Maximus apartó la cara e hizo una mueca mientras el herrero hacía volar el martillo hacia su muñeca. ¡CLUNK! El grillete se sostuvo.
Uno más -dijo el herrero y Julia volvió a cubrirse los ojos. ¡CLUNK!
El cerrojo se partió. El otro le siguió rápidamente. Maximus le agradeció con una inclinación de su cabeza mientras se ponía de pie y se quitaba sus pesados grilletes de esclavo. Los odiaba. Eran un recordatorio frío, pesado, tangible de la pérdida de su libertad; los dejó caer al suelo y los pateó fuera de su camino.
Julia lo ayudó a remover las tiras de cuero que envolvían sus muñecas y masajeó suavemente las marcas que habían dejado en su piel. Ella también estaba ansiosa de borrar todo signo de su esclavitud.
Te esperan un baño y ropa limpia -le dijo sonriendo- Luego podremos desayunar.
Mientras caminaban en dirección a la casa, Maximus dijo:
Parece que nuestros horarios están cruzados. Me da la impresión de que estamos cerca del crepúsculo, no de la hora del desayuno.
Bueno, insististe en beber hasta quedar inconciente y después dormiste todo el día -lo provocó Julia. Había disfrutado cada minuto de las horas que pasara con la cabeza descansando tranquilamente sobre su pecho.
Maximus miró hacia la casa mientras caminaban a lo largo de la columnata del estanque con sus fuentes cantarinas, seguidos por sus propias imágenes ondulantes. Se detuvo y contempló al hombre musculoso vestido con una túnica azul y armadura de cuero y a la esbelta mujer vestida de seda blanca reflejados en el agua. Creaban un marcado contraste. No había visto su propia imagen desde Germania y se sorprendió al descubrir que aún se veía como el General Maximus. Tal vez Julia tenía razón. Tal vez después de todo no había cambiado tanto.
Julia deslizó su brazo bajo el de él y también contempló su imagen.
Te ves muy apuesto -dijo reflexivamente- La armadura te queda muy bien. Es obvio que la gente que concurre a los juegos piensa lo mismo. Tu nombre está escrito en las paredes del anfiteatro junto a sugerencias de lo que les gustaría hacer contigo y afuera venden muñecos de metal con tu imagen... unos muñecos muy viriles. Durante los juegos, los vendedores ofrecen bandejas con tu imagen pintada y cuando estuve allí se quedaron sin existencias muy temprano.
Soy un buen negocio -murmuró Maximus, su humor tornándose sombrío.
Julia tiró de su brazo y lo condujo en dirección hacia los jardines, con la esperanza de mantener la atmósfera lo más distendida que fuera posible bajo aquellas circunstancias.
¿Te gustan los jardines, Maximus?
Todo el lugar es impresionante. Nunca había visto algo así.
Julia se sintió feliz con el cumplido.
Mi esposo me permitió diseñarlos... con la ayuda de arquitectos, claro. Hubiera preferido algo menos ostentoso pero él insistió en el tamaño y el lujo. Recibía aquí a sus clientes y quería impresionarlos.
Su negocio naviero debió ser muy próspero.
Sí, y ahora es mío.
¿Tú lo manejas?
Sí -Julia le echó una mirada de reojo- ¿Sorprendido?
No -respondió Maximus con honestidad. Nada acerca de aquella mujer lo soprendía- Además de tratar de rescatar esclavos ingratos, ¿qué haces con tu tiempo libre ahora que estás sola en este lugar tan grande?
Julia sonrió ante la alusión a la pelea de la noche anterior pero luego se puso seria.
Leo mucho. Nunca recibí una educación, Maximus, pero Apollinarius me ha enseñado y tengo deseos de aprender mucho más. Y juego con mis gatos y paseo por los jardines, aunque debo admitir que es mucho más agradable recorrerlos contigo. También tengo un hermoso departamento en Roma.
Deberías volver a casarte. Tener hijos.
Oh, Maximus, siempre tratando de cuidar de los demás -Julia lo guió hacia un sombreado banco de mármol donde se sentó para luego tironear de él y hacerlo sentarse a su lado- Prefiero estar sola a otro matrimonio sin amor.
Si no te escondieras aquí podrías encontrar a alguien a quien amar. Ve a Roma...
Maximus, lo que dije anoche acerca de no entregarme a un hombre al que no ame es la verdad. Ya tuve suficiente. Cualquier relación que encare será por amor... o me quedaré sola.
Maximus apoyó los antebrazos en sus rodillas y contempló una rosa que le acariciaba la piel al ser mecida por la suave brisa.
Julia se acercó ligeramente a él y luego dijo en tono vacilante:
Anoche... no me proponía hablar de mis sentimientos hacia ti de ese modo. Me siento avergonzada de haberlo hecho. Pero... tal vez sea mejor que sepas lo que siento por ti. Nunca pensé que recorrería estos senderos contigo aunque he soñado hacerlo. Es increíble tenerte aquí... aunque sólo sea por poco tiempo.
Maximus parecía muy interesado en aquella rosa de color rojo sangre. Tendió su mano hacia ella y Julia vio cómo sus dedos grandes y callosos acariciaban suavemente los pétalos aterciopelados.
El amor es lo más importante -susurró.
Maximus no la miró.
No hay futuro para nosotros, Julia.
Ella hizo una pequeña mueca ante lo desapasionado de su tono.
Lo sé. Dejaste muy en claro cuál será tu futuro.
Aunque fuera libre, no podíamos casarnos. Un hombre de mi clase no puede casarse con una liberta.
Julia se echó a reír.
Maximus, ahora no perteneces a clase alguna. Si te sueltan, serás un liberto, exactamente igual que yo.
Tal vez.
¿Por qué "tal vez"?
Maximus apoyó el borde de su mano en la parte trasera del banco por detrás de la espalda de Julia y cargó su peso sobre ese brazo, dejando que su cuerpo se inclinara en dirección a ella, rozándola. Para Julia aquel contacto se sintió como un abrazo. Llevaba el cabello suelto y la brisa lo movió, haciendo que acariciara el brazo de Maximus. El bajó la voz hasta alcanzar su tono más bajo y profundo.
Sé que piensas que sólo vivo para vengar la muerte de mi familia pero hay mucho más.
El rostro de Maximus estaba muy cerca del de Julia.
Sabes que Commodus tiene una hermana.
Sí... Lucilla.
Bien, ella tiene un hijo llamado Lucius. El y mi hijo son... eran... de la misma edad. Lucius es el heredero del trono después de Commodus -Maximus sonrió ligeramente- Es tan pequeño... tan inocente... y vive bajo el control de su tío. Sé lo implacable que puede ser Commodus y que ni siquiera es capaz de perdonar la vida de un niño. Si Commodus se sintiera amenazado, no vacilaría en matar a Lucius.
¿Por qué lo crees?
Su madre me lo dijo.
Julia quedó demudada.
¿Hablaste con la Dama Lucilla? ¿Después de tu llegada a Roma?
Sí. Una noche me visitó en la escuela de gladiadores.
La oleada de celos que se abatió sobre Julia fue tan poderosa que la cabeza le dio vueltas.
¿Por qué lo haría?
Lucilla y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Ella estaba en Germania con su hermano cuando el emperador... murió. Sabía que su hermano había ordenado mi ejecución y se sorprendió cuando aparecí en el Coliseo como gladiador. Vino a verme para hablarme de sus preocupaciones.
¿Por qué? ¿Cómo podrías ayudarla?
Sabe que planeo matar a Commodus. No lo mantuve precisamente en secreto. Ella me dio otra razón para hacerlo... para proteger a su hijo... el nieto de mi emperador, Marcus Aurelius.
¿Conspira contra su propio hermano?
Shhhh. Julia -Maximus echó una rápida mirada a los jardines para asegurarse de que estaban solos- Sé que puedo confiar en ti porque en Moesia puse mi vida en tus manos y no me fallaste. Esta información no debe salir de aquí.
Por supuesto que no -dijo seriamente, conmovida por el hecho de que Maximus confiara en ella con tanta facilidad.
Quiero que entiendas que rehusé tu oferta de libertad por más razones que la necesidad de vengar a mi esposa y mi hijo. Como dije, es complejo.
Al cabo de un momento, Julia reunió el coraje necesario para preguntar.
¿Te preocupas por Lucilla?
Sí... me preocupo por ella.
Julia tragó dolorosamente.
¿La amas?
No, no la amo. No al menos... de ese modo.
Dijiste que la conoces desde hace mucho tiempo. ¿La amabas entonces?
Maximus sonrió ante el rumbo que tomara su interrogatorio y le apartó un mechón que la brisa había enroscado en torno a la garganta.
Hace mucho, mucho tiempo. Desde entonces, hemos llevado vidas muy diferentes... y ambos nos casamos y tuvimos un hijo cada uno.
Julia se miró las manos.
A veces, un viejo amor puede volver a encenderse.
Maximus negó con la cabeza.
Ella se dio vuelta para mirarlo, sus ojos serios fijos en los de él.
Maximus, ¿no tienes miedo de morir?
El suspiró.
He convivido con la muerte durante la mayor parte de mi vida. Enfrenté mi propia muerte y la de mis soldados cada vez que entré en batalla. Ahora enfrento a la muerte en la arena cada día. No, no tengo miedo de morir. Además, mi esposa y mi hijo ya están allí, esperando que me reúna con ellos.
Julia se apretó contra él pero cualquier posible intimidad quedaba bloqueada por la armadura de cuero.
No puedo creer que tu esposa quiera que mueras, Maximus. Te amaba. Hubiera querido que vivas una vida larga y feliz, no que te apuraras a unírtele por la razón que fuera.
Julia...
Ella le sujetó el mentón barbado.
No... escúchame. Una mujer que ama a un hombre lo da todo por él... lo sacrifica todo por su felicidad. Olivia no te está mirando y resintiendo cada momento de felicidad que puedas tener en lo que te queda de vida. Ella querría que aceptaras mi oferta de libertad... que vivieras una vida larga y feliz aunque fuera sin ella. Que volvieras a encontrar el amor. Ella siempre estaría allí esperándote... dentro de diez, veinte años.
Julia resolló y parpadeó para contener las lágrimas que amenazaban brotar.
No se trata de lo que quiera mi esposa. Se trata de lo que yo quiero.
Las lágrimas de Julia se derramaron y ella, enojada, las secó con la mano.
Pues estás siendo egoísta. No estás pensando en la gente que te quiere y que desea que vivas. Sólo estás pensando en ti mismo.
Maximus le secó las lágrimas suavemente con el pulgar.
Julia, si sólo pudiera pensar en el modo de hacer lo que debo hacer y seguir viviendo... tal vez lo haría. Sé que Olivia y Marcus me esperarían sin importar lo mucho que viviera.
Pero te ofrecí el modo y no lo aceptaste.
Tengo buenas razones para hacerlo.
Lo sé, lo sé... Juba. ¿Crees que Juba no estaría feliz de sacrificar su vida por tu libertad?
Tal vez. Esa es una elección que no me corresponde. Pero no sacrificaré tu vida por mi libertad.
Sorprendida, Julia se puso de pie.
¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Maximus miró la copa de los árboles.
La ciudad cerca de aquí es Ostia, ¿verdad? En Ostia hay una base del ejército.
Los ojos de Julia se abrieron muy grandes y volvió a sentarse.
Sí. Sí -una esperanza se encendió en su mirada- Podrías...
Maximus la acalló apoyando un dedo en sus labios.
Podría acercarme a esa legión y encontrar que está bajo el mando de un general que responde a Commodus, lo cual es lo más probable. Si me reconociera, me mataría en el momento. Si no, me detendría hasta que pudiera identificarme. De un modo u otro, yo estaría muerto y Commodus seguiría vivo.
Pero, ¿y si esa legión está formada por hombres que te conocen y que simpatizan con tu causa?
No es probable, porque mis ejércitos están en el Norte. Pero, aún cuando fuera una de las legiones Felix, no podía irme de aquí, Julia.
Pero podrías ir a ver y luego regresar. Yo iría contigo. Podrías hacer planes...
No.
Julia cerró los ojos y sacudió la cabeza en un gesto de frustración.
Maximus, ¿por qué no? Lo que dices no tiene sentido. Eres un comandante del ejército y puede que haya un ejército cerca de aquí.
Ya no soy un comandante. Pero, Julia, el punto es que no tienes idea de cuán vengativo es Commodus. No entiendes lo que es capaz de hacer.
Julia permaneció en silencio durante un largo instante. Luego preguntó.
¿De hacerle a quién?
A quien quiera que se cruce en su camino... a quien quiera que me ayude.
Quieres decir a mí.
Sí.
Julia aferró los brazos de Maximus y lo sacudió ligeramente.
Maximus, ¿no entiendes? Estoy dispuesta a correr ese riesgo.
Yo no.
Maximus... -le imploró.
Julia, ¿cuántas veces fuiste al anfiteatro a ver los juegos?
Maximus, no cambies el tema.
Contéstame.
Sólo una vez. Para verte.
¿Te quedaste todo el día?
No, me quedé fuera y sólo entré cuando escuché a la multitud aclamar tu nombre.
Entonces no tienes idea de las atrocidades que ocurren allí,
Tengo... tengo alguna idea.
Maximus movió la cabeza negativamente.
El único momento en que gladiadores de mi categoría combaten es al final de la tarde. Los gladiadores especialmente talentosos pelean uno contra otro de su mismo nivel. Pero, temprano, la arena se llena de gladiadores que luchan en pareja, docenas de hombres al mismo tiempo que combaten contra otros o contra animales salvajes que han sido entrenados especialmente. Sabes que la mayoría de los animales no atacan al hombre, no importa lo hambrientos que estén. Tienen que ser entrenados especialmente. La carnicería es terrible.
Es algo que no quiero ver jamás -dijo Julia preguntándose que tenía que ver aquello con su intento de hacerlo escapar.
No es lo peor... ni remotamente -Maximus habló mirando al cielo que se iba oscureciendo- Por la mañana, los espectáculos son particularmente horrorosos. Es el momento en que los condenados son arrojados a las fieras sin siquiera una oportunidad de defenderse. Entre ellos hay mujeres y niños de cultos religiosos perseguidos o prisioneros de guerra. Los animales los despedazan vivos -Maximus se aclaró la garganta- Pero he visto cosas aún peores. La semana pasada, por alguna razón nos llevaron temprano a la arena y nos dejaron encerrados en celdas durante buena parte del día. Los gladiadores más valiosos son guardados en las mejores celdas que están ubicadas un poco por debajo del suelo, de modo de que puedan ver y oír lo que pasa en la arena -tomó aliento profundamente- Los juegos son pagados por magistrados que esperan ser reelectos de modo que el que monta el mejor espectáculo es el que tiene mejor oportunidad de ganar. Cuando digo "mejor espectáculo" me refiero al más sangriento y depravado. En muchos casos, esos espectáculos cruzan el límite de la brutalidad y se convierten en una exhibición de perversión sexual.
Maximus calló y contempló las estrellas que empezaban a asomarse. Julia le dio tiempo para que ordenara sus pensamientos antes de urgirlo a continuar, sabiendo que necesitaba hablar de aquello.
Sigue. Sabes que no es fácil asustarme.
El se pasó las manos por la cara antes de continuar.
¿Sabes que la gente almuerza en las graderías mientras contempla los espectáculos? Comen mientras personas como ellas están siendo despedazadas frente a sus ojos. Son completamente insensibles a los mayores actos de barbarie -dejó caer su cabeza entre sus hombros, su voz tan baja que era casi inaudible- Entraron a una mujer a la arena. Una mujer hermosa. Estaba desnuda y estaqueada de bruces sobre un elaborado carro dorado, adornado para que pareciera un altar. Era como si ella fuese una ofrenda humana a los dioses. Después de hacer que el carro recorriera todo el perímetro de la arena de modo de que el público pudiera verla bien, la cubrieron con pieles de animales. Luego entró a la arena un hombre conduciendo un animal al que obviamente había entrenado para hacerlo... y el animal la violó.
Julia soltó una exclamación, sus uñas hundiéndose dolorosamente en el brazo de Maximus.
No te diré qué clase de animal era, sólo que nunca hubiera creído que eso fuera posible. Los gritos de la mujer eran horrorosos. No hace falta que te diga que fue severamente lastimada y sangraba mucho. Entonces soltaron animales salvajes para que la mataran. A la multitud le encantó.
A Julia se le escapó un sollozo y Maximus la atrajo contra él, envolviéndola en sus fuertes brazos. Sus lágrimas se derramaron sobre el cuero negro.
Hay más -susurró él.
No quiero escucharlo -sollozó ella, sus palabras sonando ahogadas contra su hombro.
Tienes que escucharlo -Maximus aguardó hasta que sus sollozos se aquietaron- Un grupo de carrozas salió al ruedo, cada una de ellas arrastrando a una mujer desnuda. Cuando estuvieron destrozadas y destripadas pero aún vivas, soltaron fieras para que acabaran con ellas. Y eso no es lo peor que vi. Lo peor involucró a una docena o más de dulces niñas rubias. Ninguna parecía tener más de diez años... probablemente eran germanas. Por lo que sé, puedo haber sido responsable de que estuvieran allí. Botín de guerra -Maximus se estremeció y susurró- No puedo ni siquiera tolerar la idea de decirte lo que hicieron con ellas.
Maximus acarició tiernamente la espalda de Julia mientras ella permanecía recostada contra él, agotada y laxa.
¿Entiendes ahora -dijo con voz temblorosa- porque no te arriesgaré involucrándote en un complot para liberarme? Podrías terminar en la arena como entretenimiento para la multitud. No podría vivir con eso sobre mi conciencia.
Ella asintió contra su hombro y sollozó. Se quedaron así durante un largo, largo rato. Cada uno consolando al otro. Cada uno obteniendo consuelo del otro.
Finalmente, Julia tomó el rostro de Maximus entre sus manos.
Siento haber dicho que eras egoísta.
El sonrió y le besó los dedos.
No hay cuidado.
Anoche dijiste que eras responsable de la muerte de tu familia y que merecías morir tanto como Commodus. Maximus...¿qué les ocurrió?
De inmediato lo sintió retraerse.
Esta noche no quiero hablar de eso.
Julia bajó las manos hasta apoyarlas en sus hombros y estudió su rostro tenso.
Te entiendo -dijo mientras se estrujaba la mente para encontrar el modo de aligerar el humor sombrío que se había abatido sobre ellos. Como si hubiera estado previsto, el estómago de Maximus gruñó.
Oh, por favor, olvidé que no has comido en un largo rato. Debes estar muriéndote de hambre.
Maximus se frotó el estómago.
De hecho, lo estoy.
Julia se puso de pie y tironeó de su mano.
Ven, la comida nos espera en mi departamento. Probablemente ya se enfrió.
Maximus dejó que lo condujera por el sendero.
Probablemente ya no está ahí. Tus gatos la deben haber descubierto. Los gatos mejor alimentados que jamás vi.
Julia se echó a reír.
No, esta vez ordené a los sirvientes que la cubran -mientras hablaba, Julia deslizó un brazo en torno a la cintura de Maximus y éste le envolvió los hombros con el suyo.
Atraído por la risa de Julia, Apollinarius se asomó a la terraza que se abría sobre sus habitaciones, vio a la pareja que emergía del jardín y se acercaba al atrio... y sonrió.
El camino parecía simbolizar en poderío y la fuerza del imperio Romano ...
Avanzaba recto y fuerte a través de las colinas y las rocas y cruzaba anchos ríos en su decidido avance hacia la capital del imperio. Glaucus puso a Ultor al galope y se sintió complacido cuando los otros viajeros se apartaron del paso del poderoso semental, abriéndole camino del mismo modo en que el campo le abría paso a la Vía Flaminia, la principal ruta que unía el Norte del imperio con Roma. Su espalda se mantenía tan derecha como el camino, su voluntad tan firme como la piedra bajo los cascos de su caballo.
Hacía ya varios días que Glaucus había perdido el interés en los pretorianos que lo perseguían y ahora se encontraba completamente concentrado en su misión. Su estómago se contrajo de excitación mientras se aproximaba a los gráciles arcos de piedra del puente Milviano que cruzaba el río Tíber al Norte de la ciudad. Hizo que Ultor se detuviera sobre el puente y miró por un momento hacia abajo, hacia el sol danzando sobre la superficie rizada del agua y luego alzó los ojos y miró cómo el río describía una curva perezosa detrás de la colina distante, donde elegantes villas blancas asomaban entre los olivos y limoneros plantados en sus laderas, las terrazas ofreciendo espectaculares vistas de la ciudad amurallada. Aquellas eran las lujosas casas de campo en las que los ricos de Roma podían escapar al bullicio y al calor de la ciudad. Casi estaba allí. Roma se encontraba muy cerca.
Pero el viaje de Glaucus se fue haciendo más y más lento inmediatamente al Sur del puente. El tráfico proveniente del Norte y el Este del imperio confluía allí y la Vía Flaminia apenas alcanzaba para contenerlo. Carruajes traqueteantes, pesadas carretas y carrozas ligeras competían por el espacio con jinetes impacientes y transeúntes recelosos, todos los cuales tenían negocios pendientes en la capital del imperio. Pollos y gansos gritaban y batían sus alas, sus plumas flotando en el aire inmóvil y los cerdos resoplaban y chillaban en sus apretados encierros dentro de los carros. Los granjeros conducían a sus vacas por el camino en dirección a los mercados ubicados dentro de la ciudad amurallada, asegurando la provisión de carne fresca para los ciudadanos pero dejando a su paso un rastro maloliente al que hacían su aporte los caballos y bueyes que impulsaban los vehículos.
Todo tipo de carga marchaba rumbo a los grandes mercados de Roma, incluida la carga humana destinada a los mercados de esclavos y la arena. Hombres, mujeres y niños de ojos vacíos lo miraban con desesperanza a través de las rejas y Glaucus apartó sus ojos, incapaz de enfrentar su expresión desolada.
Un carro volcado detuvo el tráfico por casi una hora hasta que el vehículo pudo ser removido y su destrozada carga de tejas rojas fue paleada a un costado por esclavos, permitiendo que los enojados viajeros pudieran seguir su avance mientras el crepúsculo se aproximaba rápidamente. El camino estaba ahora rodeado a lado y lado de monumentos y mausoleos de todo tamaño, formando largas hileras ininterrumpidas que mantenían a la ruta y sus ocupantes encerrados en el medio. Al principio, los monumentos decorativos pusieron incómodo a Glaucus; luego, cuando el andar se hizo más lento permitiéndole examinar muchas de las inscripciones, el joven empezó a sentirse intrigado. Hombres, mujeres y niños habían sido inmortalizados en ellos ... gente que había vivido y había muerto en la gran ciudad pero, en virtud de la ley, había sido enterrada fuera de sus gruesas murallas. Su corazón comenzó a acelerarse. ¿Encontraría el nombre de su padre entre los de los muertos? ¿Encontraría un monumento erigido en memoria de un general romano que había muerto en condiciones misteriosas y lejos de su familia?
Lentamente, Glaucus zigzagueó a través del camino montado en su caballo, tratando de leer cada nombre, haciendo que los cansados viajeros se apartaran a tropezones de su camino y lo maldijeran y le mostraran sus puños en alto. ¿Estaba Maximus allí? ¿Cuántos miles de monumentos había en aquel lugar? Y éste era sólo no de los caminos que conducían a Roma ... los otros serían iguales. Conmocionado, respiró hondo varias veces para calmarse. Debía aferrarse a la idea de que Maximus estaba entre los vivos y no entre los muertos. Tenía que entrar a la ciudad.
Finalmente, Roma emergió entre la niebla del atardecer cual magnífico espejismo. Aún a la distancia, su grandeza era inimaginable. Altos edificios con columnas, techos inclinados de tejas rojas y magníficas cúpulas se elevaban por encima de las murallas de la ciudad, extendiéndose tan lejos como el ojo pudiera llegar. Para el momento en que Glaucus logró alcanzar la Porta Flaminia, la magnífica entrada de piedra que guardaba el acceso Norte a Roma, estaba oscureciendo. El tráfico finalmente disminuyó a medida de que los transeúntes se dirigían hacia las posadas que se agrupaban en torno a las murallas externas de la ciudad para esperar en ellas la llegada de la mañana. Pero Glaucus prefirió permanecer junto al grupo de vehículos a los que se permitía circular por la noche dentro del área amurallada. Quería a su caballo bien guardado en un establo seguro que se encontrara cerca de donde él mismo se instalara. No tenía idea de si a esa hora tan tardía le sería posible encontrar una habitación disponible pero no podía esperar otra noche para ingresar a la ciudad que, potencialmente, contenía las respuestas a sus preguntas. Finalmente, Glaucus cruzó la puerta que daba acceso a la ciudad de Roma al tiempo que el sol se ocultaba detrás de la colina Oeste.
Vía Flaminia seguía su camino recto y Glaucus se limitó a seguirla, echando miradas subrepticias a los callejones oscuros y retorcidos que se abrían en ambas direcciones. Mantenía a Ultor con las riendas cortas pero el animal no estaba acostumbrado a las muchedumbres que había encontrado en las últimas horas y se estaba poniendo cada vez más nervioso. Cuando un conductor impaciente rozó su flanco con su vehículo, el caballo se alzó de manos enojado. Glaucus luchó para controlarlo y luego desmontó, sujetando firmemente la brida y hablándole en voz baja para calmarlo, mientras se mantenía al costado del camino. Aquello dio resultado hasta que un borracho emergió de la oscuridad y trastabilló frente al agitado animal. Glaucus supo que había llegado el momento de buscar un lugar donde pasar la noche. Al cabo de unos minutos encontró una posada cuyo establo tenía lugar para Ultor. Alimentó y cepilló al caballo y, envolviéndose en su manto, se acurrucó en la paja cerca de las patas delanteras del animal, rogándole que tuviera cuidado al moverse. Glaucus no tenía la intención de dejar sólo al semental hasta tanto no tuviera la oportunidad de inspeccionar el establo a la luz del día para asegurarse de que cubriera todas sus necesidades.
A la mañana siguiente, Glaucus se dirigió hacia la ciudad a pié. Estaba cansado, en parte entumecido por haber dormido en la paja y en parte por los ruidos nocturnos a los que no estaba acostumbrado. ¿Quién hubiera dicho que la ciudad nunca dormía? Durante toda la noche los carros habían retumbado al pasar junto a la posada acompañados por el clip-clop de los cascos de los caballos y el cotorreo y los gritos de sus conductores. Acostumbrado como estaba a las serenas noches de verano cuyo silencio era interrumpido sólo por el canto de los brillos y la suave brisa, había dormido muy poco.
Pero el establo había demostrado ser más que adecuado y había hecho los arreglos necesarios para que Ultor permaneciera allí hasta que volviera a necesitarlo.
A primera luz de la mañana, la ciudad parecía mucho más hospitalaria pero no menos atestada. Los carruajes y carros habían sido reemplazadas por hordas humanas acarreando canastos, preparadas para las compras del día. Al contrario de Glaucus, todos parecían saber perfectamente hacia dónde iban y fue constantemente empujado y codeado a medida de que caminaba. Por último, dejó que la marea humana lo condujera hacia el centro de la ciudad, hacia una construcción elevada y redonda que había atraído su atención. Sólo apartó la mano de la empuñadura de su espada lo suficiente como para abrirse camino hacia los dos enormes obeliscos de granito rosa que marcaban la entrada al terreno ocupado por el mausoleo del gran emperador Augustus y su familia. Fascinado, Glaucus contempló la estructura rodeada por gráciles cipreses. En lo alto del techo se encontraba una estatua del emperador hecha de bronce pulido que refulgía bajo los rayos del sol matutino. Glaucus anduvo lentamente en torno al edificio y sintió deseos de quedarse en ese lugar tan sereno. Pero, en cambio, se dirigió de regreso hacia la multitud, decidido a seguir en pos de su objetivo.
Las tiendas se alineaban ahora a lo largo de la calle, los comerciantes pregonaban a gritos la calidad de sus mercancías y hasta encaraban a los transeúntes en la esperanza de convencerlos de detenerse a comprar. Le ofrecieron verduras, jabón, pan, sandalias de cuero y hasta un pollo vivo mediante el simple trámite de ponérselo bajo las narices a medida de que los vendedores eran atraídos por el joven portando la imponente espada y la chispeante fíbula. Finalmente, Glaucus levantó las manos indicando que no estaba de ánimos para comprar.
Cansándose rápidamente de la multitud, Glaucus se apartó una vez más y se dirigió hacia una espaciosa y tranquila plaza rodeada de edificios públicos ... el Campo de Marte. En medio de éste, una simple y grácil columna esculpida en bajorrelieves que la envolvían en forma de espiral se alzaba hacia el cielo. Glaucus echó su cabeza hacia atrás de modo tal de poder ver la totalidad de la columna y luego se acercó a la base de la misma, la cual era mucho más alta que él estremeciéndose al ver el nombre de Marcus Aurelius grabada en la misma. Esa columna había sido erigida en honor de Marcus Aurelius ... el fallecido, gran emperador. Glaucus tendió sus dedos tentativamente y trazó con ellos cada letra del nombre del emperador. Aquel era el emperador de su padre. Apartándose una vez más, caminó lentamente en torno a la columna examinando todo lo que alcanzaba a ver de los espléndidos bajorrelieves. Era un monumento a las victorias guerreras del emperador y cada escena ilustraba batallas. ¿Estaría allí su padre? ¿Estaría allí guardada la imagen de Maximus ... un recuerdo de su relación con aquel gran hombre inmortalizado en la piedra? Pero, ¿cómo saberlo? Glaucus sólo podía ver unos pocos pies del total de las tallas y aún así no podía hacerlo con mucha claridad. Se alejó un poco y sombreándose los ojos con la mano pudo ver las estatuas del emperador y su esposa, Faustina, ubicadas en lo alto de la columna. En silencio, le prometió al emperador que así fuera lo último que hiciera, reivindicaría a su general de cualquier acción malintencionada que se hubiera perpetrado en su contra. Luego, sus dedos se curvaron en un puño y bajando la mano se la llevó al pecho en señal de saludo hacia aquel gran hombre, sabiendo que habría de regresar a aquel lugar.
Ahora Vía Flaminia cambiaba su nombre por el de Vía Lata, luego se curvaba y angostaba considerablemente para convertirse en el Clivis Argentarius y Glaucus supo que estaba casi en la ciudad vieja. El sol estaba casi sobre su cabeza cuando pasó por la angosta puerta de la Muralla Servia que había sido alguna vez la muralla exterior de la ciudad. Pronto se encontró ante al extremo Oeste del Foro Romano, el epicentro político, religioso y comercial de la ciudad. Se quedó mudo de asombro. Nunca había imaginado la grandiosidad del lugar. Era una plaza enorme, abierta, adornada en su centro por una serie de columnas monumentales elevadas en honor de dioses y diosas. Allí se encontraba el Senado y también había palacios, templos, arcos y estatuas. En todas partes había gente reunida en grupos hablando de política o intercambiando chismes, mientras que otras personas iban y venían ocupadas con sus asuntos y visitantes como él mismo, admiraban boquiabiertos tanta magnificencia. El Foro brillaba y relumbraba ... había mármol blanco, verde y gris por doquier, la mayoría de las veces exhibiendo su natural belleza, otras tallado y pintado. Estatuas de bronce y oro, intrincados mosaicos, terrazas llenas de flores y fuentes burbujeantes contribuían a la gloria del lugar. Lentamente, Glaucus caminó a lo largo del Foro y luego de regreso, tocando, mirando y maravillándose ante lo que veía. Se detuvo en el medio y contempló el templo de Julius Caesar, con sus elevadas columnas y sus enormes puertas de bronce. A la derecha de éste se encontraba el templo de Vesta y, más allá, en la colina que se encontraba detrás, se extendía lo que sólo podía ser el palacio imperial.
En el extremo opuesto de la plaza, más allá de los edificios del Foro, el horizonte era dominado por la muralla curva del Coliseo y los gritos de los espectadores le llegaron traídos por la brisa.
Finalmente, Glaucus trepó las escaleras del templo de los Dioscuros y se sentó en el escalón más alto, a la fresca sombra de sus enormes columnas. Cerró los ojos y absorbió los olores y sonidos de la gran ciudad. Luego los abrió nuevamente y contempló al pueblo de Roma mientras éste atendía sus negocios ... gente de numerosas razas y orígenes, venida de todos los rincones del imperio. Miles de personas. Miles y miles.
De repente, Glaucus se sintió agobiado por la futilidad de su misión y sus hombros perdieron su postura erguida. ¿Cómo podía esperar encontrar algo o a alguien en un lugar de esas dimensiones? ¿Cómo encontrar a una prostituta pelirroja? ¿Cómo encontrar a un antiguo comandante de los pretorianos? ¿Cómo encontrar a su padre? ¿Cómo, en nombre de los dioses, podría encontrarlo?
Glaucus se encontraba a punto de golpear la puerta por tercera vez cuando ésta se abrió abruptamente. Frente a él no había nadie.
¿Sí? -ladró una voz femenina.
El joven dirigió su mirada hacia abajo, hasta dar con una mujer muy bajita que estaba de pie en el atrio en sombras pero todo lo que pudo ver de ella fue una enorme pila de rizos rojizos intrincadamente peinados.
¿Tiene un departamento para alquilar? -preguntó hablándole al montón de cabello.
¿Quién se lo dijo?
Uh ... el propietario de la taberna que está abajo. Cené allí y pregunté ...
Bueno, soy muy exigente en lo que hace a quienes alquilo mis departamentos.
La mujer empezó a cerrar la puerta pero Glaucus se lo impidió adelantando un pie. Irritada, dio un paso hacia atrás y con una lentitud insultante lo miró de pies a cabeza.
¿Por qué está vestido así?
Estoy de duelo -ahora también Glaucus pudo echarle una mirada a su interlocutora. "Vieja" fue el primer adjetivo que se le ocurrió.
¿Quién murió?
Mi madre y mi hermano.
¿De dónde es?
España.
Otra vez empezó a cerrar la puerta pero Glaucus se adelantó impidiéndoselo.
No le alquilo a personas como usted -dijo la mujer con convicción.
¿Personas como yo? ¿Qué quiere decir con eso?
Lo que quiero decir es que sólo le alquilo a gente de la clase senatorial. Usted ... obviamente ... no califica.
Da la casualidad de que sí.
La mujer siguió mirándolo con suspicacia e inclinó la cabeza de lado, un aire de superioridad emanando de cada poro de su cuerpo. Al mismo tiempo, un hombre joven vestido con una toga blanca, se deslizó por la puerta detrás de Glaucus y dijo amablemente:
Buenos días, Dama Honoria.
La mujer lo ignoró. El hombre hizo su andar más lento mientras cruzaba el atrio y miró con curiosidad en dirección a Glaucus.
Pruébelo -demandó la mujer, dudando aún del linaje de Glaucus.
El joven depositó su alforja en el umbral y hurgó en su interior en busca de los documentos de su padre. Le entregó a la mujer el indicado y la vio acercarse a la luz y sostenerlo a tan lejos como lo permitía su brazo, entornando los ojos para leerlo. Glaucus notó que el hombre que acababa de entrar se encontraba apoyado contra una puerta, observando los hechos con indisimulada diversión.
¿Su padre es un general? -le preguntó.
Sí, Domina.
La casera le devolvió el documento bruscamente y luego echó la cabeza hacia atrás y examinó la brillante fíbula que se encontraba a la altura de su cabello.
El departamento es caro. ¿Tiene dinero?
¿Qué tan caro?
Le dijo la cifra y Glaucus tragó saliva.
Y la renta se paga a principios de cada mes. Estoy pidiendo tres meses por anticipado.
¿Puedo verlo?
¿Puede permitirse verlo?
Sí ... me gustaría verlo.
No puede traer mujeres.
Sí, entiendo.
Nada de fiestas.
Sí ...
La mayoría de mis inquilinos son gente muy tranquila y no toleraré estupideces.
Por supuesto que no, Domina. Ni siquiera se dará cuenta de que estoy aquí, se lo aseguro.
Bueno, entonces venga. Sígame.
La diminuta mujer se dio vuelta y desapareció en las sombras.
¡Psst!
Glaucus se detuvo en la mitad de un paso y miró al hombre joven que se encontraba al otro lado del atrio.
¿Sabes leer griego? -siseó éste.
¿Griego?
Sí ... ¿sabes leerlo?
Sí.
Eso es bueno. El contrato de alquiler está en griego, de modo de que ella pueda detectar a los que carecen de educación y no valen la pena -el joven le guiñó un ojo y luego introdujo una llave en la cerradura de su puerta- Buena suerte.
¿Viene? -gritó la propietaria desde el otro lado de la estancia y Glaucus se apresuró a ir tras ella. Mientras la mujer caminaba frente a él, trató de establecer su edad. Lo único que logró dirimir fue que era muy vieja. El cabello era una peluca ... estaba seguro. Aquellos gruesos rizos no tenían no tenían nada que ver con su rostro profundamente arrugado. Sus mejillas estaban pintadas de carmín y sus labios de rojo y el color se escurría por las líneas verticales en torno a su boca. Estaba vestida con un atavío hecho de una costosa tela pero que no iba de acuerdo con su figura ... demasiado apretado en algunos lugares y demasiado suelto en otros. Mientras avanzaba, la mujer no dejaba de hablarle al aire frente a ella y Glaucus se esforzaba por escuchar lo que estaba diciendo:
... pierda sólida de modo que no hay peligro de fuego -iba alardeando- Muy pocas insulas en Roma pueden jactarse de eso. Techos altos -hizo un gesto con la mano en dirección al cielo raso y Glaucus notó los pesados anillos que llevaba en cada dedo- Mírelos.
La mujer alcanzó una escalera y empezó a trepar por ella, tomándose su tiempo y resollando para el momento en que llegó a la tercera planta.
Como vió, la primera planta está reservada a tiendas y lugares elegantes donde comer ... tiendas muy exclusivas, en caso de que no lo haya notado.
Son muy lindas -acotó Glaucus. Lo cierto era que ni siquiera las había mirado.
En esta área de la ciudad sólo hay lugar para lo mejor de lo mejor. Estamos a pocas cuadras del palacio, sabe, y los mejores ciudadanos de Roma tienen sus hogares por aquí. Hay pocas insulas en los alrededores y puedo darme el lujo de ser muy selectiva antes de aceptar a un inquilino.
Sí, Domina. Entiendo.
La mujer asintió con la cabeza.
Vivo en la segunda planta.
Glaucus se preguntó quién sería el hombre de cabello negro que había abierto una puerta en ese piso bajo con su propia llave. Era obvio que vivía allí.
En esta planta hay cuatro departamentos, uno en cada esquina.
La mujer se detuvo ante una pesada puerta de roble tallado y extrajo una llave del escote de su vestido. Empujó la puerta para abrirla y desapareció en el interior de la habitación, hablando otra vez.
Esta es la recepción. Hermoso mármol verde ... nada de piedra barata en este lugar. Piso de mosaicos. El comedor está por allí –-señaló. Su voz se hizo más distante mientras ella se dirigía hacia otra habitación y Glaucus apenas si tuvo tiempo de mirar a su alrededor- Este es el dormitorio. No es muy grande pero es muy cómodo. Buenos muebles, como puede ver. Espero que permanezcan en las mismas condiciones.
Se dio vuelta abruptamente y empujó a Glaucus a un lado mientras volvía a entrar en el área de recepción y se dirigía hacia la cocina.
La cocina -indicó con su mano- El baño está allí y tiene agua corriente y cloaca ... muy raro aún en Roma.
La mujer lo miró para asegurarse de que había escuchado y Glaucus asintió con la cabeza. A decir verdad, estaba impresionado con el lugar.
- Mire por la ventana -le ordenó.
Glaucus se asomó por sobre el tejado rojo hacia un hermoso patio con maceteros floridos, una fuente de mármol y estatuas. Un gran limonero echaba sombra sobre dos bancos y una mujer dormitaba en uno de ellos, el mentón hundido en su pecho y su cuerpo inclinado hacia delante mientras roncaba sonoramente.
Muy lindo -dijo.
Se llega al patio desde la planta baja -la mujer apoyó las manos sobre sus amplias caderas- ¿Bien?
Es maravilloso. Estaré muy feliz de ser su inquilino, Domina.
La dama lo miró largamente como tratando de decidir si él estaba a la altura de sus demandas y luego dijo:
Espere aquí mientras busco el contrato. No toque nada.
Glaucus aprovechó su salida para echar una mirada al departamento. Era luminoso, colorido e impecable. Los murales ilustrando escenas de jardines traían el aire libre al interior. Se sintió afortunado de haberlo encontrado.
¿Bien? -preguntó una voz masculina.
Glaucus giró para encontrarse frente al hombre de la primera planta parado en el umbral. No supo si sentirse enojado o divertido.
Voy a quedármelo.
¡Excelente! -el hombre le tendió la mano- Mi nombre es Marius Vipsanius Agrippa y vivo en la planta baja.
Glaucus aceptó su mano.
Glaucus. Maximus Decimus Glaucus.
Un nombre apropiado -dijo Marius con una sonrisa mientras evaluaba al recién llegado- Hasta ahora te las arreglaste para pasar el examen ... ¿estás listo para el siguiente?
¿Leer griego?
Sí.
Ese no debería ser un problema pero gracias por avisarme.
Lo hice por razones puramente egoístas, créeme. Estoy cansado de ser el único varón en este lugar y el único ser que no tiene un pié en la tumba. Este edificio está poblado por viejas viudas ricas que dejaron sus hogares en las colinas para vivir aquí. No sabes lo privilegiado que eres de haber logrado su aprobación.
Glaucus sintió un cálido impulso hacia aquel hombre tan abierto que tenía aproximadamente su misma edad. Su cabello era una masa de negros rulos rebeldes y sus ojos eran de un color marrón oscuro. No era particularmente apuesto ... su nariz era demasiado larga y su boca demasiado delgada ... pero su actitud lo hacía muy atractivo.
Obviamente, tú también pasaste el examen.
Marius sonrió.
No tuve que pasarlo. Mi padre es un senador que actualmente es gobernador de Cappadocia y vive aquí cuando está en Roma. Mi madre y hermanas están en nuestra villa de verano al Oeste de la ciudad de modo que yo me quedo aquí mientras estudio.
¿Qué estudias?
Política, ¿qué otra cosa? Mi padre me está preparando para algo grande. Paso los días con mis tutores y en las bibliotecas y el senado. Mis noches, en consecuencia, han sido muy aburridas -bajó la voz hasta alcanzar un tono de conspirador- Eso puede cambiar ahora que estás aquí.
Tendré mucho que hacer mientras esté en Roma, Marius.
Su interlocutor se encogió de hombros.
No puedes trabajar todo el tiempo. ¿Cuánto llevas aquí?
Llegué hoy.
¿Habías estado antes en Roma?
No.
Bueno, entonces permíteme ser tu guía.
Gracias. Lo aprecio mucho.
¿Qué te gustaría ver primero?
Las prisiones, luego los prostíbulos.
Marius se quedó de una pieza pero se recuperó rápidamente.
La mayoría de la gente quiere ver los palacios y los templos y las arenas. Puedo entender lo de los prostíbulos y estoy contactado personalmente con los mejores pero ... ¿por qué las prisiones?
Razones personales.
Ah ... muy críptico -murmuró Marius. Se colocó a un costado de Glaucus- Apostaría que esa espada es buena para iniciar conversaciones ... o terminarlas.
En un acto reflejo, los dedos de Glaucus se cerraron en torno a la empuñadura.
Es de mi padre.
¿Es el sello de Marcus Aurelius lo que veo en la empuñadura?
Glaucus miró la espada y luego volvió a estudiar a Marius. Tenía una mente aguda y no se le escapaban los detalles.
Sí, lo es.
Bueno ... será un gusto tenerte aquí, Glaucus.
Gracias ...
Aquí está -dijo la propietaria mientras entraba en la habitación sin siquiera dirigirle una mirada a Marius- Lea y firme.
Glaucus aceptó el contrato y se dirigió hacia la ventana para tener mejor luz. En efecto, el documento estaba escrito en griego ... en un griego muy formal. Glaucus dio las gracias mentalmente a su tutor por haber insistido en que era importante que aprendiera aquel idioma si es que iba a ser un hombre importante. Como en aquellos tiempos Glaucus sólo tenía interés en andar a caballo, había estudiado a regañadientes. Ahora, sus estudios demostraban ser útiles. De repente, su rostro se ensombreció y dirigió su mirada hacia la mujer y Marius, quien aún estaba junto a la puerta.
¿Un año? ¿Debo firmar por un año? No pienso quedarme un año en Roma, Domina.
Es el término en el que insisto. No me gusta que la gente ande mudándose todo el tiempo. Un año.
Lo ... lo siento. Tendré que buscar otra cosa -estaba genuinamente decepcionado.
¿Cuánto tiempo pensaba quedarse? -preguntó la mujer.
Cuanto mucho, unos pocos meses.
No es posible. Insisto en un mínimo de ocho meses y nunca hice esta concesión a nadie.
Lo siento -a regañadientes, Glaucus le devolvió el contrato y tomó su alforja -¿Puede decirme dónde más puedo buscar?
No encontrará otros departamentos por aquí, joven. Hay muy pocas insulas en esta área y no hay vacantes.
Puedes probar en la Suburra. Allí hay muchas insulas -dijo Marius oficiosamente.
La mujer se puso rígida.
¿Cómo llego allí?
Retrocede hacia el Foro, luego toma hacia la derecha por Clivus Orbius. Toma cualquier calle del lado izquierdo y dobla hacia la derecha en Suburra Major. Con todo, tal vez no tengas mucha suerte a esta hora del día.
Correré el riesgo. Domina ... lamento haberle hecho perder su tiempo. Marius, fue un gusto conocerte.
Te veré por ahí, amigo -dijo Marius mientras Glaucus bajaba las escaleras.
Las indicaciones de Marius probaron ser más que adecuadas y Glaucus pronto se encontró dejando atrás el centro de Roma y adentrándose en los suburbios. Las calles se angostaron y se hicieron oscuras a medida de que la noche se iba asentando y disminuía la cantidad de antorchas que iluminaban el camino. Más de una vez Glaucus se detuvo y evaluó si sería prudente adentrarse en aquel territorio desconocido en la noche pero la Subura no estaba lejos y casi había llegado a su destino. Además ... necesitaba un lugar donde alojarse.
Olió la Subura mucho antes de verla. Su nariz se frunció en señal de desagrado ante las cloacas abiertas que lanzaban al aire sus vahos contaminados, una repulsiva mezcla de heces, orina y vómito. La escasa luz de las estrellas moría entre los deteriorados edificios que se retorcían hasta alcanzar hasta nueve pisos a ambos lados de la calle. La única luz que lo guiaba provenía de alguna antorcha ocasional y de los escasos rayos que se filtraban por las grietas de las paredes de madera de las insulas creando dibujos aserrados en el suelo de piedra.
Glaucus echó una mirada por sobre su hombro buscando a los pretorianos que lo seguían ... deseando por primera vez descubrirlos acechando en las sombras. Ya fueran amigos o enemigos, su presencia familiar habría sido un consuelo. Pero estaba solo. Sus instintos le decían que corriera pero, en cambio, se quedó parado donde estaba, transfigurado por el horror de su entorno. La tensión recorrió su cuerpo como la estática recorre el lomo de un gato y fluyó por él haciendo cosquillear sus miembros. Flexionó las rodillas y desenvainó la espada, girando su cabeza a izquierda y derecha. Sombríos callejones se retorcían en la oscuridad pero no antes de que la escasa luz revelara pilas de basura hirviendo de ratas y perros muertos de hambre y gruñendo que se dirigían en pos de su comida nocturna. Competían por los restos con seres humanos, retorcidos y tullidos por deformidades de todo tipo que procuraban alejar a puntapiés a los perros aulladores, mientras luchaban por las sobras saturadas de gusanos. Otras personas yacían en montones contra las toscas paredes, dormidos o inconcientes, bañados por el ruido incesante de niños llorando, adultos gritando y de los enfermos gimiendo de dolor y desesperanza.
Glaucus estaba al mismo tiempo horrorizado y fascinado. Nunca había imaginado que Roma pudiera ser así. Había creído que toda la ciudad sería como el glorioso Foro ... elegante e inmaculado. La Subura no se parecía a nada que hubiera visto o imaginado. ¿Cómo podían permitir que alguna gente viviera así en la más grande ciudad del imperio.
Glaucus dio un salto y giró en redondo cuando algo aferró su manga, la espada lista en su mano. La mujer ni siquiera se inmutó ante la peligrosa arma. Sus ojos lo recorrieron descaradamente.
¿Cómo lo quieres, lindo? ¿Con la mano? ¿Con la boca? Te puedo hacer precio si quieres las dos cosas.
El olor de aquella mujer hizo que se le revolviera el estómago y retrocedió,
¿Qué te pasa, precioso? -dijo la mujer mientras se le acercaba. Era penosamente delgada y su túnica era apenas un montón de harapos colgando de sus hombros huesudos. De las úlceras abiertas en sus piernas manaba pus amarillento- ¿Por qué no me dices lo que quieres ... hmmmm?
Repentinamente, la mujer se dio vuelta y le gritó a la figura que apareció a sus espaldas:
¡Fuera de aquí! ¡Yo lo vi primero!
La silueta desapareció en la oscuridad.
Frenéticamente, Glaucus hurgó en su túnica y extrajo algunas monedas.
Ten ... toma esto y cómprate algo de comer -le arrojó las monedas a los pies. Los ojos de la mujer llamearon y sus dedos huesudos aferraron el dinero. Se dio vuelta y desapareció en la oscuridad. Cuando Glaucus se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde. Formas humanas de todo tamaño se deslizaron hacia él y el joven blandió su espada presa del pánico.
¡Apártense! ¡Apártense de mí! ¡No tengo más!
Por favor, señor -suplicó una de las formas- Me muero de hambre.
Su ruego fue repetido por docenas de otras formas. Glaucus retrocedió lentamente hasta que sus pantorrillas golpearon contra algo peludo. El perro aulló y Glaucus cayó de rodillas junto a una cloaca abierta. Una de sus manos se hundió en la inmundicia, salvándolo de la caída pero poniéndolo en contacto con algo blando y podrido. El perro gruñó, los pelos del lomo erizado y se lanzó sobre el objeto, arrebatándolo con sus dientes. Glaucus alcanzó a ver costillas y una espina dorsal. Eran los restos de un bebé.
En un instante estuvo de pie y corriendo. Sus pies apenas si tocaban el suelo mientras volaba en dirección al Foro ... y a la luz y la limpieza y la seguridad de la ciudad. Sólo cuando estuvo seguro de que los terrores de la Subura habían quedado atrás se detuvo a vomitar al costado del camino. Temblando, se obligó a ponerse de pie y se encaminó hacia el Palatino. Tenía una cuenta que ajustar.
Bien Glaucus, qué agradable ... -las palabras de Marius se interrumpieron bruscamente cuando el puño de Glaucus conectó con su mandíbula y su cabeza cayó hacia atrás y el joven se estrellaba contra el piso de mosaicos del departamento, deslizándose sobre su espalda al tiempo que su boca se abría de asombro. Se quedó tendido, frotándose el mentón, su expresión de asombro transformándose en una sonrisa mientras estudiaba al enfurecido español.
Hijo de puta. ¡Pudiste hacer que me mataran!
Marius se echó a reír.
Eso es altamente improbable a menos que la espada que llevas al costado sea sólo un adorno. Preferí creer que sabrías cómo usarla.
En un segundo la espada en cuestión estaba bajo su mentón, obligándolo a volver a apoyar la cabeza sobre el suelo y su sonrisa se desvaneció. Alzó una mano en señal de súplica.
Vamos, Glaucus, sé razonable y aparta la espada. No te paso nada.
Me di el mayor susto de mi vida. Ese lugar supera toda posible descripción y tú sabías perfectamente a dónde me estabas mandando.
La mano de Glaucus temblaba de furia y Marius levantó cautelosamente un dedo que usó para apartar la punta de la espada.
Es cierto y no se me ocurre ningún otro hombre al que me hubiera atrevido a enviar ahí porque hubiera acabado hecho pedazos ya que los perros y la gente de por ahí están tan hambrientos que hasta comerían carne humana. Tu padre fue un general y tú llevas su espada. Como dije, me dio la impresión de que sabrías qué hacer con ella. De paso, estás de regreso en el lugar que te corresponde. Entonces, ¿por qué no vas por ese contrato y lo firmas?
¿Me enviaste a la Subura sólo para tenerme de regreso aquí? -dijo Glaucus incrédulo, mientras bajaba la punta de la espada- ¿Por qué?
Te lo dije. Soy egoísta. Estoy aburrido de seguirles el juego a unas mujeres viejas mientras las escucho balbucear sobre sus dolores y malestares.
Marius extendió su brazo
Vamos. Ayúdame a levantarme.
Glaucus lo ignoró y le dio la espalda mientras Marius luchaba para ponerse de pie y luego movía la mandíbula y se arreglaba la toga.
Tu derecha es cosa seria.
Su comentario no mereció más respuesta que el silencio.
Te diré lo que haremos. ¿Por qué no te quedas aquí esta noche y firmas el contrato por la mañana? Tengo un dormitorio extra ... y baño. Créeme, Glaucus -rió Marius- un baño te vendría muy bien.
Aún agitado, Glaucus envainó la espada al tiempo que se dirigía hacia la puerta.
Si voy a alquilar el departamento, tengo que ver a esa mujer esta misma noche. Puede alquilárselo a algún otro.
No lo hará. Le pagué en tu nombre los tres meses de anticipo que pedía. Puedes devolverme el dinero más tarde.
Glaucus giró en redondo y enfrentó azorado al hombre que parecía estar divirtiéndose en grande.
Eres un bastardo arrogante, ¿verdad?
¡Absolutamente!
No tengo mucha elección, ¿no es cierto?
Por cierto que no. Glaucus, lamento haberte enviado allí esta noche. Eres de la provincia, ¿verdad?
Ante la expresión ceñuda de Glaucus, Marius agregó apresuradamente:
No lo dije despectivamente ... muy lejos de eso. Lo que quise decir fue simplemente que nunca antes habías visto algo como la Subura ...
Esto está claro.
... y quedaste más sorprendido de lo que creí.
¿Por qué Roma permite que algo así exista?
Marius sonrió tristemente y se dirigió a un gabinete del que extrajo dos copas y una garrafa ornamentada. Sirvió el vino mientras explicaba.
Los senadores no tienen de qué preocuparse porque ese lugar cuida de sí mismo.
Como Glaucus alzara las cejas sin entender, continuó:
Los incendios. Ocurren todo el tiempo. Esos lugares son como mecheros y estallan en llamas casi todos los meses de modo que el fuego se encarga de controlar el crecimiento de la población de Roma.
Marius indicó una silla de cuero con un gesto.
Ven. Siéntate -se instaló en la silla frente a la de Glaucus- Además, muchos hombres de la clase senatorial hacen uso regular de ese lugar.
Glaucus pensó en la prostituta que lo había encarado y se dio cuenta del rumbo que había tomado la conversación.
Sexo barato.
He visto a los vehículos del "sexo barato". No puedo creer que hombre alguno se arriesgue a tocar a esas mujeres enfermas.
Oh, pero no son mujeres lo que buscan. Los hombres que van a la Subura quieren la fruta prohibida ... otros hombres ... niños. Allí satisfacen los deseos que no se atreven a exhibir en la Roma respetable. Los hombres y niños de la Subura saben que sobrevivirán en tanto y en cuanto mantengan la boca cerrada acerca de sus clientes. Si no lo hacen, mueren y a nadie le importa.
Glaucus permaneció silencioso durante un momento y miró el piso.
Roma no es lo que creí -dijo quedamente.
¿Ya estás desilusionado? -lo provocó Marius- Y ni siquiera has visto todavía lo peor.
¿A qué te refieres?
Las prisiones. Dijiste que querías ver las prisiones.
Glaucus asintió con la cabeza.
¿Alguna razón en particular?
Busco a alguien que puede haber estado preso en Roma.
¿Quién?
Glaucus clavó sus ojos en los de Marius y dijo seriamente.
Mi padre.
Marius se irguió sorprendido, derramando el contenido de su copa sobre su mano.
¿El general?
Glaucus se sintió complacido de ver que había logrado sacudir a aquel joven tan seguro de sí mismo.
Sí, el general. General de las legiones Felix y comandante de los ejércitos del Norte bajo el imperio de Marcus Aurelius -suspiró profundamente y susurró- Mi padre.
Marius se dejó caer otra vez en su silla.
Glaucus, hay una sola prisión en Roma donde un hombre como tu padre podría haber sido encerrado ... la prisión Tullia. Pero...
¿Dónde está?
Debes retroceder por el Clivus Argentarius que, presumo, es el camino por el que entraste a Roma. Luego doblas a la izquierda en Vicus Pallacinae. Allí hay un asentamiento militar donde viven los pretorianos y la prisión forma parte de ese gran complejo. Los pretorianos manejan la prisión Tullia que es parte de la prisión Lautumiae.
Glaucus se preguntó a sí mismo si aquel sería el lugar donde "sus" pretorianos estarían parando.
¿Por qué la manejan los pretorianos?
Porque es la prisión del estado, donde encierran a los presos políticos. Gente importante ... la hermana de Cleopatra, Arsinoe, fue encerrada allí. Los jefes tribales también, para luego ser exhibidos en los triunfos. Allí es donde los ejecutaban. Los presos comunes son encerrados en la prisión Lautumiae antes de que los envíen a morir en la arena. Glaucus -dijo Marius en tono vacilante- las condiciones allí son espantosas ... indescriptibles ... y los prisioneros raramente viven mucho. ¿Cuánto tiempo se supone que tu padre puede llevar allí?
No sé si alguna vez estuvo allí pero si así fue ... casi dieciocho años.
Marius movió la cabeza y luego se puso de pie y se acercó a Glaucus, apretándole el hombro para ofrecerle consuelo.
Ven, amigo, y te mostraré donde están el baño y tu dormitorio. Es muy tarde y por cierto que te esperan momentos difíciles.
Glaucus se puso de pie y lo enfrentó.
Puedo robarle algo de tiempo a mis estudios -siguió diciendo Marius- Te ayudaré a buscar a tu padre. Lamento que tu primera visita a Roma tenga que ser en estas circunstancias.
Glaucus asintió y suspiró nuevamente.
Marius le rozó el mentón en una imitación juguetona del puñetazo que lo había lanzado al suelo poco antes. Glaucus finalmente sonrió.
Y luego te llevaré de gira por los mejores baños y prostíbulos de Roma, amigo mío. Tenemos que hacer que tu visita contenga al menos algo de diversión.
Glaucus tomó una hoja de papiro limpia, hundió su pluma en la tinta negra y comenzó otra vez:
Queridos mamá papá:Se detuvo y tamborileó con la pluma contra su labio inferior mientras analizaba esas palabras. No era usual iniciar una carta con un toque tan familiar pero vaciló ante la idea de usar los aceptados "madre y padre" prefiriendo reservarlos para sus verdaderos padres, Olivia y Maximus. De algún modo, necesitaba separar a las personas que lo habían criado – su tía y su tío – de las que lo habían concebido, mantener aparte a aquellos padres que no eran sus verdaderos padres del hombre y la mujer que le habían dado la vida. Por eso, por el momento, Augusta y Titus serían "mamá y papá", títulos que tenían mucho que ver con la amorosa relación que habían compartido. Aún no tenía una imagen completa de su padre. En su mente, Maximus era aún un ser borroso e indistinto y, en su corazón, alguien de algún modo distante. Sin embargo, esto último estaba cambiando lentamente, a medida de que Glaucus descubría más y más sobre él y el corazón del joven se iba inclinando más y más hacia Maximus, el hombre, que hacia Maximus, el general. Pero nunca se habían visto cara a cara, nunca se habían reído juntos o compartido una comida... o, simplemente, se habían tocado.
Volvió a humedecer la pluma y siguió escribiendo:
He estado en Roma por dos días y ahora me encuentro instalado en un departamento seguro, cerca del palacio imperial, en un buen barrio de la ciudad. Incluyo la dirección en esta carta para que puedan devolverme el saludo. Por favor, estén seguros de que me encuentro bien y me he hecho de un buen amigo quien ha prometido ayudarme en la búsqueda de mi padre. Su padre es gobernador de una provincia romana y estoy seguro de que puedo confiar en él.
Glaucus pensó detenidamente en la última palabra. No quería escribir nada que pudiera alarmar a su tía y a su tío implicando que había en el escenario gente en la que no pudiera confiar. Pero éste era su tercer intento por escribir la carta y estaba demasiado harto del tema como para comenzar de nuevo. Tendría que elegir sus palabras con cuidado.
Roma es una ciudad sorprendente, muy grande, con ciudadanos venidos de todos los rincones del imperio. Muchos barrios son muy elegantes pero otras zonas no. De nuevo les aseguro que estoy instalado en una zona segura.
¿Acaso se estaría tratando de dar confianza a sí mismo?
Viajé desde Germania acompañado sólo por Ultor porque dejé a Apollo con Jonivus, quien fuera el ingeniero jefe de mi padre, en Vindobona. Iré a buscarlo cuando haya logrado mi objetivo. Dejé a Ultor en buenas manos ya que no puedo tenerlo conmigo porque los caballos no están permitidos dentro del perímetro de la ciudad mientras es de día, salvo que se trate de las monturas de los pretorianos.
Glaucus se juró a sí mismo que no volvería a mencionar la palabra "pretoriano" nuevamente y no tenía la menor intención de decirles a sus tíos que había sido seguido desde Germania por los agentes del emperador. No quería que se preocuparan por él o, peor aún, que insistieran en que regresara a casa.
Jonivus fue una gran fuente de información pero, al mismo tiempo, hablar con él me planteó aún más preguntas, cuyas respuestas espero encontrar aquí. Estoy buscando a una mujer a la que mi padre conoció cuando frustró el complot de Cassius para destronar al emperador. También espero encontrar a quien fuera el segundo en el mando de mi padre, Quintus, quien entiendo fue nombrado comandante de la guardia pretoriana por Commodus. Como saben, tengo la esperanza de encontrar vivo a mi padre y Jonivus me dio suficiente información como para creer que Maximus no murió en Germania sino que, en efecto, puede haber regresado a España. Después de eso, el rastro se pierde pero confío en encontrar gente que pueda arrojar algo de luz sobre el misterio de su desaparición. Mañana visitaré la Prisión Tullia para ver si hay algún registro de que haya estado prisionero allí.
Luego de esa visita tengo todo un itinerario planeado y Marius, mi nuevo amigo, insiste en que nos divirtamos un poco. Me siento reacio a perder tiempo...
¿Glaucus? -La voz de Marius le llegó ahogada a través de la gruesa puerta.
Sí, aquí estoy. Entra -gritó Glaucus.
... pero Marius insiste en ser mi guía y mostrarme la ciudad.
Una brisa fresca agitó el borde del papiro mientras Marius abría y cerraba la puerta.
¿Qué estás haciendo?
Escribiendo una carta.
Marius hizo girar los ojos en un gesto elocuente.
Puedo verlo por mí mismo.
Escribo a mi tía y mi tío y no es de tu incumbencia. No los he contactado desde que partí de casa y quiero asegurarles que estoy bien -Glaucus suspiró- Me temo que no soy bueno escribiendo cartas. Nunca tuve nadie a quien escribirle.
Marius deslizó su cuerpo delgado en una silla tapizada de cuero y calzó una pierna por encima del brazo de madera lustrada, dejándola balancearse mientras se acomodaba en el asiento y contemplaba a Glaucus con interés. El cuero crujió suavemente con cada movimiento.
Sabía que era la primera vez que te alejabas del nido -lo provocó.
Glaucus lo ignoró y trató de continuar, preguntándose qué otra información debía incluir en la carta.
Extraño mi hogar y las colinas verdes de España y, por sobre todo, a mi familia y los caballos. Pero siento que estoy logrando muchas cosas.
Levantó la vista y miró a Marius, quien estudiaba detenidamente sus uñas manicuradas. Un moretón violáceo adornaba su mentón pero Glaucus no sintió remordimiento alguno. Volvió a su carta.
No sé cuánto tiempo me insumirá esta búsqueda manteniéndome de paso lejos del hogar pero les aseguro que regresaré en cuanto haya encontrado las respuestas a mis preguntas...
¿Hay alguna razón para que te estén siguiendo?
Glaucus levantó la cabeza de golpe, su pluma produciendo una mancha de tinta negra donde la punta atravesó el papiro. Maldiciendo, secó la mancha lo mejor que pudo. Trató de mantener su voz controlada.
¿Por qué me lo preguntas?
Porque vi a dos hombres ocultándose en las sombras la noche en que llegaste -Marius levantó los ojos hasta que estos alcanzaron los de Glaucus- Esos mismos hombres te siguieron hasta la Subura.
¿Lo hicieron?
Entonces... ¿lo admites?
Glaucus miró la carta que estaba escribiendo y volvió a hundir la pluma en la tinta. La sostuvo inmóvil sobre el papiro hasta que en la punta se formó una gota brillante que cayó sobre éste agregando otra mancha. Finalmente dejó la pluma y se echó hacia atrás en su asiento, cruzando los brazos sobre el estómago. Se quedó callado.
Están afuera ahora mismo. Estoy seguro de que se creen bien ocultos pero soy un tipo observador... y no creo que me estén siguiendo a mí o a las viejas que viven aquí -Marius arqueó una ceja en dirección a Glaucus- De modo que ... ¿qué es lo que está pasando? ¿Me estoy metiendo en problemas al ayudarte?
Probablemente.
Aprecio tu honestidad -Marius siguió contemplando a su nuevo amigo- ¿Quiénes son?
Pretorianos.
Ahora Marius alzó ambas cejas.
Bueno... estoy impresionado, amigo mío. No es cosa de todos los días que alguien atraiga la atención del emperador.
Glaucus se acarició la barba.
Me siento muy honrado -dijo sarcásticamente.
¿Qué hiciste?
Al parecer, hice demasiadas preguntas. Más allá de eso... no tengo idea.
¿Preguntas acerca de...
Mi padre.
Oh -Marius asintió con la cabeza pensativamente- ¿De modo que el emperador escuchó hablar de sobre tu curiosidad y ordenó que sus hombres investigaran?
El emperador no escuchó hablar sobre mí. Hablé directamente con él...
Marius se irguió de golpe en su asiento.
¿Hablaste con él? Yo nunca siquiera me crucé con el emperador... -con un gesto de su cabeza indicó la dirección en que se encontraba el palacio- ... y vivo prácticamente bajo sus narices.
Marius miró ceñudo a Glaucus.
¿Dónde te encontraste con él?
En Germania, hace algunas semanas.
Germania. Escuché decir que estaba en Oriente.
No cuando me encontré con él. Estaba en la fortaleza de mi padre en Vindobona ... viviendo en una casa que fue construida para mi padre.
Marius detectó la amargura en sus palabras.
Glaucus, el emperador es dueños de cuanto hay en el imperio -dijo suavemente- Si se le antojara marchar hacia aquí y apoderarse de esta ínsula, podría hacerlo.
Glaucus miró la carta otra vez y se preguntó si debería mencionarle a su familia su encuentro con Septimius Severus. Decidió dejarlo para otra ocasión. Sería demasiado difícil de explicar. Marius volvió a atraer su atención.
¿Estás en peligro? -su tono era más curioso que alarmado.
Honestamente, no lo sé.
Marius se puso de pie y se dirigió hacia la venta con la fluida gracia propia de un hombre joven, apoyando las manos en el alféizar mientras contemplaba el patio. Finalmente, volvió su espalda hacia la ventana, su figura y su rostro oscurecidos por la luz que entraba por ella.
No confías en mí, ¿verdad?
Glaucus respondió sin vacilar.
No te conozco. Y como no entiendo por qué estoy siendo seguido, no sé en quién puedo confiar. Probablemente ya hablé de más.
Bueno, no te culpo. Yo tampoco confiaría si estuviera en tu lugar.
Te agradezco tu comprensión.
Pero tengo que admitir que siento curiosidad acerca de ti y de tu padre. Lo poco que me has dicho despertó mi interés. Al estudiar política, Glaucus, sé algo de historia. Soy un gran admirador de Marcus Aurelius. Roma nunca volvió a ser igual desde su muerte y que Commodus llegara al trono. Luego, por supuesto, todo se derrumbó cuando fue muerto en la arena y el poder pasó al mejor postor a través de los pretorianos.
Glaucus decidió aprovechar el giro que había dado la conversación.
¿Escuchaste hablar de un comandante de los pretorianos llamado Quintus? No conozco el nombre de su familia.
Sí. Fue comandante de los pretorianos durante el reinado de Commodus -Marius inclinó la cabeza y cerró los ojos como si tomar distancia del mundo le ayudara a traer a su mente la información que buscaba- Clarus. Creo que su nombre era Quintus Clarus.
Tienes buena memoria.
Tengo buena cabeza para las tonterías.
Para mí no es tontería. Antes de ser comandante de los pretorianos, Quintus Clarus fue el legado de mi padre. Lo ascendieron a comandante de la guardia pretoriana la misma noche en que Marcus Aurelius murió y mi padre desapareció.
Bueno... eso sí es interesante. Muy, pero muy interesante.
¿Qué fue de él?
Como comandante de los pretorianos, tomó el control de Roma tras la muerte de Commodus. En aquellos días había un senador... Graccus, creo... quien estuvo a cargo de hacer que el imperio volviera a ser una república. No tengo en claro quién le dio la autoridad para hacerlo. Y el joven Lucius Verus debería haber sido el heredero de Commodus. Pero Lucius era sólo un niño y Graccus sólo un senador. Ninguno de ellos tenía poder. Quintus y sus pretorianos tomaron el control de Roma y subastaron el trono al mejor postor... y de paso se repartieron el dinero, claro. Ese fue uno de los períodos más oscuros de la historia de Roma y el imperio fue muy inestable durante un tiempo.
¿Cuánto tiempo?
Bueno, para ser exactos, hasta que Septimius Severus tomó el control. Bastante tiempo.
¿Qué pasó entonces con Quintus?
Severus no confiaba en nadie a quien no conociera personalmente. Cuando marchó sobre Roma con sus ejércitos del Norte, reemplazó a todos los pretorianos por sus propios hombres. No recuerdo todos los detalles pero es una historia interesante. Severus reunió a todos los pretorianos y los despojó del poder, ordenándoles que marcharan al exilio.
¿Al exilio?
Sí. No les permitió vivir a menos de cien millas de Roma. Fueron despojados de sus tierras y riquezas, hasta de sus caballos. Ahora me acuerdo... me contaron una historia acerca de un pretoriano cuyo caballo trató de seguirlo. El hombre mató al caballo y luego se suicidó. Cayeron en la más absoluta desgracia.
Entonces, ¿Quintus no estaría en Roma?
Probablemente no... si es que aún vive.
La boca de Glaucus se convirtió en una fina línea.
Tenía esperanzas de encontrarlo aquí. El tiene la respuesta a muchas de mis preguntas.
Tal vez pueda ayudarte, Glaucus. Tengo amigos... contactos... gente que ha estado en Roma por mucho tiempo. Amigos de mi padre. Puede que ellos nos ayuden a encontrarlo.
Glaucus se puso de pie y cruzó el piso de mosaicos hasta apoyarse contra la pared de modo tal de que la luz iluminara a Marius en lugar de ocultarlo.
Te agradezco, pero si me ayudas puedes meterte en problemas. Por alguna razón, Severus no quiere que descubra la verdad. En Germania trató de enviarme a Oriente. Estoy seguro de que no le debe haber caído bien que ignorara su consejo.
No es un hombre al que le gusta que lo ignoren -asintió Marius- Pero yo soy un hombre al que le encanta retorcerle la nariz aún a aquellos que tienen mucho poder. Ten esto presente, Glaucus. Un hombre es emperador sólo hasta que aparece otro decidido a serlo. En estos días, sus chances de reinar son pocas... está en una posición precaria. Sus chances de fundar una dinastía, que es lo que Severus más desea, son aún menores. Mira sino la cantidad de emperadores que fueron asesinados.
Como Marcus Aurelius.
Bueno... por cierto que hubo rumores al respecto pero nunca se pudo probar nada. ¿Crees que fue asesinado?
Sí.
Y... ¿eso tiene algo que ver con tu padre?
Mi padre no tuvo nada que ver con la muerte del emperador -dijo Glaucus sin vacilar pero bajó la voz antes de agregar- Pero puede que supiera la verdad sobre lo que sucedió. Como te dije, Commodus ordenó que lo ejecutaran la misma noche en que murió Marcus Aurelius pero la evidencia parece indicar que escapó.
¿Dónde?
No lo sé. Puede haber regresado a España por un corto tiempo pero luego desapareció.
¿Y es por eso que piensas que pudo haber estado en prisión aquí?
Es posible.
Bueno, si estuvo alguna vez en Roma hay buenas posibilidades de que haya ido a dar a la Prisión Tullia pero nadie sobrevive mucho tiempo en ese agujero infernal saturado de enfermedades, de modo que no tengas muchas esperanzas. Pero los romanos somos famosos por nuestra manía de llevar registros de modo que, si alguna vez estuvo en esa prisión, estará asentado.
Marius anduvo lentamente hasta quedar frente a frente con Glaucus.
¿Quieres que vaya allí por ti? Puede ser más seguro que te mantengas aparte.
No, tengo que verlo por mí mismo -Sonrió para restarle dureza a sus palabras- Gracias, Marius, pero necesito hacerlo yo mismo.
Entonces, iré contigo -Marius alzó una mano para silenciar las protestas de Glaucus- Amigo mío, no tienes ni idea de lo aburrida que ha sido mi vida hasta que llegaste para aportar un poco de intriga -aferró el hombro de Glaucus- No espero que confíes totalmente en mí hasta que no te haya demostrado ser digno de ello. Ente tanto, déjame ir contigo y ayudarte como sea que pueda hacerlo.
Glaucus sólo vaciló por un momento antes de asentir con la cabeza.
Bien. Ahora vamos a divertirnos un poco deshaciéndonos de tu escolta pretoriana.
¿Qué sugieres que hagamos?
Marius sonrió e indicó la ventana con la cabeza.
Ya usé ese truco.
La cara de Marius mostró claramente su decepción.
Oh. Bueno... no creo que le presten atención a un grupo de viejas saliendo de la insula, ¿verdad?
Ahora fue el turno de Glaucus de enarcar las cejas.
Cada tarde, tres de las damas salen de compras con sus sirvientas. Podríamos aumentar el grupo a cinco.
En caso de que no lo hayas notado, tengo barba y tú eres demasiado alto para pasar por una vieja dama.
Aféitate... y yo me encorvaré. Las damas nos prestarán vestidos y pelucas. Ellas también están aburridas.
Glaucus frunció el ceño.
Mírate, hombre. La barba te volverá a crecer en unos pocos días.
Glaucus resistió el impulso de llevarse la mano al mentón. Finalmente, soltó un suspiro y asintió con la cabeza. Poco después, su ceño fruncido se disolvía en una sonrisa mientras seguía a Marius fuera del departamento.
Dos horas más tarde, cinco damas parlanchinas y sus sirvientas salieron por la puerta del frente de la ínsula. Desde las sombras al otro lado de la calle, dos hombres apenas echaron una mirada al grupo antes de volver a fijar sus ojos en la puerta y acodarse otra vez contra la pared, ansiosos por ser relevados prontamente de la tediosa tarea de seguir a Maximus Decimus Glaucus.