Con la legión Gemina Felix VII, la única estacionada en España, alistándose para marchar, el campamento se volvió activo como una colmena. Iban hacia el norte, a reforzar las quince legiones allí estacionadas, once a lo largo del Danubio y cuatro a lo largo del Rhin.
El ejército romano funcionaba como una maquinaria bien aceitada y la legión Felix no era la excepción. Consistía en más de cinco mil hombres fuertemente armados, divididos en diez cohortes de cuatrocientos ochenta miembros cada una dividas a su vez en seis centurias con ochenta a cien hombres. La primera cohorte de la legión, que contenía sus soldados más valiosos, tenía cinco centurias dobles de ciento sesenta hombres. Cada centuria era liderada por un centurión, el oficial de rango más bajo, un hombre ascendido de las filas de soldados por méritos de servicio y capacidad de liderazgo. Los centuriones trabajaban duro para alcanzar el rango más alto, ya que cada legión tenía centuriones de diferente grado.
Los oficiales por encima de estos venían de afuera y eran elegidos exclusivamente entre los miembros de las dos clases sociales romanas más altas. Un general a cargo de una legión debía provenir de la clase senatorial superior y su segundo en el mando, el legado, de la senatorial inferior. Los otros altos oficiales - los seis tribunos - provenían de la clase de los caballeros, ubicada inmediatamente por debajo de la de los senadores.
Maximus se consideraba a sí mismo muy afortunado por ser parte de la legión ya que todos los hombres que la integraban habían sido reclutados exclusivamente entre los ciudadanos romanos, mientras que los provincianos como él sólo eran admitidos en las unidades auxiliares, que tenían un status muy inferior. A menudo, los auxiliares eran empleados para vigilar las fronteras. Maximus también sabía que, aunque le permitieran permanecer en la legión, ni siquiera su gran ambición lo llevaría más allá del rango de centurión debido a su posición social... o, mejor dicho, a la falta de ésta.
Quintus era afortunado. Como ciudadano romano, tenía una gran ventaja tanto sobre Maximus como sobre Lucius, quienes no se convertirían en tales hasta que se retiraran del ejército... después de veinticinco largos años de servicio. A los catorce, veinticinco años eran una cantidad de tiempo inconcebible.
Maximus estaba entusiasmado ante la perspectiva de abandonar Hispania por primera vez en su vida. Deseaba ver más del mundo y tenía la esperanza de algún día visitar Roma. Pero ahora avanzaba en la dirección opuesta, adentrándose en los bosques de las provincias del norte, donde las tribus germanas amenazaban cruzar las fronteras del Danubio y el Rhin e invadir territorio romano.
Las tropas se regocijaron de estar otra vez en movimiento y levantaron el campamento rápidamente. Cada hombre tenía una tarea que hacer y sabía hacerla perfectamente. Los adioses a los seres queridos - incluidos los hijos y las esposas de hecho - fueron breves y a media mañana la legión ya marchaba por el camino hacia el norte, un camino construido muchos años antes por otros legionarios.
La procesión detrás del estandarte del águila dorada se extendía por varias millas - miles de hombres y muchachos marchando, centenares de miembros de la caballería y oficiales montados, docenas de carros cargados de provisiones y tirados por bueyes, mulas cargadas con pesados bultos, manadas de ovejas y cabras, pollos chillones encerrados en jaulas y la magnífica y aterradora maquinaria de guerra, incluidas las enormes catapultas, ballestas y onagros. La procesión también incluía todo lo necesario para el funcionamiento del ejercito: un cuerpo religioso y otro legal, médicos y veterinarios, herreros, carpinteros, albañiles y muchos otros artesanos.
Como los soldados, Maximus cargaba sus pertenencias y alimentos sobre el hombro derecho. Pero estos, además, cargaban sus propias raciones, su pesada armadura, sus armas - una daga, una lanza y una espada corta -, un escudo ovalado - hecho de madera, tela y cuero de becerro - y algunas herramientas, completando una pesada carga de sesenta libras. Maximus marchaba entre los muchachos demasiado jóvenes aún para ser soldados pero que llevaban la cabeza tan alta como cualquier hombre de la legión.
Los soldados hablaban poco, concentrándose en el avance de sus pies sobre suelos rocosos y guardando el aliento para los ascensos difíciles. En lo posible, marchaban ordenadamente, atentos a cualquier señal de peligro, listos para armarse y defenderse en caso necesario. Maximus consideraba absurdo que un grupo de bandoleros pensara siquiera en atacar a una legión tan grande, bien armada y entrenada.
El viaje hacia el norte fue difícil porque el terreno pronto se hizo montañoso, el aire más escaso y el clima más frío. Maximus, quien se había criado en un territorio similar, sufría estos rigores menos que los demás. Algunos pasos eran muy estrechos y muchas de las subidas tan empinadas que hacían que los carros pesadamente cargados se deslizaran hacia atrás, arrastrando con ellos a los aterrorizados animales de tiro. Cuando esto ocurría, Maximus se unía a los hombres que se colocaban detrás del carro y lo empujaban hasta que superaba la subida.
Cada día, justo antes del crepúsculo y después de una jornada de marcha de veinte millas, armaban campamento. Los muchachos ayudaban a los hombres a cavar la trinchera y levantar un terraplén detrás de ella, el cual reforzaban con una empalizada de agudas estacas. Dentro del protegido recinto se cocinaban las comidas y había algún tiempo para relajarse antes del necesario sueño. Durante ese tiempo, Maximus buscaba la compañía de sus amigos, especialmente la de Lucius, el chico de cabeza lanuda, al que se sentía muy unido.
Maximus y Quintus se estaban haciendo altos y fuertes, con voces que se hacían cada vez más graves. Comparado con ellos, Lucius era aún un niño. A menudo se quejaba de su tamaño y fuerza menores, temeroso de no alcanzar la estatura mínima requerida para ser soldado, estatura que Quintus y Maximus ya habían superado. Tampoco era fuerte y Maximus estaba atento a posibles señales de fatiga, tomando su carga y echándosela sobre el otro hombro cuando Lucius parecía a punto de trastabillar.Durante los siguientes sesenta días, la legión avanzó trabajosamente hacia el norte, cruzando ríos profundos y altas montañas, pasando a través de bosques y cenagales, hasta alcanzar los oscuras, verdes montes de las provincias del norte. Finalmente, a la vista del río Danubio, la legión Felix montó campamento permanente y descansó por unos días, preparándose para una posible guerra.
La vida en el ejército podía ser monótona pero no cuando se cernía sobre éste la posibilidad de una guerra. Cada día, durante horas, los centuriones ponían a sus hombres en actividad, preparándolos física y mentalmente para la batalla. La obediencia absoluta a los oficiales era de rigor y la disciplina estricta. En batalla, la legión debía moverse como un solo cuerpo, las filas apretadas, los giros correctos y rápidos, los ojos y oídos de los soldados atentos a las señales y las manos listas para la acción. Practicaban formándose, a la voz de mando, en fila simple, doble fila, en cuña, círculo, cuadro y "tortuga", una formación de cuadro especial, usada al atacar una ciudad amurallada, en la que los hombres se protegían entre sí formando una caparazón con sus escudos.
Luchaban en falsas batallas tan feroces como las reales que a veces terminaban con soldados heridos por haberse. Durante horas, Maximus y sus amigos contemplaban las prácticas. Sus compañeros se deleitaban en la violencia pero Maximus observaba los movimientos, escuchaba las órdenes y estudiaba la autoridad de los centuriones.
Una tarde, Maximus juntó el coraje necesario para acercarse a un centurión al que admiraba particularmente llamado Darius. El hombre era capaz de obtener lo mejor de sus tropas sin necesidad de amenazas ni castigos y se ensuciaba y agotaba a la par de sus soldados, demostrando personalmente un movimiento o dibujando en la tierra la estrategia que estaba explicando. Además, conocía a cada uno de sus hombres por su nombre. Darius estaba sentado a la entrada de su tienda, limpiando cuidadosamente sus armas. Su rostro era temible - marcado de cicatrices lívidas - pero Maximus no se sentía intimidado.
¿Señor?
Darius levantó la vista y sonrió.
Maximus.
El muchacho se detuvo sorprendido.
¿Cómo es que sabe mi nombre, señor?
Oh, estoy atento a los muchachos con potencial. Me gusta lo que veo en ti.
Gracias, señor. Yo también lo admiro mucho.
Daríus rió ante la sinceridad del muchacho.
¿Qué puedo hacer por ti, muchacho?
Quiero entrenar como soldado, señor. Siento que estoy listo.
Darius consideró las palabras del chico, estudiando sus hombros y brazos fuertes.
¿Qué edad tienes?
Casi quince, señor.
¿Casi?
En unas semanas, creo.
Hummmm. Bueno, todavía eres muy joven pero pareces estar en buena forma. Te diré lo que haremos: si me demuestras que estás listo, estaré encantado de trabajar contigo.
¿Cómo lo hago, señor?
Prepararé una serie de pruebas para determinar si es así.
Maximus quedó encantado.
Gracias, señor.
Maximus se dio vuelta para irse, temeroso de molestar al centurión al acaparar su tiempo.
Maximus, siéntate aquí - Darius le señaló un lugar a su lado - Puedes ayudarme a limpiar mis armas.
Maximus se acomodó en el banco de madera y aceptó el pesado escudo que le tendió el oficial.
Dime Maximus, ¿por qué me elegiste como tutor? Hay oficiales superiores a mí que podrían ayudarte.
Admiro su estilo, señor. Me gusta el modo en que le habla a sus hombres y cómo trabaja lado a lado con ellos. Me doy cuenta de que lo admiran. Pelean por usted porque lo admiran, no porque los amenace como hacen otros oficiales. Algunos se comportan como si no quisieran embarrarse la ropa.
Darius se quedó atónito. No eran los comentarios de un jovencito común y corriente, entusiasmado ante la posibilidad de derramar sangre. Se quedó callado y dejó que Maximus siguiera hablando.
- Y los movimientos que desarrolla - las estrategias -, pienso que son brillantes.
¿El chico estudiaba las maniobras?
Bueno, gracias, Maximus.
Se quedaron callados durante un rato, cada uno absorto en sus pensamientos. Después, Darius dijo:
¿De dónde eres, muchacho?
De España, señor. De las montañas. Nací en una granja.
¿Y cómo llegaste a la legión Felix?
El rostro del muchacho se oscureció.
Mi familia murió en un incendio, señor. Yo me salvé. No sé por qué...
A veces somos apartados por una razón, Maximus. Los dioses tienen planes para nosotros - Darius se quedó pensativo durante un momento - Siento haberte interrumpido. Sigue.
Me mandaron a vivir con unos tíos abuelos pero yo no encajaba allí. Un día, cuando vi la legión acampada cerca del mar, simplemente me uní. Supe que esto era lo que quería ser.
Darius dejó a un lado su reluciente espada, se volvió hacia el muchacho sentado junto a él y le habló seriamente:
Te das cuenta, Maximus, de que no deberías estar en la legión. No eres ciudadano romano. Tu lugar está en los cuerpos auxiliares - Darius sonrió afectuosamente a ver que el muchacho palidecía bajo su intenso bronceado - Tal vez se pueda hacer algo para remediarlo. Tal vez. ¿Por qué no te preocupas por ser el mejor soldado posible y me dejas el resto a mí?
Gracias, señor - murmuró Maximus, estremecido ante el solo pensamiento de tener que dejar la legión.
Ahora vete, muchacho, duerme bien, Vas a necesitar todo el descanso posible para estar listo para las pruebas. Empezaremos dentro de dos días. Ven a verme el viernes, después de la práctica.
Sí, señor, y gracias.
Darius inclinó la cabeza a modo de despedida mientras le daba la espalda y jugueteaba con la solapa de su tienda. Pero el jovencito ocupaba aún sus pensamiento. Darius nunca había conocido a alguien como él.
En la tarde del viernes, apenas Darius se sentó a descansar después de la práctica diaria, Maximus apareció a su lado. El centurión no se había olvidado del muchacho pero creyó que podría tener un rato para sí. Sin embargo, sonrió mientras volvía a ponerse de pie, tomó una manta de lana y le hizo señas de que lo acompañara. Condujo a Maximus fuera del campamento, a la rivera del ancho y oscuro río Danubio.
¿Sabes nadar?
¡Sí, señor!
Bien, nada hasta la mitad del río y vuelve.
Maximus estudió la lejana orilla opuesta y trató de calcular la distancia hasta la mitad.
Simplemente nada - le dijo Darius - Yo te diré cuándo regresar. No te apures. La idea es lograrlo, no hacerlo rápido.
Maximus se sentó en el suelo y empezó a quitarse las botas.
Déjatelas puestas. En batalla no te quitas las botas.
El muchacho asintió y vadeó el agua que le llegaba a las rodillas, estremeciéndose con el frío que hizo que hizo erizar cada pulgada de su piel Después se sumergió con un salto limpio y salió a la superficie braceando y pateando con fuerza.
¡Más despacio! - le llegó la voz de mando y Maximus estableció un ritmo firme y parejo. Mantuvo la cara bajo el agua salvo para respirar o echar una mirada ocasional y determinar su ubicación. Pronto Darius no fue sino una mancha en la distancia. Todavía no estaba muy cansado pero se estaba enfriando rápidamente y el agua a su alrededor era negra como la brea.
La aprensión comenzó a apoderarse de Darius a medida de que se le hacía más difícil ver a Maximus en la creciente oscuridad. Podía oírlo y sus brazadas aún sonaban fuertes y regulares. Darius maldijo su propia estupidez al haber arriesgado al muchacho en una prueba tan difícil a una hora tan tardía. Estaba oscureciendo rápidamente y el frío iba en aumento por lo que decidió llamarlo para que regresara aunque todavía estaba lejos de la mitad del río. Puso las manos en torno a su boca y gritó su nombre. Las brazadas siguieron. Darius volvió a gritar, esta vez más fuerte, pero aún así no logró hacerse oír. ¿Qué lo había llevado a empujar a Maximus de ese modo? ¿El deseo de ver si era capaz de lograrlo?
Darius empezó a gesticular frenéticamente. Maximus siguió nadando. Un grupo de hombres corrió hacia Darius, creyendo por sus gritos que se trataba de un ataque. El centurión les explicó rápidamente lo que ocurría y los soldados se le unieron, llamando a Maximus con gritos y gestos. El perro gris del general se desató en alocados ladridos.
Fueron los ladridos los que lograron alcanzar la mente exhausta de Maximus. Dejó de nadar para establecer su posición y quedó sorprendido al ver cuán lejos había nadado y que estaba mucho más cerca de la otra orilla - mucho más cerca de las tribus germanas - que de Darius. Se puso de espaldas y flotó durante unos instantes para recuperar el aliento y luego ordenó a sus cansados músculos que se pusieran nuevamente en marcha y nadó rumbo a la orilla guiándose por los ladridos.
Aliviado al ver que el muchacho finalmente había dado la vuelta, Darius y los otros hombres se metieron en el agua hasta la cintura, listos para sacarlo del río si hacía falta. Hércules iba y venía por la orilla, ladrando sin pausa.
Sólo la fuerza de voluntad mantuvo en movimiento el cuerpo de Maximus, entumecido por el frío. Sus miembros se convirtieron en máquinas que hendían el agua automáticamente. Cuando se acercó a la costa, varias manos se extendieron para agarrarlo.
No - gritó Darius - Dejen que él lo haga. Llegó hasta aquí. Déjenlo terminar.
Con los pulmones doliéndole, Maximus finalmente sintió algo firme bajo sus pies, apenas consciente de los cuerpos que lo rodeaban. Trastabilló y cayó de rodillas. Inmediatamente, su cuerpo exhausto fue derribado boca abajo por Hércules. Maximus se las arregló para darse vuelta y abrazar su cuerpo peludo contra el suyo tembloroso, respirando agitadamente con la boca abierta, mientras el perro bañaba su rostro a lengüetazos.
Darius apartó al perro de un tirón, arrojó una manta seca sobre el muchacho y lo envolvió en ella.
Bien hecho Maximus, bien hecho, muchacho.
El centurión se estrujó las manos, alarmado al advertir los labios azulados del muchacho y el castañeteo de sus dientes. Sintiéndose muy culpable, lo ayudó a levantarse y lo condujo a través de la oscuridad hacia su propia tienda. Darius hizo caso omiso de las miradas interrogantes de los soldados reunidos junto a las fogatas y sostuvo abierta la solapa de la tienda para que el tembloroso muchacho entrara, mientras Hércules se echaba al suelo. Una vez adentro, Darius le arrojó una túnica seca y le señaló un rincón alejado.
Cámbiate. Volveré en unos momentos.
Las manos temblorosas de Maximus se negaban a cooperar y tardó unos momentos hasta poder pasar la túnica empapada sobre su cabeza. Suspiró al ponerse la ropa seca, se sentó y trató de desatar los empapados cordones de cuero de sus botas. Levantó la vista cuando notó que la solapa de la tienda se abría y su visión se oscureció cuando una manta cayó sobre su cabeza, seguida de la orden de quedarse sentado. Las fuertes manos de Darius le frotaron vigorosamente el cabello y después, el centurión echó la segunda manta sobre sus hombros y lo envolvió en ella. Luego, le tendió un frasco y le ordenó que bebiera, mientras usaba un cuchillo para cortar los cordones de las botas.
Maximus echó la cabeza hacia atrás y dejó que el líquido resbalara por su garganta. Enderezándose de golpe, jadeó al sentir que la bebida se convertía en fuego y amenazaba impedirle respirar. Atragantándose y tosiendo, logró aspirar grandes bocanadas de aire para enfriar el ardor de su garganta.
Darius se echó a reír.
Bébelo despacio. Te calentará más rápido que cualquier otra cosa.
Maximus vaciló pero inclinó el frasco y atajó el líquido con su lengua, dejando que goteara poco a poco en su garganta. La magia funcionó y enseguida se sintió más caliente... y un poco mareado.
Una vez que terminó de quitarle las botas, Darius le envolvió los pies en otra manta. El temblor disminuyó primero y después desapareció. El cabello de Maximus se enruló alborotadamente por la fricción y sus ojos vidriosos se aclararon.
Entonces - dijo Darius - ¿estás listo para la siguiente prueba?
A Maximus se le cayó el alma a los pies.
Sí, señor - dijo mientras se preguntaba "¿Ahora qué?"
El centurión se echó a reír.
No creo que haga falta ninguna otra prueba, mi muchacho. Esta noche demostraste tu fuerza y honor más allá de toda duda - le apretó un hombro cubierto de mantas - Lo hiciste bien, Maximus, lo hiciste muy, muy bien. Ahora vete a tu tienda. Me encargaré de que mañana tengas unas botas nuevas. Estas están completamente arruinadas.
Gracias, señor - dijo Maximus en voz baja antes de marcharse arrastrando la manta tras de sí. En el camino de regreso a su tienda, envuelto en el calor de la lana y con un manto de estrellas sobre su cabeza, saboreó en sus labios las palabras "fuerza y honor".
Darius se quedó un largo rato mirando la entrada de la tienda, perdido en sus pensamientos. Lo que el chico había logrado esa noche era sencillamente extraordinario. Tendría que ver al general Patroclus antes de lo pensado.
Te lo digo, Patroclus, este chico es excepcional. El...
No me estás diciendo nada que no sepa, Darius.
Patroclus, tiene madera de líder, de auténtico líder.
Eso también lo sé.
Bueno, ¿sabías que no es ciudadano romano?
La mano del general se detuvo a medio camino entre la mesa y su boca, el delicioso vino tinto de su copa momentáneamente olvidado.
¿Que no es ciudadano? ¿Cómo llegó entonces a unirse a esta legión?
Parece que nadie se lo preguntó hasta anoche. Le expliqué que tendría que conformarse con integrar el cuerpo auxiliar y se puso muy triste. Quiere estar aquí, Patroclus, y este ejército necesitará soldados como él. Soldados que un día lleguen a ser líderes.
Estoy seguro de que puede arreglarse. Después de todo, el otorgamiento de la ciudadanía no es algo tan fuera de lo común - el general Patroclus bebió su vino y después hizo girar la copa entre sus manos – De ese modo, Maximus podrá quedarse con la legión Felix y progresar hasta llegar a centurión.
Darius posó lentamente su copa sobre la mesa y se volvió a contemplar las llamas movedizas de la lámpara de aceite que reposaba sobre ésta. La luz cambiante iluminaba el rostro del centurión, enfatizando profundas cicatrices que hablaban de coraje en pasadas batallas.
Patroclus apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia él, su rostro la imagen viva de la curiosidad.
¿No es eso lo que querías escuchar, Darius?
Sí, por supuesto, señor.
Las cejas del general se arquearon ante la súbita formalidad en el tono del centurión. Lo aferró por la muñeca y lo obligó a mirarlo a los ojos.
¿Qué pasa?
Centurión no es ni remotamente suficiente, Patroclus. No para este muchacho. Llegará al grado más alto en muy poco tiempo, no tengo dudas. Alcanzará el tope de la graduación... y ya no tendrá a dónde ir. Será un terrible desperdicio de su potencial.
- ¿Y qué potencial crees que tiene?
General - la respuesta fue clara y firme.
Ahora Patroclus estaba realmente anonadado. Se puso de pie y anduvo de una punta a la otra de la tienda, las cejas fruncidas, las manos en la espalda.
¿Puedes decir que un chico de quince años tiene capacidad de liderazgo como para llegar a general?
Darius sostuvo la mirada del general pero no dijo nada.
¿En qué te basas? ¿En un remojón en el Danubio? - demandó Patroclus con un toque de sarcasmo.
- Eso y mucho más.
Bueno, no pierdas el tiempo ni siquiera pensando en eso porque nunca ocurrirá. Aunque forcemos las reglas y le otorguemos al chico la ciudadanía, no pertenece a la clase senatorial. Sabes tan bien como yo que ese es un requisito indispensable para llegar a general.
Señor, es bien sabido que algunos hombres que alcanzaron posiciones de gran poder en Roma no eran ciudadanos. ¿Cómo se las arreglaron para llegar a ser líderes políticos y militares?
Patroclus caminó hasta situarse delante del busto de mármol blanco de Marcus Aurelius y dijo en voz baja:
Creo que el emperador también vio algo especial en Maximus. Pareció muy interesado en el muchacho - Patroclus suspiró - Hay algo que podría hacerse pero necesito el permiso del emperador para siquiera ponerme en marcha. Espero verlo por esta región en poco tiempo y hablaré con él cuando estime que es el momento adecuado.
Darius supo que no podía presionar más.
Gracias, general.
Patroclus asintió mientras seguía contemplando el busto del emperador y el centurión supo que debía retirarse. Cuando acababa de cruzar la entrada de la tienda, escuchó al general llamándolo. Volvió a meter la cabeza dentro de la tienda y dijo:
¿Señor?
Empieza a entrenar al muchacho como soldado pero no te excedas. Recuerda su edad. Y, Darius, no vuelvas a arriesgar su vida.
Reprendido pero al mismo tiempo regocijado, Darius sonrió y tarareó la melodía de una cancioncita sucia mientras se dirigía a su tienda. Personalmente, nunca avanzaría más allá del grado de centurión pero deseaba hacer más, mucho más. Entonces, su contribución al ejército romano tomaría otra forma... entrenaría al joven que, Darius estaba convencido, un día llegaría a ser su superior.
- ¡Ugh! - gruñó Maximus mientras golpeaba una vez más el grueso poste con su espada de madera, produciendo una vibración que le corrió por el brazo hasta alcanzarle el hombro y el cuello. Repitió el ejercicio una y otra vez, primero golpeando de frente y luego de reverso, hasta que el dolor en su brazo fue insoportable; luego cambió de mano y siguió trabajando hasta que ambos lados de su cuerpo pidieron descanso a gritos. Sólo entonces paró para retomar el aliento. Darius le había dicho que ese ejercicio había sido adoptado de las prácticas de los gladiadores, quienes luchaban en la gran arena de Roma para diversión de la multitud. Maximus no podía imaginar esa arena, un estadio capaz de albergar a más de cincuenta mil personas aclamando la muerte, una muerte orquestada con el sólo objeto de divertir a la multitud.
Maximus gimió al recostarse contra el poste que acababa de atacar. Esta noche pagaría por sus esfuerzos pero cada día, a medida de que sus brazos y hombros se hacían más fuertes y abultados, el dolor de sus músculos se iba haciendo más tolerable. Cerró los ojos por un momento y no vio la sombra que se posaba sobre él hasta que una sensación de frío en su rostro le alertó sobre una presencia. Alarmado, abrió los ojos y se irguió de un salto, su cuerpo tenso. Se encontró cara a cara con un sombrío Quintus, quien también tenía una espada de madera en la mano.
Quintus, me sorprendiste.
Nunca debes bajar la guardia. Si fueras un soldado de verdad, lo sabrías.
Maximus resopló.
Quintus, es sólo una práctica. Por supuesto que no haría algo así en batalla.
Eres demasiado chico para entrenar. Hay que tener dieciséis - mi edad - para empezar a entrenarse como soldado.
Darius dijo que el general me dio un permiso especial, Quintus. Creí que te alegrarías por mí.
Quintus notó en los brazos de su amigo unos músculos abultados que no recordaba haber visto una semana atrás. Llevaba un tiempo vigilando a Maximus y Darius y los celos le roían en vientre. El español estaba recibiendo demasiada atención, atención que él, Quintus, merecía.
Mañana empezaré a entrenarme con una espada de verdad.
Maximus sonrió y trató de relajar la tensión que había entre ambos.
Me temo que aún falta algún tiempo para que esté listo para eso.
En lo que hace a entrenamiento, me llevas la delantera, Quintus.
No es que sea importante – dijo Quintus – Escuché que muy pronto van a separar a los muchachos que no son ciudadanos y a enviarlos a los cuerpos auxiliares, así que tú y Lucius no estarán aquí mucho tiempo más.
El malicioso comentario de Quintus tuvo el efecto deseado y vio con satisfacción cómo la sangre se retiraba del rostro del muchacho más joven. Con una última mirada altanera, Quintus se dio vuelta y se alejó.
Aturdido, Maximus se apoyó en el poste, la espada de madera colgando flojamente de su mano inerte.
¿Y lo llamas amigo?
Maximus giró en redondo para encontrar a Darius parado a la sombra de un enorme roble.
- Ven aquí, Maximus, y siéntate a la sombra por un rato. Necesitamos hablar.
Una vez que se hubieron sentado – Darius en un tocón y Maximus a sus pies, en el suelo cubierto de musgo – Darius siguió hablando.
No vas a irte a ningún lado, Maximus. El general planea concederte la ciudadanía en los próximos días. Te quedarás con la legión.
El muchacho soltó un largo suspiro tembloroso.
- Gracias, señor – se quedó callado por un momento y después preguntó - ¿Y Lucius?
Lucius irá a un cuerpo auxiliar.
Maximus se irguió sobre sus rodillas, listo para protestar por el destino de su amigo pero Darius lo detuvo con una mano.
- No es lo suficientemente fuerte y grande para ser legionario, Maximus. Estoy seguro de que te has dado cuenta. Pero será muy útil en los cuerpos auxiliares. Allí es donde se lo necesita. Ayer recibimos noticias de que los partos han cruzado la frontera oriental. Han invadido Siria. El emperador Lucius Verus va hacia allá con cuatro legiones y no hay duda alguna de que habrá guerra. El general Avidius Cassius estará bajo su mando. El propio Cassius es el comandante de todas las legiones de Oriente y también tiene a su cargo los cuerpos auxiliares. Ha pedido que se le envíe todo el apoyo posible así que todos los soldados jóvenes que no sean ciudadanos marcharán mañana hacia el Este. Tú te quedarás aquí y seguirás entrenándote.
En un gesto de ternura inusual en él, Darius extendió una mano, alborotó el cabello del joven soldado y sonrió con tristeza.
No permitas que te vean llorar, Maximus. Aunque sientas que se te desgarran las entrañas de tanto dolor, nunca permitas que te vean llorar.
Es mi mejor amigo – la voz de Maximus sonó muy pequeña, su garganta estrangulada por las lágrimas sin derramar.
Sé que lo es pero, en los ejércitos, las amistades son algo raro. Por ejemplo, a pesar de lo mucho que me preocupo por ti, puede ocurrir que un día tenga que mandarte a la batalla sabiendo que hay buenas probabilidades de que te maten. Pero lo haré. Ese es uno de los aspectos más difíciles de ser un jefe. No puedes permitirte mostrar tus miedos y sufrimientos. Tal vez un día tu mismo tengas que enviar a la muerte a hombres por los que te preocupas. Tendrás que ser fuerte por los hombres que estarán bajo tu mando. Tendrán miedo y, para ser fuertes, dependerán de la fuerza emocional de su jefe. Si su jefe demuestra miedo, esos hombres estarán muertos de antemano. ¿Me entiendes?
Maximus asintió con la cabeza lentamente.
- Hay mucho que aprender acerca de ser un jefe y son cosas que van más allá de ser un buen luchador. Y la razón por la cual te dedico tanto tiempo, mi joven amigo, es porque siento que tú sabes esas cosas instintivamente. Sólo necesitas que alguien las ponga en perspectiva para que puedas verlas – Darius sonrió – Y ese, soy yo.
¿Arregló que me convirtiera en ciudadano de Roma?
Darius se encogió de hombros, como si no fuera nada.
Uh-uh.
Le debo mucho.
No me debes nada salvo convertirte en el mejor soldado posible. Tengo grandes esperanzas depositadas en ti. No me falles.
Maximus asintió solemnemente con la cabeza y apoyó la espalda contra el tronco retorcido del viejo roble, tranquilizado por la presencia reconfortante del hombre mayor.