La Historia de Maximus

Capítulo 16 – El Ascenso

Al día siguiente, Maximus relató lo acontecido ante el general, los tribunos, centuriones y senadores teniendo mucho cuidado de aclarar que Petronius no había desempeñado parte alguna en la batalla... cosa que el muchacho ciertamente no había hecho, por lo tanto, no estaba mintiendo. Maximus sabía que, si alguna vez lo interrogaban seriamente acerca de su presencia en la playa la noche anterior, diría toda la verdad por lo que se sintió muy aliviado cuando nadie lo hizo. La mentira era algo con lo que ciertamente Maximus no se sentía a gusto.

Cuando Maximus terminó su relato, el general Patroclus le apretó el hombro y dijo:

No creo que haya sido muy inteligente de tu parte haber salido afuera de las murallas por la noche pero, tal como se dieron las cosas, fue bueno que estuvieras allí. Tu coraje y destreza son más que destacables, Maximus. Dudo que otro soldado joven y sin experiencia bélica fuera capaz de hacer lo que tu hiciste.

Gracias, señor.

Cuatro hombres muertos y, mírate, ni un rasguño.

Los dignatarios rieron admirados.

Con la mano aún apoyada en el hombro de Maximus, el general se volvió para enfrentar a los romanos reunidos en su tienda.

- Este joven nació en España y se unió a nuestras legiones cuando era todavía un chico. Reconocí en él el espíritu guerrero y por ello le concedí la ciudadanía a fin de que pueda permanecer en la legión. Fue ascendido rápidamente - imagino que entienden porqué – y se encuentra actualmente a la espera de su promoción al grado de centurión – Patroclus sonrió primero a Maximus y luego a la audiencia – No veo porqué habría de seguir esperando. Maximus, a partir de ahora estás a cargo de la sexta centuria, ya que el centurión Macrinus se retira honorablemente luego de veinticinco años de servicio.

Maximus se quedó atónito.

Felicitaciones, Maximus – dijo el general en medio de un estruendoso aplauso.

Gracias, señor.

Pero Patroclus no había terminado.

- Estoy seguro de que saben que, una vez que Maximus haya alcanzado el grado más alto como centurión, lo que estoy seguro de que ocurrirá en muy poco tiempo – Patroclus hizo una pausa para dar tiempo a que las risas se acallaran – ya no tendrá más posibilidades de ascenso. El centurión Darius me consultó sobre este tema hace algún tiempo – Maximus miró asombrado a Darius – y los dos estuvimos de acuerdo en que había que hacer algo al respecto. Este es el momento ideal, con tantos senadores reunidos. Voy a solicitarles que uno de ustedes se ofrezca como voluntario para adoptar al joven Maximus – Maximus soltó una exclamación – de modo tal de que pueda continuar su carrera militar hasta el rango más alto que sea capaz de alcanzar. Caballeros, el ejército necesita hombres como él. Cuando los emperadores lleguen, dentro de unos días, les pediré que consientan en la adopción y uno de ustedes tendrá el honor de poder llamar a Maximus "hijo".

Varias manos se alzaron en el aire y algunos senadores hasta empezaron a hacer bromas pesadas pero bien intencionadas acerca del joven soldado. Las risas se acallaron y Maximus sintió que se sonrojaba furiosamente, inseguro acerca de lo que todo esto significaba.

Se sintió aliviado cuando finalmente le permitieron sentarse y le pusieron una copa de vino en la mano. La bebió de un solo trago. Alguien se llevó la copa vacía y la reemplazó por otra llena. Esta se encontraba a medio de camino a sus labios cuando la mano de Maximus fue interceptada por Darius.

¿Planeas emborracharte?

Maximus parpadeó. Darius se echó a reír.

¿Qué esperabas que hiciera, Maximus? Tu solo detuviste a una partida de espías enemigo. Por supuesto que debes ser recompensado. ¿Sabías que muchos hombres pasan diez años en el ejército antes de entrar en combate y tú solo acabaste con cuatro hombres a los veinte años? – Darius le echó una mirada torcida - ¿O te ayudó Petronius?

Petronius ni siquiera levantó su espada. Ya lo expliqué.

Darius miró a Maximus a los ojos y notó que el joven evadía su mirada.

¿Quién estaba contigo anoche ahí afuera?

Maximus permaneció en silencio.

La información no saldrá de mis labios, Maximus. Lo juro.

Lucilla – murmuró Maximus. Darius suspiró.

Me lo temía. ¿Qué estaban haciendo ustedes dos... no, no me lo digas! No quiero saberlo – Darius volvió a suspirar – Es una belleza, Maximus, e imagino que es muy fácil enamorarse de ella. Pero no es para ti, muchacho. Ni siquiera después de que seas adoptado...

¿Fue tu idea?

Sí.

¿Por qué no me dijiste nada?

Porque no estaba seguro de que pudiera ocurrir. Y todavía no lo estoy pero imagino que ocurrirá.

¿Qué significa ser adoptado?

Significa que podrás tomar el nombre de una familia de la clase senatorial...

Quiero conservar mi nombre.

Bueno, supongo que puede arreglarse... y que tendrás todos los derechos y privilegios de esa clase. Significa que un día podrás llegar a general, Maximus. No vivirás con la familia ni nada parecido pero la familia tendrá el derecho de pavonearse diciendo que eres su hijo – Darius sonrió – En realidad, es sólo un pedazo de papel firmado por el emperador y - ¡puf! - de repente eres un hombre de clase alta.

Darius hizo una pausa y aclaró su garganta.

Aunque estoy muy orgulloso de verte alcanzar el rango de centurión, debo admitir que voy a extrañar mucho no tenerte en mi centuria.

Maximus sonrió y estrechó la mano de su amigo.

No te librarás de mí fácilmente. Estaré todo el tiempo haciéndote preguntas. Además, ¿dónde voy a encontrar a otro hombre al que sea tan fácil ganarle jugando a los dados?

Darius volvió a aclararse la garganta.

Bebe, muchacho. ¡Esta es una buena noche para emborracharse!

Capítulo 17 - Resaca

Maximus se estaba ahogado. El agua cubría su cabeza y, sin importar cuánto tratara de impulsarse hacia la superficie, las olas le entraban en la boca y unas manos implacables lo tenían aferrado de los pies y tiraban de él hacia abajo. Podía oír la voz de Lucilla llamándolo en la distancia. Tosiendo y escupiendo, Maximus manoteó tratando de encontrar algo a qué aferrarse y se encontró agarrando un montón de lana. ¿Uh?

Levantó los párpados ligeramente sólo para bajarlos de inmediato al ver una enorme lengua rosa y mojada que descendía sobre él. Apartó la cara y gimió miserablemente cuando astillas de vidrio se clavaron en su cerebro.

Lucilla se echó a reír.

Te lo mereces, cariño. ¿Cuánto vino tomaste anoche? Llevo una hora tratando de despertarte sin éxito así que finalmente recluté a Hércules para que me ayudara. Los dos estábamos muy preocupados por ti.

Me estoy muriendo – gimió Maximus.

No, no lo estás. Oh, tal vez te sientas como si estuvieras muriendo pero te aseguro que no es así y que tu amigo aquí tampoco se está muriendo, aunque suena como si lo estuviera.

Por primera vez desde que despertara Maximus tomó conciencia de un peso muerto sobre sus piernas y fuertes ronquidos que provenían desde la dirección de sus rodillas.

¿Darius? – preguntó sin atreverse a levantar la cabeza.

¿Un tipo grandote, con cicatrices en la cara?

Sí, es él.

Parece que tomó más que tú – Lucilla examinó la estancia, tomando nota de otros soldados y algunos senadores se encontraban en las mismas lamentables condiciones – Debe haber sido toda una celebración – con una mano le arregló el cabello alborotado y luego lo besó en la frente – Te ves horrible.

No puedo verme peor de lo que me siento.

Lucilla se echó a reír y le acarició el cabello.

No lo creas – luego se puso muy seria – Felicitaciones, Maximus. Las noticias sobre tu valor y tu ascenso han recorrido todo el campamento. Commodus se muere por hablar contigo sobre la pelea de la otra noche. Le prometí que, hummm, que iríamos a cabalgar con él.

Maximus se limitó a gemir.

Bueno, tal vez más tarde. También escuché que vas a ser adoptado por un senador y que hay varios candidatos. Maximus, ¿te das cuenta de las posibilidades que se abren para ti? Podrías convertirte en un líder político además de militar. Nada estaría fuera de tu alcance.

Los ojos enrojecidos de Maximus buscaron los de Lucilla.

¿Nada?

Nada – dijo Lucilla tras un momento de vacilación – Te amo, mi valiente soldado.

Yo también te amo – la voz de Maximus fue apenas un susurro.

Bueno, bueno. Esta mañana no luce precisamente como un héroe, ¿verdad?

Lucilla soltó una exclamación y se puso rápidamente de pié. Commodus. ¿Cuánto habría escuchado?

El muchacho caminó hasta el hombre tendido en el piso y lo contempló con una mueca burlona.

Tengo entendido que es costumbre que un soldado se ponga de pie ante un futuro emperador de Roma.

Discúlpame, Alteza, pero me temo que si lo hago volcaré el contenido de mi estómago sobre un futuro emperador de Roma.

Para gran alivio de Lucilla, Commodus se echó a reír.

Me gustas, Maximus. Estate listo para salir a cabalgar después de la comida del mediodía. Lucilla lo prometió.

Sí, Alteza.

Commodus echó una mirada a su hermana y apartó al perro rudamente de un rodillazo. Hércules gruñó.

Mal bicho – observó Maximus.

Está muy solo. Mi madre lo mima todo el tiempo pero sus intereses no son saludables. Busca la atención y la aprobación de mi padre pero él nunca parece tener tiempo para Commodus. En realidad, soy lo único que tiene.

Tu tienes que vivir tu propia vida.

Lucilla volvió a acuclillarse a su lado.

Mi vida está dictada por mi posición como hija de un emperador. Todo lo que hago está supeditado a eso. Si Commodus va a ser Cesar algún día debo hacer todo lo posible para asegurar que sea un buen gobernante. Necesita un ejemplo, Maximus, y tu serías ideal. Necesita estar cerca de un hombre valiente y fuerte pero también amable y compasivo. Un hombre con principios. Commodus parece no darse cuenta de que un hombre puede reunir esas condiciones a un mismo tiempo.

Me das demasiado crédito.

No, en absoluto. Eres todas esas cosas y más. Eres maravilloso – Lucilla soltó una risa ahogada – Pero ahora necesitas dormir y yo haré los arreglos para la cabalgata de esta tarde. Esta vez, llevaremos con nosotros a un pelotón de pretorianos, de modo que no tienes que preocuparte de repeler ningún ataque.

¿Saldremos otra vez fuera de las murallas?

Por supuesto. Aquí dentro no hay nada para ver más que filas y filas de tiendas.

Maximus volvió a gemir y Hércules le lamió la mano compasivamente.

Es un amigo fiel, ¿verdad? – comentó Lucilla mientras Maximus rascaba al perro detrás de las orejas con una mano. La otra la tenía apoyada sobre su ruidoso estómago.

El mejor.

Lucilla sonrió.

- Descansa. Te veré más tarde, centurión.

Capítulo 18 – Commodus

Dos horas después del mediodía, Maximus, Commodus y Lucilla se encaminaron a caballo hacia la puerta principal del campamento, seguidos de cerca por diez guardias pretorianos pesadamente armados. Normalmente, Maximus hubiera resentido la intrusión pero después de su aventura de dos noches atrás y, teniendo en cuenta la condición de su cabeza y estómago ese día, estuvo más que contento con su presencia. Como siempre, llevaba su espada al costado pero no planeaba tener que usarla.

Hércules trató de seguirlos cuando cruzaron la puerta pero Maximus le ordenó que se quedara, sabiendo que el perro no estaba en condiciones de mantener el paso y él nada deseoso de tener que cargarlo. Sorprendentemente, Hércules le hizo caso, pero hizo notar su descontento por medio de una serie de ladridos y quejidos. Lucilla maniobró su caballo de modo tal de quedar ligeramente atrás de su hermano y su enamorado, deseosa de darles tiempo para que se conocieran mejor. Sabía que Maximus no tenía una buena opinión sobre Commodus pero igualmente ansiaba que se hicieran amigos. Las cosas serían mucho más fáciles si tenía a Commodus de su lado cuando llegara la hora de tratar el rol que Maximus desempeñaría en su vida futura.

Te gusta ese perro, ¿verdad? – observó Commodus.

Tenía tu edad cuando me uní a la legión, Alteza, y muy pocos amigos. Hércules me ayudó de muchas maneras pero lo más importante es que siempre estuvo allí cuando necesité de alguien con quién hablar o, simplemente, quedarme sentado en silencio. Solíamos salir juntos a correr y nadar pero ahora es demasiado viejo para eso.

Hablas de ese perro como si fuera humano.

Para mí lo es, Alteza. ¿Nunca tuviste un perro?

Commodus resopló.

¿Un perro en el palacio imperial? Nunca lo permitirían.

Es una pena. Una manera excelente de enseñarle a un chico a ser compasivo es darle a cuidar un animal.

Commodus se puso rígido.

¿Estás insinuando que carezco de compasión, Maximus?

No, señor, en absoluto. No quise decir eso – Maximus se quedó callado por un momento – ¿Tal vez alguno de tus amigos tiene un perro?

¿Qué amigos?

Seguramente tienes amigos... los hijos de los senadores, por ejemplo.

No.

Perdóname, Alteza, pero, ¿cómo pasas tu tiempo?

Tomo lecciones de historia y lectura y escritura. Estudio política.

Me refiero al tiempo para divertirte. ¿Qué haces para divertirte?

Voy con mi madre a los juegos.

¿Los juegos gladiatorios?

Sí. ¿Alguna vez viste luchar a los gladiadores?

No, Alteza. Nunca estuve en Roma-

Entiendo que los juegos existen en todo el imperio. Prácticamente cada ciudad tiene su propia arena pero la más grande, claro, está en Roma.

Maximus se alegró de dejar que Commodus hablara acerca de algo que le interesara.

¿Quiénes son los gladiadores?

Esclavos, en su mayoría. Prisioneros de guerra. Pero, a veces, algún noble entra a la arena para medir su fuerza y coraje y yo pienso hacerlo algún día. Inclusive hay peleas contra animales salvajes, como leones y tigres.

Suena muy peligroso.

¿Peligroso? – Commodus lo miró incrédulo – El letal. Las peleas son a muerte.

¿Los hombres se matan por deporte?

¿Por qué estás tan sorprendido? La otra noche mataste a cuatro hombres.

Pero no lo hice por deporte, Alteza.

¿Qué diferencia hay? Matar es matar. Es excitante sin importar quién o qué muere.

¿La emperatriz disfruta de los juegos?

Commodus se echó a reír.

Disfruta de algo más que los juegos, Maximus.

¿Qué quieres decir?

Bueno, digamos que tiene sus gladiadores favoritos y que ellos la mantienen muy contenta cuando mi padre no está.

Maximus se quedó atónito. Se volvió ligeramente en su silla para mirar a Lucilla quien de inmediato dio vuelta la cara, repentinamente interesada en las flores primaverales que crecían a lo largo del camino.

Commodus siguió hablando:

Los gladiadores más valientes son amados por la multitud. Son adorados.

Me parece una forma de amor muy superficial.

El amor es amor, no importa como lo obtengas.

Maximus se quedó boquiabierto ante el cinismo de un muchacho tan joven y entendió la preocupación de Lucilla pero, ¿era él ejemplo adecuado para el chico? Después de todo, parecía que se había ganado el respeto de Commodus sólo por haber matado. Sus temores se confirmaron cuando el muchacho volvió a hablar.

Me hubiera gustado verte masacrar a esos germanos, Maximus. Ah, eres tan afortunado por haber matado a varios hombres.

No lo disfruté, Alteza.

Commodus rió.

- Entonces, tendré que enseñarte que también se puede matar por placer... que arrancar la vida puede proporcionarte gran placer.

Durante un rato, la procesión avanzó en silencio ya que Maximus no encontró nada más que decirle al muchacho. Ocasionalmente, Lucilla hacía algún comentario sobre la belleza del paisaje pero Maximus no se sentía con ánimo de responder. La actitud del muchacho hacia él lo había perturbado profundamente. Algún día, el chico sería emperador.

Te gusta mi hermana, ¿verdad?

La pregunta trajo a Maximus de regreso a la realidad.

Si, Alteza, me gusta – dijo cuidadosamente.

Y tú le gustas. Me doy cuenta de ello.

Sí, creo que le gusto.

Lucilla me ama, Maximus, y no creo posible que una mujer ame a dos hombres.

Pero seguramente el amor de una mujer por su hermano es diferente...

Ya me escuchaste – barbotó Commodus – Nunca trates de quitarme algo que amo.

La amenaza implícita estaba muy clara.

Por supuesto que no, Alteza.

Hicieron el resto del trayecto en silencio. Un escalofrío que nada tenía que ver con el clima hizo que Maximus se mantuviera muy erguido en su silla.

Capítulo 19 – Venganza

Lucilla yacía en su cama, las rodillas recogidas contra el pecho. Durante toda la mañana, Commodus la había acosado acerca de Maximus hasta ponerla a punto de hacerla gritar de desesperación. Sus palabras y tono eran acusatorios y cuando finalmente Lucilla admitió su amor por el soldado, Commodus se negó a escuchar sus planteos acerca de que podía amarlos a ambos al mismo tiempo.

Cuando se fue, hecho una furia, Lucilla se hizo un ovillo y se echó a llorar, ansiando sentir el consuelo de los fuertes brazos de Maximus en torno a su cuerpo. Pero Maximus la había evadido la noche anterior y esa mañana no había aparecido por el praetorium, a pesar de que su flamante rango de centurión le permitía el libre acceso al recinto. Lucilla se daba cuenta de que sus nuevas responsabilidades lo mantenían muy ocupado pero, ¿acaso no entendía lo mucho que ella lo necesitaba?

El baño caliente que tomó no sirvió para reconfortarla y se volvió a la cama todavía agitada. Rechazó la comida nocturna y se quedó tendida, contemplando las diáfanas cortinas que rodeaban su lecho, imaginando que cada movimiento de éstas anunciaba la entrada de Maximus. Finalmente, le envió una nota exigiéndole que se presentara de inmediato. Poco después, Maximus estaba de pie en la entrada.

¿Enviaste por mí? – Su actitud y tono eran muy formales.

Maximus, ven aquí, por favor – Lucilla le tendió una mano, atrayéndolo bajo las cortinas, al lado de su cama. Maximus permaneció inmóvil, obviamente incómodo con la intimidad del entorno y la presencia cercana de numerosas personas. Miraba continuamente a la entrada y Lucilla sabía bien por qué.

Esta noche te ves muy atractivo. Me encanta cómo té queda la armadura de cuero. Es mucho más... amistosa... que la de metal. Cariño, por favor, siéntate.

No es el lugar adecuado, Lucilla.

Son mis aposentos privados...

Que pueden ser invadidos por tu hermano en cualquier momento.

¿Tienes miedo de mi hermano, Maximus? – Lucilla lo miró incrédula.

Tu hermano tiene el suficiente poder como para hacerme la vida miserable y mucho peor aún. No quiero tenerlo de enemigo.

Te amo.

Maximus miró la entrada de la tienda durante un largo instante antes de decir en voz muy baja.

Yo también te amo.

Un sollozo estranguló la garganta de Lucilla, quien se irguió sobre sus rodillas, rodeando la cintura de Maximus con sus brazos y apretando su rostro contra el pecho del soldado.

Entonces, encontraremos el modo de solucionarlo, Maximus. Encontraremos el modo de estar juntos.

Quiero estar contigo como tu esposo.

Entonces lo serás, amor mío. Lo serás. No me dejes, por favor.

Maximus contempló su hermoso rostro bañado de lágrimas, se sentó a su lado en la cama y la tomó en sus brazos. Le besó los párpados y luego la boca, mientras ella se encaramaba en su regazo y lo envolvía con su cuerpo, apretándolo contra sí tan fuerte como pudo.

Una ligera brisa movió las diáfanas cortinas que envolvían la cama pero ninguno de los enamorados lo notó, tan compenetrados estaban uno en el otro.

Las manos de Lucilla descendieron por la espalda de Maximus hasta sus caderas y se apretó contra él, maravillándose al sentir la rápida respuesta de su cuerpo. Maximus la alzó como si estuviera hecha de frágil cristal y la depositó de espaldas en la cama, cubriéndola con su cuerpo. De inmediato, las largas piernas de Lucilla se entrelazaron en torno a sus caderas, invitándolo abiertamente a su cuerpo. Maximus estaba perdido y lo sabía. Deslizó sus manos bajo el cuerpo de Lucilla y apretó la pelvis contra la de ella, arrancándole un gemido de placer. Al tiempo que le devoraba la boca, Maximus deslizó las manos bajos sus faldas.

Quítate la armadura, cariño – Lucilla se las arregló para reír suavemente – Me está matando.

Maximus se irguió sobre sus rodillas y rápidamente se deshizo de la coraza de cuero, arrojándola a un rincón donde aterrizó con un ruido sordo. Sosteniéndose con sus manos y rodillas sobre el cuerpo de Lucilla, Maximus contempló los entrecerrados ojos verdes que lo miraban desde la cama.

¿Estás segura?

Apenas acababa de pronunciar las palabras cuando un gruñido y luego un aullido de dolor llegaron a sus oídos desde más allá de la entrada. ¿Hércules? Maximus saltó de la cama a pesar de las protestas de Lucilla. Salió corriendo de la tienda y tropezó con una forma tirada en el piso. Poniéndose de rodillas, Maximus contempló horrorizado la forma inmóvil y ensangrentada del perro. Gateó hasta el animal y tomó la enorme cabeza entre sus manos.

¿Hércules?

La palabra sonó estrangulada. Sangre de un rojo intenso cayó sobre sus manos desde una profunda herida en el cuello del perro y Hércules contempló a Maximus con ojos marrones y sin vida. No queriendo creer lo que sabía que era verdad, Maximus buscó el latido de su corazón sólo para encontrar otras heridas, una serie de profundas puñaladas. Cualquiera de ellas hubiera bastado para matar al perro. En agonía, Maximus hundió su rostro en la pelambre del animal y trató de contener sus sollozos. Ni siquiera levantó la cabeza cuando escuchó los pasos de Lucilla y su grito ahogado. Cuando finalmente alzó su rostro, estaba bañado en lágrimas.

Tu hermano – rugió en un tono bajo y amenazante.

El rostro de Lucilla estaba pálido como el de una muerta y la muchacha se llevó la mano a la boca. Empezó a protestar.

No, él no...

¡Tu hermano! – aulló Maximus en un paroxismo de furia. Una multitud se había reunido a su alrededor, muchos de los rostros expresando su horror por lo ocurrido.

Salgan de mi camino – rugió Maximus mientras levantaba el cuerpo inerte en sus brazos y se dirigía hacia la entrada, dejando a su paso un reguero de sangre.

Lucilla se quedó inmóvil viéndolo alejarse, como fijada al piso por el terror, el dolor y la pena que acababa de experimentar. ¿Su hermano era capaz de hacer algo tan espantoso? ¿Hasta dónde llegaría para impedir su amor? ¿Acaso Maximus estaba en peligro de correr la misma suerte que el perro?

Capítulo 20 – Mentiras

Al día siguiente, Maximus se negó a responder a las demandas de Lucilla para que concurriera al praetorium. Lucilla estaba desesperada por hablar con él – por estar con él –, de modo que tomó la armadura que había quedado abandonada en su tienda y cruzó la puerta del recinto, ordenándole a los pretorianos que no la siguieran. Estos hicieron lo que se les mandaba pero Lucilla notó que algunos esbozaban sonrisas ligeramente sarcásticas cuando vieron lo que llevaba en la mano. Sin dejarse arredrar, se dirigió hacia las filas de tiendas, sin saber a ciencia cierta dónde encontrar a Maximus. Ignorando las miradas, se detuvo ante el primer hombre al que reconoció – Darius - y le pidió que indicara dónde buscarlo.

Por favor, Mi Señora, déjame llevar la armadura.

Lucilla se aferró a la coraza.

Por favor, se verá mejor si soy yo quien la lleva.

A regañadientes, la joven se la entregó.

Gracias, Mi Señora. Te llevaré con él. Acaba de ejercitar a sus hombres así que, probablemente, esté de regreso en su tienda. Sígueme, por favor.

Ese día, Lucilla había tenido especial cuidado en su apariencia pero ni siquiera registró las miradas apreciativas que le dedicaban los soldados mientras Darius la conducía entre filas y más filas de prístinas tiendas blancas.

Aquí, Mi Señora. Este es su alojamiento. Espera y entraré a buscarlo.

No, iré yo misma – respondió Lucilla tomando la armadura de manos de Darius – Gracias, soldado.

Como desees, Mi Señora – Darius empezó a darse vuelta para marcharse – Mi Señora, todavía está muy contrariado. Tal vez no lo demuestre pero es así.

Gracias, Darius. Lo entiendo.

Lucilla apartó la solapa de la tienda y pasó al sombrío interior, llamándolo por su nombre antes de que sus ojos se adaptaran a la escasa luz. Sabía que estaba allí – podía sentir su presencia – pero Maximus no respondió.

Vine a devolverte la armadura. Pensé que podrías necesitarla.

Déjala en el piso.

Aún seguía sin poder verlo.

Maximus, por favor, estoy devastada por lo ocurrido.

No obtuvo respuesta.

Maximus, te amo. Quiero estar contigo. Necesito que estemos juntos.

Maximus finalmente emergió de la oscuridad.

Tu hermano nunca lo permitirá. Con tal de separarnos, no se detendrá en nada para destruirme o destruir lo que amo.

He estado pensándolo. Maximus, no necesita saberlo – Lucilla siguió hablando apresuradamente - Puedes unirte a los pretorianos y regresar a Roma conmigo. Son la mayor elite del imperio y tienen gran poder político además de autoridad militar.

Lo aferró del antebrazo, suplicando.

Tal vez no podamos no podamos vivir juntos como marido y mujer pero podremos estar juntos, cariño.

Maximus se puso rígido.

Quieres que sea tu amante – casi escupió las palabras.

Funcionaría, Maximus. Muchas romanas de clase alta tienen amantes, como sus esposos. Podríamos estar juntos muy seguido y tu no tendrías que arriesgar tu vida en la guerra. Estarías a salvo. Estaríamos juntos. Yo... Yo... no tendría que casarme. Estoy segura de que puedo convencer a mi padre de que me permita permanecer soltera. Podríamos estar juntos todo el tiempo...

No, Lucilla.

¡Oh, Maximus! ¿Por qué no?

Porque no es esa la vida que quiero.

¿Qué es lo que quieres?

Quiero que la mujer que amo pueda ponerse a mi lado y proclamar ese amor. No quiero un amor que deba permanecer oculto por miedo a las represalias.

¿No te basta con que te diga que te amo?

No.

Maximus...

Lucilla yo... yo no te amo. Creí que te amaba pero ahora me doy cuenta de que no es así. Estaba deslumbrado por tu belleza.

Lucilla soltó una exclamación y se echó hacia atrás, como si la hubiera golpeado.

¡Estás mintiendo!

No...

Déjame ver tu cara – lo tomó firmemente por el mentón - ¡Maximus, mírame! Mírame a los ojos y dime que no me amas.

Maximus vaciló por un momento y luego dijo con convicción.

No te amo.

La reacción de Lucilla lo sorprendió. La joven se echó a reír y le tomó el rostro tiernamente entre sus manos.

Soldados. Les enseñan a ser tan honestos, ¿no es cierto? – su rostro se puso rígido y le apretó la cara entre sus manos – Maximus, estás mintiendo.

Sintiéndose frustrada, lo sacudió hasta que Maximus logró soltarse y se apartó de ella.

Estoy muy cansado Lucilla. Escuché que tu padre llegará mañana y tendremos que montar la batalla al día siguiente. Tengo mucho que hacer con mis hombres y ni los conozco bien ni están acostumbrados a mi estilo.

¿Me estás despidiendo?

Sí.

Lucilla se puso furiosa.

¿Quién crees que soy, soldado? ¿Una de tus putas de aldea?

Se le llenaron los ojos de lágrimas y los sollozos le hincharon el pecho. No le daría la satisfacción de volver a verla llorar. Giró en redondo y le dio a la armadura un fuerte puntapié que la lanzó fuera de la tienda.

Por un rato, Maximus se quedó muy quieto. Después, lentamente, levantó una mano y se masajeó la nuca mientras cerraba los ojos. Aparte de ese lacerante dolor, su cuerpo estaba totalmente adormecido.

Darius asomó la cabeza por la entrada.

¿Estás bien?

Maximus se limitó a lanzar un gruñido.

Está bien, está bien – dijo Darius mientras retrocedía, las manos alzadas en señal de derrota. Decidió sabiamente que no era el momento de decir "Te lo dije".

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