Glaucus abrió la puerta mientras silbaba una alegre tonada española para encontrar a Jonivus ya levantado y tomando su desayuno.
¿Pasaste una buena noche? -le preguntó el ingeniero.
Mejor imposible -respondió Glaucus- aún a pesar de tu intento de arruinarla.
Zeus le dedicó una mirada a su amo y movió la cola dos veces antes de volver a fijar su atención en la comida que estaba sobre la mesa.
Nunca intenté hacer algo así -protestó Jonivus mientras compartía su alimento con el perro- Sólo quiero que tengas cuidado. En esta ciudad hay muchas mujeres a las que les gustaría pescar un marido rico y joven. En especial, si es el hijo del General Maximus y nada feo por cierto.
Glaucus se sentó en un banco frente a Jonivus.
Katerina es sólo una muchacha que se siente sola. Es muy joven para estar sola ... para ser viuda.
Katerina me gusta mucho pero, ¿crees que no le gustaría vivir en una rica granja de Hispania?
Glaucus tomó un pan recién horneado y lo partió en dos.
¿No te dio de comer esta mañana?
Glaucus sonrió y luego dirigió la conversación hacia un tema que le estaba dando vueltas en la cabeza desde la noche anterior.
Jonivus, ¿quién era la mujer importante y de clase que amaba a mi padre?
Jonivus se echó hacia atrás en su asiento y cruzó las manos sobre su vientre mientras contemplaba al joven.
Una mujer que fue hija de un emperador, hermana de un emperador ... y esposa de un emperador.
El acertijo sólo podía describir a una persona.
¿La Dama Lucilla?
Sí.
Glaucus soltó un silbido de admiración.
Por cierto que al general le gustaba lo mejor de lo mejor. Dicen que era sumamente hermosa.
Lo era. Tu padre y ella se encontraron por primera vez cuando eran poco más que niños y entre ellos se formó instantáneamente un vínculo. Volvieron a encontrarse años más tarde ... cuando tu padre tenía aproximadamente tu edad y estaba empezando a ascender en el ejército. Se enamoraron ...
Un momento ... ¿quieres decir que mi padre también la amaba? -preguntó Glaucus con la boca llena de frutillas y crema.
Sí, creo que la amaba. Que la amaba mucho.
En ese tiempo, ¿ella estaba casada?
No, pero estaba comprometida con el emperador Lucius Verus, algo que tu padre ignoraba. Ella le hizo pensar que podrían casarse.
Glaucus resopló.
Le mintió.
Supongo que podría decirse que lo hizo. Creo que estaba desesperada por no perderlo antes de que fuera necesario, de modo que le ocultó la verdad.
¿Consumaron la relación?
No lo sé, pero puede que sí. Lucilla estaba absolutamente obsesionada con Maximus. Aunque para ella hubiera sido algo peligroso ... ir a su lecho nupcial no siendo virgen. Pero puede que se haya arriesgado sólo por estar con él.
¿Por qué una mujer como ella vendría a este lugar?
Lucilla y Commodus fueron enviados aquí para escapar de la peste traída por los soldados que volvieron del Este y que asolaba Roma.
O sea que mi padre también conocía a Commodus desde hacía mucho.
Sí, pero no se llevaban bien. Commodus era un muchachito malcriado y maleducado y Marcus Aurelius quería mucho a tu padre. No fue una buena combinación.
Entonces, Commodus resentía a mi padre desde muy joven.
Sí. Commodus sentía una inclinación poco natural por su hermana y envidiaba profundamente el amor que ella sentía por Maximus.
Su padre y su hermana amaban a mi padre.
Así es.
Ella debió casarse con Lucius Verus mientras aún estaba enamorada de mi padre.
Lo hizo. Los emperadores llegaron al campamento y fue entonces cuando Maximus se enteró del compromiso. Estaba muy enojado y herido. Trató de lastimar a Lucilla negándole que la amaba. Fue una situación muy triste.
Lucius Verus murió siendo bastante joven, ¿no es cierto?
Sí, pero, para ese momento, Marcus Aurelius había descubierto que su hija amaba a Maximus y le dio a tu padre permiso para regresar a Hispania por primera vez desde que entrara al ejército. También le dio permiso para casarse, algo que en aquel tiempo no estaba permitido a los soldados. Fue entonces cuando conoció a tu madre y se casó con ella. La amaba profundamente. Por lo que pude ver, era una buena compañera para él ... hermosa, inteligente, fuerte, decidida.
Sé que dijiste que mi padre permaneció siempre fiel a mi madre -y cuanto más lo pienso más me gusta la idea- pero debe haber conocido a otras mujeres. ¿Hubo alguna relación que pudiera haber terminado en romance si él lo hubiera permitido?
Tal vez una.
Cuéntame -Glaucus rebañó lo que quedaba de la crema manchada de rosa pasando un pan por el fondo del tazón.
Escuché esta información de los soldados que acompañaron a tu padre al Mar Negro a detener la rebelión del General Cassius.
¿El General Cassius? ¿El hombre que proclamó que Marcus Aurelius había muerto y trató de apoderarse del trono? ¿Ese General Cassius? -cuando Jonivus asintió con la cabeza, Glaucus continuó- ¿Mi padre ayudó a sofocar esa rebelión?
Tu padre la sofocó él solo y le salvó el trono a Marcus Aurelius.
Glaucus movió la cabeza maravillado.
Hay tanto que no sé acerca de él. No es de extrañar que el emperador lo amara tanto ... y que Commodus lo odiara.
Y tu padre amaba al emperador. No olvides que perdió a su familia siendo muy pequeño y que poco después se unió al ejército. Marcus Aurelius fue como un padre para él.
¿Quién era la mujer?
Una muy hermosa y joven esclava pelirroja ... una prostituta quien ...
¿Una prostituta? ¿Se enamoró de una prostituta? -Glaucus rugió de risa- ¿Estás tratando de decirme que no se acostó con ella?
¿Me escuchas o no?
Glaucus se encogió de hombros e indicó a Jonivus que continuara. Estaba empezando a descubrir que su padre era un hombre muy complejo.
Aparentemente, ella lo ayudó a matar a Cassius y hasta puede que le salvara la vida.
¿Cómo se llamaba?
No lo recuerdo.
¿Crees que aún se encuentre allí? -preguntó Glaucus mientras calculaba mentalmente cuánto le demandaría cabalgar hasta el Mar Negro.
No, a pedido de tu padre le concedieron su libertad y la enviaron a Roma para que iniciara una nueva vida.
Encontrarla puede llegar a ser muy difícil.
Imposible. Probablemente ya no sea una prostituta y podría haberse casado ... quién sabe qué fue de ella.
¿Qué pasó con Lucilla?
La enviaron al exilio cuando comenzó la puja por el trono. Sabes, Lucilla era una mujer muy fuerte e inteligente. Creo que los que querían apoderarse del trono la veían como una amenaza ... tal vez hasta como la primera emperatriz romana con potencial de liderazgo. La querían sacar del medio. Su joven hijo, Lucius, marchó con ella y escuché decir que murió en el exilio.
¿Estás seguro de que murió? Tal vez está oculta.
No, no estoy seguro de que haya muerto.
Ahora tengo tres motivos para ir a Roma. Lucilla ... esa prostituta sin nombre ... y Quintus. Cualquiera de ellos puede saber algo sobre mi padre. Y por cierto que tengo cuentas que ajustar con Quintus.
No hagas tonterías. Por lo que sabemos, tu padre nunca fue a Roma de modo que nunca volvió a ver a la prostituta o a Lucilla o a Quintus.
Pero no sabemos dónde fue cuando desapareció. Tal vez escapó y decidió comenzar una nueva vida allí. Es una gran ciudad. En ella pudo haber desaparecido fácilmente.
Estás aferrándote a la nada.
Por el momento, es lo único a lo que puedo aferrarme, Jonivus. Te agradezco que me hayas contado tantas cosas sobre mi padre. Durante los últimos cinco años, él ha sido una ... una sombra que simplemente se diluía cuando trataba de aferrarla. Tu lo has hecho mucho más real para mí. Mucho más humano.
Tu padre era un gran hombre pero no era un dios. Un mortal con más inteligencia, fuerza y coraje que la mayoría pero sólo eso. No es posible amar a un dios, sólo adorarlo. Y Maximus era profundamente amado.
Y eso parece haberle causado muchos problemas. ¿Se te ocurre alguien más en Germania con quien debiera hablar?
Jonivus vaciló.
¿Te marchas?
Pronto. Tiene que haber gente en otros campamentos que lo conociera y me pueda dar algunas pistas. Además, quiero ver la ruta del río que él recorría tan seguido.
Te extrañaré.
Glaucus sonrió.
Yo también te extrañaré, pero volveré. Ten por seguro que volveré. Te diré algo ... para probarte que volveré, dejaré a Zeus aquí contigo. ¿Qué te parece? Parece que le gustas.
Estaré encantado de tenerlo -Jonivus acarició la cabeza del perro, la cual se encontraba apoyada en su regazo- Hay un hombre en Bonna llamado Lucius que conoció a tu padre cuando eran muy jóvenes ... cuando tenían unos catorce años. Fue enviado a los cuerpos auxiliares y perdieron contacto pero se reencontraron unos meses antes de que tu padre ... desapareciera.
¿Se encuentra aún allí?
Eso creo. Estuvieron muy unidos durante los últimos días de tu padre en la legión.
¿Alguien más?
Sí, pero no sé dónde estás. Puede que sea el más importante de todos. Su nombre es Marcianus y era el médico jefe de la legión Felix III. Tu padre y él eran buenos amigos. Marcianus desapareció un día después que tu padre ... y se llevó consigo todas sus pertenencias. Las cartas de tu madre ...
Glaucus se levantó de un salto.
¿Dónde puedo encontrarlo?
Jonivus entrecerró los ojos y los levantó para mirar al hijo de Maximus.
Te dije que no sé.
¿Quién sabe?
Probablemente nadie. Siéntate, Glaucus. Tuve largas conversaciones con el sirviente de tu padre, Cicero, antes de que él también desapareciera.
En Roma.
Sí.
Todos los caminos parecen conducir a Roma, Jonivus.
Podría ser.
¿Qué fue lo que te dijo Cicero?
Marcianus y él eran los únicos que estaban al tanto de lo que estaba ocurriendo en la noche en que murió el emperador -Jonivus levantó una mano para acallar la pregunta de Glaucus- No había nada que pudieran hacer para ayudar a tu padre porque los dos estaban bajo la custodia de los pretorianos. Marcianus fue el médico al que obligaron a firmar el certificado de defunción del emperador y él le dijo a Cicero que Marcus Aurelius había sido estrangulado y que tu padre también había visto las marcas en su cuello. Así que, cuando tu padre se negó a jurarle su lealtad como nuevo emperador, Commodus hizo que Quintus lo arrestara. Antes de llevárselo, lo desmayaron de un golpe en la cabeza y lo ataron pero no antes de que Cicero los escuchara decirle a Maximus que también iban a matar a su familia.
Glaucus no pudo quedarse quieto un momento más.
De modo que sabía que su familia había sido condenada a muerte.
Sí, desafortunadamente. Esto tiene que haber sido mucho más terrible para él que la perspectiva de su propia muerte.
El pié de Glaucus empezó a golpear el suelo de excitación.
Esa puede haber sido la razón por la cual luchó por liberarse y peleó con ellos. Jonivus, puede que haya llegado a Hispania apenas unas horas tarde para salvarlo ... entonces, los enterró. Alguien los enterró con todo amor.
Si así fue, ¿por qué simplemente no se quedó allí?
La esperanza del joven se derrumbó nuevamente.
No sé. Tal vez los pretorianos regresaron y lo encontraron y se lo llevaron nuevamente. Es por eso que creo que puede estar en prisión. Tal vez en Roma. Tengo que ir a Roma, Jonivus. Tal vez Marcianus está en Roma.
Lo dudo.
¿Por qué dices eso?
Sé algo acerca de ese hombre y ese algo es que es cristiano. Estaba tan asqueado por lo que ocurrió con tu padre que desertó del ejército esa noche y dijo que se iba a una comunidad cristiana en algún lugar del imperio.
Bueno ... eso no ayuda mucho. Están en lugares muy remotos, ¿no es cierto?
No sé.
Glaucus suspiró.
Bueno, Jonivus. No tengo más respuestas pero por cierto que tengo muchas más preguntas ... y muchas más pistas. Creo que partiré para Bonna mañana mismo, luego volveré y me quedaré aquí algunos días antes de partir para Roma. ¿De acuerdo?
Jonivus se limitó a asentir con la cabeza. ¿Qué más podía decir? No quería que este delicioso e impetuoso joven que le recordaba tanto a Maximus se fuera jamás.
Los romanos nunca habían visto algo como los juegos en honor del difunto emperador Marcus Aurelius -ciento cincuenta días seguidos - ni como el gladiador que se había convertido de inmediato en la atracción central de los mismos. Aún aquellos romanos que nunca antes habían concurrido a los juegos competían por los asientos con los asistentes habituales. Algunos les pagaban a otros para que les cuidaran sus lugares durante todo el día y hasta que llegara el momento en que Maximus hiciera su aparición, bien entrada la tarde.
La multitud clamaba "¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus!" desde el momento mismo en que ingresaba a la arena temprano por la mañana y hasta el momento en que su héroe finalmente salía al ruedo.
Mucha gente estaba ganando buen dinero gracias a las apariciones diarias de Maximus, algo tampoco visto antes; pero nadie estaba ganando más que su artero propietario, Proximo, a quien su preciado semental estaba convirtiendo en un hombre muy rico. Ahora disfrutaba de concurrir regularmente a los mejores establecimientos de Roma, donde era recibido con los brazos abiertos, porque los otros clientes querían hacerle preguntas sobre el Español. Maximus lo había hecho posible.
Maximus ... quien pasaba sus días encerrado en una pequeña celda.
Proximo tenía que ser muy cuidadoso para no permitirse que Maximus le agradara porque, si eso ocurría, nunca más sería capaz de enviar a su esclavo a enfrentar diariamente a la muerte. Tenía que olvidar el sorprendente pasado del Español y pensar en él sólo como en un objeto de su propiedad. La mayoría de los gladiadores estrella gozaban de dos o tres días de descanso entre una y otra lucha pero la multitud reclamaba a gritos a Maximus de modo que le programaba combates diarios sin importar heridas o cansancio. Después de todo, el hombre podía morir en cualquier momento así que Proximo debía ganar todo el dinero que pudiera mientras pudiera. Maximus era apenas una propiedad. El hombre tendría tiempo de sobra para descansar y recuperarse cuando el Coliseo tuviera que ser cerrado, fuera por frío o lluvia o durante aquellos momentos en que la plaga se desataba en la ciudad.
¡Pero Maximus había sido todo un hallazgo! Proximo no había imaginado que aquel soldado español medio muerto que había comprado junto con todo un grupo de igualmente lastimosos ejemplares iba a demostrar tanto talento, fuerza y coraje alimentados por una furia apenas contenida contra el nuevo emperador. A Proximo no le importaba lo que fuera que incitara al Español a combatir y el emperador era una fuente de inspiración tan buena como cualquier otra en tanto y en cuanto Commodus no cometiera la tontería de ir en contra de la voluntad de la plebe y lo hiciera matar. Pero el nuevo emperador era joven e impetuoso más no estúpido. Seguramente, jugaría sus fichas apostando al tiempo y esperaría al día en que Maximus peleara su último combate ... un día que Proximo esperaba demoraría años en llegar.
Pero ... Proximo podía pensar en muchos modos de ganar dinero con su estrella. Hombres y mujeres lo perseguían todo el tiempo para comprar los favores sexuales del gladiador y estaban dispuestos a pagar una fortuna por apenas una hora con él.
Sin embargo, Proximo sabía que hacerlo pelear a diario y servir a clientes ricos durante las noches a sería demasiado para cualquiera. No podía arriesgarse a enviarlo a la arena en otra condición que no fuera óptima porque lo estaban enfrentando a los mejores gladiadores del imperio. Pero ... si llegaba el día en que la arena tuviera que ser cerrada, Proximo estaba listo para subastar los servicios sexuales de Maximus, sin importar lo mucho que el Español se rebelara. Había modos de controlarlo y Proximo estaba preparado para ser implacable. La gente se alineaba en las calles que conducían a la arena simplemente para atisbar su paso. Proximo no quería siquiera imaginar lo que pagarían por acariciar la piel desnuda del hombre encadenado. El propietario de Maximus se estremecía de sólo pensar en tanta riqueza.
Maximus estaba sentado muy quieto en su celda ubicada bajo las graderías del Coliseo y escuchaba los rugidos de los hambreados animales salvajes que esperaban su turno para salir a la arena. En ese estado, un animal atacaría cualquier cosa que se moviera y la haría pedazos. Una vez casi había llegado a ver el espectáculo; fue cuando familias cristianas -los niños incluidos- habían sido arrojadas a los leones frente a una multitud aullante de cincuenta mil personas que clamaban por sangre.
Se había apartado sintiéndose enfermo y mareado, incapaz de mirar más allá del inicio de la masacre. Su incapacidad para detenrela lo había conmocionado. Ya no era el General Maximus cuya sola palabra podía desatar o poner fin a una guerra. Era tan incapaz de controlar su propio destino como esas familias condenadas lo habían sido de controlar el suyo.
Los olores eran aún peores que los sonidos. Olor a muerte y a podredumbre y a miedo. Olores tanto animales como humanos ... vómitos y heces y orina y sudor. A veces, se sentaba con la mano cubriéndole la nariz y la boca, tratando de bloquear los terribles efluvios que asaltaban sus sentidos.
Se preguntó contra quién pelearía ese día. A veces, Proximo se lo anticipaba y le daba datos sobre el estilo del otro combatiente pero en la mayoría de las ocasiones eso no ocurría y el oponente de Maximus era una completa sorpresa. Había sobrevivido hasta el momento porque el ejército lo había entrenado bien para esas situaciones. Al cabo de tantos años en Germania, luchando contra tan feroces oponentes, su mente era capaz de reaccionar y luego actuar a gran velocidad. Era capaz de luchar contra un hombre mientras controlaba los movimientos de otros y gritar órdenes a sus tropas todo al mismo tiempo. Sus tropas. ¿Dónde estarían ahora sus hombres?
Juba pasó a su lado y palmeó el hombro de su amigo alentadoramente. Maximus levantó la mirada hacia el numidio de piel oscura y le sonrió brevemente, mientras su mente se concentraba otra vez en sus sombríos pensamientos. Sólo tenía razón a medias cuando pensaba que ya no tenía el poder de salvar vidas. No mucho tiempo atrás, durante su primer combate en Roma, había salvado a la mayoría de sus compañeros gladiadores de una muerte segura. Habían confiado en él y los había conducido a la victoria cuando estaban condenados de antemano a la derrota y ahora lo veían como su líder no oficial. Lo necesitaban y él no les fallaría ... como le había fallado a su esposa y su hijo. Le había sido concedida la oportunidad de redimirse parcialmente mientras esperaba su oportunidad para matar al hombre que había asesinado a su familia y él aceptaría cualquier forma de redención que pudiera alcanzar. Pero nunca se perdonaría a sí mismo por haber cometido el error fatal de darle la espalda a Commodus. Todo lo que debía haber hecho era pretender apoyarlo y luego actuar encubiertamente en su contra. Pero cuando había descubierto a su amado emperador muerto, había sufrido una gran conmoción y cometido un error fatal. Olivia y Marcus habían pagado por ese error con sus vidas y pronto él también pagaría con la suya. Era lo mínimo que merecía.
El cuerno sonó anunciando el anteúltimo combate del día y el rugido de la multitud aumentó. Podía escucharla gritando "¡Maximus! ¡Maximus!" Era el siguiente.
Proximo apareció ante las rejas de la celda.
El Español -ladró- El resto se quedan donde están.
Maximus se puso de pie y se preparó para salir. Saludó con inclinaciones de cabeza a las voces que dijeron tras él "Fuerza y honor, Maximus". Proximo le tendió su escudo y espada.
¿Sin casco? -preguntó Maximus mientras aceptaba sus armas.
No, la multitud quiere ver tu cara. Hoy peleas contra dos hombres.
¿Al mismo tiempo?
Por supuesto. Mataste a más del doble en un solo combate en Zucchabar, ¿recuerdas?
Eran aficionados.
Comparados contigo, estos también lo son. Recuérdalo. Pero, por sobre todo, no te apures y disfruta al matarlos. Deja que los espectadores lo disfruten contigo. Diviértelos, Maximus. Aún no comprendes que ahora no eres un soldado sino alguien que entretiene a la multitud -Maximus lo miró y Proximo supo que sus palabras caerían en saco roto ... y que no había nada que él pudiera hacer.
¿Qué armas tienen?
Uno lleva escudo y espada como tú y el otro un tridente y una red.
¿Está el emperador?
Maximus, olvídalo.
¿Está aquí?
Proximo suspiró.
Sí, junto con otras cincuenta mil personas. Recuerda por quién estás peleando -gruñó Proximo mientras conducía a su gladiador estrella por las oscuras cavernas hacia la salida a la arena.
No hay modo de que pueda olvidarlo.
Pelea bien. Habrá un baño caliente, un buen masaje y una buena comida esperándote.
Si lo que quieres es sobornarme, tendrás que hacerlo mejor.
Te estoy dando un porcentaje ridículo de tus ganancias. No quiero que seas capaz de comprar tu libertad demasiado pronto -Proximo sonrió pero Maximus no lo hizo. Su mente estaba concentrada en la inminente pelea y borró de ella todo pensamiento que no estuviera vinculado a la acción a desatarse en instantes.
Ahora el canto de la multitud era ensordecedor. "¡Maximus! ¡Maximus! ¡Maximus!"
Sintió cómo su sangre respondía y la fuerza fluía por sus miembros. El latido de su corazón se aceleró y lo mismo ocurrió con su respiración. Aspiró largas, lentas bocanadas mientras esperaba que su nombre fuera anunciado. Cuando esto ocurriera, ascendería corriendo los escalones que conducían desde las entrañas de Coliseo hasta el ruedo y andaría por la arena caliente entre los vítores y gritos de excitación de la gente que quería verlo matar.
Cerró los ojos ... respira ... respira ... concéntrate ... luego lo escuchó ... su nombre. La puerta gimió al abrirse y Maximus salió a la luz del sol mientras los pétalos de rosa se derramaban sobre su cabeza junto al tributo de la audiencia. Una rápida mirada al pulvinar en el extremo opuesto de la arena le bastó para asegurarse de que Commodus estaba allí como así también Lucilla y su joven hijo. Caminó directamente hacia sus oponentes, cada uno de los cuales llevaba un casco cuyo visor pronto oscurecería su rostro. Miró a uno de los hombres a los ojos, luego al otro. Cuando ambos bajaron la mirada, supo que los derrotaría. Los cuernos volvieron a sonar y los tres contendientes giraron para enfrentar al emperador. Dos de ellos recitaron "Los que vamos a morir, te saludamos". Maximus simplemente le dedicó una mirada despectiva e hizo girar su espada. La multitud adoraba su seguridad. Ignorando completamente a Lucilla, Maximus enfrentó a sus contrincantes, quienes bajaron los visores de sus yelmos para cubrir sus rostros. Se agachó, tomó un puñado de arena y la frotó entre sus manos antes de dejarla caer nuevamente.
Desde su regreso a Roma, Julia se había negado a concurrir a los juegos que parecían fascinar a los habitantes de la ciudad, fueran jóvenes o viejos, ricos o pobres. Le repugnaba la sola idea de ver cómo abusaban de los esclavos y los mataban. Pero ahí estaba, haciendo tiempo fuera del Coliseo, hasta que llegara el momento en que Maximus saliera a la arena. Había sido imposible no oír hablar sobre el gladiador español pero había hecho caso omiso de los comentarios hasta que su servidora personal le dijo que el hombre se llamaba Maximus.
Pensó que tenía que ser una coincidencia. Maximus estaba en Germania ... era un general. Pero la descripción coincidía tan bien que Julia se había echado encima su manto azul y se había abierto paso entre la multitud que rodeaba las celdas del Coliseo para echarle una mirada al gladiador. Había guardado la compostura hasta que el gentío se había apartado ligeramente y por primera vez en seis años vio al hombre al que había amado desde que tenía dieciocho: el General Maximus. Lo llamó. El no respondió. Frenéticamente y a fuerza de codos se abrió paso hasta la primera fila y se aferró a las rejas para luego gritar su nombre. Sus gritos se perdieron entre los de la multitud. El había levantado la mirada sólo una vez, sus ojos desenfocados y sin ver. Paralizada de desesperación, se había quedado mirando la celda mucho después de que vinieran a buscarlo para combatir. Luego, las nauseas se habían apoderado de ella y apenas había tenido tiempo de llegar a un callejón cercano antes de caer de rodillas y vomitar, haciendo arcadas hasta que nada quedó en su estómago. Había vuelto a su hogar como había podido y se había arrojado sobre su cama llorando amargamente. Allí tendida trató de imaginar qué cruel revés del destino había transformado al más reverenciado general de Roma en un esclavo gladiador. En el pasado, había rezado implorando a los dioses que volviera a ella. Qué irónico resultaba que finalmente Maximus estuviera en Roma pero ahora ella fuera libre y él esclavo. Julia golpeó su almohada con una mezcla de dolor, desesperación, furia y culpa. Más de una vez desde que le enviara la carta que él nunca respondiera le había deseado mal ... más de una vez. Había imaginado modos crueles de castigarlo por haber hecho que lo amara y luego haberla apartado de su vida. Pensaba en él cada hora de cada día y soñaba con él cada noche, pero Maximus la había descartado completamente. Sí, había deseado castigarlo, lastimarlo, hacerlo pagar ... pero nunca de ese modo. Nunca la esclavitud.
Preocupada, su servidora había llamado a su mejor amigo, Apollinarius, y éste había quedado sorprendido al ver su rostro pálido y bañado en lágrimas y sus ojos hinchados. La había abrazado mientras ella lloraba y gritaba y maldecía a Maximus por hacerla sentir de ese modo. ¿Por qué no podía arrancar a aquel hombre de su corazón y de su vida?
Calma, Julia -dijo Apollinarius mientras le acariciaba el cabello revuelto- tú no le hiciste esto.
Deseé que le pasaran cosas horribles ... que le pasaran a su esposa ...
Desearlo no hizo que ocurriera. La esclavitud de Maximus nada tiene que ver contigo.
Lo odio -sollozó Julia contra el hombro de su amigo.
No ... me temo que aún lo amas. Ambas emociones son muy intensas y pueden ser confundidas.
Oh, Apollinarius, ¿qué voy a hacer ... qué voy a hacer? No puedo dejarlo morir como esclavo. No puedo.
La elección no es tuya, criatura.
Julia se soltó del abrazo de Apollinarius pero éste continuó sujetándola por los brazos mientras ella lloraba e hipaba.
Estaba empe-empezando a olvidarlo. Estaba empezando a ha-hacer mi vida sabiendo que nunca volvería a verlo, ahora esto ... -sollozó y luchó para encontrar las palabras- Está aquí y aún así no puedo tenerlo. Oh, Apollinarius, va-va a morir.
Apollinarius la atrajo de nuevo contra sí, haciendo que volviera a apoyar la cabeza en su hombro y la acunó hasta que estuvo más calma.
Lo amo -susurró Julia- Lo amo.
Sí, lo sé.
¿Qué voy a hacer?
Julia, sabes que considero esos juegos bárbaros y repulsivos pero si crees que eso puede ayudar a que te recuperes, te acompañaré a verlo pelear.
¿Cómo puede ayudarme?
Lo verás de un modo distinto. Para ti, él es un general ... un hombre de gran autoridad y dignidad. Si lo ves rebajarse en la arena hasta no ser más que un animal, entonces tus recuerdos del general desaparecerán y podrás olvidarlo más rápidamente. Verás que el hombre al que amas ya no existe ... que lo único que queda de él es su cuerpo.
Tu oferta es generosa, Apollinarius, pero no creo que pueda soportar semejante espectáculo. Dudo que tú puedas soportarlo.
Me costará mucho pero por ti haré el sacrificio. ¿Cuándo quieres ir?
Julia no vaciló.
Mañana.
¿Mañana? Bueno ... supongo que puede arreglarse. Pero tendremos que ir bien temprano para conseguir buenas ubicaciones.
Gracias, mi querido amigo. Espero que sirva de algo.
Julia hacía tiempo recorriendo los corredores del anfiteatro y vagabundeando por el foro que se encontraba inmediatamente fuera de éste. Temprano por la mañana se había sentado en la gradería junto a Apollinarius pero había huido en cuanto el primer animal fue muerto. Apollinarius, bendito fuera su corazón, había accedido a quedarse todo el día en su puesto para guardar los lugares hasta que Maximus hiciera su aparición bien entrada la tarde.
Julia trataba de mantener su mente apartada de ese combate pero, a donde fuera que mirara, todo le recordaba a Maximus. Su nombre estaba en boca de todos. Los vendedores ofrecían muñecos de Maximus, grotescas figuras articuladas de metal a las que habían adornado con barbas oscuras y túnicas azules pintadas así como con enormes penes erectos. La gente hacía cola para comprar esos símbolos de virilidad que luego colgaría en las puertas de sus casas. Los gladiadores estaban por todas partes y ella nunca antes lo había notado. Estaban representados en los mosaicos que adornaban las casas y esculpidos en los bajorrelieves de mármol. La multitud que aguardaba para entrar escribía sus nombres en los arcos del Coliseo y entre ellos Julia encontró el de Maximus una y otra vez.
Sólo cuando el griterío de la multitud alcanzó un nivel febril y escuchó su nombre entonado como una letanía por cincuenta mil personas dentro del estadio y otras cinco mil fuera de éste, Julia se dirigió a regañadientes a su asiento. Allí encontró a Apollinarius sumamente alterado por los combates del día. Tenía el rostro enrojecido y sus movimientos denotaban agitación.
¡Julia! ¡Llegaste justo a tiempo! ¡Está a punto de salir a la arena!
Siento haberte dejado solo del modo en que lo hice. Debes haber visto cosas horribles -dijo Julia.
Sí, sí ... terrible. Sangre por todos lados -respondió Apollinarius pero sus ojos estaban fijos en la puerta por la que Maximus haría su entrada y su trabajosa respiración era causada por algo más que repugnancia- ¡Siéntate! ¡Siéntate! -le indicó palmeando el asiento junto al suyo pero sin apartar los ojos de la arena.
Los cuernos sonaron, la puerta se abrió y por ella emergió una figura solitaria. La muchedumbre estalló en gritos y aplausos. Julia no pudo evitar pensar que allí abajo se lo veía tan pequeño. Tan solo. Tomó la mano de su compañero y la apretó con fuerzas pero su atención estaba totalmente concentrada en Maximus.
¿Es él? -preguntó Apollinarius.
Sí.
No lleva gran cosa como armadura ... mira, sólo una coraza de cuero y un escudo. Sin casco. Hoy he visto desechos mejor armados que él.
¿Desechos?
Sí ... hombres que no tienen ninguna chance y a los que simplemente los mandan a morir. Sentado aquí todo el día aprendes mucho.
Julia estudió a Maximus tan bien como pudo desde su asiento en la segunda fila de la gradería. Se lo vería confiado y su paso largo y familiar devoró la distancia rápidamente. Al menos, por lo que ella podía ver, no estaba herido. Todos eran signos favorables. Julia pudo ver claramente el desprecio en la cara de Maximus cuando enfrentó a Commodus y se negó a recitar el saludo ritual de los gladiadores.
Maximus flexionó las rodillas y equilibró su peso sobre sus pies, respirando profunda y regularmente. Esperó a que sus oponentes hicieran el primer movimiento y estos lo hicieron ... al unísono ... y la multitud gritó de deleite. Maximus levantó el escudo para desviar un golpe y al mismo tiempo saltó para evadir el barrido de la red destinada a hacerlo caer y entorpecer el uso de sus piernas. Ese era el adversario al que quería en primer término. Maximus giró ágilmente e infligió un hondo tajo en el hombro al gladiador que portaba la red, haciendo que la sangre saltara formando un arco. Mientras el hombre gritaba y se llevaba una mano a la herida, Maximus lo ultimó hundiéndole la espada en el vientre. Cayó pesadamente al suelo y la muchedumbre aulló de deleite.
¿Viste eso? ¿Viste eso? ¡Por los dioses, Julia, es brillante! -exclamó Apollinarius- Ya liquidó a un oponente y ahora tiene su espada y el tridente. ¡Nunca imaginé algo así! ¡ Tiene tanta confianza en sí mismo ... controla tan bien la situación!
Julia no sabía si estaba más asombrada por el virtuosismo guerrero de Maximus o por el inesperado entusiasmo de su sofisticado amigo. Maximus no había cambiado en nada. Seguía siendo el general y Julia cerró los ojos y rogó a cada dios que pudo recordar que le perdonara la vida.
Cuando volvió a abrirlos hizo una mueca al ver atacar al otro gladiador pero Maximus simplemente desvió la espada de su oponente, se inclinó primero y luego se adelantó bruscamente, hundiéndole su espada en la garganta y el tridente en el muslo. La sangre que brotó a torrentes y empapó tanto al gladiador moribundo como a su ejecutor cuando Maximus desenterró ambas armas de su cuerpo y las clavó en la arena para luego alejarse de los cuerpos y del emperador. Ignorando los gritos de la multitud, se encaminó directamente a la puerta por la cual había ingresado al ruedo.
La puerta no se abrió.
Julia se aferró el estómago y se dio vuelta para mirar al emperador con ojos atemorizados. Este sonreía una sonrisa apretada y maligna mientras su hermana permanecía sentada pálida y tensa a su lado.
Lentamente, Maximus se volvió para mirar a su atormentador y aún a pesar de la considerable distancia que los separaba, Julia pudo ver cómo sus labios se curvaban en una mueca de odio.
Oh, Maximus, no le sigas el juego, por favor, no le sigas el juego -susurró.
Poco a poco, la muchedumbre se fue callando hasta quedar en completo silencio mientras los dos contrincantes se desafiaban el uno al otro a través de la arena ensangrentada del Coliseo. Sin apurarse, Maximus comenzó a caminar hacia Commodus, quien se encontraba de pié en la primera fila del pulvinar. El imponente silencio sólo era interrumpido por algunas risitas nerviosas. A la gente le encantaba que su héroe desafiara al odiado emperador pero sabía que al hacerlo estaba arriesgando su vida. Commodus era más peligroso que el oponente más hábil y mejor entrenado. Mientras Maximus se aproximaba, el emperador parecía estar considerando sus opciones. Luego, el cántico comenzó otra vez y fue creciendo y creciendo a medida de que cincuenta mil voces se unían en un grito único, entre ellas las voces de Julia y Apollinarius, quienes se habían levantado de sus asientos. Gritaban "¡Maximus! Maximus! ¡Maximus!" como si sólo sus voces tuvieran el poder de salvar su vida.
Finalmente, el emperador consultó con el prefecto de su guardia pretoriana, asintió con la cabeza y detrás de Maximus la puerta se abrió lentamente. Este se detuvo, le lanzó a Commodus una última mirada y luego se dio vuelta y desapareció en las oscuras profundidades del anfiteatro.
Lentamente, la muchedumbre comenzó a vaciar las graderías, recontando y reviviendo cada movimiento de su héroe, satisfecha con esos recuerdos hasta que, a la tarde siguiente, volvieran para volver a verlo matar.
Glaucus echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó que sus rizos danzaran en la brisa cálida. Suprimida su capacidad de ver, sus otros sentidos compensaron la deficiencia, enviando deliciosa información a su cerebro: el áspero y rítmico clip-clop de los cascos de su caballo sobre el camino de piedra, el canto del viento entre las agujas de los pinos y abetos, el apagado susurro de las hojas de roble, el salpicar de los remos y los gritos de los marineros en el cercano río Danubio. Su rostro iba pasando del calor al fresco mientras alternaba entre parches de sol brillante y densa sombra. Inhaló profundamente la extraña mezcla de la picante resina de pino y el aroma dulce de las flores silvestres que crecían en abundancia a lo largo del camino, permitiendo que los olores de combinaran por un instante en sus pulmones antes de exhalar. Suspiró feliz, completamente inmerso en el mundo de su padre. Sólo cuando el rítmico movimiento que balanceaba su cuerpo se detuvo se enderezó y abrió los ojos. Ultor había aprovechado la distracción de su amo para detenerse a mordisquear suculentas briznas amarillo verdosas que brotaban entre los adoquines grises. Glaucus palmeó el cuello del animal color ébano, permitiendo que siguiera con lo suyo mientras contemplaba el escenario que lo rodeaba. Con el bosque a sus espaldas, la tierra de labranza se extendía alejándose de la ruta para fundirse con las distantes colinas color púrpura. Cercos bajos de piedra dividían los campos sembrados, creando un patrón de rectángulos irregulares en diferentes tonos que iban desde el verde intenso hasta el amarillo dorado. Lejos de la ruta, una casa se acurrucaba contra la base de la colina, sus ahora familiares paredes de arcilla y ramas y el techo de paja haciendo que pareciera como si el paso del tiempo hubiera olvidado ese rincón del imperio.
A pesar de las grandes diferencias en materia de estilo y locación, la visión de la granja estrujó el corazón de Glaucus e hizo que deseara estar en su propio hogar ... en la granja que Maximus había construido. Pero éste era el lugar en el que Maximus había pasado la mayor parte de su vida adulta y Glaucus podía comprender la atracción que su padre había sentido por el territorio rural que lo rodeaba. Estaba fascinado por el lugar y el primitivismo de una tierra apenas tocada por el hombre.
Sus pensamientos vagaron nuevamente y dejó que Ultor dictara su propio paso mientras entraban en otra área densamente arbolada del Norte del imperio. Años atrás, los soldados habían cortado los árboles que se alineaban junto al camino para prevenir ataques sorpresa pero sus retoños se asomaban ahora entre la hierba sin que nadie se lo impidiera mientras que el tupido follaje creaba una densa panoplia sobre sus cabezas. Glaucus se imaginó a sí mismo como parte del gran ejército que había recorrido ese mismo camino junto a su padre, armado y listo para dar batalla en cualquier momento, uno de los casi seis mil hombres preparados para defender la gloria de Roma con sus vidas. Frente a él, entre las ramas, imaginó ver a aquel ejército con su águila dorada, sus estandartes y banderas chasqueantes ... cientos de efectivos de caballería seguidos por miles de hombres de infantería, guiados por su glorioso general montado en su gran semental.
Podía verlo todo en su sueño ... el general cabalgando hacia él con su larga capa color herrumbre flotando tras de sí. Glaucus trató de conjurar el rostro de su padre para completar la visión. El general se siguió acercando ... pero, para su gran frustración, sus rasgos seguían siendo totalmente indistintos ... justo fuera del alcance de su imaginación. Lentamente, el joven español se irguió en su silla, su ejército imaginario haciéndose más claro y más cercano ... casi podía sentir el suelo estremeciéndose bajo el paso de diez mil pies marchando.
De repente, su mente se aclaró y su corazón dio un salto. Aquello no era una visión, era un ejército real y se acercaba a él rápidamente por el angosto camino. Con las rodillas, guió a Ultor hacia los árboles donde se las arregló para darse vuelta justo a tiempo cuando el general pasó ante él, sus ojos fijos en la distancia, su expresión inescrutable. No, por cierto que aquel no era su padre. Era mayor de lo que Maximus había sido e iba completamente afeitado, tenía bolsas bajo sus ojos cansados y profundas líneas a cada lado de la nariz. ¿Sería éste el general Vesnius, el hombre que ocupaba la casa de su padre en la fortaleza de Vindobona?
Fascinado, Glaucus contempló el paso del ejército, sus movimientos precisos y ordenados, el general y su legado primero, rodeados por ambos lados de guardias pesadamente armados. A continuación venía la caballería, luego la infantería seguida por una fila interminable de carros tirados por mulas y carretones cargados de pertrechos así como las docenas de artesanos que mantenían al ejército plenamente operativo. Tardó largo rato en pasar y Glaucus devoró cada detalle de la legión. Cuando vio aproximarse al último soldado de infantería, el joven lo llamó:
¿Dónde van, soldado?
El hombre le gritó su respuesta al pasar:
Vindobona.
De modo que había estado en lo cierto. Aquella era la legión que ocupaba la fortaleza y aquel había sido el general Vesnius ... el hombre que vivía en la casa de su padre. Glaucus finalmente urgió a Ultor para que volviera al camino y se quedó mirando la cola del desfile hasta que éste desapareció entre los árboles lejanos. Pero aún así pudo seguir escuchando el rumor de la marcha la legión mucho después de que ésta se hubiera perdido de vista. Regocijado, Glaucus puso a Ultor al galope para recuperar el tiempo perdido. Necesitaba encontrar una posada donde pasar la noche y la siguiente ciudad se encontraba aún a varias horas de camino.
Dos días más tarde, Glaucus se aproximaba a las murallas de Castra Regina. Mientras esperaba su turno para cruzar la puerta congestionada, miró la fortaleza sobre el río que dominaba la ciudad. Aunque más pequeña que Vindobona, Castra Regina también tenía su porción de edificios públicos y monumentos de estilo romano. Hambriento y cansado, se dirigió a la primera posada que encontró. Aunque estaba construida en piedra, parecía más germana que romana con su techo bajo y de paja. Pero ofrecía la particularidad de tener una taberna al aire libre y se la veía limpia y bien conservada de modo que Glaucus hizo cola pacientemente para obtener una habitación. Mientras lo hacía, le dedicó una sonrisa a la muchacha que pasó haciendo equilibrio con una bandeja cargada de comida que olía deliciosamente y recibió a otra sonrisa cambio. Más tarde, cuando se sentó a la mesa, la muchacha se apresuró a reclamarlo como su cliente.
Glaucus no estaba seguro de qué fue lo que lo alertó sobre la presencia de alguien en la habitación pero estuvo de pié espada en mano antes de que sus ojos estuvieran abiertos del todo. Sorprendida, la muchacha que compartía su cama lo llamó por su nombre pero sus palabras terminaron en un grito cuando una linterna fue acercada de golpe a su cara.
Glaucus se lanzó sobre la figura en sombras, haciendo girar su espada cerca de las manos del hombre, buscando desarmarlo. Lo escuchó gritar mientras le ordenaba a la muchacha que saliera del cuarto y volvía a atacar. Sintió cómo la hoja conectaba con la carne, oyó cómo caía la linterna y se dio vuelta en la oscuridad preparándose para otro ataque.
- ¡Alto! ¡Suelta el arma! -gritó una voz y Glaucus se agachó entre la cama y la pared, tratando de determinar cuántos asaltantes había en la habitación. Al menos tres, pensó y saltó ágilmente por sobre el lecho, cayendo parado del otro lado. Escuchó un pisoteo frenético mientras los hombres trataban de apagar las llamas de la linterna que amenazaban encender la alfombra tejida. En la confusión, Glaucus aferró su alforja y la sostuvo frente a él a modo de abultado escudo mientras volvía a atacar. Otro de los hombres soltó una sarta de blasfemias y un arma cayó al suelo. La mano de Glaucus estaba en el picaporte cuando una segunda linterna fue encendida y se encontró a sí mismo contemplando su propia sombra sobre la puerta. De golpe, una segunda figura apareció detrás de la sombra de su cabeza pero, antes de que pudiera darse vuelta para defenderse, sintió un dolor cegador y se desplomó como un tronco.
El dolor palpitante en su cabeza fue lo que finalmente lo sacó de la inconsciencia. Gimió y trató de llevarse una mano a la cara pero su cuerpo no cooperó. Ahogó un quejido mientras se obligaba a abrir un ojo y miró hacia abajo para ver sus muñecas atadas con una soga que a su vez estaba sujeta a sus tobillos también atados. Estaba desnudo, tendido en su cama de la posada y rodeado de gente. Usó sus codos para despegar el tronco del colchón. Un rostro apareció por encima de su cara ... un rostro enmarcado en un casco.
Bueno, parece que después de todo no estás muerto -comentó el hombre secamente, su rostro oscurecido por las sombras y el metal- ¡Identifícate!
Glaucus se obligó a tragarse un gemido y sus propias nauseas.
¿Quién quiere saber mi nombre? -preguntó, su voz no mucho más que un débil gruñido.
El hombre se irguió y sostuvo la linterna en alto de modo de que Glaucus pudiera verlo claramente. Era un soldado.
Ahora ... identifícate -demandó.
Glaucus ladeó la cabeza y esperó para responder a que la habitación dejara de girar.
Si no saben quién soy, ¿por qué me atacaron?
Por si no lo recuerdas, mi amigo, nosotros no te atacamos ... tú nos atacaste. Nosotros simplemente nos defendimos.
Entraron en mi habitación sin anunciarse a pesar de que la puerta estaba cerrada. ¿Qué se suponía que hiciera?
¿Te haces llamar Glaucus? -demandó el soldado, ignorando la pregunta del joven maniatado.
Sí. ¿Y qué?
¿Eres el hijo del General Maximus? -preguntó éste.
Por supuesto que lo es -apuntó una voz detrás del soldado. El interrogador de Glaucus se hizo a un lado para revelar a otro soldado, obviamente el hombre a cargo. Este le sonrió fríamente y luego se sentó en el borde del colchón.
Son muy valientes con un hombre atado -dijo despectivamente el prisionero.
El hombre arqueó una ceja.
Oh, claro que eres el hijo del General Maximus. No hay duda al respecto -el tono de admiración cambió rápidamente y siseó- Acabas de herir a tres de mis hombres, Glaucus, y eso no me gusta.
Simplemente me estaba defendiendo. Ustedes no pueden decir que hayan llamado a la puerta y luego se hayan identificado antes de entrar -repitió. Glaucus miró por turno a los seis hombres en torno a su cama- ¿Creen que son suficientes como para reducir a un solo hombre?
Cuando se trata del hijo del General Maximus no estamos seguros de qué esperar.
Espero no haberlos decepcionado.
Una sonrisa torcida apareció en los delgados labios del hombre.
No, por cierto que no.
¿Estoy bajo arresto, centurión?
No.
Entonces, desáteme -demandó Glaucus audazmente.
No.
Mire, no sé lo que quieren pero desáteme y déjeme vestirme y luego hablaremos como los hombres civilizados que se supone que somos.
El centurión vaciló un momento, luego le hizo un gesto a otro soldado quien se adelantó y cortó la soga que sujetaba las muñecas y los tobillos de Glaucus mientras los otros hombres apuntaban con sus espadas directamente al pecho del prisionero.
Profundamente enojado, el joven civil apartó de un empujón al soldado que estaba parado cerca de sus alforjas y hurgó en ellas en busca de una túnica que se pasó por la cabeza. Sin embargo, no se puso el manto. No deseaba que aquellos hombres vieran su fíbula. Se sentó y se calzó las botas, cinco espadas a corta distancia de su cara.
¿Dónde me llevan, centurión? -preguntó mientras cruzaba la pantorrilla sobre la rodilla y ajustaba los cordones.
Vindobona.
Glaucus se puso de pié y se alisó la túnica negra.
Bien, gracias de todos modos, pero ya estuve allí. Me dirijo al Oeste.
Ya no. ¿Tu caballo está en el establo?
Sí. ¿Por qué no me lo ensillan? Y de paso no se olviden de pagar la cuenta de mi habitación.
El centurión ignoró la fanfarronada del joven.
Muévete -le ordenó mientras lo empujaba hacia la puerta.
Glaucus descendió las angostas escaleras con tres espadas a su espalda y dos contra el pecho. Una multitud se había reunido en el atrio. Bien, pensó Glaucus, muchos testigos de su secuestro. Mientras lo conducían afuera, escuchó el relincho de un caballo en el establo y luego las puertas se abrieron de golpe, astillándose, mientras el petrificado posadero trataba de controlar al irritable semental negro.
De algún modo, el hombre se las arregló para sujetar la brida pero la silla quedó tirada en la paja. Ultor se retorció y alzó de manos, sus cascos arañando el aire. Aterrado, el posadero dejó caer las riendas y Ultor se calmó de inmediato. Sacudió su melena y trotó hacia Glaucus mientras los soldados se apartaban. Agachando su enorme cabeza negra, el caballo acarició las manos de su amo. Glaucus frotó las orejas del semental y le susurró:
Bien hecho.
Uno de los soldados arrojó la silla a sus pies y le ordenó que ensillara y montara mientras los demás rodeaban al animal con sus espadas desenfundadas.
Tus manos -le ordenó el centurión a Glaucus mientras tomaba un trozo de soga.
No necesita hacer eso. Es obvio que estoy yendo con ustedes por mi propia voluntad.
¡Tus manos! -ordenó el hombre y Glaucus tendió sus muñecas. Su padre había matado a cuatro pretorianos estando atado y desarmado. ¿Cuáles eran sus chances contra casi el doble? No muy buenas decidió Glaucus mientras se preparaba mentalmente para el viaje a Vindobona. Deliberadamente, miró a cada una de las más de veinte personas reunidas fuera de la posada en forma directa y a los ojos, pidiéndoles en silencio que lo recordaran. Le sonrió con tristeza a la muchacha de servicio, quien llorando mientras apretaba un chal bajo su mentón y se encogía en la puerta. No había duda alguna de que ella lo recordaría.
Dos noches más tarde, al cabo de un agotador viaje sin paradas, un exhausto Glaucus cruzó las puertas de Vindobona rodeado de guardias igualmente cansados. En la oscuridad, doblaron hacia la izquierda por el camino perimetral del campamento y cabalgaron más allá de las filas y filas de barracas donde dormían los hombres hasta alcanzar la parte trasera del campo y el edificio que Jonivus había descripto como la prisión.
Glaucus se estremeció cuando una puerta de metal se abrió ante él y fue empujado poco ceremoniosamente hacia el interior; sus alforjas fueron lanzadas tras él. Se quedó mirando la pared de piedra frente a él y el catre de cuero -el único mobiliario en el pequeño espacio- mientras la puerta se cerraba de golpe y el cerrojo era corrido, el sonido retumbando en la vacía estructura de piedra. Se encontró en la más completa oscuridad, oficialmente convertido en prisionero en la fría estructura de piedra construida para albergar a los cautivos de su padre.
Alguien no estaba feliz por su presencia en Germania. De eso estaba seguro.
Al subir al carro de transporte de esclavos, Maximus tropezó con el borde de la larga capa con capucha que vestía. Tan pronto como la puerta se hubo cerrado ruidosamente a sus espaldas, el látigo restalló y el vehículo se puso en marcha, arrojándolo de bruces sobre el piso de madera. Maximus logró sentarse justo a tiempo para ver las puertas de la escuela de gladiadores cerrarse tras el carro y el foro ahora en sombras que se alzaba frente al Coliseo no tardó en aparecer ante sus ojos. Nunca antes había estado fuera de la escuela por la noche y las calles habitualmente atestadas se encontraban ahora desiertas salvo por un borracho que avanzaba a los tumbos a la sombra de muros que parecían altos hasta lo imposible.
Maximus aferró los barrotes de hierro y espió por debajo de la capucha de su capa mientras trataba de imaginar dónde lo estaría llevando Proximo. No estaba familiarizado con Roma, salvo por la calle que conducía desde al escuela de gladiadores hasta el anfiteatro y en la oscuridad le resultaba aún más difícil orientarse. Todo aquello, aquel viaje nocturno, era muy inusual y sabía que se encontraba solo por alguna razón, los demás gladiadores dejados atrás y seguramente preguntándose cuál sería el destino de su líder. Juba se había mostrado especialmente alterado cuando cuatro guardias armados aparecieron en el alojamiento de los gladiadores cuando estos ya se habían acostado y le ordenaron a Maximus que los acompañara sin darle tiempo a hacer preguntas. En el patio le habían entregado su armadura de cuero y le habían ordenado ponerse la coraza que no había usado desde su último combate en Zuchabar. Le habían colocado grilletes de hierro por encima de sus muñequeras y lo habían escoltado hasta el carro. Maximus no había tenido ni siquiera oportunidad de echar una mirada en dirección a las celdas donde sabía que sus compañeros gladiadores estarían mirando con sus rostros apretados contra las rejas.
Fuera lo que fuera lo que estaba ocurriendo, era algo muy inusual.
Maximus había estado deseoso de unos días de descanso cuando el Coliseo y todos los demás espectáculos públicos fueron clausurados temporalmente debido al recrudecimiento de la amenaza de que la plaga se extendiera por la ciudad. Hasta el despreciado Commodus se había encerrado en su palacio, para nada deseoso de arriesgarse a mezclarse con la plebe. Se preguntó si Próximo también estaría alejando a su preciado gladiador de la multitud con la esperanza de protegerlo en caso de que la plaga invadiera la escuela. Pero, si así era, ¿por qué la armadura? Si iba a verse forzado a pelear en otra arena, esa coraza le ofrecería poca protección ya que las afiladas hojas de sus adversarios podían muy bien deslizarse entre las tiras de cuero. Hacía rato que la había descartado a favor de una coraza de una sola pieza. Calzaba botas, lo único que le quedaba de su vida anterior y, bajo la armadura, su cuerpo estaba cubierto por una limpia túnica azul. Sus piernas, como siempre, estaban desnudas.
Las calles angostas estaban oscuras y desiertas, sólo ocasionalmente iluminadas por una antorcha chisporroteante o el brillo amarillento de una lámpara que se filtraba por entre los postigos de una ventana cerrada. Desde su lugar, Maximus no podía ver los puntos luminosos que danzaban en las colinas que rodeaban Roma, donde los ricos escapaban del gentío, los olores y los ruidos de una ciudad congestionada ... y también de la plaga. Apenas podía distinguir las siluetas de los edificios, los arcos, las columnas, los acueductos y las estatuas mientras el carro traqueteaba. Cada edificio público adornado con columnas era rápidamente ocultado por otros, mientras en el centro de Roma las construcciones luchaban entre sí por el espacio. Reconoció la curva y la columnata del Circus Maximus, el que le habían dicho que dejaba pequeño al Coliseo y trató de echar una mirada al irregular palacio de mármol que sabía que ocupaba la colina más allá de éste. Commodus estaba allí... y también Lucilla. Maximus se pasó del costado al fondo del vehículo, mirando el palacio hasta que su silueta desapareció en la noche.
Siguieron andando hacia el Sur, pasando la Colina Aventina y poco después, habiendo avanzado a buen paso por las calles desiertas, cruzaron la enorme Puerta Ostiense. Desde su lugar en el fondo del vehículo, Maximus se sorprendió al ver las murallas de la ciudad hacerse más y más pequeñas a medida de que andaban sin detenerse por la Via Ostiense. El camino estaba rodeado lado y lado por filas de simples tumbas y elaborados monumentos erigidos en honor a los muertos. Cada vez más confundido y un tanto aprensivo, Maximus se calzó mejor la capucha de su capa y se sentó, preguntándose qué le depararía el destino esta vez.
A medida de que se alejaban de Roma, el camino se hizo recto y plano y Maximus se fue adormeciendo merced al movimiento del carro y el rítmico clip-clop de los cascos de los caballos. No se percató de que estaba dormitando hasta que el vehículo se detuvo bruscamente y casi fue a dar al suelo otra vez. Se frotó los ojos pero no pudo ver nada en la oscuridad más allá de la reja. Tampoco estaba seguro de cuán lejos habían viajado. El candado gimió al ser abierto y la puerta del carro hizo lo propio. Luego, el rostro de Proximo iluminado por la luna apareció en su campo de visión.
Afuera -ladró el amo de los gladiadores.
¿Dónde estamos? -preguntó Maximus mientras salía del carro y al aire húmedo de la noche.
Dame tus muñecas -fue la única respuesta que obtuvo.
Tercamente, Maximus se llevó las manos a la espalda.
¿Por qué? ¿Dónde estamos?
Proximo hizo una indicación con la cabeza en dirección a los guardias y los cuatro hombres armados obligaron a Maximus a llevarse las manos al pecho y sujetaron largas cadenas a sus grilletes. Donde quiera que estuvieran llevándolo, Maximus estaba seguro de que no le iba a gustar.
Los guardias lo hicieron girar y empezaron a andar por el camino adoquinado y flanqueado por elevada, oscura, húmeda vegetación en la que se intercalaban regularmente antorchas encendidas colocadas en soportes de hierro. Mientras caminaba, Maximus tuvo la seguridad de haber escuchado el ruido de las olas y de percibir un olor salino en el aire.
El camino se resolvió en una curva y Maximus se detuvo de golpe y se quedó mirando. Frente a él se erguía una magnífica villa que brillaba blanca a luz de la luna. Profusamente iluminada por antorchas, tenía dos pisos de alto y su largo pórtico protegía a las habitaciones del sol. El pórtico estaba sostenido por columnas de mármol blanco y, entre ellas, se ubicaban estatuas de diosas suntuosamente vestidas. En el piso superior se abría una gran terraza adornada con palmeras y macetas de flores. En el centro de la villa se divisaba un domo perfecto. Los visitantes fueron recibidos en la entrada del edificio por un espléndido jardín adornado con un estanque y fuentes cantarinas, bordeado por columnas decorativas. Maximus nunca había siquiera imaginado que una casa pudiera ser tan magnífica.
Un sirviente emergió de la villa y se les aproximó. Miró a Maximus pero se dirigió a Proximo.
¿Lo trajo?
Sí, como bien puede ver -había un toque de impaciencia en la voz de Proximo.
Sígame.
Proximo encabezó la marcha seguido por los dos guardias que guiaban al gladiador encadenado y detrás de él venían los otros dos hombres armados, quienes parecían aturdidos por su entorno. Maximus se demoró, tirando de sus cadenas, reacio a entrar a la villa a pesar de su opulencia.
Proximo se dio vuelta.
No te detengas a papar moscas, Maximus.
¿Dónde estamos, Proximo? ¿Quién es el dueño de este lugar?
Haces demasiadas preguntas -le retrucó el hombre de más edad.
Proximo, esto no me gusta. ¿Qué estamos haciendo aquí?
Su amo lo ignoró completamente y ordenó a los guardias que lo hicieran apurarse. Una docena de fragancias diferentes flotaron en el aire mientras atravesaban el jardín pero no le ofrecieron consuelo alguno a un Maximus cada vez más y más alarmado. Tirando y empujando los cuatro guardias lo hicieron atravesar la puerta principal de la villa.
Por dentro, la casa era tan magnífica como por fuera. Entraron a un atrio enorme, de forma octogonal y dos pisos de altura que culminaba en una cúpula con una abertura en el centro para permitir la entrada de la luz en tan enorme estancia. La luz de la luna se derramaba sobre el elaborado patrón geométrico en blanco y negro del piso de mosaicos. La cúpula estaba sostenida por columnas aflautadas de mármol blanco que formaban un círculo en la sección central del atrio. Antorchas y lámparas chisporroteaban contra las paredes ubicadas más allá de la columnata, creando una danza de luces y sombras.
¿Qué quiere que haga con él? -preguntó Proximo al sirviente.
Por ahora, encadénelo entre dos columnas.
De inmediato, los guardias hicieron que Maximus extendiera los brazos y lo empujaron hasta colocarlo directamente entre dos columnas; luego tiraron de las cadenas hasta que sus brazos quedaron en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto de su cuerpo y aseguraron cada una de ellas en torno a una columna. No era una postura incómoda pero estaba claro que no iba a ir a ninguna parte.
Más allá de las columnas, sobre tres lados de la habitación, se abrían seis puertas de roble tallado. Entre las puertas había hornacinas conteniendo estatuas de mármol de tamaño natural. Hacia el fondo, el atrio se abría sobre un patio lleno de arbustos floridos y graciosas fuentes y Maximus pudo ver que más allá había aún más habitaciones. Una de ellas parecía ser una biblioteca. Tras una última mirada a su esclavo, Proximo siguió al sirviente hacia el patio y desapareció en la biblioteca, cerrando las puertas. Los cuatro guardias se colocaron en posición en la puerta de entrada de la villa, sus ojos vagando por su entorno mientras atesoraban información en sus mentes de modo de poder describir aquel increíble lugar a sus incrédulos camaradas cuando regresaran a Roma.
Maximus se preguntó una vez más el motivo de su presencia en la villa. ¿Acaso los dueños querrían un juego gladiatorio privado? ¿Pagarían los ricos por un espectáculo de esa naturaleza ahora que el gran anfiteatro de Roma estaba cerrado?
Se apoyó primero en un pie, luego en otro, sus ojos fijos en el lugar donde Proximo había desaparecido y, al cabo de lo que pareció ser mucho tiempo, las puertas finalmente se abrieron.
Maximus se irguió. En efecto, Proximo venía hacia él pero estaba acompañado de otro hombre. Este era alto y delgado, con una hermosa y rizada cabellera blanca y vestía una flotante toga del mismo color. El hombre sonrió mientras se aproximaba a Maximus y por un momento sus ojos se cruzaron. ¿Lo había imaginado o acaso había una mirada de advertencia en sus ojos oscuros?
¿Maximus? -preguntó el hombre.
Asintió con la cabeza.
El hombre tendió su mano y tiró de los cordones que sujetaban la capa dejándola caer a los pies del hombre encadenado. Sin moverse, recorrió con sus ojos el cuerpo de Maximus de pies a cabeza no una sino dos veces. Luego extendió un dedo hermosamente manicurado y lo usó para hacer que levantara el mentón, dejando que la uña se deslizara en forma muy lenta por la garganta del gladiador hasta llegar a su hombro derecho mientras caminaba hasta colocarse a su lado.
Sus dedos recorrieron el largo del brazo de Maximus y el hombre se paró luego a su espalda. Maximus se sobresaltó violentamente al sentir su mano sobre la rodilla y cómo ésta luego subía por la cara externa de su muslo. Frenético, miró a Proximo pero su amo simplemente le dio la espalda y se puso a contemplar el patio. El gladiador respiró hondo varias veces para controlar las nauseas que amenazaban revolverle el estómago.
Es perfecto. Impecable -dijo el hombre mientras caminaba hasta volver a colocarse frente al prisionero- Me lo quedaré por toda la semana. Tal vez más.
Espléndido -respondió Proximo- Entonces simplemente necesitamos discutir el precio.
Maximus estaba demasiado aturdido como para hablar. El hombre miró apreciativamente al gladiador una vez más y luego emprendió la marcha de regreso a la biblioteca.
Maximus retorció los brazos frenéticamente pero sus cadenas se mantuvieron firmes como sabía que ocurriría. ¿Proximo lo despreciaba tanto como para venderle sus servicios a ese hombre? ¿Su amo estaba tan obsesionado por el dinero como para traicionarlo de ese modo? Sabía bien que otros propietarios de gladiadores alquilaban regularmente a sus hombres a cualquiera que les pagara su precio pero Proximo nunca había parecido inclinado a hacerlo ... hasta esa noche.
Pasaron largos minutos antes de que Proximo y el hombre reaparecieran. Parecían haber alcanzado algún tipo de acuerdo que había dejado satisfechos a ambos. Maximus sacudió sus cadenas para tratar de atraer la atención de Proximo pero éste esquivó deliberadamente la mirada de su esclavo y se dirigió hacia la puerta sin mirarlo.
Proximo -siseó Maximus. No obtuvo respuesta- ¡Proximo!- dijo nuevamente, esta vez gritando.
El propietario del gladiador se volvió hacia éste con una mirada de advertencia.
¡Compórtate!
¿A dónde vas? ¿Me dejas aquí?
Sí.
Maximus estaba aturdido.
Proximo, no me hagas esto. No me lo hagas. Por favor.
Había en su voz un rastro de pánico que Proximo jamás antes había detectado, ni siquiera en las situaciones más peligrosas. Miró a Maximus con curiosidad. ¿Había hallado finalmente una flaqueza en aquel esclavo? ¿Un miedo?
Proximo se inclinó graciosamente ante el hombre de cabello blanco, quien los estaba estudiando con atención.
Por favor, ¿me disculpa mientras hablo con él?
Proximo se acercó a su gladiador estrella con una mirada ceñuda y, acercando su nariz a la de él, le dijo en un fiero susurro:
Como bien sabes, general, el Coliseo está cerrado y, en consecuencia, mis gladiadores se encuentra temporalmente desocupados. Por desgracia, aún tengo que darles de comer y lo cierto es que comen mucho. No puedo solventarlo. Te alquilé por una semana, tal vez más. El dinero que estoy ganando en esta transacción le dará de comer a tus amigos. De otro modo, los tendía que enviar a las minas. Los estás salvando de ese destino.
¿Alquilándome para hacer qué? -Maximus sabía la respuesta pero igualmente se sentía compelido a hacer la pregunta.
Cualquier cosa que se te diga que hagas... y cuando digo cualquier cosa quiero decir exactamente eso. ¿Me escuchaste? Me han pagado la mitad de tu precio. Cuando vuelva dentro de una semana recibiré la otra mitad... siempre y cuando él esté satisfecho contigo, general. Asegúrate de que lo esté.
Proximo empezaba a darse vuelta para irse pero de repente giró otra vez en dirección a Maximus.
¿Tienes idea de cuánto dinero me han ofrecido algunas personas por unas pocas horas contigo? Siempre les dije que no y te dejé tranquilo por las noches porque no lo necesitaba... hasta ahora. Lo que me hiciste ganar compró tu privacidad.
Proximo volvió a dirigirse hacia la puerta. Maximus sintió que la bilis le subía a la garganta.
Creí que pelear y matar para entretener a los demás era lo más bajo que podía caer. Parece que me equivoqué.
Proximo se detuvo y volvió a girar para enfrentarlo.
Si tienes alguna idea acerca de escaparte, general, olvídala ya mismo. Si no estás aquí cuando vuelva a buscarte, tu amigo Juba pagará el precio de tu libertad.
A Proximo le dio gusto ver cómo la sangre se retiraba del rostro de Maximus.
No matarías a Juba. Es demasiado valioso como gladiador.
Comparado contigo no vale nada -respondió Proximo y se dirigió a la puerta, dando las instrucciones finales a sus guardias para que vigilaran bien al cautivo.
Maximus miró el piso de mosaico con una mezcla de conmoción, derrota y total humillación. Estaba seguro de que iba a vomitar. Sus manos colgaban fláccidas de las cadenas y sus piernas lo sostenían sólo por fuerza de costumbre.
El hombre miró a los guardias y luego se acercó al cautivo y deslizó el dorso de sus dedos sobre su mejilla y su barba. Maximus no pudo mirarlo.
Escuché parte de la conversación, Maximus. No sabía que estas ... pequeñas vacaciones ... serían una sorpresa para ti.
Volvió a tratar de hacer que levantara el mentón pero Maximus apartó violentamente la cabeza. El hombre lanzó una mirada a los guardias que seguían la acción atentamente y luego se movió hasta colocarse al lado de Maximus, de modo que éste bloqueara la visión de los guardias y le susurró al oído:
No temas, Maximus, esto no es lo que parece. No voy a lastimarte.
¿Qué? -masculló Maximus, sin estar seguro de que había escuchado correctamente.
Shhhh -susurró el hombre mientras hacía correr un dedo sugestivamente bajo la correa de cuero sujeta con una hebilla que atravesaba el pecho del gladiador- Los guardias nos están mirando. Sigue el juego.
El hombre deslizó los dedos hasta alcanzar el frente de la correa y volvió a enfrentar a Maximus antes de levantar la voz.
Bien, espero un mejor comportamiento de tu parte. Proximo me garantizó que cooperarías pero también me dijo que si no lo hacías podía castigarte del modo en que prefiriera. Simplemente me prohibe que te mate o que te lesione de modo que no puedas pelear. Puedo hacer tu estancia aquí sumamente ... placentera ... o extremadamente dolorosa. Tu eliges.
Maximus estaba completamente confundido por la actitud del hombre: lo amenazaba y un instante después le decía que no temiera y al siguiente lo volvía a amenazar. Superada la conmoción inicial, su espíritu de lucha volvió.
¿Qué quiere de mí? -gruñó.
Todo -susurró el hombre. Parecía fascinado por la coraza de cuero de Maximus y no dejaba de tocar las hebillas ubicadas sobre el pecho y la cintura del esclavo, haciendo deslizar sus dedos entre las correas que se entrecruzaban para proteger su torso- Solo te vi una vez en la arena y a gran distancia. Temía que de cerca fueras una decepción pero por cierto que no lo eres. Hermosos ojos ... tan tristes. Increíble voz. Nunca antes te había escuchado hablar pero imaginé que tendrías una voz acorde con tu áspera belleza. Es aún más perfecta de lo que había imaginado. Y todo este cuero ... muy notable. Pedí que te vistieran con algo ... sentador pero esto sobrepasa mi imaginación.
Maximus evaluó a su oponente mientras éste hablaba del mismo modo en que hubiera evaluado a un gladiador en el Coliseo. El hombre era un poco más alto que él pero mucho más esbelto, de hombros angostos y brazos delgados. Se movía con fluida gracia pero había poca fuerza en sus manos. Le hubiera resultado muy fácil matarlo de haber podido liberarse de sus cadenas. Pero, ¿valía la muerte de aquel hombre su propia vida y la de Juba? Peor aún, ¿valía permitir que Commodus escapara a su venganza por la muerte de su esposa y su hijo. No, debería hacer lo que Proximo le había ordenado y someterse a aquel hombre a pesar de la repugnancia que le causaba el más ligero contacto. Lo que le esperaba, ¿podía acaso ser peor que todo lo que ya había sufrido? ¿Podía ser aún más feo y sórdido? Maximus tomó aliento profundamente.
Señor, no trato de ser difícil. Aún no estoy acostumbrado a mi situación actual y me cuesta adaptarme a la idea de que mi destino depende de los caprichos de otros.
Tengo que admitir que me produces mucha curiosidad. Es obvio que eres un hombre inteligente y educado ... no exactamente el esclavo prototipo -el hombre tocó las tiras de cuero que formaban la falda que protegía las ingles de Maximus levantándolas para luego contemplarlas mientras volvían a caer en su lugar- Eres un hombre con un pasado misterioso ... ¿un español? ... ¿un general, como dicen algunos? Proximo te llamó de ese modo. ¿O es acaso parte del mito de Maximus? Me encantará conocerte mejor.
Dicho esto, el hombre miró a los guardias, le guiñó un ojo a Maximus y se encaminó hacia los hombres armados. Maximus torció su cabeza y alcanzó a escuchar parte de la conversación-
Es desafortunado que Proximo insistiera en que permanecieran aquí cuando estoy seguro de que preferirían volver a Roma -dijo el hombre graciosamente al tiempo que sonreía a los guardias.
Si no estuviéramos aquí para controlarlo, señor, no sería capaz de manejarlo. Es peligroso. Un asesino -rezongó uno de los guardias- Estamos aquí para asegurarnos de que haga lo que usted quiera.
Los otros guardias asintieron con sus cabezas.
Bueno, eso lo hace mucho más excitante, ¿no es cierto? ¿Por qué no vienen conmigo, caballeros? De paso buscaremos unos refrescos y nos distenderemos. Nuestro amigo no va a ir a ninguna parte.
El anfitrión volvió a sonreír y extendió una mano, invitando a los guardias a seguirlo. Pasaron al patio y de allí a la biblioteca, sus risas generando un eco que retumbó burlonamente entre las columnas del atrio.
Maximus se quedó solo. Encadenado, con los brazos extendidos entre dos columnas en un enorme atrio, su sombra se proyectaba en el suelo como la imagen viva de la vulnerabilidad. Estaba solo con su indefensión y sus miedos.
Glaucus estaba sentado desgarbadamente en el catre de cuero y contemplaba el angosto rectángulo de sol sobre el suelo de piedra. El joven permaneció inmóvil, salvo por sus ojos, que se movían ligeramente mientras recorría la trayectoria del rayo de luz, desde la pequeña ventana enrejada hasta su lento deslizarse a través del piso. Cada día, el sol seguía el mismo camino. Al cabo de doce encerrado en la prisión, Glaucus podía predecir su trayectoria acertadamente y aquel rayo de sol era la única fuente de entretenimiento y luz de que gozaba en su aislamiento. Nadie venía a verlo. Nadie le hablaba. El único contacto con otro ser humano provenía de la persona invisible que dos veces al día empujaba una fuente con comida dentro de su celda y retiraba los desperdicios. Le había rogado a aquella persona que le dijera porqué lo habían encarcelado pero sus preguntas habían sido ignoradas.
Habiendo tratado de imaginar toda forma de hacerse escuchar y de oír a algún sonido más allá de las gruesas paredes de piedra de su pequeña celda, Glaucus permanecía sentado como carente de vida. El silencio era tal que podía escuchar el latido de su propio corazón. La ventana de su celda daba a la inmensa muralla exterior de la fortaleza y sus gritos rebotaban entre las dos estructuras para finalmente morir sin ser escuchados.
Ni siquiera había una rata para hacerle compañía.
Glaucus suspiró y dirigió su mirada hacia una de las paredes y las marcas en ella que había estudiado largamente. Antes que él, alguien había trazado los movimientos del sol pero lo había hecho en otra época del año, cuando los rayos llegaban más lejos en el interior de la celda y alcanzaban la pared. Sus dedos recorrieron los nombres escritos en lenguajes y alfabetos desconocidos. Algunos prisioneros habían contado sus días de encarcelamiento mediante marcas. La prueba de la existencia de los habitantes previos de la celda era inquietante. ¿Qué había pasado con ellos? ¿Estarían muertos? ¿Serían esclavos? ¿Le ocurriría a él lo mismo? Durante todo ese tiempo, Jonivus habría creído que Glaucus se encontraba rumbo a Bonna pero, en cambio, se encontraba sentado la prisión que el anciano había construido. Si Glaucus hubiera estado de mejor ánimo, hubiera reído ante la ironía.
Había revisado mentalmente cada paso que había dado y cada cosa que había dicho desde su arribo a Germania y no podía encontrar nada que justificara semejante tratamiento. Era obvio que lo que había dado con él en prisión no era algo que había hecho sino quién era. Estaba allí porque era el hijo de Maximus. No había ninguna otra razón.
Un ruido repentino proveniente del otro lado de la puerta le indicó que la "comida" matutina estaba a punto de ser servida. Glaucus empezó a levantarse pero vio de reojo el rectángulo de sol en el piso. No estaba en el lugar correcto. Siempre estaba más hacia la derecha cuando era la hora de la comida, justo sobre una piedra de forma triangular. Volvió a sentarse y miró a la puerta de hierro. Los goznes chillaron en señal de protesta mientras la puerta se abría lentamente y el corazón de Glaucus comenzó a latir con fuerza. La silueta de un hombre alto apareció en el hueco de la puerta. Los detalles estaban oscurecidos por las sombras pero llevaba sobre sus hombros una capa y unas pieles como las que Glaucus sabía que su padre había usado.
De pie –gruñó un soldado a espaldas del general.
Avergonzado por lo grosero de su comportamiento, Glaucus se puso de pié rápidamente e inclinó la cabeza en reconocimiento a la posición del hombre.
General Vesnius.
Sabes quién soy -Vesnius se adentró en la celda y la escasa iluminación, sus botas crujiendo sobre la suciedad del piso.
Sí, señor -Glaucus estudió el rostro áspero del hombre cuyos ojos estaban entrecerrados a pesar de la poca luz- ¿Puedo preguntar...
Tengo algunas preguntas -lo interrumpió el general.
¿Señor?
¿Cuáles son la fecha y la hora exacta de tu nacimiento?
Eh... el 25 de julio del año 177. Inmediatamente después de la medianoche, creo. ¿Por...
¿Dónde naciste?
Cerca de Mérida.
¿Puedes probarlo?
Sí, señor. Tengo los documentos conmigo.
¿Tu padre es... ?
El General Maximus Decimus Meridius, señor. General de las legiones Felix y Comandante del Ejército del Norte -Glaucus no pudo evitar la nota de orgullo en su voz- ¿Lo conoció, señor?
Vesnius ignoró la pregunta.
Yo soy el general de las legiones Felix -dijo fríamente- ¿Quién es tu madre?
La esposa de mi padre, señor... Olivia Meridia.
¿Puedes probarlo?
Sí, señor. Tengo el contrato de matrimonio. También establece que mi padre era de la clase senatorial y que recibió una dispensa especial para casarse del emperador Marcus Aurelius.
Entrégame los documentos -demandó Vesnius.
Glaucus vaciló.
Quisiera ... quisiera pedirle algo a cambio, señor.
Vesnius se mostró enfadado. Levantó el mentón y miró al prisionero.
¿Estás tratando de negociar conmigo?
No, señor -Glaucus luchó para mantener un temblor nervioso alejado de su voz. ¿Su padre había sido así de intimidante?- Es un simple pedido.
¿Qué es? –dijo bruscamente el general.
¿Po... podría enviar a un soldado a decirle al viejo Jonivus donde estoy, por favor? Vive en la casa de estilo romano que está inmediatamente fuera de la ciudad. El... él construyó esta prisión y fue el ingeniero jefe de mi padre.
Dame los documentos y así se hará.
Sin atreverse a pedir nada más, Glaucus se acuclilló y abrió su alforja, extrayendo los documentos cuidadosamente arrollados y atados que probaban que era quién decía ser.
Necesitaré que me los devuelva, señor -sintiendo una enorme incertidumbre, se los tendió al general quien los tomó bruscamente, giró sobre sus talones y salió de la celda en un remolino de lana y piel.
¡Espere! -gritó Glaucus y comenzó a caminar tras el hombre pero fue detenido por dos guardias, quienes lo devolvieron al interior de la celda de un brusco empujón y cerraron la puerta otra vez.
Glaucus fue a dar al suelo y permaneció tendido sobre las frías piedras mientras escuchaba las provocadoras risas ahogadas a través de la puerta.
No te ves tan arrogante después de dos semanas en prisión, ¿verdad?
¿Lo tienes?
Sí, Mi Señor.
¿Bien?
Julio 25 del año 177, un minuto después de la medianoche, Mi Señor. Sus documentos prueban que es hijo de Maximus. Es idéntico a él.
¿Es hijo legítimo?
Todo parece indicar que sí, Mi Señor.
El puño de Septimius Severus se estrelló contra el escritorio, haciendo que sus tablillas de escritura y plumas dieran un salto y la tinta casi se derramara.
- El Oculto. El Oculto de la profecía. Ahora se ha hecho realidad -jadeó, moviendo la cabeza a lado y lado como un animal herido, haciendo que la corona de laureles dorados casi cayera de su cabeza.
Vesnius se limitó a permanecer en posición de firmes y no dijo nada ya que no estaba seguro sobre qué estaba hablando el emperador.
Hubo un movimiento en las sombras y una figura alta y delgada tan negra como las mismas se desprendió de ellas: cabello y barba negros, capa negra, coraza y botas negras. Un corazón negro. Un pretoriano.
Mátalo -sugirió la sombra venenosamente. Hasta se movía como un reptil, una serpiente deslizándose silenciosamente de roca en roca.
Vesnius se estremeció como siempre lo hacía en presencia del primo del emperador y su comandante de la guardia pretoriana, Gaius Fulvius Plautianus. El hombre había recibido enormes poderes del emperador así como enormes riquezas y parecía tener una gran influencia sobre sus decisiones. Era hábil e implacable... y muy peligroso. Su indiscriminada inclinación por amantes de ambos sexos era bien conocida y hasta corría un rumor no confirmado respecto de que él y su primo habían sido amantes en Africa, donde ambos vivieran cuando jovencitos, y que aquello había fortificado el vínculo que los unía.
Simplemente mátalo -demandó otra vez Plautianus mientras se aproximaba a la silla de su primo. El oro y la plata de su coraza brillaron a la luz de las lámparas con tanta intensidad como el fulgor de sus fríos ojos. Podía oler sangre y su ánimo se encendió- ¿Quién lo sabría? ¿A quién le importaría?
No, aún no -dijo Septimius mientras se movía en la silla, haciendo una mueca ante el esfuerzo.
Vesnius estudió al emperador. El poderoso Septimius Severus estaba hundido en su elaborado trono, pálido, exhausto y en agonía debido a su apurado viaje desde el Este, donde se encontraba con su familia preparando su regreso triunfal a Africa cuando le llegaran noticias de que un hijo de Maximus había aparecido en Vindobona vivito y coleando ... y haciendo preguntas. A pesar del intenso dolor de sus articulaciones, había montado su caballo y cabalgado raudamente hacia Vindobona, llegando allí en apenas una semana. Pero ahora estaba pagando las consecuencias. Apenas capaz de moverse, apoyaba la espalda en un almohadón elaboradamente bordado y diseñado de modo tal de que pareciera parte del tapizado del trono mientras que sus pies y tobillos hinchados y deformes estaban apoyados en un taburete acolchado.
"Gota" susurraban a sus espaldas. Y probablemente también artritis al cabo de tantos años de vivir en duras condiciones en los campamentos militares repartidos por todo el imperio. Fuera lo que fuera, el dolor parecía mantenerlo de un constante mal humor que iba empeorando cada vez que Vesnius tenía la mala suerte de cruzarse con él. Viajaba con un masajista y cuatro médicos que lo atendían día y noche y le administraban poderosas drogas. Aún así, sufría.
Vesnius vio de reojo el busto de Severus que se erguía detrás de la silla del emperador y sus ojos se concentraron en el mármol. La escultura mostraba a un hombre joven, fuerte, erguido, con abundante cabello y barba rizados. Vesnius la comparó con el hombre que estaba sentado desgarbadamente frente a él, con los hombros encorvados y el rostro contraído en un rictus de dolor. El cabello oscuro caía lacio y débil, no ondulado... y su barba era rala y formaba parches en lugar de frondosa y rizada. Había grandes bolsas violáceas bajo sus ojos y éstas afeaban su rostro y lo hacían ver mucho mas viejo que sus cincuenta y tres años. La estatua recordaba a un joven Marcus Aurelius, cuyo hijo adoptivo Severus aseguraba ser. Había moldeado la imagen de su reinado sobre la base del del fallecido, amado emperador, asegurándose de ese modo la devoción del pueblo de Roma. Después de todo... el propio Marcus Aurelius había elegido a Septimius Severus como su heredero... al menos eso era lo que Severus afirmaba. Vesnius no lo había creído ni por un momento y tampoco lo creía la mayoría de los oficiales y dignatarios. Pero Septimius había engañado al pueblo -un pueblo que en su inmensa mayoría nunca vería al hombre en persona- y eso era lo único que contaba.
¡Vesnius!
Sorprendido, el general dio un salto.
¿Sí, Mi Señor?
¿Los documentos? -Severus extendió una mano que temblaba de impaciencia.
Vesnius se los entregó rápidamente y retomó su posición de firmes. Odiaba su rol en aquel plan y resentía amargamente el verse obligado a traicionar al hijo de un colega al que tanto había admirado. Pero, de no haber avisado a Severus sobre la existencia de Glaucus, hubiera terminado por pagarlo con su vida.
Puedes retirarte -dijo Plautianus. Vesnius comenzó darse vuelta para irse pero luego vaciló. ¿Debía obedecer la orden del comandante de los pretorianos o esperar a que el emperador lo despidiera? Miró de uno a otro, sin saber qué hacer. Plautianus sonrió en forma presuntuosa. Finalmente, el preocupado Severus le hizo un gesto con la mano y, aliviado, el general abandonó la estancia rápidamente. El pretoriano lo contempló mientras se iba y luego apoyó la cadera contra el escritorio del emperador, cruzando los brazos sobre su pecho con aire casual.
No puedes permitirte el lujo de dejar a Glaucus con vida, lo sabes.
No puedo permitirme el lujo de matarlo.
Tonterías. Esa profecía dijo que sería peligroso... ¿recuerdas?
¿Estás olvidando intencionalmente las consecuencias que sufriré si lo mato, lo que también está en la profecía?
Plautianus descartó las preocupaciones de su primo con un movimiento de su mano.
Tú y tus profecías. De modo que el León tiene un hijo y él es un peligro potencial para tu posición de poder...
Y, consecuentemente, para la tuya -rezongó Severus.
Plautianus arqueó una ceja y asintió en reconocimiento.
Y la mía. Entonces, desaste de él. Encarcélalo. Mételo a la Prisión Tullia de Roma y nadie volverá a oír de él. Sobrevivirá poco tiempo en ese agujero infernal y tú no lo habrás matado en forma directa.
Dicho esto, Plautianus extendió los brazos con las palmas hacia arriba, como indicando que aquello solucionaba todo problema.
Severus ignoró a su primo mientras revisaba rápidamente los documentos.
¡No está aquí! ¡No-está-aquí!
El pretoriano se dio vuelta y apoyó las manos sobre el escritorio.
¿Qué es lo que no está?
¡Imbécil! El original del documento que he estado buscando por años. Si él no lo tiene, ¿quién lo tiene?
No sé.
¡Ya sé que no lo sabes! ¡Tu misión más importante en la vida es encontrarlo y me vienes fallando miserablemente!
Plautianus se puso rígido pero, cosa rara en él, no respondió.
Puede que el muchachito lo tenga pero se haya dado cuenta que es demasiado valioso para arriesgarse a traerlo aquí -reflexionó Severus al tiempo que se frotaba la frente.
Por otra parte, puede que no sepa nada sobre él -contraatacó el pretoriano.
El emperador miró a su primo.
Bien, pues en cuanto quien quiera que sea que lo tiene sepa que un hijo de Maximus vive, lo informará, no te quepa la menor duda.
De golpe, la inspiración alcanzó a Severus, sorprendiéndolo de tal modo que se le cayó la mandíbula. Se levantó a medias de su silla hasta que el dolor lo forzó a regresar a su abrazo.
Por supuesto... ese es precisamente el modo de encontrar el original. Esperar a que Glaucus lo obtenga y luego quitárselo y destruirlo...
Luego destruimos a Glaucus...
Tal vez -Severus volvió a moverse, apenas capaz de contener un gemido- Tráeme mis instrumentos. Necesito trazar el horóscopo del muchacho para saber qué le deparan las estrellas. Julio 25 del año 177. Eso no es bueno. Dos y cinco suman siete y nació en el decimoséptimo año del reinado de Marcus Aurelius -estaba perdido en sus pensamientos- Y si Maximus hubiera sido emperador en lugar de Commodus como quería el viejo, habría sido el séptimo emperador de la dinastía de los Antoninos -Severus movió pesadamente la cabeza, abrumado por su infortunio- Todos esos sietes...
Pensé que, dado tu nombre, el siete era tu número afortunado.
Sólo cuando aparece en relación a mí, tonto. Cuando aparecen en relación a mis enemigos son nefastos para mí.
Plautianus hizo girar los ojos, harto de las supersticiones de su primo y su obsesiva preocupación por profecías y horóscopos y numerología. Pero, al mismo tiempo, sabía que podía explotar esta debilidad de su primo a su favor. Cuando quería manipular al emperador, lo único que tenía que hacer era plantar la sugerencia de que algo había sido profetizado o estaba escrito en las estrellas... y lo tendría allí donde quería tenerlo.
El comandante pretoriano literalmente arrojó los instrumentos envueltos en un paño sobre el escritorio, lo que le ganó una mueca ceñuda del hombre sentado.
Puedes retirarte, Plautianus -dijo Severus-Necesito concentrarme.
En lugar de retirarse, Plautianus se ubicó detrás del trono y apoyó los brazos casualmente sobre su respaldo. Se inclinó hacia delante y susurró:
Pero... el muchachito podría sernos útil.
Septimius levantó la cabeza ligeramente.
¿Qué quieres decir?
Vesnius dice que es idéntico a su padre. Ponle el traje adecuado y la gente pensará que es un joven Maximus.
¿Qué ganaríamos con eso? -Septimius se mostró cauteloso pero interesado.
Plautianus siguió desarrollando su plan.
Actualmente no eres muy popular con el ejército, lo sabes... el mismo ejército que marchó contigo a Roma y te hizo emperador. No les gustó nada el modo en que ejecutaste a los jefes militares que apoyaron a tu rival, Niger, en la lucha por el trono -Plautianus alzó las manos para acallar la protesta de su primo- Las legiones del Este debieron haberte apoyado pero, en cambio, lo apoyaron a él... hiciste lo correcto al exterminarlas con la ayuda de las legiones del Norte. Pero... tu política de exterminio de los aliados militares de Niger no cayó bien en el ejército. Si su apoyo, no eres nada, lo sabes. Fácilmente podrían poner a otro hombre en el trono.
Septimius hizo una mueca ceñuda pero sabía que cada palabra de Plautianus era la pura verdad.
¿Estás proponiendo que exhibamos a Glaucus como el hijo de Maximus? ¿Qué hay si el ejército decide apoyarlo? Amaban a Maximus, lo sabes, y son muchos los que no creen que haya sido un traidor. Hasta fue algo así como un emperador -aunque fuera en el Coliseo y sólo por unos momentos- y hubo miles de testigos del episodio aún cuando yo me ocupé muy bien de que no quedaran registros escritos del episodio y de que no se levantara monumento alguno en su memoria. ¿Qué hay si deciden apoyar a Glaucus? Sabes tan bien como yo el derecho que tiene si decide reclamar para sí el título de emperador. Y si llega a dar a conocer ese documento... -Severus se estremeció.
Olvídate del documento por un momento y escúchame.
Severus sintió cómo el aliento de su primo rozaba su cabello y se le erizó la nuca.
Convencemos a Glaucus de apoyarte. Luego le damos algún título bien pomposo e inútil y lo exhibimos ante los ejércitos del imperio -Plautianus extendió los dedos y trazó un camino imaginario frente al rostro de Septimius. El emperador lo siguió con sus ojos oscuros- Piensa cómo se vería. El hijo del gran General Maximus Decimus Meridius apoya a Septimius Severus... y con él la totalidad del ejército. Y no te olvides del pueblo de Roma... Hay muchos que aún recuerdan al gran gladiador Maximus. Se volverán locos por su hijo... y su hijo te apoya, de modo que ellos también lo harán. Puede ser una herramienta muy útil, Septimius.
En tanto y en cuanto podamos controlarlo... en tanto y en cuanto no descubra la verdad sobre el legado de su padre y que yo falsifiqué mi adopción por parte de Marcus Aurelius. Podía probar que soy un mentiroso y destruirme -Severus se frotó los ojos- Pero... podría valer la pena intentarlo. Tienes razón. Podría ser una herramienta útil si se lo mantiene bajo control.
De golpe, el emperador sonrió maliciosamente y se dio vuelta para mirar a su primo.
- Podría hacerlo comandante de mis pretorianos. Se vería bien vistiendo tu uniforme.
Plautianus ignoró la indolente amenaza, completamente inmerso en su plan.
Viste a la gente que presenció la muerte de Maximus en el Coliseo. Una vez que superaron la conmoción inicial, aullaron y se mesaron los cabellos. La ciudad se hundió en el duelo mientras los pretorianos tramaban en secreto la subasta del trono al mejor postor.
Sí... el período de "oscuridad" que fue profetizado, luego yo -el Aguila de Hierro- llegué al poder. Tal como había sido profetizado.
Severus entonó la siguiente parte de la profecía que obtuviera de la Sibila:
Pero ninguna amenaza es como El Oculto y oculto debe estar
Porque su sangre es dorada aunque roja fluya.
Oculto de todos, oculto de sí mismo
Aún estando oculto el sol brilla donde él va.
El Aguila de Hierro caza cachorros de lobo y los devora
Pero el Cachorro Oculto está creciendo y no es lobo sino León
Porque su sangre es dorada aunque fluye roja, es sangre de León.
La sangre de Glaucus es dorada -siguió diciendo Severus- Dorada... como la sangre de un emperador.
Tonterías, pensó Plautianus, si lo corto sangrará en rojo igual que cualquier otro hombre. Pero sus siguientes palabras no reflejaron sus pensamientos.
Tal vez estás malinterpretándola -sugirió Plautianus cautelosamene, ansioso de atraer al emperador hacia su propia línea de pensamiento- Tal vez Oculto quiere decir que permanecerá escondido a pesar de su sangre dorada. Escondido puede querer decir "ignoto", su verdadera naturaleza ignota. Ignota para él mismo y para el pueblo de Roma pero no para nosotros. Sólo nosotros conoceríamos su poder potencial y por lo tanto seríamos capaces de manejarlo. Nunca se enteraría. Sería nuestro títere, Septimius.
Sólo si no encuentra ese documento -dijo Severus y luego agregó- ¿Y si no está de acuerdo en apoyarme?
Entonces, puedes matarlo y permanecerá oculto para siempre a pesar de su sangre dorada. No es como si nunca antes hubieras dado ese tipo de órdenes, Septimius. Después de todo, hiciste matar a tu sobrino porque su latín defectuoso te avergonzaba públicamene. Y has hecho cosas peores y nunca ha habido represalias. Las profecías pueden ser interpretadas de más de un modo, Septimius.
No puedo hacerlo, no puedo hacerlo. Te estás olvidando de la otra profecía.
¡Entonces encarcélalo en Roma y déjalo que se pudra! -Plautianus estaba perdiendo la paciencia.
Todo lo que dice ha ocurrido, Plautianus, salvo las últimas líneas... y esas líneas se refieren a Glaucus.
¡Al que tienes en tus manos!
Tiene la misión de limpiar el nombre de su padre y revelar que Maximus era el auténtico heredero de Marcus Aurelius, no yo. Y eso puede significar el fin de mi dinastía antes de que ésta siquiera comience. ¡Mis hijos deben heredar el trono, no el hijo de Maximus!
Plautianus cambió su tono.
Lo harán, lo harán -dijo tranquilizadoramente. No había modo de razonar con Septimius cuando éste se hundía en la desesperación a causa de las profecías.
El emperador desenrolló cuidadosamente el papiro que tenía en sus manos y extendió el mapa astral.
Retírate -le ordenó- Tengo trabajo que hacer.
Plautianus se obligó a disimular el enojo que le produjo el ser despedido en esos términos. Después de todo, era el hombre más poderoso del imperio después del emperador. Bien, mientras su primo se entregaba a sus horóscopos y profecías, él haría algo más tangible... le echaría una mirada a la razón de sus problemas. Después de todo, Septimius creía que él no podía matar al cachorro de Maximus... pero no había nada capaz de detener a Plautianus si éste se proponía hacerlo.