Cuando terminó de trazar el horóscopo, las manos de Severus estaban temblando.
Se levantó del su trono tambaleando, giró hacia atrás y tropezó, golpeando el busto de mármol y derribándolo al suelo donde se partió en pedazos antes de poder afirmarse sobre sus pies, aferrándose a la base. Pateó amargamente los pedazos, soltando un grito de dolor cuando los inflamados dedos de su pie conectaron con ellos y haciendo que un guardia entrara corriendo a la estancia.
¿Mi Señor? ¿Te encuentras bien, Mi Señor?
¡Sí, sí! ¡Fuera de aquí!
El confundido guardia comenzó a girar para retirarse.
¡Espera! -gritó Severus. Se obligó a calmarse antes de seguir hablando- ¿Tienen aquí un templo de Mithras?
Por supuesto, Mi Señor. Se encuentra en una cueva cercana.
Preparen un toro para sacrificio.
Sí, Mi Señor -dijo el guardia mientras apartaba la mirada del busto del emperador, el cual yacía en el suelo, boca abajo y roto. De seguro un mal augurio, pensó, mientras se retiraba rápidamente.
Severus gimió, un sonido bajo y plañidero y no le importó en absoluto quién pudiera escucharlo. Oh, aquello era terrible. Con aquel horóscopo las cosas habían pasado de mal a peor. El emperador se enderezó lentamente y dio unos pasos tentativos, obligando a su cuerpo maltrecho a aceptar su peso. Forzó su rostro a disimular el dolor que sufría y caminó lentamente en torno a su escritorio. Jamás permitiría que los soldados lo vieran cojear... jamás. Para el momento en que llegó al frente del escritorio caminaba con mayor firmeza y con la espalda recta, pero casi se dobló de dolor cuando miró de reojo la carta astral.
En efecto, Glaucus había sido enviado por los dioses para atormentarlo.
Leo. El hijo de Maximus era Leo... un León. La única constelación cuyo regente era una estrella no un planeta o un satélite... la constelación superior del zodíaco. Como Leo, Glaucus sería un líder natural, fuerte, orgulloso y apasionado. "Y está consciente de sus poderes", pensó Severus, "y desea reconocimiento a causa de ellos". Bien, Glaucus conseguiría ese reconocimiento si lograra persuadir al ejército de ponerse de su lado y desafiara al actual ocupante del trono. Severus tragó su propia bilis. Y era ambicioso... una clara indicación de que quería el trono porque, ¿qué mayor ambición podía tener un hombre? Un ser superior. Un gran hombre... estaba en sus estrellas.
Con Mercurio y Júpiter en posiciones tan favorables, Glaucus triunfaría en cualquier cosa que emprendiera. Era un hombre que podía mandar, hacerse cargo. "Oh, es el hijo de su padre", pensó Severus. Probablemente, Maximus también había sido un Leo y nacido bajo condiciones igualmente favorables. Pero... y aquí estaba la primera posible buena señal... Mercurio estaba ligado al concepto de la libertad y su pérdida sería difícil de soportar para Glaucus. Severus pensó en el joven sentado en la prisión y sonrió. Se preguntó, fugazmente, cuánto tiempo sobreviviría en Roma, encerrado en la Prisión Tullia, donde los hombres eran arrojados por una trampa abierta en el suelo a los calabozos subterráneos que a veces compartían cientos de hombres enfermos y próximos a morir, sus cuerpos dejados allí para que se pudrieran.
Severus se obligó a sí mismo a apartar sus pensamientos de tan malignas diversiones y a concentrarse nuevamente en el horóscopo. Glaucus también era un hombre de los que dicen lo que piensan sin ninguna diplomacia y eso podía actuar en su contra. La impetuosidad podía ser una desventaja, a menos que la gente lo considerara un atractivo. Hablar sin subterfugios no servía en los círculos políticos, donde todos hablaban en forma oscura, aunque el horóscopo indicaba que era capaz de escuchar y entender otros puntos de vista diferentes del suyo.
Pero Marte... oh, Marte. La posición de Marte lo mostraba como un hombre capaz de triunfar en cualquier cosa que se propusiera. El trono sería suyo, gimió Severus. Pero la posición de la Luna traía una tenue esperanza. Glaucus era demasiado joven e inexperto al embarcarse en su misión y su inocencia podía costarle cara. Severus sonrió satisfecho al ver que el joven podría tener problemas a la hora de encontrar una emperatriz. Le gustaba desparramar su simiente y no podía pasar mucho tiempo sin una mujer... sin mujeres en plural porque se resistía a las ataduras. Cualquier emperatriz digna de ser emperatriz no estaría nada contenta con algo así.
Pero sus estrellas lo describían como un hombre próspero, un hombre que viviría la vida sofisticada de un aristócrata... "o de un emperador", rezongó Severus. Por otra parte, Urano lo mostraba marchando al exilio... o embarcado en un muy largo viaje que duraría muchos años. Severus no estaba del todo seguro sobre lo que esto significaba. ¿Acaso la actual búsqueda de Glaucus implicaría un viaje o era algo que le estaba reservado para otro momento de su vida y lo mantendría lejos de su hogar durante años? Los emperadores vivían en una especie de exilio permanente, siempre viajando por el imperio y sin pasar mucho tiempo en ninguna parte de éste. Severus pensó en su hogar en Africa y en el mucho tiempo que había transcurrido desde que lo viera por última vez.
El emperador contempló el mapa con el ceño fruncido. A veces, se podían obtener más revelaciones sobre el futuro de un hombre estudiando la posición de las estrellas al momento en que éste había sido concebido. Severus volvió a sentarse y acercó a él el mapa al tiempo que tomaba sus instrumentos de cálculo matemático. Poco después hundió la cabeza en sus manos demasiado abrumado para siquiera gemir. Nueve meses antes del día en que Glaucus naciera el Sol, la Luna y los planetas Júpiter, Mercurio, Marte y Venus se habían formado en una línea imaginaria que había atravesado una constelación... la constelación de Leo. Esa enorme concentración de poder indicaba que un ser extraordinario nacería al cabo de nueve meses... y ese ser era Glaucus.
Poco después de la medianoche, una pequeña procesión iluminada por antorchas se abrió camino entre las colinas en dirección a la cueva dedicada al culto de Mithras, el dios de las armas, los soldados y los ejércitos. Pesadamente sedado contra el dolor, Severus recorrió el trayecto en la oscuridad con pocos tropiezos sobre el sendero de roca, los cuales fueron ocultados por la guardia pretoriana que lo rodeaba. Severus se detuvo ante la entrada de la cueva y la procesión hizo alto detrás de él. Cuernos de toro adornaban la entrada... siete cuernos representando los siete grados del Mitraísmo, cada uno de los cuales protegido por uno de los siete cuerpos celestiales.
Siete.
Severus no tenía intención alguna de perder el tiempo con la ceremonia e irrumpió en la cueva. Estaba vacía salvo por las antorchas y un altar de piedra donde un joven soldado de ojos azorados sostenía un ganso que luchaba por soltarse.
¿Dónde está el toro? -demandó el emperador.
El joven soldado parecía a punto de desmayarse, de modo que Vesnius respondió por él.
Nos quedaba sólo un toro, Mi Señor, y lo sacrificamos la semana pasada. Todavía no nos llegó la nueva partida.
¡Qué modo tan burdo de manejar un campamento! -escupió Severus- El ave tendrá que ser suficiente. Sal de mi camino -le dijo al soldado pero el aterrado muchacho soltó al ganso demasiado rápido y éste extendió de inmediato sus enorme alas y las batió en la cara del sorprendido emperador, al tiempo que saltaba del altar.
El ganso no pudo ir muy lejos antes de estrellarse contra la pared de piedra oscura y de inmediato cambió de dirección, aleteando y chillando a medida de que se asustaba más y más a causa del encierro, volcando los braseros en los que ardía en incienso y faltando poco para que hiciera lo mismo con las antorchas.
¡Atrápenlo! -gritó Severus.
Varias manos se tendieron simultáneamente hacia la enorme ave pero lo único que lograron fue quedarse con algunas plumas entre sus dedos. Nadie se atrevió a reír.
Dándose cuenta de que el ave tarde o temprano percibiría las corrientes de aire y seguiría su dirección, Vesnius se apostó en la entrada. No tuvo que esperar mucho antes de que el ganso chocara con él. Vesnius se arrojó sobre él, usando todo su cuerpo para sujetarlo. Tuvo que esconder la cabeza cuando el ganso siseó y trató de picarlo en la cara, pero finalmente se las arregló para entregárselo al ceñudo emperador y sostenerlo hasta estar seguro de que Severus lo tenía bien sujeto.
Con su pecho subiendo y bajando trabajosamente, Severus sujetó el pescuezo del animal con una mano y con la otra se arrancó la capucha de su capa elaboradamente bordada. Dejando de lado la formalidad de la plegaria, extrajo de su cinturón un puñal de empuñadura enjoyada, lo sostuvo en alto produciendo una sombra que se proyectó bien alto en las curvas paredes circundantes de piedra gris y luego lo hundió en el pescuezo del animal, haciendo que su oscura sangre bañara sus manos y salpicara su rostro. Sostuvo al animal que se retorcía hasta que éste dejó de moverse y luego hundió el puñal en su esófago y lo abrió en canal, haciendo que las entrañas se derramaran en sus manos.
El general Vesnius miró con curiosidad mientras el emperador dejada la daga de lado y hundía ambas manos en la cavidad abdominal del ave, depositando las entrañas goteantes sobre el altar y luego arrojando el cuerpo violentamente a un lado. Este golpeó contra la pared y se deslizó hacia el suelo, dejando a su paso un rastro de sangre sobre la roca.
¿Cómo esperan que vea? ¡Tráiganme una antorcha! -demandó Severus y el soldado se apresuró a obedecer.
Plautianus se adelantó hacia su primo una vez que el trabajo sucio estuvo hecho y hubo menos riesgo de que su uniforme saliera manchado y se ubicó junto a él.
¿Bien? -le preguntó mientras Severus alzaba las entrañas para examinarlas.
Esto no es bueno -murmuró el emperador- Oh, no es nada bueno. Mira esto, Plautianus... el corazón es más grande de lo normal -Severus arrojó el órgano humeante al suelo- y hay quistes en los intestinos.
Poca cosa -comentó Plautianus con aire casual.
¡No es poca cosa! Un ave joven como ésta debió haber sido tan impecable por dentro como lo era por fuera. Son malos augurios, Plautianus. Malos augurios -Severus miró al comandante de los pretorianos- ¿Ahora crees que puedes decirme que lo mate sin preocuparme por las consecuencias?
Descartando cualquier otra posible convención relacionada con la fe, Severus se fue pisando en forma irregular, seguido apresuradamente por cuatro pretorianos.
Plautianus se tomó las manos a la espalda y miró al joven soldado, quien había tratado de disolverse en las sombras.
¡Tú! -dijo
¿Sí, señor? -respondió el muchacho, dando un paso adelante.
Limpia esto, luego repórtate a la prisión. Permanecerás encarcelado durante una semana por haber sido descuidado en el manejo del ave.
Al muchacho se le cayó el alma al piso.
Sí, señor.
El comandante pretoriano salió de la cueva haciendo ondular su capa en un remolino, mientras Vesnius trataba de consolar al infortunado muchacho. Para el momento en que Plautianus llegó a la casa de piedra en el praetorium, Severus estaba sentado otra vez en su trono, con su pie dolorido una vez más apoyado en el taburete.
- ¿Por qué no te vas a la cama? -sugirió Plautianus, no porque le preocupara en lo más mínimo la salud de su primo sino porque él mismo quería acostarse. Pero el emperador no lo oyó. En cambio, Severus estaba sentado como en trance, recitando las temidas palabras que conocía de memoria:
Veinte años después de la llegada del Sabio Emperador
Roma caerá en manos de un Perro Rabioso sin corazón
Será el primer hijo en muchos años en llegar al trono
Pero este hijo no es hijo y sus manos están tintas de sangre
Y la traición anida en su negro corazón y su alma negra
El hijo que no es hijo sino un Perro Rabioso sin corazón
Esclavizará al Estado mientras a diario se baña en sangre
Pero Uno emergerá de las sombras del pasado
Uno que esta muerto pero muerto no está
El es el Elegido, aquel que debió ser hijo
Aún en triunfo el Perro Rabioso vivirá en soledad y miedo
Temeroso de sus enemigos, odiado por su propia sangre
Su miedo aumentará cuando aparezca El Elegido
Porque sabrá que está condenado y condenado estará
El Elegido es aquel que traerá nuevamente la luz
Pero será traicionado, no una sino muchas veces
No por uno sino por muchos, aún por aquella que lo ama
Condenado está El Elegido pero no será derrotado
Volverá de la Muerte para traer justicia y verdad
El hijo que no es hijo y aquel que debió ser hijo
Ambos están condenados, su sangre manará junta más no se mezclará
Se ha ido el Perro Rabioso, también se ha ido El Elegido
Pero antes de volver a las sombras para ya no regresar
El Elegido traerá de regreso el sueño del Sabio Emperador
Pero el sueño dorado del Sabio no se hará realidad.
El Elegido se habrá ido y tras él vendrá la oscuridad
Porque la oscuridad es el precio por traicionar al que era la luz
Diez años y dos más de oscuridad, sangre derramada y muerte
Diez años y dos más de traición y asesinato, mentiras y guerras
Luego llegará el momento de que Aquel Que Es de Hierro triunfe
Pero no traerá de regreso la luz porque él también es oscuridad
Aún cuando su oscuridad es oscuridad de otro tipo
Conquistará, reinará, traicionará y será temido
Pero está condenado como los otros y su sangre lo pagará
Enfrentará muchos peligros y saldrá de ellos victorioso
Pero esos peligros no son peligros, el verdadero peligro es el Secreto
El Perro Rabioso vivirá con miedo y Aquel Que Es de Hierro también
Porque uno matará y traicionará y el otro traicionará y mentirá
Ambos traicionando al Elegido, ambos condenados y con miedo
Aún traicionado y muerto, El Elegido no será derrotado.
Porque volverá para traer justicia y reinar aunque sólo por un instante
Y aunque traten de borrar su nombre y hacer que sea olvidado
El es El Elegido y su sangre vive aún cuando vive en secreto
Porque dejará un Heredero de su sangre y su nombre y su derecho
Y el Heredero no está condenado porque los dioses le sonríen
Tendrá una misión que cumplir, un deber hacia su padre
Porque el nombre del Elegido será ensuciado
Muchos amarán al Heredero pero otros tantos lo temerán y odiarán
Cuídense aquellos que le desean mal porque no es solo Heredero sino Bendito
Y la sangre de quien se atreva a derramar la suya, sangre maldita será.
El atrio estaba casi completamente oscuro. Los esclavos no habían venido a encender antorchas. Sólo la escasa luz de la luna brillando en el patio y a través de la abertura del domo iluminaba ligeramente la estancia, arrojando en los rincones sombras de un azul oscuro. Maximus estaba sentado en el suelo, con los brazos extendidos por encima de su cabeza, la cual estaba ladeada sobre su hombro. Con los párpados semi entornados por el sueño miraba hacia la oscuridad sin ver, su mente piadosamente adormecida por la falta de descanso, agua y comida. En ese estado sonambulístico, sus ojos comenzaron a jugarle malas pasadas. Una de las estatuas fantasmales pareció moverse ligeramente. Luego, se desprendió de su hornacina y flotó hacia él. La vio acercase sin reaccionar. Estaba más allá de toda posible reacción.
Maximus -susurró la estatua- Maximus.
Se acuclilló junto a él y extendió hacia su rostro una mano muy blanca. Pero la mano que se apoyó en su mejilla era cálida y tierna, no fría como el mármol. Forzando sus ojos a enfocarse, Maximus se encontró a sí mismo contemplando el rostro de una mujer.
Ella le acarició la mejilla tiernamente, murmurando su nombre una y otra vez.
Maximus, ¿me recuerdas?
¿Recordarla? Parpadeó y entrecerró los ojos. ¿Se suponía que conocía a esa mujer de cabello elaboradamente peinado y adornada con joyas refulgentes? Movió la cabeza en forma negativa, su gesto apenas distinguible. Luego, se pasó la lengua por los labios resecos.
Traje agua, Maximus. Voy a llevarte un vaso a los labios.
A pesar de sus palabras, el líquido lo tomó por sorpresa y se ahogó ligeramente antes de poder primero probarlo y luego tragarlo con avidez, su sed repentinamente agobiante. Ella apartó el vaso.
Más.
Pronto. Pronto tendrás vino y comida y descanso. Oh, Maximus, ¿cómo llegaste a esto?
Su mente aún no funcionaba plenamente.
Los guardias me encadenaron a estas columnas.
Lo sé, Maximus. Lo que quiero decir es, ¿cómo te convertiste en esclavo? ¿Cómo el más importante general de Marcus Aurelius acabó convertido en esclavo gladiador?
Su rostro se ensombreció.
¿Quién eres? -preguntó.
La mujer alzó una mano y lentamente retiró las horquillas que sostenían su cabello, dejándolo caer sobre sus hombros en suntuosas ondas. Se inclinó hacia él de tal modo que la mano de Maximus pudiera alcanzar sus rizos. La sintió temblar mientras él primero tocaba tentativamente su cabello y luego hundía sus dedos en los sedosos mechones.
Julia -suspiró Maximus- Julia. Ahora reconozco tu aroma... tu perfume.
Sí -ella le tomó el rostro entre sus manos y lo besó en la frente, las mejillas y la nariz- Estás a salvo, Maximus. Nadie va a hacerte daño.
El hombre...
Es un amigo. Fui yo quien te hizo traer aquí, no él. Soy la dueña de esta villa.
Maximus aún estaba confundido.
¿Es tu esposo?
Julia sonrió.
No, Maximus, sólo un amigo. Mi esposo murió.
Maximus dejó caer sus brazos, los cuales quedaron otra vez suspendidos de las cadenas. Movió lentamente la cabeza tratando de comprender la situación.
Pensé...
Julia se sentó en el suelo muy cerca de él, siempre acariciándole la cara.
Tuvimos que hacerlo de ese modo, Maximus. Tu amo se habría negado a negociar con una mujer.
Maximus soltó un suspiro tembloroso.
Me temo que Apollinarius llevó su actuación demasiado lejos. Está fascinado contigo pero se pasó de sus límites. No queríamos asustarte.
Maximus tendió una mano hacia ella, las cadenas arrastrándose contra el mármol de la columna, pero no pudo alcanzarla porque se encontraba sentada directamente frente a él.
Julia... te ves tan pálida.
Julia cerró los ojos por un momento, dejando que el profundo retumbar de su voz la envolviera en su tibieza como el sol lo hacía con la arena de la playa situada más allá de los árboles.
Es sólo la luz, Maximus.
Tu cabello sigue siendo luminoso como... ¿cómo un amanecer? -Julia se movió de modo tal de que él pudiera volver a acariciarle el pelo- Tan suave como lo recuerdo. Nunca creí que volvería a verte -susurró Maximus.
Julia giró la cabeza para besarle la palma de la mano. Cuando volvió a hablar, había lágrimas en su voz.
Apollinarius drogó a los guardias pero tomó mucho tiempo para que esos brutos se durmieran. Tenía miedo de que volvieran en cualquier momento por eso no pude venir antes -echó una mirada hacia el patio- Apollinarius traerá la llave de las cadenas tan pronto como pueda y te soltaremos- Julia se deslizó hacia delante y le envolvió las rodillas dobladas con sus largas piernas, luego volvió a tomarle el rostro entre sus manos- Oh, Maximus, ¿qué te ocurrió?
Es una larga historia -de golpe soltó una risita carente de todo humor- Ahora tú eres libre y yo no.
En la distancia, se escuchó el abrir y cerrar de una puerta y Maximus miró por sobre el hombro de Julia para ver a su atormentador, el hombre de cabello blanco al que ella llamaba Apollinarius, acercarse trayendo una linterna.
Lamento haber tardado tanto -dijo éste desde el extremo del atrio- Creí que esos bastardos iban a beberse toda la bodega. Ahora están bien dormidos.
Encendió algunas antorchas y la enorme estancia se iluminó con una suave luz dorada. Tendiéndole una mano, el hombre ayudó a Julia a ponerse de pie y luego se dirigió a Maximus, quien permanecía sentado en el piso.
General Maximus, disculpe el engaño y cualquier incomodidad que yo le pudiera haber causado. Pero era necesario, se lo aseguro. Ahora vamos a quitarle esas cadenas y a llevarlo a un lugar más cómodo. Hay comida y vino esperándolo y vamos a sacarlo de aquí -dijo mientras soltaba las cadenas que sujetaban al gladiador y las dejaba caer ruidosamente.
Las piernas de Maximus habían permanecido dobladas bajo su cuerpo durante tanto tiempo que se habían entumecido y fue necesaria la ayuda de Julia y Apollinarius para que pudiera pararse. Tras unos primeros pasos torpes, Maximus recuperó la sensibilidad y, flanqueado por la pareja, se encaminó hacia el lugar donde había creído ver que una estatua cobraba vida. Apollinarius abrió una pesada puerta de roble tallado y se hizo a un lado para permitir que Julia y Maximus pasaran a un amplio corredor que terminaba en una escalera de mármol suavemente curvada. En lo alto de la escalera había otra puerta y, más allá de ésta, una cámara bien iluminada. Aquel era un departamento privado dentro de la villa y se encontraban en una sala de estar amplia y elegantemente amueblada que se abría sobre una terraza particular bañada por la luz de la luna. Dos gatos dormitaban en un diván, con absoluto desinterés por lo que ocurría a su alrededor. Un tercer felino dormía en una silla. A través de una puerta abierta podía verse un dormitorio. Otras dos puertas daban a la sala pero estaban cerradas. Maximus nunca había estado en el palacio imperial de Roma pero no podía imaginar que fuera más lujoso que el lugar en el que se encontraba.
Maximus contempló a Julia. Era tan exquisita como la recordaba, con su largo cabello rubio rojizo cayendo en suaves ondas sobre sus hombros desnudos. Le tendió los brazos y Julia se arrojó en ellos, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello al tiempo que se echaba a llorar.
Los dejaré solos -dijo Apollinarius con una sonrisa mientras dejaba el candado y las cadenas sobre una mesa.
Maximus asintió con la cabeza, incapaz aún de perdonar al hombre por hacerle creer que iba a pasar una semana como su "huésped". Apollinarius cerró la puerta.
Maximus abrazó a Julia y susurró:
Todo va a estar bien, Julia. Todo va a estar bien.
Ella se apartó por un momento y se secó los ojos con la mano.
¿Ahora eres tú el esclavo y aún así me consuelas?
Maximus se encogió de hombros y sonrió.
Es un hábito -su actitud se transformó en una de franca curiosidad- ¿Qué quiso decir tu amigo cuando mencionó que me iban a sacar de aquí?
Una mirada de urgencia y excitación brilló a través de las lágrimas de Julia.
Lo tenemos todo arreglado, Maximus. A primera luz del día, mucho antes de que los guardias despierten, te llevaremos secretamente a bordo de un barco que zarpará de inmediato para España. Estarás en alta mar antes de que nadie sepa que te fuiste. Les diremos que te escapaste y... -su voz se diluyó mientras Maximus le sonreía tiernamente y negaba con la cabeza.
No tengo razón alguna para volver a España. Tengo todas las razones posibles para permanecer en Roma.
Pero tu esposa... tu hijo.
Una sombra de dolor cruzó su rostro.
Muertos. Asesinados por los pretorianos de Commodus. Tal como yo debería haber muerto en sus manos.
A Julia se le doblaron las rodillas y Maximus la sostuvo por los brazos. Luego, la guió hacia una silla. Ella lo contempló, sus ojos muy grandes en su rostro pálido y Maximus se acuclilló a su lado sujetándole las manos.
¿Están muertos? -repitió, como si decir aquellas palabras en voz alta le ayudara a creerlas- Esto... esto cambia las cosas -Julia miró a su alrededor como si estuviera tomando nota de sus pertenencias- Necesito sólo un momento para empacar algunas cosas y luego puedo ir contigo. Nosotros...
No, Julia. No puedo irme.
Debes irte, Maximus. Morirás en la arena.
Sí.
¿Te irás? -preguntó ella, con la esperanza de que aquel "sí" significara que había cambiado de opinión.
Sí... moriré en la arena.
Julia aferró sus brazos y buscó respuestas en sus ojos azul verdosos.
No entiendo. Te estoy ofreciendo tu vida... tu libertad.
Mi vida está terminada. Se terminó el día en que encontré los cadáveres de mi esposa y mi hijo. En aquel momento quise morir. Fue un capricho del destino que no lo hiciera... un destino que me puso en la posición desde la cual puedo hacer que el hombre que mató a mi familia lo pague con su vida. Planeo hacer que así sea. Luego, moriré.
Julia estaba aturdida.
Maximus, ¿debo salvarte de ti mismo?
Julia, por favor, entiende que no soy el hombre que conociste.
Lo eres -otra vez había lágrimas en su voz.
No. Ese hombre ya no existe. Soy un esclavo. Un gladiador. Mato para entretener a la gente. Mi muerte entretendrá a la multitud. No soy nada. Mi vida no merece ser salvada.
Julia se sacudió sus manos y se puso de pié, luego empezó a dar vueltas por la habitación. Maximus también se paró, notando el delicioso ondular de sus caderas esbeltas y la curva de sus senos mientras ella se mordía la uña del pulgar en clara señal de frustración. Era tan hermosa.
Repentinamente, Julia giró en redondo, su actitud completamente transformada.
Maximus, extiende las manos.
El arqueó las cejas interrogativamente.
Hazlo -Julia se le acercó.
Se preguntó qué habría provocado su repentino cambio de actitud pero extendió los brazos obedientemente, las manos juntas, las palmas hacia abajo. Rápidamente, Julia sacó el candado de donde lo tenía escondido detrás de su espalda y trató de sujetarle las muñecas, fallando en su apuro. Maximus empezó a retirar las manos cuando vio lo que ella iba a hacer pero se obligó a sí mismo a relajarse hasta que el candado estuvo cerrado. ¿Le habría cobrado miedo repentinamente? Mantuvo las manos extendidas de modo tal de que ella pudiera ver que había logrado su objetivo y volvió a arquear las cejas en señal de interrogación. Julia miró sus muñecas encadenadas como si no pudiera creer lo que acababa de hacer. Maximus permaneció quieto y la estudió con curiosidad. Ella lo miró sólo un instante antes de regresar a la mesa de la que había tomado el candado y volver hacia él con las cadenas. La expresión de Maximus pasó de la curiosidad a la irritación y dejó caer sus brazos.
Dame las manos -ordenó Julia pero su voz sonó cualquier cosa menos segura de sí misma.
Maximus estudió su rostro pero ella evitó sus ojos.
Julia ... es suficiente.
Ella tragó saliva.
Dame las manos.
Maximus trató de provocarla.
¿Es una orden? ¿Domina le está ordenando al esclavo que se deje encadenar.
Julia se mordió el labio inferior pero rehusó responder. Simplemente se mantuvo firme. Maximus suspiró y volvió a levantar las manos, contemplándola mientras luchaba con las cadenas como un padre indulgente contempla a un hijo travieso. Habiendo logrado pasarlas por los anillos de los grilletes se detuvo confundida, los extremos de las mismas en sus manos, los pesados, duros eslabones contrastando intensamente con sus dedos largos y delicados.
Maximus quería decirle que su determinación de permanecer en Roma había sido cuidadosamente meditada pero no sabía cómo hacerle comprender. En cambio, divertido por la obvia inexperiencia de Julia en la manipulación de esclavos y su no menos obvio rechazo hacia lo que estaba haciendo, le sugirió a la ligera:
Tal vez quieras encadenarme a aquella columna, pero ten en cuenta que las cadenas pueden dañar el mármol.
La confusión de Julia se transformó en determinación y lo hizo girar y lo empujó, haciéndolo retroceder hasta que su espalda dio contra el frío mármol de una columna ubicada en el extremo opuesto de la habitación al que él había sugerido. Echó los pesados eslabones en torno a ésta, luego cruzó los extremos nuevamente al frente, forzándolo a doblar los codos y colocar las manos a la altura de la cintura. La confusión volvió a ganarla cuando se dio cuenta de que sostenía los extremos de las cadenas pero no tenía con qué sujetarlas.
No eres muy buena para esto, ¿verdad? Queda claro que no estás acostumbrada a restringir esclavos difíciles -dijo Maximus con ligereza, el humor evidente en su voz.
Era obvio que pensaba que aquello era una broma. Julia echó una mirada hacia la mesa donde había dejado la llave del candado y lo escuchó soltar una risita ahogada. Estaba demasiado lejos para alcanzarla. Furiosa, arrojó las cadenas, fue por la llave y giró en redondo, esperando encontrar que Maximus se había liberado de ellas. Pero él no se había movido. Volvió a tomar las cadenas y tiró de ellas hasta ajustarlas lo más que pudo, haciendo que Maximus soltara un gruñido de sorpresa. Abrió el candado, echó el cerrojo a través de los eslabones y volvió a cerrarlo. Luego, dio un paso atrás y se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos y los dedos apretados contra su boca, anonadada por lo que acababa de hacer. Había encadenado a un hombre... a un esclavo. Había encadenado a Maximus.
El le devolvió su mirada azorada con una mirada firme.
¿Es lo que querías?
El ligero tono de sarcasmo en su voz la devolvió a la urgencia de la situación.
Lo que quiero es verte a bordo de ese barco.
Julia...
Haré que unos marineros te lleven a la rastra y te encierren en la sentina.
¿Qué hay si el capitn no lo permite?
Lo permitirá. Soy la dueña del barco y él es mi empleado, Maximus. De hecho, soy dueña de una flota -con un gesto, Julia se echó el cabello hacia atrás.
Maximus asintió, su rostro todo un estudio de indisimulada admiración.
Estoy impresionado. Por cierto que no eres la misma mujer que conocí hace... ¿cuántos años?
No he cambiado tanto, Maximus, y tú tampoco has cambiado. Nuestras circunstancias son diferentes pero somos los mismos de entonces.
Julia, si no estoy aquí cuando Proximo regrese, matará a un hombre que me salvó la vida. No puedo permitir que eso pase. Juba no debe morir por mi libertad.
Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas.
Tal vez no lo haga... tal vez Proximo no lo dijo en serio.
Proximo no puede permitir que un esclavo escape impunemente. Los demás propietarios de gladiadores demandarán un castigo ejemplar para demostrar a sus esclavos que algo así no será tolerado. No me sorprendería que exigieran que Proximo ejecutara a todos sus gladiadores como castigo por su descuido. No podría vivir sabiendo que causé la muerte de hombres que considero mis amigos. Además, no existe rincón del imperio que Commodus no registrara hasta encontrarme. ¿Qué importa si muero en algunas semanas o en algunos meses?
¿Todo por venganza? ¿Vives para la venganza? ¿Te quedas por venganza?
Maximus bajó la vista y dijo quietamente:
Hay más que eso... mucho más.
Entonces explícame porque no entiendo.
Maximus miró hacia la mesa que había notado al entrar a la sala y en la que la cena estaba servida.
Me prometiste comida, vino y descanso. En cambio aquí estoy, otra vez encadenado.
Julia contempló su expresión divertida, sus fuertes brazos y piernas aún más musculosos de lo que recordaba, su torso sugestivamente envuelto en correas de cuero negro y hebillas... y estalló en lágrimas.
Te lo mereces. Te mereces estar encadenado -sollozó.
Maximus quiso acercarse a ella pero las cadenas se lo impidieron.
¿Julia?
¿Cuántos años han pasado, Maximus? ¿Es eso lo que preguntaste? Bien, puedo decirte exactamente cuántos años y meses y días y horas han pasado desde el momento en que vestido con tu uniforme de general me dijiste adiós... ¡y me echaste de tu vida!
Los gatos estaban ahora completamente despiertos y miraban a Julia con ojos muy redondos. Uno de ellos corrió detrás del diván mientras otro se acercó con cautela, sus ojos verdes llenos de curiosidad pero en guardia.
Prudentemente, Maximus permaneció callado.
Me has obsesionado... cada hora de cada día durante los últimos seis años he pensado en ti y me he preguntado dónde estarías, qué estarías haciendo y si estabas bien. Te imaginaba en los brazos de tu esposa y lloraba sabiendo que no podía tenerte.
Maximus miró la alfombra.
Lo siento -susurró.
No lo sientas, Maximus. ¿No te das cuenta? Muchas veces mi amor por ti fue mi única razón para seguir viviendo. He sufrido de amor por ti, Maximus... desde el primer día en que te vi... y cada día desde entonces.
Maximus miró el techo y parpadeó, los músculos de su garganta contrayéndose al tiempo que tragaba pesadamente. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el mármol veteado de oro al que estaba encadenado.
La furia agónica de Julia no se había agotado.
Pero nunca volviste a pensar en mí, ¿verdad, Maximus? Estabas demasiado ocupado con tu familia y salvando al imperio como para volver siquiera a pensar en aquella muchacha que no era más que una esclava prostituta.
No es cierto -susurró Maximus, sus ojos aún cerrados.
Julia se le acercó y lo aferró por los brazos, su voz ahogada por la urgencia.
Entonces, ¿por qué no respondiste a mi carta?
Ni Julia ni Maximus oyeron abrirse la puerta del departamento ni se dieron cuenta de que Apollinarius se encontraba a punto de entrar pero se detuvo al escuchar las últimas palabras. "Oh-oh", murmuró y volvió a salir sin hacer notar su presencia.
¿Tu carta? -Maximus contempló el rostro de Julia tan cerca del suyo, su tono lleno de perplejidad.
Ella giró para alejarse, luego volvió a enfrentarlo con las manos apoyadas en sus caderas y la cabeza ladeada acusatoriamente.
- Me confirmaron que la recibiste. No trates de decirme que no fue así.
Si, la recibí. Yo...
¡Pero no respondiste!
Julia -la palabra sonó como un ruego de comprensión- Me llegó cuando estaba en Castra Regina. Arribó unas pocas horas antes de que mi campamento fuera atacado por los bárbaros. La leí, Julia, y hasta empecé a responderla pero... no tuve tiempo. Julia... estaba en guerra. Mi propia fortaleza fue atacada unos días después y perdí cientos de hombres. Fui malherido...
Ella cruzó los brazos, su rostro arrebolado.
Pudiste contestarla después.
La carta se perdió. Debió haberse traspapelado en mi tienda porque no pude encontrarla.
¿Cómo fue que perder mi carta te impidió escribirme?
Maximus se pasó la lengua por los labios resecos.
No podía recordar tu nombre de casada o dónde vivías. Le pedí a mi sirviente que la buscara pero tampoco él pudo encontrarla. ¿Sabes quién la encontró, Julia? ¿Sabes quién terminó por encontrarla?
Julia apretó los labios en una línea obstinada.
Mi esposa, ella la encontró. Estaba conmigo en Vindobona. Tuve que explicarle quién eras y porqué tenía en mi poder una carta -que Olivia estaba convencida de que era una carta de amor- de una mujer a la que nunca le había mencionado.
Fue como si no lo hubiera escuchado.
Si hubieras querido encontrarme, hubieras hecho averiguaciones y me hubieras hallado.
Repentinamente, Maximus estalló en un paroxismo de furia y se revolvió contra sus cadenas.
¡ESTABA EN GUERRA! ¡ERA UN GENERAL RESPONSABLE DE UN EJERCITO!
Julia retrocedió de un salto, llevándose una mano al corazón. Nunca lo había escuchado levantar su voz profunda y resonante, ni siquiera durante aquel precario lapso junto al Mar Negro durante el que habían trabajado juntos para detener el complot de Cassius para destronar a Marcus Aurelius. Su ira la atravesó como un rayo. Extendió sus manos para aplacarlo pero la furia de Maximus rugió y atronó como una tormenta marina.
¡Estaba luchando por salvar ciudades romanas, vidas romanas, soldados romanos! ¡Estaba luchando por preservar un imperio! ¡Pero perdí, Julia, lo perdí todo! ¡Mi familia, mi emperador, mi ejército... mi libertad! ¡Y durante todo ese tiempo, tu estabas preocupada por una maldita carta! -el pecho de Maximus subía y bajaba en forma trabajosa y su rostro estaba enrojecido. Dejó caer la cabeza y la sacudió tristemente- Y tú estabas preocupada por una maldita carta -repitió sonando totalmente agotado.
Su cuerpo se derrumbó contra la columna. De golpe, levantó la cabeza y rió amargamente.
¿Es eso lo que estabas haciendo esta noche, Julia? ¿Castigándome por la carta? ¿Fue por eso que fui atormentado por tu amigo Apollinarius y luego dejado colgar de esas cadenas durante horas, pensando que iba a ser violado... que iba a ser el esclavo sexual de tu amigo durante una semana? ¿Un esclavo sexual como tú misma fuiste? -Maximus volvió a apoyar la cabeza contra la columna- ¿Es por eso que me volviste a encadenar personalmente? ¿Para dejar en claro que ahora nuestras posiciones están invertidas?
No -los labios de Julia articularon la palabra pero ningún sonido brotó de ellos.
¿Tuviste suficiente venganza por una carta sin respuesta, Julia? ¿Por tu vida de esclavitud? ¿Me castigaste lo suficiente? -rió ásperamente- ¡Y me acusas de vivir por la venganza!
Julia se dejó caer en una silla, sus piernas temblorosas y su rostro pálido como el de una muerta. Su gata leonada subió de un salto a su regazo buscando atención pero ella ni siquiera se dio cuenta y el felino se bajó y se alejó indignado, su cola ondulando y en alto.
Maximus miró a la gata, agradecido por la distracción. Julia lo miró mientras él miraba a la gata y se preguntó miserablemente cuánto de verdad habría en sus palabras. ¿Era eso lo que había hecho... castigarlo por no haber respondido a su carta? ¿Castigarlo por haber nacido libre mientras que ella había nacido esclava? ¿Castigarlo por no amarla?
La gata subió ágilmente a la mesa en la que estaba servida la cena y comenzó a abrirse paso con delicadeza hacia los camarones. En un acto reflejo, Maximus se pasó la lengua por los labios, recordando repentinamente cuán cansado y sediento estaba.
Permanecieron remotos y en silencio, uno a cada lado de la habitación y frente al otro, los dos sufriendo indecible dolor y angustia, incapaces de ofrecerse mutuo consuelo.
Por último, Julia se obligó a ponerse de pie. Tomó la llave y se acercó lentamente a Maximus. Sin decir palabra, soltó las cadenas y las dejó caer al suelo. Maximus miró sus manos, no su rostro.
Estoy cansada, Maximus, y es casi de día -dijo Julia con los ojos fijos en el pecho de él- Necesito dormir un poco y estoy segura de que tú también lo necesitas. No... no te hice preparar una habitación porque pensé que a esta hora estarías a bordo del barco. Pero hay un segundo dormitorio en este departamento... -indicó una puerta cerrada con su cabeza- y es bien oscuro porque no tiene ventanas. Podrás dormir hasta tarde. Me temo que es un poco femenino. Nunca compartí este departamento con un hombre.
Aquello despertó la curiosidad de Maximus.
¿Tu esposo? -preguntó mientras retiraba las cadenas de los grilletes que rodeaban sus muñecas.
Sólo de nombre. Nunca intimamos. Cuando fui liberada de la esclavitud me juré a mí misma que nunca volvería a entregarme a un hombre salvo que lo amara. Sentía afecto por mi esposo, pero no lo amaba. De modo que... he vivido aquí sola.
Maximus ansiaba acariciar su mejilla pálida. Pero no lo hizo. Ansiaba estrecharla en sus brazos y protegerla de su propia miseria. Pero no podía.
Haré que Apollinarius encuentre el modo de quitarte esos grilletes y que te busque ropa adecuada y sandalias. Si vas a vivir aquí por una semana, lo mínimo que mereces es estar cómodo. Cuando te levantes podrás bañarte.
Maximus asintió y la siguió con la mirada mientras ella se dirigía hacia su dormitorio y cerraba suavemente la puerta. En cuanto ésta estuvo cerrada, la escuchó echarse a llorar.
Inquieto, Maximus miró hacia la puerta de la habitación que le había sido asignada, luego volvió a mirar la comida que estaba siendo manoteada, lamida y devorada por tres gatos, los que parecían haber arribado a la conclusión de que iba a ser desperdiciada. Al otro lado de la puerta, Julia seguía llorando.
Necesitado de aire fresco, Maximus salió a la terraza y apoyó sus manos sobre la balaustrada de mármol esculpido. La noche era oscura, con apenas un toque de claridad en dirección hacia el Este. Unas pocas luces provenientes de una ciudad cercana brillaban en la distancia pero, más allá de éstas, todo era oscuridad. Maximus aspiró profundamente. El mar. Ahora podía olerlo sin impedimento.
¿General?
Apollinarius estaba en el jardín, mirando hacia lo alto. Maximus comenzó a alejarse.
¡General! ¡Por favor! Déjeme explicarle y disculparme. Por favor.
A regañadientes, Maximus volvió a la baranda.
Gracias, señor. Como... como le dije, lamento haberle causado tanta molestia. Honestamente, no se me ocurrió que lo dejarían encadenado tanto tiempo.
Usted tenía la llave -respondió Maximus fríamente.
Sí, lo sé. Pero Julia vino y me pidió que le diera más tiempo a solas con usted. Sabiendo que íbamos a llevarlo al barco de inmediato... y lo mucho que ella lo ama... creí que Julia merecía tener tanto tiempo con usted como fuera posible.
Estuve solo todo el tiempo.
Ahora lo sé. Todo lo que puedo decir es que lo siento mucho. Julia es una mujer maravillosa y estoy tratando de entender por qué lo hizo. No creo que haya tratado deliberadamente de atormentarlo... no, no lo creo. Ella lo ama, señor, lo ama con todo su corazón. Descubrir que Maximus el gladiador era realmente su General Maximus casi acaba con ella. Durante todo este tiempo pensó que usted estaba a salvo y feliz y fue terrible descubrir lo contrario.
Maximus apoyó la cadera contra la balaustrada, cruzó los brazos sobre su pecho y contempló la oscuridad.
No estoy disculpando su comportamiento de esta noche, señor... ni el mío, dicho sea de paso. Fue... fue sorprendente tener a un hombre de su fuerza y poderío bajo mi dominio y admito que me aproveché de ello. Estoy muy avergonzado, se lo aseguro.
Maximus se pasó las manos por el cabello alborotándolo. Miró expectante hacia abajo, hacia Apollinarius. Aquella fue la señal para que el hombre de más edad continuara.
No pude evitar escuchar parte de su conversación con Julia... o mejor debería decir su discusión. No entiendo por qué Julia se mostró tan obstinada con el tema de la carta, general. Oh, se disgustó muchísimo cuando usted no respondió pero lo había superado. Por cierto, no había mencionado el tema en mucho tiempo. Ella... ella parecía necesitar algo tangible a lo que apuntar su... disgusto... y eligió la carta.
¿Su disgusto?
Sí. Verá, general, ella pensó que iba a salvarlo del mismo modo que usted la salvó... y a darle su libertad, como usted se la diera. Pero usted se lo impidió. Al no aceptar su oferta, eligió morir... eligió abandonarla otra vez.
Maximus suspiró.
Mi vida es muy compleja. Vista desde afuera puede parecer simple pero es muy compleja. Tengo una obligación que cumplir y debo cumplirla sin importar el precio. Y el precio probablemente sea mi vida.
General, usted elige la muerte por sobre la libertad que le ofreció Julia.
¿Elijo? Yo no tengo elección. ¿Por qué usted y Julia creen que tengo elección?
Apollinarius se mostró confundido.
Presuponía que...
Presuponen demasiado. Tengo obligaciones que cumplir. No tengo elección. Desdichadamente, Julia no encaja en mis obligaciones.
¿Desdichadamente?
Maximus empezó a apartarse de la balaustrada, luego regresó a ella y por unos momentos anduvo en pequeños círculos en obvia señal de frustración. Empezó a hablar, se detuvo, empezó de nuevo.
¿Qué le hace creer que no me halaga el hecho de que una mujer de su belleza e inteligencia me encuentre atractivo? ¿Qué le hace creer que si tuviera tiempo tal vez no podría corresponder ese amor? Pero no tengo tiempo, Apollinarius. No tengo elección. Mi presencia aquí lo hace todo mucho más difícil para ambos. Hubiera sido mejor que me dejaran en aquella celda en Roma.
No comprendí. Una vez más, general, lo siento.
Maximus se limitó a asentir con la cabeza y luego miró otra vez en dirección al Este, donde un sol dorado rojizo acababa de abrirse paso en el horizonte. Dorado rojizo, como el cabello de Julia. ¿Había sido un tonto al no aceptar su oferta y escapar de la esclavitud? ¿Había sido un tonto toda su vida al anteponer el deber a su propia felicidad? No sabía funcionar de otro modo. Desde los catorce años no había conocido otra cosa más que el deber. Con una última mirada al hombre en el jardín, Maximus regresó a la sala. Del dormitorio de Julia no le llegó sonido alguno.
Era casi la hora de cenar cuando Julia emergió de su habitación, su abundante cabellera revuelta y los ojos ligeramente hinchados por el sueño y las lágrimas. Apretó contra su cuerpo la bata de seda color crema y luego abri silenciosamente la puerta del dormitorio de Maximus. Un rayo de luz proveniente de la sala iluminó la cama... una cama que permanecía intacta. Con el corazón latiéndole desbocadamente, Julia volvió a cerrar la puerta. ¿Se habría marchado tras su conversación con Apollinarius? Al borde del pánico, giró en redondo y se detuvo de golpe. Maximus estaba tendido, roncando suavemente en el diván junto a la mesa donde había sido servida la cena; una de sus manos descansaba sobre su elegante gato negro, el cual ronroneaba contento sobre su pecho mientras éste subía y bajaba con cada aliento. Julia se acercó en silencio. El diván era demasiado corto para él y una de sus piernas sobresalía por el extremo mientras que la otra estaba doblada a la altura de la rodilla y su pie calzado con una bota descansaba sobre el piso. La túnica se le había subido, exponiendo la casi totalidad de sus piernas bronceadas y musculosas. Maximus no se había molestado en quitarse la coraza de cuero y Julia supuso que estaba muy habituado a dormir con armadura. La mano que no estaba apoyada sobre el gato caía contra el borde del diván, sus dedos ligeramente curvados.
Su cabeza estaba doblada en un ángulo incómodo y su cabello revuelto. Se acercó para poder admirarlo mejor y su pié pateó algo duro que rodó sobre la alfombra. La jarra de plata del vino para la cena. Vacía. No era de extrañar que Maximus no demostrara incomodidad alguna. La jarra había estado llena cuando Julia la viera por última vez y sabía bien que a sus gatos no les gustaba beber. Todo aquel vino en un estómago vacío.
Suavemente levantó al gato que estaba acurrucado sobre el pecho de Maximus, sosteniéndole la mano para que no cayera y lo despertara, y depositó al animal en el suelo, donde éste se estiró a gusto antes de subir de un salto a una silla. Julia se sentó en la alfombra junto al diván, levantó la mano de Maximus y apoyó su cabeza suavemente en el lugar tibio que el gato había ocupado para luego apoyar la mano que retenía en las suya sobre su cabello. El hombre dormido no se movió. Julia escuchó el latido fuerte y regular de su corazón a través del cuero y revivió las palabras que le había escuchado decir la noche anterior: "¿Qué le hace creer que si tuviera tiempo tal vez no podría corresponder ese amor?"
Julia había decidido que una semana sería tiempo suficiente.
La abertura de la puerta por la cual le hacían llegar su comida se abrió y Glaucus hundió los nudillos en el catre de cuero, se irguió y se dirigió hacia ella para retirar su ración matutina. Su mano apenas había alcanzado la bandeja cuando ésta fue retirada.
Muy gracioso -comentó el prisionero- No es suficiente que me tengan aquí encerrado... ¿ahora también tienen que atormentarme?
El alimento no reapareció pero la abertura permaneció sin cerrar. Glaucus se agachó y espió a través de la angosta rendija. Lo que vio fue otro par de ojos. Sorprendido, comenzó a apartarse pero luego se detuvo.
¿Hola? -dijo cautelosamente.
No obtuvo respuesta. Volvió a mirar a aquellos ojos... unos ojos extraños... unos ojos que no parpadeaban.
¿Hola? -volvió a intentar
No obtuvo respuesta.
Mi nombre es Glaucus. ¿Quién es usted?
Los ojos permanecieron fijos en él.
Mire, estoy dispuesto a compartir la comida si es que quiere un poco, pero agradecería que me dieran lo suficiente como para llenarme el estómago siquiera en parte.
No hubo respuesta alguna de parte de aquellos ojos.
Nervioso, Glaucus retrocedió hasta que el dorso de sus piernas tocó el catre y se sentó. Deseó que hubiera algún modo de cerrar la abertura. En la pequeña celda no había dónde escapar de esa mirada invasiva.
Finalmente, la abertura se cerró. Un momento después, la puerta se abrió y entró un guardia. Glaucus estudió sus ojos... no eran los mismos ojos que lo habían estado contemplando.
¡Levántate! -ordenó el guardia.
Glaucus vaciló. ¿Iba a ser ejecutado?
- ¡De pié! -insistió el guardia llevándose la mano a la empuñadura de la espada.
El joven se puso de pie, su mente convertida en un torbellino. ¿Iba a desaparecer del mismo modo en que había desaparecido su padre? ¿Vendría su familia a Germania tal como habían venido en busca de Maximus para no encontrar rastro alguno de él? ¿Cómo podía dejar una huella... una señal de que había estado allí? Siempre estaba Jonivus pero el anciano no había venido. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una mano en su espalda que lo empujó hacia la puerta de la celda donde se encontró frente a otros tres guardias.
Necesito mi alforja -dijo Glaucus.
Los guardias lo miraron como si hablara un idioma extranjero.
Mi alforja. Está en la celda. Si me están liberando, necesito mi alforja.
¿Qué te hace pensar que te estamos liberando? -dijo el guardia burlonamente.
Bueno, no tienen motivo alguno para retenerme.
Esa decisión no nos corresponde -respondió el guardia pero le hizo señas a uno de sus camaradas para que recogiera la alforja.
Glaucus pensó que era un buen signo. Lo escoltaron fuera de la prisión y aspiró su primera bocanada de aire fresco en semanas. Al contrario de la primera vez que lo viera, el campamento bullía de actividad, los soldados realizando cualquier tarea imaginable asociada a la vida militar. Glaucus se sintió tan fascinado por la normalidad de todo aquello que momentáneamente olvidó sus preocupaciones. Caminaron hasta llegar a otro edificio de piedra y sus guardias sólo le permitieron un instante de vacilación hasta antes de conducirlo al interior. Eran los baños.
Poco después, con el cabello húmedo y vistiendo una túnica de soldado en lugar de sus propias ropas mugrientas, Glaucus volvió a cruzar el umbral de la casa de su padre en el praetorium. Iba escoltado por dos guardias que marchaban frente a él y otros dos iban a sus espaldas. Como lo sospechaba, Vesnius lo estaba esperando, pero el general apenas le dedicó una mirada antes de golpear a la puerta de una habitación que Glaucus nunca había visto. Cuando ésta se abrió, Vesnius indicó a los guardias con la cabeza que condujeran a Glaucus hacia el interior.
La habitación estaba tan escasamente iluminada como lo había estado su celda y por un momento Glaucus quedó desorientado. A medida de que avanzaba, formas indistintas parecían emerger de la oscuridad... el busto de mármol de algún emperador a la izquierda, una enorme águila dorada a la derecha, escudos y armas y estandartes por todas partes. La habitación se veía atestada y sofocante a fuerza de tantas cosas y el olor de incienso era empalagoso. No resultó extraño que a Glaucus le tomara algún tiempo distinguir la figura del hombrecito sentado en una ornamentada silla dorada, tan grande que parecía devorarlo. ¿El emperador? ¿Podía ser aquel el emperador de Roma? Glaucus miró al hombre ceñudo con obvia confusión.
Cerca de su oído una voz gruñó:
Mocoso impertinente. Arrodíllate delante del emperador.
Glaucus se dejó caer de rodillas, la cabeza gacha, y aprovechó su posición para tratar de ordenar sus pensamientos. Había sido traído ante el emperador de Roma. ¿Por qué?
De pié, muchacho, así podré verte -dijo otra voz y Glaucus supuso, correctamente, que la orden había provenido del emperador en persona. Se levantó rápidamente y enfrentó a la silla, su respiración irregular y sus miembros no muy firmes. Un pretoriano vestido de negro se movió a su izquierda y por lo elaborado de su uniforme Glaucus supuso que su rango era muy alto. No sabía hacia dónde mirar. Ninguno de los dos hombres dijo palabra mientras lo estudiaban y Glaucus asumió que no debía hablar hasta que lo se lo indicaran. Como no sabía qué hacer, clavó la mirada en sus pies y permaneció en silencio, los brazos rígidos a sus lados.
¿Tu nombre es Glaucus? -preguntó el emperador después de lo que pareció una eternidad.
Sí, Mi Señor -Glaucus esperaba que aquellas fueran las palabras adecuadas.
¿Maximus Decimus Glaucus?
Sí, Mi Señor -repitió.
¿Tu padre era el General Maximus Decimus Meridius, general de las legiones Felix?
Sí, Mi Señor -volvió a decir.
Tenía entendido que el General Maximus sólo tenía un hijo. ¿Cómo es que ahora tiene dos?
¿Conociste a mi padre, Mi Señor?
Responde.
No sabía de mi existencia, Mi Señor.
¿Por qué?
Mi madre decidió mantener en secreto las noticias de su embarazo y mi nacimiento. Pensó que así sería más fácil para mi padre ya que se encontraba aquí, en Germania, imposibilitado de volver a casa para verme.
Me sorprende que luego de verte no le haya dicho a nadie que tenía un segundo hijo.
Nunca me vio. Desapareció antes de poder verme.
Severus permaneció en silencio por un momento. Luego dijo:
Entiendo que estás buscando información sobre tu padre.
Sí, Mi Señor -dijo Glaucus, esta vez con un tono de esperanza y finalmente alzó los ojos para ver al emperador mirándolo directamente, su rostro una máscara implacable.
¿Qué información esperas encontrar aquí?
Como no le habían ordenado lo contrario, Glaucus siguió mirando a Septimius Severus. Como imagen de un emperador, el hombre era una decepción aún cuando vestía uniforme militar púrpura y oro y llevaba sobre su cabeza la corona de laureles. Glaucus había esperado que fuera mucho más grande... y regio.
Espero encontrar respuestas a la desaparición de mi padre ocurrida hace dieciocho años, Mi Señor.
¿Y qué has descubierto
Muy poco, Mi Señor. Parece haber un conflicto de opiniones en lo que hace a mi padre y no hay una respuesta concreta sobre si está vivo o muerto. ¿Lo... lo conociste, Mi Señor?
¿Sería permisible interrogar al emperador en forma directa?
A Septimius no pareció molestarle porque respondió a la pregunta con ligereza.
Commodus fue un emperador irresponsable y desequilibrado. Era capaz de cualquier cosa.
¿Qué quieres decir con "cualquier cosa", Mi Señor?
La atención de Glaucus fue atraída por el pretoriano armado, cuyos ojos lo habían estado estudiando mientras conversaba con el emperador y que se había desplazado por la estancia hasta ubicarse a sus espaldas. Por la razón que fuera, Glaucus se sentía decididamente incómodo teniendo a aquel hombre fuera de su vista. Si Severus se dio cuenta de la incomodidad del joven, optó por ignorarla.
Maximus puede hallarse en el exilio... puede hallarse prisionero. Aún puede que haya abandonado el imperio y esté viviendo entre los bárbaros. Pero también... puede que esté muerto.
Su cuerpo nunca fue hallado...
Eso no quiere decir nada -Severus entrecerró los ojos y ladeó la cabeza- ¿Por qué es tan importante encontrar a un padre al que nunca viste? Tal vez él no quiera verte. Tal vez tiene una nueva familia y conocer tu existencia sólo le causaría desagrado. Podrías ser un recuerdo de un pasado que él prefiera olvidar.
Mi padre no era ese tipo de hombre... -Glaucus miró directamente hacia su derecha para encontrar allí al pretoriano, evaluándolo otra vez. Aquellos ojos... ahora sabía quién lo había estado mirando a través de la abertura en la puerta de su celda. Glaucus se estremeció ligeramente.
¿Cómo sabes qué clase de hombre era tu padre, muchacho? -demandó el emperador- No era materia adecuada para el poder aún cuando era tenido en muy alta estima por el emperador y el ejército.
Glaucus se sintió confundido por el comentario del emperador.
¿Poder? Mi padre era un granjero, Mi Señor, y sólo quería regresar a España y estar con su familia. Mi deseo es descubrir porqué no pudo hacerlo... y limpiar su nombre de toda sospecha acerca de su lealtad hacia Roma.
Severus se inclinó hacia él, el cuello extendido y los ojos entrecerrados.
Estoy hablando del verdadero poder, no sólo del poder militar -siseó- Verdadero poder.
Glaucus se puso tenso.
Mi padre era perfectamente capaz de estar al mando. Pudo haber manejado tanto poder como el emperador le hubiera acordado.
Severus golpeó el brazo de su sillón.
Entonces... lo admites... ¡admites porqué te encuentras aquí realmente!
Otra vez confundido por las palabras del emperador, Glaucus se limitó a mover la cabeza y no decir nada.
Los dioses decidieron otra cosa, ¿no es cierto, muchacho? Los dioses eligen a su emperador.
No... no entiendo, Mi Señor.
Oh, ¿no entiendes? -el sarcasmo saturó la voz del emperador. Se irguió en su asiento, acomodándose en él lo más alto que pudo- Entonces, estás embarcado en una búsqueda. ¿Qué es lo que esperas encontrar?
La verdad, Mi Señor.
El pretoriano se dirigió junto al trono, giró para enfrentar a Glaucus y cruzó los brazos sobre el pecho, sus ojos fijos en él.
El emperador también cruzó los brazos, los dos hombres presentando una formidable oposición.
¿Y dónde esperas que te conduzca la verdad?
Los ojos verdes de Glaucus iban de uno a otro hombre.
Yo... yo sólo busco la paz de mi espíritu, Mi Señor. Necesito saber qué le ocurrió. No busco nada más.
No puedes engañarme. Sé lo que buscas realmente.
Severus se aferró a ambos brazos del trono y se puso de pie, una mueca de dolor contorsionando su rostro por un instante. Pero la mueca se disolvió cuando su actitud cambió repentinamente haciéndose más suave.
Bueno... tal vez pueda ayudarte en tu búsqueda de paz espiritual.
Glaucus contuvo el aliento.
¿Mi Señor?
Severus se tomó su tiempo mientras consideraba cuidadosamente sus siguientes palabras.
Tal vez quieras empezar a buscar el rastro de tu padre en... Tracia.
Los fríos ojos oscuros lanzaron una mirada curiosa en dirección del emperador, luego volvieron a posarse apreciativamente sobre Glaucus.
¿Tracia? ¿Por qué en Tracia, Mi Señor?
Tu padre estuvo allí una vez, creo. Tal vez regresara a ese lugar.
Toda otra pregunta murió en la garganta de Glaucus cuando Severus se dirigió hacia él. Por primera vez Glaucus notó lo lentos y cuidadosos que eran los movimientos del hombre. Severus miró el rostro del joven y luego retrocedió dos pasos de modo de no poner en evidencia cuánto más bajo que Glaucus era. Mientras lo hacía, la mueca volvió a dibujarse en su rostro. Glaucus se mantuvo firme, ahora más intrigado que nervioso.
Severus sonrió y sus ojos recorrieron el cuerpo del hijo de Maximus al tiempo que apretaba ligeramente el hombro del joven.
Te ves bien vestido con esa túnica de soldado -dijo el emperador dirigiéndose a Glaucus- ¿Verdad que sí, Plautianus?
El pretoriano asintió lentamente con la cabeza, sus ojos ahora entrecerrados.
Por cierto que sí.
Glaucus bajó la vista hacia la sencilla túnica de lana que vestía en lugar de sus habituales vestimentas negras y luego miró a Severus.
Mis ropas estaban muy sucias, Mi Señor, por haber pasado tanto tiempo en prisión. ¿Por qué fui arres...
¿Consideraste alguna vez la posibilidad de ser soldado como tu padre? -lo interrumpió Severus anticipándose a la siguiente pregunta de Glaucus, una pregunta que no tenía intención de responder.
Soy un granjero... como mi padre.
Severus desestimó la respuesta con un gesto de su mano.
La destino del soldado es mucho más importante que la del granjero. Un soldado sirve al imperio. Tu padre sirvió al impero.
Y en compensación por sus servicios, fue despojado de su mando y condenado a muerte.
La expresión ceñuda reapareció en el rostro de Severus.
No seas impertinente. Como dije, Commodus estaba desequilibrado. Ahora, si Maximus me hubiera servido a mí la situación hubiera sido muy diferente. Me gustaría mucho tener un soldado de la calidad de tu padre bajo mi mando.
Acabas de decir que no era apto...
Plautianus saltó hacia Glaucus, su brazo contraído como para golpearlo.
Sin parpadear, Glaucus se sostuvo firme y el pretoriano bajó lentamente el brazo.
¿Cómo te atreves a contradecir al emperador?
Severus le lanzó una mirada incendiaria al comandante pretoriano mientras se daba vuelta y regresaba lentamente al trono. Subrepticiamente enderezó el soporte acolchado antes de volver sentarse cuidadosamente.
Glaucus se preguntó cuál sería su problema.
Tras tomar aliento varias veces, Severus volvió a dirigirse el joven.
Tienes el coraje de tu padre. Eso me gusta. Necesito hombres como tú -Severus trató de dibujar una sonrisa invitadora en su rostro pero sólo logró hacer que sus labios se vieran aún más delgados- De hecho, me gustaría que te unieras a mi guardia pretoriana - al ver que a Glaucus se le caía la mandíbula, levantó rápidamente la mano- Cualquier ciudadano romano estaría orgulloso de aceptar mi oferta.
Estoy... estoy muy halagado de que me consideres digno de ser uno de tus pretorianos, Mi Señor. Pero no podría servir bien a Roma o a su emperador si primero no encuentro las respuestas sobre mi padre.
Plautianus dio un paso hacia él en forma amenazante, la mano apoyada en la empuñadura de su espada.
¿Acaso escuché que estás rechazando al emperador?
Glaucus miró al comandante pretoriano vestido de negro.
No lo rechacé, señor. Es sólo que necesito tiempo.
Plautianus se adelantó hasta quedar cara a cara con el hijo de Maximus.
¿No te das cuenta de la magnitud de la oferta? Tú, un palurdo sin entrenamiento, que ni siquiera eres soldado, ¿te atreves a rechazar la oferta de convertirte en miembro del mejor cuerpo de elite del imperio?
Glaucus sostuvo su mirada.
No es el momento adecuado -dijo, su voz tranquila y firme.
¿Para quién? -demandó el pretoriano, alzando su voz en clara señal de enojo- ¿Para ti? Lo único que cuenta es lo que quiere el emperador. ¡Tus necesidades no significan nada! ¡Lo sirves!
Vamos, vamos Plautianus -dijo el emperador desde atrás del pretoriano- Después de todo no fue una orden. No creo que tu método vaya a ser muy persuasivo.
Debidamente advertido, Plautianus se apartó de mala gana, sus ojos lanzando una mirada venenosa en dirección a Glaucus. Severus continuó.
Igualmente me agradaría mucho que el hijo de Maximus Decimus Meridius cabalgara a mi lado. Es lo mínimo que puedo hacer para resarcir a tu familia de los errores de mi joven predecesor.
Glaucus trató de pensar en otro modo de decir "no" sin decir exactamente "no".
Perdóname, Mi Señor, pero he esperado muchos años para iniciar el viaje que puede conducirme hacia las respuestas que busco y debo seguir adelante. Nunca sería capaz de servirte debidamente si esa preocupación estuviera todo el tiempo en mi mente- dijo Glaucus, preguntándose si viviría para ver un nuevo amanecer.
Está bien, Glaucus, está bien -rió Septimius al tiempo que levantaba una mano en señal de derrota- Haz lo que debas hacer.
Plautianus dirigió una mirada furiosa al emperador, quien lo ignoró por completo.
¿Eso quiere decir que soy libre de irme, Mi Señor? -preguntó Glaucus.
Sí, sí, puedes irte.
Pero Glaucus vaciló.
¿Puedo recuperar las armas que me quitaron?
De inmediato se dio cuenta de que había presionado más de lo debido.
¡No, no puedes! Heriste a tres de mis soldados. Cuando hayas recibido el entrenamiento propio de un soldado las tendrás de vuelta.
Glaucus aún vacilaba.
Si no te vas, puede que cambie de parecer y te envíe de regreso a la prisión.
El retrato de mi padre, Mi Señor. Se me dijo que lo hiciste cubrir con pintura. Si admirabas a mi padre tanto como dices, ¿por qué lo hiciste?
Porque recibí la orden de Roma -respondió Severus claramente irritado- Ahora sal de mi vista.
Esta vez, Glaucus hizo lo que le ordenaban sin cuestionar.
¡Permitiste que te desafiara! -gritó Plautianus en cuanto Glaucus se hubo ido.
No es un hombre fácil de intimidar.
Tal vez no para ti.
Tu método no hubiera funcionado con él como no funcionó con su padre.
Bueno... ¿ahora qué hacemos? -demandó Plautianus, visiblemente enojado porque Septimius había permitido que Glaucus abandonara el praetorium.
Lo hacemos seguir. Cada minuto de cada día, sin importar a dónde vaya. Y quiero un reporte diario de sus actividades y que me notifiquen inmediatamente de cualquier comportamiento sospechoso. Encárgate de que cuatro de tus hombres lo sigan y que se aseguren que él no los vea.
¿De veras piensas que todo esto es necesario? Está claro que no entendió de qué estabas hablando.
¡Estaba mintiendo! -gritó Severus- Por supuesto que entendió. Sólo está tratando de despistarme de modo de poder conspirar a mis espaldas para destronarme.
¿Por qué sugeriste Tracia?
Tracia es segura. La copia del documento que me enviaron vino de alguna parte en Oriente y Tracia no es Roma ni es Oriente. Pero está lo suficientemente cerca del Oriente como para que quienquiera que tenga el original del documento pueda encontrar a Glaucus... y, cuando eso ocurra, nos moveremos. Además, hay demasiada gente en Roma que conoció a Glaucus como general y como gladiador, de modo que no quiero allí a su hijo. Será inofensivo en Tracia y estará bien lejos de todo. Ten listos a tus hombres antes de que tenga tiempo de abandonar el campamento. Y recuerda, necesitamos ese documento.
"Y entonces", pensó Plautianus, "nos podremos deshacer de él y Tracia es el lugar perfecto para que un hombre desaparezca".
Jonivus fue arrancado de su siesta por el repentino ladrido de Zeus. Soltó algunos resoplidos y levantó su cabeza que había caído adormilada sobre su pecho, un hábito desarrollado con el devenir de la edad. Con los ojos aún no del todo abiertos, tambaleó mientras se levantaba de su silla y se abrió camino por el jardín.
Shhhh -dijo tratando de acallar al perro pero Zeus ladraba y se lanzó hacia la puerta del jardín, deteniéndose sólo para correr en excitados círculos antes de volver a comenzar.
¿Quién está allí? -gritó Jonivus por encima de la batahola al tiempo que tendía sus dedos hacia el garrote que siempre tenía a mano.
Soy yo, Glaucus. Jonivus, déjame entrar. ¡Rápido!
El anciano descorrió el cerrojo y Glaucus abrió la puerta de un empujón, casi derribando a Glaucus en el apuro. Tras echar una rápida mirada por encima de su hombro, el joven cerró de un portazo y volvió a echar el cerrojo con una mano mientras que con la otra luchaba para controlar a su alborotado perro.
¿Qu...? ¿Qué...? -preguntó un confundido Jonivus pero Glaucus le hizo señas de que no hablara, luego lo tomó por el brazo y lo tironeó hacia el interior de al casa. Una vez dentro, Glaucus aseguró la puerta.
¿Qué ocurre? ¿Qué pasó? -preguntó Jonivus mientras Glaucus se dejaba caer en la silla cerca de la cocina, Zeus prácticamente encaramándose a su regazo, su larga lengua lamiendo cada parche de piel expuesta que fue capaz de alcanzar.
Ojalá lo supiera. Jonivus, pasé las dos últimas semanas en la prisión de la fortaleza. La prisión que tú construiste.
¿QUÉ?
Sí. ¿No lo sabías?
Por supuesto que no, ¿cómo iba a saberlo?
Le pedí al general Vesnius que enviara a un soldado a decírtelo. Cuando no viniste, me imaginé que no lo había hecho.
¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que hiciste?
No hice nada, Jonivus. Fui secuestrado en medio de la noche de una posada de Castra Regina por seis soldados, traído aquí y arrojado a la prisión. No volví a ver la luz hasta hoy... ¿y sabes para qué me sacaron finalmente de la celda?
Jonivus se limitó a negar con la cabeza, sus ojos muy grandes y preocupados.
Para una audiencia con el emperador.
No -exclamó Jonivus abrumado.
Sí. Septimius Severus en persona.
Lentamente, Jonivus se dejó caer en la otra silla.
¿Qué quería?
Me ofreció un puesto en su guardia pretoriana. Fue una conversación de lo más extraña, Jonivus. Durante todo el tiempo estuvo implicando que yo estaba detrás de algo... o que intentaba hacer algo... o que sabía algo. No tengo la menor idea de qué estaba hablando. Le dije que todo lo que quería era descubrir qué había ocurrido con mi padre pero quedo claro que no me creyó.
Repentinamente, Jonivus adoptó una actitud muy cautelosa.
Te ofreció ese puesto para mantenerte cerca de él... bajo su control. No hay otra explicación.
Pero, ¿por qué? ¿Qué amenaza puedo representar para él? ¿Cómo puedo yo ser una amenaza para el emperador de Roma?
Jonivus se puso de pie lentamente, su ceño fruncido en señal de preocupación y trajo a la mesa una jarra de vino y dos vasos. Antes de que pudiera servir, Glaucus tomó la jarra, se la llevó a los labios y dejó que el líquido se deslizara garganta abajo. Jonivus notó que las manos del muchacho temblaban ligeramente. También notó que vestía una túnica de soldado en lugar de sus habituales inmaculadas ropas negras. El ingeniero volvió a levantarse y fue en busca de alimento.
Glaucus, nadie sabe realmente qué ocurrió la noche en que tu padre desapareció. Hay personas que conocen algunos detalles pero probablemente tu padre sea el único hombre que pudiera reunir todas las piezas. Obviamente, el emperador piensa que tú también sabes alto. Algo que podría dañarlo.
Pero, ¿qué? ¿Y cómo podría saber algo? Nunca conocí a mi padre.
En anciano regresó a la mesa trayendo pan, queso y carne salada. Glaucus apartó las patas delanteras de Zeus de su regazo y se levantó para ayudar pero Jonivus lo hizo apartarse con un movimiento de su cabeza.
Siéntate, siéntate... yo no soy el que pasó dos semanas en la cárcel.
Jonivus colocó el alimento frente a Glaucus, luego volvió a tomar asiento y retomó la conversación.
No sé y puede que el emperador tampoco. ¿Qué dijo exactamente?
Glaucus partió una hogaza de pan y se metió un trozo en la boca, masticando mientras hablaba, sus palabras ahogadas por el alimento.
Se la pasó hablando acerca del "poder" y de que los dioses eligen a su emperador y que mi padre no era materia adecuada para el verdadero poder. Puso mucho énfasis en la palabra "verdadero" como si eso tuviera algún significado especial.
Jonivus cruzó los brazos sobre la mesa frente a él y estudió la madera mientras analizaba las palabras de Glaucus.
Severus parece creer que Maximus es o fue algún tipo de amenaza para su posición como emperador y, por extensión, tu también podrías serlo.
Eso es insano, Jonivus. Ni siquiera soy un soldado. O un político.
Tu padre era un hombre muy poderoso, Glaucus. Mucho más que un simple general. Contaba con el apoyo de todo el ejército de Roma y el amor del emperador. Maximus podría haber tenido lo que deseara... ser lo que deseara.
Pero el hecho es que todo lo que él quería era volver a España. Se lo dije a Severus y fue entonces cuando insultó la capacidad de mi padre para el verdadero poder.
A Severus le costaría mucho creer que un hombre con tanto poder e influencia como tu padre estuviera dispuesto a dejarlo todo por su familia. Por cierto que él no lo haría. Tal vez cree que intentarás reclamar la herencia de tu padre.
Ya recibí la herencia de mi padre. La granja.
¿Qué dijo el emperador cuando declinaste su oferta de unirte a los pretorianos?
No estuvo nada feliz. Pero su desagradable comandante de los pretorianos fue todavía peor. Ese hombre hace que la piel se me erice. Severus me dijo que me podía ir y que debería empezar a buscar a mi padre en Tracia.
Jonivus se enderezó.
¿Cree que Maximus está vivo? -preguntó sorprendido.
Glaucus mordió un trozo de duro queso blanco, Zeus a su lado, listo para atrapar cualquier migaja que cayera.
Le pregunté directamente si sabía qué había pasado con mi padre y él insinuó que podía haberle pasado cualquier cosa... que podía estar vivo en alguna parte donde no pudiera ser hallado o en prisión... o hasta muerto. Dijo no saberlo.
Tracia. De modo que... ¿es allí donde irás?
No, voy a Roma, tal como lo discutimos. Hay algo acerca del emperador... no confío en él mucho que digamos. Tengo que irme de inmediato, Jonivus, antes de que cambie de opinión acerca de dejarme ir. Me devolvieron mi caballo pero no mis armas. ¿Tienes una espada que puedas prestarme o sabes dónde puedo conseguir una?
Jonivus asintió y palmeó la mano del muchacho.
Tú come. Volveré enseguida.
Pocos minutos después, Glaucus escuchó arrastrarse los pasos de Jonivus y lo llamó.
Tienes que dejar de darle tanto de comer a este perro... se está poniendo...
Las palabras murieron en la boca de Glaucus cuando vio lo que Jonivus sostenía en sus manos. Era una vaina, una vaina de exquisito cuero marrón oscuro con adornos de bronce pulido. Jonivus no dijo nada, simplemente se la tendió al muchacho.
Glaucus se quedó sin aliento al tiempo que aceptaba reverentemente la espada.
¿Dónde obtuviste algo así, Jonivus? Es magnífica. Digna de...
De golpe, levantó la vista sorprendido.
Jonivus se limitó a asentir con la cabeza.
La sangre se retiró del rostro de Glaucus.
¿Era de él? -susurró.
Jonivus volvió a asentir, prfundamente emocionado al ver la espada de Maximus en las manos de su hijo. Era algo que nunca había creído posible.
Lentamente, Glaucus aferró la empuñadura de caoba y marfil y extrajo la espada con un largo, lento movimiento, el acero cantando al rozar la vaina.
La voz de Jonivus sonó ronca.
Es la espada que Marcus Aurelius mandó hacer para tu padre cuando lo hizo su general. Maximus siempre la usaba.
Aturdido, Glaucus sostuvo la espada en alto, la luz besando su perfecta, delgada hoja. La movió hacia la izquierda, luego hacia la derecha, maravillándose de su peso e impecable balance. Uno por uno, sus dedos se acomodaron en los huecos del marfil y casi pudo sentir el calor de la mano de su padre, como si sus dedos acabaran de soltarla... como si él mismo acabara de entregarla a su hijo. Lágrimas repentinas se acumularon en sus ojos y luego se deslizaron por sus mejillas. Lentamente, se dejó caer en la silla, sus ojos aún fijos en la empuñadura. La atrajo hacia su rostro para poder examinarla mejor y leyó las pequeñas letras SPQR que estaban grabadas en ambos lados, luego tocó reverentemente la cabeza de Marte -el dios de la guerra- montada en el puño, acompañado de intrincadas hojas hechas de bronce. El sello de Marcus Aurelius estaba incrustado en la empuñadura de marfil y más hojas de bronce dispuestas en cruz adornaban el remate de caoba. Apenas podía apartar sus ojos de la espada lo suficiente como para examinar la vaina. Las correas estaban unidas a una funda de rígido cuero color caoba por medio de cuatro adornos en forma de coronas de laurel unidas entre sí y con una cabeza de león en el medio. Otro adorno de bronce protegía la punta de la vaina.
No soy digno de ella -dijo Glaucus sin aliento.
Sí... creo que lo eres. Creo que eres digno.
Está en perfectas condiciones.
La mantuve envuelta y bien guardada salvo cuando ocasionalmente la saqué de su escondite para pulirla. Cicero la atesoró antes que yo.
Glaucus se secó las lágrimas con el dorso de su mano.
¿El sirviente de mi padre?
Sí. Sólo conservó dos cosas que pertenecieron a Maximus: las figuritas que representaban a tu madre y a tu hermano y esta espada que tanto cuidó. Significaban mucho para él. Luego Cicero también desapareció y con él las figuritas. Yo tomé la espada. Nadie más sabía que la tenía.
Es increíble -se maravilló Glaucus y extendió su brazo, la espada convertida en la perfecta extensión de su fuerte miembro- No sé cómo agradecértelo.
No necesitas hacerlo. La espada te pertenece por derecho. Estoy muy feliz de que Maximus tenga un hijo al que entregársela. Un hijo muy digno de ella.
Habiendo finalmente dejado atrás los Alpes, Glaucus se dispuso a descansar durante un día en Verona antes de cruzar Via Postumia para luego dirigirse hacia el Sur por Via Aemilia desde donde conectaría con Via Cassia, luego Via Flaminia y desde allí hacia Roma. En pocos días cruzaría el río Po, luego torcería hacia los ondulantes montes Apeninos para finalmente descender hacia el valle del río Tíber. Estaba impaciente por alcanzar su destino y apenas si notaba la belleza de los paisajes montañosos.
Sentado con la espalda contra la húmeda y fría pared de ladrillos de una taberna de Verona, Glaucus escuchaba el sostenido golpeteo de la lluvia sobre el techo de tejas y decidió que permanecería allí un día o bien hasta tanto el diluvio amainara. Con ese clima, la tierra de los caminos se convertía en un barro tan resbaloso como el hielo y Glaucus no quería arriesgar las delicadas patas de su caballo. La humedad había transformado la taberna en un lugar sofocante y Glaucus se preguntó si ocurriría lo mismo con los cuartos ubicados en el piso superior. Con un movimiento de sus hombros, dejó que su capa de lana cayera sobre la rústica silla de madera ubicada a sus espaldas y aprovechó el movimiento para disimular la mirada subrepticia que echó en torno a la concurrida habitación. No se encontraban allí. Lo que no quería decir que no se encontraran en Verona sino que simplemente no se encontraban entre los parroquianos de la taberna. Glaucus se relajó un poco, preguntándose una vez más si no estaría imaginando que estaba siendo seguido por aquellos individuos, hombres ocultos en las sombras, de rostros indistintos y movimientos furtivos.
Bostezó profundamente y luego bebió un trago de su vino mientras esperaba la llegada de su comida. Quien quiera que fueran aquellos hombres, no había duda posible de que lo estaban espiando por cuenta del emperador, un emperador que por alguna razón parecía considerar al hijo de Maximus como una gran amenaza. Más allá de sentirse invadido y enojado, Glaucus no sentía que estuviera en peligro inminente. Si hubieran querido matarlo, lo habrían hecho en las montañas y arrojado su cuerpo a algún profundo precipicio donde sería devorado por los lobos. No, sólo estaban vigilándolo... y probablemente reportando sus movimientos a Severus. Glaucus se preguntó con malicia cómo habría recibido el emperador la noticia de que había marchado hacia el Sur e Italia en lugar de hacerlo hacia el Este y Tracia como él le había sugerido. Cuando notó por primera vez la presencia de los hombres, había creído que se trataba de viajeros que, como él, se dirigían hacia Roma por los concurridos caminos del imperio y que era apenas una coincidencia que siguieran la misma ruta y horarios. Había creído que lo que provocara la curiosidad de aquellos hombres eran sus ropas de duelo y la magnífica espada que llevaba sujeta a su cadera. Pero una noche, en una posada de las montañas, se les había acercado para entablar una conversación casual y los hombres se habían dispersado como hojas en el viento, marchándose cada uno en una dirección, sus rostros ocultos por las capuchas de sus capas que echaron apresuradamente sobre sus cabezas. Fue en ese momento en que tuvo la seguridad de que lo seguían.
Eran cuatro, trabajando por pares. Una vez que había aceptado el hecho de que estaba siendo vigilado, Glaucus empezó a jugar con sus espías para aliviar el tedio del viaje aunque lo cierto es que era el único que hallaba aquellos juegos divertidos. Una noche había entrado a una posada por la puerta del frente sólo para salir por una ventana y atravesar los techos linderos mucho antes de que saliera el sol. Se encontraba a millas de distancia del lugar cuando los hombres de Severus finalmente comenzaron a sospechar que había algo raro en que fuera tan tarde y Glaucus aún estuviera durmiendo. No lo alcanzaron hasta el crepúsculo y a partir de allí dejaron a un hombre de guardia durante toda la noche y en el exterior de la posada donde se estuviera alojando. Glaucus se preguntó quién sería el pobre desgraciado que había sacado la paja más corta en aquella noche horrible
También se divertía cuando pasaba una curva del camino y encontraba al otro lado un tramo recto con bosque a uno de sus lados. En esos casos, taloneaba a Ultor para ponerlo al galope y luego lo contenía con las riendas y lo dirigía hacia los árboles, espiando a los hombres que seguían de largo a la carrera, preguntándose a dónde habría ido a parar su presa. Una vez que los hombres habían pasado, Glaucus emergía de entre los árboles, un hombre vestido de negro montado en un caballo negro, la presa persiguiendo a sus cazadores. Aquellos hombres sabían que sabía que lo estaban siguiendo... pero llevaban acabo su tarea valientemente.
Pero esa noche, Glaucus se encontraba demasiado cansado para juegos y sólo quería cenar en paz. En lugar de buscar a sus no deseados compañeros de viaje, volvió sus ojos hacia el fuego bajo que chisporroteaba cerca y trababa sin resultado de reducir la humedad de una habitación llena de gente vestida con ropa de lana mojada. Se alegraría cuando finalmente llegara a Roma, la misteriosa gran capital del imperio. Sería muy diferente de Germania y, probablemente, también de Hispania. Glaucus dudaba que, con toda su gloria, Emerita Augusta fuera siquiera un atisbo de Roma.
Glaucus estiró sus piernas y se obligó a sí mismo a suprimir otro bostezo. Se preguntó cómo estaría Zeus. Jonivus se había mostrado tan desolado mientras Glaucus se preparaba para partir apuradamente de Vindobona que Glaucus le había pedido al anciano si éste le haría un enorme favor y se haría cargo de cuidar al perro mientras él estaba de viaje ya que, una vez en Roma, Zeus sólo sería un estorbo. El rostro del anciano se había iluminado cuando Glaucus le dijo que regresaría a Vindobona a buscar a Zeus cuando su búsqueda hubiera terminado. El viejo ingeniero había asentido de inmediato y llamado a Zeus a su lado de modo de poder acariciarle el pelaje mientras le prometía largas caminatas diarias a la hora del crepúsculo. Tras un doloroso adiós, Glaucus había deslizado suficiente dinero bajo la almohada del anciano como para cubrir sus necesidades básicas durante unos meses, luego había ensillado a Ultor y se había lanzando hacia el camino. No fue sino hasta que hubo dejado atrás las puertas de Vindobona que Glaucus recordó que había dejado sus documentos personales en la fortaleza.
Había regresado a regañadientes al campamento en el que era obvio que Septimius Severus se encontraba aún en residencia y permanecido fuera de las puertas mientras un soldado recuperaba los documentos de manos del General Vesnius. Al recibirlos, los había revisado rápidamente para asegurarse de que nada faltara y había encontrado entre ellos una nota escrita por Vesnius en forma apresurada diciéndole cuánto había admirado a su padre y deseándole buena suerte en su búsqueda. Luego de leerla, Glaucus había hecho que Ultor diera la vuelta y enfilara hacia Roma.
La puerta de la taberna se abrió dejando entrar una ráfaga de aire húmedo y Glaucus levantó la vista para encontrarse con dos de los espías sacudiéndose la lluvia de sus capas. Uno de ellos lo miró y Glaucus inclinó la cabeza en un gesto amistoso, haciendo que el sorprendido hombre se diera vuelta rápidamente.
Eran tan transparentes, pensó Glaucus. Tal vez fueran soldados hábiles y bien entrenados pero sabían muy poco de subterfugios. Se preguntó ociosamente cómo harían llegar sus reportes al emperador y con qué frecuencia se esperaba que lo hicieran. También se preguntó qué sería lo que podía impulsar a Severus a dar la orden de que cayeran sobre él y pusieran fin a la búsqueda de su padre.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la aparición de una muchacha, quien puso ante a él un humeante tazón de guiso y pan recién horneado mientras le sonreía tímidamente.
Gracias -dijo Glaucus mientras acercaba su silla a la mesa. Luego, una sonrisa se extendió lentamente sobre su rostro y haciendo que la joven se le acercara, susurró- Me gustaría invitar a esos hombres que están allí, esos que acaban de entrar, con el mejor vino que tengan. Por favor, asegúrate de decirles que se los envío yo.
Sí, señor -dijo la muchacha, luego hizo una ligera genuflexión y se apuró a cumplir lo que le había pedido.
Unos pocos minutos después, colocaba el vino ante los hombres que se habían sentado en el rincón más lejano y oscuro y Glaucus disfrutó al ver sus expresiones sorprendidas. Esperó pacientemente hasta que por fin uno de ellos miró en su dirección y entonces alzó su copa en señal de saludo. A regañadientes, el hombre le devolvió el saludo con una inclinación de su cabeza. Glaucus sonrió y hurgó en su guiso, satisfecho con los eventos del día. Estaba seguro de que se desharía de aquellos hombres en la atestada Roma. Hasta entonces, eran una divertida compañía