¿Te sientes mejor, cariño?
Los ojos de Eugenia estaban llenos de preocupación. Podía notar la tensión en el rostro de Glaucus mientras éste jugueteaba con el pan, el queso, los higos y las nueces que había en su plato, su apetito claramente arruinado. Marius, en cambio, parecía haber descubierto que la excitación de hallar un eslabón con el pasado de Maximus lo ponía famélico y hablaba animadamente entre bocado y bocado. Mientras servía la comida, Eugenia les ofreció un racconto de su vida en Roma desde el momento en que fuera liberada por Marcus Aurelius.
Había tratado de establecerse en la ciudad como una mujer de negocios invirtiendo su dinero en una pequeña pescadería pero sus proveedores y clientes pronto se dieron cuenta de que no tenía cabeza para los negocios y terminó estafada a dos puntas. Cerró la tienda y huyó de sus acreedores para volver a regañadientes a la única forma de vida que conocía. Pero había descubierto que, en Roma, la competencia era feroz y no había logrado establecer el burdel de categoría con el que soñara y en el que dirigir las operaciones desde un departamento tapizado de seda sin tener que volver a atender hombre alguno. Pese a todo, con el paso de los años, se las había arreglado para sostener una pequeña operación con muchachas confiables y clientes regulares. En resumen, dijo, podría haber sido peor.
Glaucus bebió un trago de vino diluido y luego trató cortésmente de dirigir la conversación en la dirección que le interesaba.
Por favor, dígame lo que sabe acerca de mi padre.
Eugenia miró al atractivo joven con ternura maternal. Era tan parecido a su padre en muchos aspectos y tan diferente en otros.
Llegó un día con su ejército después de que Cassius se declaró emperador. No sabíamos nada... nos dijeron que Marcus Aurelius había muerto y lo creímos. De modo que, cuando tu padre apareció diciendo lo contrario, fue toda una sorpresa. Pero le creímos. Había algo en tu padre que te hacía confiar en él. Parecía tan... serio y tan poderoso. Además, queríamos creerle. Cassius era terrible, un hombre cruel y tu padre en cambio era tan amable. Todas las muchachas estaban locas por él. El General Maximus fue a una fiesta ofrecida por Cassius una o dos noches después de que él y sus soldados llegaron al campamento. Podías ver a simple vista que esos dos hombres se odiaban mutuamente y el General Maximus amenazó a Cassius allí mismo. A decir verdad, no creíamos que tu padre viviría lo suficiente para ver la luz del nuevo día. Pero... es allí donde Julia entra en la historia.
Glaucus la alentó con un gesto de su cabeza.
Cassius le encargó que divirtiera a tu padre... pero también que mantuviera sus ojos abiertos y le reportara todas sus actividades. Pero la verdad es que ella estaba ayudando a otro oficial al que creía enemigo de Cassius. Julia odiaba a Cassius, sabes. Sólo los dioses saben a qué clase de perversiones la sometía... y era un hombre cruel. Julia parecía una flor delicada pero por dentro era puro acero -Eugenia hizo un alto para invocar sus recuerdos- Julia se sintió atraída por tu padre desde el primer día, se veía a simple vista... y a tu padre le pasaba lo mismo, creo. Pasaron algún tiempo en privado durante la fiesta y él luego ordenó que la llevaran a su tienda esa misma noche y Julia no volvió hasta el amanecer. Nos moríamos por saber cómo era él pero Julia se mantuvo apartada y no dijo palabra -Eugenia bajó la voz hasta convertirla en un susurro de conspirador- Creo que sólo pensar que alguna de nosotras se pudiera acercar a él la ponía celosa.
Y movió enérgicamente la cabeza para enfatizar sus palabras.
Glaucus relajó su rígida mandíbula sólo para sentir que la tensión se transfería a su cuello y hombros. ¿Por qué habría de molestarle que su padre hubiera pasado la noche con una hermosa prostituta? Después de todo, ¿no había sido él mismo quien había insinuado a Jonivus que debía haber algo mal en su padre si podía pasarse tanto tiempo sin una mujer en ausencia de su esposa? Aquello no debía molestarle... pero de algún modo, lo hacía.
Eugenia siguió con su historia.
El General Maximus ideó un plan para matar a Cassius y le pidió a Julia que lo ayudara. Luego, Julia me pidió que yo también ayudara. Ella confiaba en mí, saben. Confiábamos la una en la otra... y ella sabía que yo nunca traicionaría al General Maximus.
Una sonrisa cruzó su rostro borrando la edad de sus rasgos. Echó hacia atrás un mechón veteado de gris y continuó.
Escondimos a Maximus -rió- Lo tenían bajo vigilancia en su tienda pero escapó y vino a nuestro alojamiento. Lo escondimos en una bañera. Julia la llenó con agua y aceites perfumados, luego vertió pétalos en ella y se metió a la bañera con Maximus. Cuando los guardias vinieron en su búsqueda, lo empujó bajo la superficie y él aguantó la respiración hasta que se fueron -Eugenia movió la cabeza- Temíamos que se ahogara. Los guardias insistieron en revisar el baño aunque era obvio que allí no había nadie más que nosotras y durante todo ese tiempo Maximus estaba bajo el agua, conteniendo la respiración, cubierto por los pétalos. Los guardias sacaron a Julia de la bañera y ella los llevó fuera del baño mientras nosotras sacábamos al pobre general del agua -Eugenia rió nuevamente- Su uniforme estaba chorreando...
¿Vestía su uniforme? -preguntó Glaucus, claramente sorprendido.
Bueno... no toda esa ropa. Sólo su túnica. Recuerdo que el aceite perfumado le irritó los ojos y se los frotaba. Yo lo ayudé a secarse -su ligereza se evaporó como las burbujas de un baño- El me pidió que lo ayudara. Fui yo quien llevó los mensajes del General Maximus a sus hombres -dijo orgullosamente- Confiaba en mí.
Glaucus asintió con la cabeza y sonrió. Le gustaba aquella mujer valerosa que había vivido una existencia tan dura. Y... había hablado con su padre, servido a su padre, tocado a su padre... todas aquellas cosas que él deseaba tanto hacer.
Cuénteme más.
No conozco muchos detalles acerca de cómo lo hicieron, pero Julia ayudó al General Maximus a matar a Cassius. Tu padre era tan valiente, Glaucus. Estaba en un campamento enemigo pero tomó el control como si hubiera sido él mismo un emperador. Pasó casi una semana antes de que Marcus Aurelius finalmente llegara y él se las arregló para mantener el control. No vimos a Julia en todo ese tiempo, de modo que no pudimos enterarnos de los detalles.
¿Dónde estaba?
Eugenia vaciló... podía percibir las conflictivas emociones de Glaucus.
Con tu padre -dijo suavemente- La conservó con él durante todo el tiempo.
Eugenia cambió rápidamente de tema.
Deberías haber visto los festejos cuando el emperador llegó con sus ejércitos. Todos vivaban a tu padre Y Marcus Aurelius lo abrazó como si hubiera sido su hijo.
A Glaucus se le cerró la garganta y se esforzó por tragar el nudo que se había formado allí. Los soldados habían vivado a su padre. El emperador lo había abrazado... como si hubiera sido el hijo de Marcus Aurelius.
¿Qué pasó luego? -preguntó Marius.
Poco después fuimos liberadas y enviadas a Roma para que iniciáramos una nueva vida con una generosa asignación del emperador. Eramos libres por primera vez en nuestras vidas. Tu padre lo arregló, Glaucus. Vino a despedirnos en persona.
¿Julia fue con ustedes?
Oh, sí. Lo hizo. Estaba devastada por tener que separarse de tu padre, sabes. Creo que de tanto que lo amaba hasta hubiera renunciado a su libertad con tal de permanecer con él. Un joven oficial estaba interesado en ella pero Julia no quiso saber nada.
¿Qué hizo mi padre?
Volvió a España... a ti y a tu hermano y tu madre.
Glaucus negó lentamente con la cabeza.
No, eso pasó antes de que yo naciera.
Oh -Eugenia se mostró claramente sorprendida- ¿Nunca te dijo nada?
Domina... nunca conocí a mi padre.
Los ojos verdes de Eugenia se abrieron muy grandes.
¿Nunca?
No. Nací pocos años antes de que desapareciera pero él nunca me vio. Estuvo en Germania durante toda mi primera infancia.
¿Qué quieres decir con... "desapareciera"?
Sin dejar rastro... cuando Commodus se convirtió en emperador.
Oh, lo lamenté tanto cuando escuché que Marcus Aurelius había muerto. Era un hombre maravilloso. Pero, ¿cómo podría desaparecer tu padre? No entiendo.
Digamos que tuvo un desacuerdo con Commodus y que no se lo ha vuelto a ver desde entonces. Estoy tratando de encontrarlo... o de descubrir qué le ocurrió. Pensé que encontrar a Julia podría ayudarme.
¿Tu madre nunca escuchó nada acerca de él?
Domina, mi madre y mi hermano fueron asesinados por la misma época en que mi padre desapareció... asesinados por orden del emperador.
Eugenia soltó una exclamación.
También ordenó que ejecutaran a mi padre pero él logró escapar. Nadie en mi familia sabe qué le ocurrió. Los soldados que sirvieron bajo su mando tampoco parecen saberlo.
Oh, por favor... oh, por favor -Eugenia se llevó una mano a la garganta mientras luchaba por tomar aliento. Rápidamente, Marius le puso un vaso de vino en la mano y ella se lo llevó a los labios, vaciándolo de un trago. Lentamente, lo bajó y miró a Glaucus con ojos llorosos.
Ahora entiendo.
¿Qué es lo que entiende? -preguntó Glaucus.
Porqué tus ojos se ven tan vacíos. Porqué hay marcas en un rostro tan joven.
Glaucus apartó la mirada. Nunca se había dado cuenta de que su rostro revelaba tanto dolor.
Las siguientes palabras de Eugenia fueron suaves y amables.
Dudo mucho que encontrar a Julia te ayude a encontrar a tu padre, Glaucus. Cuando la envió a Roma quedó claro que la estaba apartando de su vida. Estuvieron juntos por un corto tiempo y él la usó como todos los demás hombres... para sus propios fines. Fue la mala fortuna de Julia dejar que él llegara a su corazón.
Sé que lo más probable es que nunca la volviera a ver... pero probabilidades es lo único que tengo. Un hombre me dijo que vio a mi padre en Roma. Julia vino a Roma. Hay una probabilidad... no importa cuán pequeña.
Bueno, en ese caso, el mejor consejo que te puedo dar es que vayas a donde ella puede ir y la busques.
¿Cómo luciría ahora?
Probablemente igual que antes aunque más vieja -Eugenia sonrió- Todas somos más viejas. No hay modo de escapar. Puede que su cabello haya encanecido un poco pero aún será hermosa... de eso puedes estar seguro.
¿Dónde debería buscarla?
Eugenia se echó a reír.
Muchacho tonto. ¿Dónde buscas a una mujer? ¿A cualquier mujer? ¡En las tiendas! ¡Allí es donde buscas!
Glaucus sacudió su cabeza, obligándose a volver a la realidad. Después de pasar semana tras semana sentado en la taberna a la entrada del bullicioso mercado ocupado por numerosas tiendas, le resultaba muy fácil soñar despierto. De tanto en tanto, Glaucus deambulaba entre las tiendas y los puestos, alerta ante la presencia de cualquier mujer que pudiera aproximarse a la descripción de Julia pero mayormente, permanecía sentado y vigilando, su ubicación inmediatamente junto a la puerta principal un puesto de privilegio que le permitía vigilar a la mayoría de las personas que entraba y salían del mercado.
Estaba solo, ya que Marius había regresado a las bibliotecas para continuar con sus descuidados estudios y buscar cualquier posible referencia sobre Maximus entre los miles de documentos históricos allí almacenados. También estaba investigando discretamente los posibles movimientos de un médico cristiano llamado Marcianus, quien había trabajado con las legiones del Norte décadas atrás. Glaucus extrañaba la compañía de Marius pero sabía que tenían mejores posibilidades de éxito si trabajaban por separado. Sin embargo, hasta el momento, no habían tenido suerte.
El Mercado de Trajano era una de las estructuras más interesantes de Roma y uno de los lugares más activos. Bordeaba el Foro de Trajano, el cual consistía en una vasta superficie cuadrangular con pórticos a la que se accedía desde el Foro de Augustus a través de un arco triunfal dedicado al emperador. En el centro de la plaza se encontraba el monumento ecuestre de Trajano. En uno de sus extremos se ubicaba la enorme Basilica Ulpia, la más grande de Roma. Dos bibliotecas -una dedicada a los textos en griego y otra a los textos en latín- se encontraban frente a la plaza, lo que hacía que Marius a veces pudiera almorzar con Glaucus cuando el joven erudito se encontraba investigando en alguna de ellas. Entre ambas bibliotecas se encontraba la inmensa columna de Trajano con sus bajorrelieves conmemorando la conquista romana de Dacia.
El Mercado de Trajano -el corazón comercial de Roma- dominaba una de las esquinas del Foro con sus tres pisos de tiendas bajo techo. Por encima de estos se encontraban otros tres niveles de establecimientos, un total de ciento cincuenta comercios, lo que hacía del complejo el más grande centro en su tipo en todo el imperio. Lo tenía todo: panaderos, pescaderos, carniceros, lenceros, sastres, barberos, vendedores de fruta, prestamistas, agentes inmobiliarios, fabricantes de colchones, tintoreros, vendedores de especias, lavanderías, joyeros, tejedores de encaje, zapateros, fabricantes de cinturones, de monederos... y todo aquello en lo que se pudiera pensar. Las mercancías eran importadas desde cada rincón del imperio y desde más lejos aún como, por ejemplo, del Lejano Oriente. Las tabernas y los puestos de comida atraían a aquellos que buscaban alimento y diversión. Aquel era también el lugar donde se distribuía comida entre los pobres, lo que hacía que el lugar estuviera siempre atestado. Pero los corredores, con sus amplios arcos diseñados de modo de poder aprovechar la brisa, hacían que la atmósfera fuera soportable, especialmente en un momento como aquel, cuando el otoño se había instalado.
Durante semanas, Glaucus había deambulado por sus galerías, estudiando las entradas de las tiendas, sufriendo los empujones y codazos de los decididos compradores. Había fingido interés en la mercancía, toqueteando esto y aquello al tiempo que fruncía las cejas en un gesto de simulada contemplación. Pero sus ojos verdes recorrían constantemente la multitud buscando a una mujer alta, de cabello rubio rojizo. A veces se acodaba en la baranda del tercer piso mirando hacia los niveles inferiores, buscando a Julia, sus oídos vibrando con los ecos de las voces de los regateadores, sus risas y sus pasos. Más de una vez su corazón se había acelerado bruscamente al captar un relámpago de cabello rubio rojizo pero invariablemente había encontrado a aquellas mujeres demasiado jóvenes o demasiado bajas o, simplemente, demasiado insulsas.
Por fin, al término de la cuarta semana, Glaucus empezó a deslizar monedas en las manos de los vendedores y a hacer preguntas acerca de la misteriosa mujer. Tuvo éxito en la quinta tienda del segundo piso, el local de un hombre que vendía preciosas e inusuales sedas importadas desde el Lejano Oriente. Había visto a Julia. La había visto a menudo. Era una clienta regular.
Aquel mediodía, Glaucus se encontró con Marius al mediodía en la taberna y ambos comenzaron a hablar al unísono y excitadamente.
Espera, espera -rió Glaucus al tiempo que levantaba una mano- Yo primero. Tienes que escuchar esto.
¿La encontraste?
Bueno, aún no pero encontré una tienda que visita a menudo -aunque no ha venido en algún tiempo- de modo que todo lo que tengo que hacer es vigilar ese negocio hasta que vuelva. Casi la tengo.
Marius sonrió.
Esas son excelentes noticias. Busquemos una mesa.
Los dos jóvenes se instalaron en sus asientos y Marius de inmediato reveló las noticias que traía con un aire totalmente casual, al tiempo que estudiaba la pizarra con el menú del día
Averigüé dónde está el médico.
¿Qué? -Glaucus se puso de pié de un salto y se aferró a los bordes de la pequeña mesa, mirando a su compañero que seguía sentado- ¿Cómo lo averiguaste? ¿Dónde está?
Siéntate, amigo mío. Estás atrayendo mucha atención. No te excites tanto porque no se encuentra precisamente cerca. Está en Arabia Secunda... en Petra.
¿Petra? -Glaucus tamborileó sus dedos sobre la mesa mientras luchaba por recordar sus conocimientos escolares sobre geografía romana- ¿La ciudad en el desierto esculpida en la piedra de los farallones? -preguntó tentativamente.
Sí.
El rostro de Glaucus reflejó su desencanto.
Eso es muy lejos de aquí.
Es lo que dije. Tienes que viajar desde Roma a Alexandria en barco, luego cruzar el Mar Rojo e ir por tierra a través del desierto hasta Petra. Un viaje muy duro y muy, muy peligroso.
Pero es la persona clave, Marius. El es quien puede tener las más importantes posesiones personales de mi padre. Es quien sabe lo que ocurrió realmente aquella noche en Germania. Tengo que ir allí.
Marius asintió al tiempo que aceptaba una jarra de vino de manos de la muchacha que servía las mesas.
De todos los lugares posibles, ¿por qué iría allí?
Petra está en la frontera del imperio y es casi inaccesible... el lugar perfecto para que un grupo de la secta cristiana encuentre refugio. La mayoría de los cristianos se ocultan en ese tipo de lugares si quieren venerar a su dios en paz. Sabes tan bien como yo lo que les pasa a los cristianos que permanecen en Roma. Los torturan y los ejecutan en el Coliseo para diversión de la plebe. El médico fue sabio en irse allí.
Glaucus bebió su vino y, lentamente, un sentimiento de satisfacción que no había conocido en años se apoderó de él. Había encontrado información tanto sobre Julia como sobre Marcianus, las dos piezas principales en el rompecabezas de la desaparición de su padre.
Tal vez esa no sea la única razón por la que fue a Petra. Puede estar en posesión de cosas que no debiera haber encontrado... aún cuando sólo se trate de información. Puede que mi padre esté allí con él -dijo Glaucus, su excitación aumentando momento a momento- ¿Cómo diste con él?
Muchos romanos tienen amigos que son amigos de cristianos... aunque no están precisamente ansiosos de admitirlo. Simplemente, fue cuestión de paciencia y de hacer las preguntas correctas a las personas adecuadas. Pero olvídate de Marcianus por el momento. Estamos mucho más cerca de Julia. Estoy ansioso por ver a esa mujer.
Glaucus sonrió contento.
También yo. El dueño de la tienda me aseguró que sigue siendo alta y teniendo un hermoso cabello rubio rojizo a pesar de su edad. Reconocerla debería ser fácil. Sólo espero que no demore mucho.
No te molestará, ¿verdad? Digo, encontrarte con la mujer que fue la amante de tu padre mientras tu madre vivía -Marius partió el caparazón de un caracol y se puso el suculento molusco en la boca antes de rebañar la manteca y el ajo que lo acompañaban con un trozo de pan.
A decir verdad, me hice la misma pregunta. Cuando supe que mi padre le había sido fiel a mi madre durante sus ausencias de años, pensé que debía haber sido un hombre muy raro pero luego me empezó a gustar la idea... De modo que fue toda un sorpresa cuando Eugenia nos dijo que en Moesia había tomado a Julia como su amante de un modo tan abierto. Pero todos los testimonios dicen que es una mujer extraordinaria de modo que puedo entender su debilidad por ella.
Me pregunto si tu madre lo sabía.
Glaucus se encogió de hombros. El también se había hecho esa pregunta.
No puedo quedarme mucho, Glaucus. Sólo quería darte las buenas noticias y comer un bocado.
Te lo agradezco, Marius. Espero que tengas una idea de cuánto.
El delgado muchacho romano le sonrió a su amigo español.
Lo sé. De paso, esto me divierte. Me encanta tratar de resolver un buen misterio -hurgó en su ropa en busca de monedas y Glaucus extendió una mano para detenerlo.
No, yo pago. Es lo mínimo que puedo hacer.
Bueno, no voy a oponerme. Te veré más tarde, mi amigo. Buena suerte en la caza de Julia.
Desde la terraza que daba a su departamento, Julia y Apollinarius contemplaban a Maximus mientras deambulaba sin rumbo por el jardín. Más temprano ese mismo día el general había deambulado por la biblioteca y recorrido el patio.
Ya reaccionará. Necesita tiempo -dijo Apollinarius tratando de hacer que Julia recuperara la confianza.
No tenemos tiempo. Lo sabe y está tratando de mantenerme apartada para no lastimarme.
Apollinarius se mostró sorprendido.
¿Lastimarte? El nunca lo haría.
Cree que si me ama me lastimará -los ojos de Julia brillaron con las lágrimas que estaban a punto de derramarse- Necesita tanto del amor pero no se permite a sí mismo la más elemental de las necesidades porque tiene miedo de lastimarme. En cambio, se lastima a sí mismo.
Apollinarius sintió que debía explicarle las razones de Maximus, que él encontraba sumamente altruistas.
Es un hombre acostumbrado a poner las vidas y necesidades de otros por encima de las suyas. No sabe actuar de otro modo. Es así y es por eso que lo amas.
Lo sé -Julia contempló a Maximus de pié en el jardín, mirando nada en particular, la luz del sol jugueteando sobre su cabello oscuro y sus anchos hombros.
¿Por qué no vas con él? -la instó Apollinarius.
Porque me apartará de él de algún modo -Julia se secó los ojos con la mano y se volvió hacia el hombre parado junto a ella- Apollinarius, necesito sacarlo de aquí... apartarlo del recuerdo de guardias y cadenas. Ayúdame.
Apollinarius suspiró, su ceño fruncido oscureciendo su rostro. Pero, lentamente, la expresión sombría se disipó, siendo reemplazada por una sonrisa astuta.
Tengo una idea.
Unos minutos más tarde, Julia se escabullía hacia su dormitorio, su rostro iluminado por la esperanza; entre tanto, Apollinarius se dirigía hacia los establos.
¡General! ¡General Maximus!
Maximus caminó hacia el final del sendero para encontrar a Apollinarius parado en el camino de grava sujetando un magnífico semental bayo, ensillado y bailoteando. Maximus sonrió al hombre que sostenía desconfiadamente las riendas del brioso animal y tomó la brida firmemente, antes de acariciar el morro aterciopelado del caballo.
¿Suyo? -preguntó dirigiéndose a Apollinarius.
Oh... no, no, no cabalgo, general. Pero pensé que le gustaría dar un paseo.
Apollinarius hablaba con un tono casual, como si ofrecerle un semental a un esclavo que en realidad era un general romano fuera cosa de todos los días.
Aún no ha visto gran parte de la propiedad... por ejemplo un maravilloso estanque con peces -Apollinarius señaló camino abajo y los ojos de Maximus siguieron su mano- Tome por este camino y cabalgue en dirección a la ciudad, luego siga por el sendero de tierra que encontrará. No queda lejos. Simplemente siga a través del bosquecillo y luego a campo abierto y no hay modo de que se pierda.
Maximus sonrió y le agradeció con un gesto antes de montar sin el menor esfuerzo mientras Apollinarius soltaba las riendas y se apartaba apresuradamente, feliz de deshacerse por fin de la aterradora bestia. El gladiador estiró la corta túnica sobre sus muslos y luego hizo que el caballo se diera vuelta y trotara camino abajo, levantando la grava con sus cascos para desaparecer rápidamente detrás de los árboles. Poco después, Maximus divisó el sendero e hizo que el animal se apartara del camino principal, poniéndolo al paso al tiempo que apartaba las ramas de su cara. Pronto alcanzó el campo abierto que estaba cubierto por una deliciosa combinación de hierbas tiernas y flores silvestres y dejó que el caballo galopara, disfrutando del viento en su cabello y de los poderosos músculos que se movían sin esfuerzo bajo sus muslos.
Tiró de las riendas y el semental bailoteó, no queriendo que la carrera terminara. Maximus se hizo sombra sobre los ojos y los entrecerró cuando una extraña forma apareció repentinamente en el medio del campo. Un árbol crecía en el medio de la extraña forma. No... no, era un mástil, no un árbol. Un mástil con sus velas recogidas y unido a un barco. Curioso, Maximus se acercó y el barco se fue haciendo más grande ante sus ojos hasta que descubrió que era un navío de tamaño natural y no una réplica en escala como había pensado de primer momento. Intrigado, lo estudió mientas cabalgaba, hasta que su caballo alcanzó el borde del estanque, el cual se encontraba circundado de arbustos.
El barco se alzaba en medio de la laguna artificial tal como si hubiera amarrado allí al término de un largo viaje. Estaba rodeado de esculturas de mármol representando todo tipo de criaturas marítimas, reales y de leyenda. Maximus cabalgó en torno al perímetro del estanque, maravillándose ante el minucioso detalle de aquel barco de madera. Las velas estaban plegadas y las cuerdas crujían con el viento. Sobre la cubierta había cajas y barriles, tal como debería haberlos en cualquier barco mercante. Volvió a rodear la laguna hasta que encontró una abertura entre los arbustos que le reveló un sendero que conducía hacia el barco consistente en una serie de piedras planas perfectamente espaciadas de modo de que caminar sobre ellas resultara fácil. Desmontó y palmeó al caballo, urgiéndolo a no alejarse para luego avanzar hacia la primera de las rocas.
A medida de que se adentraba en el agua, Maximus examinó las grandes esculturas de mármol que representaban peces y monstruos marinos de cola recogida y luego vio alargadas figuras plateadas -peces reales- deslizándose rápidamente entre las piedras del sendero. El sol brillaba sobre sus lomos haciéndolos parecer metal fundido.
Ocho pasos después, alcanzó el barco, aferró la escala de cuerdas y subió por ella hacia la baranda, que sujetó con ambas manos y se dio impulso para subir a la cubierta. Sus pies golpearon la cubierta y el sonido reveló la existencia de un hueco bajo la madera. Maximus alzó la mirada hacia el mástil que se alzaba hacia una altura vertiginosa, luego tocó un barril que se encontraba cerca. Caminó hacia la proa y miró hacia el agua, que se encontraba bastante más abajo. Frente al barco se erguía la estatua de mármol de una sirena, su cola de pez seductoramente enroscada en torno a sus caderas y su largo cabello ocultando sus pechos. Aquel era un lugar mágico... fantástico pero al mismo tiempo tan real. Maximus se dio vuelta y se apoyó contra la baranda. Alzó el rostro hacia el sol y cerró los ojos, escuchando la canción del viento entre las cuerdas. Era tan fácil imaginar que aquel era un barco real y que estaba escapando de la esclavitud.
Poco a poco Maximus se dio cuenta de que una voz se había unido a la canción del viento y abrió los ojos para encontrar a Julia donde no se encontrara un momento antes, entonando una canción de dulces, muy dulces tonos. Estaba sentada sobre un barril cerca de la cabina, su cabello suelto y cayendo en suaves ondas en torno a su rostro. Vestía un traje de color azul mar que brillaba en tonos de verde cuando el tejido reflejaba la luz, chispeando como el sol sobre las olas. El tejido transparente ondulaba como un velo cuando el viento jugaba con él. Cautivado, Maximus se apartó de la baranda y se acercó a ella. La parte inferior del vestido de Julia estaba adornada con suaves plumas de los mismos colores de la tela y cuando ella se puso de pié y caminó despacio hacia Maximus cantando suavemente, se arrastró tras ella por la cubierta. Mientras se aproximaba, su cabello flotó hacia atrás apartándose de sus hombros, revelando la parte superior del vestido, a un tiempo brillante y transparente, con un escote tan profundo que dejaba al descubierto buena parte de sus senos.
Maximus se detuvo como en un trance. Cuando habló, su voz resonó profunda y ronca.
No sé cómo Odiseo pudo resistirte, hermosa sirena.
Las notas finales de la canción se disolvieron en la brisa y Julia sonrió, sus ojos llenos de amor.
Maximus siguió hablando.
Con su canto y su belleza, las sirenas trataron de atraer a Odiseo hacia su propia muerte. ¿Debería temerte, hermosa sirena?
Los únicos que deben temerme son aquellos que quieran lastimar a mi hermoso Odiseo.
Julia flotó hacia él y le acarició la mejilla barbada con el dorso de sus dedos.
Conmigo estás a salvo, Odiseo -la mano de Julia se deslizó en torno a su cuello y atrajo su rostro hacia el de ella, para besarlo suavemente- Estamos en el mar... -susurró contra sus labios- Roma quedó atrás y nos deslizamos sobre las olas... sólo tú y yo.
Lo besó otra vez, más profundamente y Maximus tendió sus manos para atraerla, deslizando una por su cabello, la otra en torno a la cintura.
Amado Odiseo -murmuró Julia antes de que Maximus capturara su boca en un beso abrasador.
Estaba perdido.
La mano que se apoyaba en la cintura de Julia se deslizó hacia abajo y sus dedos se afirmaron sobre sus nalgas, estrujando el tejido bordado con plumas mientras la apretaba contra él. Julia se sintió morir cuando la lengua de Maximus capturó la suya en un beso afiebrado que disolvió sus huesos, haciendo de su cuerpo una masa informe, lista para ser esculpida por sus manos. Julia gimió cuando la boca y la barba de Maximus se deslizaron hacia abajo por su cuello y hacia su hombro, donde apartó con impaciencia la delgada tela que se interponía en su camino, tirando de ella bruscamente para revelar la cresta de un seno cremoso. La boca de Maximus siguió el mismo camino de su mano.
Maximus -gimió Julia.
El alzó la cabeza, su urgencia claramente reflejada en sus ojos.
¿Dónde? - jadeó.
La cabina.
Maximus se inclinó y deslizó un brazo por debajo de sus rodillas, alzándola sin esfuerzo alguno. En dos zancadas estuvo en la puerta. Se inclinó para pasar por el vano hacia la cabina bajo cubierta y luego le dio un puntapié cerrándola tras él con tal fuerza que el golpe resonó levantando ecos en el campo abierto y entre los árboles.
El sol que entraba oblicuamente por el ojo de buey reveló la presencia de una amplia cama casi totalmente cubierta de almohadones forrados de brillante seda. Maximus hincó una rodilla en el suave colchón y apoyó a Julia contra ella, al tiempo que apresuradamente arrojaba los almohadones al suelo. Julia le cubrió el rostro de besos húmedos, acariciándole la oreja con su lengua, urgiéndolo sin palabras para que se apurara. El afiebrado sonido de sus jadeos combinados llenaba la pequeña estancia.
Maximus recostó a Julia sobre la cama, sosteniéndole la cabeza mientas las manos de ella desgarraban su túnica, desnudando rápidamente sus hombros musculosos. A Julia no le quedaba paciencia suficiente como para ser gentil. Aferró su cuello y mordió y succionó la carne expuesta mientras las manos de Maximus recorrían su torso y primero rozaban sus pechos para luego envolverlos firmemente con sus manos. Maximus gimió; Julia jadeó cuando sus dedos acariciaron, hicieron rodar y pellizcaron sus pezones erectos.
Demasiada ropa... demasiada ropa -jadeó Julia y Maximus se irguió sobre sus rodillas y se arrancó el cinturón antes de pasarse la túnica por encima de la cabeza y arrojarla lejos. Julia devoró su pecho desnudo con sus ojos y sus manos mientras Maximus tocaba tentativamente el tejido que cubría sus senos, buscando algún tipo de abertura.
Oh, Maximus, rómpelo. No me importa -rió Julia.
Pero, antes de que él pudiera hacer lo que le pedía, Julia tomó la tela entre sus manos y la desgarró hasta la cintura, exponiendo completamente sus pechos a su mirada y sus caricias.
Maximus no necesitó otro incentivo y, rápidamente, la falda de Julia siguió la misma suerte. La arrojó a un lado y la prenda voló y flotó en una nube de plumas antes de posarse suavemente en el piso. Bajo su vestido, Julia estaba completamente desnuda. Mientras se deshacía de su ropa interior, Maximus no pudo apartar la vista de su cuerpo.
Temía que mi imaginación hubiera aumentado tu belleza. Eres tan magnífica como te recordaba -jadeó mientras contemplaba cómo su seno aleteaba con el salvaje latir de su corazón.
Pues tú eres aún más magnífico, cariño -susurró Julia mientras recorría el cuerpo de Maximus con sus ojos, deteniéndose en su bajo vientre. Le tendió los brazos al tiempo que separaba los muslos.
Ven, amor mío, te he estado esperando por mucho tiempo.
En la terraza que daba al departamento de Julia, Apollinarius canturreaba feliz mientras contemplaba la puesta de sol. Era obvio que la joven pareja no volvería a la villa esa noche. Sabía que el encanto de aquel lugar -y aquel vestido irresistible- lo lograrían.
Horas más tarde, Maximus manoteó en busca de una lámpara y luchó para encenderla con el pedernal. Cuando una suave luz dorada llenó la estancia, caminó descalzo hacia la puerta y abrió una rendija para refrescar la cabina. Toda superficie en ella estaba cubierta por una pátina húmeda, incluidas sus respectivas pieles. Julia se arrastró hacia abajo por el colchón de plumas de modo tal de tener una vista completa de su amante mientras Maximus dejaba que la brisa del crepúsculo lo refrescara. Si no hubiera sabido cuán cálida se sentía la piel de Maximus bajo sus dedos y sus labios hubiera pensado que se trataba de una escultura de mármol creada por un maestro, cual Tritón emergido del mar.
Se estiró como un gato y sonrió contenta al tomar nota del desorden de la estancia. Su vestido yacía hecho trizas en el suelo, las plumas verdes y azules esparcidas sobre la alfombra y la cama. Una de las sandalias de Maximus estaba sobre el escritorio y la otra junto a la puerta. Su túnica había aterrizado sobre una silla derribada, una de las patas proyectándose cómicamente a través de la abertura de la manga como un miembro flaco y atrofiado, todo un contraste con el brazo que la había llenado unas horas antes. Julia soltó una risita.
Maximus se dio vuelta y le sonrió, una pequeña sonrisa torcida que gradualmente aumentó en amplitud y calidez.
Fue una buena idea traer una bolsa con más ropas para ambos o seríamos todo un espectáculo regresando a la villa vestidos con lo que queda de la que teníamos puesta -dijo Julia.
Le tendió los brazos y él regresó a la cama. Julia se hizo a un lado de modo tal de que él pudiera acostase y luego cruzó posesivamente un brazo y una pierna sobre el cuerpo de Maximus y ocultó su rostro en el hueco de su cuello.
El la envolvió en sus fuertes brazos.
¿Qué es este lugar? -preguntó, sus labios apoyados contra la sien de Julia.
Es una réplica del barco que inició el negocio que ahora es mío. El primero de la flota -le llegó la respuesta ahogada- Sabes que no sé nadar y por eso nunca me gustó ir a los barcos. Este es mi barco personal... uno seguro al que venir cuando quiero escapar de la villa y los sirvientes. Hice amoblar esta cabina de modo de poder quedarme a leer -Julia se echó a reír- Es gracioso pero no tienes idea de las veces que fantaseé que estabas aquí, que me hacías el amor.
Es mi primera vez.
Julia volvió a reír.
¿Perdón?
Es mi primera vez a bordo de un barco mercante... a excepción de cuando me arrojaron a la sentina como esclavo en el viaje a Zucchabar.
Julia se irguió sobre un codo y lo contempló.
¿En serio?
Sí. Crecí lejos del mar y como soldado casi siempre viajé por tierra. Una vez fui a Britania pero viajé en un barco militar.
Su rostro se suavizó en una sonrisa juvenil.
No tenía idea de que los barcos mercantes venían equipados con sus propias sirenas -echó una mirada a la pequeña mesa que había en la cabina- Vino y comida. Todo lo que un hombre puede desear.
Julia recorrió la línea de sus cejas con un dedo elegante y luego siguió hacia abajo por su nariz hasta llegar a la boca, donde se detuvo para acariciar los labios de Maximus.
Qué boca tan dulce -dijo y se inclinó hacia él para capturarle el labio inferior entre sus dientes, mordisqueándolo suavemente antes de soltarlo- Soñé que sería así. Por años soñé que contigo sería así. Es tan diferente de todo lo que conocí. Es maravilloso... mágico.
Maximus le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos.
Tu pasado quedó muy atrás. Ahora eres una mujer diferente.
Pero es la primera vez que me siento realmente diferente. Tengo... tengo que admitir que tenía un poco de miedo. Miedo de que aún hacerlo contigo trajera de regreso los malos recuerdos -bajó las pestañas- No he estado con un hombre desde Moesia.
Maximus alzó las cejas en señal de curiosidad.
¿Tu esposo?
No, te lo dije... ¿recuerdas? Juré que nunca volvería a intimar con un hombre salvo que lo amara y eligiera libremente hacerlo -clavó una mirada sincera en los profundos ojos azules de Maximus- Eres el único hombre al que he amado. Ahora es como si el pasado no existiera más. Finalmente entiendo qué quieren decir cuando hablan de "hacer el amor". Para mí fueron siempre palabras sin sentido porque no podía ver nada amoroso en hacerlo. Sólo podía asociarlo con emociones dolorosas. Ahora entiendo. Gracias, amor mío.
Volvió a besarlo y Maximus abrió la boca para profundizar el beso. La mano de Julia se deslizó por su cabello y aferró los cortos rizos oscuros al tiempo que deslizaba sus caderas sobre las de Maximus y lo capturaba entre sus piernas. Maximus sujetó sus nalgas y ella se aferró a sus hombros al tiempo que él la hacía rodar sobre su espalda y la colocaba bajo su cuerpo.
No fue sino hasta la siguiente noche que Apollinarius atisbó al semental bayo caminando por el sendero con dos jinetes fundidos en uno. Era bueno que el caballo conociera el camino de regreso porque Julia y Maximus estaban demasiado ocupados el uno con el otro.
Glaucus se encontraba en su puesto habitual, recostado contra la baranda del segundo piso de tiendas en el Mercado de Trajano, frente al comercio del mercader de sedas. Más de dos semanas habían transcurrido desde que descubriera que Julia concurría regularmente a esa tienda pero la mujer no había vuelto a visitarla. Los tenderos que antes se mostraran suspicaces respecto de su presencia, ahora que estaban seguros de que no era un ladrón lo saludaban con un gesto amistoso,
De espaldas a la galería abierta del piso inferior, Glaucus cruzó los brazos y bostezó. Su ansiedad inicial se había ido transformando gradualmente en aburrimiento y a medida de que transcurrían los días, se descubría a sí mismo jugando juegos mentales para manterse atento. Había dos mil trescientos sesenta y dos ladrillos sobre el arco de la tienda del mercader de sedas. Diecisiete mujeres habían pasado a su lado en lo que iba la mañana luciendo un nuevo estilo de sandalias. Rió para sus adentros. Quién hubiera imaginado que alguna vez aprendería algo acerca de estilos de vestir. Por cierto que deambular por el Mercado había servido para educarlo en cuanto a modas si no para otra cosa.
También había aprendido que el barbero cuyo negocio se encontraba junto a la tienda del vendedor de sedas seguía cada mañana la misma rutina: abría la puerta de hierro, daba una palmada, se ajustaba el delantal y lustraba el espejo antes de ponerse a afilar sus navajas en una larga tira de cuero. Era tan predecible como las mareas.
Glaucus volvió a bostezar y se echó hacia atrás el rizo que le caía sobre la frente. Obstinadamente, el mechón volvió a caer de inmediato sobre sus ojos al tiempo que él se pasaba las manos sobre su barba desprolija. En los últimos tiempos había estado tan obsesionado con su misión que había descuidado su apariencia. El barbero se apresuró a quitar el polvo de su mostrador y luego hizo lo propio con su gastada silla de cuero marrón. Glaucus llevaba semanas en su puesto, saludando al hombre con un movimiento amistoso de su cabeza. Tal vez había llegado la hora de que probara sus servicios. Se apartó de la baranda y esperó a que un grupo de compradores pasara para poder cruzar el pasillo que lo separaba de la puerta del barbero.
El hombre bajito le sonrió amistosamente.
Estaba preguntándome cuándo iba a decidirse a visitarme. Ese cabello suyo luciría muy bien con el nuevo estilo que es muy popular entre los jóvenes de su edad. Podría domesticar esos rizos y arreglarlos de modo que queden muy bonitos en torno a su rostro.
Olvídese de tratar de domesticar mi cabello. Es imposible -dijo Glaucus con una sonrisa- Pero me vendría bien que me recortara la barba, si es que tiene tiempo.
El barbero sonrió nuevamente y desplegó expertamente la toalla al tiempo que Glaucus se acomodaba en la silla de cuero, hundida por las espaldas de numerosos clientes. El gran espejo pulido ubicado en la pared frente a él le permitía una clara visión de su propio rostro y del corredor a sus espaldas. El barbero comenzó a recortar prolijamente los rizos alborotados, su muñeca moviendo la navaja como si siguiera el ritmo de una danza bien practicada.
Tiene un cabello muy grueso, señor -dijo el barbero- Se vería muy bien un poco más corto.
Le agradezco pero estoy acostumbrado a usarlo así. Me temo que soy un poco haragán cuando se trata de mi apa... -Glaucus se puso de pié de golpe y la navaja del barbero cayó al piso ruidosamente.
¿Uh? -exclamó el sorprendido hombre mientras su cliente miraba atónito al espejo. El barbero no vio nada fuera de lo normal... no le había cortado la oreja por error. No había sangre a la vista.
Glaucus giró en redondo y derribó la silla, la toalla que el barbero le había puesto al cuello ondulando en torno a él como una capa.
¡Espere! -gritó- ¡Espere! -repitió mientras se dirigía de un salto hacia la puerta... y el rostro pálido enmarcado en rizos color rubio rojizo que había aparecido en ella por un instante. Los enormes, angustiados ojos azules se habían cruzado con los suyos en el espejo por un instante antes de que el rostro desapareciera.
¡Espere! -repitió el barbero cuando vio que su clientes estaba a punto de desaparecer con la toalla puesta y sin pagarle. De un manotazo, aferró el delantal y tiró de él con fuerza, haciendo que Glaucus se atragantara e hiciera arcadas cuando la tela atada en torno a su cuello lo estranguló. El joven español aferró la toalla con ambas manos y se la arrancó para luego dirigirse a la puerta, siendo detenido nuevamente antes de que lo lograra.
¡Espere! -gritó el barbero, sus gritos atrayendo a un grupo de curiosos que se reunió en la entrada de su tienda. El hombre aferró la túnica de Glaucus y tiró de ella con fuerza - ¡Debe pagarme mi tarifa!
Frenéticamente, Glaucus buscó algunas monedas y se las arrojó al barbero, sin tener idea -y sin que le importara- si eran suficiente para cubrir la deuda. Pero el barbero soltó la túnica negra y pareció conforme con la suma que se agachó a recoger.
¡Julia, espere! -gritó Glaucus mientras empujaba a los curiosos para abrirse paso. Tropezó cuando uno de sus pies se enganchó en un canasto y apenas logró recuperar el equilibrio a tiempo de evitar que el tropiezo lo enviara de bruces al suelo. Corrió hacia la tienda del vendedor de sedas y examinó rápidamente la pequeña estancia. Dos mujeres le devolvieron la mirada... ninguna de ellas era Julia.
Estaba a punto de entrar -dijo el mercader de sedas al tiempo que se adelantaba- cuando la vi detenerse bruscamente. Luego desapareció. Un momento después la vi escapar corriendo por el pasillo como si hubiera visto su propio fantasma.
¿En qué dirección se fue? -demandó Glaucus.
El mercader le indicó con un gesto de su cabeza y Glaucus salió de la tienda a la carrera. No podía haber llegado muy lejos. Se dirigió hacia el oeste, deteniéndose brevemente para revisar cada tienda que encontró en su camino. Julia no se encontraba en ninguna de ellas. Cuando llegó al final del corredor, revisó arriba y abajo de las escaleras. No se la veía por ninguna parte. Siguiendo una corazonada, Glaucus tomó la escalera, bajando tres escalones a la vez. Siguió revisando tienda tras tienda sin éxito, luego corrió hacia el exterior del mercado. Fue completamente inútil. La multitud podría haber devorado a toda la corte del emperador sin que nadie lo notara. Los hombros de Glaucus se hundieron cuando el joven se apoyó contra una columna.
¡Mierda! -barbotó- ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Glaucus aporreó la columna de mármol verde con toda la intensidad de su frustración. La había perdido. No podía creer que la había perdido. Sintió deseos de llorar.
Durante el resto del día deambuló sin rumbo por el enorme mercado y el foro, con la esperanza de que ella volviera.
Julia no regresó.
Durante el resto de la semana, Julia y Maximus se entregaron al goce de su mutua compañía, pasando largas horas a solas en el departamento de ella o en el barco o en la playa. Apollinarius raramente los vio durante ese tiempo y nada lo podría haber puesto más feliz que esa circunstancia. El brillo glorioso en el rostro de Julia cuando atisbaba a la pareja le decía todo lo que necesitaba saber. La risa profunda y resonante del general y los sedosos suspiros de Julia llenaban la villa como rayos de sol y flores y quienes los escuchaban caminaban por ella con un paso más vivaz, su ánimo aligerado por la contagiosa alegría de la joven pareja. El corazón de Apollinarius se henchía de felicidad... sólo para estrellarse contra la realidad cuando pensaba en lo que inevitablemente habría de ocurrir.
Y ocurrió demasiado pronto.
Los golpes en la puerta principal resonaron a través del atrio y un sirviente se apresuró a abrir. Con el corazón henchido de temor, Apollinarius contempló la escena desde el patio. La puerta se abrió de golpe con tal fuerza que el sirviente tuvo que echarse atrás de un salto para evitar ser lastimado. Rebotó contra la pared y fue detenida por el pie calzado con bota de un guardia armado. Un hombre más bajo y barbado apareció detrás del guardia y entró al atrio en sombras al tiempo que otros tres hombres pesadamente armados tomaban sus puestos junto a la puerta.
¡He venido por mi gladiador! -anunció en un tono de voz que amenazaba tormenta- ¡Busca a tu ama! -le ordenó al sirviente, quien salió disparado como un perro que ha recibido un puntapié.
Apollinarius reunió sus fuerzas y se adelantó para enfrentar al furioso hombre.
¿Puedo ayudarlo? -le preguntó con una cordialidad rayana en lo absurdo.
Sí, puede ayudarme. Traiga a mi gladiador. Ha permanecido aquí más tiempo de lo convenido y los juegos acaban de ser reabiertos. Lo quiero ahora. Está programado para luchar esta misma tarde.
Apollinarius sonrió e inclinó su cabeza en señal de saludo.
Proximo, bienvenido nuevamente a...
Proximo avanzó hasta colocarse directamente frente al hombre de cabello blanco.
Ah, sí -dijo arrastrando las sílabas- Lo recuerdo. El hombre que arregló esta visita... que alquiló a mi gladiador... -Proximo echó una mirada a sus guardias- en nombre de su señora, según me dicen.
Sí... así es como se hace.
Proximo descartó a Apollinarius con un gesto de su mano y se dirigió determinadamente hacia el patio y la biblioteca que se encontraba al final de éste.
Me deben bastante más de lo que acordamos originalmente.
Le será pagado -dijo Apollinarius mientras Proximo cruzaba el patio- El general no se encuentra en la biblioteca, señor.
Proximo se detuvo y se dio vuelta en redondo.
Entonces, vaya a buscarlo ya...
La puerta del atrio se abrió.
¿Qué sucede, Apollinarius? ¿Qué es todo ese ruido? -preguntó Julia... luego, sus ojos se posaron sobre Próximo y se puso rígida.
Proximo arqueó una ceja y se inclinó ligeramente.
Bien, Mi Señora. Los comentarios sobre su belleza no son nada exagerados.
Pero Proximo estaba sólo interesado en Maximus y recorrió al gladiador de pies a cabeza con ojo experto cuando éste se colocó protectoramente detrás de Julia
¿Dónde está tu armadura? Nos vamos. Esta tarde tienes una pelea.
No -murmuró Julia al tiempo que aferraba la mano de su amante. Maximus le deslizó un brazo en torno a la cintura y la estrechó contra él.
Qué conmovedor -dijo Proximo sarcásticamente y arqueó las cejas en un gesto de conocedor -Busca su armadura- le ordenó al acobardado sirviente -Me pertenece y nunca doy nada que me pertenezca.
Sus ojos se posaron deliberadamente en Julia.
Español, sube al carro.
Temblando, Julia trató de adelantarse y enfrentar a Proximo pero Maximus la retuvo.
Julia, -murmuró- no digas nada. Tengo que irme. Lo hemos hablado... no lo hagas más difícil.
Su voz era suave pero sus palabras contenían una nota de advertencia.
Julia abrió la boca para hablar pero de ella sólo brotó un sollozo ahogado. Aspiró hondo y temblorosamente y volvió a intentarlo.
Usted sabe quien es este hombre realmente, Proximo. No puede mantener a un general romano como esclavo.
Puedo y lo haré -replicó Proximo con exagerada cortesía- Cuando lo compré no era más que un esclavo medio muerto... no un general.
Era el favorito de Marcus Aurelius...
Marcus Aurelius está muerto. Ahora Commodus es emperador. Y él no es precisamente un favorito de Commodus.
El sirviente regresó con la armadura de cuero y se dirigió hacia Maximus pero Proximo adelantó una mano y la aferró firmemente.
Dije que me pertenece. Ahora, Español, sube al carro.
Necesito unos momentos, Proximo -dijo Maximus con la serena autoridad de un general.
No hay tiempo. Me pagarán y nos iremos de aquí -se volvió hacia Julia con una actitud expectante y tendió su mano- ¿Mi Señora?
Buscaré el dinero -murmuró Apollinarius cuando Julia pareció incapaz de moverse.
Lo siento -musitó Maximus apoyando sus labios contra el cabello sedoso de Julia al tiempo que Apollinarius se dirigía rápidamente hacia la biblioteca.
Ella sacudió la cabeza en silencio, sus ojos enloquecidos. Luego, se apartó de Maximus y se interpuso entre amo y esclavo, sus ojos volando del uno al otro. Lentamente, se obligó a sí misma a controlarse hasta parecer calma y compuesta pese del torbellino de emociones que bullía en su interior.
Quiero comprarlo -dijo dirigiéndose a Proximo.
Maximus frunció en entrecejo. Proximo se echó a reír.
No está a la venta, Mi Señora. Como dije, vine a buscar lo que es mío.
Pagaré lo que pida. Póngale precio.
De regreso de la biblioteca, Apollinarius se detuvo como si de golpe hubiera echado raíces en las baldosas del patio, la bolsa con el dinero en su mano. La oferta de Julia lo dejó boquiabierto.
Proximo movió la cabeza negativamente.
Mi Señora...
Lo que sea, Proximo. Pagaré lo que sea por él.
Los labios de Proximo se torcieron en una sonrisa y cruzó los brazos al tiempo que contemplaba admirativamente a la exquisita, joven mujer que tenía ante sus ojos.
Bueno, bueno... de modo que la mantuvo tan satisfecha, ¿verdad que sí? -se volvió risueño hacia su esclavo- Bien hecho, Español, bien hecho. Otro talento tuyo que puedo explotar cuando regresemos a Roma.
Maximus mantuvo un silencio lleno de dignidad.
Julia ni siquiera intentó disimular su desesperación.
Todo. Le daré todo lo que tengo... mi villa... mi flota de barcos... mi departamento en Roma. Maximus nunca podría ganar tanto dinero para usted aunque viviera dos vidas.
Apollinarius se quedó mudo. Rápidamente se dirigió hacia el atrio, la bolsa colgando olvidada de sus dedos.
Por primera vez Proximo pareció realmente conmovido y su voz de ablandó en un tono de simpatía.
Mi Señora, déjeme explicarle. Su oferta es muy generosa y la aceptaría rápidamente por cualquier otro esclavo. Pero no venderé a Maximus por ningún precio que pueda pagarme. Verá, algunos patricios romanos me han ofrecido aún más por él. Pero en Maximus tengo lo único que valoro más que ninguna villa o flota de barcos o suma de dinero -Proximo sostuvo los ojos de Julia con una mirada muy seria- Tengo la envidia y el respeto de cada patricio propietario de gladiadores de todo el imperio. Oh, hay hombres que tienen miles de gladiadores y pueden permitirse vestirlos con armaduras de oro. Yo, por mi parte, no puedo. Soy apenas un ex gladiador que se ganó su libertad e inició una pequeña escuela por su cuenta. Me las arreglé para ganar buen dinero pero tuve que soportar el escarnio de cada hombre de clase alta propietario de una gran escuela con varios campeones.
Proximo miró a Maximus, quien mantenía un rígido silencio. Luego siguió hablando.
Pero un día tropecé con este hombre y ahora tengo algo que es más importante que todo el dinero: la envidia y el respeto de los patricios que antes ni siquiera se rebajaban a hablarme. Nada de lo que me pueda ofrecer es capaz de superar eso. ¿Entiende, Mi Señora? -Proximo parecía casi apenado por la agobiada joven que tenía delante. Le arrojó a Maximus la armadura de cuero y él la atrapó en el aire casi a regañadientes mientras Proximo aceptaba la bolsa que le tendió Apollinarius.
Proximo, necesito un momento a solas con ella -insistió Maximus, al tiempo que dejaba caer la armadura de cuero a sus pies- Sólo un momento - agregó cuando su amo pareció poco inclinado a consentir.
Pero el propietario de gladiadores inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Te esperaré afuera. No tardes.
Proximo y los guardias salieron del atrio, dejando a Maximus con Apollinarius y Julia.
El hombre de cabello blanco se adelantó y tomó a Maximus por los hombros.
Te extrañaré, amigo mío. Eres un gran hombre y me siento honrado de haberte conocido. Te... te deseo suerte en Roma.
Apollinarius bajó la mirada al tiempo que sus ojos se nublaban y salió rápidamente del atrio, dejando a los amantes a solas.
Julia contemplaba la biblioteca mientras Maximus permanecía de pié a sus espaldas. Su cuerpo estaba rígido y tenía los puños apretados. Parecía que iba a hacerse pedazos si algo o alguien la tocaba.
¿Julia? -susurró Maximus junto a su oído- Lo siento. Lo siento si algo que dije te hizo creer que esto podía terminar de otro modo.
No es nada que hayas dicho, Maximus. Me engañé a mi misma creyendo que podríamos tener una vida juntos... que nuestro amor... podría de algún modo hacer que las cosas... -su voz se diluyó y dejó caer la cabeza al tiempo que los sollozos la desgarraban. Giró en redondo y se arrojó en los brazos de Maximus.
Oh, Maximus, oh Maximus, no puedo vivir sin ti -sollozó contra su cuello al tiempo que se aferraba a sus hombros, como si tratara de fundirse en él hasta que fueran uno solo.
Maximus hundió su rostro en el cabello de Julia, su propia voz temblorosa.
Julia... sabíamos que esto iba a ocurrir. Lo sabíamos.
Eso no lo hace más fácil.
No... no lo hace más fácil -susurró Maximus antes de besarla en la boca con una intensidad dolorosa. Luego, le apartó los brazos de su cuello y se separó de ella- Debo irme.
Julia no hizo movimiento alguno para detenerlo pero dijo con toda convicción.
Yo también voy a Roma... en mi carruaje. Iré detrás de tu carro. Maximus, estaré en la arena cada vez que pelees. Nunca estarás solo porque yo estaré allí contigo. Siempre.
¡Ven aquí antes de que te engrille, Español! -gritó Proximo desde el otro lado de la puerta.
Maximus lo ignoró.
Julia, quédate aquí. Manténte alejada de Roma -le imploró- Allí no habrá nada para ti más que dolor.
No. Quiero estar donde tu estés. Estaré allí contigo... cada día -su voz sonó ahogada por las lágrimas.
Maximus la tomó suavemente por los hombros.
Sería mejor que no me vieras luchar. No puedo prometerte un resultado positivo -bajó la voz hasta que no fue más que un ligero susurro- Sabes lo que debo hacer.
Julia tomó su rostro entre sus manos.
Maximus, si hay algún modo de que puedas hacer lo que debes hacer y... y salir con vida... prométeme que volverás conmigo.
Eso es casi imposible, Julia.
Maximus... por favor. Prométeme que si puedes encontrar el modo de matar a Commodus y salvar tu vida, lo harás. Prométemelo.
Sí... lo prometo.
Maximus tomó las manos de Julia en las suyas y se las llevó a los labios, besando suavemente cada uno de sus delicados dedos. Luego, la soltó y se dio vuelta en redondo para caminar lentamente en dirección a la puerta, su actitud la de un general enfrentando una batalla temida pero largamente anticipada.
Te amo, Maximus.
Maximus se detuvo junto a la puerta y se volvió para mirarla, sus ojos llenos de ternura y pena.
Lo prometo- susurró.
Un instante después, se había ido.
Julia se sintió vacía... desangrada, destruida, sin vida, sin alma. No era sino una cáscara en la que el polvo ocupaba el espacio de la vida.
Afuera, Maximus caminó determinadamente hacia el carro, subió a él y se sentó de espaldas a la villa. No podía soportar la idea de verla a través de las rejas. Cuando la puerta no se cerró ruidosamente como esperaba, giró la cabeza. Proximo estaba allí, contemplando a su gladiador.
Lo siento, Maximus -dijo en voz baja al tiempo que cerraba la puerta lentamente y le echaba el cerrojo.
En el atrio, Julia permaneció inmóvil hasta que escuchó cerrarse la puerta del carro, sólo tomando nota a medias de que Apollinarius se encontraba junto a ella. Escuchó al conductor azuzar a los caballos con su voz y el crujido de las ruedas de madera sobre la grava cuando el carro se puso en marcha, conduciendo a Maximus de regreso al Coliseo y a la esclavitud.
Apollinarius -dijo Julia con serena determinación- Nos vamos a Roma.