La Historia de Glaucus

Capítulo 66 - Octodurus

Ingresaron a la amurallada ciudad de Octodurus al atardecer del día siguiente cruzando una puerta que nadie vigilaba. Prefirieron buscar una habitación dentro de la ciudad a hacerlo en alguna de las míseras posadas que se arracimaban a la entrada del paso. Octodurus tenía todas las características propias de una verdadera ciudad romana: calles rectas y empedradas que se intersectaban regularmente, un teatro, una arena, tiendas, talleres, posadas, tabernas, edificios públicos y templos. Rodeada por colinas cuyas laderas estaban tapizadas de verde y salpicadas de ovejas pastando y picos cubiertos de nieve, su belleza podía ser igualada por muy pocas otras ciudades. Un río rápido torrente la atravesaba dividiéndola y proveyéndola de un inagotable suministro de agua fresca alimentado por una distante cascada que se precipitaba desde lo alto de las rocas con un rugido apagado. Numerosos puentes de arcos elegantes cruzaban el río y conectaban el área comercial de Octodurus con el área residencial. Los lugareños se sentaban en las tabernas al aire libre y disfrutaban de los últimos rayos del sol, los cuales eran sorprendentemente cálidos tras el frío del paso. Era un lugar invitador.

Pensé que Severus había enviado a Lucius al Hades -comentó Marius mientras avanzaban a caballo hacia el distrito comercial- pero esto no está nada mal. Me gusta especialmente el que no esté prohibido andar a caballo por las calles durante el día como lo está en Roma. Muy civilizado.

Tal vez así lo sea pero caballos como los nuestros atraen la atención -respondió Glaucus al tiempo que hacía detenerse a Ultor- Veo mayormente mulas a nuestro alrededor. Creo que mejor los guardamos en un establo dentro de las murallas y caminamos hasta la posada.

¿Qué hay de tu espada? -apuntó Marius al tiempo que echaba una mirada al flanco de Glaucus en el cual la espada se encontraba bien visible- Aunque los caballos estén permitidos dentro de las murallas, es poco probable que ese tipo de arma lo esté.

No pienso desprenderme de ella.

No esperaba que lo hicieras -dijo Marius al tiempo que se encaminaban hacia el establo por el que habían pasado poco antes- Sólo escóndela mejor, si es que puedes. No he visto hombre alguno portando un arma.

Poco después, sus caballos guardados a buen recaudo, el trío se acercó al distrito comercial a pie esperando encontrar un alojamiento más cómodo que los que habían conocido durante el pasado mes. Glaucus ahora llevaba una toga sobre su túnica, la cual escondía adecuadamente la espada pero agregaba un peso extra para nada bienvenido al calor del sol. Había descartado sus pantalones y botas a favor de unas sandalias y llevaba su pesada alforja al hombro. Alzó la cabeza agradecido por la brisa refrescante de las montañas y se alegró de que Marius tomara la delantera.

En poco rato Marius había encontrado una habitación grande y aireada en el piso superior de una posada respetable y Glaucus abrió los postigos de madera, dejando que el sol inundara las paredes de piedra. Inhaló el aire fresco saturado del aroma picante de los pinos mientras admiraba la maravillosa vista de la ciudad y las montañas circundantes.

Los viajeros arrojaron sus morrales al suelo antes de probar las camas y suspiraron satisfechos ante los colchones bien rellenos. Llenos de contento, dejaron el grueso de sus pertrechos en la habitación que cerraron con una gran llave de hierro y caminaron hasta los baños donde se libraron del olor de las pieles de cabra en una piscina termal caliente que burbujeaba con el suministro permanente de tan relajante líquido.

El nerviosismo y la fatiga de las últimas semanas se desvanecieron junto con el vapor. Sintiéndose limpios, refrescados y fortalecidos, se dirigieron hacia una taberna cercana y se instalaron en una mesa junto a una ventana abierta. Glaucus se sentó de espaldas a ésta disfrutando de la brisa fresca del anochecer que le acariciaba el cuello.

¿Dónde lo encontramos? -preguntó Marius al tiempo que leía el menú escrito con tiza sobre un trozo de pizarra fijado a la pared.

Si está aquí, no debería ser muy difícil. Esta ciudad no es muy grande... probablemente no más de unos pocos miles de personas. Ahora se ve atestada porque hay muchos viajeros cruzando el paso pero eso nos conviene. Pasaremos inadvertidos -dijo Glaucus.

Los tres ordenaron la especialidad de la casa --cordero asado con guarnición de vegetales tiernos-- tras saborear una deliciosa sopa de pollo con cebollas, ajo, arvejas, zanahorias y gruesos trozos de los enormes hongos que habían visto creciendo en rincones fríos y húmedos a lo largo del camino.

Iban por la tercera jarra de vino y se sentían bien relajados cuando una silla fue súbitamente apartada de su mesa. Un hombre alto la hizo dar vuelta para luego sentarse a caballo, una sonrisa dibujada en su rostro agradable. Apoyó los antebrazos casualmente sobre el respaldo.

Caballeros, bienvenidos a Octodurus. Soy Lucius Verus, Iudex Selectus Quaestionis de la provincia de Alpes Atrectianae Et Poeninae.

Marius se atragantó.

Brennus soltó una exclamación.

Es todo un bocado -continuó Lucius malinterpretando su sorprendida reacción- pero básicamente significa que estoy a cargo de mantener la paz local. Me gusta adelantarme a los problemas.

Glaucus lo miró fijamente. Marius se las arregló para recuperar la voz y rogó para que Brennus no encontrara la suya.

¿Problemas?

Por encima del hombro de Lucius, Marius vio a dos soldados de pie junto a la puerta y mirándolos atentamente.

Sí -dijo el hombre delgado de la sonrisa amigable- Tal vez no saben que no permitimos que los civiles lleven armas dentro de las murallas de la ciudad. Deduzco que se dirigen hacia el paso o acaban de venir a través de él pero si desean portar una espada tendrán que alojarse en una posada fuera de las murallas. Es un error común. Normalmente los guardias se encargan de este tipo de situaciones pero no me gusta la idea de que tres hombres acaben en prisión a causa de un simple malentedido.

Lucius miró directamente a Glaucus, cuyo rostro se encontraba oculto por las sombras del crepúsculo.

Señor, me han dicho que lleva usted una espada oculta bajo su toga.

Glaucus continuó su implacable escrutinio del hombre alto, delgado, de ojos azules y cabello castaño. Tenía los mismos rasgos elegantes de su abuelo y su mismo aire de autoridad.

Marius se inclinó a través de la mesa y le tendió la mano presentándose con su nombre completo y lugar de residencia.

Brennus hizo lo mismo.

Glaucus siguió sentado perfectamente inmóvil mientras continuaba con el examen. El cabello de Lucius era fino y lacio, en nada parecido al suyo --o el de Maximus-- fácilmente reconocible por las gruesas ondas. Sus ojos eran de un tono azul verdoso claro. Su piel era blanca con pequeñas pecas salpicadas sobre la nariz. No se parecía en nada a Maximus.

Sin decir una palabra, sus ojos fijos en Lucius, Glaucus hurgó dentro de su toga y el hombre se puso tenso, listo para apartarse en caso de que apareciera una espada. Los soldados dieron un paso hacia delante, preparados para actuar. Pero el hombre sentado junto a la ventana deslizó un pequeño objeto a través de la castigada madera de la mesa y luego retiró su mano lentamente.

Glaucus echó una mirada al anillo, frunció el entrecejo y se inclinó ligeramente hacia delante para estudiarlo de cerca. Soltó una exclamación y se enderezó, luchando para mantener una expresión neutra. No tocó el anillo... no necesitaba hacerlo.

Hace muchos, muchos años me dijeron que algún día vendrías --murmuró finalmente al tiempo que entrecerraba los ojos tratando de distinguir los rasgos de Glaucus en la luz que desaparecía rápidamente.

Fue el turno de sorprenderse del español.

Como el verdadero hombre de estado que era, Lucius simplemente tragó unas cuantas veces pero mantuvo su compostura.

Terminen su comida, caballeros. No encontrarán una mejor en la región. Luego... búsquenme. Parece que tenemos algo que discutir -bajó la voz hasta convertirla en un susurro- Esperen a que esté oscuro y luego vayan a la puerta lateral del principal edificio del Foro, el que tiene las columnas más altas. Asegúrense de que no los vean.

Dicho esto, se puso de pie y Glaucus lo imitó, girando su rostro hacia la luz por primera vez.

Lucius simplemente lo miró, luego asintió una vez con la cabeza en su dirección, giró sobre sus talones y se retiró. Los soldados estacionados junto a la puerta lo siguieron

Dos horas más tarde, guiados por la luz de la luna, los tres amigos se encontraban en el callejón donde habían sido citados. Estaba desierto a no ser por los murciélagos que se zambullían en busca de cualquier insecto lo suficientemente tonto como para aventurarse a volar. Para nada deseoso de caer en una trampa, Glaucus llevaba la espada en la mano y se movían espalda con espalda, alerta a cualquier peligro.

¿Crees que sabe quién eres y que el emperador te quiere muerto? -siseó Marius.

Sí, lo sé -dijo Lucius al tiempo que abría la pesada puerta, sólo para encontrarse frente a frente con la punta de una espada- Estoy solo -dijo, al tiempo que se hacía a un lado.

Glaucus le indicó con la mano que pasara primero. Entró cautelosamente y escrutó la oscuridad de la habitación casi vacía en busca de los dos guardias. No estaban allí. Se relajó un tanto e indicó a los otros que entraran.

Lucius cerró la puerta y la atrancó, luego se volvió hacia Glaucus.

Supongo que tu nombre es Maximus. Te pareces mucho a tu padre. Entiendo por qué estás nervioso.

Mi nombre es Maximus pero me dicen Glaucus. Maximus Decimus Glaucus.

También tienes su voz -dijo Lucius con una sonrisa tratando de hacer que los hombres se sintieran cómodos- Puedes imaginarte mi sorpresa cuando hace algunos meses leí el decreto del emperador en el que se ordenaba estar atentos a la presencia de un hombre de tu descripción. Cuando la leí pensé que el nombre era una coincidencia. Ahora veo que no lo es.

Lucius se dirigió hacia el costado de la habitación donde, bajo la ventana abierta muy alto en la pared, los esperaba un grupo de sillas utilitarias. Las acomodó en un círculo y luego tendió su mano, invitándolos a sentarse.

Por favor, disculpen mis modales. Normalmente llevaría a huéspedes como ustedes a mi casa pero entre mi servidumbre hay gente en la que no confío. No sería prudente. ¿Puedo preguntar que los trae a tan pequeña ciudad tan alto en las montañas?

Tú -respondió Glaucus.

Si Lucius estaba sorprendido no lo demostró.

Ya veo. Y esperan que yo pueda hacer... ¿qué cosa?

Busco información sobre mi padre y espero que puedas facilitármela. Lo conociste en Roma cuando era gladiador.

Sí... cuando era muy, muy joven... en una vida pasada. Tantas cosas han ocurrido desde entonces que parece que todo pasó hace muchísimo tiempo. Lo admiraba mucho. Más que a cualquier otro hombre que haya conocido con la posible excepción de mi abuelo.

Marcus Aurelius -dijo Marius.

Lucius se volvió hacia él, apenas visible en la habitación en sombras.

Sí, correcto.

La gente de aquí, ¿sabe quién eres? -preguntó Glaucus.

Lucius sonrió.

Soy simplemente el hombre designado por Roma para atender los asuntos judiciales de la provincia que, dicho sea de paso, son escasos y poco relevantes. Aquí estamos muy aislados y, como seguramente habrán notado, la población es reducida. La política de Roma no significa nada para estas personas. Sólo se preocupan por labrar la tierra y ganarse el sustento y sobrevivir a un clima riguroso. Saben mi nombre pero poca gente lo asocia con el de un emperador de Roma y yo estoy conforme con ello.

Lucius contempló el rostro hermético de Glaucus iluminado por la escasa luz de la luna.

Hasta tus gestos son los de él. Cualquiera que haya conocido a Maximus sabría quién eres.

Sí -respondió Glaucus- Esa es mi bendición y mi maldición.

Lucius ladeó la cabeza curiosamente.

Cuando estábamos exiliados, mi madre hablaba a menudo de Maximus y decía que tenía un hijo de aproximadamente mi misma edad que fue asesinado por mi tío. Creo que eres más joven que yo de modo que no puedes ser ese niño.

Era Marcus, mi hermano, quien tenía tu misma edad. Murió junto a mi madre pero yo me salvé porque ese día estaba con unos parientes. Soy seis años más joven.

Pero... -insistió Lucius- estoy seguro de que mi madre dijo que Maximus sólo tenía un hijo.

El no me conoció. Murió sin saber siquiera que existía.

Oh, ya veo. Qué triste para ambos. Otro terrible logro que podemos atribuir a mi tío -suspiró Lucius- ¿Qué información esperas obtener de mí?

Lo conociste. Yo nunca lo conocí. He pasado meses --años ya--viajando por el imperio para hablar con gente que conoció a mi padre, tratando de reunir el rompecabezas de sus últimos meses. Verás, hasta que tuve quince años ni siquiera supe que él era mi padre. Creía que el hombre que me había criado --el hermano de mi madre-- lo era. Como podrás imaginarte, fue una gran conmoción.

Lucius asintió.

En España sólo pude averiguar sobre la parte de su vida que pasó allí y era una pequeña. Además de eso, sólo sabía sobre los momentos más brillantes de su carrera militar y que luego había desaparecido en la noche en que tu abuelo murió. Nada más.

Y. ¿ahora sabes más?

Sí, empecé por Germania, luego viajé a Roma. Mi búsqueda me llevó a Petra y a otros lugares. Poco a poco fui reuniendo la mayoría de las piezas. Ahora lo sé casi todo.

¿Pero...? -lo urgió Lucius.

Pero lo quiero todo.

Y crees que yo te puedo proveer el resto de la información -dijo Lucius.

Sí.

Debes recordar que yo era muy pequeño cuando lo conocí y no lo traté por mucho tiempo. Había escuchado hablar de él antes de conocerlo. Verás, mi tío seguía muy de cerca los combates gladiatorios de modo que escuché hablar --antes que muchos --de un gladiador extraordinario al que llamaban El Español. Decían que era poderoso como un dios -Lucius sonrió- Por cierto que no estaban muy errados.

¿Cuándo lo viste por primera vez?

Estaba paseando con mis custodios por el exterior del Coliseo antes de su primera pelea en Roma y lo vi sentado solo en el fondo de una celda. Yo tenía ocho años. De algún modo supe quién era. Estaba perdido en sus pensamientos pero lo llamé para que se acercara a las rejas y vino a hablar conmigo. Le pregunté si era el gladiador al que llamaban El Español. Nunca olvidaré la expresión de su rostro. Tan gentil y amable. Sonrió. Yo no estaba acostumbrado a ver una sonrisa como aquella en el rostro de un hombre y enseguida me sentí cómodo. No estaba asustado a pesar de su reputación y su tamaño. Me parecía enorme aunque supongo que era simplemente un hombre como cualquier otro. Le dije lo que había escuchado decir de él y bromeó. No puedo recordar exactamente qué dijo pero sé que bromeó -Lucius sonrió ante el recuerdo afectuoso- Me gustó desde el primer momento y le dije que lo vivaría. Recuerdo que se mostró preocupado de que mi padre me dejara ver los combates -Lucius hizo silencio por un momento- Oh, sí... hablamos sobre caballos y él me dijo que le habían quitado los suyos. No estoy seguro de lo que quiso decir. En verdad, a esa edad yo no entendía la esclavitud. No entendía que los gladiadores eran prisioneros obligados a combatir por sus vidas. A los ocho años todo aquello me parecía glorioso. Maximus señaló su coraza --era de cuero negro con caballos plateados-- y dijo que aquellos eran sus caballos perdidos. No recuerdo sus nombres.

Argento y Scarto -apuntó Glaucus.

El rostro de Lucius se iluminó bajo la escasa luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Sonreía fácilmente y con frecuencia. A regañadientes, Glaucus admitió que aquel hombre comenzaba a gustarle.

Sí... sí, eso es. Argento y Scarto. Lo había olvidado. Estoy seguro de que se hubiera quedado hablando conmigo por un largo rato pero mis custodios me apartaron. Entonces me preguntó mi nombre y se lo dije. Vi el cambio que se produjo en su rostro --su expresión se volvió muy, muy cautelosa-- y en aquel momento no entendí. Verás, él no sabía que estaba hablando con el heredero del trono, con el hijo de una mujer por la que él se preocupaba... mi madre.

¿Lo viste pelear? -preguntó Marius, ansioso por ofrecerle a Glaucus el tiempo necesario para asimilar la información y calmar sus emociones.

Sí, algunas veces. Era increíble... extraordinario. En su primer combate en Roma organizó a un grupo de gladiadores de provincia como si hubiera sido un pequeño ejército y venció a un oponente mucho más poderoso. Roma quedó a sus pies... incluido mi tío... hasta que supo quién era realmente El Español.

Lucius permaneció en silencio durante un momento, recordando, y nadie se atrevió a distraerlo.

Fue un enfrentamiento extraordinario. Como muchas otras cosas, no comprendí hasta mucho más tarde pero podía sentir en torno a mí una tensión como la que precede a un trueno. Aquel día, inadvertidamente, salvé la vida de mi tío. No lo supe sino hasta años más tarde, cuando mi madre me lo explicó.

Explícamelo a mí -lo urgió Glaucus.

Commodus estaba tan impresionado con El Español que abandonó el palco imperial y bajó a la arena para encontrarse con él, lo cual era algo sumamente inusual. Corrí tras él y me coloqué entre ellos, con la espalda contra mi tío. El Español estaba muy tenso pero, ¿quién no lo estaría tras una pelea como aquella? Debo haberle sonreído como un idiota, tan embobado con él como estaba. El me miraba fijamente y pensé que era porque me había reconocido. Más tarde me di cuenta de que planeaba matar a Commodus y yo estaba en su camino. No quiso arriesgarse a lastimarme de modo que se contuvo. Estoy seguro de ello. Pero lo que sí hizo fue desafiar a mi tío de un modo sencillamente glorioso. Se negó a decirle su nombre y le dio la espalda. ¡Mi tío estaba furioso! Le ordenó al gladiador que mostrara su rostro y revelara su nombre... y él lo hizo. Se dio vuelta muy lentamente mientras se quitaba el casco y sentí cómo mi tío se sobresaltaba primero y luego me hacía a un lado. No entendía lo que estaba pasando. Maximus caminó hacia mi tío de un modo amenazante y dijo su nombre completo y su rango... comandante de los Ejércitos del Norte, general de las Legiones Felix. Hasta yo sabía que aquel no era un hombre común. El silencio en la arena era impresionante y estoy seguro de que la gente lo escuchó hasta en la última fila. Recuerdo que estaba asustado porque no sabía qué iba a ocurrir... pero sí sabía que no quería que Maximus Decimus Meridius muriera. Y tampoco lo quería la multitud. Todos y cada uno se pusieron de pie y mostraron sus pulgares en alto mientras gritaban "¡Que viva! ¡Que viva!" Nunca lo olvidaré. Miré a mi madre y también ella estaba de pie. Luego, mi tío salió furioso de la arena y yo corrí tras él. No sabía qué hacer. En el camino de regreso al palacio me encontraba junto a mi madre y ella estaba temblando. No dijo nada pero temblaba como una hoja.

Debe haber sido toda una conmoción para ella encontrar con vida al hombre al que creía muerto. El hombre que sabía que era un general y confidente de tu abuelo -dijo Marius.

Lo fue. A la mañana siguiente, supe por sus ojos que había estado llorando. Pero en aquel tiempo, no entendí por qué.

¿Y ahora lo entiendes? -preguntó Glaucus cautelosamente.

Lo amaba. Apasionadamente. Desde que era una niña. No creo que haya amado a otro hombre como lo amó a él. Ni siquiera a su esposo.

Glaucus apenas si podía respirar.

Pero lo traicionó.

Marius cerró los ojos. Glaucus estaba desafiando a Lucius demasiado pronto.

Lucius no se mostró ofendido.

Hizo lo que hizo para salvar mi vida. Era el heredero del trono y aunque yo no lo sabía, estaba en una posición en la cual podía ser usado como rehén. El día más trágico en la vida de mi madre fue el día en que vio morir a Maximus. Estaba junto a él, sosteniéndolo mientras exhalaba su último aliento. Llorando. Maximus no la culpó, Glaucus. Espero que tú no lo hagas.

Lucius se puso de pié y comenzó a pasear inquieto por la habitación en sombras.

Años más tarde, en el exilio, cuando era mucho más grande, mi madre y yo tuvimos muchas conversaciones muy francas. Lo que nadie sabe es el modo en que mi madre fue molestada sexualmente por su hermano. Nadie sabe que amenazó directamente con matarme si no cooperaba con él y le revelaba los detalles del complot para liberar a Maximus. Que amenazó en hacerla su 'esposa', que la violó, que quería tener un hijo con ella al que hacer su heredero -se volvió hacia ellos y por primera vez su voz reveló una nota de amargura- Mi tío estaba loco. No había modo de negociar con él. El día en que lo mató, tu padre salvó a mi madre, a mí y al imperio todo. En aquel momento, claro, yo tampoco entendía eso. Sólo sabía que mi héroe estaba muerto en la arena. Un hombre al que emulaba. Un hombre... al que amaba. Un hombre que, en mis sueños infantiles, esperaba que un día llegara a ser mi padre. Estaba muerto en la arena frente a mí. Muerto en los brazos de mi madre.

El nieto de Marcus Aurelius se volvió hacia Glaucus, el dolor ahora visible en un rostro despojado de máscaras.

Y poco tiempo después, fuimos enviados al exilio por muchos años y mi madre enfermó y también la perdí a ella -su voz se quebró- Pero nada en mi vida fue más terrible que ver a Maximus muerto en la arena del Coliseo.

Lucius se dio vuelta y se secó los ojos con el dorso de la mano y esperó hasta recuperar el control de su voz para enfrentar a Glaucus y volver a hablar.

Ahora es mi turno de hacer preguntas.

Glaucus asintió.

Es justo.

¿Por qué el emperador te quiere arrestar?

Piensa que soy una amenaza a su posición como emperador de Roma.

Lucius arqueó las cejas.

¿Por qué pensaría algo así?

Porque sabe que tu abuelo nombró como su heredero a mi padre el mismo día en que tu tío lo mató. Cree que quiero restablecer mi derecho al trono... como el único hijo superviviente de Maximus.

Lucius no evidenció reacción alguna ante la última parte de la respuesta.

¿Es eso lo que quieres? En este momento Severus es muy impopular con el mismo ejército que lo coronó. Un hijo de Maximus Decimus Meridius podría derrocarlo.

No, sólo quiero saber la verdad y limpiar el nombre de mi padre de toda mancha. Hay gente que aún cree que tuvo algo que ver con el asesinato de tu abuelo.

Lucius movió la cabeza tristemente.

Increíble.

También maté a algunos pretorianos cerca de Petra. Estaban tratando de asesinarme.

Entiendo. Un crimen que a los ojos del emperador merece la pena de muerte.

¿No me reportarás?

No. No lo haré.

En esta ciudad hay soldados.

Por supuesto pero su trabajo consiste ante todo en mantenerme aquí. Verás... todavía estoy algo así como exiliado -Lucius cruzó los brazos y, si Glaucus hubiera podido ver su rostro claramente, hubiera visto una chispa de desafío en sus ojos- Aquí estás relativamente a salvo. Dime qué puedo hacer para ayudarte.

Capítulo 67 - La historia de Lucius, primera parte

Debo confesar, Glaucus -dijo Lucius al tiempo que encendía algunas velas en una mesa cercana- que encuentro tu apariencia inquietante. Es como volver a ver a tu padre. Es realmente terrible que nunca lo hayas conocido.

Las diminutas llamas proyectaron su sombra traducida a improbables proporciones sobre la pared estucada que se encontraba detrás de él.-

Glaucus se frotó la barba y luego hundió sus dedos en su cabello... un signo seguro de que estaba nervioso.

Lo es... y debo admitir que estoy irracionalmente celoso de que tú lo hayas conocido y yo no.

Lucius apoyó la cadera contra la mesa, su sombra danzando locamente al compás de las llamas. Cruzó los brazos y estudió al hijo de Maximus a la luz anaranjada de las velas.

No es tan irracional. Si estuviera en tu lugar, sentiría lo mismo. Te fui totalmente honesto al contarte lo que sé sobre tu padre... pero siento que no estás del todo satisfecho.

Glaucus se movió incómodo pero decidió que aquel era el momento de poner las cosas en claro.

¿Recuerdas a un hombre llamado Quintus Clarus... el comandante de los pretorianos de tu tío?

Lucius hizo una ligera mueca ante los desagradables recuerdos que conjuraba aquel nombre.

Sí, lo recuerdo. Fue uno de los responsables de que mi madre y yo fuéramos exiliados. ¿Por qué?

Vengo de verlo.

¿De veras? Tenía la esperanza de que hubiera muerto. ¿Dónde está?

Los ojos de Marius y Brennus volaban de uno a otro hombre, siguiendo atentamente la conversación.

En Galia. Es un mísero granjero muerto de hambre viviendo con sus demonios. Tiene una hija... -Glaucus se detuvo, sintiéndose súbitamente protector hacia Clara. Miró sus pies por un momento, preguntándose cuánto revelar. Luego, dijo lentamente- Estuve a punto de matarlo.

La respuesta de Lucius no conllevó juicio alguno.

Después de lo que le hizo a tu padre, no me sorprendería que lo hubieras hecho.

Glaucus levantó los ojos y los clavó en los de Lucius, los cuales estaban llenos de simpatía.

Pero no fue eso lo que me puso tan furioso.

¿Qué fue?

Glaucus aspiró profundamente y luego soltó el aliento entre sus dientes apretados.

Me dijo que Maximus era tu verdadero padre, no el emperador Lucius Verus. Me dijo que somos hermanos.

Lucius se mordió ligeramente el labio inferior y contempló la llama de una de las velas ubicada en la mesa junto a él.

Curioso. Yo le pregunté eso mismo a mi madre.

Glaucus cerró los ojos y le pareció que su corazón iba a detenerse.

Lucius volvió a sentarse y se inclinó hacia Glaucus, ansioso por hacerle comprender las emociones y los sucesos de tanto tiempo atrás.

Como te dije, soñaba que Maximus algún día sería mi padre... que mi madre y él se casarían. No recuerdo a Lucius Verus porque murió cuando yo era muy pequeño. De modo que me inventé un padre... y lo imaginaba heroico y con una sonrisa amable. El primer día que vi a Maximus supe que él era ese hombre. Mis esperanzas fueron en aumento cuando me di cuenta de que mi madre lo conocía... aunque entonces no sabía cómo. Me aferré a ese sueño hasta el día de su muerte. En el exilio, empecé a vivir en mi mundo de fantasías, a vivir perdido en ellas todo el día y cada día porque era mucho más fácil que enfrentar la realidad. Inventé una historia sobre mi madre y Maximus. En mi historia, los hice amantes en secreto, amantes que nunca podrían casarse. E inventé que yo era el resultado de ese amor. No imaginaba lo cerca de la realidad que estaban esos sueños. Cerca... pero no lo suficiente.

Agitado por sus recuerdos, Lucius se puso de pie nuevamente. Dio vueltas por un momento y deseó haber tenido vino para ofrecer a sus visitantes... cualquier cosa que los distrajera de la tensión imperante.

Cuando mi madre se dio cuenta de mi obsesión por Maximus --hasta había comenzado a llamarme a mí mismo por su nombre-- me contó cómo se habían conocido y la historia de su relación.

Cuéntame -dijo Glaucus roncamente. Se levantó y también él caminó por la estancia para liberar parte de su energía nerviosa. Sus pasos lo hicieron fundirse con las sombras para materializarse nuevamente al emerger a la luz, como si se hubiera tratado de un espíritu.

Lucius se ubicó al extremo opuesto de la mesa, colocando las velas encendidas entre él y Glaucus. Se sentía un tanto inseguro acerca de aquel español armado y volátil que casi había matado a Quintus tras escuchar algo que no le había gustado.

Se conocieron en España, cuando ella era sólo una niña y acompañó a su padre en una gira de inspección de las legiones. Commodus estaba con ellos. Llegaron a la legión de Maximus y él fue el muchacho al que asignaron para cuidar de su caballo. Dijo que lo vio tratando de controlar a un gran perro que le pertenecía al general. Creo que fue en ese momento que se enamoró de él. Pero ella era la hija de un emperador y él apenas un muchacho que se entrenaba para ser soldado. Trató de olvidarlo pero nunca lo logró por completo. Años más tarde volvieron a encontrarse en Germania, cuando la plaga estaba asolando Roma y Maximus había iniciado su rápido ascenso en el escalafón militar. Su pasión volvió a encenderse y descubrió que él sentía lo mismo por ella. Pasaron juntos cuanto tiempo pudieron y me contó una historia muy divertida acerca de cómo una noche se vistió de soldado y Maximus la ayudó a escapar del campamento para disfrutar de unos momentos de intimidad. Pero su pasión fue interrumpida por un grupo de germanos que buscaban infiltrarse en el campamento al abrigo de la noche. No hace falta que te diga que Maximus se ocupó de ellos debidamente y lo aclamaron como todo un héroe. Mi astuto abuelo --quien, dicho sea de paso, adoraba a Maximus-- se dio cuenta de su amor y le recordó a mi madre que estaba comprometida con su co-emperador, Lucius Verus. Ella le imploró en nombre de su amor por Maximus pero en ese momento él era sólo un hombre común, ni siquiera un miembro de la clase senatorial. Cuando mi madre y Maximus volvieron a encontrarse, ella le reiteró su amor por él pero le dijo que no podían casarse. El se enojó mucho... sintió que ella le había hecho creer en algo imposible con falsas promesas... que lo había traicionado. Mi abuelo casó a mi madre con Lucius Verus allí mismo, en Germania. Más tarde, Maximus fue enviado de licencia a España, donde entiendo que conoció a tu madre. Creo que esa es una decisión de la que mi abuelo llegó a arrepentirse.

Lucius miró seriamente a Glaucus y se inclinó hacia adelante, apoyándose sobre sus nudillos.

Nunca consumaron su amor, Glaucus. Estuvieron muy cerca un par de veces pero nunca ocurrió. Aún cuando él era gladiador en Roma y mi madre lo visitó varias veces en su celda y por la noche, nunca hubo entre ellos más que un beso, aún cuando él fue el amor de su vida. Maximus no es mi padre y eso es una pena tan grande para mí como grande deber ser tu alivio.

Glaucus se sentía entumecido. Se quedó mirando como un tonto mientras las palabras de Lucius resonaban en su mente: "Maximus no es mi padre. Maximus no es mi padre". Se sintió sonrojar ante la oleada de emociones que se abatió sobre él.

Lucius dio un paso atrás y no pudo seguir retrocediendo debido a que su espalda tocó la pared.

Supongo que debería sentirme aliviado -Glaucus tomó aliento profundamente- Durante semanas me pregunté qué haría si la respuesta era "sí" y ahora... ahora casi me siento decepcionado de que no lo sea.

Lucius soltó su aliento contenido y sonrió aliviado.

Gracias -dijo suavemente.

Glaucus asintió con la cabeza y se mordió el labio inferior... incómodo por la obvia e innecesaria tensión que había generado.

Hubieras sido un buen hermano -masculló.

Lucius se echó a reír.

Tú también. Temía que tomaras como una ofensa lo que dije sobre lo que mi madre sentía por tu padre.

No... ya lo sabía. Pero no sabía qué tan lejos habían llegado.

Marius echó un brazo sobre los hombros de Glaucus y lo estrechó afectuosamente.

Espero que ahora te relajes, amigo mío.

Glaucus volvió a asentir, su rostro inflamado brillando aún en la luz tenue.

Marius cruzó los brazos y se dirigió a Lucius.

Eres hijo de un emperador, Lucius. Tu padre fue un hombre bueno y capaz. Tienes motivos para estar orgulloso.

Oh, por supuesto que lo estoy. Pero Maximus encendió mi imaginación juvenil y me dio un ejemplo que en ese momento me estaba haciendo mucha falta. Era una maravillosa contrapartida de Commodus. Me demostró que un hombre podía ser poderoso y honorable, fuerte y gentil -Lucius miró a Glaucus- Creo que le trasmitió esas características a su hijo.

Rodeando la mesa, Lucius se acercó a Glaucus, quien aún se veía agitado.

Estuviste tan cerca de él y yo nunca lo conocí. Lo conociste y yo no -dijo Glaucus con voz ronca- No sé si alguna vez pueda superar eso.

Lucius aferró los brazos del español, perfectamente consciente de lo traumáticos que debían haber sido los pasados meses.

Estoy muy feliz por mí y muy triste por ti. Pero me temo que no podemos cambiar el pasado. Si los dioses me permitieran modificar sólo una cosa en mi vida, elegiría ver a Maximus salir caminando de la arena y cumplir con el último deseo de mi abuelo. ¿Quién sabe? Después de todo, tal vez hubiéramos terminado siendo hermanos.

Glaucus pensó en Julia y no dijo nada.

No heredaste el cabello negro de tu padre -observó Lucius casualmente y luego se apartó con fingido horror mientras examinaba la cabeza del joven.

Sobresaltado, Glaucus se tocó el cabello, como para cerciorarse de que aún estaba allí.

¿Cómo lo sabes?

Porque te está creciendo y las raíces son más claras que las puntas. Lo noté cuando estábamos en la taberna y la luz te dio desde atrás.

Lucius jugueteó traviesamente con un rizo bicolor y luego se sentó, adoptando una postura de distendida diversión.

Glaucus se echó a reír.

No se te escapa nada, ¿verdad? Fue un truco para hacer que Quintus creyera que se trataba de mi padre.

¿Y dio resultado?

Casi se muere del susto.

¡Bien!

Los dos jóvenes se echaron a reír y Marius y Brennus se les unieron, la tensión imperante en la estancia disipándose finalmente por completo. La diversión se moderó en los ojos de Lucius al tiempo que hurgaba bajo su toga. Extrajo una tira de cuero que colgó por un momento de sus dedos. Todos los ojos se clavaron en ella, mientras se mecía suavemente a la luz de las velas.

Mi madre lo guardó. Maximus lo llevaba puesto en el momento de su muerte.

Le tendió el objeto a Glaucus y lo dejó caer suavemente en la palma de la mano del español al tiempo que agregaba:

Tal vez tu conozcas su historia mejor que yo.

Glaucus cerró la mano y se la llevó a los labios al tiempo que hablaba con los ojos cerrados.

Los llevaba siempre -susurró- Los dientes de lobo que pertenecieran a su hermano cuando eran niños y que fueron todo lo que mi padre pudo recuperar de su familia cuando el fuego la mató y destruyó todo lo que tenían. Escapó a la muerte como yo... sólo porque tuvo la suerte de estar en otro lugar cuando aquello ocurrió.

Se pasó la tira de cuero por la cabeza de modo que los dientes cayeran sobre su túnica.

Gracias, Lucius. Esto es muy importante para mí -tocó los dientes de lobo y dijo- Tengo más preguntas.

Lucius se limitó a sonreír y extendió sus manos con las palmas hacia arriba, invitando a Glaucus a que continuara.

¿Qué ocurrió con el cuerpo de mi padre?

Ah... sí.

Lucius se irguió al percibir la corriente subterránea de desesperación en la voz de Glaucus.

En las horas que siguieron a su muerte, mi madre planeó darle un funeral de estado y pensaba enterrar a Maximus junto a Marcus Aurelius como su hijo adoptivo y heredero. Hasta encargó un monumento --una estatua ecuestre de bronce que debía ser emplazada cerca de la de mi padre-- así como bustos de mármol. Verás, la ciudad estaba de duelo por su muerte y la gente reclamaba un funeral público para poder honrarlo. Hasta hubo propuestas para deificarlo y un culto no oficial ya se estaba extendiendo... el Salvador de Roma. Mi madre se opuso vehementemente y también Gracchus, de modo que ni siquiera permitieron que el Senado lo considerara. Ella quería que Maximus fuera recordado por lo que había sido en vida... un hombre excepcional pero no un dios. Pero aquello fue apenas una pequeña señal de la creciente inestabilidad del imperio. El pueblo no tenía emperador de modo que se aferraba a su héroe muerto. El Senado se abocó a preparar el retorno de la república pero esa idea no contaba con el apoyo general, especialmente entre los senadores. De inmediato se produjeron divisiones y desacuerdos acerca de cómo debían ser las cosas y qué se debía hacer. Se necesitaba de alguien con la fuerza de Maximus para tomar el control pero sólo estaba yo y no era más que un niño. A las pocas horas de la muerte de Maximus hombres poderosos y ambiciosos comenzaron a luchar por el poder. Por eso --y por la inquietud que imperaba en las calles-- se decidió que el clima no era el apropiado para un funeral de estado. Mi madre preparó de inmediato una ceremonia privada y luego de que le implorara me permitió participar de ella. Hay un lugar en Roma donde sólo son cremados los miembros de la familia imperial y los héroes del imperio --queda cerca de la columna de Marcus Aurelius-- y allí fuimos muy, muy temprano por la mañana del día siguiente a la muerte de Maximus. Aún estaba oscuro. No me permitieron presenciar la preparación del cuerpo porque pensaron que me iba a impresionar pero mi madre, el senador Gracchus y los gladiadores liberados por Maximus estuvieron junto a él durante todo el tiempo. Me permitieron verlo por última vez y coloqué en sus manos las flores que había arrancado de nuestros jardines. Mi madre había hecho algo extraordinario... le había colocado la corona de emperador, de modo de que tuviera en la muerte el honor que le fuera negado en vida. Y estaba vestido de oro y púrpura, como un soberano. No quedaba evidencia alguna de su esclavitud... -Lucius se detuvo- Glaucus... ¿te sientes bien?

Glaucus se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas y le indicó a Lucius que continuara.

Tu padre estaba en paz, Glaucus. Parecía dormido... no más sufrimiento, no más esclavitud. Estaba con tu madre y tu hermano.

Glaucus asintió incapaz de hablar.

Lucius prosiguió con su relato.

El senador Gracchus pronunció la oración fúnebre. El rostro de mi madre estaba cubierto por un velo pero las lágrimas rodaban por sus mejillas y resbalaban por su mentón. Ví como caían sobre su vestido y su dolor me volvió inquieto... su dolor y el mío. Ella me apretaba la mano pero no bastaba. No podía tolerar la idea de ver la pira, de modo que me enviaron aparte con mis guardianes. Sin embargo, desde mi lugar, podía oler el incienso y los aceites perfumados. No sé quién recogió las cenizas... supongo que Gracchus... y todos reaparecieron luciendo exhaustos pero compuestos. Los gladiadores cargaron la urna en una litera y la llevaron de regreso al palacio. La urna era de oro... de oro sólido.

Inusual para una urna -murmuró Marius al tiempo que se enjugaba los ojos con la manga.

No para un emperador. Era hermosa... rectangular y adornada con hojas y columnas. Tenía un águila con las alas extendidas. Me impresionó mucho. Regresamos al palacio pero Roma se hundió rápidamente en el caos. Comenzaron los tumultos callejeros encabezados por personas que veían que, sin liderazgo, el imperio se adentraba en el desastre económico y perderían sus negocios y sus trabajos. Los pretorianos aparecieron en escena. Te puedes imaginar cómo el miedo que se apoderó de las calles. Simplemente se adueñaron de todo. Nos aislaron en el palacio y a partir de allí tuvimos poca noción de lo que estaba sucediendo. Aproximadamente un mes después nos trasladaron a una villa donde vivimos durante meses bajo estricta vigilancia. Luego nos enviaron al exilio con apenas la ropa que llevábamos puesta.

Glaucus frunció el ceño.

¿Qué pasó entonces con la urna?

Hasta donde sé, sigue allí.

¿En el PALACIO? -exclamaron los tres hombres al unísono y luego hicieron una mueca ante el volumen combinado de sus voces.

Sí, me imagino que sí -respondió Lucius encogiéndose de hombros- La urna estaba bien escondida. También estaba allí la coraza de cuero... la que usaba cuando murió.

¿Cómo es posible que nadie la encontrara? -preguntó Glaucus, su cabeza dando vueltas ante la magnitud de la información que Lucius le proporcionara en forma tan casual.

No entiendes lo que estaba pasando, Glaucus. Roma estaba en medio de una guerra civil y hubo una serie de emperadores ineptos. Nadie tuvo tiempo de explorar más que unas pocas habitaciones del palacio. No tienes idea de lo grande que es ese lugar. Hay cientos y cientos de habitaciones y toda una serie de ellas llenas de estatuas y muebles cubiertos con telas.

Glaucus hizo un gesto de enojo.

¿La urna está en un depósito?

No, en un compartimento secreto en el departamento privado de mi madre. Está en su dormitorio y muy bien escondido tras una porción de la pared que se desliza. A simple vista, la pared es otra más y dudo que alguien haya dado con el escondite. Mi madre lo descubrió por accidente y no se me ocurre que haya hablado del tema con nadie. Sé que la urna está allí porque vi a mi madre y a Gracchus cuando hicieron colocarla en el escondite. También había una máscara mortuoria, claro, y mi madre solía orar allí por la memoria de Maximus. Creyó que no quedaba nadie de su familia o de lo contrario estoy seguro que te la habría enviado. La máscara está también en ese compartimento, en un pequeño mueble construido especialmente.

Glaucus estaba aturdido. La última pieza del rompecabezas había caído en su lugar.

Capítulo 68 – La historia de Lucius, Segunda Parte

Lucius, ¿cómo fue tu exilio? -preguntó Marius- No puedo imaginarme algo así.

Las velas se habían consumido en su mayor parte y poco a poco la habitación iba oscureciéndose nuevamente. El aleteo de los murciélagos se escuchaba cuando estos rozaban las ventanas y los grillos cantaban su canción solitaria. Lucius miró fijamente una llama agonizante pero sus ojos estaban fijos en el pasado.

Tras el funeral de Maximus hubo algunas semanas de relativa tranquilidad que bastaron para darle esperanzas a mi madre. Comenzó a prepararme para que fuera emperador interino durante el tiempo suficiente como para que los ejércitos juraran su lealtad al nuevo régimen. En honor a la verdad, estaba muy aliviado por el hecho de que mi reinado sería breve. Recordaba a mi tío y el modo en que había enloquecido y sentía un miedo irracional de terminar como él. Pero, verán, sin emperador no había necesidad alguna de guardia pretoriana. Los hombres que la integraban perderían un trabajo que les garantizaba riquezas y poder. Aquello no le cayó nada bien a la mayoría de los pretorianos. No necesitaron mucho para decidir que, después de todo, la república no era tan buena idea y le arrebataron el poder al senado para luego venderle la corona imperial al hombre que puso más oro en sus bolsillos: Pertinax. Los ejércitos lo apoyaron porque, con el ascenso de un nuevo emperador, los soldados también reciben una suma de dinero y porque, a falta de un emperador, habían caído bajo la influencia de ambiciosos líderes militares. Roma era un desastre. Nos retuvieron bajo arresto en el palacio y, una vez que Pertinax se mudó, nos enviaron como ya dije a una villa en las colinas donde vivimos durante varios meses bajo fuerte vigilancia. Fue entonces cuando decidieron que tanto mi madre como yo suponíamos un grave peligro para la estabilidad del reinado de Pertinax... el cual, dicho sea de paso, no era para nada estable. Los pretorianos lo convencieron de enviarnos al exilio en Capri. A partir de allí, los acontecimientos se precipitaron. Aquella alimaña, Falco, tramó un golpe de estado. Poco después de que nos enviaran al exilio, Pertinax fue asesinado. Sulpicianus y Julianus empezaron una guerra de sobornos para obtener el trono y Didius Julianus venció, siendo coronado emperador y reinando hasta que Severus lo derrocó con el apoyo del ejército. A pesar de su lucha por restablecer el poderío del Senado, Gracchus quedó aislado e impotente y murió algunos años más tarde, amargado y desilusionado.

Lucius cruzó el tobillo sobre la rodilla y sujetó su pierna doblada con ambas manos.

Mi madre era una mujer poderosa e influyente y los pretorianos desconfiaban de ella. Enviarla al exilio servía, de paso, para deshacerse de mí. Dos problemas resueltos de una sola vez. Nos enviaron al extremo más remoto, en el Oeste de la isla, un trozo de roca miserable... frío y neblinoso en el invierno. Nos sacaron de la villa en medio de la noche. Mi madre y yo pasamos nuestros días en Capri aislados de los otros residentes, salvo por las personas que nos traían alimentos. Sólo nos acompañaba la mujer que cuidó de mí cuando niño... Rufa. No tenía por qué venir pero eligió acompañarnos.

¿Cómo llegaron a Capri? -preguntó Marius.

Nos llevaron en un carruaje a Ostia y de allí en barco hasta Capri. Es curioso las cosas que se te fijan en la memoria cuando eres niño... pero recuerdo que en el muelle de Ostia Rufa vio a una mujer a la que conocía y habló con ella. La mujer llevaba una bebé en los brazos. Recuerdo que fue buena conmigo y que tenía un hermoso cabello rubio rojizo.

Glaucus y Marius cruzaron una mirada de asombro.

El viaje en barco fue espantoso. Estuve mareado todo el tiempo y seguí enfermo durante varios días después de arribar. Mi madre trataba de ser fuerte por mí pero pasó las primeras semanas llorando. Por las noches, gritaba en sueños llamando a Maximus. Creo que la mayor parte de sus lágrimas eran por él. Como les dije, escapé a mi mundo de fantasía y soñaba que Maximus estaba aún con nosotros y un día sería mi padre. No hace falta que les cuente que los primeros meses fueron terribles. Después, nos fuimos acomodando a la rutina y mi madre me enseñó historia, derecho y filosofía y dibujó mapas para enseñarme geografía. Me contaba historias... muchas de ellas sobre un general noble y valiente que venció a los bárbaros y salvó al imperio. Por las noches, los dos soñábamos con Maximus.

Lucius ladeó la cabeza como si acabara de recordar algo.

De hecho, fue Rufa quien me dijo que algún día alguien vendría buscando mi ayuda. En aquel momento pensé que estaba loca... ¿quién podía necesitar la ayuda de un niño? Había olvidado sus palabras hasta que me mostraste el anillo. Debo confesarte que fue toda una conmoción.

Lucius, el anillo le pertenece a la mujer del cabello rubio rojizo que viste en Ostia -dijo Glaucus suavemente- Su nombre es Julia y mi padre la conoció cuando estaba en una misión en Moesia para detener la rebelión del general Cassius. En aquel momento no hubo nada entre ellos... pero se encontraron de nuevo años más tarde, en Roma, después de que Maximus fuera esclavizado. Julia no pudo salvarlo. Lo amaba... pero no pudo salvarlo. Igual que tu madre.

Lucius parpadeó.

¿La bebé... ?

Glaucus asintió.

De mi padre. Su nombre es Maxima y está actualmente en Roma.

El nieto de Marcus Aurelius suspiró.

Tu hermana. No me sorprende que mi madre pareciera tan alterada tras el encuentro. Debe haberse dado cuenta. Pensé que lo que la tenía tan alterada era nuestra situación. ¿Tu hermana se parece a ti?

No, en absoluto -terció Marius- Es hermosa e inteligente y divertida y refinada y llena de gracia. No se le parece en nada.

Glaucus hizo girar sus ojos.

Lucius sonrió. ¿Qué era aquello sino la amistosa competencia entre dos hombres que rivalizaban por el afecto de la misma mujer?

Eres afortunado, Glaucus. Cuando era niño deseaba tanto un hermano o una hermana. Jugaba con los guardias porque no había nadie con quien jugar.

¿Qué más ocurrió en esos años? -preguntó Marius, ansioso por conocer el resto de la historia.

Mi madre vivió en Capri durante varios años pero finalmente murió de consunción (*). No creo que sintiera amargura por su final pero sí que se sentía terriblemente sola. Ante los primeros síntomas de su enfermedad, me apartaron de ella para evitar el contagio. Cuando murió yo sólo quería morir con ella... pero no morí. Finalmente, me liberaron de aquella isla en el año 198, luego de que Septimius Severus se apoderara del trono y declarara ser el hijo adoptivo de Marcus Aurelius. Después de todo, no podía maltratar a su supuesto sobrino pero estoy seguro de que la mayor parte de la gente pensaba que hacía mucho que yo estaba muerto. Insistí en llevar conmigo las cenizas de mi madre y en que fueran depositadas en el sepulcro familiar y lo consintió. ¿Cómo podía no hacerlo? Después de todo, se había declarado su hermano adoptivo. Una vez en Roma, Septimius me llevó consigo al Senado --yo era aún muy joven-- e hizo un gran discurso acerca de la reconciliación y de unir el imperio. Ahora me pregunto si los senadores que se le oponían habrían planeado rescatarme y restaurar mi derecho al trono. Si así fue, él se les adelantó y me envió a una villa en una colina cercana a Roma donde esencialmente permanecí detenido por dos años. Se me restituyó mi condición de ciudadano y fui instruido en la ley por un senador que era simpatizante de Severus. Luego, me declararon senador anticipadamente y me dieron mi actual cargo. Fui eximido del servicio militar obligatorio como recompensa por mis años en el exilio. Luego me presentaron a la mujer que habría de ser mi esposa, Hortensia. Era la hija de un senador de poca notoriedad que estaba bajo el control del emperador. Para mi sorpresa -- y la de Hortensia -- nos casaron al día siguiente y luego me enviaron aquí. Ella me siguió algunos meses más tarde y aquí hemos vivido desde entonces. Con los años llegamos a amarnos mucho y tenemos dos hijos -Lucius se encogió de hombros- Fin de mi historia.

Tal vez no -dijo Glaucus.

Tres pares de ojos se fijaron en él.

¿Qué quieres decir? -preguntó Lucius.

Quiero llevar los restos de mi padre de regreso a España y colocarlos junto a los de su esposa y su hijo. Es lo que él hubiera querido. También quiero recuperar su máscara funeraria y colocarla en el lugar de honor y respeto que merece... mi hogar. Porque, por el modo en que perdí a mi madre y mi hermano, no tengo aparador de mis ancestros (**). No tengo sus máscaras ni las de los padres de mi padre. Quiero... necesito la suya.

Lucius bajó la pierna que tenía cruzada.

Es imposible. Te dije dónde está.

Puedes ayudarnos -insistió Glaucus. Marius soltó una exclamación, tal como si Glaucus se hubiera vuelto loco.

¿Yo? -gritó Lucius- ¿Cómo? Ni siquiera puedo dibujarte un plano acertado del palacio porque probablemente lo han remodelado desde la última vez que estuve allí.

Quiero más que eso. Quiero que vengas a Roma con nosotros y nos ayudes a entrar en el palacio.

Marius se puso de pie de un salto.

¿Nosotros? ¿Qué quieres decir con "nosotros?" Severus libró una orden de ejecución contra ti ¿y tú quieres irrumpir en su propia casa? ¿Te has vuelto totalmente loco?

Brennus asintió vigorosamente, sus ojos redondos de preocupación y ansiedad.

Lucius también hizo notar su preocupación.

Los soldados me vigilan. Hay espías en mi propia casa que reportan a sus oficiales. A su vez, los oficiales reportan mis acciones directamente a Roma. Si hago algo sospechoso, Severus lo sabe en pocas semanas.

¿Quieres decir que en todos estos años nunca abandonaste esta ciudad? -preguntó Glaucus.

Por supuesto que lo hice, pero sólo por asuntos oficiales y nunca abandoné la provincia. En esta época del año, a veces tomo mi silla curul (***) y viajo por una serie de pequeñas poblaciones a dispensar justicia porque la gente no siempre puede venir aquí a exponer sus asuntos legales. Por lo general no me ausento más de unas pocas de semanas y siempre me acompaña al menos un soldado armado. Lo usual es que me acompañen dos.

Entonces, embárcate en una de esas "giras oficiales" pero en cambio ven con nosotros a Roma -insistió Glaucus.

No pondré en peligro a mi familia, Glaucus. Por ninguna razón. Ni siquiera por Maximus.

No te pido que lo hagas. Pero tiene que haber un modo de ponerlos a resguardo mientras estás ausente.

Lucius apoyó el codo en la rodilla y apoyó la frente en su mano. El silencio reinó en la estancia.

Al cabo de un largo rato, Lucius dijo lentamente:

Supongo... supongo que puede funcionar. Pero tendremos que deshacernos de los soldados que me acompañarán y no los quiero muertos.

Puede hacerse -dijo Glaucus con creciente excitación.

Lucius se irguió.

Entonces, haré los arreglos para que los pocos amigos que tengo en cada ciudad me cubran diciendo que me han visto recientemente pero no saben dónde me encuentro. Eso debería comprarme algo de tiempo. Desaparecer entre las montañas por algún tiempo puede ser fácil pero ir a Roma y volver demandará varios meses. No puedo convencer a nadie de que mi gira oficial durará tanto tiempo. Tampoco quiero que mi familia se vea implicada.

Por supuesto que no -asintió Glaucus.

Mi esposa tiene amigos en el Norte. Puedo enviar a mi familia con ellos.

Entonces, ¿lo harás? -dijo Glaucus animándose apenas a una esperanza.

No lo sé. Por cierto que le debo mi vida a Maximus... pero tienes que entender que tarde o temprano Severus se enterará. Necesito consultarlo con mi esposa. Puede ser muy peligroso y no quiero arriesgar a mi familia.

Nunca te pediría que lo hicieras, Lucius, pero tengo algo que me permitirá negociar con Severus -dijo Glaucus con un susurro de conspirador al tiempo que hurgaba en su alforja y extraía un pergamino que desenrolló y le pasó a Lucius. Este levantó una vela agonizante y la acercó al documento para poder leerlo. Cuando lo hizo, sus cejas se alzaron en señal de vivo asombro.

Glaucus sonrió.

El original, con el sello de Marcus Aurelius, está bien seguro en Roma.

Roma, cinco semanas más tarde

Cuatro hombres ubicados a la sombra del Circus Maximus contemplaban el inmenso complejo del palacio que se extendía con sus múltiples alas hasta cubrir los tres picos virtualmente nivelados de la Colina Palatina. Parecía un pulpo desarticulado, sus tentáculos extendiéndose hacia la ciudad que se ubicaba por debajo de él.

Han hecho numerosos agregados -murmuró Lucius- Toda esta ala es nueva... la que está a la derecha del estadio. Me preguntó qué será...

Marius conocía la respuesta.

Severus construyó unos baños muy suntuosos para su familia y una terraza con vista al circo.

¿Cómo vamos a entrar allí? -se preguntó Glaucus- El lugar parece una fortaleza y puedo ver guardias por todas partes.

Sí -dijo Lucius- pero hay mucha más actividad en torno al palacio de lo que puedo recordar. Muchas, muchas personas yendo y viniendo. Parece que algo está pasando.

Vamos a necesitar ayuda desde adentro del palacio -dijo Glaucus.

Oh, estoy de acuerdo –dijo Lucius- Necesito ver si todavía hay algunos esclavos o sirvientes en el palacio que estuvieran allí cuando era niño y me recuerdan. La servidumbre del palacio no cambia con el emperador. Todo lo que tengo que encontrar es alguien que esté dispuesto a ayudarme.

Nada fácil por cierto -dijo Glaucus.

Sí, tomará tiempo y necesito volver a casa antes de que el paso se cierre. Pongámonos en marcha.

(*) Consunción: Antiguo nombre dado a la tuberculosis.

(**) Mueble de los ancestros: Los antiguos romanos conservaban las máscaras mortuorias de sus parientes fallecidos dentro de un aparador especialmente diseñado que estaba colocado en el "tablinum", una habitación al costado del atrio de sus casas en la que también se guardaban los documentos y registros familiares. Homenajeaban a sus muertos abriendo las puertas de dicho mueble y encendían velas y quemaban incienso ante las máscaras mientras oraban del mismo modo en que nosotros llevamos flores al cementerio.

(***) Silla curul: Silla plegable de marfil que simbolizaba el ejercicio de un cargo oficial. Cuando un magistrado como Lucius Verus dispensaba justicia en una aldea, se instalaba en la plaza del mercado vestido con su toga senatorial y escuchaba los casos sometidos a su juicio sentado en dicha silla.

Capítulo 69 – Haciendo planes

Para gran mortificación de Brennus, Glaucus y él se alojaron nuevamente en casa de Eugenia. Pero Glaucus se sentía allí muy cómodo ya que Eugenia se deleitaba en prodigarles toda clase de cuidados maternales y las jóvenes que allí trabajaban se habían convertido en sus amigas. Marius eligió volver a su hogar, pensando que así despertaría menos sospechas. Lucius vivió en casa de Eugenia hasta que encontró a viejos amigos de su abuelo que estaban más que ansiosos de alojarlo y guardar su presencia en secreto.

Por las noches Glaucus ahogaba su impaciencia en los cuerpos de las prostitutas de los mejores burdeles de la ciudad. Las mujeres lo recordaban de la época en que había acudido a ellas en busca de Julia y estaban más que complacidas de volver a verlo. Durante el día, deambulaba por las calles que rodeaban al palacio, tomando nota de la gente que entraba y salía en forma regular por las grandes puertas. Era inútil... simplemente había demasiada gente tanto a pié como a bordo de carros y carruajes o cargada en literas. Lucius tenía razón. Algo estaba ocurriendo. Cuando pensar que su persistente presencia frente al palacio podía resultar sospechosa lo volvía ansioso, se perdía en las sombras de los lujosos hogares de la Colina Palatina y miraba hacia el departamento de Julia. ¿Estaría en Roma? ¿Estaría Maxima? Desde su regreso no había hecho intento alguno de ponerse en contacto, cauteloso y no queriendo involucrarlas en el peligroso juego. Pero las extrañaba terriblemente.

Brennus actuaba como correo, llevando pequeñas tabletas de cera con mensajes de uno de los amigos para el otro y entregando mensajes verbales sobre los puntos de encuentro.

El muchacho estaba encantado con su tarea.

Cada noche se encontraban en tabernas convenidas de antemano en las partes más miserables de la ciudad y comparaban sus progresos.

Tres días después de su arribo a Roma, los amigos se encontraron a altas horas de la noche. Lucius se les unió en la mesa ubicada en un oscuro rincón, una gran sonrisa iluminando su rostro.

Una boda imperial -anunció.

¿Qué? -preguntó Glaucus necesitado de aclaración.

El hijo mayor y heredero de Septimius Severus --Caracalla, también conocido como Marcus Aurelius Antoninus o, simplemente, Cesar-- se casa con la hija de Plautianus, el comandante de los pretorianos, dentro de tres días. El muchacho sólo tiene catorce años. La novia se llama Publia Fulvia Plautilla y sin dudas agregará a su nombre el de Augusta. Tiene dieciseis años. Esa es la razón de tanto alboroto y actividad. También es la razón de que haya tanta gente en la ciudad. Por supuesto, el día de la boda será día de fiesta y también el día anterior. Además habrá tres días posteriores de festejos. Bebida, fiestas, canto, danzas, procesiones... todo dentro del palacio. No podríamos haber llegado en mejor momento. Toda la ciudad será una gran fiesta. Nadie nos distinguirá entre la multitud. Podemos deambular por la ciudad a gusto y relajarnos. Estoy seguro de que tú eres lo último en lo que piensa el emperador, Glaucus.

Sí, escuché hablar de la boda -apuntó Marius- Es la razón por la cual hay todas esas guirnaldas de rosas. La ciudad íntegra está envuelta en guirnaldas de rosas.

Lucius siguió hablando con una sonrisa irónica.

Sin dudas, todo gobernador del imperio se encuentra aquí. Me pregunto por qué no recibí mi invitación.

Está en el correo -bromeó Glaucus.

Mmm... probablemente, en el fondo del cañón más profundo del Summo Poenino -respondió Lucius, quien estaba disfrutando enormemente de la aventura. Se recostó en su asiento, con el aire casual de un hombre en paz consigo mismo.

Marius -dijo Glaucus- ¿Tu padre vino a Roma para la boda? ¿No dijiste que era gobernador de...?

Cappadocia. Es gobernador de Cappadocia y, sí, está aquí.

Tal vez nos pueda ayudar -sugirió Glaucus.

Debes estar bromeando -respondió Marius- Si se enterara de que estoy envuelto en algo como esto, él mismo me encerraría en la prisión Tullia.

Pero recibió una invitación -insistió Glaucus.

Sí... ¿por qué? -preguntó Marius cautelosamente, sabiendo lo alocado que podía llegar a ser su amigo español.

Podemos tomarla prestada y falsificar otras. De ese modo, podríamos entrar al palacio con invitaciones.

¿Cómo vamos a falsificarlas? La he visto. Está grabada muy lujosamente en una tableta de oro. Oro sólido. Con el sello del emperador. ¿Dónde vamos a conseguir tabletas de oro?

Los ojos de Glaucus se posaron en Lucius.

A mí no me mires -dijo éste- No tengo monedas suficientes para fundir siquiera una tableta. Mientras estoy aquí, dependo mayormente de la caridad. Tiene que haber otro modo.

Sería un lindo recuerdo para tener, ¿verdad? -musitó Brennus- Una invitación de oro.

¿Roma ha cambiado mucho? -le preguntó Marius a Lucius, redireccionando rápidamente la conversación cuando un mesero se acercó a llenar nuevamente sus copas.

No, no mucho -dijo Lucius, siguiendo con facilidad la dirección indicada por Marius- Está llena de patricios arrogantes y plebeyos hambrientos... y esclavos. Los edificios son los mismos. Había olvidado cuán grandes son.

¿Lo extrañabas? -continuó Glaucus al tiempo que observaba atentamente al mesero buscando señales de curiosidad fuera de lo común.

No. Es maravilloso volver a ver todo esto otra vez pero amo mi pequeño rinconcito del imperio. Ahora, ese es mi hogar. Además, estoy viendo partes de Roma que antes ni siquiera sabía que existían... como Subura. No tenía idea de la pobreza y la desesperanza. Roma es como si fueran dos ciudades completamente diferentes. Una para los ricos y otra para los pobres.

El mesero se alejó y Glaucus volvió inmediatamente sobre lo que le interesaba.

¿Cómo es una boda imperial? ¿Cómo podemos filtrarnos en el palacio sin que nos descubran?

Una boda imperial es algo enorme y lujoso hasta el exceso más increíble -respondió Lucius.

¿Habrá juegos?

¿Juegos? ¿Quieres decir gladiadores? -preguntó Lucius- Supongo que podría haberlos pero sería muy grosero.

Plautianus es muy grosero -apuntó Glaucus.

No estarás pensando en que nos vistamos de gladiadores, ¿verdad? -preguntó un incrédulo Marius- Eres el único que se vería convincente y eso porque eres igualito a "ya sabes quién". Serías toda una sensación. Olvídalo.

Bien, ¿quién más estará en el palacio? ¿Quién podrá entrar? -preguntó Glaucus.

Severus no se arriesgará a ofender a nadie importante no invitándolo de modo que estarán todos los representantes políticos del imperio, todas las Vestales, los líderes militares, los hombres de negocios de importancia acompañados, por supuesto, por sus respectivas familias. Probablemente varios miles de personas. Para atender a tanta gente harán falta más sirvientes de modo que muchas familias prestarán a los suyos al palacio para la duración de los preparativos y la celebración.

¿Cómo identificarán a los sirvientes? ¿Cómo sabrán los guardias del palacio si debieran estar allí o no? -preguntó Glaucus.

Al principio posiblemente podrán identificar el tráfico extra fácilmente pero a medida de que se acerque el momento y llegue más gente --sirvientes e invitados-- se hará casi imposible -respondió Lucius- Al menos en las áreas públicas del palacio. Nadie fuera de la familia imperial y sus sirvientes personales tiene acceso a los departamentos privados.

Marius miró a ambos con interés.

¿Piensas que debemos hacernos pasar por sirvientes?

Tal vez -dijo Glaucus- Por cierto que ellos no necesitan invitaciones de oro. Eso al menos nos colocaría adentro y luego veríamos cómo llegar a nuestro objetivo.

Glaucus se volvió hacia el integrante más joven del grupo.

Brennus, ¿te parece que mañana podrás deambular muy disimuladamente por los alrededores de la puerta del palacio y descubrir cómo es que identifican a los sirvientes?

Brennus asintió vigorosamente.

Por supuesto.

Marius, ¿cómo te ha ido con los planos del palacio? -preguntó Glaucus.

Los únicos dibujos que encontré están en los archivos de las bibliotecas y son muy viejos. Se han hecho muchos cambios desde entonces. No creo que sean de mucha utilidad.

Lucius, ¿qué nos puedes decir del palacio? ¿Qué recuerdas? -prosiguió Glaucus.

Lucius cruzó sus dedos sobre el estómago y dejó que su mente se retrotrajera en el tiempo.

Es un lugar complejo, irregular, que fue adecuado para su uso personal por cada emperador de relevancia que vivió allí. Es difícil adivinar cuántos edificios fueron construidos a lo largo de los años porque cada emperador modificó, agrandó, destruyó y reconstruyó lo que hizo su predecesor... todo a costa del tesoro público, por supuesto. Algunas partes son muy viejas y otras muy nuevas. La casa original de Augustus (*) está aún allí y era uno de mis lugares favoritos. La entrada es un arco simple rematado con una increíble estatua de una carroza tirada por cuatro caballos y conducida por Apolo y Diana esculpida en un solo bloque de mármol. Ese arco conduce a un gran patio pavimentado de mármol blanco con columnas doradas y muchas esculturas y bustos. Después están la Biblioteca Griega y la Biblioteca Latina separadas por un gran salón de lectura en cuyo centro hay una estatua de Augustus... quien luce sospechosamente parecido a Apolo. Cerca de allí está el templo de Apolo --puro mármol, por supuesto-- con una puerta de marfil tallado. En el frente del templo está la carroza de bronce de Apolo y en el interior están la estatua del dios y algunos objetos de gran valor histórico que pertenecieron a Alexander el Grande. Créase o no, todo esto sólo ocupa una pequeña parte de la Colina Palatina.

Lucius bebió un trago de vino y luego volvió a recostarse contra el respaldo de su silla.

El palacio moderno fue diseñado por el arquitecto Rabirus y construido por el emperador Domicianus (**) sobre las ruinas del que fuera el palacio de Nerón así como algunas casas del Palatino que fueron demolidas para hacerle espacio. Como habrás visto por los planos, Marius, el palacio de Domicianus fue ampliado y restaurado pero nunca fue reemplazado por uno nuevo. Rabirus creía que la ilustre posición del emperador debía reflejarse en la arquitectura que lo rodeaba y es por eso que las habitaciones fueron construidas en tan gran escala. El palacio original se dividía básicamente en tres partes: los salones de estado y el área destinada a la familia imperial, los salones públicos y el estadio. En el centro del complejo hay un gran espacio abierto, un peristilo que contiene una fuente octogonal rodeado de habitaciones que se abren sobre él pero están separadas del peristilo por columnas. El enorme salón del trono está en el centro del Ala Norte. La principal entrada ceremonial --un patio con columnas-- da a una sala de recepción que está junto al salón del trono y mira hacia el Norte. Recuerdo que las paredes del salón del trono estaban revestidas de mármol verde y había columnas y nichos que albergaban grandes estatuas de los dioses hechas de basalto. Cuando era pequeño, esas estatuas me daban miedo pero no me permitían ir al salón del trono muy seguido. Ese es el lugar donde se realizan las audiencias imperiales, con el emperador entronizado como un dios en uno de sus extremos. En el Ala Este hay una basílica... muy hermosa, con columnas doradas y dividido en una nave, dos corredores y un ábside. Es usada por el emperador para atender casos judiciales y emitir juicios. En esa ala hay también dos bibliotecas. En el extremo Sur del peristilo está el salón de banquetes donde, sin dudas, se llevará a cabo el festín nupcial. El salón tiene dos grandes ventanas que se abren sobre jardines diseñados simétricamente y con fuentes. Es un salón realmente espectacular, porque el otro extremo se abre sobre un peristilo con otra fuente octogonal. Recuerdo que el salón de banquetes era dorado y blanco... mármol blanco con aplicaciones de oro por todas partes. Simplemente resplandecía.

Lucius tomó otro trago de vino y dejó que su mente siguiera vagando por los corredores, habitaciones y jardines del que alguna vez fuera su hogar.

La parte privada del palacio, donde se encuentran los departamentos imperiales, se encuentra junto a los salones reservados para los eventos de estado y están en el Ala Oeste, divididos en dos pisos que siguen la curvatura natural de la colina. Las habitaciones que se encuentran en el extremo Norte del ala se ubican en torno a un patio rodeado de columnas con un estanque y el templo de Minerva justo en el centro. Mi dormitorio estaba en el segundo piso... parte del departamento de mi madre. Solía mirar hacia abajo y contemplar la piscina y el pequeño templo y recuerdo la vista muy vívidamente. Había también grandes urnas de alabastro. Cada departamento contiene un cierto número de dormitorios, una sala de estar, biblioteca, baño personal. La parte central del área habitada incluye un gran salón comedor y más salas de estar y bibliotecas. La planta baja está reservada a los miembros de menor rango dentro de la familia imperial como madres, tías y primos. La parte Sur del ala habitada está construida en un nivel más bajo y esas habitaciones también se agrupan en torno a un peristilo que tiene cuatro estanques semicirculares que se miran entre sí y reflejan el cielo. Son habitaciones que ocupan generalmente los invitados. Hay otra entrada al palacio por el lado Sur que, como ya saben, da al Circus Maximus. Es magnífica e imponente... semicircular, con muchas filas de columnas. Estoy seguro de que fue diseñado para impresionar e intimidar. Pero lo más probable es que los invitados a la boda entren al palacio por la entrada Norte.

¿Qué hay del estadio? -preguntó Glaucus.

Fue construido en el lado Este para el entretenimiento privado del emperador. Es oblongo, con extremos semicirculares y muy elegante, con pórticos de dos pisos de alto en cada lado. El emperador y su familia pueden contemplar los espectáculos desde el segundo piso y en su muy cómodo pulvinar del mismo modo que lo hacen en el Circo y el Coliseo.

¿Qué tipo de entretenimiento? -siguió preguntando Glaucus.

Bueno, lo que sea. Pero mi tío lo usaba para disfrutar privadamente de combates gladiatorios y, conociéndolo como lo conozco, de otras cosas sórdidas que sólo puedo llegar a imaginar. También era allí donde él mismo se adiestraba. Y me dicen que Severus ha construido más habitaciones cerca del estadio y también un elaborado complejo de baños. Supongo que los baños de los departamentos privados no eran lo suficientemente buenos para él. A decir verdad, eran viejos, goteaban y en invierno estaban llenos de corrientes de aire. Probablemente quería algo más moderno. Creo que para construirlos, tiene que haber ampliado la superficie de la colina porque el estadio llegaba hasta el borde del barranco.

¿Dónde viven los sirvientes? -prosiguió Glaucus.

Algunos sirvientes personales de la familia imperial como las niñeras y los tutores viven en pequeñas habitaciones cerca de los departamentos imperiales. El resto de la servidumbre vive en otras construcciones dentro del complejo.

Creo que tenemos un buen cuadro de la situación -dijo Glaucus- Lo que nos interesa es el piso superior del Ala Oeste.

Sí. El departamento de mi madre estaba en la esquina sudoeste. Muy soleado y luminoso, con una maravillosa vista del valle.

¿Estás completamente seguro? -preguntó Marius.

Completamente -confirmó Lucius- Cuando era niño, nunca sentí que estaba viviendo en una fortaleza pero supongo que lo era. Recuerdo que el departamento de mi madre estaba lleno de color... tenía murales de temas arquitectónicos en colores ocre, azul, negro... y el más espectacular tono de rojo. Era un color rojo amarronado. Había nichos por todas partes con esculturas griegas de bronce y maravillosas ánforas en negro y anaranjado... algunas eran muy grandes. Pero el departamento tenía una cierta suavidad, con cortinas delicadas que ondulaban en la brisa. Había coloridas alfombras orientales junto a las camas porque los pisos de mármol podían ser muy fríos.

¿Dónde exactamente en el departamento está el compartimento? -preguntó Glaucus.

Como dije, las paredes están decoradas con murales arquitectónicos. Eso hace que, de algún modo, las habitaciones se vean aún más grandes. Y también hizo más fácil ocultar un panel deslizante bajo esos motivos. El panel se desliza de lado y a simple vista parece simplemente una pared roja entre dos columnas. Para disimular mejor la presencia del compartimento, había una estatua de bronce frente a esa pared. El objetivo del compartimento era proveer al ocupante del departamento de un escondite seguro en caso de necesidad ya que de algún modo está ventilado. Pero mi madre lo usaba para esconder sus tesoros personales. Documentos y otras cosas. Algunas joyas. Sólo lo vi abierto una vez, cuando mi madre colocó en él la urna de Maximus y sus pertenencias.

Puede que los documentos personales de tu madre aún estén allí y también algunas de sus pertenencias -dijo Marius.

Lucius asintió con la cabeza. Había pensado en ello.

Todo lo que tenemos que hacer es encontrar el modo de entrar -dijo Glaucus frunciendo el ceño.

Los cuatro permanecieron sentados en silencio, analizando el problema.

De repente, Marius se iluminó.

Podemos recurrir a una vieja y honorable tradición.

¿Y cuál es? -replicó Glaucus.

Soborno.

Soborno -repitió Glaucus pensativamente.

Aquella idea le gustaba.

(*) Gaius Julius Caesar Octavianus Augustus. Sobrino nieto de Julius Caesar y primer emperador romano. Reinó entre los años 31 antes de Cristo y hasta el 14 de la Era Cristiana.

(**) Titus Flavius Domicianus. Hijo del emperador Vespasiano (quien construyó el Anfiteatro Flaviano o Coliseo) y hermano menor del emperador Tito. Reinó entre los años 81 y 96 de la Era Cristiana.

Capítulo 70 – El palacio

Al día siguiente, cuatro sirvientes vestidos con modestas túnicas pasaron por la fuertemente custodiada puerta lateral del palacio en medio del alboroto de actividad desatado por los preparativos de la boda imperial. Los cuatro llevaban bien visibles en su ropa los broches de bronce que los identificaban como tales. Los guardias ni siquiera miraron sus rostros y se limitaron a controlar que los broches estuvieran sobre sus pechos para luego indicarles que pasaran junto a docenas y docenas de hombres y mujeres vestidos de un modo similar y portando la misma identificación.

En el Foro, cuatro hombres vestidos con poco familiares togas blancas y abundantes monedas abultando sus bolsas se perdieron entre los compradores matutinos, dirigiéndose hacia las tabernas para gastar la riqueza que les llegara tan inesperadamente.

Una vez que hubieron cruzado la puerta, Glaucus, Lucius, Marius y Brennus se separaron en dos pares por seguridad. Lucius y Glaucus caminaron directamente hacia la entrada de servicio del palacio mientras Marius y Brennus se quedaban atrás, preparándose para seguir los pasos de sus compañeros una vez que estos estuvieran a salvo dentro del edificio.

Lucius y Glaucus tuvieron que esperar alineados con otras docenas de sirvientes mientras los nuevos guardias examinaban más cuidadosamente a las personas que accedían al hogar del emperador de Roma. A algunos sirvientes los dejaban pasar sin más mientras que a otros los detenían y cuestionaban.

¿Qué les están preguntando? -susurró Glaucus.

Probablemente, los guardias están interrogando a cualquier persona que no vieron antes... preguntándoles quiénes son sus amos.

¿Te reconocerán?

No. Severus dio de baja a todos los pretorianos de mis tiempos, ¿recuerdas? Ninguno de estos soldados me reconocerá salvo que alguno me haya custodiado en la villa y eso es muy poco probable. Es mucho más probable que te reconozcan a ti, de modo que mantén la cabeza gacha y déjame hablar.

Avanzaron lentamente hasta que por fin Lucius se encontró frente a frente con los guardias. Glaucus se quedó más atrás y ligeramente detrás de él, tratando de disolverse en la sombra de su amigo.

El pretoriano vestido de negro estudió el rostro de Lucius y luego fijó sus ojos en su pecho.

Nunca te he visto por aquí. ¿Tu amo es...?

Lucius se inclinó y Glaucus lo imitó inmediatamente, manteniendo su rostro ligeramente ladeado.

Venimos de la casa de Marcus Claudius Sejanus, señor. Nuestro amo nos envió a servir al emperador del mejor modo que podamos en éste tan ilustre y memorable evento -dijo Lucius y volvió a inclinarse. Glaucus lo imitó de inmediato.

¿Nombre? -demandó al pretoriano al tiempo que estudiaba nuevamente el rostro de Lucius.

Lucius, señor -respondió ste sin vacilar.

El guardia se inclinó ligeramente y miró a Glaucus.

¿Tu nombre?

Julius, señor.

El guardia resopló.

Nombres un poco pretenciosos para esclavos. Repórtense con Sterculinus.

El pretoriano trazó dos marchas en la tableta de cera que tenía en sus manos al tiempo que Lucius y Glaucus pasaban de la luz del sol al interior fresco y en penumbras del corredor que se extendía entre dos ruidosas habitaciones donde un grupo de hombres se afanaban descargando ánforas llenas de vino.

¿Quién crees que es Sterculinus? -preguntó Glaucus.

No se me ocurre pero tampoco nos interesa. Sígueme y finge estar ocupado.

Lucius manoteó dos trapos de limpieza de la enorme pila que casi sepultaba a la mujer que pasó cargándolos a su lado y le pasó uno a Glaucus. Llegaron a una serie de escalones empinados y se aplastaron contra la pared para dejar paso a un grupo de atareados sirvientes y luego descender rápidamente las escaleras y emerger a un amplio corredor de mármol. De inmediato, Lucius comenzó a lustrar la pared de mármol veteado de verde y Glaucus lo imitó a pesar de que éste brillaba como un espejo. Se movieron lentamente, prestando especial atención a los huecos de una escultura o un ánfora cada vez que un guardia pasaba a su lado. Muy concentrado en su tarea, Glaucus usó su aliento para humedecer la superficie que exhibía una pequeña mancha y eliminarla. Cuando bajó el trapo, su propio rostro lo miró desde la pared y casi se echó a reír al ver lo determinado de su expresión. Luego, sus ojos se fijaron en la figura indistinta del hombre parado detrás de él. Un hombre que vestía los atributos de un emperador. Se puso rígido.

Para ese momento, Lucius se encontraba mucho más adelante por el corredor pero se apresuró a regresar junto a su amigo cuando notó su ansiedad.

¿Qué pasa? -susurró.

Desconcertado, Glaucus no lograba entender porqué Lucius no estaba alarmado como él... luego sus hombros se aflojaron y un rubor caliente le subió por el cuello hasta que su rostro brilló como si hubiera estado iluminado por dentro. Se dio vuelta lentamente y enfrentó el busto de Septimius Severus (*) que resplandecía en su pedestal de mármol. Para disimular su incomodidad, Glaucus se encogió de hombros e indicó el busto.

No se parece mucho al original, ¿verdad? Su cabello no es así y tampoco su barba.

Lucius ni siquiera miró el rostro de mármol, demasiado divertido por el rostro sonrojado que tenía enfrente. Sofocando una risita, aferró al español de un brazo y lo condujo lejos de la ira de la estatua. Avanzaron progresivamente en dirección hacia los departamentos imperiales, lustrando y enderezando las guirnaldas de flores que se enroscaban en torno a cada columna. Andaban lentamente y Glaucus hizo lo mejor que pudo para no quedarse boquiabierto ante la opulencia que encontraba donde quiera que mirase. Su impresión sobre el palacio podía resumirse en dos palabras: mármol y oro.

Giraron hacia otro corredor y, sin alterar su paso, Lucius se apoderó de una bandeja llena de platos que una agobiada servidora había apoyado sobre una mesa para descansar un momento; la pobre mujer quedó anonadada cuando se dio vuelta para buscar su carga y encontró que ésta había desaparecido.

No mires -le advirtió Lucius a Glaucus al tiempo que alzaba la bandeja sobre su hombro, deslizándola hasta encontrar el punto de equilibrio.

Giraron hacia otro corredor.

Las puertas que estamos buscando quedan al final del...

¡Alto! ¡Ustedes, alto! -gritó un pretoriano y Lucius se detuvo haciendo que los platos tintinearan y se deslizaran precariamente ante lo abrupto de la parada. Glaucus levantó las manos para ayudarlo a sostener la bandeja y dio vuelta su rostro para ocultarlo tras su codo doblado. El guardia portaba una espada y una expresión facial que decía que no vacilaría en usar la primera. Su compañero se encontraba unos pocos pasos más allá, igualmente alerta y amenazante.

¿Sí, señor? -dijo Lucius con la cabeza inclinada y en un tono conciliatorio.

No tienen permiso para circular por este corredor. Lo saben. Fuera -ladró el pretoriano.

Lo siento, señor -murmuró Lucius al tiempo que se inclinaba más profundamente- ¿No es éste el camino a la sala de banquetes?

El guardia suspiró y masculló algo acerca de la estupidez de los esclavos.

Da la vuelta. Primer corredor a la derecha.

Lucius hizo lo mejor que pudo por inclinarse a pesar de la bandeja.

Muchas gracias, señor.

Glaucus también se inclinó y giró sobre sus talones mientras aún se encontraba inclinado, apresurándose a apartarse de la vista de los guardias.

Lucius susurró:

Los departamentos privados están detrás de las puertas de bronce que hay al fondo de ese pasillo custodiado por los pretorianos.

¿Hay algún otro modo de llegar a ellos? -preguntó Glaucus al tiempo que se mezclaban con un sinnúmero de sirvientes que iban y venían cargando desde pilas de sábanas hasta copas de fino vidrio, fuentes de plata pulida y utensilios de mesa.

A través de las cocinas -respondió Lucius- Tal vez a través de los patios pero probablemente estarán muy bien custodiados.

Se apartaron para hacer lugar a un sirviente que empujaba un carrito cargado con ánforas de vino y casi se estrellaron contra otros dos que cargaban un diván.

Obviamente, la familia imperial está en residencia preparándose para la boda de modo que sólo sus sirvientes personales pueden atenderlos y los guardias los conocen de vista. En este momento es muy arriesgado pero tal vez podamos llegar a ellos durante el banquete. Para ese momento, los departamentos privados estarán vacíos y probablemente la mayoría de los guardias será asignada a los salones públicos para asegurarse de que los invitados no se roben nada.

De golpe, los sirvientes dieron un salto y se detuvieron donde estaban al escuchar la voz penetrante de un pretoriano quien rugió a través de los salones donde estaban trabajando.

¡Alto! ¡Dejen lo que están haciendo y escuchen! ¡Dije que dejen lo que están haciendo!

Glaucus se estremeció. ¿Qué era aquello? El palacio se sumió en el silencio al tiempo que todos los sirvientes se quedaban quietos, inmovilizados en lo que parecía una parodia de sus tareas.

¡Todos los sirvientes varones deben reportarse inmediatamente a la sala del trono! –ordenó el guardia- ¡Todos los sirvientes varones deben reportarse inmediatamente a la sala del trono! ¡Muévanse! ¡Ya mismo!

En silencio, Glaucus y Lucius se unieron a la fila de hombres que trotaban en dirección al lugar destinado.

¿Qué crees que es esto? -susurró Glaucus.

Shhh -le advirtió Lucius- No tengo idea pero no me gusta.

Para el momento en que llegaron a la enorme sala, ésta se encontraba llena a medias de hombres vestidos con ropas idénticas a las suyas, las cuales los identificaban como esclavos. Glaucus echó una mirada subrepticia a su alrededor, tratando de encontrar a Marius y Brennus. Los halló parados cerca de una pared y se los veía tan preocupados como él mismo lo estaba.

Inmediatamente después de que entraran a la sala del trono, docenas de pretorianos hicieron lo propio y las pesadas puertas de bronce se cerraron con un estruendo tal que despertó ecos y elevó el ritmo de los latidos del corazón de Glaucus.

El hijo de Maximus se obligó a sí mismo a relajarse, aflojando sus hombros tensos. Con los pretorianos deambulando lentamente entre las filas de sirvientes, estudiando los rostros de los hombres allí reunidos, no era bueno que lo vieran preocupado. Pero a Glaucus se le encogió el estómago y flexionó los dedos para evitar que estos se cerraran en sendos puños. Los guardias se detenían cada pocos pies y examinaban a los hombres de pies a cabeza ordenando a algunos que se apartaran del grupo y empujando a otros en dirección a la pared del fondo.

Tú ahí. Tú apártate. Tú quédate a un lado. Tú para allá. Tú apártate.

Un pretoriano se detuvo directamente ante Glaucus y el falso sirviente lo miró descaradamente a los ojos. El guardia frunció el ceño ante su actitud descarada hasta que Glaucus finalmente bajó los ojos y se sometió al insultante examen... pero los dedos de sus pies se curvaron en un gesto de desafío.

Apártate -gruñó el pretoriano y Glaucus se unió a la larga fila de hombres que ya incluía a Marius y Brennus. Poco después se les unió Lucius.

Los hombres a los que se les había ordenado agruparse junto a la pared del fondo fueron rápidamente despachados de la sala. Glaucus miró los preparativos con aprensión. ¿Sospecharían de su presencia en el palacio? ¿Entraría ahora Plautianus para buscarlo?

En efecto, un hombre entró a la sala del trono. Pero no fue Plautianus sino un oficioso hombrecito con un tic nervioso en el ojo izquierdo, quien batió sus palmas para reclamar atención aún cuando el lugar estaba silencioso como una tumba. No contento con esto, el hombrecito trepó a la parte inferior de la plataforma de una enorme estatua de basalto negro y volvió a batir sus palmas.

¡Escuchen! Escuchen todos. Han sido seleccionados para una tarea especial. Mañana, día de celebración, habrá en la ciudad una serie de gloriosas procesiones. Una en particular es especialmente importante y ustedes serán parte de ella. El padre de la novia, nuestro comandante de la guardia pretoriana, el grande y noble Gaius Fulvius Plautianus, ha otorgado a su hija una dote magnífica, digna de su grandeza y en honor a la boda más importante jamás vista en el imperio.

Glaucus se dijo para sí que si volvía a escuchar la palabra "grande" asociada a Plautianus, iba a vomitar. Codeó al hombre que estaba a su lado y preguntó:

¿Quién es?

¿Eres nuevo? -preguntó el sirviente.

Glaucus asintió.

Mis amos me cedieron en préstamo al palacio para la boda.

Es Sterculinus y está a cargo de organizar a la servidumbre. Es un bicho molesto pero eficiente. Mejor presta atención a lo que dice.

Sterculinus continuó.

Ustedes, esclavos, tendrán el gran honor de transportar esos magníficos regalos a través del Foro mañana a mediodía en una procesión que será recordada para siempre en los anales de la historia.

Glaucus codeó a Lucius en las costillas y susurró:

¿Sabes en honor a quien llamaron a este hombre?

Lucius negó con la cabeza y Glaucus continuó con una sonrisa burlona:

Al dios tutelar del abono.

Apropiado -rió Lucius. Ambos hombres ahogaron sus risas y se ganaron de paso miradas de reprobación de los guardias.

Los regalos -siguió diciendo Sterculinus- se encuentran actualmente aquí, en el palacio, cada objeto cuidadosamente embalado para su transporte al Coliseo, donde serán dejados durante la noche... bajo estricta vigilancia, claro. Después de transportarlos, ustedes regresarán al palacio y permanecerán aquí durante la noche, en los alojamientos de los sirvientes. Mañana por la mañana, irán al Coliseo a través del pasaje subterráneo que lleva al anfiteatro desde el palacio y los traerán de regreso pasando bajo el arco de nuestro gran emperador, Septimius Severus, y a través del Foro. Luego serán exhibidos en la sala de recepción para que los invitados los admiren en el día de la gran boda. Cuando caminen a través del Foro, sostendrán los objetos en alto para que el pueblo los vea.

Los ojos de Glaucus se cruzaron con los de Marius y su amigo se encogió de hombros. Aquello sí que era un giro asombroso. Se habían preguntado cómo entrar al palacio y ahora, al parecer, no podrían salir de él.

 

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