¿Por qué no mataste a Plautianus? -le preguntó Severus a Glaucus, sus ojos guardados ocultando todo rastro de emoción, su postura distendida y afectando un aire casual, pero que todos los presentes reconocían como nada más que una pantalla. Era poco probable que el emperador Septimius Severus se hubiera encontrado antes alguna vez en la posición de tener que ceder -- especialmente ante un joven sin ningún poder oficial -- y sus muchos enemigos presentes entre los invitados a la boda se deleitaban en ello.
Era incapaz de ofrecer una pelea justa, Alteza. Hubiera sido un asesinato -respondió Glaucus seriamente al tiempo que se erguía en su asiento. Estaba consciente de los ojos de docenas de altos jefes militares fijos en él y de que muchos de ellos estaban de su lado, como también lo estaba la diminuta, anciana vestida de blanco inmaculado, cuyas rodillas casi rozaban las suyas.
Severus se encogió de hombros ante la pérdida de tan buena oportunidad de deshacerse de su altanero comandante de los pretorianos, quien se había convertido en una pesada carga. Pero sus ojos se entreabrieron sólo lo suficiente como para lanzarle a Glaucus dagas de hielo.
Glaucus se estremeció pero de inmediato recuperó la compostura y lanzó un comentario casual que provocó risitas entre la audiencia.
Además, hubiera sido de mala educación matar al padre de la novia en el día de su boda.
Aflojó los cierres de la coraza de cuero y se la pasó por la cabeza, acariciando suavemente las cicatrices viejas y nuevas que cubrían el cuero antes de entregársela a Marius. Lucius aprovechó la oportunidad para reunir los documentos de su madre, desparramados por el piso. Los envolvió amorosamente en el trozo de cuero que los protegiera para leerlos más tarde, cuando pudiera disponer de privacidad. Luego, los tres amigos se colocaron detrás de la silla de su compañero. Severus le lanzó una mirada a Lucius pero el joven Iudex lo ignoró y apoyó sus manos en el respaldo del asiento de Glaucus, indicando claramente dónde estaba depositada su lealtad. Lucius esperaba que el calor de su cuerpo le diera fuerzas a su amigo.
El grueso de los invitados se acercó al grupo, los atónitos padres de Marius mudos y espiando a su hijo por encima de los hombros de otros huéspedes, en sus rostros una mezcla de horror y confusión ante los sorprendentes acontecimientos de la velada. Marius decidió que no era el momento de dirigirse a ellos y mantuvo los ojos apartados salvo para buscar a Maxima, quien había recuperado algo de su color y se encontraba alineada junto a las vestales. Le dedicó un guiño y ella le devolvió una sonrisa trémula.
Algunos huéspedes demostraron su desdén por el emperador sentándose en cuanta silla había disponible y los más atrevidos se instalaron escandalosamente en el desierto lecho nupcial, su audacia ayudada por los mejores vinos del imperio. Otros se recostaron contra las paredes y los muebles, no deseando perderse palabra alguna de lo que vendría a continuación.
Glaucus buscó con la mirada al general que lo ayudara en la pelea con Plautianus, lo encontró recostado contra un gabinete e inclinó su cabeza en señal de agradecimiento. El general le devolvió amablemente la inclinación.
Ahora -dijo Caelia con la claridad y certeza de una mujer acostumbrada a la autoridad- comencemos. Primero que nada quiero saber cuál es el contenido de ese compartimiento oculto.
Mientras hablaba, la Gran Vestal indicó el escondrijo con la cabeza.
No lo he revisado a fondo, Domina -respondió Glaucus- pero contiene la urna de mi padre y su máscara mortuoria. También su coraza de cuero y los documentos que mi amigo Lucius ha recuperado.
Ya veo. ¿Y cómo llegó todo eso allí?
La Dama Lucilla -- la madre de Lucius Verus -- -dijo Glaucus indicando a Lucius con su cabeza y arrancando una exclamación colectiva a los presentes- los depositó allí luego de la muerte de mi padre y antes de que ella y su hijo fueran exiliados. El es la única persona viva que sabía que estaban allí. Sólo quiero llevármelo conmigo a casa, a donde pertenece... a España.
Caelia Concordia miró a Severus y arqueó una ceja cuidadosamente depilada.
¿Algo que objetar?
El emperador hizo un gesto impaciente con la mano ante un asunto tan trivial y respondió en tono de aburrimiento.
Llévatelo. En el nombre de Júpiter, ¿qué puede importarme?
La Gran Vestal le indicó al escriba que tomara nota y lanzó una fugaz mirada a Lucius, el nieto de su amado primo, antes de volver a posar sus ojos nuevamente sobre Glaucus con una ligera sonrisa jugueteando en las comisuras de sus labios.
¿Siguiente?
Quiero el buen nombre de mi padre restaurado y que se le devuelva su lugar en la historia del Imperio Romano como general de generales, un gran hombre, no un esclavo. Fue comandante de los ejércitos del Norte bajo el imperio de Marcus Aurelius, quien amaba a mi padre como él lo amaba. Quiero que se proclame a lo largo y ancho del imperio -- en el Senado, por los generales ante cada legión, por los gobernadores de cada provincia-- que mi padre sirvió bien al imperio, que puso fin a las guerras en Germania, que dio su vida por Roma y no tuvo parte alguna en la muerte de Marcus Aurelius.
Caelia miró a Severus con las cejas arqueadas.
Sí, sí, se hará.
El emperador se inclinó hacia delante impacientemente, sus manos sobre las rodillas, los ojos clavados como dagas en la carne de Glaucus, sus dientes apretados en un gruñido apenas disimulado. Glaucus sintió cómo la mano de Lucius le apretaba suavemente el hombro y continuó.
También quiero que su retrato mural existente en Germania --en la fortaleza de Vindobona-- sea restaurado por los mejores artistas de Roma de modo que luzca exactamente igual que cuando mi madre lo pintó y que nunca más sea dañado. Y quiero que la restauración comience ya mismo.
Severus se limitó a fruncir la boca en un gesto desagradable y asintió una vez con la cabeza. El escriba trabajaba frenéticamente.
¿Algo más? -dijo en tono sarcástico.
Sí, quiero que no se tome medida alguna contra ninguno de nosotros... -Glaucus giró en su asiento para mirar a los hombres alineados detrás de él- o de nuestras respectivas familias, ni ahora ni en el futuro. Somos inocentes de todo crimen. Y quiero que la orden de arresto que pesa sobre mí sea anulada de inmediato.
Severus movió la mano en un gesto grandilocuente, como si todas esas exigencias fueran demasiado triviales para merecer la atención imperial.
Considéralo hecho. Seguramente eso es todo.
Glaucus tomó aliento profundamente.
No.
Los invitados soltaron una exclamación ante su temeridad.
Quiero que mi hermana sea reconocida como la hija legítima del General Maximus Decimus Meridius y tome su nombre --si ella así lo desea y quienes son sus padres ante la ley consienten-- con su madre reconocida como su progenitora natural y legal.
¿Una hermana? -escupió Severus- ¿No es encantador?
El emperador arqueó ambas cejas y preguntó con lenta deliberación.
¿Una hermana bastarda?
Glaucus se erizó. Marius también.
Mi hermana es la hija de padres que se amaron -dijo Glaucus en un tono bajo y amenazante- Una hija que -como su hermano sobreviviente- nunca tuvo el privilegio de conocer a su padre.
¿Cómo podría negarme? -preguntó Severus haciendo girar sus ojos teatralmente.
Algo más -dijo Glaucus en un tono calmo- Quiero que se le permita a Lucius Verus moverse libremente y a voluntad por el imperio cuando así desee hacerlo...
¡Eso puede hacerlo ahora mismo! -lo interrumpió Severus, claramente furioso- ¡Fui yo quien rescató al muchacho del exilio, quien lo educó y le dio una posición acorde a su derecho de nacimiento! ¿Cómo te atreves a insinuar otra cosa?
Lucius dio un paso adelante en un intento por calmar la ira del emperador.
Por supuesto que lo hiciste, Alteza, y por ello te estaré eternamente agradecido. Pero me gustaría sentirme bienvenido en Roma y que los espías fueran retirados de mi casa.
Severus se puso de pie en un remolino de púrpura para enfrentar al nieto de Marcus Aurelius. Tomando a Lucius por los hombros -- los nudillos blancos y las uñas clavadas en su carne -- y lo atrajo hacia él envolviéndolo en un apretado abrazo, un verdadero despliegue público de afecto hacia su "sobrino".
Siempre eres bienvenido en Roma y lo sabes. Siempre -dijo en voz muy alta para que los invitados lo escucharan, asegurándose de que cada uno de ellos fuera testigo del "afectuoso" intercambio.
Lucius le siguió el juego y respondió con amabilidad.
Muchas gracias, Alteza. También te agradecería si pudieras cederme un busto de mi abuelo para emplazarlo en mi casa de Octodurus. Noté que actualmente no hay en el palacio ninguno a la vista de modo que supongo que en alguna parte ha de haber un depósito lleno.
¿Cómo que no hay ninguno a la vista?¡Cómo fue posible semejante omisión! -exclamó Severus- Por supuesto que puedes llevarte uno. Elige el que quieras.
El emperador soltó a Lucius y le dio un ligero empujón para indicar que la conversación había terminado.
Ahora YO tengo una exigencia.
Se volvió hacia Glaucus y alzó las cejas burlonamente pidiéndole permiso para hablar.
¿Estoy en lo correcto si presumo que es mi turno?
Ante el gesto serio que Glaucus hizo con su cabeza, el emperador caminó para colocarse junto a Caelia Concordia y se inclinó, de modo tal que sus siguientes palabras sólo fueran escuchadas por ella y Glaucus.
Exijoque el documento en cuestión nunca vea la luz del día. Que su contenido sea sellado para siempre. De lo contrario, todas tus concesiones quedarán automáticamente anuladas.
Glaucus asintió y Caelia Concordia también lo hizo para luego agregar:
Sin embargo, el documento permanecerá bajo custodia en el templo para asegurarnos que todas las cláusulas de este convenio sean respetadas. Si eso no ocurriera -- o si las concesiones fueran revocadas -- el contenido del documento será comunicado al Senado y los jefes militares.
El escriba tomó nota.
Ahora -dijo la Gran Vestal- sean tan amables de firmar.
Glaucus y Severus obedecieron.
Y yo firmaré como testigo.
Caelia Concordia así lo hizo.
Severus giró en redondo tan abruptamente que su capa imperial barrió la silla haciéndola caer ruidosamente. Luego, el emperador se dirigió hacia la complacida multitud reunida en el dormitorio.
- ¡Fuera de aquí! -gritó con una mueca de rabia- La fiesta terminó.
Julia encendió cuidadosamente doce velas, seis a cada lado del pequeño armario ancestral de caoba y la urna de oro que habían sido transportados a su casa. Ahora descansaban sobre una mesa ornada en el centro de la sala de estar de su departamento romano, a oscuras excepto por el chisporroteo y la luz proyectada por las pequeñas llamas. El incienso ardía en un pequeño plato de bronce, llenando la estancia con su aroma especiado.
Tras encender las velas, se unió a Glaucus y su hija, quienes se encontraban arrodillados frente a la urna sobre sendos almohadones, ambos con las cabezas gachas y ofreciendo silenciosas plegarias a los dioses en nombre del hombre al que todos ellos amaban. Las puertas del pequeño armario permanecían cerradas, ocultando la máscara mortuoria de cera que reflejaba el rostro de Maximus con tal detallismo que ninguno de los presentes podía soportar verla.
Cada uno permaneció perdido en sus pensamientos, en su pena, en su propia pérdida. Los labios de Julia se movían en silencio y las lágrimas brillaban en sus mejillas pálidas. Con los ojos cerrados, buscó la mano de su hija y la apretó dulcemente en la suya, arrancándole a la joven un sollozo ahogado. Glaucus se volvió hacia ella y vio que el hermoso rostro de su hermana estaba transfigurado de dolor. Quería reconfortarla, decirle que todo estaba bien, que todo lo que estaba mal había sido corregido, pero él también estaba demasiado consumido por su dolor como para poder ofrecerle consuelo. Había triunfado en aquello que se había propuesto. Ahora sabía todo cuanto era posible saber sobre la vida y la muerte de su padre. Había limpiado el honor de Maximus. Pero aún se sentía vacío y se preguntó si algún día sería posible llenar aquel lugar hueco y oscuro dentro de él. Su sueño de juventud de su padre con vida se había destrozado cual un vidrio delicado al ser arrojado contra el suelo de piedra. Nunca vería el rostro de su padre suavizándose en una sonrisa o lo escucharía reír o se enorgullecería al ver su mirada de aprobación hacia el hombre en el que su hijo se había convertido.
Glaucus levantó la vista hacia la urna de oro, brillando su riqueza en la luz amarilla. Pero era sólo metal frío, no carne palpitante. Frío y silencioso e inmutable, tal como la máscara de cera tomada sobre el rostro muerto de Maximus que Glaucus apenas había atisbado antes de darse vuelta abrumado por su dolor.
Haría lo que era de esperar. Usaría la máscara para encargar a un escultor que recreara el rostro de Maximus en mármol. Mármol inexpresivo.
Frío mármol.
Se estremeció y bajó los ojos a la alfombra, su intrincado diseño nublándose a través de las lágrimas.
Finalmente, se puso de pie y ayudó a Julia y a Maxima a que hicieran lo propio, sus piernas trastabillando a causa del tiempo que pasaran arrodilladas y la pena. Glaucus tomó el brazo de su hermana y la condujo hacia la terraza. Julia apagó las velas y los siguió, cerrando la puerta silenciosamente tras ella.
Apollinarius, Brennus y Lucius los aguardaban en la fresca brisa nocturna, donde la luz de la luna y las antorchas proveía la iluminación necesaria. Lucius puso una copa de vino en la mano de su amigo y lo miró a los ojos preocupado. Sabía bien lo agotadora que puede ser la pena y rogaba que Glaucus pronto encontrara las fuerzas que necesitaría para dar los últimos pasos de su viaje.
Todos se sentaron, reflexionando sobre los eventos ocurridos en las últimas décadas y la aclaración del misterio que rodeara la muerte del hombre que amaran como padre, amante o amigo.
Finalmente, fue Julia quien rompió el silencio.
Glaucus, espero que me permitas hacer una copia de la máscara para Maxima. Será importante tenerla el día en que forme su propia familia.
Glaucus asintió con la cabeza.
Por supuesto -dijo, su voz todavía ronca.
Gracias, Glaucus -dijo Julia al tiempo que un sirviente llenaba otra vez las copas- Y espero que te quedes con nosotros por un tiempo. Te extrañaré terriblemente cuando te vayas.
Maxima soltó una exclamación y se volvió hacia él, sus ojos llenos de alarma en su rostro pálido.
¿Te marchas? Esperaba que te quedaras -dijo ansiosamente.
Maxima lucía un collar en forma de herradura hecho de hilos de oro intrincadamente trenzados. El diseño era celta y Glaucus se imaginaba que Marius debía haberlo comprado en Octodurus durante los últimos días de su permanencia en la ciudad, mientras él y Lucius estaban ocupados planeando el viaje a Roma. Su audaz aceptación del regalo era clara señal de que Maxima tenía serias intenciones respecto del joven.
Glaucus no podía pensar en un mejor esposo para su hermana... o un mejor cuñado para sí. Pero aquello no sucedería si Julia y Apollinarius no daban su consentimiento para el cambio legal de su ascendencia -el descarte del nombre de Apollinarius y su reemplazo por el de Maximus- en sus documentos legales. Les había comentado el tema, dejando que el matrimonio considerara en privado las ramificaciones de tal decisión.
Glaucus tomó los dedos de su hermana y se los llevó a los labios.
Debo ir a España. Lo sabes. Y cuanto antes parta, antes podré volver.
Dicho esto, se volvió hacia Julia y Apollinarius, quienes se encontraban sentados en el mismo diván bajo una enredadera. No le agradaba sacar a relucir el tema en un momento como aquel pero necesitaba solucionar el asunto antes de partir.
¿Llegaron a algún tipo de decisión respecto de lo que discutimos?
El tema también había estado presente en la mente de Maxima.
Mamá -dijo tentativamente- ¿Tuvieron tiempo de discutir el cambio de mi nombre?
Referirse al tema como un simple cambio de nombre en lugar de un cambio de paternidad era menos hiriente. Maxima adoraba a Apollinarius y le preocupaba decepcionarlo pero deseaba desesperadamente ser conocida como Julia Maxima Decima Meridia Postuma, como era su derecho.
Lo hicimos, queridísima -respondió Apollinarius- y estamos de acuerdo en que sería una maravillosa ventaja para tu vida que tuvieras el nombre y el rango social de tu padre. No importa lo mucho que te ame, eso es algo que no puedo darte. Serás un miembro de la clase senatorial, igual que tu hermano.
Julia le ofreció su mano y Apollinarius la apretó en la suya y se la llevó al corazón.
No olvides que yo también conocí a Maximus. Fue un honor ver crecer a su hija para convertirse en tan hermosa mujer. Ahora yo... nosotros... queremos que accedas al derecho que te da tu nacimiento.
Maxima abrió y cerró la boca como un pez varado. Por fin volvió a encontrar su voz.
Gracias. Gracias a ambos -jadeó- Y gracias, hermano mío, por pensar en mí en un momento tan peligroso.
Glaucus se encogió de hombros.
Lo cierto es que llevaba tiempo pensando en esto. El único modo en que se me ocurrió para que pudieras acceder a tu derecho de usar el nombre de nuestro padre y que al mismo tiempo Julia siguiera siendo legalmente tu madre fue un documento firmado por el emperador. Espero que los papeles puedan ser firmados en los próximos días. Estoy muy ansioso por volver a España y llevar a Maximus a su lugar de descanso. Tampoco he visto a la familia de mi madre en años y probablemente crean que he muerto. No puedo ni imaginar cómo reaccionarán cuando llegue a casa con la urna, la máscara, la espada, la coraza... y toda una historia para contar. Luego debo ir a Germania. Con suerte, para el momento en que llegue, el mural habrá sido restaurado. Quiero contarle al viejo Jonivus lo que descubrí. Sin él para encaminarme, nada de esto hubiera sido posible.
Pero volverás -lo urgió Maxima al tiempo que aferraba su brazo y lo sacudía ligeramente.
Glaucus le sonrió con ternura.
Por supuesto que volveré. Por mar, España no queda tan lejos de Ostia. Y tu puedes venir a verme... todos ustedes. Quiero que vean el lugar donde Maximus nació y vivió. Y deben ir a Germania para ver el mural.
Gracias, Glaucus. Ten por seguro que lo haremos -dijo Julia, un sentimiento de honda tristeza apoderándose de ella. Se había acostumbrado a pensar en Glaucus como en su propio hijo y sentiría su ausencia terriblemente- Te facilitaré un barco para el viaje.
Julia se volvió hacia Lucius, quien se había apartado con Brennus hacia las sombras mientras los asuntos familiares eran discutidos.
Y si deseas acompañarlo, el barco puede llevarte hasta Masilia, donde podrás abordar un transporte fluvial que te lleve durante un trecho por el Ródano. De ese modo, te ahorrarás la peor parte del trayecto montañoso.
Por cierto que sí, Mi Señora, y acepto su amable oferta respondió Lucius con una sonrisa distendida- Yo también estoy ansioso por volver a ver a mi familia.
Apollinarius contempló a los tres jóvenes reunidos en la terraza.
Mis muchachos, amistades como la suya duran toda la vida. Aunque no se vean en años, revivirá automáticamente en cuanto se reúnan... como si nunca se hubieran separado.
Glaucus asintió.
Y eso incluye también a Marius. Nunca he tenido un mejor amigo. Lo extrañaré terriblemente -se echó a reír- Esta noche me gustaría ser una mosca para poder colarme en su hogar mientras les explica nuestra aventura a sus padres.
Se volvió hacia Maxima y arqueó una ceja.
Tal vez Marius pueda acompañarlos a España.
Tal vez -dijo Maxima con una sonrisa al tiempo que tocaba suavemente su collar- Tal vez.
Y tú, Brennus -dijo Glaucus volviéndose hacia el joven que se encontraba en silencio, recostado contra la pared- Tu presencia y tu amistad han sido invaluables.
A pesar de lo escaso de la luz, Glaucus pudo ver cómo el joven se sonrojaba de placer.
Julia, si considera que puede prescindir de él, por cierto que me vendría bien emplear a otra persona en la granja.
Sorprendido, Brennus dio un brinco y luego se volvió para mirar a Julia con ojos de cachorro suplicante.
Cuando en unos días volvamos a Ostia, pediremos permiso a tu madre -dijo Julia con una sonrisa- Si está de acuerdo, no tengo nada que objetar.
Cuatro días más tarde, Glaucus se encontraba en la cubierta del barco que había sido especialmente preparado para albergar de modo seguro a un quisquilloso semental. La urna y el armario ancestral habían sido cuidadosamente embalados y se encontraban en la bodega, junto con la estatua de Marcus Aurelius. Aquel era uno de los barcos de mayor tamaño de cuantos poseía Julia, de modo que Glaucus y Lucius compartían una pequeña cabina y sólo Brennus dormía en una tienda en cubierta.
La partida había sido agridulce para Glaucus. Estaba ansioso por volver a casa pero le desagradaba dejar a Maxima, Julia y Marius aunque sólo fuera por unos pocos meses. Los últimos días en la villa de Julia en Ostia habían sido muy emocionales, con todos y cada uno de ellos al borde de las lágrimas más de una vez y el propio Glaucus no había sido inmune a tanta emoción. Aún ahora, sus ojos estaban nublados y parpadeó furiosamente para librarse de las lágrimas.
Pero todo cuanto debía hacerse estaba hecho y no había excusa alguna para permanecer allí por más tiempo. Julia, Apollinarius, Marius y Maxima se alineaban en el muelle, diciéndole adiós con la mano. Maxima era ahora oficialmente Julia Maxima Decima Meridia Postuma y Glaucus le había dicho quedamente que tenía su permiso para casarse con Marius pero que antes de hacerlo debía estar segura de sus sentimientos. También le había repetido lo que antes le dijera a Marius... que no habría casamiento apresurado de modo que debían controlar su pasión hasta que todos pudieran volver a reunirse. Maxima se lo había prometido solemnemente y al hacerlo sus ojos brillaron con una felicidad como nunca antes viera.
A medida de que el barco era liberado de sus amarras y luego remolcado en dirección al faro, los pensamientos de Glaucus se volvieron hacia los adioses de la mañana. Antes de que intercambiaran un último abrazo y beso en la villa, Maxima le había colocado en la mano una pequeña y abultada bolsita de cuero gastado.
¿Qué es esto? -preguntó.
Sólo ábrelo -respondió Maxima.
Glaucus abrió la bolsita, la volteó y la sacudió para liberar su contenido. Dos pequeñas figuras de madera tallada cayeron sobre su palma. Al principio se sintió confundido, luego sus ojos se fijaron en el estilo familiar de las tallas de su madre. Sintiendo que se le doblaban las piernas, aferró una silla y se dejo caer en ella. Alzando la figurita de mayor tamaño, la contempló a la luz. Era una mujer con un brazo extendido hacia él. El brazo estaba roto y la figura rajada a todo lo largo pero de algún modo aún se mantenía unida. La otra figurita era la de un niño. Estaba en mucho mejores condiciones que la de la mujer aunque la madera se veía raspada y astillada.
¿Dónde las encontraste? -jadeó.
Maxima se arrodilló a su lado y le aferró las rodillas.
¿Crees que son las que pertenecieron a nuestro padre? -preguntó seriamente.
Las talló mi madre, estoy seguro. Son como los caballitos con los que jugaba cuando era niño. Hasta es la misma madera. ¿Dónde las encontraste?
Maxima se sentó en el suelo y sonrió en señal de triunfo.
En el mercado. Cuando te fuiste en busca de Quintus y Lucius deambulaba por el Mercado de Trajano casi a diario de puro aburrimiento. Allí hay un hombre que tiene un puesto de curiosidades. Las vi y me pregunté si serían las que me habías descrito.
¿Pero cómo las consiguió él?
Han pasado por unas cuantas manos y probablemente habrían sido descartadas salvo porque hay una leyenda unida a ellas. Fueron encontradas en la arena del Coliseo pocos días después de la muerte de nuestro padre. Las encontró el hombre que se encargaba de limpiar y alisar la arena entre uno y otro día de juegos. Las conservó por mucho tiempo y las consideraba un tesoro porque creía que habían pertenecido al gran gladiador llamado Maximus. Pero, cuando murió, sus hijos las vendieron por unas monedas. Finalmente fueron a dar a las manos del hombre del mercado y él conocía la leyenda.
Me... me pregunto, ¿cómo habrán llegado allí? Maximus no puede haberlos llevado a la arena por sí mismo durante la última pelea. Quintus dijo que los pretorianos lo habían desnudado y encadenado en una celda. ¿Cómo llegaron hasta allí?
Maxima se encogió de hombros.
Eso es algo que probablemente nunca descubriremos.
Nunca soñé que llegaría a verlas.
Glaucus alzó las figuritas a la luz y las dio vuelta una y otra vez entre sus dedos mientras Maxima disfrutaba viendo la felicidad en sus ojos. Luego, Glaucus depositó la figura más pequeña en su palma y se la ofreció.
Debes conservar la de Marcus.
No. Son inseparables. Tu madre y nuestro hermano. Por favor... debes conservar ambas. Fueron talladas por la mano de tu madre para nuestro padre. Por favor, consérvalas juntas. Es lo que él hubiera querido.
Glaucus se las llevó a los labios y las besó una por una, luego acarició el sedoso cabello de su hermana y también la besó.
Ahora, de pie junto a la baranda del barco, Glaucus sintió la presencia reconfortante de las dos figuritas junto a sus costillas, escondidas bajo su toga. Estaban guardadas junto al regalo que Julia le había dado y que atesoraba tanto como a aquellas.
Aquella última noche, Julia se le acercó mientras permanecía a solas en su terraza, contemplando la ciudad de Ostia y el puerto. Al sentir sus pasos, se dio vuelta para enfrentarla, su cabello castaño alborotado por la brisa.
Tenía la esperanza de que se me uniera -dijo- Tengo tanto que decirle pero no sé por dónde empezar.
No necesitas decir nada, Glaucus, porque sé lo que sientes... una mezcla de alegría y contento por haber alcanzado todos tus objetivos y mucha tristeza por tener que dejar atrás a la gente que aprendiste a querer, aunque la separación sólo sea por un tiempo.
Glaucus asintió y dijo:
Julia, gracias por estar allí cuando mi padre no tenía a nadie más. Gracias por hacer el final de su vida un poquito más dulce. Y gracias por darme una hermana.
Julia sonrió.
Fue un honor haber conocido y amado a tu padre aunque sólo fuera por un corto tiempo. Era un hombre entre los hombres, Glaucus, y hubiera estado tan orgulloso de ti. De hecho, estoy segura de que está orgulloso de ti... de que sabe lo que lograste y te agradece que lo absolvieras de toda responsabilidad en lo que hace a la muerte de Marcus Aurelius... a quien amaba tanto.
Gracias. Sólo quisiera... Sólo quisiera que hubiera vivido para conocernos a Maxima y a mí... y para amarla como mereció ser amada.
Julia asintió ligeramente, su garganta cerrada. De golpe, se la vio frágil y vulnerable, agobiada por un sentimiento de pérdida tan intenso como no conociera desde la muerte de Maximus... la partida de Glaucus reviviendo en su corazón aquel dolor que hacía tanto tiempo había aprendido a controlar. Glaucus fijó la vista en el mar y le dio tiempo para recuperarse.
Y no puedo imaginar cuánto mejor lugar sería el imperio si hubiera podido hacer lo que Marcus Aurelius le encomendó. Y no tengo duda alguna de que lo hubiera hecho.
Sin dudas -susurró Julia- Pero no tiene sentido desear lo que podría haber sido y no fue, Glaucus. No se puede cambiar el pasado. Es el futuro lo que debemos mirar ahora y el futuro se presenta muy brillante.
Lo sé. Lo cierto es que no puedo ver nada más para nuestros respectivos futuros que felicidad.
Julia buscó su mano y depositó un objeto en su palma.
¿Qué es? -preguntó Glaucus al tiempo que examinaba un pequeño óvalo de marfil circundado por un aro de oro- Oh... es un retrato suyo.
Julia rió.
No, es tu hermana, no yo. Esto es un camafeo.
Es increíble... y su perfil es casi idéntico al suyo. No es sorprendente que sea tan hermosa. Lo guardaré como un tesoro. Gracias, Julia.
Permanecieron lado a lado viendo cómo la luna aparecía en el horizonte y se alzaba sobre las quietas, plateadas aguas del Mar Tirreno, felices en su mutua compañía, unidos para siempre en su amor por el hombre valiente al que habían perdido.
Dos días después de zarpar, el barco que los conducía rodeó el extremo Norte de la isla de Córcega y Lucius se acercó a Glaucus, quien se encontraba en la cubierta, sentado sobre una pila de cuerdas arrolladas a la sombra de la cabina que, completamente ajeno a la actividad de los atareados marineros. Tenía la coraza de cuero de Maximus sobre las rodillas y sus dedos trazaban el contorno de sus adornos de plata -- el álamo y la mujer y el niño -- una y otra vez. Lucius se sentó junto a su amigo sin decir palabra.
Los dos permanecieron un rato escuchando el viento azotar las velas por encima de sus cabezas. Por fin, Glaucus dijo:
Me pregunto qué sentía cada vez que se la ajustaba. Me pregunto si sus entrañas se ponían tensas. Ha de haber sentido que cada vez podía ser la última.
Probablemente, para él entrar en la arena no era muy distinto de entrar en batalla cuando era un general.
Cincuenta mil personas pendientes de cada uno de sus movimientos. Era diferente.
Supongo que sí. Pero creo que su mente estaba concentrada sólo en una cosa... matar a Commodus.
Tal vez era así... cuando mi padre estaba en la arena -acarició con sus dedos las dos pequeñas figuras en la coraza, las réplicas de las figuritas talladas- Pero cuando no lo estaba, su mente estaba obviamente en otras cosas.
Ha de haber sido terrible para él saber que estaban muertos. Y que estaba tan lejos de su hogar.
Eso puedo entenderlo. Yo también estoy listo para ir a casa.
Lucius sonrió.
También yo.
Los ojos de Glaucus se apartaron por fin de la coraza y miró a su amigo al tiempo que un marinero arrastraba una soga sobre sus pies. Los apartó a tiempo para evitar que el hombre que venía detrás empujando un barril hiciera lo mismo.
¿Qué has estado haciendo?
Terminando de leer las cartas que estaban en el paquete que hallaron en el compartimiento -suspiró Lucius- No fue fácil. Fueron escritas cuando mi madre era más joven de lo que yo soy ahora.
Lucius volvió a suspirar.
Todas están dirigidas a Maximus.
Oh -respondió Glaucus. No sabía qué otra cosa podía decir. Miró la cresta de las olas, brillando bajo el sol de media tarde. Las gaviotas se zambullían y capturaban los peces plateados que se atrevían a nadar cerca de la superficie.
Sabía que lo amaba pero nunca comprendí la intensidad de ese amor. Algunas fueron escritas después de que mi madre se casara con mi padre. No estoy seguro de que alguna vez pensara en enviárselas a Maximus porque son muy, muy personales y muy honestas... más un diario íntimo que cartas aunque todas estén dirigidas a él. Pienso que lo que me sorprende es la intensidad de sus emociones. Mi madre era una mujer amorosa pero reservada, como suele ser el caso de las damas imperiales. Fue criada para cumplir con su deber antes que para hacer lo que se dictaba su corazón. Estoy seguro que su breve relación con Maximus en Germania fue la única oportunidad en la que se permitió vivir sus deseos juveniles de libertad. Después, cumplió con su deber. Se casó con mi padre y produjo un heredero para el trono... yo.
Alarmado por su tono, Glaucus giró la cabeza en dirección a su amigo.
Lucius...
Está bien, Glaucus, sé que me amaba. Me amaba por encima de todo pero nunca superó a Maximus -giró las cartas entre sus manos una y otra vez- Se me parte el corazón de pensar en lo sola que estaba sin él... en lo desesperada que debió sentirse cuando él se casó y lo perdió para siempre. Después de la fecha de la muerte de mi padre, las cartas se vuelven aún más intensas. Escribió que el único momento en su vida en que se sintió realmente viva fue con Maximus. Consideró seriamente la posibilidad de ir en su búsqueda pero se abstuvo de hacerlo por su posición como hija del emperador... la que maldice más de una vez. Creo que lo hubiera dado todo por estar con él.
Lucius se apoyó la cabeza contra la pared de la cabina y cerró los ojos, meciéndose suavemente con el barco y el rodar de las olas.
Tu padre parece haber inspirado sentimientos intensos y una devoción duradera en las mujeres que lo amaron... y qué mujeres fueron todas ellas. Es muy trágico, ¿no te parece?
Glaucus permaneció en silencio.
De repente, Lucius soltó una risita y palmeó el brazo de Glaucus.
Ahora no empieces a sentirte culpable. Sus sentimientos nada tienen que ver con nosotros.
Lo sé, pero me pregunto si mi madre sabría acerca de las otras mujeres que amaron a su esposo. Si así fue, eso tiene que haberla molestado muchísimo.
Glaucus acarició la figura de Olivia una vez más.
Tu padre le fue fiel a pesar de ellas. Eso dice mucho acerca de él. Y también acerca de ella.
Por cierto que sí.
El español miró el horizonte que se alzaba y hundía por encima y por debajo de la línea de cubierta.
Espero algún día poder tener una relación como la de ellos... una relación en la que pueda ser feliz con una mujer por el resto de mi vida.
Se me ocurre que conseguir una mujer debe ser para ti algo muy fácil.
Glaucus pasó por alto el cumplido y se limitó a encogerse de hombros.
He estado muy ocupado... preocupado por mi padre... para siquiera pensar en ello.
Pero ya no tienes más nada de qué preocupare. Ya no quedan preguntas sin respuesta, ¿verdad?
No.
Bien, él querría que ahora honraras su nombre casándote y produciendo pequeños Maximus.
Glaucus soltó una carcajada.
Lo tendré presente.
Contemplaron la costa con una mezcla de excitación y tristeza... excitación porque estaban en camino a casa y tristeza porque pronto habrían de separarse. Sólo dos días más tarde, Lucius desembarcó en Masilia para emprender el arduo camino por el Ródano y luego a través de las montañas del Norte. Tras un breve pero sentido adiós, Glaucus prometió ir nuevamente a visitarlo, luego él y Brennus volvieron a bordo para continuar su viaje, agitando sus manos en saludo a la figura solitaria en el muelle hasta que sólo fue una mota en la distancia. Marcus Aurelius hubiera estado muy orgulloso de aquello en lo que su nieto se había convertido.
El paso a través del estrecho -- Los Pilares de Hércules -- transcurrió sin novedades y finalmente hicieron pie en España en la ciudad de Gadez (*) donde alquilaron un bote de río y navegaron hacia el Norte para llegar a Hispalis (**). Fue en esa gran ciudad que cargaron sus pertenencias -- incluida la preciosa urna y el cofre ancestral -- en un robusto carro tirado por dos caballos fuertes y emprendieron el viaje a través del campo hacia Emérita Augusta. Ultor parecía sentir la cercanía del hogar porque Glaucus tenía que tirar a menudo de las riendas y el caballo expresaba su fastidio resoplando y bailoteando, deseoso de estirar sus patas y volar a través de las verdes colinas bajo el ardiente sol del verano.
Pocos días más tarde, montado a lomos de Ultor, Glaucus se encontraba en la colina que se alzaba por encima de su granja, el paisaje verde y ondulante una verdadera explosión de vida. Los trabajadores se atareaban cosechando el trigo dorado y las ramas de los árboles frutales se doblaban, cargadas de peras y duraznos. Glaucus echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos, aspirando el olor familiar de las dulces uvas que perfumaba la brisa, dándose cuenta finalmente de lo mucho que había extrañado su hogar.
Es apacible -susurró Brennus y Glaucus sonrió ante el tono reverente de su amigo, el silencio roto solamente por el grito de los pájaros y los resoplidos y el patear de los caballos impacientes.
¿Ves esa casa de piedra color rosa con el techo de tejas que está en lo alto de la colina más lejana?
Mientras hablaba, señaló en la dirección en que deseaba que Brennus mirara.
Sí. ¿Es tuya?
Lo es. La casa donde nació Maximus y donde vivió con mi madre como marido y mujer, cuando volvía a casa de licencia. Amaba este lugar y creo que ahora entiendo el porqué de ese amor mucho mejor que antes. Debió haber visto tanto horror y sufrido tanta desolación mientras estaba en el ejército. Esta granja era su refugio, el lugar donde podía ver las cosas crecer y prosperar en lugar de sufrir y morir. Debe haber sido una gran satisfacción para un hombre que cargaba con tan terribles responsabilidades.
Obligó a Ultor a andar lentamente, saboreando cada paso, admirando cada flor silvestre y el perfil y el ángulo de las colinas ondulantes. Antaño había dado su vida en ese lugar por descontada y ahora sabía que nunca volvería a hacerlo. Sólo dio rienda libre al animal cuando el caballo se adentró en el agua fresca y burbujeante del arroyo que se retorcía cual una serpiente en su cauce hacia el Sur de la granja y lo dejó correr a través del campo, sus cascos apenas tocando el suelo. Brennus mantuvo su montura al paso andando junto al carro y dejando que su compañero se aproximara solo a la casa.
Glaucus desmontó ante la puerta en el cerco de piedra y la empujó lentamente para abrirla, los goznes cantando su bienvenida, y por primera vez en años posó su mirada sobre el camino custodiado por los álamos, salpicado por franjas de luz danzante y sombra profunda.
El sonido de la puerta al abrirse atrajo la atención de uno de los labriegos. El hombre se hizo sombra sobre los ojos con la mano y ladeó la cabeza con curiosidad, bajándola al darse cuenta de quién era. Dejó caer su pala y corrió hacia la casa, deteniendo en el camino a un muchachito y gesticulando locamente al tiempo que le daba instrucciones que lo lanzaron a la carrera en dirección a la casa vecina más allá de las colinas para anunciar que el joven amo por fin había regresado.
Glaucus se arrodilló al pie del primer álamo, entre las flores allí plantadas por su dolorida madre y saludó a su hermanita, diciéndole que había traído a papá a casa.
Una mujer regordeta apareció en lo alto de los escalones que conducían a la casa, secándose las manos en su delantal. Al verlo soltó una exclamación de placer y se irguió en puntas de pie, luego desapareció nuevamente en el interior de la casa gritando instrucciones para la preparación de un festín para celebrar el regreso del joven amo.
Pocas horas más tarde, Glaucus estaba de pie frente a las tumbas cubiertas de hierba de su madre y su hermano... y la tumba recién abierta a su lado, donde su padre habría de descansar. Estaba rodeado por la familia de su madre, incluida la pareja que lo criara como su hijo y los hombres a los que llamara hermanos. Se les habían unido los trabajadores y esclavos de ambas granjas... un grupo grande y sombrío de hombres, mujeres y niños. Permanecían en silencio mientras la urna dorada era bajada a la tierra. Luego, Glaucus dio un paso al frente para tomar un puñado de tierra negra y hacerlo correr entre sus dedos, dejándolo caer sobre ésta.
Vale (***) -murmuró.
Detrás de él, escuchó a la gente reunida sollozar y repetir el adiós. Sintió que debía decir algunas palabras pero no pudo pensar en nada que expresara adecuadamente la serenidad que sentía por primera vez en ocho años. De modo que, simplemente, se arrodilló junto a la tumba y susurró:
Ahora estás en casa, Papá. Estás finalmente donde perteneces.
La pequeña multitud se dispersó lentamente, dirigiéndose hacia la casa, ansiosa de escuchar el relato de su gran aventura. Pero él permaneció donde estaba, a solas con sus pensamientos.
Cuando el crepúsculo se transformó en noche temprana, seguía allí, junto a la tumba, tomando puñados de tierra y dejándolos correr entre sus dedos, saboreando su humedad y su olor puro y almizclado. La fría brisa nocturna de las colinas agitó sus rizos y volvió visible su aliento al tiempo que mecía la hierba que cubría las viejas sepulturas.
Cuando la noche temprana se convirtió en aterciopelada oscuridad, cubrió la urna con tierra y la aplastó con sus manos y pies, hasta crear un montículo de la misma altura de los otros dos. Luego, ayudándose con la luz de las estrellas, buscó flores silvestres y las depositó sobre la tumba de Maximus hasta que la tierra quedó cubierta de pétalos húmedos de tonos amarillo, anaranjado y azul cuya intensidad era mitigada por la luz de la luna. Una sonrisa triste pero satisfecha se adueñó de sus rasgos al tiempo que se ponía de pie, contemplando el lugar de reposo de Maximus.
Espero que estés complacido conmigo, Papá -susurró.
Poco después levantó la vista en dirección a la casa, donde sus amigos y parientes esperaban pacientemente su arribo... y el shock que recorrió su espalda hizo que los cabellos suaves de su nuca se erizaran.
Allí estaba, de pie en los escalones... Maximus... ataviado con su uniforme de general, perfectamente identificable en cada uno de sus detalles a pesar del suave brillo que emanaba de la silueta casi etérea. Maximus ladeó la cabeza al tiempo que contemplaba solemnemente a su hijo, luego dobló el brazo derecho y, cerrando el puño, lo apoyó sobre su pecho. Permaneció así, muy quieto, la brisa nocturna haciendo ondular su capa y alborotando el pelaje de las pieles de lobo, hasta que su hijo logró recuperarse lo suficiente como para devolverle el saludo, cerrando en un puño su mano temblorosa. Maximus miró serenamente a Glaucus por unos instantes antes de asentir con la cabeza en señal de satisfacción y gratitud y luego sonrió dulcemente a su muchacho, las líneas en torno a sus ojos haciéndose más profundas a fuerza de calidez y amor... Luego, la imagen comenzó a desvanecerse.
No -imploró Glaucus al tiempo que tendía hacia su padre unas manos temblorosas y luego obligaba a sus piernas a andar en dirección a los escalones ahora vacíos. Anonadado, Glaucus se quedó allí, parado en el lugar donde estuviera su padre, sintiendo el calor inusual del aire acariciando su rostro como si hubiera sido una mano amorosa. Cerró los ojos y suspiró, su corazón henchido...
Aquí estás... era hora -exclamó su tía Augusta abriendo la puerta e inundando el alero de luz- Llevas tanto tiempo ahí afuera que debes estar exhausto y muerto de hambre.
Augusta emitió un sonido parecido al cloquear de una gallina y enlazó su brazo regordete con el brazo musculoso de Glaucus, mientras expresaba su preocupación por lo sudado que estaba.
Afuera está tan húmedo que seguro que te dará una fiebre. ¡Persius! -gritó en dirección al interior de la casa- Ven y ayúdame a entrar a tu sobrino. Horneé esas galletas que tanto te gustan, Glaucus. ¿Glaucus? Persius, ayúdame por favor... está tan agotado que está temblando.
Suavemente, Persius extrajo a su sobrino de las garras ansiosas de su tía, plantó firmemente una mano en la parte baja de su espalda y lo empujó en dirección al umbral.
Vamos, hombre. Ha sido un día muy duro, por no decir nada de los últimos años. Vamos a darte un poco de comida y vino y verás que te sientes mejor.
Glaucus giró la cabeza y miró hacia atrás, hacia el escalón vacío, el aire que lo envolvía otra vez frío e inanimado.
¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema? ¿Escuchaste algo? -preguntó su tío preocupado.
Glaucus miró hacia la oscuridad por un momento.
No... nada... no pasa nada.
Tomó aliento profundamente y miró los millones de estrellas que parpadeaban en el claro cielo nocturno.
Todo está en orden.
Luego, repentinamente, soltó una carcajada, su ánimo completamente cambiado y el color volviendo poco a poco a su rostro pálido.
Está aquí. Lo sabe todo. Lo vio todo. Está contento.
¿Qué? ¿Quién?
Glaucus palmeó la espada de su confundido tío y volvió a reír.Comamos algo, Persius. Puedo oler esas galletas desde aquí y me acabo de dar cuenta de que estoy muerto de hambre.
Cuando cruzó la puerta, las manos se tendieron hacia él mientras voces solícitas expresaban su alegría por tenerlo de regreso sano y salvo en los brazos de su familia.
(*) Gadez: Nombre romano de la ciudad española conocida actualmente como Cádiz.
(**) Hispalis: Nombre romano de la ciudad española conocida actualmente como Sevilla.
(***) Vale: En latín, "Adiós".
Adultos y niños por igual permanecieron en silencio mientras escuchaban atentamente a Glaucus narrar la historia de su viaje a Germania y lo que ocurriera a continuación. Se maravillaron ante sus aventuras y los cambios ocurridos en quien al comenzar su aventura había sido poco menos que un muchacho alocado y ahora se parecía tanto a su padre. Se llenaron de regocijo cuando escucharon que Marcus Aurelius había confiado a Maximus la más alta posición del imperio y luego hicieron rechinar sus dientes en furiosa impotencia ante lo que ocurriera a continuación... y bajo sus propias narices. Su hermana y su sobrino asesinados, Maximus capturado en su propia tierra. Su esclavitud. Sus triunfos en Roma como gladiador. Julia. Maxima... una maravillosa adicción a su extensa familia. Luego, la traición a Maximus y su muerte, pero no antes de que lograra cumplir con su misión de vengar a su familia asesinada y librar al imperio de un tirano, Commodus. Y ellos no habían sabido nada. No habían podido ayudarlo.
Pero Glaucus había triunfado donde ellos fallaran. No sólo había reunido las piezas del rompecabezas sino que había traído a Maximus de regreso al hogar, donde descansaba junto a su esposa e hijo, arriesgando su vida muchas veces durante el proceso. Aquel era el triunfo sorprendente de un hombre realmente íntegro... un hombre que se había enfrentado a un emperador y había triunfado.
Tal como lo hiciera su padre.
Pero sabían que Glaucus no se quedaría en casa por mucho tiempo. Se quedaría, sí, lo suficiente como para asegurarse de que su granja estaba funcionando como él quería y para descansar y recuperarse de sus aventuras pero luego partiría otra vez para completar el círculo. Sin embargo, esta vez no iría solo. Brennus, sus tíos Persius y Titus y sus primos Tacitus y Claudius irían con él. Sentían que se lo debían tanto a Glaucus como a Maximus.
Glaucus estableció un lugar especial en el atrio para el armario de sus ancestros y colocó en él la preciada máscara. A cada lado de ésta se encontraban las figuritas talladas que su padre amara tanto y pronto encargaría a un escultor un busto de Maximus hecho en mármol que sería colocado en un pedestal en el lugar de honor.
Luego llevó a Brennus a recorrer la granja, donde los trabajadores estuvieron más que satisfechos de demostrarle lo bien que funcionaba todo. La cosecha estaba siendo recogida, la fruta cortada de los árboles y la lana esquilada. Los potrillos nacidos durante la primavera pasada bailoteaban sobre sus patas robustas detrás de sus madres. Vacas, ovejas y cabras ramoneaban la hierba.
Los libros estaban en orden y el balance general se había incrementado considerablemente en su ausencia, lo cual era bueno ya que Glaucus había gastado hasta la última moneda de su patrimonio personal durante su viaje. Tras un descanso, estaría listo para volver a partir.
Un mes más tarde, seis hombres montados en poderosos sementales tomaron la ruta norte que conducía hacia Germania. Iban bien armados pero ninguno llevaba armadura salvo el hombre que iba al frente, quien usaba una coraza de cuero negro adornada con inusuales símbolos plateados representando un árbol, dos caballos y dos personas. Quienes se cruzaban con este pequeño, determinado y concentrado ejército -- ya fuera en el camino o las poblaciones que se sucedían a lo largo de éste -- les cedían el paso y suspiraba aliviados cuando seguían de largo. Marchaban con un ritmo determinado que nada pudo aminorar, ni siquiera las montañas de España, Galia y Germania. Criados para este tipo de trayectos, sus caballos devoraban el terreno con pasos largos y seguros, resoplando de placer. En poco menos de una semana habían cruzado Galia para adentrarse en Germania y luego siguieron el Danubio hacia su destino final.
Vindobona no había cambiado mucho desde que estuviera allí por última vez y Glaucus dudaba de que alguna vez lo hiciera. Luego de que él, Brennus, sus tíos y primos tomaran habitaciones en la posada local, se dirigió hacia la fortaleza, ansioso de contarle a Jonivus lo que había logrado. Se acercó a la casa de piedra gris y una sola planta con el corazón ligero pero pronto se dio cuenta de que algo estaba mal. El lugar estaba descuidado y lleno de maleza... mucho más que la última vez que lo viera. Dirigió a Ultor hacia la parte posterior de la casa donde Jonivus solía cuidar de su pequeña huerta pero ésta había desaparecido... devorada por las hierbas salvajes y aplastado por las ramas bajas de los pinos y robles circundantes que nadie había cortado. Silbó llamando a Zeus pero no hubo ladrido de respuesta. Desmontando, se acercó a la puerta de roble que se abría sobre la pared que rodeaba el patio y golpeó con sus puños. No obtuvo respuesta. Trató de nuevo con el mismo resultado, luego aplicó el hombro contra la puerta y empujó con todas sus fuerzas. Pero la puerta se sostuvo.
Tanteando en lo alto de la pared, buscó un lugar donde sujetarse, luego hizo lo propio con el pie hasta que halló una grieta en la piedra descascarada en la que apoyarse. Se dio impulso hasta que pudo alcanzar lo alto del muro donde permaneció durante un momento arrodillado para dejarse caer del otro lado, donde aterrizó con las rodillas flexionadas. Lentamente, se enderezó. Telas de araña adornaban la entrada a la cocina, casi ocultándola con sus finas hebras plateadas. Era obvio que nadie había estado allí en mucho tiempo. Tomando una rama de pino, las apartó y luego deambuló por el atrio y la cocina donde pasara tantas noches con Jonivus hablando sobre Maximus. Estaba vacía, como el resto de la casa, cada superficie cubierta por una gruesa capa de polvo, el aire húmedo oliendo a moho.
¿Acaso Jonivus habría muerto? Por alguna razón, Glaucus no se había permitido considerar esa posibilidad. Caminó lentamente por la pequeña casa, sus pies calzados con botas despertando un eco que enfatizaba su vacío. Ardía de deseos de compartir su historia -- una historia de dolor y maravilla y reivindicación -- y deseaba desesperadamente hacerlo con éste hombre, quien lo había puesto en la senda hacia la verdad.
¿Jonivus? -dijo y su voz sonó pequeña, como la de un niñito perdido.
Sólo le respondió el silencio. Glaucus giró sobre sus talones y salió rápidamente de la casa, la cual abandonó saltando otra vez por encima del muro.
Poco después, avanzada a pié por el camino empedrado de regreso a la ciudad con Ultor caminando tras él, la cabeza gacha, perdido en pensamientos sombríos.
Bueno, nunca pensé que volvería a verte.
Glaucus se detuvo bruscamente, sorprendido por la voz femenina que provenía de algún lugar directamente frente a él. Se encontró mirando a los ojos de Katerina.
Si no miras por dónde vas, atropellarás a alguien con ese feo caballo tuyo.
Glaucus sonrió lentamente y sus hombros se relajaron al tiempo que la evaluaba.
No has cambiado.
Tú sí.
Su respuesta sonó tan atrevida como la mirada con la que Katerina recorrió la coraza de cuero y los brazos y piernas desnudos bajo la corta túnica.
¿Lo hice?
¿Qué era lo que invariablemente lo atraía hacia las mujeres fuertes y seguras de sí mismas?
Ya lo creo. Al principio no estaba segura de que fueras tú -Katerina pasó la gran canasta de ropa que cargaba de una cadera a la otra y lo estudió con una ceja arqueada- Te ves... mayor. Maduro. Asentado. Por cierto que te vistes diferente.
Tu no has cambiado -repitió Glaucus y, en efecto, no lo había hecho. Su belleza era aún más espectacular de lo que recordada. Su piel aún era inmaculada, su boca llena y sus rizos rojizos estaban apilados sobre su cabeza en lugar de flotar libremente sobre su espalda - ¿Volviste a casarte? - aventuró vacilante.
Sí, ¿cómo lo sabes?
Glaucus se encogió de hombros en lo que esperaba apareciera como un gesto casual.
Tu cabello -dijo con una sonrisa- No me esperaste -agregó provocadoramente.
No sabía que se suponía que debía esperarte.
Su voz sonó seria. Un momento después, lo aferró del codo y lo sacó del camino para dejar pasar un carro cargado de verduras que avanzaba en dirección a la fortaleza. Luego, Katerina apoyó su canasta en el suelo antes de mirarlo directamente a los ojos.
Me casé con un soldado hace dos años y tengo un hijo.
Hija de un soldado y ahora esposa de otro soldado. Maravilloso -dijo sin convicción.
Contra toda lógica y realidad había deseado encontrar todo tal como había sido... como si la vida hubiera sido resguardada por un domo de vidrio aguardando su regreso. Glaucus se las arregló para sonreír tibiamente mientras buscaba algo de qué hablar.
¿Todavía lavas ropa?
Katerina entendió inmediatamente su estado de ánimo.
Sí. El dinero extra siempre ayuda. Además, mi esposo a menudo está lejos con la legión -- que fue reorganizada pero en una escala menor -- y tenemos una boca extra que alimentar.
Glaucus le miró la cintura delgada. ¿Estaría embarazada otra vez?
Ante su mirada intrigada, Katerina torció los labios en una sonrisa seca.
¿Estuviste en la fortaleza?
Glaucus echó una mirada camino abajo.
No, aún no... Estaba buscando a Jonivus. Su casa parece abandonada. ¿Sabes qué fue de él?
Sí, lo sé.
¿Está... está muerto?
¿Tienes noticias para él?
Glaucus se apartó los rizos rebeldes de la cara y ella sonrió ante el gesto familiar.
Sí. Grandes noticias. ¿Dónde está?
Katerina levantó la canasta rebosante y la puso en sus manos del mismo modo que lo hiciera años atrás, luego le hizo un gesto con el dedo para que la siguiera y echó a andar hacia la ciudad.
Sígueme.
El anciano estaba sentado en la cocina, acariciando la enorme cabeza del perro que descansaba sobre su rodilla, mientras ambos contemplaban al bebé en la cuna.
Cuando se abrió la puerta, Zeus levantó la cabeza y paró las orejas, su hocico húmedo moviéndose al detectar el olor familiar. Glaucus corrió hacia ellos.
Jonivus... Jonivus, he vuelto -gritó y abrió los brazos para aferrar al perro que, al escuchar su voz, dio un salto y se arrojó hacia él. Gimiendo como si hubiera estado herido, Zeus lanzó su gran cuerpo a los brazos de su joven amo.
Glaucus abrazó al animal y murmuró halagos al tiempo que trataba de evitar la larga lengua rosada que le lamía la cara. Miró ansiosamente por sobre la cabeza de Zeus hacia el anciano que se había levantado tambaleante sobre sus pies, una de sus manos apoyadas en la esquina de la mesa de madera.
Glaucus, Glaucus... ¿eres tú?
Jonivus giró la cabeza en una y otra dirección buscando el sonido que le daría otra indicación sobre la ubicación actual de Glaucus y éste comprendió que estaba totalmente ciego. Su visión deteriorada había terminado por abandonarlo.
Empujó al perro a un lado y Zeus regresó rápidamente junto a Jonivus para sentarse protectoramente junto a su pierna.
Sí, Jonivus, soy yo. Te dije que volvería -gritó recordando lo mal que oía el viejo ingeniero.
Bueno, te tomaste tu tiempo -dijo Jonivus con una sonrisa y le hizo un gesto para que se acercara- Ven aquí, ven aquí y dale un abrazo a un viejo ciego.
Glaucus tomó a Jonivus en sus brazos, levantándolo de la silla y el anciano echó sus brazos en torno a sus hombros y se aferró a él fieramente. A pesar de su peso, el cuerpo de Jonivus se sentía quebradizo, sus brazos huesudos y su cabello escaso y frágil. Cuando Glaucus lo soltó cuidadosamente, Jonivus tendió su mano para acariciar el rostro del español, sorprendido --y satisfecho -- ante la humedad que percibió en él.No estarás llorando, ¿verdad? -lo retó suavemente.Por supuesto que no -mintió Glaucus y de inmediato contradijo sus palabras resoplando y restregándose los ojos con el dorso de la mano mientras daba un paso atrás.
Jonivus sonrió y manoteó en busca de su silla, en la que se dejó caer con un gruñido al tiempo que ésta crujía bajo su peso. Zeus volvió a colocar su cabeza en el regazo del anciano.
¿Me buscaste en la casa?
Sí. No estabas allí -dijo Glaucus antes de darse cuenta de lo ridículamente obvio de sus palabras.
Quedé totalmente ciego un año atrás y esta amable joven me acogió.
Mientras hablaba, Jonivus sonrió en dirección a Katerina, quien había alzado a su hijo de la cuna y lo mecía en sus brazos.
Es muy buena conmigo. Muy buena -siguió diciendo mientras frotaba las orejas del perro y Zeus cerraba los ojos en señal de placer- Fue doloroso dejar a mi hijo pero ya no podía cuidar de mí mismo. Ella hasta aceptó a Zeus -la mano que acariciaba al perro tembló repentinamente- ¿Supongo que viniste a buscar a tu perro?
Glaucus arrimó una silla a la mesa pero Zeus no se movió.
¿Mi perro? Creo que ahora es tu perro.
Oh... no, no. Sólo lo he estado cuidando para ti. Come mucho. Debes llevarlo contigo -dijo Jonivus pero aferró al perro del pellejo del pescuezo y lo atrajo más aún contra su cuerpo.
De repente, Katerina depositó a su bebé en los brazos de Glaucus.
Hablando de comida, es hora de que empiece a preparar la cena. Cuida del pequeño Justinus mientras lo hago. Si llora, ponle la punta del dedo en la boca... pero primero lávate las manos. Probablemente sabes a caballo.
Glaucus sostuvo al bebé y miró sus ojos azules. Un mechón de cabello rojizo escapaba de su gorrito.
Te pareces a tu mamá -lo arrulló- Niñito afortunado.
Para sorpresa de Katerina, Glaucus colocó al niño expertamente contra su hombro mientras palmeaba el pequeño trasero que cabía perfectamente en su mano. Muy pronto el bebé estaba gorjeando y babeando de contento.
Parece que tienes práctica -observó Katerina mientras pelaba verduras y las echaba en un gran caldero negro.Glaucus le ofreció una sonrisa.
Tengo muchos primos de modo que he sostenido unos cuantos bebés.
¿Pero no tienes ninguno propio? -preguntó ella por encima de su hombro.
El hijo de Maximus sabía de su curiosidad por su estado civil.
No. No, he estado demasiado ocupado para siquiera considerarlo.
La charla estaba impacientando a Jonivus. En anciano ingeniero tendió hacia Glaucus una mano torcida y pecosa.
Dime. Dime qué ocurrió desde que te vi por última vez hace ya años.
Glaucus tomó aliento.
Lo logré, Jonivus. Descubrí la verdad y encontré los restos de mi padre. Ahora descansa en España junto a mi madre.
Jonivus cerró los ojos y elevó una plegaria silenciosa en señal de gratitud.
Sabía que lo harías. Sabía que triunfarías.
No lo hubiera logrado sino hubiera sido porque tú me diste la información necesaria para ponerme en marcha. Tuve que viajar por todo el imperio pero encontré a Julia a Marcianus y a Lucius. Y también a alguien más.
¿A quién?
A mi hermana, Maxima. Julia tuvo una hija con mi padre. Vive en Roma. Es hermosa y fuerte y valiente y la adoro.
Jonivus apretó sus manos en señal de deleite.
¡Es maravilloso! Tienes que contármelo todo. No dejes nada de lado.Y se lo contó todo durante una comida consistente en pollo asado, zanahorias y guisantes. Todavía estaba hablando cuanto Katerina tomó al bebé dormido y desapareció en el dormitorio para amamantarlo, dejando la puerta abierta para poder escuchar el resto de la historia.
El fuego ardía bajo e iban por la segunda jarra de vino cuando Glaucus concluyó su relato con un breve recuento de su viaje al norte con sus tíos y primos.
Los ojos lechosos de Jonivus estaban encendidos de pasión.
Es tan maravilloso. Lo lograste, Maximus. Lo lograste.
Glaucus frunció el ceño. ¿Acaso el anciano estaba ebrio? ¿Se imaginaba que el general estaba sentado frente a él al otro lado de la mesa? El joven español se inclinó ligeramente hacia él y dijo con suavidad:
Jonivus, soy yo... Glaucus.
Jonivus hizo un gesto enojado con la mano.
Sé perfectamente quién eres. ¡Soy ciego, no estúpido!
Apoyando ambas manos sobre la mesa, el decrépito ingeniero se inclinó sobre el hombre más joven hasta que sus narices casi se tocaron.
¿Recuerdas lo que te dije poco después de que nos encontráramos por primera vez?
Glaucus permaneció en intrigado silencio.
Cuando te presentaste. ¿No lo recuerdas? Te llamé Maximus y me dijiste que te decían Glaucus. ¿Recuerdas lo que te dije? -demandó Jonivus apasionadamente.
Glaucus frunció el ceño tratando de recordad.
¡Piensa! ¡Piensa!
De repente, Glaucus recordó:Bueno, es tu nombre, ¿no es cierto?
Sí, lo es. Pero nunca lo he usado. Le pertenece a mi padre, no a mí.
También te pertenece a ti.
Nunca me llamaron por él. Siempre me llamaron Glaucus. Mis padres adoptivos temían por mi seguridad y querían mantener mi identidad oculta.
Fue sabio de su parte. De acuerdo, te llamaré Glaucus, pero debes estar preparado para usar el nombre de tu padre... y el tuyo... cuando hayas completado tu búsqueda.
No estoy seguro de ser digno de ese nombre.
Lo eres y un día tú también lo sabrás -Jonivus sonrió amablemente.
¡Tu nombre es Maximus! -insistió Jonivus- Te has ganado el derecho. Eres el hijo de tu padre en todo sentido. ¡Tu nombre es Maximus!Glaucus buscó en vano qué decir.
¡Dilo! -insitió Jonivus- ¡Dilo! Di "¡Mi nombre es Maximus!
Por segunda vez en esa noche se le humedecieron los ojos.
No puedo. Siento que no...
¿Qué no qué? ¿Qué no te lo has ganado? ¿Qué no te lo mereces?
No... no sé -respondió Glaucus quedamente.
Jonivus suavizó su tono.
Bueno, de ahora en más te llamaré Maximus hasta que te acostumbres y pronto verás qué bien que te queda.
Katerina regresó con el bebé somnoliento y Glaucus la miró inseguro.
Pero ella asintió con la cabeza indicando que estaba de acuerdo con Jonivus.
Al día siguiente, Glaucus se dirigió solo a la fortaleza. Quería ver el retrato de su padre sin testigos, inseguro acerca de sus propias emociones ante la vista del mural debidamente restaurado. Sus compañeros de viaje podrían verlo luego. Iba sentado muy erguido sobre el lomo de Ultor, la tensión endureciendo su espalda. No había vuelto a la fortaleza desde que, algunos años atrás, fuera encarcelado de ella y luego forzado a confrontar a Severus y Plautianus y aquellos recuerdos desagradables de algún modo arruinando su expectativa. A pesar del forzado acuerdo con el emperador que exoneraba a Maximus de toda culpa ante cada legión romana, Glaucus no estaba seguro acerca de cómo sería recibido en la fortaleza. Sus dedos estrujaron las riendas cuando la imponente muralla de piedra proyectó su sombra sobre él y Ultor resopló y bailoteó, la tensión de su amo perceptible a través de éstas.
Glaucus desmontó y se identificó y amplias sonrisas de reconocimiento arrugaron los rostros de los guardias. Las enormes puertas de roble se abrieron sin demora y Glaucus avanzó a través de éstas, su torso cubierto por la armadura de cuero de su padre, la espada de Maximus ceñida a su cadera. Ahora avanzaba por la via principalis relajado y con la espalda erguida de orgullo; pasó frente a las desiertas barracas de piedra y se adentró hacia el praetorium y la casa de piedra donde viviera su padre. Para el momento en que llegó, los guardias y soldados se encontraban en posición de firmes y la puerta estaba abierta, invitándolo a entrar. Siguió avanzando y escuchó cómo el susurro reverente se extendía por entre las filas como las olas del mar.
"General Maximus. General Maximus."
Volvió a desmontar y le tendió las riendas a un soldado, luego aceptó el saludo de un guardia.
Señor, lo estábamos esperando. El general Rufius lamenta no poder darle la bienvenida en persona pero se encuentra río arriba con la legión, supervisando la reparación de los puentes. Dejó instrucciones de que se le diera total acceso a esta casa y dijo que podía quedarse tanto como quisiera. Puede pasar cuando lo desee, señor.
¿El trabajo está completo? -preguntó Glaucus.
Sí, señor. Los restauradores regresaron a Roma la semana pasada. No se sentirá decepcionado, señor.
El hombre dio un paso atrás y Glaucus lo saludó con una inclinación de cabeza antes de subir la escalera y entrar al atrio oscuro y fresco.
Se detuvo por un momento para permitir que sus ojos se ajustaran a la luz ambiente, contemplando el lugar que fuera tan familiar para su padre... el lugar donde su madre y su hermano también vivieran durante algunos meses. Caminó hacia el concreto taraceado pero se detuvo al cabo de unos pocos pasos, contemplando el patio soleado con su pequeña columnata, el estanque, los dos bancos y la mesa de piedra. Pero sólo le interesaba una cosa y sabía bien qué puerta debía abrir. Empujó suavemente la que guardara la entrada del dormitorio que alguna vez perteneciera a su padre y tomó aliento muy hondo para calmarse. Entró con los ojos cerrados y luego giró hacia la derecha.
Soltó el aire lentamente y volvió a abrirlos.
Allí estaba, el mural tamaño natural de su padre restaurado en toda su gloria.
Al principio se contentó con mirarlo desde cierta distancia, absorbiendo toda su dimensión. Toda la extensión de la pared estaba cubierta con una acertada descripción pictórica de la campiña en torno al Danubio, sus picos color púrpura y sus bosques densos y profundos. El cielo era de un rico color azul salpicado de suaves nubes blancas, el sol proyectando una sombra a los pies de la figura a caballo. Glaucus avanzó algunos pasos.
Maximus montaba un caballo negro azulado tan parecido a Ultor que parecía casi sobrenatural. Su capa ondulaba movida por la brisa que bajaba desde las montañas, la que también alborotaba las plateadas pieles de lobo echadas casualmente sobre sus anchos hombros.
Glaucus avanzó un poco más.
La coraza brillaba bajo el sol, cada detalle de la cabeza de lobo y los grifos que la ornaban cuidadosamente reproducidos al igual que los de los protectores metálicos y la falda militar de tiras de cuero que cubría sus muslos. Era una armadura diseñada para protección, no para la gloria pero vestida por aquella majestuosa figura se veía definitivamente regia. Sus manos también estaban protegidas por cuero y metal, la derecha empuñando la misma espada que ahora estaba ceñida a la cadera de su hijo. Sus botas de cuero cubrían sus piernas hasta la rodilla, dejando muy poco de su piel expuesto al sol.
Glaucus dio algunos pasos más y alzó sus ojos hacia el rostro de su padre, tan fuerte pero tan gentil... exactamente cómo lo viera en España durante aquellos pocos, preciosos momentos. Su cabeza se erguía orgullosa y regia, sus ojos azules penetrantes pero brillando con el mismo buen humor que torcía sus labios en una ligera sonrisa. Su madre lo había captado perfectamente: un hombre dueño de un enorme poder, fuerza y autoridad pero también comprensivo y compasivo.
El corazón de Glaucus se contrajo de dolor ante la pérdida de aquel hombre. El imperio lo necesitaba... y su familia también. Glaucus lo necesitaba. ¿Por qué había tenido que morir? Con un gesto impaciente, se secó las lágrimas que amenazaban nublar sus ojos. Luego se acercó y tocó el frío estuco con dedos temblorosos.
¡Su madre había aplicado la pintura con tanta precisión! Se puso en puntas de pie y trazó el contorno de los labios de su padre con las yemas de sus dedos, imaginando que, en lugar del muro, estaban tocando carne tibia con el calor de la vida. Los labios del retrato parecieron curvarse en una sonrisa más amplia y sus ojos azules brillar con renovada intensidad. Glaucus se llevó los dedos a los labios y los apretó contra éstos brevemente. Luego, volvió a estirarse y acarició con ellos la mejilla de su padre. Dio un paso atrás y contempló el glorioso retrato con la intensidad de un hombre abrumado por su propio descubrimiento.
Nunca supo cuánto tiempo había permanecido allí, absorbiendo cada detalle y deseando que el magnífico fresco en la pared de aquella casa de frontera estuviera en su propio hogar de España antes de darse vuelta hacia la izquierda y el segundo mural que su madre había pintado.
Representaba la granja con dos pequeñas figuras en un ángulo y bajo el gran álamo. Se acuclilló y contempló las imágenes de su madre y su hermano, de pie junto a la tumba de su hermanita. Estaban tomados de las manos, su hermano tan dulce e inocente, su madre tan hermosa y elegante...
Al extender la mano para tocarlos, un dolor abrumador estalló en la parte posterior de su cabeza y Glaucus se hundió en la oscuridad al tiempo que su cuerpo se desplomaba sobre el duro suelo de piedra.
Lo despertó el dolor palpitante y rodó de costado para aliviar la presión sobre su cabeza pero sólo logró incrementar su sufrimiento al punto de que creyó que el cráneo le estallaría. Se aferró la cabeza entre las manos y vomitó hasta que no tuvo más que vomitar y aún así siguió haciendo arcadas tan violentas que creyó que sus entrañas iban a desgarrarse. Trató de sentarse pero lo asaltó una oleada de mareo tan intenso que cayó al suelo de rodillas, sacudido por aún más arcadas.
Finalmente, se las arregló para levantar la cabeza, gimiendo ante el dolor que el movimiento le causara. Abrió los ojos y trató de descubrir dónde estaba. Pese a ser escasa, la luz de aquel lugar era suficiente como para causarle un dolor tal que le hizo pensar en un cuchillo clavándose en su cerebro. Pero igualmente se obligó a reconocer lo que lo rodeaba. Frente a él, el rectángulo de sol que se proyectaba sobre el suelo estaba cruzado por una serie de rayas oscuras. Confundido, Glaucus hizo un esfuerzo sobrehumano para tratar de comprender qué era.
De golpe recordó.
Gimió de dolor y miedo y levantó los ojos sólo para ver las barras de hierro en la puerta de su celda y al hombre que sonreía irónicamente desde el otro lado.
Plautianus.
Había caído en una trampa.