Mientras terminaba de colocar sus pertenencias en la alforja y ajustaba las correas de cuero para cerrarla, Glaucus miró a través de la ventana para determinar el clima. El cielo limpio prometía buen tiempo para viajar y él se dirigiría hacia el Norte, alejándole de lo peor del calor estival. Se frotó las manos como si se estuviera sacudiendo el polvo y las apoyó en sus esbeltas caderas mientras repasaba mentalmente lo que había empacado en las dos alforjas que colocaría sobre su silla de montar. Sus necesidades eran pocas: cuatro túnicas cortas, todas ellas negras como la que vestía en ese momento. Una toga más formal, también negra, y una larga capa para protegerse de las inclemencias del tiempo. También había empacado un par de botas negras que le cubrían totalmente las pantorrillas y otro par de sandalias. Sus elementos de aseo personal y ropa interior completaban la primera alforja. En la otra había provisiones suficientes para tres semanas si no abusaba, estimando que ese sería el tiempo que le tomaría llegar a su destino. A lo largo del camino se alojaría en las posadas que encontrara pero, en caso de no haberlas, se las arreglaría como pudiera. Había pasado semanas persiguiendo a su tío Persius, sonsacándole información acerca de los caminos y las ciudades que se extendían entre España y Germania y sentía que estaba preparado para enfrentar lo que fuera.
Su perro, Zeus, estaba tendido frente a la puerta, aparentemente relajado; pero las orejas del animal se movían de tanto en tanto y Glaucus sabía que estaba alerta a todo movimiento y sonido. Persius le había urgido a que llevara el perro consigo tanto por compañía como por protección y Glaucus finalmente había accedido pese a que no estaba seguro de que el animal estuviera preparado para semejante viaje. Se pasó la mano por su rostro barbado mientras consideraba una vez más el viaje que estaba a punto de iniciar. Estaba listo ... más que listo. Había pasado cinco años preparándose para él. Muy temprano por la mañana se ajustaría la espada a la cadera -la ornada vaina intrincadamente incrustada en oro y plata como también lo estaban la empuñadura de su espada y su daga- se echaría el arco al hombro, ensillaría a Ultor y emprendería el camino. Estaba más que listo.
La mano que masajeaba lentamente su mentón se detuvo cuando Glaucus escuchó un tímido golpecito en la puerta.
Adelante -dijo.
Augusta, la mujer que lo había criado como si hubiera sido su propio hijo, empujó la puerta con su hombro, haciendo que Zeus se levantara apresuradamente para ir a echarse a un lugar menos transitado. Llevaba en sus manos un paquete que olía a algo que acababa de ser horneado.
Acabo de hacer algunas de tus galletas favoritas y se me ocurrió que te gustaría llevar algunas contigo -dijo mientras se dirigía apresuradamente hacia la cama, donde se encontraban sus alforjas cerradas- Estoy segura de que tienes lugar para otro paquete de comida, Glaucus.
Augusta mantuvo los ojos bajos mientras sus dedos luchaban torpemente con las correas.
El joven se acercó y tomó el paquete de entre sus manos temblorosas.
Gracias, mamá. Lo guardaré luego. Te agradezco que me hicieras estas galletas. Huelen deliciosas.
Glaucus depositó el paquete sobre la cama y tomó a su tía entre sus brazos, apretando el cuerpo de la mujer vestida de negro contra su pecho antes de besarle la frente. El gesto fue todo lo que hizo falta para que las lágrimas que Augusta contuviera durante días comenzaran a fluir. Se aferró a la túnica de Glaucus y sollozó mientras él la apretaba estrechamente, entendiendo su necesidad de liberar sus emociones tanto tiempo reprimidas. La muerte de su suegro, Marcus, ocurrida la semana anterior, había señalado la inminente partida de Glaucus y la doble pérdida era más de lo que podía soportar. Glaucus trató de calmarla mientras la retenía abrazada.
Volveré, te lo prometo. Es sólo un viaje. Volveré a casa.
Por encima de la cabeza de la mujer, Glaucus vio a su tío Titus parado en el umbral y le hizo un gesto para que entrara. El hombre sonrió tristemente y se encogió de hombros, indicando su propia impotencia cuando se trataba de contener el despliegue emocional de su esposa. El también llevaba un paquete en la mano y se sentó en la cama mientras Glaucus soltaba tiernamente a Augusta para que ésta pudiera sonarse la nariz y secarse los ojos enrojecidos. Con lágrimas aún corriendo por sus mejillas, se sentó junto a su esposo, quien le echó un brazo protector sobre los hombros.
Glaucus suspiró, odiando el hecho de ser el causante de tanta tristeza.
Siento mucho ... -empezó a decir.
No necesitas disculparte -lo interrumpió Titus- Por años hemos sabido que este día llegaría finalmente. Es sólo que nos aferramos a la esperanza de que podría ser demorado durante el mayor tiempo posible. Ahora eres un hombre -pronto cumplirás veintiún años- y es hora de que hagas lo que necesitas hacer. Lo sabemos. Pero eso no quiere decir que te vayamos a extrañar menos.
Titus contempló orgulloso al joven al que había criado como su hijo. Glaucus había crecido alto y fuerte, su cuerpo bronceado ágil y musculoso tras años de esgrimir una pesada espada, practicar con el arco y cabalgar. Pero su grueso cabello castaño aún se arremolinaba sobre su frente en ondas rebeldes y sus ojos verdes brillaban como esmeraldas. Titus sabía que más de una mujer joven y soltera iba a lamentar su partida, así como también algunas no tan jóvenes y casadas.
Titus extendió su mano hacia Glaucus, el paquete en su palma.
¿Qué es?
Tómalo. Lo mandé hacer para ti.
Vacilante, Glaucus tomó el paquete. Aquella no era una familia inclinada a hacer regalos, salvo en las ocasiones más especiales y se sintió ligeramente incómodo.
¿Debo abrirlo ahora?
Titus asintió, apenas capaz de contener su excitación.
Por favor.
Glaucus retrocedió unos cuantos pasos y sin mirar se dejó caer en la silla cerca de la ventana, su dormitorio tan familiar como la palma de su propia mano. Tiró del cordón, tratando de dominar el temblor de sus dedos mientras su tía sollozaba. Hasta ese momento, todo había andado bien, su propia emoción contenida por sus preocupaciones relacionadas con los preparativos del viaje. Pero ahora ... bueno, ahora no había modo de evadirla. Tragó con dificultad, con la esperanza de desalojar el nudo que le cerraba la garganta, mientras levantaba la tapa de la elegante caja esmaltada ... y soltaba una exclamación. Dentro de ella, sobre un almohadón de raso blanco, descansaba una fíbula redonda engarzada en piedras preciosas. Glaucus estaba aturdido. Nunca se había preocupado por su arreglo personal, de modo que el regalo era tan inesperado como apabullante. Simplemente, se quedó mirándolo con la boca abierta.
Es para tu manto -dijo Titus alentadoramente. Como Glaucus siguiera boquiabierto, agregó- Para sujetarlo ... tú sabes ... un broche para tu manto -señaló su hombro para indicarle dónde debía usarlo- Necesitarás de tu manto en Germania. Las noches son frías.
Glaucus asintió con la cabeza y aspiró temblorosamente mientras levantaba el precioso objeto de la caja. Era notablemente pesado y obviamente estaba hecho de oro sólido.
¿Lo mandaste hacer? -fue lo único que se le ocurrió decir, su voz normalmente profunda sonando insustancial en sus propios oídos.
Sí, para que ocupe el lugar de tu bulla, para darte fuerza y protección en tu viaje -Titus se levantó y caminó hasta colocarse junto a Glaucus- Tiene cinco gemas en un círculo ... ¿ves? -dijo mientras las señalaba una por una- Representan a tu familia, Glaucus. El rubí es por tu padre, Maximus, porque es un símbolo de fuerza, poder y coraje.
Glaucus asintió en silencio mientras su tío continuaba.
El ópalo es por Olivia, porque se dice de su belleza que es como "un fuego oscuro", igual que la de tu madre. El azabache es por Marcus, porque él era oscuro como Olivia. El ámbar representa a Maxima, porque es una piedra que aún no está madura, tal como Maxima nunca tuvo la oportunidad de crecer. Y la esmeralda es por ti, claro, y estoy seguro de que sabes porqué.
Mientras terminaba de hablar, Titus tomó la mano temblorosa del joven para afirmarla.
Y el gran zafiro del medio representa a toda la familia -al resto de nosotros- porque es un símbolo de amor duradero y siempre estaremos aquí para ti, no importa dónde vayas o cuánto tiempo estés lejos.
Glaucus cerró sus dedos en torno a la hermosa fíbula y cerró los ojos, completamente superado por la emoción.
¿Te gusta? -preguntó Titus esperanzadamente.
Glaucus sólo pudo asentir con la cabeza. Trató de decir "gracias" pero ningún sonido brotó de su apretada garganta.
Preocupada por la intensidad de la reacción del joven, Augusta se retorció las manos y agregó alentadoramente:
Si ... si sigues insistiendo en vestirte sólo de negro, le dará a tus ropas un toquecito de ... de color.
Glaucus rió, un sonido estrangulado que terminó en una nota sospechosamente parecida a un sollozo. Muy de Augusta preocuparse por su aspecto.
Augusta se puso de pié y tomó la mano de su esposo, tironeando para conducirlo hacia la puerta, dándose cuenta de la necesidad de Glaucus de estar a solas por un momento. Mientras cerraban la puerta, Augusta y Titus escucharon un "Gracias" tan quedo como teñido de lágrimas.
Montado sobre Ultor, Glaucus se encontraba en la puerta de la propiedad de Maximus -ahora su propiedad- y contenía al joven semental con mano firme. El animal resopló e hizo una cabriola, tironeando del freno en un intento por tomar el control pero su jinete no se lo permitió. Glaucus palmeó el brillante cuello negro.
Quieto, Ultor. Pronto podrás hacer ejercicio de sobra.
Ultor tenía sólo dos años pero había superado a todos los otros caballos de la granja en fuerza, velocidad y espíritu. Era un digno descendiente del caballo que engendrara a su padre -el mismo que había engendrado los dos caballos de Maximus, Argento y Scarto- y un caballo digno de un emperador. Pero ningún emperador pondría jamás sus manos sobre él, porque Glaucus había reclamado al potrillo negro para sí, entrenándolo con mano firme pero amorosa. El resultado era un formidable semental negro que jamás reconocería más amo que a él.
Vistos a la distancia, el hombre y el caballo eran una visión pavorosa. Envuelto en un manto negro, la figura de Glaucus se confundía con la del semental como si ambos hubieran sido un solo ser -el mitológico centauro- mitad hombre y mitad caballo. El único toque de color era el rostro del hombre y su espléndido cabello castaño así como la fíbula enjoyada que captaba los primeros rayos de sol y los devolvía al cielo en un juego de chispas llameantes y astillas de hielo.
Durante los pasados cinco años, Glaucus había seguido trabajando en la granja de su familia pero había pasado cada momento libre en su propiedad. A lo largo de esos años la había restaurado amorosa y obsesivamente, hasta que alcanzó la misma condición en que se encontraba en aquel terrible día del año 180, cuando su vida había sido alterada tan drásticamente. La casa había sido limpiada, reconstruida con piedras rosa, mármol blanco, madera pulida y baldosas rojas. Labriegos habían reclamado la tierra invadida por los yuyos, los árboles frutales volvieron a florecer y el trigo ondulaba como un mar de oro maduro bajo el soleado cielo que parecía no tener fin. Para Glaucus era una fuente de orgullo así como de ingresos ... y era lo que su padre hubiera querido.
Pero, a pesar de que su aspecto parecía decir lo contrario, la casa estaba vacía. Glaucus no podía verse a sí mismo viviendo en un lugar que estaba vivo con los espíritus de su familia muerta. No era que tuviera miedo: sólo sentía que aún no lo merecía. Que aún no los merecía. Tenía una tarea por delante.
Glaucus hizo que Ultor se diera la vuelta y lo condujo por el camino que lo llevaría lejos del único hogar que había conocido y a Germania, Zeus trotando junto a los cascos del caballo. Su abuelo había muerto una semana atrás y el joven había cumplido su promesa de permanecer allí mientras él viviera. Seguiría vistiendo luto por su abuelo ... y por su madre y hermano y hermana por los que nunca había llevado los símbolos visibles del dolor. También era hora de hacerlo, de manifestarle al mundo su enojo, dolor y afrenta.
En cuanto a su padre ... bien, el negro expresaba su inexorable sentimiento de pérdida por el hombre que ansiaba recuperar con tal intensidad que ésta era un dolor que lo consumía. Fuera que estuviera vivo o muerto ... Maximus no estaba donde debiera haber estado.
Y alguien iba a pagar por ello.
Glaucus abrió la pesada puerta de madera de la taberna en Vindobona y su nariz se estremeció cuando su olfato fue asaltado por los deliciosos aromas de cebollas y ricas especias. Su estómago respondió al estímulo con un ruido y no perdió tiempo en servirse de sus codos para abrirse paso entre los ocupados clientes que disfrutaban de su comida del mediodía hacia una mesa vacía. Afuera hacía calor y en la taberna de techo bajo, las ventanas abiertas no alcanzaban para refrescar el caluroso ambiente. Su atavío atrajo algunas miradas curiosas e inclinaciones de cabeza en señal de simpatía. Estaba acostumbrado. No era usual ver a un hombre vestido con una túnica negra. Aún estando de duelo, normalmente era la toga y no la túnica la de color negro de modo que Glaucus era una curiosidad. Sin embargo, debido al calor, llevaba la capa echada hacia atrás sobre sus hombros y sus brazos y piernas estaban desnudos. Calzaba sandalias de cuero cuyas tiras se entrecruzaban hasta la mitad de sus pantorrillas musculosas.
Su presencia no pasó inadvertida para la muchacha que servía las mesas, quien abandonó a sus rezongones clientes en medio de una orden para saludar al recién llegado.
Hola, señor. No te he visto antes por aquí porque si así fuera estoy segura de que te recordaría.
Le sonrió una sonrisa llena de dientes, pero sus dientes eran torcidos y marrones.
Acabo de llegar a la ciudad -dijo Glaucus, para nada deseoso de involucrarse en una conversación con la muchacha.
En caso de que estés buscando un lugar para dormir, señor, hay una posada al otro lado del mercado y a veces, si llegas temprano, puedes conseguir una habitación.
¿Es un lugar limpio? -preguntó Glaucus mientras estudiaba el delantal manchado de la muchacha, dudando sobre la confiabilidad de su opinión sobre la posada.
Oh, seguro. Brilla de tan limpio y ofrece muchos servicios para los hombres como tú -le dedicó un amplio guiño- Si me entiendes lo que quiero decir.
Glaucus la ignoró.
¿Qué hay para comer?
La albóndiga de carne molida es excelente, está bien condimentada y viene acompañada con legumbres y pimientos. La servimos con pan recién horneado ...
Está bien.
La muchacha frunció los labios en un gesto no muy bonito y agitó sus trenzas rubias.
¿No quieres saber qué más tenemos?
No, la albóndiga de carne está bien, Y quiero un poco de vino, por favor. Frío de ser posible.
Ella lo apreció con ojos expertos, evaluando sus brazos y la pierna izquierda, visible a un lado de la mesa.
Me gusta un hombre que sabe lo que quiere.
Glaucus ocultó la pierna bajo la mesa.
El campamento del ejército, ¿está lejos de aquí?
¿A quién buscas, tesoro? –-a muchacha dio un paso atrás y volvió a mirarlo apreciativamente- No eres soldado, ¿verdad? No luces como un soldado.
¿No?
No.
¿Por qué no?
Bueno ... no vistes como un soldado y tu cabello es demasiado lindo y tienes esos lindos ojos verdes ...
¿Los soldados no pueden tener ojos verdes?
Glaucus se estaba empezando a impacientar. Ella desechó su laconismo como una consecuencia de su obvio duelo y se inclinó hacia él, su olor a sudor asaltando las narices del joven.
Lamento tu pérdida -le dijo seriamente.
Glaucus se apartó de ella en forma involuntaria.
Gracias. Ahora, ¿podrías ocuparte de mi comida? ¿Por favor?
La muchacha le dedicó una última sonrisa, se dio vuelta y sus caderas y todo el resto de su persona se pusieron exageradamente en movimiento. Los hambrientos clientes la llamaron para que los atendiera, pero la joven los ignoró por completo, dirigiéndose en cambio a la cocina para poner en marcha la orden.
Glaucus se encontraba sentado en un rincón y se echó hacia atrás en su silla hasta que ésta estuvo en equilibrio sobre sus patas traseras. A pesar de su aspecto relajado, sus ojos recorrían atentamente a los ocupantes de la habitación en busca de potenciales proveedores de información. La mayoría de los hombres parecían locales -comerciantes y granjeros- con excepción de uno que tenía el aspecto de un soldado fuera de servicio. Un grupo verdaderamente ecléctico, algunos hombres vestían togas romanas mientras que otros llevaban el atavío local consistente en pantalones y camisas. Glaucus rió ante su propia decepción. ¿Qué había esperado? ¿Qué un hombre reconocería su parecido con el fallecido general romano Maximus y se sentara a su mesa?
Un hombre que vestía toga se sentó a su mesa.
Glaucus dejó que la silla se asentara sobre sus cuatro patas con un ruido sordo mientras contemplaba a su invitado no invitado. El hombre le tendió la mano que Glaucus aceptó lentamente.
¿Es nuevo por aquí? -preguntó el individuo, su voz ligeramente entorpecida por su dieta mayormente líquida.
Acabo de llegar a la ciudad.
Soy Carius, el prefecto de Vindobona. ¿Usted es ...?
Mi nombre es Glaucus.
Glaucus ... un nombre extraño.
Se encogió de hombros.
Es adecuado.
¿Es español?
... Sí ...
Lo supe por su acento. Solíamos tener por aquí a un general que era español. Pero no venía mucho por la ciudad.
Glaucus sintió que un flujo de energía recorría su cuerpo y se obligó a sí mismo a mantener la calma. No tenía idea de que el primer contacto ocurriría tan rápidamente. Eligió sus palabras cuidadosamente.
Hispania es un territorio muy grande. Estoy seguro de que tienen a muchos españoles por aquí.
No muchos. Sólo los que están con el ejército. Escuché decir que el clima es mucho mejor en Hispania. Supongo que no tiene mucho sentido que vengan aquí. ¿Qué ruta usó para venir?
A través de los Alpes.
Carius soltó un gruñido.
La ruta más corta pero a veces se puede tropezar con mal tiempo.
Debo haber tenido suerte.
El caballo que está afuera, ¿es suyo? ¿El semental negro?
Ultor ... sí. ¿Por qué?
No suele verse a nadie más que a los oficiales del ejército montando caballos como esos.
Era obvio que el prefecto estaba sonsacándole información. Glaucus se preguntó si siempre sería tan entrometido.
Mi familia cría caballos para el ejército ... y la realeza.
Oh, es por eso que está aquí. Vende caballos.
Glaucus se limitó a sonreír. Que el hombre creyera lo que quisiera.
Carius miró la túnica negra del joven y estudió la fíbula de oro con sus ojos enrojecidos
Deben pagarle bien. Si fuera usted, tendría cuidado con esa chuchería.
Lo tengo, créame. En Galia hay un ladrón con tres dedos menos al que le gustaba mucho.
Carius consideró la información.
¿Está de luto? -preguntó.
Sí.
¿Alguien cercano?
Sí.
¿Dónde estaba la muchacha que servía las mesas?
Oh, una historia muy triste. Mi padre murió y mi madre también está muerta. Una pérdida terrible -agregó Glaucus cuando el vino finalmente llegó.
Con la bandeja haciendo equilibrio sobre su cabeza, la muchacha maniobró su cuerpo de modo de que sus senos bamboleantes quedaran muy cerca de la cara de Glaucus. Estaba tan ocupada mirándolo que no notó que había ladeado la copa de vino que tomó de la bandeja y ésta se volcó ligeramente, agregando otra mancha a su delantal.
Envié a un muchacho a la posada y te han reservado su mejor cuarto.
A regañadientes, Glaucus hurgó en su alforja buscando una moneda y se la entregó.
Oh, gracias, señor -chilló la muchacha- ¡No era necesario!
Pero deslizó la moneda por el frente de su vestido donde, sin dudas, terminó por anidar entre sus portentosos senos.
Otra copa de vino para el prefecto, por favor. ¿Y descuento que la comida no tardará? -aventuró Glaucus.
Enseguida la traigo, señor.
Glaucus empujó su copa hacia el prefecto, quien la aceptó sin protestar. El joven lo contempló mientras bebía la mitad del contenido y luego preguntó con aire causal:
¿Quién es el actual general?
Vesnius. Es la mano derecha del emperador de modo que Septimius Severus viene seguido por aquí. El mismo fue general aquí antes de reunir sus tropas y marchar hacia Roma -el prefecto eructó- De todos modos, el general no se quedará mucho tiempo por aquí.
¿No? ¿Por qué no?
Ese individuo tiene ambiciones, como todos los jefes del ejército de hoy en día. Dedica su tiempo -y el tiempo del ejército- a luchar contra sus enemigos políticos en lugar de combatir a los enemigos que nos llegan desde afuera.
¿O sea que no es un buen general?
Supongo que es tan bueno como cualquier otro. Por cierto que sus hombres lo apoyan. Más les vale. Nunca vi soldados con tanto dinero en sus bolsas o tanto tiempo libre para gastarlo.
Eso debería alegrarlo.
Oh, es bueno para Vindobona, sin dudas. Pero no es lo como solía ser, cuando a los soldados les pagaban lo que correspondía y eran leales a su general porque ese general se había ganado su lealtad. No, no es como solía ser.
¿La legión está actualmente en el campamento?
No. Está fuera, en alguna parte haciendo quién sabe qué. No sé cuando estará de regreso. Van y vienen como les da la gana y no nos dan explicaciones.
¿La fortaleza queda lejos de la ciudad?
No, está bastante cerca. Siga en dirección al Norte por el camino principal y la encontrará. Está junto al río.
El vino y la comida de Glaucus llegaron finalmente y él ignoró los senos que la muchacha bamboleó delante de su rostro mientras colocaba el plato frente a él.
¿Hay muchos hombres con la legión que puedan haber estado aquí ... digamos, veinte años atrás?
No, muy pocos.
La esperanza de Glaucus se desmoronó.
Pero está el viejo Jonivus. Se retiró pero decidió volver aquí porque su hijo está enterrado en este lugar. Tiene una pequeña casa junto al camino que es muy fácil de distinguir. Fue el ingeniero jefe en los tiempos de Maximus y le gusta contar sus recuerdos. Esos sí que eran tiempos de buenos soldados, mi joven amigo.
¿Gustaría un poco más de vino, señor?
El hombre mayor hizo un gesto negativo con la cabeza pero Glaucus le indicó a la muchacha que trajera otra ronda. Quería que el prefecto siguiera hablando.
¿Conoció al general Maximus? -Glaucus trató de que su tono sonara casual.
No personalmente. En esos tiempos, un general no se mezclaba mucho con los locales pero siempre estaba allí cuando lo necesitábamos. Una vez, hubo un momento terrible en que las tribus atacaron Vindobona y Maximus evacuó a toda la ciudad antes de pensar en él o en sus hombres. Era un buen hombre ... o al menos eso creímos.
Glaucus estaba a punto de tomar un bocado de la albóndiga que olía deliciosamente pero volvió a poner su comida en el plato y miró directamente a Carius.
¿Qué quiso decir con eso?
¿Hmmmmm?
Dijo que pensaba que el general Maximus era un buen hombre. ¿Por qué cambió de opinión acerca de él?
Bueno ... -el achispado prefecto irguió su espalda, tratando de reunir algo de la dignidad propia de su cargo- Fue un golpe terrible para todos pero nos esteramos de que estaba conspirando para derrocar al emperador y apoderarse del trono. Lo ejecutaron por ello poco después de que el emperador muriera -Carius le hizo un gesto al joven para que se inclinara, lo que Glaucus hizo, recibiendo de pleno en su rostro una bocanada de aliento agrio- Algunos creen que el emperador no murió por causas naturales y que al viejo lo mató Maximus.
Glaucus se enderezó de golpe, los puños apretados, las uñas hundidas en sus palmas.
Eso es una locura -gruñó- No habría ganado nada haciéndolo. Commodus heredaría el trono, no él.
Carius levantó ambas manos, tratando de apaciguar al forastero.
Sólo estoy diciendo lo que escuché decir, eso es todo.
El apetito de Glaucus había desaparecido por completo y apartó el plato. Carius movió la cabeza tristemente.
Supongo que todos los hombres que alcanzan esa posición tienen grandes ambiciones. Pensamos que el general Maximus era diferente, eso es todo. En cambio, demostró ser como cualquier otro.
Glaucus se frotó el mentón, un hábito que tenía cuando estaba tenso, cansado o pensativo. No podía seguir escuchando aquello.
¿Dónde puedo encontrar a ese hombre, Jonivus?
Siga por el camino hacia la fortaleza. Verá su casa a la izquierda. No puede equivocarse.
Glaucus se levantó sin ofrecerle su mano.
Gracias. Aprecio su tiempo -dijo envaradamente.
Buena suerte con la venta de caballos, joven. ¿Ultor? ¿Es así como dijo que se llama su caballo? -Carius rió- ¿Por qué le puso ese nombre? ¿Está buscando venganza?
Ni se imagina -murmuró Glaucus amargamente, mientras se echaba la alforja al hombro y se abría camino por la atestada taberna.
Glaucus montó a Ultor haciendo caso omiso de los curiosos que se habían reunido para admirar al magnífico animal. Se apartaron rápidamente, mientras hacía que el animal se diera la vuelta y se dirigiera hacia el Norte por el camino principal. Como toda ciudad romana, Vindobona estaba rodeada por una muralla y había sido construida sobre un plano en forma de reja, con puertas en los cuatro puntos en los que los dos caminos principales cruzaban las murallas. El mercado estaba en el centro, un lugar muy activo donde las mujeres compraban alimentos destinados a las comidas diarias y los vendedores voceaban sus productos, que iban desde tejidos hasta animales pequeños y armas.
Los artesanos locales que trabajaban los metales, el cuero y la cerámica tenían sus puestos en la periferia del mercado pero los vendedores también vendían objetos que eran obviamente griegos y romanos. Glaucus se maravilló de ver cuán similares eran realmente todos los rincones del imperio. Incluso la mayoría de los edificios públicos de Vindobona eran de piedra con techos de teja y peristilos sostenidos por decorativas columnas corintias. Estatuas de bronce de la diosa Epona -una diosa celta a la que se veía montando de lado o parada entre dos caballos- adornaba los edificios. No era sorprendente que los locales hubiera admirado tanto a Ultor.
Cerca del centro de la ciudad se encontraba una elevada columna de piedra caliza. Su base -una gran piedra cuadrada- estaba grabada con imágenes de la diosa romana Juno. En el tope de la columna intrincadamente tallada, se encontraba la figura ecuestre de un ser cuya mitad superior era humana mientras que la inferior consistía en dos serpientes entrelazadas.
Per, a medida de que Glaucus se dirigía hacia el Norte, el panorama comenzó a cambiar y desaparecieron las construcciones de piedra de estilo romano. El camino estaba salpicado a ambos lados de viviendas particulares y, en esta área, la gente se aferraba a las estructuras y materiales de construcción más tradicionales.
Las casas eran de madera, con toscos postes sosteniendo las paredes de troncos y los techos de paja. El exterior de algunas viviendas estaba recubierto de ramas sostenidas por arcilla de modo de mantenerla libre de humedad y corrientes de aire. Se parecían a las granjas por las que Glaucus había pasado a medida de que se acercaba a Vindobona.
Sus ojos estudiaron el camino adoquinado a medida de que se acercaba al río. ¿Cuántas veces habría recorrido su padre exactamente el mismo trayecto? ¿Los cascos de su caballo habrían tocado exactamente las mismas piedras? Glaucus levantó la cabeza. ¿Su padre habría mirado exactamente los mismos árboles, experimentado la misma brisa, olido en el dulce aroma salvaje de los pimpollos? Por alguna razón, Glaucus se sentía mucho más cerca de Maximus aquí que en España. Tal vez así fuera porque era aquí donde Maximus había pasado la mayor parte de su vida como adulto ... o tal vez era así porque era aquí donde había sido traicionado.
Glaucus hizo que Ultor se detuviera bruscamente, haciendo que el caballo resoplara descontento. Frente a él se alzaba una sólida casa de piedra de una sola planta, un techo de tejas rojas y una fachada completamente lisa, excepción hecha de unas pocas ventanas pequeñas ubicadas bien alto en la pared. Romana ... no había la menor duda.
Tenía que ser del ingeniero, Jonivus. La casa se alzaba lejos del camino, en un claro rodeado de grandes robles y pinos. Si no hubiera sabido lo contrario, Glaucus hubiera pensado que estaba vacía ya que no había signos visibles de cuidado. Glaucus desmontó, ató a Ultor a un árbol bien alejado del camino y le ordenó a Zeus que se quedara con el caballo.
Se acercó a la construcción cautelosamente, avanzando entre las altas hierbas que le azotaban las rodillas. Parecía una fortaleza. Era tan poco hospitalaria como una de ellas y el muchacho casi esperaba que flechas incendiarias llovieran sobre él. Mientras hacía equilibrio sobre un solo pie para poder quitarse una brizna que se había enredado en su sandalia, golpeó tres veces la sólida puerta de roble y mientras esperaba respuesta se dedicó a quitarse las espigas que se habían adherido a su túnica. Al cabo de unos minutos sin respuesta, volvió a golpear. Nada. ¿Acaso Jonivus habría salido?
Glaucus anduvo a través de la hierba alta hacia el lado Sur de la casa, la muralla tan imponente en este punto como en el frente. No había modo de decir si había alguien dentro de la casa o no. Pero sus oídos detectaron un ruido y se acercó lentamente hacia el fondo de la casa. Apoyando la mano en la pared entibiada por el sol, se asomó a la esquina parte trasera de la propiedad.
Un anciano atacaba furiosamente las cizañas que amenazaban con ahogar las escasas plantas de su pequeña huerta. No queriendo asustarlo, Glaucus se aclaró la garganta. No hubo reacción alguna. Tosió. Nada. ¿Acaso el anciano sería duro de oído como lo había sido su abuelo? Permaneció en la esquina de la casa hasta que el hombre finalmente se aferró la baja espalda y se puso de pié al tiempo que se daba vuelta. Era bajo y grueso, con un vientre amplio y piernas y brazos delgados. Pese a estar mirando en su dirección, Jonivus pareció no notar su presencia. Glaucus calculó que tenía unos sesenta y cinco años ya que su escaso cabello era completamente gris y su rostro afeitado estaba cubierto de grandes arrugas, con mejillas carnosas y nariz bulbosa. Su túnica de lino era larga y anticuada y estaba sucia de tierra. El hombre le agregó aún más manchas al limpiarse las manos en sus costados.
Glaucus se movió ligeramente y Jonivus por fin captó la presencia de su visitante. De inmediato, levantó la azada en defensa y Glaucus suprimió una sonrisa. Se dirigió al hombre.
Vengo como amigo buscando información, señor.
El anciano se llevó una mano a la oreja y Glaucus repitió sus palabras, esta vez más fuerte, mientras caminaba lentamente hacia él. Jonivus bajó la azada y entrecerró los ojos. Glaucus se movió cuidadosamente, las manos un tanto apartadas de su cuerpo para demostrarle que no traía malas intenciones.
¿Se llama usted Jonivus, señor?
¿Quién lo pregunta? -su voz era fuerte, sin trazo alguno del temblor que a menudo caracteriza la voz de los ancianos.
Glaucus, mi nombre es Glaucus -dijo el joven al tiempo que seguía acercándose.
¿Qué clase de nombre es Glaucus? ¿Cuál es el nombre de tu familia? -demandó.
Vine en busca de información, señor -Glaucus se acercó aún más, el sol de la tarde iluminando su rostro.
Jonivus lo miró con ojos entrecerrados pero ahora había una vacilación en sus palabras y frunció el ceño en un gesto intrigado.
No hablo con hombre alguno que no me revele su nombre.
Glaucus se acercó lo suficiente como para tocar al hombre y dijo en su voz grave y retumbante:
He venido de España. El nombre de mi familia es Decimus.
Jonivus cerró los ojos y se tambaleó, su caída interrumpida por el brazo rápido y fuerte de Glaucus.
Habla -susurró- Sigue hablando –demandó el ingeniero con los ojos aún cerrados.
He venido en busca de información. Me dijo el prefecto de Vindobona que usted podría ayudarme.
Jonivus abrió los ojos y parpadeó, una película oscureciendo su visión. Tomó el rostro de Glaucus entre sus manos retorcidas por la artritis y susurró tentativamente:
¿Marcus?
Glaucus soltó una exclamación.
No, señor. No soy Marcus.
El anciano parpadeó con sus ojos lechosos y se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaron, estudiando el rostro del joven lo mejor que pudo.
Tienes su voz, eres su imagen.
La emoción estranguló la garganta de Glaucus y tragó varias veces antes de poder continuar.
Marcus era mi hermano, señor. Murió hace muchos años.
Jonivus aferró los brazos del extraño, los ojos enturbiados del anciano examinando su rostro, buscando la verdad.
Tu padre. Eres la imagen viva de tu padre. Tienes su misma voz. ¿Cuál es tu nombre completo?
M-Maximus Decimus Glaucus, señor -Glaucus tartamudeó al pronunciar el nombre que jamás había usado y apretó los puños tratando de controlar el temblor de sus manos- Soy ... soy el hijo menor del General Maximus Decimus Meridius.
Los dedos torcidos de Jonivus se hundieron dolorosamente en los brazos de Glaucus al tiempo que el anciano lo atraía rudamente hacia él, apoyando su cabeza sobre el corazón del joven.
Tu no me mentirías. No le dirías una mentira tan vil a un hombre viejo.
No, señor. Soy el hijo del general Maximus.
Jonivus volvió a examinar su rostro.
¿Cuál es el nombre de tu madre? -preguntó desesperadamente.
Olivia. Mi hermano, Marcus, tenía unos cinco años cuando usted lo conoció. Fue aquí, en Vindobona. Marcus murió cuando tenía casi ocho años, junto a mi madre. Los asesinaron.
Jonivus miró rápidamente en torno a su propiedad pese a que sus ojos apenas podían distinguir algo más que formas confusas. Tironeó de los brazos de Glaucus y susurró:
Debemos ir adentro, donde es más seguro. Ven conmigo.
Jonivus empujó una puerta de madera que se abría sobre la elevada pared y escoltó a Glaucus hacia un pequeño jardín lleno de mariposas, abejas, color y perfumes. Aunque imponente por fuera, por dentro la casa era sorprendentemente cálida. Más allá del jardín se abría un simple patio con una mesa y bancos de piedra y a continuación venía el atrio embaldosado. A la derecha de éste se abría una pequeña cocina y a la izquierda parecía haber dos dormitorios. Todo era compacto, simple y ordenado.
Para el momento en que llegaron al patio, Jonivus iba jadeando a causa del esfuerzo y la excitación. Con un gesto le indicó a Glaucus que se sentara en uno de los bancos pero Glaucus primero ayudó a sentarse al ingeniero, temeroso de que el anciano muriera de un ataque frente a sus propios ojos. Jonivus aferró sus manos a través de la mesa de piedra.
Tienes sus manos ... grandes y bien formadas ... tienes su voz ... tienes su rostro ... -movió la cabeza maravillado- Nunca pensé que lo vería. Pensé que la familia se había perdido cuando el pequeño Marcus fue asesinado.
El tono de Jonivus se transformó en uno de furia asesina.
¡Commodus! -escupió- El muy hijo de puta. Mató a tu madre y a tu hermano.
Sí, señor. Lo sé. Pero ... no sé qué pasó con mi padre. Vine aquí buscando información sobre él.
¿Qué edad tienes, hijo?
Veinte, señor. Cumpliré veintiuno el mes próximo.
Veinte años. Conocí a tu padre cuando tenía veinte años.
Jonivus se echó hacia atrás y miró el cielo, sus ojos lechosos incapaces de distinguir nada más que la luz. Glaucus se dio cuenta de que los pensamientos del anciano habían volado hacia los días de la juventud de su padre y estaba más que ansioso de escuchar lo que fuera que tenía que decir.
Tu padre era apenas un muchacho la primera vez que lo vi. Un muchacho inteligente ... fuerte, hábil, bien parecido. Eso sí, tenía todo un temperamento ... algo que con los años aprendió a controlar. Todos sabían que estaba destinado a la grandeza. Marcus Aurelius lo vio. Nosotros lo vimos. Nadie estuvo más feliz que yo de verlo ascender en el ejército tan rápidamente. Algunos de nosotros pensábamos que estaba destinado a algo aún más grande que a ser general.
Glaucus se sintió intrigado.
¿Qué quiere decir, señor?
Jonivus se limitó a mover la cabeza tristemente.
No iba a ser así. Commodus lo destruyó. Commodus destruyó todo lo que tocó.
De repente, Jonivus golpeó la mesa en un gesto de furia pero luego sus emociones cambiaron con la velocidad de un rayo y rió maliciosamente- Commodus creyó que había destruido a la familia de Maximus pero tú te le escapaste, ¿no es así? -se inclinó hacia Glaucus y siseó- Tu vengarás la muerte de tu padre. Le devolverás su buen nombre.
Eso es lo que quiero hacer, señor ... pero primero necesito saber qué pasó con él.
¿Qué edad tenías cuando él murió?
No sé cuándo murió o dónde murió ... ni siquiera sé si murió. Tenía dos años cuando mi madre y mi hermano fueron asesinados.
Maximus nunca mencionó un segundo hijo. Estaba tan orgulloso de su familia que estoy seguro que lo hubiera hecho. ¿Estás seguro de que no eres un bastardo?
Glaucus no pudo menos que echarse a reír.
No, nací de padres casados. Mi madre era la esposa de mi padre, Olivia. Mi padre nunca supo de mí porque me madre decidió ocultarle mi nacimiento. Nací en julio del año 177 ... unos siete meses después de que mi padre regresó a Germania.
Ah ... entonces esa es la razón por la cual estás vivo. Si Maximus hubiera sabido de ti, también estarías muerto.
A veces no estoy seguro de que no hubiera preferido que así fuera. Al menos así estaría con ellos ... con mi familia ... aunque fuera en la muerte.
Jonivus aferró los brazos de Glaucus y los apretó con fuerza.
Esto ocurrió por alguna razón. Fuiste salvado por una razón.
Señor, ¿alguien sabe qué pasó con él?
En verdad, no -Jonivus percibió la decepción del joven y sonrió comprensivamente- Lo que sabemos es que venció y mató a cuatro pretorianos armados pese a que estaba desarmado y atado. ¡Ese era nuestro Maximus! -Jonivus rió nuevamente pero enseguida volvió a ponerse serio- Después de eso, nada más.
Glaucus no dijo nada.
Jonivus le palmeó la mano.
Viniste aquí buscando respuestas.
El joven asintió con la cabeza, luego dijo "Sí" al darse cuenta de que el anciano posiblemente no podía distinguir su gesto.
Bien, yo mismo busqué respuestas durante los pasados dieciocho años y ahora los dioses te han enviado para dármelas.
No tengo respuestas -dijo Glaucus sombríamente- No tengo nada sino preguntas.
Tienes la mente de tu padre y sus instintos y su fuerza. Encontrarás las respuestas que buscas. Debes tener paciencia.
¿Tiene idea de a dónde puede haber ido una vez que escapó a la muerte?
Escuchamos sólo rumores muy extraños. Supuestamente, luego de su fuga, tu padre fue visto en todas partes, desde Britannia a Egipto. Escuchamos decir que había sido capturado por los germanos y esclavizado, que había escapado a Britannia donde era rey de un pequeño reino. Escuchamos decir que estaba en Galia, casado nuevamente y con otra familia. Escuchamos decir que estaba en Egipto vendiendo camellos, que estaba en Roma donde era un esclavo gladiador; que estaba en Africa ... -Jonivus alzó las manos- Nada sino tonterías sin sentido. Y hubo aún más rumores, todos ellos todavía más ridículos.
No sé por dónde empezar -dijo Glaucus quedamente.
Viniste al lugar adecuado para comenzar. El lugar donde tu padre fue más amado y respetado que cualquier otro hombre que jamás haya conocido. Su memoria aún lo es.
Glaucus se mordió el interior del labio inferior y miró el jardín.
Escuché hablar a gente que lo considera un traidor.
Bah, sólo los tontos son capaces de pensar eso. Tontos que no conocieron a tu padre como yo sí lo conocí. ¿Ya fuiste a la fortaleza?
No, señor. Llegué recién hoy. El prefecto de la ciudad me habló sobre usted.
Entonces tenemos que llevarte allí. Pasarás la noche aquí conmigo y mañana te llevaré a la fortaleza. Tengo que mostrarte la casa que construí para él. Todavía está allí.
¿Nos dejarán entrar, señor?
La legión no está allí. Lo sé porque mi casa está tan cerca que puedo escucharla cuando está en el campamento. Habrá guardias, por supuesto, pero a los guardias de hoy en día se los puede convencer fácilmente ... o sobornarlos. Las cosas no eran así en los tiempos de tu padre.
Mi tío Persius ...
Recuerdo a Persius. Un joven muy agradable.
Sí. El me dijo que mi madre pintó unos murales en las paredes de la casa que usted construyó para mi padre. Tengo muchos deseos de verlos. Yo ... quiero ver cómo era mi padre.
Jonivus sonrió, sus dientes sorprendentemente blancos y fuertes.
Sólo tienes que mirarte al espejo, muchacho. Aún con mi poca vista puedo notar el parecido. Si te cortas el cabello como lo llevaba tu papá, le darías un susto a más de uno. Creerían que eres el fantasma de tu padre.
Señor ...
Llámame Jonivus, como lo hacía tu papá.
Glaucus asintió con la cabeza.
Jonivus ... -vaciló, temeroso de escuchar la respuesta a su pregunta- ¿Crees que está muerto?
En lugar de responder, Jonivus se puso de pie y desapareció en dirección a la pequeña cocina. Volvió poco después trayendo vino y dos vasos coloridos.
¿Qué es lo que quieres escuchar?
La verdad.
El anciano sirvió el vino, arreglándoselas para derramar sólo una pequeña cantidad en la mesa de piedra.
No ... lo que quieres es que te diga que creo que, al cabo de todos estos años, aún está vivo, ¿no es cierto?
Glaucus miró nuevamente hacia el jardín.
Supongo que sí.
Quisiera poder decírtelo.
Glaucus suspiró y se llevó el vaso a los labios. Su estómago estaba agitado y no se sentía seguro de si el vino ayudaría o empeoraría las cosas. Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio y luego Glaucus dijo:
Tu jardín es hermoso, Jonivus.
Significa mucho para mí. Este es el lugar donde mi hijo cayó y murió cuando años atrás los bárbaros atacaron Vindobona -Jonivus habló sin emoción, ya que el paso del tiempo había mitigado su dolor. Glaucus se preguntó si alguna vez el paso del tiempo mitigaría el suyo.
Lo siento, Jonivus.
No lo sientas. Murió por la mejor razón posible. Murió por salvar la vida de un hombre al que amaba enormemente.
Glaucus se limitó a asentir, sin comprender la conexión y Jonivus no tenía la intensión de hacérsela ver. El anciano se estremeció ligeramente, mientras el sol se iba ocultando detrás de las copas de los altos árboles. Rápidamente, Glaucus se quitó la capa y la echó sobre sus hombros encorvados, la preciosa fíbula aún sujeta a ella.
Gracias, Maximus -dijo el anciano.
Sorprendido, Glaucus se quedó de pie a su lado, sin saber si los pensamientos del viejo ingeniero se habían remontado nuevamente en el tiempo. Jonivus comprendió su confusión y levantó la vista hacia él.
Bueno, es tu nombre, ¿no es cierto?
Sí, lo es. Pero nunca lo he usado. Le pertenece a mi padre, no a mí.
También te pertenece a ti.
Nunca me llamaron por él. Siempre me llamaron Glaucus. Mis padres adoptivos temían por mi seguridad y querían mantener mi identidad oculta.
Fue sabio de su parte. De acuerdo, te llamaré Glaucus, pero debes estar preparado para usar el nombre de tu padre ... y el tuyo ... cuando hayas completado tu búsqueda.
No estoy seguro de ser digno de ese nombre.
Lo eres y un día tú también lo sabrás -Jonivus sonrió amablemente- Por supuesto, te quedarás conmigo mientras estés en Vindobona. Raramente tengo visitas y tener al hijo de Maximus en mi humilde hogar ... bueno, es un gran honor.
Gracias, Jonivus. ¿Hay algún lugar donde pueda guardar mi caballo? Es muy valioso y atrae mucho la atención. También tengo un perro conmigo.
Por supuesto. En el fondo de la propiedad hay un pequeño cobertizo y estoy seguro de que tu caballo lo encontrará confortable. En cuanto al perro ... tráelo adentro. Sabes, cuidé del perro de tu padre después de que él desapareció. Se llamaba ...
Hércules.
Sin ... un gran lobo gris. El sirviente de tu padre, Cicero, cuidó de Hércules pero cuando Cicero nunca volvió de un viaje a Roma mientras nos encontrábamos estacionados en Ostia pocos meses después de la desaparición de tu padre, me hice cargo del perro y lo traje de regreso aquí. Fue un buen compañero. Lo enterré en el jardín.
Mi perro desciende de la misma línea de sangre y el abuelo de mi caballo engendró a los dos caballos de mi padre -dijo el joven orgullosamente.
Jonivus se puso de pie y palmeó el hombro de Glaucus.
Las buenas líneas de sangre siempre se hacen notar, mi muchacho. ¿Eres tan obsesivo con tu caballo como tu padre lo era con los suyos? ¿Sabías que una vez arriesgó su vida para salvar a uno de ellos y la legión tuvo que ir a rescatarlo? El emperador en persona dirigió la operación. Marcus Aurelius no quiso correr el riesgo de confiársela a nadie más. Maximus recibió una terrible reprimenda a causa de esa aventura ...¡y por cierto que se la merecía! -rió Jonivus- Ah, tengo tanto para contarte.
Quiero escucharlo todo.
Estoy seguro de ello. Tengo años y años de historias sobre tu padre. Ve a guardar tu caballo y trae adentro al perro y hablaremos por la noche, luego de comer algo.
Glaucus estaba en el jardín antes de que Jonivus terminara la frase.
Vuelvo enseguida -dijo al tiempo que desaparecía por la puerta.
Cuando estuvo del otro lado de la pared gritó "¡No empieces sin mí!" al tiempo que echaba a correr hacia sus animales, siendo recibido por un Zeus que agitaba la cola listo para saludarlo con su lengua mojada.
Glaucus y Jonivus se dirigieron a pié a la fortaleza y el joven miró azorado la estructura que había sido el hogar y cuartel general de su padre en Germania. Las puertas de roble gruesas como un árbol bastaban por sí solas para desalentar a los visitantes, como así también los soldados apostados en las torres de piedra que se elevaban por encima sus cabezas. Las enormes murallas se extendían en ambas direcciones, cada una de ellas con una torre en cada esquina. El lugar era enorme y decididamente intimidante. Apenas si notó las profundas zanjas llenas de afiladas estacas y las púas retorcidas ubicadas al pie de las murallas.
¿Se veía así en los tiempos de mi padre? -susurró Glaucus.
Jonivus se echó a reír.
Sí, el exterior no cambió en nada desde que Maximus estuvo aquí,
Glaucus volvió a encontrar su propia voz.
Tú eres el responsable de todo esto, ¿verdad?
Lo soy -dijo el anciano orgullosamente- Y hay mucho que ni siquiera has notado. Defensas ocultas capaces de disuadir al más valiente ... o al más tonto ... atacante.
Jonivus miró hacia la torre.
¿Cuántos soldados hay allí?
Uh ... puedo ver unos veinte, creo.
Espero conocer al menos a uno de ellos -dijo Jonivus mientras ahuecaba sus manos en torno a la boca y gritaba- ¡Soy Jonivus, el ingeniero que construyó esta fortaleza y sirvió bajo las órdenes del general Maximus! ¡Tengo asuntos que atender aquí!
Glaucus vio cómo los soldados se miraban unos a otros y luego uno avanzaba hasta el frente y miraba hacia abajo. Asintió con la cabeza en dirección a sus compañeros de guardia y luego gritó:
¿Quién es el hombre que está contigo, Jonivus?
El hijo de un amigo. ¡Su nombre el Glaucus y quiero mostrarle mi trabajo!
Al cabo de algunas consultas más, las enormes puertas crujieron al abrirse lentamente y poco a poco el interior del campamento se reveló ante los ojos de Glaucus. Lo primero que notó fueron las barracas, edificios bajos y rectangulares de piedra situados al fondo de la muralla. Parecían extenderse infinitamente en ambas direcciones. Glaucus dio un paso adelante para tener una mejor vista y fue detenido bruscamente por una mano que se apoyó en su pecho. Glaucus miró directamente a los ojos de un soldado que llevaba casco y una espada colgada al costado.
No des un solo paso más -gruñó el guardia.
No, señor -respondió Glaucus con lo que él esperaba que fuera una mezcla de deferencia y cortesía.
¿Quién eres?
Yo ... mi nombre es Glaucus y vengo de España. Jonivus es un viejo amigo de mi familia y es mi primera visita a esta región.
El guardia lo miró de pies a cabeza con una expresión ligeramente intrigada en su rostro.
¿Qué es lo que quieres mostrarle, anciano?
Si usted lo permite, señor, el campamento.
Como pueden ver, ahora no hay nadie. Puedes mostrarle todo menos el praetorium y la principia. Eso está fuera de discusión.
Ah ... quería mostrarle al muchacho la casa que construí para el general Maximus. Es virtualmente única para un campamento romano y estoy muy orgulloso de ella.
El general Vesnius no está aquí pero lo esperamos pronto.
Mejor así, porque de ese modo no lo molestaremos.
El praetorium está vedado a los civiles, Jonivus, y tú deberías saberlo.
No soy exactamente un civil, señor. Soy un soldado retirado, como usted bien sabe.
Pero tu joven amigo no lo es -el guardia le echó una mirada a la túnica negra- Te avienes a estas condiciones o te vas.
Cuando pareció que el anciano se disponía a discutir con el guardia, Glaucus tironeó de su brazo.
Está bien, señor. Le agradezco que me permita ver el campamento. Vamos, Jonivus.
Tienen una hora -dijo el guardia al tiempo que les daba la espalda, obviamente convencido de que el dúo era inofensivo.
Comenzaron recorriendo el camino perimetral y Jonivus siseó:
Creí que querías ver el mural de tu padre.
Quiero verlo -susurró Glaucus.
Bueno, entonces deberías haberme dejado negociar con él.
Estaba a punto de echarnos a ambos. Déjame ver tanto como pueda y en otro momento podemos volver a intentarlo -Glaucus miró en torno suyo anonadado- No puedo creer que esté aquí. Este es el campamento de mi padre. No importa hacia donde mire, todo se ve exactamente igual: calles rectas y construcciones de piedra por todas partes. Está diseñado sobre el plano de una parrilla, igual que las ciudades.
Los campamentos son diseñados para ser eficientes, no bonitos. Ven. Caminaremos por el perímetro externo, luego trataremos de acercarnos al praetorium. Todavía conozco a algunos de los hombres. Veremos si entre los que están de guardia hay algún conocido.
¿Algunos de los soldados que están aquí sirvieron bajo mi padre?
Unos pocos pero puede ser que hoy no se encuentren.
Eso podría ser bueno.
No si quieres entrar al praetorium.
Mientras caminaban, Jonivus señaló los establos de piedra, la herrería, los baños y la prisión pero los ojos de Glaucus eran atraídos una y otra vez por el área ligeramente amurallada que se encontraba en el centro del campamento y por el techo de tejas de la casa en la que había vivido su padre. Escuchaba a Jonivus explicarle que las barracas habían sido construidas en tiempos posteriores a los de Maximus ya que en aquel tiempo los soldados vivían en tiendas debido a que estaban en constante movimiento y el joven se descubrió a sí mismo resintiendo ligeramente el hecho de que se hubieran realizado cambios en el campamento de su padre, aún cuando entendía lo ridículo de su postura. Hacía dieciocho años que Maximus se había ido y la vida había seguido adelante sin él.
No estás prestando atención -lo retó Jonivus.
Lo siento. Es que estoy demasiado ... no sé ... excitado. Nervioso. He esperado tanto tiempo este momento y no puedo terminar de creer que me encuentre aquí -miró otra vez hacia el praetorium- ¿Quién vivía allí con mi padre?
Su sirviente, Cicero, vivía allí con él y también se alojaban en el praetorium los oficiales de las legiones con los que él necesitaba consultar regularmente -Jonivus vaciló- Quintus vivía allí ... el legado de tu padre.
Glaucus se detuvo con una expresión intrigada en su joven rostro.
Quintus ... escuché ese nombre antes. No puedo recordar ...
Jonivus lo aferró de un brazo para hacer que siguiera moviéndose.
Hablaremos sobre Quintus esta noche y en mi casa, no aquí.
Los dos hombres tomaron por la via principalis que los conduciría hacia el praetorium y la principia, que era el cuartel general de los legionarios y guardaba los estandartes de la legión así como el despacho del oficial al mando.
Camina despacio -le ordenó Jonivus quedamente- y veremos si podemos atraer la mirada de algún viejo amigo.
Apenas las palabras habían salido de sus labios cuando el ingeniero fue saludado por un guardia del praetorium.
Jonivus, mi viejo. ¿Qué te trae por aquí?
Abito, ¿eres tú? Mi vista ya no es lo que solía ser.
Sí, soy yo.
Una gran sonrisa se dibujó en el rostro arrugado de Jonivus.
Le estoy mostrando mi fortaleza a mi joven amigo de España. Me gustaría presentarte a Glaucus. Maximus ... Decimus ... Glaucus -dijo el anciano enunciando cada palabra separada y deliberadamente.
Glaucus lo miró alarmado pero el rostro de Jonivus estaba calmo y seguro. Miró al guardia, el cual había abandonado su puesto de guardia totalmente anonadado. Glaucus se mantuvo firme en su lugar mientras el hombre caminaba hasta él y le aferraba el mentón barbado. Los ojos del soldado se desorbitaron y su boca se abrió y cerró silenciosamente, como si hubiera sido la de un pez varado. Finalmente, el soldado volvió a encontrar su propia voz.
¿Su hijo vive? -preguntó azorado.
Cuando Glaucus asintió en señal de afirmación, el hombre gritó de alegría, atrayendo la atención de sus compañeros de guardia mientras aferraba los hombros de Glaucus y lo sacudía al tiempo que reía triunfalmente.
Mi muchacho -dijo- tu padre fue el mejor hombre que jamás conocí.
Gracias, señor -dijo Glaucus mientras luchaba por tragar el nudo que amenazaba con formarse en su garganta.
Abito echó una mirada a su alrededor, luego, con aire de conspirador, tironeó de Glaucus hacia el praetorium.
Ven adentro, ven adentro.
Ah ... los guardias en la puerta ... -empezó a decir Glaucus.
Estarán encantados -interrumpió Jonivus, mientras apoyaba su mano en la parte baja de la espalda de Glaucus y le daba un ligero empujón- Ahora eres el jefe de la guardia, ¿verdad Abito? ¿Todo un jefe?
Puedes apostar. No se preocupen de nada. ¿Quieres ver la casa en la que vivió tu padre, Glaucus?
Sí, señor. Lo quiero más que ninguna otra cosa.
Los guiaré -dijo Abito y, mientras escoltaba a Glaucus a través de la puerta del praetorium, le dijo en voz baja a los otros guardias, "El hijo de Maximus".
El estómago de Glaucus estaba alborotado. El momento que había estado esperando durante cinco años finalmente había llegado. A pesar de la charla de Abito acerca de la historia del praetorium romano, sus ojos estaban fijos en la puerta de roble que se abría en el frente de la casa de piedra. Abito finalmente la empujó para abrirla y escoltó a Glaucus hacia el atrio. El joven avanzó por el suelo de concreto taraceado que los pies de su padre habían pisado incontables veces. Inhaló profundamente y luego soltó el aire de a poco, al tiempo que se volvía hacia Jonivus con una sonrisa.
¿Feliz? -le preguntó el anciano innecesariamente.
Glaucus se limitó a asentir mientras escuchaba cortésmente a Jonivus quien describía los atributos de la casa que había construido. Se basaba en un plano romano, le dijo, algo que era obvio para Glaucus pero igualmente asintió con interés. Había sido construida con piedra caliza de la región y los artesanos de Vindobona habían provisto toda la herrería. Pero las tejas habían sido traídas desde Galia ya que nada similar se conseguía en esa región.
Mientras avanzaban hacia el pequeño patio, Jonivus le contó sobre el momento en que el atrio había sido usado como hospital para albergar a los heridos del ataque a Vindobona. Glaucus no necesitaba que le dijeran que durante esa incursión su padre había recibido una herida casi fatal y que el hijo de Jonivus había muerto. Luego, su hermano había enfermado y lo habían atendido en ese mismo lugar. Miró el atrio vacío y trató de imaginárselo atestado de camas y pacientes y médicos. Trató de imaginarse los sonidos y los olores que alguna vez habían llenado ese lugar.
En el patio había dos bancos y una mesa de piedra ubicados cerca del estanque que recogía el agua de lluvia. Estaba rodeado por un peristilo sostenido por columnas de piedra y Glaucus podía imaginar a su hermano jugando allí mientras sus padres descansaban en los asientos.
... todo con calefacción subterránea -Glaucus escuchó las palabras de Jonivus y se obligó mentalmente a concentrarse en lo que estaba diciendo el ingeniero- En aquellos tiempos era algo inusual en cambio ahora es relativamente común. Yo construí muchos de los edificios públicos de piedra de Vindobona así que sé de lo que estoy hablando.
Finalmente, Jonivus se detuvo ante la sólida puerta de roble tallado y Jonivus supo aquel era el dormitorio de su padre ... y que su retrato se encontraba apenas más allá de ella.
Cuando entres, mira directamente a la derecha -susurró Jonivus en su oído y luego empujó la puerta para que el joven pasara adelante. Cuando fue a entrar él mismo, tropezó con Glaucus, quien sólo había dado un paso hacia el interior del dormitorio.
El joven permanecía mudo ... Jonivus pensó que de asombro.
No está -dijo Glaucus, su voz sin vida- Ninguno de los dos. Los borraron.
¡¿Qué?! -gritó Jonivus mientras lo apartaba para entrar a la habitación. Parpadeó en dirección a la pared pero no pudo ver nada en ella más que la pintura blanca rodeando el tapiz colgado en ella. Furioso, se volvió para enfrentar a Abito.
¿Quién sería capaz de hacer algo así?
No sabía qué era lo que estaban buscando -dijo el guardia a la defensiva- Les hubiera advertido. Las pinturas fueron borradas hace mucho. El emperador Septimius Severus hizo pintar las paredes años atrás, cuando fue general de esta legión antes de marchar a Roma. Muchos generales vivieron en esta casa después de Maximus.
Glaucus se sentía atontado. Por fin, apartó los ojos de la pared blanca y miró el moblaje de la habitación. Era extremadamente ornamentado, con incrustaciones cubriendo cada superficie. No podía imaginar que a su padre le gustaran esas cosas. Su sospecha fue quedó confirmada cuando Abito volvió a hablar.
Nada en esta habitación le perteneció a tu padre. Septimius hizo que todos sus muebles fueran quemados.
La ira fluyó por los miembros de Glaucus .
Bueno, no podemos esperar que un general viva mirando la cara de un traidor, ¿no es cierto? -escupió amargamente- ¡No podemos esperar que toque las pertenencias de un traidor!
Nadie cree ... -empezó a decir Abito.
Oh sí, lo creen. Muchos lo creen -gruñó Glaucus mientras se dirigía lentamente hacia la pared en la que el recuerdo de su madre y su padre había sido diezmado con apenas unas pinceladas de pintura.
Jonivus, ¿mi madre los pintó sobre el estuco seco o cuando todavía estaba húmedo?
Jonivus entendió de inmediato lo que estaba pensando.
Húmedo. Le dimos una capa extra de estuco a las dos paredes para que ella pudiera pintar frescos.
Glaucus estuvo de inmediato de rodillas, rascando la pintura blanca con una uña. Con un poco de trabajo, la pintura se desprendió para revelar el color oculto debajo de ella.
Aún está aquí. Está tapado ... oculto ... pero aún está aquí. Con tiempo y paciencia podría ser revelado.
De golpe, Glaucus se echó a reír al tiempo que comprendía que la pared era una adecuada metáfora de la búsqueda de su padre.
¿Qué tan alto era el mural, Jonivus? ¿Dónde debería estar su rostro?
Era una figura de tamaño natural y él estaba montado en su semental, en la parte central de la pared.
Glaucus levantó el tapiz y espió detrás de él.
Espera un momento -le advirtió Abito- No puedo dejar que empieces a raspar la pared. La habitación ahora le pertenece al general Vesnius. Los dejé entrar a mirar pero no puedes tocar nada.
Glaucus soltó el tapiz y éste cayó suavemente en su lugar contra el estuco pintado.
Le agradezco que me dejara ver la casa, señor. Se lo agradezco mucho. No tocaré nada más. Todo lo que queda aquí de mi padre es el cascarón de una casa. No veo nada más que me haga pensar en él.
Jonivus se veía devastado y Glaucus le palmeó gentilmente el hombro.
Nadie puede detener el paso del tiempo, Jonivus. Hace mucho que mi padre se fue de aquí.
La construí para él ... -la voz de Jonivus se diluyó.
Lo sé. Vámonos -Glaucus tomó a Jonivus por el brazo y lo guió hacia fuera, aún cuando el anciano conocía el camino mejor que él.
Una vez fuera, Glaucus aspiró profundamente el aire fresco para aquietar las nauseas que le revolvían el estómago. Abandonó el praetorium ignorando a los guardias que se habían reunido para mirarlo. También ignoró a los guardias de la puerta que cuchicheaban entre ellos mientras él se aproximaba. Ignoró a los caballerizos, a los herreros y a los talabarteros, que lo miraban atónitos y boquiabiertos.
Anduvo un buen trecho por el camino rumbo a la casa de Jonivus antes de quebrarse y estallar en sollozos de angustia.
Más tarde esa misma noche, los dos hombre se sentaron en el patio a beber vino apenas diluido hasta estar un tanto ebrios. Zeus estaba echado sobre la grava, ignorándolos lo mejor que podía.
Siento no haberlo sabido -murmuraba Jonivus una y otra vez- Debería haberlo sabido.
Está bien, Jonivus -dijo Glaucus tratando de tranquilizarlo- Está bien. Algún día descubriré esos murales aunque para ello tenga que ... que unirme al ejército. Me colaré allí en la noche cuando el general Vesu ... Vesniv ... cuando el general esté dormido y rasparé la pintura yo mismo.
Glaucus suspiró profundamente.
Jonivus, hoy mencionaste a un hombre llamado Quintus. Dijiste que me ibas a’blar de él. ¿Qué tuvo que ver con mi padre? R’cuerdo habe’r escuchado ese nombre antes.
Para gran sorpresa de Glaucus, Jonivus escupió en el suelo.
¡Quintus, bah! Espero que ese hombre haya muerto de una muerte horrible. No ... no ... espero que se esté pudriendo en alguna prisión deseando haber muerto! -los ojos lechosos de Jonivus estaban ahora enrojecidos, lo que los hacía parecer de un extraño color rosa- Era el legado de tu padre. Se conocían desde que eran muchachitos. Quintus siempre estuvo celoso de tu padre porque llegó a general y él no. Venía de una familia romana de clase alta y ellos espet ... esperaban que hiciera mejor carrera, ¿sabes?
Glaucus asintió y eructó.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de llegar a una posición más alta, ¿entiendes? De modo que, cuando tu padre desafió a Commodus, el muchachito le ordenó a Quintus que lo arrestara ... y él lo hizo. Commodus hizo a Quintus el prefecto de sus pretorianos y se fueron a Roma en la mitad de la noche, antes de que los soldados se enteraran de lo que había pasado con tu padre. El muy cobarde. Sabía que si quedaba, nosotros lo m’taríamos -Jonivus dio un puñetazo furioso sobre la mesa, casi cayéndose del banco en su exaltación.
¿Mi padre desafió a Commodus? -Jonivus asintió vigorosamente- ¿Por qué?
Porque mató al emperador y tu padre lo sabía. Maximus nunca hubiera apoyado a alguien como él. Tu padre debía haber sido emperador, no Commodus.
¿Commodus mató a su padre? ¿Estás seguro? -Jonivus volvió a asentir vigorosamente- Te’go que encontrar a Quinnus -dijo Glaucus con tanta bravuconería como fue capaz de reunir en su estado de ebriedad- ¿Está en Roma?
‘llí fue con Commodus. N’sé dónde está ahora.
Voy a matar a Quinnus. Merece morir por haber traicionado a mi padre.
M’talo por mí también -masculló Jonivus mientras se le cerraban los ojos y se le caía la cabeza.
¡Estás borracho! -rió Glaucus.
No lo estoy -dijo Jonivus indignado justo antes de deslizarse del banco, su caída interrumpida por el accionar de Glaucus, rápido a pesar de su igualmente dudosa condición. Alzó al anciano en sus brazos y luego se abrió camino hacia el dormitorio de Jonivus, donde depositó su cuerpo laxo sobre el colchón de paja y lo cubrió con una manta antes de perder el equilibrio y desplomarse junto a la cama, su caída atenuada por la alfombra tejida. De inmediato, se hizo un ovillo y pronto sus ronquidos se unieron a los de Jonivus. Zeus los miró desde el umbral para luego ir en busca de un lugar para dormir en el atrio, que estaba menos atestado y, por sobre todo, era mucho menos ruidoso.
Glaucus gimió, luego se dio vuelta sólo para sentir su boca como si ésta hubiera estado rellena de algodón y su cabeza hubiera estado a punto de partirse a causa de un dolor que rivalizaba con el que provenía de su espalda rígida. Antes de que pudiera abrir sus párpados pegoteados, una lengua mojada le acarició la cara. Alzó un brazo y lo pasó por sobre el cuerpo peludo que estaba echado en el suelo a su lado. Volvió a gemir y recibió otro lengüetazo. Lentamente, se irguió sobre un codo hasta colocar sus ojos ligeramente por encima de la cama en la que pudo ver que Jonivus aún dormía. Se desplomó nuevamente en el suelo y volvió a gemir.
No se había vuelto a emborrachar desde que sus hermanos mayores le hicieran beber una jarra de vino sin diluir para su decimosexto cumpleaños. En aquella oportunidad, se había pasado el día siguiente vomitando y esperaba no tener que repetir la experiencia. Dejó que sus ojos volvieran a cerrarse pero los abrió de golpe cuando Zeus le ladró en la oreja antes de levantarse y correr hacia la puerta del frente.
Glaucus se obligó a sí mismo a sentarse. Los ladridos continuaron. Luchó para ponerse de pie y anduvo trastabillando hasta el atrio, donde abrió la puerta siendo cegado momentáneamente por la luz del sol matutino. Alzó una mano para protegerse los ojos y la figura de una mujer emergió gradualmente del resplandor. Era preciosa y él se sentía como una pila de basura. Consciente de su estado, se alisó la túnica arrugada y movió los dedos de los pies, dándose cuenta de que había perdido las sandalias en algún momento de la noche,
De modo que ... es cierto -dijo una voz musical.
¿Mi Señora?
El hijo del general Maximus está en Germania.
Inconscientemente, Glaucus imitó a Jonivus y entrecerró los ojos para poder ver mejor a la muchacha. No podía tener más de diecisiete o dieciocho años y sus largos rizos rojizos le caían por su espalda desde el adornado broche que los sujetaba en su nuca. Su piel era impecable y cremosa y su boquita fruncida de un delicioso color rosa.
En la ciudad no se habla de otra cosa ... Glaucus, ¿no es cierto?
Sí, Mi Señora. ¿Y tu eres ...?
Katerina.
Esperó en silencio a que ella agregara algo más pero no lo hizo.
Katerina. ¿Qué puedo hacer por ti, Katerina?
Parece que tuviste una noche difícil -ella le sonrió mientras tendía la mano para acariciar a Zeus, el cual estaba olfateándole las polleras- No te ves como me contaron ... pero estoy segura de que sí lo harías después de un baño y un cambio de ropas.
La joven se inclinó para tomar un canasto del suelo y lo depositó en sus brazos.
La ropa lavada de Jonivus. Tal vez encuentres entre ella algo que ponerte.
Ah ... Te invitaría a entrar, Mi Señora, pero Jonivus aún está dormido y puede que siga durmiendo durante un rato más.
No vine a ver a Jonivus. ¿Cuánto tiempo planeas quedarte en Vindobona?
Unos días más, tal vez.
Bueno, entonces, ¿por qué no vienes a visitarme? Estoy segura de que encontraríamos muchas cosas de qué hablar.
Glaucus tenía mucha experiencia con mujeres audaces, pero pocas habían sido tan bellas como ésta. Se pasó las manos por el cabello en un intento fútil de apartarse el rizo rebelde de la frente. Vio cómo los ojos de Katerina seguían el movimiento que lo devolvió obstinadamente a su lugar y también la vio sonreír. La joven se inclinó hacia él y le susurró:
Espero que no todas las partes de tu cuerpo se comporten como lo hace tu cabello.
¿Había entendido bien?
¿Mi Señora?
¿Por qué no vienes, Glaucus? Esta noche me queda bien. Puedo prepararte la cena -le dedicó una última mirada apreciativa antes de darse vuelta para irse mientras agregaba- Mi padre fue soldado y sirvió bajo el mando del tuyo.
Aquello atrajo su atención como ella sabía bien que lo haría.
¿A qué hora, Mi Señora?
A la que gustes -le dijo ella por encima de su hombro, mientras sus caderas ondulaban provocativamente- Estaré allí todo el día.
¿Dónde?
Ultima casa a la derecha, justo antes de llegar a la ciudad.
El sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles que se encontraban más allá de la casa de Katerina cuando Glaucus golpeó a la puerta. Ella abrió de inmediato, como si hubiera estado esperándolo y Glaucus se inclinó ligeramente mientras le tendía el ramo de flores que había arrancado del jardín de Jonivus. El joven esperaba que al ingeniero no le importara demasiado. Jonivus seguía roncando cuando Glaucus había salido de la casa de modo de que había garabateado apresuradamente una nota explicándole los motivos de su ausencia y le había ordenado a Zeus que se quedara con él.
Katerina hundió la nariz en las rosas y lilas mientras estudiaba los cambios operados en el joven desde la mañana. Era evidente que se había bañado y las lustrosas ondas de su cabello aún mojado habían sido cepilladas de modo de mantenerlas apartadas de la frente. Sin embargo, un mechón rebelde se las había arreglado para escapar y caía sobre su frente en forma de rizo. Su barba castaña estaba cuidadosamente recortada y llevaba un manto de color negro sobre la túnica corta del mismo color sujeto sobre el hombro izquierdo por la fíbula enjoyada.
Sus fuertes piernas bronceadas eran claramente visibles en el tramo que iba entre el borde de sus botas y el de una túnica que terminaba bien por encima de sus rodillas bien formadas. Katerina echó sus rizos sueltos hacia atrás y sonrió en señal de aprobación. Las descripciones de Glaucus que estaban en circulación por la ciudad no eran acertadas. No era atractivo ... era hermoso.
Mientras la seguía hacia el interior, Glaucus echó una mirada a la casa. Era una de las construcciones de troncos y adobe que había notado a su llegada y casi esperaba ver ramas encajadas en la arcilla también del lado de adentro. Pero las paredes eran de estuco liso y pintadas de un apagado color rojo. La casa era irregular y se hacía obvio que había sido ampliada a lo largo de los años. La habitación en la cual se encontraba era amplia, con techo bajo y obviamente había sido la casa original. A continuación de ésta se abría otra estancia desde la cual flotaron deliciosos aromas hasta alcanzar su nariz. No había comido en todo el día y se llevó la mano al estómago cuando éste se hizo notar ruidosamente.
Katerina se echó a reír.
No te preocupes. Lo considero un cumplido. ¿Estuviste alguna vez en una casa como ésta, Glaucus? -le preguntó mientras lo conducía hacia la cocina.
No, Mi Señora. Sólo las había visto desde el camino.
Katerina puso las flores en un cacharro de cerámica con rayas azules y las acomodó cuidadosamente de acuerdo a su color y altura.
Por favor ... llámame Katerina. Aquí no hay necesidad alguna de formalidades -le ofreció una sonrisa tan radiante que Glaucus no pudo menos que responderle con otra igual- Esta casa es muy vieja. Mi padre la compró cuando se casó con mi madre y luego le agregó otras habitaciones. Era un soldado del ejército de Roma oriundo de Italia y mi madre era germana. Originalmente, la casa era sólo una gran habitación que la gente compartía con sus animales -Katerina se echó a reír ante la expresión de consternación de Glaucus- Sí ... no puedo ni siquiera imaginarlo pero en las zonas rurales muchos granjeros todavía viven así.
¿Dónde está tu familia?
Sólo quedo yo -ante la expresión asombrada de Glaucus, ella le explicó- Me casaron a los catorce años con otro soldado que era mucho mayor que yo. Murió en un accidente ... mi padre llevaba años muerto, ocurrió algunos después de que el tuyo desapareciera. De modo que mi madre y yo quedamos solas y me mudé de regreso aquí para cuidar de ella. Murió el año pasado de modo que estoy sola. Lavo ropa y hago costura para poder sostenerme.
Debes sentirte muy sola.
A veces siento no tener a alguien ... pero la mayor parte del tiempo disfruto de mi libertad y de mis propias elecciones. Pocas mujeres de mi edad tienen esa oportunidad.
No muchas mujeres de tu edad son viudas.
No ... y la viudez trae una gran libertad lado a lado con sus problemas. Tengo la libertad de ir a donde quiero y de vivir donde me da la gana. Planeo ir a Roma algún día. ¿Has estado allí?
No, M ... Katerina. En realidad, ésta es la primera vez que salgo de España.
Tu familia tiene una granja dedicada a la cría de caballos.
Glaucus alzó las cejas.
¿Cómo lo sabes?
Debes estar bromeando -rió Katerina- Toda la ciudad no habla de otra cosa que del hijo del gran General Maximus. Los rumores decían que toda la familia del general había sido exterminada de modo que has sido toda una sorpresa. Todo aquel que habló contigo está repartiendo sus historias y muchas más están siendo inventadas por aquellos que dicen haber hablado contigo.
De repente, Glaucus se mostró cauteloso.
¿Es por eso que me invitaste a venir aquí esta noche? ¿Para confirmar las historias?
Katerina plantó sus manos sobre sus caderas y ladeó la cabeza al tiempo que le sonreía.
Vaya que somos cínicos. No ... Simplemente pensé que te vendría bien un poco de comida bien hecha ya que no creo que la cocina sea uno de los talentos del viejo Jonivus. Y ... quería conocerte. Cuando era una niña, mi padre hablaba sobre el tuyo todo el tiempo.
Glaucus cruzó los brazos.
¿De veras? ¿A favor o en contra?
¿Perdón?
He descubierto que la gente está repartida entre dos posiciones. O bien cree que mi padre era un gran hombre que fue traicionado o un traidor que recibió lo que se merecía.
Yo creo lo que mi padre decía de él. Amaba a tu padre y decía que era un hombre valiente, honesto y justo. La legión quedó devastada después de su muerte. La moral estaba tan baja que la movilizaron de Germania. Mi padre optó por el retiro antes que ir con ella. Luego escuchamos decir que había sido disuelta de modo que mi padre hizo una elección sabia. ¿Quieres un poco de vino, Glaucus?
Sí, gracias.
Katerina sonrió traviesamente mientras vertía el líquido rojo en dos vasos coloridos.
Tendré que asegurarme que no consumas tanto como anoche.
Jonivus y yo tuvimos un día muy insatisfactorio en la fortaleza. Supongo que estábamos tratando de ahogar nuestro descontento.
Muchos generales han servido allí después de tu padre. Toma asiento, Glaucus.
El joven arrimó una silla para ella y luego se sentó ante la mesa de madera de la cocina, desde donde Katerina podía controlar la comida que estaba cocinando.
Lo sé. Fue infantil de mi parte esperar que nada hubiera cambiado.
Katerina lo miró intensamente.
Buscabas el mural, ¿verdad?
Glaucus se mostró claramente sorprendido.
¿Sabías sobre él?
Sí, lo vi una vez. Hubo gran inestabilidad por aquí cuando el trono cambió de manos tantas veces tras la muerte de Commodus. No nos enterábamos de nada, salvo que los generales cambiaban cada vez que cambiaba el emperador. Hubo momentos en los que no había nadie a cargo y una de esas veces mi padre me llevó a la fortaleza para mostrarme cómo era una casa romana de piedra -Katerina sonrió- Recuerdo que, de primer momento, el mural me asustó. Era tan grande y ... poderoso -se estremeció- Parecía como si tu padre fuera a salir cabalgando de la pared.
Glaucus miró pensativamente el líquido rojo mientras hacía girar su vaso.
Vine hasta aquí con la esperanza de verlo pero pintaron la pared. La gente me dice que me parezco mucho a mi padre pero nunca vi un retrato de él.
A juzgar por la reacción de la gente de la ciudad, ciertamente debes parecértele.
Katerina extendió su mano y palmeó la de Glaucus para luego apoyarla sobre la de él y dejarla allí. Al cabo de unos instantes, Glaucus dio vuelta la suya de modo tal de que la palma de ella descansara sobre la de él y cerró sus dedos sobre los de Katerina.
¿Eres casado? -preguntó la muchacha en un tono casual que no engañaba a nadie.
Glaucus movió la cabeza.
No.
¿No es inusual para un hombre de tu posición no estar casado a tu edad?
No exactamente. He tenido demasiadas cosas en mi cabeza desde que tenía quince años para siquiera pensar en tomar una esposa.
¿Qué pasó cuando tenías quince años?
Supe sobre mi verdadera familia ... y lo que ocurrió con mi madre y mi hermano. Todavía no sé qué fue de mi padre -le acarició los dedos, suaves y delicados pese a su trabajo.
Es duro no saber -susurró ella.
Probablemente más duro que saber la verdad no importa lo terrible que ésta sea -le acarició los dedos nuevamente- ¿No te preocupa estar aquí a solas conmigo?
¿Debería preocuparme?
Glaucus sabía perfectamente lo que ella había querido decir pero eligió interpretarlo de otro modo.
La gente habla. ¿No te preocupa lo que van a decir? Aunque sólo nos quedemos aquí sentados comiendo y charlando, la gente repartirá historias que podrían dañar tu reputación. Se supone que las mujeres no se encuentren a solas con ...
Glaucus, soy una viuda, no una doncella. Una vez que la virginidad se ha ido, una mujer ya no tiene valor como esposa aunque sea joven y ... razonablemente linda.
Hermosa. Eres hermosa.
Katerina trató de desechar el cumplido con una carcajada pero un delicioso color rosado ascendió desde su cuello. Arrancó su mano de la de él y se levantó para revolver el guiso.
¿Tienes hijos? -le preguntó Glaucus y de inmediato lamentó haberlo hecho porque la vio ponerse rígida.
Di a luz a una niña que nació muerta. Tenía quince años.
Lo siento -susurró Glaucus, sinceramente arrepentido de haber sacado el tema a la luz-
Está bien. Ya no debería molestarme ... pero todavía lo hace. Soy demasiado sensible ... -siguió revolviendo pese a que ya no era necesario- En esta ciudad no hay muchos hombres como tú. Son mayormente soldados o granjeros o comerciantes que viajan todo el tiempo.
Glaucus se echó a reír.
Lamento desilusionarte pero soy un granjero. Mi padre también lo era cuando no estaba comandando las legiones del Norte del ejército de Marcus Aurelius. Mi madre era la esposa de un granjero.
Katerina volvió junto a la mesa y apoyó la cadera contra ella.
Sin embargo, eres diferente.
Glaucus se puso de pie y se acercó a ella, tomándole la mano nuevamente. Katerina no la retiró.
¿En qué soy diferente? -susurró junto a su cabello.
Ella se inclinó sobre sus labios.
Eres educado ... de algún modo más sofisticado. Tal vez sea por el lugar donde creciste. Debe ser muy diferente de aquí -Katerina liberó su mano y le deslizó ambos brazos en torno al cuello, bajo el manto que Glaucus había olvidado quitarse. Sus dedos acariciaron la fina, suave lana de su túnica, luego los músculos firmes y calientes que había debajo- Eres un hombre con una misión ... un hombre que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.
Quisiera que la última parte fuera cierta -susurró Glaucus junto a su boca antes de tomarle el labio superior suavemente entre los suyos para después hacer lo mismo con el inferior hasta que ella los separó para un beso pleno. Con una de sus manos le sostuvo la nuca mientras que deslizaba la otra por su cintura para apretarla contra sí. Katerina se fundió contra su cuerpo y no opuso resistencia cuando él la alzó para sentarla sobre la tosca mesa, levantándole la pollera lo suficiente como para separarle las piernas y acomodarlas a ambos lados de su cuerpo. El beso se hizo más intenso cuando ella atrajo la lengua de Glaucus dentro de su boca y las manos del joven le aferraron las nalgas, apretándola contra su cuerpo. En lugar de apartarse, Katerina se movió provocativamente contra sus caderas de modo que Glaucus echó una mirada a la vajilla dispuesta para la cena tratando de decidir si suspender la acción el tiempo suficiente como para remover los platos de cerámica de la mesa o simplemente barrerlos de un manotazo y comprarle unos nuevos en la mañana. Acaba de decidirse por lo segundo cuando el fuego siseó y chisporroteó, lanzando chispas cuando el guiso burbujeó y se desbordó sobre las llamas. En un instante, Katerina levantó las piernas, se soltó del abrazo de Glaucus y se puso de pie sobre la mesa, andando cuidadosamente entre los platos antes de saltar al piso y correr hacia el caldero hirviente. Usando un trapo a modo de protección, levantó la pesada olla y la depositó en el suelo de piedra antes de que pudiera perderse más comida. Mientras lo hacía, Glaucus aferró las esquinas de la mesa en un esfuerzo por controlar su pasión. Levantó la vista para encontrar que Katerina lo estaba mirando con indisimulado deseo.
Tus ojos son hermosos -susurró la muchacha y en un instante cruzó la distancia que los separaba y estuvo en los brazos de Glaucus.
El la alzó y, sosteniéndola contra su pecho, masculló.
¿Dónde está tu dormitorio?
Sus pies siguieron la dirección que ella le indicó con la mirada y Katerina abrió la puerta de un puntapié tal que golpeó sonoramente contra la pared y rebotó, alcanzando a Glaucus en el hombro.
¡Espera! -dijo Katerina quedándose muy quieta en sus brazos y esforzándose por escuchar- ¿Qué fue eso?
No escuché nada -dijo Glaucus mientras le capturaba la boca otra vez. Por un instante ella le devolvió el beso con igual pasión pero luego se apartó tan rápidamente que las mejillas de Glaucus se hundieron por la succión. Katerina empezó a revolverse.
Bájame, Glaucus. Hay alguien en la puerta y saben que estoy en casa.
La soltó a regañadientes y dijo:
Desaste de quien sea. Te esperaré en la cama.
Ella asintió y corrió hacia la puerta, deteniéndose sólo para acomodarse el cabello revuelto. Cuando abrió la puerta de entrada un gran perro negro entró saltando en la habitación seguido de un anciano, cuyos días de andar a los saltos habían quedado muy atrás.
¡Jonivus! -dijo en voz muy alta, esperando que Glaucus la escuchara a pesar de la puerta cerrada del dormitorio.
Vi la ropa limpia, mi querida, y me di cuenta de que no te había pagado. No quiero deberle nada a nadie -Jonivus trató de espiar por detrás de ella pese a que sus ojos podían ver muy poco- Vi la nota que dejó Glaucus. ¿Vino aquí a cenar?
¡Sí, sí vino! ¡Glaucus vino aquí a cenar, Jonivus! -Katerina habló dirigiéndose a Jonivus pero su cabeza estaba vuelta en dirección al dormitorio.
No hace falta que grites, mi niña. No soy sordo -olfateó el aire- Mmm ... algo huele delicioso.
Es un guiso. Acabo de preparar un guiso -Katerina esperó a que Jonivus se fuera pero él simplemente se quedó allí con una sonrisa expectante en su rostro - ¿T-te gustaría acompañarnos, Jonivus?
Me encantaría, mi querida. Muchas gracias por la invitación -moviéndose con sorprendente rapidez, Jonivus se dirigió hacia la cocina donde casi chocó con Glaucus, quien en ese momento salía del dormitorio al tiempo que luchaba por contener a un muy complacido Zeus.
Jonivus ... Estaba ... estaba dejando mi manto sobre la cama.
Bueno, era cierto. Ya no llevaba su manto y se las había arreglado para volver a ponerse la túnica.
¿Qué te trae por aquí?
Me invitaron a cenar -dijo Jonivus alegremente mientras extendía una mano para arreglarle la túnica a la altura del cuello. Por momentos, Glaucus estaba convencido de que el anciano podía ver mucho mejor de lo que pretendía. Mientras Jonivus se sentaba a la mesa, Katerina le dedicó a Glaucus un encogimiento de hombros.
Durante la cena, Katerina conversó con Jonivus sobre temas triviales mientras que Glaucus sólo aportó a la charla cuando le hacían preguntas directas. Estaba muy disgustado con el anciano y quería hacérselo notar tratándolo fríamente. A medida de que la velada se alargaba, Glaucus mencionó más de una vez que hacía rato que había pasado la hora en la que el ingeniero acostumbraba acostarse pero Jonivus ignoró la sugerencia diciendo que había dormido todo el día y se sentía de lo más fresco. Y ... le encantaría tomar un poco más de vino, si fueran tan amables.
Finalmente, Katerina los dejó solos para ir a refrescarse y Jonivus hurgó dentro de su capa hasta encontrar un paquetito que puso sobre la mesa delante de Glaucus.
Aquí tienes -siseó- Si insistes en acostarte con la muchacha al menos usa esto. Tu padre tuvo mucho cuidado de no dejar bastardos y espero que tu hagas lo mismo.
Glaucus estaba anonadado y buscó palabras.
No te preocupes ... Katerina posiblemente usa una esponja.
No te arriesgues.
Glaucus desenrolló el paquetito y su asombro se transformó en diversión porque sabía bien lo que contenía. Estalló en carcajadas cuando descubrió el lamentable estado de la funda de piel de pescado.
¿De qué te ríes? -siseó Jonivus- ¡Usalo!
Glaucus siguió riéndose.
Tengo los míos, Jonivus, y son mucho más nuevos que éste -sostuvo el objeto oblongo y translúcido a la luz de la lámpara y fingió examinarlo- Creo que puedo ver algunos agujeros. ¿Qué tan viejo es? Parece uno de los que debió usar mi padre.
No, tu padre no los usaba -dijo Jonivus indignado.
Oh, ¿de veras? -rió Glaucus- ¿Le gustaba vivir peligrosamente?
No, tu padre le era completamente fiel a tu madre.
Glaucus necesitó de un momento para captar el significado de lo que Jonivus acababa de decir.
¿Quieres decir ... quieres decir que se pasaba años sin una mujer?
Sí -dijo Jonivus, picado por la incredulidad de Glaucus.
¿Qué ... -Glaucus estaba totalmente anonadado- qué era lo que no le funcionaba?
Su mente y su cuerpo de veintiún años vivían en un permanente estado de semi-excitación y no podían aceptar algo así.
Todo le funcionaba. Era un hombre perfectamente normal en todo sentido ...
Jonivus -lo interrumpió Glaucus- Eso no es normal. Probablemente ustedes no estaban al tanto de su vida privada. Lo más probable es que tuviera hermosas mujeres guardadas en cada campamento a lo largo del Danubio. No es de extrañar que viajara tanto -dijo Glaucus entre carcajadas.
La expresión de Jonivus era tan severa como su voz.
Estás insultando a tu padre y a tu madre. Muchas mujeres desearon a tu padre ... no tienes idea. Hasta una mujer importante y de clase, no simples lavanderitas. Tu padre era un hombre honesto y sincero. Cuando se casó con tu madre prometió serle fiel y lo fue. Era diferente cuando tenía tu edad y era soltero. Espero que algún día encuentres a una mujer con la que quieras casarte y le seas tan fiel como tu padre le fue a tu madre.
Debidamente reprendido, Glaucus apoyó los codos en la mesa y cruzó los dedos bajo su nariz.
Lo siento, Jonivus -dijo desde atrás de sus manos- Me alegra que le fuera fiel a mi madre. Es algo más en lo que nunca podré compararme con él -Glaucus miró a la mesa- Era perfecto.
Tu también serás fiel cuando encuentres a la mujer adecuada.
¿Durante años? No lo creo -suspiró y dejó caer las manos para tomar una cuchara y hacerla girar entre sus dedos, estudiando su reflejo distorsionado.
Jonivus, ¿quiénes fueron las mujeres a las que mencionaste ... la mujer importante y de clase ... que deseaba a mi padre?
Ella lo amaba.
¿Lo amaba? ¿Quién era ella?
Te lo diré mañana -Jonivus se puso de pié- Ahora estoy muy cansado y quiero irme a casa.
Te acompañaré -ofeció Glaucus.
No hace falta. Quédate.
Glaucus se levantó y tomó el brazo del anciano.
Oh, tengo toda la intención de volver, Jonivus. Es sólo que no me gusta la idea de que tropieces con una piedra y quedes tirado en el camino con la cadera rota
Le dedicó un guiño a Katerina cuando pasó ante la puerta del dormitorio que ella había abierto ligeramente y Glaucus se preguntó cuánto habría escuchado la "lavanderita".
Se detuvo un momento para acariciarle la mejilla y ella le besó los dedos, indicándole que era bienvenido de regreso fuera lo que fuera lo que hubiera escuchado.