacho, siéntate- lo urgió.
Glaucus obedeció a regañadientes, su corazón latiendo en forma desbocada pero sintiendo que su espíritu se encogía. Había tenido un hermano pero obviamente éste también había muerto en el incendio.
Marcus ... -susurró.
Como iba diciendo ... los pretorianos del emperador llegaron a caballo trayendo la noticia de que Maximus había sido ascendido a general y que debía partir inmediatamente hacia Germania.
¿Mi padre era un general? -preguntó Glaucus buscando una aclaración. El título significaba muy poca cosa para él.
Marcus y Titus asintieron con la cabeza.
¿Qué pasó con mi hermano? -demandó el muchacho.
Murió en el incendio, Glaucus -respondió Titus tan suavemente como pudo. Comprendía que Glaucus se sintiera mucho más cerca de la muerte de un hermano -de un niño como él- que de la de unos padres a los que ni siquiera podía imaginar.
El muchacho confirmó su sospecha asintiendo con la cabeza, luego volvió sus pensamientos hacia aquel que se había llamado igual que él
Mi padre era un general.
Marcus volvió asentir.
Sí, era un general. Marcus Aurelius le confirió un gran honor. Marcus Aurelius y Lucius Verus compartieron los deberes de emperador por un tiempo y, cuando Lucius Verus murió, Marcus Aurelius necesitaba de un líder fuerte en el Norte y eligió a tu padre. Fue un gran honor y uno que no pudo rehusar.
Piénsalo, Glaucus -agregó Titus- Tu padre fue un gran general. Un gran líder. Era el favorito de un emperador.
El muchacho asintió lentamente, encontrando difícil asimilar todo lo que estaba escuchando. Su verdadero nombre era Maximus. Maximus Decimus. Maximus Decimus Glaucus. Su padre había sido un general. Un general que tenía una granja.
Marcus continuó.
Tu padre ganó muchas batallas importantes y hasta salvó al imperio de las manos de un usurpador llamado Cassius. Marcus Aurelius lo mantenía tan ocupado que raramente tenía posibilidades de volver a casa. Debes entender, Glaucus, que tu padre era un verdadero hombre de familia. No quería nada más que ser un granjero y estar en casa con sus seres queridos pero su talento y habilidades como guerrero eran tales que le fue negada la posibilidad. Cada vez que te veo montado en tu caballo pienso en él. Le regalamos dos sementales -Argento y Scarto- que descendían de las mismas líneas de sangre que tu Apolo.
Por el momento, Glaucus encontró más fácil concentrarse en lo trivial.
¿Era un buen jinete?
Era un gran jinete y aún mejor cuando se trataba de usar la espada. Nadie podía comparársele -dijo Marcus con una sonrisa.
¿Era bueno con la espada? Yo no soy muy bueno con la espada. Soy mejor con el arco.
Tu padre se unió al ejército siendo muy joven y empezó a entrenarse con la espada a una edad muy temprana. Tuvo muchas oportunidades de practicar y ...
¿Cuándo ocurrió el incendio? -lo interrumpió Glaucus, su mente negándose a dejar de lado el hecho terrible de que su familia hubiera muerto de un modo tan atroz.
Marcus suspiró.
Bueno, esto nos conduce a la parte difícil de la historia. Es difícil porque es tan dolorosa y porque no estamos completamente seguros de lo que ocurrió. Un día, cuando tu tenías sólo dos años, tu madre te trajo aquí para que te quedaras con nosotros. Lo hacía a menudo, cuando tu hermano estaba enfermo. Poco después, Titus, tu tío Eusebius y yo partimos en un viaje hacia el Sur de Hispania e Italia para comprar caballos. El viaje había sido planeado con anticipación y no vimos motivo alguno para postergarlo. Pensamos que las mujeres y los niños estarían seguros aquí. Había esclavos de sobra para cuidarte.
Glaucus miró intensamente a su abuelo. Era obvio que la historia que estaba contando era muy dolorosa para el anciano.
Mientras estábamos fuera, ocurrió algo terrible. La granja de tus padres fue atacada y tu madre y tu hermano fueron muertos.
¿Muertos? -a Glaucus se le cayó la mandíbula- ¿Quieres decir que fueron asesinados? ¿No murieron en el incendio? ¡Dijiste que habían muerto en el incendio! -el tono acusatorio de Glaucus estaba alimentado por la furia.
Titus volvió a intervenir.
Glaucus, esta historia es muy complicada y ambas cosas son ciertas. El fuego fue iniciado por los atacantes, eso creemos, y tu madre y tu hermano... fueron afectados por él.
Bien, ¿por qué mi padre no los salvó? -Glaucus volvió a ponerse de pie.
Estaba en Germania.
¿No murió con ellos?
No, murió después -respondió Marcus, consciente de que la historia no tenía mucho sentido para el muchacho.
Glaucus movió la cabeza en señal de confusión mientras volvía a sentarse en su silla. Se frotó los ojos con la mano.
No entiendo.
Titus volvió a acariciar su sedoso cabello ondeado, un gesto que siempre había traído consuelo al muchacho cuando era pequeño.
Nosotros tampoco lo comprendemos de todo, Glaucus. Cuando regresamos del viaje, había pasado alrededor de una semana. Encontramos la casa quemada, las cosechas quemadas y los cuerpos de los sirvientes dispersos por todos lados. También encontramos dos tumbas recientes con flores marchitas sobre ellas. No hace falta decir que no estábamos seguros de quién estaba enterrado en ellas ... de modo que las abrimos. Eran tu madre y tu hermano.
Glaucus se estremeció mientras la visión de restos humanos calcinados llenó su mente.
¿Los esclavos los enterraron?
No. Dijeron que no habían sido ellos. Para el momento en que se dieron cuenta de lo que había ocurrido y fueron a la granja, ya habían sido enterrados.
¿Quién lo hizo?
No estamos seguros, pero creemos que fue tu padre.
Glaucus suspiró en señal de exasperación y confusión, apabullado por la espantosa muerte de una madre y un hermano a los que no había conocido.
Pensé que habías dicho que estaba en Germania.
Pensamos que estaba allí pero, ¿quién otro se hubiera tomado el tiempo de enterrar a tu madre y a tu hermano y colocar flores sobre su tumba tan amorosamente? Preguntamos a toda persona en millas a la redonda y nadie admitió haberlo hecho. Si alguien hubiera pasado por allí, no se habría molestado en hacerlo con tanto cuidado. Las personas que iniciaron el incendio ciertamente no lo hicieron.
Glaucus dio vueltas al misterio en su propia mente.
¿Volvió de Germania para encontrarlos muertos?
Creemos que así fue.
¿Qué pasó luego con mi padre? ¿A dónde fue?
Allí es donde el misterio se hace aún más hondo. Simplemente desapareció.
¿Quieres decir que huyó? -preguntó el muchacho anonadado.
No, no, Glaucus -dijo Marcus con firmeza- Tu padre nunca hubiera hecho algo así. Algo terrible tiene que haberle ocurrido ... no estamos seguros de qué.
El silencio se adueñó de la estancia mientras Titus y Marcus contemplaban al conmocionado muchacho cuya vida todo había sido alterada en el término de pocas horas.
Aún podría estar vivo -dijo Glaucus, su voz estrangulada por la emoción.
No, no está vivo.
¿Cómo lo saben? ¡Podría estarlo! Mi padre podría estar vivo. Ustedes no lo vieron morir. No vieron su cuerpo. ¡Lo admitieron!
Marcus trató de calmar a su alterado nieto. Comprendía la necesidad del muchacho de aferrarse a la esperanza pero no podía permitírselo cuando tal esperanza era vana.
Si estuviera vivo, Glaucus, habría vuelto a su hogar y nunca lo hizo. No te aferres a la esperanza de que esté con vida. Por favor. Creo que hemos hablado lo suficiente por hoy, Glaucus. ¿Por qué no ...?
¡No! -Glaucus luchó por moderar su tono- Yo ... no pueden detenerse ahora. Tienen que decírmelo todo. Debo saberlo.
Hijo -dijo Titus- una semana más tarde partí hacia Germania en busca de tu padre por si acaso hubiera vuelto a casa, encontrado a su familia muerta y regresado a sus legiones. Habría sido raro que hubiera hecho algo así pero podía haber estado demasiado conmocionado para actuar normalmente -Titus miró a Marcus en busca de fuerzas- Encontré a un nuevo general y él me dijo que tu padre había sido ejecutado por traición.
¿Qué? -Glaucus se puso de pié tan bruscamente que derribó su copa de vino y el rojo líquido se volcó sobre la madera y chorreó sobre la alfombra - ¡Dijiste que era un gran hombre! Dijiste ...
Glaucus se interrumpió abruptamente, superado por un agobiante sentimiento de traición. Su padre había traicionado a su emperador y, al hacerlo, había traicionado a su hijo sobreviviente
¿Por qué Marcus Aurelius habría de ejecutar a tan gran general por traición?
Marcus Aurelius había muerto, Glaucus, y su hijo, Commodus, era el nuevo emperador. Marcus Aurelius murió en Germania, algunos dicen que en circunstancias sospechosas. Los soldados se mostraron reacios a hablar conmigo por razones obvias, pero algunos de ellos me buscaron para hablar en privado y dijeron que tu padre creía que Commodus había matado a Marcus Aurelius de modo de que Maximus se negó a apoyar al nuevo emperador. Fue Commodus, no Marcus Aurelius, quien ordenó que tu padre fuera ejecutado. Aparentemente, el legado de tu padre, Quintus, fue quien ordenó que la sentencia fuera llevada a cabo. Fue tu padre quien fue traicionado, Glaucus -la voz de Marcus chorreaba veneno- Commodus fue uno de los emperadores más incompetentes, uno de los hombres más irresponsables entre cuantos gobernaron el imperio. Merecía terminar como lo hizo, muerto en Roma a manos de un gladiador. Tu padre nunca hubiera aceptado apoyar a un hombre así. Pero como ves, Glaucus, tu padre era un hombre increíblemente poderoso. Contaba con la lealtad de todo el ejército romano y podría haberlo acaudillado contra Commodus, hasta podría haber reclamado el título de emperador para sí mismo. De modo que Commodus tenía que deshacerse de él lo más rápidamente posible para asegurarse el trono.
La cuestión es -dijo Titus- que ninguno de los soldados pudo encontrar el cuerpo de Maximus y lo buscaron durante semanas. Querían darle un funeral apropiado, sabes. Finalmente llegaron a la conclusión de que debía haber sido llevado lejos por los animales salvajes. Deberías haber visto a esos soldados como yo los vi, Glaucus. Hombres recios, duros, que se quebraban y lloraban como niños cuando hablaban de tu padre. Lo amaban intensamente.
Glaucus parpadeó para contener sus propias lágrimas y sorbió por la nariz. Titus apartó el rizo rebelde que insistía en volver a acomodarse sobre la frente del muchacho.
Maximus no habrá muerto mientras tú vivas. Eres la imagen viva de tu padre. Conocí a Maximus cuando era un poco más joven que tú y recuerdo cómo era a tu edad. Su cabello era más oscuro y sus ojos más azules que verdes pero, aparte de eso, eres igual a tu padre -Titus volvió a sentarse en su silla- Traté de reunir sus efectos personales, pero habían desaparecido. Nadie sabía qué pasó con ellos o no querían hablar del tema. Me hubiera gustado poder darte algo de él -por ejemplo, su espada- pero no había nada. Era como si nunca hubiera existido.
Glaucus permaneció en silencio, luchando para tragarse sus propias lágrimas. Cuando finalmente pudo hablar, su voz era apenas un susurro.
Si fue ejecutado en Germania, no pudo haber enterrado a mi madre y a mi hermano en la granja.
Hay tantos misterios en torno a la desaparición de tu padre -siguió diciendo Titus- Por ejemplo, la ausencia de su cuerpo. De hecho, los soldados descubrieron en el bosque a cuatro pretorianos muertos. Faltaban sus caballos. Habían sido muertos con sus propias espadas.
Glaucus alzó la vista esperanzado.
¿Crees que mi padre escapó?
Titus sonrió y se encogió de hombros.
No me extrañaría tratándose de tu padre. Era un hombre astuto y valiente.
Titus vio cómo Glaucus se sumía por un instante en sus propios pensamientos, sabiendo que pronto debería enfrentar la pregunta que temía. No tuvo que esperar demasiado. Cuando Glaucus finalmente habló, sus palabras fueron muy medidas.
Si mi padre escapó y vino a casa sólo para encontrar a mi madre y a mi hermano muertos, ¿por qué no vino a buscarme?
Titus y Marcus intercambiaron una mirada y Titus cerró los ojos, como si esa acción pudiera borrar la pregunta de Glaucus.
Marcus se puso de pié y le sirvió a su nieto otra copa de vino.
Bebe un poco, Glaucus, lo vas a necesitar.
Glaucus lo ignoró y respiró hondo varias veces para calmar su estómago, la tensión entre los dos hombres haciéndole temer lo que vendría a continuación.
Titus dijo gentilmente.
No sé cómo decirte esto de un modo suave, Glaucus ... así que te lo voy a decir directamente. Maximus no sabía nada acerca de ti.
Hasta ese momento, el joven había sido valiente pero, al llegar a ese punto, apoyó los codos en la mesa y se llevó los nudillos a los ojos. Cuando finalmente habló, su voz estaba ahogada por lágrimas.
¿Cómo pudo ser?
Titus trató de explicarle que Maximus no había estado presente durante su nacimiento y el temor casi irracional que había sentido su madre de perderlo. Titus sabía que no iba a aliviar el dolor del muchacho y efectivamente no lo hizo.
Oculto detrás de la pared que formaban sus propias manos, Glaucus preguntó:
¿Ni siquiera me vio una vez?
No.
¿Supo mi nombre?
No.
Para él nunca existí.
Glaucus, nunca vi a un hombre que amara a su familia más que Maximus, aunque raramente podía estar con ella. Si hubiera sabido de tu existencia, te hubiera amado igualmente y ahora sabe que tu existes. Te está viendo, créeme.
Marcus miró a Titus indicándole con la mirada que debía agregar el resto.
Glaucus, la razón por la que estás vivo es justamente porque Maximus no sabía de ti.
Las lágrimas se desataron finalmente y rodaron por las mejillas del joven.
¿Qué quieres decir?
Marcus se frotó los ojos antes de proseguir.
Cuando desenterramos a tu madre y a tu hermano descubrimos algo que nos conmocionó aún más que sus muertes. No fue un asesinato al azar. Había marcas de clavos en sus manos. Descubrimos dos cruces destrozadas. Habían sido crucificados ... una ejecución de estado -Marcus se pasó la mano por el cuello, su rostro repentinamente envejecido- Sus muertes tienen que haber tenido algo que ver con la ejecución de tu padre ... o el intento de ejecución. Cuando un hombre es muerto por motivos políticos, toda su familia es condenada junto con él para que no haya hijos sobrevivientes que con los años puedan buscar venganza. Si los pretorianos hubieran sabido de tu existencia, te habrían buscado hasta encontrarte y te hubieran matado a pesar de que eras apenas un bebé. Como ves, fue mejor que Maximus no supiera de tu existencia. De ese modo, dejó un hijo que pueda perpetuar su nombre. Es un gran honor ser el hijo del general Maximus Decimus Meridius. Un gran honor.
Titus continuó.
Pero vivimos en el temor de que alguien te descubriera y volvieran a terminar el trabajo -aún cuando hubieran pasado años- de modo que te crié como mi hijo y te di un nombre diferente para ocultar tu identidad. Aún ahora, no es seguro usar tu verdadero nombre en público. Especialmente, porque no sabemos qué ocurrió realmente con tu padre.
Pero dices que me parezco a él. La gente se dará cuenta.
Sí, te le pareces ... pero, como te dije, hay diferencias. Tus ojos son verdes mientras que los de él eran azules. Tu cabello es castaño como era el de mi madre, mientras que el de él era negro. Tu lo llevas largo y eso permite que sea ondulado. Maximus usaba el suyo muy corto, al estilo militar. Y tenía una barba recortada mientras que tu aún vas afeitado -Titus sonrió brevemente- No eres tan alto como Maximus pero seguramente lo serás. Tampoco eres tan musculoso como él pero pienso que llegarás a serlo con el tiempo. La voz de tu padre era muy profunda y la tuya da señales de que también va a serlo. Así que, mientras que nosotros vemos grandes similitudes entre tú y tu padre, un observador casual probablemente no.
Glaucus se puso de pie y contempló su imagen en el gran espejo de su abuelo.
¿Hay algo más que deba saber?
Titus trazó dibujos en la mesa usando el vino derramado.
Glaucus, quiero que sepas la razón por la cual no te adopté. Lo consideré seriamente, créeme que lo hice. Pero tu padre era de la clase senatorial porque fue adoptado para que pudiera ascender a general. Eso te hace a también a ti miembro de esa clase. Si te hubiera adoptado, esa condición se hubiera perdido junto con los privilegios que conlleva -Titus miró a Marcus- Pensamos que no sería lo correcto. Por favor, entiéndelo.
Glaucus siguió contemplando su propio rostro.
Marcus agregó:
Glaucus, tu padre está muerto pero no sabemos dónde o cómo ocurrió ... o cuándo exactamente. Durante años hemos buscado respuestas ... y hubo rumores ... rumores muy raros, pero nunca descubrimos nada en concreto. A veces, la verdad no puede ser descubierta. Maximus simplemente desapareció.
Glaucus examinó sus rasgos y trató de imaginarse a sí mismo con ojos azules, barba recortada y cabello negro y corto.
Tengo que saber qué le ocurrió.
Lo intentamos, Glaucus ...
Tengo que saber. Puede que aún esté vivo. Puede que esté en prisión. No tenía ningún motivo para regresar aquí porque no sabía que tenía un hijo que aún estaba vivo.
Titus y Marcus casi se estremecieron ante la determinación que había en su voz. Sonaba como su padre. Por unos momentos, miraron al muchacho que se contemplaba a sí mismo como si hubiera estado en trance y luego dejaron quietamente la habitación para dejarlo a solas con sus pensamientos.
Estoy vivo, padre -susurró Glaucus- Tienes un hijo que está vivo ... y descubriré que te ocurrió.
Persius ató a su caballo a la puerta rota y caminó lentamente por el camino sombreado por los álamos, sus ojos fijos en la espalda del joven que se encontraba parado frente a las tumbas cubiertas de hierba, sus hombros caídos y su cabeza gacha, su postura una de absoluta derrota y dolor. Glaucus ni siquiera levantó la vista cuando su tío se detuvo junto a él. Persius notó los grandes cambios operados en el muchacho desde que vistiera la toga virilis apenas dos semanas antes. Atrás habían quedado la risa constante y el tono ligero que lo habían caracterizado. En cambio, vestía un manto de seriedad que lo aplastaba de tal modo que apenas parecía capaz de moverse.
Persius se aclaró la garganta.
Sé que estás ahí, tío -dijo Glaucus sin apartar sus ojos de las tumbas.
Solía venir a esta granja cuando tenía tu edad. Venía aquí con mi hermana, cuando ella visitaba al soldado con el que pronto habría de casarse.
Glaucus apenas lo escuchó.
Solía jugar sobre estos montículos. No tenía idea de que fueran las tumbas de mi madre y mi hermano -Glaucus finalmente miró a Persius con ojos hinchados y el hombre supo que el muchacho había estado llorando- ¿Por qué nadie me lo dijo? -preguntó, la agonía evidente en sus ojos.
Persius suspiró.
Eras demasiado pequeño para decírtelo.
Lo que hice fue tan irrespetuoso ...
No, Glaucus, en absoluto. En todo caso, estoy seguro de que Olivia estuvo feliz de tener a sus dos hijos tan cerca de ella.
Glaucus se inclinó y aferró un manojo de pasto y yuyos de una de las tumbas y los arrancó furiosamente, antes de darse vuelta para enfrentar a su tío blandiéndolos en su puño apretado bajo la nariz de Persius.
¿Por qué dejaron que el pasto creciera sobre ellas de este modo? ¿Por qué no hay nada que las señale?
Suavemente, Persius hizo que su sobrino abriera los dedos y dejara que las hierbas se dispersaran en el viento; luego, estrechó la mano del muchacho en señal de simpatía antes de hacer que la bajara hasta reposar junto a su cuerpo.
Pensamos que Olivia querría permanecer enterrada aquí, en la tierra que compartió con Maximus, por eso no la llevamos a nuestra propiedad. Pero, cuando tomamos esa decisión, también sabíamos que deberíamos dejar las tumbas sin señalar -Glaucus comenzó a protestar pero Persius levantó una mano para imponer silencio- Déjame explicarte. Sé que mi padre y mi hermano te dijeron que hay muchos misterios en torno a las muertes de tu madre y tu hermano ... y la desaparición de tu padre. Pero todo eso tiene que estar asociado de algún modo al cambio de liderazgo en el imperio. En otras palabras, Glaucus, algunos hombres muy poderosos estuvieron involucrados. Pero no te descubrieron y no queríamos hacer nada -nada- que pudiera mostrarles que aún quedaba un hijo con vida y eso incluía evitar que visitaras las tumbas de tu madre y tu hermano. De todos modos, eras demasiado joven para decirte la verdad. Aún ahora no debes rondarlas o pasar mucho tiempo aquí ... aunque la propiedad ahora te pertenece.
¿Cómo puedo no hacerlo? Tú tuviste trece años para acostumbrarte a la idea de sus asesinatos. Todo esto es nuevo para mí. Para mí es como si acabara de ocurrir. ¿No puedes recordar cómo te sentiste trece años atrás -imploró Glaucus, sus ojos buscando comprensión en los de su tío.
Persius echó un brazo en torno a los hombros del muchacho y lo atrajo rudamente contra él, del modo en que lo hacen los hombres cuando necesitan consuelo pero les avergüenza compartir la intimidad física.
Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Ven y siéntate conmigo en la pared. Allí es donde me sentaba cuando venía aquí con mi hermana a visitar a tu padre antes de que se casaran.
A regañadientes, Glaucus permitió que lo empujaran hacia la pared.
¿Lo conocías bien?
Probablemente mejor que nadie en la familia con excepción de tu madre. Era mi héroe, el mejor hombre que jamás conocí. Quería ser como él. Hasta lo conocí como general en Germania.
Glaucus se detuvo abruptamente.
¿Tú también fuiste a Germania?
Persius lo aferró de un brazo y tironeó de él.
Sí. A tu padre raramente le permitían venir a casa, estaba demasiado ocupado comandando el ejército. Olivia lo extrañaba terriblemente y tenía miedo de que Marcus creciera sin conocer a su padre así que fue a Germania llevando a tu hermano cuando sólo tenía cinco años. Tu padre llevaba años fuera del hogar y ella lo extrañaba mucho. Me confió su plan y me convenció de que la acompañara. Sonaba como toda una aventura de modo que accedí de inmediato -Persius pasó una mano por sobre el borde de la pared para limpiarlo de escombros y lanzó una piedra en dirección al arroyo cercano antes de tomar asiento y hacerle un gesto a Glaucus para que se sentara a su lado. El muchacho no vaciló, hambriento por cualquier migaja de información- Fue un viaje largo y difícil. Mucho más difícil de lo que imaginé ... especialmente el paso por las montañas. Nos tomó más de un mes llegar hasta allí y, cuando finalmente lo hicimos, descubrimos que tu padre se encontraba pasando revista a otras legiones estacionadas a lo largo de los ríos Rhin y Danubio. Era responsable de un enorme territorio, docenas de legiones y ... miles de hombres. Germania era en ese momento un territorio inestable y tu padre libró muchas, muchas batallas.
¿Las ganó?
Persius se echó a reír y movió la cabeza maravillado.
Oh, sí. Ya lo creo que las ganó.
Inseguro respecto de lo que había desatado la hilaridad de su tío, Glaucus preguntó seriamente:
¿Fue herido?
Algunas veces. Pero siempre se recobró. Era muy fuerte en cuerpo y espíritu.
Glaucus levantó una rodilla y la envolvió con sus brazos antes de apoyar la mejilla sobre ella.
¿Cómo era? Como persona, quiero decir, no como general.
Tendía a ser un poco ... reservado ... a causa de sus muchas responsabilidades. Cargaba con un peso enorme. Pero era un hombre diferente cuando estaba con su familia ... muy gentil y amable. Cuando estaba aquí, lejos de las guerras en Germania, era una persona con la que daba gusto estar y a menudo muy divertido. También tenía una mente aguda. Era un hombre muy inteligente. Podía ser muy obstinado y determinado y a veces sencillamente intimidante. Pero luego lo veía con Marcus y era tan dulce y juguetón y en lo que hace a tu madre era siempre amoroso y tierno. Los adoraba a ambos.
¿Por qué no dejó el ejército para quedarse con ellos?
No pudo. Fue elegido por el emperador y tenía que obedecer. Además, puedo decirte que realmente le gustaba la vida del ejército ... los desafíos, las responsabilidades. Amaba a Roma y quería servirla lo mejor que pudiera. Eso no quiere decir que amara menos a su familia. Tu padre era un hombre notable -Persius lanzó otra piedra que decapitó a una margarita que se encontraba cerca- Lo extraño.
Creo que podría estar vivo.
Persius se enderezó y levantó ambas manos tratando de disipar la noción.
No ... no, Glaucus. No alientes esa esperanza. No está vivo. Hubiera vuelto.
Tal vez no pudo. Tal vez está en alguna prisión en alguna parte y se está preguntando por qué nadie lo ha buscado. Tal vez está herido y siente que todos lo han olvidado. Podría ser cierto, ¿verdad que sí? ¿Puedes imaginarte lo horrible que sería? Tal vez ha estado asustado y hambriento y solo ... durante todos estos años?
Glaucus ...
El muchacho se puso de pié y enfrentó a su tío
¡Podría ser cierto!
Es muy improbable -respondió Persius, sus palabra implorándole que comprendiera.
Creeré que mi padre está vivo hasta que se demuestre lo contrario. Lo buscaré.
El imperio es enorme -surgirió Persius suavemente.
Lo sé -Glaucus frotó el suelo con su sandalia, su mandíbula firme en un gesto de determinación.
No, no lo sabes. Yo pensé que también lo sabía hasta que fui a Germania. Cada vez que Maximus aparecía por aquí, yo creía que venía de una pequeña excursión por las colinas que le había tomado un par de días. No es para nada así. Las montañas son traicioneras y hay ladrones y salteadores por todos lados. Una vez que has cruzado los Alpes hay pocas posadas ... sólo bosque oscuro, muy oscuro y aterrador. El clima puede ser terrible: nieve, lluvia, cellizca. Cuando regresamos de Germania, Maximus nos acompañó en persona. Estaba tan preocupado por la seguridad de tu madre y tu hermano. A él nadie se atrevería a desafiarlo.
Glaucus volvió a sentarse, ansioso de alentar a su tío para que siguiera hablando.
¿Cuánto tiempo permaneciste en Germania?
Algunos meses.
¿De veras? ¿Qué hiciste durante todo ese tiempo?
Persius se sonrojó avergonzado.
Bueno ... me imaginaba que era un soldado -sonrió- Hasta empecé a aprender cómo usar una espada. Descubrí que no tenía madera de soldado. Esos son hombres recios, verdaderamente recios. Pero la mayor parte del tiempo, cuidaba de tu madre y tu hermano. Era lo que tu padre quería que hiciera porque él pasaba fuera mucho tiempo. Lo reclamaba el deber.
¿Qué hacía mi madre?
Fundamentalmente, extrañar a tu padre -de repente, Persius estalló en carcajadas al recordar la noche en que Maximus regresó al campamento para encontrar en él a su esposa y su hijo ... y las terribles burlas que el general había soportado al día siguiente.
¿Qué es tan gracioso?
Nada que pueda contarte.Glaucus hizo girar los ojos y Persius lo llamó al orden dándole una palmada en el hombro.
Pasaba sus días cuidando de Marcus ... y pintando.
¿Pintando? ¿Qué pintaba?
Glaucus, tu madre era muy talentosa. Podía tallar los caballos más hermosos ... -las cejas de Persius se alzaron de golpe ante el impacto del recuerdo- ¿Viste esas figuritas de caballos que hay en el establo?
Sí, solía jugar con ellas.
Las hizo tu madre.
¿Las hizo ella? -Glaucus se quedó atónito y apabullado al saber que había manipulado con tanta frecuencia algo que su madre había creado con sus propias menos- Tengo algunas de ellas en mi dormitorio. Son increíbles.
Como regalo para tu padre, tu madre hizo unas hermosas tallas de ella misma y de Marcus de modo que pudiera llevárselas con él a Germania. Titus las buscó cuando estuvo en el campamento pero nunca pudo encontrarlas. Ella estaba siempre dibujando ... imágenes de Marcus y de tu padre y de la granja -Persius fue arrancado de su sentimentalismo por una dolorosa presión en su brazo. Los dedos de Glaucus lo tenían aferrado tan fuertemente que sus nudillos estaban blancos.
¿Dónde están -demandó el muchacho- Debo verlas.
Persius movió la cabeza tristemente.
Todo se quemó en el incendio. La única otra persona que tenía dibujos era tu padre, pero todas sus pertenencias desaparecieron. Probablemente Commodus hizo que los pretorianos destruyeran todo. Lo sien ...¡aguarda! Hay algo más. Estaba empezando a hablarte sobre las pinturas de tu madre cuando me distrajiste -fingiendo enojo, Persius se sacudió la mano de Glaucus con un gesto exagerado- En Germania, mientras su padre estaba fuera, pintó dos grandes murales en las paredes de su dormitorio. Verás, sus hombres le habían construido una casa de piedra y tu madre vivió en ella mientras estuvo allí. Uno de los murales mostraba esta granja y Olivia se incluyó a sí misma y a Marcus en la pintura a pedido de tu padre. Supongo que podría ser la única imagen de ellos que quede.
Glaucus miró a Persius con los ojos muy abiertos y el hombre se dio cuenta de inmediato de lo que estaba pasando por la mente de su sobrino.
Tu abuelo jamás te permitirá ir. Eres demasiado joven para un viaje como ese.
Podrías venir conmigo -le suplicó.
No puedo, Glaucus. Ahora soy casado y tengo un hijo en camino. Aquí tengo responsabilidades. Lo sabes bien.
Glaucus no iba a ser disuadido tan fácilmente.
Mencionaste dos murales. ¿Qué había en el otro?
Persius tendió una mano apretó afectuosamente la nuca de su sobrino. ¿Cómo iban a retener a aquel muchacho?
Era una enorme imagen de tu padre vestido con su uniforme de general, montado en uno de sus sementales y con el río Danubio y las montañas de Germania en el fondo. Tu madre capturó su imagen perfectamente. No se trataba sólo de sus rasgos sino también de su personalidad -Persius movió la cabeza en señal de asombro- No sé cómo lo hizo.
Glaucus siguió mirando a Persius pero sus ojos estaban vidriosos y sus pensamientos a muchas, muchas millas de distancia. Se volvió hacia el noreste.
¿Estarán allí todavía?
¿Los murales? Probablemente. Haría falta mucho para demoler esa casa. Pero puede que hayan pintado las paredes nuevamente. Después de tu padre hubo otros generales que han de haber vivido en esa casa y tal vez no quisieran mirar su rostro. Recuerda que, después de todo, lo habían declarado traidor.
¡Es una mentira y lo probaré!
Persius suspiró.
Glaucus, es importante que conozcas tu ascendencia pero tu padre, madre y hermano se han ido. Son parte del pasado. Debes dejarlos ir.
Glaucus se levantó de un salto y con sus largos pasos se dirigió hacia el frente de la casa y los dos montículos cubiertos de hierba, Persius siguiéndolo a regañadientes.
¿Sabes cuál es cuál?
Por un instante, Persius se sintió confundido. Luego respondió quedamente:
Tu madre se encuentra a tu izquierda.
Glaucus caminó hacia la tumba, se acuclilló y apoyó su mano en ella suavemente.
Madre, ¿por qué no le dijiste de mí?
Persius apoyó sus manos sobre los hombros del muchacho.
La personalidad de tu madre cambió luego de su regreso de Germania, Glaucus. Ella creció aquí, protegida de las realidades del mundo ... del mismo modo que tú. La brutalidad de la que fue testigo en Germania la afectó. Vio hombres horriblemente heridos ... incluido su propio esposo. Vio a su hijo casi morir de enfermedad. Creo que se dio cuenta por primera vez de cuán frágil es la vida. De modo que, cuando naciste, se tornó ferozmente protectora y más que cautelosa sobre tu salud y seguridad. Estaba tan asustada de que algo pudiera pasarte y Maximus no fuera capaz de superar la pérdida de otro hijo.
Sorprendido, Glaucus se sacudió las manos de su tío, se puso de pié y lo enfrentó.
De modo que eligió mantener tu existencia en secreto hasta que Maximus volviera a casa y pudiera verte por sí mismo. No fue la decisión más sabia pero nadie pudo convencerla de otra cosa.
¿Qué quieres decir ... otro hijo? Marcus aún no había muerto. ¿Por qué dijiste "otro hijo"?
Persius gimió.
¿No se te escapa nada, verdad?
Glaucus levantó el mentón, sus ojos demandando una respuesta.
Tuviste una hermana que vivió sólo unos pocos días. Era más pequeña que Marcus y tu padre nunca la vio. Tomó mal la noticia de su muerte, muy mal.
Una hermana. Tenía un hermano y una hermana. Los dos muertos.
¿Cómo se llamaba?
Maxima.
Glaucus volvió a mirar las tumbas.
¿Ella también está enterrada aquí?
Persius miró en dirección a la puerta de entrada y señaló con la cabeza.
No, su tumba está bajo el álamo más alto. Hay flores plantadas en ella.
Glaucus miró en silencio al robusto álamo que guardaba un secreto en su base y dijo quedamente:
Todos se han ido menos yo. En mi familia había cinco personas y todas se han ido menos yo -tomó aliento profundamente- Puedo reconstruir el fin de todos ellos menos uno. Le hice una promesa a mi madre, tío. Le prometí que encontraría a su esposo y mi padre ...
Glaucus ...
... sea que esté vivo o muerto ... y vengaré su muerte.
Glaucus, si lo haces, no lograrás nada sino causarte un terrible dolor.
Mi corazón está destrozado, Persius. Sólo hay una cosa que lo sanará. Tengo que hacerlo.
Glaucus, prométeme algo.
El joven miró a su tío, sus hermosos ojos verdes viéndose graves y serios.
Prométeme que no te lanzarás a esta aventura hasta que no estés completamente preparado. Eres un hábil jinete y eres bueno con el arco pero eso no es suficiente. Debes pulir esas habilidades y adquirir otras nuevas. También debes llegar a ser bueno con la espada. Tu padre era un gran espadachín. Te ayudaré a encontrar un maestro que te enseñe.
Glaucus asintió con la cabeza, su expresión suavizándose ante este acto de apoyo.
Gracias. Quiero comenzar ya mismo.
Hay algo más -Persius sujetó a su sobrino por los hombros y lo sacudió ligeramente para enfatizar la gravedad de lo que iba a decir- Prométeme que no le romperás el corazón a tu abuelo lanzándote a esta misión mientras él esté con vida.
Pero ...
Persius apretó los dedos, hundiéndolos en la carne del muchacho antes de decir lentamente:
Eres muy joven y tienes mucho tiempo.
Glaucus se sintió devastado por la demanda de Persius.
¡No entiendes! ¡Mi padre podría estar con vida! ¡Cada día que pasa está más cerca de la muerte! ¡No puedo esperar!
¿Y cómo crees que se sentiría si su único hijo muriera durante una misión destinada a salvarlo porque no tiene la experiencia o la madurez necesarias para emprender semejante tarea? ¿Cómo crees que se sentiría? Glaucus, debes creerme cuando te digo que Maximus no está con vida. Cinco o seis años más no alterarán las circunstancias de su muerte.
Glaucus levantó los brazos y se deshizo de las manos de su tío, empujándolo a un lado.
¡Es una eternidad! Además, mi abuelo podría vivir otra década o más.
Persius movió la cabeza negativamente y dijo en forma muy queda:
No. Puedo ver cómo cada año la edad va avanzando más y más sobre su rostro y su cuerpo. Necesita a su familia a su alrededor, especialmente al único hijo de su querida hija perdida.
Glaucus cerró apretadamente los ojos y luego se volvió hacia la tumba de su madre.
Se lo prometí a ella -susurró.
Si estuviera viva, te prohibiría que emprendieras una aventura tan tonta hasta no ser lo suficientemente grande y comprender cabalmente en qué te puedes estar metiendo. Glaucus ... tus padre tenía enemigos. Puede que aún estén vivos. Sus enemigos ahora son tus enemigos. Si te aparecieras en Germania y empezaras a hacer preguntas ... bueno, podrías poner tu vida en peligro. Debes ser paciente.
Los ojos verdes se llenaron de lágrimas.
Todo lo que puedo hacer es pensar en mi padre encerrado en alguna prisión ... en como todos los traicionamos.
No está en prisión, Glaucus, está muerto. Durante muchos años alenté la misma esperanza que tu alientas ahora y fue muy doloroso tener que admitir la verdad. Está muerto.
Quisiera ... -las lagrimas se derramaron, haciendo que los ojos de Glaucus parecieran profundos pozos de agua color verde- ... quisiera poder conocerlo. Eres tan afortunado por haberlo conocido. Daría cualquier cosa por conocerlo. Aunque fuera por un corto tiempo ...
Persius apartó el pesado rizo de la frente húmeda del muchacho.
El mejor modo de conocer a tu padre es hablar con la gente que lo amó, la gente que trabajó con él ... escucha sus historias. Por aún no, Glaucus.
A regañadientes, Glaucus asintió.
- Aún no -repitió mientras se secaba los ojos con el dorso de la mano y sorbía por la nariz ruidosamente- Aún no.
Septimius Severus se encontraba recostado contra la media columna de mármol que decoraba la entrada noroeste del Anfiteatro Flaviano, el enorme arco de piedra elevándose sobre su cabeza, sólido e intimidante. Esta era la entrada de los gladiadores, quienes pronto desfilarían ante el emperador al dar comienzo los combates de la jornada. Directamente opuesta a ésta, en el extremo sudoeste del anfiteatro, se encontraba la puerta Libitinaria, por la cual eran retirados los infortunados gladiadores que no habían sobrevivido a los juegos y los animales salvajes muertos en combate.
Pero Septimius estaba interesado sólo en un gladiador, quien se encontraba bien vivo y estaba atrayendo gran cantidad de atención mientras permanecía sentado en una celda esperando su turno para salir a al arena.
Septimius estaba feliz de encontrarse a salvo del sol matutino e igualmente agradecido de estar alejado de la masa humana que se apiñaba frente a la celda, empujando y esforzándose por ver al hombre que había desafiado al emperador. Una sola mirada había bastado para satisfacer la curiosidad de Septimius. El celebrado combatiente era, en efecto, el general Maximus Decimus Meridius. Septimius había pensado a menudo que un día vería al magnífico general celebrado en Roma pero en esos momentos lo había imaginado atravesando la ciudad en una carroza cubierta de guirnaldas al frente de un desfile triunfal con miles de personas aclamándolo y arrojando pétalos de rosa a sus pies. Por cierto que estaba siendo aclamado pero por una turba fascinada por su habilidad y coraje en el combate mano a mano montado por la poco gloriosa razón de servir como entretenimiento.
Mientras contemplaba las espaldas de la multitud, Septimius pensó en aquel giro del destino de quien había sido hasta sólo unos meses antes el más importante general romano y el favorito de Marcus Aurelius. ¡Cuán bajo había caído en tan corto tiempo! Ya no tomaba más decisiones que afectaran el futuro del impero. Ahora era menos que poderoso, apenas un semental en un establo de gladiadores, su vida dictada por la voluntad de su dueño y los caprichos de la multitud que llenaba el Coliseo. Ahora, su inteligencia, fuerza y astucia no servían otro propósito que el de proveer de diversión por las tardes a romanos ansiosos de verse distraídos de las miserias de sus propias vidas mientras contemplaban la destrucción de otras con aún menos sentido que las suyas.
Septimius se había perdido el gran debut del gladiador. Oh, había escuchado hablar sobre el hombre, el español cuya reputación como combatiente había precedido su llegada a Roma. Pero el pretor se había perdido el espectáculo de Maximus organizando a sus compañeros gladiadores en un contraataque a los invencibles legionarios de Scipio Africanus, que había terminado con sus cuerpos rotos y sus carrozas desparramadas por la gran arena para absoluta sorpresa primero y luego deleite de la multitud. Los parias habían ganado y eso a la gente le había encantado. Vieran cómo tendían sus manos a través de las barras de la celda, esforzándose por acercarse a su héroe ... tratando de tocarlo. Clamaban su nombre, "¡Maximus! ¡Maximus!" Le arrojaban flores, trataban de tentarlo para que se les acercara ofreciéndole dulces, como si hubiera sido un niño. Y, durante todo el tiempo, él permanecía sentado en las sobras en el fondo de la celda, distante y lleno de dignidad, su rostro impasible, sus ojos desenfocados fijos en algún objeto invisible. Sus camaradas gladiadores habían tratado de protegerlo de la indeseada atención de la multitud usando sus cuerpos para ocultarlo pero los guardias les habían ordenado apartarse y amenazado con colocar a Maximus en una celda aparte. Después de todo, la multitud tenía derecho a inspeccionar a sus héroes antes de realizar sus apuestas y de discutir los atributos de los gladiadores como si no hubieran sido más que trozos de carne colgados en los puestos que se encontraban en la plaza más allá del coliseo.
La actitud distante de Maximus sólo contribuía a hacer que la multitud se esforzara más por atraer su atención y los gritos alcanzaban por momentos una intensidad febril. Las mujeres eran las peores. Se pavoneaban delante de él vestidas con tejidos diáfanos, sus cabellos y maquillaje elaborados y artificiosos. No había dudas de que muchas de ellas estaban apreciando al hombre, tratando de decidir si enviar o no a sus sirvientes a hacer los arreglos necesarios para una visita una vez que los juegos del día hubieran concluido de modo de poder probar las habilidades sexuales del más reciente héroe de Roma sin importar el precio.
Septimius no tenía duda alguna de que la plebe no entendía quién era Maximus. Los rumores que circulaban por la ciudad decían que había sido un general del ejército romano -algunos juraban que se lo habían escuchado decir a él mismo- pero pocos lo creían realmente. Después de todo, los propietarios esclavos los habían engañado antes con descripciones embellecidas de las historias de sus luchadores. Pero, quien quiera que fuese, era un extraordinario y valiente guerrero ... y eso era todo lo que importaba. El hecho de que se hubiera parado audazmente frente al irritado emperador desafiándolo a actuar mientras la multitud pedía por su vida sólo incrementaba su encanto. Había sido el despreciado emperador el que había retrocedido, no Maximus.
La gente no quería que Maximus fuera un general, un hombre de privilegios. Quería que fuera uno de ellos. Y, así, la fama de Maximus como luchador, se iba expandiendo por el imperio, llevada de ciudad en ciudad por cada mercader y viajero, pero su verdadera identidad permanecía ignota. Era conocido simplemente como Maximus el Gladiador o el Gladiador Español o el Gran Gladiador.
Septimius no adhería a la ilusión de que la gran mayoría de los habitantes del imperio se preocupaba por lo que pasaba en Roma. Los emperadores podían ir y venir y las noticias tardaban meses en llegar a otros territorios. Aun así, pocos eran los que las conocían y menos los que se interesaban en tanto y en cuento los cambios no afectaran su vida diaria. Los ciudadanos sólo se preocupaban por su alimento, tener un techo y salud, no por el poder y la política.
La multitud se arremolinó y apartó por un momento y Septimius volvió a tener un vistazo de Maximus. No se había movido. Estaba sentado sobre un banco de piedra, ligeramente inclinado hacia delante con los antebrazos descansando sobre los muslos, sus fuertes piernas bien separadas, las manos ligeramente entrelazadas. Septimius decidió que su armadura de cuero y la rústica túnica azul hacían tanto honor a su aspecto y su fuerza como antes lo hicieran su coraza militar y sus pieles. Sus fuertes brazos y piernas desnudos arrancaban más que unos pocos comentarios de la multitud de adoradores. A pesar de su encierro, mantenía absolutamente intactos su orgullo y su dignidad.
Septimius se preguntó qué estaría pensando. ¿Estaría lamentando su destino o resignado a él? ¿Se arrepentía de lo que fuera que hubiera hecho para precipitar su caída? Pero Septimius creía que todo sucedía por alguna razón. La vida se desarrollaba como el argumento de una obra teatral predeterminada por los dioses. Pensó que a ningún mortal se le permitía leer el argumento antes de que sonaran las trompetas anunciando el inicio de la función.
Pero ... Septimius no era cualquier mortal. Sabía lo que su argumento personal incluía porque la profecía se lo había dicho. Estaba destinado a ser emperador del mismo modo que el alguna vez poderoso Maximus había estado obviamente destinado a perder su poder. Pero ... Septimius no era tan tonto como para creer que un gran hombre como Maximus había llegado a su último episodio en la obra y que iba a abandonar el escenario tan ignominiosamente. No, él se encontraba allí, en Roma, esclavizado, por una razón. Y esa razón, creía Septimius, le había sido revelada en la profecía. Maximus era su "León". Ahora no tenía duda alguna. Muy pronto, Maximus Decimus Meridius iba a contribuir sin saberlo a que su antiguo conocido, Septimius Severus, viera cumplirse su profecía trayendo el fin de la dinastía de los Antoninos tal como la Sibila lo predijera. Y eso, creía Septimius, era la razón final por la cual Maximus había llegado a existir ... para desempeñar un rol menor en una historia escrita para que Septimius desempeñara el papel principal. El antiguo general no tenía idea de que el objetivo fundamental de su vida era su muerte, la cual precipitaría los eventos que conducirían al establecimiento de la nueva gran dinastía que controlaría el imperio: la dinastía de los Severos.
Septimius fue arrancado de sus pensamientos por las protestas de la multitud mientras los guardias se ocupaban de hacer que Maximus y los gladiadores volvieran a las entrañas del Coliseo para prepararse para los eventos del día. Con unas pocas miradas hacia atrás para tratar de ver por última vez a su héroe, la gente se dispersó rápidamente, tratando de adelantarse a sus vecinos para ganar un lugar en la gradería superior de la enorme arena. Desde que Maximus debutara, se habían formado largas filas fuera del anfiteatro y muchos ciudadanos fastidiados se veían cada día rechazados en la entrada. Septimius no necesitaba apresurarse. Su asiento cómodamente acojinado lo esperaba en la bandeja inferior del anfiteatro.
Septimius vio como Maximus se ponía de pie, luego se agachaba ligeramente antes de que sus anchos hombros desaparecieran por la puerta baja, seguido por los otros gladiadores, los cuales era claro que lo trataban con la deferencia de un líder. Septimius se apartó de la pared de piedra y empezaba a darse vuelta cuando se detuvo, sus ojos atraídos por la figura de una mujer solitaria, la que permanecía clavada en su lugar frente a la celda ahora vacía. Al contrario de los demás espectadores, seguía mirando fijamente al lugar donde Maximus había estado sentado hasta unos momentos antes, su hermoso rostro pálido y demudado, rígido su cuerpo alto y esbelto, una mano apretando su estómago como si hubiera sido herida. A pesar del calor, estaba envuelta en un suave manto de color azul claro, el que sujetaba apretadamente en torno a su garganta, la capucha ocultando casi completamente su cabello rubio rojizo. Intrigado, Septimius se le acercó.
Mi Señora ... -comenzó a decir.
Soltando una exclamación, la mujer se dio vuelta aturdida y, por un momento, fijó en él sus vidriosos ojos azules. Luego, con un gemido de desesperación, apartó el rostro y huyó, siendo rápidamente tragada por la multitud que bullía en torno al edificio.
"Curioso", pensó Septimius. Obviamente la mujer no tenía intención de entrar a la arena. Pero pronto se olvidó de ella, sus pensamientos una vez más concentrados en sí mismo. Cruzó el pórtico sombreado que lo conduciría hacia el pulvinar y los asientos reservados para dignatarios como él. No había duda alguna de que Commodus estaría esa tarde en la arena, sentado con su hermana en su elaborado y sombreado pulvinar al otro lado de la arena. "Lástima", pensó Septimius. Le hubiera gustado ver la cara del mocoso llorón cuando Maximus saliera a la arena. Mientras caminaba, saludando a los conocidos con la cabeza, pensó en la profecía que sabía de memoria. Decía que el León tenía un cachorro y ese cachorro estaba destinado a causarle problemas. En una de sus conversaciones, Maximus había mencionado que tenía un hijo y lo más probable era que el niño estuviera oculto en España. Marcus ... ese era el nombre ... así llamado por el emperador. El paso de Septimius se hizo gallardo a medida de que se aproximaba a la entrada que le correspondía, confiando en que en cuestión de semanas podría dormir tranquilo con la certeza de que sus agentes habían eliminado al molesto cachorro. Después de todo ... ¿cuál era el objetivo de conocer el propio destino sino modelar los hechos profetizados para el propio beneficio?