La Historia de Glaucus

Capítulo 36 – El encuentro

Glaucus contempló miserablemente el interior de su vaso de vino. Como era usual, Marius se encontraba en las bibliotecas, mientras él continuaba su guardia solitaria. Se sentía cansado, frustrado y muy solo. A veces se preguntaba si no estaba perdiendo su tiempo en Roma... era obvio que Julia no quería hablar con él. Tal vez debía dirigirse hacia Petra o tratar de encontrar a Quintus... donde quiera que se encontrara. Y extrañaba a su familia. La extrañaba enormemente. Extrañaba a sus primos y a su tía y a su tío. Extrañaba la calidez y las risas de su hogar en España. La culpa lo abrumó cuando se dio cuenta de que sólo les había escrito una breve carta desde que partiera. Resolvió enmendar la situación esa misma noche.

Glaucus fue arrancado de su ensimismamiento por una voz femenina que le llegó desde el otro lado de la mesa.

¿Puedo sentarme?

Glaucus levantó la mirada para encontrarse contemplando unos ojos de color azul profundo que lo miraban cautelosamente pero con decidida curiosidad. Se puso de pie apresuradamente, tropezando con la mesa en el apuro y derribando su vaso de vino.

En los ojos azul profundo, la cautela se transformó en diversión.

La miró anonadado. Cabello rubio rojizo. Hermosa.

Julia.

Ella asintió con la cabeza.

Entiendo que me has estado buscando.

Glaucus apenas si podía respirar.

Sí, Mi Señora... llevo meses buscándola.

¿La estaba viendo realmente... la mujer que había soñado encontrar?

Por favor, siéntese.

Glaucus le sostuvo la silla mientras ella se sentaba y acomodaba los pliegues de su stola de seda color crema en torno a su cuerpo con infinita gracia. El se sentó en su silla y la miró... mientras ella lo miraba a él.

Sabe quién soy -dijo Glaucus finalmente.

Bueno... sí. Creo que lo sé. Debo admitir que tengo muchas preguntas -su voz era suave y ligeramente ronca.

Igual que yo. Me vio en la silla del barbero hace algunas semanas.

Sí -admitió ella simplemente.

¿Por qué huyó?

Escuché tu voz cuando iba caminando por el pasillo y... me sorprendí. Es una voz que me resulta muy familiar pero nunca creí volver a escucharla.

Sus largos dedos estaban cruzados sobre su regazo en una postura casual pero los nudillos estaban blancos a causa de la tensión. La mujer no estaba tan relajada como su postura indicaba a primera vista. Glaucus le sonrió, esperando que su expresión le inspirara confianza.

Me han dicho que sueno exactamente igual a mi padre.

Ella retorció entre sus dedos un anillo de oro pesadamente enjoyado. Elegantes aros de brillantes colgaban de sus orejas y una serie de cadenas de oro circundaban su cuello delicado pero, fuera de ello, su atavío ofrecía pocos datos sobre su posición social. Su cabello estaba recogido elegantemente por medio de una intrincada serie de torzadas y algunos rizos suaves enmarcaban su rostro exquisito. Hebras plateadas brillaban en sus sienes entre el cabello rubio rojizo. Era sencillamente espléndida.

Me alegra que haya regre... -empezó a decir Glaucus.

¿Quién eres? -lo interrumpió Julia bruscamente. Las finas líneas de expresión en torno a su boca se hicieron más profundas a causa de la angustia y una arruga apareció entre sus cejas.

Soy el hijo del general Maximus Decimus Meridius.

La respiración de la mujer se aceleró.

Su hijo murió.

Marcus está muerto... mi hermano mayor. Murió junto a mi madre cuando yo era apenas un bebé. Salvé mi vida porque en ese momento estaba con la familia de mi madre.

Entonces... ¿eres hijo de Olivia?

Sí, soy el hijo legítimo de Maximus Decimus Meridius.

Glaucus se preguntó por qué Julia habría pensado otra cosa.

La mujer consideró la información durante un momento, su rostro inescrutable.

El nunca te mencionó.

Nunca supo de mí. Mi madre no le dijo de mi nacimiento por razones personales. El desapareció antes de poder verme.

Desapareció -Julia giró la cabeza y miró hacia el concurrido Foro de Trajano exhibiendo su perfil perfecto y su cuello elegante.

Sí. Estoy en Roma para descubrir qué le ocurrió. Esperaba que usted pudiera ayudarme.

Julia volvió a posar en él sus ojos llameantes.

¿Cómo supiste de mí?

¿Desea un poco de vino, Mi Señora? -cuando ella movió la cabeza negativamente, Glaucus siguió hablando- El año pasado fui a Germania en busca de información sobre mi padre. Encontré a un anciano llamado Jonivus quien me contó una historia acerca del viaje de mi padre al Mar Negro y la hermosa y joven... mujer... que encontró allí. El me la describió.

Julia notó su reticencia a usar la palabra "prostituta".

Glaucus continuó.

De hecho, usted es una en una serie de personas a las que estoy buscando pero la primera de ellas a la que encuentro.

Julia permaneció en silencio.

Entiendo que ustedes estuvieron juntos sólo por un corto tiempo pero tenía la esperanza de que tal vez usted lo hubiera visto aquí, en Roma.

Julia estudió su rostro, sus ojos trazando cada línea y contorno.

Te le pareces tanto -susurró- ¿Cómo te llamas?

Maximus Decimus Glaucus. Me dicen Glaucus.

Ella sonrió por primera vez y Glaucus se sintió abrumado por su belleza.

Por tus ojos verdes. Tu padre tenía ojos azules... azul verdoso, como el color del océano.

La envidio, Mi Señora. Usted lo conoció y yo nunca lo vi -Glaucus trazó un dibujo con el dedo usando el vino derramado- Habría dado cualquier cosa por conocerlo.

Fue un privilegio conocer a tu padre. Era un gran hombre.

Glaucus vaciló.

¿Era?

Julia lo miró pensativamente.

Dime lo que sabes sobre tu padre.

Sé que era Comandante de las Legiones del Norte durante el reino de Marcus Aurelius y que el emperador lo apreciaba mucho... mucho más de lo usual en la relación entre un emperador y su general. Sé que después de que Marcus Aurelius muriera, Commodus ordenó que mi padre fuera ejecutado... pero no sé por qué. Sé que él mató a los pretorianos que debían ejecutarlo y escapó. Sospecho que regresó a España y encontró a mi madre y mi hermano muertos... y los enterró. Después de eso, no sé qué le ocurrió. Pero en Roma encontré a un soldado -un viejo guardia pretoriano de la prisión- quien me dijo que mi padre había estado en Roma y que fue un prisionero. No estoy seguro de lo que quiso decir cuando dijo que no había estado en la cárcel. Tenía la esperanza... dado que usted y él estuvieron en Roma... de que usted lo hubiera visto nuevamente. Necesito saber qué le ocurrió.

Lentamente, Julia asintió con la cabeza y luego volvió a mirar hacia el Foro. Glaucus siguió su mirada y vio a un anciano encorvado que se encontraba en las sombras, mirándolos atentamente.

¿Volvió a verlo en Roma? -la urgió Glaucus.

Julia volvió a asentir con la cabeza.

Sí, lo vi.

Glaucus se inclinó hacia ella seriamente y formuló la pregunta que apenas se animaba a hacer.

¿Aún está aquí?

En cierto sentido, lo está.

Glaucus parpadeó.

¿Qué quiere decir?

Su recuerdo aún vive en la memoria de muchas personas.

La sangre abandonó el rostro de Glaucus, el cual se tornó de un blanco grisáceo. Julia se llevó una mano a la boca y sus ojos se abrieron muy grandes.

Oh, por favor, no creerías que aún estaba vivo, ¿verdad?

Glaucus sintió que cada uno de los músculos en su cuerpo se desplomaba. Todas las esperanzas se habían esfumado. Se sentía demasiado aturdido para pensar... demasiado aturdido para llorar. Su peor miedo había sido confirmado.

Preocupada, Julia se inclinó hacia él y tentativamente le tendió una mano que él ni siquiera vio.

Glaucus, pensé que sabías que está muerto y que buscabas el lugar donde descansa.

La voz de Glaucus tembló por la emoción apenas contenida.

Supongo que lo sabía pero tenía la esperanza de que no fuera así.

Lo siento tanto.

¿Cuándo ocurrió

La respuesta tardó mucho en llegarle.

Hace casi veinte años.

¿Quiere decir que murió poco después de escapar a su ejecución en Germania? -Glaucus estaba azorado. Todos aquellos años de esperanza para nada- ¿Cómo? ¿Cómo murió? ¿Dónde murió?

Julia se puso de pie, escrutando nuevamente el Foro, su cuerpo esbelto ocultando el sol del atardecer.

Debo irme.

Glaucus se puso de pie de un salto.

No. No... no puede irse sin responder a mis preguntas. ¿Cómo murió?

Ella comenzó a alejarse.

Debo irme.

Mi Señora... por favor. Por favor, no me haga esto. Por favor, dígame lo que sabe -imploró Glaucus. Ella siguió caminando pero Glaucus la aferró por un brazo y la hizo girar atrayéndola de regreso.

Julia no hizo esfuerzo alguno por soltarse o pedir ayuda.

Necesito tiempo para pensar, Glaucus. Lo siento, pero hoy no puedo hacerlo. Sé que no entiendes pero ya entenderás. Por favor... debo irme. Necesito pensar...

A regañadientes, Glaucus soltó su brazo y ella se dirigió apresuradamente hacia la multitud que llenaba el Foro. La vio reunirse con el hombre de cabello blanco y cómo ambos conversaban animadamente. Luego, Julia caminó de regreso hacia donde Glaucus se encontraba. El joven no había movido ni siquiera un músculo.

Ven a mi departamento mañana por la tarde y hablaremos. ¿Conoces Roma?

No muy bien.

Vivo en la calle que corre de Este a Oeste en la colina justo bajo el palacio del emperador. La casa es la número veintiocho. Estoy en el segundo piso. Pregunta por Julia Servilia Apollinaria.

El asintió con la cabeza y los ojos de Julia volvieron a recorrer su rostro. Una expresión de absoluto dolor atravesó sus rasgos exquisitos y pareció envejecer ante sus ojos. Glaucus se dio cuenta de que aquella mujer había experimentado tanto sufrimiento como él mismo y retribuyó su saludo de despedida con un movimiento agradecido de su cabeza.

Horas más tarde otra voz alcanzó los oídos de Glaucus desde el otro lado de la mesa.

Aquí estás -dijo Marius- Se suponía que nos encontráramos en los baños hace una hora. ¿Qué te ocurrió?

La cabeza de Glaucus rodó hacia un lado y el joven miró a su amigo a través de unos ojos enrojecidos.

¡Estás borracho! -exclamó Marius- ¡Asquerosamente borracho!

Glaucus alzó su vaso de vino en silenciosa celebración de la perspicacia de su amigo.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

De golpe, Marius comprendió.

¿La encontraste?

Glaucus asintió con la cabeza y el movimiento casi lo hace caer de su silla. Marius sostuvo a su amigo ebrio.

Bueno... ¿ella sabe qué fue de tu padre?

Glaucus volvió a asentir con la cabeza.

¿Y bien? ¡Dime!

La cabeza del joven sentado ante la mesa se hundió entre sus hombros pero antes de que ocurriera Marius se las arregló para discernir las palabras que había esperado nunca tener que escuchar:

Está muerto.

Capítulo 37 – Respuestas

Glaucus encontró la casa fácilmente ya que era la más grande de toda la calle. Era sencillamente enorme... casi un palacio en sí misma. Fuera cual fuera el rumbo que la vida de Julia había tomado desde su regreso a Roma, por cierto le había ido muy bien y aquella no era la casa de una simple prostituta. Encontró la puerta de entrada y nerviosamente se alisó la túnica negra y enderezó su capa. Había pasado la mañana en los baños y esperaba que su persona no oliera a vino rancio.

Marius había querido acompañarlo pero Glaucus puso muy en claro que quería hacer aquella visita solo. Podía sentir la existencia de un vínculo entre él y aquella hermosa mujer... aunque sólo fuera un vínculo de dolor... y no deseaba ser distraído por su excitable amigo. Se preguntó si el padre de Julia se encontraría allí... el anciano que había visto en el Foro.

Tomó aliento profundamente y golpeó a la puerta. Esta fue abierta rápidamente por un sirviente vestido de blanco de pies a cabeza.

¿Julia Servilia Apollinaria? -preguntó.

El hombre asintió con la cabeza y le indicó a Glaucus que lo siguiera hacia el interior del atrio. Este era un lugar enorme, con un piso de mosaico que seguía un intrincado diseño geométrico en blanco y negro. Grandes estatuas de mármol representando a dioses y diosas ornaban los nichos esculpidos en las paredes. Sillas y mesas de madera cálida se encontraban en torno a lámparas que estaban encendidas a pesar de la luz que entraba desde el patio asoleado. Un sutil aroma a sándalo emanaba de los braseros de bronce pulido. Era un lugar elegante pero acogedor y Glaucus notó que se relajaba ligeramente.

El sirviente lo condujo hacia unas puertas dobles de pesada madera de roble tallada que se abrieron silenciosamente para revelar una amplia escalera de mármol curva que conducía a la segunda planta. Al tope de las escaleras había otro juego de puertas idénticas a las del piso bajo. El sirviente golpeó una vez y las puertas fueron abiertas de inmediato por otro sirviente, quien miró a Glaucus de un modo expectante.

Soy Maximus Decimus Glaucus -dijo- La Dama Julia Servilia Apollinaria me está esperando.

Sígame, señor -dijo el sirviente y condujo a Glaucus hacia otro atrio que era aún más elegante que el de la planta inferior. Pero Glaucus no tuvo tiempo para quedarse boquiabierto ya que el hombre se movió rápidamente en dirección a una amplia terraza que se abría por encima del patio.

Por favor, póngase cómodo, señor. La señora estará con usted en un momento.

El sirviente se inclinó y salió de la terraza silenciosamente.

Glaucus contempló su entorno anonadado. La terraza parcialmente techada estaba llena de palmeras en macetas y jardineras que desbordaban de flores perfumadas. El agua de una fuente se elevaba desde las bocas de unos peces de mármol para luego caer como una cascada sobre la réplica de un barco. Glaucus se acercó para mirar mejor. Un barco mercante. Curioso.

Asientos de una variedad de caña como Glaucus nunca había visto y que parecían muy cómodos estaban agrupados entre las plantas. Cada silla y diván estaba cubierto de acogedores almohadones bordados. Dos elegantes gatos grises estaban enroscados sobre éstos; uno de los felinos lamía sus inmaculadas patas mientras que el otro movía la cola al tiempo que sus ojos verdes seguían los movimientos de Glaucus con una mirada suspicaz. Los altos árboles que crecían en el patio se movían suavemente y enviaban una bienvenida brisa hacia la terraza.

Glaucus giró en redondo y se apoyó contra la baranda de mármol al tiempo que notaba los corredores con techos en arco que se abrían en ambas direcciones de la terraza. Cada corredor albergaba numerosas puertas que pensó debían ser los dormitorios.

¿Glaucus?

El joven se enderezó rápidamente y miró en dirección a las sombras que ocultaban a su anfitriona.

Lo siento, Mi Señora. No quise curiosear. Es que nunca había visto un departamento como éste.

Julia sonrió y se dirigió hacia él y la luz del sol. Ese día estaba vestida con simple lana del mismo color azul de sus ojos. Glaucus se maravilló de su belleza a pesar de su edad. No tenía en modo alguno un aspecto matronil.

No hay otro departamento como éste en toda la ciudad -dijo- Solía ser parte del propio palacio -un ala usada por parientes del emperador- hasta que éste fue ampliado con el propósito de albergarlos. Yo solía ocupar todo el edificio pero era demasiado espacio para mí de modo que opté por quedarme con el segundo piso y le alquilé la planta baja a un amigo. Prefiero la planta alta. De algún modo es más privada.

Glaucus había comprendido que Julia era rica pero nunca había pensado en algo así.

Por favor -dijo ella tendiendo una mano- siéntate y permite que mi servidor nos traiga vino y comida.

Gracias, Mi Señora.

Ella volvió a sonreír.

Ayer me llamaste "Julia".

Ayer estaba demasiado aturdido para recordar mis buenos modales.

Julia se echó a reír... un sonido rico y melodioso.

Bueno, admito que mis modales tampoco fueron los mejores. Espero no haberte parecido grosera, Glaucus, pero aunque suponía que sabía quién eras, la confirmación fue muy impactante.

Entiendo -respondió él mientras se sentaba cuidadosamente en un diván de caña. Glaucus se relajó cuando se dio cuenta de que su asiento no iba a romperse- Este mobiliario es muy inusual.

Lo es en este lado del mundo. Soy dueña de una flota de barcos mercantes y transporto mercancías desde todo el mundo hacia Roma. Estos muebles vinieron del Lejano Oriente.

Glaucus asintió con la cabeza.

Eso explica su aficción por la seda.

Julia volvió a reír al tiempo que dos sirvientes entraban a la terraza acarreando bandejas cargadas de delicias y jarras de vino. Uno de los gatos bajó ágilmente del diván y se dirigió hacia un lugar menos concurrido, bajo la silla de Glaucus.

Debo admitir que me gusta disfrutar de las mejores cosas que puede darme la vida. Verás, no salgo mucho de modo que mi entorno es muy importante para mí. En realidad, vivo en Ostia. Este es mi hogar cuando vengo a Roma.

No estaba alardeando, sólo comentando los hechos.

En la bandeja de plata frente a él había una selección de vegetales crudos dispuestos artísticamente junto a un tazón de salsa en la que mojarlos, ostras, langostinos y cangrejos con garum, atún en vinagre, aceitunas y quesos así como una selección de panes. Otra bandeja contenía tortitas de miel y nuez, masitas de fruta y tartas rellenas con uvas, manzanas y peras.

Uno de los sirvientes escanció vino y Julia levantó los ojos por encima de la cabeza de Glaucus para saludar a alguien que se acercaba.

Hola, querido. Me alegra que pudieras reunirte con nosotros.

Glaucus se apresuró a ponerse de pie sólo para descubrir que el anciano que había visto en el Foro se encontraba detrás de él.

Glaucus, permíteme presentarte a mi esposo, Apollinarius.

El joven español esperó sinceramente haber podido disimular su asombro. Le tendió la mano y el anciano se adelantó, apoyándose en un bastón, para aferrarla con una fuerza sorprendente.

Es un placer conocerlo, señor.

El hombre debía ser al menos veinte años mayor que su esposa y estaba encorvado por la edad.

Lo mismo digo, joven, lo mismo digo. No puedo expresarle cuán excitado me sentí cuando Julia me dijo que había visto en el mercado a un joven que sólo podía ser el hijo del general Maximus.

El anciano se movió lentamente hacia la silla ubicada junto a la de su esposa e hizo una mueca al sentarse.

Artritis -dijo como si la explicación hubiera sido necesaria. Movió la cabeza tristemente- Hijo, nunca envejezcas.

¿Conoció a mi padre, señor?

Lo conocí, lo conocí. Un hombre maravilloso, maravilloso. Fue un gran honor conocerlo y es un honor conocer a su hijo.

Cuidadosamente, Julia puso una copa de vino diluido en la mano de su esposo.

Deberías cubrirte las rodillas con una manta, querido.

Oh, todavía no. Es un día precioso y no me gusta sentirme tan inválido -miró a Glaucus y le guiñó un ojo- Me cuida mucho...

Glaucus sonrió.

Puedo verlo, señor.

Por extraña que fuera, a Glaucus le gustaba aquella pareja. Tal vez Apollinarius fuera el origen de la riqueza de Julia. El dinero que Marcus Aurelius le había dado, aún cuidadosamente invertido, en modo alguno hubiera sido suficiente como para proveerla de semejante estilo de vida. El anciano tomó al gato gris que se encontraba sobre el almohadón y lo colocó en su regazo sin que el felino ofreciera resistencia. Por el contrario, se enroscó sobre sus rodillas y ronroneó sonoramente mientras el hombre acariciaba su piel suave con una mano de dedos torcidos.

Glaucus -dijo Julia mientras el joven mordisqueaba educadamente algún queso- Sé que estás aquí por una razón. Tienes muchas preguntas sobre tu padre y el derecho a conocer las respuestas. Espero poder ofrecerte algunas de ellas.

Gracias, M... -se contuvo a sí mismo- Julia.

¿Sabes algo acerca de cómo nos conocimos tu padre y yo?

Sí, se conocieron cuando él llegó al campamento del traidor Cassius cerca del Mar Negro.

Así fue. En ese tiempo, yo era una esclava -propiedad de Cassius- y me ordenaron que divirtiera a tu padre.

Glaucus estudió atentamente el piso.

Julia sonrió con amabilidad.

No podemos cambiar el pasado, Glaucus. No me avergüenzo de lo que fui. No fue mi elección.

El asintió con la cabeza y expresó su comprensión mirándola directamente a los ojos.

Tu padre llegó acompañado por su caballería -ni siquiera un ejército completo- para desafiar el reclamo de Cassius sobre el trono de Roma. En aquel momento, nadie sabía realmente dónde estaba el emperador. Ni siquiera Maximus.

Era la primera vez que la oía pronunciar el nombre de su padre y las sílabas rodaron por su lengua como un dulce suspiro.

Yo odiaba a Cassius y estaba ansiosa de aliarme con cualquiera que estuviera en su contra.

Glaucus la interrumpió.

Discúlpeme, Julia, pero tengo el deber de decirle que encontré a una mujer que estuvo con usted en el campamento -Eugenia- y que ella me contó buena parte de la historia.

Julia se mostró claramente sorprendida.

¿Encontraste a Eugenia? ¿Cómo?

Glaucus se sonrojó ligeramente.

Visitando casi todos los burdeles de Roma. Hasta cinco por noche durante meses.

Julia sabía perfectamente que, en realidad, era a ella a quien había estado buscando pero no quiso avergonzarlo.

¿Cómo está Eugenia?

Bien. Maneja un pequeño burdel en el límite de la ciudad. Fue ella quien me dijo que la buscara en el Mercado de Trajano.

Oh... fue astuto de su parte. Bueno, entonces sabes que ayudé a tu padre en su misión contra Cassius.

Sí. Pero Eugenia también dijo que... que a usted le gustaba mucho mi padre.

Si Julia estaba sorprendida por la rapidez con la que Glaucus torció la conversación en esa dirección, no lo demostró.

Sí, Glaucus, tu padre me gustaba mucho. No se parecía a ningún otro hombre al que hubiera conocido... era fuerte pero gentil, disciplinado pero creativo. Muy moral. Muy honesto.

Glaucus eligió sus siguientes palabras con mucho cuidado.

Tal vez no haya sido completamente honesto, Julia. ¿Le dijo que estaba casado?

Sí, me lo dijo la misma noche que nos conocimos.

Pero... pero ustedes... -Glaucus no acertaba a dar con las palabras adecuadas.

Glaucus, puedes preguntarme lo que sea. ¿Qué dijo Eugenia que te perturba tanto?

Dijo que usted y mi padre fueron amantes... desde la misma noche en que se conocieron.

Pues se equivocó. Eugenia creyó saber más de lo que realmente sabe.

Glaucus deseaba creerle. Lo deseaba desesperadamente.

Tu padre le fue completamente fiel a su esposa -tu madre- mientras estuvo en el campamento. No me avergüenzo de admitir que sus profundos valores morales me resultaron de lo más frustrantes. Tu madre fue una mujer muy afortunada al tener por esposo a un hombre como él.

Glaucus miró a Apollinarius sólo para encontrar al hombre estudiándolo curiosamente. No quería ofender al esposo de Julia pero tenía que hacer la pregunta:

¿Se enamoró de mi padre?

Sí.

La respuesta fue rápida y sin rodeos.

Y él, de seguro, estaba interesado en usted.

Creo que sí aunque hubo momentos en los años siguientes en que me pregunté si no había imaginado aquel afecto. Glaucus, voy a decirte algo que nunca le dije a nadie, ni siquiera a Maximus. Cuando Marcus Aurelius me agradeció personalmente por mi papel en la frustración del complot de Cassius...

¿El emperador le agradeció personalmente?

Sí... verás, la vida de Maximus había estado en gran peligro y yo arriesgué la mía para protegerlo. El emperador me agradeció profusamente por salvar la vida de su general favorito. Y me entregó una gran cantidad de dinero y mi libertad... que tu padre le había pedido. Pero en lugar de aceptar, le rogué que me entregara a tu padre como su esclava y él rehusó diciéndome que Maximus jamás me aceptaría como tal. De modo que, como ves, no tuve otra alternativa que venir a Roma como liberta. Créeme que hubiera preferido quedarme con tu padre. Nunca un hombre me había tratado con tanto respeto, con tanta amabilidad o me había puesto bajo su protección como lo hizo tu padre. Estaba totalmente perdida en mi amor por él.

Glaucus asintió con la cabeza al tiempo que su corazón se henchía de orgullo por las desinteresadas acciones de su padre.

De modo que usted partió hacia Roma y mi padre fue a España para luego volver a Germania. ¿Cuándo volvió a encontrarlo?

Años más tarde, en Roma. Nuestras respectivas situaciones habían cambiado totalmente. Para ese momento yo me había establecido en la sociedad romana, tomado un esposo...

Glaucus miró a Apollinarius.

No, el esposo no era yo, hijo -dijo Apollinarius riendo- El primer marido de Julia fue un armador de barcos llamado Marius Servilius. En esos tiempos, Julia y yo éramos solamente amigos.

Más que amigos -dijo Julia- Mi mentor, mi tutor.

Apollinarius le sonrió afectuosamente y ella le palmeó la mano.

Fue un matrimonio de palabra, Glaucus, nada más. Verás, mi corazón le pertenecía a tu padre y ningún otro hombre podía ocupar su lugar. Mi esposo lo sabía y la situación le acomodaba perfectamente en tanto yo desempeñara el papel que la sociedad esperaba de mí... el de la señora de su casa. Pero fuimos esposos sólo de nombre. En su villa en Ostia ocupábamos departamentos separados. Y cuando mi esposo murió, heredé su flota mercante y sus propiedades. Desde el momento en que me hice cargo, dupliqué su dimensión y valor.

Ya veo -Glaucus no quería parecer grosero pero estaba ansioso por volver el rumbo de la conversación hacia el tema que le interesaba - ¿Cuándo volvió a encontrar a mi padre?

Julia y Apollinarius intercambiaron una mirada, luego ella bebió un largo trago de vino. En la terraza se hizo completo silencio salvo por el piar de los pájaros posados en los árboles del patio. El silencio se alargó y Glaucus sintió que su estómago se hacía un nudo. Era más que obvio que Julia era reacia a hablar sobre aquella etapa de su vida.

Finalmente, Julia se inclinó hacia el joven español y preguntó:

¿No sabes nada sobre la vida de tu padre en Roma?

Nada.

Glaucus... esto va a ser muy duro. Casi acabó conmigo en aquel momento.

Julia, he buscado la respuesta a esta pregunta desde que tenía quince años y me dijeron que mi verdadero padre era un gran general romano que había desaparecido en circunstancias misteriosas. Durante el año pasado descubrí que la gente cree cosas muy dispares acerca de mi padre... algunos creen que era un héroe y otros que era un traidor. Debo saber la verdad, no importa lo dura que sea.

La arruga entre las cejas de Julia se hizo más profunda pero ella asintió con la cabeza.

¿Has estado en Roma durante algunos meses?

Sí.

Entonces probablemente has estado en el Coliseo.

¿El Coliseo?

No, no he visto los juegos. He pasado todo mi tiempo registrando burdeles y bibliotecas y mercados. Mi única diversión ha sido ir a los baños. ¿Volvió a encontrar a mi padre en los juegos?

En cierto sentido.

Otra vez se hizo silencio.

Mi servidora... mi servidora... -empezó a decir Julia pero luego se llevó una de sus manos a la boca y ahogó un sollozo. Las lágrimas inundaron sus ojos.

¡Mi querida! -exclamó alarmado Apollinarius- No eres lo suficientemente fuerte como para esto.

Ella movió la cabeza negativamente para indicar que se encontraba bien pero se quedó sentada durante un largo rato, con los ojos cerrados y la mano apretada contra la boca.

El nudo en el estómago de Glaucus se transformó en nausea. Bebió algunos tragos de vino pero luego dejó la copa en la bandeja, para nada deseoso de repetir su ebriedad del día anterior.

Finalmente, Julia bajó la mano a su regazo y siguió hablando en un susurro

Mi servidora me dijo que toda Roma estaba enardecida por un gladiador español que era nuevo en el Coliseo...

NO. La palabra atravesó la mente de Glaucus como un rayo.

Al parecer, aquel hombre se había ganado una gran reputación como luchador en las provincias para luego realizar un impresionante despliegue de su talento en su primer combate en el Coliseo.

NO. NO.

Julia tendió una mano hacia el angustiado joven.

Glaucus, aquel gladiador era tu padre.

¡NO!

La palabra atravesó su cerebro y salió disparada de su boca para rebotar contra las paredes del patio. Glaucus se puso de pié de un salto, los puños apretados e irguiéndose amenazante y tembloroso por encima de Julia.

¡Miente!

Julia se echó hacia atrás como si la hubiera golpeado y Apollinarius luchó por ponerse de pie.

Glaucus, Glaucus, siéntate. Julia está diciendo la verdad. No tiene razón alguna para mentirte. Yo mismo vi pelear a tu padre en el Coliseo.

Glaucus giró sobre sus talones y corrió hacia la pared del patio donde se detuvo para tomar grandes bocanadas de aliento tratando controlar el vómito que le quemaba la garganta. En agonía, golpeó la pared con los puños para luego darse vuelta y estrellar los nudillos contra una columna de mármol una y otra y otra vez.

¡Mi-padre-nunca-fue-un-gladiador! -gritó mientras seguía golpeando - ¡NUNCA!

Sus palabras desesperadas rebotaron contra las paredes hasta que finalmente se desvanecieron, su energía totalmente agotada.

Julia sollozaba quedamente en su silla y Apollinarius indicó a los sirvientes que habían corrido en su ayuda que se alejaran.

Con su puño ensangrentado y su ira agotada, Glaucus se dejó caer a lo largo de la pared y hasta quedar sentado en el suelo de mosaicos.

Mi padre nunca fue un esclavo -musitó.

Julia se levantó de su asiento y se arrodilló a su lado en el suelo, luego tomó la mano de Glaucus suavemente entre las suyas.

Por favor, trae algunos vendajes -le indicó al sirviente que permanecía en las sombras. Dulcemente, le apartó el cabello transpirado de los ojos- Creo que no hay huesos rotos.

No me importa si lo hay.

Julia le habló quedamente mientras le envolvía la mano en algodón blanco.

Tu reacción fue similar a la mía la primera vez que vi a tu padre en el Coliseo. Terminé vomitando en un callejón. Estaba tan angustiada que Apollinarius apenas si podía entender lo que balbuceaba. Me acosté y lloré durante días.

Glaucus estudió a Julia mientras ésta se ocupaba de su mano. El sufrimiento había profundizado las líneas de su rostro y ahora estaba claro que era lo suficientemente mayor como para ser su madre. No tenía derecho a tratarla del modo irrespetuoso en que lo había hecho. Le acarició la mejilla húmeda de lágrimas con las yemas de los dedos de la mano sana.

Lamento haberla llamado mentirosa. Eso fue imperdonable.

Lo comprendo -Julia tomó dos almohadones de las sillas cercanas y colocó uno bajo sus caderas y otro en la espalda de Glaucus. Luego levantó la vista en dirección a su esposo- Apollinarius, estás cansado. ¿Por qué no vas a tus habitaciones y descansas, querido?

El anciano negó terminantemente con la cabeza.

Estaré bien. Glaucus se ha calmado y tenemos mucho de que hablar. Está refrescando y te resfriarás si te quedas aquí afuera.

El anciano no se movió.

Por favor -lo urgió Julia- Estaré bien. Luego iré a verte y hablaremos.

A regañadientes, el anciano hizo lo que le pedía. Antes de darse vuelta para dirigirse hacia el corredor, echó una última mirada a la pareja sentada en el suelo. Julia y Glaucus estaban hablando con sus cabezas muy juntas.

Capítulo 38 – La historia de Julia

Maximus regresó a España y enterró a tu madre y tu hermano, Glaucus. La conmoción de encontrarlos muertos, combinada con una grave herida que sufrió mientras escapaba de los pretorianos y el largo y difícil viaje hasta España, lo debilitaron al extremo. Se desplomó sobre sus tumbas. En honor a la verdad, creo que ansiaba morir con ellos.

Glaucus se mostró sombrío.

En ese mismo instante, probablemente me encontraba jugando con mis primos a unas pocas colinas de allí, sin saber que mi vida estaba por cambiar... sin saber que mi padre estaba tan cerca de mí... moribundo.

Si tu padre hubiera sabido de ti, hubiera ido en tu búsqueda -le aseguró Julia- Su familia lo era todo para Maximus. Y hubiera estado tan orgulloso de ti, Glaucus.

Eso espero -susurró Glaucus.

Julia se acomodó mejor sobre su almohadón y un gato gris se acercó a ella para arrollarse a sus pies.

Maximus me dijo que los traficantes de esclavos debieron ser atraídos por el humo de la granja en llamas y lo llevaron con ellos. Estaba ardiendo de fiebre... inconsciente, con una herida infectada en el hombro. Cuando finalmente recuperó el conocimiento, estaba atado, tendido sobre su espalda en un carro. Me dijo que había delirado durante varios días, recuperado la consciencia sólo de a ratos pero que otro esclavo, un numidio llamado Juba, limpió sus heridas y le salvó la vida. Maximus y Juba se hicieron amigos.

Durante las siguientes horas, Julia le contó detalladamente lo que sabía acerca de cómo Maximus había sido comprado por Proximo, su entrenamiento como gladiador y el modo en que su reputación como luchador había crecido.

Maximus no podía creer que la multitud aclamara al ver a un hombre matar a otro pero pronto se dio cuenta de que la gente adoraba al vencedor y un hombre que es adorado es un hombre poderoso.

Glaucus sonrió.

Siempre el general.

Oh, sí... siempre. Nunca dejó de serlo. Para ese momento, Commodus estaba instalado en Roma y había ordenado ciento cincuenta días de juegos en honor a su padre, Marcus Aurelius. Lo irónico, Glaucus, es que Commodus fue quien mató al emperador y tu padre lo sabía.

Glaucus no se mostró sorprendido.

Bueno... eso confirma lo que muchos sospechan.

Sí, y Maximus se negó a jurarle su lealtad como nuevo emperador. Fue por eso que Commodus ordenó su ejecución.

Y la de su familia también, de modo de que su muerte no pudiera ser vengada.

Es cierto. Aquellos soldados te hubieran matado a ti también si hubieran sabido de tu existencia.

Eso me han dicho.

Por un momento Julia se debatió tratando de decidir cuánto debía revelar respecto de las circunstancias que rodearan a la muerte del emperador y la orden de ejecución contra Maximus, pero él le había hecho jurar que no lo hablaría con nadie y aún no estaba lista para faltar a su juramento. En cambio, dirigió la conversación otra vez hacia los gladiadores.

Maximus supo explotar su talento como guerrero a tal punto que la gente lo reclamaba a gritos donde quiera que su tropa de gladiadores fuera.

¿Dónde fueron?

A cuanta arena de provincia encontraron en su camino hacia Roma para participar de los grandes juegos. Verás, Maximus tenía un plan...

Matar a Commodus para vengar la muerte de mi madre y mi hermano.

Julia sonrió.

Piensas como tu padre. Maximus creía que, además, se lo debía a Marcus Aurelius.

Glaucus asintió con la cabeza.

De modo que, ser un gladiador famoso era un modo de estar cerca del emperador con una espada en la mano -Glaucus ladeó la cabeza pensativamente y trató de ignorar el doloroso latido de su mano- ¿Por qué Commodus no ordenó que lo mataran tan pronto como lo vio en la arena?

Julia sonrió.

Deja que te cuente la historia que escuché acerca del debut de tu padre en el Coliseo.

Le describió detalladamente cómo Maximus había conducido a un pequeño grupo de gladiadores de provincia a una resonante victoria sobre sus pares que impersonaban a las legiones de Scipio Africanus.

Se ganó de inmediato el corazón de la gente y la multitud demandó que Commodus lo dejara vivir cuando el emperador se encontraba a punto de hacer que lo mataran. Verás, Glaucus, Commodus no era popular entre los patricios. Pero se las arreglaba para mantener a la plebe satisfecha con sus dádivas y sus juegos. Sabía, sin embargo, se volvería contra él sin pensarlo dos veces si la contrariaba. Las hazañas de tu padre en la arena mantenían contento al pueblo. De modo que, en cierto modo, Commodus necesitaba de tu padre.

Qué irónico.

Sí, qué irónico -Julia aceptó las dos mantas que le trajo una servidora- Gracias, Claudia.

Si siente frío, podemos ir adentro -dijo Glaucus rápidamente.

No, me gusta escuchar a los grillos del patio. Lo encuentro relajante.

Julia le entregó una manta a Glaucus y éste la ayudó a envolverse los hombros con la otra.

Hasta ese momento nunca había ido a los juegos de modo que no vi aquel combate. No fue sino hasta que mi servidora me contó acerca del gladiador al que llamaban El Español y que tenía enfervorizada a toda la ciudad que el tema atrajo mi atención. Luego, mi servidora me lo describió y supe que sólo podía tratarse de Maximus. Lo que no podía entender era cómo Maximus podía haber pasado de general a gladiador. No sabía nada acerca de lo que había pasado en Germania y estaba convencida de que él se encontraba aún allí. Pero decidí ir al Coliseo personalmente. Cuando llegué, me atrajo una multitud reunida en torno a las celdas externas, donde los gladiadores son exhibidos para que los apostadores los examinen antes de arriesgar su dinero. La gente murmuraba "Maximus, Maximus" y no eran pocos los que gritaban su nombre. Cuando finalmente logré abrirme paso hasta la celda, lo vi sentado en las sombras, junto a la pared del fondo. Estaba allí sentado, mirando al vacío, como si su mente hubiera volado muy lejos. Cuando finalmente recuperé mi voz, lo llamé pero mis gritos simplemente se perdieron entre los gritos de los otros. Cuando lo llevaron adentro para prepararlo para el combate corrí al callejón más cercano y vomité. Luego volví a mi departamento y le conté todo a Apollinarius.

Por curiosidad, Julia, ¿por qué no fue con su esposo?

Para ese momento, mi esposo había muerto. Era viuda.

Julia se quedó callada y simplemente contempló a Glaucus.

¿Julia?

Sabes, sentado aquí, en las sombras, casi puedo imaginar que eres tu padre... la misma voz... el mismo rostro. Tu cabello es más largo y más claro. Tu padre siempre lo llevaba muy corto, al estilo militar. Tú eres más delgado - hizo una pausa nuevamente- Eres como imagino que era Maximus cuando tenía tu edad... inquieto, aventurero... antes de que las responsabilidades de su rango lo convirtieran en un hombre mucho más serio.

Glaucus le tocó suavemente la mejilla con su mano vendada.

Julia sonrió.

¿Cómo está la mano?

Dolorida. Creo que ni siquiera mi padre hubiera podido ganar una pelea a puñetazos contra una columna de mármol.

Julia rió.

No, pero no dudo que lo hubiera intentado, del mismo modo que tú.

Glaucus se puso serio.

¿Lo vio combatir alguna vez?

Sí, varias veces. Persuadí a Apollinarius de que me acompañara a los juegos uno o dos días después. Se quedó en las gradas todo el día, pobre hombre, para cuidar de nuestros asientos. Deambulé por los alrededores hasta que escuché a la multitud clamando el nombre de tu padre. Podías escuchar su nombre desde cualquier rincón de la ciudad. -Julia ajustó la manta en torno a su cuerpo- Me aterraba la posibilidad de haber ido al Coliseo para verlo morir. En cambio, lo que vi fue una impresionante demostración de talento que excitó hasta a Apollinarius... y Apollinarius es más manso que un cordero.

Entiendo.

Pero lo que realmente me conmocionó -y excitó a la multitud- fue el modo en que enfrentó a Commodus. Lo desafiaba con cada movimiento... cada expresión de su rostro, cada gesto. Y Commodus lo odiaba. Aquel era el enfrentamiento que inflamaba realmente a la multitud: gladiador versus emperador, no gladiador versus gladiador.

¿El publico sabía quién era? Quiero decir, ¿sabían que era un general?

Algunos probablemente lo sabían. Otros lo habrán escuchado decir pero no lo creyeron. Los gladiadores siempre están rodeados de historias fantásticas -Julia vaciló- Sin embargo, había otra persona en la multitud que sabía perfectamente quién era Maximus.

Glaucus alzó las cejas.

Lucilla, la hermana de Commodus.

Julia levantó sus ojos hacia las primeras estrellas.

Sé lo de Lucilla. Jonivus me lo contó.

Sí... bueno... aquel día había entre el público dos mujeres que amaban a tu padre.

Le cuesta hablar sobre ella.

Lucilla tenía acceso a tu padre y yo no. Eso me ponía muy celosa.

Pero dijo que volvió a encontrarse con él en Roma...

Sí.

¿Cuándo?

Glaucus, no pienses mal de mí por lo que voy a decirte.

No podría pensar mal de usted bajo ningún concepto -respondió él sinceramente.

Julia sonrió con timidez.

Gracias.

Tomó aliento.

La peste suele aparecer regularmente en Roma. Un brote particularmente violento hizo que los magistrados decretaran la clausura de todo edificio público. Cuando eso ocurrió, vi la oportunidad de sacar a Maximus de la escuela de Proximo por el tiempo que durara la clausura.

¿Cómo lo hizo?

Hice que Apollinarius alquilara a Maximus durante una semana.

Glaucus se mostró confundido.

¿Lo alquilara? ¿Para qué...

De golpe, comprendió lo que ella quería decir.

¿Lo alquiló por una semana?

Sí, pero...

¿Mi padre fue forzado a... a prostituírse? ¿Proximo lo obligó a prostituírse?

Lastimada o no, la mano de Glaucus se cerró en un puño.

¡No vuelvas a golpear la columna! Escúchame, Glaucus. En realidad era yo la que estaba detrás del trato...

¡Pero Proximo estaba dispuesto a alquilarlo a un hombre! ¡Voy a matarlo!

Proximo murió hace mucho. Tranquilízate y deja que te cuente lo que ocurrió.

Julia apoyó una mano sobre su hombro y sintió la ira revolverse en su interior.

Lo hice llevar a mi villa en Ostia. Maximus no tenía la menor idea de porqué estaba allí y debo admitir que al principio creyó que estaba allí para... ya sabes -Julia retiró su mano- Perdóname, Glaucus, pero lo dejé creer que era así y se puso muy mal.

Me lo imagino -la voz de Glaucus resonó helada ¿Por qué le hizo algo así al hombre que amaba?

Julia volvió a mirar las estrellas y permaneció en silencio durante un largo instante. Cuando finalmente habló, su voz sonó muy pequeña.

Supongo... supongo que quería castigarlo por rechazarme.

¡Estaba casado! ¡Fue por eso que la rechazó!

Lo sé, pero saberlo no hizo que fuera menos doloroso. Una vez le escribí una carta... no era una carta de amor... sólo le contaba que me había establecido en Roma. Nunca me respondió y me enojé mucho. Glaucus, no puedo justificar mis acciones porque lo que hice estuvo mal pero al menos mis intenciones eran buenas.

¿Oh, de veras? -dijo Glaucus sarcásticamente.

A Julia su tono de voz no le gustó nada.

Sí -dijo defensivamente- Debes saber que tenía un barco preparado para llevar a Maximus a España... para ayudarlo a escapar de la esclavitud. Para enviarlo de regreso junto a su esposa y su hijo. Cuando hice los preparativos, no sabía que estaban muertos... Te aseguro que mis intenciones eran honorables.

Glaucus asintió con la cabeza.

Lo siento. ¿Qué ocurrió? ¿Lo capturaron en alta mar?

No. Rehusó mi oferta. Se negó a abordar el barco.

Quería vengarse.

Sí y el único modo de lograrlo era matando a Commodus en la arena.

Pero podría haber escapado y reunido un ejército para marchar sobre Roma...

Glaucus, pasé por todo esto con él. Maximus tenía un argumento para desarmar cada uno de los míos. Dijo que los ejércitos de Roma estaban bajo el control de Commodus y que sólo sus propios hombres lo apoyarían. Creyó que su ejército estaba aún en Germania.

¿Y dónde estaba?

Aparentemente, en Ostia.

¿Ostia? -lentamente Glaucus comprendió- ¡USTEDES estaban en Ostia!

Sí.

Glaucus hizo un gesto de desesperación con sus manos.

Tan cerca.

Julia asintió tristemente con su cabeza.

Todo hubiera sido tan diferente si hubiéramos sabido...

Entonces... ¿qué hizo durante el resto de la semana?

Le ofrecí la última felicidad que habría de conocer.

Me gustaría que me explicara eso.

Lo haré, pero primero necesitamos más vino y algunas otras mantas.

Capítulo 39 – La historia de Julia, segunda parte

Pasamos los primeros días discutiendo a causa de mi plan para hacerlo escapar. Sólo cuando acepté su negativa a escapar fue que pudimos compartir nuestras historias y contarnos lo que había sido de cada uno de nosotros en el tiempo transcurrido desde que nos viéramos por última vez. Fue así cómo supe de su huida a España, la muerte de tu madre y tu hermano y su captura y venta como gladiador. Le conté sobre mi matrimonio... o lo que para la sociedad era un matrimonio. Verás, Glaucus, siempre estuve enamorada de Maximus y no podía compartir mi vida plenamente con ningún otro hombre.

Se encontraban sentados lado a lado en el piso de la terraza, con sus hombros tocándose y sus espaldas contra la pared, los almohadones y mantas procurándoles comodidad. La elección del lugar podía parecer extraña teniendo en cuenta lo lujoso del hogar de Julia pero ambos disfrutaban de la intimidad que les ofrecía aquel techo de estrellas. Una jarra de vino se encontraba en el suelo entre ellos y ambos habían llenado sus copas en varias oportunidades. Las bandejas estaban ahora vacías y una perdiz cocida y fría los aguardaba en otra.

Julia siguió hablando.

Paseamos por los jardines, pasamos largas horas en mi playa privada... donde tu padre me enseñó a nadar. Bueno... al menos a flotar -sonrió- Poco a poco se fue relajando pero tomó varios días.

El vino volvió a Glaucus más frontal de lo que era su costumbre.

¿Hicieron el amor?

Julia apretó los labios.

No al principio. Tu padre aún estaba de duelo por tu madre. Su muerte era demasiado reciente y él parecía considerar cualquier posible intimidad conmigo como un insulto a su memoria.

Pero ella estaba muerta.

Sí. Los dos habíamos perdido a nuestros esposos.

Debió haber aflojado -bufoneó Glaucus.

Julia lo miró asombrada y luego estalló en carcajadas.

Bueno, finalmente lo hizo pero necesitó que lo empujara un poco. Disfrutamos de unos pocos días y noches de intimidad. Esos fueron los días más felices de mi vida.

Lo amaba.

Sí.

Y él la amaba.

No podía permitirse decirme esas palabras aún cuando yo sabía que estaban en su corazón. Glaucus, su corazón le pertenecía a tu madre y él reservaba esas palabras sólo para ella. A mí sólo se me permitió compartirlo por unos pocos momentos. Quiero que eso te quede claro.

Glaucus la miró con ojos adormilados.

Merece ser feliz.

Gracias... y tú has bebido demasiado vino.

Julia colocó la jarra lejos de su alcance.

Debieron escapar juntos.

Sí, debimos haber escapado. Pero Maximus temía por mi seguridad. Commodus habría enviado a cada pretoriano y cada soldado detrás nuestro y tarde o temprano nos hubieran atrapado. En cambio, cuando el Coliseo fue reabierto y Proximo vino en su búsqueda, Maximus regresó a Roma como gladiador -Julia bebió un largo trago de vino para atenuar el doloroso recuerdo.

¿Qué hizo usted?

Lo seguí a Roma y concurrí a cada uno de sus últimos combates tal como le había prometido que haría. Le dije que nunca volvería a estar solo en tanto yo estuviera en las graderías.

¿Pudo hablar con él alguna otra vez?

No. Proximo no me permitió ni siquiera acercarme a él. Dijo que yo lo distraía. Traté de enviarle un mensaje... pero no estoy segura de que le haya llegado.

Glaucus escuchó el arrullo de una paloma adormilada en los árboles que se erguían por encima de su cabeza.

Murió en la arena, ¿verdad?

Sí -susurró Julia.

Perdió un combate.

No... no perdió.

Glaucus la miró, sus cejas arqueadas en actitud expectante. Ella tendió la mano hacia la jarra de vino y le sirvió otra copa.

Bebe -dijo.

Glaucus vació la copa de un trago.

Estoy listo.

No soy la persona adecuada para darte todos los detalles porque sólo vi lo mismo que el resto de la multitud... pero nunca olvidaré aquel día. Hacía calor y el sol brillaba. El incienso que ardía en los braseros enmascaraba el olor a muerte que dejaran los combates previos. La multitud arrojaba pétalos de rosas sobre la arena del Coliseo, pétalos rojos como siempre hacían cuando se trataba de Maximus. Cubrían la arena como una alfombra. Pero el emperador no estaba en su palco. Lucilla sí estaba allí con su hijo, Lucius. Se la veía pálida... aturdida. Repentinamente, se abrieron las puertas de una trampa en el piso del Coliseo y un grupo de pretorianos emergió de los sótanos. Estaban agrupados formando un escudo. Cuando rompieron la formación, tu padre y el emperador estaban de pie, lado a lado. La multitud enloqueció cuando los vio. Aquel era el espectáculo con el que sólo se habían atrevido a soñar... su amado gladiador contra el odiado emperador.

Glaucus apenas se atrevía a respirar.

Commodus se veía arrogante como siempre pero la cabeza de Maximus estaba inclinada y se tambaleaba ligeramente. Los pretorianos formaron un amplio círculo en torno a los dos hombres y Commodus fanfarroneó ante la multitud. En cambio, Maximus rengueaba y pronto se corrió la voz entre la multitud de que estaba herido. Entonces, lo vi... la sangre brotaba por debajo de su túnica y corría por su pierna izquierda. Y el combate ni siquiera había empezado.

¿Fue herido antes del combate? ¿Lo hirió Commodus?

No lo sé -Julia tomó aliento profundamente- El comandante de los pretorianos arrojó la espada de Maximus a la arena...

Glaucus se enderezó de golpe.

¿Quintus? ¿Su nombre era Quintus?

Sí, creo que sí... había sido el legado de tu padre en Germania.

Entonces él sabe lo que pasó; sabe cómo fue herido mi padre antes del combate.

Puede que sea la única persona que sepa la verdad.

Glaucus sintió que la ira bullía en su interior.

Siga.

Estaba lejos, Glaucus, y no pude ver todo claramente.

Pero Quintus pudo verlo -dijo Glaucus con una calma letal.

Sí, él pudo verlo. El combate comenzó y tu padre protegía su flanco izquierdo. Mantenía el brazo contra el pecho y estaba ligeramente inclinado. Luchó valientemente, primero a la defensiva pero luego pareció encontrar fuerzas dentro de sí. Logró arrancar la espada de la mano de Commodus y escuché gritar al emperador. Todos los ojos estaban fijos en tu padre y la multitud se fue quedando callada porque todos sabían que algo estaba mal, muy mal. Maximus parecía aturdido y confundido. Tambaleó ligeramente y se quedó mirando el vacío. La espada se deslizó de su mano y cayó a la arena.

¿Los dos estaban desarmados?

Sí, pero Commodus ordenó a los pretorianos que le dieran una de sus espadas. Quintus les ordenó que no lo hicieran.

¿Contradijo la orden del emperador?

Sí, y los pretorianos lo obedecieron.

Glaucus soltó un silbido.

Ha de haber sido lo único bueno que el bastardo hizo por mi padre.

Pero era demasiado tarde, Glaucus. Para ese momento era obvio que tu padre estaba moribundo. Commodus extrajo un puñal de su manga y trató de apuñalar a Maximus. Aquello pareció arrancar a Maximus de su estupor y golpeó a Commodus varias veces con sus puños, arrojándolo al suelo. Pero Commodus trató de atacarlo nuevamente. Por fin, Maximus aferró la mano del emperador y la torció. La envolvió con la suya y la forzó en dirección a la garganta de Commodus. En la distancia casi parecía que estaban abrazados. Maximus sostuvo la cabeza de Commodus con su otra mano... y le clavó el puñal en la garganta.

Glaucus soltó el aliento largamente contenido.

Lo mató.

Commodus cayó muerto.

¿Y mi padre?

Se sostuvo en pie el tiempo suficiente como para ordenar a Quintus que liberara a los gladiadores y a los prisioneros políticos.

¿Quintus obedeció las órdenes de mi padre como si hubiera estado otra vez bajo su mando?

Julia vaciló.

Sí -fue todo lo que dijo.

¿Y luego?

El silencio era absoluto por lo que pudimos escuchar la voz de Maximus. No recuerdo las palabras exactas pero le dijo a Quintus que Roma debía volver a ser una república tal como Marcus Aurelius lo había querido -Julia se volvió en dirección a Glaucus- Cumplió el último deseo de su emperador justo antes de desplomarse.

Glaucus se frotó los ojos con ambas manos, apretándolas con fuerza contra las órbitas para contener sus lágrimas. Se aclaró la garganta.

¿Murió allí?

Sí. Lucilla corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Cruzaron algunas palabras, luego la cabeza de Maximus se ladeó y Lucilla se abrazó a sí misma en su dolor. La multitud estaba simplemente aturdida. Habían visto a su amado Maximus matar al emperador... sólo para morir él mismo.

¿Y usted?

Yo también estaba aturdida. Atontada. Había implorado a los dioses que hicieran posible que matara al emperador y perdonaran la vida de Maximus pero no habría de ser. Los pretorianos formaron una guardia de honor y los hombres de Maximus cargaron su cuerpo sobre sus hombros y lo sacaron de la arena. El pequeño Lucius caminó tras ellos como si hubiera sido su hijo. Lucilla se quedó de pie en el lugar donde Maximus había caído.

Glaucus se mostró intrigado.

¿Lo cargaron como si hubiera sido un emperador pero dejaron al emperador muerto tirado en la arena.

Sí.

¿Aún Lucilla?

A Lucilla sólo le preocupaba Maximus.

Glaucus meditó aquella curiosa información.

¿Qué pasó con el cuerpo de mi padre?

No lo sé. Lucilla lo hizo llevar al palacio y hubo rumores acerca de que estaba preparándole un funeral digno de un emperador. Se dijo inclusive que había planeado construirle un gran mausoleo junto al de su padre. Pero fue enviada al exilio y nunca dijo dónde había colocado el cuerpo de Maximus. Probablemente fue cremado en el lugar donde son llevados los restos de los emperadores y sus familias pero nadie sino Lucilla sabe qué paso luego... o si otros lo saben, no lo dicen. En los días que siguieron a la muerte de Maximus, el senador Gracchus y Lucilla trabajaron juntos para cumplir el deseo de Marcus Aurelius y de tu padre y devolver Roma a la condición de república. Cuando los pretorianos se apoderaron del gobierno, Lucilla y su hijo fueron enviados al exilio y el senador Gracchus murió poco después. Puede que haya sido asesinado. Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Otra vez Quintus.

Sí... Quintus.

Traicionó a mi padre aún después de su muerte.

Julia se limitó a asentir en silencio.

Capítulo 40 – Las arenas

Marius corrió hacia la puerta en el instante mismo en que ésta se abrió.

¿Qué pasó? Tardaste tanto que empezaba a preocuparme. ¿Qué pasó?

Tranquilízate, Marius. Estoy bien...

No te ves nada bien. ¿Qué le pasó a tu mano?

Fue un accidente. Nada importante.

Dime qué pasó. ¿Descubriste algo?

Sí... mucho. Siéntate y te contaré.

Durante las siguientes horas, Glaucus le reveló a un asombrado Marius los detalles de la conversación que sostuviera con Julia.

Tantas veces que estuve en el Coliseo -dijo Marius sacudiendo tristemente su cabeza- y no tenía idea... no tenía idea.

Mañana iré al Coliseo con Julia.

Voy contigo.

Marius, si quieres ayudarme, hay algo mucho más importante que puedes hacer por mí.

¿Qué?

Descubre dónde se encuentra Quintus. Necesito que me diga qué le ocurrió a mi padre antes de la pelea con Commodus... y luego voy a matarlo.

Glaucus llegó al Coliseo una hora antes de lo acordado con Julia. Allí era donde su padre había muerto casi veinte años atrás... asesinado, en verdad, por quien quiera que le hubiera infligido la herida previa a la pelea. La construcción era enorme, fuerte e imponente, tal como imaginaba que su padre había sido. Era más adecuado que hubiera muerto allí que en algún bosque de Germania o tendido sobre las tumbas... o en una miserable prisión. Había muerto como un hombre poderoso y amado. Como un héroe.

Mientras esperaba a Julia, Glaucus se mezcló con la multitud, absorbiendo la atmósfera del lugar. Se recostó contra un enorme arco de mármol travertino y contempló a los ciudadanos mientras estos entraban y salían discutiendo excitadamente los méritos de tal o cual gladiador o sobre cuánto habían ganado o perdido con sus apuestas. Desde su puesto de observación, descubrió a un muchachito que trabajaba industriosamente, usando un clavo de hierro torcido para grabar algo en el mármol. Concentrado en su esfuerzo por arruinar la pared del Coliseo, el niño no se dio cuenta de que Glaucus lo estaba mirando. Curioso, el hijo de Maximus se le acercó.

¿Qué estás haciendo?

El muchachito dio un salto, el pánico visible en su rostro delgado.

N-nada, señor.

No te asustes, sólo sentí curiosidad -Glaucus se inclinó y examinó las marcas que el niño acababa de hacer en la pared- ¿Quién es Flamma? -le preguntó.

Bueno, nada menos que el mejor gladiador de todo -respondió el muchachito, su pecho delgado hinchado como para enfrentar un desafío- Puede matar a cien hombres en una sola pelea.

Glaucus asintió con la cabeza y ocultó una pequeña sonrisa.

¿Por qué grabaste su nombre en la pared?

El jovencito miró a Glaucus como si éste estuviera loco.

Todo el mundo lo hace... todo el mundo escribe el nombre de sus gladiadores favoritos. Todo el mundo lo hace -repitió defensivamente.

Glaucus se inclinó y volvió a mirar la pared. Por cierto, los nombres de otros gladiadores estaban escritos allí, unos encima de otros a medida de que las generaciones se sucedían y descartaban a los héroes del pasado.

Las muchachas son las peores -dijo el niño con sorna- Escriben cosas sucias sobre qué apuesto es tal gladiador... o cuán sexy -fastidiado, escupió en el suelo- Lo único que importa de un gladiador es a cuántos hombres puede matar.

¿Conoces bien estas paredes?

¿Uh?

Glaucus miró al muchachito.

¿Alguna vez viste el nombre "Maximus" escrito en ellas?

El rostro del niño se iluminó.

Apenas unas cien veces... más que el de ningún otro gladiador. Venga y le mostraré.

El niño condujo a Glaucus por el corredor abovedado hasta que alcanzaron el área donde se encontraban las celdas de exhibición.

Mire... aquí -hizo un gesto con su brazo, indicándole a Glaucus que podía mirar en cualquier parte.

Glaucus examinó el área donde la luz del sol se colaba a través de los arcos y lo vio claramente... el nombre de su padre garabateado por docenas de manos diferentes seguido de mensajes de amor y devoción. Tendió unos dedos temblorosos y trazó las letras con las yemas... la prueba tangible de la presencia de su padre.

¿Se encuentra bien, señor? -preguntó el muchachito mientras miraba a Glaucus con curiosidad- Mi papá se ríe cuando le hablo de Flamma. Dice que Maximus fue el mejor gladiador que jamás existió.

Glaucus se movió lentamente a lo largo de la pared, dejando que sus dedos acariciaran la piedra. Maximus. Estaba por todas partes. Maximus. Maximus. Maximus. Glaucus tomó aliento temblorosamente. Tenía que controlarse.

Estas celdas... ¿es aquí donde guardan a los gladiadores?

Uh-uh. A veces ponen aquí a los gladiadores de modo de que la gente pueda echarles una buena mirada. Debiera ver las multitudes que se reúnen cuando eso ocurre. Es imposible acercarse.

Glaucus aferró los barrotes de la reja y miró el interior de la oscura celda. Estaba vacía salvo por un banco de piedra junto a la pared del fondo. Allí era donde su padre estaba sentado cuando Julia lo viera en Roma por primera vez. Glaucus se estremeció.

¿Está bien, señor? -volvió a preguntar el niño.

¿Por qué no hay ningún gladiador aquí?

El niño miró a Glaucus como si no pudiera creer lo estúpido que era.

Porque están en las celdas en el interior de la arena. Es allí donde los tienen la mayor parte del tiempo. Allí o en la escuela.

¿Qué escuela?

El niño hizo girar sus ojos.

¿No sabe nada acerca de los gladiadores?

Más allá de lo que hacen cuando pelean... no, supongo que no.

Las escuelas son los lugares donde los gladiadores viven y entrenan. Hay una aquí mismo -el niño señaló un punto a través del Foro. Entrecerró los ojos y ladeó la cabeza- Lo guiaré allí y se la mostraré... si lo desea.

Glaucus captó la sugerencia y hurgó en el bolsillo de su túnica en busca de monedas. Le entregó algunas al niño.

Supongo que alcanza para una minuciosa visita guiada.

Los ojos del muchachito se abrieron muy grandes, giró en redondo y escondió sus monedas en un lugar seguro y secreto. Luego le ofreció a Glaucus una sonrisa y le hizo un gesto con el brazo.

Sígame.

Sortearon la multitud hasta cruzar el Foro y el niño se detuvo frente a unas toscas puertas de reja. Detrás de ellas había un espacio abierto en el que hombres toscos vestidos con simples túnicas blandían espadas de madera bajo la vigilancia de guardias armados.

Vea -dijo el muchachito con aire de superioridad- Aquí es donde viven.

El patio estaba rodeado de pequeñas celdas de piedra, cada una de las cuales tenía una puerta y una ventana enrejadas.

¿Quién es el dueño de este lugar? -preguntó Glaucus.

Nadie. Nadie en especial. Es un lugar donde los dueños de gladiadores de las provincias pueden alquilar espacio para alojar a sus luchadores cuando están en Roma. Muchas tropas de gladiadores pueden alojarse aquí al mismo tiempo.

¿Es aquí donde Maximus vivía?

¿Maximus? No lo sé, pero Flamma vive aquí.

Glaucus sonrió.

¿Hay otras escuelas de gladiadores en Roma?

Muchas, pero son propiedad de hombres ricos y uno no puede ni siquiera acercarse a ellas.

El muchacho y el hombre se quedaron mirando en silencio cómo practicaban los gladiadores.

¿Señor?

Glaucus movió la cabeza para indicar que había escuchado.

Me tengo que ir.

Bueno, gracias ... -Glaucus arqueó las cejas mientras le ofrecía su mano al muchacho.

Mi nombre es Drusus pero puede llamarme Flamma.

Gracias, Flamma. Espero que tu hombre salga victorioso.

Pero la curiosidad del niño no estaba satisfecha.

¿Conoció al tal Maximus?

Glaucus se controló rápidamente.

No... nunca lo conocí.

Oh. Parece que él fuera especial para usted.

Glaucus simplemente se dio vuelta para mirar otra vez hacia el interior de la escuela de gladiadores, no queriendo alentar ese tipo de interrogatorio. Con una última mirada de curiosidad, el muchachito se alejó, perdiéndose rápidamente entre la multitud.

Julia le dio la bienvenida con una sonrisa cuando lo vio aproximarse. Estaba sentada en la taberna al aire libre en la que Glaucus había comido recientemente con Marius y Apollinarius se encontraba a su lado. Glaucus tomó la mano del anciano entre las suyas y la estrechó cálidamente.

Tenía miedo de llegar tarde -dijo Julia- pero parece que tú llegaste antes que nosotros.

Glaucus sonrió y tomó asiento.

En realidad llevo un rato por aquí. Encontré las celdas donde vio a mi padre como gladiador por primera vez... y un niño me mostró la escuela de gladiadores al otro lado del Foro. Presumo que es la escuela en que vivía.

Sí, así es.

¿Lo visitó allí alguna vez?

No... traté de hacerlo pero Proximo no permitió ni siquiera que me acercara a Maximus.

Glaucus vio la tristeza reflejada en sus ojos. Pensó que aquellos tiempos debieron haber sido extremadamente difíciles para Julia.

¿Pudo arreglarlo? -preguntó.

Sí. No hay nada que el dinero no pueda comprar. Nos dejarán entrar a la arena cuando la última pelea haya terminado -Julia estudió el rostro demacrado de Glaucus- ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

El asintió con la cabeza.

Bien... me alegra que no quisieras ver un combate porque no creo que pudiera soportarlo.

Sé cómo pelean los gladiadores. Los he visto muchas veces en las arenas de España.

Apollinarius alzó una mano venosa para interrumpir la conversación.

Discúlpenme... sé que mis ojos no son lo que solían ser... pero esos dos hombres que están allí, ¿no nos están observando?

Glaucus les echó una mirada y luego se volvió hacia Apollinarius.

Me están siguiendo y lo han estado haciendo desde Germania.

¿Por qué? -preguntó el anciano.

Realmente no lo sé pero son agentes del emperador.

¡El emperador! -exclamó Julia alarmada.

Sí... la verdad es que no me molestan y casi olvidé que andan por ahí. Lo siento si esto la molestó, Julia. Debí habérselo dicho -Glaucus notó el creciente malestar de la mujer- Julia...Julia, ¿qué es lo que ocurre?

Apollinarius tendió una mano hacia su esposa, quien se encontraba sentada muy pálida, con los codos apoyados en la mesa y las manos cubriéndole la parte inferior del rostro. Estaba próxima a desmayarse.

Lo... lo siento -Glaucus tartamudeó una nueva disculpa- Debí habérselo dicho. No pensé que fuera tan importante.

Tenemos que irnos -jadeó Julia.

No podemos irnos -protestó Glaucus- Quiero ver el lugar donde murió mi padre.

Julia, ¿qué ocurre? -preguntó Apollinarius- No eres de comportarte así. ¿Qué ocurre?

Pero Julia ignoró a su esposo y en cambio le preguntó frenéticamente a Glaucus:

¿Saben que estuviste en mi departamento?

Sí... supongo que sí. Oh, mierda, lo siento Julia. No quise envolverla en nada.

¿Tienes idea de lo que estás hablando? -siseó Julia furiosamente.

¿Qu...? -soltó Glaucus- No...no entiendo.

Debemos irnos -repitió Julia.

Glaucus pudo ver que estaba realmente asustada. Apollinarius, completamente perdido, le palmeó la espalda como si Julia hubiera sido un niño contrariado.

Lentamente, Julia recuperó el control de sus emociones.

- De acuerdo, Glaucus. Entraremos a la arena... pero luego deberás hacer exactamente lo que te diga y no hacer preguntas. ¿Entiendes? Ninguna pregunta.

Mudo, Glaucus asintió con la cabeza.

Los tres permanecieron sentados en silencio, confundidos y ansiosos, escuchando cómo los gritos de la multitud morían poco a poco detrás del enorme muro y el río de gente que salía de la arena se iba haciendo más y más escaso.

Finalmente, Julia dijo en voz baja.

Vamos. Es hora.

Caminaron lentamente debido a la artritis de Apollinarius y en dirección a la entrada Norte de la arena, donde fueron recibidos por el oficial a cargo de los juegos.

El dinero cambió de manos y el oficial dijo:

Síganme.

Pasaron al interior en sombras y Glaucus apenas si pudo ver nada hasta que sus ojos se adaptaron a la escasa luz. A pesar de ello, el guía siguió andando a buen paso y los llevó por un corredor hasta unas escaleras, al tope de las cuales salieron a las gradas ubicada inmediatamente por encima de la arena.

Glaucus se detuvo anonadado. Nunca había imaginado que el interior del Coliseo fuera tan grande. Se quedó con la boca abierta ante la magnitud de la estructura y sólo escuchó al guía a medias mientras éste les ofrecía una breve explicación sobre el anfiteatro: cincuenta mil espectadores sentados, el palco del emperador, los más importantes dignatarios y las Vírgenes Vestales, el velarium ahora plegado que se usaba para proteger a los espectadores del sol. Glaucus miró la arena oval, ubicada a una considerable distancia por debajo de los asientos. A las dos puertas ubicadas una en cada extremo...

La entrada Sud-Este es la llamada Puerta Libitinaria -explicó el guía-y los gladiadores muertos son retirados de la arena a través de ella...

Glaucus pensó que por allí había salido el cuerpo de su padre, transportado sobre los hombros de sus compañeros a los que había liberado.

¿Podemos ir allí? -preguntó.

Bueno... no es usual.

Julia le ofreció al oficial su más espectacular sonrisa.

Estoy segura de que no hay nada de malo en hacerlo, señor.

El guardia se ablandó.

Tal vez sea así.

Si no les importa, los esperaré aquí -dijo Apollinarius- No creo que pueda con tantas escaleras.

El guía condujo a Julia y Glaucus de regreso al interior y los hizo descender por varios tramos de escaleras de piedra hasta el nivel mismo de la arena. Caminaron a lo largo de pasillos curvos hasta alcanzar el extremo Nor-Oeste del estadio.

Lo siento -dijo el guía- pero tenemos que bajar un nivel más para alcanzar la puerta. Síganme.

A medida de que descendían, el aire se iba tornando decididamente más frío y húmedo. La única luz provenía de las pocas antorchas empotradas en las gruesas paredes de piedra.

Julia se estremeció y Glaucus le tomó la mano, apretándola estrechamente. No estaba seguro de si lo hacía para reconfortarla o para reconfortarse a sí mismo. Era un lugar sombrío...el lugar donde los gladiadores eran encerrados. Allí no ardía incienso alguno que enmascarara los olores de la muerte; no había luz del sol que proveyera calor y consuelo. Era un lugar de techos bajos, pesadas vigas de madera, cuerdas y poleas para subir y bajar las plataformas, anillos de hierro y cadenas sujetos a las paredes, un armero de madera con algunas jabalinas paradas, un yunque y un martillo, grilletes, un yelmo solitario tirado en el piso arenoso. El rugido distante de los leones trepaba hasta ellos desde las entrañas del edificio. Era un lugar de horror.

No solemos mostrarle este nivel al público -se disculpó el guía- Sólo los prisioneros y los gladiadores y sus entrenadores ven esta área. También los guardias, claro.

El oficial señaló el extremo de la rampa ascendente.

Esa es la entrada -luego, le gritó al joven que trabajaba allí- ¡Abre la puerta!

Esta se abrió con un gruñido y la luz iluminó lentamente la cavidad en la que se encontraban. El guía comenzó a ascender por la rampa.

Aquí es donde... -se detuvo- ¿Viene, Mi Señora?

Pero Julia y Glaucus estaban clavados en su lugar, el lugar donde Maximus había estado parado, viendo lo que Maximus había visto, aspirando los horribles olores de la muerte que él había olido... sintiendo el miedo que debía haber sentido antes de cada combate.

¿Mi Señora? -volvió a preguntar el guía.

Julia y Glaucus siguieron al hombre lentamente por la rampa y se detuvieron al llegar a la arena, aún de la mano.

Gracias por su ayuda, señor -dijo Julia quedamente- Nos gustaría caminar un poco por aquí.

El hombre vaciló por un instante pero luego recordó las monedas de oro que Julia le había dado.

De acuerdo, tengo cosas que hacer. Dejaré la puerta abierta y encontrarán el camino de regreso. No tarden mucho. El estadio está cerrado.

La arena se veía enorme desde las gradas pero desde el piso mismo era sencillamente inmensa. Apollinarius los saludó moviendo la mano desde el extremo opuesto y se lo veía positivamente minúsculo.

Maximus debe haberse sentido abrumado cuando salió por esta puerta por primera vez -dijo Julia en un susurro apenas audible.

Glaucus asintió en silencio. Era así como él mismo se sentía y no estaba enfrentando a la muerte.

¿Dónde ocurrió? -preguntó sin que fuera necesario explicar a qué se refería.

Cerca del centro.

Glaucus empezó a caminar hacia el interior de la pista, sus sandalias hundiéndose en la áspera arena que cubría el suelo. Se detuvo cuando sintió un tirón en su brazo.

Ve tú, Glaucus. Yo no puedo.

El rostro de Julia estaba muy pálido. Glaucus le besó la mano, luego la soltó y se dirigió lentamente hacia el centro, andando en círculos para absorber el impacto total del lugar.

Julia empezó a temblar.

Glaucus espió el área reservada a los espectadores ilustres y que incluía el pulvinar y se dirigió hacia él. El trono dorado se alzaba en el centro, protegido del sol por una panoplia. Lo miró como su padre debió haberlo mirado y casi pudo ver al joven emperador sentado en él con su hermosa hermana a su lado.

Casi podía escucharlo... el rugido de la multitud mientras Maximus miraba a Commodus, luego tomaba su espada y se preparaba para pelear contra el oponente que fuera. Glaucus imaginó que podía ver a la gente, parada y vivando, gritando su devoción por el gladiador estrella.

Los vítores ilusorios se desvanecieron al tiempo que Glaucus giraba y un círculo de pretorianos vestidos de negro se materializó en el centro de la arena. Glaucus parpadeó. No estaban realmente allí y él lo sabía pero podía verlos tan claramente como si hubieran estado. Mientras se aproximaba a los guardias fantasmales, un cuerpo apareció sobre la arena.

Commodus, muerto y ensangrentado.

Glaucus se movió cautelosamente en dirección al cuerpo pero se detuvo cuando un escalofrío le trepó por la espalda, haciendo que su cabello se erizara. Se quedó transfigurado. Su padre estaba allí... directamente frente a él...sangrando, tambaleando, muriendo. Su padre. Le tendió una mano al gladiador moribundo justo cuando Maximus se desplomaba.

Glaucus gritó "¡NO!" y corrió hacia el hombre caído, arrojándose de rodillas a la arena.

Trató de aferrar a su padre y en cambio aferró sólo un puñado de arena. Fascinado, vió cómo los granos se escurrían entre sus dedos hinchados y lastimados... la arena que había absorbido la sangre de su padre... la vida de su padre. Hundió ambas manos en ella y dejó que los ásperos granos corrieran por sus dedos y sus antebrazos. Lentamente, se frotó las manos y cerró los ojos, llevándose los dedos a la nariz. En la distancia, escuchó el grito de Julia.

Levantó la vista. Estaba solo... ni pretorianos, ni emperador, ni Maximus. Echó la cabeza hacia atrás y gritó su agonía a las gradas vacías, su grito de dolor despertando ecos en cada rincón del Coliseo. Luego se desplomó, su rostro apretado contra la arena, sollozando.

Julia corrió hacia Glaucus y se arrojó sobre su cuerpo, abrazándolo, mezclando sus lagrimas con las de él.

 

Roman Wall
Banner