En Germania, el tiempo pasó rápidamente. La amenazadora presencia de las legiones mantenía a las tribus de su lado del río pero la vigilancia y el entrenamiento continuaron durante los siguientes cuatro años ya que todo indicaba que, tarde o temprano, la guerra sería inevitable. Algunas tribus germanas habían marchado hacia el Sur y amenazaban Italia, aprovechando que las legiones locales habían quedado reducidas por la demanda de efectivos de la guerra en Oriente.
Para el año 166, Maximus se había convertido en un atractivo joven de veinte años con excepcional talento para todas las artes guerreras. Era capaz de sobrepasar a cualquier hombre de su edad en cualquier tipo de prueba. Aunque nunca había entrado en batalla, había participado en numerosos simulacros y su habilidad en el uso de las armas dejaba a Darius sin aliento. Inmediatamente detrás de él se ubicaba Quintus y entre ambos se había desatado una fiera rivalidad que abarcaba cada aspecto de sus vidas. Pero Quintus todavía contaba con una ventaja por sobre Maximus: su nacimiento en el seno de una familia patricia de Roma que, eventualmente, le permitiría llegar mucho más lejos que éste en la cadena de mando.
Pero, por el momento, Maximus tenía una ventaja que superaba los derechos de clase de Quintus: una estrecha amistad con un centurión que compartía con él muchos secretos, información privilegiada que se suponía no debía trascender el perímetro del praetorium.
Una noche, Maximus y Darius se encontraban en la tienda del primero disfrutando de un rato de descanso jugando a los dados y bebiendo vino, mientras el centurión compartía las últimas noticias.
Nos enteramos de que la guerra en el Este ha concluido, Maximus, y las legiones han regresado a Roma.
Esas son buenas noticias – dijo Maximus y, como lo hacía a menudo, pensó en Lucius y se preguntó qué habría sido de su amigo.
No son enteramente buenas. No, no son nada buenas.
Maximus frunció el ceño, arrugando la piel entre sus ojos y haciendo que las puntas de sus cejas apuntaran hacia arriba
¿Qué quieres decir?
Darius contempló al hombre más joven. Su apostura era evidente aún en la escasa luz de la lámpara de aceite, la cual arrojaba reflejos sobre las ondas de su grueso cabello castaño oscuro, ese cabello que siempre estaba apartándose de la frente con un movimiento de la cabeza o bien echando hacia atrás con sus manos. Más de una joven de las aldeas vecinas encontraba a este soldado muy atractivo y Maximus nunca tenía problemas cuando deseaba pasar un rato en compañía de una muchacha bien dispuesta. Darius pensó que, si entraban en guerra, ese precioso cabello tendría que ser cortado. El pelo largo era peligroso, todo por no decir que era difícil de mantener limpio y que en el ejército la higiene era una prioridad. Suspiró contemplando la barba de algunos días que cubría el mentón y el cuello del joven. Maximus no parecía decidido a dejársela crecer pero parecía igualmente contrario a afeitarse y siempre andaba con un aspecto ligeramente desprolijo que, Darius sospechaba, las damas encontraban muy de su gusto. Esa noche, Maximus vestía su armadura de cuero, la que mostraba claramente sus anchos hombros y sus musculosos brazos. En síntesis, una imagen cautivadora
- ¿Por qué no te afeitas?
¿Qué? ¿De qué estás hablando? Creía que estábamos discutiendo el estado de la guerra en el Este.
Darius movió la cabeza y extendió la mano para tironear un rizo que caía sobre la frente de Maximus.
Da gracias de estar en Germania y bien lejos de Roma, mi amigo.
Maximus adoptó una actitud cautelosa.
¿Por qué?
Porque los soldados que volvieron del Este trajeron consigo la peste. En Roma, la gente está muriendo de a miles. Es una muerte terrible. Te come de adentro hacia fuera. Lo único bueno de la peste es que mueres rápido.
Los ejércitos del Este están totalmente diezmados debido a ella y se ha extendido hasta alcanzar a las familias más nobles de la ciudad.
¿Los emperadores?
Parece que han escapado pero no se sabe si sus familias tuvieron tanta suerte.
Espontáneamente, Maximus tuvo la visión de un hermoso rostro juvenil con grandes ojos verdes enmarcado en suaves rizos castaños. Lucilla. No había pensado en ella en años. Se preguntó cómo sería ahora, a la edad de... ¿cuánto? ¿Dieciocho años? Tal vez ya estaba casada y tenía hijos, como muchas jóvenes romanas que se casaban a los quince. En silencio, dijo una pequeña plegaria por su seguridad.
Parece que la gente está escapando de la ciudad en masa. Los que son lo suficientemente ricos como para escapar, claro.
¿A dónde van?
Muchos van a las colinas cercanas. Otros tantos temen que la peste se extienda hasta allí y prefieren ir más lejos. Aparentemente, creen que el aire frío del Norte los protegerá de la epidemia así que vienen hacia aquí.
Darius arrojó los dados y levantó la vista para mirar a Maximus.
Se rumorea que Marcus Aurelius y Lucius Verus están en camino hacia aquí con sus familias para quedarse bajo nuestra protección hasta que la ciudad vuelva a ser segura.
¿Aquí?
Uh-uh. Es tu turno.
Pero, ¿y si vamos a la guerra?
La guerra se librará del otro lado del río. Las familias estarán perfectamente a salvo de este lado, aunque no precisamente cómodas. Es tu turno, Maximus.
¿Crees que...?
No lo sé.
Ni siquiera sabes qué te voy a preguntar.
¿Si Lucilla viene hacia aquí? No lo sé.
Maximus sonrió.
¿Te molestaría arrojar los dados?
Maximus así lo hizo pero estaba claro que su mente se encontraba en otra parte.
Es de la realeza, Maximus – dijo Darius tirando los dados a su vez.
Me doy cuenta.
Darius extendió el brazo a través de la mesa y golpeó ligeramente de la oreja del joven soldado. Maximus lo miró con una expresión ceñuda.
¿Ahora tengo toda tu atención? Sé que puedes tener prácticamente a cualquier mujer que desees pero ésta no es para ti. ¿Me escuchas?
Te escucho – dijo Maximus pero su ceño fruncido se convirtió primero en una mueca descarada y finalmente se deshizo en una carcajada.
Darius sacudió su cabeza.
- ¡Arroja los dados!
La extraña procesión avanzaba lentamente a través de la espesura de los bosques del Norte de Europa. Estaba formada por ocho carros pesadamente acorazados, tirados cada uno por seis caballos emparejados, en los que viajaban los familiares inmediatos de Marcus Aurelius y Lucius Verus, así como los de algunos senadores romanos. La guardia pretoriana de los emperadores rodeaba los carros, lista para repeler cualquier tipo de ataque. Pero el viaje desde Roma había sido largo, plácido y aburrido, especialmente para Lucilla, atrapada entre las constantes quejas y el acoso de su hermano menor y las constantes quejas y regaños de su madre.
Los cuatro últimos años habían sido difíciles para la familia ya que, desde aquel viaje a España, los jóvenes habían visto muy poco a su padre, Marcus Aurelius. Este había estado preocupado por los asuntos de estado y, cuando tenía algún tiempo libre, a menudo prefería leer filosofía estoica y anotar sus pensamientos sobre el tema a pasarlo con sus hijos. Esta falta de atención había sido especialmente difícil para Commodus, quien admiraba a su padre y ansiaba su aprobación. Sin embargo, el muchachito sólo parecía ser capaz de fastidiar al emperador con sus actitudes infantiles.
La madre de los jóvenes, Annia Galeria Faustina, también veía a su esposo raramente y había desarrollado intereses propios. Adoraba los juegos que se celebraba en el gran circo y era muy aficionada a ciertos gladiadores a los que dedicaba considerable atención, para gran vergüenza de Lucilla y enojo de su padre. Muchas veces, el emperador había amenazado con clausurar los juegos pero Annia siempre se las arreglaba para convencer a su esposo de que su interés era puramente recreacional. Los juegos también excitaban a Commodus y, a menudo, madre e hijo pasaban días enteros deleitándose con las escenas de muerte.
Lucilla acompañó una vez por pura curiosidad y lo que vio la hizo enfermar. Desde entonces, se había negado a regresar al circo a pesar de las súplicas de su hermano. Este la amenazaba diciendo que, cuando fuera emperador, la obligaría a asistir y sentarse a su lado en el palco imperial. Como de costumbre, Lucilla optaba por ignorarlo.
La joven suspiró. Leer era imposible debido a que el carro se sacudía constantemente en los caminos poceados y la luz en su interior era insuficiente. Para pasar el tiempo dejó que su mente vagara hacia el pasado, recordando la última vez que su padre los había llevado en un viaje similar. En aquel momento había pensado que la travesía era interminable pero, comparada con ésta, no había sido nada. Deseó que esta vez también estuvieran viajando rumbo a España, ya que recordaba al atractivo joven con el perro gris que estaba acantonado allí y pensó que, ciertamente, había muchas cosas peores que pasar algún tiempo en su compañía. Maximus, ese era el nombre del joven soldado. Un gran nombre para alguien tan joven.
Una súbita sacudida lanzó a Lucilla contra los almohadones y a Commodus al piso. La muchacha ahogó una carcajada al ver al jovencito ponerse de pie maldiciendo y amenazando con matar al conductor cuando finalmente se detuvieran. Empuñaba una pequeña espada y la blandió en el aire maliciosamente. Alarmada, Lucilla se volvió hacia su madre, quien dormitaba a pesar de los sacudones.
Madre, haz que se detenga. Terminará por lastimarse o lastimar a alguien con esa cosa.
Annia abrió un ojo y miró a su hijo. Una sonrisa iluminó su rostro aún hermoso mientras extendía sus brazos y atraía a Commodus contra su generoso seno, cubriéndolo de besos.
Eres mi hermoso gladiadorcito, ¿verdad, Commodus? El valiente gladiadorcito de mamá.
Durante un momento, Lucilla contempló la escena en silencio y luego dio vuelta la cara y la hundió en los almohadones. No estaba segura de cuánto tiempo más podría soportar la situación.
Tres días más tarde, la caravana finalmente alcanzó las inmediaciones de un enorme campamento militar bien amurallado. Suspirando de alivio, Lucilla bajó del carro y respiró profundamente el aire puro y frío antes de permitir que la ayudaran a montar a Venus, su hermosa yegua blanca. Lucilla ajustó su capa azul en torno a su cuerpo y apretó las gruesas pieles que llevaba alrededor del cuello. Commodus también montó a caballo pero Annia prefirió una litera cerrada. Una vez en ella, la emperatriz cerró las cortinas tratando de borrar la imagen de la salvaje espesura que la asustaba horriblemente. Nacida y criada en la ciudad, el bosque estaba más allá de su comprensión.
Lucilla echó la cabeza hacia atrás y sacudió su cabellera hasta que los rizos le cayeron sueltos por la espalda. Miró hacia las altas ramas de los árboles entre las que se podían ver parches de cielo azul y rió de placer. Grandes pájaros volaban de árbol en árbol, chillando su desacuerdo por haber sido molestados. Ni siquiera el aire frío de la primavera tardía pudo empañar la alegría de verse finalmente libre de aquella prisión en forma de carro. Rodeada por los oficiales pretorianos se encaminó hacia la enorme águila dorada que brillaba sobre la puerta principal del campamento. Las trompetas sonaron anunciando la llegada de las familias de los emperadores y los senadores que marchaban detrás de ella. Ya dentro del recinto, Lucilla pudo ver fila tras fila de soldados fuertemente armados y en posición de firmes. Mientras caminaba entre ellos, repartió inclinaciones de cabeza aceptando sus muestras de respeto. La guardia pretoriana la condujo hacia el general, perfectamente indentificable por las plateadas pieles de lobo que llevaba sobre los hombros y su lujosa armadura. Su corazón dio un salto. Conocía a ese general. Era el mismo que había comandado la legión de España. ¿Sería ésta la misma legión pero acantonada en Germania? Sus ojos recorrieron rápidamente a los hombres que rodeaban al general... Patroclus, ese era su nombre. No estaba segura de si sería capaz de reconocer a Maximus o de si éste seguiría aún con la legión pero... Lucilla se quedó sin aliento al ver a un enorme perro gris ubicado ligeramente detrás del general. El animal parecía mucho más viejo, con pelos blancos en el morro y algo excedido de peso pero no había duda de que era Hércules.
Lucilla se concentró en el hombre que estaba de pie junto al perro. Se mantenía en rígida posición de firmes con la cabeza respetuosamente inclinada pero algo en él era sumamente familiar. Con el pelo bien corto, se veía muy distinto del muchacho de largo cabello ondeado pero era Maximus, estaba segura.
Apenas si notó las manos que se alzaron hacia ella para ayudarla a desmontar o el formal saludo del general Patroclus. Murmuró la respuesta amable adecuada y luego fijó su atención en el perro.
¡Hércules! ¡Me acuerdo de ti! – se palmeó la pierna – Ven acá, muchacho. Ven acá.
El perro miró al soldado parado junto a él interrogándolo con sus ojos marrones. Hércules no se movió hasta que el hombre le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sólo entonces se levantó trabajosamente y caminó con paso pesado hacia Lucilla, la lengua afuera lista para lamer. Lucilla se echó a reír y aceptó el saludo del perro para luego enderezarse y hablarle directamente al soldado.
- Es mucho más amistoso de lo que recuerdo, Maximus. Has hecho maravillas con él.
Lucilla disfrutó la mirada de sorpresa que pasó fugazmente por los ojos del soldado, reemplazada enseguida por un rápido parpadeo. El joven inclinó su cabeza una vez más con gran seriedad, al tiempo que sus labios se torcían en una sonrisa.
Mi señora.
El general estaba ocupado saludando a sus otros huéspedes, de modo que Lucilla caminó directamente hacia el soldado, deteniéndose apenas a unos pies de distancia.
Maximus.
El levantó la cabeza. Su expresión era ahora bien seria, salvo por sus ojos ligeramente entrecerrados en un gesto divertido.
Mi señora, estoy a tu servicio.
Los tonos profundos, embriagadores de su voz hicieron correr un estremecimiento por la espalda de Lucilla. Deseó que siguiera hablando.
¿Qué le pasa a Hércules?
Tiene artritis en las caderas y eso le causa gran dolor cuando el clima se pone húmedo – Maximus se inclinó para rascar las orejas del perro y agregó cortésmente – Espero que tu viaje no haya sido demasiado insoportable.
No – su voz se arrastró lentamente mientras lo estudiaba. Como mujer, Lucilla era muy alta pero él era igualmente alto y podían mirarse directamente a los ojos. Tenía la postura erecta y orgullosa de un soldado y sus hombros eran muy anchos bajo la armadura de acero gris. Lucilla pensó que el cabello corto le quedaba muy bien, ya que ponía en evidencia su fuerte cuello y hacía juego con una barba prolijamente recortaba que cubría su mentón por completo, ocultando el profundo hoyuelo que tan bien recordaba. Tenía el rostro muy bronceado por el sol y sus ojos azul verdosos retenían aquel ligero aire triste que tanto la había intrigado años atrás. Lucilla decidió que el tiempo había tratado muy bien a Maximus, muy pero muy bien.
Maximus había llegado a la misma conclusión sobre ella, tras estudiarla como Lucilla lo estudiara a él. Su estatura lo sorprendió; era más alta que muchos soldados pero ciertamente no era voluminosa como ellos, como bien lo revelaba su cuello largo y delicado, que parecía casi demasiado frágil para sostener el peso de su cabeza. Llevaba sus abundantes rizos sueltos, salvo por dos bandas de oro puro que los mantenían apartados de su rostro. Su piel era del color de la crema y Maximus sintió el deseo de acariciarle la mejilla. Sus labios generosos eran ligeramente rosados y sus ojos de un intenso color verde lo contemplaban con gran seriedad. Maximus suspiró profundamente sin darse cuenta de cómo interpretaría ella esta acción y se sintió muy aliviado cuando Lucilla primero sonrió y luego se echó a reír. Le devolvió la sonrisa sin vacilar.
Tal vez este exilio no sea tan malo después de todo, Maximus – dijo en voz lo suficientemente baja como para que sólo él pudiera escucharla – Tal vez no sea nada malo.
Deslizó sus largos dedos en torno a su brazo justo por debajo de la pesada armadura y, mientras se volvía para presentarlo a su madre – quien lucía tan desdichada como nunca recordaba haberla visto - , Lucilla tuvo que luchar para vencer el deseo de apretar los fuertes músculos que encontró allí.
Madre, quiero presentarte a alguien a quien conocí hace años en España, cuando Commodus y yo fuimos de visita con padre. Su nombre es Maximus... – lo miró interrogadoramente.
Maximus Decimus Meridius, emperatriz – completó él mientras inclinaba su cabeza una vez más. Aunque era evidente que Lucilla había heredado la belleza de su madre, la mujer mayor no había envejecido bien y estaba gorda, algo que sus costosas vestiduras no alcanzaban a disimular. Lucilla continuó las presentaciones.
Commodus, ¿te acuerdas de Maximus?
No – respondió el muchacho groseramente, mientras respondía el respetuoso saludo de Maximus con un gesto despectivo.Sintiéndose muy atrevido, Maximus le susurró a Lucilla:
Por lo que veo, no ha cambiado.
Lucilla contempló asombrada al soldado, luego echó la cabeza hacia atrás soltó la risa. Cuando sus carcajadas disminuyeron, se acercó a la oreja de su escolta y dijo en voz muy baja.
Mejor que mi madre no te escuche decir semejante cosa. Lo considera perfecto. Si te escucha hará que te azoten o algo peor.
Le dedicó una coqueta bajada de párpados y Maximus supo que no le hablaría a su madre sobre su indiscreción.
¿Dónde me alojaré, Maximus?
En el praetorium, mi señora. Allí estarás a salvo y dispondrás de tus propios aposentos. Te acompañaré a ellos, si lo deseas.
¿A salvo de qué? – Lucilla aún tenía su mano en torno al brazo de Maximus, mientras éste la conducía entre los soldados.
Bueno... a salvo de todo.
¿De las tribus germanas?
Sí.
¿De los animales salvajes?
Por supuesto.
Lucilla le echó una mirada de reojo.
¿A salvo de... soldados atractivos?
Una de las grandes manos de Maximus se posó sobre la de ella.
Si así lo deseas.
No estoy segura de desearlo. No estoy nada segura.
Cuando pasaron frente a Darius, Maximus extendió una mano y, colocándole el dedo índice bajo el mentón, le cerró la boca que éste tenía abierta. El sorprendido centurión contempló a la pareja mientras ésta seguía su camino seguida de cerca por cuatro guardias pretorianos. Darius se preguntó si esos guardias no tendrían entre sus manos más problemas, en la persona de un soldado de Roma, que los que podían causar todas las tribus bárbaras de Europa juntas.
Los ojos de un muchachito también siguieron el avance de la pareja. Oh, sí, recordaba a Maximus.
Lo recordaba muy bien.
Pasaron dos días antes de que Maximus volviera a ver a Lucilla y, aún así, fue sólo por un instante. Junto a los otros parientes de los emperadores y las familias de los senadores, Lucilla estaba confinada en el praetoriun y el general y su equipo se encargaban de cuidar de ella.
Maximus apeló a cualquier excusa posible para acercarse al recinto y sus ojos revisaban el área constantemente, buscando a una hermosa mujer de rizos castaños. El breve vistazo que logró darle hizo que el corazón le saltara en el pecho. Había empezado a preguntarse si su imaginación no habría exagerado su belleza pero una breve mirada bastó para convencerlo de que no era así. Deseaba hablar con ella pero no podía encontrar la excusa adecuada para ingresar al praetorium a pesar de que no pensaba en otra cosa. Darius no estaba ayudando. Parecía deleitarse en enviar a Maximus a hacer pequeñas diligencias por todos los rincones del campamento. Cualquier soldado podía haberse hecho cargo de ellas pero Darius insistía en que tenía que ser Maximus. Se preguntó si Lucilla no estaría tan harta de su confinamiento dentro del recinto como él lo estaba de su exilio fuera de éste.
Lucilla estaba harta. A pesar de que se habían hecho todos los esfuerzos posibles para que su alojamiento fuera lujoso, lo cierto es que los huéspedes estaban amontonados. Cada vez que caminaba entre las tiendas para visitar a sus compañeros de viaje o asistir a las comidas espiaba por encima del cerco buscando a Maximus. Pero él nunca estaba allí. ¿La habría olvidado tan rápidamente? ¿Qué estaría haciendo? Oh, por supuesto que podía escuchar el ruido de las prácticas y las ordenes gritadas por los oficiales a los soldados que se preparaban para la batalla pero, ¿y el resto del tiempo? ¿Qué hacía con sus tardes? Lucilla ansiaba sentarse con él junto al fuego y simplemente hablar y escuchar su maravillosa voz.
Frustrada, se echó en su cama y cerró los ojos, las cortinas transparentes moviéndose con la brisa. Simplemente, no tenía nada que hace más que escuchar la miríada de sonidos propios de un campamento lleno de hombres y desear estar junto a cierto soldado en particular. Muy pronto se adormiló y su mente flotó en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia.
En el límite de su paciencia, Maximus se dirigió a la entrada del praetorium, donde inmediatamente fue detenido por dos guardias fuertemente armados. Elevando el volumen de su voz, Maximus les explicó que sólo venía a buscar al perro del general, Hércules, ya que el animal estaba acostumbrado a dar un paseo vespertino varias veces a la semana.
Los ojos de Lucilla se abrieron de golpe y levantó la cabeza de la almohada, preguntándose qué sonido habría sido capaz de penetrar su somnolencia lo suficiente como para despertarla. Escuchó cuidadosamente.
La voz le llegó otra vez y Lucilla saltó de la cama, buscando sus sandalias. Apretando la capa contra su cuerpo, salió corriendo de la tienda al patio común y se detuvo, girando la cabeza en todas direcciones mientras trataba de ubicar la voz de Maximus. Un silbido bajo y la palabra "Hércules" atrajeron sus ojos hacia la entrada del recinto, donde Maximus estaba acuclillado, ajustando un pesado collar en el cuello del perro.
Maximus – lo llamó.
El soldado se puso de pie e inclinó su cabeza.
Buenas tardes, mi señora. Estaba a punto de llevar a Hércules a dar una caminata alrededor del campo. ¿Te gustaría acompañarnos?
Uno de los guardias intentó interponerse.
La dama no...
¿Cómo te atreves a hablar por mí? – Lucilla estaba furiosa y desató toda su ira contra el guardia – ¡Recuerda tu lugar, pretoriano. Eres tú el que me sirve, no al revés!
El guardia enrojeció y murmuró una disculpa antes de inclinar la cabeza profundamente.
Superada la rabia, Lucilla se volvió hacia Máximus.
Me encantará acompañarlos, Maximus. ¿Permaneceremos dentro del campamento?
Sí, mi señora.
Lucilla se volvió hacia los guardias.
Entonces, no los necesitaré. Maximus me proporcionará toda la protección que requiera. ¿Está claro?
Con los labios apretados de furia, ambos guardias asintieron y luego miraron al joven soldado con el perro. Uno de ellos se atrevió a hablar.
Ni siquiera está armado, mi señora.
Maximus – dijo Lucilla dirigiéndose a él - ¿Por qué no vas a buscar tu espada mientras yo busco un calzado más adecuado? Nos encontraremos aquí en unos instantes.
Maximus se inclinó en señal de asentimiento y dio la espalda a los pretorianos antes de permitirse una gran sonrisa. No hubiera sido prudente que los enojados guardias vieran su expresión. Trotó rápidamente hacia su tienda, donde se ajustó la vaina y la daga antes de envainar su espada.
Maximus – la voz le llegó desde la puerta.
El joven soldado ni siquiera se molestó en darse vuelta.
¿ Sí, Darius?
Ten cuidado.
Tengo cuidado. Mira lo bien armado que voy sólo para escoltar a Lucilla alrededor del campamento.
Darius suspiró.
No es eso lo que quise decir.
Pero Maximus no tenía tiempo para perder con las preocupaciones de su amigo. Lo empujó a un lado para pasar por la puerta y echó a correr en dirección al praetorium silbando una melodía.
Instantes más tarde, se alejaba del recinto caminando lentamente, con la mujer más hermosa del mundo aferrada al brazo que le ofreció y el viejo perro pisándole los talones. Ante las miradas envidiosas que le dirigieron los soldados mientras avanzaban entre las filas de tiendas, Maximus levantó el mentón aún un poco más alto.
Todo se ve tan organizado – observó Lucilla.
Tiene que serlo. Un ejército debe estar listo para pelear en cuestión de minutos si fuera necesario o para levantar campamento y ponerse en marcha sin pérdida de tiempo. Cada cosa tiene su lugar y cada hombre conoce su trabajo.
Lucilla contempló el perfil enérgico de Maximus.
¿Y cuál es tu trabajo? ¿Qué has estado haciendo desde que nos vimos en España por última vez?
Muchas cosas, Mi Se...
Maximus, cuando estemos solos, por favor, llámame Lucilla.
Lucilla – A Maximus le gustó cómo sonaba el nombre en sus labios – Mi primer trabajo de cierta importancia fue como insignia cuando tenía dieciocho años, que es la edad mínima requerida.
Ante la mirada interrogante de Lucilla, Maximus explicó:
El insignia lleva el estandarte durante la batalla. Es una misión más importante de lo que parece porque es el insignia quien conduce a la legión a la guerra y muchos hombres han muerto tratando de rescatar un estandarte que se había perdido en batalla. Es un símbolo importante de lo que es Roma.
Entiendo. ¿Cuánto tiempo fuiste insignia?
No mucho. Mis siguientes promociones fueron rápidas. Pasé de optio a tesserarius y ahora soy cornicularius, o sea, sargento mayor. Sirvo bajo las órdenes de Darius. El siguiente paso es uno bien grande – centurión – y estoy primero en la lista junto con mi amigo Quintus. Luego puedo alcanzar una serie de ascensos dentro de este grado y eso es lo más lejos que puedo llegar.
¿Por qué? –Lucilla estaba genuinamente interesada.
Porque para llegar a tribuno o general hay que haber nacido en las clases más altas de la sociedad romana. Me fue otorgado el honor de la ciudadanía romana y esa es la única razón por la que pude permanecer en la legión. Pero, por haber nacido en una provincia romana, no califico para la plana mayor del ejército.
Una expresión de intriga frunció las cejas de Lucilla.
Pero, ¿qué hay del emperador Trajano? ¿Acaso no nació en España y tuvo una muy exitosa carrera militar antes de ser nombrado César?
Fue el turno de Maximus de fruncir las cejas.
Supongo que hay un modo de sortear los obstáculos cuando así se lo desea.
¿Has estado en batalla?
No todavía pero espero que ocurra pronto. ¿Cuándo llegará tu padre?
Más o menos en una semana, creo. Está pasando revista a las legiones que encuentra en el camino pero las familias vinimos directamente aquí.
Estamos entrenando para celebrar una batalla ficticia cuando él llegue. El general Patroclus está ansioso por impresionarlo.
¿Tomarás parte en la batalla?
Por supuesto.
La mano de Lucilla apretó su brazo.
¿Será peligroso?
Hay posibilidades de salir herido. A veces, estas situaciones se vuelven muy intensas a pesar de que el "enemigo" sólo sea otro soldado de tu misma legión.
¿Cuál será tu parte en la batalla?
Darius quiere que Quintus y yo peleemos en combate individual. Somos muy parejos, de modo que será una pelea justa.
Pero no importa quién gane, ¿verdad? – preguntó Lucilla en tono esperanzado.
Importa mucho. Está en juego el orgullo... el orgullo de los soldados y de los centuriones que los tienen a su cargo – percibiendo la angustia de Lucilla, Maximus cambió de tema – Dime qué has estado haciendo tú desde que nos vimos por última vez en España.
Lucilla suspiró.
No mucho,
Maximus se detuvo y la miró.
¿No mucho?
Supongo que crees que llevo una vida excitante e ideal – Cuando su acompañante asintió con la cabeza, Lucilla soltó una risa cortante – Muy por el contrario. Estoy más aislada y protegida que la mayoría de las mujeres de mi edad. Me muero de aburrimiento. Venir aquí es mi primera aventura desde que estuve en España.
Pero seguramente conoces a mucha gente.
Políticos lo suficientemente viejos como para ser mi padre... – Maximus detectó en su voz una nota de amargura -... y sus aburridoras familias. La gente realmente interesante está en las calles de Roma y a mí no me permiten mezclarme con ella. Tal vez es por eso que me gustas tanto - su voz se tornó casi tímida – Eres tan real. Tuviste una familia real. Tienes amigos reales que te quieren por quién eres y no por lo que eres. En muchos aspectos sabes más de la vida que yo, Maximus.
El gemido a sus espaldas hizo que se detuvieran y se dieran vuelta al unísono para mirar al perro, el cual se sentó de inmediato sobre sus cuartos traseros. Maximus se acuclilló y lo acarició suavemente.
No me di cuenta de que habíamos caminado tanto. Es demasiado para él – levantó la vista para contemplar a Lucilla - ¿Te importaría que nos sentemos un momento?
En absoluto. ¿Dónde?
Hay unos troncos a los lados del intervallum.
Te sigo.
Maximus se echó a andar entre dos tiendas con Lucilla siguiéndolo muy cerca pero otra vez fueron detenidos por unos ladridos frenéticos. Estaba claro que Hércules no quería moverse pero que tampoco deseaba que sus compañeros lo dejaran solo. Lucilla se echó a reír cuando Maximus le ordenó al perro que se callara pero éste no le hizo el menor caso. Los ladridos siguieron hasta que Maximus estuvo nuevamente junto al animal.
Perro obstinado – rezongó el soldado.
Es obvio que le duele, Maximus. ¿Por qué no lo cargas? – Lucilla estaba
bromeando pero Maximus hizo que el perro se parara, se inclinó rápidamente apoyando una rodilla en tierra y, pasando su cabeza bajo la panza del animal, se irguió cargando al sorprendido Hércules sobre sus anchos hombros, las patas apretadas entre sus manos y apoyadas sobre su pecho.
Deleitada, Lucilla aplaudió como también lo hicieron los hombres a la vista de la atractiva y joven pareja. Maximus inclinó la cabeza con burlona seriedad y se dirigió hacia el gran espacio abierto en medio del campamento con Hércules enroscado como una capa de piel y moviendo la cola sin cesar. Depositó al perro en el suelo junto a un tronco, le ofreció el asiento a Lucilla y se sentó en el pasto a sus pies.
Al menos no correrá a las ovejas – comentó Maximus señalando a los animales que ramoneaban la hierba.
¿Es aquí donde se llevará a cabo la batalla?
Sí, aquí mismo.
A mi hermano le encantará. Adora todo lo que resulte en heridas o muerte. De algún modo, todo eso lo excita. Probablemente quiera participar. Se considera un gran luchador, sabes.
Es muy chico para eso.
Sí, pero lo ve todo el tiempo. Mi madre lo lleva a los juegos gladiatorios y pasan todo el día deleitándose viendo morir a la gente. Después mi madre...
¿Sí?
Lucilla sacudió la cabeza.
Nada – Miró por encima de las murallas del campamento a las altas ramas de los árboles - ¿Qué hay más allá del campamento?
En esa dirección está el río Danubio. Es muy ancho y muy profundo ... y muy frío.
Me encantaría verlo.
Dudo que me permitieran llevarte allí afuera. El enemigo está al otro lado de la orilla. A veces, por la noche, se puede escuchar a los bárbaros gritándose unos a otros.
Maximus, en serio, quiero ir.
Tal vez podamos ir si nos acompaña un pelotón de pretorianos.
No. Sólo tú y yo.
Es imposible, Lucilla.
¿Acaso no estaría a salvo contigo?
Maximus vaciló.
Por supuesto. Pero nunca lograríamos cruzar la puerta así que ni siquiera lo pienses.
Lucilla se quedó callada durante un momento y luego dijo muy suavemente:
Soy tan alta como tú, Maximus. No tan corpulenta, pero sí alta. Con mi cabello escondido bajo un yelmo podría...
Ni siquiera lo pienses.
¿Por qué no? Oh, Maximus. Me muero por algo de acción. No tienes idea de lo malo que es ser la hija de un emperador.
Si nos descubren, me echarán con deshonra... después de arrancarme cada pedacito de piel.
No nos descubrirán.
Maximus se quedó callado y miró hacia los árboles distantes, su mano acariciando mecánicamente la piel del perro. Interpretando su silencio como una señal de que se estaba ablandando, Lucilla empezó a presionarlo.
- No haría nada que pusiera en peligro tu carrera o tu seguridad, Maximus. Lo sabes. Pero estoy segura de que no nos atraparán. No tenemos que quedarnos fuera por mucho tiempo.
El rostro de Maximus mantuvo su expresión resuelta.
Tentativamente, Lucilla extendió una mano hasta que las yemas de sus dedos le acariciaron el cabello a la altura de la nuca. El ligero roce golpeó a Maximus con la fuerza de un rayo y se quedó como fijado al suelo, sus miembros adormecidos. Los dedos de Lucilla se deslizaron hacia arriba y luego hacia debajo de su cuello, explorando carne desconocida.
Inconscientemente, Maximus inclinó la cabeza hacia delante, invitándola a continuar la caricia y cerró los ojos. Ella repitió el movimiento y luego rozó la piel sensible detrás de su oreja, haciéndolo estremecerse. Lucilla se sorprendió ante la reacción al roce de sus dedos. Le encantó descubrir cómo este soldado fuerte y rudo podía ablandarse con una tierna caricia. Haciendo caso omiso a posibles observadores, Lucilla continuó la exploración del cuello de Maximus, usando el pulgar y los demás dedos para masajear gentilmente los pesados músculos, desde el nacimiento del cabello a su hombro, hasta que ya no pudo llegar más abajo debido a la pesada armadura. Se inclinó hacia delante y arrimó sus labios muy cerca de la oreja de Maximus, notando de paso que éste tenía los ojos cerrados.
- ¿Por qué usas todo esto? – susurró.
La profunda voz de Maximus sonó somnolienta:
Obviamente, para protegerme de ti.
Lucilla sonrió antes de besar fugazmente la sensible piel por debajo de su oreja y volver a sentarse, manteniendo la mano en su cuello. Le encantaba el tacto de su piel... como seda recubriendo dura roca. Nunca antes había tocado a un hombre de ese modo. No estaba precisamente ansiosa de interrumpir el contacto. Y éste era el hombre al que deseaba tocar.
Maximus suspiró profundamente y movió la cabeza para sacudirse la languidez que se había apoderado de él pero sabía que había perdido la discusión. El pulgar de Lucilla seguía haciendo magia debajo de su oreja. En sus muchas cópulas con las mujeres locales, nunca había experimentado algo así. Esas uniones habían sido directas y rápidas, sin más contacto que el absolutamente necesario. No había experimentado una ternura semejante desde que era niño y estaba con su madre y se dio cuenta de que la extrañaba. De que, hasta ese momento, no había tenido idea de cuánto la extrañaba.
Aún sentado en el suelo, Maximus giró el rostro para enfrentar a Lucilla sosteniendo su mirada. Ahora, la mano de ella estaba apoyada en su garganta y podía sentir cómo latía el pulso bajo su palma. Sus dedos exploraron la aspereza de su barba, luego siguieron la línea de su mandíbula para acariciar el pelo más largo y suave que crecía allí. Por un largo rato, ninguno de los dos habló. Luego, Maximus rompió el silencio.
El único modo de lograrlo es que entre al praetorium con un amigo. Mi
amigo te daría su armadura y así disfrazada podrás salir conmigo.
Lucilla sonrió.
Me gusta tu modo de pensar, soldado – Las yemas de sus dedos se deslizaron hasta que alcanzar sus labios.
El problema será encontrar un amigo lo suficientemente estúpido como para involucrarse en esta ridiculez – El tono ligero de Maximus desmintió la dureza de sus palabras. Finalmente, aferró la mano de Lucilla y le besó la punta de los dedos una por una.
Estoy segura de que no tendrás problema en hallarlo – Lucilla sonó ligeramente jadeante. Maximus volvió a sacudir la cabeza, preguntándose qué se había hecho de su cordura y depositó la mano de Lucilla en su regazo – De acuerdo. Mañana, justo después de que anochezca. Debes estar preparada.
Gracias, Maximus. No puedo esperar a que llegue la hora.
Cargando nuevamente al perro, Maximus y Lucilla desandaron el camino hacia el praetorium, donde él se despidió en la puerta. Justo antes de darse vuelta y alejarse, Lucilla cerró el trato con una sonrisa y un guiño.
Lucilla se estaba poniendo frenética. Ya estaba casi oscuro y Commodus seguía tendido en su cama. Había estado allí durante horas y, al principio, Lucilla había simpatizado con él, sabiendo que el chico estaba tan aburrido como ella. Lo había entretenido contándole historias sobre las grandes hazañas romanas y hablándole de la batalla ficticia que se llevaría a cabo en cuanto llegara su padre pero, ahora, simplemente necesitaba que se fuera.
Commodus, querido, me siento muy cansada y me gustaría retirarme.
El chico le hizo lugar en la cama y palmeó el espacio a su lado.
Puedes acostarte aquí, Lucilla.
A pesar de que sólo tenía catorce años, su deseo de estar físicamente cerca de ella la ponía decididamente incómoda. Se obligó a sonreír:
Hermano, es hora de que vayas a tus aposentos para que pueda retirarme.
Commodus acarició con un dedo la bata que Lucilla había dejado tirada sobre la cama antes de decir:
Entonces, dame un beso de buenas noches, hermana, y prométeme que pasarás un rato conmigo mañana por la mañana – su voz adquirió un tono entre acusador y herido – Ayer pasaste toda la tarde con Maximus y me dejaste solo.
Lo sé, queridísimo, pero haré los arreglos necesarios para que mañana Maximus pase algún tiempo con nosotros dos. ¿Te gustaría?
¿Podemos ir a cabalgar?
No sé. Tendré que preguntarle.
Commodus adoptó inmediatamente una actitud de sospecha.
¿Y cuándo lo verás para preguntarle?
Le enviaré una nota, queridísimo. Ahora, por favor... quiero acostarme.
Commodus siguió sin moverse pero volvió su rostro hacia su hermana.
No me gusta estar solo por la noche.
Lo sé, pero estás rodeado de gente que te ama, Commodus. No hay nada que temer.
Finalmente, el muchacho se levantó y Lucilla contuvo el aliento.
Dame un beso de buenas noches – exigió. Se acercó a su hermana, quien era unas cinco pulgadas más alta que él. Como siempre, Lucilla apoyó sus manos en las mejillas del chico y le rozó la cabeza con sus labios.
Ahora vete.
A regañadientes, Commodus se dirigió a la puerta y Lucilla volvió a contener el aliento. Su hermano se dio vuelta y dijo:
No te olvides de mañana.
Lucilla sonrió.
No lo haré, Commodus. Buenas noches, hermano.
Finalmente se fue. Lucilla no se había dado cuenta de que estaba reteniendo el aliento hasta que lo soltó de golpe. Ahora, todo lo que tenía que hacer era esperar a que Maximus apareciera con su amigo. No tenía la menor duda de que vendría porque le había dado su palabra. No podía esperar para volver a verlo.
El rol de Maximus en la aventura no era tan fácil. Había encontrado a un soldado que era alto y delgado y lo había convencido de tomar parte en la farsa, decidido a asumir toda la responsabilidad si es que eran descubiertos. Maximus no estaba seguro de que Petronius entendiera el peligro potencial de lo que estaban por hacer pero decidió considerar dicha ignorancia como una ventaja. El muchacho lo idolatraba y hubiera hecho cualquier cosa por él. Ambos iban vestidos con sus túnicas y calzas de lana marrón y llevaban puestas sus armaduras de metal. Maximus llevaba su yelmo en la mano mientras que Petronius tenía puesto el suyo. El casco le cubría el mentón y las mejillas, casi ocultando su rostro.
Petronius, deja de sonreír – ordenó Maximus y el joven soldado hizo un rápido esfuerzo para ponerse serio. Ambos iban desarmados pero Maximus había ocultado dos espadas inmediatamente afuera de la puerta trasera del campamento. Como siempre, llevaba una daga oculta en la bota.
Maximus tenía bajo el brazo una bolsa conteniendo un informe sobre los preparativos de su centuria para la falsa batalla que Darius le había pedido que entregara al general. Ese momento era tan bueno como cualquier otro.
Tan pronto como el sol se hubo ocultado, los dos soldados se acercaron a la entrada del praetorium. Petronius iba con la cabeza ligeramente inclinada tal como Maximus le había ordenado y dejó que fuera su compañero quien hablara. Como esperaban, fueron detenidos por los pretorianos pero los guardias los dejaron pasar cuando Maximus explicó cuál era su misión. Se dirigió a la tienda del general mientras Petronius, siguiendo sus indicaciones, iba en búsqueda de Lucilla.
Maximus no quiso correr el riesgo de que el general lo retuviera para conversar, de modo que entregó la bolsa a un ayudante y se marchó en dirección al alojamiento de Lucilla, tomándose su tiempo y saludando a los soldados conocidos que se encontró por el camino. Al cabo de un rato sorprendentemente corto, se le reunió su compañero, quien avanzó caminando un paso detrás de él. Maximus se quedó momentáneamente rígido al notar el dulce perfume que flotó hacia sus narices y rogó a los dioses que los pretorianos no lo notaran. Con la mano extendida, le hizo una seña a Lucilla para que se detuviera y esperó a que la puerta estuviera llena de hombres que salían del recinto antes de indicarle que lo siguiera rápidamente. Ambos se mezclaron con la multitud y abandonaron el praetorium sin que nadie los detuviera. Sólo entonces Maximus se animó a echarle una mirada. Apretó los labios al ver que la armadura de Petronius le quedaba casi perfecta y distinguió retazos de suave y cremosa piel bajo el casco militar. Su cabello estaba totalmente oculto y, a menos que alguien la mirara muy de cerca, nadie hubiera adivinado que no se trataba de un joven soldado. Maximus dijo en voz baja:
Sígueme y no digas una sola palabra.
Se dirigió a la puerta trasera del campamento con Lucilla directamente a sus espaldas, tan cerca que hubiera podido jurar que podía sentir su calor a través de sus respectivas armaduras. Maximus saludó a los guardias que estaban en la puerta pero no fue interrogado como sabía que no lo sería. Una vez fuera, recuperó las dos espadas con un movimiento fluido y descendió por el muy pisoteado sendero en dirección al río.
Maximus redujo ligeramente el ritmo de su marcha, sabedor de que Lucilla no estaba acostumbrada al terrible peso del metal sobre sus hombros y sintió cómo la mano de ella rozaba la suya.
Buenas noches, Mi Señora – susurró.
Buenas noches, señor – respondió Lucilla con una sonrisa en su voz – Ciertamente, salió todo muy bien.
Sí, pero volver a entrar no será tan fácil.
Nos preocuparemos cuando llegue el momento. Maximus, ¿ya me puedo quitar este espantoso yelmo?
No todavía. No hasta que no haya ninguna posibilidad de que nos vean desde las murallas del campamento y esté seguro de que no hay nadie fuera – siguió caminando por el sendero que se hizo más angosto. A ambos lados del mismo crecían cañas que les llegaban al hombro y el bosque más allá de ellas se veía muy denso bajo la brillante luz de la luna. De repente, Maximus tomó a Lucilla de la mano y la condujo por otro sendero muy angosto que ella no había visto. Había lugar sólo para una persona y estaba totalmente oculto por pastos y arbustos altos, que se aferraban a sus armaduras y piernas.
Maximus podía escuchar a sus espaldas la agitada respiración de la joven pero no se detuvo hasta alcanzar un pequeño claro y, de repente, Lucilla se encontró contemplando un enorme espejo de agua que reflejaba la luz de la luna llena sobre su superficie movida por las olas.
Lucilla soltó una exclamación de placer mientras Maximus le arrancaba el yelmo y lo arrojaba al suelo antes de tomarle la cabeza entre sus manos y hundir los dedos en su cabello hasta que los rizos le cayeron sobre la espalda. Sin soltarla, Maximus atrajo su rostro hacia el de él y le acarició los labios suavemente con los suyos.
No sé por qué – susurró – pero vestida de soldado te ves aún más hermosa de lo habitual.
Lucilla sonrió de placer ante el cumplido y quiso apoyarse en su cuerpo pero choque de metales le hizo sentir como si se estuviera recostando contra un poste.
Maximus rió suavemente y le dijo:
Sígueme.
Unos pocos pasos más allá, alcanzaron una pequeña playa rodeada de altos árboles cuyas ramas se extendían sobre el agua. Junto a la base de uno de ellos había unas piedras grandes y lisas. Mientras Lucilla contemplaba el río, Maximus le soltó rápidamente los cierres de la armadura y se la quitó antes de hacer lo propio con la suya y depositar ambas cuidadosamente junto a las rocas. Lucilla se arrojó en sus brazos, apretando sus senos contra su pecho. Uno de los fuertes brazos de Maximus le rodeó la cintura y usó la otra mano para sujetarle la nuca mientras le hacía separar los labios con un dulce beso. Le besó suavemente una y otra vez, hasta que notó que estaba temblando. Maximus la hizo apoyar la mejilla en su hombro y la abrazó con fuerza.
¿Qué ocurre, dulce?
Nunca antes me habían besado – le llegó la ahogada respuesta – Ningún hombre se había atrevido.
¿Me pasé de mis límites?
Lucilla levantó la cabeza y contempló sus ojos ensombrecidos.
No – le sonrió – Estaba deseando que lo hicieras. Es sólo que no estaba preparada para lo maravilloso que sería – le acarició la mejilla con el dorso de los dedos – Quisiera que el mundo se detuviera ahora mismo y que pudiéramos quedarnos para siempre en este lugar. Sólo tú y yo.
Se inclinó hacia él y separó los labios, invitándolo a besarla otra vez pero Maximus la tomó de la mano y la condujo hacia una de las rocas planas al pié de un enorme roble y se sentó en ella, con la espalda apoyada en el tronco y las piernas bien separadas. Lucilla se sentó de inmediato entre sus muslos y acurrucó la espalda contra su ancho pecho, apoyándole la cabeza en el hombro. Los brazos de Maximus la rodearon por debajo de los senos y Lucilla cruzó sus brazos por encima de los de él.
Se quedaron callados por un rato, escuchando los ruidos de la noche: el golpeteo de las olas, un búho chillando en la distancia, la brisa gimiendo en las altas ramas sobre sus cabezas.
Lucilla volvió su rostro hacia el de él.
Me llamaste "dulce".
Sí.
¿Por qué?
Maximus se encogió de hombros.
Porque lo eres.
Muy pocas personas me llamarían así. La mayoría piensa que soy temperamental y manipulativa.
Bueno, vi el modo en que manejaste a los guardias pretorianos y tengo que admitir que me gustó. Los pusiste en su lugar así que sé que tienes temperamento. Pero, conmigo, nunca has sido otra cosa que dulce.
Me siento tan distinta cuando estoy a tu lado, Maximus. Estoy tan sola, salvo cuando estoy contigo. ¿Estarás siempre conmigo?
Sí.
¿Me lo prometes?
Sí, te lo prometo.
Maximus le besó la punta de la nariz y le colocó un dedo bajo el mentón para hacerla levantar el rostro y besarla de nuevo. Pero Lucilla lo sorprendió girando entre sus brazos hasta que uno de sus senos quedó apretado contra él y separando los labios sin vacilar. Esta vez, Maximus le acarició la punta de la lengua con la suya y quedó complacido al escuchar que emitía un sonido ahogado pero no se apartaba. Profundizó el beso hasta que sus lenguas se enroscaron y después atrajo gentilmente la de ella dentro de su boca. Lucilla le devolvió la atención y el beso se hizo salvajemente apasionado.
Cuando Maximus quiso apartarse, Lucilla le tomó el rostro entre sus manos, exigiendo que el beso se prolongara. Mientras le exploraba la boca con su lengua, Maximus deslizó una mano primero por su espalda y luego hacia delante, hasta encerrar en ella uno de sus senos, acariciándole el pezón con el pulgar. Lucilla gimió y Maximus se movió incómodo sobre la roca. Su mente le envió señales de alarma, advirtiéndole que estaba yendo demasiado lejos pero su cuerpo se negó a escucharlas.
Sin interrumpir el beso, la mano de Lucilla buscó ansiosamente el borde de la túnica de Maximus y se deslizó bajo ella, hasta que sus dedos hallaron la piel suave de su espalda. Maximus se estremeció al sentir cómo sus uñas le arañaban la carne. Apartó la boca tratando de recuperar el aliento y los labios de Lucilla se apoderaron de su garganta, hasta que la mano de Maximus dejó de acariciarle el seno y buscó el borde de su túnica.
De repente, Maximus se quedó rígido. Sus ojos se abrieron por un instante y eso fue todo lo que se necesitó para que la señal de alarma despertara su mente de soldado.
¡Lucilla, detente! ¡Detente! – susurró con aspereza – Tenemos visitas.
Alarmada, Lucilla se volvió entre sus brazos para seguir la mirada que Maximus tenía fija en el río, donde vio algo oscuro sobre el agua que avanzaba rápidamente hacia ellos.
¿Qué es?
Una balsa – Maximus ya se estaba vistiendo sin apartar la vista de la forma oscura ni por un instante – Cuatro, puede que cinco... bárbaros. Supongo que es una partida de espionaje. Son muy pocos para una emboscada pero pueden ser una avanzada. No pueden vernos donde estamos y no esperan encontrar a nadie aquí fuera pero estaremos en serios problemas cuando nos descubran. Lucilla, no tengo tiempo para llevarte de regreso al campamento – Maximus maldijo su propia estupidez por haberla traído allí – Ponte inmediatamente la armadura, escóndete detrás de esta roca y quédate allí. Pase lo que pase, no hagas un solo ruido. ¿Me entiendes? Pase lo que pase.
¿Irás por ayuda?
No hay tiempo. Para cuando volviera con refuerzos ya estarían en los bosques y nunca los encontraríamos. Necesito mantenerlos a la vista. Ahora, haz lo que te dije y no hagas un solo ruido – Maximus la apartó bruscamente, le pasó la coraza por el cuello y se la aseguró; después le calzó el casco sin preocuparse de que los rizos le cayeran por la espalda.
Para cuando Lucilla se ocultó detrás de la roca, Maximus ya tenía puesta su propia armadura, excepción hecha del casco, y tenía dos espadas amenazadoramente sujetas en su mano derecha. Parecía que, al fin, iba a entrar realmente en combate, en una noche en la que había pensado experimentar algo bien diferente.
Con las dos espadas aferradas en una mano, Maximus saltó para agarrarse de la rama más baja del roble y se impulsó hacia el follaje, arrancando a su paso las hojas tiernas. Después, escaló rápidamente hasta tener una buena visión de la playa y las aguas que la rodeaban. Antes de decidir qué hacer tenía que saber a qué se enfrentaba.
A medida de que la balsa se acercaba silenciosamente pudo contar a cuatro hombres, cada uno con una espada pero sin escudos. Parecía que se habían armado ligeramente para viajar en silencio y con rapidez a través del bosque... y escalar los muros del campamento. A Maximus le dio la impresión de que los hombres eran muy corpulentos. Dos eran al menos de su estatura y los otros dos bastante más grandes. Supo que el único modo en que podía enfrentarse al grupo era atacándolo por sorpresa acción que, al menos, le permitiría matar a dos de los enemigos.
A medida de que se acercaban, Maximus trató de discernir cuál de los cuatro hombres era el líder del grupo porque ese era el hombre que quería primero. Eliminando a su jefe, sumiría a los otros en el desconcierto. Dos hombres remaban y un tercero estaba sentado mientras que el cuarto permanecía de pie y daba indicaciones por medio de gestos. Ese era su hombre.
Eligiendo una rama lo suficientemente fuerte como para sostenerlo, Maximus se fue arrastrando boca abajo, pulgada a pulgada hasta llegar casi a la punta, las dos manos libres. Balanceó una espada en la mano derecha y esperó hasta que la balsa estuvo a su alcance. El silbido del arma que venía volando hacia ellos llegó muy tarde para alertar a los guerreros, quienes levantaron sus cabezas justo a tiempo para ver la brillante hoja de metal girando sobre sí misma antes de hundirse violentamente en el corazón del hombre que estaba de pie. Con la boca abierta en un grito silencioso, el germano cayó de la balsa con un sonoro chapuzón.
Los otros tres se pusieron de pie con las armas listas pero sin poder ver a su enemigo. Maximus escuchó una violenta discusión; de seguro estaban tratando de decidir qué hacer, si seguir hacia la orilla y pelear con un enemigo invisible o regresar a través del río. Desafortunadamente para ellos, hicieron la elección equivocada.
Remaron frenéticamente hacia la orilla, saltando al agua cuando ésta aún les llegaba a la cintura. Aferraron la balsa que había quedado atrás y tiraron de ella trayéndola a la playa para después pararse espalda con espalda, chorreando, las espadas listas, buscando a Maximus con sus ojos, oídos y narices. Maximus casi sonrió. Dudaba que lo pudieran oler pero él podía oler muy bien a los germanos. Maximus eligió a su siguiente víctima casi con placidez. No era el guerrero de mayor tamaño pero sí el que estaba en la posición correcta para lo que el soldado de Roma quería hacer. Extrayendo en silencio la daga que llevaba en la bota, Maximus la lanzó con todas sus fuerzas y el hombre que se encontraba más cerca cayó como una piedra, la hoja clavada en el cuello.
Con el arma que le quedaba en la mano, Maximus se dejó caer al suelo, rodó sobre sí mismo y se puso rápidamente de pie, un rugido de furia brotándole de la garganta. Los dos guerreros restantes se dieron vuelta rápidamente para enfrentarlo y uno de ellos hizo un gesto desdeñoso al darse cuenta de que el soldado romano estaba solo. Ese fue el hombre al que Maximus atacó primero. Haciendo girar la espada en alto, la hizo caer con fuerza buscando el cuello de su oponente pero el germano se movió con rapidez y neutralizó el golpe, el metal chocando con el metal.
Moviéndose con la velocidad de la luz, Maximus liberó su espada y atacó de nuevo pero también este golpe fue neutralizado. Mientras peleaba con un hombre, mantenía un ojo cautelosamente en el otro, quien a su vez trataba de maniobrar de modo tal que ponerse a sus espaldas y atacarlo desde allí. Maximus se movía constantemente para mantener a ambos hombres en su campo visual, haciendo girar la pesada espada. Ambos guerreros estaban bien entrenados y Maximus supo que sólo tendría ventaja si uno de ellos cometía un error.
Para Maximus, mantenerse firmemente plantado en el suelo arenoso mientras hacía girar su cuerpo y espada en una y otra dirección conteniendo a ambos hombres se estaba haciendo difícil. Pero estaba en posición defensiva y eran ellos los que tenían la ventaja.
Siguió rugiendo y gritando su furia con la esperanza de poner nerviosos a sus oponentes pero ambos se mantuvieron firmes. Cambiando la espada de mano para conservar su energía, se dio cuenta que lo estaban arrinconando contra el agua, donde las olas harían torpes sus movimientos. Desesperado, se lanzó hacia delante describiendo un arco bajo, su brazo golpeando violentamente y tuvo la satisfacción de escuchar gritar al guerrero, al tiempo que éste dejaba caer su espada y se aferraba la pantorrilla en agonía.
Tendido boca abajo, Maximus aferró la espada del hombre herido y rodó sobre sí mismo justo antes de que el otro guerrero enterrara la suya en la arena, en el exacto lugar donde Maximus había estado un segundo antes. Se puso de pie al instante, con una espada en cada mano, blandiéndolas amenazadoramente. Por primera vez detectó signos de incertidumbre en el rostro de su oponente y lo atacó con todas sus fuerzas, empujándolo al agua. Cuando el ahora aterrorizado guerrero trastabilló, Maximus se lanzó sobre él, enterrándole la espada en el cuello. La hoja se deslizó hacia fuera con un ruido gorgoteante cuando el germano cayó de rodillas, los ojos abiertos y sin vida. Cayó de bruces en las oscuras aguas del río.
¡Maximus! ¡Cuidado!
Se dio vuelta justo a tiempo para ver al germano herido saltar hacia él lanzando un grito aterrador. El impacto lo lanzó de espaldas al agua y cayó sobre el hombre que acababa de matar, soltando una espada que se hundió rápidamente. Un puño se estrelló contra su mandíbula haciendo estallar brillantes estrellas delante de sus ojos; aún tenía la segunda espada sujeta en su mano y usó la empuñadura para golpear al germano bajo la mandíbula. El guerrero trastabilló por un momento, dándole a Maximus el margen necesario para recuperarse pero sólo había logrado pararse a medias, cuando éste volvió a atacarlo. Esta vez, ambos cayeron al agua y emergieron escupiendo. Maximus todavía tenía una espada en la mano pero, en el río, parecía más desventaja que ventaja de modo que la soltó y golpeó a su oponente con el puño en la nariz y enseguida volvió a golpearlo en el mismo lugar. Escuchó el ruido del hueso al romperse y la sangre brotó a chorros, salpicándolos a ambos.
De un puntapié, Maximus hizo que el guerrero trastabillara y luego se lanzó sobre él, enviándolo de cara al agua. Apoyándole una mano sobre el cuello, Maximus usó toda su fuerza para mantenerle la cabeza bajo la superficie, hasta que dejó de luchar y ya no emergieron más burbujas.
Exhausto y aturdido, Maximus se quedó de pie con el agua hasta la cintura contemplando el río. A sus espaldas escuchó a Lucilla llamándolo y por fin se dio vuelta y vadeó lentamente hacia la playa. De inmediato, Lucilla lo tomó en sus brazos, pasándole las manos en busca de heridas por cuanto lugar del cuerpo pudo alcanzar.
Estoy bien. No estoy herido.
Ante sus palabras, Lucilla comenzó a sollozar y Maximus la apretó suavemente contra su cuerpo húmedo, la fría armadura interponiéndose entre ambos. Se dio cuenta de que, probablemente, había sido tan duro para Lucilla ver lo que había ocurrido en la playa como para él participar de la lucha. Pero... esa noche había matado.
Había matado hombres.
Había matado hombres.
A veces, durante su entrenamiento, un soldado joven se preguntaba a sí mismo si realmente sería capaz de hacerle a otro hombre lo que estaba aprendiendo a hacer. Pero Maximus había pasado la prueba. Sabía que, si era necesario, podía matar.
Lucilla estaba llorando quedamente.
Nunca vi nada más aterrador... o más maravilloso. Maximus, eres increíble.
Bien, pero estoy empapado y tengo frío. Tengo que llevarte de regreso al campamento y después reportar el incidente. Fue bueno que el viento soplara del sur o la mitad de la legión ya estaría aquí.
Lucilla usó la manga de su túnica para limpiarle la sangre que tenía en el rostro y lo besó en los labios antes de tomarlo del brazo y encaminarse hacia el sendero.
Un momento. Oculta tu cabello bajo el casco. Eres Petronius, ¿lo recuerdas? – Maximus rió – Pobre chico. Se debe estar preguntando dónde nos metimos.
Mientras Lucilla arreglaba su cabello, Maximus dijo:
Cuando le diga a los guardias lo que pasó, habrá una gran conmoción. Cuando eso ocurra, entra y cambia de lugar con Petronius tan rápido como sea posible. Explícale brevemente lo que pasó y dile que me busque para recibir más instrucciones. Hasta que eso sea posible, que mantenga la boca cerrada. ¿Está claro?
Perfectamente claro, señor – Lucilla inclinó la cabeza ligeramente en señal de obediencia.
No te pases de lista – rezongó Maximus mientras le metía un rizo suelto bajo el casco. La besó rápidamente y luego la condujo tras él por el sendero. En la puerta todo ocurrió tal como Maximus lo anticipara y Lucilla escapó fácilmente hacia su tienda, el corazón martilleándole de excitación y amor por el joven soldado que había capturado su corazón.