Septimius Severus recorría los corredores de su gran palacio sin el menor interés en la espectacular vista del Circus Maximus que se le ofrecía desde la terraza de la nueva ala recientemente agregada o en el surtido de tortas, quesos y frutas que acababa de ser colocado sobre una mesa por un sirviente que se apresuró a escurrirse hacia las sombras. Rengueaba malamente, el dolor de su pie, cadera y rodilla agravados por su ira a pesar de la atención de Proculus, su masajista personal.
¿Cómo pudiste permitir que se escapara de ese modo? ¿Cómo pudiste? -le gritó al hombre repantingado en el sillón de cuero- ¡En este preciso momento puede estar en cualquier parte del imperio riéndose de lo tontos que somos!
Plautianus se limitó a encogerse de hombros al tiempo que tomaba un trozo de queso, lo examinaba como si se tratara de un criminal esperando ser juzgado, luego se lo metió en la boca, masticándolo con lenta amenaza mientras estudiaba el plato en busca de la siguiente víctima. Cuando estaba a punto de tomar otro trozo, el plato desapareció de debajo de sus dedos y se estrelló contra el piso de mármol partiéndose en un centenar de pedazos que se dispersaron hasta los rincones más lejanos de la habitación. El comandante de los pretorianos levantó la vista con perezoso desdén para contemplar el rostro congestionado de su primo. Por encima del hombro de Septimius pudo echar un vistazo a la más reciente encarnación del emperador tallada en mármol y rió para sus adentros. El escaso cabello gris del hombre real se curvaba en espléndidos rizos de piedra, la barba de mármol larga y ondulada como correspondía al hombre que Septimius afirmaba ser, no sólo el legítimo heredero de Marcus Aurelius sino también su pariente. El busto no bastaría para engañar a quienes conocían personalmente al emperador pero había millones de romanos dispersos por todo el imperio que nunca verían otra cosa que las reproducciones de aquel busto de mármol instaladas en cada edificio público desde Africa hasta Germania. Plautianus volvió a concentrar su atención en quien fuera su amigo de la adolescencia.
Por el momento, hemos hecho todo lo que podíamos, Septimius. Esos soldados incompetentes que perdieron al cachorro de Maximus están en la Prisión Tullia y se ha enviado una alerta general a cada soldado y gobernador del imperio para que lo busquen. Tarde o temprano, lo encontraremos.
El emperador giró enfurecido.
Más vale que lo encuentren temprano que tarde. Sé que me va a causar problemas. Si encuentra el documento...
Las palabras eran demasiado dolorosas para siquiera pronunciarlas.
La profecía. La profecía sabe. Las estrellas saben. Los dioses saben lo que el bastardo se propone.
Plautianus tendió la mano para tomar una uva, partiéndola por la mitad con sus dientes y succionando el dulce jugo interior antes de descartar la piel amarga.
Lo encontraremos.
Cuando lo encuentres, será el momento de detenerlo, ¿me escuchas?
El pretoriano arqueó las cejas.
Creí que primero querías el documento -comentó con aire casual- Si lo querías muerto, me podría haber encargado hace mucho y en Germania. Te recuerdo que dejarlo con vida fue tu decisión.
¡Necesito el documento y tus hombres fracasaron a la hora de encontrarlo!
La creciente insatisfacción de Severus con quien fuera su protector y consejero se extendía mucho más allá de su fracaso en la búsqueda del elusivo documento. El hombre se volvía más y más autoindulgente, regalándose con suntuosos banquetes y saciando su lujuria con muchachas y muchachos. El lujoso nuevo uniforme disimulaba su creciente abdomen. Su depravación no conocía límites y había llegado a castrar a un centenar de hombres para que sirvieran a su hija. Pero lo que más irritaba y molestaba a Septimius era el número de estatuas del prefecto de los pretorianos que habían aparecido en torno a Roma y, a no dudarlo, del imperio. Símbolos de mármol de su sed de poder siempre creciente. Inclusive demandaba para sí la deferencia reservada a un emperador. Tal vez el hermano de Septimius, Geta, tenía razón. Plautianus se estaba tornando peligroso. Hasta el hombre que Septimius había elegido para que fuera su colega en el comando de la guardia -Aemilius Saturnius- había aparecido flotando en el río, víctima según Plautianus, de un infortunado accidente de carroza. El prefecto de los pretorianos no quería a nadie espiando por encima de su hombro y Septimius estaba consciente de que había reducido los poderes de los tribunos de la guardia para eliminar la posibilidad de que uno de ellos se convirtiera en elegible para la prefectura. El hombre que holgazaneaba en el sillón no quería ser simplemente prefecto sino serlo de por vida.
Finalmente, Plautianus se puso de pie y se estiró. Estaba aburrido de esas tiradas diarias de un emperador cuyo menor movimiento estaba gobernado por las estrellas. Plautianus era mucho más pragmático. En lo que a él respectaba, un hombre muerto no representaba amenaza alguna y el maldito documento probablemente nunca sería hallado. Hacía ya años desde que recibieran la copia y no había vuelto a haber contacto alguno de parte quien tenía el documento. Septimius Severus era emperador de Roma. Su hijo mayor, Antoninus, y su prometida, la hija del propio Plautianus, gobernarían algún día el imperio. El futuro se perfilaba muy bueno, muy, pero muy bueno. Después de todo, ¿cuánto podía vivir un hombre en la condición física de Severus? Pero, por el momento, Severus estaba bien vivo y el jefe de los pretorianos trató de simular interés en el problema.
Hemos mantenido bajo vigilancia a Marius Vipsanius Agrippa -ya sabes, el hijo del gobernador de Cappadocia- pero no ha tenido contacto alguno con su amigo y pasa los días en las bibliotecas como siempre. Parece inofensivo...
Sus palabras fueron interrumpidas por el arribo de un pretoriano quien entró a la habitación silenciosamente y se inclinó con reverencia.
¿Bien? -dijo Plautianus con brusquedad.
Tengo órdenes de entregarle este mensaje directamente, señor.
El hombre le tendió un pergamino arrollado.
Plautianus lo tomó sin decir palabra y lo desenrolló, inclinándolo en dirección a la lámpara para leer mejor las palabras. Una lenta sonrisa arrugó su rostro y miró a su primo con aire triunfal.
Parece que nuestra presa fue vista hace dos semanas en Alexandria y dirigiéndose hacia el Nilo con una joven mujer.
Severus despidió al guardia con un gesto de su cabeza pero sintió que un escalofrío se extendía por su espalda.
¿Alexandria? ¿Por qué iría a Egipto?
¿Quién sabe? Quizás decidió visitar los lugares famosos tal como hicimos nosotros hace algunos años. A mi me suena a que se consiguió una mujer y salió de paseo.
¡Nosotros no estuvimos allí para visitar lugares famosos! ¡Fuimos allí para asegurar una parte particularmente insegura del imperio! Tal vez recuerdes que Egipto apoyó a mi rival, Niger, tal como apoyó a Avidius Cassius en contra de Marcus Aurelius. No se puede confiar en los egipcios con su sabiduría secreta y rituales. Ese bastardo de Glaucus fue en busca de apoyo para montar una ofensiva en mi contra... y lo encontrará, no me cabe duda. Pretenderá ser el nuevo Alexander, tal como lo hizo Niger. Fue allí a usar magia egipcia y para consultar a sus dioses.
Plautianus se encogió de hombros con displicencia pero también apretó los dientes en señal de impaciencia.
Tu prohibiste esas cosas, ¿recuerdas? La pena por hacerlo es la muerte.
Sí, lo es. Envía órdenes de inmediato a cada ciudad, pueblo y aldea en el Este para que lo busquen. Lo quiero arrestado y de regreso en Roma sin demoras.
¿Aunque no tenga el documento?
Oh, lo tiene... lo tiene. Lo sé.
El hogar de Marcianus era una gran construcción de piedra arenisca de dos pisos de alto con terrazas escalonadas cubiertas de vegetación. Su esposa muerta desde hacía mucho, el médico vivía allí con su hijo mayor, Liatus, la esposa de éste, Helena, y los tres hijos adolescentes de la pareja. Glaucus y Maxima fueron alojados en dos pequeños dormitorios de la planta alta, cada uno con su diminuta terraza privada. La luz se filtraba a través de las maderas de los postigos arrojando flechas amarillas sobre las alfombras tejidas y los cubrecamas. Las paredes habían sido encaladas para mantener a raya el polvo y en las habitaciones reinaba una atmósfera brillante y alegre. La única concesión a la arquitectura romana eran los arcos de las puertas y Maxima se enamoró de lo extraño y simple del lugar... tan diferente de su hogar en Ostia.
Marcianus, Liatus y Helena dormían en dos habitaciones de la planta baja y sus hijos compartían un dormitorio grande pero a menudo preferían dormir en la terraza. Los jóvenes miraban a Glaucus como a un héroe ya que a menudo habían escuchado hablar a su abuelo sobre el general Maximus. Examinaron la espada con aire reverente e hicieron a Glaucus numerosas preguntas durante la cena mientras echaban subrepticias miradas apreciativas a Maxima, en tanto ésta conversaba sobre "cosas de mujeres" con Helena, quien estaba encantada de tener compañía femenina.
Tras la cena, se reunieron en torno al fuego chisporroteante que alegraba la habitación y mantenía a raya el frío nocturno y conversaron sobre Roma y Petra y el clima y la comida... cualquier cosa menos el destino de Maximus mientras los oídos de los menores estaban atentos. Glaucus se obligó a sí mismo a contenerse cuando se dio cuenta de que sus dedos tamborileaban impacientemente en el brazo de su sillón y casi sintió envidia de Maxima, quien se encontraba en la cocina ayudando a Helena. Finalmente, Liatus envió a los muchachitos a la cama y los hombres siguieron hablando quedamente por un rato, hasta estar seguros de que los más jóvenes se habían dormido.
Por fin, Marcianus se levantó de su gastada silla de cuero y caminó lentamente hacia su dormitorio. Sólo entonces notó Glaucus que estaba ligeramente encorvado y se preguntó cuán viejo era realmente aquel hombre. Había dicho que mucho más que Maximus. ¿Eso significaba que tenía más de sesenta? ¿Más de setenta?
El médico volvió poco después con un gran paquete envuelto en cuero suave. Glaucus se adelantó hacia el borde de su silla mientras Marcianus lo colocaba sobre la mesa y procedía a abrirlo cuidadosamente.
Tu padre conservaba todo -le dijo- Hasta donde sé, todas las cartas de tu madre están aquí. Son muy viejas así que manipúlalas con cuidado.
Con dedos temblorosos, Glaucus las estiró y soltó una exclamación cuando, al apartar las manos, vio aparecer el rostro de un niño. Un niño de no más de seis o siete años. Marcus, su hermano.
Por los dioses, por los dioses -jadeó- No tenía idea de cómo era.
Se dirigió a Liatus sin levantar la cabeza.
¿Te importaría llamar a Maxima?
Por supuesto -dijo Liatus al tiempo que se levantaba y se dirigía a la cocina.
Un momento más tarde, una excitada Maxima se sentaba en el suelo junto a la silla de su hermano y tendía la mano hacia el dibujo.
Ten cuidado -le dijo Glaucus- El carbón se borra.
¿Es él? ¿Nuestro hermano?
Glaucus asintió con la cabeza.
Maxima entrecerró los ojos y frunció la nariz.
No se parece a nosotros.
Por lo que recuerdo, se parecía más a Olivia -dijo Marcianus- Era un niño muy dulce, cuando estuvo en el campamento con tu madre fue un poco travieso pero muy dulce. Tu padre estaba muy orgulloso de él. Nunca olvidaré el día en que se vistió como un pequeño general y recorrió el campamento montado con tu padre en su enorme caballo. Aquel jovencito nos encantó a todos.
El borde de otro dibujo atrajo la atención de Maxima, quien tiró de él para extraerlo de la pila mientras Glaucus examinaba el rostro de su hermano
Aquí hay otro dibujo de él cuando era aún más pequeño. Está montado en un pony. Tu madre realmente tenía talento, Glaucus. Mira las construcciones en el fondo. ¿Están allí todavía?
Puede que estuvieran pero me temo que ya no lo están. Todo lo que no fuera piedra fue quemado hasta los cimientos.
Maxima volvió a hurgar en la pila.
¡Ten cuidado! -le advirtió Glaucus.
¡Aquí! -dijo ella con aire triunfal- Aquí está tu madre.
Tras un instante de vacilación, le pasó a su hermano el dibujo de una mujer sonriente.
Era muy linda -dijo Maxima quedamente, su entusiasmo enfriado por un pinchazo de celos.
Glaucus se limitó a mirar el autorretrato... la primera vez que veía el rostro de su madre. Maxima tenía razón, había sido muy bonita, con grandes ojos oscuros, ondulado cabello negro y labios generosos. Estaba de pie frente a la casa, con las manos en las caderas como provocando a quien la miraba, orgullosa y sin preocupaciones. Desde que conociera la verdad acerca de su verdadero origen, había tratado de conjurar su rostro combinando los rasgos de sus parientes pero sólo había logrado conjurar una imagen fantasmal. Ahora, allí la tenía, directamente frente a él, sus rasgos por fin en claro. Miró el dibujo en silencio, imprimiendo su imagen en su mente.
Los bordes de la imagen estaban manoseados y borroneados donde unos dedos habían aferrado el pergamino, manchando el carbón. En el ángulo inferior derecho podía verse la impresión semi borrada de un dedo pulgar y Glaucus apoyó suavemente su propio pulgar, en el lugar donde el dedo de su padre se había apoyado.
Repentinamente, la exclamación de Maxima atravesó sus pensamientos y miró hacia abajo para verla contemplando un pergamino que sostenía con manos temblorosas. Dejó cuidadosamente el dibujo de su madre sobre la mesa y apoyó una mano en el hombro de su hermana mientras se inclinaba para ver qué era lo que le había causado tanta impresión.
Era el dibujo de un general romano vestido con su uniforme, parado en los escalones de la entrada de su casa en España, sin dudas dibujado por su madre de memoria. Glaucus aferró las manos de Maxima para afirmarlas aún cuando sintió que las suyas súbitamente se entumecían.
Es de un parecido notable. Se lo ve tal como era -dijo Marcianus suavemente antes de ponerse de pie- Los dejaré solos.
El dibujo estaba mejor conservado que los otros, los bordes en buenas condiciones, como si hubiera sido manipulado con menos frecuencia.
Glaucus notó que se lo veía joven. Probablemente ni siquiera llegaba a los treinta. Tal como debía haber sido poco después de que Marcus Aurelius lo ascendiera a general. Se lo veía orgulloso pero también lleno de cautela, su frente ligeramente arrugada mientras contemplaba el horizonte, probablemente pensando en el largo viaje que se extendía ante él. Llevaba el pelo muy corto. Dos pieles de lobo colgaban de sus anchos hombros sobre la larga capa y la coraza tallada. Se lo veía hermoso y fuerte. Invencible. Pero no había sido invencible. Había sido asesinado sin siquiera saber que dejaba un hijo y una hija. Los ojos de Glaucus se llenaron de lágrimas.
Maximus.
Finalmente, había visto el rostro de su padre... un rostro tan parecido al suyo.
Pasaron el día siguiente en la habitación de Maxima, estudiando las cartas de Olivia y mirando una y otra vez las imágenes creadas por ella, sabiéndose afortunados de tener aquel registro visual de sus parientes fallecidos.
Las cartas de Olivia a su esposo eran coloquiales e informales, llenas de noticias acerca de la granja -la siembra, la cosecha, el nacimiento de nuevos animales- que, a los ojos de Glaucus, devolvían la vida a su hogar quemado y hacían su pérdida aún más dolorosa. Con frecuencia hablaba de Marcus y de lo rápidamente que crecía e incluía algunos dibujos rápidos del niño a lo largo del texto. También era obvio que, a pesar de lo mucho que trataba de disimular su intenso dolor, extrañaba enormemente a su esposo y hacía lo posible por atemperar su soledad a fin de evitarle a Maximus una angustia mayor aún de la que ya le causaba su separación.
Encontraron referencias al álamo bajo el cual estaba enterrada su hermana pero Olivia nunca mencionaba a la niña por su nombre. Se refería, en cambio, al jardín que había a sus pies y cómo pasaba mucho tiempo entre las flores que allí crecían. En otra carta, era obvio que respondía a un pedido de Maximus para que tallara una imagen de su hija diciendo que era demasiado pronto. Ante la confusión de Maxima, Glaucus explicó:
Mi madre no sólo hacía dibujos sino también tallas... tallas sorprendentes. De niño, mucho antes de saber quién las había hecho, solía jugar con unos caballos de madera que ella talló. Al parecer, también hizo unas figuritas de sí misma y nuestro hermano para que nuestro padre pudiera tenerlas consigo.
¿Qué fue de ellas? -preguntó Maxima desde su lugar habitual en el suelo.
Cicero -el sirviente de nuestro padre- se las llevó. Cuando Cicero desapareció, Jonivus recuperó la espada de Maximus pero no encontró las tallas. Debió tenerlas consigo y probablemente se perdieron para siempre. Daría cualquier cosa por tenerlas.
Resulta extraño sostener estas cartas que nuestro padre sostuvo... leer las palabras que él leyó. De algún modo, me hace sentir más cerca de él... especialmente ahora, que he visto su rostro -Maxima miró el dibujo de su padre que había colocado en la mesa, de modo de tenerlo siempre a la vista- Es exactamente como me lo imaginaba.
Glaucus asintió en silencio. Habían encontrado otros dibujos de Maximus pero ninguno era tan detallado y regio como aquel tesoro. Volvió a pensar en el mural cubierto de pintura en Germania. ¡Que magnífico debía haber sido!
Mira esta carta, Glaucus. Hay un lapso de tiempo entre esta carta y la anterior y tu madre dice que no se ha estado sintiendo bien. Papá debe haber estado frenético cuando sus cartas cesaron.
Con el ceño fruncido por la curiosidad, Glaucus aceptó la carta y luego palideció al leer la fecha.
Es su primera carta a Maximus después de mi nacimiento -dijo quedamente.
Pero... no te menciona.
No.
Glaucus se puso de pie y caminó hacia la terraza, hundiendo una mano en su cabello en un gesto que su hermana había aprendido a reconocer como un gesto de fatiga o aflicción.
Pocos instantes más tarde, Maxima se situó tras él y le rodeó la cintura con sus brazos al tiempo que apoyaba la mejilla contra su espalda.
Lo siento -susurró- Me olvidé.
Luego de un momento preguntó.
¿Cómo pudo ocultárselo?
No lo sé... es difícil entender su estado de ánimo en ese momento. Debió estar mucho más angustiada de lo que indican sus palabras. En los meses previos casi perdió a su hijo y a su esposo por lo que tal vez estuviera todavía perturbada. Y su hija estaba enterrada bajo el álamo...
Pero se lo podría haber dicho después...
Mi tío trató de convencerla de que lo hiciera pero ella se rehusó. Había dejado pasar mucho tiempo y es probable que pensara que Maximus nunca la perdonaría por ocultarle algo así -movió la cabeza lentamente- ¿Quién sabe lo que pasaba por su cabeza?
Maxima se movió de modo de colocarse lado a lado con su hermano, enfrentándolo, el muro de la terraza contra su espalda.
Todo hubiera funcionado si Commodus no hubiera matado al emperador. Maximus habría regresado a casa tras la última batalla en Germania para ser presentado con un hermoso hijo varón. ¿Cómo iba a imaginar que él nunca volvería a casa?
La respuesta de su hermano contenía un rastro de rabia.
Mi padre vivía una vida muy peligrosa y mi madre lo sabía... lo había visto por sí misma. Sabía muy bien que él podía no regresar, que podía morir en el campo de batalla sin jamás conocerme.
Era un riesgo que parecía dispuesta a correr.
Perdió.
Todos perdimos, Glaucus. Todos.
Agotados tras largo día intensamente emocional dedicado a revivir los recuerdos de Olivia, los hermanos se reunieron con la familia para la comida nocturna. Marcianus trató de mantener un tono ligero, hablando del tiempo y las últimas travesuras de sus nietos, pero era obvio por su silencio que Maxima y Glaucus estaban perturbados. Finalmente, el anciano tendió una mano y tocó la de Glaucus.
¿Fue tan duro? -preguntó suavemente.
El joven español asintió.
Fue muy difícil leer los pensamientos de mi madre muerta, Marcianus... espiar su vida y las vidas de mi padre y de mi hermano, sin que se nos permita compartirlas.
El anciano asintió en señal de comprensión.
Sí, estoy seguro de que lo es.
Marcianus... ¿nos contaría algunas historias de nuestro padre? -imploró Maxima- Las cartas nos mostraron cómo era la vida de Olivia pero no la suya.
Todas sus cartas se perdieron cuando la granja se quemó -agregó Glaucus.
Una vez más, Marcianus asintió y ésta vez agregó una sonrisa.
Estaré encantado. ¿Por dónde quieren que comience?
Por el momento en que lo conoció -respondió Maxima y se instaló en el diván en una inconsciente imitación de los tres hijos de Liatus, quienes, ante la promesa de historias sobre el gran General Maximus, habían dejado de molestarse mutuamente y ahora escuchaban con atención.
Bueno, eso fue hace mucho tiempo y yo era entonces mucho más joven... y Maximus también lo era. Verán, sabía de él... todos sabíamos –las historias de las hazañas heroicas viajan rápido entre los legionarios- pero no lo conocí hasta que fue ascendido a general y transferido a la legión Felix III, donde yo era cirujano jefe. Llegó montado en un magnífico semental negro...
Llamado Scarto -terció el mayor de los muchachos.
Sí -rió Marcianus- sí... Scarto. Y estaba vestido de aquel modo tan imponente. Una capa flotante, pieles de lobo. Un general de pies a cabeza a pesar de su juventud. Y era el elegido de Marcus Aurelius de modo que gozaba de nuestro respeto antes siquiera desmontar. Tenía nuestro respeto... pero pronto se ganó nuestro cariño.
Maxima parpadeó para contener lágrimas ardientes mientras se arreglaba la falda, sonriendo cuando notó que los ojos de su hermano también estaban húmedos.
Nadie notó el modo en que se alargaron las sombras o cuando Helena encendió silenciosamente el fuego, tan abstraídos estaban en las aventuras del General Maximus. Marcianus hablaba de él en un tono casi reverente. Habló sobre sus hazañas y sus heridas, su obstinación y su seriedad, su generosidad y comprensión. Era obvio que el médico había perdido a un querido amigo y que sufría casi tanto como Maxima y Glaucus.
Cuando las brasas se hubieron apagado y Liatus hubo llevado sus muchachos a la cama, Marcianus se levantó y volvió a entrar silenciosamente en su dormitorio. Regresó con otro paquete de cuero, éste mucho más pequeño que el anterior. Vaciló ligeramente, luego se lo tendió a Glaucus.
He vacilado mucho sobre si debía darte este paquete o no. Aún no estoy seguro de que sea sabio hacerlo o si simplemente debería ser quemado. Pero... no es una decisión que yo pueda tomar. Es de ustedes.
Marcianus desenrolló el cuero y tendió cuidadosamente el documento oficial que estaba escondido en el interior. Glaucus captó en un vistazo una caligrafía precisa y dos firmas... y un sello oficial. Un sello oficial. El sello de un emperador. Se quedó mirando el documento desplegado ante él sobre la mesa y hasta Maxima atinó a contener su natural exuberancia e impulso de manotearlo. Se quedó sentada muy quieta, estudiando el rostro extrañamente impasible de su hermano.
Marcianus tomó asiento y preguntó suavemente.
¿No vas a mirarlo?
Sé lo que es -susurró Glaucus- Usted lo tenía. Fue usted quien contactó a Septimius Severus.
El anciano quedó anonadado.
¿Cómo... cómo sabes que hice eso? ¿Cómo sabes acerca del documento?
Fue Maxima quien aportó la respuesta.
Cuando estuvieron juntos en Ostia, mi padre se lo contó a Julia, mi madre. Sabíamos que Maximus era el elegido de Marcus Aurelius para sucederlo como emperador pero no teníamos pruebas -extendió el índice y, lentamente, deslizó el documento hacia ella- Ahora la tenemos.
Glaucus siguió sin moverse.
Esta debe ser la copia del emperador.
Sí, la encontré en su cuerpo. Maximus también debe haber tenido una. No sé qué pasó con ella.
Finalmente, Glaucus levantó la vista.
Está en España, en la tumba de mi madre.
Marcianus soltó un suspiro tembloroso.
Oh, ya veo.
Este documento fue el catalizador de la muerte de mi padre -dijo Glaucus seriamente- De algún modo pensé que sería algo más que un simple trozo de pergamino... ha causado tanto dolor.
Es la intención, no el pergamino.
Por supuesto -respondió Glaucus al tiempo que finalmente tomaba el documento de manos de Maxima y lo sostenía en las suyas- Tan ligero -comentó- para tener semejante peso.
De golpe, el rostro de Marcianus pareció aún más viejo, las arrugas aún más profundas a la luz del fuego moribundo.
Me alegra deshacerme de él finalmente. Traté... traté de usarlo para restaurar el buen nombre de su padre pero fue inútil. Ni siquiera sé si el emperador recibió mi carta y la copia que le envié.
Oh sí, la recibió -dijo Glaucus- Este documento costó la vida de mi padre y casi cuesta la mía.
Ante la mirada interrogativa de Marcianus, Glaucus continuó:
No podía entender por qué Septimius Severus estaba tan preocupado hasta que Julia me habló sobre este documento... luego, todo adquirió sentido. Lo quiere a toda costa y cree que yo también lo he estado buscando... y supongo que, indirectamente, lo he estado. Ahora puedo hacer lo que usted trató de hacer y limpiar su nombre... probar que era el heredero de Marcus Aurelius, no su asesino. El viejo emperador estaba muriendo. Mi padre no necesitaba matarlo para acceder al trono; sólo necesitaba esperar un poco para que el anciano muriera. Commodus tenía todos los motivos para matarlo -Glaucus descubrió sus dientes en una mueca siniestra- Oh, cuán pesado es este documento. Ya mató a mi padre... y puede destronar a un emperador.
¿Es eso lo que quieres, Glaucus? ¿Reclamar el trono para ti? Tu reclamo tiene sustento, sabes, y Severus tiene muchos enemigos -dijo Marcianus sin estar totalmente seguro de lo que pasaba por la mente del joven- Muchos te apoyarían. Gente que le era leal a tu padre. Es tu legado.
Glaucus negó con la cabeza.
La granja de mi padre es mi legado. Pienso terminar de restaurarla y el detalle de las cartas de mi madre me ayudará a hacerlo. Aparte de eso, Marcianus, sólo quiero completar aquello que me propuse. Descubrir qué le ocurrió a mi padre y prácticamente lo he hecho. Descubrir por qué le ocurrió, algo que también he hecho. Y limpiar su nombre y vengar su muerte... que es lo que voy a hacer.
Commodus está muerto... -empezó a decir Marcianus.
Pero Quintus tal vez no. Es hora de regresar a Roma.
Se produjo un largo silencio.
Finalmente, Helena dijo:
Esperábamos que pudieran quedarse un poco más. Raramente vemos a alguien de afuera.
Maxima le sonrió tristemente a su nueva amiga. También ella sabía que era tiempo de partir.
También está Lucius. Puedes buscarlo -ofreció Liatus.
¿Lucius Verus? Sí, lo tuve en cuenta. El y Quintus estaban en la arena con mi padre cuando murió y puede ser que él me pueda ofrecer alguna información interna sobre el combate final. Pero no sé dónde está.
Probablemente en exilio -agregó Marcianus- O muerto.
Aparentemente, no -respondió Glaucus- Severus alega que es pariente de Marcus Aurelius para fortalecer su derecho al trono, de modo que no puede haber maltratado a su nieto... no al menos en forma pública. Probablemente, Lucius Verus está vivo en algún lugar del imperio.
Un lugar muy grande, el imperio -comentó Liatus.
Sí – Glaucus sonrió secamente- Estoy empezando a darme cuenta. El camino que tomamos hasta aquí fue memorable sólo por decir algo pero en absoluto rápido. ¿Hay un mejor camino hasta el mar? ¿Cualquier puerto donde podamos embarcarnos hacia Alexandria, donde nos espera nuestro barco?
Tendrán que cruzar menos desierto si se dirigen hacia el Norte en lugar de hacerlo hacia el Oeste... más allá de Masada encontrarán un buen camino romano que conduce a la costa, cortesía de una mayúscula iniciativa vial del mismísimo Septimius Severus. Con buen tiempo pueden llegar allí en cuestión de días -dijo Liatus- Estoy seguro de que tu guía conoce el camino.
Hablaré con Hamoudi en la mañana y veré si podemos unirnos a una caravana. De ese modo será más seguro -dijo Glaucus mirando a su hermana.
Hamoudi asintió cuando Glaucus le explicó lo que quería hacer; el diminuto guía nabateo le prometió tener todo listo en dos días. Fiel a su palabra, al amanecer del segundo, Maxima y Glaucus montaron nuevamente sus camellos tras intercambiar emotivos adioses con Marcianus y su familia. Glaucus pensó que la caravana era muy pequeña. Apenas dos carros cargados y tirados por bueyes más un grupo de mulas y seis hombres envueltos en ondulantes ropas blancas y con las cabezas cubiertas con tocados a rayas. Algunos iban a pie mientras que otros montaban camellos.
A medida de que se aproximaban a la oscuridad de la enorme hendidura conocida como Siq -y a la salida de Petra- tanto Glaucus como Maxima se volvieron y saludaron con la mano al grupo reunido a la sombra de la Tesorería. Este les devolvió el saludo y Glaucus los escuchó gritar varias veces "¡Que Dios los acompañe!" De golpe, los hermanos fueron devorados por la oscuridad y la ciudad de Petra desapareció como si nunca hubiera existido. Salieron por el otro extremo para enfrentarse a un sol cegador y millas de desierto pedregoso pintado con los tonos pastel que habían aprendido a amar. Sin embargo esta vez, en lugar de enfrentarse al desierto abierto, permanecieron a la sombra reparadora del farallón.
Glaucus encontró muy curiosos a sus compañeros de viaje. Envueltos en sus ropas, permanecían totalmente callados. No esperaba que se comunicaran con él pero, al parecer, tampoco lo hacían entre ellos. Tal vez aquello era simplemente el estilo nabateo.
Al cabo de unas pocas horas, Maxima estaba otra vez masticando arena y se hundió en sus ropas tal como lo había hecho antes. El día transcurrió sin incidentes y, bien entrada la tarde, plantaron sus tiendas, las de Glaucus y Maxima apartadas de las de los nabateos y de modo tal de que sus entradas quedaran enfrentadas. De ese modo, nadie podría acercarse a Maxima sin que Glaucus lo escuchara.
En su tienda, Glaucus hurgó en sus alforjas hasta encontrar los dos paquetes envueltos en cuero y los palmeó antes de devolverlos a su escondite. Hizo lo mejor que pudo para nivelar la arena del piso y luego se envolvió en sus mantas para pasar la noche.
Había comenzado a dormitar cuando Hamoudi abrió bruscamente la solapa de la entrada.
Ven conmigo -dijo.
¿Q-qu..? ¿Cómo? ¿Dónde vamos? ¿Qué pasa? -murmuró Glaucus.
A buscar agua.
Ahora completamente despierto, Glaucus se sentó.
Tenemos agua para varios días. No necesitamos más.
Debemos juntar agua mientras podamos. Hay un wadi sobre el acantilado. Ven. Ven rápido.
Más tarde, Glaucus se dió cuenta que la urgencia de Hamoudi debía haberlo alertado sobre el peligro inminente. Pero no lo hizo.
Glaucus trató de no tropezar con el borde de su propia capa mientras avanzaba trabajosamente por el empinado sendero rocoso balanceando dos jarras de arcilla en sus manos. A cada pocos pasos se detenía para echar una mirada al campamento suavemente iluminado por tres fogatas pero no pudo ver movimiento alguno. El único sonido era el del viento y el distante crepitar de las brasas. Una vez más volvió a preguntarse por qué necesitaban más agua pero decidió que debía confiar en el juicio de su guía, el cual sabía mucho más sobre viajar por el desierto. Ya estaba casi oscuro cuando llegaron a una pequeña meseta y Glaucus se detuvo para tomar aliento.
¿Bien? ¿Cuánto falta?
Creo que aquí está bien -dijo en perfecto latín un hombre que salió de atrás de una gran roca. Glaucus giró para enfrentarlo y las dos jarras de arcilla cayeron de sus manos y se hicieron pedazos. Ante él se encontraba uno de sus compañeros de viaje, sus blancos ropajes descartados para revelar la coraza negra de un pretoriano. Pronto se le unió otro y Glaucus detectó movimiento a su espalda. Giró la cabeza rápidamente para ver a otros dos guardias imperiales. Hamoudi había desaparecido de la vista.
Glaucus retrocedió lentamente de modo de tener a los cuatro pretorianos en el campo de su visión periférica. Sus dedos se cerraron en torno a la espada de su padre, oculta bajo la capa negra.
¿Qué es lo que quieren? -preguntó en voz baja y firme pero su corazón martilleaba violentamente en su pecho- No creo haber infringido ley alguna en Petra.
Ahorrémonos la conversación, ¿sí? -dijo el oficial al mando, el primero en haberse mostrado como pretoriano- Tenemos órdenes que ejecutar y estamos ansiosos por volver a Petra. No me gusta el desierto, especialmente por la noche. Uno nunca sabe qué peligros pueden acechar -ironizó.
¿Ordenes? -preguntó Glaucus aunque estaba seguro de saber quién las había dado.
Sí. Este lugar marca el final de tu viaje. Los lobos se ocuparán rápidamente de tus restos. A la mujer nos la llevaremos de regreso a Petra para diversión de los hombres.
La actitud del hombre era muy calma y casual, al igual que la de sus soldados. Estaba claro que no esperaban encontrar dificultad alguna para cumplir con su tarea.
¿Van a matarme?
El oficial le ofreció un sarcasmo.
Esa es la idea.
¿Por orden de quién?
No creo que eso te importe.
¿Del emperador? ¿Severus dio la orden? -Glaucus aferró con fuerza la empuñadura de la espada y la aflojó ligeramente de su vaina.
Vino de Roma. Es todo lo que necesitas saber.
Yo diría que el emperador preferiría mantenerme con vida. ¿Están seguros de sus órdenes? No les iría nada bien si me mataran antes de tiempo.
Los hombres vestidos de negro soltaron risitas pero los tres soldados miraron inquietos a su jefe, lo que hizo que el hombre avanzara hacia Glaucus.
Sé exactamente lo que dicen mis órdenes. Pero tengo una pregunta para ti. ¿Eres realmente el hijo del General Maximus?
Sí. Sí, lo soy.
- Bien... será un honor matar al hijo del traidor que asesinó a Marcus Aurelius.
Al tiempo que pronunciaba el nombre del emperador, el pretoriano desenvainó su espada y se lanzó sobre Glaucus, quien saltó hacia un costado para evitar el golpe. De inmediato, Glaucus giró para enfrentar a sus oponentes y con el mismo movimiento descartó su capa, revelando ahora la espada, firmemente sujeta y lista para la acción. Mientras el oficial pretoriano recuperaba el equilibrio, los otros tres se lanzaron al ataque y, moviéndose como uno solo, alzaron sus espadas para golpear.
En menos de lo que toma un pestañeo, Glaucus consideró su situación... y se dio vuelta, echándose a correr. Aquel no era el lugar adecuado para enfrentar a cuatro oponentes armados. No tenía idea de hacia dónde iba pero necesitaba un lugar donde pudiera encargarse de sus adversarios de a uno. Patinando a causa de algunas rocas sueltas, siguió trepando por el paso montañoso cuyos barrancos eran ahora casi verticales. Su propia respiración agitada enmascaraba la de los hombres que tenía casi a sus talones. Justo cuando sintió que una mano intentaba aferrar su pie, el sendero dio un giro y Glaucus chocó contra algo blando. Sin vacilar ni un instante, aferró el cuerpo con sus fuertes brazos y giró en redondo. Hamoudi aulló cuando dos espadas atravesaron su vientre y Glaucus usó el cuerpo del nabateo como escudo al tiempo que empujaba sendero abajo con todas sus fuerzas y luego giraba, lanzando el cuerpo sin vida de Hamoudi y a los dos pretorianos que acababan de perder pie aullando por el borde del precipicio.
Usó su mano libre para detener su propio deslizamiento, clavándose afilados trozos de piedra roja en distintas partes de su cuerpo. La siempre creciente oscuridad lanzaba profundas sombras en torno a cada piedra y Glaucus no estaba seguro de cuál era realmente roca y cuál era hombre. Sólo podía suponer que los otros dos pretorianos estaban aún tras él... y seguían ascendiendo. Probablemente en lo alto de la montaña encontraría un escondite entre las grietas y piedras en el que esperar a salvo hasta la mañana pero, en ese caso, los pretorianos desatarían su ira y frustración contra su hermana de modos que no quería ni siquiera imaginar. No... esconderse no era una opción viable. Tendría que matarlos.
Sin que nada le permitiera anticiparlo, Glaucus emergió a una pequeña meseta totalmente plana... y la cima de la montaña. No había lugar alguno donde ir sino abajo por la otra cara y ésta no era sino un precipicio. Se volvió rápidamente y encaró el sendero, justo a tiempo para enfrentar al pretoriano que emergió de éste. La furia por la muerte de sus compañeros le dio al soldado fuerza suplementaria y rugió su rabia al tiempo que cargaba sobre Glaucus, su espada en alto. Viendo la abertura, Glaucus esquivó el golpe y buscó hundir su hoja en el pecho de su atacante, olvidando en la oscuridad la coraza del pretoriano. Su golpe simplemente resbaló sobre el metal, dejándolo abierto a un contraataque. Más que verlo, sintió el tajo en su hombro pero supo de inmediato que no era una herida seria. El dolor ardiente agudizó al máximo sus sentidos y volvió a girar, apuntando ahora hacia abajo, pero el pretoriano se las había arreglado para alejarse lo suficiente como para que el golpe no lo alcanzara.
Glaucus se escurrió de espaldas y parpadeó en la oscuridad, incapaz de ver nada. Calmó su respiración y se mantuvo inmóvil, para permitir que sus oídos escucharan mejor. Pronto lo escuchó, un sonido de voces ahogadas a su derecha. Pero no podía verlos. Vestidos de negro de pies a cabeza, los pretorianos simplemente se fundían con la noche. Miró hacia abajo. Su corta túnica le ofrecía el mismo tipo de protección pero sus brazos y piernas desnudos eventualmente lo delatarían. Lamentó haber abandonado su capa.
Podemos verte, ¿sabes? -le llegó el sonsonete atormentador- Eres un blanco excelente. Dime... ¿cómo te sientes? Mi compañero me dice que está seguro de haberte alcanzado.
Glaucus permaneció en silencio... escuchando... cada músculo tenso. Escuchó el crujir de botas cuando los dos hombres se separaron y se colocaron de modo de enfrentarlo, situándose ligeramente a cada uno de sus lados. Siguió sin moverse.
La verdad es que esta noche no has hecho nada para enorgullecer a tu papá, ¿verdad? Tuviste suerte... sólo tuviste suerte cuando mataste a los otros dos. O... tal vez sobrevivieron y ahora mismo le están haciendo una visita a tu mujer.
Glaucus se estremeció pero permaneció quieto... en silencio. Oh, sí, podían verlo bien. Se estaban preparando para atacarlo de ambos lados simultáneamente.
No tienes ninguna posibilidad, ¿sabes? ¿Por qué simplemente no te entregas y dejas que te matemos rápidamente? No será muy doloroso... apenas un dolor momentáneo, te lo aseguro.
Por cierto que no saliste a tu padre, ¿verdad? -dijo el segundo pretoriano con sarcasmo- Maximus ya nos habría matado a ambos. Ese sí que era bueno. Legendario... un traidor legendario. Lástima que su hijo sea un cobarde.
Glaucus apretó los dientes pero mantuvo su posición. De repente, la luna apareció entre las nubes, inundando la meseta con una suave luz plateada.
Ahora sí -dijo Glaucus con una lenta sonrisa- Así está mejor. Ahora estamos parejos... dos de ustedes... armados hasta los dientes... contra el hijo de Maximus, sin armadura y con sólo una espada. Sí, yo diría que ahora estamos parejos.
Los pretorianos no tuvieron ni siquiera tiempo de pensar en una respuesta antes de que Glaucus se arrojara sobre el hombre que lo había lastimado. Esta vez sabía perfectamente a dónde apuntar... la garganta. Su repentina reacción sorprendió al hombre por un instante, el tiempo suficiente para darle ventaja a Glaucus. Sin el impedimento de una pesada armadura, Glaucus se movió a la velocidad de un rayo, el alarido de un hombre salvaje brotando de su garganta y despertando ecos en los picos lejanos. Se lanzó a la misma altura del hombre, quien permanecía con las piernas aparte y bien plantadas y la espada lista. Pero, justo antes de alcanzarlo, se dejó caer sobre sus rodillas y luego se levantó de golpe y alcanzó al sorprendido pretoriano por encima de su coraza y hundió su espada, quebrándole el cuello al tiempo que la hoja aparecía por la espalda, inmediatamente por debajo de la cabeza. El chorro de sangre alcanzó a Glaucus en pleno rostro al tiempo que éste rodaba para evitar el golpe asesino del otro pretoriano. Estuvo de pie en un instante pero no antes de haber aferrado la espada del hombre muerto.
El oficial pretoriano pareció genuinamente impresionado al momento de confrontar al joven que blandía dos espadas pero su voz retuvo su tono provocador.
¿Estás seguro de que sabes qué hacer con ellas, hijo? ¿Hmmmm? Tu padre por cierto que lo sabía pero, ¿y tú?
Usted no sabe nada de mi padre -gruñó Glaucus mientras las nubes volvían a desplazarse y el soldado desaparecía en la oscuridad.
Oh, sí que sé -dijo la voz desde la oscuridad- Lo vi hacer un truco impresionante con dos espadas en un lugar pequeño y polvoriento llamado Zucchabar. Claro que en aquel momento no tenía idea de que estaba viendo al infame General Maximus. Entonces era sólo un esclavo conocido como El Español.
El pretoriano permaneció en silencio por un momento antes de agregar:
¿Te interesaría escuchar la historia?
Glaucus permaneció en silencio por un largo instante y el pretoriano esperó pacientemente, como un gato jugando con un ratón condenado.
Sí -dijo Glaucus por fin.
Por supuesto que estás interesado. Bien, déjame ver, fue en el año 180, si mal no recuerdo, Commodus acababa de ser coronado emperador -el tono del hombre era casi el de quien conversa casualmente y Glaucus supo que lo estaba tentando para que bajara la guardia- Para asegurarse de que no hubiera levantamientos en las provincias, el emperador envió destacamentos de pretorianos a lugares en los que usualmente no los habría y -resopló- yo tuve la mala suerte de ir a parar a la seca y polvorienta Zucchabar. Un lugar casi tan malo como éste.
Glaucus trató de mantener su cuerpo a un tiempo flexible y alerta pero sus músculos querían estar o bien rígidos o bien relajados.
La única diversión era una arena en el medio del poblado y la gente iba allí cada día. Maximus era simplemente uno más en un grupo de esclavos harapientos propiedad de un individuo llamado... llamado...
Proximo.
Sí... Proximo. ¿Escuchaste la historia?
Glaucus no respondió.
Bien, se distinguió rápidamente de los otros y las multitudes lo amaban. Nunca habían visto nada como él... inmensamente talentoso con la espada y muy, muy violento. No jugaba con sus oponentes, los ejecutaba. La gente no apostaba sobre qué gladiador vencería sino cuánto le tomaría al Español despachar a toda una arena llena de hombres.
Glaucus dejó caer sus brazos pero permaneció tenso.
La ocasión que mejor recuerdo fue una en la que entró en la arena vistiendo una armadura hecha de tiras de cuero.
¿La misma que había vestido cuando llegara a la villa de Julia?
Se inclinó ante sus adversarios --cinco o seis-- indicando su respeto por ellos. Y luego los despachó rápidamente uno tras otro. La multitud aullaba, por supuesto. Amaban la sangre. Después él... no, déjame pensar por un momento... tomó la espada de uno de los gladiadores muertos y blandió ambas antes de matar al siguiente clavándoselas en el vientre. Luego, las arrancó de su cuerpo y las usó para decapitarlo. Todavía puedo ver su cabeza rodando en la arena. Fue una demostración de violencia gratuita porque el hombre estaba muriéndose. Pero sabía como manipular a la multitud, vaya si sabía. Era realmente bueno.
Se hizo un largo silencio.
El pretoriano siguió hablando en un tono suave.
Pero tú no eres tu padre, endurecido por años y años de muerte y pelea. Puedes pensar que sabes manejar dos espadas pero no es así. Bájalas, Glaucus.
Glaucus volvió a levantarlas. Casi podía ver la arena que el pretoriano había descripto. Tal vez no hubiera sido más grande que la meseta en la que ahora estaban. Podía ver la multitud, escuchar sus gritos. Y podía ver a Maximus, con su coraza de cuero, orgulloso y fuerte a pesar de su esclavitud. Maximus quien nunca se había dado por vencido y cuyo hijo tampoco lo haría.
Si muero esta noche, será con una espada en la mano, tal como mi padre.
Con estas palabras, se lanzó gritando sobre el último de los pretorianos pero se hizo a un lado en el último instante y la espada de éste sólo encontró el vacío.
Pequeño tonto -rezongó pero Glaucus estaba otra vez sobre él, dándose cuenta que era mucho más rápido que el pretoriano, quien se encontraba impedido por su pesada armadura.
Si tan sólo pudiera ver lo que estaba haciendo... como por ensalmo, la luna reapareció. Usando su mano derecha y la espada de Maximus, Glaucus atacó y luego se apartó, sin causar daño alguno pero jugando un juego mental con el pretoriano, tal como éste había jugado con él. Moviéndose ágilmente sobre sus pies, no se detuvo ni siquiera por un momento, girando y girando en torno al hombre quien a su vez giraba como atrapado en medio de un vortex. Su excitación le dio fuerzas y atacó al soldado arriba y abajo, sin tocarlo nunca pero asegurándose de que éste sintiera el movimiento del aire en torno a él, causado por las remolineantes espadas.
Finalmente, cuando el pretoriano trabó una de sus hojas en lucha, Glaucus lo alcanzó con la otra, cortando limpiamente en su hombro derecho y apartándose otra vez, antes de que el hombre pudiera siquiera darse cuenta de que había sido herido. Sorprendido, éste se aferró el hombro y Glaucus lo alcanzó con la hoja en sus rodillas expuestas, desatando una retahíla de maldiciones. Para incrementar la ira del hombre, Glaucus rió en voz alta, al tiempo que seguía blandiendo sus espadas, atacando y ocasionalmente conteniendo un amague de contraataque, mientras esperaba que el hombre se descuidara. No tuvo que esperar mucho para que una mezcla de ira, fatiga y frustración diera cuenta de él. El pretoriano amagó una estocada hacia arriba, buscando su estómago pero el hombre más joven desvió su hoja con un golpe que alcanzó la muñeca del pretoriano, abriendo un feo corte. Luego, atacó con la derecha y, cuando el pretoriano se movió para proteger ese lado, lo clavó con la espada de Maximus por debajo de la coraza y hacia arriba, alcanzando el vientre y hundiéndola allí hasta la empuñadura.
Atónito, el pretoriano sólo atinó a mirarlo, al tiempo que la sangre comenzaba a borbotear en su boca. Glaucus retiró la espada lentamente y el hombre tambaleó pero no se desplomó. Por un momento, Glaucus miró los ojos vidriosos del pretoriano y movió las dos espadas cruzándolas y descruzándolas rápidamente y en un ritmo letal. El pretoriano sabía lo que vendría a continuación pero no había nada que pudiera hacer para impedirlo y con un último cruce de espadas, los ojos sin vida del hombre vestido de negro miraron a Glaucus desde el suelo donde yacía su cabeza seccionada. El cuerpo, que cayó como un árbol derribado.
Glaucus miró por un instante la terrible carnicería, su pecho subiendo y bajando por el esfuerzo.
¿Fue así como ocurrió en Zucchabar, pretoriano? ¿Fue así? -escupió venenosamente. Por fin, levantó los ojos sólo para encontrar ante él a un enorme lobo gris plateado sentado quedamente en una roca plana, mirándolo, sus ojos decididamente fantasmales a la luz de la luna. Glaucus se quedó parado en el lugar, contemplando a la magnífica bestia, sus espadas y su hombro chorreando sangre. No sintió miedo. En cambio, hombre y bestia se miraron uno al otro con indisimulado respeto y entendimiento.
Un agudo grito femenino proveniente del desierto se alzó hacia lo alto de la montaña y Glaucus giró la cabeza en dirección al sendero. Cuando volvió a mirar, el lobo había desaparecido. Glaucus dio un paso vacilante y luego se lanzó a la carrera por el sendero al tiempo que el siguiente grito alcanzaba sus oídos.
Glaucus patinó camino abajo, estrellándose dolorosamente contra rocas invisibles, deteniéndose apenas lo suficiente en la meseta menor para recoger su capa antes de alcanzar el llano del desierto, su cuerpo y su rostro envueltos en el tejido negro.
A la luz moribunda del fuego del campamento, vio a una desgreñada Maxima sujeta por dos pretorianos quienes la tenían fuertemente aferrada por los brazos mientras sus ojos buscaban en la oscuridad signos de la presencia de los otros soldados, sus espadas listas para atacar. Murmuraron algunas palabras ininteligibles pero era obvio por su postura que estaban preocupados.
Glaucus se avanzó agachado, moviéndose cuidadosamente para evitar cualquier ruido. Cuando estuvo lo suficientemente cerca del trío como para escuchar a Maxima soltando maldiciones contra sus captores, se detuvo a buscar una roca, descartando varias antes de dar con una de tamaño y peso sustancial. Poniéndose de pié, la lanzó con todas sus fuerzas hacia la oscuridad más allá de ellos, donde se estrelló contra otra piedra, haciendo que Maxima soltara una exclamación y que los dos hombres se dieran vuelta bruscamente en dirección al ruido.
Al cabo de un breve intercambio, uno de los pretorianos soltó a Maxima, encendió una antorcha en el fuego y se dirigió hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Su compañero movió la punta de la espada de modo de que ésta se apoyara amenazadoramente sobre el pecho de Maxima.
Al mismo tiempo, Glaucus se movió con sigilo y rapidez hasta llegar detrás de las tiendas, desde donde emergió a espaldas de Maxima y su captor. Arrojó una roca entre los pies del pretoriano y, cuando éste miró hacia abajo. Glaucus le clavó la espada inmediatamente por debajo del casco, la punta de la misma emergiendo bajo su barbilla. Casi simultáneamente, rodeó a Maxima con sus brazos y le tapó la boca con su mano para evitar que gritara. El pretoriano se desplomó con sólo un ruido gorgoteante.
¡Shhhhhhhh! -susurró Glaucus fieramente- ¿Cuántos más hay?
Maxima tomó aliento honda y temblorosamente cuando su hermano apartó su mano.
Sólo el otro que fue en dirección al ruido -la joven giró entre sus brazos para enfrentarlo- Glaucus, ¿qué...
Ahora no -susurró él- Ve allí, donde está oscuro.
La giró en la dirección que había indicado y le dio un ligero empujón.
Echate al suelo y quédate muy quieta. Te vendré a buscar en cuanto haya terminado.
Maxima obedeció sobre piernas temblorosas, acurrucándose junto al suelo pero lista para levantarse de un salto y correr en caso de que fuera necesario. Más temprano, había escuchado a Hamoudi ir a la tienda de Glaucus y decirle que necesitaban buscar más agua. Luego se había quedado dormida y, en lo que le había parecido horas más tarde, se había despertado alarmado por gritos lejanos. Había salido de su tienda llamando a su hermano y acabado en los brazos de los dos pretorianos. Ignorando sus preguntas sobre lo que estaba sucediendo, estos la habían inmovilizado, atentos a los gritos y alaridos que llegaban desde lo alto de la montaña, seguidos luego por un silencio inexplicable.
Cuando Maxima sintió que uno de los hombres aflojaba la presión sobre su brazo, se había arrancado de las manos de sus captores y corrido en dirección al sendero. Sólo se habían necesitado unos pocos instantes para que estos la recapturaran y había gritado de miedo y rabia. Había vuelto a gritar mientras los pretorianos la arrastraban de regreso al fuego del campamento. Poco después, uno de los soldados había ido a investigar el ruido y el otro se había desplomado muerto al tiempo que una mano le cubría la boca... la mano de su hermano. Ahora estaba acuclillada, muy quieta, el corazón martilleándole de tal modo que estaba segura de que podían escucharlo en Petra. La luna emergió repentinamente de entre las nubes, y Maxima se acurrucó buscando hacerse aún más pequeña al tiempo que la arena del desierto reflejaba la suave luz antes de proyectar una sombra sobre la piedra.
Momentos más tarde escuchó a su hermano llamando su nombre. Se irguió sobre piernas temblorosas.
¡Aquí! -siseó.
Un momento después estaba en sus brazos y sintió que la estrechaba con tal fuerza que la dejó sin aliento. Cuando se separaron, Glaucus la tomó suavemente por la mano y la condujo de regreso hacia las tiendas y el fuego. El cuerpo del pretoriano había desaparecido, el lugar donde yaciera demarcado por una mancha oscura sobre la arena. Nerviosamente, Maxima se pasó las manos sobre su stola, luego se miró las palmas, confundida por la sensación pegajosa proveniente de ellas.
Glaucus -gritó al comprender finalmente la causa- Estás herido. Estás herido. ¡Estás cubierto de sangre!
Le apartó la capa buscando heridas pero las manos de Glaucus la detuvieron.
Estoy cubierto de sangre pero muy poca es mía. Estoy bien.
Ahora que la matanza había terminado se sentí agotado y entumecido. Nunca antes había matado a nadie y ahora había despachado a seis hombres en poco tiempo. Siempre se había preguntado qué se sentiría matar... qué era lo que Maximus sentía cuando despachaba a un enemigo y ahora lo sabía. No sintió nada, ni excitación, ni desesperación... nada.
Alzó la espada de Maximus, chorreante con la sangre combinada de seis hombres y la miró en silencio antes de decir quedamente:
Esta es la primera vez que esta hoja ha visto sangre desde que los dedos de mi padre la tocaran por última vez.
Se preguntó si los soldados se regocijarían y celebrarían después de matar al enemigo pero ahora sabía que no. No había alegría en ello. Suspiró y limpió la hoja en su túnica antes de volverla a su vaina.
Tenemos que irnos. Ahora. Todos los hombres que estaban con nosotros eran pretorianos salvo Hamoudi y él los estaba ayudando. Nos trajo a una trampa.
¿Dónde está? -preguntó Maxima aunque estaba segura de conocer la respuesta.
Muerto, al igual que los otros -el tono de Glaucus se volvió brusco- Reúne tus cosas. Nos llevaremos dos de los camellos y un mínimo de suministros. Tan pronto como podamos, buscaremos caballos del desierto que pueden andar mucho más rápido. No tenemos tiempo que perder.
Glaucus, no sabemos a dónde vamos. Nos perderemos en el desierto y moriremos.
Pero Glaucus ya estaba desmontando las tiendas.
Seguiremos el contorno de la montaña y estoy segura de que encontraremos un buen camino. Tenemos que disfrazar este lugar de modo que no se note que nos detuvimos aquí. Termina con esto y oculta a los otros animales. Tengo que borrar las huellas y la sangre y ocuparme de los cuerpos. Mañana más pretorianos vendrán desde Petra y no quiero que encuentren los cuerpos enseguida. Necesitamos más tiempo.
Pero Maxima insistió.
Glaucus, no es prudente lanzarnos solos. Necesitamos un guía. Necesitamos...
Maxima -la interrumpió Glaucus- el emperador ya no me cazará a causa de quien soy. Me cazará por lo que acabo de hacer. ¿Entiendes? No tenemos otra alternativa que ir solos.
Maxima asintió en silencio, el miedo asentándose en el vacío de su estómago tan pesadamente como un tazón de cereal cocido que se ha enfriado.
Antes de que amaneciera, un cambio en la calidad del clip-clop de las pezuñas de los camellos les dijo a los viajeros que habían hallado un camino. Cuando salió el sol, encontraron un pequeño oasis y un villorio donde compraron ropas hechas con el tosco tejido casero local y quemaron sus vestiduras ensangrentadas. Luego de detenerse brevemente para refrescarse, volvieron al camino, dirigiéndose hacia una aldea en la que les dijeron que podrían comprar caballos. Sólo entonces podrían disponer de la mayoría de sus provisiones y viajar tan rápida y ligeramente como les fuera posible.
Para el anochecer, ya cabalgaban dos hermosos caballos blancos, pequeños para sus nociones romanas, de rostros cóncavos y hocicos delicados, que volaban sobre las arenas como el viento. Glaucus y Maxima se relajaron un poco cuando se dieron cuenta de que, probablemente, estaban moviéndose mucho más rápido que la noticia de la masacre ocurrida en la montaña o cualquier pretoriano estacionado en Petra. Aún así, viajaron mayormente de noche si ésta no era muy oscura y acamparon en lugares alejados de todo rastro de población.
Días más tarde, sucios y exhaustos, alcanzaron la ciudad costera de Caesarea Maritima, donde con un puñado de monedas de oro persuadieron a un pescador de que los llevara a Alexandria. Libres de relajarse por primera vez en muchos, muchos días, Glaucus y Maxima se tendieron en la cubierta olorosa de pescado y durmieron como rocas a pesar de lo agitado de los mares.
La imagen familiar del Faro de Alexandria no ofreció consuelo a los cautelosos viajeros... la ciudad era bien patrullada por legionarios y otros representantes del emperador. Glaucus instaló a su hermana en una posada destartalada cerca de los muelles, frecuentada por marineros y mujeres que alquilaban las habitaciones por hora. Instruyéndola para que cerrara la puerta y no le abriera a nadie que no fuera él, Glaucus fue en busca del capitán Aemilius para que los llevara de regreso a Ostia. Recorrió los tugurios frecuentados por los marineros durante un día largo y frustrante antes de encontrar a uno de los hombres que viajara con ellos hasta Alexandria y éste encontró a Aemilius. Obviamente sorprendido por la apariencia de Glaucus, el capitán estuvo de acuerdo en zarpar en cuestión de horas luego de advertirle que los sobornos para que les abrieran los puertos de salida y llegada serían elevados. Luego de que Glaucus le advirtiera reiterada e innecesariamente que fuera discreto, Aemilius salió en busca de sus hombres.
Se deslizaron fuera del puerto al cobijo de la oscuridad, guiados por dos barcas cuyos capitanes estaban más que complacidos de haber llenado sus bolsas tan inesperadamente. Navegaron directamente hacia Creta, donde pararon sólo lo suficiente como para cargar provisiones. Al tercer día de la siguiente semana, el Faro de Ostia apareció brillante en la costa de Italia. Echaron ancla mar adentro y Glaucus y Maxima se trasladaron a un bote que los condujo a una playa no lejos de la villa de Julia. Maxima sintió que su estómago se contraía. ¿Cómo reaccionaría su madre al ver a su descarriada hija por primera vez en meses?
Todo rastro de color se borró lentamente del rostro de Julia al tiempo que ésta soltaba una exclamación y miraba con la boca abierta a los dos desarrapados viajeros que estaban de pie con cara de avergonzados en su atrio ligeramente iluminado. Un instante más tarde, estrechaba a Maxima en sus brazos y ambas mujeres lloraron quedamente en las sombras, mientras Glaucus se pasaba nerviosamente los dedos por su cabello desordenado.
Obviamente aliviada de ver a su hija, ¿reservaría Julia su ira para él?
Por fin, Julia soltó a Maxima, le acarició el cabello y le dijo algunas palabras en voz muy baja antes de ordenar a los sirvientes que le preparan un baño. Miró alejarse a su hija y luego dirigió su atención hacia Glaucus. Este resolvió tomar la iniciativa y tratar de desviar lo que seguramente vendría.
Hola, Julia -su voz sonó hueca en el espacio vacío.
Ella ladeó la cabeza y lo miró pensativamente, luego habló midiendo sus palabras.
Durante semanas después de tu partida, Glaucus, viví en un estado de furia permanente dirigida en su mayor parte hacia ti. Creí que me habías mentido. Que habías arreglado con Maxima que se encontrara contigo en el barco y la habías escondido allí... que habías inducido a mi hija a unírsete en tu peligrosa misión -Julia aspiró profundamente para aliviar su propia tensión- Por fin, Apollinarius me convenció de que Maxima es perfectamente capaz de planear y llevar a cabo semejante hazaña por sí sola y que probablemente tu eras tan víctima del engaño como yo misma -entrecerrando los ojos, preguntó- ¿Es cierto?
Glaucus asintió con cierta reticencia, encontrando difícil mirarla a los ojos.
El capitán Aemilius la encontró cuando llevábamos unos pocos días de viaje... pero lo suficiente como para hacer imposible que volviéramos. Se había ocultado en un barril en la sentina -Glaucus se movió sobre sus pies, como un niño de escuela atrapado en una travesura- Lo... lo siento, Julia. Fue una mala decisión. Debíamos haber dado vuelta y regresar aunque fuera remando. Asumo la responsabilidad por lo que ocurrió.
Al cabo de unos momentos de silencio, Julia preguntó:
¿Tienes alguna idea de cuán preocupada he estado?
Puedo imaginarlo.
No, no puedes -respondió Julia con un toque de rabia en su voz al tiempo que se le acercaba- No hay modo alguno de que puedas imaginarlo.
Glaucus asintió y miró las baldosas blancas y negras del piso de mármol hasta que Julia le tomó suavemente el mentón barbado y lo obligó a levantar la cabeza. Se encontró mirando de lleno unos ojos enrojecidos.
Me preguntaba si volvería a verlos con vida.
Glaucus asintió con la cabeza y admitió:
En algunos momentos también yo me lo pregunté.
Finalmente, Julia tomó a Glaucus en sus brazos y lo estrechó en un abrazo breve pero feroz, para luego apartarse de él frunciendo su elegante nariz.
Tú también necesitas un baño.
Sí... pasó algún tiempo desde la última vez.
Bien, tendrás tu baño y luego podrás descansar. Luego, quiero me que cuentes con todo detalle lo que ocurrió desde la última vez que nos vimos. ¿Entendido?
Sí, Mi Señora -respondió Glaucus, sintiendo la necesidad de volver a las formalidades al menos por el momento. Aún se sentía como un niño travieso que había sido debidamente reprendido por su comportamiento para luego ser perdonado en forma incondicional. ¿Sería Julia tan bondadosa cuando escuchara su historia?
A Glaucus y Maxima les tomó más de una hora relatar su aventura para una audiencia de dos que los escuchaba con toda atención, pidiéndoles ocasionalmente que aclararan algún punto. Julia se mantuvo compuesta hasta que Glaucus describió su huida por el desierto luego de matar a los pretorianos. Agitada, retorció sus manos.
Notando la angustia de su madre, Maxima trató de calmarla.
Mamá, como puedes ver, estamos bien -dijo la joven, pensando que su madre estaba inquieta por lo cerca que habían estado de morir. Pero Glaucus comprendió mejor.
Julia, los pretorianos no saben que Maxima es la hija de Maximus. Ni siquiera saben su nombre. Se refirieron a ella como mi mujer. No entiendo porqué no le preguntaron a Hamoudi quién era pero, probablemente, ni siquiera se les ocurrió otra cosa. Me buscan a mí, no a ella. Aquí estará a salvo.
¡Aquí! -exclamó Maxima irguiéndose abruptamente y mirando primero a Glaucus y luego a su madre- ¡No pienso quedarme aquí!
Tres voces se alzaron al unísono.
Por supuesto que te quedarás.
Glaucus siguió hablando en un tono serio.
No vendrás conmigo durante el resto de mi viaje, Maxima. Es demasiado peligroso, como ya lo comprobaste. Esta vez no habrá barriles en los que esconderse.
Maxima empezó a responder pero fue interrumpida por su madre.
Glaucus tiene razón, cariño. Escúchalo. Debes permanecer aquí, donde estarás a salvo.
Al tiempo que Apollinarius abría su boca para aportar su apoyo a la decisión, Maxima declaró desafiante:
Sí, me doy cuenta de que el viaje para encontrar a Quintus y Lucius será demasiado peligroso para mí. Créanme, después de la emboscada en la montaña, estaré contenta de quedarme guardada por un tiempo.
Se escucharon tres suspiros de alivio.
Pero no me quedaré aquí, madre. Aquí ya no hay nada más para mí. Me voy al departamento en Roma.
Julia vaciló por un momento para luego darse cuenta de que, con su determinada hija, sería mejor ceder un poco.
Bien... sí, puede arreglarse.
Y tampoco estaré bajo arresto domiciliario. Iré a donde quiera ir.
Acompañada, por supuesto -dijo Julia- En Roma, todas las jóvenes de tu edad salen de sus hogares acompañadas.
Maxima sabía que, si así lo deseaba, podía perder a sus guardaespaldas rápidamente de modo que asintió y enseguida cambió de tema.
Lo encontramos, ¿sabes? -dijo en un susurro críptico.
¿Qué encontraron? -preguntó Apollinarius, quien se sentía demasiado cansado para jugar juegos- ¿Qué es lo que encontraron?
Maxima echó una mirada de reojo a su hermano, quien asintió con la cabeza, dándole permiso para hablar.
El documento... y las cartas de la madre de Glaucus a Maximus. También hay dibujos. Marcianus los tenía -dijo deleitada al ver la expresión sorprendida de su madre.
¿Marcianus tenía el documento? ¿En Petra? -repitió Julia, como si tratara de comprender cómo había ocurrido aquello. Maxima continuó.
El y Cicero se dividieron las pertenencias de mi padre la noche en que los pretorianos se lo llevaron para ejecutarlo y los tuvo durante todos estos años.
Se trata de la copia del documento que pertenecía al emperador -aclaró Glaucus- Marcianus la encontró cuando se quedó a solas con Marcus Aurelius tras su muerte. Se lo llevó porque sabía que sería importante. Ahora lo tenemos nosotros.
Como puedes ver -dijo Maxima triunfante- Valió la pena.
Dicho esto, se puso de pie y salió del departamento de su madre sin agregar otra palabra.
Reacia, Julia asintió con su cabeza.
Ten cuidado con lo que hagas con él, Glaucus. Es un documento muy poderoso.
Apollinarius también asintió.
Si el emperador descubre que tienes el original, no se detendrá ante nada para obtenerlo... y deshacerse de ti.
Lo sé, pero es el arma que necesito para limpiar el nombre de mi padre.
Debes ocultarlo, Glaucus, hasta que estés listo para usarlo -dijo Julia- Debes ocultarlo en un lugar donde nadie pueda encontrarlo a menos que lo hayas autorizado para hacerlo. No puedes arriesgarte a llevarlo encima y que te atrapen. Pueden hacerse copias, certificar su autenticidad y conservarlas contigo.
Glaucus consideró la sabiduría de sus palabras.
Puedo dejarlo aquí...
No, no puedes -dijo Julia con determinación- Pero tal vez yo sepa de un lugar donde estará seguro.
¿Dónde?
El templo de las Vírgenes Vestales -dijo Julia.
Oh, sí. ¡Eso es perfecto! –gorjeó Apollinarius- Mi querida, eres tan lista. Por supuesto... el templo de las Vestales. Y tú tienes los medios para conseguir una audiencia.
¿Por qué allí? -preguntó Glaucus un tanto confundido.
Apollinarius estuvo más que feliz de explicarle.
Las Vestales hacen mucho más que mantener el fuego sagrado ardiendo, mi joven amigo. Cuidan de los documentos más importantes de Roma -Apollinarius miró en torno suyo con aire de conspirador- El templo guarda hasta secretos de estado. Las familias más ricas de Roma salvaguardan allí sus testamentos y la familia imperial tiene por confidentes a las Vestales.
Pues entonces ese es el último lugar donde quiero dejarlo -exclamó Glaucus- Le pueden decir a Severus que...
Apollinarius lo interrumpió antes de que Glaucus pudiera agitarse aún más de lo que estaba.
El documento debe ser depositado en las manos de la Gran Vestal y sólo para sus ojos. Es prima de Marcus Aurelius. Le sigue siendo fiel y desprecia a Severus. Es muy anciana pero me dicen que aún es muy fuerte. No te traicionará.
Pero, ¿cómo consigue un hombre como yo una entrevista con la Gran Vestal?
Julia y Apollinarius intercambiaron miradas.
Hay un modo... -empezó a decir Julia pero se interrumpió cuando su hija volvió a entrar en la habitación, arrastrando una pesada alforja por el piso de mármol pulido. Su bata se arrastraba tras ella y estaba descalza, habiendo abandonado sus pantuflas durante su ausencia. Su rostro bien lavado y su cabello flotante brillaban de juventud y excitación.
Aquí están. ¿Quieres verlos? -preguntó Maxima como si toda conversación hubiera cesado en el momento en que ella saliera de la habitación sólo para recomenzar en el momento de su regreso. Dos cabezas asintieron con entusiasmo y Julia y Apollinarius se movieron en sus sillas cuando Maxima depositó la alforja entre ambos para luego dejarse caer de rodillas junto a ésta y hurgar en su contenido. Con un gesto impaciente, descartó cosas de relativa importancia y hundió sus brazos hasta los codos para encontrar lo que buscaba. Su actitud se transformó en una de reverencia mientras desenrollaba cuidadosamente el documento y lo colocaba en las manos de su madre.
Julia y Apollinarius se inclinaron sobre el pergamino, leyendo cada palabra tres o cuatro veces antes de que el anciano alzara su cabeza maravillado.
Palabras tan simples -dijo- Un documento tan simple que contiene tanto poder. Cuesta creerlo.
Es exactamente lo que pensé la primera vez que lo vi -dijo Glaucus al tiempo que dirigía su atención hacia Julia, quien miraba fijamente el documento --más exactamente al pié del mismo-- donde Maximus estampara su firma decididamente. Por fin, ella levantó la cabeza y volvió a arrollar el documento sin decir palabra.
Maxima miró a su madre un tanto insegura pero su entusiasmo tomó otra vez el control y hurgó una vez más en la alforja. No vio a Apollinarius tender una mano y palmear la de Julia ni la trémula sonrisa que ésta le ofreció.
Aquí están -dijo Maxima deleitada- Las cartas. Espera ver esto, mamá.
Glaucus trató de advertírselo.
Tal vez más tarde...
Maxima lo ignoró.
¿Quieres verlo, verdad mamá?
Sin esperar una respuesta, le tendió la preciosa carta a su madre y se sentó sobre sus talones esperando su reacción.
Julia aspiró hondo, luego comenzó a desenrollar el pergamino lentamente, sorprendida de ver trazos de carbón en lugar de palabras. Siguió desenrollándolo, de abajo hacia arriba, revelando sólo vegetación muy bien dibujada, plantas del tipo de las que crecen a los lados del camino. Luego apareció un escalón seguido de unos pies calzados con botas. Una vez que las botas se revelaron en su totalidad junto con el borde de una capa ondulante, Julia supo qué era lo que estaba a punto de ver. Era un dibujo de Maximus... la primera vez que vería su rostro desde el día de su muerte, más allá de las imágenes que siempre estaban en su mente.
Ante la vacilación de Julia, Maxima urgió a su madre para que siguiera, hasta que los dedos de su hermano se enroscaron en torno a su brazo y apretaron dolorosamente. La joven apretó los dientes y se obligó a sí misma a relajarse, al tiempo que le lanzaba a su hermano una mirada fulminante.
Ahora el uniforme había sido descubierto: las fuertes rodillas desnudas y la túnica oscura; la coraza ornamentada con la cabeza de lobo; la larga capa que le rozaba las rodillas; las dos pieles de lobo echadas sobre sus hombros con gracia casual. Era exactamente como había estado vestido la primera vez que lo viera. Julia cerró los ojos, para nada segura de si tendría fuerzas para seguir adelante... para ver al hombre al que amara interpretado por la mano de la mujer que éste amara durante buena parte de su vida. Pero obligó a sus dedos a seguir adelante... y finalmente el rostro apareció ante sus ojos. Un rostro joven, fuerte, algo distante, distraído... tan, pero tan hermoso.
Pensó que, sabiendo lo que iba a ver, estaría preparada pero el impacto de contemplarlo, de verlo ante sus ojos de otro modo que en sus sueños o sus recuerdos hizo que su cabeza girara y su mano aferró el brazo de su sillón al tiempo que sentía que su rostro se sonrojaba.
Pasaron varios minutos... por lo que sabía, podían haber sido horas. Estaban juntos otra vez en Moesia, ella y Maximus. Lo provocaba y él resistía sus avances durante el banquete, mientras ella trataba de controlar sus miembros que temblaban en la cercanía de aquel hombre poderoso. Luego estaban solos... detrás de una cortina...
Las voces flotaron hasta ella y alcanzaron su conciencia y Julia levantó la cabeza de golpe para encontrarse mirando directamente los preocupados ojos azules de... su hija. La habitación volvió a enfocarse y el fuego crepitó en el hogar.
Mamá... mamá, ¿estás bien? -preguntó Maxima algo alarmada. Nunca había visto a su madre comportarse de ese modo. Glaucus también estaba murmurando palabras de disculpas. Apollinarius se limitó a demostrarle su apoyo acariciándole un brazo, comprendiendo mejor que nadie lo que Julia sentía en aquel momento.
Julia se humedeció los labios y bajó la vista al dibujo que tenía en sus manos. Tan perfecto. Tan parecido a él. Pero era sólo un trozo de pergamino, no carne tibia.
Estoy... Estoy bien. Estoy bien. Es sólo la conmoción de ver su rostro. Pensé que nunca volvería a verlo.
Como para reafirmar sus palabras, se las arregló para esbozar una sonrisa tenue y volvió a arrollar cuidadosamente el dibujo. Al tiempo que se lo tendía a Glaucus, dijo:
Todo un tesoro, Glaucus. En muchos sentidos, más aún que el documento.
Lo sé, Mi Señora. Gracias -respondió mientras tomaba el precioso dibujo de sus manos y lo guardaba dentro de su túnica.
Tu madre era muy talentosa.
Sí. Muchas gracias.
Julia se alisó su propia túnica y afirmó sus manos temblorosas.
Bueno, ha sido toda una velada y estoy muy cansada. Estoy segura de que ustedes también lo están a pesar de su siesta.
Empezó a ponerse de pie.
Julia, espere. Por favor -dijo Glaucus- Usted había empezado a decir algo acerca de cómo podía conseguir una audiencia con la Gran Vestal.
Maxima miró a su hermano con gran interés pero, por una vez, fue capaz de contener su lengua.
Sí... sí -respondió Julia- Si me esperan aquí, volveré en un momento.
Tres pares de ojos miraron alejarse su esbelta figura, dos llenos de curiosidad y el tercero sabiendo qué esperar.