La Historia de Glaucus

Capítulo 26 - El mar (180 A.D.)

Maximus estaba de pie, hundido hasta la mitad de sus muslos en la rompiente del Mar Tirreno, firme como una roca a pesar de las hirvientes olas verdosas que se estrellaban con fuerza contra su cuerpo. Con las manos apoyadas en las caderas contempló los barcos que esperaban su turno para entrar al puerto de Ostia. Había docenas de ellos. Tantos como los que esperaban para partir, desplegando sus velas para aprovechar los vientos que los llevarían a los puertos del Mediterráneo y luego hacia el océano Atlántico, desde donde accederían a los grandes ríos para así llegar a las ciudades romanas de las provincias del norte. El enorme faro de Ostia se encontraba a su derecha, testimonio y luminaria de la ingeniería romana.

Vestía una simple túnica de fina lana blanca que Apollinarius había pensado adecuada para él... y por cierto lo era. Caía suavemente sobre sus hombros y estaba sujeta a su cintura con una ancho cinturón de flexible cuero negro. Luego, sus suaves pliegues caían hasta justo por encima de sus rodillas, el ruedo de la túnica subiendo y bajando con el movimiento de las olas. Estiró los brazos por encima de su cabeza y entrelazó los dedos llevando las palmas hacia arriba mientras se estiraba arqueándose hacia atrás, totalmente relajado.

"Elegante como un gato" pensó Julia desde el lugar en la playa donde se encontraba reclinada bajo un toldo a rayas azul y blanco. Nunca había aprendido a nadar de modo que evitaba el agua, en especial cuando la marea estaba alta como en ese momento. Pero su ubicación le permitía tener una mejor perspectiva... de Maximus.

El general se dio vuelta y le sonrió, la primera sonrisa de genuina alegría que jamás le había visto y quedó arrobada. Se lo veía tan juvenil con su cabello libre de aceites ondeándose y moviéndose suavemente en la brisa. Le devolvió la sonrisa con una similar y trató de grabar la imagen en su mente, de modo de poder atesorarla y evocarla mucho después de que él se hubiera marchado.

Maximus dejó atrás la rompiente y se dirigió hacia la playa, el agua chorreando de la parte inferior de su cuerpo; la húmeda túnica blanca revelaba mucho más de lo que él creía. Julia grabó otra imagen en su memoria.

Al llegar junto a ella, Maximus retomó su pose relajada mientras el agua que caía de su cuerpo salpicaba los pies de Julia. También ella vestía una túnica corta, apropiada para la playa y lo vio devorar con la mirada sus piernas largas y bien formadas antes de levantar la vista apresuradamente para fijarla en sus ojos.

¿Por qué no vienes al agua?

Julia ladeó la cabeza y entrecerró los ojos para mirarlo mejor.

Porque nunca me enseñaste a nadar.

Por un instante, Maximus quedó confundido, luego sonrió.

No, no lo hice, ¿verdad? Bueno... sólo adéntrate hasta que te llegue a las rodillas.

Julia miró más allá de Maximus, hacia las olas hirvientes, e hizo una mueca.

Creo que mejor no.

Como quieras -dijo Maximus mientras se daba vuelta y corría hacia el agua para luego lanzarse hacia ella y cortar limpiamente una ola, siendo devorado por la espuma blanca.

Julia soltó una exclamación y se puso de pie de un salto. La ola rodó hacia la playa pero él no estaba allí. ¿Estaría bien? Corrió hacia el agua, haciendo volar la arena bajo sus pies, deteniéndose donde ésta se volvía oscura. No había señal alguna de Maximus. Alarmada escrutó el agua en busca de algún rastro de la túnica blanca para luego retroceder apresuradamente cuando el agua fría cubrió los dedos de sus pies.

¿Maximus? -preguntó tentativamente, aún cuando sabía que el ruido de la rompiente ahogaba el sonido de sus palabras.

Se adentró otra vez en el agua, buscando frenéticamente, usando una mano para echarse sombra sobre los ojos. De golpe, Maximus salió a la superficie, más allá, donde el agua estaba calma, y comenzó a nadar hacia la costa con poderosas brazadas, aprovechando el impulso de las olas cuando estuvo cerca de la playa. Se puso de pie y se pasó la mano por el cabello chorreante, luego se limpió los ojos de agua salada. Al descubrir a Julia de pie con el agua hasta los tobillos, volvió a sonreír.

Me alegra ver que cambiaste de opinión -dijo mientras la alzaba en sus brazos y se dirigía de regreso al agua.

Sorprendida, Julia soltó una exclamación y se aferró a su cuello con ambos brazos.

No necesitas estrangularme. No voy a soltarte.

No quiero mojarme la cara -dijo ella sin aliento.

De acuerdo, no iré tan lejos.

Maximus vadeó la rompiente con el agua hasta la cintura y las olas salpicaron su pecho.

Julia apoyó su cabeza en el hombro de Maximus y escondió el rostro en su cuello.

Se estremeció.

¿Tienes frío?

No.

Era verdad. No era el agua lo que la había hecho temblar.

En silencio, Maximus caminó durante largo rato llevándola en sus brazos, amparándola de la fuerza de las olas de modo tal de que ella sólo sintiera el ligero movimiento de su cuerpo.

Julia deslizó sus uñas por la nuca de Maximus y luego por su cabello. Fue el turno de que él se estremeciera. Lo hizo de nuevo. Maximus se dirigió hacia la playa.

Una vez allí, la depositó sobre sus pies pero ella se negó a soltar su cuello, apretando su cuerpo húmedo contra el de él.

Julia... -dijo Maximus en tono de advertencia.

¿Qué? -murmuró ella contra su cuello. Julia le besó la piel suave debajo de la oreja, luego lamió la sal de ese punto.

Repentinamente, Maximus la tomó por las muñecas y le desprendió los brazos de su cuello para luego dirigirse de regreso a las olas que vadeó hasta que el agua le llegó a la cintura antes de lanzarse otra vez a ellas. Pasó un rato antes de que regresara para encontrar a Julia tendida en la arena a la sombra del toldo... sus ojos brillando traviesamente y sus piernas mostrando aún algunos parches húmedos.

¿Más fresco? -preguntó ella con tono inocente pero sus ojos se dirigieron deliberadamente a la entrepierna de Maximus.

Considerablemente, gracias - le tendió una mano- Vamos... regresamos a la casa.

Julia no se movió.

¿Por qué?

Maximus recorrió la playa con la mirada en ambas direcciones.

Porque aquí no hay nadie.

Por supuesto que no hay nadie. Soy dueña de esta playa. Es por eso que me gusta tanto. Aquí nunca hay nadie -Julia palmeó la arena a su lado- ¿Por qué no te sientas y te relajas? Además, todavía tenemos el almuerzo en la cesta.

Maximus volvió a echar una mirada a la playa antes de sentarse a regañadientes, manteniendo la distancia de un brazo entre ambos.

Julia lo miró cautelosamente por debajo de sus pestañas.

Maximus... ¿eres tímido?

No, sólo... sensato.

Un soldado sensato -lo provocó ella - ¿Los soldados reciben lecciones de sensatez?

Sabía que estaba siendo provocado pero no supo que responder de modo que fijó la mirada en el agua, las rodillas dobladas contra su cuerpo y sus brazos apretados en torno a ellas.

Oh, Maximus -dijo Julia mientras se deslizaba hasta poder arrodillarse detrás de él y apoyaba el mentón sobre su hombro húmedo- No te preocupes, no voy a abusar de ti.

Deseaba volver a besarle el cuello pero se contuvo. Era obvio que aún era demasiado pronto para empujarlo hacia la intimidad y Julia se preguntó y si él alguna vez se permitiría estar listo para ella. Julia deslizó su mano por el brazo izquierdo de Maximus y se detuvo cuando sus dedos detectaron la piel arrugada cerca del hombro. Torció la cabeza de modo de poder examinar el lugar. Maximus no se movió.

¿Qué es esto? -preguntó mientras sus dedos trazaban las dos largas marcas.

Cicatrices.

Sí, puedo verlo -dijo ella con suavidad al percibir cómo Maximus se volvía nuevamente poco comunicativo- ¿Cómo las obtuviste? ¿Heridas de batalla?

Algo así.

Maximus... por favor, no me dejes afuera.

El suspiró, luego hizo girar su cabeza de modo de que su mejilla barbada casi tocaba los labios de Julia.

La de abajo es lo que queda de las letras SPQR que estaban tatuadas allí y me identificaban como soldado de Roma. Me las arranqué con una piedra afilada poco después de despertar y descubrir que era un esclavo.

Julia se estremeció, luego lo miró con una expresión intrigada.

La de arriba es lo que queda de una herida de espada que recibí mientras escapaba de mis ejecutores pretorianos. Se infectó gravemente durante mi viaje a España y la fiebre casi acaba conmigo. Los gusanos la limpiaron -Julia volvió a estremecerse- Luego, Juba me mantuvo con vida. En aquel momento no estuve nada agradecido pero ahora lo estoy.

Maximus -lo presionó Julia suavemente- por favor, dime qué pasó.

El volvió su rostro otra vez hacia el mar y comenzó a hablar en un tono monótono, carente de emoción.

Una noche, en Germania, poco después de la última batalla, vinieron a despertarme mientras dormía en mi tienda. Quintus me dijo que el emperador quería verme. Me preocupó que Marcus quisiera verme en medio de la noche de modo que me apuré a ir a su tienda sólo para encontrarme con un lloroso Commodus. Marcus estaba muerto. Estrangulado.

Julia soltó una exclamación.

Luego, Commodus me ofreció su mano y me pidió que le jurara lealtad como nuevo emperador. Me negué y volví a mi tienda para vestirme y convocar a los senadores que nos estaban visitando... lo que demostró ser un error fatal. Quintus y un grupo de guardias vinieron tras de mí, me arrestaron y me dijeron que Commodus había ordenado mi ejecución y la de mi familia.

¿Por qué, Maximus? ¿Pensó que habías matado a su padre?

Maximus rió ásperamente.

Nada de eso. El emperador había sido asesinado, es cierto, pero Commodus fue quien lo hizo. En aquel momento pensé que Lucilla podía haber tomado parte pero ahora no estoy seguro de ello.

Julia digirió la información.

De modo que... ¿ordenó tu ejecución porque te diste cuenta que había matado a su padre? Mucha gente cree que pudo haber matado al emperador... no sólo tú.

Yo era una amenaza para él porque le negué mi lealtad y tenía conmigo el apoyo de todo el ejército. Hubiera sido muy peligroso para su más que precaria situación -Maximus apartó los brazos de Julia de sus hombros y luego giró en la arena para enfrentarla. La tomó por las muñecas y la atrajo hasta que su rostro estuvo muy cerca del suyo. Luego, bajó la voz hasta que ésta sólo fue un susurro retumbante.

Nunca le dije esto a nadie y tú no debes decírselo a ninguna persona por ninguna razón. ¿Entiendes? Por ninguna razón. ¿Me lo prometes?

Julia asintió con la cabeza.

Sí -susurró, su estaba rostro pálido y sus piernas temblorosas.

Sospecho que Commodus mató a su padre después de que Marcus le dijera que no iba a ser emperador.

Julia estaba perpleja.

Maximus, no es sorprendente que Marcus Aurelius no eligiera a Commodus como su heredero.

No, lo que es sorprendente es a quién eligió.

¿A quién?

Los dedos de Maximus acariciaron suavemente las muñecas de Julia, luego tomó aliento muy hondo y lo soltó lentamente.

A mí.

A Julia se le cayó la mandíbula y buscó palabras en vano.

Maximus agregó con urgencia:

No es algo que quisiera hacer, Julia, pero Marcus fue tan insistente que no quise decepcionarlo. Quería asegurarse de que Roma volviera a ser una república y pensó que yo era el hombre adecuado para lograrlo. Al principio me negué, luego pedí tiempo para pensarlo... esa tarde volví a su tienda antes de que se pusiera el sol y di mi consentimiento. ¿Cómo hubiera podido negarme? Firmamos los documentos necesarios. Después de que me fui, o Marcus le dio la noticia a Commodus o bien él encontró el documento. Probablemente pensó que nadie más lo sabía o pensó que si nos mataba a su padre y a mí nadie llegaría a saberlo -le soltó las muñecas y deslizó sus grandes manos hacia arriba por los brazos de Julia- Pero no morí.

Buscando apoyo, Julia se aferró a sus hombros, su mente convertida en un torbellino por las implicaciones de lo que acababa de escuchar.

Pero, ¿por qué ordenó matar a tu familia?

Como ejemplo para otros jefes del ejército que pudieran atreverse a desafiarlo. Y... para asegurarse de que ningún hijo mío creciera para vengar mi muerte -Maximus clavó sus ojos en el azul profundo de los ojos de Julia- ¿Entiendes ahora a qué me refiero cuando digo que mi vida es aún muy complicada?

Ella asintió con la cabeza.

Y ahora no puede matarte porque el pueblo de Roma te ama -Julia le acarició el rostro con sus dedos- Aman a Maximus, el gladiador, y no saben que deberías ser su emperador -hundió sus dedos en la barba de Maximus- Otra razón para matar a Commodus... vengar la muerte del emperador. Tienes muchas razones para hacerlo.

El asintió en silencio.

Maximus... ¿cómo mató a Olivia y Marcus?

Sus ojos se obscurecieron, luego dijo:

Ordenó que fueran crucificados y quemados vivos.

Las náuseas se agolparon en su estómago y Julia se apretó una mano contra la boca al tiempo que cerraba los ojos.

Otro ejemplo de su crueldad. Mi hijo era inocente pero está muerto porque fui lo suficientemente tonto como para no tomar la mano de Commodus y brindarle mi apoyo.

Sus palabras estaban tan cargadas de desprecio hacia sí mismo que disiparon sus náuseas y Julia tomó el rostro de Maximus entre sus manos, obligándolo a mirarla.

No podías hacerlo sabiendo lo que sabías.

Sí, podía hacerlo y debí haberlo hecho. Debí jurarle mi apoyo y luego actuar contra él en forma encubierta. En cambio, reaccioné con mi corazón, no con mi mente y mi esposa y mi hijo pagaron por ello. Soy tan responsable de su muerte como Commodus.

No...

Sí, lo soy.

Julia se puso de pie de un salto.

De acuerdo, Maximus, no eres perfecto. El gran general no es perfecto. ¿Mereces morir sólo porque eres humano como el resto de nosotros? ¿Mereces morir porque tienes corazón? ¿Porque reaccionaste en base a tus emociones?

Maximus alzó la mirada hacia ella.

Un general no puede reaccionar en base a sus emociones.

Un general que es un hombre puede. Y los hombres cometen errores. Aún errores graves. Pero no mereces morir por ser humano. ¿Me entiendes? -Julia se dejó caer de rodillas y le sujetó el mentón- ¿Tu esposa amaba al general o al hombre? ¿Yo amo al general o al hombre?

Sus palabras lo descolocaron.

No lo sé -dijo roncamente. Sus ojos se humedecieron y trató de apartarse de ella pero Julia fue más rápida, sentándose en sus rodillas para contenerlo. Sabía que él podía apartarla fácilmente pero no lo hizo. Le apartó las manos cuando pareció que iba a cubrirse el rostro y lo obligó a mirarla.

Entonces, déjame ponerlo en claro -dijo Julia- Amo al hombre y estoy segura de que Olivia también lo amaba. Al granjero. Al esposo. Al padre -se inclinó hacia él y le rozó los labios con los suyos- Al esclavo.

Volvió a sentarse y contempló su rostro arrebatado.

¿Entiendes?

No confiando en su voz, Maximus asintió en silencio. Finalmente, inclinó la cabeza y Julia hundió sus dedos en el suave cabello de su nuca.

Tu pelo me gusta más cuando no usas aceites. ¿Por qué no te lo dejas siempre así?

Maximus suspiró y le habló a la arena.

Porque así no parezco lo suficientemente malo.

Julia le tironeó suavemente del cabello y lo obligó a levantar la cabeza, fingiendo estudiarlo con ojo crítico.

Tienes razón. No lo pareces.

Se echó a reír y su risa repentina hizo que Maximus sonriera. Julia se dio cuenta de que había estado acariciándole el cuello y él no la había detenido. Volvió a rozarle los labios con los suyos. Maximus no se apartó. ¿Estaba finalmente atravesando sus defensas? ¿Estaba admitiendo cuánto extrañaba y necesitaba de la ternura? Julia se irguió sobre sus rodillas y lo atrajo hacia ella, de modo de que la cabeza de Maximus se apoyara sobre sus senos y lo abrazó estrechamente. Al cabo de unos instantes, los brazos de Maximus rodearon su cintura y él la estrechó apretadamente y volvió a suspirar. Julia apoyó la mejilla sobre su cabeza y sonrió. Oh, sí. Finalmente se estaba acercando.

Ahora entiendo todo... todo menos cómo te convertiste en esclavo y gladiador. ¿Cómo ocurrió?

Llegué a España demasiado tarde para salvar a mi esposa y mi hijo, entonces los enterré. Estaba muy enfermo por la fiebre y me sentía muy débil de modo que me acosté sobre sus tumbas deseando morir como ellos habían muerto -Julia lo abrazó aún más estrechamente- Cuando desperté, mucho después, me encontraba en un carro rodeado de gente extraña, nómades que recolectaban animales y humanos para vender a las escuelas de gladiadores. Juba estaba allí y había comenzado a curar mi herida y esa es la única razón por la cual volví a despertar. Estaba demasiado débil para hablar o protestar y no me recuperé lo suficiente sino hasta que fuimos encerrados en la sentina de un barco que iba hacia Africa y Zucchabar.

Oh, Maximus... la sentina de un barco -Julia recordó su amenaza- Siento tanto haberte amenazado con encerrarte en la sentina de mi barco.

Está bien. Nos encadenaron en el mercado... estaba tan débil que ni siquiera me podía tener parado... y fuimos manoseados y examinados por posibles compradores. Fue allí donde Proximo me compró, así como a Juba y a otra media docena de hombres. Pagó más por los animales que por nosotros. Nos cargaron en un carro para transporte de esclavos y nos llevaron a su escuela para ser entrenados. Allí conocí a Haken. Es un hombre enorme y un gladiador experimentado, un germano. Posiblemente un prisionero de guerra. Se encargó de probarnos para determinar nuestra capacidad de combate.

Debes haberlo sorprendido -susurró ella contra su cabello.

Por cierto que lo sorprendí. Me negué a pelear. Me dieron un gladius de madera y lo miré a los ojos y lo arrojé a sus pies. Me pegó con fuerza en el estómago y caí pero me las arreglé para levantarme y volví a enfrentarlo. Caminé hacia él lentamente y volví a desafiarlo. Esta vez me golpeó en el hombro lastimado y el dolor fue tal que me mareé. Pero otra vez logré levantarme y lo desafié a que me golpeara nuevamente. Lo vi levantar la espada y apuntar a mi garganta y supe que el siguiente golpe me mataría... pero me quedé allí, esperándolo.

Julia se quedó paralizada.

Querías morir.

Maximus asintió contra su pecho.

Todo lo que amaba me había sido arrebatado y no podía vivir como esclavo... un gladiador que mataba gente por deporte. Pero, una vez más, no morí.

Julia se relajó ligeramente y lo besó en la frente.

Proximo nos llevó a la arena local... un lugar destartalado. Muchos espectadores se sentaban en las colinas que la rodeaban. Nos encadenaron por pares... un posible ganador con un seguro perdedor. Me encadenaron con Juba, quien era con toda seguridad el ganador de nuestra pareja porque yo me negaba a pelear. Pero no podía morir así... delante de una multitud que festejaría mi muerte. Supongo que mi orgullo de soldado no me lo permitió. Juba y yo formamos una pareja formidable y al final del combate fuimos el único par que sobrevivió. Pero al combatir me puse en evidencia. Ahora Proximo sabía que podía pelear y hacerlo muy bien. Proximo es sólo un pequeño propietario y entrenador de esclavos. Algunos entrenadores tienen miles de gladiadores y los visten con armaduras adornadas de oro puro. En comparación, Proximo tiene muy poca cosa y nunca antes había tenido un esclavo como yo. Enseguida se dio cuenta de que conmigo podía ganar mucho dinero.

Hizo una pausa y Julia esperó en silencio a que su voz profunda volviera a retumbar contra sus pechos.

¿Qué pasó luego? -lo instó- ¿Cómo llegaste a Roma?

Nos quedamos en Zucchabar por mucho tiempo y me convertí en la estrella de la arena local. Me llamaban El Español y ni siquiera Proximo sabía mi nombre. No le importaba. Yo era simplemente el hombre que le haría ganar dinero durante el mayor tiempo posible y luego moriría. Pero aprendí mucho en esos combates... aprendí que un ganador es adorado como un dios y que cuanto más brutal es el modo en que matas más te ama la gente. Y aprendí que los gladiadores más adorados consiguen la mejor comida y las mejores armaduras... y tienen mayor poder. Me aproveché de eso... y me odié a mí mismo por hacerlo. Y odié a la gente que me adoraba por ello.

Pero ahora no había en su voz desprecio por sí mismo. Los ojos de Maximus estaban cerrados y él estaba apoyado relajadamente contra los pechos de Julia mientras contaba su historia.

Luego, un día Proximo me dijo que Commodus había planeado una serie de juegos en el Coliseo para honrar a su padre y que era allí hacia donde íbamos. Me dijo que él mismo había sido gladiador y me dio su armadura para que la usara... de cuero, no de oro. Sabía que conmigo tenía una buena oportunidad de hacer una fortuna en Roma y me dio a entender que, eventualmente, podía ganar mi libertad tal como él había ganado la suya. En el camino nos detuvimos en cada ciudad donde había una arena y combatí -a veces varias veces en un mismo día- y Proximo se aseguró que mi nombre fuera bien conocido. De modo que cuando llegué a Roma la gente ya había oído hablar de mí... del Español.

Y sabías que Commodus estaría en el Coliseo.

Sí.

Donde podrías matarlo -susurró Julia contra las ondas oscuras de su cabello.

Tendría mi oportunidad. Soy bueno con la lanza y planeaba matarlo mientras estaba sentado en su palco. Sabía que sólo tendría una oportunidad antes de que me mataran -Maximus rió amargamente- Pero, una vez más, mis planes no funcionaron. En cambio, me vi obligado a revelar mi identidad ante él, ante Lucilla, ante el hombre que dio la orden de que me ejecutaran -Quintus- quien es ahora el comandante de sus pretorianos.

Escuché decir que Commodus quedó muy conmocionado al verte.

Así fue. Iba a ordenar a Quintus que me matara allí mismo, en la arena, pero los gladiadores se interpusieron, indicando que me defenderían y el público comenzó a gritar que debía vivir. No pudo ir contra los deseos de la multitud.

Julia le tomó el mentón barbado y lo hizo levantar la cabeza.

Creo que conozco el resto.

Unos ojos de color azul cielo se fijaron en otros ojos de color azul mar.

Creo que sí.

Julia lo miró largamente a los ojos, luego susurró:

Maximus Decimus Meridius, eres un hombre sorprendente.

Y lo besó, un largo beso más tierno que apasionado, más dulce que excitante, más tentativo que afiebrado. Y Maximus le devolvió el beso.

¡Julia! ¿Dónde estás? -gritó una voz proveniente del otro lado de los arbustos. Sobresaltada, la pareja se separó y Julia se llevó una mano al corazón. Apollinarius emergió de entre las plantas.

Por favor, discúlpenme, pero los guardias exigen verlo, general. Parece que no están convencidos de que usted todavía se encuentra aquí y están armando un alboroto. Lo siento pero tendremos que volver a engrillarlo por un rato. Por favor, perdóneme.

Apollinarius recogió la cesta que contenía el almuerzo que nadie había tocado.

Sin decir palabra, Maximus se puso de pié y ayudó a Julia a levantarse antes de sacudirse la arena que tenía adherida a las pantorrillas. Levantó la toalla y la sacudió violentamente, haciendo volar más arena. Con una mirada de preocupación, Julia intentó tomarlo de la mano pero Maximus apartó la suya. Apollinarius vio cómo los ojos de Julia se llenaban de lágrimas mientras ella abría la marcha hacia el sendero que conducía a la villa. Maximus caminaba detrás de ella con la cabeza agachada, los brazos rígidamente a sus lados... otra vez completamente retraído dentro de sí mismo.

Capítulo 27 – La prisión

Glaucus recorrió con su mano la poco familiar desnudez de la parte inferior de su rostro y el hoyuelo en su mentón que, le habían dicho, heredara de su padre; luego arrojó al agua las gotas de sudor resultantes antes de apartar los rizos húmedos de su frente y recostarse contra el borde de la piscina, casi perdido en el vapor que se alzaba en volutas en torno a su cuerpo. Sabía que Marius se encontraba cerca pero apenas podía verlo y en ese momento realmente no le importaba demasiado... estaba tan relajado.

Te dije que esto te gustaría. No sólo es un gran lugar para escondernos hasta estar seguros de que no nos siguen sino que es un gran lugar para relajarte... y por cierto que necesitas hacerlo -Marius abrió un ojo y espió a través del vapor- Entonces..., ¿estás relajado?

¿Mmmm?

Marius sonrió contento.

Eso pensaba.

Los jóvenes se habían separado de sus rientes compañeras al aproximarse a los Baños de Trajano y se habían arrancado sus disfraces al cruzar una de las entradas laterales antes de que alguien tuviera oportunidad de negarles el acceso a las piscinas de los hombres. Habían guardado sus pelucas y stolas en un casillero del vestuario antes de dirigirse del Frigidarium al Tepidarium, con sus piscinas de agua caliente y lluvias, y finalmente entraron al Calidarium con sus baños calientes y cuarto de vapor.

No te quedes dormido -le advirtió Marius a Glaucus- Esto lo haces cuando te entregas a las talentosas manos de los masajistas, quienes se encargan de frotarte hasta sacar toda preocupación de tu cuerpo bien aceitado.

Es tendrá que esperar. Hoy no tengo tiempo -el cuerpo de Glaucus se sentía tan liviano que parecía no pesar nada y casi podía imaginar que estaba flotando en las nubes de vapor caliente que se arremolinaban en torno a él.

Eso lo decides tú pero no sabes lo que te pierdes... todo por no mencionar los jardines y las bibliotecas...

Este lugar es impresionante, Marius, realmente impresionante, pero tendrá que ser en otra ocasión. Así como están las cosas voy a tener que esforzarme mucho para ponerme en marcha.

Como para desmentir sus palabras, Glaucus se puso repentinamente de pie, el agua chorreando por su cuerpo desnudo y salió de la piscina.

¿Qu...? -exclamó Marius- ¿No puedes esperar unos minutos más?

A regañadientes, salió de la piscina y se envolvió la parte inferior del cuerpo con una toalla como Glaucus lo había hecho. Se alegró de que el vapor entorpeciera la visión de sus cuerpos porque Glaucus lo hacía sentirse como un niño de diez años... como un endeble niño de diez años. Por el ancho de sus hombros y sus abultados bíceps era obvio que el español había heredado la fortaleza de su padre. Mientras caminaba a través de los pisos de mosaico vestido con sólo una toalla, Glaucus había atraído más de una mirada de envidia.

Marius lo alcanzó y caminó a la par de Glaucus, un sauce junto a un roble. Marius decidió que hubiera preferido ser un roble. A las mujeres les gustaban los robles.

Entonces... ¿dónde vamos ahora?

Glaucus lo miró con impaciencia al tiempo que ingresaban al vestuario. Los espejos pulidos reflejaron a dos hombres de cabellos locamente enrulados y cuerpos húmedos. Luego de secarse rápidamente, Glaucos descartó la toalla y se pasó su túnica negra por la cabeza.

Sabes, Glaucus, estuve pensando en tu ropa. Si usaras otro color que no fuera negro serías menos fácil de seguir. ¿Por qué no pruebas usar blanco o siquiera marrón?

Uso negro por una razón...

Lo sé -dijo Marius mientras miraba cómo Glaucus se ajustaba la vaina de su espada- Y ese es otro detalle... esa espada... te delata tanto como la ropa.

Glaucus soltó un suspiro de exasperación.

Marius, si quisiera que me regañaran, tendría una esposa.

Marius alzó las manos en señal de súplica.

Está bien, está bien. Hazlo a tu manera. Sólo estaba tratando de hacer que las cosas fueran más seguras para ti.

Sus últimas palabras se perdieron porque Glaucus ya estaba en la puerta. Marius se apresuró a alcanzarlo.

¿En qué dirección? -preguntó Glaucus.

Marius señaló hacia la entrada noroeste y dijo:

Debemos tomar por el Clivius Argentarius desde afuera de la Muralla Servia. No queda lejos de allí.

Glaucus giró sobre sus talones y emprendió la marcha y Marius se apresuró a ir tras él. Sin embargo, los pasos del español se hicieron más lentos cuando giró hacia Vicus Pallacinae y se encontró cara a cara con una maciza e imponente estructura de ladrillos marrones. Altas murallas protegían edificios igualmente remotos, diseñados en función de su uso y sin segundos pensamientos dedicados a su belleza.

Marius lo tomó por el codo.

Estás caminando directamente hacia la guarida del león, Glaucus. ¿Por qué no dejas que me encargue? Aquí es donde probablemente viven los guardias pretorianos que te han estado siguiendo.

Glaucus negó obstinadamente con la cabeza.

Si quisieran encerrarme en una prisión me habrían dejado adentro en Vindobona. No tienes que venir conmigo.

Marius se encrespó.

No insinúes que soy un cobarde, Glaucus.

Glaucus suavizó su tono

No tiene nada que ver con la cobardía, Marius, sino con la prudencia. Nadie sabe aún que me estás ayudando. Todavía estás a tiempo de marcharte.

Glaucus esperaba ansiosamente que no lo hiciera.

Marius pareció considerar sus opciones cuidadosamente, arqueando una ceja mientras se acariciaba el mentón.

Irme sería la opción más correcta pero estoy cansado de hacer siempre cosas correctas. Crecí haciendo lo correcto. Vamos -dijo y se sintió complacido cuando Glaucus no trató de ocultar su alivio. Emprendieron la marcha lentamente, haciéndose a un lado para permitir el paso de una cohorte de pretorianos. Los soldados vestidos de negro ni siquiera los miraron.

¿Cuál de los edificios es la prisión?

Todavía no está a la vista. Queda inmediatamente a la derecha, creo, del lado de adentro de la entrada principal.

Los dos pretorianos que montaban guardia a cada lado de la puerta se pusieron en alerta y cruzaron sus lanzas frente a la sólida puerta de madera.

¿Qué los trae por aquí? -preguntó uno de ellos.

Venimos a revisar los registros de la prisión. Busco a un hombre que pudo haber estado encerrado aquí,

Uno de los guardias asintió brevemente con la cabeza y la puerta gimió al abrirse lentamente. Los dos civiles la cruzaron sólo para encontrarse cara a cara con otra muralla mucho más gruesa que la anterior y patrullada por al menos una docena de guardias pesadamente armados. Estaba atrapados entre las dos puertas, claramente a merced de los guardias de la segunda muralla.

Marius hizo una mueca cuando Glaucus ordenó:

¡Déjennos pasar! ¡Tenemos cosas que hacer aquí!

Unos ojos oscuros, protegidos por un yelmo se posaron sobre Glaucus y luego se abrieron muy grandes en súbito reconocimiento. El guardia habló con el soldado que se encontraba a su izquierda, el cual se marchó apresuradamente.

Te reconoció -dijo Marius en voz muy baja.

Glaucus no respondió y siguió mirando duramente a los guardias que se encontraban en la muralla.

¿Y bien? -demandó- ¿Nos van a dejar entrar?

Los once guardias que permanecían allí se reunieron para estudiarlo. Glaucus sostuvo audazmente su mirada, sabiendo que la puerta no se abriría hasta que el guardia faltante entregara el mensaje a quién quiera que estuviera a cargo. Sintió como el sudor le corría por los flancos y deseó poder contar con el alivio de la piscina fría de los Baños de Trajano.

Repentinamente, la gran puerta comenzó a abrirse y Glaucus echó una mirada en dirección a Marius antes de abrir la marcha. Al cruzar la puerta miró directamente hacia la izquierda y casi se lleva por delante al alto pretoriano que se encontraba directamente frente a él. Sorprendido, Glaucus dio un paso atrás y pisó los dedos de los pies de Marius.

Plautianus. Un sonriente Plautianus le cerraba el paso.

Bien, bien. ¿A qué debe la guardia del emperador el honor de esta visita, Glaucus? -la sonrisa desapareció, reemplazada por una mueca sardónica- Pensé que estabas en camino hacia el Este pero parece que no tomaste en cuenta el consejo del emperador. Parece que tienes inclinación por las prisiones. Desármenlo- ordenó a dos pretorianos y Glaucus fue rápidamente despojado de su espada.

Espero que me la devuelvan -dijo Glaucus audazmente. Se había acostumbrado tanto a la espada que se sentía sumamente vulnerable sin su peso familiar.

Plautianus la tomó para examinarla.

Muy bonita. No te vi portarla en Germania. ¿Dónde la obtuviste?

¿Quiere decir que no lo sabe? ¿Tan mal lo informan sus espías?

Plautianus se echó a reír.

Buscas enojarme con tu insolencia... algo realmente peligroso considerando que te encuentras en el cuartel general de la guardia pretoriana. Hay más de cinco mil de nosotros aquí mientras que sólo están tú... y...? -Plautianus alzó las cejas en dirección a Marius.

Es un amigo -dijo Glaucus rápidamente.

¿Tu amigo tiene nombre?

No es importante... -empezó a decir Glaucus antes de ser interrumpido.

El joven alto y delgado se adelantó.

Marius. Mi nombre es Marius Vipsanius Agrippa, hijo de Marius Vipsanius Aemilianus, gobernador de Cappadocia.

Plautianus cruzó los brazos, alzó las cejas y miró de uno a otro hombre.

Bien, bien. Estoy impresionado, Glaucus. Sólo unos pocos días en Roma y ya te has hecho amigo de un hombre influyente. Por supuesto, debes recordar que la influencia de ese hombre proviene de su padre... y la de su padre proviene del emperador -el pretoriano volvió a sonreír- De modo que, tal vez, no es tan influyente después de todo... no en lo que a ti te concierne.

Glaucus ignoró el intento de intimidación.

Vine a examinar los registros de la prisión para ver si mi padre estuvo detenido aquí.

No lo estuvo -respondió Plautianus bruscamente.

Yo... -Glaucus fue tomado por sorpresa- Me gustaría constatarlo personalmente.

La mano de Plautianus se movió lentamente en dirección a la empuñadura de su espada.

¿Me estás llamando mentiroso?

Marius miró a Glaucus ansiosamente. Aquello no estaba yendo nada bien.

Entonces, ¿examinó los registros usted mismo? -preguntó el hijo de Maximus.

No lo necesito.

Entonces... si usted sabe que no estuvo aquí sin necesidad de mirar los registros... ¿quiere decir que sabe lo que pasó con él?

Plautianus pareció considerar cuidadosamente las palabras del joven, luego una lenta sonrisa que no alcanzó sus ojos le torció los labios.

De acuerdo, sé mi invitado. Te mostraré los registros yo mismo.

Dicho esto, Plautianus giró en redondo, su negra capa ondulando en torno a él, y se dirigió hacia el interior del complejo. Glaucus caminaba inmediatamente detrás de él y Marius le iba pisando los talones. Cuatro guardias armados se encolumnaron tras ellos. La luz fue disminuyendo con cada eco de los pasos combinados.

Se detuvieron frente a una gruesa puerta de madera, pesadamente reforzada con barras de hierro. Plautianus hizo un gesto con la cabeza y el guardia rápidamente extrajo una llave y la colocó en la cerradura.

Prepárate -le advirtió Plautianus a Glaucus mientras la puerta crujía al abrirse lentamente.

Confundido momentáneamente, Glaucus se limitó a mirar cómo una escasa luz amarilla iba siendo revelada a medida de que la puerta se abría pero, cuando el olor lo alcanzó, se cubrió la nariz y la boca con un pliegue de su capa. Tosió. A sus espaldas, escuchó a Marius hacer arcadas.

Como si estuviera acostumbrado al repulsivo olor, Plautianus se limitó a endurecer su rostro y entró a la estancia. Esta era pequeña y parecía una caverna, el aire maloliente daba la sensación de estar estancado, como si el cuarto se encontrara bajo tierra. Un guardia viejo y delgado permanecía en posición de firmes, la sorpresa claramente visible en sus ojos hundidos a la luz de la única lámpara colocada sobre una pequeña mesa de madera. Tras él se encontraba un armario cuyas puertas estaban pesadamente reforzadas. En el centro de la habitación había una trampa redonda de metal y el olor nauseabundo parecía provenir de las entrañas de la tierra. Glaucus recordó lo que Marius había dicho acerca de que la prisión se encontraba bajo tierra y se estremeció.

Trae los registros -ordenó Plautianus y el hombre se puso de inmediato en movimiento, sus manos surcadas de gruesas venas temblando mientras manipulaba la cerradura del gabinete.

Los últimos veinte años -indicó Plautianus y el guardia extrajo inmediatamente un registro tan pesado que parecía capaz de quebrar las frágiles muñecas del hombre. El registro cayó pesadamente sobre la mesa, dispersando el polvo que lo cubría y haciendo que la lámpara se sacudiera y la luz que proyectaba danzara locamente sobre las paredes.

¿A quién estamos buscando, señor? -la voz del viejo guardia sonó seca y endeble mientras abría el registro.

General Maximus Decimus Meridius -restalló Plautianus.

Los ojos del viejo guardia se posaron sobre Glaucus al tiempo que éste apartaba lentamente los pliegues de su capa... y se abrieron muy grandes en señal de reconocimiento. A Glaucus se le encogió el corazón. Sólo había una razón para que el guardia fuera capaz de reconocerlo.

El... él nunca estuvo aquí, señor. Conozco estos registros de memoria. Nunca estuvo aquí.

Satisfecho, Plautianus se volvió hacia Glaucus.

Ahora, ¿le crees a él? Ha sido el custodio de estos libros desde antes que tu padre fuera general.

Quiero... -empezó a decir Glaucus.

Plautianus perdió la paciencia.

¿Hueles eso?

Glaucus no respondió. Por supuesto que olía.

¿Sabes cuál es el origen de ese olor?

Glaucus podía muy bien imaginarlo.

Cuerpos. Cadáveres, cuerpos en descomposición... algunos muertos hace poco, otros hace mucho. Nadie vive allá abajo por más de unos meses. Aunque tu padre hubiera estado aquí, por cierto ya no lo está.

Glaucus permaneció obstinadamente callado.

¿Qué? ¿Todavía no me crees? - gruñó Plautianus. Miró al viejo guardia y ladró una orden- Abrela.

El anciano abrió la cerradura de la trampa y luego tomó la manija de hierro y, demostrando una fuerza sorprendente, levantó la pesada puerta. El olor se tornó pútrido pero Glaucus se negó a cubrirse la nariz, sus ojos llorosos la única señal de su incomodidad. Lanzándole una mirada venenosa a Plautianus, se acercó al hueco, ignorando a Marius, quien trató de sujetarlo por la túnica.

Un sonido... un sonido pequeño como un maullido, que fue aumentando en intensidad a medida de que se acercaba. De golpe, un grito ronco desgarró el aire y una balbuceada tirada suplicante emergió del agujero, tan aterradora como el espantoso olor a muerte. Dentro del agujero sólo se veía una negrura que nada interrumpía y los penosos sonidos eran la única señal de vida. Repentinamente, unos dedos ennegrecidos y huesudos se aferraron al borde de la abertura y Plautianus se movió rápidamente para aplastarlos con el taco de su bota, los gritos del hombre al que pertenecían reverberando en la estancia mientras éste volvía a caer al pozo.

¿Bien? ¿Has visto lo suficiente? -demandó el comandante pretoriano pero, sin esperar respuesta, ordenó al guardia que volviera a cerrar la trampa.

Una vez que lo hubo hecho, el viejo guardia se irguió lentamente, rozando a Glaucus y murmurando:

Estuvo prisionero... pero no aquí.

El corazón de Glaucus dio un salto, sus latidos resonando en sus oídos y casi ahogando todo otro sonido.

¿Estás satisfecho? -preguntó Plautianus.

Glaucus asintió y se obligó a sí mismo a mantener los ojos apartados del anciano guardia hasta que Plautianus giró para irse, luego lo aferró por la manga de su uniforme.

¿Dónde? -preguntó con urgencia.

Aquellos ojos hundidos miraron temerosos la espalda del comandante y el guardia negó con la cabeza.

¿Dónde? -siseó Glaucus- ¿En Roma? ¿En alguna parte de Roma?

El hombre asintió de un modo casi imperceptible en la escasa luz.

¿Bien? -demandó Plautianus al tiempo que se detenía en la puerta.

Con una mirada a Marius, Glaucus precedió al comandante pretoriano hacia la entrada, una oleada de dulce aire fresco bañándolo y limpiándolo de la podredumbre que parecía haberse filtrado por cada uno de sus poros. Su mente convertida en un torbellino, Glaucus apenas recordó haberse sujetado la espada, haber abandonado el complejo de la guardia pretoriana o el último y cáustico comentario de Plautianus. Su padre había sido hecho prisionero... no había muerto en Germania ni en España. Había estado en Roma.

Glaucus tomó una gran bocanada de aire fresco mientras contemplaba los tejados de los magníficos edificios que se agrupaban en dirección al palacio imperial, el cual dominaba el horizonte de la ciudad. En éste, ondeaban banderas que no habían estado allí el día anterior. Glaucus estaba seguro de que no habían estado allí.

Estuvo aquí, Marius. Mi padre estuvo en Roma... prisionero. El viejo guardia me lo dijo.

Marius se mostró escéptico.

Glaucus, un hombre de la importancia de tu padre sólo podría haber estado prisionero allí... en ningún otro lugar. Probablemente está mintiendo.

No tiene motivos para mentir.

Los pasos de Marius se emparejaron con los de su amigo al tiempo que entraban otra vez en la ciudad vieja.

Y... ¿ahora qué?

Seguimos investigando. Al menos ahora sé que estoy en el lugar correcto.

Glaucus volvió a levantar sus ojos en dirección al palacio.

Como si le hubiera leído la mente, Marius dijo:

- Severus ha regresado. Finalmente, el emperador regresó a Roma.

Capítulo 28 – Preguntas

Glaucus, sé lo que te digo... si tu padre hubiera estado preso en Roma, lo habrían encerrado en esa prisión. ¿Cómo puedes siquiera saber si ese viejo guardia está cuerdo? Yo no lo estaría si hubiera tenido que estar en ese lugar horrible durante tanto tiempo.

Le creo. No tenía ninguna necesidad de arriesgar su vida para decírmelo -dijo Glaucus al tiempo que masticaba un bocado de carne asada mientras él y Marius se encontraban sentados en el exterior de una taberna a la sombra del Anfiteatro Flaviano, de cara al Templo de Venus y Roma y al Coloso de Nerón. Los vítores de la multitud les llegaban en oleadas, acercándose y alejándose como el agua en la rompiente. En torno a su mesa, numerosas personas se dirigían apresuradas a ocuparse de sus asuntos, su clase social sólo distinguible por las ropas que vestían. Glaucus empuñó su pan para enfatizar lo que estaba diciendo.

Si Plautianus lo hubiera descubierto hablándome, lo habría matado en ese mismo momento. El guardia no necesitaba arriesgar su vida.

Marius se inclinó a través de la mesa, su voz audible a pesar del ruido proveniente de la vecina arena y del atestado foro.

Ese es precisamente el punto. Tal vez el guardia no estaba arriesgando su vida. Tal vez Plautianus le dijo que te lo dijera.

Una muchacha que servía las mesas lo rozó al pasar haciendo equilibrio con una bandeja y siguió con sus ojos el ondular de sus caderas.

Glaucus también se inclinó a través de la mesa, la mirada de sus intensos ojos verdes forzando a Marius a volver a concentrarse en la conversación.

¿Cuándo iba a hacerlo? ¿Llegamos a la prisión sin previo aviso y Plautianus nunca tuvo un momento a solas con el guardia mientras estuvimos allí. Y el guardia me reconoció. Lo vi en sus ojos. Sabes lo que eso significa.

Sí -admitió Marius-... que debió haber visto a tu padre alguna vez.

Tiene que haber sido así.

Pero no en la prisión.

Aparentemente no -Glaucus rebañó el jugo de su plato con el pan y apartó de un modo ausente la mosca que intentaba compartir su comida- Puede que el guardia no siempre haya estado en la prisión. Puede que haya sido un soldado. Puede haber conocido a mi padre cuando era un general... posiblemente, en Germania.

Pero dijo que Maximus había sido un prisionero. Eso implica que conoció a tu padre en esa condición... después de que fuera general.

Glaucus se detuvo cuando estaba masticando otro bocado, las cejas fruncidas, mientras consideraba a su compañero.

Marius, ¿de qué otro modo puede un hombre ser un prisionero que no sea en una prisión?

Marius se echó hacia atrás y se ajustó su toga en torno a su cuerpo delgado para luego hacerle un gesto negativo a la muchacha que se dirigía a la mesa con una jarra de vino.

Bueno... pudo haber usado la palabra metafóricamente. Sabes... implicar que el rango militar de tu padre había sido "retenido"... que lo habían degradado.

Glaucus hizo girar los ojos.

Lo dudo. ¿El viejo te dio la impresión de ser alguien que piensa metafóricamente? No, mi padre fue literalmente prisionero. Aquí... en Roma... de algún modo.

Marius giró en su silla de modo de enfrentar la desembocadura de la Vía Triunfalis que se encontraba al otro lado del foro; más allá de éste, los vendedores ofrecían desde fruta cocida en miel y otros alimentos hasta toscas representaciones de los gladiadores en madera y metal.

Entonces tiene que haber sido un esclavo. Es lo único que se me ocurre.

Los ojos de Glaucus se oscurecieron y contempló a la inmensa multitud anónima vestida con toscas túnicas marrones que se apresuraban a su alrededor sin siquiera echar una mirada a los parroquianos de la taberna, quienes disfrutaban de lo que ellos nunca tendrían. Esclavos... la espina dorsal de la economía del imperio.

Sí, también lo pensé -contempló su plato y los restos de una apetitosa comida a base de carne, verduras, pan y vino. Las sobras de su plato equivalían a lo que muchos de los esclavos comían en todo el día- Pero, ¿cuándo y dónde lo habrían esclavizado? ¿En España?

Probablemente.

¿Cómo? ¿Por quién? ¿Quién en España lo traicionaría de ese modo?

Marius se encogió de hombros.

No lo sé -dijo, y contempló cómo Glaucus se acariciaba el mentón cubierto ya por un rastro de barba mientras su mente buscaba respuestas.

Mucha de las personas a las que estoy viendo ahora mismo son esclavos, ¿verdad?

Supongo.

¿Qué los retiene aquí, Marius? No están encadenados. ¿Por qué simplemente no se van... a su hogar?

Marius cruzó una pierna sobre la otra y la balanceó de un modo ausente.

Muchos ya nacieron esclavos, Glaucus, y no tienen a dónde ir. Otros... bueno, probablemente ni siquiera saben en qué dirección queda su hogar o cómo llegar hasta allí. Tal vez muchos han aceptado su destino, en tanto que son tratados razonablemente bien.

Mi padre nunca habría aceptado la esclavitud. Era un líder. Un hombre con un hogar y suficientes conexiones en el ejército como para llegar hasta él.

Si hubiera perdido el favor del emperador, muy pocos se hubieran arriesgado a ayudarlo.

Entonces hubiera llegado por sus propios medios -dijo Glaucus obstinadamente mientras hundía sus dedos en sus pesados rizos en actitud de frustración. Un mechón rebelde se las arregló para volver a caer sobre su frente- Pero no lo hizo.

Marius miró a su amigo y dijo vacilante:

Posiblemente se encontraba impedido... o algo parecido.

El joven español ladeó la cabeza, sus ojos cautelosos.

¿Qué quieres decir?

Glaucus... puede que haya muerto.

Glaucus consideró sus palabras.

Pero el guardia lo vio.

Pero, ¿cuándo? Puede haber sido poco después de que Maximus llegó a Roma como un prisionero y puede que luego haya muerto.

Glaucus se puso de pie de un salto, derribando la mesa con su rodilla. Marius se apartó rápidamente antes de que los restos de su comida fueran a dar a las piedras.

Tengo que volver a hablar con el viejo guardia. Necesito más información -dijo Glaucus.

Siéntate. No te volverán a dejar entrar en la prisión y es poco probable que el viejo salga de ella. Tenemos que encontrar otro modo...

Pero Glaucus ya había salido del perímetro la taberna y se encontraba a punto de ser tragado por la multitud cuando debió retroceder para dejar el paso al río de excitados espectadores que emergía de los arcos de la arena, comentando animadamente los sucesos de los que habían sido testigos. Los miró por un momento y luego alzó los ojos hacia la gran estructura de pueda que dominaba el horizonte de Roma y bloqueaba el sol. No se parecía a nada que Glaucus hubiera visto en España, un magnífico edificio oval con arcos y estatuas creado exclusivamente para el entretenimiento de los ciudadanos. Bajo su sombra, se sintió pequeño. Pequeño y desalentado y vacío. Había estado en la ciudad durante semanas y aún no tenía respuestas.

Marius le tocó el codo suavemente.

A decir verdad, Glaucus, nunca me detuve a pensar en los esclavos. Siempre han estado allí... invisibles.

Glaucus asintió con sus labios apretados. Pero sabía que Maximus nunca hubiera sido invisible. Nunca.

Marius indicó la arena con un gesto de su cabeza.

Te haría bien pensar por un rato en algo diferente. ¿Quieres ver los juegos?

No. No estoy de humor para eso- Luego, dándose cuenta de lo poco amable que debía haber sonado, Glaucus agregó- Marius, estoy seguro de que en otro momento lo disfrutaré... pero no hoy.

De acuerdo. Entonces... ¿qué hacemos ahora? -lo urgió Marius suavemente.

Glaucus volvió a pasarse los dedos por el cabello.

Necesito encontrar a las otras personas en mi lista y tal vez ellas tengan las respuestas a algunas de mis preguntas. Lo más probable es que Quintus esté aún en el exilio pero puedo buscar al médico cristiano... y a la prostituta pelirroja.

Marius sonrió.

Eso suena mucho más divertido que visitar prisiones. ¿Qué sabes acerca de la prostituta?

Muy poco, salvo que es increíblemente hermosa... o al menos lo era hace más de veinte años. Era propiedad del general Cassius y fue liberada cuando éste fue muerto. Mi padre le consiguió su libertad. Es irónico, ¿no es cierto? Le consiguió su libertad a una prostituta pero eventualmente perdió la suya.

Puede encontrarse en cualquier parte del imperio. ¿Por qué vendría necesariamente aquí?

Glaucus indicó la multitud que se arremolinaba en torno a ellos.

Para comenzar de nuevo. Para perderse en una gran ciudad y olvidar su pasado. Se crió en un lugar elegante, Marius, de modo que es poco probable que eligiera las provincias. Tengo la corazonada de que está en algún lugar de Roma.

Es poco probable que aún sea prostituta. No a su edad.

No, pero puede que esté asociada de algún modo a un burdel o al menos que conozca a gente que lo está. De modo que... el lugar adecuado para empezar a buscarla es en los burdeles, ¿no te parece?

Estoy totalmente de acuerdo -rió Marius mientras palmeaba a Glaucus en el hombro- Podemos empezar esta misma noche. Empezaremos por los mejores... y te presentaré a mis damas favoritas. Será mejor que traigas mucho dinero. Los buenos burdeles no son baratos pero son muy discretos.

Discreto no me sirve... Necesito que hablen. Es por eso que voy a pagarles... por hablar. No tengo tiempo para otra cosa.

Las cejas de Marius se arquearon de tal modo que pareció que iban a alcanzar el cielo.

Debes estar bromeando.

Glaucus descartó la reacción de su amigo.

¿Cuántos burdeles hay en la ciudad?

Probablemente miles. Un centenar o más de los buenos.

Glaucus le devolvió la sonrisa.

Entonces, mejor empezamos de una vez.

El pretoriano levantó el cuello de su capa hasta que le cubrió las orejas en un fútil intento por evitar que la lluvia se colara por su cuello. Le dolían los huesos debido a la humedad que saturaba las sombras de la noche romana. Repentinamente alerta, codeó a su compañero que dormitaba y le indicó la puerta del burdel que se había abierto de golpe, iluminando la calle angosta con una suave luz dorada. Glaucus y Marius bajaron el escalón que conducía a la calle y luego se dieron vuelta para saludar a la esbelta prostituta de cabello dorado enmarcada por el vano de la puerta. Nuevamente a oscuras cuando la puerta se cerró, los pretorianos se adentraron en la fría lluvia y entrecerraron los ojos tratando de ver en la neblinosa oscuridad, buscando a su presa. Glaucus y Marius se encontraban ahora a una cuadra de distancia y se dirigían hacia su ínsula. Aliviados, los guardias pensaron de inmediato en sus camas tibias y secas pero, cuando dieron vuelta a la esquina, vieron cómo Glaucus y Marius se detenían frente a la puerta de otra casa anónima y llamaban a la puerta con los nudillos. Esta se abrió de inmediato y la suave risa de una mujer les dio la bienvenida. En las sombras, los guardias se miraron atónitos. ¡Aquel era el cuarto burdel en una noche! Los empapados espías se arrebujaron en sus capas y se dispusieron a una húmeda e interminable espera.

Al parecer, el hijo de Maximus tenía un apetito sexual insaciable... y le gustaban las mujeres caras.

Un mes más tarde.

¿Qué está haciendo ahora? -demandó Septimius Severus mientras miraba las carreras de cuadrigas desde su trono dorado, convenientemente instalado en la terraza del palacio. El emperador había ampliado el palacio mediante el agregado de un ala de varios pisos y adornada con arcos cuya terraza ofrecía una vista perfecta del Circus Maximus y desde la que podía seguir las carreras sin tener que mezclarse con la plebe romana. Pero Plautianus sabía la verdadera razón de ser de la terraza. Era importante que los ciudadanos pudieran ver al emperador... pero no de cerca. No lo suficientemente cerca como para ver sus gestos de dolor cuando se veía obligado a mover su cuerpo inesperadamente o como para ver las almohadas que acolchaban su espalda y sus pies o la manta que protegía sus doloridas articulaciones de la fresca brisa del otoño.

Plautianus se dejó caer ágilmente en la silla que se encontraba junto al asiento del emperador y se acomodó deliberadamente en una postura relajada que, sabía muy bien, su primo ya no podía disfrutar. Desde su asiento contempló a los dos muchachitos que se encontraban en el extremo de la terraza y discutían sobre los méritos de tal o cual equipo y sólo a duras penas pudo ocultar su desagrado. Mocosos malcriados, los dos. De nariz respingada y diez años de edad, Lucius Septimius Bassianus había sido designado Imperator Destinatus, el heredero de su padre. El rostro del muchachito de mal carácter estaba desfigurado por una casi perpetua mueca de fastidio y los esclavos habían aprendido a mantenerse a distancia de sus acertados puntapiés y puñetazos. Su hermano, Publius Septimius Geta, era un año menor y resultaba obvio que sufría los constantes ataques físicos y la crueldad verbal del muchachito de más edad. En lugar de reprender la conducta de su hijo mayor, Severus parecía considerar que esas características eran deseables en un futuro emperador y lo alentaba con su silencio. Plautianus casi sintió pena de su hija, Publia Fulvia Plautilla, a la que ya había comprometido en matrimonio con el heredero del imperio, asegurándose de paso su propia influencia en el destino de Roma.

Te pregunté qué está haciendo -dijo Severus con impaciencia.

Sigue recorriendo burdeles por la noche. Pasa los días en las bibliotecas con su amigo.

¿Bibliotecas? -Severus apretó los labios pensativamente- ¿Crees que está buscando el documento en las bibliotecas?

No creo que esté buscando ningún documento.

Severus resopló.

Por supuesto que lo está buscando. Lo necesita para concretar sus ambiciones.

Severus concentró su atención en el comandante de sus pretorianos, completamente olvidado de las carreras y de los vítores de la multitud reunida en el hipódromo.

Glaucus vino directamente a Roma en lugar de ir hacia el Este como le sugerí. Sabe... oh, sí, sabe.

Con una mueca malhumorada, Severus volvió su mirada hacia el Circus Maximus y subió la manta que le cubría las piernas al tiempo que temblaba ligeramente. Pero lo que le molestaba no era la brisa.

¿Qué puede encontrar en las bibliotecas sobre su padre?

Nada. Está buscando en vano -Plautianus vio cómo el equipo Verde giraba en la curva Este, en la cabecera del campo. Había apostado fuerte por los Verdes y se sintió más que complacido.

Tal vez el documento está escondido en una de esas bibliotecas y él lo sabe.

El comandante pretoriano se encogió de hombros, interesado sólo en la carrera.

Tal vez deberíamos cerrar las bibliotecas e investigar nosotros mismos -rezongó Severus.

Plautianus volvió sus ojos perezosamente hacia su primo.

¿Y cómo justificarías esa medida?

Un emperador no tiene que justificar nada.

Un emperador que dice ser el hijo adoptivo del justo y moralmente recto Marcus Aurelius tiene que hacerlo. Marcus Aurelius cerró las arenas, no las bibliotecas.

Severus digirió la información, sus dedos tamborileando en el apoya brazos del trono. Odiaba aquellos momentos en los que Plautianus tenía razón.

¿El cachorro de Maximus ya fue al anfiteatro?

No.

¿Por qué no?

El comandante de los pretorianos se encogió de hombros y bostezó.

Tampoco fue todavía al Circus Maxiumus. No parece interesado en los juegos. Sólo en burdeles y bibliotecas.

Bien... tarde o temprano lo hará -su rostro se contrajo en una mueca y, de golpe, el parecido entre el emperador y su hijo mayor fue sorprendente- Me encantaría estar allí cuando descubra que su "grandioso" padre murió en la arena del Coliseo como tanta otra escoria sin nombre que ha derramado su sangre en ese lugar. Oh, sí, me encantaría verlo.

Plautianus lo ignoró. Los Verdes habían ganado y lo único que le interesaba era recolectar sus ganancias.

Capítulo 29 - Eugenia

Glaucus esperaba impacientemente mientras Marius golpeaba a la puerta del tercer burdel de esa noche al tiempo que contemplaba cómo su aliento se condensaba en una nube en el aire húmedo. Se estaba cansando de recorrer burdeles noche tras noche sin resultado. Habían agotado el amplio surtido romano de establecimientos elegantes, permaneciendo en ellos ocasionalmente por más tiempo del planeado y ahora se encontraban en el área de la ciudad en la que las calles eran tan angostas que Glaucus y Marius apenas podían caminar por ellas lado a lado y en las que los conventillos se elevaban retorcidamente por encima de sus cabezas. A Glaucus aquello le recordaba demasiado a Subura y lo hacía sentirse decididamente incómodo. Su mano se cerró sobre la empuñadura de la espada de su padre mientras Marius golpeaba nuevamente a la dañada puerta de roble custodiada por un grotesco falo erecto tallado en piedra que identificaba la profesión de quienes habitaban la casa. Glaucus se estaba cansando de su búsqueda pero la necesidad que le roía las entrañas -así como el constante buen humor y aliento de Marius- le impedían descartar su misión.

La puerta se entreabrió y una tenue luz entibió la oscuridad de la noche.

¡Adelante, queridos! -exclamó una mujer joven de cabello oscuro cuando vio a los dos atractivos hombres de pie ante la puerta al tiempo que la abría de par en par. La prostituta tomó nota rápidamente de sus ropas y se sintió complacida al descubrir a tan ricos clientes en esa parte de la ciudad. Aquellos no eran como los regulares del burdel y prácticamente se le hizo agua la boca mientras calculaba lo que podría comprarse con el doble de su tarifa habitual. Tal vez les pediría el triple. Se hizo a un lado para dejarlos entrar pero de inmediato tomó a Glaucus por el brazo, estableciendo que era suyo.

Glaucus estaba acostumbrado a ese comportamiento de modo de murmuró las palabras largamente repetidas.

Estoy buscando a alguien especial.

Hacía mucho que había descartado el comportamiento juguetón que caracterizara sus primeras visitas a los burdeles pero trató de mantener el aburrimiento y la desesperanza alejados de su voz.

Oh -la muchacha aflojó la presión sobre su brazo pero volvió a apretarlo cuando otra mujer se les acercó y agregó rápidamente- Aquí nadie tiene especialidades, señor. Puedo hacer cualquier cosa tan bien como cualquier otra de las mujeres.

Tironeó del brazo de Glaucus, conduciéndolo hacia el sombrío atrio que olía a comida rancia, colocando su cuerpo de modo tal de bloquearle la visión de las otras prostitutas.

Glaucus sonrió brevemente.

No, no quise decir eso. Busco a una mujer muy especial que fue prostituta... y tal vez siga siéndolo. Actualmente debe tener más de cuarenta pero la descripción que tengo de ella es de cuando era mucho más joven.

¿Cuál es su nombre?

No sé.

Las otras prostitutas comenzaron a alejarse.

¡Por favor, esperen! -exclamó Glaucus- Estoy dispuesto a pagar por la información. Yo... nos gustaría hablar con cualquier mujer de esa edad... de más de cuarenta. Pagaré bien.

La prostituta de cabello oscuro soltó su brazo y apoyó ambas manos sobre sus caderas delgadas, echándole una mirada de reojo.

De modo que... te gusta jugar al niñito, ¿mmm? ¿También te gusta que te azoten?

Te aseguro... -soltó rápidamente un muy sonrojado Glaucus al tiempo que Marius disimulaba una sonrisa.

Oh, no tienes que explicarte. No eres el único hombre al que le gustan las mujeres mayores y un poco de diversión ruda -se volvió hacia Marius- ¿Qué hay de ti?

Estamos juntos -respondió éste, su rostro una máscara de burlona seriedad.

¿Un dúo? Bueno, tendrán que pagar doble pese a que sólo tomarán una mujer -les advirtió. Dicho esto, puso las mano en torno a su boca y gritó en dirección al atrio oscuro- ¡Eugenia!

La prostituta se volvió hacia los dos jóvenes.

Ella ya no trabaja -se ocupa mayormente de hacer que las cosas funcionen en este lugar- pero tiene mucha experiencia. No los defraudará -les indicó con la cabeza una puerta pintada de brillante color azul en el extremo del pequeño atrio- Espérenla allí. Enseguida estará con ustedes.

Dicho esto, los descartó de su mente y regresó a la entrada, a la espera de clientes mejor dispuestos.

Glaucus hizo girar el picaporte y entraron a la habitación escasamente iluminada. Las paredes eran azules igual que la puerta y una gran cama de madera con sábanas arrugadas dominaba la estancia. El único otro mueble era un diván con apoya brazos altos y acolchados que, Glaucus sabía muy bien, podía ser usado en numerosos juegos sexuales.

¿Notaste que, cuanto más nos alejamos del Palatino, menos, mmmm ... elegantes... son las damas? -comentó Glaucus.

También son menos limpias -dijo Marius mientras observaba las manchas del diván. Ambos hombres eligieron esperar a "Eugenia" de pié.

A medida de que sus ojos se iban acostumbrando a la escasa iluminación, Glaucus empezó a discernir las coloridas figuras pintadas en la pared detrás de la cama. Se acercó, entrecerrando los ojos para enfocar la mirada y la forma de una mujer semidesnuda emergió de las sombras; estaba unida a dos hombres, frente y espalda. Miró a Marius por encima de su hombro y arqueó una ceja.

¿De modo que es esto lo que ella cree que queremos hacer con Eugenia?

Marius apeló a su sonrisa más maliciosa.

Creo que piensa que necesitamos un poco de disciplina -dijo e indicó con la cabeza la descascarada escena pintada en la otra pared, en la cual un hombre desnudo de edad indeterminada se encontraba tendido sobre el diván mientras era azotado por la mujer casi desnuda que se encontraba a su espalda. El rostro de la "víctima" mostraba una expresión de éxtasis.

Un poco llamativo -murmuró Marius al tiempo que dirigía su atención nuevamente hacia la puerta y agregaba- Me pregunto qué...

Sus palabras fueron interrumpidas cuando la puerta se abrió de golpe, dando paso a una luz más brillante. De pie en el vano se encontraba una mujer alta, sus manos apoyadas firmemente sobre sus caderas, sus piernas bien plantadas en un gesto de autoridad.

Oh... aquí están mis niños malos. Los estuve buscando por todas partes -hizo chasquear la lengua- Los dos se han portado muy mal... ¿verdad que sí?

La prostituta avanzó hacia ellos con experimentado encanto, su rostro oculto por la luz que brillaba a sus espaldas.

Marius dio un paso atrás pero Glaucus se mantuvo en su lugar.

Le aseguro, domina, que no estamos aquí por el motivo que le han dicho. Buscamos información. Nada más.

Oh, conmigo no necesitan avergonzarse- dijo la mujer con tanta naturalidad como lo permitía su figura dominante.

No. No... se lo aseguro. No queremos más que información. Y estamos dispuestos a pagarle bien si nos la da.

Sus palabras parecieron confundirla momentáneamente.

¿Información? Pensé...

No, domina. No queremos favores sexuales... pero será debidamente compensada por su tiempo.

De inmediato, los hombros de la mujer se aflojaron y su cuerpo se ablandó, revelando su edad.

Oh no, oh no -murmuró claramente agitada- Miren esta habitación. Hoy en día no se encuentran empleados confiables.

Arrancó las sábanas de la cama y las arrojó en un rincón y luego pasó detrás de los dos hombres para alisar la superficie del diván, que palmeó.

Siéntense, siéntense caballeros. Lamento el malentendido. Por favor... siéntense.

Glaucus miró con disgusto el manchado diván pero no quiso ofender a la mujer. Se sentó en el borde, dejando suficiente espacio para Marius. Cuando Marius pareció no sentirse inclinado a unírsele, Glaucus aferró su toga y lo hizo sentarse de un tirón.

Ohhh... te he visto antes por aquí -dijo la mujer con aire juguetón dirigiéndose a Glaucus mientras le apuntaba con un dedo- Te recuerdo.

Le aseguro que no, Domina.

Eugenia tomó una silla que se encontraba oculta en un rincón y se sentó frente a los dos jóvenes permitiéndole a Glaucus verla claramente por primera vez. Estimó que al menos lo doblaba en edad. Tal vez más. Era obvio que alguna vez había sido una mujer muy atractiva pero el paso de los años había dejado su huella. Su alta figura se había redondeado en torno a la cintura y sus pesados senos caían bajo su stola blanca. Su cabello oscuro estaba veteado de gris y había profundas marcas en las comisuras de sus espléndidos ojos verdes y su boca generosa. Aquellos ojos mostraban señales de incertidumbre.

Bueno... te he visto antes en alguna parte.

En Roma, tal vez... ¿puede en las bibliotecas?

Glaucus trató de controlar su creciente excitación ante algo que bien podía ser un sin sentido.

La mujer rió.

Me temo que las señoras de nuestra profesión no visitan las bibliotecas.

Eugenia se inclinó hacia él y entrecerró los ojos. De golpe, soltó una exclamación y se llevó una mano hacia la boca.

Oh sí. Oh sí.

Palideció al tiempo que se ponía de pié y se acercaba a Glaucus tendiendo una mano tentativamente para acariciar el rostro que se alzó hacia ella.

Benditos sean los dioses -susurró- Eres su hijo.

Dos mandíbulas cayeron al unísono.

¿Quién? ¿El hijo de quién? -jadeó Glaucus. Sus dedos aferraron convulsivamente su túnica negra, tratando de controlar su temblor.

Del General Maximus. Eres su imagen viva -Eugenia volvió a sentarse en la silla y lo contempló fijamente.

Glaucus apenas se atrevía a respirar.

¿Cómo es que conoce a mi padre?

Hace muchos, muchos años, yo estaba en un campamento cerca del Mar Negro cuando el General Maximus llegó para acabar con un complot del General Cassius para apoderarse del trono de Marcus Aurelius.

Glaucus estaba demasiado abrumado para hablar. ¿Había encontrado a la prostituta de su padre? ¿Podría ser que al fin la hubiera encontrado?

Notando la confusión de su amigo, Marius intervino en la conversación tratando de recordar todo lo que Glaucus le había dicho acerca de aquella misteriosa mujer. Que había sido hermosa... la mujer frente a ellos obviamente había sido hermosa. Que su cabello era rubio rojizo... pero era evidente que el cabello de aquella mujer había sido muy oscuro. Claro que era sabido que las mujeres a veces usaban pelucas o hasta se teñían el pelo de colores exóticos.

¿Ayudó al General Maximus a desbandar el complot de Cassius? -preguntó Marius cautelosamente.

Eugenia captó la intención de inmediato.

¡Oh sí, oh sí, lo hice! ¡Vaya si lo hice! Los ayudé a él y a Julia en todo lo que pude -una sonrisa llena de recuerdos se apoderó de sus hermosos rasgos- Oh, tu padre era un hombre muy atractivo, vaya si lo era. Todas estábamos tan celosas de Julia...

¿Julia? -preguntó Glaucus- ¿Quién es Julia?

Oh, fue su amante mientras el General estuvo en nuestro campamento -resopló Eugenia- Muchacha afortunada.

Las palabras luchaban por escapar de los labios de Glaucus. ¿Amante? ¿Julia?

Descríbame a Julia -demandó finalmente.

Bien, déjame ver -Eugenia ladeó la cabeza- Era la mujer más hermosa que jamás haya visto. Todas éramos preciosas -en esos tiempos- pero Julia era especial. La favorita de Cassius. Era alta y esbelta, con hermosos ojos del color del cielo en un día despejado y aquel cabello largo y ondulado que toda mujer envidiaba en cuanto la veía. Rubio rojizo. Del color de un ocaso.

Glaucus cerró los ojos. Julia. Su nombre era Julia... pero aún no la había encontrado.

¿Dónde está Julia actualmente?

No lo sé, cariño. No la he visto en años.

El corazón de Glaucus se derrumbó. Apoyó los codos en sus rodillas y se inclinó hacia delante, apoyando la cabeza en sus manos, masajeando sus sienes, tratando de calmar el súbito dolor de cabeza que las atravesaba.

Julia.

Julia. Julia. Julia.

Marius apoyó una mano tranquilizadora sobre la espalda de su amigo y se dirigió a Eugenia con una sonrisa de aliento.

Hemos estado buscando a Julia durante meses pero no sabíamos su nombre. Ni siquiera sabíamos a ciencia cierta si se encontraba en Roma, de modo que usted ha sido de gran ayuda. ¿Hay algo más que nos pueda decir acerca de ella? ¿Su nombre completo, por ejemplo?

Era una prostituta como yo... y las prostitutas no tenemos nombres completos. Era simplemente "Julia".

Eugenia movió su cabeza tristemente y contempló la postura torturada de Glaucus.

Estaba enamorada del General Maximus, pobre criatura, pero él estaba casado y sólo pasó un breve tiempo con ella. Pero dudo que lo haya olvidado.

¿Dónde la vio por última vez y cuándo? -la instó Marius cuando Eugenia dio señales de perderse nuevamente en sus recuerdos.

Oh, debe haber sido como diez años atrás.

Los hombros de Glaucus se desplomaron.

Fue en el Mercado de Trajano -siguió diciendo Eugenia- Julia estaba mirando lanas finas, creo. Pero sólo la vi a la distancia y ella no me vio. Había mucha gente y cuando logré llegar hasta donde estaba, ya se había ido.

¿No la ha visto desde entonces? -preguntó Marius.

No... no, después de que volvimos a Roma Julia no se molestó en mantenerse en contacto con el resto de nosotras. Era una muchacha encantadora pero siempre se mantenía apartada de las otras prostitutas -Eugenia empleaba la palabra "prostituta" sin disculpa ni vergüenza- Era la favorita de Cassius y siempre dio la impresión de que se consideraba un poco por encima de las demás -Eugenia se encogió de hombros- Bueno, si yo hubiera estado en su lugar probablemente hubiera hecho lo mismo.

¿Puede decirnos algo más acerca de ella? -la urgió Marius- ¿Algún rumor que pueda haber escuchado?

Bueno... de vez en cuando veo a algunas de las otras muchachas. Ya saben... en los mercados... y Aelia escuchó decir a Honora que se había casado muy bien. Muy bien, no sé si me entienden. No sé dónde fue que Honora escuchó eso -por primera vez una mirada de curiosidad cruzó el rostro de Eugenia y preguntó- Pero, ¿por qué están buscando a Julia? ¿El General está tratando de encontrarla nuevamente?

Eugenia rió; pese a su edad, su risa sonó como la de una muchacha.

Saben, siempre pensé que el General estaba algo más que un poquito interesado en Julia. La conservó todo el tiempo con él después de que mataron a Cassius entre los dos.

Glaucus levantó la cabeza de golpe.

Eugenia se encogió como si la hubieran abofeteado.

Oh, oh por favor. Lo siento -tartamudeó- Marcus... ese es tu nombre, ¿no es cierto? No necesitas preocuparte. Después de todo, tu padre volvió con tu madre y dejó atrás a Julia cuando podía haberla conservado si hubiera querido.

Mi nombre no es Marcus -dijo Glaucus roncamente- Y mi padre desapareció años atrás. La única razón por la que estoy tratando de encontrar a Julia es para averiguar qué pasó con él.

Oh, oh por favor -repitió Eugenia sin saber que agregar. Pero luego su entrenamiento de prostituta vino en su ayuda y se puso de pié al tiempo que extendía una mano hacia la puerta.

¿Por qué no vamos a mi departamento? Mis modales son terribles, dejando a dos caballeros sentados en este lugar. Les proveeré un refrigerio y les diré todo lo que sé.

Capítulo 30 – Los guardias, 180 A.D.

Maximus insistió en que lo encadenaran a una silla en el departamento de Apollinarius, no en el de Julia. Los guardias suponían que había sido alquilado por el hombre del cabello blanco y Maximus estaba decidido a hacer que siguieran creyéndolo. No quería que vieran a Julia y mucho menos que llegaran a comprender la verdadera razón de su visita a la villa. Había endurecido el mentón y se había negado a escuchar ningún razonamiento al respecto y ahora se encontraba sentado, rígido y taciturno, mientras Julia y Apollinarius trataban de arreglar el grillete roto y la cadena de modo tal de hacer que se viera como si aún fuera seguro.

Mantén la mano a un costado de la silla, Maximus, donde no podrán verla bien- susurró Julia.

La única indicación de asentimiento fue un movimiento de sus pestañas.

Julia se dirigió hacia el dormitorio de Apollinarius pero dejó la puerta entreabierta de modo de poder espiar lo que ocurría en la habitación. Apollinarius se alisó los pliegues de la toga, tomó aliento profundamente y luego abrió la puerta del departamento a los guardias, quienes esperaban impacientemente del otro lado.

Buenos, caballeros -dijo Apollinarius- como pueden ver, helo aquí, sano y salvo.

Dos fornidos guardias estiraron sus cuellos para mirar al gladiador.

Maximus clavó la mirada en el suelo.

Bien, aquí está -dijo riendo el primer guardia al tiempo que le guiñaba el ojo a su compañero- Pero me sorprende que todavía pueda sentarse.

El guardia clavó un dedo nudoso en las costillas de Apollinarius y acotó maliciosamente.

Tal vez no lo está usando como es debido.

Y se echó a reír de su propio ingenio.

Apollinarius se quedó mudo ante la crudeza del comentario.

Espiando por la rendija de la puerta, Julia vio cómo un músculo de la mejilla de Maximus se abultaba cuando éste apretó las mandíbulas. Sus hombros se inclinaron al tiempo que su espalda se endurecía pero siguió mirando la alfombra en silencio.

¿No le está dando problemas? -preguntó el segundo guardia con exagerada cortesía al tiempo que su compañero se adentraba en la habitación mientras seguía riendo.

Apollinarius se movió rápidamente, de modo de impedirle que se acercara más a Maximus.

No, está cooperando, se lo aseguro. No hay necesidad de...

El guardia hizo una mueca.

Quizás le está empezando a gustar.

Unos feroces ojos azul verdosos se volvieron hacia el guardia lanzándole una mirada asesina y Julia vio como Maximus apretaba los puños. Un momento más y estaría fuera de la silla. Un momento más y el guardia muerto en el suelo, con espada o sin ella.

Bu... bueno. Ya lo han visto de modo que pueden irse -tartamudeó Apollinarius, quien podía sentir cómo el fuego de la ira de Maximus le quemaba la espalda- Vayan a reunirse con sus amigos en el alojamiento de los sirvientes y relájense por el resto de la semana. Hay mucha comida y bebida. Tengan por seguro que los llamaré si necesito que me den una mano con él.

Apollinarius extendió los brazos y trató de empujar a los hombres hacia la puerta.

Pero el guardia de la sonrisa maliciosa tenía que hacer un último comentario.

Si es tan bueno, tal vez podamos hacer algún dinero alquilándolo a los hombres del puerto antes de llevarlo de regreso a Roma...

Julia se movió aún más rápidamente que Maximus y los guardias quedaron tan sorprendidos por su repentina aparición que ni siquiera se dieron cuenta de que el gladiador estaba de pie y obviamente no estaba encadenado.

Maximus, siéntate -siseó mientras pasaba a su lado, su stolla ondulante ocultándolo por un momento de los guardias. Rápidamente se plantó frente a ellos, su rostro una máscara de furia.

¿Cómo se atreven a insinuar algo así en mi presencia?

La sonrisa borrada de su rostro, el guardia dio un paso atrás.

Nosotros... nosotros no sabíamos que estaba aquí, Mi Señora.

Soy la dueña de esta villa. El general Maximus está aquí conmigo por una semana y no toleraré que individuos como ustedes ensucien su reputación. ¿Está claro?

El guardia miró primero a Julia, luego a Apollinarius y otra vez a la mujer cuyo temperamento era comparable con su cabello llameante.

Pensábamos que había sido alquilado por él -con un gesto, el guardia señaló a Apollinarius, quien estaba obviamente disfrutando del modo airado en que Julia estaba defendiendo al hombre que amaba. A espaldas de Julia, el rostro de Maximus era una máscara inescrutable.

Pues se equivocaron -escupió Julia- Este hombre es sólo mi agente y actuó como tal porque no es apropiado que una dama negocie los favores de un gladiador aunque éste sea el mejor de todo el imperio. Uno de ustedes cabalgará inmediatamente a Roma con un mensaje para Próximo. Quiero que el gladiador sea mi huésped por tanto tiempo como sea posible, no sólo una semana. Díganle eso. Le pagaré bien.

El segundo guardia movió la cabeza negativamente.

Querrá al Español de vuelta en cuanto las arenas sean reabiertas.

Julia suspiró impacientemente.

¿No me escucharon? Estoy dispuesta a cubrir cualquier suma que Maximus pueda ganar en la arena. De hecho, la doblaré. Tanto es lo que estoy disfrutando de su compañía. Y, de paso... el gladiador se llama Maximus, no El Español. ¿Está claro?

El guardia asintió varias veces con la cabeza.

Sí, Mi Señora.

Su compañero repitió el gesto a regañadientes.

Julia avanzó hacia ellos decididamente, sus ojos azules lanzando puñales bajo sus cejas delicadamente arqueadas.

Ahora, fuera de mi camino y dejen de hacerme perder el tiempo.

Los guardias se inclinaron ligeramente ante la alta, hermosa dama de cabello llameante y ojos encendidos y retrocedieron hacia la puerta. Apollinarius la cerró con un golpe estruendoso y le sonrió.

Bravo, mi querida. Bravo.

Julia empezó a sonreír pero se sobresaltó al escuchar a sus espaldas el ruido del metal al golpear el mármol. Maximus se había quitado el grillete y lo había arrojado al suelo antes de dejarse caer nuevamente en la silla. Julia se dio vuelta para encontrarlo sentado con los codos apoyados en sus rodillas que mantenía muy separadas y la cabeza descansando en sus manos. Silenciosamente, Apollinarius salió de la habitación y cerró la puerta de su departamento sin hacer ruido.

Julia caminó lentamente hacia el hombre sentado, sabedora de que su orgullo varonil había sido seriamente lastimado.

Maximus, no podía dejar que dijeran eso de ti. No podía.

El no respondió.

Julia se acuclilló a su lado.

¿Maximus? -dijo, mientras le apartaba las manos de la cara con un gesto decidido.

Lenta, muy lentamente, alzó sus ojos hacia los de Julia. Estaban ensombrecidos de dolor.

Es sorprendente cómo el peso del hierro en la muñeca puede traerte de regreso a la realidad -dijo amargamente- Aquí, contigo, he estado viviendo en un sueño. Mi realidad son esos guardias.

Julia acarició las ondas por encima de su frente.

Huyamos, mi amor -le rogó- Aún tenemos tiempo.

Maximus no acusó el uso del término amoroso pero tocó su cabello muy suavemente, las yemas de sus dedos apenas rozando las pesadas ondas.

Julia, ahora pueden darle tu descripción... a Commodus. Lo que hiciste fue muy tonto.

Julia se quedó boquiabierta. Eran sus acciones y no las de los guardias las que lo habían molestado.

No me importa -dijo desafiante- Si insistes en rehusarte a escapar, ¿qué importa si saben que estás aquí conmigo y cómo soy?

Maximus suspiró y sacudió la cabeza en señal de frustración ante su falta de entendimiento. Sus palabras fueron lentas y deliberadas.

Podrían usarte de rehén para controlarme. Commodus podría asumir -con razón- que me preocupo por ti y amenazarte para hacerme hacer cosas que no quiero hacer.

Julia quedó perpleja.

¿Cómo qué?

El volvió a acariciarle el cabello, sus dedos demorándose en los rizos sedosos.

Como hacerme perder intencionalmente un combate y morir en la arena... y lo haría si amenazaran tu seguridad. De ese modo, Commodus se desharía de mí y simplemente parecería que perdí una pelea.

Julia estaba aturdida. Simplemente, nunca había considerado esa posibilidad.

Maximus, es... es poco probable que algo así pase - se arrodillo ante él, como si le estuviera suplicando que coincidiera con ella.

No subestimes a Commodus. No puedo ser responsable por la muerte de otra persona por la que me preocupo.

Buscó palabras que pudieran reconfortarlo pero en cambio dijo:

¿Te preocupas por mí?

Una sonrisa fugaz endulzó sus rasgos.

Sí, por supuesto que me preocupo -dijo en un susurro.

¿Cómo?

Sus cejas se fruncieron en señal de confusión.

Julia se sentó en la alfombra y apoyó sus antebrazos sobre las rodillas de Maximus antes de tomarle las manos en las suyas. Lo miró a los ojos.

¿Te preocupas por mí del mismo modo que te preocupas por Lucilla? -lo instó.

No -respondió él rápidamente.

Julia se mordisqueó el labio inferior antes de preguntar esperanzadamente:

¿Cómo te preocupabas por Olivia?

Maximus movió negativamente la cabeza.

¿Cómo entonces?

Se encogió de hombros.

De un modo diferente.

¿Qué significa eso? -lo presionó.

No lo sé. Es que quiero... protegerte.

Julia sonrió.

¿Te sientes como un padre en lo que a mí respecta?

Aquello finalmente lo hizo reír.

No... no como un padre. En absoluto como un padre.

Maximus consideró cuidadosamente sus siguientes palabras.

Eres tan comprensiva y perceptiva... es fácil hablar contigo. Tal vez porque viviste una vida tan difícil y en muchos aspectos eres muy mundana para tu edad. En ese aspecto eres muy diferente de Olivia -miró al cielo raso como si buscara ayuda- No estoy habituado a hablar de cosas personales... sólo a discutir estrategias de batalla y a dar órdenes. Esto es muy diferente para mí. Y muy difícil. Casi tan difícil como estar encadenado. No estoy acostumbrado.

Julia apretó sus manos.

Lo sé. Pero es eso lo que lo hace tan especial para mí... el hecho de que me digas lo que hay en tu corazón y que nunca le dijiste a nadie. Y el hecho de que confíes en mi.

Maximus asintió, una enorme tristeza empañando sus hermosos ojos.

Proximo no consentirá en dejarme aquí si el Coliseo es reabierto, no importa cuánto dinero le ofrezcas. Está haciendo una fortuna conmigo. Commodus paga por los juegos y exige que pelee todos los días... y le paga muy bien por ese privilegio. Proximo no se arriesgará a contrariar a Commodus diciéndole que no estoy disponible, no importa lo mucho que le ofrezcas.

De golpe, la futilidad de su situación descendió sobre Julia como una niebla pesada y fría y la hizo estremecer.

Oh, Maximus, tenemos tan poco tiempo.

El asintió para luego soltarse de sus manos antes de ponerse de pie, apartarse de ella y caminar hacia la ventana. Habló dirigiéndose al cielo, su voz fría y carente de emoción... la voz de un general que acaba de tomar una decisión.

Quiero agradecerte por defender mi honor. Fue realmente difícil estar sentado allí escuchando a los guardias hablar de mí de ese modo. Pero lo que hiciste fue muy peligroso.

Julia caminó grácilmente hasta colocarse tras él y deslizó sus brazos en torno a la cintura de Maximus. Pero él se movió de modo de apartarse, dejándola aturdida ante su espalda que se alejaba.

- Necesito estar solo por un rato... necesito caminar -dijo y desapareció a través de la puerta.

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