La Historia de Glaucus

Capítulo 41 – La fuga

A la noche siguiente, los golpes a la puerta despertaron a todos los ocupantes de la ínsula. La Dama Honoria rezongó mientras se colocaba su pesada peluca rojiza y se echaba una bata sobre su ropa de dormir. Mejor que aquello fuera lo suficientemente importante como para justificar el sacarla de la cama en mitad de la noche, cuando los esclavos ya se habían ido a dormir.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Anduvo por el atrio oscuro a los tropezones y sintiéndose más y más enojada a cada momento.

¡Un momento! ¡Un momento! ¡Ya voy! -bramó. Se detuvo ante la puerta y apoyó una oreja contra ella al tiempo que gritaba- ¿Quién es? ¿Qué quiere?

¡Abra en nombre del emperador!

La Dama Honoria se dijo que de seguro se trataba de un grupo de jóvenes borrachos en tren de broma.

¡Váyanse antes de que llame a la guarida urbana! -gritó.

¡Domina, somos la guardia imperial y tenemos motivos para entrar en esta casa! ¡Abra la puerta!

¿Qué ocurre, Mi Señora? -preguntó Marius desde el umbral de su departamento al tiempo que se anudaba el cinturón de su bata. Sus rizos estaban en desorden y sus ojos hinchados por el sueño.

Honoria lo miró ansiosa.

Dicen ser los pretorianos.

Mierda -dijo Marius por lo bajo y luego agregó dirigiéndose a su casera -Pregúnteles que quieren.

¿Qué es lo que quieren? -gritó ella, asegurándose de que su voz no traicionara cuán intimidada se sentía.

Unos pies calzados con botas se hicieron sentir contra la madera de la puerta.

¡Abra la puerta o la derribaremos!

Marius se aventuró hacia el atrio al tiempo que una serie de mujeres mayores en diferentes estados de desarreglo aparecían en sus respectivas puertas.

Oh, por los dioses, oh, por los dioses -murmuraban.

Será mejor que haga lo que le dicen, Mi Señora -aconsejó Marius al tiempo que se preparaba para lo que vendría.

Apenas Honoria abrió el cerrojo, la puerta se abrió de golpe y seis pretorianos vestidos de negro y pesadamente armados irrumpieron en la casa.

Las ancianas chillaron. Marius tragó saliva.

¿Dónde está Maximus Decimus Glaucus? -demandó el oficial a cargo.

La Dama Honoria se irguió en toda su estatura... que apenas alcanzaba al pecho del hombre.

Bueno... supongo que durmiendo, como toda persona civilizada lo está a esta hora de la noche.

Muéstrenos su departamento.

Honoria movió la cabeza en un gesto de femenino desdén; luego, se enderezó la peluca y condujo a los pretorianos por el atrio en sombras para ascender trabajosamente las escaleras con seis impacientes pretorianos pisándole los talones.

Jadeando y bufando llegó a la tercera planta.

Glaucus -llamó dulcemente- Aquí hay unas personas que...

El pretoriano la hizo a un lado rudamente y aporreó la puerta. No obtuvo respuesta.

- ¡Las llaves! -ladró el oficial y en cuanto Honoria las extrajo a regañadientes del bolsillo de su bata, se las arrebató de la mano. Una vez que la puerta estuvo abierta, los pretorianos irrumpieron en el departamento con las espadas desenvainadas.

Marius permaneció con las aterrorizadas damas viendo desde el pasillo cómo los hombres de Severus abrían cada puerta y revisaban debajo y detrás de cada mueble.

¡No está aquí! -gritó uno de los pretorianos- Revisen todo el edificio.

El guardia exigió las llaves de todos los departamentos y sus hombres procedieron a requisarlos uno por uno, ignorando los gritos de protesta cuando los muebles se estrellaron contra las paredes y las colgaduras y cortinas fueron desgarradas por las espadas.

No está aquí, señor -reportó el guardia ante el oficial que a esta altura hervía de furia. Se volvió hacia Marius.

Eres su amigo, ¿no es cierto?

Marius se mantuvo firme.

Era su amigo.

¿Dónde está?

No lo sé.

¡Mientes!

No. Sé que ustedes lo vienen siguiendo. ¿Cuándo fue la última vez que nos vieron juntos?

El pretoriano entrecerró los ojos pero no respondió.

Fue hace algunos día, ¿no es cierto? -dijo Marius- Tuvimos una discusión. No lo he visto desde entonces y la verdad es que no me importa.

¿Por qué discutieron? -preguntó el hombre armado con suspicacia.

No apreciaba el honor de mi compañía. Me cansé de él.

¿Y no sabes dónde está?

No tengo la menor idea.

El oficial avanzó amenazadoramente hacia Marius, hasta estar cara a cara con el joven.

Será mejor que no estés mintiendo.

¿Por qué habría de mentir para protegerlo?

Los dos hombres dieron vuelta la cabeza al unísono ante la repentina conmoción que se produjo afuera. Otros dos guardias aparecieron a la carrera.

¡Señor! ¡Señor! ¡Su caballo ha desaparecido!

Por un instante, antes de que éste cerrara los ojos espantado, una expresión de puro pánico distorsionó el rostro del oficial pretoriano. Aquello no era bueno, no era nada bueno. ¿Cómo iba a explicárselo a Plautianus? Prefería enfrentar a un león hambriento en la arena antes que a un enfurecido Plautianus. Tras echar una mirada de furia impotente a los habitantes de la ínsula, el oficial giró sobre sus talones y salió silenciosamente del atrio, seguido por sus hombres armados y considerablemente más aplacado que cuando llegara.

¡Y que les aproveche! -gritó Honoria con bravura al tiempo que daba un portazo. Luego, se volvió hacia sus alborotadas inquilinas y aceptó encantada sus muestras de admiración.

Marius permaneció apartado y en las sombras, mientras una lenta sonrisa se dibujaba en su rostro.

El carruaje, con el semental negro atado a la parte posterior, llegó a la villa cerca de Ostia en las horas oscuras que preceden al amanecer. Los pasajeros descendieron rápidamente y el vehículo y los caballos fueron despachados de inmediato rumbo a los establos... Ultor a uno en un sector alejado de la propiedad.

Julia, Apollinarius y Glaucus se escurrieron hacia el interior de la villa sin siquiera una antorcha, para nada deseosos de revelar su presencia. Aliviado, el anciano cerró la puerta de su departamento. Estaba demasiado viejo para ese tipo de aventuras. Julia entró en el suyo seguida por Glaucus. Cerró la puerta con llave.

Los sirvientes no sabrán que estás aquí -le explicó- Saben lo mucho que valoro mi privacidad y no entrarán en mi departamento sin permiso.

Glaucus no cuestionó sus acciones como no las había cuestionado cuando Julia le había pedido su túnica negra y su capa y lo había provisto en cambio de sencillas ropas de color marrón. Había notado la urgencia que la impulsaba cuando arregló que un sirviente que tenía aproximadamente su altura y coloración se vistiera con sus ropas e hiciera esporádicas apariciones en calles oscuras para que los pretorianos creyeran que aún estaba en Roma. Y tampoco había hecho preguntas cuando un sirviente apareció en su departamento en medio de la noche conduciendo a su caballo inmediatamente antes de que partieran hacia Ostia al abrigo de la oscuridad. Apenas había tenido tiempo de reunir sus pertenencias en su departamento y explicarle brevemente la situación -o, al menos, lo que entendía de ella- a Marius, quien prometiera seguir en la búsqueda de Quintus.

Ahora, ya en la villa, dejó caer al suelo su alforja y miró a su alrededor. No podía ver gran cosa en la oscuridad pero podía percibir lo enorme que era e imaginar lo lujosa que debía ser.

Dormirás aquí -le dijo Julia al tiempo que le señalaba un dormitorio cuya puerta se abría hacia la sala de estar del departamento- Es la habitación donde tu padre durmió cuando...

Alguien golpeó a la puerta con los nudillos.

¿Mamá? ¿Estás ahí? Escuché llegar el carruaje. ¿Por qué no hay luces en la casa?

Julia se tapó la boca con la mano y sus ojos se abrieron muy grandes.

¿Mamá? ¿Estás ahí? ¿Está papá contigo?

Repentinamente, Glaucus se encontró siendo empujado en dirección al dormitorio al tiempo que Julia le decía en un susurro:

Es mi hija, Julia Apollinaria. No me esperaba tan pronto y por cierto tampoco esperaba visitas. Tengo que ir y hablar con ella. Ponte cómodo.

Julia salió corriendo del dormitorio y cerró la puerta.

Glaucus apoyó las manos en sus caderas y meditó lo que acababa de ocurrir. Lo cierto es que Julia había estado actuando de un modo muy extraño desde que descubriera que el emperador hacía que lo siguieran. Ahora parecía también asustada de que su hija descubriera que él estaba allí. ¿O acaso le preocupaba que él supiera que tenía una hija? ¿En qué podía afectarle que Julia y Apollinarius fueran padres? Se preguntó brevemente si la hija sería tan hermosa como la madre.

Pero estaba cansado y se dijo que podía esperar hasta el día siguiente para averiguar lo que estaba ocurriendo. Se sentó en la cama. Su padre había dormido allí... en esa misma cama. Se tendió en ella sintiéndose contento y se durmió de inmediato.

Capítulo 42 - Juntos

Lo despertó el sonido de una agitada conversación del otro lado de la puerta. Glaucus bajó sus piernas de la cama y se dio cuenta de que se había quedado dormido completamente vestido. Se quedó sentado por un momento, hasta que su mente volvió a funcionar plenamente y luego miró en torno a la habitación suavemente iluminada por una lámpara. Era grande y bien amueblada pero no rebuscada como el dormitorio de una mujer podía haber sido. Una gran alfombra de lana cubría buena parte del piso de mosaico dándole un aspecto acogedor y unos murales pastoriles decoraban las paredes y continuaban a través del cielo raso, el cual había sido pintado de modo tal de que pareciera el cielo. Pese a que no tenía ventanas, dormir en esa habitación era casi como hacerlo al aire libre. Dos grandes armarios de madera dominaban la pared del fondo y, curioso, Glaucus abrió uno de ellos. Contenía sábanas y toallas limpias y todo lo que un huésped inesperado pudiera necesitar. Pasando el segundo armario había una puerta cerrada. Golpeó con los nudillos suavemente y, cuando no obtuvo respuesta, hizo girar el picaporte. Se encontró en un baño grande y revestido de mosaicos equipado con retrete, bañera y jofaina. La habitación recibía iluminación natural a través del domo de cristal del techo. Entró al baño y se detuvo a mirar sus pies desnudos. ¡El suelo estaba caliente! Fascinado, Glaucus movió los dedos. Aquel lugar era un paraíso. Regresó a la habitación, extrajo algunos artículos del armario y pasó los siguientes minutos lavándose, cepillándose y poniéndose presentable.

Volvió al dormitorio y se sentó nuevamente en la cama mientras hurgaba en su alforja buscando una túnica negra limpia y se la pasaba sobre la cabeza.

Alguien golpeó enérgicamente a la puerta con los nudillos. Glaucus levantó la vista.

¿No piensas salir de ahí? -preguntó una voz femenina con impaciencia. A continuación, escuchó a Julia pronunciar algunas palabras ininteligibles en tono de reproche.

Rápidamente, se colocó un cinturón en torno a su esbelta figura y lo abrochó. Luego, pensando que sería grosero andar por la casa con botas se calzó las sandalias. Por último, se miró en el gran espejo que había en la habitación y encontró que estaba tan presentable como era posible dadas las circunstancias.

Abrió la puerta y pasó a la sala de estar de Julia... y casi chocó con una joven que estaba de pié ante la puerta, con las manos apoyadas en las caderas. Julia estaba sentada en un diván y se la veía pálida y nerviosa. Glaucus se inclinó en su dirección.

Mi Señora.

Luego, sus ojos se posaron nuevamente en la mujer que le obstruía el paso y arqueó las cejas en señal de curiosidad.

Los ojos azul verdosos de la joven brillaron traviesamente.

¿Es ese el modo de saludar a tu hermana?

Glaucus echó la cabeza hacia atrás, como si lo hubieran abofeteado.

¿Disculpe?

Miró a Julia en busca aclaración pero ésta tenía los ojos cerrados y una expresión de miedo en su rostro.

Julia Maxima... me prometiste que no lo harías -dijo Julia rígidamente.

Con un movimiento de su cabeza, la joven echó hacia atrás su cabello negro, largo y ondulado.

Oh, ¿por qué no, Mamá? -dijo mientras caminaba lentamente en torno a Glaucus, evaluándolo- ¿Así que es igual a mi padre?

Sonrió en dirección a su madre, luego arqueó una ceja y le echó una mirada de reojo a su hermano.

Pensé que habías dicho que mi padre era atractivo.

Glaucus miró confundido de una mujer a la otra. ¿Era acaso una broma? No, decidió que no... aquello no era una broma... Julia se veía demasiado contrariada para tratarse de una broma.

¿Mi hermana? -dijo atragantándose.

Sí -Maxima sonrió- Mi madre quería decírtelo suavemente pero yo creo en las ventajas de ser directa.

Con otro movimiento de su cabeza la muchacha volvió a echarse el cabello hacia atrás y lo miró directamente a los ojos.

Entiendo que compartimos el mismo padre... Maximus Decimus Meridius.

Glaucus volvió a parpadear y tomó aliento temblorosamente.

Tengo una hermana -jadeó.

Finalmente, Julia se levantó del diván y de un codazo hizo a un lado a su hija.

Glaucus, siento mucho que tuvieras que enterarte de este modo. Había planeado decírtelo a mi manera, cuando creyera que estabas listo -echó una mirada fulminante a su joven hija, la cual se limitó a sonreírle- Pero Maxima obviamente tenía otras ideas.

Le tomó las manos entre las suyas y las encontró sorprendentemente frías.

Ven y siéntate, querido.

Julia trató de atraerlo al diván pero a Glaucus le fallaron las piernas. Una expresión preocupada se apoderó finalmente de los delicados rasgos de Maxima.

Lo siento, Glaucus, a veces me paso de lista. Ven y siéntate. Tenemos mucho de qué hablar.

Sus piernas finalmente decidieron obedecer a su cerebro y Glaucus siguió a las dos mujeres a través de la habitación, sus ojos estudiando la figura esbelta de la mujer de cabello negro que caminaba frente a él. ¿Qué edad tendría? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho?

Tengo dieciocho años -dijo Maxima como si hubiera leído sus pensamientos- ¿Qué edad tienes tú?

Uh... veintidós -respondió Glaucus al tiempo que se dejaba caer en una silla. Era alta... tan alta como Julia... y escandalosamente hermosa. Su cabello negro caía sobre sus hombros y enmarcaba un rostro perfectamente oval. Su piel era impecable y cremosa. Su nariz, recta y fina. Su boca... era su misma boca... bien definida y pequeña. Y tenía su mismo hoyuelo en el mentón... el mentón que ambos habían heredado de su padre. No lo podía creer. Tenía una hermana. No sabía qué decir.

Por suerte, Julia había recuperado el habla.

Les debo una explicación a ambos -dos pares de ojos se fijaron expectantes en ella- Glaucus, Maxima ha sabido desde que era una niña quién es su padre y qué ocurrió con él... información que tu acabas de descubrir. No te dije de su existencia porque fuiste sacudido por demasiadas noticias dramáticas en muy poco tiempo. Había pensado hablarte de ella hoy y presentarlos mañana -Julia miró a una sonriente Maxima que no podía apartar la vista de su hermano mayor- Sin embargo, mi voluntariosa hija tenía obviamente otras ideas y te pido disculpas por ello. Glaucus, ella recién se enteró anoche de que tenía un hermano porque yo misma no sabía de ti.

Por lo visto, tomó las noticias bien -dijo Glaucus con una sonrisa tímida. Le gustaba aquella atrevida hermanita. Bueno... no tan "hermanita". Era toda una mujer.

De modo que así es como luce un general -dijo Maxima con gran sinceridad- No me siento decepcionada... no me siento nada decepcionada.

Maxima sostuvo la mirada de Glaucus y habló dirigiéndose a su madre.

¿Mi padre tenía una voz parecida?

Tenía la misma voz -dijo Julia suavemente mientras contemplaba a los dos hijos del hombre al que amara.

Bueno, entonces entiendo que te volvieras loca por el general español, Mamá.

Julia se echó a reír. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Julia... ¿cómo encaja su esposo en todo esto? -preguntó Glaucus, esperando no ser demasiado inquisitivo.

Apollinarius ha sido un gran amigo mío por muchos años, aún cuando estaba casada con Marius Servilius. Cuando descubrí que estaba embarazada y luego de que tu padre muriera, Apollinarius y yo nos casamos de modo de que pudiera darle un nombre a mi hija... algo que una mujer sin esposo no puede hacer. Apollinarius la crió como si hubiera sido suya y, como dije, Maxima ha sabido desde que era niña quién es su padre y qué le ocurrió. Tú, Glaucus, le has agregado otra dimensión a nuestras vidas.

Y ustedes a la mía. Me crié creyendo que mis primos eran mis hermanos y me sentí destrozado cuando me dijeron que no era así, que quienes creía mis padres eran mi tío y mi tía... y que mi verdadera madre, hermano y hermana estaban muertos y mi padre desaparecido. Las últimas semanas han sido un proceso de restauración para mí... descubriendo partes de mi vida que eran un misterio. Y encontrando una hermana.

Se sentía ridículamente tímido junto a aquella joven llena de confianza en sí misma. No sabía cómo mirarla... o si debía mirarla. Sus miradas de admiración, ¿serían malinterpretadas?

Viéndolo mirar fijamente al piso y percibiendo su incomodidad, Maxima dijo quedamente:

Toda mi vida quise tener un hermano o una hermana, Glaucus. Eres el regalo más maravilloso que jamás haya recibido.

El joven levantó lentamente la mirada para alcanzar los ojos húmedos de su hermana, lo que hizo que los suyos se llenaran de lágrimas. Ligeramente avergonzado, escondió su emoción detrás de una sonrisa. Maxima también sonrió. La sonrisa de Glaucus se hizo más amplia. Maxima le devolvió el gesto.

Luego estallaron al unísono en felices carcajadas.

Secándose los ojos, Julia salió calladamente de la habitación.

Más tarde, Apollinarius entró al departamento de Julia y se sintió feliz de encontrar a Maxima y Glaucus sentados lado a lado en un diván, sus hombros casi tocándose. Los abrazó a ambos y luego se instaló en una silla cerca de Julia, quien había recuperado su actitud controlada.

Rodeada por su familia, Julia comenzó a hablar en un tono solemne.

Cuando Maximus y yo pasamos aquellos días juntos, pocas semanas antes de que muriera, él me contó muchas cosas acerca de su vida. No le fue fácil porque era un hombre muy reservado pero en aquel momento me abrió su corazón y me reveló cosas que me pidió que nunca le repitiera a nadie. Me pidió que mantuviera en secreto lo que me había contado y durante todos estos años he respetado sus deseos... no diciéndotelo ni siquiera a ti, Maxima, o a ti, Apollinarius. Pero ahora debo hacerlo porque te encuentras involucrado en algo que no entiendes, Glaucus. Algo muy peligroso.

Glaucus se acarició pensativamente la barba y Julia vaciló al ver aquel gesto que le era tan familiar. Tomó aliento profundamente y siguió hablando.

Ustedes saben que Maximus era el general favorito de Marcus Aurelius. Que el emperador lo amaba como a un hijo... más que a su propio hijo, Commodus. Cuando el emperador estuvo con su padre Germania, en el año 180, le reveló a Maximus que estaba muriendo y que deseaba nombrar a su heredero.

Los ojos de Julia pasaron de su hija a Glaucus y volvió a tomar aliento.

Le dijo privadamente a Maximus que deseaba que él heredara sus poderes y devolviera a Roma la condición de república.

Hizo un alto para permitir que sus interlocutores asimilaran la información. Al cabo de un largo silencio, Apollinarius fue el primero en recuperar el habla.

¿Quieres decir que Maximus debió haber sido emperador de Roma?

Maxima y Glaucus se limitaron a mirarla.

Sí -respondió Julia- Pero Maximus sólo deseaba regresar a su hogar y su familia, ya que había estado lejos de ellos durante casi tres años. Rechazó la oferta y Marcus Aurelius le pidió que la reconsiderara. Le dio tiempo hasta el anochecer para que tomara una decisión definitiva y Maximus dijo que sí.

Dos mandíbulas cayeron al unísono.

No quería el honor pero no podía decepcionar a un emperador al que tanto amaba. También sentía que era su deber hacia Roma. Los documentos necesarios fueron redactados y firmados. Su padre recibió una copia y el emperador conservó la otra. Maximus creía que, en algún momento de esa misma noche, Marcus Aurelius le dio la noticia a Commodus, quien mató al emperador -lo estranguló- en un acceso de furia. Maximus fue despertado por Quintus y escoltado hasta la tienda del emperador, donde encontró el cuerpo sin vida de Marcus Aurelius y que Commodus había reclamado el título. Lucilla también estaba allí. Maximus regresó a su tienda, vistió su armadura luego de guardar su copia del documento dentro de su túnica y le dijo a su sirviente, Cicero, que convocara a los dos senadores que estaban visitando el campamento. Pero antes de que pudiera hacerlo, Quintus llegó acompañado de cuatro pretorianos armados y le dijo a Maximus que el emperador había ordenado su ejecución y la de su familia.

Pero él escapó -dijo Glaucus quedamente.

Sí -confirmó Julia- Conoces el resto de la historia. Pero... piensa en las implicaciones del hecho de que tu padre fuera nombrado heredero del trono.

Pero, en cambio, se convirtió en esclavo, no en emperador -dijo Maxima.

Esperen... esperen -Glaucus frunció el ceño pensativamente- Julia, cuando él murió en la arena, fue cargado sobre los hombros de sus compañeros y escoltado por los pretorianos como un emperador... dio órdenes que fueron obedecidas...

Sí -susurró Julia- Durante esos pocos instantes entre la muerte de Commodus y su propia muerte, Maximus fue el emperador no declarado de Roma. Quintus lo sabía. Lucilla lo sabía. Yo lo sabía. El pueblo no -Julia miró alternativamente a los ojos a cada uno de sus anonadados interlocutores como para enfatizar lo que acababa de decir.

Glaucus trató de relacionar lo que acababa de escuchar con su propia situación.

Pero, ¿por qué veinte años más tarde Septimius Severus me habría de hacer seguir? No soy una amenaza para él.

Oh, pero lo eres -replicó Julia- Septimius Severus se declaró a sí mismo hijo adoptivo de Marcus Aurelius y, por lo tanto, con derecho a gobernar Roma aún cuando sabe muy bien que le debe su puesto al apoyo de los jefes militares. Severus no es bien visto por muchos aristócratas influyentes pero el pueblo lo acepta porque cree que fue el elegido de Marcus Aurelius. ¿Qué ocurriría si el documento que prueba que el elegido de Marcus Aurelius era Maximus y no Severus apareciera... y luego se descubriera que Maximus tenía un hijo?

Glaucus palideció visiblemente.

¿Severus piensa que yo podría... desafiar su derecho a ser emperador de Roma?

Pienso que cree que todos los hombres son tan ambiciosos como él. Si se trata de algo que ambiciona profundamente, puede creer que otros lo ambicionan tanto como él. Glaucus, él ansía fundar una dinastía... que su hijo herede el trono y su nieto lo herede de éste. Eres una amenaza para esa dinastía.

Pero... aún si quisiera alcanzar el trono... ¿por qué habría alguien de creerme si dijera que mi padre había sido nombrado emperador?

El documento -terció Apollinarius, quien encontraba aquella intriga sumamente excitante.

Pero yo no tengo el documento.

Tal vez Severus piensa que lo tienes -aportó Maxima.

Pero me tuvo en prisión. Podría haber... oh.

¿Qué? -Maxima aferró su mano y la apretó- ¿Qué?

Eso lo explica. Nunca me dieron una razón para haberme encarcelado pero en aquel momento Severus dijo algunas cosas que no tenían sentido para mí. Ahora lo tienen.

¿Qué? -repitió Maxima.

La mente de Glaucus retrocedió en el tiempo... a Germania.

Otra vez confundido por las palabras del emperador, Glaucus se limitó a mover la cabeza y no decir nada.

- Los dioses decidieron otra cosa, ¿no es cierto, muchacho? Los dioses eligen a su emperador.

- No... no entiendo, Mi Señor.
- Oh, ¿no entiendes? -el sarcasmo saturó la voz del emperador. Se irguió en su asiento, acomodándose en él lo más alto que pudo- Entonces, estás embarcado en una búsqueda. ¿Qué es lo que esperas encontrar?
- La verdad, Mi Señor.
El pretoriano se dirigió junto al trono, giró para enfrentar a Glaucus y cruzó los brazos sobre el pecho, sus ojos fijos en él.
El emperador también cruzó los brazos, los dos hombres presentando una formidable oposición.
- ¿Y dónde esperas que te conduzca la verdad?

Los ojos verdes de Glaucus iban de uno a otro hombre.
- Yo... yo sólo busco la paz de mi espíritu, Mi Señor. Necesito saber qué le ocurrió. No busco nada más.
- No puedes engañarme. Sé lo que buscas realmente.

Cree que estoy buscándolo... que estoy buscando el documento -Glaucus miró a su hermana- Cree que lo estoy buscando y me hace seguir de modo de poder encontrarlo a través mío. De otro modo, me hubiera dejado pudrir en la prisión.

El ceño de Glaucus se volvió a fruncir, esta vez más profundamente.

Pero, ¿cómo es que sabe acerca del documento? Julia, usted dijo que mi padre tenía una copia y el emperador otra. ¿Qué ocurrió con la copia de mi padre?

Está en España, Glaucus -dijo Julia suavemente- Maximus la enterró junto a tu madre.

Oh -dijo Glaucus, luego suspiró pesadamente- Enterró a su familia y, con ella, enterró su deber hacia Roma.

Julia asintió con la cabeza.

Entonces, ¿qué pasó con la otra copia... la copia del emperador? -preguntó Apollinarius.

Severus no puede tenerla -apuntó Maxima- De lo contrario, no te habría hecho seguir. ¿No será que Commodus se apoderó de ella?

No necesariamente -dijo Julia- Marcus Aurelius puede haberle dicho a Commodus la verdad sobre sus intenciones pero no haberle mostrado el documento. En la conmoción que rodeó a su muerte, puede haber ocurrido cualquier cosa.

Glaucus se puso de pie de un salto.

Esa noche en que el emperador murió, había varias personas en la habitación... Commodus, Lucilla, Quintus, mi padre... y el médico. Mi corazonada es que Quintus o el médico se llevaron el documento.

Pero si fue así, ¿cómo es que Severus supo del documento? -preguntó Maxima, levantando la vista hacia su hermano, intrigada por aquel misterio.

Eso no lo sé -admitió Glaucus- Esa parte de la historia no tiene sentido por el momento. Lo que sé, de seguro, es que tengo que encontrar a Marcianus y a Quintus. Y tengo que encontrar el documento. Es el único modo posible de barrer con los rumores de que mi padre fue un traidor y restaurar su buen nombre. Se lo debo.

¿Sabes dónde se encuentran? -preguntó Apollinarius- Me refiero a Marcianus y Quintus.

No estoy seguro. Mi amigo Marius piensa que Marcianus puede estar en Petra. Quintus está exiliado en algún lugar.

Bien, hay algo que sí sé, Glaucus, y es que no puedes quedarte aquí -dijo Julia con determinación.

Maxima miró a su madre anonadada.

No es que quiera que te vayas, muy por el contrario... me encantaría que te quedaras con nosotros para siempre. Pero tarde o temprano nuestro engaño será descubierto y los pretorianos vendrán a buscarte. Cuando eso ocurra, no debes estar aquí. Es demasiado peligroso para ti... y para mi hija. Severus no sabe de ella y no quiero que lo sepa.

Por supuesto, por supuesto -dijo Glaucus apresuradamente- No tengo intención alguna de poner a nadie en peligro. Me... me iré mañana mismo.

Alarmada, Maxima se puso de pie.

NO... Madre, ¿acabo de encontrar a mi hermano y lo obligas a irse?

Maxima, tu madre sólo piensa en tu seguridad -dijo Glaucus antes de que Julia pudiera hablar.

NO... Madre -repitió Maxima.

El rostro de Julia se mantuvo serio.

No hay otra alternativa. Podrás pasar todo el tiempo que quieras con Glaucus cuando tu seguridad no sea un problema.

Eso es lo único en lo que piensas... ¡mi seguridad! ¡Estás obsesionada con mi seguridad! Nunca voy a ninguna parte... ni siquiera a Roma. ¡Estás obsesionada con mi seguridad!

Maxima, tu madre tiene razón -dijo Glaucus tomándola por el brazo y tratando de aliviar la tensión. Volveré, te lo prometo.

Maxima se sacudió su mano.

¿Te pones de su lado? -sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas y su voz se quebró - Todos ustedes están tratando de impedirme que tenga una vida propia.

La joven giró en redondo y salió corriendo de la habitación, sollozando. Glaucus hizo una mueca cuando la puerta se cerró violentamente tras ella.

Lo siento, Julia... -empezó a decir.

Nada de esto es tu culpa, Glaucus. Nada de esto. Admito que he mantenido a Maxima con riendas muy cortas. Verás, siempre tuve tanto miedo de perderla -Julia se frotó las sienes, como si sufriera un intenso dolor de cabeza- Me ocuparé de ella mañana. Ahora debo hacer los arreglos necesarios para que puedas partir sano y salvo. Haré que preparen un barco y podrás abordar mañana por la noche, de modo de zarpar en la madrugada. La mayoría de los puertos cierra en invierno pero puedo poner este barco en alta mar justo a tiempo. Podrás ir a tu hogar en España y allí estarás a salvo.

Julia, voy a ir a Petra.

Julia cerró los ojos. Era tan parecido a su padre.

Glaucus, ¿tienes idea del viaje que vas a emprender?

Probablemente, no. Pero igualmente pienso ir. Le agradecería mucho que su barco me llevara hasta Alexandria... de otro modo, tendré que rechazar su amable oferta.

Julia estudió a Glaucus por un momento... el rostro de su amante... la voz de su amante... luego le sonrió y dijo:

Parece ser que los dos hijos de Maximus han heredado su obstinación y su independencia. El barco te llevará tan lejos como sea posible en tu viaje a Petra.

Capítulo 43 - Maxima

¿Maxima? -llamó Glaucus al tiempo que golpeaba suavemente a la puerta de su departamento - ¿Puedo hablar contigo?

No obtuvo respuesta.

Volvió a golpear.

¿Maxima? Por favor, abre la puerta.

Esta se abrió apenas y un ojo azul hinchado y enrojecido apareció en la abertura.

¿Qué deseas?

Tengo algo que quiero mostrarte.

Maxima resopló, abrió la puerta y luego le dio la espalda y caminó hacia la terraza.

Glaucus no sabía cómo hablarle a aquella joven -a aquella extraña- que compartía su sangre. Se detuvo apenas cruzó la puerta, no queriendo invadir su espacio privado.

Partiré mañana al anochecer, Maxima. Tenemos hasta entonces.

¿Estás deseoso de regalarme todo un día de tu vida, hermano? -dijo Maxima sarcásticamente- ¡Qué magnánimo!

Glaucus frunció las cejas.

¿Dónde aprendiste esa palabra?

La espalda de Maxima se puso rígida. ¿Se estaba burlando de ella?

En el mismo lugar donde la aprendió mi madre. De Apollinarius.

¿Fue tu tutor?

Sí... tomé mis lecciones en esta misma habitación. La misma habitación en la que pasé la mayor parte de mi vida -Maxima echó una mirada en torno suyo- Es preciosa, ¿verdad? Una hermosa prisión. He estado prisionera en esta villa durante toda mi vida cuando todo lo que deseo es mi libertad... como cualquier mujer de mi edad.

Muchas mujeres de tu edad no son libres, Maxima. Están casadas y tienen hijos. Al menos tu madre no te obligó a casarte.

Finalmente, Maxima se volvió para enfrentarlo, su stola de seda blanca ondulando en la brisa que llegaba desde la terraza.

Sólo mi padre puede entregarme en matrimonio, Glaucus. Y esto plantea un problema interesante, ¿no es cierto? Mi padre está muerto.

Apollinarius es legalmente tu padre.

Apollinarius es un dulce anciano, Glaucus, y lo quiero mucho. Pero no como a un padre... como a un tío encantador, tal vez. Desde que era muy joven he sido consciente de que no tengo padre.

Al igual que yo.

Sí. Pero tú al menos creías otra cosa.

Glaucus asintió con la cabeza.

En cambio, yo crecí soñando con el hombre por el que mi madre lloraba... el hombre por el que mi madre guardaba luto. Ese hombre perfecto, absolutamente perfecto con el que ningún otro se podía comparar.

Era sólo un ser humano, Maxima.

No a los ojos de mi madre. Para ella era un dios.

Maxima se sentó en una silla y le indicó a Glaucus que se sentara en otra frente a ella.

Deseaba tanto tener un hermano que pusiera fin a mi terrible soledad. Cuando tuve edad suficiente, le rogué a mi madre que tuviera otro hijo y ella me dijo que eso nunca ocurriría. Que nunca iría a la cama de otro hombre que no fuera Maximus... y él ya no estaba.

¿Cómo se sentía Apollinarius acerca de esto?

Maxima se echó a reír.

Glaucus... Apollinarius prefiere a los hombres. Verás, tienen el matrimonio perfecto. Se acompañan mutuamente sin la complicación de la intimidad.

Los labios de Glaucus formaron un silencioso "oh" pero la dejo seguir hablando sin interrumpirla.

Maximus nunca me vio, nunca me sostuvo en sus brazos. Mi madre trató de contactarlo en Roma después de que Proximo lo llevó de regreso a la ciudad pero no le permitieron ni siquiera acercarse a él. Finalmente logró persuadir a Proximo de que aceptara una carta para él... pero eso fue el día antes de que muriera en la arena peleando contra Commodus. Tal vez nunca supo que mi madre había concebido a su hija... yo.

En ese aspecto estamos a la par. Tampoco supo nada acerca de mí.

Al menos tú tienes su nombre. Yo ni siquiera tengo eso. Soy su hija no reclamada. Mientras crecía, pensaba en él todo el tiempo. Me preguntaba cómo sería... cómo sonaría su voz. Nunca he visto un ejército. En realidad, no tengo idea de cómo luce un general en la vida real. Lo imaginaba como el hombre más fuerte y más hermoso que jamás existiera pero, al mismo tiempo, como un hombre gentil y tierno, que hubiera jugado conmigo y me hubiera acunado en sus brazos para que me durmiera.

Creo que tu sueño es muy parecido a la realidad. También era un hombre muy serio, que no tomaba sus responsabilidades a la ligera. Estaba perfectamente consciente de la magnitud de su trabajo. Sus soldados lo adoraban y respetaban. El emperador lo amaba. Su esposa y su hijo lo amaban.

Los ojos de la joven volvieron a llenarse de lágrimas.

Era un hombre que tocó profundamente a muchas personas.

Maxima sonrió a través de sus lágrimas.

Sabes, cuando me hice mayor me preguntaba si Maximus no habría nacido de la imaginación de mi madre... un modo de explicar mi presencia. Salvo su túnica azul de esclavo que mi madre todavía conserva, eres la primera prueba tangible que tengo de que él existió realmente... y de que era hermoso y fuerte.

Glaucus sonrió tímidamente.

Gracias -se mordió el labio inferior por un momento y finalmente hizo la pregunta que había estado rumiando durante toda la noche- Maxima, sabes mucho sobre nuestro padre... ¿qué tanto sabes sobre la vida de tu madre?

La respuesta no se hizo esperar.

¿Te refieres a que fue prostituta?

Glaucus no pudo disimular su sorpresa.

Sí, ella no me ocultó nada. Hasta sé dónde fui concebida... en un barco en medio de una laguna que hay en la villa. Debo admitir que enterarme de que mi madre fue una esclava y prostituta del General Cassius fue una gran conmoción pero, en cierto modo, hizo que la admirara aún más. Mira cómo comenzó y lo que ha logrado.

Es una mujer excepcional.

Lo es... pero tiene que soltarme. Tiene que dejarme tener mi propia vida... estoy lista para ello.

Para ella sería como volver a perder a Maximus.

No puedo evitarlo.

No... no puedes. ¿Qué es lo que quieres hacer, Maxima?

Quiero dejar este lugar -dijo con entusiasmo- Quiero ver el imperio. Quiero viajar y ser libre de vivir mi vida como quiero.

Glaucus sonrió.

No conozco a nadie que viva su vida como quiere.

Nuestro padre...

No -la interrumpió Glaucus- Especialmente él. Era un general cuando en realidad quería ser un granjero. Vivía en Germania cuando quería vivir en España. No era libre, Maxima, ni siquiera antes de convertirse en esclavo.

Su hermana contempló la oscuridad más allá de la terraza.

Supongo que tienes razón.

Glaucus trató de alegrarla.

Te dije que tenía algo que quería mostrarte.

Eso dijiste -Maxima no apartó sus ojos del cielo nocturno.

Maxima, mira esto.

La joven se volvió y soltó una exclamación de asombro ante la magnífica espada y la vaina que Glaucus sostenía en sus manos. Se la tendió y ella la tocó tentativamente con la yema de un dedo.

Esta es la espada que Marcus Aurelius le dio a Maximus cuando lo nombró general. La usó desde ese día y hasta que el emperador murió.

Con los ojos muy abiertos de asombro, Maxima aceptó la espada que le tendía su hermano.

¡Oh... es pesada! -exclamó cuando sus brazos cedieron bajo el peso inesperado.

Sí y él la blandía hora tras hora en batalla, pasándola de una mano a la otra, según dependiera de la situación o de dónde viniera el ataque.

No tenía idea de que una espada pudiera ser tan hermosa. Parece un adorno -dijo Maxima al tiempo la luz de una lámpara brillaba sobre las partes de bronce.

No es un adorno. Quién sabe cuánta sangre goteó por la punta de esa espada.

¿Cómo la obtuviste?

De un colega de nuestro padre. Vive en Germania y fue el ingeniero jefe de la legión Felix III... la legión de Maximus. Cicero, su sirviente, había ido en busca de esta espada poco después de la muerte de Marcus Aurelius pero Quintus irrumpió en la tienda y arrestó a Maximus antes de que tuviera la oportunidad de defenderse. De modo que la espada quedó en manos de Cicero hasta su muerte y luego Jonivus la conservó. La mantuvo escondida todos estos años.

Maxima aferró la empuñadura y extrajo la espada de su vaina con largo y lento movimiento, luego la sostuvo en una postura vertical y admiró el modo en que la luz danzaba sobre la hoja. Rió... la primera vez que Glaucus la escuchaba emitir aquel sonido femenino y juvenil.

Es demasiado grande para mi mano.

Fue hecha especialmente para que se ajustara a su mano.

Piensa... sus dedos estuvieron donde están los míos. Su palma se apoyó donde se apoya la mía. Sus ojos vieron la misma hoja, la misma vaina -su voz se fue apagando hasta convertirse en un susurro reverente- Casi puedo sentir que estoy tocándolo.

Me siento del mismo modo cuando la tomo en mi mano.

Maxima lo miró, sus ojos azul verdosos muy serios.

¿Tú también? -Maxima bajó la espada hasta que la punta se hundió silenciosamente en la alfombra, su atención ahora concentrada en su hermano- ¿Sabes que es la primera vez en mi vida en que siento que alguien realmente me entiende? Me siento más cerca de ti de lo que nunca he estado de otra persona.

Maxima tragó dolorosamente.

Glaucus, por favor, no te vayas.

Debo irme.

Por favor, no.

Maxima, apenas he comenzado mi viaje. Encontrarte es, posiblemente, lo más maravilloso que jamás me pase... y he aprendido más sobre nuestro padre de lo que jamás esperé. Pero quiero saber más. Necesito saber más. Necesito saberlo todo. Y debo encontrar el documento ¡Debo hacerlo!

Maxima pareció resignarse a su pérdida.

¿Cuánto tiempo estarás ausente?

No lo sé. Meses probablemente.

¿Volverás? -le preguntó, su rostro reflejando esperanza y duda.

Por supuesto que volveré -Glaucus notó el escepticismo en sus ojos- Te dejaré mi caballo como prueba de mi palabra. Aparte de esta espada, Ultor es mi posesión más querida. Apreciaría que lo cuides hasta que regrese.

No confiando en su voz, Maxima asintió con la cabeza.

Glaucus se las arregló para soltar una risa temblorosa.

Parece que estoy dejando mis animales dispersos por todo el imperio.

La sonrisa de Maxima no fue sino un breve movimiento de sus labios. Lentamente, reinsertó la espada en su vaina protectora y se la tendió a Glaucus con los ojos llenos de una terrible tristeza.

Hasta pronto, hermano. Hasta pronto.

Capítulo 44 – El otro barco

Dormirás en esta tienda sobre cubierta, Glaucus -dijo Julia mientras guiaba al joven por el barco y en dirección a la pequeña cabina. Había elegido un navío mediano debido a sus velas poderosas, teniendo en mente que de ese modo completaría el viaje rápidamente gracias a los vientos de otoño y con la tripulación más pequeña que fuera posible. Además, su capitán era un hombre experimentado en el transporte de granos desde Alexandria a Ostia y conocía muy bien la ruta. Julia empujó la puerta de la cabina para abrirla- Me temo que la tienda no será muy abrigada pero, como ves, la cabina es muy pequeña y está reservada para el uso del capitán Aemilius. Si sientes frío, puedes refugiarte bajo cubierta pero me temo que hay poco espacio libre. Llené las bodegas con ánforas y barriles de vino y otras mercancías no perecederas para que el viaje no resulte sospechoso. De hecho, muchos barriles están vacíos para aligerar la carga.

Muchas gracias por todo, Julia. No tengo palabras para expresarle mi gratitud y mi alegría por haberla encontrado... y por haber encontrado a Maxima.

Me alegra que lo sientas de ese modo. Temía que resintieras mi pequeño papel en la vida de tu padre.

¿Resentirlo? Muy lejos de eso. Usted le dio amor cuando no le quedaba nadie. Y le dio una hija... y a mí me dio una hermana. Nunca podré agradecerle lo suficiente.

Julia sonrió y ocultó su alivio aferrando a Glaucus por los hombros y besándolo rápidamente en ambas mejillas.

Tenía la esperanza de que Maxima viniera a despedirme.

Se lo prohibí, Glaucus. Es peligroso para ella.

Es cierto.

Ahora está muy enojada conmigo. Hoy tuvimos una discusión y se niega a hablarme. Se ha encerrado en su dormitorio en señal de protesta por tu partida pero se le pasará. Hemos tenido nuestros altercados, Glaucus, pero lo cierto es que tenemos una relación muy estrecha.

¿Tengo tiempo de hacerle algunas preguntas antes de que zarpemos?

Sí, pero sólo unas pocas. El capitán está casi listo.

La cubierta bullía con la actividad de los tripulantes alistando el barco para aquel viaje inesperado. Mientras Julia cerraba suavemente la puerta para incrementar la privacidad, Glaucus dijo:

Maxima mencionó que usted trató de contactar a mi padre en la escuela gladiatoria.

Julia asintió, la tristeza descendiendo sobre ella instantáneamente al tiempo que recordaba aquellos días aciagos.

Así fue, pero no tuve éxito. Proximo me consideraba una distracción y ordenó a los guardias que me mantuvieran apartada de Maximus.

Hubo una larga pausa antes de que ella agregara.

Nunca volví a hablar con tu padre después de que partió de la villa.

Glaucus estudió su delicado perfil que se destacaba contra la luz moteada de polvo que se colaba por la pequeña ventana de la cabina.

¿Pero le hizo llegar una carta?

Julia se volvió bruscamente a enfrentarlo.

¿Maxima te habló de ello? Sí, lo hice, pero no sé si Maximus la recibió o no. Me encontré con Proximo en una taberna cerca del Coliseo y le imploré que tomara mi carta.

¿Puedo preguntar...?

¿Qué decía la carta? -Julia completó la frase- Le dije a Maximus que estaba embarazada. Tenía la esperanza de que esa noticia le devolviera el deseo de vivir.

Pero, ¿Proximo aceptó la carta?

Sí.

Julia caminó hacia la pequeña mesa que había en la cabina y cruzó los brazos al tiempo que se apoyaba contra ella con la cadera.

Parecía un hombre cambiado, Glaucus. No tan seguro de sí mismo ni tan bravucón. Se daba vuelta todo el tiempo para mirar por encima de su hombro y se veía que algo lo tenía muy nervioso. También su actitud hacia Maximus había cambiado. Era obvio que veía a tu padre bajo otra luz... como a un hombre, no como a un esclavo.

¿Qué ocasionó el cambio?

No estoy segura y he tenido mucho tiempo para pensar en ello. Sospecho que Proximo se involucró -por su voluntad o no- en la intriga política que rodeó a Commodus en aquel momento. Hubo rumores acerca de un complot contra el emperador y se dijo que algunos senadores estaban involucrados. Hasta se habló de que la propia Lucilla también lo estaba. Desafortunadamente, Commodus comenzó a sospechar que algo estaba en marcha... y eso puede haber conducido directamente a la muerte de tu padre en la arena. Hacia el final, Glaucus, Maximus dio su vida por Roma, como lo había prometido en su juramento de soldado. La muerte de Commodus pasó de ser una venganza personal a algo mucho más complejo.

¿ Por qué cree que la Dama Lucilla... y mi padre... pueden haber estado involucrados en el complot contra Commodus?

Porque los pretorianos se apresuraron a deshacerse de ella en cuanto su hermano estuvo muerto. No querían saber nada con su continuo entrometerse en política. Era poderosa... tenía el apoyo de varios senadores. Creo que ella llegó a reclutar la ayuda de Maximus a través de Proximo.

¿Por qué lo cree?

Julia sonrió.

Tenía mis propios espías. No se me permitió acercarme a Maximus pero al parecer Lucilla no sufría las mismas restricciones... ventajas de ser la hermana del emperador. Aparentemente, visitó a Maximus en la escuela gladiatoria al menos dos veces.

Glaucus frunció el ceño pensativamente.

Pero, ¿de qué modo podía haberla ayudado? Era un esclavo... un hombre en cadenas.

Tu padre era un hombre poderoso a pesar de la esclavitud. No olvides que tenía el apoyo de todo el ejército, pero los soldados creían que estaba muerto. Si Maximus hubiera sido liberado, podría haber ido en busca del apoyo de los ejércitos y marchado sobre Roma para tomar el poder por la fuerza -Julia suspiró profundamente, su hermoso rostro lleno de tristeza- No estoy segura pero creo que pudo haber habido un intento de fuga.

Los hombros de Glaucus se pusieron rígidos de sorpresa.

¿Fuga?

Sí. Puede que Lucilla haya organizado algo. Sé que la noche anterior a la última pelea de tu padre hubo un motín en la escuela de gladiadores. Muchos murieron. Tu padre no estaba entre ellos. Luego, apareció al día siguiente malherido y fue forzado a pelear a muerte contra Commodus. No entiendo completamente que pasó durante aquella noche pero algo forzó a Commodus a la confrontación final.

Desearía tanto poder hablar con Lucilla.

Julia negó con la cabeza.

Está muerta, Glaucus.

Sí, lo sé. Es que ella podría haber tenido las respuestas a las preguntas que quedan pendientes. Es terrible que la hija y el nieto de un gran emperador como Marcus Aurelius hayan sido desplazados de ese modo.

Hasta donde sé, su hijo aún vive. Se llama Lucius Verus. Era sólo un niño cuando todo esto ocurrió pero estoy segura de que vive. Es más, creo que Septimius Severus le dio un cargo gubernamental en alguna parte del imperio... probablemente para apoyar su pretensión de ser hijo adoptivo de Marcus Aurelius. Está obligado a tratar bien a Lucius Verus o de lo contrario sería sospechoso.

¿Tiene idea de dónde está? Tal vez recuerde algo de lo que sucedió.

No, pero puedo averiguarlo. Cuando regreses, te tendré la respuesta.

Discúlpeme... ¿puedo pedirle otro favor?

Julia sonrió, su afecto por el joven más que evidente.

Por supuesto que puedes.

Mi amigo de Roma -Marius- se preocupará mucho si no regreso. Si le doy su dirección, ¿podría contactarlo de un modo discreto y decirle dónde he ido? ¿Asegurarle que volveré?

Sí, lo haré. Ahora es tiempo de que desembarque y te deje libre de instalarte. El barco será remolcado hasta aguas más profundas y, si los vientos son favorables, estarás en Alexandria en unas pocas semanas.

Julia alzó una mano para acariciarle la mejilla barbada.

- Ten cuidado, Glaucus.

Poco después, las cuerdas que conectaban al barco mercante a otra embarcación más pequeña impulsada por remeros se tensaron mientras éste era remolcado hacia el mar abierto. Luego, las velas fueron desenrolladas y el curso fijado hacia el sur. Glaucus permaneció en cubierta, viendo cómo el faro de Ostia desaparecía en el horizonte y meditando sobre la nueva y rica dimensión que su vida había alcanzado. Por cierto que ahora sabía que nunca podría conocer a su padre... pero tenía una hermana... una hermana muy briosa... y algo así como una maravillosa y nueva familia en Julia y Apollinarius. Giró de modo de quedar de cara al viento aún tibio pese al otoño y dejó que éste le alborotara los rizos que caían sobre su frente. La vida era una aventura y un nuevo capítulo acababa de comenzar.

Capítulo 45 – El viaje

Muy temprano por la mañana, tres días después de zarpar, Glaucus fue despertado por un alboroto en cubierta. Las palabras de un hombre muy enojado se mezclaban con las voces divertidas de otros... y los chillidos ofendidos de una mujer.

Oh, no -murmuró Glaucus- Oh, no.

Temiendo lo que iba a descubrir, asomó la cabeza fuera de la pequeña tienda en la que dormía y confirmó sus peores temores. Maxima se encontraba en la neblinosa y ondulante cubierta, firmemente sujeta por el capitán que no cesaba de cubrirla de improperios. Un pequeño grupo de divertidos pero apreciativos marineros los rodeaba formando un semicírculo, echando miradas codiciosas a la joven belleza vestida con una sucia túnica y pantalones.

Glaucus salió a gatas de su tienda y se puso de pié con una mueca de dolor, su espalda rígida por dormir sobre la húmeda cubierta del barco. Le echó una mirada asesina a Maxima quien le devolvió otra similar al tiempo que sacudía la cabeza. Era obvio que no se sentía intimidada por ninguno de los hombres presentes.

Está bien, capitán -dijo Glaucus en tono conciliador- Es mi hermana. Me hago responsable de sus acciones.

De una sacudida, Maxima se soltó de las manos del capitán.

Yo me hago cargo de mis propias acciones, ¡muchas gracias, de nada! -dijo hirviendo de furia al tiempo que se frotaba los brazos maltratados.

Estaba en uno de los barriles. Estuvo allí por días -escupió el capitán- No me gusta una mujer abordo. No me gusta nada. Mala suerte. Además, se las arregló para desarreglar y romper buena parte de las ánforas. Hay pedazos de cerámica por toda la sentina.

La mano firme de Glaucus reemplazó a la del capitán y Maxima hizo una mueca de dolor al tiempo que su hermano exclamaba:

Yo me cuidaría de lo que dijera de esta mujer en particular, Aemilius. Es la única hija de la mujer que es dueña de este barco -aflojó la presión que ejercía sobre el brazo de Maxima pero no la soltó- Le aconsejo que la trate con el mayor de los respetos.

Aunque Glaucus nunca apartó sus ojos del capitán, sus palabras iban dirigidas a todos los hombres y claramente tuvieron el impacto deseado. Los marineros bajaron la vista hacia las planchas de la cubierta o la elevaron hacia las velas... cualquier cosa con tal de evitar mirar a la mujer de un modo que pudiera ser considerado dudoso u ofensivo. Habían visto la espada que Glaucus llevaba consigo... y estaban ansiosos por conservar sus trabajos. Lentamente, se fueron desbandando, dirigiéndose cada uno a su puesto.

Glaucus volvió su atención hacia su hermana, quien permanecía quieta a su lado, mirando presuntuosa al capitán que se alejaba. La sacudió por el brazo y siseó:

En nombre de todos los dioses, ¿qué crees que estás haciendo?

Yo diría que es obvio, Glaucus. Voy contigo.

No puedo aceptar la responsabilidad...

Si no escuché mal, acabas de aceptarla -Maxima le sonrió, una elegante ceja arqueada en señal de desafío- Además, puedo cuidar de mí misma.

Oh, ¿de veras? -ahora el que hervía de furia era Glaucus- ¿Qué crees que te hubiera ocurrido si yo no hubiera estado aquí para protegerte?

Suéltame.

Contéstame.

Maxima suspiró y respondió en el tono que se usa para hablarle a un niño confundido.

Si tu no estuvieras aquí, hermano, yo tampoco estaría, ¿se entiende?

Maxima alisó su sucia túnica con la mano que tenía libre.

Lo cierto es que estoy feliz de haber sido descubierta. Los olores del barril me estaban dando dolor de cabeza. Y estaba frío y apretado. Será mucho más lindo viajar aquí, en cubierta, contigo.

No puedes quedarte.

Maxima miró el mar, luego a su hermano.

¿Dónde propones que vaya? ¿Hmmmm?

Glaucus la soltó enojado. Sabía que estaba en gran desventaja. De hecho, ¿a dónde podía ir?

Tu madre debe estar enferma de preocupación...

Probablemente, pero lo superará. Le dejé una carta a Apollinarius explicándole que me iba contigo y que cuidarías de mí.

Glaucus se llevó las manos a la cabeza.

¡Creerán que te ayudé a escapar! ¡Julia me odiará!

Oh, no te preocupes. Le dije que no sabías nada sobre mis planes. En mi carta puse bien en claro que me iba de casa por mi propia decisión.

Maxima levantó la vista hacia las velas restallantes que se erguían sobre su cabeza.

Esto es tan maravilloso. Toda mi vida he visto estos barcos desde mi terraza y deseé estar a bordo de uno... navegando hacia algún lugar. Hacia cualquier lugar. Y ahora estoy aquí.

Soltó una risa tan llena de alegría que finalmente una suave sonrisa se dibujó en el rostro de su hermano.

Estoy tan feliz, Glaucus. Nunca soñé que podría sentirme tan feliz -aferró los hombros del joven- Tú lo hiciste posible.

Con su mano, Glaucus echó hacia atrás las grandes ondas negras que se arremolinaban en torno al rostro de la joven con salvaje abandono.

Nos hemos dado gran felicidad el uno al otro. Pero, Maxima, éste va a ser un viaje muy difícil... y posiblemente peligroso. Si el emperador me alcanza de algún modo, descubrirá tu presencia. Temo por tu seguridad.

Maximus también era mi padre. Si tú estás en peligro, yo también lo estoy. Quiero compartir esto contigo. Quiero saberlo todo sobre él... y sobre ti. Tenemos mucho de qué hablar, hermano, y ésta es una maravillosa oportunidad de hacerlo, ¿no te parece?

Glaucus miró el barco de proa a popa.

Me temo que aquí no hay mucho espacio para la privacidad.

Ella miró la tienda.

Glaucus suspiró y asintió resignado con su cabeza.

Dormiré en cubierta con los marineros.

Gracias. Eres tan dulce -dijo la joven con zalamería.

El inclinó la cabeza y la estudió.

¿Cómo pensabas vivir en un barril durante tres semanas?

La mayor parte del tiempo no estaba en el barril. Los marineros estaban muy ocupados y no se acercaban a la carga. Traje conmigo comida y agua... suficiente para dos semanas si comía muy poco -echó una mirada a su túnica sucia- Lo que lamento es no haber podido bañarme en tres días.

Podrás bañarte cuando anclemos en Creta para cargar suministros. Desde allí, navegaremos directamente hacia Alexandria.

Maxima cerró los ojos y sonrió soñadoramente.

Alexandria... oh, Alexandria, Glaucus. Alejandro Magno... Cleopatra... las pirámides. Siempre quise ver Alexandria.

¿Siempre quisiste cabalgar en camello?

¿Camello?

Sí, por el desierto y hasta Petra. Esta no es una excursión turística.

Lo tengo claro. Pero puedo mirar las cosas que encuentre por el camino, ¿verdad? -dijo Maxima al tiempo que le regalaba una sonrisa capaz de derretir al corazón más duro.

El resto del viaje transcurrió sin problemas y el clima no pudo ser mejor. Por las noches, Maxima ocupaba la tienda y Glaucus dormía en cubierta envuelto en una lona. No era muy cómodo pero tenía que admitir que estaba disfrutando la compañía de su hermana mucho más de lo que había imaginado. Era inteligente, voluntariosa y llena de ingenio y había sido educada mejor que él. Lejos de ser frívola, demostró ser una gran pensadora y una persona reflexiva. Pronto descubrió que su personalidad aparentemente espinosa estaba subordinada a un muy buen carácter y pronto se encontraron compartiendo historias de sus respectivas infancias, miedos secretos y deseos y sueños para el futuro.

Para el momento en que vieron por primera vez la luz del Gran Faro de Alexandria, parecía que se habían conocido durante años.

Alexandria

La ciudad de Alexandria, en la tierra de Pharos, estaba dominada por el Gran Puerto Circular y el faro más alto de todo el imperio -más de cien metros de elevación- el cual era visible millas mar adentro, su llama magnificada por un gran espejo pulido. La ciudad en sí misma envolvía la costa, cubriendo la estrecha lengua de tierra que se extendía entre el mar y el Lago Mareotis, así como la Isla de Pharos. Brillaba bajo el sol con sus palacios coloridos, sus templos, sus teatros, bibliotecas, monumentos y edificios públicos. A cada lado de la ciudad había playas de blanca arena refulgente y pantanos situados entre al línea costera y las elegantes palmeras movidas por suaves y tibias brisas. Aquella ciudad era sorprendente, un importante centro cultural, intelectual, científico y espiritual del imperio.

El asentamiento original había sido la villa de Rhakotis, la cual fue reconstruida por orden de Alejandro Magno por el arquitecto griego Dinocrates de Rodas. Las calles habían sido trazadas formando una grilla de bloques rectangulares e idénticos. La calle principal -Via Canopica- corría de Este a Oeste y conectaba la Puerta de la Luna en la muralla Oeste con la Puerta del Sol en la muralla Este. La Via Soma corría perpendicular a la Via Canopica y unía el Gran Puerto con el Puerto del Lago. Un canal que se abría en el extremo Oeste del Gran Puerto permitía a los barcos navegar hacia el Lago Mareotis. En el extremo Este del Gran Puerto, otro canal conectaba con un tercero que conducía hacia el gran río Nilo. Un plan simple... y tan increíble belleza.

Alejandro Magno había muerto sin dejar herederos y de la guerra sucesoria entre sus generales, Ptolomeo había emergido como amo de Egipto, eligiendo Alexandria como su capital y estableciendo una dinastía que había reinado durante más de trescientos años. Sin embargo, hacia el final de dicha dinastía, las intrigas familiares habían permitido que la influencia romana alcanzara a esta ciudad de la que el imperio dependía y mucho para obtener sus suministros de trigo. La última representante de la familia de los Ptolomeos, la reina Cleopatra, había tratado por todos modos de salvar su trono y su ciudad, primero teniendo un hijo con Julius Caesar y luego embarcándose en un romance condenado de antemano con Marcus Antonius que terminó con la reina perdiendo la decisiva Batalla de Actium en el Mar Adriático. Tras la muerte de Cleopatra, la ciudad cayó bajo el dominio del imperio romano que ahora controlaba las riquezas agrícolas del Nilo.

Maxima le contó todo esto a Glaucus mientras caminaban por las calles de la ciudad tomados del brazo, disfrutando de las vistas como cualquier otro turista romano. Se habían alojado en una posada, bañado y cambiado de ropas y ahora Maxima quería verlo todo. Aunque sabía mucho de la historia de la ciudad, Glaucus quedó sorprendido por el nivel de sus conocimientos y tuvo que admitir que Apollinarius la había enseñado bien. Aquella joven hermosa, educada y voluntariosa que disfrutaba de cada cosa que veía era una compañía maravillosa.

Maxima miró a su hermano de reojo.

Los egipcios se podían casar entre hermanos. ¿Lo sabías? El rey Ptolomeo II -- al que llamaban el rey Philadelphus-- se casó con su hermana Arsinoe. Ptolomeo III -- Euergetes -- se casó con su prima, Berenice. Esto no les gustó mucho que digamos a los griegos.

Suena decididamente incestuoso.

Lo es de acuerdo a nuestros tiempos pero era el modo de conservar el poder dentro de la familia.

Maxima giró la cabeza en ambas direcciones.

Mira a toda esta gente, Glaucus. Son todos tan diferentes... tantos colores de piel. ¿De dónde vendrán?

Imagino que de todos los rincones del imperio y también de Oriente. Se parece un poco a Roma. Hay gente de todo el mundo.

Cuando estuve en Roma, mamá tuvo mucho cuidado de no dejarme ver gran cosa de la ciudad. Nunca pude entender porqué pero creo que ahora puedo entenderlo. Estaba preocupada por mi seguridad... temerosa de que el emperador supiera de mí. Es tan maravilloso estar en un lugar que queda tan lejos de Roma y de Ostia.

La joven dio saltitos sobre las piedras del pavimento, mirando al mundo como un niño que sale a él por primera vez.

Podemos quedarnos un par de días, ¿verdad que sí? -preguntó.

Por supuesto -accedió Glaucus. Había esperado tanto para encontrar a Marcianus que, ¿qué diferencia podía hacer uno o dos días más?

De modo que, comportándose como turistas, se unieron a un grupo de romanos que se dirigían hacia la Isla de Pharos.

En realidad, Pharos ya no era una isla porque había sido unida con la tierra firme mediante un malecón y caminar hasta ella era fácil. La estructura que allí se alzaba no se parecía a ninguna otra en el imperio... la base era cuadrada; a dos tercios de su altura total, cambiaba por octogonal; más arriba, volvía a cambiar por circular. En la cúspide, por encima de la llama, se encontraba la estatua de Zeus Soter, que giraba, siguiendo al Sol. La enorme base del faro estaba rodeada por una columnata de mármol y a un lado se hallaba el hermoso templo de Isis Pharia.

En la isla el clima era fresco gracias a los primeros vientos de invierno que la barrían arrojando sobre ella una lluvia de espuma salada. La navegación había concluido por la temporada y el faro se alzaba ahora como un solitario centinela sobre aquella vacía extensión color aguamarina mientras los barcos permanecían amarrados a salvo en el puerto. Más allá de éste y directamente frente a la Isla de Pharos, se alzaba el magnífico y dilapidado palacio real, con sus sorprendentes edificios de columnas blancas y profusión de flores.

Debido a que durante los cortos meses de invierno tenía menos trabajo, el amo del faro recibió a los visitantes personalmente. Su trabajo principal, claro, era ocuparse de que el fuego ardiera permanentemente y les mostró la enorme montaña de combustible que ocupara toda la base del faro.

Madera, bosta, papiro, carbón... cualquier cosa que arda -explicó- Aquí es donde guardamos el combustible que luego es izado por medio de esas canastas.

El amo del faro señaló unas cuerdas que parecían desaparecer en el cielo.

Sintiéndose aventureros, los jóvenes se dirigieron hacia las escaleras que giraban y giraban en torno de la estructura. Maxima miró a Glaucus con un brillo travieso en sus ojos.

¿Carrera? -lo desafió.

Cuando su hermana pareció decidida a lanzarse hacia arriba, Glaucus la aferró de la mano y la retuvo.

No, gracias. Es un largo camino y prefiero andar.

Tienes miedo de que te gane -lo provocó ella. Pero fue Glaucus el que tuvo que tomarla en sus brazos y ayudarla a subir el último tramo de las escaleras cuando Maxima se quejó de que no podía más. Se dejó caer en el último escalón, jadeando y frotándose las piernas doloridas. Cuando finalmente recuperó el dominio de sus pies, se encontró frente a una enorme, rugiente llama que parecía succionar el aire del cielo. Maxima aferró su cabello revoloteante, lo recogió en un rodete y se lo cubrió con los pliegues de su stolla, temerosa de que se prendiera fuego.

Un esclavo cubierto de cuero mojado atendía el fuego y hacía girar el espejo-escudo de bronce pulido. Sólo entonces Maxima se dio cuenta de que el amo del faro también estaba cubierto de cuero y llevaba un casco del mismo material. Ensordecida por el ruido, se cubrió los oídos y se reunió con Glaucus en la baranda para admirar la ciudad que se encontraba lejos, muy lejos, allá abajo. Desde allí, los barcos anclados en el puerto parecían de juguete, como los que de niña hiciera navegar en la laguna de la villa. Desde lo alto, la forma circular del puerto era claramente visible, así como el Lago Mareotis y los canales que atravesaban la ciudad.

Glaucus puso las manos en torno a su boca y gritó en su oído al tiempo que indicaba en esa dirección:

Mira los botes en el lago. Son el modo más rápido de llegar al Nilo. De allí en adelante, seguimos en camello.

Maxima asintió con la cabeza, temiendo que otro tipo de respuesta fuera inaudible por encima del rugido del fuego.

¡Está haciendo demasiado calor! -gritó Glaucus y Maxima volvió a asentir. El joven tomó a su hermana de la mano y desandaron el largo camino hacia abajo. Cuando llegaron a tierra, Maxima se desplomó en un banco de la columnata y pidió un momento para descansar.

¡No soy una atleta como tú! -dijo- Apuesto a que puedes correr arriba y debajo de esas escaleras una docena de veces.

Lo dudo, pero admito que no estoy cansado. Como te dije, practiqué muchos deportes mientras crecía y esas escaleras no me cansaron.

Dudo que esas escaleras hubieran cansado a Maximus –dijo Maxima mientras se acostaba de espaldas sobre el banco de mármol.

Un hombre sentado en un banco vecino ubicado en las sombras levantó la cabeza ante la mención de aquel nombre familiar.

Probablemente. Te imaginas todo lo que debió caminar como soldado... por todo el imperio.

¿Crees que estuvo aquí alguna vez?

No, pero quién sabe. Creo que Maximus pasó la mayor parte de su vida estacionado en el Norte. Probablemente nunca viajó más lejos de Roma.

El hombre ubicado en la sombra miró a la joven pareja bajo sus cejas fruncidas, una expresión intrigada en su rostro oscuro.

Es una vergüenza... murió tan joven. ¿Qué edad tendría ahora si viviera?

Unos cincuenta y cinco años. Bastante viejo.

No tan viejo. Apollinarius es diez años mayor.

Supongo que tienes razón, pero no puedo imaginar a Maximus de otro modo que como un joven general.

Ahora, el hombre se enderezó y empezó a levantarse antes de recuperar el control y volver a sentarse en el banco. Se enorgullecía de su buena memoria y su atención a los detalles de modo que probablemente era el único pretoriano estacionado en Alexandria que aún recordaba una carta del emperador arribada meses atrás alertando a los guardias de todo el imperio para que estuvieran atentos a la posible aparición del hijo de Maximus Decimus Meridius y ordenando que reportaran a Roma cualquier sospecha sobre su presencia. Los soldados habían bostezado al leer el reporte (¿por qué iban a esperar que el hombre apareciera en Egipto?) pero él había almacenado la información en su cabeza. Mientras sus ojos estudiaban al joven en el banco cercano, revisó mentalmente la descripción: menos de veinticinco años, cabello castaño y largo, alto, bien formado. Español. Aquel era el detalle clave. El hombre tenía un evidente acento español. No recordaba haber escuchado sobre la mujer pero se le podía haber unido en cualquier parte. Esperaría hasta que la pareja se fuera y luego iría al capitán de los pretorianos en Alexandria y presentaría su informe.

Maxima rodó sobre sí misma para acostarse boca abajo y apoyó el mentón en sus manos.

¿Sabes cómo lo imagino yo?

Glaucus negó con la cabeza.

Como a un padre.

Su hermano ladeó la cabeza y le sonrió dulcemente al tiempo que asentía.

Como un padre. Ven... hay mucho más por ver y todavía es temprano

La tumba de Alejandro Magno se encontraba en la intersección de la Via Soma y la Via Canopica. Era un lugar sagrado y los visitantes descendían reverentemente hacia la oscura cavidad rodeada de lámpara chisporroteantes. En el centro se encontraba el cuerpo momificado de Alejandro vistiendo su armadura y protegido por un grueso domo de cristal

Maxima lo contempló muy pálida y con los ojos muy abiertos. Suavemente, Glaucus le tomó la mano y ella la apretó agradecida. Al cabo de unos pocos momentos, sintió temblar a su hermana y salieron de la tumba

Maxima permaneció muy callada mientras avanzaban por las hermosas y amplias columnatas de la Via Soma.

¿En qué piensas? -preguntó Glaucus quedamente.

Maximus.

La joven se detuvo y miró a su hermano.

No sabemos qué pasó con su cuerpo, ¿verdad?

Glaucus negó con la cabeza.

No... pero nada como eso.

¿Cómo lo sabes? Cosas terribles pueden haber ocurrido con su cuerpo. No lo sabemos.

No, no lo sabemos. Es una de las muchas cosas que aún tenemos que averiguar.

Es horrible... exhibir el cuerpo de Alejandro Magno de ese modo. Horrible. Era tan joven y hermoso cuando murió y mira lo que hicieron de él.

Buscando aliviar la angustia de su hermana, Glaucus dijo:

La biblioteca queda cerca. ¿Quieres ir?

La joven se recuperó de inmediato.

No es la biblioteca original, ¿sabes? Aquella se quemó y la pérdida de libros fue irreparable. Los libros de la actual biblioteca fueron un regalo que Cleopatra recibió de su amante, Marcus Antonius, luego de que éste saqueara la biblioteca de Pergamun en Grecia. Verás, estaba tan afectada por la pérdida de su biblioteca...

Glaucus disimuló una sonrisa. Su hermana estaba otra vez feliz y, fiel a Apollinarius, desplegaba su conocimiento de la historia.

Por la noche, compartieron una cena tranquila y se retiraron a dormir en sus respectivas habitaciones. Glaucus estaba ansioso por iniciar temprano su viaje hacia Petra.

 

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