Libre finalmente de rejas y grilletes, Maximus espió cautelosamente entre las hojas de palma, notando apenas el aire dulce y limpio al cabo de tantos meses de confinamiento. Se adelantó lentamente, a la sombra del alto muro de piedra de la ciudad y atisbó a Cicero, sentado a horcajadas sobre su montura, protegido de los indiscretos rayos de la luna por el frondoso árbol que se alzaba sobre él. Maximus miró rápidamente a izquierda y derecha. Todo se veía calmo. Pero, siempre cauteloso, se detuvo detrás de unas ramas y emitió un suave silbido que Cicero reconocería.
Cicero levantó la cabeza de golpe y gritó en tono de advertencia:
¡Maximus!
De inmediato, su caballo arrancó al galope y fue despedido de su montura a causa de la cuerda anudada en torno a su cuello y atada a la rama ubicada por encima de su cabeza. Shockeado, Maximus se adelantó a la carrera y aferró las piernas de Cicero, alzándolo para aliviar el peso sobre su cuello. Cicero apenas tuvo tiempo de murmurar una disculpa antes de que media docena de flechas se clavaran en su pecho.
- ¡Nooo! -gritó Maximus, protestando por la muerte de su amigo, la traición de su plan y la inminente pérdida de su breve libertad. Llevó la mano a la empuñadura de la espada y giró, tratando de detectar de qué dirección venía el peligro. Levantó la cabeza cuando soldados armados con flechas aparecieron sobre el puente que se alzaba sobre él mientras que docenas más, portando antorchas y espadas emergían de entre las sombras cual enjambre de abejas enojadas. "¡Traicionado! ¡Traicionado!" gritó su mente al tiempo que se cerraban sobre él desde todos los ángulos. Atacó ciegamente con su espada pero un golpe certero y doloroso la arrancó de su mano; desarmado, usó sus puños y pateó con furia. "¡Traicionado!" La palabra atravesó su mente como un rayo al tiempo que caía bajo los golpes de los soldados, que lo atacaron con sus puños y los pomos de sus espadas. "Traicionado..." la palabra se disolvió en la niebla al tiempo que Maximus se hundía en la inconsciencia. El rostro de Lucilla danzó brevemente ante sus ojos... luego, todo fue oscuridad.
Le pareció que habían pasado sólo unos momentos entre el instante en que perdiera el conocimiento y aquel en el que su cuerpo laxo fue obligado a erguirse. Luego, fríos grilletes de hierro se cerraron firmemente en torno a sus muñecas. Las manos que lo sostenían se apartaron y se desplomó, detenido en su caída por las cadenas que tiraron de sus manos y hombros y lo sostuvieron de sus brazos extendidos. Gimió en agonía y se obligó a abrir un ojo. El lugar estaba casi en tinieblas, ni siquiera había una antorcha para revelarle dónde se encontraba. Volvió a gemir cuando el movimiento que hizo para levantar la mandíbula causó que el palpitante dolor de su cabeza fuera aún más intenso. La dejó caer nuevamente sobre su pecho y cerró los ojos para defenderse del sufrimiento.
Reuniendo sus fuerzas, se irguió trastabillando sobre sus pies y descubrió que sus manos estaban suspendidas por encima de sus hombros. Y que no necesitaba de luz para saber dónde estaba. La humedad y el pútrido olor a muerte le dijeron todo lo que necesitaba saber. Estaba en una celda, en algún lugar en las entrañas del Coliseo.
Capturado... traicionado... esclavo una vez más. Ardientes lágrimas de frustración se formaron bajo sus párpados y rodaron por sus mejillas golpeadas. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era que los soldados sabían sobre el plan para hacerlo escapar y conducir un ejército sobre la ciudad? Pero en su mente sabía que no había otra posibilidad... Lucilla le había revelado el plan a su hermano y éste había enviado a sus pretorianos a detenerlo. Lucilla lo había traicionado. Sin embargo, su cabeza dolorida y palpitante no lograba encontrar sentido a lo ocurrido. Lucilla, quien sólo horas antes le había confesado su amor y lo había besado tan tiernamente. Lucilla, quien lo había amado... y aún lo amaba. Lucilla, quien estaba aterrorizada de que su hermano pudiera lastimar a su hijo. Maximus irguió la cabeza ligeramente. Ah... allí estaba la respuesta. Se había visto forzada a revelar el plan. Commodus había amenazado a su hijo. Maximus suspiró. No la culpaba. En su lugar, probablemente él hubiera hecho lo mismo... hubiera hecho cualquier cosa para proteger a su hijo. Las muñecas y los hombros le dolían fieramente. Movió los pies para tratar de cambiar de posición pero se encontró con que también estaban encadenados. Tenía muy poco espacio para moverse. No se había sentido tan indefenso y desesperanzado desde que fuera exhibido en el mercado de esclavos y comprado por Proximo... desde que fuera encandenado en el atrio de Julia.
Proximo... era más que probable que estuviera muerto. Y que también lo estuvieran Hakken y Juba. Todo para nada.
Commodus había ganado y él había perdido. El imperio había perdido.
Maximus se estremeció de frío y por primera vez se dio cuenta de que le habían quitado la mayor parte de la ropa. Semidesnudo, engrillado, solo, esperando lo que fuera que la mente retorcida de Commodus hubiera ideado para él en materia de tortura y muerte.
Lo siento -susurró en la oscuridad- Lo siento -repitió.
Sentía tanto todo lo que había ocurrido... las muertes de su esposa y su hijo, de Cicero, de todos los gladiadores que había matado en la arena... su incapacidad de llevar adelante el sueño de Marcus Aurelius. El emperador le había encomendado una tarea monumental... y había fracasado. Dejó caer la cabeza y lloró en silencio.
¿Maximus? ¿Eres tú? -susurró una voz en la oscuridad.
Levantó la cabeza de golpe y se esforzó por escuchar. ¿Había oído bien?
¿Maximus? ¿Eres tú?
¿Juba? ¿Juba? ¿Estás vivo? -exclamó Maximus- ¿Dónde estás? No puedo ver.
Estamos en la celda no lejos de donde te encuentras. Podemos oírte. Vimos que habían traído a un hombre pero no estábamos seguros de que fueras tú.
¿Quién? ¿Quién está contigo?
La mayoría de nosotros está aquí... y el senador Gracchus también.
¿Hakken?
No... no lo logró.
Maximus movió tristemente con la cabeza.
Senador, ¿qué es lo que planea Commodus?
Considerando dónde nos encontramos, supongo que una ejecución pública. Y, teniendo en cuenta tus circunstancias particulares, supongo que tiene algo especial reservado para ti -Gracchus permaneció callado por un momento y luego agregó- Maximus, no culpes a Lucilla. Hizo lo que la obligaron a hacer.
De modo que su deducción había sido correcta.
Lo sé, senador. No culpo a nadie más que a mí mismo.
No, no te culpes -insistió Gracchus- Eres el hombre más valiente que jamás he conocí. No fue tu culpa.
La respuesta de Maximus se perdió, ahogada por el rechinar de los goznes de una puerta que se abrió lentamente. La escasa luz de una antorcha fue suficiente para hacer que Maximus entrecerrara los ojos al tiempo que trataba de descubrir quién se acercaba sosteniendo la tea encendida frente a él. Un pretoriano. Vestía el uniforme de los pretorianos. El hombre se detuvo a corta distancia de Maximus y bajó lentamente la antorcha, las fantasmagóricas luces y sombras revelando un rostro que Maximus había esperado nunca tener que volver a ver.
Quintus.
El pretoriano y el prisionero se miraron a los ojos por un momento, luego Quintus se dio vuelta para insertar la antorcha en un soporte ubicado en la pared. Pero Maximus lo había visto bajar los ojos avergonzado.
Maximus lo atacó antes de que pudiera hablar.
¿Viniste a disfrutarlo, Quintus? ¿Es esto lo que siempre quisiste... verme humillado? ¿Verme colgado, casi desnudo, encerrado en una celda mientras espero la voluntad de tu amo?
Quintus recorrió la celda, deteniéndose detrás de Maximus, donde era imposible que el prisionero viera su rostro.
Nunca deseé algo así -susurró.
Disfrutas de tu papel, ¿no es cierto, Quintus? Amas el poder... la riqueza... el prestigio.
No, estás equivocado.
Finalmente tienes lo que siempre sentiste que te merecías y muy pronto estaré fuera de tu camino para siempre. Esto fue siempre lo que quisiste, ¿verdad, Quintus? Derrotarme. Bien, felicitaciones. Tienes la confianza del emperador y el miedo de la gente. ¿No es eso lo que siempre quisiste?
No -susurró Quintus- Nunca quise verte así.
Ah, pero ese es el dilema, ¿verdad? Porque si no estoy así --prisionero o muerto-- desafiaré a Commodus mientras tenga aliento... y te desafiaré a ti. Te expondré como el cobarde que eres.
No soy un cobarde.
¡Entonces mírame a la cara! -gritó Maximus.
Lentamente, Quintus caminó en torno a Maximus rodeándolo por la derecha hasta detenerse frente a él, el sonido de sus botas despertando ecos en las paredes de piedra. Se detuvo cuando él y Maximus estuvieron frente a frente y sólo entonces levantó lentamente los ojos. Permaneció en silencio.
Maximus se meció ligeramente en sus cadenas.
Tienes una oportunidad de enderezar las cosas, Quintus. Seguramente ya sabes qué clase de hombre es Commodus. Marcus Aurelius nunca quiso que fuera emperador de modo que mató a su padre antes de que pudiera hacerlo público. En tu corazón y en tus entrañas, sabes que lo que digo es cierto.
No hay pruebas de lo que dices.
Confía en mí y confía en tus instintos. Créeme. Libérame. ¡Ven conmigo a Ostia y marcharemos juntos sobre Roma!
Quintus permaneció en silencio.
Por el bien del imperio al que los dos servimos, Quintus. Libérame ahora, mientras aún hay tiempo -lo urgió Maximus.
Mis órdenes son verificar que te encuentras debidamente encadenado -tendió una mano para revisar la muñeca izquierda de Maximus, quien se lo sacudió.
Imbécil. Puedes creer que entiendes la mente retorcida de Commodus pero no es cierto. Un día tú también terminarás aquí, es sólo cuestión de tiempo.
Sólo cumplo con mi deber -insistió Quintus.
Furioso, Maximus lo escupió, alcanzándolo en su coraza pulida.
Esto es lo que pienso de tu precioso uniforme, Quintus. Un uniforme que traiciona todo lo que alguna vez consideraste importante. El honor, Quintus, es más importante que cualquier otra cosa. El honor, no el deber. El honor de un emperador asesinado y sus ideales.
Quintus usó el reverso de su manga para limpiarse la saliva de Maximus, luego giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta. Justo antes de salir, giró ligeramente y miró a Maximus. Por un instante, pareció vacilar. Luego, salió.
Maximus echó su cabeza hacia atrás y miró las gruesas vigas de madera que se alzaban por encima de él.
No tienes de qué preocuparte, Quintus -dijo sin dirigirse a nadie en particular- No voy a ir a ninguna parte.
Maximus no supo cómo pero, en algún momento de su cautiverio, debió haber dormitado. Se despertó bruscamente, con un fuerte dolor en los hombros y las muñecas. El dolor de cabeza había desaparecido casi completamente pero su cuerpo se revelaba contra la postura poco natural y el largo tiempo que se había visto obligado a soportarla. Pero no era el dolor lo que lo había despertado. En la distancia, escuchó su nombre cantado una y otra vez, subiendo y bajando al tiempo que la muchedumbre se ubicaba en el Coliseo y se unía al coro. "Maximus, Maximus", lo aclamaban, ignorantes del drama que se estaba desarrollando bajo las gradas.
Mientras dormía, la luz del día había entrado a la celda a través de las ventanas ubicadas en lo alto de las gruesas paredes. Girando la cabeza podía distinguir a los otros cautivos pero, en cambio, eligió concentrarse en el canto de la multitud y la escena que podía ver claramente en su mente. La muchedumbre ubicándose en sus asientos, riendo y chismorreando y cantando el nombre de su favorito mientras aguardaban la diversión de ese día. Esperaban verlo combatir... pero no esperaban verlo morir. Maximus sonrió amargamente. Qué sorpresa se llevarían... el invencible Maximus mirando la muerte a la cara por última vez. ¿Cómo lo haría Commodus? ¿Lo atarían y dejarían que los leones hambrientos lo devoraran lentamente, como hacían con los cristianos? ¿Qué sería lo que satisficiera la necesidad de intimidación y poder de Commodus?
Repentinamente, las puertas se abrieron y la luz del día inundó la celda al tiempo que Commodus entraba en ella, sonriendo, resplandeciente ante la inevitable muerte de su enemigo. Estaba vestido de pies a cabeza de un blanco purísimo en honor a tan especial ocasión. Contempló las cadenas que caían desde las vigas de madera y sostenían las manos de Maximus por encima de su cabeza y pareció satisfecho.
Maximus sintió que se le erizaba el cabello de la nuca y que sus hombros se ponían tensos. Se obligó a sí mismo a relajarse, al tiempo que dejaba que sus manos pendieran flojamente de los grilletes. Estaba derrotado, sí, pero rehusaba ser intimidado.
Al tiempo que se detenía frente al prisionero, Commodus se unió sarcásticamente al canto de la multitud.
Maximus, Maximus, Maximus -se burló- Te llaman. El general que se convirtió en esclavo... el esclavo que se convirtió en gladiador... el gladiador que desafió a un emperador.
Sus palabras goteaban veneno.
Qué historia palpitante. Ahora quieren saber cómo termina el cuento. Se necesita una muerte célebre.
Maximus mantuvo su vista fija en la coraza esculpida de Commodus. Pero el emperador quería la completa atención de su prisionero y le levantó el mentón con un dedo cuidadosamente manicurado. En lugar de escapar a su contacto, Maximus curvó sus labios en una mueca de desdén.
¿Y qué podría ser más glorioso que desafiar al propio emperador en la gran arena?
Maximus miró a Commodus directamente a los ojos.
¿Tú contra mí?
¿Por qué no? -lo desafió el joven - ¿Acaso crees que tengo miedo?
Sorprendido por lo infantil de la respuesta, Maximus emitió una risita amarga.
Creo que has tenido miedo toda tu vida.
¿No como Maximus, el invencible, que no conoce la palabra?
Maximus sonrió desafiante.
Conocí a un hombre que una vez dijo, "La muerte nos sonríe a todos. Lo único que un hombre puede hacer es devolverle la sonrisa".
Me pregunto si tu amigo habrá sonreído a su propia muerte.
Maximus le ofreció a Commodus una mirada abrasadora.
Tú sabrás. Era tu padre.
El labio superior de Commodus tembló como el de un niño que lucha por contener sus propias lágrimas pero cuando habló su voz era contenida.
Amabas a mi padre, lo sé. Pero yo también lo amaba. Eso nos hace hermanos, ¿no es cierto?
Repentinamente, Commodus se adelantó y estrechó a Maximus en un abrazo apretado.
Sonríe ahora para mí, hermano -susurró en el oído del gladiador.
Maximus se irguió de golpe sobre las puntas de sus pies cuando un repentino, agudo, profundo dolor lo atravesó debajo de omóplato izquierdo y sus ojos se abrieron azorados al tiempo que el aire de su pulmón izquierdo escapaba a través de la abertura creada por la daga de Commodus al retirarse. No podía respirar y boqueó desesperadamente en busca de aire, al tiempo que el emperador besaba su cuello en una parodia de afecto y luego se volvía hacia un atónito Quintus y le daba sus órdenes.
Pónganle su armadura; escondan la herida.
Luego, se volvió otra vez hacia Maximus con una mirada de maligna satisfacción.
Maximus alzó sus ojos hacia el cielo. Había logrado tomar suficiente aire con su pulmón sano como para sostenerse en pie pero sabía que la muerte lo alcanzaría pronto. Como soldado había visto suficientes heridas como aquella para saber que era inevitable. Commodus había sido listo. Había usado una daga de asesino profesional, con un delgado canal en el centro de la hoja para asegurarse de que a través de la herida entrara suficiente aire como para producir abundante hemorragia interna y externa y que saliera el aire necesario como para que el pulmón colapsara. Había sido astuto de parte de Commodus mantenerlo sujeto con las manos por encima de su cabeza, de modo de permitir que la hoja se deslizara fácilmente por el espacio ubicado entre el omóplato y la costilla, ayudada por la posición. Lo debía haber planeado detalle por detalle. Maximus moriría pero antes viviría lo suficiente como para que Commodus jugara con él y lo ejecutara frente al pueblo de Roma. Commodus, el único hombre que había podido derrotar al gran Maximus. La escasa ropa que llevaba puesta se iba tornando húmeda y caliente a causa de la sangre.
La venganza por los crímenes de Commodus era ahora apenas una ilusión.
Se tambaleó cuando dos pretorianos lo liberaron y le vendaron el pecho rápidamente antes de pasarle por la cabeza su túnica azul. Hizo una mueca pero se negó a gemir cuando le ajustaron la armadura apretadamente en torno al pecho y cerraron las hebillas a sus costados. La cabeza le zumbaba pero se las arregló para mantenerse de pie durante el manoseo. Sintió la sangre corriéndole por la pierna. El final llegaría pronto... pero, ¿podría demorarlo lo suficiente como para hacer un último intento contra Commodus? ¿Un último intento por librar a Roma de la tiranía? Mientras lo subían a la plataforma levadiza que lo conduciría a la arena, Maximus elevó una plegaria silenciosa a su amado padre y a los dioses apropiados.
Triunfante y armado de pies a cabeza, Commodus se le unió y Maximus supuso que Quintus estaba cerca. Pero no tenía la energía necesaria para mirar.
Las cuerdas y poleas crujieron al tiempo que la plataforma se elevaba lentamente y se abría la trampa en el centro de la arena. Pétalos de rosa roja cayeron a los pies de Maximus desde las graderías. Súbitamente, la luz fue bloqueada por los pretorianos armados, quienes tomaron sus puestos formando un escudo que ocultara a los combatientes de los espectadores hasta que llegara el momento para la dramática revelación.
¿Asistiría Lucilla al espectáculo de su muerte?
¿Asistiría Julia?
Maximus bajó la cabeza, concentrándose sólo en tomar aire con su pulmón sano y mantener bajo control aquel dolor terrible y lacerante.
Para el momento en que los pretorianos bajaron sus escudos y se apresuraron a tomar sus puestos en torno a los combatientes, el brazo izquierdo de Maximus hormigueaba por la falta de oxígeno en sus músculos. La plataforma se encajó firmemente en su sitio y la multitud rugió su aprobación.
Tambaleándose ligeramente, Maximus obligó a su brazo adormecido a funcionar al tomar el habitual puñado de arena y frotarlo brevemente entre sus manos. Al tiempo que se erguía distinguió el uniforme de su antiguo amigo y le dedicó una mirada acusadora mientras se incorporaba lentamente. Quintus sostuvo su mirada pero, cuando el hombre herido se acercó en busca de su arma, arrojó la espada a la arena, forzando a Maximus a inclinarse dolorosamente para recuperarla. Aún entonces Quintus se negó a mostrarse contrito... aún a la vista de las acciones del emperador. Maximus sabía que Quintus esperaría antes de elegir de qué lado estaba. Simplemente esperaría a ver quién salía victorioso.
Maximus se dio vuelta para enfrentar a su último oponente y las espadas se cruzaron con un fuerte ruido que resonó en las paredes del Coliseo. La multitud aulló su aprobación. Atacaron y contraatacaron, atrás y adelante, atrás y adelante, ninguno de los dos combatientes demostrando una clara ventaja hasta que Maximus repentinamente usó su pié para hacer que Commodus perdiera el equilibrio y lo lanzó de espaldas a la arena con un violento golpe que le propinó con el puño de su espada. Sin embargo, incapaz de moverse lo suficientemente rápido, la siguiente estocada de Maximus sólo alcanzó la arena cuando Commodus rodó sobre sí mismo para alejarse y aterrizó sobre sus pies.
El esfuerzo le demandó a Maximus gran parte de sus fuerzas y apretó el brazo izquierdo contra su cuerpo para mantenerlo fuera de su camino. No podía controlar sus movimientos con precisión. Inclinado, jadeó repetidamente mientras las espadas volvían a cruzarse. La cabeza le daba vueltas y Maximus no pudo ver sino hasta el último momento la hoja que lo alcanzó en la pierna abriéndole un importante tajo. Doblándose sobre sí mismo a fuerza de dolor y confusión, retrocedió ligeramente al tiempo que se tambaleaba. Commodus estuvo sobre él en un instante, no queriendo perder su obvia ventaja. Maximus retrocedió ante la espada amenazante, luego reunió todas sus fuerzas para responder al ataque. Ahora plenamente confiado, Commodus giró como había visto hacerlo a Maximus en sus combates y se encontró a sí mismo con el pecho contra el de su oponente. Usando su mayor tamaño y fuerza declinante, Maximus obligó al emperador a retroceder usando su derecha y luego alcanzó el brazo de Commodus con una violenta estocada de revés, forzándolo a soltar la espada y apretarse la herida sangrante. La multitud vitoreó la proeza de su favorito, convencida de que vencería fácilmente. Commodus se aferró el brazo herido al tiempo que su oponente retrocedía tambaleante.
Maximus no vio a Commodus aferrar su brazo o cuando el joven avanzó hacia él con una curiosa expresión en el rostro. El adormecimiento de su brazo había alcanzado ya su hombro y su cuello y se extendía también sobre su flanco, mitigando misericordiosamente el dolor quemante. De golpe, la arena pareció moverse ante sus ojos y luego alejarse de él, como si la hubiera estado viendo a través de un túnel. Escuchó una voz hueca que decía "Quintus, una espada. Dame una espada", pero no estaba seguro de qué voz se trataba.
¡Una espada! ¡Dénme una espada! -gritó la voz nuevamente.
¡Envainen sus espadas! ¡Envainen... sus... espadas!
Maximus estaba desorientado. ¿Era Quintus? ¿Dónde estaba Quintus? El túnel comenzó a cerrarse, la abertura disminuyó, dejando sólo una mota de luz al final. La espada se deslizó de los dedos temblorosos de Maximus al tiempo que tendía su mano hacia el túnel, el cual se abrió para revelarle una escena familiar. Ahora sabía dónde estaba. En España. Frente a él se hallaba la puerta de su granja. Olivia debía estar allí... y Marcus.
Los repentinos gritos y abucheos de la multitud trajeron a Maximus de regreso a la dolorosa realidad justo a tiempo para ver a Commodus aproximársele con una mueca violenta y un cuchillo manchado de sangre. Maximus retrocedió tambaleándose al tiempo que Commodus avanzaba buscando su garganta desprotegida. Ahora desarmado, Maximus apeló a sus instintos de soldado y a su última reserva de energía y alzó el brazo derecho, golpeando la mandíbula de Commodus con el codo. Cuando el hombre más joven trastabilló para luego recuperar el equilibrio, Maximus lo alcanzó con el puño en plena cara. Commodus cayó para volver a levantarse, atacando salvajemente con su cuchillo, otra vez buscando la garganta de Maximus. Pero éste estaba preparado y bloqueó el ataque con su brazo adormecido, lanzando su puño como si hubiera sido un martillo contra la nariz de Commodus. La sangre saltó alcanzando a ambos hombres y Maximus golpeó de revés el rostro lastimado del emperador, alcanzándolo nuevamente con el puño derecho en la mandíbula. Al tiempo que Commodus se desplomaba, Maximus lo golpeó una vez más y luego lo alcanzó en la cara con la rodilla arrojando al emperador a la arena.
Lastimado pero decidido, Commodus luchó para ponerse de pié y avanzó una vez más al tiempo que Maximus se tambaleaba, decidido a terminar de una vez con el gladiador que le había arrebatado el amor y la devoción de la gente.
Trató de alcanzarlo con su daga por tercera vez y Maximus bloqueó el ataque fácilmente con su mano derecha. Pasando su brazo izquierdo por debajo del de Commodus, usándolo como una palanca, Maximus forzó la muñeca del emperador lentamente hacia atrás al tiempo que los frenéticos golpes que éste le propinaba rebotaban sin efecto contra la espalda del gladiador. Maximus empujó hasta que el cuchillo alcanzó la garganta de Commodus. Sosteniendo a quien fuera su némesis casi con ternura y satisfecho con la mirada de miedo y asombro en los ojos del hombre al que odiaba, Maximus presionó implacablemente, ojos azules fijos en otros ojos azules, empujando la hoja hacia la yugular de Commodus y luego más allá de ésta, hasta que con un crujido alcanzó la espina dorsal. Commodus se deslizó a lo largo del cuerpo de Maximus, aferrando a su ejecutor como rogándole que de algún modo le prolongara la vida que se le escapaba. Para el momento en que sus rodillas hicieron contacto con el suelo, Commodus estaba muerto y Maximus retiró lentamente la hoja, dejando que el emperador cayera en un montón informe a la arena.
Su misión estaba cumplida.
La oscuridad volvió a cerrarse sobre él; esta vez, el túnel parecía aún más largo. Maximus flotó por él, más liviano que el aire. Se posó suavemente ante la puerta y esta vez no iba a permitir que lo distrajeran. La empujó y pasó a través de ella y allí estaban sus amados álamos alineados junto al camino que conducía hacia su casa. Sonrió. Ya casi estaba en el hogar.
¡Maximus! -una voz familiar lo llamó y el túnel se disolvió en una luz brillante. ¿Dónde estaba ahora?
Maximus
Estaba en la arena... Aturdida al ver cómo su héroe se debilitaba ante sus ojos, la multitud había sido reducida al silencio. El emperador muerto estaba tendido muy cerca y era Quintus quien lo llamaba. Todavía estaban rodeados por un círculo de silenciosos pretorianos.
Maximus parpadeó.
Quintus, libera a mis hombres. El senador Gracchus será reinstalado. Hubo un sueño que fue Roma. Debe cumplirse. Ese fue el deseo de Marcus Aurelius.
Quintus se apresuró a obedecer.
Liberen a los prisioneros -ordenó a los guardias- ¡Muévanse!
Esta vez, la oscuridad descendió rápidamente y Maximus estaba allí, caminando por su trigal, sus dedos deslizándose por las espigas doradas.
¡Maximus!
Una suave voz femenina lo llamó. ¿Olivia? Luchó por abrir los ojos y sólo lo logró parcialmente. Lucilla estaba a su lado, llorando, el trigal brillando detrás de ella como oro pulido. Su rostro se desvaneció y volvió a aparecer y Maximus supo que la estaba perdiendo... que su vida se estaba apagando.
Lucius está a salvo -murmuró, unas palabras tan simples que sin embargo decían tanto. Había cumplido con su misión de liberar al imperio de un hombre indigno, Commodus, y había abierto el camino para el futuro regreso de la república, tal como su amado Marcus Aurelius había querido. Y, mientras tanto, había asegurado el trono en la persona de su nieto, Lucius, quien sería guiado por su madre, la que ahora lloraba por el guerrero caído. Maximus quería consolarla pero las palabras se negaban a formarse. Simplemente no le que daban fuerzas ni aliento.
Ve con ellos -susurró Lucilla a través de sus lágrimas y Maximus se alejó nuevamente flotando hacia una oscuridad libre de dolor para emerger de ella donde allí donde deseaba estar. Y no se encontraba solo. Los vio en la distancia, parados junto al camino. Olivia y Marcus. Esperándolo. Dándole la bienvenida. Caminó hacia ellos deslizando los dedos por el trigal de su amada granja en España al tiempo que su hijo corría hacia él.
Había vuelto al hogar.
¡Un poco demasiado tarde! -le gritó Glaucus al hombre acurrucado en el suelo-Era un poco demasiado...
Sus palabras se disolvieron en los secos sollozos que amenazaban ahogarlo y se dirigió trastabillando hacia la puerta, cruzándola apresuradamente, jadeando en busca de aliento. Pero, al cabo de sólo dos pasos, se desplomó de rodillas, doblándose por la cintura, los brazos cruzados sobre su vientre, buscando vanamente contener una angustia tan grande que era un dolor físico. Momentos más tarde, un brazo delgado se deslizó en torno a su cuerpo. Trató de apartarla de un empujón, pero Clara lo sostuvo con fuerza. La joven apoyó su cabeza sobre el hombro de Glaucus, dos almas desoladas, perdidas en sus respectivas miserias.
Clara susurró:
No sabía nada de todo esto. Mi familia me dijo que mi padre había sido comandante de los pretorianos y que el haber sido destituido no había sido su culpa. Yo... yo... crecí creyendo que él era la víctima. Que lo habían tratado injustamente. No me sorprende que mi familia se haya apresurado a despacharme hacia aquí cuando pidió que me enviaran. Querían deshacerse de la mala sangre... de la desgracia familiar.
Glaucus había cumplido uno de sus objetivos... había destruido cualquier posible mito que Clara hubiera alentado sobre su padre. ¿Por qué no sentía satisfacción alguna? Apartó su rostro, evitando mirarla.
Seguir los pasos de tu padre ha de proporcionarte gran consuelo, señor -dijo Clara al tiempo que acomodaba sus piernas para sentarse en el suelo junto a él.
Confundido, Glaucus levantó la vista. Ella le indicó su uniforme.
No soy soldado -le confesó al tiempo que se obligaba a erguirse. Desabrochó la coraza y se la pasó por encima de la cabeza, quitándose de paso la capa- Nada de esto es mío. Soy sólo un hombre que busca la verdad acerca de su padre.
Oh, -dijo Clara sin saber qué pensar acerca del joven sentado junto a ella que acababa de confesarle una mentira. Aún así... había algo en él. Algo inherentemente honesto y hasta vulnerable. Su dedo trazó círculos en la tierra al tiempo que echaba miradas de reojo a su fuerte perfil- No... no sabías cómo había muerto tu padre, ¿verdad?
Glaucus se movió de modo de adoptar una postura más cómoda, con los tobillos cruzados y las manos sobre las rodillas.
Sabía que aquel día había sido herido de muerte antes de salir a la arena. Hasta ahora no sabía quién lo había asesinado.
¿Pensaste que había sido mi padre? -preguntó Clara, estudiándolo cuidadosamente.
Pensé que había sido Quintus o Commodus. Ahora lo sé. La historia de tu padre tiene sentido. Le creo.
Clara se movió hasta enfrentarlo, ignorando la suciedad que se iba acumulando en sus ropas. Se movió para colocar sus manos sobre las de Glaucus pero las apartó rápidamente cuando vio que estaban quemadas por el sol, sucias de tierra y con las uñas rotas. En cambio, las ocultó en los pliegues de su falda desteñida.
Y ahora, ¿qué piensas hacer?
Pensaba matar a Quintus -dijo Glaucus sin vacilación.
Clara no demostró sorpresa alguna.
Me lo imaginaba. ¿Qué piensas hacer ahora? -le preguntó con calma.
Glaucus pellizcó la tela color herrumbre de la capa prestada y suspiró.
No lo sé.
¿Cómo te llamas? -le preguntó. Quería tocarlo; quería que él la tocara.
Glaucus. Mi nombre completo es Maximus Decimus Glaucus.
¿Por tus ojos verdes?
Sí.
Glaucus, su muerte no cambiaría nada.
El frunció el ceño y la miró irritado.
¿Ahora lo defiendes?
Clara sonrió buscando de desviar su enojo.
No... no lo merece. Pero, mira este lugar -dijo recorriendo el desolado paisaje con sus ojos- Mira dónde y cómo vivimos. Esto es peor que morir mil muertes. Apenas si sobrevivimos.
Entonces, ¿por qué te quedas aquí? ¿Por qué al menos no te vas al valle y encuentras un esposo y escapas de este lugar?
Ella respondió sin asomo de vacilación.
Mi padre me necesita. Como su única hija, cuidar de él es mi responsabilidad.
Responsabilidad. Hablas como él.
Clara miró los picos lejanos.
La verdad es que no tengo elección -volvió a mirar a Glaucus- Mi padre eligió mal en lo que respecta al tuyo. Tienes el derecho de estar enojado. Pero para él, en aquel momento, tienen que haber parecido las elecciones adecuadas. Es fácil mirar hacia atrás y criticar las viejas decisiones desde el presente.
Glaucus sacudió la cabeza obstinadamente pero estudió a aquella mujer atractiva y orgullosa que eligiera su responsabilidad hacia un padre al que no amaba por encima de su propia felicidad. Sus ojos se encontraron y ambos sostuvieron la mirada.
Cuando lo exiliaron de Roma, tu padre pudo haber ido a cualquier parte; pudo haber usado sus habilidades para ganarse la vida de algún modo. ¿Por qué eligió dedicarse a algo de lo que no entiende y perseverar en lo que ha fracasado?
Me lo he preguntado a menudo y creo que hoy finalmente encontré la respuesta.
Glaucus la miró curioso.
Tu padre y el mío crecieron juntos en el ejército, ¿verdad?
Glaucus asintió con la cabeza.
Tu padre alcanzó el rango de general...
Fue comandante de todas las legiones del Norte... un general de generales -la interrumpió Glaucus.
Clara sonrió ante su obvio orgullo.
Y el mío fue su segundo en el mando. Mi padre también tiene un gran orgullo. Tal vez resentía ser el segundo de Maximus. Tal vez fue eso lo que lo impulsó a hacer lo que hizo -Clara alzó una mano para detenerlo cuando Glaucus intentó volver a interrumpirla- Mi padre fue el responsable directo de la muerte del tuyo, lo entiendo y acepto. Tal vez... tal vez se hizo granjero porque Maximus fue granjero. Tal vez quería ver si podía lograrlo porque Maximus lo hizo. Su fracaso es otra prueba de su inferioridad ante tu padre. Tal vez este es su modo de castigarse a sí mismo.
Y a ti.
Clara se encogió de hombros.
Esa es la suerte de la mujer. Es sólo la propiedad de sus parientes varones.
Glaucus sabía que era cierto y no pudo encontrar nada alentador que decir.
Clara sonrió, no queriendo su lástima. Cualquier cosa pero no su lástima.
Glaucus, ¿tu padre cultivaba trigo?
Cultivaba muchas cosas pero el trigo era una de sus cosechas principales. Yo mismo lo cultivo hoy en día.
Entonces dime por qué mi padre insiste en cultivar trigo en un lugar que es completamente inadecuado.
¿Quintus celoso de Maximus? ¿Quintus castigándose a sí mismo?
Glaucus se puso inesperadamente de pie y levantó a Clara con él. Se dirigió hacia la casita.
¿Qué vas a hacer? -preguntó Clara trotando tras él para alcanzarlo.
Conseguir más información... después, liberarte.
Quintus había enderezado la mesa y trepado a la única silla que quedaba intacta, en la cual se encontraba sentado mirando fijamente su vaso vacío. Clara se apresuró a llenarlo con vino y le ofreció otro a Glaucus, quien esta vez lo aceptó pero lo dejó sin tocarlo sobre la repisa de la chimenea.
Se dirigió bruscamente al hombre que parecía haber envejecido ante sus propios ojos. Que parecía haberse encogido.
Dime lo que pasó en la arena luego de que mi padre murió.
Quintus siguió mirando al vacío. Glaucus pateó la silla y repitió la pregunta.
El hombre agotado comenzó a hablar en un tono monótono.
Mis hombres liberaron a los prisioneros por orden mía y ellos entraron a la arena al tiempo que la Dama Lucilla arengaba a la gente y ordenaba que le rindieran honores a Maximus. El senador Gracchus, Juba y algunos otros hombres levantaron a Maximus sobre sus hombros. Me uní a ellos. Los pretorianos formaron una guardia de honor y nos escoltaron fuera de la arena, como si hubiéramos cargado a un emperador muerto. Lucilla permaneció en la arena junto al cuerpo de su hermano pero Lucius nos siguió, tal como un hijo hubiera seguido el cortejo fúnebre de su padre.
Glaucus podía ver claramente la procesión y su garganta se encogió aunque conocía aquella parte de la historia.
¿Qué ocurrió luego? -preguntó roncamente.
Lucilla se nos reunió en las celdas mientras la gente salía de la arena. Lloraban y aullaban. Escuchamos sus gritos en las calles durante toda la noche. Lucilla ordenó que llevaran el cuerpo de Maximus al palacio donde lo prepararían para un funeral digno de un emperador.
Pero eso nunca ocurrió.
No.
¿Por qué no?
Quintus permaneció en silencio. Glaucus volvió a patear su silla y Quintus se encogió.
¿Por qué no?
Las cosas no salieron como Maximus quería. Lucilla y su hijo fueron enviados al exilio. Gracchus hizo lo mejor que pudo para cumplir con los deseos de Marcus Aurelius pero el ejército no cooperó. Pertinax fue elegido emperador. Se lo consideró el más adecuado para el cargo.
Lo que quieres decir es que era el que tenía los bolsillos más llenos. La verdad, Quintus. Los pretorianos --bajo tu mando-- le arrebataron el poder tanto al niño, Lucius Verus, como al senado y luego lo vendieron al mejor postor. ¡Pertinax fue sólo el emperador títere de la asquerosamente rica y poderosa guardia pretoriana! ¡Roma debía ser una república!
No funcionó. El sueño de Marcus Aurelius era un sueño imposible. El imperio era demasiado grande y estaba demasiado diversificado para ser gobernado por un grupo de senadores, cada uno con su propia agenda. Hasta Maximus se hubiera dado cuenta de ello muy rápidamente si hubiera sido el emperador de transición. Lo más probable es que hubiera terminado por fundar una nueva dinastía junto a Lucilla. El imperio necesitaba un gobernante fuerte -- un solo hombre -- para evitar una guerra civil. Elegimos a Pertinax.
¡Mataron a Lucilla para destruir cualquier posibilidad de que ayudara al legítimo heredero a reclamar su trono!
No. Lucilla murió de enfermedad años más tarde. Nunca nadie quiso lastimarla.
Quintus negó con la cabeza y ese gesto enfureció a Glaucus. Se inclinó por encima de la mesa y forzó a Quintus a mirarlo a los ojos.
Terminaste lo que ni siquiera Commodus pudo terminar: la dinastía de los Antoninos.
Era lo que su abuelo quería, ¿no es cierto? Lucius era demasiado joven para gobernar, ni siquiera en forma temporal. Hubiera habido una rebelión y una guerra -protestó Quintus.
¡Lucilla y Gracchus lo hubieran guiado hasta que el senado hubiera estado listo para retomar las riendas del poder! ¡La gente lo hubiera aceptado como emperador interino hasta que la república hubiera sido restablecida.
Quintus apretó los labios y negó obstinadamente con la cabeza.
Glaucus se apartó y lo miró con curiosidad.
¿O hubo algún otro motivo, Quintus? ¿Hubo algo que te impulsara a negarle siquiera ese atisbo de poder al joven Lucius?
Quintus lo miró con un extraño brillo en sus ojos enrojecidos.
Glaucus no tenía idea de hacia dónde lo llevaría aquella línea de interrogatorio pero algunos pensamientos sin forma comenzaron a dibujarse en su mente.
Repentinamente, una extraña satisfacción se apoderó de Quintus. Clara miró a su padre con cierto temor.
¿Dijiste que tu nombre es Maximus? -preguntó Quintus.
Me pusieron el nombre de mi padre pero me dicen Glaucus.
Bien... -dijo Quintus lentamente- Siempre pensé que era posible que Maximus tuviera otro hijo, pero pensé que el nombre del chico era... Lucius.
Clara gritó al tiempo que Glaucus aferraba a Quintus por su túnica y lo estrellaba contra la pared, haciendo volar fragmentos de barro seco.
¿Cómo te atreves a insinuar algo así? ¡Mientes!
Quintus soltó una exclamación.
Maximus estuvo a solas con Lucilla en Germania por la época en que el niño fue concebido -estaba aturdido por los golpes en su cabeza pero igualmente decidido a seguir hablando- Mató a Commodus para salvar a su hijo.
¡Lucius tenía la misma edad de mi hermano! -rugió Glaucus- De modo que mi padre estaba con mi madre cuando fue concebido, no con Lucilla.
Lucius era unos meses mayor que Marcus. Es posible que fuera su padre.
Con una fuerza nacida de la furia, Glaucus aferró a Quintus y lo arrojó de espaldas sobre la mesa, la cual colapsó lanzándolos a ambos al suelo entre pedazos de madera.
¡Eres un maldito mentiroso! -le gritó Glaucus al hombre que se encontraba debajo de él pero un temor frío se apoderó de él al tiempo que consideraba las implicaciones de lo que Quintus había dicho. Habían estado enamorados. Maximus y Lucilla. Y habían estado juntos antes de que Maximus conociera a Olivia. Y eso explicaría porqué Quintus había estado tan ansioso por poner el trono fuera del alcance de Lucius... para que el hijo de Maximus no se convirtiera en emperador de Roma luego de que Quintus se encargara de que Maximus no lo fuera. Y las últimas palabras de su padre... no habían sido para su madre o su hermano... ni siquiera para Julia... habían sido para Lucius. Había dicho "Lucius está a salvo".
Lucius.
Casi con voluntad propia, los dedos de Glaucus se cerraron en torno a la garganta de Quintus y apretaron. Ignorando los ruegos de Clara, apretó hasta que los ojos del anciano parecieron salirse de las órbitas; hasta que su lengua colgó fuera de la boca; hasta que su rostro se tornó amoratado. Clara arañó sus manos rogándole que se detuviera pero Glaucus siguió apretando.
¡Glaucus! ¡Glaucus! -gritó en su oído- ¡No lo vale! ¡El no lo vale! ¡Quiere que lo mates! ¡Quiere su muerte sobre tu consciencia! ¡Está indefenso, Glaucus!
Clara sintió cómo aflojaba sus manos y le apartó los dedos de la garganta de su padre uno por uno. Con un empujón, lo obligó a echarse atrás e irguió a su padre hasta sentarlo, su cabeza colgando sin vida sobre el pecho. Lo abofeteó con fuerza y Quintus soltó una exclamación y luego tosió. Apoyando contra la pared al hombre que resollaba como un fuelle, Clara se desplomó en el suelo de la choza.
Segundos más tarde, la puerta se abría con tal fuerza que golpeó contra la pared y dos hombres irrumpieron en la habitación.
¿Qué ocurrió? -demandó Marius al tiempo que se apresuraba a correr junto a su amigo- ¿Estás bien? Escuchamos tus gritos desde la arboleda.
Estoy bien -balbuceó Glaucus, al tiempo que Marius y Brennus lo ayudaban a pararse. Abochornado, se sacudió el polvo del uniforme prestado y luego se pasó las manos por el cabello. Escuchó que Quintus resollaba a sus espaldas y supo que viviría. Tomó aliento profundamente para calmar su corazón desbocado. Aún abochornado, no supo qué hacer de modo que apeló a los modales que le inculcaran y le presentó a sus amigos a Clara, como si los pasados minutos de violencia asesina nunca hubieran tenido lugar.
La solterona -apuntó Brennus y tanto Glaucus como Marius hicieron una mueca.
Si Clara estaba ofendida, no lo demostró. En cambio, se dirigió calmadamente a los recién llegados.
Por favor, ayúdenme a llevar a mi padre a la cama.
Mientras Marius se apresuraba a obedecer, Glaucus echó una mirada a la habitación destrozada. Clara no se merecía aquello.
Ella regresó poco después y se secó las manos en las polleras.
Caballeros, les ofrecería un lugar donde descansar y algo de beber pero, como pueden ver, de momento estamos un poco cortos de vajilla y mobiliario.
Les ofreció una sonrisa llega de gracia, como si nada hubiera ocurrido.
Gracias, Domina, pero debemos irnos -dijo Marius con una cortés inclinación. Luego se volvió hacia Glaucus y le dijo por lo bajo- La aldea está llena de soldados muy enojados buscando el uniforme. Es hora de abandonar esta área.
Glaucus asintió y se dirigió hacia el cuarto de Quintus. Clara lo interceptó rápidamente y le bloqueó la entrada con su cuerpo.
No más -le suplicó.
Sólo una pregunta, es todo lo que pido. Sólo una pregunta más. Ni siquiera entraré al cuarto.
Clara escuchó la sinceridad detrás de sus palabras y se hizo a un lado.
¿Quintus? -dijo Glaucus dirigiéndose a la figura postrada en la cama- ¿Qué ocurrió con el cuerpo de mi padre?
La cama crujió cuando Quintus se movió en ella.
Fue cremado -dijo con voz débil.
Entonces, sus cenizas debieron ser guardadas en una urna. ¿Dónde está?
No lo sé. Créeme... no lo sé.
Eso es todo -dijo Clara al tiempo que obligaba a Glaucus a retirarse de la puerta y la cerraba quedamente.
Tendré listos los caballos -dijo Marius- No pierdas más tiempo.
Dicho esto, se inclinó ante Clara y él y Brennus se retiraron.
Glaucus miró nuevamente el destrozo de la pequeña habitación.
Lo... lo siento, Clara. Sé lo mucho que has de trabajar para que este lugar tenga un aspecto decente.
Lo dudo -suspiró Clara al tiempo que se dejaba caer en la silla- Irrumpiste en nuestras vidas, las destrozaste y ahora simplemente te vas.
Lo... -empezó a decir Glaucus.
Clara no lo dejó continuar.
A su modo particular, mi padre es un hombre honorable. Nunca miente, Glaucus. Puede que tuerza y acomode la verdad pero nunca supe que mintiera deliberadamente... ni siquiera para vender nuestra lamentable producción. Si dice que Lucius es el hijo de Maximus es porque así lo cree. Eso no quiere decir que sea cierto... sólo que él cree que es cierto. No merece morir por que lo que él cree no te gusta. Matarlo podría darte una satisfacción momentánea pero después pesaría sobre tu conciencia por el resto de tu vida.
Tenía razón. Glaucus asintió con la cabeza. No había nada más que decir. Le dedicó una pequeña inclinación y salió de la choza, encaminándose hacia Marius y Brennus, quienes ya habían montado.
Sólo un momento -dijo al tiempo que hurgaba en su alforja. Tomando una pequeña bolsa de cuero, se dirigió hacia Clara, quien lo estaba contemplando desde la entrada. Se la tendió.
Toma. Esto alcanza para pagar lo que destrocé. También para pagar un pasaje en barco a Roma para una persona. Es para ti. Cuando tu padre muera y quedes libre de tu responsabilidad hacia él, podrás volver a casa. Hay un poco más... para ti.
Clara miró la bolsita por un momento, luego aceptó el dinero casi a regañadientes.
Eres un buen hombre, Maximus Decimus Glaucus -dijo quedamente.
A veces no estoy seguro de serlo.
Glaucus, no dejes que lo que él dijo te moleste. Es tan sólo un hombre viejo y amargado.
Pero las semillas de la duda habían sido plantadas. Primero Maxima y ahora... ¿Lucius?
Glaucus se las arregló para sonreír y ella le devolvió la sonrisa.
Para gran enojo del rebuznante burro, Marius acercó los caballos hasta la puerta de la choza y Glaucus montó a Ultor.
¿Hay algún modo de salir de aquí como no sea por el sendero que conduce a la ruta?
Sí -respondió Clara- pero es un paso difícil y una subida empinada.
La joven señaló en dirección a la parte trasera de la casa, hacia los campos y sus patéticas cosechas.
Los llevará a través de las colinas y eventualmente a la vía que conduce a Forum Lulii en la costa. Sólo hay unas pocas, pequeñas aldeas a lo largo de la costa.
Gracias, Domina -dijo Marius y emprendió camino hacia el Este, seguido por Brennus. Glaucus se retrasó.
Probablemente no compartas la idea, pero espero volver a encontrarte alguna vez. De ser preferible, no aquí.
Clara sonrió, repentinamente tímida.
Eso me gustaría, Glaucus. Tal vez algún día. Debo admitir que haces que la vida de una mujer se torne interesante.
Se echó a reír, luego de puso seria de golpe, sorprendida de su propia risa... un sonido que no había escuchado en años.
Irás en busca de Lucius, ¿verdad?
Sí. ¿Cómo lo sabes?
Se encogió de hombros y luego se apoyó contra el marco de la puerta en una actitud engañadoramente casual.
Intuición, supongo.
Ultor se movió inquieto, ansioso de unirse a los otros caballos y escapar al fastidio de un burro ruidoso y enojado. Glaucus le sonrió a Clara y dejó que su montura comenzara a moverse.
¡Glaucus!
Se dio vuelta en la silla.
Clara estaba allí, viéndolo partir, los dedos de una mano hundidos en su cabello, la otra aferrando su falda gastada. Quiso llamarlo, pedirle que se quedara un poco más, que le contara acerca de él y de su padre. Pero no tenía nada que ofrecerle... ni siquiera comida. Las palabras casi se formaron en sus labios pero se disolvieron en el mismo tumulto que disolvió su escasa confianza en sí misma. Se limitó a pasarse la lengua por los labios secos, asintió con la cabeza y le dijo adiós con un gesto de su mano.
El le devolvió el saludo y se sacudió el irracional sentimiento de culpa que rondaba por los límites de su conciencia. Luego, se concentró en los próximos objetivos del nuevo tramo de su viaje... adentrarse en los Alpes y encontrar a Lucius Verus. No habían trepado por más de cinco minutos cuando Glaucus tiró de las riendas y detuvo a su montura.
Sigan adelante. Los alcanzaré -les gritó a sus amigos e hizo que Ultor diera la vuelta.
La encontró donde la había dejado, como si hubiera echado raíces en el lugar. Si Clara estaba sorprendida de verlo regresar, no lo demostró. Cabalgó directo hacia ella y se inclinó sobre su montura, tendiéndole una mano, los dedos extendidos en invitación.
Ven conmigo. Te llevaré a Roma. No mereces esto. Puedes montar detrás de mí. Ultor puede llevarnos a ambos fácilmente.
Ella no dijo nada pero sus ojos expresaron su gratitud. Tomó la mano que Glaucus le tendía y la besó. Luego, movió la cabeza negativamente. Le ofreció una sonrisa llena de lágrimas.
Si pensara que me necesitas, iría contigo. Pero sé que no es así. Mi padre me necesita. Me quedaré con él.
Le apretó la mano y luego la dejó caer y se apartó. Ofreciéndole una última sonrisa, se dio vuelta y entró a la casa, su andar más ligero de lo que había sido en años.
Días más tarde, los tres viajeros avanzaban trabajosamente por el camino que atravesaba el valle del río Isere. Luego de circunvalar la ciudad de Cularo, continuaron hacia el Noreste, hacia la diminuta provincia con el nombre largo en la que Lucius Verus actuaba como Iudex Selectus Quaestionis. En Lemencum tomaron una de las grandes rutas romanas y continuaron hacia el Este, siempre por el valle del río Isere. La velocidad de su viaje desde Roma a Galia no podía ser repetida en aquella región rica en picos de granito y profundos, frondosos valles. A medida que avanzaban también iban ascendiendo y el aire se hacía más delgado y frío, de modo que dejaron que fueran sus caballos los que establecieran el ritmo. Aprovechándose de la aparente indiferencia de sus amos, los animales a menudo se apartaban del camino y chapoteaban a gusto en la fría agua de los arroyos y masticaban felices los pastos y flores que salpicaban el paisaje de rosa, amarillo y blanco. Los jinetes se maravillaban ante las vistas de insólita belleza: picos cubiertos de nieve y besados por el sol muy por encima de bosques de múltiples tonos de verde y estrechas laderas salpicadas de flores que se alzaban precariamente sobre ríos torrentosos, alimentados por los deshielos. Las cascadas caían desde las alturas como cortinas creando profundas y angostas gargantas para fundirse con las heladas aguas de lagos que replicaban el azul del cielo. Brennus soltaba una exclamación ante cada curva del río, nunca habiendo imaginado algo tan espectacular.
Ahora, el problema no eran los mosquitos sino los iridiscentes abejorros azul verdosos que atormentaban a los caballos con vuelos rasantes que terminaban enredándolos en sus melenas. Ultor estaba particularmente ofendido y lanzaba dentelladas cada vez que los insectos de numerosas alas pasaban cerca.
Cuando finalmente el río Isere cambió de dirección hacia el Sur y arrastró con él al valle, el camino se transformó de inmediato en un sendero rocoso en permanente ascenso y tan angosto que a menudo tenían que hacerse a un lado para dejar pasar los carros tirados por bueyes que pasaban en dirección al Oeste. Los carros más pequeños eran tirados por burros, el animal preferido en esas regiones y alturas aún por los jinetes. Se vieron forzados a avanzar en fila a través del angosto paso montañoso llamado Alpe Graia y mientras lo hacían tuvieron que desmontar a menudo, apretándose contra la pared de roca mientras otros viajeros cruzaban hacia el Oeste y Galia.
El pico de la gran Montaña Blanca que durante días vieran asomarse por encima del los otros se encontraba ahora directamente frente a ellos. Así la llamaban por los enormes glaciares que brillaban blancos aún bajo el sol del verano. Pasaron a través de la rala cara sur de la montaña para continuar ascendiendo en dirección a la ciudad de Augusta Praetoria. El camino era a menudo precario y podía doblar, caer o trepar inesperadamente, de modo que prefirieron desmontar y llevar los caballos de la brida antes que arriesgarse a que se lastimaran a causa de un resbalón. Los parches de rocío helado que quedaban ocultos por la sombra eran especialmente peligrosos y parecían siempre listos a emboscar al viajero distraído. Brennus resbaló dos veces cayendo sobre sus espaldas en un revuelo de brazos y piernas. No habiendo visto nieve nunca antes, el muchacho estaba fascinado por las pilas de blanca lluvia helada y las buscaba ávidamente en los rincones donde la sombra los preservaba. Brennus estampó en ellas las huellas de sus manos y sus pies, la probó con su lengua y formó bolas con las que atormentó juguetonamente a sus compañeros. Pero, cuando se hizo obvio que la nieve los acompañaría durante un largo tiempo, se cansó de los juegos y pateó una y otra vez contra el suelo buscando calentarse y preguntándose por centésima vez cómo era que nadie vivía en un lugar tan bello.
Aunque apreciaba la belleza circundante, Marius estaba preocupado por el español, quien permanecía ofuscado y silencioso desde que abandonaran la casa de Quintus.
Las sugerencias respecto de que debían discutir qué era lo que le molestaba resultaron inútiles. Glaucus avanzaba perdido en sus pensamientos, una variedad de expresiones sombrías pasando por su rostro. Ahora vestía sus propias ropas, habiendo devuelto el uniforme del soldado al muchachito del establo en Valentia junto con algunas monedas para compensarle el mal rato. Aunque su gran parecido con Maximus seguía siendo evidente, Glaucus ya no era una fantasmal replica de la imagen militar de su padre y por ello Marius estaba agradecido. Pero algo acongojaba a Glaucus y Marius creía que el español debía compartir sus problemas con sus amigos, quienes estaban corriendo grandes riesgos para ayudarlo. Pero cada día de silencio se transformaba en una noche de silencio ya fuera que pernoctaran en una posada en alguna de las diminutas aldeas de la montaña o que acamparan donde fuera que encontraran refugio.
Había amanecido gris y lluvioso. A mediodía, una espesa niebla envolvía el camino y los viajeros buscaron refugio, para nada deseosos de despeñarse por un risco. Una gruta semicircular de granito lo suficientemente grande como para guarecer a los tres hombres y sus caballos les proveyó la protección que estaban necesitando. La temperatura había descendido considerablemente y temblaban envueltos en sus ropas mojadas mientras Glaucus trataba vanamente de encender un fuego con leña húmeda. Sintiéndose cada vez más frustrado por su fracaso, Glaucus soltó un rugido y recorrió tempestuosamente el refugio, maldiciendo y pateando al combustible que se negaba a cooperar. No habiendo encendido un fuego en toda su vida, Marius simplemente lo miró desde su asiento, una roca plana protegida de la lluvia.
Bien, espero que te lo hayas sacado de adentro de una vez -le dijo.
Glaucus hizo otro inútil intento.
Maldito fuego. Maldita lluvia. ¡Malditas montañas!
Maldito mundo -dijo Marius, imitando el tono enojado de Glaucus. Estaba harto y más que preparado para enfrentar el temperamento de su amigo.
Glaucus se volvió hacia él.
Déjame solo.
Marius palmeó la roca en la que estaba sentado como si hubiera sido un cómodo y mullido diván.
Ven y siéntate.
He estado sentado por horas. Además, esta noche va a ponerse aún más fría y nos congelaremos si no tenemos un fuego para secarnos. No nos queda nada de ropa seca -se volvió hacia Marius, tendiéndole las manos en un gesto implorante- Tal vez simplemente debiéramos irnos a casa... tú a Roma y yo a España. Averigüé lo suficiente. Sé quién mató a mi padre.
¿Quién mató a Maximus?
Commodus lo apuñaló antes del último combate en la arena. Maximus estaba encadenado. Indefenso.
Gracias por compartir -dijo Marius.
De inmediato lamentó su tono ligero ya que Glaucus se apartó, otra vez silencioso.
Glaucus -dijo Marius al cabo de algunos momentos de escuchar la lluvia tamborileando sobre las rocas- Tú sospechabas que Commodus lo había apuñalado de modo que esa no puede ser la razón de tu infelicidad. ¿Estás molesto porque finalmente no mataste a Quintus?
No -dijo Glaucus dirigiéndose a la lluvia gris- Hice lo correcto.
Ya veo. Entonces... eso está arreglado. Ahora, ¿qué es lo que te molesta tanto? ¿Por qué estás tentado de abandonarlo todo cuando estás tan cerca de las últimas respuestas?
Glaucus no se movió.
El silencio fue roto repentinamente por una exclamación de Brennus, proveniente de alguna parte en el interior de la pequeña gruta. Emergió de las sombras acarreando una brazada de ramas secas que se bamboleaban y crujían al tiempo que se deslizaban entre sus brazos.
Glaucus finalmente sonrió.
Bien hecho, Brennus. Bien hecho. Aquí... dámelo y haré que pronto estemos bien calientes.
En pocos instantes tuvo las ramas expertamente apiladas y se las había arreglado para obtener una chispa y una nubecita de humo que pronto se convirtieron en un fuego chisporroteante que iluminó el lugar. Habló dirigiéndose a Brennus:
Ahora que tenemos luz, ¿por qué no te fijas a ver si encuentras más madera seca? Las ramas mojadas sólo producirán humo.
Brennus volvió a desaparecer, deleitado de prestar ayuda.
Finalmente, Glaucus se sentó y atizó las llamas con un palo. Marius permaneció mudo. Por fin el español habló.
Quintus afirma que Lucius es hijo de mi padre... mi hermano. El hijo de Maximus y Lucilla.
Para su gran asombro, Marius simplemente se encogió de hombros.
Siempre pensé que era posible. ¿No se te había ocurrido?
Perplejo, Glaucus negó con la cabeza.
¿Por qué había de pensar algo así?
Eran jóvenes. Estaban enamorados.
Pero ella estaba comprometida con el emperador Lucius Verus.
Tal vez Maximus no lo sabía. No era algo público, como bien sabes. El matrimonio de Lucilla fue muy apresurado... si la memoria no me engaña, se casaron antes de que ella abandonara Germania. Tal vez fuera necesario apurarlo.
Glaucus se frotó los ojos como si lo hubiera asaltado un repentino dolor.
¿Sería algo tan terrible? -le preguntó Marius suavemente- Tendrías un hermano. Un hermano y una hermana.
No quiero un hermano -dijo Glaucus sin apartar la mano de su rostro- Mi hermano está muerto y no quiero otro.
Glaucus, Lucius tendría que haber sido concebido antes de que tu padre partiera hacia España; antes de que conociera a tu madre. No le fue infiel.
Glaucus se puso de pié y comenzó a recorrer la pequeña gruta.
Esto se vuelve más y más complicado.
Brennus regresó con otra brazada de ramas y las arrojó al suelo junto al fuego chisporroteante.
Es toda la leña seca que pude encontrar. Tendrá que durarnos hasta la mañana.
Glaucus le sonrió amablemente a aquel joven que le caía tan bien.
Estoy seguro de que alcanzará, Brennus.
Lo miró apilar la leña y se sintió inundado por la culpa. Tal vez había sido ingrato. Tal vez no había sido justo con Brennus y con Marius. Suspiró y se calentó el trasero mientras miraba hacia fuera, hacia la lluvia. La culpa lo volvió aún más sombrío.
Repentinamente, giró en redondo haciendo volar las chispas y desparramándolas por el suelo.
Un momento... un momento... si así fuera, ¿por qué estaría Severus tan preocupado por mí? Como hijo de mi padre y nieto de Marcus Aurelius, Lucius sería el verdadero heredero del trono de los Antoninos, no yo. Debe ser al menos seis años mayor.
Marius consideró sus palabras cuidadosamente. Brennus se limitó a mostrarse perplejo.
Es cierto -dijo Marius- pero Severus tiene a Lucius bajo control encerrado entre estas montañas. Tú eres el enigma. Eres el que está buscando el documento que podría ponerte a ti... o a Lucius en el trono. De modo que tú eres el verdadero problema.
SiLucius es mi hermano.
Si -dijo Marius- Y hay un solo medio de averiguarlo, ¿no es cierto?
Tres días después, luego de un constante, agotador ascenso que los condujera a través, en torno a y entre algunas de las montañas más elevadas del imperio, los viajeros alcanzaron la ciudad de Augusta Praetoria, en el extremo Sur del gran paso montañoso que los llevaría directamente a Octodurus, el lugar donde suponían que ahora vivía Lucius Verus. Augusta Praetoria había sido construida más de doscientos años antes, sobre la base del campamento militar de Aulus Terentius Varro, quien había estacionado sus tropas cerca del mayor centro de operaciones de los Salassi, la tribu celta que había sido enviado a derrotar. Pero la amurallada ciudad de Augusta --completa con un Arco de Augusto-- era ahora relativamente pequeña y consistía mayormente en posadas y tabernas para los cansados viajeros así como tiendas que vendían equipos de abrigo, tales como botas y capas hechas de piel y cuero. El teatro y la arena eran raramente usados y la recova de la segunda hacía las veces de mercado, mientras que las antiguas barracas de los soldados habían sido convertidas en posadas por hombres inquietos y deseosos de hacer negocios. La ciudad estaba llena de visitantes de todo tipo, los que se encontraban en camino hacia Italia o bien esperando para cruzar el Summo Poenino: mercaderes, labriegos, correos, artesanos, mendigos y turistas. Los soldados ocupaban muchas de las mesas de las atareadas tabernas. Tras encontrar largas listas de espera en la mayoría de las posadas, Glaucus, Marius y Brennus encontraron un pequeño hostal colgado precariamente sobre una empinada ladera montañosa cuya lista era considerablemente más corta. Glaucus entendía perfectamente la razón de la diferencia. Aquel lugar parecía a punto de desbarrancarse en cualquier momento. La posada, como muchas otras estructuras de la villa, parecía haber sido tallada en la montaña y éstas se amontonaban sobre las pendientes en abierto desafío al diseño de la típica ciudad romana, con sus calles rectas intersectándose. Construidos en granito gris y en cierto modo demasiado bajos y de forma irregular, estos edificios proveían a los viajeros de todo aquello que necesitaran --se tratara de baños calientes, ropa caliente, camas calientes y comida caliente-- para dejar atrás el frío que helaba los huesos. La gente que acababa de emerger del paso se inclinaba sobre tazones de comida humeante, sus manos apretadas en torno a la terracota, tratando de devolver la circulación a sus manos pálidas. La gente que se preparaba para cruzar el paso, alargaba un poco más el disfrute de su última comida caliente y su última comodidad.
Glaucus, Marius y Brennus se abrieron camino hacia una mesa bajo el techo curvo, bajo y ahumado de la sala de la pequeña posada donde esperarían hasta que los llamaran para ocupar una habitación. Las mesas más cercanas al enorme hogar estaban ocupadas de modo que se instalaron en un rincón en sombras, alejado del fuego revivificador.
Pensar que hace unos pocos meses estuve en peligro de morir de calor en el desierto -dijo Glaucus- Ahora estoy medio congelado.
Pero la posada probó ser muy acogedora y muy pronto estaban deshaciéndose una por una de capas y togas. No se habían dado cuenta de cuán cansados estaban hasta que finalmente se hubieron sentado. Sin decir palabra, bebieron su vino, un rico caldo de carne de venado y dieron cuenta del queso duro y el pan caliente con manteca derretida sobre él.
La mejor comida que haya probado -murmuró Marius cuando finalmente encontró aliento suficiente como para hablar.
Brennus movió la cabeza en señal de asentimiento y miró a los ocupantes de la estancia al tiempo que masticaba.
¿Quiénes serán estas personas? -preguntó cuando se dio cuenta de que sus amigos estaban ahora más dispuestos a conversar- ¿De dónde vendrán?
A juzgar por su apariencia, de todas partes del imperio -respondió Marius- Los que están en aquel rincón alejado del fuego -agregó indicando al grupo con un movimiento de su cabeza- son celtas.
¿Cómo lo sabes -preguntó Brennus, quien era un barril sin fondo de curiosidad.
Mayormente por su coloración. Pelo rubio y ojos azules. A veces tienen cabello rojizo. Y son todos altos, ¿ves? -dijo Marius al tiempo que indicaba a un hombre que acababa de ponerse de pie, sus hombros inclinados para evitar golpearse la cabeza contra el techo- Además, llevan el pelo largo y a veces trenzado y suelen usar barba. Considerando de dónde vienen, saben cómo vestirse para este clima.
El hombre en cuestión iba vestido de cuero de pies a cabeza y llevaba largas pieles sobre los hombros.
Su coloración es la misma de la Dama Julia -observó Brennus.
Tienes razón -asintió Glaucus al tiempo que consideraba la posibilidad de que Julia tuviera ascendencia celta.
Bien, pues nunca subestimes a un celta, mi muchacho -dijo Marius dirigiéndose a Brennus al tiempo que limpiaba su tazón de sopa con un trozo de pan- Su reina guerrera, Boudica, se las arregló para levantar a su gente contra los romanos y casi nos derrotó en Britannia.
Brennus lo miró curiosamente, al tiempo que trataba de imaginarse cómo sería una mujer guerrera.
Eso era todo lo que hacía falta para que Marius se lanzara de lleno a explicarle el episodio, orgulloso de su conocimiento de la historia del imperio romano.
Es cierto. Ocurrió en el año 60 en esa provincia olvidada por los dioses que se llama Britannia.
Pensé que había ocurrido antes -apuntó Glaucus.
Bueno, Britannia fue colonizada antes por el emperador Claudius pero Roma nunca manejó bien los asuntos de esa provincia. En honor a la verdad, nadie quiere ir a vivir allí. No puedo decir que los culpe. Es fría y llueve todo el tiempo -Marius se repantigó en su silla, feliz de tener una audiencia- Los nativos nunca se vieron a sí mismos como parte del imperio... lo cual, en realidad, es culpa nuestra. Esa gente nunca fue tratada bien. De modo que, cuando el rey Prasutagus murió...
¿Cómo podían tener un rey? -interrumpió Brennus- Ya tenían un emperador.
Buena pregunta, mi muchacho, buena pregunta. Verás, se les permitió conservar a su nobleza autóctona. Fue parte del acuerdo. Podía haber funcionado pero no fue así. De modo que, cuando Prasutagus murió, el acuerdo se dio por terminado. Le había legado la mitad de su reino al emperador Nerón, sin duda para tratar de aplacar a Roma. La otra mitad se la dejó a sus hijas. Aquello no era suficiente, claro. Para nosotros, los romanos, es todo o nada. Los romanos de Britannia --soldados y esclavos por igual-- arrasaron los asentamientos legados a las hijas del rey y atacaron a la gente. Lo usual, ya saben, tortura y violación. Los propios parientes del rey fueron tratados como esclavos -Marius se inclinó hacia Brennus- La reina Boudica, esposa del difunto Prasutagus, se reveló y organizó un levantamiento con su propia gente y convenció a otras tribus de unirse a ella.
Marius asintió satisfecho con la cabeza cuando vio la expresión fascinada de Brennus y siguió con su relato.
Saquearon la ciudad de Camulodunum, teniendo especial cuidado de destruir el Templo de Claudius, donde los soldados sobrevivientes se habían refugiado. Después, emboscaron a una legión romana que venía del Sur y mataron a todos. Boudica marchó directamente hacia Londinium sin que quedara nadie para detenerla -Marius bebió un trago de vino. Ahora también Glaucus estaba bajo el poder de su talento como relator- Los romanos ya no peleaban por su ciudad sino por sus vidas. La mayoría perdió.
¿Dónde estaba el gobernador? -preguntó Glaucus.
Suetonius Paullinus estaba en Mona, una isla frente a la costa de Cambria del Norte. Era un santuario para refugiados pero también el centro de la religión druida que había sido tolerada hasta el momento. La gente de Boudica se alineó en la costa, gritando maldiciones y haciendo sacrificios de sangre a sus dioses extranjeros. Las fuerzas de Roma avanzaron ejerciendo toda la presión posible y los masacraron. Luego destruyeron sus árboles sagrados y sus altares. Paullinus se apresuró a marchar hacia Londinium con lo que quedaba de las legiones para tratar de recuperar la ciudad. Pero era demasiado tarde. Londinium se había perdido en manos de los rebeldes y no había suficientes legionarios como para enfrentar al enemigo. Boudica llegó con algunos cientos de miles de sus guerreros.
Brennus soltó una exclamación.
Sí... y conducía una carroza para desplazarse entre su gente, organizando las tropas y alentándolas. Los romanos atacaron primero, marchando en esas filas apretadas que los hicieron invencibles. Lanzas, flechas, escudos y espadas... lo tenían todo. El enemigo avanzó lentamente, al paso, amenazadoramente y, cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Paullinus dio la orden de atacar. Fue una masacre. Casi ochenta y cinco mil de los guerreros de Boudica murieron. Las bajas romanas fueron apenas de unos cientos.
¿Qué pasó con la reina? -preguntó Brennus.
La valerosa reina se quitó la vida para evitar que la atraparan.
Brennus asintió pensativamente.
Puedo imaginarme a Julia haciendo todo eso -dijo.
Marius y Glaucus se echaron a reír.
Yo también puedo imaginármela -dijo Glaucus al tiempo que le hacía señas a la atareada servidora para que le trajera más caldo- Vaya si puedo imaginármela.
Glaucus estudió al hombre alto mientras éste salía de la habitación.
Tal vez podamos conseguir algunas pieles y cueros. No sé ustedes pero tengo cinco capas de ropa y el viento se sigue filtrando y si me pongo algo más encima voy a parecer un cerdo relleno. ¿Por qué no esperan la habitación y yo veo qué puedo encontrar?
Una hora más tarde, Glaucus hacía cola en una tienda aguardando su turno para comprar abrigos adecuados. Curiosamente, algunos viajeros que acababan de emerger del paso parecían estar devolviendo sus pieles. Glaucus interrogó a un hombre bajo y de tez oscura que esperaba junto a él.
¿Qué están haciendo? ¿Están vendiendo sus pieles?
No, las alquilaron en Octodurus. La misma gente tiene negocios a los dos lados del paso de modo que se las puede devolver y recuperar parte del dinero.
Glaucus consideró sus palabras por un momento.
Pero yo volveré a cruzar el paso en unos días o, como máximo, en unas semanas.
El hombre se encogió de hombros y se dirigió hacia el mostrador.
Entonces, si fuera tú, las compraría.
Poco después, Glaucus regresó a la posada para encontrar a Marius y Brennus ya instalados en una habitación con dos estrechos catres. Brennus había colocado su manta en el suelo, en el escaso espacio entre los catres, preparado para dejarles su comodidad a sus compañeros de más edad. Glaucus les tendió las pesadas y malolientes pieles de cabra y rió al ver cómo sus compañeros se echaban hacia atrás.
Sospecho que, para mañana, habrán cambiado de opinión. Me dijeron que el clima en el paso está muy cambiante. Además, estamos cruzando en plena temporada y puede ser que debamos acampar al aire libre por algunas noches.
Partieron al amanecer, sus alforjas cargadas con suficiente comida como para cinco o seis días, el tiempo que tardarían en llegar a Octodurus. A pesar de lo que marcaba el calendario, había nieve reciente, lo que hacía que el camino fuera resbaladizo y que su aliento se condensara en el aire helado. Decidido a no sumergirse bajo las pieles de cabra antes de tiempo, Glaucus las acomodó frente a su silla de modo de que sus pies quedaran cubiertos por ellas. A Ultor no pareció importarle un poco de calor extra y los otros viajeros siguieron su ejemplo.
El camino se angostó hasta convertirse en un angosto sendero que bordeaba un precipicio que se perdía en la oscuridad. Marius vio a Brennus asomarse al borde del abismo para luego apartarse apresuradamente y seguir su camino sentado muy derecho en su silla. Con la esperanza de tranquilizar al muchacho, Marius comenzó a silbar como si nada. Brennus no había tenido problemas en el cruce del paso menor. Pero en esa oportunidad habían podido ver el fondo del barranco. El alegre sonido rebotó conta la pared sólida y vertical antes de ser devorado por el espacio infinito. Marius dejó de silbar al darse cuenta de que no lograba sino reforzar la idea de lo profundo que era el abismo.
¿Qué hacemos si nos encontramos con gente que viene en sentido contrario? -preguntó Brennus nerviosamente.
Nos hacemos a un lado y los dejamos pasar -dijo Glaucus, quien encabezaba la marcha.
¿De qué lado? -preguntó Brennus, el temor evidente en su voz al tiempo que urgía a su caballo a marchar tan cerca de la pared de roca que su pie derecho estaba en peligro de ser aplastado entre ésta y el animal.
Glaucus se encogió de hombros.
Supongo que negociamos.
¿Con qué? -preguntó Brennus.
Con dinero, ¿con qué otra cosa? -respondió Glaucus, esperando que Brennus no distinguiera el toque humorístico en su tono.
¿Qué hay si lo que viene en sentido contrario es un carro?
Hacemos lo mismo.
Brennus se quedó callado por un momento y luego preguntó:
¿Qué hay si dos carros que van en sentido contrario se encuentran de frente?
Glaucus se echó a reír.
Es su problema.
Marius no pudo evitar agregar su comentario.
Brennus, este paso ha sido usado desde tiempos muy antiguos por gente que va desde las provincias del Norte hacia las del Sur. En la época en que los galos lo usaron por primera vez, no puede haber sido más ancho que para dar paso a un caballo. Los ejércitos romanos lo ensancharon hace casi doscientos años para proveer a las legiones de un camino que les diera fácil acceso a Germania y Galia y llamaron a ese camino Poeninus Iter. Es lo suficientemente ancho como para acomodar a dos hombres tendidos frente a frente. Julius Caesar condujo a sus ejércitos a través de él de modo que nosotros podemos pasar... y también dos carros en direcciones opuestas. Relájate y disfruta de la vista. ¿Cuántas personas en el mundo crees que llegan a ver algo como esto?
Me pregunto cuántos esqueletos habrá en el fondo -dijo Brennus con un toque nervioso en su voz.
Glaucus se había preguntado lo mismo... esqueletors aplastados y quebrados, esqueletos de humanos, caballos, mulas y bueyes.
Mira, mira allí -dijo Marius- Mira dónde va el camino.
Brennus se negó a mirar pero Glaucus sí podía verlo. El camino se enroscaba sobre sí mismo muchas veces a medida de que trepaba para luego despeñarse con el áspero terreno. Por debajo de ellos había árboles, por encima sólo rocas y cielo. Se preguntó a qué altura estarían. Nubes como algodón se encontraban posadas sobre la parte baja de los valles haciendo que todo pareciera formar parte del vasto cielo. Como para confirmar la sospecha, tan pronto como rodearon una imponente pared de roca fueron golpeados por una ráfaga de viento tan fuerte que los caballos tambalearon y retrocedieron unos pasos. Con su capa ondeando locamente en torno a su cuerpo, Glaucus desmontó apresuradamente y arrancó las riendas de las manos de Brennus antes de que el muchacho tuviera tiempo de ser presa del pánico.
Creo que es hora de caminar junto a los caballos -gritó Glaucus en el viento al tiempo que le tendía su mano a Brennus
De algún modo el muchacho logró hacer que sus piernas rígidas lo obedecieran y puso un pie frente al otro en el terreno irregular. Se sostuvo allí, su ropa flameando como un estandarte, sujetándose de la silla de su alterado caballo.
Camina junto a mí y mientras tanto hablaremos, Brennus -lo instó Glaucus- Yo iré del lado de afuera. Hay lugar de sobra. Mientras caminas, apoya tus dedos sobre la pared.
Envolviendo los delgados hombros del muchacho con su brazo, Glaucus lo apartó de su caballo.
Quiero que me cuentes cómo era Maxima de niña. ¿Era tan atrevida como ahora?
Aquello dibujó una sonrisa trémula en los labios temblorosos de Brennus al tiempo que éste tendía su mano en busca de la seguridad de la pared. Con la montaña a un lado y Glaucus del otro, se sentía tan protegido y seguro como un bebé en su cuna. De inmediato comenzó a soltar un río de anécdotas acerca de Maxima que continuaron hasta que los viajeros arribaron a la primera posada, la cual se encontraba valientemente perchada sobre un angosto plano de la roca, de cara a una hondonada. Era lo suficientemente temprano como para que encontrar una habitación en la pequeña estructura de piedra no representara mayores problemas. Pero el aire nocturno se tornó increíblemente frío y se alegraron de contar con sus pieles de cabra, malolientes como eran. Glaucus sintió piedad por cualquier persona que esa noche se encontrara obligada a acampar al aire libre.
Los siguientes días fueron similares al primero, con el camino tan empinado que la mayor parte del tiempo debían caminar lado a lado con sus caballos, sus piernas doloridas por el esfuerzo. Por la noche se desplomaban en un sueño exhausto y libre de sueños. Se despertaban con las barbas cubiertas de escarcha a causa del frío que congelaba su aliento. Marius no se había molestado en afeitarse desde que dejaran Valentia. Hasta el mentón de Brennus, con sus escasos y finos pelos, amanecía escarchado... lo que lo ponía muy orgulloso.
Se cruzaron con poca gente viajando en sentido opuesto incluídos algunos carros pero se las arreglaron para pasar sin problemas. Hicieron un alto en el templo dedicado a Júpiter para pedirle al dios de los cielos que les concediera un viaje seguro. Pero, mayormente, se concentraron en mantenerse en movimiento, un paso tras otro, una y otra vez, sobre el áspero, angosto sndero.
Cuando alcanzaron la última posada supieron que lo peor había quedado atrás. Ahora estaban entrando en el relativamente fácil terreno de un valle montañoso, el tramo al término del cual se encontraba Octodurus. A media tarde del segundo día, se sentaron sobre una roca a contemplar la ciudad romana que se extrendía majestuosa por el ancho y verde valle ubicado debajo de ellos. Ni siquiera el Elíseo les hubiera podido parecer más hermoso.