La Historia de Glaucus

Capítulo 46 – El Nilo

Muy temprano por la mañana, Glaucus y Maxima se encontraban en los muelles del Lago Mareotis en medio del bullicio de los pescadores que traían su producto del Nilo, cuyo brazo que llegaba más lejos en dirección al Oeste se encontraba a sólo veinte millas. Los muelles estaban abarrotados de dátiles, papiro, maderas preciosas y especias, así como de vino proveniente de los viñedos del Delta.

Las barcas que navegaban los canales eran muy pequeñas -apenas lo suficientemente largas como para dormir en ellas- y cubrían el trayecto hasta Memphis en dos días. Zarpaban del lago rumbo al Este a la hora en que el sol se levantaba sobre los picudos matorrales de papiro y los pajonales que bordeaban la costa, ya que era el momento en que los vientos soplaban a favor. La brisa mañanera barría la superficie del agua e hinchaba sus velas impulsándolos directamente hacia Ra. Era pasada la media tarde cuando alcanzaron el lado opuesto del lago, donde éste se unía al brazo conocido como Nilo Canópico. El barquero echó ancla entre los juncos protectores y las enormes hojas en forma de taza de las plantas acuáticas y durmieron pacíficamente, acunados por el dulce movimiento del bote y los chirriantes grillos escondidos en el pajonal.

Zarparon a la mañana siguiente, mientras la niebla aún se extendía sobre los pantanos y pronto se encontraron en el angosto Nilo Canópico. Palmeras datileras y viñedos salpicaban los campos que rodeaban al río y la tierra se veía húmeda y verde, algo sorprendente cuando se pensaba en Egipto. El río reflejaba el tono verde de los campos circundantes.

Maxima se reclinó hacia atrás y hundió los dedos en el agua mientras contemplaba las casas construidas con ladrillos de barro y los cientos de canales de irrigación que llevaban el agua hacia los campos. Apollinarius le había contado todo aquello, claro, pero era tan diferente verlo en persona. Se sentía a un mundo de distancia de él y de Ostia... y de su madre. Contempló la ancha espalda de su hermano, quien se encontraba sentado frente a ella, también él mirando hacia la costa y sintió una enorme sensación de paz. Estaba donde debía estar, de ello no había duda alguna en su mente. No había cometido un error al acompañar a Glaucus. Era todo lo que ella había esperado... todo lo que soñaba que su padre había sido.

Sintiendo su mirada fija sobre él, Glaucus se dio vuelta a mirarla y le sonrió.

Impresionante, ¿no es cierto?

Por cierto que sí.

Me alegra que estés aquí para compartirlo conmigo.

Maxima se sorprendió de cuán rápidamente las lágrimas acudieron a sus ojos y bajó la mirada.

Gracias, hermano.

Ten cuidado con los dedos.

¿Por qué?

Cocodrilos.

Presa del pánico, la joven se paró de un salto, meciendo el bote de un modo alarmante.

¿Dónde? ¿Dónde?

Cerró los puños apretando la stola contra su pecho. Glaucus se echó a reír y señaló un punto cerca de la costa.

Mira entre las cañas. Esas formas largas y marrones.

El hipopótamo es peor -agregó el barquero- Se quedan quietos, completamente sumergidos salvo por los ojos, luego se levantan de golpe y vuelcan el bote. Por favor, siéntese, Mi Señora. No lo haga más peligroso de lo que ya es.

Maxima volvió a sentarse y se aferró con las manos a ambos lados del bote. Luego, decidiendo que sus dedos estaban aún demasiado cerca del agua, se soltó y los cruzó sobre su falda. Se inclinó hacia delante y siseó en el oído de su hermano:

¿Sabes nadar?

Sí. ¿Y tú?

No muy bien. ¡Está atento a los hipopótamos!

Glaucus se echó a reír y le palmeó la rodilla afectuosamente. Ya no podía imaginar su vida sin aquella notable jovencita.

Aquella noche, volvieron a anclar cerca de la costa pero visiones de hipopótamos y cocodrilos impidieron que Maxima durmiera profundamente. Los suaves ronquidos de su hermano le dijeron que Glaucus no tenía ese problema.

Se levantaron con el sol e izaron las velas. Unas pocas horas después, su bote se deslizó por una larga curva del río y el Nilo repentinamente se ensanchó al tiempo que sus siete brazos convergían en uno solo.

Maxima estaba intrigada.

Glaucus, ¿no nos hemos pasado de largo? Creo que nos perdimos el brazo Pelúsico que es que nos llevará más lejos hacia el Este.

Sí, lo sé.

¿Lo sabes? Pero tendremos que desandar camino.

Sí, pero el barquero me aseguró que valdría la pena -Glaucus sonrió- Mantén los ojos fijos a la derecha.

Pronto, el verde infinito de los campos del Delta se angostó hasta no ser más que una cinta a ambos lados del río. Justo detrás de ella, como si alguien hubiera trazado una raya, comenzaba el desierto, plano y dorado. Repentinamente, tres puntas picudas aparecieron en el horizonte, brillando en el sol de la mañana. Maxima soltó una exclamación y volvió a ponerse de pié, los hipopótamos completamente olvidados. Lentamente, las pirámides comenzaron a hacerse más y más grandes a medida de que se acercaban, alzándose en dirección al cielo hasta que parecieron desaparecer en el azul infinito. La hija de Maximus podía apartar sus ojos de ellas mientras el bote atracaba y Glaucus alquilaba dos burros para que los transportaran las tres millas que mediaban hasta los famosos monumentos. Apenas podía contener su excitación y urgía su montura y le palmeaba el anca. El burro no demostró el menor interés. Definitivamente, no iba a apurarse por nadie.

Bajo el ardiente calor del sol, se abrieron camino lentamente a través de la arena dorada y hacia las tres pilas de roca triangular que eran exactamente del mismo color. Maxima se echó la stola sobre su cabeza para protegerse de los rayos del sol y Glaucus se enjugó la frente. No había sombra alguna en ninguna parte y ambos sabían que era sólo una muestra de lo que los esperaba en la siguiente etapa de su viaje.

Cuando finalmente llegaron a la base de una de las pirámides y miraron hacia arriba, les pareció tan grande como una montaña, sólida, formidable, impenetrable. La piedra pulida brillaba reflejando la luz del sol como un espejo ambarino. No había marcas en la piedra, ningún ornamento... sólo roca plana, sólida.

De repente, la cabeza de Maxima comenzó a dar vueltas y ella se echó sombra sobre los ojos buscando un lugar más fresco. Pero el sol estaba directamente sobre su cabeza y los enormes monumentos no daban sombra alguna. Sintiendo que estaba por desmayarse, Maxima buscó a su hermano. Sólo pudo ver figuras ondulantes, indistinguibles reverberando en un océano de calor.

Glaucus... -empezó a decir al tiempo que le fallaron las rodillas.

La atrapó en sus brazos justo antes de que cayera y la cubrió con el parasol que había ido a comprar a uno de los mercaderes que se encontraban en las inmediaciones. Le llevó una jarra de agua a los labios y ella bebió ansiosamente, pese a que estaba tibia. Cuando hubo bebido lo suficiente, Glaucus derramó el resto del contenido sobre su rostro y su cuello.

Tal vez no fue tan buena idea -murmuró- Hace demasiado calor.

Le apantalló la cara y el cuello con su mano y el color empezó a volver a sus mejillas. Al cabo de un rato, la alzó para montarla otra vez en su burro y se dirigieron a la escasa franja de sombra bajo el mentón de la gran Esfinge. Allí, extendieron una manta entre sus patas de león, directamente bajo la barba. Maxima se recostó con los ojos cerrados y Glaucus la estudió preocupado.

Este es un lugar de muerte -observó- Nada puede vivir aquí.

Sí, es un lugar de muerte -dijo Maxima al tiempo que sus ojos se abrían y procedía a narrar detalladamente la historia de las pirámides

Glaucus sonrió y supo que su hermana estaría bien. Cuando el sol comenzó a bajar, arrojando largas, agudas sombras, emprendieron el regreso hacia el bote para el corto viaje hasta el brazo del Nilo que los llevaría más hacia el Este, hacia el temible desierto.

Capítulo 47 - El desierto

Vestidos cual beduinos, mostrando apenas una escasa pulgada de piel, Glaucus y Maxima estaban sentados sobre el lomo de sus camellos, con suficientes provisiones como para que les alcanzaran durante el largo, arduo viaje hacia Petra atadas a sus sillas. Se surtirían de agua fresca en las cisternas que encontrarían a lo largo del camino por el desierto. Desconfiando al principio de las larguiruchas, malhumoradas bestias, Maxima había trepado resueltamente a una de ellas y se había aferrado a la silla mientras su desgarbado camello se paraba. El primer día de marcha le dio el nombre de Brutus y se bamboleó alegremente sobre su giba. Maxima se entendía con su camello mucho mejor que Glaucus, quien maldecía sin parar a su maloliente, voluminosa montura cuyo andar era una tortura para las articulaciones y hablaba sin cesar de lo mucho que extrañaba a Ultor.

Su taciturno guía era un nabateo, un miembro del pueblo árabe que había establecido su capital en Petra y reclamara las tierras desiertas a su alrededor. Los nabateos se hicieron ricos y poderosos al controlar el tráfico comercial entre el imperio y Oriente antes de ser conquistados y dejados de lado por los romanos, bajo el reino de Trajano, en el año 106. Su tierra había sido reducida a la condición de una pequeña provincia y el tráfico comercial derivado de Petra hacia su antigua rival, Palmyra, ubicada en el Norte.

El viaje de cuatro semanas los llevaría hacia el sudeste por la vieja ruta de las caravanas, a través de desolado territorio de piedra y arena, de un ojo de agua a otro, hasta que alcanzaran las rojas montañas de piedra caliza que creaban una barrera que corría de Norte a Sur, atravesada por el valle que acomodaba a la ciudad de Petra.

Muy pronto excitación de los primeros días cedió lugar al tedio a medida de que el paisaje se volvía monótono y la cresta de cada duna sólo revelaba más y más dunas hasta donde el ojo alcanzaba a ver. Al cabo de una semana, el tedio dio lugar al más intenso aburrimiento.

La charla feliz de Maxima acerca de la historia de aquella ruta comercial y las maravillosas mercancías -sedas y especias- que viajaban por ella hacia Roma se redujo a un ocasional comentario acerca del paisaje o la escasa vida salvaje.

Glaucus intentó varias veces involucrar a su guía en una conversación pero no logró nada más que descubrir su nombre, Hamoudi. El hombre parecía totalmente desinteresado en todo tipo de comunicación y simplemente se encogía de hombros ante las preguntas que Glaucus le formulaba.

Desalentado, Glaucus se alineó detrás de Maxima, quien marchaba inmediatamente después de Hamoudi y escuchó los vientos ululantes y el plop-plop de las enormes pezuñas de los camellos al andar por la arena que ondulaba como si se hubiera tratado de olas. Hasta Maxima cayó en el más absoluto silencio hacia el final de la segunda semana, una figura embozada, envuelta en lino de pies a cabeza en un intento por mantener sus ojos, nariz, orejas y boca libres de la arena roja que volaba sin pausa. Era una batalla inútil. Cada aliento que tomaban estaba saturado de finos granos y sus dientes chirriaban al morder arena en cada bocado que comían. Por más que escupieran y tragaran, no había modo de aliviar la incomodidad de estar contantemente tosiendo y comiendo arena. Los granos eran tan finos que se filtraban a través del tejido y se adherían a sus cuerpos transpirados, creando una constante aspereza y picazón.
Al cabo de dos semanas, sus pieles estaban resecas y sus labios agrietados a causa de los constantes vientos secos y calientes. Glaucus le tenía que recordar todo el tiempo a su hermana que debía beber agua para evitar la peligrosa deshidratación.

Era tristemente cómico verla llevarse la cantimplora a los labios sin exponer una pulgada de su piel para luego volver a retraerse sin pronunciar palabra dentro del amorfo montón de tela. Glaucus no necesitaba preguntar cómo se sentía: su postura hablaba por sí sola.

A Glaucus le dolía la cabeza continuamente a causa del esfuerzo que hacía al entrecerrar los ojos para mantenerlos libres de arena y la expuesta piel de su rostro estaba lacerada por el azote de los granos barridos por el viento, los que pinchaban como miles de pequeñas abejas. Le dolía el cuello por dar vuelta la cabeza constantemente para vigilar que no hubiera intrusos, su mano siempre sobre la empuñadura de su espada, que mantenía escondida, en caso de que ladrones descendieran sobre ellos desde los riscos que se alineaban a lo largo del camino.

Por las noches, acampaban cerca de las rocas, bajo estructuras de madera, negras pieles de cabra y estrellas brillantes. Por las noches, el problema no era el calor... sino el frío. Cuando el sol bajaba, también lo hacía la temperatura y cada uno de los viajeros temblaba en su pequeña tienda bajo una pila de mantas, las rodillas contra el pecho, a medida de que el sudor diario se transformaba en helada humedad. Durante las gélidas noches, cuando todo lo que podía oírse era el ulular de los vientos y el agitarse de las pieles que recubrían las tiendas, había tiempo de sobra para pensar. Eran también un momento de soledad y Glaucus ansiaba escuchar la animosa charla de su hermana. Ella estaba en la tienda que se encontraba inmediatamente junto a la suya pero bien podría haber estado en el otro extremo del mundo. Extrañaba la fácil camaradería que habían desarrollado a bordo del barco y que había continuado durante la visita a Alexandria.

Cada mañana se levantaban temprano, escarbaban la arena que invariablemente había cubierto a medias su refugio y viajaban tanto como podían en las horas de frío, antes de que el sol calentara el aire y la arena como si hubiera sido una caldera. Durante las tres primeras semanas sólo se cruzaron con cuatro caravanas compuestas por camellos y carros tirados por bueyes que viajaban en dirección opuesta pero sólo se intercambiaron unas pocas palabras y en un idioma que Glaucus no pudo reconocer.

Hacia el final de la cuarta semana, un preocupado Glaucus se acercó a Maxima cuando se detuvieron por agua en una cisterna. Cuando ella lo miró entre sus envoltorios, se quedó atónito al ver las sombras púrpura bajo sus ojos opacos. Se la veía positivamente exhausta.

¿Te encuentras bien? -fue cuanto acertó a decir. Ella lo miró con una alarmante indiferencia y sin decir palabra aceptó el agua que le tendía. Muy asustado por su falta de respuesta, Glaucus la aferró por los brazos y volvió a sorprenderse al notar cuánto había adelgazado.

Se dirigió hacia el guía.

¿Cuánto falta para llegar a Petra? -demandó. El hombre simplemente se encogió de hombros y empezó a apartarse, llevándose la taza de agua a los labios. Glaucus lo aferró del brazo, haciendo que parte del precioso líquido se derramara sobre su brazo.

No. No es suficiente. Puse mi total confianza en ti pero ahora estamos agotados, hambrientos y sucios y quiero respuestas. Estoy preocupado por la salud de mi hermana. ¿Cuánto falta?

El hombrecito de arrugado rostro marrón, escupió arena y dijo:

Al otro lado de la colina.

Y giró en redondo dejando a Glaucus que se preguntara de qué colina se trataba.

A regañadientes, ayudó a Maxima a montar su camello una vez más y trepó al suyo maldiciendo crudamente y en voz baja a la bestia. Estaba empezando a sentirse muy incómodo respecto de aquel viaje. Debía haberse asegurado que Marcianus estaba en Petra antes de partir. Debía haber insistido en que Maxima lo esperara en Alexandria o aún más, haberla enviado de regreso a Ostia a bordo del barco de su madre. Debería haber contratado a un guía más amable. Debería haber...

El guía levantó su mano y el pequeño convoy se detuvo.

Petra -señaló.

Glaucus miró a la distancia. No pudo ver nada más que colinas rocosas, farallones rosados y arena dorado-rojiza ardiendo bajo el cielo azul.

¿Dónde? -preguntó.

El guía murmuró algunas palabras ininteligibles. Luego dijo:

Allí - y señaló un distante risco color rojo.

Una vez más, Glaucus escrutó las colinas en busca de algún signo de civilización. No había nada. No había gente. No había construcciones.

Alentada por las palabras del guía, Maxima levantó la cabeza y apartó los pliegues de lino de su cara. Miró la línea del horizonte con ojos esperanzados, luego volvió a dejarla caer y se cubrió nuevamente la cara.

Maxima, estoy seguro de que estamos cerca.

Glaucus esperó sonar más alentador de lo que realmente se sentía. No obtuvo respuesta.

Mientras continuaban por el camino arenoso, mantuvo la vista fija en el risco distante, esperando que la forma familiar de columnas y techos aparecieran frente a las paredes de roca. Pero, a medida de que se acercaban a la montaña de piedra caliza se hizo evidente que no había ciudad o valle alguno. Su mano se apretó sobre la empuñadura de su espada mientras miraba fijamente el cuello de su guía. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Era una trampa o una emboscada? ¿Acaso Hamoudi trabajaba para los pretorianos? ¿Para el emperador?

Para gran sorpresa de Glaucus, el guía se detuvo a la sombra de un farallón de piedra roja y desmontó.

De aquí en más, caminamos -dijo- Necesitamos guiar los camellos a lo largo del wadi.

Cuando la mirada de Glaucus le dijo que éste no entendía de qué le estaba hablando, explicó.

Llamamos wadi a los cursos pedregosos de los ríos... ríos que sólo corren en la estación de las lluvias... ahora están secos. Es el modo más rápido de llegar a Siq.

¿Qué es "Siq"? -preguntó Maxima con voz rasposa, sus primeras palabras en varios días. Glaucus suspiró de alivio. A pesar de su garganta reseca, su hermana estaba alerta.

El pasaje a Petra. Debemos acercarnos a la ciudad desde el Este, no el Oeste.

Glaucus fingió revisar que sus alforjas estuvieran bien seguras y murmuró a su hermana:

¿Crees que está diciendo la verdad?

¿Hay alguna razón para que no lo haga? -croó ella.

No sé -dijo Glaucus mientras le pasaba la cantimplora- Empiezo a tener un mal presentimiento acerca de esto.

Vio cómo la garganta de su hermana se contraía con el paso del agua.

Calor -dijo ella y se limpió la boca con el dorso de su mano- Ansío agua fresca. Ahora comprendo cómo di por sentadas las comodidades de la villa. Nunca me imaginé que había gente que vivía en condiciones tan duras.

Dicho esto, frunció el ceño y consideró lo que él le había dicho

¿Por qué te sientes inquieto? Simplemente aún no llegamos.

Tienes razón... probablemente no es nada. Sólo estoy cansado.

Le acarició la mejilla con sus dedos ásperos.

Lamento si te preocupé.

Se hizo sombra sobre los ojos y miró el inicio del inclinado, rocoso paso que giraba y desaparecía detrás de una roca.

¿Por qué no montas? El camino se ve peligroso, lleno de rocas sueltas. Te podrías torcer un tobillo fácilmente. Guiaré a Brutus y ataré mi camello la parte de atrás de su montura.

Maxima vaciló y miró el sendero pensativamente. Luego asintió con la cabeza y suspiró al contemplar la silla que había sido su asiento durante las últimas cuatro semanas.

Estoy tan rígida, dolorida, sucia y sedienta que unos pocos días más no harán diferencia.

Glaucus sostuvo la montura de Brutus mientras ella trepaba pero no necesitaba haberse molestado. Los párpados del camello descendieron lánguidamente, sus enormes ojos marrones oscurecidos por largas, gruesas pestañas. El joven español comprendió que tendría problemas para hacer que el obstinado animal volviera a moverse. Al tiempo que tironeaba de la brida, le dijo alentadoramente a su hermana:

En las montañas estará más fresco y habrá menos arena.

El camello protestó ruidosamente y Hamoudi se acercó para ver qué pasaba. Sin decir palabra, tomó las riendas y tiró de ellas, haciendo que el camello se pusiera de pie. Luego de lanzarle a Glaucus una mirada sardónica, tomó la brida de su propio camello y lo encaminó hacia el angosto paso. Glaucus lo siguió conduciendo el camello de Maxima, con la mano en el puño de su espada, sus ojos revisando constantemente los farallones que se elevaban a los lados del sendero.

El esperado alivio no llegó y luego de una hora de ascenso Glaucus estaba bañado en sudor. El angosto pasaje estaba encerrado entre elevados muros de piedra que evitaban el paso del aire y cocinaban lentamente a los viajeros. Se detuvo y se apoyó contra una pared de piedra, secándose la cara con la manga. Luego, se paró primero sobre un pie y luego sobre el otro mientras limpiaba sus sandalias de las piedras que habían entrado en ellas, considerando seriamente la posibilidad de buscar las botas que había guardado en sus alforjas. Mientras lo hacía, se frotó la piel maltratada y lastimada por el constante abuso.

Hamoudi siguió andando sin detenerse.

¡Bastardo! -gritó Glaucus, su voz levantando ecos entre las rocas- Espéranos. ¡Nosotros te contratamos, no lo olvides!

No hubo respuesta. Glaucus se ató apresuradamente la sandalia y se lanzó a los tropezones por el sendero. A la vuelta de una roca, Hamoudi los estaba esperando.

El guía alzó una mano correosa para detener la tirada de Glaucus.

Llegaremos antes del anochecer. Esta noche dormirán en Petra.

Con el pecho subiéndole y bajándole agitadamente por el esfuerzo y la rabia, Glaucus le dedicó una mirada asesina. Aquel hombrecito no le gustaba... no confiaba en él. Pero no tenía la menor idea de dónde estaba o dónde quedaba Petra y sabía que, por ahora, debía seguir al guía nabateo. Bebió un trago de agua y luego le indicó a Hamoudi con la cabeza que siguiera. Pero Brutus tenía otras ideas y la brida se tensó inesperadamente. Glaucus patinó sobre las rocas sueltas y cayó de rodillas. Soltó un grito cuando las filosas piedras lastimaron su piel cortando a través del tejido de sus ropajes. De un humor aún más negro, se puso de pié y dio un fuerte tirón a la brida pero el obstinado camello se negó a moverse. De repente, en el risco por encima de la cabeza del camello, Glaucus detectó un movimiento. Desenvainó su espada y se agazapó, listo para saltar sobre el oponente que podía caer sobre él. Nada ocurrió. Se arrancó la capucha de lino para tener una mejor visión y luego giró en redondo lentamente, cada músculo tenso.

Glaucus, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? -preguntó Maxima alarmada.

Hay alguien en el farallón -dijo él en un susurro.

Desde la montura de su camello, Maxima miró hacia arriba.

No veo a nadie. ¿Estás seguro? Puede que haya sido un pájaro o algo así.

Glaucus estaba seguro de que no había sido un pájaro pero asintió y a regañadientes envainó su espada. Le dirigió una mirada venenosa al camello el cual, admitiendo que su ánimo no era precisamente benevolente, comenzó a andar por el sendero. Aquel camino era una trampa mortal. Estaban aprisionados entre dos altas paredes de roca, virtualmente indefensos ante un ataque proveniente de lo alto. Maxima se aferró al bamboleante camello mientras Glaucus cargaba por el sendero rocoso con una renovada energía alimentada por el miedo. Cuando alcanzó a Hamoudi, le dio un fuerte empujón-

Si algo le pasa a mi hermana, te atravesaré con mi espada.

Hamoudi se mostró indignado.

Me pagaste para que los lleve a Petra sanos y salvos y eso hago -señaló a la pared de piedra caliza ahora visible entre los farallones- Allí arriba está Siq.

Llévanos allí rápido -demandó Glaucus mientras volvía a revisar los muros de piedra en busca de movimientos. El sol quemante asaltó su rostro vuelto hacia arriba.

Transcurrió aún otra hora hasta que se detuvieron frente a la magnífica, inmensa, filosa pared de piedra roja veteada en rosa y púrpura.

¿Dónde? ¿Dónde está el valle? ¿Dónde está Petra? -demandó Glaucus con un toque de desesperación.

Allí.

Hamoudi volvió a señalar, esta vez a una grieta que se elevaba por la imponente pared... una fisura larga y torcida que la luz del día apenas alcanzaba a penetrar.

No pensarás seriamente que vamos a seguirte allí adentro, ¿verdad? Por lo que sé, podría ser una emboscada. ¡Allí no hay una ciudad! ¿Qué planeas hacer con nosotros? ¿Robarnos y dejarnos aquí para que muramos?

Maxima miró alarmada a su hermano, la redondez de sus ojos exagerada por las sombras violeta que los rodeaban.

Hamoudi echó su cabeza hacia atrás en un gesto desdeñoso.

Si hubiera querido robarlos y matarlos lo habría hecho hace semanas. ¿Qué ganaría con traerlos tan lejos? Esto es Siq. Nos conduce hacia Petra.

¡Glaucus! -gritó Maxima - ¡Allí arriba! ¡Allí arriba! Tenías razón... ¡Hay alguien en lo alto!

Girando en redondo, Glaucus tomó a Maxima en sus brazos, la arrancó de su montura y la empujó bajo el camello, donde quedó tendida sobre los guijarros; luego, desenvainó la espada con una velocidad cegadora y se preparó para enfrentar a cualquier enemigo. El también los había visto. Dos hombres, uno a cada lado de la fisura.

Hamoudi suspiró e hizo girar sus ojos.

Guardias. Son guardias.

Exactamente lo que pensaba -barbotó Glaucus- Pretorianos.

El guía lo miró atónito, luego estalló en carcajadas.

¿Pretorianos? Aquí no hay pretorianos -se secó los ojos- Guardias de Petra. Guardias nabateos.

Glaucus no estaba totalmente convencido. Entrecerró los ojos para mirar a lo alto de los farallones hasta que un ruido proveniente de la hendidura los hizo girar y agazaparse, la letal punta de su espada apuntando hacia la abertura. El sonido indistinguible aumentó de volumen y los músculos de Glaucus se tensaron... Pero en lugar de los pretorianos armados y vestidos de negro, un viejo burro cargando una serie de pesados sacos y un niño de piel oscura emergió de la oscuridad. El pequeño iba desnudo y sonrió con total desinterés por la espada y el hombre que la blandía... y saludó alegremente a Hamoudi, quien le respondió de igual modo.

Sintiéndose un tonto, Glaucus se enderezó lentamente y envainó la espada. Un segundo burro apareció tras el primero, cargando con un niño ligeramente mayor que el anterior. Glaucus levantó a su hermana.

Sonriendo, Hamoudi les hizo señas de que lo siguieran. Glaucus tomó la mano de su Maxima en una de las suyas y la brida del camello en la otra, ahora humillantemente convencido de que sus temores habían sido infundados. Pronto se encontraron en la oscuridad, la angosta garganta devorando la última luz del atardecer. A medida de que sus ojos se ajustaban, Glaucus notó los primeros signos de civilización que viera en semanas.

Cañerías de agua -le dijo azorado a Maxima mientras le indicaba que mirara a los grandes caños que corrían a lo largo de la pared y por encima de sus cabezas.

Un baño. Mataría por un baño -gimió Maxima y su mirada se deslizó más allá, hacia la pequeña luz que brillaba en lo alto.

Más alto que ningún edificio del imperio -dijo Hamoudi orgullosamente- Más alto que cinco templos.

Maxima se estremeció, segura de que las enormes paredes de piedra se estaban estrechando, preparadas para aplastarlos cual insectos. No estaba del todo equivocada. La hendidura se iba haciendo más angosta... ahora era tan estrecha que sólo dos animales podían pasar por ella al mismo tiempo. Cerró los ojos y pensó en los grandes espacios abiertos y la vegetación ondulante de la villa en Ostia y respiró un poco mejor. El fresco también la ayudó. Aquellas piedras jamás veían la luz de día e irradiaban un frió reconfortante.

Glaucus se detuvo de golpe.

Oh -jadeó- Por todos los dioses, mira esto.

Maxima abrió los ojos y soltó una exclamación. A través de extremo de la hendidura vio un increíble templo de piedra de color dorado-rojizo. Había sido excavado en la pared del farallón que se encontraba a sus espaldas y brillaba bajo los últimos rayos de sol como si hubiera estado en llamas.

- Petra -dijo Hamoudi orgullosamente- Acepto tus disculpas y tu pago.

Capítulo 48 - Petra

Glaucus -susurró Maxima desde la entrada de la pequeña, oscura habitación- ¿Estás despierto?

Glaucus abrió los ojos pero no vio nada sino oscuridad.

Uh-uh, estoy despierto. ¿Tampoco tú puedes dormir?

Nunca... nunca vi nada tan oscuro como esta posada. En la villa, de noche, aún con los ojos cerrados, jamás se estaba tan a oscuras.

Creo que estamos muy profundo dentro de una cueva. El frente de la posada fue construido con bloques de caliza pero estamos muy adentro. Es posible que la luz natural jamás haya llegado hasta aquí. ¿Dónde está tu antorcha? ¿Quieres que encienda una?

No... está bien. Es sólo que quería escuchar tu voz.

Bien, sigue mi voz y ven y siéntate a mi lado -dijo Glaucus al tiempo que bajaba las piernas de su catre.

Maxima usó ambas manos para guiarse hasta él.

¿Cómo sabremos cuando llegue la mañana?

El posadero vendrá con una antorcha. Cuidado con la cabeza -le advirtió Glaucus.

Su cama se encontraba contra una pared de piedra irregular que radiaba una agradable frescura pero no humedad. Coloridas alfombras tejidas entibiaban el suelo de piedra. Una mesa de madera y dos sillas se sumaban a su cama completando todo el mobiliario. Era un lugar simple pero limpio.

¿Crees que aquí haya murciélagos? -preguntó Maxima y se estremeció. Glaucus le tomó la mano y sonrió en la oscuridad.

No. No irían a un lugar donde hay tanta gente como éste. Posiblemente hay cientos de cuevas sin usar en estos farallones donde los murciélagos pueden vivir -giró el rostro en dirección hacia su hermana- ¿Te sientes mejor ahora?

Bueno, todavía tengo arena en la boca y mi piel aún está reseca pero me siento maravillosamente limpia. Creo que sólo de mi cabello salieron tres baldes de arena.

Maxima se quedó callada por un momento y luego dijo:

Glaucus, este es el lugar más extraño que jamás hay imaginado. Es extraordinario.

Sí... y también seguro. Me sorprende que aún el ejército romano haya podido derrotar a los nabateos y apoderarse de este lugar. Ahora entiendo porqué Marcianus habría de venir aquí... si es que lo hizo.

¿Cuándo lo sabremos?

Hamoudi dice que hará circular el mensaje y que Marcianus se pondrá en contacto... si es que está aquí... y si quiere hacerlo.

No puedo soportar la idea de volver a cruzar ese desierto sin haberlo encontrado.

No, yo tampoco. Pero seamos optimistas. Mientras tanto, Hamoudi ha consentido en quedarse y ser nuestro guía y traductor si lo necesitamos.

¿Cómo hiciste para persuadirlo?

Se convenció después de que le pedí disculpas la suficiente cantidad de veces. También le ofrecí una buena suma de dinero.

El dinero habla.

Por cierto que sí... en cualquier idioma.

Se quedaron en silencio por un largo rato.

¿Glaucus? -volvió a susurrar Maxima.

¿Hmmm? -murmuró el joven, quien se estaba quedando dormido con el hombro apoyado en la pared.

Gracias por haberme traído aquí.

Es un honor, hermana. Un honor.

A la mañana siguiente, Glaucus y Maxima recorrieron la ciudad con Hamoudi, quien estaba orgulloso de mostrarle los extraordinarios logros de su gente a aquel hombre y aquella mujer venidos desde Roma. La ciudad de Petra se escurría a través de un paso entre las montañas de Shara, moles de piedra caliza roja veteada en rosa, púrpura y amarillo claro. La roca en sí era hermosa pero lo que los nabateos habían hecho con ella sencillamente quitaba el aliento. Los frentes de inmensas construcciones adornadas con columnas corintias habían sido esculpidos directamente en la suave piedra a todo lo largo del valle, usando las cuevas existentes como las habitaciones interiores, las cuales mantenían la temperatura agradablemente estable y fresca pese al duro clima exterior. Estratégicamente ubicada y casi impenetrable, Petra -una ciudad de treinta mil habitantes en su momento de apogeo- había prosperado como la cabeza de un modesto imperio. Ahora, bajo el dominio romano, había declinado considerablemente en población y poderío pero su belleza permanecía intacta. Gente de todos los colores deambulaba por las calles, comerciando y viviendo en paz. Gente de todos los colores y de muchas religiones -entre ellas, las sectas perseguidas- huían hacia esa remota ciudad en busca de seguridad y de paz. Glaucus vio numerosas evidencias de la presencia de cristianos que vivían y practicaban allí su culto y eran enterrados en los cientos de tumbas excavadas en las paredes de las montañas. Pequeños peces -el símbolo de esa secta- decoraba la suave piedra caliza en muchas paredes y dinteles de puertas. Los seguidores de Cristo compartían el territorio pacíficamente con los nabateos y su dios principal, Dushara. Un dios cristiano de amor junto a un dios nabateo de sangre.

Maxima y Glaucus recorrieron la curvada calle principal cubierta de grava y se maravillaron cuando Hamoudi señaló los lujuriantes jardines que ascendían en terrazas talladas en los farallones y se derramaban por encima de los muros de patios irrigados con un complejo sistema hídrico que traía agua a la ciudad desde los manantiales ocultos en las montañas. Por todos lados había abundante vegetación y Hamoudi explicó que las colinas que circundaban Petra eran usadas para agricultura y pastoreo y que su gente era experta en conservar la poca lluvia que recibían. Las hojas en forma de lanza de las adelfas y tamariscos colgaban a los lados del acantilado, desplegando obstinadamente su verde a pesar de la fina capa de arena roja que las cubría.

El gran mercado consistía simplemente en un montón de puestos sencillos, cubiertos con toldos a rayas que flameaban en la brisa pero lo que allí faltaba de grandeza romana estaba compensado por el exotismo imperante. Maxima apenas podía contener su excitación mientras corría de un puesto a otro probando exóticos perfumes de incienso y picante mirra, tocando las sedas orientales en tonos de verde pálido y fucsia y admirando la joyería local, hecha de plata y turquesas. Pero, lo más sorprendente era la fina alfarería nabatea decorada con delicados patrones florales. Y Glaucus supo que, a pesar de su peso y fragilidad, partirían de Petra acarreando alforjas llenas de cacharros.

Mientras Maxima disfrutaba del mercado bajo la mirada vigilante de Hamoudi, quien actuaba como su traductor, Maximus caminó siguiendo el curso de la acequia que corría a lo largo de la calle principal y a unos diez pies más abajo. Bancos de piedra colocados cerca del borde ofrecían asiento a los ancianos de Petra mientras compartían los chismes de la ciudad con sus cabezas muy juntas. Escalones tallados en la piedra caliza conducían hacia ese nivel inferior y hacia hermosos puentes curvados que permitían atravesar el cauce y alcanzar los importantes edificios que se alzaban en la otra margen, tales como el viejo palacio real y uno de los templos monumentales que dominaban esa parte de la ciudad. Estos se encontraban sobre altas, ampliar terrazas y se podía llegar a ellas por medio de espectaculares tramos de escaleras excavados en la roca. Otros escalones se abrían a los lados de los acantilados hasta alcanzar alturas vertiginosas antes de torcerse y desaparecer detrás de los salientes de piedra. Glaucus no podía imaginar cómo se vería la ciudad desde aquellas elevaciones.

En Petra, la influencia griega se hacía obvia en los templos adornados con columnas, con sus pórticos y pedimentos y sus elaboradas molduras y conservaban una identidad que la dominación romana no había logrado suprimir. Los nabateos aún adoraban a su dios Dushara y a su diosa al Uzza en los templos que no habían sido requisados por los romanos con fines administrativos. Pero, más allá de los subrepticios pececitos, Glaucus no había visto signo alguno de los cristianos... aunque, a decir verdad, no tenía idea de cómo eran. Los nabateos eran fáciles de distinguir, con su constitución ligera y su piel oscura pero, ¿cómo lucían los cristianos? ¿Alguna vez habría visto a alguno?

Glaucus volvió a mirar hacia el mercado y encontró a Maxima envuelta en un corte de seda azul verdoso exquisitamente bordado. El color de la tela replicaba perfectamente el de sus ojos y el joven sonrió. Pensó que era una vergüenza que Maximus nunca hubiera conocido a su hermosa hija. ¡Cómo la hubiera amado! Su sonrisa melancólica se tornó en una de diversión cuando la vio regatear animadamente con la anciana vendedora acerca del precio de la tela, luego fingir indecisión antes de entregar lo que debía ser un precio ridículo por ella. Silenciosamente, Glaucus le dio las gracias a los dioses por haber permitido que se encontraran. Maxima dobló la tela y la puso bajo su brazo y espió a su hermano, quien se encontraba junto a la muralla de la acequia. Cuando se le acercó, se la veía positivamente radiante. La joven desplegó sus brazos e hizo que la delicada tela flotara por un momento en la brisa tibia antes de posarse suavemente sobre sus hombros.

¿Ves esto? -preguntó con una carcajada- ¿Lo ves? Nunca me había comprado nada por mí misma. ¡Es maravilloso!

Maxima giró en redondo como una chiquilla, luego se aferró al hombro de su hermano.

Pero hacer compras es agotador en este clima. ¿Podemos descansar un rato?

Glaucus miró interrogativamente a Hamoudi. Sin decir palabra, el nabateo los condujo a un rincón lejano del mercado donde pudieron sentarse a la sombra de los farallones, rodeados de pimpollos que olían dulcemente y beber té de menta mientras mordisqueaban unas tortitas dulces.

Maxima seguía en estado de efervescencia.

Glaucus, ni en mis sueños más locos imaginé un lugar como éste. Nunca. En cierto modo es más magnífico que Alexandria. Todo el mundo parece tan... en paz y tan contento. Nadie se apura. Nadie parece angustiado. Es tan distinto de Roma y, aún, de Ostia.

Probablemente sea muy bueno para Petra el hecho de que los romanos hayan perdido gran parte de su interés en la ciudad -coincidió Glaucus- Supongo que ya no hay mucho que ganar por aquí de modo que mayormente se han olvidado de Petra.

Glaucus se volvió hacia Hamoudi.

¿Dónde se alojan los gobernadores de la ciudad?

Hamoudi señaló hacia el final de la calle principal y hacia unas enormes puertas que encerraban una galería sostenida por columnas y el sorprendente templo que se alzaba tras ésta.

Allí, en los antiguos edificios administrativos nabateos. No los vemos mucho. No se mezclan con la gente. Aquí todo está tranquilo. No hay motivo para que salgan.

Glaucus se preguntó si habría pretorianos vestidos de negro patrullando la galería ubicada detrás de las puertas y luego se ordenó a sí mismo no ser tonto. Estaba muy, muy lejos de Roma y del peligro.

Maxima se tocó tentativamente los labios, complacida al notar que al cabo de unas pocas aplicaciones de lanolina suministrada por un boticario de Petra estos se sentían otra vez suaves y húmedos. Se estiró como un gato y trató en vano de suprimir un bostezo; luego, se volvió hacia su hermano, quien estaba sentado relajado pero alerta, sus ojos volando de un rostro al otro mientras los locales se ocupaban de sus asuntos. La joven tendió una mano a través de la mesa y tocó la suya.

Glaucus, debes tener paciencia. Nos contactará cuando esté listo.

Los ojos verdes del joven abandonaron la multitud y se fijaron en el rostro de Maxima.

Lo sé, pero me tomó meses encontrar a tu madre en Roma y no puedo esperar tanto...

Una sombra cayó sobre la mesa y un hombre se inclinó ante Glaucus antes de preguntar:

¿Busca a Marcianus?

Glaucus se puso de pie de un salto, el corazón latiéndole apresuradamente.

Sí. Sí. ¿Está aquí?

El hombre sonrió en forma amigable pero alerta.

¿Presumo que puede identificarse?

Sí, tengo documentos.

¿Puedo verlos, por favor?

De inmediato, Glaucus se volvió cauteloso. No podía permitirse el lujo de perder sus documentos. Estudió al hombre que estaba de pie ante él. De unos treinta años, cabello de color castaño arenoso, ojos verdes, delgado, vestido con una simple toga sin raya alguna, los pies calzados con sandalias. Desarmado, no parecía ser una amenaza pero Glaucus había aprendido a no confiar en las apariencias. Sus ojos nunca dejaron al hombre mientras buscaba su alforja y hurgaba en ella en busca de sus documentos. Lentamente, se irguió, los desplegó con cuidado y se los tendió.

El hombre le sonrió.

Si lo prefiere, sosténgalos usted. Sólo necesito leerlos.

Apretó los labios y recorrió las palabras, luego sus cejas se arquearon de sorpresa. Estaba claro que reconocía el nombre. Retrocedió un paso y recorrió a Glaucus de arriba abajo con su mirada, como si quisiera formarse una imagen mental que luego habría de describir a quien quiera que lo hubiera enviado. Luego, se inclinó brevemente y dijo:

Me pondré en contacto con usted más tarde... en la posada junto a la Tesorería, ¿está bien?

Glaucus asintió con la cabeza.

El hombre volvió a inclinarse y desapareció en la multitud.

Capítulo 49 – La cima de la montaña

Glaucus resopló al tiempo que se recostaba contra la pared de roca, a medio camino hacia lo alto de la montaña. Poco después, Maxima dio vuelta a la angulosa piedra ubicada detrás de él, jadeando a causa de lo delgado del aire a aquella altura. Entre jadeos volvió a preguntarle:

¿Por qué aquí, Glaucus? ¿Por qué quiere que nos encontremos aquí?

Su hermano se limitó a encogerse de hombros, no queriendo gastar su aliento en una respuesta que ya había ofrecido antes varias veces. No tenía idea de porqué el misterioso encuentro había sido arreglado en el lado Este de la cima de la montaña de Petra y esperaba, una vez más, no estar conduciendo a su hermana hacia una trampa. Le había pedido que se quedara en la ciudad pero ella se había negado de plano y Glaucus ya la conocía lo suficiente como para no perder el tiempo discutiendo con ella.

Habían emprendido camino temprano por la mañana, cuando las brisas todavía eran frescas. Luego de encontrarse con Hamoudi junto a la enorme fuente ornamentada con un león esculpido que arrojaba el agua proveniente del wadi en la montaña en la principal acequia de la ciudad, habían empezado a trepar por los empinados, angostos escalones que habían sido tallados en la piedra junto al retorcido wadi y hacia lo alto de la montaña... y el santuario del dio de los nabateos, Dushara. La primera hora de ascenso había sido exigente pero placentera gracias a las plantas de adelfa y los flores polvorientas que colgaban sobre los escalones pero luego habían dejado atrás el punto en el que los habitantes de Petra se preocupaban por la vegetación y la brisa ahora levantaba torbellinos de fino polvo rojo que se adhería a sus ropas y sus cabellos.

El ágil Hamoudi se veía impaciente por continuar y estaba más que claro que sólo se detenía por lástima hacia sus citadinos clientes romanos. Mientras echaba la cabeza hacia atrás y bebía agua de su cantimplora, a Glaucus no le importaba en lo más mínimo lo que el nabateo pensara. Maxima también bebió y luego, sin pensarlo, se secó los labios con su túnica de un modo muy poco femenino, para de inmediato escupir disgustada la arena adherida a ésta.

Maxima ahogó un gemido cuando su hermano tiró de ella para hacerla levantarse y anduvieron a los tropezones por otra media hora en un silencio interrumpido sólo por sus pesadas respiraciones. Los escalones desparejos hacían difícil el ascenso y tropezar en las empinadas escaleras hubiera equivalido a caer y estrellarse contra una pared de roca -o despeñarse por el borde de un precipicio- de modo que hermano y hermana olvidaron sus padecimientos, concentrándose en avanzar con pie firme.

Sintiendo que sus piernas exhaustas estaban a punto de dejar de sostenerla, Maxima le rogó a su hermano que se detuvieran una vez más antes de alcanzar la cima pero él se negó a prolongar el descanso, ansioso por encontrarse con quien fuera que estuviera esperando en lo alto de la montaña... en el Lugar Alto. Sabiendo por experiencia lo inconveniente de ser demasiado confiado, Glaucus se aseguró que la vaina de su espada estuviera libre de los pliegues de su túnica, de modo tal de que el arma pudiera ser desenvainada y blandida con facilidad.

Cuando finalmente alcanzaron la cima, Maxima y Glaucus se olvidaron completamente de sus piernas doloridas. La llegada a destino fue anunciada por dos obeliscos de piedra toscamente tallados, los cuales habían sido construidos mediante el simple método de cortar la piedra que los rodeaba. Los humanos se veían diminutos frente a tan imponentes monolitos y Glaucus se apresuró a dejarlos atrás. Más allá se extendía una construcción de techo plano con grandes aberturas para permitir la ventilación pero, en apariencia, carente de puerta. Se detuvo a contemplarla. ¿Era esto lo que habían venido a ver? Pero Hamoudi pasó de largo y Glaucus y Maxima lo siguieron de cerca. Treparon aún otro trecho y finalmente alcanzaron un promontorio barrido por el viento. Cada lado de la plataforma de roca ofrecía imponentes vistas del círculo de toscas montañas que rodeaba Petra, la que se habría paso entre las rocas como una franja verde. El enorme óvalo del teatro romano con sus tres mil asientos dominaba el extremo del valle, rodeado por las tumbas excavadas en la roca de la montaña. En la distancia, las casas de Petra se veían como si hubieran sido bloques de piedra ocultos bajo terrazas llenas de verde. La luz bañaba la fachada del inmenso Gran Templo, el cual se veía minúsculo desde esa altura. Glaucus descubrió que también podía espiar dentro del complejo romano que se extendía más allá de las intimidantes puertas que impedían el acceso y notó que el sol brillaba sobre los cascos de diminutos hombres de negro que parecían insectos.

Pretorianos.

Escuchando que Maxima soltaba una exclamación, Glaucus giró alarmado en redondo para encontrarse a sí mismo apuntándole con la espada a una enorme plataforma de roca. Lentamente, se puso derecho, bajó el brazo y envainó la espada. En medio de la plataforma, se alzaba una columna de piedra negra.

- Dushara -dijo Hamoudi simplemente, al tiempo que se dejaba caer sobre una rodilla e inclinaba la cabeza.

¿Aquella era la misteriosa deidad, Dushara? ¿El dios de los nabateos? Glaucus anduvo lentamente en torno a la plataforma seguido de cerca por Maxima, quien susurró:

¿Por qué habrían de adorar esa cosa?

Glaucus se encogió de hombros.

Supongo que tiene sentido. Sus vidas están dominadas por estas montañas y seguramente creen que su dios estuvo aquí. Esta roca meramente simboliza su existencia.

Glaucus se detuvo de golpe y Maxima se estrelló contra su espalda.

Bueno... -dijo- Es un altar.

Maxima se asomó desde atrás de su cuerpo para espiar.

¿Cómo sabes que...?

La joven se silenció a sí misma cuando vio las manchas de sangre que se extendían por el costado de la roca y el pegajoso fluido rojo que se había acumulado en su base.

¿Qu... qué piensas que sacrifican?

Cabras, supongo -dijo Glaucus manteniendo su voz calma y segura- Estoy seguro de que sacrifican cabras.

Tomó a Maxima por el brazo y la atrajo junto a él.

Camina a mi lado. Justo a mi lado.

La mantuvo firmemente sujeta mientras echaba una mirada a su alrededor. Al parecer, estaban solos. Lentamente, completó el círculo en torno al altar y se detuvo de golpe. En un asiento de piedra ubicado frente a él, se encontraba sentado un anciano de largo cabello y barba blancos rodeado por cuatro hombres más jóvenes. El viento aportaba el único sonido y los ceñudos desconocidos pusieron en claro con sus expresiones torvas que Glaucus no debía acercarse más.

El anciano habló.

¿Qué es lo que quieres?

Su voz sonó fuerte y segura a pesar de lo arrugado de su rostro.

¿Es usted Marcianus... el médico?

¿Qué hay si lo soy?

He venido de muy lejos para encontrarlo.

¿Por qué?

El anciano entrecerró los ojos para esquivar el sol que brillaba por encima de la cabeza de Glaucus.

Puede que usted tenga información que necesito.

Que necesitas. ¿Y quién eres para necesitar que te de información?

Le mostré mis papeles a ese hombre... -dijo Glaucus indicando con la cabeza al individuo sentado del lado izquierdo del banco, cuyo rostro era ilegible pero parecía amigable- Pregúntele a él.

¿Cuál es tu nombre? -demandó el anciano.

Maximus Decimus Glaucus. Hijo de Maximus Decimus Meridius. General de...

¡Es mentira!

El anciano se puso de pie con sorprendente agilidad y los hombres más jóvenes se movieron de modo tal de formar un semicírculo protector en torno a él.

No, señor. No es mentira. Soy quien digo ser.

¡Pruébalo!

Le mostré mis papeles a... -empezó Glaucus.

Bah, -escupió el anciano con desdén- Los papeles pueden ser falsificados.

Maxima tironeó del brazo de su hermano y él se volvió para mirarla interrogadoramente. La joven tocó la espada que llevaba a la cadera y Glaucus soltó lentamente las hebillas que sostenían la vaina y se la tendió con ambas manos.

¿Reconoce esto, señor?

El hombre del cabello color arena al que Glaucus había conocido antes se adelantó para recibirla. Con el ceño fruncido pensativamente, la depositó en las manos del anciano, quien volvió a sentarse en el banco, estudiando la espada con sus ojos y sus dedos. Repentinamente, se estremeció y gimió. Al tiempo que los hombres tendían sus manos hacia él para calmarlo, el anciano miró a Glaucus con los ojos llenos de lágrimas.

Es la espada de Maximus. La última vez que la vi estaba en las manos de su sirviente. Fue en la noche que Maximus fue asesinado.

Soy... soy su hijo, señor -Glaucus miró a su hermana- Y ésta es su hija.

¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser? -balbuceó Marcianus- Su hijo murió cuando él murió. Su familia fue asesinada.

No nos encontraron a todos, señor, y él no murió cuando y donde usted cree.

Anonadado, Marcianus movió la cabeza de un lado a otro y, por primera vez, los hombres que estaban con él se relajaron.

Mis hijos -explicó el anciano mientras los hombres se adelantaban uno por uno para ofrecer sus manos en señal de amistad. Luego, Marcianus se paró sobre piernas temblorosas y se acercó a Glaucus, aferrando primero su mano para luego atraerlo a un abrazo.

Debo escuchar lo que tienes para decir -susurró en el oído del español- Por favor, siéntate.

Capítulo 50 – Marcianus

¿Cómo es que la tienes? -preguntó Marcianus mientras estudiaba la invaluable espada que descansaba sobre sus manos cubiertas de venas color púrpura.

Casi por accidente, señor. Fui a Germania después de cumplir veinte años buscando información sobre mi padre y encontré al viejo Jonivus. ¿Lo recuerda?

Lo recuerdo. Claro que lo recuerdo. Era el ingeniero jefe de la legión. Me alegra saber que aún vive.

Sí. El la tenía. Se la quedó después de que Cicero -el sirviente de mi padre- no regresó de un viaje a Roma pocos meses después de la fecha en que Maximus supuestamente fuera ejecutado.

¿Tu padre estaba en Roma? -la frente del anciano se arrugó como una ciruela pasa- No entiendo.

Glaucus se alisó la túnica con las manos para tratar de calmarse.

Lo siento, señor. Estoy yendo demasiado rápido con mi historia. Déjeme volver a comenzar con el relato de mi viaje a Germania,

Maxima se sentó en el extremo del banco de piedra, con su espalda apoyada contra el hombro de su padre y de cara al viento mientras escuchaba a Glaucus contarle a Marcianus lo que había ocurrido con Maximus luego de que escapara a sus ejecutores en Germania. El anciano lo escuchó absorto, sus ojos fijos en el rostro de Glaucus mientras devoraba la información, sacudiendo su cabeza ocasionalmente en señal de incredulidad, pero sin romper su silencio. Sentados a sus pies, sus hijos también seguían con atención el relato de Glaucus pero no menos atraídos por la hermosa joven cuyo cabello negro se arremolinaba juguetonamente en torno a sus hombros.

Cuando Glaucus concluyó, Marcianus miró hacia los distantes de la montaña, sus ojos vidriosos, perdido en sus pensamientos. Cuando finalmente habló, lo hizo sin dirigirse a nadie en particular.

Pensé que había muerto durante aquella terrible noche en Germania. Debí haberme imaginado. Debí haber sabido. De modo que... Commodus terminó por matarlo pero meses después del momento en que creímos que lo había hecho y bajo circunstancias completamente distintas.

Commodus... o uno de sus hombres le asestó el golpe fatal pero puede estar seguro de que, si fue otra persona, actuó bajo sus órdenes. Probablemente, el único que sabe lo que ocurrió es Quintus.

Marcianus escupió al suelo y poco faltó para que alcanzara los pies de su hijo mayor. Los hermanos se miraron entre sí sorprendidos por el inusual veneno de su padre.

Quintus, el muy traidor. ¿Qué pasó con Quintus?

Bueno, como sabe, fue premiado por arreglar la ejecución de mi padre con el cargo de comandante de los pretorianos. Luego... no sé, señor. Estoy tratando de descubrirlo.

¿Cómo me encontraste, Maximus? -preguntó Marcianus con una expresión preocupada- Pensé que nadie me encontraría aquí... que mis hijos y sus familias estarían seguros, a salvo de la persecución.

Por favor, señor... me dicen Glaucus y le aseguro que muy pocas personas saben que estoy aquí y que todas ellas son de absoluta confianza. Estoy seguro de no haber puesto a su familia en peligro. Es lo último que quisiera hacer.

Marcianus asintió.

Como puedes ver, mi muchacho, soy un hombre muy viejo... mucho mayor que tu padre. Confiaba en poder vivir mis últimos años en paz en un lugar donde se tolera el derecho individual de venerar al propio dios.

Sí, señor. Entiendo.

Los labios de Marcianus se estremecieron y ladeó la cabeza.

¿Sabes algo acerca de mis creencias... Glaucus?

Uh... un poquito. Usted cree en un solo dios. Un dios que es bueno y amable. Cree que un hombre llamado Jesús, que vivió al norte de aquí hace algunos cientos de años, era el hijo de ese dios y lo llama Cristo. Por eso es un cristiano.

Maxima hizo girar sus ojos ligeramente para indicar que la respuesta era apenas adecuada.

Marcianus se echó a reír y sus hijos sonrieron.

Bueno, básicamente, es así. Si me hubiera quedado más tiempo en la legión, tal vez hubiera terminado muriendo en la misma arena en que tu padre encontró su fin... y conmigo hubieran muerto mis hijos y sus esposas y también sus niños.

¿Es por eso que huyó?

Cuando creí que tu padre había muerto, Glaucus, no me quedó razón alguna para permanecer en la legión. El fue el único motivo por el que me quedé tantos años. Era un hombre bueno, tolerante, vaya si lo era. Mis creencias no significaban para él diferencia alguna y me trataba como su igual. Pero él era muy inusual, te lo aseguro -el viejo médico suspiró profundamente- Y ahora me pregunto si no debí haberme quedado. Pensé que, esa noche, al huir, estaba haciendo lo mejor por Maximus pero tal vez podría haberlo ayudado.

Nadie sabía dónde fue. Miles de soldados lo buscaron durante días sin resultado -respondió Glaucus ligeramente intrigado- Simplemente se desvaneció en el aire... o eso pensaron. Usted no podía hacer más de lo que hizo.

¿Qué quiso decir cuando dijo que pensaba que irse era lo mejor que podía hacer por nuestro padre? -preguntó Maxima, cansada de permanecer tanto tiempo en silencio y para nada deseosa de que el comentario se perdiera en el olvido. Del mismo modo, ignoró el codazo admonitorio de su hermano.

Marcianus le sonrió con la indulgencia de un hombre que aprecia la frontalidad de los jóvenes.

Cuando me fui, me llevé conmigo muchas de las posesiones personales de Maximus... sus cartas y documentos...

¿Todavía los tiene? -lo interrumpió Glaucus poniéndose de pie a medias y desacomodando a su hermana- Es lo que esperaba encontrar. ¿Tiene su correspondencia con mi madre?

Sí, así es. Y todo está maravillosamente conservado gracias a este clima tan seco.

El estómago de Glaucus se anudó de excitación mientras se obligaba a sí mismo a volver a sentarse. Echó una mirada de reojo a su hermana pero ésta sólo miraba a Marcianus con ojos redondos de asombro.

¿Puedo verla, señor? He viajado todo esta distancia...

Glaucus, esas cartas te pertenecen... a ti y a tu hermana. Te daré todo.

El joven español se puso abruptamente de pie y se sacudió el polvo de la túnica. Maxima lo imitó.

Tal vez deberíamos regresar -sugirió con impaciencia.

Riendo, Marcianus y sus hijos también se pusieron de pie y vieron cómo Glaucus se apresuraba a ir hacia Hamoudi, quien durante la conversación había permanecido junto al altar. Maxima dio algunos pasos en su dirección pero se detuvo confundida cuando vio que el anciano y sus hijos no los seguían.

¡Glaucus! -llamó y el joven reapareció desde atrás del altar.

Marcianus sonrió, mostrando una dentadura tan blanca como su cabello.

¿Así que tu guía te trajo por el atajo, sí?

¿Señor? -preguntó Glaucus.

Marcianus le hizo un gesto con la mano y giró en dirección opuesta, siguiendo a su hijo mayor.

Por aquí, Glaucus.

Maxima corrió junto a Marcianus y éste le tomó el brazo, enlazándolo en el suyo mientras sonreía mirando sus hermosos ojos azules.

Este es un camino mucho menos arduo. Es más largo pero menos empinado de modo que al final no se tarda mucho más.

Mientras descendían por los escalones tallados en la montaña, Glaucus descubrió que tenía que apresurarse para mantenerse a la par del saludable anciano y sus hijos, acostumbrados como estaban estos a andar por su montañoso refugio en el desierto.

En un momento del descenso, mientras veía la ciudad desde lo alto, Glaucus se dio cuenta de que el paso terminaba muy cerca de las puertas de la guarnición y del palacio del gobernador. Se acercó a, Gordianus, el hijo de Marcianus de cabello color arena.

¿Quién es el gobernador aquí? -preguntó mientras caminaban lado a lado por el paso que se había hecho más ancho.

Un hombre llamado Petronius. Pero lo vemos raramente -Gordianus lo descartó con un gesto de su mano- No creo que Petra le guste mucho de modo que se queda encerrado tras sus muros con su amante y se dedica a rezongar.

Supongo que hay pretorianos.

Por supuesto. Se muestran en público ocasionalmente para recordarle a los nabateos quién está a cargo. Aquí tienen muy poco para hacer de modo que se la pasan mayormente bebiendo en las tabernas nabateas y apostando en las carreras de carrozas. En tu lugar, no me preocuparía. Esto no es Roma.

Pero Glaucus sabía lo suficiente como para no relajarse en su presencia. La red de inteligencia de los pretorianos invadía cada rincón del territorio romano, sin importar cuán insignificante fuera, y su sistema de comunicación era rápido y efectivo. Sólo esperaba que Plautianus aún lo creyera en Roma.

 

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