Glaucus escuchó el sonido ahogado de los pasos de docenas de hombres al tiempo que avanzaban calzados con sandalias de suela blanda por el angosto corredor de piedra iluminado por antorchas que se extendía por debajo del Foro y terminaba en la sala imperial del Coliseo. A pesar de que estaban muy conscientes de la presencia de los otros, Glaucus, Marius, Lucius y Brennus se mantenían separados la mayor parte del tiempo, no deseando atraer la atención sobre la amistad que los unía. Glaucus estaba muy preocupado por Brennus, quien era el más joven del grupo, y le ofrecía palabras de aliento cada vez que se encontraban.
Muy pronto dominaron el arte de pasar junto a los otros fingiendo indiferencia al tiempo que susurraban algunas palabras. Los pretorianos, quienes estaban más preocupados por custodiar la espléndida dote de la hija de Plautianus, no notaron su accionar furtivo.
El hijo de Maximus se rascó el cuello donde su piel bronceada estaba irritada por el roce de la rígida trencilla dorada que bordeaba su obscenamente corta túnica de fina lana blanca como la nieve. Su atuendo se completaba con un ajustado cinturón dorado y trenzado y un par de sandalias doradas con tiras que se cruzaban por sus pantorrillas y le llegaban a la rodilla. Al echar una mirada en torno a la habitación se dio cuenta de porqué aquellos sirvientes habían sido elegidos para la tarea. Eran todos fuertes y atractivos, dignos de participar en una procesión imperial destinada a encandilar al populacho.
Los condujeron hasta una gran antesala donde se reunieron con lo que parecía ser un centenar de hombres que estaban allí. Todos estaban vestidos con breves túnicas doradas y sandalias de cuero del mismo tono y resplandecían al moverse. Todos ellos tenían una fisonomía similar: altos, delgados, de piel olivácea, con ojos y cabello oscuro. Exóticos.
¿Quiénes son? -preguntó Glaucus al hombre que estaba a su lado- No recuerdo haberlos visto en el palacio.
Son eunucos -respondió éste con una expresión impasible.
¿Son qué?
Eunucos. Ya sabes... esos hombres fueron apresados en las calles por los pretorianos y castrados para que Plautianus se los diera a su hija como presente de bodas. Sus propios sirvientes eunucos.
¿Castraron a hombres maduros?
Sí. Debes haber escuchado sobre el tema.
¿Son esclavos?
No. Ciudadanos de Roma -grunó el sirviente- Plautianus simplemente los apresó y les quitó su libertad... y su virilidad. (*)
La mente de Glaucus se rehusó a aceptar tal atrocidad siquiera proveniente de Plautianus. Y se estremeció al recordar que en Germania había sido capturado y retenido prisionero por semejante hombre.
Sterculinus trabajaba frenéticamente en la organización de la procesión, sus brazos y piernas moviéndose del modo descoyuntado propio de un títere, su voz un tono aún más agudo del que exhibiera en el palacio. Al frente de la procesión se encontraban carros dorados cargados con barras de oro y plata y los sirvientes se alinearon tras ellos. Otro carro transportaba un cofre con la tapa abierta para revelar montañas de monedas. Luego, los eunucos con sus cargas asignadas, objetos pequeños como cajas de oro incrustadas de pedrería llenas de preciosas especias y perfumes. Otros llevaban joyas engalanadas con gemas preciosas artísticamente dispuestas sobre almohadones púrpura de modo de que la muchedumbre pudiera verlas. Otros trasportaban vestimentas de la más fina seda púrpura bordadas con brillantes trencillas de oro y plata. Vasos, pequeñas esculturas griegas de bronce, esculturas egipcias representando a faraones, pieles traídas del Norte, marfil de Africa, una maqueta de la villa que Plautianus había construido para la joven pareja... objetos preciosos venidos de cada rincón del imperio para alardear delante de las masas. Los eunucos se alinearon en una fila doble y se mantuvieron en sus lugares mientras los objetos de mayor tamaño eran asignados a los otros sirvientes, todos ellos vestidos como Glaucus.
A un hombre le entregaron una silla ornada de caoba con aplicaciones de marfil y ébano. Otros cuatro fueron asignados a transportar un cofre tan grande que apenas podían levantarlo, mucho menos transportarlo todo el camino hacia el palacio a paso lento. A Glaucus y el hombre que estaba a su lado les confiaron un diván que levantaron por encima de sus hombros con un gruñido y tomaron su lugar en la fila.
Glaucus miró hacia atrás para ver a Marius y otro hombre encargarse de un baúl cuya tapa cerrada ocultaba el contenido. No pudo ver dónde estaban sus otros compañeros o qué les habían asignado.
A mediodía, los cuernos sonaron y los carros cargados de oro y plata salieron de las sombras del Coliseo a la brillante luz del sol y los gritos estallaron en miles de gargantas. Pasó mucho tiempo antes de que llegara el turno de Glaucus y su compañero y, cuando salió al aire libre, el hijo de Maximus se dio cuenta que pasarían horas antes de que llegaran al palacio. El hombro ya había comenzado a dolerle.
El Foro era un océano humano. La gente se agolpaba a lo largo de la ruta que llevaba desde el Circo al menos de veinte en fondo. Miles más miraban desde los techos de los edificios. Muchos habían trepado a la base de las columnas y estatuas que se alineaban en el centro del Foro. Más aún a agolpaban en las escalinatas de cada templo y basílica. Llovían pétalos de rosa y éstos pronto convirtieron el empedrado en una alfombra de terciopelo rojo.
Pretorianos armados enfrentaban a la multitud hombro contra hombro, protegiendo las riquezas de su comandante. Empujaban enojadamente a cualquiera que tratara de acercarse a la procesión -- aún aquellos que sólo lo hacían por curiosidad -- provocando un coro de abucheos e insultos. El populacho estaba allí para la fiesta y no querían que nadie interfiriera con su diversión.
Glaucus miraba fijamente hacia delante, con la esperanza de que el diván que cargaba ocultara mayormente su rostro. Pero nunca antes había visto una procesión como ésta -- mucho menos participado de una -- y no pudo resistir la tentación de echar una mirada a la multitud. Era una jornada gloriosa para los vendedores ambulantes y los ladrones, los cuales se estaban beneficiando considerablemente gracias a la generosidad de Plautianus para con su hija, del mismo modo que lo harían luego los taberneros y los burdeles.
La gente alzaba vasos de vino en alto en señal de saludo y Glaucus se pasó la lengua por los labios resecos, sintiéndose cada vez más acalorado y sediento bajo el sol de verano. La procesión se movía a un ritmo agonizantemente lento y el diván que cargaba pesaba como si hubiera habido tres personas sentadas en él. El sudor brotó de su frente y se lo secó contra el tapizado. Se dijo que ojalá dejara una mancha en el tejido.
Para el momento en que alcanzaron el extremo del Foro, la lana de su túnica estaba adherida a su espalda y le causaba una picazón insoportable. Su hombro estaba casi entumecido y estaba muerto de sed. Se preguntó cómo les iría a sus compañeros, alineados detrás de él.
Finalmente alcanzaron la sombra del Palacio del Cesar y Glaucus vislumbró el Templo de Vesta más adelante. Sabía que pronto comenzarían a trepar la Colina Palatina en dirección al palacio y rogó que sus piernas lo sostuvieran en el último tramo. No acababa de hacerlo cuando su compañero puso el pie en la subida... y resbaló cayendo sobre una de sus rodillas, tratando desesperadamente de balancear el diván que amenazaba deslizarse de su hombro. La multitud soltó una exclamación. Glaucus aferró el diván con ambas manos y bajó su extremo considerablemente para absorber la mayor parte del peso, aliviando al otro hombre que se esforzaba por ponerse de pie. Se irguieron al unísono y la gente aplaudió. Glaucus no pudo resistirse a ofrecerle una sonrisa a la multitud... la sonrisa se congeló en sus labios cuando se encontró mirando los atónitos ojos azules de su hermana.
La sorpresa de Maxima se transformó en alarma y se abrió paso a los codazos entre la marea humana para mantenerse a la altura de la procesión. Glaucus trató de ignorarla pero podía ver su flotante cabello negro cada pocos momentos cuando la joven avanzaba para tratar de mantenerse por delante de él. Rogó a los dioses que no lo llamara por su nombre.
El tramo final de la procesión fue interminable, su mente analizando frenéticamente esta nueva circunstancia. ¿Qué haría Maxima? ¿Qué podía hacer?
Justo antes de cruzar la puerta del palacio, Glaucus volvió a mirar a la gente alineada en la calle. Maxima se había abierto paso hasta el frente del gentío, que a esta altura era mucha menor y estaba allí, con las manos convertidas en tensos puños, sus ojos implorantes. No pudo hacer nada más que sonreírle ligeramente y guiñarle el ojo antes de ser devorado por el arco de mármol de la entrada al palacio.
Esa noche, Glaucus y sus amigos fueron alojados con los sirvientes en uno de los numerosos edificios del complejo del Palatino. El y Marius fueron a dar al mismo dormitorio y consiguieron camas linderas en un rincón alejado bajo el hueco de la escalera.
Marius parecía a punto de estallar.
¿Viste a tu hermana? -dijo en tono urgente.
Sí, y ella me vio a mí.
También me vio a mí. Se la veía muy contrariada. ¿Qué crees que hará ahora?
Contárselo a su madre y a Apollinarius. Más de eso, no sé.
¿Crees que vendrá a la boda?
Lo dudo. No creo que Julia haya recibido una invitación. Es una ex esclava... algo que tú tratas convenientemente de olvidar.
Marius lo ignoró.
Sabes, había olvidado lo hermosa que es. Aunque pienso en ella constantemente -- sueño con ella -- lo había olvidado -Marius se quedó en silencio por un momento y luego agregó quedamente- La amo, Glaucus.
Sólo la viste una vez.
Fue suficiente.
Glaucus no sabía qué más decirle de modo que se recostó con las manos detrás de la cabeza y miró el techo inclinado, no muy por encima de su nariz. En las presentes circunstancias, el matrimonio era imposible. Cambió de tema.
Espero que Brennus esté bien. Me preocupa.
No te preocupes. Estuve cerca de él en la procesión y ve todo esto como una gran aventura.
No entiende el peligro en el que se encuentra -Glaucus se dio vuelta para enfrentar a Marius y alzó la cabeza apoyándola en su mano- Si se sospecha que me están ayudando, todos ustedes están en peligro. Tal vez...
Ni siquiera lo digas -lo interrumpió Marius- Me comprometí en esta empresa y seguiré hasta el final.
Si nos atrapan, no tengo nada para protegernos. El anillo y las copias del documento están en lo de Eugenia. El original está en el templo.
Entonces, debemos procurar que no nos atrapen.
¿Tus padres vendrán mañana a la boda?
Sí... y deben estar preguntándose qué me pasó.
No deben verte aquí.
Lo sé. ¿Qué crees que nos asignarán?
Cualquier cosa pero estoy seguro de que nos mantendrán entre bambalinas. Eso nos permitirá escaparnos cuando llegue el momento adecuado -Glaucus bostezó y se frotó el hombro- ¿Sabes qué les tocó acarrear a Lucius y Brennus?
Una mesa y se la veía bien pesada. Nunca vi semejante exceso. Glaucus... ¿escuchaste acerca de esos hombres vestidos de oro?
Sí.
Es ilegal hacerle eso a ciudadanos romanos.
Parece ser que Plautianus está escribiendo sus propias reglas y Severus le deja hacerlo. No puedo ni imaginar cómo será esta boda -Glaucus volvió a bostezar- será mejor que durmamos un poco. Mañana vamos a necesitar de todas nuestras fuerzas.
(*) Como la mayoría de los episodios históricos citados en La Historia de Glaucus, la castración de cien ciudadanos romanos con motivo de la boda del futuro emperador Caracalla y Publia Flavia Plautilla es real. Mientras fue comandante de la guardia pretoriana, Plautianus dispuso de una ilimitada cuota de poder que utilizó para saciar sus deseos personales. En este caso, el comandante pretoriano quiso que su hija se casara como una reina oriental y dispusiera de sus propios eunucos, por lo que, en un alarde de impunidad nunca antes visto, ordenó a sus soldados que buscaran en las calles cien hombres de las características descriptas en este capítulo para que fueran castrados por los cirujanos militares. Luego, los agregó a la dote de la futura emperatriz romana.
Plautianus y su primo Septimius Severus eran de origen sirio ya que habían nacido en Lepcis Magna, una ciudad romana desaparecida que se encontraba en el actual territorio de Libia. Severus fue el primer emperador romano de origen oriental y su esposa, Julia Domna, la hija del sumo sacerdote de un culto solar asiático. Como tales y a pesar de su educación romanizada, los primos trajeron a la capital del imperio sus gustos y costumbres orientales. La ostentosa procesión en la que se exhibió la dote de la joven Publia Flavia Plautilla fue algo nunca antes visto en Roma y aunque el populacho la disfrutó mucho, los aristócratas romanos -- que siempre despreciaron a Septimius Severus por sus orígenes provincianos y su escaso rango social ya que provenía de las filas de los caballeros, por debajo de la de los senadores -- la vieron como un signo de vulgaridad.
A la mañana siguiente, los sirvientes fueron despertados antes del amanecer, alimentados y vestidos para el día con largas túnicas blancas flotantes de estilo oriental con una ancha guarda bordada en oro en el medio. También los calzaron con zapatos de fieltro. Una vez lavados y vestidos, todos los sirvientes fueron sacados de sus albergues a la luz del sol naciente. Lucius y Brenus estaban allí. También estaba el hombrecillo del tic.
Sterculinus se paró sobre una caja de madera para lograr mayor estatura e hizo sonar sus manos hasta lograr la atención de todos los presentes. Ese día no uno sino dos de sus ojos exhibían tics.
¡Este es! -exclamó- ¡Este es el gran día que todos estábamos esperando! Hoy todo debe ser impecable. ¡Impecable! ¡Cada uno de ustedes tiene un trabajo que hacer y debe hacerlo en forma impecable!
Glaucus ahogó un bostezo y le dedicó una sonrisa torcida a Brennus. El muchacho le devolvió el gesto.
Notando que no tenía la atención de todos los sirvientes, el hombrecillo volvió a batir las palmas.
Ahora, los sirvientes a cargo de atender a los invitados han sido asignados. Ustedes harán dos cosas. Primero, durante la mañana, algunos se alinearán a lo largo de la sala de recepción mientras los invitados admiran la dote de la novia... y ayudarán a los guardias a evitar que nada sea... eh... tomado prestado. Otros harán limpieza de último momento. En segundo lugar, transportarán la comida desde la cocina hasta las mesas en la sala de banquetes donde los encargados de servir harán su parte. Esto es todo. Así de simple.
Lucius cruzó una mirada con Glaucus. Estarían en la sala de banquetes. Septimius Severus y los padres de Marius también estarían allí. Aquello no era nada bueno.
Otro batir de palmas y los sirvientes se encaminaron hacia el palacio. Mientras andaban, los cuatro conspiradores se las arreglaron para cambiar sus lugares y agruparse, con la esperanza de ser asignados a una misma área. Así fue.
Poco más tarde, se alineaban lado a lado, las manos a la espalda, junto a una pared de la sala de recepción, inmediatamente detrás de los regalos que ahora se encontraban dispuestos en filas, llenando completamente la habitación. Los primeros invitados no tardaron mucho en arribar para la ceremonia de bodas que tendría lugar al mediodía de modo de dejar tiempo suficiente para la celebración subsiguiente.
Vestidas con sus mejores sedas y cargadas de joyas, las esposas de los magistrados, jefes militares y principales hombres de negocios del imperio, acompañaban a sus esposos vestidos con los uniformes o togas adecuados a su rango. Muchas parejas formaban grupos saludándose como viejos amigos; las esposas dibujaban sonrisas en sus labios pintados y lanzaban miradas burlonas a los trajes de las otras damas mientras los maridos reían demasiado ruidosamente ante las bromas de sus pares. Algunos preferían admirar los regalos de la dote que no pudieran ver claramente desde las ventanas de sus hogares ya que los patricios no estaban dispuestos a mezclarse con la plebe. Ahora deambulaban entre las riquezas, admirando y evaluando, comparando y criticando, susurrando en oídos ansiosos sus opiniones acerca de la calidad de esto o la autenticidad de aquello.
Glaucus descubrió a sí mismo fascinado por los increíbles colores de los cabellos de las mujeres y la casi imposible variedad de sus peinados: curvados, retorcidos, enrulados y recogidos en elevadas pilas con ayuda de joyas centelleantes. Pensó en las suaves ondas oscuras de Maxima y en la simple trenza castaña de Clara. No era la primera vez que pensaba en Clara en las últimas semanas. Se preguntó cómo estaría y qué pensaría de semejante despliegue. El precio del diván que acarreara el día anterior hubiera sido suficiente como para alimentarla debidamente durante un año... tal vez dos.
A media mañana Glaucus y sus compañeros sirvientes pasaban el peso de sus cuerpos de uno a otro pié tratando de mantener su equilibrio e interés. Lo que había comenzado siendo interesante se había tornado tedioso. Y la sala se había vuelto un lugar caluroso, atestado y ruidoso. Pesados perfumes recargaban el aire húmedo. Algunas damas sacaron a relucir abanicos y los agitaron para evitar que su maquillaje se deteriorara y Glaucus notó manchas húmedas bajo sus brazos. Aquella gente sería rica y poderosa pero sudaba como cualquiera.
Repentinamente, escuchó que Marius soltaba una exclamación y lo vio bajar el mentón.
Mis padres -susurró con un dejo de pánico en su voz- Acaban de llegar.
Glaucus apenas tuvo tiempo de ver fugazmente a una pareja de cuarenta y tantos años que se dirigía apresuradamente hacia la sala del trono y captar una impresión de modales refinados y dinero antiguo.
No se dirigen hacia aquí pero de todos modos mantén la cabeza gacha.
Glaucus siguió su propio consejo aún cuando no había modo de que los padres de Marius lo reconocieran.
Con sus cabezas inclinadas, se perdieron el arribo de las Vírgenes Vestales, quienes llegaron justo antes de que comenzara la ceremonia ataviadas con sus habituales ropajes blancos. Tampoco vieron llegar a un rico hombre de negocios acompañado de su esposa y cuatro hijas. Tres de las muchachas soltaban risitas excitadas pero la cuarta -una belleza de cabellos negros- iba un poco más atrás, mirando consternada a su alrededor.
Como obedeciendo una silenciosa señal, las parejas dejaron apresuradamente la sala de recepción para dirigirse a la del trono. Los sirvientes fueron conducidos fuera y alineados a ambos lados del amplio corredor central que llevaba de una a otra y a cada uno se le entregó un puñado de pétalos de rosa roja. Marius se encontraba en el peristilo junto a Glaucus, de pie entre dos columnas también engalanadas con rosas rojas.
Tendremos algo para contarle a nuestros nietos -cuchicheó Marius y Glaucus ahogó una risita.
¡Clap! ¡Clap!
No estrujen los pétalos -los instruyó Sterculinus mientras trotaba arriba y abajo por el corredor- o no flotarán debidamente.
Ahora, el rostro del hombrecillo era una masa de tics nerviosos.
No los arrojen sino hasta que la novia se encuentre frente a ustedes. Entonces, láncelos al aire bien alto, así.
Sterculinus se puso en puntas de pie y movió su mano en el aire, flexionando elegantemente la muñeca
Abran los dedos a último momento para lograr la mayor altura posible.
Asintió satisfecho cuando varios sirvientes aplicados demostraron su técnica sin soltar los pétalos. Brennus era uno de ellos. Glaucus se mordió el labio inferior para suprimir la sonrisa que amenazaba adueñarse de su rostro y convertirse en una risotada. Estaban parados cerca de una fuente octogonal que había sido envuelta en guirnaldas de rosas y Glaucus se sintió feliz de que el sonido gorgoteante del agua disimulara sus susurros. Brennus y Lucius se encontraban del lado opuesto de la fuente, también parados entre columnas decoradas.
Las cornetas sonaron y comenzó la procesión. El primero en emerger de las sombras del extremo del corredor fue Septimius Severus, resplandeciente en sus mejores sedas de color púrpura y su coraza de oro. Un grupo de asistentes sostenía sobre su cabeza una enorme águila dorada con las alas desplegadas. Concentrado en su rol, Septimius miraba fijamente hacia delante y Glaucus lo estudió sin temor a medida de que se acercaba. Bajo su corona de doradas hojas de laurel, su rostro se veía endurecido por el esfuerzo de caminar fluidamente, sin rastros de la renguera que hubiera minado su fortaleza y autoridad. Su cabello y su barba habían sido teñidos, enrulados y peinados de modo tal de que pareciera más joven y más grande de lo que era pero, si aquellos artificios lograban algo, aquello era enfatizar su rostro arrugado y cansado. Sin embargo, había en él una fría determinación claramente palpable y quedaba claro que era aún un hombre poderoso. Glaucus no había estado tan cerca de él desde Germania y se estremeció involuntariamente.
La emperatriz, Julia Domna, caminaba junto a él, su mano descansando ligeramente en el brazo de su esposo, sus ojos también fijos delante de ella, su rostro atractivo más fatigado que radiante. Una tiara resplandeciente anidaba sobre la pila de sus rizos y su traje brillaba en tonos de púrpura y azul a medida de que pasaba lentamente de la luz a la sombra, de columna en columna.
Glaucus pronto descubrió la razón del aspecto cansado de la emperatriz. Tras la pareja real marchaba su hijo -el joven novio y futuro gobernante del imperio- su rostro contraído en una mueca desagradable que lo hacía parecer mucho mayor de sus catorce años. Era casi tan alto como su padre y notablemente grueso a la altura de la cintura. Por la expresión agria en su rostro dominado por una nariz respingada y lo obstinado de su postura era evidente que Caracalla no estaba nada complacido con la boda y no tenía reparo alguno en expresarlo. No cabía duda de que aquella debía haber sido una mañana difícil para sus padres.
Glaucus sintió pena por Julia Domna, la segunda esposa de Severus, quien había nacido en Siria y descendía de una antigua dinastía reinante de Emesa. Había sido elegida como esposa por el ambicioso Severus porque su horóscopo reveló que se casaría con un monarca y la profecía se había cumplido. Julia Domna le había dado a su esposo dos hijos -Caracalla y Geta- en rápida sucesión cumpliendo con su deber de proveerlo de herederos. Mujer inteligente, protegía a escritores y filósofos y gastaba buena parte de las riquezas reunidas por su marido restaurando los templos de Roma, tales como el de Vesta. Por esto, los patricios la aceptaban a pesar de su linaje oriental.
Tras el paso del novio, se escucharon más cornetas y luego llegó un río de eunucos vestidos de oro, marchando de a dos y llevando flores en torno a sus cuellos y en el pelo. Aquellos hombres castrados de piel olivácea, ojos oscuros y cabellos aceitados, lanzaban al aire obedientemente pétalos de rosa que tomaban de delicadas canastas, creando una alfombra florida para la novia que los seguía del brazo de su padre.
Al verlos Glaucus entendió la razón de ser del águila dorada sobre la cabeza de Severus. Plautianus estaba vestido aún más lujosamente que el emperador, su coraza superando a la de Severus con sus imágenes de gloria incrustadas de gemas que parecían lanzar fuego al ser alcanzadas por los rayos del sol. Sus ropas eran de un tono de púrpura muy oscuro pero púrpura al fin, el color reservado a la realeza. Una sonrisa estaba estampada en su rostro de comadreja. Glaucus se sorprendió al ver cómo había cambiado desde Germania. Estaba mucho más gordo y fofo, su coraza varios talles más grande de lo que fuera. Sus mejillas colgaban a los lados de su mentón. Pero sus ojos seguían siendo los de Plautianus... fríos, duros y amenazantes a pesar de la sonrisa de sus labios finos.
Los dedos de su hija estaban casi azules, aplastados por su brazo flexionado y llevaba a la muchacha casi a rastras por el corredor. La joven caminaba tan lentamente como podía -una novia de lo más reacia- y rehusaba caminar junto a su padre. Una lluvia de pétalos de rosa descendió sobre su velo color azafrán y sus hombros cubiertos de seda de color amarillo. Glaucus también lanzó sus pétalos al aire pero la joven no veía nada de lo que acontecía a su alrededor, sus ojos vidriosos y ausentes. Tropezó al pasar junto a él y apenas pudo evitar caer, abrumada por el peso de las joyas que rodeaban su cuello, brillaban en sus orejas bajo el velo y envolvían sus muñecas, tobillos y cintura. Si hubiera estado vestida de blanco, más que una novia hubiera parecido una Vestal en desgracia (*) camino de su ejecución.
La seguía un grupo de servidoras también adornadas con flores pero Glaucus siguió con sus ojos a aquella trágica jovencita hasta que el grito se alzó en la sala del trono:
¡La novia! ¡La novia!
Estaba condenada, un sacrificio en el altar de la ambición de su padre. Aquella era sencillamente la más siniestra procesión nupcial que Glaucus jamás viera.
Pero el inicio de la boda significaba que los departamentos imperiales estaban ahora vacíos. Era obvio que Lucius había pensado lo mismo y le indicó la dirección con un gesto de su cabeza. En la confusión subsiguiente, su partida pasó inadvertida.
(*) Al tomar sus votos, las Vírgenes Vestales juraban mantenerse castas durante los treinta años de servicio prescriptos, al término de los cuales podían regresar al mundo o bien permanecer al servicio de la diosa por el resto de sus días. En caso de que faltaran a su promesa y fueran descubiertas, eran enterradas vivas.
Es obvio que no podremos llegar por aquí -dijo Lucius sombríamente, tras asomarse al corredor y ver las custodiadas puertas de bronce.
¿Por qué mantendrán la guardia? Es obvio que la familia imperial completa está en la ceremonia. -susurró Glaucus.
¡Clap! ¡Clap!
Los cuatro jóvenes dieron un salto al escuchar el ruido a sus espaldas.
¿Perdieron el rumbo? -preguntó el hombrecillo de los tics con un toque de sarcasmo en su voz- ¡Vamos! Debemos preparar el banquete mientras transcurre la ceremonia. Síganme. Tenemos mucho por hacer.
Como cuatro escolares descubiertos mientras intentaban escabullirse, siguieron a Sterculinus hacia la sala del banquete y una vez allí, todos menos Lucius se detuvieron de golpe y se quedaron mirando anonadados. Era simplemente inimaginable. Abierta en ambos extremos hacia los jardines, las fuentes y la brisa fresca, centelleaba bajo la luz de un millar de lámparas, su reflejo titilante en el blanco del mármol duplicando su número. Rosas blancas entrelazadas decoraban cada columna y llenaban jarrones ubicados sobre pedestales de mármol. La estancia además había sido perfumada con agua de rosas. El enorme salón y los jardines adyacentes habían sido preparados de modo tal de acomodar a un millar de personas que se acomodarían en divanes apretadamente agrupados en torno a las mesas bajas. Taburetes habían sido ubicados junto a los divanes para las jóvenes solteras y los varones menores de edad. Junto a la tarima en la que cenaría la familia imperial, los grupos eran menos apretados que aquellos en torno a las mesas que se iban apartando más y más de la misma... y disminuía proporcionalmente la importancia política de los invitados.
¡Clap! ¡Clap!
Glaucus sintió que estaba a punto de propinarle un puñetazo al hombrecito irritante.
Como si hubiera percibido su animosidad, Sterculinus se dirigió hacia él.
Su trabajo consiste en asegurarse de que cada diván está ubicado a exactamente la misma distancia de la mesa. Cierren la mano en un puño, así -Sterculinus hizo la demostración con su propia mano- Cada diván debe ir a exactamente cuatro puños de distancia del borde de la mesa.
Glaucus miró el puño del hombrecito y luego el suyo. La diferencia de tamaño era considerable pero no estaba interesado en remarcar la diferencia. En cambio, sonrió amablemente y asintió con la esperanza de que el hombre se marchara a molestar a otros sirvientes.
"Io, hymen, hymenaeus..."El tradicional himno nupcial flotó hasta él desde la sala del trono.
Los otros tres conspiradores se apresuraron a ajustar los divanes y las mesas en la posición deseada.
Ahora, ¿cuál es el plan, Lucius? -preguntó Marius.
Nuestra oportunidad llegará cuando el banquete esté en su apogeo. Esperaremos hasta que estén bien avanzados los brindis y libaciones. Luego comenzarán las canciones y el resto del entretenimiento. Para ese momento seremos libres de evadirnos sin ser notados.
"Si tamen e noblis aliquid nisi nomen et umbra
restat, in Elysia valle Tibullus erit.obvius huic venias hedera iuvenalia cinctus
tempora cum Calvo, docte Catulle, tuo..."
Parece que no tardarán en venir hacia aquí -dijo Marius- Terminemos con estos divanes y marchémonos. Mis padres no deben vernos.
Como respondiendo a una señal, el hombrecito volvió.
Bien hecho, bien hecho -dijo aunque sólo habían ordenado algunos de los divanes. Una fila de servidoras marchaba tras él y Sterculinus indicó a las mujeres que se arrodillaran en los almohadones ubicados junto a las mesas bajas, preparándose para servir. Luego entró a la sala el resto de los servidores de sexo masculino y tomaron sus puestos en torno al perímetro de la estancia. Sterculinus ordenó Glaucus, Marius, Lucius y Brennus que se unieran a ellos.
¡Clap! ¡Clap!
Señores, su trabajo consistirá en ayudar a las damas a ubicarse. Luego, siguiendo mi señal, irán inmediatamente a las cocinas para empezar a traer las fuentes de comida que entregarán a los servidores que permanecerán aquí.
Se escuchó un nuevo resonar de trompas. El hombrecito guiñó nerviosamente los ojos y se retorció las manos
Bueno, bueno. ¡Prepárense!
Marius, ubicado a la derecha de Glaucus, le dirigió a éste una mirada de pánico. Simplemente, no había dónde ocultarse.
Lo más probable es que ni siquiera noten de nuestra presencia -trató de calmarlo Glaucus- Este lugar quedará atascado de gente. Ni siquiera mirarán a los sirvientes.
Apenas acababa de completar el comentario cuando los eunucos volvieron a entrar a la sala marchando de dos en dos y se dirigieron directamente hacia la tarima, donde se prepararon para alinearse cual estatuas de oro detrás de la pareja de recién casados durante el resto de la velada.
Los siguientes en entrar fueron el novio y la novia y era evidente que ésta había estado llorando. La joven caminaba rígidamente junto a su flamante esposo que se rehusaba a tocarla o siquiera mirarla. Los condujeron hacia un diván dorado, elaboradamente tallado y adornado con flores en el que la novia se reclinó con la misma rigidez con la que entrara al salón. Pero Caracalla se negó a sentarse a su lado y se encaminó hacia otro diván en el que se tendió, cruzando los brazos en abierto desafío (*). Fueron seguidos por el emperador y la emperatriz quienes, estoicamente, no miraron ni a izquierda ni a derecha sino que se encaminaron directamente hacia sus lugares. Los dedos de Severus se cerraron apretadamente sobre el brazo de su hijo, a quien le habló en voz baja pero el joven se negó a moverse de donde estaba. La emperatriz retorció sus manos y argumentó con él sin obtener tampoco resultado alguno. Plautianus y su esposa ignoraron a los novios y tomaron sus lugares, sendas sonrisas estampadas en sus rostros.
Pronto llegaron los invitados, comportándose de modo reservado ante lo que era obviamente una situación difícil y tomaron sus lugares mientras charlaban queda y amablemente sobre el clima o las flores... cualquier cosa menos la ceremonia que acababan de presenciar. Pronto la estancia se llenó con el zumbido de la actividad, al tiempo que las parejas se dirigían a sus lugares. Para gran alivio de Marius, sus padres se ubicaron en el lado opuesto de la sala, bien lejos de la tarima.
Glaucus sintió que le golpeaban el brazo. No hizo caso. El golpe se repitió, esta vez más fuerte.
¿Por qué volviste a Roma y ni siquiera te pusiste en contacto? -siseó una voz femenina en su oído.
Azorado, Glaucus se volvió en redondo. No se suponía que Máxima estuviera allí. ¿Cómo había llegado?
Como si hubiera leído su mente, su hermana explicó:
Vine con un conocido de mamá... un hombre que tiene un montón de hijas. Una de ellas se enfermó y él consintió en que tomara su lugar. Demandó muchos arreglos de último momento, hermano.
No quise involucrarte -susurró Glaucus frenéticamente, esperando que nadie notara el extraño intercambio.
¡Pues considérame involucrada!
Maxima, toma asiento antes de que atraigamos la atención.
Tenemos que hablar.
Ahora no.
Ahora -insistió ella.
Preguntándose con quién estaría hablando Glaucus, Marius se asomó desde atrás de la espalda de su amigo.
¡Maxima! -exclamó antes de poder contenerse y olvidando totalmente las circunstancias.
¡Marius! -el tono de Maxima era claramente acusador- Dijiste que me contactarías tan pronto como volvieras a Roma.
Aquello había llegado demasiado lejos. Otros sirvientes estaban empezando a mirarlos si bien no los huéspedes... No aún.
Encuéntrame en el jardín en unos minutos. Pronto podré salir -dijo Glaucus con urgencia.
Maxima dedicó a ambos jóvenes una mirada fulminante y caminó en torno a ellos, saliendo por el arco cercano a la luz del sol. Marius no podía apartar sus ojos de Maxima. Su estilizada figura estaba envuelta en exquisita seda del color apenas sonrosado propio de los capullos de rosa blanca cuando aún están cerrados. Un delicado collar engarzado con pequeñas esmeraldas rodeaba su cuello elegante y gemas similares colgaban de sus orejas. Su cabello negro había sido peinado hacia lo alto de su cabeza, donde lo sujetaba una banda de oro y luego caía suelto por su espalda en suaves ondas. Marius suspiró y luego echó una mirada en torno a la habitación y las demás mujeres. Maxima era, por mucho, la más hermosa entre las presentes.
Justo cuando los últimos invitados estaban tomando sus lugares y la conmoción comenzaba a decrecer, llegó la señal para que los sirvientes abandonaran la sala. Con las cabezas gachas Glaucus y Marius siguieron a los otros por el corredor. Luego, el hijo de Maximus se apartó y comenzó a andar en sentido contrario con Marius pegado a los talones. Glaucus se detuvo.
Marius, no puedes venir conmigo. Tengo que hablar con ella a solas. Ve a la cocina con los otros y diles a Lucius y Brennus lo que ha pasado. Pronto me reuniré con ustedes.
Marius obedeció a regañadientes.
Ten cuidado -dijo al tiempo que se unía otra vez a la fila de los sirvientes.
Glaucus encontró a su hermana junto a un arbusto artísticamente recortado, la aferró por un brazo y la arrastró detrás de éste mientras algunos distraídos invitados aún deambulaban por ahí en camino a sus puestos.
No hables, sólo escucha -susurró- La urna de nuestro padre está dentro del palacio y trato de llegar hasta ella. Estamos usando la boda como pantalla.
¿Su urna? -los ojos de Maxima se abrieron muy grandes- ¿Está enterrado aquí?
No exactamente pero no tengo tiempo de explicarte. Cuando la fiesta esté en su apogeo, nos dirigiremos a los aposentos imperiales porque es allí donde está.
Nos dirigiremos. Quieres decir tú y Marius.
Y Brennus y Lucius Verus.
¿Lucius Verus está con ustedes? -exclamó Maxima.
Glaucus asintió y echó una mirada a su alrededor. Algunos invitados charlaban al otro lado del espeso follaje.
¿Cómo piensan hacerlo? -susurró Maxima ahora claramente intrigada.
Todavía no lo sé.
Déjame ayudarte.
Ni en sueños. Es demasiado peligroso. No quiero que te vean ni siquiera hablando conmigo. Si me atrapan, no quiero que nada nos conecte.
Maxima consideró la sabiduría de sus palabras.
Glaucus -dijo- traje esto. Puedes necesitarlo.
Al tiempo que hablaba, deslizó de su pulgar el anillo de sello de Marcus Aurelius.
¿Cómo lo conseguiste? -preguntó Glaucus anonadado.
Tras la procesión fui corriendo a casa y a mamá no le tomó mucho tiempo descubrir dónde parabas. Recuperamos tus cosas y encontramos el anillo. Tómalo. Puedes necesitarlo.
No puedo. No tengo bolsillos. No puedo usarlo porque atraería la atención. Deberás ser tú quien lo tenga.
¿Y cómo va a ayudarte?
Por favor, Maxima... sólo hazlo.
Maxima volvió a colocarse el anillo en el dedo con considerablemente más fuerza de la necesaria.
Glaucus siguió hablando en voz muy baja.
Me verás a lo largo del día. Deberás fingir que no me conoces. Prométeme que lo harás. Si no lo haces, atraerás la atención sobre mí, Severus y Plautianus me reconocerán y seré hombre muerto. Prométemelo.
La joven asintió con la cabeza y besó su mejilla.
Si me necesitas, sabes dónde estoy. Te amo, hermano.
Yo también te amo, hermana.
La besó en la frente y luego ella se escurrió de detrás del arbusto, dedicó a los sorprendidos invitados una sonrisa arrolladora y volvió al salón como quien sólo ha salido por un momento a tomar aire fresco.
Glaucus esperó y escuchó cómo los invitados del otro lado del arbusto especulaban sobre la identidad de la belleza de cabellos negros. Los cuernos volvieron a sonar. Al tiempo que toda la atención se fijaba en la tarima imperial, Glaucus se escurrió de detrás del arbusto y se dirigió hacia las cocinas. Los sirvientes estaban agrupados en el corredor, fuera del camino de los frenéticos cocineros. A pesar de la aglomeración, el hombrecito de los tics lo reconoció. Con las manos apoyadas en las caderas, preguntó:
¿Dónde estabas metido?
Glaucus se encogió de hombros como quien se encuentra en una situación embarazosa.
En el baño -dijo.
(*) Marcus Aurelius Antoninus Basianus, conocido como Caracalla por la túnica celta con capucha que prefería usar y que como emperador regalaría al pueblo romano, ha sido retratado por los historiadores como un joven extremadamente desagradable. En la mejor tradición de Calígula, Nerón, Domiciano y Commodus, Caracalla era malhumorado, violento y cruel. Detestaba a Plautianus y nunca le perdonó que indujera a su padre a casarlo con su hija, la desdichada Flavia Plautilla, a quien atormentó sin piedad hasta que finalmente logró deshacerse de ella. Su primer acto como emperador fue asesinar a su hermano menor, Geta, quien se refugió en los aposentos de Julia Domna suplicándole que lo protegiera. La emperatriz viuda lo tomó en sus brazos, pensando que Caracalla no se atrevería a atacarlo mientras ella estuviera abrazándolo pero su hijo tenía otras ideas y lo apuñaló por la espalda. Geta murió en brazos de su madre y la atribulada Julia Domna --cuyo matrimonio con Septimius Severus no había sido particularmente feliz-- nunca se recuperó. Caracalla era mentalmente inestable y estaba obsesionado por ser el nuevo Alejandro Magno. Murió a manos de un oficial del ejército romano durante una campaña al Medio Oriente y a su muerte se inició otra guerra por la sucesión. Septimius Severus quería ser como Marcus Aurelius pero la única similitud entre ambos fue que fueron sucedidos por hijos dementes.
Durante las siguientes tres horas, el corredor que se extendía entre las cocinas y la sala del banquete estuvo constantemente atestado gracias al ir y venir de dos serpenteantes líneas de sirvientes que se afanaban llevando la comida a las mesas y regresando cargados de platos, fuentes y copas usadas. Glaucus se encontraba demasiado ocupado para pensar en otra cosa que en sus tareas presentes y a veces se cruzaba con alguno de sus tres compañeros sin siquiera notar su presencia. Entre la frenética actividad en las cocinas inundadas de vapor y el clamor de platos y fuentes y la charla incesante del salón de banquetes, el corredor era casi un bienvenido refugio.
Le habían asignado un grupo de divanes entre dos columnas y cerca del fondo de la sala que albergaban a un praetor y su esposa, un general retirado ataviado con su uniforme de gala con su esposa y su hijo y un acaudalado hombre de negocios que importaba especias y perfumes de Oriente acompañado por su esposa y sus hijas. El grupo estaba junto al de Maxima, quien permanecía modestamente sentada en su taburete junto a las otras hijas solteras del hombre de negocios que oficiaba como su "padre". La joven estaba perfectamente consciente de la proximidad de su hermano y de Marius, a quien le habían asignado una mesa ubicada en el jardín y protegida del sol por un enorme toldo a rayas. Pero los ojos de Maxima permanecían mayormente inclinados y no hablaba sino cuando le dirigían la palabra, tal como correspondía a una joven soltera de su posición social. El único signo visible de su ansiedad era el modo en que constantemente retorcía el anillo que llevaba en el pulgar.
Después de lo que parecía ser su centésimo viaje, Glaucus se recostó contra la pared del corredor y se secó la frente con una servilleta de lino. A pesar de que su trabajo era caluroso y agotador, al menos no tenía que sentarse en el suelo junto a una mesa, seleccionar la comida para cada uno de los comensales y después cortarla en pedacitos tal como la joven servidora asignada a su mismo grupo. Entre plato y plato, la muchacha además se ocupaba pacientemente de limpiar los dedos de los invitados con una servilleta húmeda. Su trabajo tampoco podía compararse con la agonía que soportaban los cocineros y sus asistentes mientras trabajaban sobre espetones abiertos, hornos ardientes y planchas al rojo. Algunos habían tenido que ser sacados al jardín para que se recuperaran de su desvanecimiento.
A los huéspedes no les iba mejor. Algunas se reponían en una habitación lateral especialmente dispuesta para ese propósito de las consecuencias del pegajoso ambiente creado por la combinación de pesados perfumes, especias olorosas, flores demasiado dulces, el vapor de los aparatos empleados para mantener calientes las comidas, el olor de mil cuerpos humanos que ni siquiera el incienso que ardía en braseros estratégicamente dispuestos bastaba para disimular... así como haber bebido demasiado vino de Cécuba sin diluir.
Maxima se apantalló con su servilleta mientras bebía jugo de manzana y mordisqueaba pedacitos del alimento que le habían servido. No quería parecer grosera pero su estómago se revolvió ante el sólo pensamiento de comer lengua de cordero en salsa de hinojo, picle de alcaucil en salsa picante, erizos de mar en salsa de especias, fiambre de hígado ahumado, aspic de rodaballo... y aquello eran sólo las entradas. Bloqueó mentalmente los platos principales tales como cisne asado en salsa de miel, pescado con huevos y hojas de lechuga aromática, ubre de cerdo rellena, marsopa ahumada y conejo en salsa de fruta. Hasta descubrió que no tenía apetito para platos que habitualmente le gustaban, como las carnes rojas y de ave asadas, cangrejos horneados, pescado frito, faisán silvestre relleno y cerdo en salsa agridulce. Simplemente estaba demasiado nerviosa como para probar algo más que las verduras finamente fileteadas en salsa de vinagreta, alguna aceituna rellena y los panecillos recién horneados.
Maxima estaba segura de que la novia se sentía igual que ella, ya que la joven se negaba a probar todo lo que le ponían por delante y aferraba su copa de vino como una mujer a punto de ahogarse se aferra a una cuerda. Había abandonado la sala de banquete más de una vez acompañada por sus atribuladas servidoras muy probablemente para vomitar las cuantiosas cantidades de vino que había consumido. Cada vez había vuelto a ocupar su lugar luciendo un toque verdoso en su piel. Maxima no la culpaba por emborracharse. Su flamante esposo estaba sentado en el extremo opuesto de la tarima pero, aún a la distancia, Maxima podía ver las miradas de odio que le lanzaba. Estaba visiblemente aterrada ante la noche que la esperaba. Su padre tampoco ayudaba. De tanto en tanto, Plautianus le aferraba dolorosamente el brazo y susurraba en sus oídos lo que parecían ser palabras amenazantes. En cada ocasión la joven hizo una mueca y trató de soltarse pero él se lo impidió imprimiendo aún más fuerza a la mano que la sujetaba y forzándola a permanecer en su lugar. La madre de la novia se limitaba a permanecer inmóvil en su lugar, sus ojos fijos en la pared del fondo de la sala, como pretendiendo estar en otra parte.
Subrepticiamente, Maxima miró a su hermano y lo espió mientras volvía a llenar un ánfora de mesa con el contenido de otra mucho más grande que estaba escondida detrás de las plantas. Mantenía su espalda cuidadosamente dirigida a la tarima imperial pero se movía con la misma fluida gracia tan poco común en un hombre de su contextura. Por lo que parecía ser la centésima vez en el día, Maxima le agradeció a los dioses que le hubieran dado un hermano como aquel... y porque éste tuviera un amigo tan encantador como Marius.
A éste sólo lo veía cuando se apresuraba a pasar desde el jardín al comedor, al parecer más acalorado que su hermano. Brennus -- pobre muchacho -- no venía desempeñándose demasiado bien. Sin tener idea de qué hacer, miraba constantemente a los otros sirvientes e imitaba sus acciones sólo para ganarse los retos del hombrecito de los tics por moverse tan lentamente. Vio a su amigo de la infancia enderezarse cargando una bandeja en la que se apilaban fuentes sucias y luchar para levantarla sobre su hombro, dar un paso adelante y estrellarse contra el suelo al tiempo que el contenido de la bandeja se desparramaba, el ruido alarmando a los invitados al tiempo que las fuentes rodaban por el suelo.
Toda actividad cesó de golpe, el estruendo metálico ahogando aún la charla más ruidosa. Hasta los músicos que tocaban flautas y liras ocultos tras una cortina aprovecharon el caos para tomarse un descanso no programado. Maxima se levantó de un salto, llevándose la mano a la boca. Luego, sin pensarlo, se lanzó hacia Brennus para ayudarlo. Glaucus se le adelantó y poco ceremoniosamente le impidió el paso con su cuerpo.
Vuelve a tu asiento -siseó- Me ocuparé de él.
La muchacha retrocedió unos pasos pero no pudo retirarse debido a la masa de curiosos que se había agrupado tras ella. Asombrada y con una considerable dosis de orgullo, vio como Glaucus se hacía cargo de la situación, organizando a los sirvientes para que limpiaran el desastre mientras calmaba los irritados nervios y temperamentos encendidos de los convidados que fueran salpicados por la comida derramada. Recogió la pantufla de la dama que se había deslizado de su lugar bajo el diván y causado el accidente y en un instante tuvo a la fascinada mujer casi pidiéndole disculpas por su descuido, a medida de que se derretía al compás de su voz grave y sonora. Pasado el alboroto, los invitados se dispersaron permitiendo a Glaucus escoltar a un Brennus que no dejaba de temblar hacia el corredor donde lo esperaba su reprimenda.
Sterculinus descendió sobre él como con la fuerza combinada de las Tres Furias. Glaucus dejó a Brennus acurrucado contra la pared y enfrentó al hombrecito cara a cara... o, mejor dicho, cara a pecho. El español lo miró desde lo alto de su superior estatura.
Atrás, Sterculinus. Fue un simple accidente.
Un accidente. Un accidente. En una boda imperial no ocurren accidentes. ¡Eres una desgracia, jovencito! -gritó Sterculinus asomándose desde atrás de Glaucus mientras éste le bloqueaba todo intento de alcanzar al muchacho- ¡A la cocina! ¡No eres digno de servir ni a los perros!
Mientras Brennus se escurría apresuradamente, Sterculinus apuntó su ira hacia Glaucus.
¡Y tú! Te ves muy seguro de ti mismo. Ya que crees que eres tan bueno, te harás cargo de su mesa y de la tuya. ¡Y no quiero escuchar ninguna queja de los comensales de ninguna de las dos!
Glaucus se encogió de hombros. Sólo quedaba por servir el postre. Podía manejarlo. Luego comenzarían los discursos y los brindis para desearle a la joven pareja felicidad y fertilidad. La multitud achispada levantaría sus copas en alto para desear al emperador salud y una larga vida. Pero Glaucus no tenía la menor intención de estar en la sala cuando eso ocurriera.
La dama cuya pantufla había hecho resbalar a Brennus le dedicó una gran sonrisa de satisfacción cuando vio que lo habían asignado a su mesa. Para ese entonces, los comensales de esa área estaban bastante borrachos y más de una vez, al pasar a su lado, Glaucus sintió los dedos de la dama acariciando sus nalgas protegidas sólo por un delicado tejido. Con las jarras de agua y las ánforas rebosantes, Glaucus regresó a su mesa original y volvió a escanciar bebidas. Luego captó la mirada de Marius y asintió brevemente. Se dirigieron a la cocina seguidos de cerca por Lucius, quien no los había perdido de vista durante toda la velada, mientras se ocupaba de sus deberes en otra mesa demasiado cerca de la tarima imperial para su gusto. Sólo el público despliegue de infelicidad de los recién casados había mantenido a sus respectivos padres demasiado preocupados como para tomar nota de lo que pasaba con sus invitados y servidores.
En la cocina encontraron a Brennus acomodando malhumoradamente tortitas de nuez y almendra en fuentes que ya contenían una gran variedad de fruta fresca y glaseada, elaboradas confituras y tartas de fruta. Glaucus se metió un damasco glaseado en la boca y tomó a Brennus por el brazo, conduciéndolo tras Marius quien a su vez seguía a Lucius más allá de los espetones y parrillas, más allá de los calderos ennegrecidos y de los hornos abovedados hacia la parte trasera de la cocina.
Cuando de la sala de banquetes les llegaron los gritos de "Feliciter!" (*), se deslizaron por una simple puerta de madera saliendo al reparador aire fresco. Sin decir palabra, Lucius los condujo por un largo y angosto pasillo iluminado sólo por pequeñas ventanas a intervalos regulares. Ascendieron una oscura escalera y se agruparon al tope de la misma mientras Lucius abría una hendija de la puerta que allí se encontraba y espiaba hacia el hall sobre el que ésta se abría. Luego, les indicó que lo siguieran y emergieron a un amplio e iluminado corredor.
¿Dónde estamos? -preguntó Glaucus.
Lucius sonrió.
Del otro lado de las puertas de bronce -dijo indicándolas con la cabeza, luego se giró en la dirección opuesta- Síganme. Ya casi estamos allí.
Avanzaron en puntas de pié pese a que sus zapatos con suela de fieltro no hacían ruido sobre el piso pulido. Lucius se detuvo al fondo del corredor, frente a unas pesadas puertas de madera talladas con intrincados patrones geométricos. Hizo girar el picaporte de bronce y la empujó suavemente. Las puertas se abrieron sin ruido alguno. El hijo de Lucilla tomó aliento profundamente, luego entró... y se detuvo de golpe.
El corazón de Glaucus trepó hasta su garganta.
¿Qué ocurre, Lucius? ¿Qué ocurre?
Es diferente. Es totalmente diferente.
Lucius se adentró en la estancia y los otros tres lo siguieron.
¿Qué es diferente? -demandó Glaucus al tiempo que se colocaba junto a Lucius.
Las paredes, los muebles...
¿Quieres decir que movieron las paredes? -preguntó Marius confundido.
No... creo que no. Sólo las pintaron. Los murales son totalmente diferentes y también los colores. El mobiliario también es diferente y está dispuesto de otra forma.
Bueno, supongo que después de veinte años debíamos esperar algunos cambios -dijo Marius con espíritu práctico.
¿Te molesta? -preguntó Glaucus escrutando el rostro de Lucius en busca de señales de angustia.
No, no me molesta. Sólo me confunde -Lucius se encogió de hombros- De todos modos, ésta no es la habitación que buscamos. El dormitorio queda por acá.
Pero el dormitorio también había cambiado y Lucius no parecía saber qué dirección tomar.
¿Qué pared, Lucius? -preguntó Glaucus mientas miraba en derredor. Luego, sus ojos se posaron sobre la cama, instalada sobre una elevada plataforma en el centro de la habitación y cubierta de pétalos de flores. Había guirnaldas de rosas y violetas en los postes que sostenían las colgaduras. El suelo en torno a la cama estaba regado de nueces, granos de trigo y pasas de uva- ¡Oh-oh! –dijo.
¿Qué? ¿Qué pasa? -demandó Marius y luego también él vio la cama- ¡Oh-Oh! –repitió.
El lecho nupcial -dijo Lucius. Respiró hondo- Puede que no tengamos mucho tiempo.
Giró lentamente en círculo.
Creo que es esa pared -dijo al tiempo que la señalaba- Solía identificarla por el mural y la escultura que había delante de ella. Pero la escultura no está y el mural era una escena de un jardín, no un motivo arquitectónico.
¿Recuerdas en qué sección de la pared? -preguntó Marius al tiempo que deslizaba sus dedos por el yeso.
Esa esquina, creo -Lucius alzó las manos en señal de desesperación- Lo siento, Glaucus. Ha pasado mucho tiempo.
No te preocupes -lo tranquilizó Glaucus- Lo encontraremos. Marius, tu comienza a buscar por ese extremo y tú, Lucius, por el otro. Brennus y yo comenzaremos por el medio y nos moveremos hacia ustedes. Vayan despacio. Miren a cada imperfección vertical... cada signo de una posible fisura en la pared.
Moviéndose lenta y cuidadosamente, avanzaron a lo largo y ancho de la pared hasta encontrarse unos a otros, sus rostros reflejando la decepción que sentían.
Vamos de nuevo, esta vez más lentamente. Tal vez deberíamos cambiar nuestros lugares -propuso Glaucus.
Lo intentaron de nuevo sin éxito.
La hendija debió quedar cubierta por el yeso cuando la pared fue pintada nuevamente. Lo más probable es que la hayan escayolado previamente.
Una puerta se cerró de golpe en la distancia y los cuatro contuvieron el aliento. Al cabo de unos minutos de escuchar atentamente, Glaucus dijo:
Lucius, ¿cómo se abría la puerta del compartimiento?
Mmm... creo que empujábamos y se deslizaba.
Entonces empujemos y tratemos de deslizar secciones de la pared -sugirió Glaucus y Marius asintió con la cabeza- Tal vez sea mejor si trabajamos de a dos combinando nuestras fuerzas. Marius, ayúdame. Lucius, tú y Brennus quédense atrás.
Glaucus y Marius recorrieron el largo de la pared empujando suavemente.
Nada.
Probemos de nuevo con más fuerza -dijo Glaucus al tiempo que se secaba el sudor de la frente. Un momento después gritaba- ¡Algo se movió! ¡Vengan y ayúdennos!
Lucius y Brennus apoyaron sus hombros contra la pared y, repentinamente, el yeso se agrietó y cayó, revelando secciones casi imperceptibles de una abertura vertical. De un modo casi frenético, arañaron lo que quedaba del yeso hasta que una hendija vertical quedó a la vista. Tosiendo ligeramente a causa del polvo, Glaucus dijo:
Ahora presionen y empujen. Todos juntos. Presionen y empujen.
Un momento más tarde, Marius exclamaba:
Creo que sentí que algo se movía.
Glaucus inspeccionó la hendidura en la pared. Era un poquito más ancha.
Otra vez -dijo. Esta vez, fueron salpicados por una lluvia de yeso pintado al tiempo que la pared se deslizaba crujiendo y rechinando.
¡Suficiente! Puedo entrar-dijo Glaucus, jadeando y bufando por el esfuerzo y la excitación- Puedo entrar.
Soltó todo el aire que pudo para contraer su torso bien desarrollado y empujó su cuerpo a través de la abertura. El espacio detrás de la pared era pequeño y oscuro, iluminado sólo por la luz proveniente de la habitación. Pero allí, frente a él, sobre un pedestal de mármol, se encontraba una elaborada urna de oro que brilló suavemente al ser alcanzada por la luz por primera vez en casi veinte años. Glaucus pudo ver el águila romana grabada en ella, su brillante ojo una cuenta de ámbar. Se dejó caer de rodillas y alzó el rostro en la oscuridad.
Padre... sé que puedes escucharme. Voy a llevarte a tu hogar en España... a donde perteneces -abrió los ojos y a través de las lágrimas cegadoras que los inundaban vio la coraza de cuero de Maximus junto a sus rodillas, apoyada contra el pedestal. Junto a ésta había un pequeño mueble de caoba con incrustaciones de oro.
¿Glaucus?
Sí, sí... aquí está. Todo está aquí -respondió Glaucus con la voz quebrada por la emoción.
Quiero entrar -dijo Lucius- Empuja la pared un poco más de modo que haya más luz.
Tras algunos esfuerzos, Glaucus, Lucius, Marius y Brennus se apiñaban dentro del compartimiento.
Glaucus se puso de pié sosteniendo la coraza en sus manos.
¿Es ésta? ¿Es la que llevaba cuando murió?
Sí -dijo Lucius- Reconozco los caballos -levantó la vista- Y aquí está la urna.
Exactamente donde dijiste que estaba. Gracias, Lucius -susurró Glaucus- Brennus, toma la coraza -Glaucus se volvió hacia la urna.
"Pulvinar vero divae geniale locatur
sedibus in mediis, Indo quod dente politum
tincta tegit roseo conchylis purpura fuco!"
Lucius se puso rígido.
¿Qué es ese canto? -preguntó Brennus.
De golpe, el chillido de una mujer atravesó el aire.
Ya no estaban solos.
(*) Feliciter!: En latín, "Dicha" o "Ventura". El equivalente Romano de nuestro "Felicidades".
¿Qué es esto?¿Ladrones? ¿Hemos descubierto a unos ladrones? -gritó Plautianus- ¡Que vengan los guardias!
Dicho esto, el prefecto de los pretorianos dio un paso atrás y ordenó a los intrusos:
¡Salgan de ahí! ¡Ahora!
Glaucus indicó a sus compañeros que no se movieran y luego irguió su espalda muy recta y salió a la luz, sus manos vacías y en alto para demostrar que no estaba armado.
¡TU! -chilló Plautianus sonando tal como su histérica hija.
Glaucus miró más allá de su rostro enrojecido para alcanzar los ojos del igualmente aturdido emperador. Su esposa, Julia Domna, parecía a punto de desmayarse. La novia ya lo había hecho. Caracalla rió con deleite ante la inesperada y bienvenida interrupción de su noche de bodas y aprovechó la confusión reinante para escapar. Tras él se encontraban alineados toda clase de invitados, sus rostros congelados en una mueca de asombro mientras que otros tantos empujaron para entrar al espacioso dormitorio tratando de ver qué había causado tal conmoción hasta que cuatro guardias armados los hicieron nada ceremoniosamente a un lado para entrar a la carrera en la habitación.
¿Te perseguí por todo el imperio y ahora te encuentro aquí? ¡Agárrenlo! -ordenó Plautianus y Glaucus fue aferrado violentamente por dos de los guardias, quienes forzaron sus manos dolorosamente para colocarlas a su espalda.
Plautianus tomó la espada del tercer guardia y la blandió ante el rostro de su prisionero al tiempo que se dirigía al emperador.
Te lo dije, Septimius. Te dije que simplemente debíamos deshacernos de él. Ahora... concédeme el honor.
No. Baja la espada -ordenó Severus, su voz firme, sus emociones bajo control a pesar de la furia que ardía en sus ojos- Está indefenso.
El emperador miró en dirección hacia el compartimiento secreto.
¿Quién más está envuelto en esto?
¡Salgan todos de ahí! -ordenó Plautianus al tiempo que giraba y apuntaba con su espada hacia la oscura oquedad. Marius y Lucius salieron al dormitorio y fueron inmediatamente aferrados por los guardias y llevados tropezando y a los empujones hacia el centro de la habitación.
¿Lucius Verus? -jadeó Severus anonadado- ¿Lucius Verus? ¿Qué está pasando aquí?
Aún queda alguien ahí dentro -dijo Plautianus al tiempo que aferraba a Brennus por un brazo y lo lanzaba a través de la habitación. El muchacho tambaleó y cayó de cabeza sobre el lecho nupcial, levantando una nube de pétalos de rosa.
Severus giró en redondo en un torbellino de seda color púrpura.
Saquen a esta gente de aquí -ordenó al tiempo que más y más invitados a la boda pujaban por entrar en la habitación, ansiosos por ver de cerca lo que prometía ser la mejor diversión del día. Al aproximarse los guardias, los invitados se limitaron a esparcirse mejor por la habitación para eludirlos mientras más y más seguían pujando por entrar.
¿Por qué? -preguntó Glaucus- ¿Qué es lo que no quieres que vean?
Mocoso atrevido -gruñó Plautianus y abofeteó a su prisionero con el revés de la mano haciendo que su cabeza se echara violentamente hacia atrás al tiempo que sus anillos arañaban dolorosamente la mandíbula de Glaucus.
Suficiente -ordenó Severus dirigiéndose a su alterado comandante pretoriano al notar que los invitados se negaban a obedecer la orden de salir- Necesitamos información.
El emperador se dirigió hacia la oscura abertura del compartimiento secreto.
Bien... nunca supe que este lugar existía.
Volviéndose hacia Glaucus, Severus arqueó una ceja.
Pero es obvio que tú sí sabías de su existencia. Te has arriesgado mucho para llegar a este lugar -rió suavemente- ¿Será acaso porque estabas buscando cierto documento?
Mientras hablaba, Severus asomó su cabeza dentro del escondite.
No... eso ya lo tengo -respondió Glaucus calmadamente.
El emperador giró la cabeza en redondo y sus ojos llamearon.
Lo sabía. ¿Dónde está?
En un lugar donde está bien a salvo... a salvo hasta de ti -dijo Glaucus ignorando la sangre que goteaba por su cuello, creando un pequeño río caliente y pegajoso.
Mientes. ¿Qué otra cosa podría haber allí para que arriesgaras tu vida por alcanzarla?
Severus desapareció dentro del compartimiento.
¡Una antorcha! -ordenó- ¡Denme una antorcha!
En un instante, una antorcha fue depositada en su mano extendida. Luego, repentinamente, su risa llenó el pequeño lugar y se expandió por el dormitorio. Los invitados reunidos en el departamento imperial intercambiaron miradas confundidas y excitadas al tiempo que hipótesis acerca del contenido de la misteriosa, pequeña habitación y quién podría ser Glaucus.
Cuando Severus salió a la luz todavía estaba riendo.
De modo que... ha estado aquí durante todos estos años. En mi propia casa. Y me pregunto, ¿quién habrá puesto su urna allí? ¿Hmmm? -el emperador avanzó hacia Lucius- ¿De quién era este dormitorio, Lucius? ¿De tu madre?
Lucius asintió con la cabeza.
¿De modo que no pudo soportar separarse de su amante ni siquiera después de su muerte? -se mofó el emperador. Lucius permaneció impasible. Un murmullo se extendió entre la pequeña multitud reunida en el dormitorio como la brisa de verano soplando sobre un trigal.
Revisen el lugar -ordenó Severus y dos guardias se apresuraron a obedecer.
El documento no está allí -insistió Glaucus y luego soltó una exclamación cuando la espada de Plautianus le pinchó el cuello.
Bien, es sólo que me gustaría confirmarlo personalmente -respondió Severus.
¿Documento? ¿Qué documento? La pregunta se esparció entre los huéspedes de la boda. Momentos más tarde, los guardias emergieron del escondrijo.
Hay una urna -dijo uno de ellos- una coraza y un pequeño gabinete, Alteza. También estaba este paquete envuelto en cuero.
Severus sonrió triunfalmente y tan cerca del rostro de Glaucus que el joven hizo una mueca ante los olores combinados de vino, cebolla y ajo de su aliento.
Traigan el paquete -graznó el emperador. Luego volvió a gritar a los guardias - ¡Saquen a esta gente de aquí! ¡Es un asunto privado!
Los cónsules, senadores, pretores y gobernadores bajaron los ojos y empezaron a moverse en dirección hacia la puerta pero el general retirado ubicado frente a ésta cruzó los brazos y se mantuvo obstinadamente en su lugar. En torno a él, otros generales hicieron lo mismo, formando un muro de poderío militar. Los guardias vacilaron y miraron al emperador en busca de guía.
Severus soltó un gruñido pero no se animó a provocar a los militares allí reunidos. Aceptó el paquete y desató los cordones de cuero rápidamente para luego desenrollar numerosas hojas de pergamino. Los barajó frenéticamente, buscando el documento que deseaba... que necesitaba tan desesperadamente. Lo quemaría tan pronto como lo hallara, destruyendo para siempre la última voluntad de Marcus Aurelius... pero el documento no estaba allí. Furioso, arrojó los pergaminos al suelo y los pisoteó y pateó en un arranque de ira casi infantil.
Cuando se desparramaron, Lucius reconoció de inmediato la caligrafía de su madre. ¿Qué eran? ¿Cartas tal vez?
Suficiente -rugió Plautianus- Llévenselos a la Prisión Tullia -ordenó a los guardias- Allí nos ocuparemos de ellos.
Los guardias sujetaron firmemente a cada prisionero y se prepararon para sacarlos del dormitorio.
Creo que será mejor que nos ocupemos de esto aquí mismo -dijo una voz femenina y Severus se dio vuelta en redondo para encontrarse con la Gran Vestal de pie ante el general retirado, la estatura del veterano soldado haciéndola parecer aún más pequeña de lo que era. Las otras cinco vestales estaban agrupadas a sus lados... acompañadas por Maxima.
Caelia Concordia -dijo Severus al tiempo que recuperaba su compostura. Se inclinó ante la anciana- Esto es un asunto de estado. No tiene que ver el Templo de Vesta.
Oh, pero sí tiene que ver. Verás, Alteza, conozco a este joven al que tus guardias retienen a la fuerza.
Caelia Concordia avanzó hacia el emperador, sus pasos lentos y regios, su cabeza en alto. Cuando estuvo junto a él, abrió su mano para revelar el anillo de sello de Marcus Aurelius.
Glaucus miró a su hermana, cuyo rostro estaba pálido como el de un fantasma.
Gracias -susurró.
No había modo de que ella lo hubiera escuchado pero lo miró directamente a los ojos y le sonrió a través de sus lágrimas.
¿Qué es esto, Domina? -preguntó Severus al tiempo que se inclinaba hacia la diminuta mujer que apenas le llegaba al hombro pero cuya corta estatura no disminuía en nada su poder.
Es el anillo que este joven, Maximus Decimus Glaucus, hijo del gran General Maximus Decimus Meridius...
La multitud soltó una exclamación.
La Gran Vestal siguió hablando.
... me mostró hace algunos meses para obtener una audiencia.
Severus tragó saliva. Plautianus hizo una mueca vil y volvió a pinchar la garganta de Glaucus.
Fue una entrevista breve -dijo la sacerdotisa- Me entregó un documento...
Severus palideció.
...para que lo guardara en forma segura y secreta. Lamento traicionar tu confianza, Maximus Decimus Glaucus, pero creo que es el momento adecuado para revelar qué fue lo que me entregaste.
Glaucus asintió agradecido con la cabeza, sus manos dolorosamente forzadas hacia su espalda, la sangre goteando de su cuello.
¿Buscas un documento, Alteza?
Severus cerró los ojos.
Creo que tengo lo que buscas y estoy perfectamente al tanto de su contenido. Además, reconocí la firma de Marcus Aurelius así como su sello oficial. Está fechado y validado el día 17 de marzo del año 180. El día en que murió.
Caelia Concordia dio tiempo para que el murmullo de la conmocionada audiencia se extinguiera antes de continuar, una pequeña sonrisa jugueteando en sus labios arrugados.
¿Es ese el documento que buscas, Alteza?
Severus simplemente se desplomó en la silla que un guardia deslizó apresuradamente en su dirección justo a tiempo para evitarle una ignominiosa caída.
Ahora, tengo dos opciones. Puedo entregar ese documento al Senado -dijo Caelia Concordia- o puedo simplemente conservarlo como... un objeto de interés histórico... sus contenidos sellados.
Plautianus soltó un rugido de pánico.
¡Saquen a esta gente de aquí! -aulló dirigiéndose a los guardias y estos empezaron a avanzar con sus espadas desenvainadas en dirección a los grandes del imperio. Pero todos y cada uno de ellos se mantuvieron firmes en sus lugares: cónsules, senadores, magistrados, gobernadores, generales e influyentes hombres de negocios. Todos y cada uno de ellos se rehusó a moverse.
¿Qué es lo que quiere? -preguntó Severus quedamente a la mujer vestida de blanco que lo miraban sin asomo alguno de piedad.
Para comenzar, una silla, por favor -dijo Caelia Concordia- Mis piernas ya no son lo que solían ser.
Severus hizo un gesto en dirección a un guardia y la silla apareció como por ensalmo.
Ahora, liberen a ese joven. Me gustaría que Maximus Decimus Glaucus se nos uniera.
Los pretorianos soltaron los brazos de Glaucus.
¡No! -aulló Plautianus- Soy el comandante de los pretorianos. ¡No obedecen a nadie sino a mí!
Los guardias se miraron unos a otros visiblemente confundidos y empezaron a moverse en dirección a Glaucus. No tenían idea de a quién debían obedecer... si a su comandante, a su emperador o a la mujer más poderosa del imperio romano.
Caelia Concordia se puso de pie con un gesto enérgico.
Ordené que estos hombres sean liberados.
El comandante de los pretorianos rugió como un león herido y se lanzó torpemente hacia Glaucus, blandiendo su espada. Las mujeres gritaron y la multitud se abrió. Las vestales se apresuraron a arrastrar a Caelia Concordia fuera de su paso y Severus se lanzó detrás de dos de sus guardias.
Pero Plautianus había bebido demasiado y no era rival para la rapidez de Glaucus, quien esquivó fácilmente la espada que lo amenazaba.
Perdido el equilibrio, el pretoriano trastabilló y cayó pesadamente contra la pared, volvió a afirmarse sobre sus pies y giró para enfrentar a su joven adversario quien ahora sostenía frente a él y a manera de escudo la vieja coraza de su padre.
¡Tonto! -gritó Plautianus- ¿Crees que ese trozo de cuero será suficiente para salvarte?
Le bastó a mi padre -respondió Glaucus al tiempo que usaba la coraza para desviar dos violentos sablazos.
¡El traidor! Te refieres a tu padre el traidor, ¿no es cierto? ¿Al hombre que mató a su emperador, Marcus Aurelius? ¿Al bastardo traidor?
Gruesas venas púrpura se abultaban en la frente del comandante pretoriano.
Glaucus avanzó audazmente hacia Plautianus.
Creo que la dama aquí presente tiene un documento que dice otra cosa -dijo sonriéndole con calma, sus palabras dirigidas no sólo a los oídos de su oponente- Un documento que puede acabar contigo y con el emperador.
Maldito hijo de puta -escupió Plautianus al tiempo que giraba en torno a Glaucus sobre sus pies inseguros- ¿Cómo te atreves a amenazarme?
Estás borracho, Plautianus -se mofó Glaucus- Si me atacas, me darás la oportunidad de matarte... tal como lo hice en Petra con esos soldados que enviaste tras de mí.
¡Plautianus! -aulló Severus- ¡Baja tu espada!
¡No! Lo tenemos donde lo queríamos. ¡Ahora muere!
Severus se volvió hacia los guardias.
Desarmen a su comandante -ordenó.
Los guardias vacilaron.
¿QUIÉN ES EL EMPERADOR? -bramó Severus.
Los guardias avanzaron hacia él pero Plautianus se lanzó otra vez al ataque, sus ojos enrojecidos abultados en sus órbitas.
Glaucus desvió los golpes de la espada del enloquecido pretoriano con la coraza pero fue empujado por la fuerza de estos hacia la puerta del dormitorio. Se estrelló contra la coraza de bronce del general al que había servido en su mesa. Con una sonrisa socarrona, el hombre disparó su rodilla bajo la túnica del pretoriano que estaba más cerca y aferró su espada cuando éste se desplomó gimiendo.
Conocí a tu padre -le dijo a Glaucus con una sonrisa al tiempo que le tendía la espada. Luego, el general se lanzó contra Plautianus cuando éste iba a embestirlos y lo lanzó al suelo, dándole a Glaucus el tiempo necesario para calzarse la coraza y aferrar firmemente la empuñadura de la espada.
Glaucus estudió a su oponente mientras avanzaba hacia el centro de la estancia con paso seguro. Plautianus sudaba copiosamente y estaba jadeando, su rostro torcido en una mueca de odio mientras giraba nuevamente en torno a Glaucus sobre sus pies inseguros.
Déjalo ya, Plautianus. No puedes derrotarme y lo sabes.
Glaucus barrió con su espada el espacio frente al rostro del pretoriano y sonrió con malicia cuando éste se echó atrás apresuradamente.
¡Tú... tú sucio hijo de un traidor!
No un traidor, Plautianus. Si no un hombre que fue traicionado. Eso es todo lo que quiero dejar en claro. Nada más.
¡Mentiroso! ¡Quieres quedarte con todo!
Plautianus trató de alcanzar a Glaucus en el pecho pero el joven eludió el golpe con facilidad gracias al grueso cuero de la coraza y aferró el brazo del pretoriano con el suyo, dejándolo indefenso antes de darle un violento empujón. Plautianus aterrizó en los brazos de Marius y Lucius quienes de buen grado lo devolvieron al ruedo de un empujón.
Borracho y desorientado, Plautianus se quedó de pie con la espada en la mano pero sin saber a ciencia cierta dónde estaba su enemigo. Glaucus avanzó imprevistamente y usó la punta de su espada para hacer saltar una enorme esmeralda engarzada en la coraza dorada del comandante. La gema rebotó contra el suelo de mármol y rodó en dirección hacia Brennus, quien la recogió alegremente.
Al tiempo que Plautianus contemplaba aturdido su pecho, Glaucus alcanzó con la punta de su espada la muñeca de la mano que sostenía su espada y la arrancó de su puño. La espada voló en alto y Glaucus dio un rápido paso hacia adelante para atraparla con facilidad... y recibir el ruidoso aplauso y gritos de aliento de la multitud. Luego, bajó la mirada para fijarla amenazadoramente en su rival y blandió ambas espadas en sendos movimientos circulares.
Plautianus estaba en medio de la habitación, confundido y humillado. Desarmado, aún intentó rugir una serie de insultos en dirección hacia Glaucus pero Severus indicó a los guardias con un gesto que se lo llevaran fuera. Esta vez los pretorianos obedecieron y, como por arte de magia, los invitados crearon un claro para permitirles salir, el comandante aún lanzando insultos e impotentes amenazas que se fueron desvaneciendo gradualmente aún antes de que las pesadas puertas de bronce del dormitorio se cerraran con un golpe.
Severus suspiró pesadamente, cada línea en su rostro tan gris como su barba.
Sabía que sería un mal día. Estaba escrito en las estrellas. Pero creí que sólo se trataría de problemas entre el novio y la novia que se odian mutuamente... nada más. En cambio, me tocó eso y mucho más.
El emperador se las arregló para sonreír en forma desvaída al tiempo que movía tres sillas para acercarlas y luego escoltaba gentilmente a Caelia Concordia de regreso a su asiento. Las vestales la rodearon de inmediato. Con cautela, Severus extendió una mano en gesto cordial a Glaucus, indicándole que ocupara una de las sillas vacías.
Glaucus entregó sus espadas a Lucius y aceptó la oferta. El emperador se ubicó en la tercera silla... una pieza de mobiliario pequeña y dorada, con el asiento bordado, la típica silla de dormitorio... y muy diferente de su trono.
Yo también fui soldado -dijo Severus dirigiéndose a Glaucus- y un buen soldado sabe cuándo deponer sus armas y negociar una tregua.
Necesitamos un escriba -dijo Caelia Concordia y un hombre se apersonó enseguida con sus tabletas de cera.
En papiro, si no es molestia -ordenó la Gran Vestal y el escriba se apresuró a salir del dormitorio para regresar con los materiales de escritura apropiados.
Muy bien -dijo Caelia Concordia con la sonrisa de quien está acostumbrado a las negociaciones difíciles- Empecemos.