La Historia de Glaucus

Capítulo 81 - Capturado

Sabía que vendrías a vanagloriarte de tu pequeño triunfo en Roma -dijo desdeñosamente el comandante de los pretorianos- Eres tan predecible. Pues vanaglóriate mientras puedas, cochino bastardo. ¿Realmente creíste que lo de Roma era el fin de todo? ¡Tonto! Te haré pagar por el modo en que me humillaste. Puede que tengas a ese idiota de Severus bajo control pero a mi no me das órdenes. ¡Nadie me da órdenes!

Lenta, dolorosamente, Glaucus se puso de rodillas y luego obligó a su cuerpo pesado como el plomo a sentarse en el catre de cuero. Ni siquiera le quedaban fuerzas para responder o siquiera mirar a su Némesis.

¿Pensaste que había terminado? Bueno, en realidad, sí, se terminó. Tu vida está terminada -escupió Plautianus al tiempo que se paseaba fuera de la celda, su armadura sonando amenazadoramente- Pagarás muy caro por ese pequeño episodio en Roma... y lo pagarás lenta y dolorosamente hasta rogarme que te mate.

Glaucus tomó aliento profunda y repetidamente tratando de controlar las náuseas que se agolpaban en su garganta al tiempo que se llevaba la mano al estómago... para tocar sólo tela, no cuero. Miró en torno a sí buscando la espada y la coraza de Maximus. No estaban allí. Gimió y cerró los ojos.

Pero quiero que estés lo suficientemente lúcido como para sentir el dolor que voy a infligirte. Quiero que experimentes toda la extensión de la deliciosa tortura.

De golpe, la ira desapareció de la voz de Plautianus, siendo reemplazado por la satisfacción y anticipación.

De modo que... recupérate. Vendré por ti al anochecer.

Momentos después, la puerta exterior de la prisión se cerró con un golpe definitivo.

Glaucus se dejó caer sobre el catre y se cubrió los ojos con el brazo. ¿Qué más podía hacer? Sabía por experiencia que gritar no serviría de nada porque sus gritos simplemente serían absorbidos por las gruesas paredes exteriores de la fortaleza. No quería pensar en lo que Plautianus tenía preparado para él... las brutales torturas que su mente depravada podía llegar pergeñar. En cambio, se preocupó por sus parientes. ¿Estarían a salvo o encarcelados en otras celdas de piedra, a la espera de un destino similar al suyo? Pensó en los eunucos vestidos de oro que viera en Roma y se estremeció, obligándose luego a apartar el pensamiento de su mente.

¿Glaucus? ¿Glaucus?

Confundido, se sentó en el catre. ¿Quién llamaba su nombre?

¿Glaucus?

El llamado provenía del exterior de la ventana. Con la cabeza palpitándole de dolor, logró pararse sobre el catre y siseó en dirección a las barras de hierro.

¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! ¡Ayúdenme!

¿En qué celda estás?

Brennus, ¿eres tú?

Sí, cuando no apareciste para la cena, Jonivus envió a Katerina a buscarte a la posada. Se acordó de lo que pasó la última vez que estuviste aquí.

¿Dónde estás?

Sobre la pared de la fortaleza. Subí por un andamio.

¡En el nombre de Júpiter, bájate de ahí!¡Te van a matar! -exclamó Glaucus - ¡Los guardias te verán!

Están bebiendo y festejando. Nadie está prestando la menor atención. Además, está casi oscuro y no pueden verme bien.

Son pretorianos, Brennus, no soldados y caminé directamente a una trampa. Plautianus está aquí. Planea torturarme y matarme. ¡Tienes que sacarme de aquí!

Tomó aliento para contrarrestar el dolor y preguntó:

¿Dónde están los otros?

A salvo. En la posada esperando noticias. Están muy preocupados.

Brennus, ¿estás armado?

Tengo una espada.

La necesito. ¡Tienes que dármela!

Si crees que puedes alcanzarla, puedo lanzártela desde aquí. Creo que sé cuál es tu ventana pero no estoy seguro.

Glaucus se esforzó para ponerse en puntas de pie pero las yemas de sus dedos aún no alcanzaban al borde de la ventana. Aún cuando pudiera alcanzarla sabía que las barras de hierro estaban muy adentro en la gruesa pared de la celda y que ésta tenía al menos el espesor del brazo de un hombre. Tendrían que poder llegar a la abertura con holgura para poder atrapar la espada. Miró en torno a sí en búsqueda de algo sobre lo que treparse para aumentar su alcance pero no había en la celda nada más que el pequeño catre. Dio un salto pero sus dedos apenas si tocaron el borde de la ventana y no pudo aferrarlo, deslizándose en cambio hacia abajo. Volvió a intentarlo con el mismo resultado negativo.

¿Glaucus?

Estoy tratando de alcanzar la ventana, Brennus. Espera.

Glaucus se bajó del catre y fue hasta las rejas que cerraban la celda y desde allí espió el corredor. Estaba vacío. Por primera vez se dio cuenta de que no estaba en la misma celda donde lo confinaran la primera vez que estuviera allí. Esta era mucho más grande y la puerta consistía en una reja de barrotes espaciados regularmente que iban desde el techo y hasta el suelo en lugar de la puerta de sólido hierro con la abertura para las comidas que recordaba bien.

Sin embargo, aquella celda estaba orientada en la misma dirección que la anterior... miraba hacia el muro de la fortaleza. Tomó aliento para serenarse y luego corrió y subió de un salto al catre golpeando con ambos pies y tal fuerza que el viejo cuero se tensó y lo lanzó hacia arriba. Estiró su cuerpo lo más que pudo, manoteando las barras; sus dedos encontraron el frío metal y lo aferraron. Lentamente, se impulsó hacia arriba, raspándose los antebrazos y las rodillas contra la piedra áspera. La ventana era demasiado angosta para su cuerpo de modo que pasó todo su peso a una sola mano y extendió la otra a través de ella tan lejos como pudo.

¡Brennus! -gruñó-Ponla en mi mano. Ten cuidado -jadeó Glaucus- Tienes que ponérmela entre los dedos.

Veo tu mano. ¿Puedes estirarte un poco más? Temo que la espada golpee la pared y caiga donde no puedo alcanzarla.

Glaucus gimió por el esfuerzo.

No puedo. Alcánzamela despacio.

¿Listo?

Glaucus asintió.

¡Sí!

Sintió que el metal rozaba las yemas de sus dedos y manoteó tratando de alcanza la espada. Logró aferrar la punta de la hoja entre el pulgar y el índice y luego maniobró para lograr sujetarla mejor. Jadeando, giró la hoja de modo de que quedara plana. Gimiendo, se dejó caer otra vez sobre el catre y se desplomó agobiado por el agotamiento y el dolor, sus brazos y rodillas rasguñados goteando sangre.

¿Glaucus?

Volvió a pararse y se dirigió a la ventana.

La tengo. Ve en busca de ayuda pero, Brennus...

¿Sí?

Recuerda que esos soldados son en realidad pretorianos. Plautianus está al mando. Ten cuidado.

Tu también.

Dicho esto, Brennus se marchó.

Glaucus colocó el arma verticalmente entre el catre y la pared con la empuñadura contra su espalda. Luego se sentó y cerró los ojos para tratar de aliviar el dolor en su cabeza... y esperó.

Capítulo 82 – Poder y Honor

La celda estaba completamente a oscuras salvo por un rayo de luna que penetraba entre las barras de hierro de la ventana. Los grillos cantaban su canción solitaria entre los altos pastizales más allá de la muralla y un búho chistó en la distancia... un sonido decididamente ominoso. ¿Sería un augurio?

Glaucus trató de forzar a su cuerpo a relajarse y conservar su energía pero el salvaje latido de su corazón insistía en bombear sangre por sus venas furiosamente y atronaba en sus oídos, reemplazando el dolor en su cabeza que había cedido un poco.

La sangre se había coagulado en sus antebrazos lastimados y las costras habían comenzado a formarse.

¿Era así como se había sentido Maximus cuando lo condujeran al bosque para ejecutarlo? ¿También su padre habría sentido que sus miembros se tensaban de aquel modo y que sus nervios zumbaban preparándose para ese momento? ¿Se le habría anudado el estómago y le habrían sudado las palmas? ¿Habría pergeñado un plan o, simplemente, esperado el momento adecuado para actuar, tal como ahora lo hacía su hijo?

¿Qué habría hecho Maximus en su lugar?

Padre, acompáñame en este día -susurró Glaucus- Por favor, ilumina mi mente y guía mi mano.

Por el corredor le llegó el sonido de una puerta de hierro al ser abierta violentamente, la reverberación del golpe contra el muro de piedra despertando ecos y vibrando en su catre. Glaucus se puso de pie de un salto pero luego se obligó a sí mismo a volver a sentarse. No debía verse listo.

Una serie de antorchas iluminó el pasillo y la intensidad de la luz fue aumentando a través de la puerta de rejas hasta cegarlo. Glaucus protegió sus ojos con una mano y parpadeó esperando encontrarse frente a Plautianus y un grupo de sus hombres.

Pero el comandante de los pretorianos no se encontraba entre los cuatro soldados vestidos de un modo casual reunidos del otro lado de la reja, cada uno de portando una antorcha que estiraba su sombra transformándola en una danzante figura demoníaca.

Las llaves resonaron contra las rejas de su celda.

¡Levántate! -ladró uno de los soldados.

Glaucus se negó a obedecer.

¿Por qué hacen esto? ¿Por qué le obedecen? Mi padre fue exonerado de todos los cargos en su contra por la muerte de Marcus Aurelius y la orden de captura que pesaba sobre mí fue anulada.

Un murmullo burlón se extendió entre los guardias.

¿Por qué están ayudando a Plautianus? -preguntó Glaucus.

¿Por qué no? Es nuestro comandante -respondió uno de ellos.

Una oleada de olor a vino flotó hasta Glaucus y supo que los hombres habían estado bebiendo abundantemente.

¡El emperador es su comandante y él ordenó que me dejaran libre!

Tonto -escupió otro de los hombres- Nos prometieron tu peso en oro si ayudábamos a Plautianus. ¿Quién rechazaría semejante oferta?

Glaucus buscó un modo de reducir su desventaja. Con o sin espada, no tenía oportunidad alguna contra cuatro hombres armados.

No iré con ustedes a ninguna parte.

Los guardias se echaron a reír.

Muy valiente para alguien en tu posición.

Uno de los guardias rodeó una de las rejas con su mano mientras otro accionaba la llave que ya estaba en la cerradura. Glaucus se levantó de la cama de un salto y, espada en mano, atacó los dedos expuestos. Sangre y trozos de hueso volaron al tiempo que el guardia soltaba un alarido de dolor y se desplomaba, dejando caer la antorcha que alcanzó las piernas de dos de sus compañeros. Furioso, el cuarto pretoriano atacó con su espada a través de las rejas en un fútil intento por vengar a sus compañeros. Sus gritos se confundieron con los de estos cuando aferró el muñón sangrante de su antebrazo y su mano amputada cayó al suelo dentro de la celda, todavía empuñando el arma.

Glaucus aferró la espada y pateó la mano seccionada hacia un rincón. Luego se irguió, con una espada en cada mano, su pecho jadeante, la sangre del pretoriano chorreándole por la cara y el brazo.

Aullando de terror, el guardia anduvo a los tumbos hacia la puerta de la prisión, seguido de cerca por el que perdiera los dedos y los otros dos que sufrieran quemaduras en sus piernas. La puerta se cerró estrepitosamente tras ellos y un silencio repentino se abatió sobre la prisión, interrumpido sólo por la respiración jadeante de Glaucus. Ni por un momento pensó que la lucha había terminado. Había ganado la primera vuelta pero aún estaba prisionero. Plautianus tenía aún toda la ventaja. Glaucus flexionó los codos, muñecas y rodillas tratando de liberar su cuerpo de la tensión y mantenerlo flexible. Tenía que estar listo para lo que fuera que sobreviniera.

Los minutos que transcurrieron hasta que Glaucus escuchó que la puerta de la prisión volvía a abrirse y unos pasos se acercaban a la celda le parecieron horas. Un Plautianus listo para dar batalla se detuvo frente a la puerta de la celda flanqueado por dos arqueros que lenta y deliberadamente alistaron sus arcos y prepararon sus flechas.

Suelta las espadas y lánzalas con el pie hacia el pasillo con la empuñadura hacia delante -ordenó Plautianus impasible.

No.

Plautianus miró a Glaucus como si éste hubiera sido un niño molesto.

Hay dos flechas apuntando directamente a tu corazón. A mi orden, los arqueros las soltarán -bajó el mentón y miró al prisionero- Suelta las espadas.

Glaucus retrocedió hacia las sombras junto a la cama, sin apartar los ojos de Plautianus.

No.

¡Tonto! -escupió el comandante pretoriano- Mantengan sus posiciones -ordenó a los guardias para luego desaparecer en las sombras del corredor y retornar arrastrando a Brennus por un brazo. El aterrorizado muchacho tambaleó sobre sus piernas inseguras pero Plautianus lo obligó a erguirse y colocó un cuchillo en su garganta.

Ahora, suelta las espadas y empújalas bajo la puerta con la empuñadura hacia delante.

Los ojos de Brennus eran grandes como platos mientras le imploraba a Glaucus silenciosamente que lo perdonara.

Glaucus bajó lentamente las espadas y se inclinó para depositarlas sobre el suelo de piedra.

Mientras lo hacía, una flecha silbó por encima de su cabeza.

¡Thhhhhump!

La flecha se clavó en la garganta expuesta de uno de los arqueros con tal fuerza que lo lanzó contra la pared, sus ojos sin vida pero llenos de asombro.

¡Thhhhhump!

El segundo arquero cayó antes de poder reaccionar y. cuando soltó su flecha, ésta se estrelló inofensiva contra el techo.

Agachado, Glaucus echó una rápida mirada hacia la ventana buscando el origen de la andanada letal.

Plautianus se lanzó al suelo buscando refugio al tiempo que otra flecha atravesaba la ventana. Resbaló en el piso ensangrentado y cayó pesadamente soltando a Brennus. Al mismo tiempo, soltó las llaves de la celda y, al tratar de aferrar a ambos, sólo logró perderlos.

Brennus se lanzó sobre Plautianus y pateó las llaves en dirección a la celda justo antes de que un puño recubierto de cuero se estrellara contra su mandíbula. El cuerpo del muchacho voló hacia un rincón donde se deslizó por la pared hacia el suelo quedando tendido e inmóvil. Retorciéndose sobre su estómago como una serpiente, Plautianus manoteó las llaves pero éstas ya estaban en manos de Glaucus y el comandante pretoriano apenas pudo apartar sus dedos a tiempo de eludir el golpe de la espada que buscaba seccionarlos.

Furioso, Plautianus trató de levantarse pero fue obligado a arrojarse nuevamente al suelo por otra andanada de flechas. Se cubrió la cabeza con las manos mientras las flechas rebotaban contra su armadura pero aulló de indignación cuando una lo alcanzó por encima de la rodilla izquierda.

¡Guardias! ¡Guardias! –gritó.

Glaucus luchó con las llaves de la reja mientras Plautianus se erguía primero sobre sus rodillas y luego sobre sus pies y avanzaba tambaleándose hacia la puerta de la celda. En el momento en que su mano alcanzaba el pestillo, Glaucus se lanzó sobre él, empujándolo primero y luego golpeándolo en el mentón con la empuñadura de una espada. La cabeza de Plautianus se echó violentamente hacia atrás y sus ojos se nublaron. Atontado, el pretoriano cayó de rodillas. Luego, levantó la vista para encontrar a Glaucus irguiéndose por encima de él, su silueta danzando ante sus ojos.

Lentamente, Plautianus extendió los brazos en señal de súplica.

¿Matarías a un hombre arrodillado?

Levántate.

Piénsalo mejor, Glaucus. Si intentas abandonar esta prisión, serás abatido de inmediato por una flecha o una espada y sin importar lo que me pase.

No lo creo.

Plautianus soltó una risita.

Oh, crees que tus amigos pueden ayudarte, ¿no es cierto? Pues bien, uno está aquí, tendido en el suelo y los otros no pueden con mis hombres...

¿Qué hombres? -lo interrumpió Glaucus- ¿Quieres decir los que están tratando de derribar la puerta para rescatarte? -Glaucus ladeó la cabeza y arqueó una ceja mientras escuchaba atentamente- Oh, no oigo a nadie.

El hijo de Maximus sonrió maliciosamente.

No sé lo que está pasando pero lo que sí sé es que esto es entre tú y yo. Solo nosotros dos... y tengo a los dioses y al emperador de mi lado.

El emperador no es precisamente uno de tus admiradores.

Tal vez no, pero tú le gustas menos aún. Sabes, se sintió muy decepcionado cuando no te maté en Roma. Probablemente, me dé una recompensa por hacerlo ahora.

Plautianus se irguió lentamente sobre sus pies y Glaucus dio un paso atrás, ambas espadas listas.

No le queda tiempo suficiente como para recompensarte. Verás, el emperador Septimius Severus está a punto perder su título del mismo modo en que lo obtuvo.

¿De qué estás hablando? -preguntó Glaucus con cautela.

Un emperador es poderoso sólo en la medida de que sus ejércitos lo apoyen y actualmente los ejércitos de Roma lo desprecian.

¿Y quién reclamará el trono?

Yo, por supuesto. Todo está encaminado.

La risa de Glaucus despertó ecos en el corredor de piedra.

¡Tú! ¿Crees que los ejércitos te apoyarán? ¿Por qué habrían de hacerlo?

Dinero. Los ejércitos son leales al hombre que mejor les paga.

¿Tal como pagaste por mi captura?

Por supuesto. Los soldados hacen cualquier cosa por dinero.

No todos los soldados –retrucó Glaucus.

Oh sí, me olvidaba de tu grande y glorioso padre. Lo provocó Plautianus- Un hombre que murió como esclavo en una arena empapada con su propia sangre.

Mi padre era un hombre honorable -gruñó Glaucus y movió la punta de una de las espadas bajo la nariz de Plautianus.

Un hombre honorable muerto. ¿De qué sirve el honor si estás muerto?

El honor lo es todo.

¡El poder lo es todo!

¡El poder sin honor no es nada!

Plautianus rió brevemente.

Veo que nunca nos pondremos de acuerdo en este punto.

Se recostó contra la puerta y cruzó los brazos casualmente.

Bien, ¿ahora qué? ¿Vas a matar a un hombre desarmado? Sería asesinato, sabes. No hay honor en el asesinato.

El comandante pretoriano miró significativamente la espada que Glaucus empuñaba en la mano izquierda.

¿Por qué no equilibramos un poco la situación?

Capítulo 83 - Confrontación

Glaucus, no le des una espada.

Glaucus se volvió ligeramente hacia Brennus quien había recuperado la conciencia, pero mantuvo los ojos fijos en los rasgos crueles del hombre al otro extremo de su espada.

¿Estás bien? -preguntó a su joven amigo, quien aún permanecía en las sombras.

Si le das una espada, arriesgarás demasiado -respondió Brennus, ignorando la pregunta de Glaucus. Se arrastró lentamente tanteando en la oscuridad en busca de una de las antorchas caídas aunque no tenía idea de cómo volver a encenderla.

Iluminado por la luz de la luna, Plautianus rió.

Palabras muy valientes para un muchachito escondido en las sombras donde se siente a salvo.

Con la cabeza, el comandante pretoriano volvió a indicar la espada que Glaucus empuñaba en su mano izquierda.

¿Qué será? ¿Pelea justa o asesinato?

Pero Brennus no se escondía. Había encontrado una de las antorchas abandonadas por los pretorianos y ahora contemplaba con alivio que aún ardía en ella una chispa. Sopló suavemente y la chispa ardió por un momento para luego volver a consumirse.

Regocijado, se apresuró a colocarse junto a la figura rígida de Glaucus. Brennus sabía que su amigo no podía arriesgarse a pelear con Plautianus cuando apenas podía ver lo que estaba haciendo, de modo que colocó la antorcha junto al hombro de Glaucus y sopló la chispa con determinación. Repentina e inesperadamente, la antorcha ardió con sorpresiva intensidad y Glaucus saltó a un costado para evitar que le quemara el rostro. Con la punta de la espada alejada de su cuello por el súbito movimiento, Plautianus accionó el picaporte y lanzó su cuerpo contra la puerta de la prisión, tambaleando en la oscuridad. Moviéndose con notable agilidad para un hombre de su corpulencia, desapareció rápidamente en las sombras de la prisión y se perdió entre los pastizales.

Momentáneamente cegado por la antorcha, Glaucus ni siquiera se dio cuenta de que Plautianus se había escapado hasta que escuchó el ruido de la puerta al abrirse y sintió el viento frío en sus piernas. Apartando a un lado al aturdido Brennus, cruzó el umbral blandiendo la espada sólo para ser recibido por la oscuridad.

Escuchó atentamente pero hasta los grillos se habían callado, sumidos en el silencio por la súbita intrusión en su territorio. Glaucus rechinó los dientes de frustración pero sabía que era una tontería perseguir a su Némesis en un territorio donde podía ser fácilmente emboscado.

¡Maldición! -barbotó- ¡Maldición! ¡Maldición!

Brennus habló quedamente a su espalda.

Te distraje. Lo... Lo siento. Trataba de ayudar.

Glaucus seguía buscando inútilmente entre las sombras.

Tu coraje salvó mi vida, Brennus. No tienes nada de que disculparte.

Me... me dio miedo que hicieras algo noble como darle una de las espadas.

Glaucus no le dijo a su joven amigo que había considerado seriamente hacerlo y, en cambio, le dio la espada y cambió de tema.

¿Dónde están mis tíos y mis primos? ¿Fue Tacitus quien disparó a través de la ventana?

Sí, fue él. Pensaron que después de ti era el mejor arquero.

Tacitus, ¿aún estás ahí? -gritó Glaucus- Estoy libre y puedes bajar. Pero ten cuidado porque Plautianus está escondido en alguna parte.

Se volvió hacia Brennus y bajó la voz.

¿Y los otros?

Tu tío Titus fue río arriba en busca de la legión. Persius y Claudius están aquí -Brennus entrecerró los ojos y miró hacia la oscuridad y en dirección a la puerta- Están tratando de mantener al resto de los pretorianos ocupados. No sé qué ocurrió, todo está demasiado quieto.

Los superan en número por mucho -dijo Glaucus en voz baja.

Sí, pero al menos ellos están sobrios -dijo Tacitus alegremente al tiempo que rodeaba la esquina de la prisión- Los pretorianos por cierto no lo estaban.

Tacitus se echó el arco al hombro y abrazó al primo al que amaba como a un hermano.

Gracias, Tacitus -murmuró Glaucus.

No es nada. Hubieras hecho lo mismo por mí -dijo Tacitus al tiempo que alborotaba los rizos del joven.

¿Cómo lograste acertar blancos tan difíciles desde... -empezó a decir Glaucus pero Brennus lo interrumpió excitadamente.

¡Mira! ¡Allá! -dijo señalando las puertas de la fortaleza- ¡Una antorcha! ¡Dos! ¡Están haciendo señas!

Los tres hombres estudiaron el movimiento de las antorchas.

Puede ser una trampa -dijo Glaucus- No me tienta la idea de caer en otra. Permanezcan quietos y esperemos a que ellos hagan el primer contacto.

Sí –dijo Tacitus. Sabiamente, Brennus se quedó callado.

Los tres permanecieron hombro contra hombro, mirando silenciosamente cómo las antorchas se aproximaban. Por fin, escucharon una voz.

¿Tacitus? ¿Glaucus?

Es Claudius -rió Tacitus y bajó su arco. Glaucus sintió que sus propios hombros se relajaban y se preparó para recibir a su primo y su tío.

A la luz de las antorchas, los hombres intercambiaron saludos y Glaucus describió lo que había ocurrido en prisión, dejando de lado las circunstancias que facilitaran la huida de Plautianus. Luego quiso saber qué habían logrado los otros.

Fue relativamente simple -rió Persius- Los pretorianos estaban totalmente borrachos de modo que fue fácil reducirlos. Encontramos a los soldados -- los que estaban a cargo de la fortaleza -- atados y amordazados, de modo que los soltamos y están de regreso en sus puestos mientras que los pretorianos están encerrados.

¿O sea que la puerta está segura? -preguntó Glaucus. Cuando Persius asintió con la cabeza, continuó- Díganle a los legionarios que no permitan que nadie salga de la fortaleza. Nadie. Que vigilen todas las murallas. Plautianus está escondido en algún lugar cerca y pienso encontrarlo. Tengo que ponerle fin a esto aquí y ahora, de lo contrario no me libraré de él mientras viva.

Glaucus miró una vez más en dirección a los pastizales detrás de la prisión.

Está herido pero sigue siendo peligroso -se volvió hacia sus parientes- Persius, vuelve a la puerta y quédate allí. Brennus, ve con él. Claudius, cabalga hacia la ciudad y busca refuerzos, quién sabe cuánto demorará la legión en regresar. Tacitus, ven conmigo. Necesito de tu habilidad con el arco.

Todos asintieron, sin cuestionar la autoridad de su pariente más joven, y partieron en diferentes direcciones.

¿Dónde vamos, Glaucus? ¿Crees saber dónde está? -preguntó Tacitus apurándose a ponerse a la par de su primo.

Mi apuesta es el praetorium. Es probable que allí haya armas.

¿Crees que te desafiará? ¿Qué no se limitará a esconderse?

Sabe que no tiene sentido esconderse porque lo encontraré aunque tenga que demoler este lugar piedra por piedra.

Acuclillados, los primos estudiaron detenidamente el praetorium iluminado por la luz plateada de la luna. Era como una fortaleza dentro de la fortaleza, el lugar donde el general y su legado vivían y donde las armas eran guardadas. Si Plautianus estaba allí, tendría acceso a todas aquellas que la legión no hubiera llevado consigo. La pared que la rodeaba era impenetrable y amenazante y quien estuviera en el interior tendría una clara ventaja. Podía atrincherarse tras esa pared y desatar el terror sobre quien tratara de entrar.

No tiene sentido intentar ir por la puerta porque nos podría emboscar -susurró Glaucus- De algún modo tendremos que pasar por encima del muro.

¿Cómo? Debe tener tres veces mi altura. No veo ningún árbol cerca.

Tiene que haber otro modo. ¿Qué ocurriría si los invasores entraran en la fortaleza y atraparan al general allí dentro? Tiene que haber una ruta de escape. Los constructores tienen que haber pensado en eso.

Tacitus asintió.

Tiene sentido pero dudo que sea fácil de encontrar, especialmente en la oscuridad.

Ojalá Jonivus estuviera aquí. El podría decirnos. Probablemente él mismo la construyó. ¡Espera! El construyó la casa de mi padre. Me mostró dónde está la caldera subterránea... allí fue donde mi madre y mi hermano se escondieron cuando vinieron a Germania con Persius y sufrieron un ataque germano.

Súbitamente entusiasmado, Glaucus palmeó a su primo en el hombro.

Tacitus, vuelve a la puerta principal y trae a Persius. Necesito su ayuda.

Tacitus vaciló, para nada deseoso de dejar solo a Glaucus.

Bien -asintió a regañadientes- pero no hagas nada hasta que vuelva.

Glaucus asintió y Tacitus se alejó manteniéndose agachado, siendo rápidamente devorado por la oscuridad.

Ahora solo, Glaucus se echó a la sombra de la pared del praetorium, cuya textura áspera era claramente delineada por la suave luz de la luna. Su padre había vivido allí y también lo habían hecho por un tiempo su madre y su hermano.

Los preciosos frescos que su madre pintara estaban en la casa de su padre... el testimonio de su amor por su marido. Glaucus se puso de pie de un salto, la cabeza dándole vueltas y obligándolo a recostarse contra la pared.

Los frescos.

¿Sería Plautianus tan malicioso como para destruirlos?

Por supuesto que sí.

Glaucus se acuclilló lentamente y apretó la espalda contra la fría piedra, su corazón latiendo apresuradamente.

Aquellos frescos. Aquellos preciosos, preciosos frescos. Eran el único recuerdo de la grandeza de Maximus y sus sacrificios por Roma.

Se puso de pie y luego avanzó muy despacio pegado a la pared y hasta la puerta de madera. Se detuvo y miró hacia arriba, casi esperando que una lluvia de flechas se abatiera sobre él.

Todo estaba quieto.

Dio un decidido paso hacia delante y empujó la puerta, las bisagras chirriantes cantando una desafinada canción de bienvenida.

Capítulo 84 – El Praetorium

Su mente era un torbellino. Una parte lo reprendía por su estupidez y la otra lo urgía impetuosamente a seguir adelante. Pero la preocupación por los frescos triunfó sobre la cautela y cruzó la puerta, dejando que se cerrara a su espalda, el sonido de las bisagras anunciando su llegada. Rápidamente buscó refugio junto al muro de la construcción más cercana, apretándose contra ésta al tiempo que controlaba su aliento, sus nudillos blancos en torno a la empuñadura de la espada. La espada de un pretoriano... no la de su padre.

La espada de Maximus.

¿La tendría también Plautianus?

Una renovada ola de ansiedad lo impulsó nuevamente a la acción y se lanzó de sombra en sombra sin encontrar obstáculos, hasta que vio la casa del general, justo más allá de la construcción que lo ocultaba. Se pasó el dorso de la mano sobre los ojos para limpiarse el sudor picante que caía sobre ellos y se sorprendió al encontrarla apretada en un puño. Se obligó a abrir los dedos y flexionarlos, luego hizo lo propio con sus rodillas. No podía permitirse el lujo de verse limitado por su propia tensión. Respiró hondo tres veces y espió en torno a la pared de la casa que Jonivus había construido para su padre. Se la veía desierta, envuelta en el silencio. Su desesperación lo urgía a apurarse pero esta vez su mente ganó la partida y se mantuvo oculto, estudiando cuidadosamente la situación.

Un ligero resplandor iluminaba el cielo hacia el Este y Glaucus se dio cuenta de que pronto amanecería. La llegada de la luz, ¿incrementaría o reduciría las chances de Plautianus? Pese a que había estado allí antes, no conocía cada resquicio como Plautianus bien podía conocerlos y Glaucus decidió que el amanecer lo pondría en desventaja. Espoleado una vez mas, se lanzó a través del camino y aplastó su cuerpo contra el muro de la casa, luego avanzó pegado a las piedras grises hasta alcanza la siguiente esquina. Levantando la vista, vio las altas ventanas del dormitorio de su padre... y el suave resplandor proveniente de su interior.

Plautianus estaba adentro. No había duda alguna al respecto.

Glaucus avanzó en puntas de pies bajo las ventanas hasta alcanzar el frente de la casa y la puerta abierta. Como el irresistible canto de una sirena, el portal abierto lo urgió a seguir avanzando hasta que estuvo al pie de la escalera de entrada, su espada apretada contra el pecho. Allí, en el piso en medio del atrio, estaba la coraza de cuero de su padre, los adornos plateados brillando bajo la luz amarilla de la antorcha que ardía al otro lado de la puerta abierta del dormitorio de Maximus.

La coraza era la carnada que le proporcionaría a Plautianus un blanco fácil.

Glaucus se obligó a ignorarla.

Cautelosamente, se desprendió una a por una de sus sandalias, buscando el silencio absoluto que le garantizaría el estar descalzo. Se deslizó por el atrio sin hacer ruido y se aplastó contra la pared estucada. Sentía su cuerpo renovadamente energizado

-- henchido -- listo para la batalla. Todos sus sentidos estaban enfocados en la puerta abierta y la chisporroteante luz amarilla. Sólo uno saldría vivo de esa casa y Glaucus lo sabía. Sus músculos se aflojaron y endurecieron a un mismo tiempo. Su respiración se calmó y dejó que el oxígeno lo inundara. La sangre corrió más rápidamente por sus venas y sintió que su rostro se sonrojaba.

Estaba listo.

Moviéndose con la agilidad de una pantera llegó junto a la puerta abierta del dormitorio de su padre y espió por la rendija entre la puerta y la jamba. Plautianus estaba allí, dándole la espalda a la entrada en una demostración de desdén. Estaba estudiando algo en la pared lejana y Glaucus supo que ese algo era el mural de Maximus.

- Es maravilloso, ¿no es cierto? -dijo Plautianus dirigiéndose al fresco pero Glaucus sabía que las palabras iban dirigidas a él- Se lo ve glorioso montado en ese caballo. Tan poderoso, tan regio. Hubiera sido un gran emperador, ¿no es cierto? -lo provocó Plautianus.

Más carnada que Glaucus se negó a morder.

Lentamente, Plautianus se volvió hacia Glaucus y el corazón de éste se encogió al ver la espada de su padre en la mano del pretoriano. Plautianus la movió a uno y otro lado y la luz de la antorcha cayó sobre la hoja, haciendo saltar destellos del color del oro puro.

Y esta espada es todo un recuerdo ¿no es cierto? Inmortalizada en ese mural, no hay duda alguna de que perteneció a Maximus... un regalo de un emperador agradecido para su amado general -rió Plautianus- Qué historia tan encantadora, Marcus Aurelius y su heredero elegido. Pero, por supuesto, sabemos lo que ocurrió después, ¿no es cierto? Y ahora, todo lo que nos queda de ese gran hombre es este fresco y unos pocos arreos propios de un general como esta espada. Lástima que ambos serán destruidos junto a su último cachorro sobreviviente. Borrados para siempre de las crónicas del Imperio Romano como si nunca hubiera existido.

La cabeza de Glaucus comenzó a palpitar con la presión de su sangre y apretó sus mandíbulas llevado por la furia.

Pero tú ni siquiera usas su nombre, ¿no es cierto? Prefieres en cambio el anónimo "Glaucus" de modo que muy pocos sabrán de tu muerte y el fin del linaje de tu padre y menos aún se preocuparán por ello.

Plautianus le dio la espalda al fresco y se colocó en la línea de visión de Glaucus mientras seguía hablando.

Sí, el mural y la espada pueden ser destruidos fácilmente -rió con aspereza- De hecho, ¿no sería irónico que fuera la espada de tu padre la que arrancara el estuco de su propio mural antes de ser destruida, fundida por el fuego causado por la antorcha que incendiará esta casa?

Cuando un trozo de estuco pintado voló por el aire, golpeó el suelo de mármol, se deslizó por éste y despareció de la vista, Glaucus no pudo contener más su furia y se lanzó a través de la puerta... sólo para desplomarse cuando su pie se enganchó en el alambre tendido a través del umbral. Se las arregló para rodar sobre su espalda a tiempo antes de que la espada de su padre, empuñada por un hombre enloquecido, cayera con furia sobre él. Contuvo el ataque con la suya y las hojas cantaron en la perfecta armonía del acero bien templado antes de deslizarse una contra la otra y sin causar daño. Con un gruñido, Glaucus luchó por ponerse de pie al tiempo que se preparaba para contener otro golpe. Este llegó muy pronto, impulsado por la fuerza del pretoriano, que ahora blandía la espada con ambas manos. Glaucus esquivó y atacó buscando el pecho de Plautianus pero su hoja resbaló contra la armadura.

Volvió a caer, rodó y, aprovechó su mayor velocidad para levantarse junto al otro flanco de su atacante, mientras Plautianus luchaba por recuperar el aliento. Glaucus gambeteó en puntas de pie, buscando una debilidad en la defensa del pretoriano. Y entonces, la vio, el vendaje ensangrentado en torno a la pierna de Plautianus, donde la flecha de Tacitus había encontrado su blanco. Glaucus se lanzó hacia delante y su espada penetró la carne, alcanzando el hueso.

Plautianus soltó un alarido y se dobló, exponiendo su cuello desprotegido.

Aunque se encontraba ligeramente desequilibrado, Glaucus deslizó su hoja sobre la piel expuesta, abriendo una herida de la que manó abundante sangre. El pretoriano alzó las manos para defenderse y la espada de Maximus voló a través de la habitación, para chocar con la pared y caer al suelo. Glaucus se lanzó en pos del arma pero Plautianus se arrojó sobre él, lanzándolo al suelo boca abajo de un doloroso golpe. Aplastado bajo el considerable peso del comandante pretoriano, su espada atrapada bajo su propio cuerpo, Glaucus luchó por tomar aliento.

Los dedos de Plautianus aferraron su cabello y tiró de él, exponiendo su garganta pero ahora la única arma del pretoriano eran sus puños, de modo que golpeó la cabeza de Glaucus contra el piso de mármol y volvió a hacerlo dos veces más.

Glaucus tanteó ciegamente en busca de la espada de su padre, incapaz de ver nada más allá de la luz y las estrellas que danzaban ante sus ojos con cada golpe y la sangre que manaba de su frente y caía sobre sus ojos. Plautianus volvió a tirar de su cabeza y Glaucus supo que estaba a punto de desvanecerse y que nunca volvería a despertar.

Pero sus dedos alcanzaron su objetivo y usó lo que quedaba de sus fuerzas para empujar su propio peso y el de su atormentador de modo de poder aferrar la empuñadura y luego llevó la mano hacia atrás violentamente, golpeando al pretoriano en pleno rostro.

Plautianus volvió a aullar pero no soltó el cabello de Glaucus.

El hijo de Maximus pateó hacia atrás, buscando alcanzar cualquier parte expuesta en el cuerpo de su atacante y sus pies alcanzaron piel resbalosa por la sangre que manaba de la herida en el muslo. Golpeó con todas sus fuerzas y Plautianus se dobló en agonía, soltando su presa. Glaucus se retorció y empujó para liberarse de su peso y se puso de pié. La cabeza le daba vueltas y estuvo a punto de volver a caer sobre sus rodillas vencido por el dolor pero, instintivamente dio un paso atrás justo a tiempo para evitar el puntapié con el que Plautianus intentó derribarlo.

Glaucus se limpió la sangre de los ojos con un gesto desesperado y buscó la espada del pretoriano.

La encontró en la mano de Plautianus.

Pero, exhausto y entorpecido por su pesada armadura, el comandante no logró ponerse de pié y volvió a arrastrase sobre su coraza, dejando tras él el rastro de la sangre que manaba de las heridas en su pierna y su cuello.

Otra oleada de mareo se abatió sobre él pero Glaucus atacó ciegamente con su espada, alcanzando su objetivo y haciendo que su rival volviera a gritar.

Glaucus volvió a limpiarse los ojos y vio un Plautianus desarmado, aferrando su mano derecha, la sangre manando de una profunda herida.

Estaba acabado y ambos lo sabían.

Lentamente, Glaucus extendió su espada hasta que la punta descansó sobre la garganta de su Némesis, justo donde latía el pulso. De repente, supo que no estaban solos pero no se dio vuelta para ver quiénes habían entrado.

Toda su atención estaba fija en el hombre que ahora estaba a su merced.

Con la poca energía que le quedaba, Plautianus arrojó un último insulto.

Cobarde Glaucus, Glaucus el cobarde.

Glaucus echó la cabeza hacia atrás y sus fosas nasales se dilataron como las de un lobo que ha detectado el olor inconfundible de la muerte inminente.

Glaucus está muerto -rugió- ¡Mi nombre es MAXIMUS!

Sus palabras reverberaron a lo largo y ancho de la casa y en torno al praetorium y lanzando una mirada a la imagen de su padre, clavó su espada en el cuello del pretoriano, atravesándola hasta que la punta alcanzó el suelo de mármol.

Luego, sucumbió a la oscuridad y se desplomó sin saber que lo hacía en los brazos de sus amorosos de sus parientes.

Capítulo 85 – Recuperación

Glaucus luchó contra la niebla que amenazaba asfixiarlo y, lentamente, se obligó a emerger a la conciencia. Cuando lo logró, fue asaltado por un dolor tan intenso que creyó que iba a vomitar. Luchando otra vez contra la oscuridad que lo envolvía, rodó sobre su costado aferrándose el estómago. Sólo entonces trató de abrir los ojos... pero fue en vano.

Tus ojos están completamente hinchados, tonto. Si no te vieras tan mal -- con la cara hecha una lástima y toda amoratada -- probablemente yo mismo te daría una zurra. Dijiste que me esperarías.

Tacitus no sonaba para nada complacido con su primo más joven.

Lo siento -gimió Glaucus y respiró hondo para calmar sus náuseas.

No lo sientes en absoluto pero de todos modos aceptaré la disculpa. Cuando te sientas mejor tendrás que explicarnos por qué cometiste semejante estupidez.

¿Dónde? -la voz de Glaucus era apenas un gruñido sofocado.

Estás en la cama del general, en el dormitorio de tu padre -respondió Claudius- La legión llegó por la mañana y el General Rufius fue lo suficientemente amable como para cederte su casa a pesar de que se la dejaste hecha un desastre.

¿Plautianus? -musitó Glaucus.

Muerto. Lo mataste y su cuerpo va en camino a Roma acompañado por dos cohortes de legionarios. También lo acompañan sus pretorianos en calidad de prisioneros -respondió Persius- El General Rufius envió además a su legado a explicarle a Severus que actuaste en defensa propia cuando mataste a su comandante.

No le importará -jadeó Glaucus y luego apretó los dientes para calmar su estómago revuelto.

Nos sentimos un poco mal, ¿no es cierto? -ahora fue el turno de reprenderlo de Titus - No recuerdo haberte criado para ser tan tonto.

Glaucus hizo una mueca.

Pero tienes razón -continuó Titus- El General Rufius me dijo que hace algunas semanas, Severus dio la orden de arrestar a Plautianus por traición. Probablemente le ahorraste el trabajo de tener que ejecutarlo.

Glaucus sintió que una mano le apretaba cariñosamente el hombro.

Ahora necesitas descansar - dijo Titus- El cirujano dijo que tienes una contusión y probablemente una fractura de cráneo. También tienes la nariz rota. No podrás moverte por unos días. Estamos alojados en las barracas, junto a los soldados, de modo que vendremos a visitarte a menudo. Envié un correo a España para avisarle a nuestras familias que todo ha terminado. Buenas noches, Maximus.

Si los ojos de Glaucus no hubieran estado hinchados, se hubieran abierto de golpe.

¿Maximus?

Sí, ¿no lo recuerdas? Parece que finalmente decidiste que era el momento de asumir el nombre al que tienes derecho y estamos de acuerdo en llamarte así de ahora en más. Volveremos mañana. Descansa.

Glaucus -- Maximus -- escuchó pasos que se alejaban y una puerta que se cerraba suavemente.

Maximus.

Sí, recordaba haber gritado el nombre.

Su nombre.

Maximus.

Era hora de comenzar a usar su propio nombre. Estaba seguro de que su padre estaría de acuerdo en que se había ganado el derecho.

Maximus.

Maximus Decimus Glaucus.

Maximus.

Se quedó dormido.

Una semana más tarde, Glaucus se encontraba en la cocina de Katerina, despidiéndose de la joven y de Jonivus. Estaba sentado frente al fuego y esperaba que las sombras ocultaran su rostro y la intensa emoción que sentía, la cual era evidente en su voz mientras los tres luchaban con los respectivos nudos que les apretaban la garganta. Aunque les prometió que volvería, sabía que Jonivus probablemente no viviría lo suficiente para volver a verlo.

Katarina trató de aligerar la atmósfera, bromeando acerca de los ojos aún amoratados e hinchados del joven español pero ni siquiera sus propias bromas bastaban para evitar que los suyos se humedecieran.

¿Ahora te irás a casa, Maximus? -preguntó Jonivus, quien se deleitaba usando en nuevo nombre del joven cada vez que podía.

Sí, he dejado mi granja abandonada por demasiado tiempo. Extraño España. Extraño a mi hermana. Sospecho que me está esperando allí con su prometido. Julia también estará con ellos. Estoy seguro de que habrá una boda tan pronto como regrese.

¿Y qué hay de ti? -preguntó Katarina mientras balanceaba a su hijo sobre su rodilla- ¿Qué hay de tu propia boda? ¿No es hora de que dejes de andar deambulando por el imperio y también sientes cabeza?

Glaucus se encogió de hombros y le ofreció una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.

Es algo en lo que he pensado. Tuve mucho tiempo para pensar cuando estuve confinado a esa cama durante una semana. Ya veremos.

Sea lo que sea lo que hagas, querido muchacho, que los dioses te sonrían -murmuró Jonivus y estrechó al joven que tanto amaba contra su pecho, probablemente, por última vez.

Dos semanas después, en la niebla de la primera mañana, Glaucus estaba sentado sobre el lomo de Ultor junto a los arbustos que flanqueaban el sendero, contemplando la ruinosa granja en las colinas de Galia. Todo estaba quieto, desierto. El asno había desaparecido; no había gallinas cloqueando y escarbando en el patio. Ultor estaba quieto como una estatua salvo por el ocasional movimiento de un músculo para desalojar a una mosca molesta y su quietud y la de su jinete sólo servían para enfatizar aún más el vacío fantasmal. A Glaucus se lo encogió el corazón. Había esperado no encontrarla pero ahora se sentía desesperadamente decepcionado de que no estuviera allí.

Hizo que su caballo avanzara por el sendero y salió a campo abierto al mismo tiempo en que una mujer aparecía entre los árboles, balanceando sobre su cadera una pesada batea de madera. Estaba a bastante distancia pero vio que estaba vestida con el familiar y remendado vestido marrón y su corazón dio un salto.

La mujer se detuvo de golpe y levantó lentamente la cabeza hasta que sus ojos alcanzaron los de Glaucus. No podía haberlo escuchado... no había hecho ruido alguno. La mujer apartó un mechón cobrizo de su frente y depositó la batea en el suelo, llevándose una mano al corazón, sus ojos sin apartarse de los de Glaucus.

Instó a su caballo a avanzar hasta ella, sus ojos siempre fijos el uno en el otro.

Creí que nunca te volvería a ver -dijo Clara.

En cambio, sabía que volveríamos a vernos- respondió Glaucus.

Clara lo estudió cuidadosamente.

¿Completaste tu búsqueda?

Sí. Todo terminó.

Y ahora te vas a casa.

Sí.

- Glaucus -susurró ella y apartó la mano de su corazón al tiempo que las mariposas en su estómago comenzaban a aletear locamente.

El español desmontó y dejó caer las riendas, acercándose a la joven. Era tan pequeña como la recordaba y la miró de pies a cabeza.

Tenía la esperanza de encontrarte aquí pero al mismo tiempo tenía esperanzas de que te hubieras ido. ¿Tu padre?

Clara miró en dirección a la casa.

Está enfermo. Muy enfermo. Unos meses atrás se cayó en el sendero y se rompió la cadera. Pasó mucho tiempo en cama y se le congestionaron los pulmones. Cuando respira, puedes escucharlo desde lejos. Tose mucho.

Sus palabras eran tan directas como su mirada.

El médico dijo que no pasará el invierno.

Lo siento.

Lo sientes. ¿Por qué?

Porque su muerte te pondrá triste y no me gusta que estés triste.

No-No sé que sentiré cuando llegue el momento. Alivio probablemente.

Clara se sonrojó y movió la cabeza.

Oh, fue terrible de mi parte decir algo así.

No, en absoluto. Puede que Quintus sea tu padre pero no ha hecho nada para merecer tu amor. Hiciste todo lo que una hija puede hacer y más aún. No tienes por qué disculparte por no amarlo.

La mujer volvió a mirar hacia la casa.

Es su hora. Ha vivido su vida.

Se volvió otra vez hacia Glaucus y en su rostro apareció una súbita expresión de ansiedad.

¿Me esperarás mientras le llevo esta agua? Estoy preparando gachas. ¿Quieres un poco?

Sí, te esperaré pero ya desayuné en la posada -dijo Glaucus quien no tenía intención alguna de consumir sus magros víveres- ¿Vas a decirle que estoy aquí?

No, no sería una buena idea. Lo pondría nervioso -Clara señaló un par de grandes rocas al borde del bosque- Puedes sentarte allí. Pronto les dará el sol y no tendrás frío.

Déjame ayudarte con el agua.

La joven le dedicó por fin una sonrisa.

No hace falta. Estoy acostumbrada -dijo y con un gesto experto volvió a calzarse la batea en la cadera y se dirigió hacia la casa, volviéndose varias veces a mirar hacia atrás para asegurarse de que Glaucus estaba realmente allí. Con una breve sonrisa y una sacudida de su trenza, desapareció a través de la puerta.

Durante su ausencia, Glaucus inspeccionó rápidamente la granja. El burro no estaba a la vista pero Clara aún tenía unas pocas gallinas. Estaban en un corral detrás del granero porque aún no las había soltado para que buscaran su alimento diario. Notó que el corral necesitaba arreglo y el granero estaba malamente inclinado y parecía en peligro de derrumbarse. Las pesadas nieves del invierno habían colapsado parte del techo y desequilibrado el peso, agregando excesiva presión sobre las tablas, que habían saltado de sus clavos de hierro torciendo la estructura grotescamente. No había otros animales y Glaucus dudaba que Clara y su padre pudieran sobrevivir el siguiente invierno con apenas unas pocas gallinas para alimentarlos. No era sorprendente que la joven estuviera tan delgada. Debía estar alimentando a su padre y contentándose con las sobras y de seguro el hombre viejo y enfermo que yacía en la casa no tenía idea alguna de cuál era la verdadera situación.

La casa no estaba en mejores condiciones. Clara había tratado de reparar el techo sujetando sobre éste más ramas y paja pero Glaucus estaba seguro de que una lluvia intensa se colaría fácilmente en el interior, haciendo que el lugar se mantuviera frío y húmedo durante días.

Parte de las tablas estaban podridas y cubiertas de moho. Al aproximarse a la puerta se detuvo de golpe y se quedó mirando un pequeño ramo de flores secas atadas con una cinta harapienta y colgado de un clavo que sobresalía de la tosca puerta. ¿Un intento de poner algo de color en su vida? ¿De traer a ella algo de belleza?

Haría falta mucho trabajo para dejar aquella patética, pequeña granja en condiciones razonables. Glaucus buscó con la mirada a Ultor, que había aprovechado su libertad para buscar los pastos tiernos al borde del bosquecillo, usando su hocico de terciopelo para apartar los pastos más duros. Luego se dirigió hacia las rocas que Clara le había indicado y se sentó en la más alta, mirando hacia la casa. Envolvió su rodilla doblada con un brazo y, frunciendo ligeramente el ceño, dejó vagar sus pensamientos.

Capítulo 86 - Clara

Glaucus fue traído de regreso a la realidad por el rechinar de las bisagras de una puerta y alzó la mirada para ver a una Clara muy diferente caminando hacia él. Se había soltado el cabello y lo mantenía apartado de su rostro con ayuda de una cinta azul atada detrás de sus orejas. El cabello de la joven caía hasta su pequeña cintura en una cascada de brillantes ondas color caoba que se mecían cuando caminaba. Sus manos apretaban un chal del mismo color azul del cielo que se había echado sobre los hombros, los flecos cayendo sobre sus muñecas. El color destacaba los tonos rojizos de su cabello. Sus mejillas parecían más rosadas, sus ojos color miel más brillantes y su paso más ligero.

Glaucus se puso de pie para recibirla y le tendió la mano para ayudarla a sentarse en la roca. Clara se movió para aceptar su gesto galante pero luego se mordió el labio y apartó su mano, escondiéndola bajo el chal. Glaucus sabía que se avergonzaba de la piel áspera y las uñas rotas producto de su duro trabajo, de modo que se limitó a sonreír para ayudarla a disimular su incomodidad.

Estás preciosa -dijo al tiempo que volvía a sentarse - Ese color te queda muy bien.

Clara vaciló tanto en volver a mirarlo a los ojos como en aceptar su cumplido.

Lo compré con parte del dinero que me dejaste. No-no costó mucho. Se lo compré a un vendedor ambulante que vino a la aldea la pasada primavera. Es la primera vez que lo uso.

Quería que gastaras ese dinero en ti misma. Mereces tener cosas hermosas -dijo mirando el granero en ruinas detrás de ella- ¿Qué pasó con el asno? ¿Murió?

No, tuve que venderlo.

Glaucus frunció el ceño y Clara se puso a la defensiva.

La salud de mi padre demandó de atención médica para curar su cadera y medicinas para calmar el dolor constante. Todo eso costó mucho dinero, todo lo que me dejaste y más.

Clara se apresuró a cambiar el tema.

No quiero hablar acerca de mi situación. Cuéntame qué ocurrió desde que estuviste aquí por primera vez. ¿Encontraste a Lucius?

Sí, lo encontré.

¿Y?

Es un gran amigo pero no es mi hermano, no es el hijo de Maximus.

De modo que mi padre mintió.

Glaucus asintió.

¿Quién sabe qué lo llevó a decir eso?. Pero no importa. Ahora sé toda la verdad.

Mientras hablaba, Clara estudió su rostro y notó las nuevas líneas a los lados de su boca y entre sus cejas, la cicatriz en la frente y el ligero bulto en el puente de su nariz. Lo que fuera que hubiera hecho, donde quiera que hubiera ido, no había sido fácil.

Cuéntame más -lo urgió sentándose más cerca.

Sí, me gustaría contártelo todo. Cada detalle. Pero ahora no puedo porque estoy demasiado preocupado por ti.

Clara se obligó a sonreír y sacudió su cabello.

Estoy bien.

No, no lo estás. Estás más delgada que cuando te vi por última vez, la granja está en malas condiciones y no tienes provisiones para pasar el invierno. Clara, no puedes quedarte aquí.

Mi padre... -protestó ella.

- Sé que no abandonarás a tu padre. No voy a discutir contigo por ese tema pero, ¿no puede ser trasladado a la aldea, donde estará mejor atendido?

¿Dónde en la aldea?

La posada.

Clara lo miró incrédula.

Glaucus, no puedo pagar una habitación en la posada o atención médica.

No, pero yo puedo.

La joven se irguió de golpe y le dio la espalda, su cuerpo tenso de obstinación.

¿Por qué habrías de hacerlo? Odias a mi padre.

No, no lo odio. Ya no odio a nadie.

El cuerpo de Clara se relajó un poco.

Es el pasado. Es historia. Nadie puede cambiar el pasado. Es hora de dejarlo ir y de mirar hacia el futuro.

Clara se envolvió más apretadamente en su chal.

No quiero caridad.

No te estoy ofreciendo caridad. Simplemente quiero ayudar a un hombre que alguna vez fue amigo de mi padre y ver una sonrisa en la cara bonita de su hija.

La mujer movió la cabeza ligeramente en su dirección, lista para escucharlo pero no completamente lista para aceptar su oferta.

Glaucus tomó un mechón de su cabello cobrizo entre sus dedos. Clara se estremeció.

Tú y yo tenemos mucho en común. Las vidas de nuestros padres están ligadas inexorablemente y las nuestras, al menos hasta ahora, fueron gobernadas por las suyas... por sus elecciones, sus fallos, sus logros. Nosotros, por nuestra parte, no tuvimos elección posible. Yo tenía que descubrir qué había pasado con mi padre y eso me llevó a vivir durante estos últimos años como un nómada. Y tú estabas destinada a cuidar de tu padre en este lugar, en este solitario rincón de Galia. Pero ahora hemos cumplido con nuestros destinos y por fin estamos libres de hacer nuestras elecciones.

Cuando Clara habló, había lágrimas en su voz.

No soy libre.

Todavía no. Pronto.

Tu padre murió como un héroe; el mío morirá en desgracia.

Eso no se refleja en nosotros.

¿No se refleja? Tu puedes enorgullecerte de tu linaje mientras que yo tengo que ocultar el mío. Me avergüenzo de mi propio nombre.

La mano de Glaucus se deslizó del cabello de Clara hasta el chal del que tironeó suavemente hasta que logró que se diera vuelta; los ojos de la joven estaban llenos de lágrimas.

Entonces, cambia de nombre -susurró.

¿Por cuál?

Por el mío.

La compostura de Clara se derrumbó finalmente y estalló en sollozos.

No sabes lo que estás diciendo.

Sí que lo sé. He estado pensando en esto durante meses, desde que estuve aquí por primera vez. Cada mujer a la que veo la comparo con Julia, con mi hermana o contigo.

Clara comenzó a temblar. Trató de atraerla contra él pero se resistió.

Clara, tienes tantas cualidades que admiro. Eres fuerte, inteligente, llena de recursos, independiente, valerosa y muy leal.

Me describes como a un soldado -hipó.

Glaucus se echó a reír.

Eres demasiado hermosa y cálida y suave y amorosa, toda mujer, nada de soldado.

Ella seguía resistiéndose.

Glaucus siguió tentándola.

No quiero una de esas mujeres mimadas, perfumadas y maquilladas que vi en Roma. Tú y yo somos muy parecidos. Ambos somos granjeros, aunque yo amo serlo y supongo que tú lo odias.

No lo odio -dijo Clara con una vocecita muy pequeña- Es sólo que siempre fue tan duro y solitario.

Glaucus se levantó y la tomó suavemente por los hombros, luego acercó sus labios al oído de Clara y susurró:

No tiene por qué ser duro o solitario. En mi granja hay muchos labriegos para repartir el trabajo y la casa está llena de mujeres y niños.

¿Niños?

Sí, muchos de los labriegos están casados. Los hombres trabajan los campos y las mujeres en la cocina o en otras tareas domésticas. Tienen hijos que son educados en mi propiedad y ayudan a sus padres después de sus lecciones. Y hay caballos, ovejas, cabras, gallinas, toda clase de animales. Los campos están rebosantes de trigo. Los árboles están cargados de manzanas y peras. Las viñas perfuman el aire. Es un lugar hermoso y mucho más cálido que éste.

Suena maravilloso.

Gradualmente, Clara se había ido recostando contra su pecho y Glaucus la envolvió en sus brazos y apoyó su mejilla sobre la cabeza de ella.

Lo es, pero necesito alguien con quien compartirlo.

Querrás tener hijos.

Con suerte, algunos.

Clara suspiró.

Glaucus, soy vieja.

La sacudió ligeramente.

Eso es una tontería.

Soy mayor que tú.

¿Y qué?

Necesitas una muchacha joven que te pueda dar docenas de niños.

No quiero docenas de niños. Demandarían demasiada atención de mi esposa y quiero que ella tenga tiempo para mí.

Clara cerró los ojos y frotó su mejilla contra el pecho del español.

Suena imposiblemente maravilloso, como un sueño.

Sonaba como algo extraído de sus sueños. Había soñado con Glaucus cada día desde que él se marchara, ya fuera dormida o despierta.

No es un sueño. Es muy real, muy posible. Mis tíos, mis primos y un amigo están aquí conmigo y se alojan en la posada. Pueden ayudarnos a llevar a tu padre a la aldea donde estará cómodo, caliente y seco durante lo que le quede de vida. Contrataré a alguien para que lo cuide. Tú también te quedarás en la posada.

Echó una mirada a la casa por encima de la cabeza de Clara.

No vale la pena reparar este lugar.

Luego miró hacia la copa de los árboles, donde las hojas comenzaban a mostrar un tinte amarillento.

Pronto llegará el frío y allí estarás abrigada. Tendrás comida en abundancia.

¿Y-Y tú volverás a España?

No, me quedaré aquí contigo. Mis parientes volverán a España, a sus familias. Podremos dar caminatas y conocernos mejor. Podré contarte todo lo que me ocurrió. Parece que necesitaré algo de tiempo para persuadirte de que te aceptes ser mi esposa.

Clara estalló en lágrimas y ocultó su rostro en el pecho de Glaucus.

No, no -sollozó.

A Glaucus se le cayó el alma.

¿No? ¿No vendrás a la aldea?

No -resolló Clara- No necesito tiempo para decidirme. Quiero estar contigo. Quiero ser tu esposa.

Dos días más tarde, Brennus abrió la marcha mientras Titus, Persius, Tacitus y Claudius avanzaban cuidadosamente por el empinado, retorcido sendero que conducía desde la granja hasta la aldea, cargando una parihuela de lona en la que un arropado Quintus se limitaba a someterse a lo que se había decidido para él con los ojos cerrados.

Los seguían Glaucus y Clara, el español llevando a Ultor por su brida. El caballo llevaba sus alforjas llenas y varios paquetes cargados con todo aquello de valor sentimental que había en la granja, como las alfombras que Clara había trenzado usando harapos. La pareja se fue quedando más y más atrás, tomándose de las manos cuando el camino era lo suficientemente ancho como para permitirles avanzar lado a lado y deteniéndose para compartir rápidos besos a cada pocos instantes.

Ultor resopló impaciente ante tamaña tontería.

Sus risas combinadas flotaron hacia las copas de los árboles y Glaucus supo que, en alguna parte, allá en el Elíseo, Maximus los escuchaba reír y sonreía.

FIN

 

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