La Historia de Maximus

Capítulo 1 - Hispania

Año 161 A.D.

Maximus Decimus Meridius se sentó en la playa rocosa, sus fuertes brazos rodeando sus piernas a la altura de las rodillas. El viento cálido alborotaba su cabello oscuro y ondulado pero su mirada permanecía fija en el horizonte distante del mar Mediterráneo, el color azul verdoso de sus olas duplicado en sus ojos del mismo tono. El sol ardiente había bronceado su piel y, a los catorce años, el muchacho irradiaba fuerza y salud.

Amaba esta parte de Hispania, el sur, cerca de Saguntum, donde la playa se extendía interminable en ambas direcciones, un intenso contraste con las ásperas montañas del noreste donde había nacido y pasado sus primeros años. Maximus se consideraba a sí mismo un hombre, muy joven pero hombre al fin, ya que había afrontado mucho más que cualquier muchacho de su edad. Apoyando el mentón en sus rodillas, dejó que su memoria conjurara imágenes de su niñez, memorias que en cualquier otra circunstancia hubiera empujado a la seguridad del cuarto cerrado que había en el fondo de su mente.

Pudo ver su casa claramente, una construcción pequeña y cálida de madera y piedras color rosa rodeada de prósperas huertas, árboles frutales y hierbas aromáticas. Los verdes pastizales se extendían más allá de la casa y albergaban gran variedad de animales, incluidas vacas, caballos, ovejas y cabras. Casi pudo sentir su olor penetrante. Flores coloridas salpicaban el prado mientras que nubes esponjosas hacían lo propio con el cielo. A lo lejos, las montañas rocosas se teñían de púrpura, allí donde sus picos besaban el cielo de un azul profundo. Maximus ladeó la cabeza y escuchó, sus ojos fijos en la nada. Podía oír la voz profunda de su padre, riendo. Su padre siempre reía y Maximus amaba la calidez de ese sonido grave y retumbante. También le llegó la voz de su madre, melodiosa como el tañido de una campana. Aunque no pudo distinguir sus palabras, Maximus supo que estaba llamando a su hermano menor, Julius, quien jugaba en el patio con el perro de la casa

El joven soldado ladeó la cabeza, apoyó la mejilla sobre sus rodillas y cerró los ojos mientras permitía que los recuerdos lo bañaran como las cálidas olas lamían los dedos de sus pies y salpicaban sus pantorrillas de espuma salada. Sin embargo, las gotas que humedecieron sus rodillas no eran agua de mar y el muchacho alzó la cabeza y se frotó impacientemente los ojos con los cantos de las manos. Su mirada regresó al horizonte y, mientras contemplaba la vastedad del mundo que lo rodeaba, Maximus se sintió casi abrumado por su propia soledad.

Hacía ya seis años que no tenía familia, seis años desde que sus padres y su hermano murieran en un horrible incendio. Esa noche fatídica, Maximus había estado visitando a unos amigos y así había escapado a una muerte espantosa. Pero algo había muerto dentro de él y el muchacho despreocupado había cambiado para siempre. Los vecinos trataron de mantenerlo alejado, de ahorrarle la visión de los restos calcinados de su hogar y sus seres queridos pero había pasado días removiendo las cenizas, buscando rastros de ellos. Sólo halló una cosa reconocible... un diente de lobo que había sido la posesión más querida de su hermano. Ahora, lo llevaba al cuello colgando de una delgada tira de cuero.

Recogido por parientes lejanos en una villa de las montañas distantes, se convirtió en uno más de una familia con nueve hijos y, a pesar de la presencia constante de gente a su alrededor, se sintió más solo que nunca. Trabajó duro para pagar la generosidad de sus tíos abuelos, haciéndose cargo de cualquier tarea que le encargaran. Pronto aprendió lo suficiente sobre la granja como para ser capaz de manejarla por sí mismo y a menudo se quedaba a cargo mientras su tío iba a vender las cosechas a la ciudad, a pesar de las objeciones de sus primos mayores.

Pero el destino iba a cambiar su vida una vez más. Durante un frío otoño, su tío le pidió que lo acompañara en un largo viaje a través de las montañas, sabedor de que el muchacho sería perfectamente capaz de ayudarlo si se cruzaban con los bandidos que acechaban los pasos. En las afueras de la ciudad que era su destino final, tropezaron con filas y filas de tiendas blancas – cientos de ellas – sobre las que ondeaban los estandartes de Roma. Soldados cubiertos con armadura atendían toda clase de tareas y no le dedicaron al muchacho y al hombre que viajaban en la carreta una segunda mirada. Pero Maximus estaba transfigurado. Nunca había imaginado algo tan maravilloso como este ejercito con sus banderas ondeantes y sus armas resplandecientes. Le imploró a su tío que se detuviera durante un momento y se quedó sentado, inmóvil como una estatua mármol, absorbiendo cada detalle del campamento.

Vio hombres de toda estatura y forma física sentados fuera de las tiendas blancas mientras se preparaban para la comida de la noche. Sus ojos fueron atraídos por un área de frenética actividad y quedó atónito al ver muchachos de su edad y aún más chicos apresurándose a alcanzarle a los soldados humeantes tazones de sopa y porciones de pan recién horneado. Después vio más muchachos, algunos limpiando armaduras, otros atendiendo los caballos, riendo y bromeando entre ellos, obviamente en paz con su lugar en el mundo.

Un hombre vestido con una brillante armadura y lujosas pieles de lobo sobre sus hombros se movía con soltura entre los hombros, su capa ondeando tras él mientras recorría el terreno con pasos largos y seguros. Un general. Tenía que ser un general. Podía adivinarse con sólo mirar a ese hombre magnífico, de postura orgullosa y seguro de sí mismo. Repentinamente, Maximus se sintió abrumado por el deseo de formar parte de ese glorioso ejército. Casi gimió de dolor cuando su tío agitó las riendas, urgiendo a los caballos a seguir y siguió mirando hacia atrás en su asiento, hasta que el campamento se perdió de vista en una curva del camino. Cuando Maximus se dio vuelta lentamente, una mirada a su rostro resuelto bastó para que su tío supiera que volvería a casa sin el muchacho.

Capítulo 2 El Campamento

Maximus se adaptó fácilmente a la vida del ejército y sintió que al fin había vuelto a encontrar un hogar. Pertenecía a ese lugar de hombres fuertes y juramentados para defender la gloria de Roma, un lugar que sólo podía imaginar. Como recién llegado, le encargaron primero las tareas más humildes – limpiar los establos – pero él amaba su trabajo y estaba determinado a ser el mejor limpiador de establos que el ejército jamás tuviera. Su resolución no pasó inadvertida y pronto le encomendaron trabajos más importantes, incluido el cuidado de los caballos y el pulido de las armaduras de los soldados. Esas tareas sólo eran confiadas a los mejores muchachos y las llevó a cabo con orgullo.

Rápido para aprender, Maximus pronto conoció al detalle cómo funcionaba cada parte del campamento y, cuando no estaba trabajando, se ubicaba donde pudiera observar aquello en lo que no le estaba permitido participar a ningún muchacho: las prácticas de los soldados con sus temibles armas. Sabía bien lo pesadas que eran y le maravillaba el modo en que los hombres hacían girar las espadas como si estuvieran hechas de madera. La única prueba de su esfuerzo eran los gruñidos y gritos que brotaban de sus gargantas cuando los aceros chocaban, haciendo saltar chispas.

El ejército había estado poco antes en Toletum, en el centro de Hispania, y buena parte de las armaduras y armas habían sido forjadas allí usando el mejor acero de todo el Imperio en honor del nuevo César, Marcus Aurelius, quien era el sucesor adoptivo del fallecido Antoninus Pius. El campamento cerca del mar era temporario y todos y cada uno de los hombres sabían que pronto marcharían hacia el norte para sofocar los levantamientos de las tribus que habían sacado ventaja del cambio de poder en Roma. Incluso había rumores de que el César vendría pronto de visita, mientras inspeccionaba sus muchas legiones.

En el campamento no todo era trabajo. Al atardecer, los hombres se sentaban en torno a los fuegos y charlaban en voz baja o se entregaban a juegos menos peligrosos que involucraban dados y piedras. Maximus sabía perfectamente que algunas mujeres de los alrededores visitaban el campamento cada noche y veía a los soldados desaparecer con ellas dentro de algunas tiendas, uno a la vez, sólo para emerger minutos más tarde rascándose los vientres y riéndose mientras otros tomaban sus lugares. Maximus estaba al tanto de lo que ocurría en esas tiendas, como también lo estaban los muchachos más grandes, pero entendía sólo en términos generales lo que ocurría entre hombres y mujeres.

El y sus mejores amigos, Lucius y Quintus, estaban sentados con las espaldas apoyadas en fardos de heno mirando el desfile de hombres que entraban y salían de la tienda. Quintus, un año más grande que sus compañeros, había intentado audazmente unirse a la fila pero había sido empujado de regreso a su lugar entre los muchachos en medio de las risas y bromas de los hombres. A los quince años, Quintus ya estaba entrenándose con armas verdaderas y se consideraba a sí mismo todo un hombre. Se sentó junto a sus amigos hirviendo de furia y vergüenza.

Lucius rompió el silencio.

No se toman mucho tiempo, ¿verdad? Hasta los perros se toman más.

Maximus y Quintus se dieron vuelta al unísono para mirarlo. Quintus dijo con sorna:

Se toman tanto tiempo como se requiere.

Quintus provenía de Roma y se consideraba por encima de sus compañeros, ambos nacidos en las provincias, siendo Lucius nativo de la vecina Aquitania. Había una importante rivalidad entre los muchachos, todos los cuales sabían que el ejército sería su única vida por muchos años y competían por los puestos de mayor prestigio. En los años venideros, los líderes del ejército serían escogidos de entre sus filas y estaban ansiosos por impresionar a las personas más importantes. Lo ideal era ser elegido para servir a un oficial de alto rango y vivir en su cuartel. Quintus estaba seguro de que pronto le tocaría el turno porque había estado en el ejército desde los nueve años.

Maximus miró a Quintus a los ojos y dijo tranquilamente:

No sabes nada más de lo que él sabe, Quintus.

El tono superior del muchacho más grande podía herir profundamente pero nunca impresionaba a Maximus, quien se había hecho cargo de poner a Quintus en su lugar cada vez que lo consideraba necesario.

Y supongo que tu sí.

Nunca dije que así fuera.

Quintus sabía que estaba perdiendo la discusión con Maximus, como ocurría a menudo. El español parecía inmune a sus provocaciones y tenía el don de silenciarlo con un simple comentario. Quintus decidió cambiar de tema.

Escuché que algunos soldados jóvenes serán elegidos pronto para servir a los oficiales de mayor rango, incluido el general Patroclus -

Quintus sonrió – El trabajo será mío.

Maximus no dijo nada. Había escuchado el mismo rumor.

Me gustaría tener ese trabajo – dijo Lucius.

¿Qué hiciste para impresionar a alguien? – replicó Quintus.

Lucius estaba empezando a enojarse.

Soy tan buen soldado como cualquiera. Trabajo duro. Soy listo y más atractivo que tú.

Maximus estalló en carcajadas ante el golpe directo que Lucius había asestado a la vanidad de Quintus.

¿De qué te ríes, Maximus? ¡Cómo si alguien fuera a mirarte dos veces!

Quintus se levantó de un salto y se fue hecho una furia, antes de correr el riesgo de darle a su compañero la posibilidad de quedarse con la última palabra.

Maximus palmeó la rodilla de Lucius.

Le pegaste duro, mi amigo. Bien hecho.

A veces lo odio.

Oh, no es malo. Ha estado aquí mucho más que nosotros y supongo que siente que tiene más derechos. También es un muy buen soldado, Lucius, muy bueno.

Tú eres tan bueno como él.

Tal vez, pero aún no he tenido la oportunidad de luchar con nada que no fueran espadas de madera. Pienso que ya no falta mucho para que pueda hacerlo con una de verdad.

¿Intentarás conseguir un lugar junto a alguno de los oficiales?

Sí.

¿Cuál?

El general Patroclus.

Lucius contempló a su amigo maravillado y lleno de admiración. El, por su parte, no tenía la menor duda de que Maximus estaba destinado a la grandeza. Estaba en cada fibra de su ser: en su voz, en su postura, en su actitud. Era sólo cuestión de tiempo.

Capítulo 3 – Hércules

Aquí, muchacho. Ven aquí, muchacho.

Maximus tendió su mano y trató de atraer al enorme perro gris con un trozo de carne. El can estaba, como siempre, tendido en la entrada de la tienda de su amo, listo para saltar ante la orden del general. Sus grandes orejas estaban tiesas y su hocico se estremecía mientras husmeaba el aire. Tomada la decisión, se puso perezosamente de pié y se inclinó hacia delante para extender la lengua y barrer con la carne que le tendía la mano. Maximus se las arregló para darle una ligera palmada en la cabeza antes de que se diera vuelta y retornara a su puesto ante el umbral de su dueño.

El muchacho se acuclilló, hablándole al perro en voz baja acerca de nada en particular. La mayoría de la gente que habitaba el campamento estaba aterrorizada con el animal, que más bien parecía un gran lobo. El perro raramente abandonaba su lugar al lado de su amo y hasta lo acompañaba a la batalla.

Durante días, Maximus había guardado pequeñas cantidades de comida, escapándose a la tienda del general antes de la caída de la noche para tratar de tentar al perro. Las primeras veces, el animal lo había ignorado pero, gradualmente, se fue acostumbrando a él y tenía la esperanza de que pronto vendría sin necesidad de ser llamado. No tenía mucho tiempo.

Una semana después, todos los muchachos del campamento se levantaron más temprano que nunca y se bañaron cuidadosamente, tratando de domar rizos rebeldes a fuerza de agua y saliva. Las botas habían sido lustradas la noche anterior y aguardaban al pie de cada catre.

Charlaron nerviosamente mientras se preparaban para ese día especial, sabiendo que, en cuestión de horas, algunos afortunados abandonarían su tienda común para ir a vivir a alojamientos más prestigiosos.

A media mañana, estaban formados en posición de firmes, mientras los oficiales que necesitaban agregados a sus entornos los examinaban. Maximus rezó para no ser elegido y mantuvo la cabeza gacha hasta que escuchó la voz que estaba esperando. En el extremo de la fila, a no más de cinco muchachos de distancia, estaba el general, vestido informalmente con su armadura de cuero. A su lado, estaba el perro.

El general caminó frente a la fila lentamente, sonriendo con amabilidad a cada uno de los muchachos y pronunciando algunas palabras de elogio.

Mientras se aproximaba, Maximus movió los dedos y fue recompensado cuando el perro se detuvo y miró su mano, las orejas erguidas. Luego, el animal miró a su amo, inseguro por un momento y finalmente trotó hacia Maximus y frotó el hocico contra.

El general se detuvo y miró la escena atónito. Luego se dirigió hacia el muchacho.

¿Te gusta mi perro, Maximus?

Sí, general, señor - ¿El general sabía su nombre?

La mayoría de la gente le tiene miedo.

Yo no, general, señor - Maximus no se atrevió a mirar al hombre a la cara y mantuvo los ojos fijos en su pecho.

Ya lo veo. ¿Sabes cómo se llama?

No, general, se...

General es suficiente, Maximus.

No, general.

Se llama Hércules. Nunca antes lo vi apartarse de mi lado y acercarse a otra persona. Se está poniendo gordo por falta de ejercicio y no iría a caminar con otra persona. ¿Crees que puedes hacerte cargo de él, Maximus?

Sí, general. Será un gran honor, señor. Me encantan los perros y también los caballos.

El general Patroclus emitió una risa ahogada.

Bueno, empecemos por el perro. Ve a buscar tus cosas y preséntate en mi cuartel. Uno de mis hombres te indicará dónde alojarte.

Un gran suspiro escapó de los labios de Maximus, quien por fin se atrevió a levantar la vista y mirar al general a la cara por un instante. Con gran sinceridad dijo:

Gracias, señor. No se arrepentirá de su elección.

El general sonrió y lo dejó en libertad mientras seguía su inspección de los muchachos. Había sido una elección fácil. Tenía los ojos puestos en Maximus desde hacía ya tiempo.

Capítulo 4 – Los Emperadores

La vida en el praetorium – el área del campamento donde se erguía la tienda del general – era muy diferente de aquella en el sector de los muchachos y Maximus necesitó varios días para acostumbrarse. A pesar de que cada tarde podían pasar un rato juntos, extrañaba a Lucius y aún a Quintus, quienes habían sido elegidos para servir a oficiales de alto rango. Al principio, Quintus se había comportado muy fríamente y acusado a Maximus de engaño pero, secretamente, estaba envidioso de que hubiera pensado en tan exitoso plan y él no.

Se estaba desarrollando una gran rivalidad entre ambos muchachos y, por el momento, Maximus llevaba la delantera.

Maximus se deshacía en atenciones hacia Hércules y pronto él y el perro se convirtieron en los mejores amigos. Salían a correr juntos y a menudo se detenían en la playa a jugar en las olas. Hércules perdió el indeseable sobrepeso y Maximus incrementó su fuerza y resistencia por encima de las de los muchachos que llevaban una vida más sedentaria.

También comenzó a crecer a gran velocidad y su voz cambió, alternando por momentos entre los tonos graves de su padre y otros agudos que lo hacían sentirse terriblemente avergonzado. El general, quien estaba muy complacido con él pero también muy ocupado, notó los cambios operados tanto en el perro como en el muchacho y sumó a las responsabilidades de Maximus la de cuidar de su magnífico caballo gris, Sparta.

Trabajando tan cerca del general, Maximus veía el movimiento constante de los oficiales cuando conferenciaban con su jefe y pronto aprendió sus nombres y rangos. A menudo, arribaban correos trayendo mensajes de otros generales destacados en todos los rincones del imperio. Una cálida mañana de otoño, un correo llegó a todo galope, su caballo cubierto de sudor. Lo hicieron pasar inmediatamente a la tienda del general y Maximus fue enviado a atender al agotado animal. A la mañana siguiente, le ordenaron que trajera al caballo ya descansado y sostuvo sus riendas mientras el mensajero volvía a montar y el general le ordenaba que se apresurara a llevar el despacho a los emperadores, no fuera que estos arribaran al campamento antes de recibirlo.

¿Arribaran? ¿Los emperadores venían al campamento? Esa tarde, Maximus buscó a Lucius y Quintus para darles la noticia.

¿Lucius Verus viene hacia aquí? Me pusieron Lucius en su honor – dijo Lucius orgullosamente – En el pasado, fue emperador por un corto tiempo y me pusieron su nombre.

No entiendo por qué hay dos emperadores – admitió Quintus.

Lucius Verus y Marcus Aurelius son hermanos, creo. Los hijos adoptivos de Antoninus Pius, quien murió hace algunos meses. Tal vez no pudo decidir quién debía reinar después de él y los nombró a ambos – dijo Maximus.

Eso suena realmente estúpido. ¿Qué hay si ellos no están de acuerdo? – preguntó Quintus - ¿Quién tendrá la última palabra?

Maximus se encogió de hombros.

Supongo que el mayor.

¿Quién es el mayor? – preguntó Quintus.

Maximus volvió a encogerse de hombros pero Lucius intervino:

Probablemente Lucius Verus es el mayor porque fue emperador hace algún tiempo. Me pusieron Lucius por él, ¿saben?

Lo sabemos – replicaron al unísono Maximus y Quintus.

Me pregunto cuándo vendrán – dijo Quintus.

Pronto, creo. Están trabajando extra en el praetorium, armando tiendas, arreglando todo para que se vea mejor: nuevas colgaduras y lámparas y camas. Todo está siendo limpiado y lustrado.

Podrás verlos – dijo Quintus con un toque de celos.

Todos podremos verlos.

Pero no tan de cerca como tú.

Quiero ver a Lucius Verus de cerca – gorjeó Lucius – Me pusie ...

Una severa mirada de Maximus lo detuvo en mitad de la frase.

Lucius se quedó callado durante un momento antes de retomar cautelosamente el diálogo:

Me pregunto cómo será su caballo. Me pregunto...

Esta vez fue interrumpido por el sonido de un cuerno. Era la señal para que todos los hombres regresaran a sus tiendas y se prepararan para dormir. Los muchachos se despidieron rápidamente y se separaron en la oscuridad, siguiendo diferentes direcciones.

Cuatro días más tarde, el sonido de otro cuerno alertó a la bien preparada legión sobre la proximidad de los emperadores. La infantería y la caballería tomaron rápidamente sus posiciones a ambos lados del camino y Maximus se ubicó al lado y un poco más atrás del general, listo para recibir las riendas de los caballos de los emperadores. A su lado estaba Lucius, quien se encontraba en ese sitio de privilegio por pedido especial de Maximus. El general lucía espléndido, vestido con su mejor armadura y sus pieles y Maximus estaba lleno de orgullo de estar a su lado.

Luego, por sobre las cabezas encasquetadas de los hombres que bordeaban el camino, Maximus vio las banderas ondeantes y los estandartes y se quedó boquiabierto cuando una enorme águila dorada con las alas extendidas pareció alzar vuelo sobre los soldados. El sol brilló en sus plumas cinceladas y Maximus levantó el brazo para proteger sus ojos del resplandor. Se sobresaltó cuando los cuernos sonaron muy cerca de sus oídos, anunciando el arribo de los dos hombres más poderosos del imperio.

Los soldados inclinaron sus cabezas ante la partida que se aproximaba y la palabra "Alteza" brotó solemne de millares de gargantas. Era imposible absorber todos los detalles que danzaban ante sus ojos: las cabriolas de los blancos caballos con arneses emplumados, los pretorianos pesadamente armados y envueltos en sus capas negras, los portaestandartes, las cornetas... todo bailaba delante de sus ojos. Maximus se concentró nuevamente en la magnífica águila, muy alta por encima de su cabeza y se sintió momentáneamente confundido cuando ésta fue reemplazada primero por la cabeza de un caballo resoplante y luego por el rostro de un hombre. Este llevaba una corona de dorados laureles... el símbolo de su poder.

Maximus contempló con temor reverente al hombre de espalda recta vestido de púrpura imperial, su armadura dorada lujosamente decorada con símbolos de poder. El emperador Marcus Aurelius tiró de las riendas frente al general y luego miró a Maximus y se inclinó sonriente hacia el muchacho de enormes ojos azules. Maximus se sobresaltó y bajó la cabeza hasta que el mentón se le hundió en el pecho cuando el soldado que estaba detrás de él le dio un fuerte golpe en el hombro. Se sonrojó furiosamente al darse cuenta de que se había atrevido a mirar al emperador como si fueran iguales.

Luego, por sobre su cabeza, escuchó una risita y empezó a temblar. Marcus Aurelius desmontó con elegancia y se acercó a él hasta que sus pies calzados con botas ocuparon el suelo en el que estaba fija su mirada. Detrás de él, otro hombre vestido de modo similar, también desmontó y saludó al general, quien se inclinó ante él.

¿Cómo te llamas, muchacho?

¿El emperador le estaba hablando? Maximus respiró hondo, rogando que su voz sonara firme pero su respuesta fue apenas un chillido.

Maximus, Alteza.

¡Maximus! Qué gran nombre para alguien tan joven. Mírame, jovencito.

Levantó los ojos lentamente, manteniendo la cabeza inclinada hasta que se dio cuenta de cuán tímido debía parecer y entonces alzó el mentón hasta que, una vez más, su mirada estuvo fija en los ojos alegres del emperador. Marcus acarició su barba castaña y gris mientras estudiaba el joven rostro y la mirada directa. Su tono se tornó serio.

¿Y te propones estar a la altura de semejante nombre, hijo?

Maximus asintió con la cabeza con igual seriedad y gran convicción.

Sí, Alteza, me lo propongo. Pretendo ser un gran soldado.

Los hombres del emperador estallaron en carcajadas y Maximus sintió que su rostro volvía a sonrojarse pero sus ojos no se apartaron de los del César.

Marcus tendió el brazo y tomó al muchacho por el hombro, maravillándose de la fuerza que detectó en alguien tan joven.

No lo dudo, mi muchacho, no dudo que lo lograrás. Necesitaré muchos soldados fuertes como tú y estoy seguro de que el imperio estará a salvo en manos tan capaces como las tuyas.

Maximus se quedó mirándolo, aturdido.

Ahora, toma las riendas de mi caballo, Maximus – dijo Marcus pasándoselas – Estoy seguro de que puedo confiártelo.

Lo cuidaré con mi vida, Alteza – respondió Maximus mientras volvía a inclinar la cabeza.

Padre, ¿qué hay de mi caballo?

La dulce voz femenina llegó a los oídos de Maximus desde atrás del emperador.

Marcus se hizo a un costado para revelar otro perfecto semental blanco, un poco más pequeño que el suyo, sobre el que estaba sentada la chiquilla más maravillosa que Maximus jamás hubiera visto. Calculó que era un par de años más chica que él pero montaba su caballo como una mujer adulta. Suaves rizos castaños caían sobre sus hombros por debajo de la capucha de su capa azul bordeada de piel, mientras miraba a Maximus con unos curiosos ojos verdes. Una lenta sonrisa iluminó su rostro mientras lo contemplaba y Maximus maldijo para sus adentros al sentir que el calor que ascendía desde su cuello. Estaba completamente seguro de que brillaba de vergüenza.

Marcus contempló a su hija orgullosamente.

Lucilla – dijo en un tono de broma – estoy seguro de que Maximus estará muy ocupado con mi caballo. Otro soldado se encargará del tuyo.

Puedo ocuparme de ambos, Mi Señor – intervino Maximus apresuradamente – Estoy acostumbrado a manejar caballos.

El general Patroclus extendió una mano abierta, advirtiéndole que no hablara más.

Marcus paseó su mirada del muchacho a su hermosa hija, cuyos ojos no se habían apartado de Maximus en ningún momento.

Bueno, siendo así...

¡Padre! ¿Qué está demorando tanto? – se quejó una voz desde atrás de Lucilla y Maximus siguió su mirada cuando ésta se dio vuelta hacia su hermano menor. El chico lucía una poco atractiva mueca de fastidio y taloneó maliciosamente su caballo negro, haciendo que el animal resoplara y se encabritara mientras lo dirigía hasta colocarlo por delante de la montura de su hermana. Cuando los ojos de Lucilla volvieron a posarse en Maximus, su hermano se volvió hacia él y dirigió su fastidio hacia el joven soldado que lo miraba a la cara. Maximus los había identificado como hermano y hermana aún antes de que Marcus Aurelius se dirigiera a su hijo.

Commodus – le advirtió el emperador – No uses ese tono de voz. No hay necesidad.

¡Míralo! – rezongó Commodus - ¡Ni siquiera inclinó su cabeza ante mí!

Dándose cuenta de su error, Maximus fijó los ojos en el suelo.

Por encima de su cabeza, el emperador suspiró y una vez más Maximus sintió su mano gentil apretándole el hombro tranquilizadoramente.

Está cansado, hijo. Fue un viaje muy largo para un niño de siete años.

El emperador alzó sus brazos y tomó a Lucilla por la cintura, depositándola suavemente en el suelo. Luego, con un guiño, le tendió a Maximus las riendas del caballo. Se volvió hacia Commodus y lo bajó de su montura, pero le entregó las riendas del animal a un soldado de más edad.

Llevando a un niño de cada mano, el gran hombre saludó finalmente al general y luego fue a unirse con Lucius Verus y condujo a sus hijos en dirección al alojamiento de Patroclus. Lucilla se dio vuelta y le lanzó a Maximus una rápida mirada antes de volver junto a su padre saltando alegremente.

De inmediato, varias manos le palmearon la espalda y otros tantos puños le golpearon el mentón mientras los soldados lo atormentaban sin piedad.

¡Eh, Maximus! – bromeó una voz familiar a sus espaldas – ¡Tal vez ella también espera que estés a la altura de tu nombre!

Maximus se dio vuelta para enfrentar a Lucius, la furia dominando su rostro juvenil.

¡Cállate, Lucius! – gruñó – Es una dama. No te atrevas a hablar de ella de ese modo.

Lucius dio un paso atrás. No era común ver a Maximus enojado pero, cuando ocurría, los soldados jóvenes se alejaban rápidamente. Había algo en él que los otros muchachos temían desafiar. Como siempre, la nube tormentosa que ensombrecía su rostro fue desplazada rápidamente por una expresión firme y resuelta.

Tengo trabajo que hacer, Lucius, y tu también – Maximus contempló el magnífico semental castaño de Lucius Verus – Tu también.

Lucius se encogió de hombros, agradecido de no tener que pelear con su amigo. Jamás ganaba las discusiones.

Mejor ponemos manos a la obra.

Bien. Sígueme.

Maximus hizo girar a los dos caballos y caminó en dirección a los establos decidido a cepillarlos hasta que brillaran. Mientras caminaba pensó en los ojos amables fijos en los suyos, la voz alegre y la mano gentil. Hacía mucho tiempo que nadie lo llamaba "hijo".

Capítulo 5 - Lucilla

La familia imperial permaneció tres días en el campamento, de modo tal de descansar y permitir que los emperadores conferenciaran con uno de los mejores generales de todo el ejército, Patroclus. No se aventuraron mucho más allá del praetorium, que había sido lujosamente decorado en honor de la visita imperial. Hasta Maximus tenía ropa y botas nuevas, lo que era bueno porque crecía a tal velocidad que todo le quedara chico enseguida. Mientras trabajaba cerca del general, a veces lograba echar una mirada al alto emperador y su hermosa hija.

Maximus estaba fascinado. No habiendo tenido una hermana, las únicas muchachas de su edad que había conocido eran sus primas. Pero éstas eran chicas ordinarias, lo opuesto a esta visión juvenil envuelta en sedas y pieles. Lucilla usaba el cabello suelto y éste formaba nubes sobre sus hombros. Llevaba brazaletes de oro y varios anillos adornaban sus manos. En sus orejas, refulgían piedras preciosas. Maximus nunca había imaginado semejante belleza.

Aunque no parecía fijarse en él, Lucilla también estaba atenta, observándolo frecuentemente desde la entrada de la tienda del general, mientras se afanaba con alguna tarea. Lo que vio la impresionó. Maximus era alto y robusto, de espeso cabello ondeado y ojos hermosos aunque tristes

A veces, esos ojos se veían azules pero en otros momentos parecían virar hacia un tono más cercano al verde. Su voz la fascinaba cuando lo escuchaba hablándole al perro o silbando una tonada mientras hacía su trabajo y el muchacho se movía con la fuerza, gracia y agilidad de un semental joven. Si sospechaba que él la estaba mirando, Lucilla se apresuraba a ocultarse en la tienda, para gran diversión de sus servidoras siempre presentes.

Lucilla se aburría. Estaba cansada de escuchar a su padre y Lucius Verus mientras discutían diversos asuntos con el general - asuntos que no podía entender - y estaba cansada de los juegos e historias de sus servidoras. Quería explorar más allá de la tienda... y hablar con el muchacho del perro.

Su oportunidad llegó en la tarde del último día de la visita imperial, cuando descubrió a Maximus sentado frente a la tienda del general, cepillando cuidadosamente el espeso pelaje del perro para quitarle los abrojos. Lucilla se movió rápidamente, dejando atrás a sus sorprendidas sirvientas y corrió en dirección al muchacho.

Maximus supo que había problemas cuando Hércules emitió un fuerte gruñido y la pelambre de su cuello se puso tiesa. Apenas tuvo tiempo de ver a la muchacha que se aproximaba corriendo envuelta en sedas flotantes antes de agarrar al perro por el cuello y ordenarle bruscamente que se quedara quieto. Pero Hércules no quiso saber nada. Estaba decidido a proteger a su joven amigo de esa extraña envuelta en extraños ropajes. Se agazapó descubriendo los colmillos. Lucilla se detuvo de golpe, empalideció y se llevó la mano a la boca como para ahogar un grito. Maximus se arrojó sobre el perro con todo su peso y le cerró las mandíbulas con las manos. Al mismo tiempo le gritó que se callara y pasó una pierna sobre el lomo del animal, sujetándolo firmemente entre sus fuertes muslos. Sólo entonces, cuando tuvo a Hércules totalmente bajo control, levantó la vista para mirar a la muchacha, esperando encontrarse con lágrimas de terror.

¡Pero la muchacha se estaba riendo! ¡Riendo! ¿Acaso no se daba cuenta de que el perro podía hacerla pedazos? Mientras una de las servidoras de Lucilla la sujetaba por detrás, Maximus rugió:

¿Estás loca? Este perro podría matarte. Está entrenado para pelear y no le gustan las personas. Especialmente las chicas.

¿Es tan así? - Lucilla se sacudió las manos de las mujeres que trataban desesperadamente de apartarla del lugar - Y a ti, ¿por qué no te mata?

Porque me conoce. Trabajo con él a diario.

¿Es tu perro? - preguntó Lucilla, acercándose a pesar de las protestas de las mujeres.

No, del general.

Lentamente, Lucilla extendió una mano hacia Hércules y Maximus sintió de inmediato cómo un rugido retumbaba en el pecho del animal. Apretó las rodillas aún con más fuerza.

Por favor, Mi Señora, no hagas eso. No sé cuánto tiempo más podré controlarlo - imploró.

¿Por qué? ¿No eres lo suficientemente fuerte?

Maximus se sintió insultado.

¡No... claro que sí! Lo soy pero...

Entonces, déjame acariciarlo.

De ningún modo. Aparta la mano o te la va arrancar.

Lucilla le lanzó una mirada coqueta.

Estoy segura de que me...

¡Lucilla!

Al escuchar la voz de su padre, la muchacha bajó la mano pero mantuvo los ojos fijos en Maximus y sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice.

Padre, Maximus me estaba mostrando el perro del general.

Patroclus intervino, dirigiéndose a Maximus.

Pues Maximus cometió un grave error por el que será severamente castigado.

Conmocionada, Lucilla abrió los ojos muy grandes. La violenta emoción se reflejó en el rostro de Maximus. Desde que estaba en el campamento apenas si había recibido una reprimenda, ¿y ahora iba a ser "severamente castigado"? Las palabras de protesta se agolparon en su garganta pero se obligó a tragarlas. Sus ojos volaron de Patroclus a Lucilla y luego volvió a concentrar su atención en el perro, que se quejaba suavemente entre sus piernas.

Lucilla se volvió para enfrentar al general Patroclus, su rostro pálido como el de una muerta. No tenía idea de qué involucraba semejante castigo pero sabía que no podía ser responsable de que el muchacho sufriera.

No... no lo castiguen - dijo - No fue su culpa, señor. Fui yo quien se acercó al perro y Maximus me advirtió que no lo hiciera. Es realmente muy valiente, señor, y evitó que el perro me mordiera.

Marcus Aurelius contempló a su hija con cariñosa exasperación.

Sé que estás aburrida, mi querida, pero partiremos en la mañana. ¿Crees que puedes mantenerte alejada de los problemas hasta entonces?

Lucilla consideró las palabras de su padre, se mordió el labio inferior burlonamente y respondió:

Lo intentaré, papá.

El emperador sonrió al muchacho que seguía sujetando al perro entre sus piernas mientras tomaba la mano de su hija.

Muchas gracias, hijo. Me temo que mi niña es un tanto impulsiva, pero parece que tienes la situación bajo control.

Alteza - murmuró Maximus. Otra vez, al oírse llamar "hijo", se formó un nudo en su garganta que le impidió emitir otra palabra. Se quedó plantado allí, con el perro apretado entre sus piernas, hasta que la pareja real desapareció dentro de la tienda. El forcejeo del enorme canino lo trajo de regreso a la realidad y se sentó en el suelo, al lado del animal. Mirando de lleno sus grandes ojos líquidos, lo abrazó y dijo:

Gracias, Hércules.

A la mañana siguiente, Maximus se levantó más temprano que nunca, atendió a los caballos y llevó a Hércules a su paseo habitual. Pero cuando regresó al campamento el emperador y su familia se habían marchado. El joven soldado se quedó de pié en el camino, contemplando su vacía inmensidad y se preguntó si alguna vez volvería a ver al amable emperador y su juguetona hija.

Roman Wall
Banner