El fuego del hogar iluminaba y hacia relucir el antiguo oro pesadamente trabajado del anillo que Julia sostenía en alto y hacía girar lentamente para que todos pudieran verlo, chispas amarillas confundiéndose con el púrpura intenso de la piedra. Era un anillo diseñado para un hombre poderoso... un anillo digno de un emperador. El sello era tan grande que, cuando lo usaba Marcus Aurelius, debía haber cubierto su nudillo. Julia recordaba que sus dedos eran largos, delgados y casi delicados, más adecuados para un poeta erudito que para un emperador guerrero.
El sello había sido tallado en una piedra pulida, plana y perfectamente redonda, una rara pieza de ágata de color púrpura. El intaglio era una obra maestra de orfebrería, sus líneas tan delicadas que parecía imposible que hubieran sido talladas por manos humanas. Pero, del mismo modo que su tamaño contrastaba con la delicadeza del dedo para el que había sido diseñado, la simplicidad de la insignia grabada en la piedra contrastaba con el peso del oro y la obvia riqueza de la gema: una espiga de trigo entrelazada con una rosa. Ninguna palabra. Ningún dios o diosa. Ninguna ilustración de triunfos romanos. Sólo una simple, humilde espiga de trigo y una hermosa rosa en flor. Una espiga de trigo maduro como las que alimentaban a los romanos de todas las clases en cada rincón del imperio. Una rosa como los millones de rosas que florecían desde Siria a Britannia. Tan simple. Tan natural. Y habían sido elegidos por el hombre más poderoso del mundo como su sello personal. Misteriosa en su simplicidad, la insignia cuadraba perfectamente al hombre privado que había sido el emperador Marcus Aurelius. Le cuadraba al guerrero, al filósofo, al hombre poderoso pero compasivo que había sido... al hombre que tenía poder absoluto pero quería devolverle el poder al pueblo de Roma. El hombre que había elegido a Maximus como su único posible heredero.
Es increíble -dijo Maxima, quien miraba fascinada el juego de vibrantes colores- ¿Quién te lo dio?
El emperador de Roma... Marcus Aurelius -Julia sonrió ante la exclamación de Glaucus- Estaba muy agradecido conmigo por haber protegido la vida de su padre cuando estuvo en grave peligro en Moesia y me dio este anillo de sello, diciéndome que lo usara si alguna vez necesitaba algún tipo de ayuda -Julia depositó en anillo en la palma de su mano y disfrutó de su peso familiar- Lo hubiera usado para salvar la vida de Maximus luego de descubrir que era un esclavo en Roma -dijo- Pero era demasiado tarde.
¿Para qué sirve ahora que Marcus Aurelius está muerto? -preguntó Maxima, al tiempo que aceptaba el anillo de manos de su madre y lo hacía rodar entre las suyas para finalmente probárselo en el dedo medio, donde pareció tragarse su dígito.
Glaucus interceptó la respuesta de Julia.
La Gran Vestal. Ella reconocerá el anillo, ¿verdad?
Julia asintió sonriendo.
Glaucus continuó.
Y me ayudará una vez que vea el documento. Julia... ¿me va a prestar el anillo?
La sonrisa de Julia se hizo más amplia.
Si no pude usarlo para ayudar a tu padre mientras estaba vivo, entonces lo usaré para ayudarlo después de su muerte. Estoy segura de que es lo que el emperador hubiera querido.
¡Ahí va... atrápalo! -exclamó Maxima al tiempo que le lanzaba el anillo a su hermano.
Glaucus lo atrapó en el aire y lo apretó en su mano grande y fuerte, sintiendo que la gema se le clavaba en la palma. Apretó aún más fuerte y luego abrió los dedos lentamente, estudiando la impresión que la insignia había dejado en su carne.
Tengo noticias para ustedes -continuó Julia al tiempo que miraba al sonriente Apollinarius- Sabemos dónde está Lucius Verus.
¿Dónde? -preguntaron Maxima y Glaucus al unísono, el precioso anillo olvidado por el momento ante la mención del nieto de Marcus Aurelius.
Es Iudex Selectus Quaestionis de la provincia de Alpes Atrectianae Et Poeninae. No se dejen engañar por el título grandilocuente. Es probablemente la provincia más pequeña del imperio y de seguro una de las más remotas, muy alto en las montañas.
O sea que lo quitaron de en medio -comentó Glaucus.
De seguro -asintió Maxima- ¿Qué es un Iudex... eh...?
Apollinarius se unió a la conversación.
Iudex Selectus Quaestionis es la mayor autoridad de una provincia que es demasiado pequeña para ameritar un gobernador. Es un magistrado civil encargado de dispensar la justicia local. Esencialmente, se sienta en una silla, escucha quejas y emite sentencias. No es un mal cargo pero imagino que no tiene mucho que hacer en una provincia colgada de los Alpes, poblada mayormente por pastores.
Muy astuto de parte de Severus, ¿no es cierto? -comentó Glaucus- Para el pueblo de Roma, parece que le ha dado al nieto de Marcus Aurelius una posición de gran responsabilidad cuando, en realidad, lo que hizo fue enviarlo lejos y quitarlo del medio.
Precisamente -dijo Apollinarius- Los pasos permanecen intransitables durante buena parte del año de modo que el joven está bien aislado. Y las rutas que van hacia las provincias del Norte y del Oeste no alcanzan los picos altos donde Alpes Atrectianae Et Poeninae está situada. Es la provincia más al Norte de las tres alpinas.
¿Cuánto tiempo lleva allí? -preguntó Glaucus.
Lo ignoro -respondió Julia- No se lo ha visto en Roma en años pero me aseguran que está vivo y bien.
Iré de inmediato... mientras el clima se mantiene. Gracias, Julia y Apollinarius. No puedo expresarles lo mucho que aprecio todo lo que han hecho por mí.
Hay dos cosas que me gustaría hacer antes de que partas -dijo Julia. Glaucus alzó las cejas de un modo interrogante- Necesito alterar ligeramente tu apariencia de modo que no seas tan fácil de identificar. También necesitarás un compañero de viaje que pueda hacer diligencias e ir a lugares donde tu no puedes arriesgarte a ir. La mujer que me ayudó a traer al mundo a Maxima --y quien es asimismo una querida amiga-- tiene un hijo aproximadamente un año más joven que ella. Es listo y rápido y, como Maxima, está aburrido de la villa. Habla perfecto latín y griego y lee y escribe muy bien. Ya hablé con su madre y estará más que feliz de acompañarte.
¿Sabe cabalgar? -preguntó Glaucus, no muy seguro de querer cargar con un muchachito que lo retrasara.
Ha estado cuidando de tu caballo desde que te fuiste y se ha hecho muy amigo del animal. Sí... cabalga muy bien.
¿Cómo se llama?
Brennus. Tiene aproximadamente tu estatura, gruesos rizos negros y ojos marrón oscuros.
Brennus... oh, sé a quién te refieres, mamá -dijo Maxima- De niños solíamos jugar juntos, hasta que decidiste que yo necesitaba refinarme un poco. Te gustará, Glaucus.
Bueno, entonces está decidido. Muchas gracias, Julia -Glaucus suspiró profundamente- Supongo que nos despedimos por el momento. Partiré temprano por la mañana, antes de que los hombres del emperador descubran que estoy aquí. Con suerte, todavía están lejos pero las noticias de la masacre en el desierto pueden viajar muy rápido.
Te veré en Roma -anunció Maxima.
No, hermana, no me verás -respondió Glaucus en un tono que no admitía discusión- Bajo ninguna circunstancia deben vernos juntos hasta que esto no esté arreglado...
Maxima frunció los labios.
Podemos...
¡No! -dijo Glaucus- Y no quiero escuchar una sola palabra más sobre el tema. Aunque estemos en Roma al mismo tiempo, no debemos encontrarnos.
Maxima apretó los labios y decidió cambiar de tema.
¿Qué piensas hacer para cambiar su aspecto, mamá?
Por toda respuesta, Julia se limitó a sonreír.
Dos figuras masculinas trotaban por el camino de la villa en la luz grisácea de la mañana temprano, pasando entre dulces adelfas rosa en plena floración y limoneros de ramas espinosas que tironeaban de sus capas como tratando de inducirlos a que no se marcharan. Para el momento en que alcanzaron el camino que conectaba Ostia con Roma había comenzado a lloviznar intensamente y el jovencito se arrebujó en su capa hasta que ésta le cubrió las orejas, sus pesados rizos negros aplastándose a medida de se iban empapando. La húmeda capa marrón no permitía distinguir la forma esbelta, delgada de un hombre muy joven --apenas algo más que un niño-- o disimular su excitación ante su primer viaje largo fuera de la villa. El muchacho impulsó a su yegua castaña para se lanzara a la carrera, de modo de alcanzar al enorme semental negro que trotaba a buen paso y resoplaba alegremente, feliz de haberse reunido con su amo y de estar otra vez en camino. A medida de que la ruta se humedecía, la niebla gris se fue haciendo más gruesa, levantándose ahora de las ciénagas cercanas y goteando desde las ramas de los cipreses que se alzaban sobre ellos. Aún no había mercaderes en la ruta pero los dos viajeros se movían en silencio, de modo de evitar que fragmentos de su conversación fueran escuchados por oídos no precisamente amigables.
Brennus echaba miradas subrepticias al hombre montado en el semental. Glaucus había sido cordial cuando los presentaran la noche anterior pero había mantenido un aire de distancia, no deseando compartir sus pensamientos con el muchacho al que acababa de conocer. Brennus tenía esperanzas de ganar su aprobación, de modo que se mantenía en silencio. Estaba más que un poco azorado por su compañero de viaje --el hijo del legendario General Maximus. Se lo veía tan intimidante, montado en el semental. Su capa ondulaba sobre sus anchos hombros y se arremolinaba sobre los musculosos cuartos traseros del caballo. Una espada en su vaina ornamentada estaba sujeta a su cadera, su mano descansando casualmente sobre la empuñadura.
A pesar de la llovizna helada, Glaucus iba muy erguido y tenso sobre el lomo de Ultor, los ojos fijos en el horizonte, sus pensamientos contenidos, todos sus sentidos alerta. Sus ojos escudriñaban a su alrededor a cada sonido, cada grito de un ave, cada movimiento de un animal en los pastizales a los lados del camino. No había dormido bien y se sentía irritable. Su despedida de Maxima había sido dolorosa y, a pesar del alivio que significaba saberla a salvo y protegida por su madre, iba a extrañar mucho a su hermana. En cuanto a Julia... también iba a extrañarla. Glaucus sonrió ligeramente al preguntarse cómo reaccionaría cuando encontrara el dibujo al carbón de Maximus que había colocado cuidadosamente sobre la mesa que se encontraba junto a su silla favorita. Estaba seguro de que Maximus hubiera querido que ella lo tuviese. Además, había memorizado cada línea y cada sombra. El rostro de su padre estaba impreso a fuego en su mente. Glaucus se movió ligeramente en la silla y el reconfortante peso contra su espalda le confirmó que el anillo, el documento y las dos copias cuya autenticidad había sido certificada por Julia y Apollinarius estaban a salvo.
La fría llovizna comenzó a colarse por la base de su cuello bajo la capucha de su capa y se pasó la mano por la nuca, momentáneamente sorprendido por la falta de cabello. Julia había ordenado que sus largas ondas fueran cortadas y su barba prolijada y ahora su pelo no era mucho más largo que el de su padre. Recordó cómo se había sorprendido cuando se viera en el espejo. Si su cabello hubiera sido aceitado y peinado hacia delante y un poco más oscuro, podría haber pasado por su padre. ¿Era lo que Julia se había propuesto? La había visto reflejada en el espejo por encima de su hombro, sus ojos llenos de lágrimas. No... la fantasmal similitud con su padre también la había sorprendido. Con una capa y una coraza podría haber pasado por el hombre del dibujo. ¿Sería aquello una ventaja o una desventaja? Sólo el tiempo podría decirlo.
Marius estaba sentado contemplando las motas de polvo que danzaban en los rayos de sol que se filtrara a través de las altas ventanas de la biblioteca y suspiró. Estaba aburrido de su investigación. También estaba aburrido de sus estudios y de la política... extrañaba las aventuras e intrigas que Glaucus había traído a su vida... y que se habían desvanecido en el aire con su partida. Antes de hacerse amigo del hijo del General Maximus, nunca se había dado cuenta de qué aburrida era su vida. Oh, la intriga no había desaparecido por completo. Era perfectamente consciente de que había guardias apostados cerca de la insula. alerta en caso de que Glaucus regresara. Pero se preguntaba si su amigo volvería alguna vez o si habría encontrado su fin donde quiera que su búsqueda lo hubiera llevado.
Marius fue arrancado de su ensimismamiento por un joven que tomó asiento a su lado y depositó una pila de rollos sobre la mesa. Antes de que sus ojos volvieran a la contemplación de las motas de polvo, Marius pensó que el muchacho debía haber encarado algún tema de estudio muy serio. Finalmente, suspiró y volvió a su estudio de las Guerras Perusinas. Su compañero y él permanecieron en silencio durante un rato. Finalmente, el joven le tocó el codo.
Discúlpeme, señor, ¿podría decirme qué significa esto?
El joven no le era familiar y, después de estudiarlo brevemente, Marius decidió que era inofensivo. Bajó sus ojos al pergamino desplegado sobre la mesa... una crónica de las campañas de Marcus Aurelius en Germania.
Marius se puso ligeramente rígido y de inmediato se volvió cauteloso.
Lo intentaré. ¿Dónde está?
Aquí, señor -dijo el muchacho al tiempo que dirigía la atención de Marius hacia una diminuta tableta de cera, escondida dentro del rollo.
¿Qué... ? -empezó a decir Marius pero de inmediato cerró las mandíbulas apretadamente y leyó el breve mensaje- Sí, sí... uh, podrá encontrar más información en aquellos estantes de allá.
Mientras señalaba hacia la pared a su izquierda, Marius escudriñó rápidamente la habitación en busca de Glaucus y lo encontró hurgando plácidamente los estantes tres filas más allá, manteniendo su rostro oculto de los hombres trabados en vivaces debates o que, simplemente, se inclinaban con aire estudioso sobre los manuscritos desplegados en las mesas.
Gracias, señor. Por favor... no se levante. Puedo encontrar lo que necesito y volver. ¿Sería tan amable de guardarme el lugar?
Sí, sí... por supuesto -Marius mantuvo sus ojos fijos en el rollo sobre las Guerras Perusinas mientras el muchacho se alejaba. Unos minutos más tarde, bostezó profundamente y enderezó su espalda, escuchando el crujido de sus vértebras al reacomodarse mientras espiaba subrepticiamente al joven, quien examinaba manuscritos muy cerca de un Glaucus de cabello bien corto. Parecieron chocar accidentalmente y se disculparon antes de que el muchacho volviera a su lado. Glaucus se sentó ante una mesa vacía situada en un rincón oscuro.
¿Encontró lo que buscaba? -preguntó Marius, consciente de que su voz sonaba jadeante.
Sí, creo que sí. ¿Es esto?
El joven abrió el rollo para revelar otra diminuta tableta de cera con un mensaje de Glaucus garabateado en ella, el que Marius escudriñó rápidamente.
Ah... ¿es nuevo en Roma? -preguntó Marius, buscando el modo de trabar una conversación casual que al mismo tiempo pudiera tener sentido.
Sí, llegué esta mañana. Vine a estudiar -el muchacho le tendió una mano- Mi nombre es Brennus.
Encantado de conocerlo, Brennus. Me llamo Marius.
Brennus sonrió y luego volvió la vista hacia su rollo, dando la conversación por terminada. ¿Qué se suponía que hiciera ahora? La nota de Glaucus había dejado bien en claro que estaba en grave peligro y que Marius no debía acercársele.
De repente, Brennus se volvió otra vez hacia él.
Señor, necesito encontrar una habitación para alquilar. ¿Sabría usted de algún lugar seguro en la ciudad?
Las palabras brotaron de sus labios antes de que pudiera contenerse.
El lugar donde vivo no es seguro. Para nada seguro. No debe ir allí. Ah... tal vez... hay un lugar cerca del distrito de Subura. Sí... esa es una buena idea. Hay un lugar donde puede encontrar alojamiento. Le indicaré como llegar.
Los ojos de Brennus eran grandes como platos mientras seguía a Glaucus por las angostas, torcidas callejuelas, la antorcha que portaban la única fuente de iluminación, exceptuando los rayos ocasionales de algunas linternas colocadas al otro lado de la calzada empedrada y sobre paredes sucias y poceadas. Nunca había imaginado que Roma podía ser así. En cambio, había creído que toda la ciudad era como el Foro... un área brillante de templos y edificios públicos, llena de luz y de personas que iban de compras, hombres de negocios y senadores. No, nunca había imaginado algo así y se colocó un pliegue de la capa sobre la nariz para filtrar lo peor de los olores rancios que lo asaltaban y suprimir la urgencia por hacer arcadas. El lugar apestaba a orina y heces y vómito. Murmuró otra disculpa --aproximadamente la décima-- cuando tropezó con los talones de Glaucus. Prefería arriesgarse a ser reprendido por el hombre a correr el riesgo de perder la protección su fuerza, su antorcha y su espada. Además, Glaucus parecía saber hacia dónde iba mientras que Brennus no tenía la menor idea acerca de dónde estaba. Se preguntó cómo era posible que Glaucus se mostrara cómodo en aquella terrible área, donde la humanidad parecía existir en condiciones indignas de animales.
Glaucus dio vuelta a una esquina y Brennus se apuró a seguirlo... sólo para estrellarse contra su espalda cuando éste se detuvo repentinamente ante una puerta. Empezaba a disculparse una vez más cuando sintió que Glaucus lo aferraba fuertemente por una muñeca y lo colocaba delante de él.
¡Deja ya de disculparte! -siseó Glaucus- Entiendo cómo te sientes. A mí me pasó lo mismo la primera vez que vi este lugar. Sólo... deja de disculparte. No lo soporto más.
Lo siento, señor... -empezó a decir Brennus y luego se apresuró a taparse a boca con la mano.
Glaucus suspiró. Brennus había probado ser muy útil y el muchacho le caía realmente bien pero su falta de experiencia podía ser agotadora... "Bueno..." pensó Glaucus, "si se queda cerca de mí, muy pronto perderá su inocencia."
Volvió a suspirar y usó la empuñadura de su espada para golpear a la puerta desvencijada, la cual se abrió en forma instantánea. Con un gesto, le indicó a Brennus que entrara primero y rió por lo bajo cuando el jovencito retrocedió ante la vista del enorme falo erecto de piedra que había junto a la puerta. Ah, sí... Brennus perdería su inocencia muy, muy pronto.
Una vez dentro, sus narices fueron asaltadas por un enfermizo olor dulzón diseñado para ocultar los olores de las secreciones corporales que parecían saturar cada rendija de la casa. Sin una palabra, fueron conducidos por una mujer joven hacia una puerta ligeramente entornada y no perdieron tiempo en escapar del sombrío atrio.
¡Glaucus... Glaucus, amigo mío! -exclamó Marius al tiempo que envolvía al español en un apretado a brazo- No sabía si volvería a verte. Apenas te reconocí en la biblioteca. Perdiste algo de pelo pero ganaste un compañero.
Glaucus sonrió.
Sí, su nombre es Brennus y es el hijo de una amiga de Julia.
Ante la mirada sorprendida de Marius, Glaucus agregó:
No imaginas la historia que tengo para contarte... y tengo una hermana. ¡Una hermana!
¿Una hermana?
¿Una hermana?
El eco de sus palabras les llegó desde el umbral, donde Eugenia estaba parada con las manos apoyadas en sus amplias caderas. Todas las cabezas giraron en redondo para enfrentarla y ella alzó las manos para interrumpir la protesta de Marius.
Oh, ya sé... me estás pagando por usar la habitación para conversar y prometí no interferir. Pero... una hermana. ¿Acaso no será una hija de Julia y Maximus?
Glaucus la empujó con suavidad fuera de la habitación y cerró la puerta firmemente antes de gritar:
Luego hablaremos, Eugenia. Gracias.
Se volvió hacia el sonriente Marius.
Siéntate, mi patricio amigo, porque tengo que contarte una increíble historia.
Yo también tengo algo que contarte -soltó Marius, quien no podía guardarse sus palabras por más tiempo- ¡Sé dónde está Quintus!
Glaucus sintió como si lo hubiera atravesado un rayo, dejando sus miembros temblorosos y cosquilleándole en la punta de los dedos de las manos y los pies. Su voz, sin embargo, no traicionó el torbellino interno.
¿Cómo lo encontraste?
Marius quedó sorprendido ante la actitud casual de su amigo.
Bueno... sabes cómo son de meticulosos los archivos romanos. Para encontrar a alguien, sólo se requiere hurgar lo suficiente. Pero... ¿no quieres saber dónde está?
Por supuesto que quiero saberlo, Marius -dijo Glaucus al tiempo que se sentaba y servía vino en tres copas- Quiero encontrarlo más que a nadie. Está cerca, espero.
Bueno, no exactamente... Está en Galia, tratando de ganarse el sustento en un pedazo de tierra particularmente mezquina.
¿Es un granjero? -preguntó Glaucus incrédulo.
Sí -rió Marius- Irónico, ¿verdad? Aparentemente, basándose en su producción declarada y los impuestos que pagó, no es uno muy bueno. Después de que Severus se hiciera con el trono y exiliara a los pretorianos-- a aquellos a los que no mató-- Quintus huyó hacia Galia.
¿Cuántos años hace de eso?
Bueno, fue poco después de que Severus marchara hacia Roma, de modo que ha debido ser en el año 193. ¿Recuerdas cómo ocurrió? Dio la orden a los tribunos y centuriones de que la guardia pretoriana debía dejar sus armas en las barracas, vestir sus uniformes de gala y encontrarse con él a las puertas de la ciudad. Los pretorianos pensaron que la obediencia les garantizaría su continuidad, de modo que no vacilaron en cumplir la orden. Quintus hasta los desplegó en formación de desfile, de modo que todo fuera perfecto a la hora de recibir al nuevo emperador. Mientras se lucían en su despliegue, una partida de las fuerzas expedicionarias de Severus se apoderó de su armería y el control de las puertas. Otro destacamento rodeó a los pretorianos indefensos. Severus los acusó públicamente de haber traicionado a Pertinax diciéndoles que, aún cuando ellos no habían matado al emperador, su incapacidad de dar con sus asesinos y matarlos los hacía igualmente culpables de su muerte. Luego, los echó con deshonra. Les quitaron sus uniformes y caballos y les ordenaron retirarse más allá del centésimo mojón de la ciudad, so pena de ser ejecutados si se acercaban más. Algunos se suicidaron pero Quintus optó por marcharse a Galia. Una vez que se estableció allí, mandó por su hija...
¿Su hija? ¿Tiene una hija? -preguntó Glaucus sorprendido.
Sí, el resultado de un breve matrimonio. Creo que su esposa murió al darla a luz y la niña fue criada por parientes de su madre hasta que Quintus se llevó a la pobre criatura. Me parece que su nombre es Clara.
Bueno, Marius, has hecho un trabajo impresionante y me iré a Galia de inmediato. Una vez que me diga lo que quiero saber, tengo una cuenta que ajustar con ese hombre.
La voz de Glaucus sonaba curiosamente desprovista de emoción y se dio cuenta de que su falta de entusiasmo preocupaba a su amigo. Sonrió.
Sólo estoy cansado, Marius. Durante los últimos meses, viví toda una aventura... y una muy exitosa. ¿Por cuánto tiempo podemos contar con esta habitación?
Tanto como queramos. Se me ocurrió que éste sería un lugar seguro para que se oculten mientras están en Roma.
A Brennus se le cayó la mandíbula.
Fue muy astuto de tu parte, Marius. Ahora, bebe unos tragos y prepárate para asombrarte.
Tres días más tarde, Glaucus y Brennus paseaban lentamente y con aire casual a lo largo de la Vía Sacra, la cual se extendía a través del foro. Actuaban como hombres a gusto en la gran ciudad que decidieran aprovechar el sol de la mañana entre los templos de Castor y Pollux, Cesar y Vesta. La apariencia de Glaucus había cambiado nuevamente y confiaba en que no lo reconocerían. Su cabello era ahora de color negro azabache, cortesía de una empleada de Eugenia que usaba ese tinte para ocultar su cabello cada vez más encanecido. Hasta le había aplicado un poco en la barba para oscurecerla y Eugenia había declarado que ahora era la imagen viva de su padre. Sin embargo, Glaucus dudaba de que alguien en Roma fuera a relacionarlo con Maximus al cabo de tantos años y esperaba que el cabello oscuro y la túnica marrón clara que vestía simplemente harían que desapareciera entre la multitud vestida de un modo similar.
Marius había preparado el camino y les había conseguido una audiencia en la Casa de las Vestales para ese mismo mediodía; ostensiblemente, el objetivo de la misma era guardar importantes documentos familiares en el templo. Una vez que la puerta se abriera, Glaucus insistiría en ver a la Gran Vestal. Pero, por el momento, su mayor preocupación era llegar hasta allí sin levantar sospechas. Mantenía la cabeza baja y caminaba por el lado en sombras de la calle mientras que Brennus estaba alerta ante la posible presencia de pretorianos. Cuando veía a uno, murmuraba la palabra clave y ambos retrocedían hacia las sombras que proyectaban los edificios hasta que el peligro pasaba. Cuando las sombras se acortaron para después desaparecer bajo el sol del mediodía, Brennus se acercó a la Casa de las Vestales mientras Glaucus aguardaba más atrás.
El templo de Vesta era el más antiguo y más importante de la ciudad y estaba situado un poco atrás en la plaza, justo frente a la Casa donde vivían las Vestales. Había sido construído por Numa Pompilio, el segundo rey de Roma y fundador del culto de Vesta, la diosa del fuego del hogar. En ese templo, las Vírgenes Vestales custodiaban el Fuego Sagrado, símbolo de la vida de la ciudad. También en ese templo se encontraba el Palladium, la imagen de la diosa Pallas Athenea que se creía había sido traída desde Troya por Eneas.
En los días previos, Marius había estado más que feliz de educar a Glaucus y Brennus sobre el templo y sus habitantes. En realidad, les dijo, no era un templo porque el espacio no había sido consagrado ni contenía una imagen de Vesta. Pero su importancia para la ciudad era indiscutible. Como doncellas de Vesta, el principal deber de las seis Vestales era no permitir que el fuego se extinguiera.
Glaucus contempló la estructura al tiempo que Brennus desaparecía a la vuelta de la esquina. El templo era circular y asentado sobre una base cuadrada, pequeño comparado con los que lo rodeaban y de ladrillos pero con columnas de mármol. Estaba separada de la Regia, la casa del Pontifex, por una pequeña calle que partía de la Via Sacra y era conocida como Vicus Vestae. El Pontifex Maximus era considerado el líder espiritual de las Vestales pero, al mismo tiempo, no tomaba parte alguna en la práctica del culto, el cual era exclusiva responsabilidad de las seis Vestales elegidas entre las familias más nobles de la ciudad. Vestidas con ropajes blancos como la nieve que simbolizaban la pureza de sus mentes, cuerpos y almas, dichas mujeres eran elegidas por su belleza, juventud y fortaleza para ser depositarias de secretos de estado, confidentes de la familia imperial y fieles guardianas de las reliquias sagradas de la comunidad romana. El término legal de su servicio era de treinta años al término de los cuales la Vestal, de entre treinta y seis y cuarenta años, era libre de volver a su hogar y hasta de casarse. El servicio se dividía en tres términos de diez años cada uno: durante la primera década, la novicia era iniciada en los misterios e instruída por las hermanas mayores; en la segunda, practicaba sus deberes; en la tercera, se encargaba de enseñar a las nuevas novicias.
Muy pocas Vestales aprovechaban el permiso legal para dejar la Casa y reingresar al mundo porque los honores, privilegios y riquezas de las que disfrutaban las sacerdotisas superaban por mucho cualquier ventaja que pudiera proveerles la vida mundana o matrimonial. Eran extremadamente ricas: su riqueza provenía de los beneficios que recibía la orden, que era propietaria de grandes cantidades de tierra, además de los fondos que les entregaba a cada una su familia y hasta la propia cabeza de estado.
Las Vestales no se encontraban bajo el poder de la ley común y estaban liberadas de la autoridad paterna. Tenían reservados asientos de honor en los teatros, anfiteatros y el circo. También se les permitía transportarse en vehículos tirados por caballos dentro de la ciudad a la hora que quisieran desplazarse y aún cuando todo otro vehículo estaba prohibido. Además, todo el mundo, incluídos los cónsules, tenían la obligación de cederles pasar. Los caballos que empleaban eran propiedad de sus establos privados.
Además, las Vestales desempeñaban importantes funciones en las ceremonias de estado y los testamentos de los emperadores y documentos de estado eran confiados a su cuidado. En tiempos de guerra civil o emergencias de estado, eran elegidas como embajadoras para restaurar la paz entre las partes enfrentadas.
Numerosas precauciones eran tomadas para prevenir que las vírgenes cayeran en la tentación. Ningún hombre podía aproximarse por la noche al Templo de Vesta. Ningún hombre podía, por la razón que fuera, poner un pie en el umbral de la Casa de las Vestales. Cada sirviente y empleado era de sexo femenino. Hasta los médicos estaban prohibidos, sin importar cuan urgente o necesaria pudiera ser su prsencia. De hecho, no se permitía que ninguna enfermedad se desarrollara en tan fuertemente protegida ciudadela de la castidad. En cuanto los primeros síntomas de uan enfermedad seria hacían su aparición, la paciente era transportada al atrio y luego puesta bajo el cuidado de sus padres o de alguna distinguida matrona. El comportamiento de los médicos que las atendía era controlado de cerca.
La única espina en esta idílica existencia era el Pontifex Maximus, el cual mantenía una estrecha vigilancia sobre la hermandad, atento al menor signo sospechoso. Cada detalle de la vida de las Vestales le era reportado por informantes secretos, elegidos entre la servidumbre femenina de la casa.
Por muy fascinante que todo esto le resultara, Glaucus sólo estaba interesado en una Vestal... la Gran Vestal, Caelia Concordia, quien había consagrado su vida a la orden y era ahora muy anciana. Tambían era prima de Marcus Aulerius y se sospechaba que, secretamente, le había seguido siendo fiel a él y sus descendientes a pesar del desfile de emperadores que se sucedieran tras su muerte.
Brennus reapareció repentinamente y le hizo señas a Glaucus de que lo siguiera. El español se apresuró a alcanzar al jovencito quien despareció rápidamente por la Nova Via sobre el lado Oeste de la casa. Austera en su exterior, Glaucus sospechaba que la enorme residencia debía contener toda clase de lujos. A medida de que se acercaba a la puerta, enderezó los hombros y alzó la cabeza. Dos guardias pesadamente armados estaban posicionados a los lados del portal y no quería ofrecerles ninguna razón de sospecha. Una anciana empleada estaba parada en el escalón de entrada y le indicó que se acercaran. Los guardias lo ignoraron completamente.
Una mano translúcida apareció en el vano de la puerta.
Sí, sí, deme los documentos.
¿Cómo se dirigía uno a una empleada de las Vestales? Glaucus se inclinó ligeramente y dijo con voz firme pero cortés:
Mi Señora, debo entregar mis documetos personalmente a la Gran Vestal.
La mujer retiró la mano y la apoyó sobre su cadera.
Tonterías. Eso nunca se hace. Yo los entregaré a la persona adecuada.
Volvió a extender la mano, esta vez moviéndola impacientemente.
Mi Señora, sólo la Gran Vestal, Caelia Concordia, es la persona adecuada. Debo hablar con ella.
Joven, eso simplemente no se hace -masculló la mujer con aire definitivo al tiempo que empezaba a cerrar la puerta.
Espere -dijo Glaucus al tiempo que extendía su mano con la palma hacia arriba a través del pequeño espacio que aún quedaba abierto- Por favor, dele esto y deje que sea ella quien decida.
La anciana parpadeó y miró el anillo con curiosidad. Luego, lo tomó de la mano de Glaucus y lo acercó a sus ojos, dándolo vuelta hacia un lado y hacia otro. Su rostro registró un pequeño cambio y su voz se suavizó. Era obvio que había reconocido el sello.
Espere aquí. Pronto volveré con la respuesta -dijo y cerró al puerta en la cara de Glaucus.
Durante varios largos y tensos momentos, Glaucus y Brennus permanecieron de pié lado a lado y entre los guardias, mirando silenciosamente la puerta de roble. Cuando ésta volvió a abrirse fue para revelar a una mujer mucho más joven. Estaba claro que no era una Vestal pero tampoco tenía la apariencia austera de la otra empleada. Se dirigió a los guardias en un tono cortante:
Retírense.
Los hombres alzaron las cejas y se miraron atónitos.
Ya me escucharon. Retírense... ahora. No regresen hasta que lo que debemos hablar con estos caballeros haya sido hablado.
Los fastidiados guardias le echaron a Glaucus una larga y dura mirada antes de obedecer y retirarse hasta el extremo más lejano del edificio. Su actitud debaja bien en claro que no les gustaba lo que estaba sucediendo y que permanecían alerta, listos para defender a cualquier Vestal que se expusiera a sufrir herida o insulto de parte de equellos dos plebeyos. Brennus se mantuvo con la espalda vuelta hacia Glaucus para asegurarse de que los guardias seguían fuera del alcance de sus voces.
La mujer sonrió oficiosamente.
Soy la secretaria personal de Caelia Concordia y ella le concederá una audiencia. Debe permanecer del lado de afuera. Ni siquiera intente poner un pié en el umbral, ¿entendido? Si lo hace, los guardias lo matarán instantáneamente.
Glaucus asintió con la cabeza y sintió que la mano derecha se le iba a la empuñadura de la espada que ese día no llevaba. Se inclinó cortesmente.
Sí, Mi Señora.
La mujer despareció en la sombras y Glaucus creyó que él y Brennus estaban solos ante el umbral hasta que otra mujer se dirigió a él.
¿Dónde obtuviste este anillo? -preguntó una voz perentoria desde el sombrío interior. Glaucus apenas pudo divisar una forma indistinta vestida con una stola de un blanco purísimo y una cabellera de un gris casi blanco. Tras la mujer, vio algunas otras formas femeninas. Echó una mirada a los guardias antes de responder y al hablar bajó la voz a pesar de que estos se mantenían en la distancia.
De una mujer que lo obtuvo directamente del emperador Marcus Aurelius cuando él fue a Moesia tras el levantamiento del traidor General Cassius.
La respuesta tardó mucho en llegar.
"Todo cuanto ocurre es natural y familiar como la rosa en primavera y la cosecha en el verano" -recitó la Vestal reverentemente.
¿Disculpe, Mi Señora?
Es la línea de las "Meditaciones" del emperador que inspiró esta insignia.
Ya veo. Bien, la dama que es dueña del anillo ayudó a salvar la vida del general favorito de Marcus Aurelius, Maximus Decimus Meridius, en Moesia. Soy el hijo del general y busco información sobre su vida.
Esta muerto -fue la abrupta respuesta.
Glaucus controló su agitación ante lo brusco de sus palabras.
Sí, lo sé. Ahora sé mucho acerca de lo que le ocurrió... que murió aquí, en Roma... como gladiador... luego de matar a Commodus. Murió en los brazos de Lucilla, la hija de Marcus Aurelius.
Entonces, ¿qué quieres de mí?
Quiero que tome bajo su custodia y proteja un documento muy importante. Un documento que absolverá a mi madre de toda culpa por la muerte del emperador --aún ante los ojos de aquellos que aún creen que fue el responsable-- y que también protegerá mi vida. Es un documento de estado y lleva la firma de Marcus Aurelius así como la de mi padre y el sello del emperador.
Déjame verlo.
Una mano de un blanco fantasmal apareció a la luz del sol sólo lo suficiente como para recibir el rollo y luego volvió a desaparecer. El único sonido era el crujido del rollo al ser abierto. Luego, se escuchó uno de asombro.
Nunca pensé que llegaría a ver esto -susurró la Vestal.
¿Usted... usted sabía de este documento? -preguntó Glaucus azorado. ¿Cómo era posible? ¿Le habría advertido Severus que estuviera alerta?
Hiciste lo correcto al traérmelo. El poder de este documento podría desatar el caos en el imperio.
Glaucus estaba empezando a tener dudas.
Sólo lo traje para protegerlo. Tengo conmigo dos copias que puedo usar pero el original debe estar a salvo. En su momento, necesitaré que me lo devuelva.
Hubo un largo silencio. Luego, la Gran Vestal volvió a hablar.
Te pareces mucho a tu padre.
Glaucus no supo cómo responder a la súbita calidez de su voz.
¿Lo conoció?
No, no lo conocí y habitualmente no asisto a los juegos. Pero el emperador Commodus insistió en que todas las Vestales concurriéramos a los juegos que celebró para honrar al difunto emperador... de modo que ví luchar a tu padre.
Y lo vio morir.
Sí. Fue un día muy triste para Roma.
Glaucus se sintió un poco mejor.
Mi Señora, necesito que me devuelva el anillo para retornarlo a su dueña.
Lo mantendré bien cuidado.
La puerta comenzó a cerrarse.
Ah... por favor, Mi Señora, debo pedirle que me devuelva el anillo -insistió Glaucus mirando fijamente al hueco que se iba cerrando- No es mío.
La mano de la Gran Vestal volvió a aparecer y depositó el anillo en su mano.
Me ocuparé personalmente de la seguridad de este documento. No temas.
La puerta se cerró con un firme "clunk". Glaucus se quedó mirando azorado. ¿Eso era todo?
¡Pssst! -siseó Brennus. Los guardias venían de regreso.
Glaucus giró sobre sus talones y caminó lentamente por la calle, dándose cuenta por primera vez de que el sudor le corría por la espalda a pesar de que el día no era caluroso. Se secó las palmas en su túnica y junto a Brennus dio la vuelta hacia la Via Sacra, donde sus pasos tomaron renovado ímpetu y se abrieron camino entre los templos y hacia las tabernas y las multitudes... hacia una humanidad masiva y reconfortante.
Glaucus se dirigió hacia una taberna ubicada entre dos edificios gubernamentales y, una vez en ella, hacia una mesa del fondo, esquivando en el camino a una camarera que cargaba una pesada bandeja sobre su hombro.
Marius, disfrazado con una enrulada peluca castaña que le quedaba muy mal, estaba sentado en las sombras y en el lugar acordado y Glaucus y Brennus se sentaron a su lado mientras éste les servía cerveza importada del Norte. Brennus frunció la nariz ante el sabor amargo pero Glaucus dio cuenta de la suya.
¿Te sientes mejor ahora que está hecho? -preguntó Marius al tiempo que contemplaba a su amigo vaciar la jarra. Volvió a llenársela.
Por alguna razón, siento como si hubiera arrojado todo lo que logré a un pozo sin fondo. Tengo la desagradable sensación de que nunca volveré a verlo.
No. Mi padre le ha confiado importantes documentos a las Vestales y es fácil recuperarlos cuando puedes probar que son tuyos. Te dio un recibo, ¿verdad?
Glaucus palideció.
No. No dijo nada acerca de que lo necesitaría.
Oh... bueno, tal vez tu caso sea especial -Marius se encogió de hombros- No dejes que eso te preocupe. La comida aquí es excelente aunque provinciana. ¿Quieres ordenar?
Ese lugar es siniestro -dijo Brennus, aún conmocionado por su reciente aventura.
Sí, lo es, ¿verdad? -dijo Marius quien, olvidando momentáneamente la peluca, se rascó la cabeza y luego volvió a acomodársela apresuradamente- A ningún hombre se le permite entrar por temor a que manchen la virtud de las damas que allí viven. A menudo me pregunto qué pasará ahí adentro. Pensamientos sacrílegos, ¿verdad?
Yo diría que sí -respondió Glaucus mientras leía el menú escrito con tiza sobre un trozo de pizarra colgada de la pared.
Bueno, mientras esperaba tuve tiempo de sobra para tener pensamientos "sacrílegos" sobre la criatura espectacular que está sentada cerca de la calle.
Glaucus miró por entre la multitud de clientes del mediodía para ver a la muchacha en cuestión.
Y parece que está sola. No recuerdo haberla visto en Roma ant...
Sus palabras se perdieron en medio del resoplido iracundo de Glaucus y Marius aferró su jarra de cerveza justo a tiempo de evitar que se estrellara contra el suelo cuando su amigo se levantó sacudiendo la mesa y se lanzó en dirección a la joven empujando a su paso a sorprendidos parroquianos.
¿Qué le pasa? -preguntó Marius a un atónito Brennus.
Su hermana -respondió Brennus.
¿Su qué? -preguntó Marius con una mezcla de sorpresa y excitación. ¿Sería posible que fuera a conocer a esa belleza?- ¿Maxima? -preguntó.
Maxima -confirmó Brennus.
La risa nació muy hondo en el pecho de Marius y brotó de su garganta convertida en un gozozo rugido.
Ve y dile que la traiga -instruyó a Brennus mientras miraba a su amigo enfrentar a su hermana, quien le sonreía dulcemente- Y trata de evitar que la mate, ¿quieres? Me gustaría conocerla.
Glaucus escoltó a Maxima hasta su mesa con una mirada asesina y aferrándola dolorosamente por el brazo. Sin embargo, ella se resistió a ser intimidada y mantuvo su sonrisa hasta estar sentada entre su hermano y su compañero de juegos infantiles.
Hola Brennus. ¿Estás disfrutando de Roma? -le preguntó dulcemente al tiempo que arrancaba su stola de la mano de su hermano.
Hola Maxima -repondió Brennus mientras hacía girar el líquido que llenaba su jarra con la esperanza de que la cerveza se evaporara.
¿Qué hace aquí? -la fulminó Glaucus.
Sabía que tarde o temprano caminarías por el Foro. Quería hablar contigo.
¿Sabe tu madre que estás aquí?
Por supuesto que no -Maxima ladeó su cabeza- Te queda muy bien. Al principio no te reconocí -dijo refiriéndose a su cabello oscurecido. Luego, sus ojos se dirigieron hacia el joven sentado al otro lado de la mesa - ¿No vas a presentarme?
Glaucus siguió mirando furioso a su hermana por lo que Marius tomó la iniciativa. Se puso de pie y se inclinó profundamente, la peluca cayendo de su cabeza para dar sobre su pie enfundando en una sandalia. La devolvió a su mano de una patada y luego se la calzó nuevamente.
Mi Señora, soy Marius Vipsanius Agrippa y estoy muy complacido de conocerte -rió- Perdona lo torpe de mi disfraz.
Glaucus dirigió su mirada iracunda hacia Marius quien le sonrió deleitado.
Oh, relájate, amigo mío. Esas Vestales te asustaron, ¿verdad?
Hola Marius -dijo Maxima- He oído hablar mucho de ti. Supongo que sabes quién soy.
Sí, pero me gustaría conocerte mucho mejor, Mi Señora. Dime, ¿cómo es que una mujer de tu belleza y obvia inteligencia y dulzura tiene un hermano como éste? -dijo indicando con un gesto a Glaucus, cuyo rostro estaba de color púrpura por la furia contenida. Maxima rió. Brennus soltó una risita.
¿Creen que esto es un juego? -rezongó Glaucus- ¿Piensan que es una broma? Ahora mismo nuestras vidas están en peligro. En cualquier momento pueden aparecer pretorianos y arrestarnos a todos. ¡Si eso pasa, terminarán de coquetear en ese hoyo infernal de la Prisión Tullia!
A medida de que hablaba su voz había ido aumentando de volumen y, al darse cuenta, miró alarmado en torno suyo para ver si alguno de los parroquianos había escuchado. Los comensales que se encontraban cerca, miraron apresuradamente hacia otro lado, no deseando atraer la atención de aquel hombre tan agitado.
Lo siento, Glaucus -dijo Maxima apaciguadoramente- Es sólo que quería volver a verte antes de que partieras para los Alpes.
Primero iremos a Galia -explicó Marius e inmediatamente hizo una mueca cuando Glaucus lo pateó violentamente por debajo de la mesa.
Era demasiado tarde. Maxima sabía perfectamente de qué estaban hablando.
¿Quintus? ¿Encontraron a Quintus?
Ah... sí, Mi Señora
No tenía sentido alguno tratar de negarlo de modo que Marius siguió hablando.
Quintus es un granjero... un granjero como tu padre y tu hermano.
Decir aquello fue un error y Marius lo supo al instante de que las palabras salieron de sus labios.
¿Cómo te atreves a comparar a ese hombre conmigo o con mi padre?
No quise...
¿Cómo te atreves siquera a decir su nombre en la misma frase que el mío y el de Maximus? -ahora decididamente furioso, se volvió hacia su hermana- ¿Dónde están tus custodios?
Buscándome en el Mercado de Trajano -Maxima sonrió, orgullosa de su proeza y aburrida con el creciente mal talante de su hermano- Estaba admirando unas chucherías cuando se distrajeron por un alboroto que hubo frnete a una tienda y aproveché para escaparme. Hermano, ese lugar está lleno de cosas maravillosas venidas de todos los rincones del imperio... hasta hay antigüedades de Grecia y Roma y aún de Petra. Oh, y las sedas, Glaucus... no es de extrañar que mamá compre sus sedas allí. Es el lugar más maravilloso del mundo. ¡Amo a Roma!
Mientras hablaba, Marius la contempló embobado. Brennus bebió su cerveza, decidido a acostumbrarse al sabor ahora que había asumido que no iba a desaparecer por sí sola. Glaucus apoyó los codos sobre la mesa, masajeándose las sienes mientras trataba de contener el súbito dolor que las asaltara. Cuando finalmente levantó la vista, fue para ver que Marius y Brennus habían cambiado de lugar y ahora su amigo estaba conversando animadamente con Maxima. El dolor le atravesó la nuca. A través de una niebla color púrpura vio a su mejor amigo flirtear con su hermanita. Finalmente captó las palabras "volver a vernos".
Imposible -dijo Glaucus enfáticamente. Miró a su alrededor y agregó- Vienes conmigo a Galia, Marius, ¿te acuerdas?
Marius lo miró anonadado.
¡Esta misma mañana me dijiste que no me querías contigo porque si yo iba no podrías viajar rápido!
Debes haberme malinterpretado -dijo Glaucus deliberaamente- Por supuesto que te necesito.
Marius sonrió secamente y pensó "Me necesitas fuera de Roma, mi amigo español... o, más específicamente, lejos de tu hermana". Se volvió hacia Maxima, quien bajó las pestañas. ¿Tenía acaso conciencia de lo seductor de ese gesto?
Bien, mi encnatadora Maxima, el deber me llama y no puedo abandonar a mi amigo. ¿Cuento con que estarás en Roma cuando volvamos?
Por supuesto. ¿Cuándo parten?
Glaucus interceptó la repuesta.
Tenemos cosas de qué ocuparnos en Roma que nos tomarán al menos una semana.
Bueno, tal vez podamos vernos durante esos días -ronroneó Maxima en dirección a Marius.
Estoy a tus órdenes, Mi Señora. Simplemente susurra mi nombre en el viento y allí estaré. Si no funciona, simplemente envía un sirviente a mi ínsula.
Maxima y Marius se echaron a reír. Brennus terminó de vaciar su jarra y la sostuvo triunfante, apurándose a cubrirla con la mano antes de que Marius pudiera volver a llenarla.
Glaucus se puso de pié al tiempo que anunciaba:
Es hora de que vuelvas a casa antes de que los sirvientes lleguen y le digan a Julia que te has perdido. Estará frenética.
Marius se puso de pié y extendió su mano hacia la encantadora joven.
Permite que te acompañe, Mi Señora -dijo galantemente.
Al tiempo que Maxima aceptaba su mano, Glaucus dijo bruscamente.
Yo la llevaré.
Marius acomodó la mano de Maxima en su brazo doblado y la encaminó hacia la entrada.
Eso no es aconsejable, mi amigo. Pondrías a tu hermana en grave peligro si la descubrieran contigo.
Glaucus tuvo que admitir que Marius tenía razón y buscó otra alternativa. Brennus se veía decididamente achispado y no conocía bien Roma. Apretó los dientes. Su obsequioso amigo romano parecía haber ganado en la discusión. Glaucus se estampó una sonrisa en la cara al tiempo que su hermana movía los dedos en señal de despedida y salía a la luz del sol del brazo de Marius para luego desaparecer entre la densa multitud que poblaba en Foro.
Glaucus levantó a Brennus y se dirigió hacia lo de Eugenia a un paso tal que el muchacho apenas si podía seguirlo. Para el momento, horas más tarde, en que Marius apareció por allí, las alforjas ya estaban empacadas y los caballos listos. Al amanecer del día siguiente, los tres estaban en camino hacia Galia, Marius silbando una alegre tonada al tiempo que cruzaban la Porta Flaminia y se adentraban en la campiña romana.
Ahora que estaban en el valle del Ródano y lejos de las frescas brisas saladas del mar, las picaduras de moscas y mosquitos eran casi intolerables. Las colas de los caballos se movían continuamente y los atormentados animales sacudían furiosos las cabezas tratando de desalojar a los insectos de sus tiernos hocicos y ojos.
Los jinetes no lo estaban pasando mejor y optaron por echarse sus togas sobre sus cabezas. Pero los pequeños insectos se las arreglaban para hallar cualquier posible resquicio y darse un banquete en sus cuellos y en la delicada área debajo de sus orejas. Por la noche, se retorcían bajo sus mantas tratando de no incrementar la picazón cediendo a la constante urgencia de rascarse.
Habían seguido el contorno de la costa en dirección al Norte para evitar tener que cruzar los ásperos montes Alpes antes de que fuera inevitable. Brevemente consideraron la posibilidad de acortar su viaje cruzando desde Pisa a Nicaea en barco pero Glaucus no estaba seguro de cómo su caballo reaccionaría ante dicha aventura y decidió no arriesgar la seguridad de Ultor. El caballo y su amo habían restablecido su estrecha relación en las últimas semanas y Glaucus se negaba terminantemente a hacer nada que pudiera afectar el vínculo.
Brennus adoraba cada trecho del viaje y no le importaba en absoluto cuando sus compañeros decidían acampar bajo las estrellas en lugar de buscar un refugio más convencional. Para él, aún la magnificencia del Foro palidecía en comparación con los picos distantes, cubiertos de nieve a pesar del calor del valle. Era el único de los viajeros que no llevaba un arma pero no le importaba y, en cambio, usaba sus agudos ojos y oídos para contribuir a la misión. Comían regularmente y bien porque Brennus era muy bueno para escuchar al urogallo entre los arbustos o detectar un ciervo entre los árboles. La puntería mortal de Glaucus con arco y flecha se encargaba del resto.
En cuanto a Marius, apenas si se daba cuenta de dónde estaban, tan imbuido se encontrara en sus pensamientos sobre la hermosa Maxima. El azul del mar le recordaba sus ojos, el canto de los pájaros su risa, el terciopelo oscuro de los cielos nocturnos su cabello... y lo decía una y otra vez, hasta que finalmente Glaucus le imploró que dejara de hacerlo y se concentrara en la misión. Pero Marius estaba claramente prendado y Maxima parecía reciprocar su interés. Sólo el tiempo podría decir si aquel embelesamiento progresaría para convertirse en algo más profundo. Glaucus pensó que Maxima podía tener mucha peor suerte. Su amigo era inteligente y de buen carácter y, generalmente, se comportaba como era debido. Su familia era rica y muy respetada dentro de la comunidad patricia de Roma. De golpe, Glaucus se enderezó en su silla, sorprendiendo a Ultor de tal modo que el caballo se fue de costado sobre el de Brennus y éste a su vez sobre el de Marius hasta que todos los jinetes se vieron forzados a tirar de las riendas en medio de la confusión.
¿Qué... qué pasa? -preguntó Marius al tiempo que desenfundaba su espada y giraba en su silla en busca de peligro.
¡No puedes casarte con mi hermana! -exclamó Glaucus
Marius lo miró como si se hubiera vuelto loco.
¿De qué estás hablando?
No puedes casarte con mi hermana -repitió Glaucus al tiempo que apartaba a una mosca de su cara.
Acabo de conocer a tu hermana. ¿Quién dijo algo sobre casamiento? -resopló Marius- Contrólate, hombre.
No... Marius... no entiendes. Mi hermana es la hija de una ex esclava. Legalmente, no puedes casarte con ella.
Es la hija de tu padre y él era de la clase senatorial, igual que yo.
Julia se casó con Apollinarius antes de que Maxima naciera y él la declaró suya. Apollinarius también es un liberto. Maxima no es de tu clase, Marius.
El rostro de Marius fue cambiando a medida de que iba entendiendo las implicaciones de lo que Glaucus acaba de decir. Si no podía casarse legalmente con Maxima, entonces no sería considerado un cortejante adecuado... y tal vez no pudiera volver a verla. No al menos en esa capacidad. Eso no era bueno. No era nada bueno.
¿Qué hay de ti? -preguntó- ¿Fuiste adoptado por tu tía y tu tío?
No... ellos no querían que perdiera los derechos y privilegios de mi nacimiento.
O sea que tú eres patricio pero tu hermana no -dijo Marius en un tono sombrío al tiempo que digería la información.
Glaucus se limitó a asentir con la cabeza.
Los tres jinetes siguieron su viaje en silencio, dos de ellos con los ojos fijos en el horizonte, perdidos en sus sombríos pensamientos. Brennus miraba nerviosamente de uno a otro. No quería problemas dentro del pequeño grupo.
No rompieron el silencio hasta llegara a la aldea de Tarasco y, aún entonces, sus palabras fueron escuetas al tiempo que enfocaban sus cabezas en la tarea que les aguardaba. Era hora de empezar a averiguar sobre las andanzas de Quintus y la taberna local --un semillero de chismes-- era un buen lugar. Pero sus preguntas sólo encontraron por respuesta miradas indiferentes y hombros encogidos.
No encontraron otra aldea sino hasta bien entrada la tarde del día siguiente. Se dirigieron a la única taberna de Valentia y, allí, tuvieron éxito.
Lo conozco -dijo el tabernero.- pero no muy bien. Sólo lo veo una o dos veces al año, alrededor de la época de cosecha. Vive en lo alto de la colina y hacia el Este con su hija solterona.
El hombre parecía decidido a impresionar a los recién llegados de Roma.
¿Viene a la ciudad a vender su producción? ¿Qué tiene para vender? -preguntó Glaucus.
No mucho - el hombre resopló y luego sonrió mostrando dos dientes faltantes y el resto ennegrecidos y en peligro de seguir la misma suerte- No tiene mucho para vender porque no sabe lo que está haciendo. De todos modos, la que hace la mayor parte del trabajo es la hija.
¿No tiene muchos amigos? -preguntó Glaucus.
No. Nadie. Vive en la colina con su hija y eso es todo. No habla con nadie y no responde a las preguntas. Realmente muy poco amistoso.
El tabernero parecía listo para dejarlos y seguir limpiando las mesas.
¿Puede indicarnos cómo llegar a su casa? -preguntó Marius al tiempo que hacía sonar una moneda sobre la mesa para mantener al tabernero hablando.
Vayan hacia arriba por el camino que pasa más allá de la posada. Encontrarán el sendero que sube a la colina sobre el lado derecho. Es difícil de ver porque está invadido por la maleza -dijo el tabernero al tiempo que señalaba con una mano a la pared Norte del establecimiento y con la otra se guardaba la moneda. Cuando el hombre levantó la mano para señalar, Brennus se encogió ante su olor corporal.
Es medio día de camino colina arriba. No entiendo por qué no se asentó más cerca del terreno llano, donde la tierra es mejor. Le iría bien si cultivara uvas como hacen todos por aquí pero él se empeña en cultivar trigo. Es un verdadero tonto. Algunos piensan que está loco.
¿Cómo es físicamente? -preguntó Glaucus en tono casual pero, por primera vez, los ojos del hombre se entrecerraron con sospecha.
Pensé que lo conocían. ¿Qué asuntos tienen con él? -preguntó. Su fétido aliento fue demasiado para Brennus, quien se excusó y se dirigió afuera en busca de aire fresco.
Somos socios de una firma en Roma y él le debe dinero desde que está aquí -mintió Marius con fluidez- La firma cambió de manos recientemente y los nuevos dueños quieren cobrar las viejas deudas.
"Deudas" era algo que el tabernero podía comprender.
Ya veo. Bueno, la última vez que lo vi su cabello era ralo y gris, es muy flaco y su ropa estaba limpia pero no era muy nueva. No tiene nada de especial.
¿Dónde dijo que queda esa posada? -preguntó Marius- Es demasiado tarde para encarar las colinas hoy mismo.
Aquí a la vuelta y el viejo Cressus no los engañará. Maneja un lugar bueno y limpio. Le gusta a los soldados de modo que debe ser bueno.
¿Soldados? - preguntó Glaucus cautelosamente.
Seguro. Hay una legión estacionada a pocos días de camino hacia el Norte, en Lugdunum. Los soldados van y vienen todo el tiempo en camino al Sur o cuando tienen licencia.
La expresión calma de Glaucus se transformó en una de preocupación y Marius se apresuró a distraer al tabernero palmeándole la espalda y entregándole más monedas. Luego guió a su amigo hacia afuera, donde se reunieron con Brennus quien se encontraba sentado en una pared baja de piedra.
No tenía idea de que estábamos tan cerca de una legión -se lamentó Glaucus- Creí que la más cercana estaba en Germania.
Bueno, estamos un poco demasiado cerca de una legión para mi tranquilidad... especialmente contigo luciendo como la imagen viva de tu padre -dijo Marius- ¿Cómo crees que reaccionarían los soldados si se encontraran con un joven General Maximus? Sin dudad, todo el ejército habrá sido alertado para buscarte.
¿Cuántos soldados puede haber en esa legión que recuerden a mi padre lo suficiente como para relacionarme con él? - preguntó Glaucus con escepticismo.
Sólo se necesita uno - apuntó Brennus.
Tiene razón, Glaucus. Tenemos que ser cuidadosos.
Después de todo, ¿quién dijo que esta noche hay soldados en esa posada? Todo lo que tenemos que hacer es pasar delante de ella y luego tomar el camino que lleva hacia la colina y acampar allí. No habrá ningún problema. Dejemos de perder el tiempo.
Pocos después, el trío vio la pequeña posada construida con una rara combinación de ladrillos de barro y madera y rematada con un techo de paja. Estaba ubicada a poca distancia del camino y al abrigo de grandes árboles que le brindaban sombra en el verano y protección de los vientos en invierno. A pesar de la tibieza del día pudieron oler el humo del fuego en el hogar de la posada y un delicioso aroma de carne asándose flotó hasta sus narices. El establo que se encontraba cerca era tan grande como la posada. El exterior parecía desierto pero a juzgar por las voces que se escuchaban a través de las ventanas abiertas, adentro había toda una multitud.
Glaucus, Marius y Brennus avanzaron al paso, no deseando atraer la atención hasta que Glaucus tiró de las riendas.
¿Qué estás haciendo? -siseó Marius- Sigue andando. Pueden ser soldados.
Son soldados -respondió Glaucus en voz baja- Mira los caballos en torno al establo. Solo soldados -- la caballería -- montan caballos como esos.
Para gran sorpresa de Marius, Glaucus guió a Ultor fuera del camino y hacia la posada y se inclinó en su silla para mirar por la ventana. Sus amigos se limitaron a seguirlo, mientras se hacían preguntas sobre su cordura.
Repentinamente, un soldado apareció en la puerta y se dirigió hacia los arbustos, donde tironeó de sus pantalones antes de soltar un largo chorro de orina acompañado por un suspiro de satisfacción. No era sólo un soldado sino un oficial, vestido con la lana color herrumbre que identificaba su rango. No llevaba ni la capa ni la coraza por la naturaleza no oficial de su visita a la posada. Habiendo terminado, se volvió y miró directamente a los hombres montados. Les dedicó una amistosa inclinación de cabeza antes de regresar a la compañía de los legionarios.
Marius aferró a Ultor por la brida y trató de hacerlo moverse, pero el animal se negó obstinadamente, decidido a obedecer sólo al hombre montado sobre su lomo. Marius siseó frenéticamente:
¡Glaucus! La espada de tu padre. ¡Ruega que no la haya visto! ¡Vámonos antes de que otros salgan!
Sumido en sus pensamientos, Glaucus permitió que Ultor siguiera a los otros dos caballos y poco después los viajeros se encontraron en un sendero de tierra que partía del camino principal en dirección al Este. Ascendieron hasta el punto en que se hizo demasiado rocoso y empinado para ser seguro en la inminente oscuridad, luego buscaron lugar relativamente plano bajo los pinos y cerca de un arroyo de montaña en el que acampar por la noche. Estaba lo suficientemente templado como para dormir al descubierto y el cielo estaba despejado, por lo que el trío simplemente extendió sus mantas en torno al fuego bien protegido tras una comida de carne seca, galletas, queso y vino.
Marius comenzó a roncar casi de inmediato pero Glaucus no lograba ponerse cómodo. Se movió en su manta cuando una roca filosa se le clavó en la cadera. Luego descubrió que algo le incomodada en un hombro y se volvió a mover hasta encontrar un retazo de pasto donde descansar. Los sonidos que habitualmente lo adormecían, esa noche no lograban sino fastidiarlo. El arroyo sonaba como una catarata, los grillos como cuervos excitados. Se dio vuelta boca abajo y acomodó la cabeza en sus brazos cruzados. Brennus también se había quedado dormido y sus suspiros acompañaban los ronquidos de Marius como si hubieran sido dos cornetas desacompasadas. Hallando imposible dormirse, Glaucus se sentó. Su mente estaba demasiado agitada, su cuerpo demasiado tenso. ¿Era la proximidad del hombre a quien había odiado durante toda su vida adulta lo que lo molestaba aquella noche? Quintus estaba allí afuera, casi al alcance de su mano, respirando el mismo aire, viendo las mismas estrellas. Tal vez hasta bebía del mismo arroyo en el que habían bebido esa noche. Tal vez se había detenido a descansar en el mismo lugar en que Glaucus ahora estaba sentado. El hombre que había traicionado a su padre no una sino dos veces estaba al alcance de su mano y casi podía sentir la agridulce satisfacción de la inminente muerte del pretoriano.
Pero, ¿qué había de su hija? No había contado con la posibilidad de que tuviera una hija... ni siquiera había sabido que Quintus hubiera estado casado alguna vez. ¿Qué sería de la muchacha una vez que matara a Quintus? ¿Por qué había de preocuparse? Pero se preocupaba. Pensó en Maxima... y se preocupó. Su intención original había sido confrontar al hombre, demandar una explicación de lo que había hecho, obligarlo a revelarle qué había pasado con Maximus antes de su muerte en la arena... luego atravesarle el vientre con la espada. Ahora sentía que necesitaba más tiempo para evaluar la situación. Necesitaba estudiar a Quintus y su hija antes de decidir cómo proceder. Necesitaba estudiar su relación.
Y --lo admitía-- quería prolongarle la agonía de saber que su vida iba a terminar en un rincón solitario de una montaña en Galia. Quería verlo retorcerse con el conocimiento de que su tumba sería el suelo rocoso de su granja inútil y que no habría nadie que llorara su muerte, ni siquiera su hija. Sí... aquello era lo que Glaucus quería... poner a la hija en contra del padre y que éste lo viera. Necesitaba tiempo para eso. Tiempo.
Glaucus se sentó en una roca y arrancó un pasto, poniéndose el extremo jugoso entre los dientes. Se pasó la mano por el cabello, sorprendiéndose una vez más de encontrarlo tan corto. Con los dedos, se peinó los cortos mechones hacia adelante, aplastándolos sobre su frente. Su padre había usado el cabello de ese modo. Glaucus se lo estiró y alisó con la mano hasta que quedó liso y prolijo, como correspondía a un general romano que tenía demasiadas cosas importantes en su mente como para preocuparse de su apariencia personal. La imagen del dibujo apareció nítida en su mente. Se puso de pié y se echó la manta sobre los hombros, dejando que el borde le cayera hasta las rodillas. Su padre había usado una capa... y una coraza de bronce, grabada con la cabeza de un león. Hubiera querido tanto tener el uniforme de su padre... el casco con la cresta y las pieles de lobo. Pero habían desaparecido. Perdidos.
Pero su uniforme no había sido muy diferente de los que llevaban los oficiales romanos en esos días... oficiales como el hombre de la posada. Su túnica había sido del color rojizo del vino que era producido en aquel mismo valle.
Un plan comenzó a formarse en la mente de Glaucus. ¿Cómo reaccionaría Quintus al ser enfrentado por la imagen viviente del comandante al que había traicionado... del hombre al que creyera muerto durante tanto tiempo?
Todo lo que requeriría era de algunos preparativos y mucha audacia.
Y a Glaucus le sobraba lo segundo.
Marius despertó con los rayos de sol danzando en su rostro a través de las ramas que se mecían sobre su cabeza. Se estiró gozosamente pero no abrió los ojos, temeroso de que la visión de la mujer de piel cremosa y ojos más azules que el mar se desvaneciera. Y sonrió. Como ocurre a menudo, su mente había solucionado el dilema sobre su diferencia de clases mientras dormía y ahora sabía muy bien cómo resolver el problema. La imagen de Maxima le devolvió la sonrisa.
Glaucus -dijo- Resolví el problema. Es sencillo. Todo lo que tienes que hacer es adoptarla. Sé que no es muy usual pero estoy seguro de que podremos arreglarlo.
Abrió los ojos y rodó sobre sí mismo para disfrutar de la expresión en el rostro de su amigo cuando éste se maravillara de su brillantez. Pero lo que vio lo sacudió de tal modo que, en una fracción de segundo estuvo de pie.
Allí estaba Glaucus vestido con una túnica y capa de color herrumbre, sosteniendo una coraza de bronce, la ornamentada espada de su padre sujeta a su cintura, sus propias botas negras en los pies.
Qu... Qu... -fue todo lo que Marius logró articular.
Pareces un soldado -dijo Brennus remarcando lo obvio al tiempo que se sentaba y se frotaba los ojos para despejar la niebla del sueño.
¿Dónde conseguiste eso? -demandó Marius, aunque lo sabía bien.
Glaucus sonrió sumamente satisfecho.
Fue fácil. Los soldados cometieron el error de dejar sus pertrechos con sus caballos. Simplemente, esperé a que el muchachito del establo se durmiera y me serví.
¡Estás loco! -gritó Marius, para luego retroceder espantado al tiempo que su voz despertaba ecos en las rocas y estos volvían a él- Que los dioses tengan piedad de ti -siseó- Robar a un soldado... impersonar a un soldado... esto te conseguirá una vacante en la Prisión Tullia aunque ya no te la tuvieras reservada.
No me atraparán. Además, esto es sólo un pequeño préstamo. Devolveré todo.
El pobre muchachito del establo se las va a ver mal -comentó Brennus, imaginándose a sí mismo en el lugar del infortunado joven.
Sí... Bueno, lo compensaré cuando devuelva esto. Pretendo darle a Quintus el susto de su vida y, a juzgar por sus caras, lo lograré.
Estás loco. No vale la pena -exclamó Marius.
Todo lo que he hecho hasta ahora fue loco. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez?
Glaucus comenzó a recoger sus pertrechos, no queriendo escuchar más objeciones. Se detuvo y se irguió.
Miren... lo estuve pensando. Este es mi trabajo y no quiero implicarlos más de lo que ya están. Especialmente a ti, Brennus. Marius, te agradecería si llevaras a Brennus de regreso al pueblo y me esperaran allí.
Marius cruzó los brazos obstinadamente e indicó su respuesta negativa asentándose sobre sus piernas separadas y resistiendo en su espacio.
Se miraron el uno al otro por un largo instante, ninguno de los dos cediendo un palmo. Finalmente, Glaucus dijo con lentitud:
Puedes ir olvidándote de la idea de la adopción. Significaría la renuncia de Julia a todo parentesco con Maxima...
Los hombros de Marius se desplomaron
No había pensado en eso. Supongo...
... y ella nunca lo hará. Además, yo nunca se lo pediría.
Tiene que haber un modo... -empezó a decir Marius al tiempo que daba un paso en dirección a Glaucus y le imploraba con la voz y las manos.
La confianza de su amigo temporalmente resquebrajada, Glaucus insistió:
¿Te molestaría si discutimos esto en otro momento? Lleva a Brennus de regreso al pueblo y espérenme en la taberna hasta que regrese.
Glaucus echó su alforja sobre el lomo de Ultor y empezó a conducir a su caballo en dirección hacia la colina, perfectamente consciente de los dos enojados pares de ojos que estaban clavados en su espalda.
Como era habitual, Quintus se despertó con los sonidos y olores que le indicaban que su hija acababa de retirar del horno el pan del día. Había estado soñando --siempre lo hacía-- con otro tiempo... con otro lugar. El hecho de abrir los ojos y darse cuenta de dónde estaba y todo lo que había ocurrido desde los tiempos con los que soñaba, nunca dejaba de sorprenderlo primero y deprimirlo después.
Se frotó los ojos, la piel en torno a éstos abolsada y arrugada. Desde el día en el que, inesperadamente, había captado su reflejo en una pequeña laguna y a la luz del día, evitaba mirar a su propia imagen y se rehusaba a tener un espejo en la casa, tan alterado había quedado por lo que viera.
Su cabello prolijo y corto como correspondía a un soldado era ralo y completamente gris, su rostro afeitado estaba demacrado. Las cicatrices verticales entre sus cejas se extendían hasta el nacimiento de su cabello en franca retirada, intersectando las profundas arrugas horizontales de su frente. Las arrugas similares a los lados de su nariz y boca le daban un aspecto perpetuamente enojado. Y estaba delgado, penosamene delgado, y algo encorvado por los años de labor en sus campos saturados de roca y arcilla. Había sido un golpe terrible para un hombre que aún pensaba en sí mismo como en un erguido, fuerte, imponente soldado del imperio. Aquel día, su reflejo en la laguna había hecho trizas el mito. Sus días de soldado habían quedado atrás, muy atrás... días de disciplina y marcha, de intriga y combate, de gloria y fortuna. Nadie que lo viera ahora podía imaginar lo que alguna vez había alcanzado y cuán bajo había caído y Quintus lo prefería así. Aún mantenía la rutina matutina diaria de bañarse y afeitarse aunque allí no había nadie para mirarlo, como no fuera su hija y ésta raramente lo hacía. Pero un soldado no podía hacer menos. Un soldado de la Legión Felix III de Marcus Aurelius no podía hacer menos.
Quintus rodó en la cama e hizo una mueca cuando el dolor familiar atravesó su espina endurecida. La intensa molestia comenzaba cada noche mucho antes de que despertara y tal vez era ella la que disparaba los sueños recurrentes. Sabía que el dolor desaparecería en cuanto comenzara a moverse pero cada año se hacía más intenso. Al tiempo que obligaba a su dolorida espalda a enderezarse hasta ponerse recta como correspondía a un soldado, se preguntó cuánto tiempo le quedaría antes de convertirse en un inválido.
Clara lo escuchó moverse y colocó un tazón de cereal cocido sobre la mesa. Ya había comido el suyo...el único alimento que consumirían hasta la noche, cuando hubieran completado sus tareas. Bueno, cuando concluyeran las tareas de su padre. Clara trabajaba desde el momento en que se levantaba hasta que volvía a acostarse, demasiado agotada para soñar cómo había sido su vida cuando era una niña y vivía en Roma... antes de la muerte del emperador Pertinax y de que su padre cayera en desgracia. Ahora apenas recordaba algo que aquellos días y se preguntaba si las imágenes borrosas de grandes edificios y personas elegantemente vestidas que a veces atravesaban sus pensamiento serían reales o sólo una manifestación de su deseo.
No le preocupaba la falta de espejos en la casa. Ella también prefería pensar en sí misma como había sido cuando recién arribara a Galia, temerosa del extraño al que llamaba "padre"... una preciosa niña de brillante cabello rojizo y ojos castaño claro, con una sonrisa fácil que le marcaba los hoyuelos. Ahora, su piel cremosa estaba quemada por el sol y llevaba sus otrora brillantes rizos atados a la nuca con una tira de cuero, más un estorbo que un adorno.
La puerta se abrió tras ella y Quintus entró a la habitación principal de la pequeña casa de dos ambientes y tomó su lugar a la mesa. Le daba lo mismo que su hija prefiriera no comer con él. No tenían nada que decirse el uno al otro. Cuando terminó de comer seguía hambriento pero estaba acostumbrado a tener hambre. Tenían que racionar cuidadosamente sus alimentos aún en verano o no sobrevivirían el invierno. Se puso de pié y arrojó el tazón a la palangana llena de agua para luego volver al pequeño cuarto ocupado por su cama, así como una tosca mesa y una silla de madera igualmente basta.
Como siempre lo hacía, tomó la navaja mientras miraba a la pequeña ventana torcida. Limpió el precioso vidrio --tan raro en aquella región y el único lujo de su vida-- con un trapo en lo que era otro gesto diario y luego procedió a arrastrar la hoja sobre los pelos ralos de su mentón mientras miraba hacia los árboles junto al sendero... como siempre lo hacía. Aquel era el único momento del día en el cual se permitía el lujo de simplemente apreciar la belleza de los alrededores, en lugar de pensar en la tierra como en algo para ser domado y sometido a su voluntad. Sus ojos se posaron en el pino más grande, ubicado en lo más alto del sendero... y su mano se detuvo en la mitad del movimiento.
Se inclinó y entrecerró los ojos, luego volvió a limpiar la ventana. Ese día había algo diferente. La sombra en la base de árbol era más sustancial que de constumbre. Considerablemente más sustancial. Y parecía tener patas.
Con cuidado, Quintus dejó la navaja y se limpió la cara. Luego, tomó la espada que siempre estaba a un lado de la puerta de entrada y la abrió lentamente, espiando por la rendija entre ésta y el marco. Un hombre a caballo. Ahora lo podía ver claramente. Pero los lugareños no andaban a caballo. Aquel era un caballo grande, fuerte... el caballo de un soldado. Un escalofrío le recorrió la espalda y se estremeció. ¿Qué podía querer un soldado con él? Decidiendo que era mejor aproximársele desarmado, Quintus dejó la espada otra vez en su lugar y salió a la luz del sol.
¿Es usted Quintus Clarus? -preguntó una voz profunda desde las sombras.
Quintus enderezó la espalda, echó los hombros hacia atrás y levantó el mentón.
Sí, soy Quintus Clarus. ¿Qué quiere, soldado?
¿El mismo Quintus Clarus que fue segundo en el mando del General Maximus Decimus Meridius durante el reino de Marcus Aurelius?
Quintus comenzó a inquietarse. ¿Cómo podía aquel soldado que sonaba tan joven saber aquello? Aquel soldado que sonaba... como Maximus. Su corazón comenzó a latir alocadamente y su respiración se tornó agitada. ¿Maximus? En la distancia se lo veía tan parecido a Maximus. Se hizo sombra sobre los ojos con la mano para ver mejor.
Clara apareció dando la vuelta a la esquina de la casa, se detuvo de golpe y, alarmada, se llevó la mano a la boca.
Soy ese hombre -respondió Quintus con cautela- ¿Podría identificarse e indicar lo que busca, señor?
Glaucus condujo a Ultor unos pasos hacia delante, apartándose del árbol y saliendo a la luz, donde permitió que el enorme semental negro bailoteara, sus pesados músculos estremeciéndose y la cola agitándose.
Soy su peor pesadilla, señor.
Clara soltó una exclamación.
¿Maximus? -dijo Quintus sofocadamente y se llevó la mano a la garganta- Sabía... Sabía que tarde o temprano vendrías por mí. Los... los sueños. Lo sabía.
Quintus cayó de rodillas sobre la tierra, las manos levantadas como para atajar un golpe, todo su cuerpo temblando.
El caballo se acercó aún más.
¿Me tienes miedo, Quintus? ¿Por qué será?
Los... los sueños. Sueño contigo cada noche. C... cuando éramos jóvenes y estábamos juntos en el ejército. Son sueños de un tiempo mejor pero siempre supe que eran portentos del mal. Lo sabía -dijo Quintus, sus palabras convirtiéndose en un chillido de terror. Se cubrió el rostro con las manos.
Clara se dejó caer de rodillas junto a su padre y lo envolvió protectoramente en sus brazos, el rostro alzado en dirección al soldado perchado sobre el caballo.
¿Quién es, señor? ¡Explique qué quiere de mi padre!
Glaucus contempló a la mujer que se había interpuesto tan valientemente entre él y su padre. Era pequeña, los brazos apenas le alcanzaban para abrazar a Quintus a pesar de su delgadez, y estaba vestida con las simples polleras marrones de una campesina. La tela estaba rota en muchos lugares y prolijamente remendada. Estaba sucia de tierra, como si en el momento en que él irrumpiera tan bruscamente en sus vidas hubiera estado haciendo sus faenas diarias. Su cara y manos estaban bronceadas y eran casi tan oscuras como las suyas y unas pecas nada aristocráticas salpicaban su nariz. "Bonita" pensó Glaucus, "pero lamentable..." e hizo rápidamente a un lado aquella emoción no deseada. Lentamente, extrajo la espada de su vaina y extendió su brazo, colocándola en forma vertical frente a su rostro. Luego, hizo uso de su voz más profunda.
Soy Maximus Decimus Glaucus, hijo de Maximus Decimus Meridius... y estoy aquí para vengar su muerte.
Quintus se aferró a la sucia pollera de su hija, mientras ésta seguía atacando al intruso.
¡Salga de nuestra propiedad! ¡Váyase! ¡Déjenos solos! ¡No tiene motivo para estar aquí!
Glaucus urgió a Ultor a avanzar, hasta que el animal se irguió enorme sobre la mujer agachada pero Clara siguió valientemente con su tirada.
¿Quién es usted para atreverse a decirle esas cosas a mi padre? ¡Déjenos en paz!
¡Esto es entre tu padre y yo! Manténte apartada -gruñó Glaucus.
Pero, ¿quién es usted? Nunca antes lo hemos visto. ¿Cómo se atreve a decir lo que dijo de mi padre?
Glaucus hizo que Ultor avanzara, rodeando lentamente a la pareja, forzando a Clara a girar para mantenerlo a la vista.
¿De modo que no lo sabe, Quintus? ¿No se lo dijiste? -lo atormentó- ¿No le dijiste cómo traicionaste al hombre que era tu superior y tu amigo, no una sino dos veces... que lo mataste?
No sabe nada -murmuró Quintus en una voz ahogada, temblorosa- Lo que hice no tiene nada que ver con ella. Déjala en paz.
¡Entonces lo admites! -estalló Glaucus para luego dirigirse a Clara- ¿No te dijo que traicionó a su general... al hombre que había sido nombrado emperador de Roma... para su propio beneficio? ¿Qué...
Sólo seguía órdenes. Estaba cumpliendo las órdenes de mi emperador...
¡Cumpliste las órdenes de un hombre que acababa de matar a su padre! ¡El emperador!
No... no fue así. Yo creí que el emperador había muerto de muerte natural. Lo creí realmente.
Glaucus estaba cansado de la intimidación. Quería respuestas. Con los ojos fijos en Quintus desmontó y le dio a Ultor una palmada en la grupa para enviarlo de regreso a la sombra de los árboles. Apuntó la espada hacia el rostro contraído de Quintus.
¿Reconoces esto?
Sí -jadeó el hombre que seguía de rodillas en el suelo mientras que su hija se ponía lentamente de pie- ¿Cómo la conseguiste?
Yo haré las preguntas, no tú, y tengo muchas. Empecemos por el comienzo. ¿Qué pasó la noche en que Marcus Aurelius fue asesinado en Germania? Quiero detalles.
De repente, Clara se lanzó sobre él, aferrándolo por los hombros en un intento por apartar la espada del rostro de su padre. Glaucus reaccionó instintivamente, levantando un brazo para defenderse. Con un crujido, su codo golpeó con la mandíbula de la mujer, lanzándola hacia atrás para caer sentada en la tierra. Aturdido, Glaucus se dio vuelta para disculparse pero Clara ya estaba de pie y se lanzó sobre él como un rayo, buscando su rostro con las uñas y arañándole dolorosamente una mejilla antes de que pudiera quitársela de encima. Quedó tendida en la tierra y allí era donde Glaucus la pensaba mantener.
Quédate donde estás -rugió mientras se limpiaba la sangre que le caía por la mejilla con el dorso de la mano. Apuntó la espada hacia ella, preguntándose cuál de los dos sería más peligroso- Colócate junto a tu padre para que pueda verlos a ambos -le ordenó.
No hagas esto -imploró Clara mientras se arrastraba para sentarse junto a su padre, quien ahora lloraba suavemente.
Le debo a mi padre el encontrar respuestas.
No lo haces por tu padre. Si lo que dices es cierto, murió hace muchos años. ¡Es por ti que lo haces! -lo acusó Clara.
Tu padre no era un hombre vengativo -agregó Quintus.
Oh, sí que lo era -gruñó Glaucus al tiempo que movía la espada otra vez en dirección a Quintus- Mató a Commodus para vengar a su esposa y su hijo... mi madre y mi hermano.
No, esa no es la razón por la que lo hizo -protestó Quintus, quien había recobrado un poco la compostura.
¡Cierra la boca, bastardo!
Yo estaba ahí -insistió Quintus- Lo sé.
Furioso, Glaucus lo aferró por el cabello ralo y le echó la cabeza hacia atrás, apoyando la espada contra la yugular palpitante.
¿Qué sabes? ¡Dímelo!
No puede hablar con la espada en la garganta -dijo Clara- Déjalo levantarse.
Lentamente, Glaucus bajó la espada hasta que la punta descansó en el polvo pero siguió sujetando el cabello de Quintus.
Habla -le ordenó.
¡Déjalo levantarse! -demandó Clara al tiempo que se ponía de pié- Si quieres escuchar lo que tiene para decir, déjalo pararse.
Con un empujón, Glaucus lo soltó y envió a Quintus de bruces al suelo. Clara corrió junto a su padre y lo ayudó a levantarse. Temblando otra vez, el granjero enfrentó a Glaucus.
Sentémonos a mi mesa como hombres civilizados. Hablemos mientras tomamos algo de vino.
No acepto ninguna hospitalidad de tu parte, traidor -siseó Glaucus.
Puedes hacer lo que quieras pero, al menos, déjalo sentarse -suplicó Clara.
Cuando Glaucus asintió con la cabeza, la mujer ayudó a su padre a llegar a la casita. Un asno decrépito comía pasto desinteresadamente no muy lejos de la puerta y unas pocas gallinas escaparon corriendo cuando se acercaron. En la entrada, Glaucus les ordenó que se detuvieran y levantó la espada otra vez para colocarla en el cuello de Quintus, luego lo sujetó por la túnica y lo hizo girar y retroceder ligeramente. Cautelosamente, Glaucus espió el interior de la vivienda para tener una idea de la situación. El lugar estaba desierto. Al entrar, el pié de Glaucus tocó algo metálico y de inmediato pateó la espada lanzándola ruidosamente al otro lado de la habitación. La escoba que se encontraba detrás de la puerta siguió el mismo destino. Ante su gesto brusco, Clara y Quintus entraron a la casa y el nombre se derrumbó sobre una silla ante la mesa empleada para las comidas.
Era una choza. La habitación principal no era más grande de lo que había sido su dormitorio en el departamento de la ínsula en Roma. Una cama estaba arrimada a la pared y cubierta con una manta colorida, hecha de pedazos de tela cosidos entre sí. Era uno de los pocos toques de color en todo el lugar. El suelo de tierra apisonada era duro como la roca y sólo aligerado por dos alfombras tejidas a mano, una colocada cerca de la mesa y otro junto a la cama de Clara. Los carbones de un fuego moribundo chisporroteaban en el pequeño hogar que dominaba la pared del frente. Ollas ennegrecidas colgaban de ganchos sujetos a las toscas vigas de madera que se extendían de pared a pared bajo el techo de paja. El único mobiliario consistía en dos sillas y la mesa. Era obvio que no estaban acostumbrados a recibir visitantes. Además del cuarto principal había otro más pequeño, apenas lo suficientemente grande como para acomodar un catre, una mesa pequeña y una silla. Glaucus dedujo que era la habitación de Quintus. Al menos, dejaba que su hija durmiera en el lugar más abrigado. Sus ojos siguieron revisando la habitación en busca de armas potenciales. Más allá de las ollas y el atizador, no vio nada que temer.
Glaucus giró hacia la habitación y confrontó a Quintus con los brazos cruzados.
- Habla -le ordenó.
Primero, dime quién eres -dijo Quintus al tiempo que recorría con la vista al soldado de pié ante él, las piernas bien plantadas y separadas, los brazos cruzados. Desafiante. Amenazador.
Ya dije quién soy -gruñó Glaucus.
No es posible -protestó Quintus- Maximus sólo tuvo un hijo... Marcus... y está muerto... -su voz se disolvió. Quedaba claro que Quintus ya no estaba seguro de nada.
Oh, sí. Está muerto. Soy el segundo hijo que tuvo con su esposa, Olivia. Aquel día terrible, los pretorianos no me encontraron y por eso viví.
Pero Maximus me hablaba frecuentemente de su familia. Nunca mencionó un segundo hijo. Sé que tuvo una hija que murió pero no un hijo.
Glaucus no se sentía inclinado a darle explicaciones a aquel hombre y se movió impaciente hasta pararse junto al hogar, de cara a la luz que entraba por la ventana pese a los postigos cerrados.
Mi rostro dice quién soy.
Quintus movió la cabeza lentamente, su ceño fruncido en señal de confusión profundizando las arrugas de su frente.
Eres la imagen viva de Maximus. Pero...
Glaucus interrumpió la pregunta antes de que pudiera completarla.
Aquella noche en Germania. Quiero los detalles.
Quintus se movió incómodo en su silla, la cual crujió pese a lo magro de su peso. Clara se levantó y se apartó de los dos hombres, caminando hacia la ventana y abriendo los postigos. Luego cruzó los brazos sobre su vientre, como tratando de aislarse de la súbita y aterradora intrusión que había alcanzado su vida tan simple.
Siéntate -ladró Glaucus- Te moverás sólo cuando yo te diga que puedes hacerlo.
Clara giró en redondo y le lanzó una mirada dura antes de dirigirse hacia el armario ubicado junto a la mesa.
Tengo que darle un poco de vino. A mi padre le duele la espalda y el vino lo ayuda.
Glaucus sabía que aquella mujer no iba a permitir que ni él ni ningún otro la intimidasen. Se movió ligeramente de modo de poder verla mientras vertía el líquido y asegurarse de que no escondiera en su falda ningún utensilio de cocina que pudiera ser usado como arma. Se preguntó qué edad tendría. De seguro más que él. Había líneas en las comisuras de sus ojos y su figura era delgada pero madura. ¿Cerca de treinta, tal vez?
Clara colocó el vaso de vino ante su padre y luego volvió a sentarse. Se echó el cabello hacia atrás y miró a expectante, curiosa también por escuchar la historia.
Glaucus apoyó una mano en la repisa del hogar y volvió su atención a Quintus, quien estaba mirando el vaso pero sin beber.
La noche en que murió el emperador -lo urgió Glaucus- Qué ocurrió antes de que mi padre fuera convocado a la tienda de Marcus Aurelius.
Quintus miró la pared, con sus ladrillos de barro irregulares, pero sus ojos estaban fijos en el pasado.
Fui despertado por un pretoriano y se me dijo que me vistiera. Luego fui escoltado hacia la tienda de Marcus Aurelius donde Commodus y Lucilla ya estaban velando a su padre. El emperador -el difunto emperador- estaba tendido plácidamente en su cama. No había signo alguno de violencia. Commodus me dijo que había muerto en su sueño y le creí. Luego me dijo que me había elegido como su nuevo comandante de los pretorianos y que debía asumir la responsabilidad inmediatamente. Me dijo que el imperio entraría en conmoción cuando se conociera la noticia de la muerte de su querido emperador y que, como él mismo era muy joven, había hombres que intentarían apoderarse del trono, precipitando una guerra civil. Commodus necesitaba establecer su autoridad rápidamente y eliminar a cualquiera que diera signos de querer desafiarlo.
Quintus tomó un largo trago de su vaso de arcilla... mucho más largo de lo necesario. Glaucus estaba por urgirlo nuevamente cuando siguió hablando.
Maximus fue el primero al que me dijeron que convocara. Amaba a Marcus Aurelius y quedó muy conmocionado cuando descubrió que había muerto. Commodus le ofreció su mano y le pidió que le demostrara su lealtad. No tengo duda alguna de que Commodus quería que Maximus continuara en su calidad de Comandante de las Legiones del Norte pero él se negó a aceptar su mano, se dio vuelta para marcharse y me dijo que lo siguiera. Estaba enojado, eso puedo asegurarlo. Mi corazón se encogió. Sabía que Maximus acababa de sellar su destino.
Quintus bebió otro trago de vino y luego le tendió el vaso a Clara para que volviera a llenarlo. Ella se apresuró a obedecer y volvió a sentarse, apoyando los codos en la mesa y el mentón en sus manos. Quintus continuó.
Reuní a un grupo de pretorianos y fuimos a la tienda de Maximus, donde lo encontramos ya vestido con su armadura. Le ordenó a Cicero, su sirviente, que convocara a los senadores. Pensé que Commodus tenía razón sobre Maximus y que él iba a causar problemas innecesarios. Desde que eran niños, nunca se agradaron el uno al otro. Pensé que Maximus no estaba siendo razonable. Trató de decirme que Marcus Aurelius había sido asesinado y le advertí que no era prudente decir algo así.
Quintus se volvió hacia Glaucus, quien contemplaba las brasas del fuego matutino.
Maximus contaba con la lealtad total del ejército... de cada hombre. Si lo hubiera deseado, hubiera podido causarle graves problemas tanto a Commodus como al imperio. Guerra civil. No podíamos volver a pasar por eso.
Quintus se dio vuelta para mirar a Clara, buscando comprensión en su hija. Ella lo miró impasible.
De modo que diste la orden para su ejecución. Tú... su amigo, su compañero de armas -lo acusó Glaucus.
Sí -dijo Quintus quedamente- Era lo correcto. Mi emperador me dio una orden. Mi deber era cumplirla.
Tu deber -se mofó Glaucus- Era una burla a la justicia.
¡En aquel momento no lo sabía! Eres un soldado. Sabes lo que significa obedecer... cumplir con tu deber hacia tu emperador.
Glaucus se movió incómodo, la coraza repentinamente pesada y calurosa. Se apartó del hogar y se acercó a la mesa en forma lenta, amenazadora.
Si mi padre sabía que Marcus Aurelius había sido asesinado, ¿por qué tú no lo sabías?
Yo... yo no vi nada que confirmara lo que Maximus decía. Sonaba absurdo. Commodus no tenía razón alguna para matar a su padre. De todos modos, habría heredado el trono en pocos meses, cuando su padre enfermo muriera.
Los ojos muy abiertos de Clara iban de uno a otro hombre, el ceño ligeramente fruncido al tiempo que seguía la sorprendente conversación.
¿Y cuándo fue que finalmente te diste cuenta de que mi padre estaba en lo cierto? -demandó Glaucus.
Mucho, mucho más tarde.
Después de su muerte.
Quintus dejó caer su cabeza.
Inmediatamente antes.
Glaucus asintió con satisfacción.
¿Y qué tanto sabes ahora, Quintus? ¿Sabes que diste la orden de ejecutar al legítimo emperador de Roma? ¿Qué en el día de su muerte, Marcus Aurelius designó heredero a mi padre y que firmaron los documentos necesarios?
Glaucus estrelló ambos puños sobre la mesa haciendo que el vaso de vino saltara y se derramara. Nadie prestó la menor atención.
¿Lo sabes, Quintus? -rugió Glaucus- ¡Y, como si no hubiera sido suficiente, también diste la orden de matar a su familia! ¡A su esposa y a su hijo inocente... en España... cuando no tenían nada que ver con aquello!
Glaucus apenas registró la mirada horrorizada de Clara antes de aferrar la mesa y lanzarla violentamente lejos de sí, arrojando a Quintus al suelo, donde quedó tendido entre su silla destrozada y la mesa patas arriba. Se quedó allí, acurrucado, mientras Glaucus seguía gritando.
¡Mi madre y mi hermano! ¡Mi padre! ¡Mi familia! ¡Todos muertos por tu causa!
Clara había retrocedido en el momento en que Glaucus arrojara la mesa y siguió haciéndolo hasta que sus rodillas golpearon el borde de su cama y cayó sentada en ella, atontada, insegura acerca de lo que el furioso soldado haría a continuación. Insegura acerca del oscuro rol de su padre en la historia de Roma. Insegura acerca de todo.
Glaucus hizo la mesa a un lado y luego usó su pié para obligar a Quintus a darse vuelta, la punta de su espada desenvainada nuevamente en su garganta.
Y no fue la última vez que lo traicionaste, ¿verdad? Aún cuando comenzaste a sospechar que te habías equivocado seguiste adelante, ¿no es cierto? Comandante de los pretorianos del corrupto Commodus. Tu ambición te cegó una y otra vez.
Quintus cerró los ojos y permaneció mudo, su garganta moviéndose convulsivamente al tiempo que tragaba su propia bilis.
Sus últimas horas, Quintus. Cuéntame sobre el intento de fuga, su captura y su pelea final en la arena.
Glaucus hizo girar la espada hasta que una gota de sangre corrió por la garganta del hombre caído.
Quintus volvió a tragar, tosió y luego comenzó a hablar.