Al día siguiente, mientras los rayos de sol atravesaban oblicuamente el follaje, la legión se reunió una vez más para saludar a los emperadores. Como centurión, a Maximus se le permitía ahora participar de los encuentros con los dos grandes hombres... un honor que aceptó de buen grado. La enorme tienda del praetorium estaba llena de oficiales en comisión de todos los rangos. Commodus también se encontraba allí pero evitó hoscamente el contacto visual con Maximus pese a que el centurión, quien se mantenía muy quieto cerca de la entrada, lo desafió silenciosamente con una mirada asesina de sus ojos azules. Pero Marcus Aurelius vio al joven soldado y, al reconocerlo, le dedicó una sonrisa y una ligera inclinación de cabeza a modo de saludo. Sorprendido, Maximus le devolvió el saludo, primero en forma de una ligera mueca y luego con una gran sonrisa que trató de ocultar inclinando la cabeza. Marcus Aurelius ahogó una carcajada. Definitivamente, el joven le gustaba mucho.
Luego, el emperador se dirigió a los presentes informándoles las últimas noticias de Roma y la situación de la epidemia que finalmente comenzaba a ceder, tras haber matado a miles de ciudadanos de un modo rápido y brutal. Como lo hacía a menudo, Maximus pensó en su amigo Lucius y se preguntó qué habría sido de él. Durante el discurso del emperador, también se enteró de que la paz actual no sería muy duradera. El frente oriental estaba asegurado pero la frontera norte hervía de descontento y las legiones acantonadas a lo largo del Danubio se estaban preparando para la guerra. El estómago del joven centurión se contrajo con una mezcla de excitación y temor. ¿Estaría realmente preparado para conducir a sus hombres a una guerra real? Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Lucius Verus anunciando que, en pocos días, los dos emperadores y un selecto grupo de hombres harían una incursión punitiva del tipo relámpago contra una tribu germana acampada directamente al otro lado del río. Pero, como oficial nuevo, el joven centurión no esperó ser incluido en semejante grupo de elite.
Después del informe, ambos emperadores se mezclaron libremente con los oficiales y Marcus Aurelius se dirigió hacia Maximus, quien no se había movido de su puesto cerca de la entrada.
Estaba seguro de que eras tú, Maximus. Eras sólo un muchachito la última vez que te vi y, mírate ahora, centurión a tan temprana edad... algo prácticamente nunca visto. Mis más cálidas felicitaciones.
Marcus le apretó afectuosamente del hombro y alzó su copa de vino en señal de homenaje.
Muchas gracias, Mi Señor.
Al inclinarse, Maximus vio a Commodus mirándolos, pálido y con una expresión herida en su rostro juvenil ante el contacto familiar entre el centurión y su padre y sonrió satisfecho.
Entiendo que vas a participar en la exhibición de mañana – dijo Marcus.
Sí, Mi Señor.
Bien, no tienes nada que probar después de tu aventura de la otra noche pero igualmente ansío verte en acción.
Gracias, Mi Señor.
Dicho esto, Marcus Aurelius le palmeó el hombro y se dirigió hacia el siguiente oficial, mientras Maximus se encontraba cara a cara con Lucius Verus por primera vez. Era unos diez años más joven que Marcus Aurelius, lo que lo ubicaba alrededor de los treinta y cinco. Comandante al tiempo que emperador, vestía armadura completa la mayor parte del tiempo lo que lo convertía en una presencia imponente. Bajo y robusto, con el cabello prematuramente encarecido, le llegaba a Maximus apenas a la nariz pero nadie hubiera podido confundir su falta de estatura con falta de coraje.
Junto al general Cassius había conducido con gran éxito el ataque contra los enemigos de Oriente. Soltero, lo acompañaban en el campo su anciana madre y su hermana más joven, una mujer de alrededor de treinta años. Pero Maximus no recordaba haber visto a ninguna de las dos en todo el tiempo que llevaban allí.
Maximus, ¿verdad?
Sí, Mi Señor – Maximus se inclinó.
Qué afortunado que estuvieras fuera de las murallas cuando los bárbaros atacaron.
No atacaron exactamente, Mi Señor...
Sólo porque tú los detuviste, soldado. Ah, sí, Roma es afortunada al tener hombres como tú, Maximus. Es precisamente porque tiene hombres como tú que el imperio se mantiene fuerte e indiviso.
Gracias, Mi Señor
El joven centurión estaba apabullado por la atención que le dedicaban los dos hombres más poderosos del imperio.
Y te debo un agradecimiento personal por arriesgar tu vida para proteger a la gente dentro del campamento, especialmente mi familia... y mi prometida.
¿Tu prometida, Mi Señor? – preguntó Maximus cortésmente.
Sí – Lucius Verus rió – Lucilla. Nos vamos a casar muy pronto. ¿No soy acaso un hombre afortunado?
El impacto de la noticia atravesó el cuerpo de Maximus con la fuerza desgarradora de un rayo y desde la cabeza a los pies, haciendo que el corazón se le hinchara en el pecho hasta impedir el paso del aire. Todo lo que pudo hacer fue asentir débilmente con la cabeza y jadear, llevándose una mano a la garganta.
¿Te encuentras bien, soldado? Pareces a punto de desmayarte – Lucius Verus frunció el ceño, genuinamente preocupado.
Estoy bien, Mi Señor – susurró Maximus – Discúlpame, Mi Señor, pero necesito aire.
Sin esperar a que le dieran permiso para retirarse, Maximus salió de la tienda a los tropezones, ajeno a las miradas curiosas de los oficiales y los dos emperadores. Así fue que no vio la mueca triunfal que se dibujó lentamente en los rasgos oscuros del joven heredero del trono.
Una vez fuera, Maximus se dobló en dos y aspiró dolorosas bocanadas de aire en sus abrasados pulmones. Sintió que una mano se apoyaba en su espalda y que alguien lo llamaba por su nombre pero se apartó y corrió hasta alcanzar la entrada del campamento, cargando contra los guardias y dirigiéndose a la oscuridad de la noche.
No dejó de correr hasta alcanzar la playa donde apenas unos días atrás había compartido momentos de intimidad con Lucilla, quien todo el tiempo había sabido que iba a casarse con un emperador. Lo había engañado desde el comienzo, había jugado con él... y Maximus había estado tan ciego a causa del amor que no lo había visto.
El dolor en su pecho era tan intenso que lo hizo caer de rodillas y doblarse, hasta que su frente tocó la arena húmeda y fría. Su pena era como una bola de brea ardiendo, consumiéndole el corazón y reduciéndolo a cenizas. Maximus cayó al suelo y rodó hasta quedar de espaldas, su cuerpo desgarrado por secos sollozos, hasta que su furia estalló en un grito de dolor que hizo pedazos la quietud de la noche y asustó a un búho, que levantó vuelo asustado. Los gritos del ave se mezclaron con los de Maximus en el frío aire de la noche.
Maximus estaba sentado rígido como una estatua sobre su espléndido semental castaño, los hombres de su centuria reunidos a su alrededor cerca del límite del intervallum. Las ovejas habían sido enviadas a otro lado y una gradería de madera lujosamente adornada con colgaduras de seda había sido erigida para acomodar a los emperadores, los senadores y sus familias.
Maximus no dirigió una sola mirada en esa dirección.
Lucilla estaba sentada entre su padre y su prometido, su postura tan quieta y rígida como la del hombre montado a caballo que atraía su mirada como un imán. Sus ojos lo siguieron a todas partes: cuando hizo desfilar a sus hombres frente a las graderías, cuando desmontó y, tomando su escudo y su espada se dirigió al centro del espacio abierto, mientras otro soldado se aproximaba en sentido contrario.
Quintus – dijo Maximus en señal de saludo.
Maximus, no te he visto en mucho tiempo. Felicitaciones por tu ascenso – respondió Quintus con sinceridad – Nadie lo merece más que tú.
Hacía ya tiempo que Quintus había asumido que nunca superaría a su amigo pero se juró que, al menos, trataría de mantenerse a la par. El ascenso de Maximus a centurión había colocado al hombre más joven un gran paso por delante de él.
Maximus se las arregló para esbozar una sonrisa tensa.
Gracias, amigo mío. Ha pasado mucho tiempo.
¿Qué te parece si después de entretener a los emperadores tomamos una copa de vino? Así podríamos ponernos al día.
Maximus asintió con la cabeza y los dos hombres se dieron la mano antes de separarse y tomar posición a unos pasos de distancia uno del otro, preparados para demostrar su habilidad con la espada y el escudo ante los dignatarios reunidos.
A pesar de que Maximus parecía tranquilo, algo en su expresión incomodó a Quintus... una dureza en su mirada que no había existido antes. Era inquietante.
La orden de empezar lanzó a Maximus de lleno a la acción. Quintus apenas tuvo tiempo de levantar el escudo antes de que éste dejara caer su espada en un golpe tan violento que arrancó una exclamación a los espectadores. Quintus trastabilló ante la fuerza del ataque pero se recobró a tiempo para contener otro cruel asalto que lo dejó de rodillas. El miedo se mezcló con la excitación cuando Quintus comprendió que éste no era un combate más y levantó su espada justo a tiempo para atajar y desviar el siguiente golpe. Las chispas saltaron cuando los aceros chocaron entre sí y la multitud aclamó, especialmente los hombres de la sexta centuria, totalmente apabullados por la ferocidad de su joven comandante.
Los adversarios se forzaron uno al otro a retroceder en una y otra dirección del campo con golpes demoledores y feroces gruñidos. En las graderías, Commodus estaba de pie, apretándose las manos de excitación, sus ojos fijos en Maximus. El hombre era algo digno de verse, con su brillante armadura, sus brazos y piernas desnudos y exhibiendo sus músculos bien formados bajo la simple túnica mientras atacaba y detenía ataques, cargaba y esquivaba. Ahora que ya no era un rival por el afecto de su hermana, Commodus podía volver a admirarlo como guerrero.
La lucha era mucho más violenta de lo que la multitud había esperado y aún así, Maximus no cedía. Desde su lugar en uno de los laterales del campo, Darius empezó a preocuparse. Maximus había perdido toda perspectiva y parecía preparado para luchar a muerte. Su furia alimentaba su energía y Quintus estaba resistiendo mejor de lo que podía esperarse pero era obvio que se estaba cansando. Darius entró al campo ignorando los gritos de los que le decían que no lo hiciera.
¡Maximus! – gritó - ¡Ya basta, Maximus! ¡Ya basta! ¡Cálmate!
Maximus no lo escuchó o decidió ignorarlo y descargó otro golpe feroz sobre el escudo de Quintus. Ahora estaba claro para todos que Quintus estaba en problemas.
En las graderías, Lucilla se retorció las manos, consciente de porqué Maximus estaba peleando como un demonio. Frente a ella, Commodus saltaba de excitación. Junto a su hermano, su madre seguía cada movimiento de Maximus de un modo que hizo que su estómago de contrajera. Soltó un suspiro tembloroso y trató de reconciliar al guerrero que peleaba en el campo con el hombre que la había tomado en sus brazos y besado con tanta ternura.
De repente, todos los espectadores ubicados en las graderías se pusieron de pié al unísono, obstruyéndole la vista de la pelea. A pesar de su temor, se paró a tiempo para ver a Maximus soltar su espada y correr hacia Quintus, quien se retorcía en el piso agarrándose la cara.
¿Visto eso? ¿Lo viste, madre? Maximus lo alcanzó en medio de la cara. Probablemente lo mató.
Annia se limitó a sonreír maliciosamente.
Darius alcanzó a Quintus antes que Maximus y le apartó las manos de la cara para ver un torrente de sangre que brotaba de una herida cortante entre sus ojos. Darius arrancó un trozo de su túnica y lo apretó fuertemente contra el tajo. Después se volvió hacia Maximus, quien estaba pálido y quieto.
No es tan grave como parece. Las heridas en la cabeza sangran mucho – su voz adquirió un tono enojado – No le diste oportunidad, Maximus. Pudiste haberlo matado. ¿Era lo que querías?
En silencio, Maximus negó con la cabeza.
Desde el pasto, Quintus dijo:
Estoy bien, Maximus. Ayúdame a levantarme, ¿quieres?
Maximus se dejó caer sobre una de sus rodillas y pasó uno de los brazos de Quintus sobre sus hombros mientras Darius hacía lo propio con el otro. Lentamente salieron del campo seguidos por la ovación de los hombres bajo el mando de Maximus, ovación que éste estaba demasiado avergonzado como para aceptar.
Quintus, lo siento mucho – susurró.
Ah, la cicatriz me hará aún más atractivo de lo que ya soy. De ahora en más, las muchachas de la aldea me preferirán a mí.
Mientras los tres hombres abandonaban el campo, Marcus Aurelius se volvió hacia su asistente y le indicó:
Dile a Maximus que venga a verme después de los juegos. Tengo algunas cosas de que hablar con él.
El emperador le dirigió una mirada a su hija, quien contemplaba pálida y silenciosa a los tres hombres que se alejaban. Luego, se concentró en los nuevos combatientes que acababan de entrar al campo.
Esa noche, Maximus se reunió con Marcus Aurelius en la tienda del emperador. Marcus lo recibió cálidamente.
Desde que llegué, no he hecho otra cosa que oír hablar de ti, Maximus. Tu nombre ha estado en boca del general y de los senadores, de mi hijo y mi hija. Por cierto, esta tarde causaste una gran impresión en muchas personas.
Maximus se movió incómodo.
Debo una disculpa por lo de esta tarde, Mi Señor.
¿De veras? ¿Cómo es esto?
Yo... yo dejé que las cosas se fueran de control. Debía ser sólo una exhibición y se suponía que nadie debía salir herido.
Cuando estás en batalla, es muy fácil que tu sangre se caliente, Maximus. Aún cuando la batalla sea ficticia. Por cierto que me diste una idea de lo que tuvieron que enfrentar esos germanos la otra noche – el emperador se echó a reír – Casi llegué a sentir lástima por ellos.
Maximus se negó a aceptar el elogio tan fácilmente.
Quintus es mi amigo, Mi Señor, y lo herí innecesariamente.
Ven, siéntate a mi lado, Maximus.
Marcus extendió su mano hacia una silla de cuero y el joven soldado aceptó el asiento agradecido.
- El espíritu guerrero está en ti, hijo. Eso es algo más raro de lo que puedas imaginar y muy valioso en un soldado de Roma – Marcus sonrió – Eres muy joven para tanta destreza. Todo lo que tienes que hacer es aprender a controlar y dirigir tu enojo hacia la persona apropiada, de la manera apropiada. Obviamente, Quintus no era el objeto de tu furia pero tuvo la mala suerte de estar en el camino de tu espada.
Con los ojos fijos en el suelo, Maximus asintió.
Si yo hubiera pasado por las cosas por las que tu pasaste en estos últimos días, también hubiera estado listo para decapitar al primer hombre que se cruzara en mi camino.
Maximus alzó la vista, interrogándolo con la mirada.
Mi hija vino a verme tan pronto como llegué. Estaba muy angustiada y me confesó que se había enamorado profundamente de ti. También me contó del perro y otras cosas – Marcus suspiró profundamente – Puedo entender perfectamente porqué te ama, Maximus. Bajo cualquier otra circunstancia, hubiera alentado ese amor y me hubiera sentido orgulloso de llamarte "hijo". Nada me hubiera causado más placer, te lo aseguro. Pero Lucilla es la hija de un emperador y tiene un deber hacia Roma del mismo modo que tú lo tienes. Su deber consiste en casarse y producir un Cesar que lleve en sus venas la sangre de dos emperadores y, con ese fin, fue comprometida con el emperador Lucius Verus hace dos años. Me rogó que no la obligara a casarse hasta que tuviera dieciocho y consentí. Pero ya tiene dieciocho años y la boda se celebrará muy pronto. Puede que inclusive se celebre aquí mismo, en Germania, ya que no podremos regresar a Roma en algún tiempo y el emperador Lucius está ansioso de oficializar la unión.
Marcus se recostó en su silla y miró a Maximus directamente a la cara.
Me confesó que te dijo que te amaba sin mencionar el compromiso, haciéndote creer que había una oportunidad de que ustedes pudieran estar juntos. No creo que haya querido manipular tus sentimientos, Maximus. Realmente pensó que podría convencerme de deshacer el compromiso y permitirle que se casara con el hombre que quería pero eso no es posible. ¿Entiendes?
Sí, Mi Señor, entiendo.
Pero, aún así, tu corazón no entiende lo que tu mente acepta. Ah, recuerdo lo que es tener tu edad, Maximus. Recuerdo la intensidad del amor... y el dolor de un corazón roto. Todos lo sufrimos alguna vez. Me duele que mi hija le haya roto el corazón a un joven al que admiro y por el que me preocupo tanto.
Maximus tragó con dificultad.
Gracias, Mi Señor – susurró.
Lucilla tiene razón, sabes. Serías un buen ejemplo para Commodus. Por cierto que necesita la influencia de un hombre inteligente, honorable y valiente como tú. Otra vez, es mi pérdida.
Marcus se levantó de la silla y caminó por la tienda.
Siento que mi familia te ha maltratado en más de un modo y haré todo lo posible para recompensarte. En primer lugar, mi hijo, mi hija y mi esposa partirán mañana para alojarse con otra legión estacionada no muy lejos de aquí. Lucius Verus los acompañará y luego regresará solo.
Maximus sintió que la bilis le subía a la garganta y tragó con dificultad.
En segundo lugar, te doy permiso para que te cases cuando encuentres a una mujer adecuada a la que ames. Y volverás a amar, créeme, aunque ahora no lo creas posible. Eres uno de los pocos hombres en todo el ejército de Roma que tiene ese privilegio. Por último, lo más importante: un senador ha pedido oficialmente adoptarte como hijo y he firmado los documentos que te hacen miembro pleno de la clase senatorial con todos sus privilegios.
Las cosas estaban ocurriendo tan rápidamente que Maximus no lograba captar las implicancias.
¿Cuál es su nombre, Mi señor?
Marcus Licinius Marcellus pero me han dicho que quieres conservar tu nombre y así será. Te encontrarás con él más tarde pero no necesitas tener ningún tipo de relación con él o su familia si no lo deseas. La adopción es sólo una formalidad.
No sé qué decir, Mi Señor.
Marcus Aurelius se paró frente a él y Maximus se puso de pie. El hombre mayor sonrió con tanta gentileza y genuina preocupación que Maximus se clavó las uñas en las palmas de las manos para contener las lágrimas que amenazaban brotar de sus ojos. Marcus tomó al joven soldado por los hombros y le dijo amablemente:
- Es mejor que no vuelvas a ver a mi hija, Maximus. Estará confinada en su alojamiento hasta que parta mañana. Olvídala, hijo.
Maximus asintió, sintiéndose miserable.
- Cuando el emperador Lucius Verus regrese dentro de unos días, organizaremos una incursión punitiva al otro lado del río para dejarle en claro a esos bárbaros que no toleraremos una insurrección. Quiero que seas parte de esa expedición, Maximus.
El centurión sintió que se le caía la mandíbula.
Será un honor, Mi Señor.
Marcus se echó a reír.
Quiero ver toda esa energía y destreza que vi hoy dirigida contra los bárbaros germanos.
Maximus le devolvió la sonrisa.
Bien, vayamos ahora al encuentro con tu padre adoptivo y después necesitas dormir. Los lo necesitamos.
Esa noche, cuando finalmente Maximus abandonó la tienda del emperador, no miró a derecha ni a izquierda mientras cruzaba la entrada del praetorium. Gracias a Marcus Aurelius, ahora podía ver su futuro claramente y sabía qué era capaz de hacer y qué era capaz de lograr. Nada se interpondría en su camino. Nada ni nadie.
Un par de llorosos ojos verdes contemplaron su espalda erguida y sus fuertes hombros mientras cruzaba la puerta. Lucilla había acechado en la entrada de su tienda durante toda la tarde, con la esperanza de ver a Maximus y descubrir algún signo de que la había perdonado. Pero ahora sabía que no era así. Se dejó caer sobre su cama y lloró amargamente por lo que su vida sería de ahora en más y por lo que su vida hubiera podido ser.
Maximus se estremeció al sentir sobre su cabeza el golpeteo de la fría lluvia primaveral que había convertido la orilla del río en un lodazal en el que los hombres se hundían hasta los tobillos. Su semental sacudió la cabeza con impaciencia al verse obligado a permanecer bajo el chaparrón cargando con su armadura completa y Maximus le palmeó el cuello en señal de simpatía. El movimiento puso al descubierto su cuello y helados riachos de agua de lluvia se colaron bajo su armadura, donde empaparon su ropa interior haciendo que se volviera pegajosa y le causara picazón.
Maximus era uno de los cien hombres elegidos para cruzar el Danubio y realizar una ataque punitivo por sorpresa a la otra orilla. Los romanos estaban ampliamente superados en número pero, de ser necesario, el ataque relámpago sería apoyado por otro en gran escala a cargo de la legión completa, con el objetivo de establecer una base segura para el ejército al otro lado del río. Las demás legiones Felix estaban en alerta permanente por si fuera necesario movilizarlas.
Todavía estaba oscuro – eran alrededor de las cinco de la mañana – y tardaría en amanecer a causa del mal clima imperante. Pero era precisamente ese mal clima el que posiblemente protegiera sus vidas. El helado viento del Norte aseguraba que los sonidos provenientes del campo romano no pudieran ser oídos del otro lado del río y las nubes grises y bajas y la niebla que flotaba sobre el agua ocultaría a los atacantes de los centinelas apostados en la orilla opuesta.
Darius estaba a un lado de Maximus y Quintus al otro. Frente a ellos se ubicaban el emperador Lucius Verus y el general Patroclus. Detrás, se encontraban alrededor de noventa legionarios, especialmente seleccionados por sus condiciones superiores. Todos y cada uno se sentían tan miserables y nerviosos como Maximus pero no se escuchaba sonido alguno, salvo el resoplar y patear impaciente de los caballos.
Maximus miró hacia el Este y notó que el cielo se iluminaba ligeramente. Pronto sería dada la orden de sacar las pesada balsas de su escondite en el bosque y arrastrarlas hasta el agua. Pasó revista mental de sus armas: las espadas y el escudo estaban firmemente asegurados a su lado. Más de la mitad de los hombres eran arqueros y éstos iniciarían el ataque a pié, matando a tantos germanos como fuera posible y sembrando el desconcierto en el campo enemigo antes de que la caballería cargara contra éste.
Los espías habían hecho bien su trabajo y los romanos conocían perfectamente tanto la disposición del campo enemigo como el número de sus adversarios. Las órdenes eran claras: atacar, matar y regresar a la seguridad del río, donde los arqueros bajo el mando de Marcus Aurelius estarían esperando para lanzar cientos de flechas a través del agua para disuadir a los germanos que quedaran con vida de seguirlos.
Ahora había la suficiente luz como para que Maximus pudiera distinguir el agua de la tierra y esperó la orden de ponerse en marcha. Llegó en cuestión de minutos. Las pesadas balsas fueron lanzadas al agua y Lucius Verus y el general Patroclus abordaron la primera, sus caballos nadando detrás. Maximus, Quintus y Darius los siguieron junto a otros cuatro soldados en la segunda balsa. Maximus se estremeció cuando el agua helada inundó sus botas. De inmediato tomó un remo y comenzó a impulsar la balsa hacia el ancho río. Quintus también remaba y Darius llevaba las riendas de los caballos que nadaban detrás, su chapoteo encubierto por la lluvia torrencial.
Desembarcaron río arriba del campamento bárbaro y se reunieron para el ataque. Todos los hombres estaban helados y temblaban, a causa tanto de los nervios como del helado cruce. Maximus aspiró profundamente varias veces para calmar su respiración y miró a Darius y Quintus, quienes estaban muy cerca, montados en sus respectivos caballos.
Firmeza y honor – dijo con calma convicción y sus compañeros lo miraron sorprendidos.
Darius sonrió.
Firmeza y honor, Maximus.
Se inclinó hacia delante para estrechar la mano de su amigo.
Sí. Firmeza y honor – replicó Quintus muy serio y también le estrechó la mano.
Todos los ojos se volvieron hacia Lucius Verus a la espera de su orden. El humo del campamento cercano flotó hacia los soldados por encima de los árboles, un aroma invitados bajo circunstancias normales pero, en este caso, una indicación de que los germanos empezaban a despertarse. Lucius Verus levantó un brazo en alto. Cuando lo dejó caer, cincuenta arqueros se dirigieron a pie hacia el bosque que se extendía en dirección al campamento enemigo. Rápidamente desaparecieron de la vista de los efectivos de la caballería pero los gritos de sorpresa de los durmientes les indicaron que habían tenido éxito en su misión. Lucius Verus levantó nuevamente el brazo y Maximus sintió que sus músculos se tensaban. La espada cayó y la caballería cargó hacia el bosque oscuro, las espadas desenvainadas y en alto.
Maximus emergió en el claro directamente detrás del general y dejó caer su espada en un violento arco que envió la cabeza de un infortunado germano por el aire antes de que golpeara el suelo y rodara en el barro. Volvió a levantar la espada y derramó regueros de sangre del hombre muerto sobre su armadura y su espada. Rápidamente, Maximus despachó a otros dos hombres que corrían presa del pánico. En cierto modo, le resultaba enervante blandir su espada contra un hombre que no tenía más arma defensiva que sus brazos levantados. Su poderoso brazo y su espada afilada podían cortar el cuello de un hombre con tanta facilidad como un cuchillo corta el pan. El joven centurión casi sintió alivio cuando vio que varios de los bárbaros finalmente habían logrado armarse y trataban de organizar un contraataque. Maximus espoleó su caballo en dirección hacia el general. Con un rugido, Patroclus despachó a dos contrincantes mediante poderosos golpes de espada. Maximus lo equiparó golpe a golpe y los dos guerreros romanos pusieron en retirada a sus adversarios, quienes corrieron hacia los árboles en busca de refugio. Había cadáveres por todos lados, mayormente germanos de largos cabellos pero al menos una docena de romanos habían caído también. Los sonidos de lucha fueron muriendo finalmente y, en la distancia, Maximus escuchó a Lucius Verus dando la orden de retirarse a la orilla. El general y él se eran quienes se habían adentrado más en el territorio enemigo y, por lo tanto, quienes se encontraban más lejos a la hora de la retirada. Maximus giró en su silla para cerciorarse de que Patroclus hubiera escuchado la orden, Lo que vio lo golpeó como un mazazo. El general estaba en el suelo, aplastado bajo su caballo que había perdido pie en el barro. Viento al jefe romano en dificultades, algunos de los guerreros que habían huido hacia el bosque volvieron sobre sus pasos y se dirigieron hacia él. Mientras el caballo luchaba por levantarse, una flecha se clavó en su cuello y la cabeza del animal cayó sobre el barro con un golpe sordo. Maximus urgió a su caballo para colocarlo entre el general atrapado y sus atacantes germanos, usando su escudo para detener el impacto de media docena de flechas. Gritó pidiendo refuerzos pero no pudo ver a nadie y la lluvia que caía como una cortina ahogó sus palabras.
Maximus entrecerró los ojos, tratando de estimar el número de hombres a los que se enfrentaba. Al menos una docena, pensó, demasiados para siquiera considerar la posibilidad de atacarlos. De modo que se trataba de mantenerse vivo y proteger al general lo mejor posible hasta que alguien en la legión se diera cuenta de que estaban faltando. Un sonido agudo hizo que Maximus levantara el mentón justo antes de que una flecha se clavara en su coraza con un fuerte impacto que lo hizo caer hacia atrás y asustó a su caballo haciéndolo levantarse sobre las patas traseras. Se aferró a las ancas del animal pero sus manos se deslizaron por el pelaje húmedo y Maximus cayó al barro, la espada y el escudo fuertemente apretados en sus manos. Rodó al tiempo que tocaba el suelo enfangado e hizo pié justo cuando los germanos dispararon la siguiente andanada de flechas, las cuales se clavaron en su escudo. Mientras los bárbaros se preparaban para disparar nuevamente, Maximus retrocedió como pudo, tropezando con el caballo muerto del general y arrojándose sobre el hombre atrapado, mientras nuevas flechas se clavaban en su escudo. Maximus se preguntó vagamente cuántas más podría resistir.
¿Está herido, señor? – preguntó ansiosamente.
Mayormente en mi orgullo – Patroclus hizo una mueca – pero no siento la pierna ni puedo sacarla de abajo del caballo.
¿Dónde está su escudo?
Bajo el caballo. No sé dónde está mi espada. La perdí al caer.
La voz del general sonaba tensa.
Maximus se deslizó en el barro, aprovechando el cuerpo del caballo muerto para detener el impacto de las flechas pero sabía que los bárbaros pronto intentarían otra aproximación. Patroclus estaba enterrado hasta la cadera debajo del animal y tan hundido en el barro que Maximus supo que no podría sacarlo sin ayuda. Se dio vuelta de modo tal de quedar con la espalda contra el lomo del caballo y su pie golpeó algo duro. La espada del general estaba cubierta de barro. Maximus la tomó y la limpió lo mejor que pudo para luego levantarla ligeramente y dejar que la lluvia hiciera el resto. Al hacerlo, notó que varios germanos armados se acercaban hacia ellos, corriendo de árbol en árbol para mantenerse a cubierto. Flechas de un lado y espadas del otro. En el nombre de los dioses, ¿cómo iba a manejar esta situación?
Maximus cubrió al general con su propio escudo, ignorando su advertencia sobre lo inútil de su gesto.
Maximus, estoy acabado. Tienes posibilidad de salvarte. Aprovéchala.
No, señor.
¡Maximus! ¡Aún estoy al mando!
Por supuesto, señor, pero no está en posición de tomar decisiones. Por favor, confíe en mí criterio.
Patroclus contempló la expresión determinada en el rostro del joven soldado... una visión capaz de causar miedo. Su mandíbula estaba fija en una línea dura y sus ojos entrecerrados brillaban como acero azul. En una situación desesperada como la que estaba viviendo, Patroclus no podía pensar en otro soldado al que le hubiera gustado tener a su lado que no fuera Maximus.
El joven centurión sabía que Patroclus sería atacado en el momento en que lo dejara de modo que esperó a que los bárbaros atacaran, preguntándose cuántas flechas les quedarían a los hombres que habían quedado atrás. No tenía escudo y había perdido el casco en el barro, lo que lo colocaba en una situación muy vulnerable pero los arqueros estaban teniendo dificultades para ubicar a su blanco en la lluvia que caía como una cortina. La siguiente andanada de flechas impactó en el caballo muerto pero también llovieron entre los árboles y algunas se enterraron en el barro a su alrededor. Debido a lo difícil de hacer puntería, Maximus sabía que dejarían de disparar cuando los hombres de a pié atacaran por temor a matar a sus propios compañeros. Era sólo cuestión de tiempo.
Un grito agudo proveniente del bosque hizo que los cabellos se erizaran en la nuca de Maximus y se puso de pié de un saldo, sosteniendo la espada con ambas manos. Seis guerreros emergieron a la carrera y cargaron contra él. Mientras uno caía de cara al barro, Maximus sintió un golpe en la parte trasera de la pierna izquierda que casi lo derribó y miró hacia abajo para ver la punta de una flecha emergiendo por el frente de la misma. Vagamente se preguntó por qué no sentía dolor.
Levantó a cabeza justo a tiempo para ver una espada alzarse sobre su cabeza y descender rápidamente en dirección a su cuello. Movió su brazo izquierdo con fuerza y las dos espadas chocaron, enviando el arma del guerrero germano por el aire para luego caer en el barro. Con un movimiento implacable, Maximus clavó su espada en el vientre del hombre ahora indefenso y pateó su cuerpo hacia atrás, para lanzarlo contra otro atacante y arrojarlos a ambos al suelo. Con un salto ágil estuvo al instante junto al hombre que aún estaba vivo y lo decapitó de un golpe limpio.
De su pierna estaba empezando a irradiar un dolor palpitante pero Maximus no tenía tiempo para lamentarse ya que cuatro guerreros se abrieron en arco a su alrededor. Un sonido sibilante lo hizo lanzarse al suelo y la flecha que le estaba destinada se clavó en el pecho de uno de sus atacantes. El hombre se desplomó pesadamente y Maximus enfrentó a tres germanos muy cautelosos. Uno de ellos gritó una orden a los arqueros para que, Maximus esperaba, detuvieran su ataque.
Sus ojos volaban de uno a otro hombre mientras sus enemigos trataban de decidir cómo atacar a este romano cubierto de lodo que peleaba como un demonio mientras sangraba profusamente de una fea herida en la pierna. Maximus curvó sus labios en una mueca feroz y soltó una sarta de obscenidades. Sabía perfectamente que no entenderían sus palabras pero estaba seguro de que reconocerían la amenaza en su voz grave y poderosa.
Vio lo que estaba esperando... un instante de incertidumbre en los ojos del hombre que se encontraba a su izquierda. Con una velocidad cegadora echó hacia atrás su brazo derecho y lanzó su espada. Un instante después, ésta se clavaba en el cuello del enemigo y el hombre se desplomó, los ojos muy abiertos y mirando asombrado.
Maximus pasó la espada que le quedaba a su mano derecha y en ese mismo momento sintió que una ola de mareo se apoderaba de él. Una rápida mirada a su pierna le mostró que ésta estaba bañada en sangre. El dolor palpitante se había extendido desde el muslo hasta la pantorrilla y hacia arriba, hasta alcanzarle la cadera. Los dos germanos que quedaban con vida lo miraron satisfechos al darse cuenta de que todo lo que tenían que hacer era esperar hasta que el romano cayera, lo que no tardaría mucho en ocurrir, y entonces podrían avalanzarse sobre él y matarlo, así como al hombre atrapado bajo el caballo.
¡Maximus! ¡Maximus, aguanta! ¡Aguanta! – lo urgió Patroclus desde el suelo, su voz sonando muy débil.
Si, señor – respondió Maximus, su voz sonando igualmente débil.
Maximus dio un paso hacia delante y se tambaleó cuando un dolor lacerante le atravesó el cuerpo. Vagamente escuchó la risa de los dos germanos y se las arregló para lanzar un rugido mientras miraba a sus enemigos. Se quedó atónito al ver que sus rostros divertidos adquirían una expresión de horror y empezaban a retroceder para luego darse vuelta y echar a correr en dirección al bosque. La intensidad del mareo obligó a Maximus doblar las rodillas y, mientras caía al suelo, docenas de flechas acabaron con los hombres que huían. Completamente desorientado, Maximus giró la cabeza para enfrentar el rostro pálido y preocupado de Darius.
¿Por qué tardaste tanto? – preguntó el exhausto centurión mientras se desplomaba lentamente, hundiéndose en el barro y en el dulce olvido.
Maximus, bebe esto – ordenó Darius, mientras levantaba al hombre herido pasándole un brazo bajo los hombros.
Agradecido, Maximus bebió el vino de un trago y después aceptó la segunda copa e hizo lo mismo. Sus ojos nublados le mostraron que estaba en su tienda, pero no tenía la menor idea de cómo había llegado allí.
¿Cómo...
No hables – le ordenó Darius – Los cirujanos vendrán tan pronto como te haya emborrachado lo suficiente como para que te puedan sacar la flecha.
El general...
¡Dije que no hables! – Darius trató de que su voz sonara enojada pero no lo logró – Una pierna aplastada y la cadera rota. Lo enviarán a restablecerse a Roma.
Darius miró pensativo a Maximus.
Nos contó lo que hiciste. Muy impresionante, mi joven amigo. Muy impresionante.
¿Dónde estaban...
¿Dónde estábamos nosotros? – interrumpió Darius – Aquí. Bebe otra copa. Estábamos en la mitad del Danubio, con nuestros arqueros encargándose de despachar a los bárbaros que quedaban con vida cuando nos dimos cuenta de que ustedes dos estaban faltando. Tu caballo se nos unió pero tú no. El general y su caballo tampoco estaban a la vista. Nos tomó un poco de tiempo detener el ataque de los arqueros y dar vuelta las balsas para ver qué les había pasado.
La voz de Darius adquirió un tono rezongón.
Sabía que estarías vivo. Eres demasiado obstinado para morir. Sigue bebiendo.
Maximus tragó su cuarta copa del dulce líquido rojo y se sintió agradecido cuando el dolor palpitante de la parte inferior de su cuerpo se redujo considerablemente.
Perdiste mucha sangre, amigo mío. Si la flecha se hubiera clavado un poco más a la derecha... bueno. Una vez que te hayas curado necesitarás descansar durante un tiempo.
La voz de Darius se alejó flotando al tiempo que la cabeza de Maximus rodaba sobre el hombro del centurión de más edad.
Darius lo recostó gentilmente sobre la cama e hizo una señal a los cirujanos para que entraran. Estos traían consigo una aterradora variedad de instrumentos y Darius supo que la extracción de la flecha iba a ser más dolorosa para él que para el hombre dormido.
Maximus recuperó la conciencia lentamente y, de inmediato, su cuerpo envió a su cerebro las señales necesarias para que el dolor palpitante se reanudara. Al menos, ahora estaba centrado en su pierna y no torturaba el resto de su cuerpo. Debió murmurar algo ininteligible porque Darius estuvo a su lado de inmediato, colocando una mano fresca sobre su frente.
- Maximus, no trates de moverte. Los cirujanos ya te quitaron la flecha y limpiaron la herida pero les tomó mucho tiempo. La flecha se astilló dentro de tu pierna y estaba cubierta de mugre. Tienes fiebre pero los médicos dicen que pronto pasará. Ordenaron reposo total y nada de visitas salvo yo. Ni siquiera los emperadores pueden verte y ambos están muy ansiosos por hablar contigo.
Maximus asintió y cerró los ojos, hudiéndose otra vez en el olvido.
Se despertó bien entrado el día siguiente, sintiéndose sediento y hambriento lo que, según los cirujanos, era una buena señal. Al otro día ya estaba sentado y se quejaba de aburrimiento. Darius lo entretuvo durante un rato con juegos de tablero pero Maximus no estaba acostumbrado a la inactividad y el confinamiento lo volvía irritable. Finalmente, Darius contraatacó.
- Luces como una pila de mierda, ¿sabes? – frunció exageradamente la nariz – Y hueles igual.
Gracias, Darius. Quiero un baño.
No puedes mojar esa pierna.
Pero puedo mojar el resto de mi persona.
Se supone que no abandones esta tienda.
Entonces tráeme el baño aquí. Y lo quiero caliente, por favor – Maximus miró a Darius alzando las cejas. Cuando Darius no se movió, Maximus le dio un codazo.
Te estas poniendo grosero, ¿sabes?
Darius suavizó su comentario alborotándole el pelo. Luego apartó la mano con fingido asco.
- ¡Aj! – dijo – Aún tienes barro seco en el pelo y quién sabe qué otra cosa. Te traeré el baño.
Horas más tarde, Maximus emergió de su tienda recién bañado y vistiendo ropa limpia, con una muleta bajo el brazo y Darius caminando a su lado. Rengueó pesadamente mientras avanzaba por el campamento... un proceso muy lento porque todos lo detenían para felicitarlo, especialmente los hombres de su centuria, más apabullados que nunca por el coraje de su joven jefe.
Finalmente, llegó al área de los establos y encontró a su caballo comiendo heno tranquilamente.
Traidor – le dijo mientras le frotaba cariñosamente el morro – Decidiste que preferías la comodidad de tu pesebre a ayudarme, ¿eh?
Por toda respuesta, el semental castaño le hociqueó la mano.
¿Señor?
Maximus se dio vuelta para enfrentar a un joven soldado... un muchacho no mucho mayor de lo que era él al unirse a la legión.
¿Sí, Flavius?
Los emperadores desean verlo en su tienda, señor.
Maximus miró a través del campamento, hacia el elevado techo de la tienda en cuestión.
¿Ahora mismo?
Sí, señor.
Diles que voy para allá, pero que tardaré un poco en llegar.
Flavius le sonrió y echó a correr.
- Entra, entra, Maximus – Marcus Aurelius le hizo un gesto desde el interior del confortable alojamiento que compartía con Lucius Verus. Observó que el joven rengueaba pesadamente y le dedicó la sonrisa de aliento que le surgía espontáneamente cuando se encontraba frente al soldado que se había convertido en su favorito – No, no. Ni siquiera intentes inclinarte. Somos nosotros los que debiéramos inclinarnos ante ti. Siéntate. Siéntate para que podamos hablar.
Maximus se acomodó en el confortable asiento ofrecido y, tímidamente, le devolvió la sonrisa al emperador.
Gracias, Mi Señor.
Lucius Verus emergió de las sombras y se acercó a la silla del joven centurión. Maximus se esforzó por ponerse de pié pero lo detuvo una mano apoyada en su hombro.
- Maximus, por favor, quédate sentado. Te debo una disculpa.
¿Una disculpa?
Lucius siguió hablando.
Sabes, debería haber notado que Patroclus no estaba con nosotros pero fuiste tú quien se dio cuenta y te quedaste a su lado para defender su vida, aún cuando el enemigo te superaba numéricamente y estabas herido. No puedo decirte lo maravilloso que fue tu acto de altruismo.
Cualquier soldado hubiera hecho lo mismo, Mi Señor. Simplemente, yo era el que estaba más cerca.
No, Maximus. Te equivocas. Sólo porque tú no vacilas en llevar a cabo semejante acto de coraje supones que todos los hombres son capaces de lo mismo y te equivocas. He comandado ejércitos en todo el imperio y he visto muchos actos de valor. Pero nunca vi a alguien tan joven, a un hombre de tu edad, exhibir semejante combinación de coraje e inteligencia. Tienes veinte años, ¿verdad?
Sí, Mi Señor, pero pronto cumpliré veintiuno.
Lucius Verus sonrió al escucharlo.
Sólo veinte años. Bien, Maximus, salvaste la vida de uno de mis generales favoritos y ese acto no quedará sin recompensa.
Maximus no sabía qué decir. Miró a Marcus Aurelius, quien se unió a las alabanzas.
Maximus, tus encarnas todas las virtudes que más admiro en un soldado: disciplina, perseverancia, un impresionante sentido de la responsabilidad, la capacidad de soportar el dolor físico y emocional, altruismo. Todo esto es natural en ti.
Maximus – el joven soldado se volvió nuevamente hacia Lucius Verus – Es inusual que un hombre tan joven como tú sea ascendido tan rápidamente pero Marcus y yo no le encontramos el sentido a hacerte esperar años para alcanzar el rango más alto de centurión mientras pasas de un grado a otro. Así, en este mismo instante, te ascendemos al grado más alto de la categoría. El siguiente paso será llegar a tribuno. Creo que nunca tuvimos un tribuno de menos de veintidós años, de modo que deberás esperar un año o dos... pero dudo que tengas que esperar más.
Maximus estaba atónito. Miraba de uno a otro emperador, con la boca abierta pero incapaz de articular palabras. Marcus Aurelius echó la cabeza hacia atrás y rió.
No necesitas dar las gracias, Maximus. Te mereces este honor. No es un regalo: te lo ganaste. Uno de los actuales tribunos será ascendido temporalmente a general hasta que Patroclus pueda reasumir su puesto... si es que alguna vez puede hacerlo - Marcus se inclinó hacia Maximus y bajó la voz – Como bien sabes, que un hombre sea tribuno no quiere decir que sea un guerrero hábil como tú, Maximus. Después de todo, la principal tarea del tribuno es preservar la autoridad de Roma dentro del ejército.
Marcus Aurelius echó una mirada hacia Lucius y volvió a mirar a Maximus antes de seguir hablando.
Vamos a depender mucho de ti como consejero del nuevo general y éste recibirá instrucciones muy precisas de escucharte.
Maximus simplemente contempló a su mentor, tratando de asimilar el impacto de sus palabras. La pierna le dolía de un modo insoportable.
- Se te ve muy cansado – dijo Lucius – Estoy seguro de que esa herida te está causando un gran dolor de modo que no te retendremos esta noche. Antes de que te vayas, el general Patroclus quiere verte. Mañana enviaremos a Roma un contingente fuertemente armado y el general irá a casa para recuperarse. Mi esposa, mi madre y mi hermana lo acompañarán y también irán la esposa y el hijo de Marcus.
¿Tu esposa, Mi Señor?
Maximus se arrepintió de su pregunta tan pronto como ésta brotó de sus labios.
Sí. ¿Recuerdas que te dije que iba a casarme con Lucilla? Bien, lo hice muy discretamente cuando la acompañé hasta la legión Felix III. No fue el tipo de boda que hubiera querido pero Marcus pensó que era mejor no seguir esperando.
Repentinamente, Maximus se sintió muy cansado.
Felicitaciones, Mi Señor.
Gracias, Maximus. Espero que algún día encuentres una esposa tan bella y encantadora como la mía.
Maximus miró el piso y no respondió.
Lucius le tendió una mano y, tras un instante de vacilación, Maximus permitió que lo ayudar a levantarse. Marcus también se levantó y le palmeó el hombro.
En señal de condolencia, pensó Maximus.
Lucius siguió hablando mientras caminaban.
- Voy a quedarme con la legión Felix III para preparar la ocupación de la orilla norte. Pensaba hacerlo con la Felix VII pero, con un nuevo general y su mejor soldado herido, creo que será mejor darles un poco de tiempo.
Maximus estaba muy consciente de que Marcus Aurelius se encontraba directamente detrás de él, con la mano aún apoyada en su hombro. Rengueó hasta la alcoba donde un Patroclus pesadamente sedado descansaba de espaldas en la cama, su pierna aplastada vendada desde el muslo hasta el pié y acomodada sobre almohadones. Abrió los ojos mientras Maximus se aproximaba y buscó su mano. La estrechó débilmente y apretó los dedos del joven sin decir palabra.
- Fue un honor, señor – respondió Maximus al silencioso agradecimiento de un hombre al que tanto admiraba. El general volvió a cerrar los ojos y Marcus Aurelius le hizo un gesto al centurión para que lo siguiera fuera de la estancia.
Ahora ve y descansa – dijo Marcus – Te necesitamos de regreso y en forma lo antes posible.
Mientras rengueaba en dirección a la puerta, Maximus se preguntó qué más le tendrían reservado los dioses.