La fatiga estaba impresa en los rasgos del tribuno de veintiséis años que, montado en su semental, vigilaba el campo enemigo al otro lado del río, cerca de Vindobona. La guerra en Germania ya llevaba cinco largos años sin que se vislumbraba el final y las legiones Felix habían perdido muchos hombres. El tribuno estaba tan cansado que ni siquiera notaba la belleza del lugar. Sus hombres estaban cansados; el enemigo estaba cansado. Pero la guerra seguía y seguía.
Darius detuvo su caballo junto a Maximus y se hizo sombra en los ojos con una mano mientras observaba a los germanos. Se dirigió a su amigo sin mirarlo.
¿Crees que atacarán?
Probablemente – la voz de Maximus sonó sombría
¿Qué tan pronto?
Pronto.
Entonces, ¿por qué no atacamos primero?
Maximus suspiró pesadamente.
Claudius no lo hará.
Darius se volvió hacia Maximus, la frustración claramente perceptible en su voz.
Debería escucharte, Maximus. Todos saben quién es el que realmente manda en esta legión.
Lo he alentado para que tome la iniciativa pero no quiere ni oír hablar del tema. El muy tonto cree que la paz se mantendrá y no puedo convencerlo de lo contrario.
Si dieras la orden de atacar, los hombres te seguirían. Lo sabes.
Maximus miró a su amigo.
Darius, hay muchos que no lo harían.
Nómbrame a uno.
Quintus. Es centurión y, para él, la autoridad del general está por encima de la de todos, salvo el emperador. Aunque entendiera lo tonto de las ideas del hombre no desobedecería. Es su naturaleza.
Bueno, hay pocos como él.
Los que hay son suficientes.
Se ha hecho en otras legiones, Maximus. Un comandante incompetente fue reemplazado por el líder que realmente cuenta con la lealtad de sus hombres.
Maximus se las arregló para esbozar una breve, triste sonrisa.
Gracias por tu apoyo, amigo mío. Esta noche intentaré una vez más persuadir al general Claudius de que la hora de entrar en acción ha llegado. No sé por qué vacila pero no tengo intención de enfrentar a los soldados de la legión Felix VII entre sí.
Es un cobarde, eso es lo que pasa. Y no tiene la menor idea acerca de lo que es una táctica de batalla. Sabes tan bien como yo que, cuando da una orden, antes de obedecer, los hombres te miran a ti para ver si la apruebes.
Lo sé y a veces eso me causa grandes dificultades. Claudius no es un cobarde. Simplemente no entiende. Está más preocupado por su futura carrera política en Roma que por el destino de esta legión, aunque las dos cosas están más ligadas entre sí de lo que él cree.
Si Claudius diera una orden con la que creyéramos que tu no estás de acuerdo, nadie la obedecería – insistió Darius.
Quintus lo haría. Quintus sigue las órdenes aún cuando sabe de su insensatez, Darius, sabes que es así. Y hay otros como él. Obedecer es fácil. Tomar decisiones no.
Maximus se frotó las sienes como quien trata de combatir un dolor. Darius soltó un resoplido de fastidio.
¿Cuándo volverán los emperadores para ver el error que cometieron al ascender a Claudius a general?
No lo sé.
Maximus suspiró y cambió el tema de la conversación.
Este es un lugar hermoso. Mira las montañas, Darius.
Maximus alzó la vista para contemplar los picos distantes besados por el dorado resplandor de un sol que no llegaba a calentar el frío valle sombreado.
Sí, pero sería mucho más hermoso si no ocultara a guerreros germanos empeñados en cortarnos la cabeza.
Maximus se echó a reír e hizo que su caballo diera la vuelta.
Está bien, Darius, lo intentaré de nuevo.
Maximus entró a la tienda del general sin anunciarse y, como siempre, interrumpió una conversación acerca de la situación política en Roma. Claudius lo miró, fastidiado por la interrupción, al igual que los otros dos tribunos.
¿Qué pasa, Maximus?
Claudius, estoy más convencido que nunca de que esta tribu germana se está preparando para atacar. No sé cómo decirte lo importante de que ataquemos primero. Si no lo...
Maximus, cuando quiera tu consejo, te lo pediré.
Maximus sintió que la furia ardía en su estómago.
¿Por qué me miras buscando mi aprobación cada vez que das una orden pero no quieres escuchar mi consejo sobre este tema, Claudius?
El general enrojeció de furia y de un salto estuvo cara a cara con Maximus, derramando mientras lo hacía su copa de vino.
Eso no es cierto. ¡Yo tomo mis propias decisiones!
Caballeros... – el tribuno Jonivus trató de intervenir.
Maximus lo ignoró.
Haz lo que te parezca, general, pero si un solo legionario pierde su vida a causa de tu negativa a actuar, enviaré a los emperadores un detallado informe acerca de tu incapacidad para tomar decisiones acertadas.
Contempló a los otros dos tribunos hombres, que como su general, hubieran preferido que sus pies estuvieran posados sobre el mármol pulido del senado que sobre el rústico piso de tela de una tienda en el frente de batalla.
Jonivus habló nuevamente.
Puede que Maximus tenga razón, Claudius. ¿Por qué no doblas la guardia y haces que algunos centuriones patrullen el perímetro externo del campo, aunque más no sea por las dudas?
Ningún hombre debe estar fuera del campamento por la noche – declaró Maximus.
Esa será mi decisión, Maximus, no la tuya – arremetió Claudius – y creo que sería muy apropiado. ¡Espero que des la orden inmediatamente!
Dala tu mismo – rugió Maximus y salió furioso de la tienda.
Maximus se preguntó cómo había llegado hasta allí. Era primavera y la rosa trepadora color coral que rodeaba la puerta de la casa estaba en plena floración y perfumaba el aire con su aroma dulce. Los altos álamos cercanos a la entrada se mecían con la brisa, sus formas llenas de gracia recortadas contra las nubes algodonosas que cruzaban el cielo azul.
Era un día perfecto. Se veía perfecto y olía perfecto.
Maximus miró sus manos. Eran unas manos jóvenes, sin las cicatrices de años de batalla. Notó que tenía las uñas comidas. Su madre siempre estaba tratando de hacer que dejara de comerse las uñas. Su cuerpo también era más joven y delgado... el cuerpo de un niño. Vestía su túnica marrón favorita y estaba parado en el pasto con sus pies descalzos y polvorientos.
Escuchó a su hermano riendo en la cocina y la voz suave de su madre riendo con él. Maravillado, miró a su alrededor. Los árboles estaban cargados de frutas perfectas. Los pájaros saltaban de rama en rama, sus cantos fundiéndose en perfecta armonía. Maximus estaba aturdido por la absoluta perfección de cuanto lo rodeaba.
Sus ojos fueron atraídos hacia la ventana de la cocina. Su padre estaba allí, llamándolo, con una sonrisa en su atractivo rostro. Maximus trató de moverse pero no pudo. Su padre lo llamó nuevamente por señas. Maximus miró hacia abajo y vio que estaba enterrado hasta los tobillos en un pegajoso barro negro. ¿De dónde había venido ese lodo? Levantó la vista hacia su padre para pedirle ayuda cuando, repentinamente, la ventana estalló en una bola de fuego que se corrió rápidamente hacia el techo y los costados de la casa como si fuera una criatura viva. Maximus gritó pero ningún sonido brotó de su boca abierta. Miró a la ventana de la cocina. Su padre seguía llamándolo con una sonrisa en el rostro pero su cuerpo estaba siendo consumido por las llamas anaranjadas. Desesperado, Maximus tendió una mano hacia él. Pero el rostro del hombre se derritió como si hubiera sido de cera; la sonrisa se derrumbó, la carne goteó, los ojos se convirtieron en negras cenizas. La casa había sido totalmente consumida pero aún había una figura en la ventana, una cosa horrible que ya no era su padre... pero todavía reconocible. Todavía familiar. Pero... diferente. Era Darius. Darius estaba ahora en la ventana, su rostro horrorizado, su boca abierta en un grito silencioso, sus manos tendidas hacia Maximus... implorando... suplicándole ayuda. Maximus gritó silenciosamente su nombre. Quiso acudir en ayuda de su amigo pero sus piernas se negaron a moverse... y Darius se fundió con la casa.
El niño dejó caer las manos a los lados de su cuerpo. Inútil. Impotente. Incapaz de ayudar. No podía salvar a nadie. A nadie.
Maximus se sentó de golpe en la cama, sus ojos muy abiertos mirando la oscuridad. No había fuego, ni casa ni estaba allí su padre. Estaba solo, en su cama, en su tienda en Germania. Maximus se estremeció ante el realismo de su sueño. Darius había estado en él. ¿Por qué estaba Darius en España?
Maximus saltó de la cama y se puso apresuradamente la túnica y las botas. Corrió a través del campamento, cayendo de rodillas al resbalar sobre el pasto húmedo de rocío que brillaba bajo la luz de la luna.
¡Darius! – gritó cuando tuvo a la vista la tienda de su amigo - ¡Darius!
¡Maximus! ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? – Quintus lo tomó por los hombros y lo hizo darse vuelta.
¿Dónde está Darius? – Soltándose, Maximus se abalanzó dentro de la tienda sólo para salir un momento más tarde - ¿Dónde está Darius? – Preguntó frenético.
Probablemente está de patrulla afuera del...
Maximus no se quedó a escuchar el resto de la frase. Se dio vuelta y echó a correr en dirección a la puerta con Quintus pisándole los pies. Embistiendo a los guardias, cruzaron la entrada y corrieron hacia la orilla del río, Maximus en una misión de vida o muerte y Quintus temeroso por la cordura de su amigo. El miedo hizo que Maximus corriera a mayor velocidad y fuera el primero en dar la vuelta a la esquina del campamento.
Mientras viviera, Quintus nunca podría olvidar aquel horrible grito de dolor.
Encontró a Maximus de rodillas, el rostro hundido entre las manos, el borde de su túnica empapado en sangre. Darius contemplaba la luna con ojos ciegos, su garganta cortada de oreja a oreja.
Maximus no recordaría los días que siguieron a la muerte de Darius. Le dijeron que sus gritos atrajeron a la legión; que, con toda calma, organizó y condujo un brutal ataque contra el campamento germano que terminó con cada uno de sus ocupantes muertos; le dijeron que él mismo había matado a más de cien enemigos. Pero, tal vez, aquello era sólo parte de la leyenda de Maximus, el Guerrero, una leyenda que nació esa noche y fue creciendo mientras corría como el fuego de una a otra legión a lo largo de la frontera norte del imperio...
Maximus estaba sentado sobre la derrumbada pared de piedra rosa, uno de los pocos restos que aún quedaban en pie de lo que alguna vez había sido su hogar. Su cabello había crecido mucho durante el largo camino a casa – al igual que su barba – y la brisa cálida apartaba sus grandes ondas de la frente, dejando que el sol besara su rostro y lo bronceara.
Durante el viaje, apenas si había dormido y las pesadillas aún lo despertaban varias veces cada noche. ¿Nunca disminuiría el dolor por la muerte de Darius? Le había rogado a Claudius que le permitiera tomar una licencia para llorar a su amigo y que su espíritu se recuperara pero el general se había negado, temeroso de verse privado del consejo de su tribuno... el hombre que ahora detentaba abiertamente la lealtad de la legión. Al final, Maximus simplemente se había marchado después de decirle a Claudius a dónde iba y por qué. Le explicó sus motivos a Quintus, quien prometió hacerle entender a los soldados que Maximus regresaría, y también le mandó una larga carta a Marcus Aurelius diciéndole por qué había tomado tan drásticas medidas. Sabía que Marcus Aurelius entendería.
Pero el consuelo que pensó encontrar en su primera visita a su tierra natal no se había materializado. En cambio, se sentía aturdido y no podía establecer una conexión con su pasado. Este montón de piedras era simplemente un montón de piedras y no los restos de su casa. Las colinas que la rodeaban parecían más extrañas que familiares como también parecían extraños la villa de Trujillo y el valle que se encontraba más allá. Maximus sentía que no pertenecía a este lugar; sentía que no pertenecía a ningún lugar.
Se puso de pie y contempló las tierras descuidadas. Suponía que, como único hijo varón sobreviviente, era el dueño de esta propiedad y era obvio que nadie la había reclamado durante su ausencia. La tierra estaba invadida de malezas, los árboles cubiertos de trepadoras. Quedaba muy poco de la ordenada granja que había conocido siendo niño.
Con las manos en las caderas, caminó alrededor del perímetro del muro derrumbado en dirección al Sur y sus ojos fueron atraídos de inmediato por un glorioso racimo de pimpollos... la rosa trepadora que había ocupado un lugar tan prominente en su sueño. De algún modo, la planta había sobrevivido al fuego y se había regenerado hasta llegar a ser más vibrante de lo que él la recordaba. ¿Acaso podría él alcanzar una regeneración similar después de todo lo que había pasado?
Tomó un pimpollo en su mano y olió su perfume. Una pieza se acomodó en el rompecabezas de su mente... un recuerdo. Su dormitorio había estado sobre la puerta del frente y recordó el perfume del rosal en la noche. Olores. Poco a poco, estaban volviendo a él. Se dejó caer de rodillas y se arrastró sobre éstas y sus manos a lo largo de la pared. Su madre había cultivado plantas de menta junto a la casa. ¿También habrían sobrevivido al fuego? Para cuando las encontró y se llevó las hojas a la nariz, sus manos estaban raspadas por las piedras. Sí, este olor fresco era el olor que asociaba con su madre. Menta. Ahora, los recuerdos estaban volviendo.
Pero, ¿dónde estaba su padre? Maximus se puso de pie y miró a su alrededor. ¿Qué olores asociaba con su padre? Deambuló por lo que solía ser la huerta de su casa, donde su padre había cultivado buena parte de los alimentos que se servían en la mesa. Acuclillándose, Maximus tomó un puñado de tierra y lo frotó entre sus palmas antes de llevarse las manos a la nariz. Sí, éste era el olor picante que emanaba de su padre después de un día de trabajo en los campos. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y Maximus parpadeó con fuerza. Estaba empezando a sentirse reconectado con su pasado, con su familia... y con la tierra. De un salto ágil, sorteó el muro y entró en lo que había sido el interior de su casa. Cuando niño le había parecido mucho más grande. Sabía que nada había quedado de ella, salvo algunos retazos del suelo de piedra porque había rastrillado el lugar inmediatamente después de perder a su familia, recolectando cualquier pequeño rastro de sus vidas. Cuando se dio vuelta para salir, un objeto de color blanco atrajo sus ojos. Agachándose, tomó en su mano un diente curvo que obviamente había estado allí por mucho tiempo y había sido blanqueado por el sol. Su corazón dio un salto y Maximus hundió la mano en el interior de su túnica buscando el diente de lobo que llevaba colgado al cuello de una tira de cuero. Era su compañero. Su hermano había tenido dos dientes de lobo y, tras el fuego, Maximus sólo había encontrado uno de ellos. Años de sol y lluvia le acababan de devolver el otro. Maximus se sentó sobre los escombros haciendo girar el diente entre sus dedos una y otra vez. Luego, inclinó su cabeza y apretó los párpados. Poco después, sus hombros se sacudían con los sollozos que brotaron incontenibles de su pecho.
Había llegado al hogar.
Con la espalda desnuda bajo el sol y el sudor chorreándole por el pecho, Maximus tiró de un puñado de maleza, arrancando de raíz tanto como pudo y arrojándola a la creciente pila basura. La tira de cuero de la que colgaban los dos dientes giró en torno a su cuello.
Enderezándose, apoyó la palma de una mano en la parte baja de su espalda y se echó hacia atrás, sintiendo crujir su espina; después, se tomó las manos entre sí y se estiró hacia arriba para aliviar la tensión. Con las manos apoyadas en las caderas, giró el torso primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha para volver a girarlo hacia la izquierda.
Se quedó rígido.
Un par de grandes ojos negros lo espiaban desde atrás del enorme álamo que se erguía majestuoso junto a la entrada. Mientras bajaba las manos lentamente, los ojos desaparecieron y escuchó el ruido suave de pasos que se alejaban corriendo sobre la tierra.
- ¡Ehhh! – gritó Maximus, pero todo lo que pudo ver fue una masa de largo y ondulado cabello negro que se agitaba locamente mientras la muchacha corría por el camino y desaparecía en el bosque.
Maximus se preguntó cuánto tiempo llevaría allí. Y quién sería. Trató de recordar a sus vecinos pero apenas si le quedaba alguna memoria. Además, aunque no había podido ver su rostro, estaba seguro de que la muchacha que lo había estado observando debía haber sido muy pequeña cuando él se había marchado. Se quedó un rato contemplando el bosque pero no regresó. Le resultó un tanto inquietante saber que había sido vigilado mientras suponía que estaba solo. Se pasó las manos por el cabello y, finalmente, regresó a la tarea de limpiar la tierra en torno a la casa.
Esa noche, Maximus durmió bajo las estrellas y disfrutó de su primera noche sin pesadillas en muchos meses.
A la mañana siguiente, se levantó al alba y se dirigió al arroyo para bañarse. Cuando empezaba a desabrocharse los cortos breches vaciló y echó una mirada a su alrededor. ¿Estaría ella allí? Maximus soltó una risita ahogada ante sus propios pensamientos y se bajó los breches, arrojándolos lejos de un puntapié antes de lanzarse al agua, cuyo frío le arrancó una exclamación al entrar en contacto con su piel cálida. Frotó su frescura en su rostro y su cabello antes de volver a la orilla y sacudirse como un perro. Mientras se abrochaba otra vez los breches, echó una mirada subrepticia a su alrededor. Estaba solo.
Retomó sus tareas fresco pero hambriento. Durante los últimos días había tenido poca cosa que comer, salvo algunos vegetales que había encontrado. Acostumbrado a las sustanciosas raciones de los soldados, su dieta estaba resultando pobre y la cintura de sus breches se sentía más holgada. Tendría que duplicar sus esfuerzos para limpiar la tierra de malezas de modo de poder plantar algunos productos, pero pasaría un tiempo antes de que estos estuvieran listos para cosechar. Hasta entonces, tendría que ir a Trujillo para comprar sus raciones.
Regresó a la pared derrumbada para sentarse en ella y calzarse las botas. Estas estaban resultando demasiado pesadas para el clima imperante de modo que también necesitaba comprar unas sandalias. Se las quitó y las arrojó a un lado. Definitivamente, estaba haciendo falta un viaje a la aldea. Poniéndose de pie, miró en dirección al enorme álamo pero no encontró ojos negros espiándolo.
Sin embargo, ella había estado muy cerca suyo. En la pared opuesta encontró un paquete envuelto y atado y, junto a éste, una jarra de vino. Olió el pan antes de verlo y sus manos arrancaron el envoltorio. Queso. También había queso y aceitunas y frutas. Rabioso de hambre, mordió el pan todavía caliente y miró a su alrededor mientras masticaba. Luego, alzó la jarra de vino en silencioso agradecimiento a la tímida muchacha de largo cabello negro. A partir de ese día, cada mañana, al volver del arroyo, encontró un paquete esperándolo.
Al cabo de una semana, Maximus había construido un refugio temporal pero seguro y de buena madera. Había tenido suerte con el clima pero sabía que las lluvias comenzarían pronto y tenía que estar preparado. En cuanto tuviera un refugio y su provisión de alimentos permaneciera ininterrumpida, podría concentrarse en su objetivo: reconstruir la casa de piedra rosa.
Hasta el momento había permitido que su semental viviera una existencia de abandono, entregado a comer alegremente el pasto dulce que crecía en torno a las paredes de piedra; pero ahora era el momento de poner a Argos a trabajar. Maximus le puso los arreos y lo hizo estirar las patas trotando por el camino invadido de maleza. Al llegar al final del camino, la vio. Caminaba por el sendero a poca distancia, con una canasta colgada del brazo. Cuando lo descubrió, la muchacha se detuvo sin saber qué hacer. No queriendo asustarla, Maximus tiró de las riendas de Argos para gran fastidio del animal, quien resopló en señal de frustración. Maximus palmeó el cuello del animal pero no quitó los ojos de la muchacha. Ella lo miró y luego se dio vuelta para mirar hacia sus espaldas, obviamente estudiando sus opciones. Maximus vio que estaba sola y no tenía la menor idea de cuánto había caminado para traerle la comida. Le sonrió pero ella no le devolvió la sonrisa. A pesar de la distancia que los separaba, podía ver que sus ojos muy abiertos tenían una expresión aprensiva y no la culpó. Sabía de sobra lo que algunos soldados le hacían a las mujeres desprotegidas y pensó que la muchacha hacía bien en temerle.
Aflojó ligeramente las riendas y permitió que el caballo anduviera lentamente en su dirección. Cuando ella se dio vuelta para marcharse, volvió a detenerlo.
- Hola – le dijo levantando la voz lo suficiente como para que lo escuchara pero sin llegar a gritar. Sabía bien cómo su voz ronca y profunda podía asustar a la gente. Volvió a sonreírle. Ella se mordió el labio inferior.
Repentinamente, Maximus se dio cuenta de la posible causa de su aprensión: estaba casi desnudo. Su pecho estaba bronceado por el sol al igual que sus piernas donde terminaban los breches y aún sus pies. Argos también estaba desnudo: le había puesto el cabestro y las riendas pero había dejado la silla en su refugio. Decidió no acercarse más.
Me has estado trayendo comida.
Ella asintió con la cabeza.
Te lo agradezco. Esa comida es lo único que ha impedido que me muriera de hambre.
La muchacha lo miró de arriba hacia debajo de un modo que a Maximus le pareció de lo más atrevido, mientras sus preciosos ojos decían a las claras que distaba mucho de parecer muerto de hambre.
Maximus se echó a reír. Tal vez la había juzgado mal.
¿Es para mí? – preguntó señalando la canasta.
Sí – le respondió con una voz aterciopelada.
¿Me acerco a tomarla o te acercas a entregármela?
La dejaré en el camino.
No te haré daño. No tienes porqué temerme.
Lo miró como si hubiera sido tonto.
No tengo miedo de ti. Es tu caballo el que no me gusta.
Oh, bueno, supongo que es muy grande.
Maximus desmontó y Argos se dirigió de inmediato a un lado del camino, donde se puso a arrancar largas hojas de pasto con sus dientes amarillos. Caminó hacia la muchacha hablándole suavemente,
Debes ser mi vecina. ¿Dónde vives?
Ella hizo un gesto con la cabeza.
Sobre aquella colina. Maximus.
El tribuno alzó las cejas.
¿Sabes mi nombre?
Por supuesto. Cuando eras niño, solías jugar con mi hermano. Nos preguntábamos qué había sido de ti.
¿Quién es tu hermano?
Tengo cuatro hermanos pero al que conoces es a Titus.
Titus... sí, lo recuerdo. ¿Cómo te llamas?
Olivia.
Es un nombre hermoso. Te sienta muy bien.
Ella se echó la larga melena negra sobre un hombro y levantó la cabeza.
Gracias.
Ahora Maximus podía ver un chisporroteo en sus luminosos ojos negros y un ligero temblor en sus labios generosos. Siguió caminando hacia ella, hasta que estuvo a la distancia de un brazo extendido. Entonces, se detuvo y la observó detenidamente. Era hermosa.
¿Por qué me trajiste comida?
Porque de lo contrario hubieras pasado hambre – se echó a reír, un sonido delicioso que hizo correr escalofríos por la espalda de Maximus – Mi familia tiene mucha en esta época del año y no podíamos permitir que nuestro vecino pasara hambre.
Te lo agradezco. A ti y a tu esposo.
Mejor se lo agradeces a mi padre. No estoy casada.
Maximus se quedó mirándola.
Sé lo que estás pensando.
No lo creo.
Estás pensando que soy muy vieja para no tener esposo. Que algo en mí no debe estar bien – su voz sonó ligeramente a la defensiva.
Créeme, no estaba pensando eso.
Tuve muchas propuestas...
Estoy seguro de que...
Pero mi padre es un hombre próspero y lo suficientemente comprensivo como para no forzarme a que me case. Eres soldado de modo que tampoco estás casado.
¿Cómo sabes que soy soldado?
Apenas terminó de pronunciar las palabras, Maximus se sintió como un tonto y asintió mientras ella enumeraba las razones.
En primer lugar, el tatuaje y el caballo. ¿Quién tiene un caballo como ese salvo un soldado? Las botas y la túnica que te he visto usar. La armadura que escondiste en un hueco en las rocas cerca del arroyo...
Fue una pregunta tonta.
La muchacha arqueó las cejas para indicar que estaba de acuerdo.
Y, por supuesto, las armas, esas horribles espadas y el escudo.
Maximus sonrió e hizo un gesto indicando la canasta.
¿Quieres volver a la casa y compartir esto conmigo?
No,
Oh.
Inconscientemente, Maximus dio un paso atrás, la sonrisa borrada de su rostro.
No, los alimentos alcanzan sólo para ti. Pero te invito a que vengas esta noche a comer con mi familia.
Te lo agradezco. Tendré mucho gusto en ir – dijo con seriedad y se inclinó ligeramente.
La muchacha sonrió y depositó la canasta en sus manos. Luego se dio vuelta y echó a andar por el camino. Maximus contempló su silueta alta y delgada y el suave ondular de sus caderas.
Oh, Maximus...
La muchacha lo miró por sobre el hombro.
¿Sí?
Esta noche, usa algo de ropa, ¿de acuerdo?
Maximus se echó a reír y ella le hizo eco. Luego, se quedó parado mirando el camino hasta que ella desapareció de su vista en lo alto de la colina.
Maximus atacó sus alforjas, sacando de ellas toda su ropa y desparramándola a su alrededor en el pasto. Un lote de lo más lamentable, se dijo. Nada más que ropas de soldado: túnicas color herrumbre con calzas del mismo material y color y anchos cinturones de cuero, breches cortos, coraza de metal, coraza ornamental de cuero, botas... nada más lejos de lo adecuado para una cena con sus vecinos civiles. Se puso una túnica y unas calzas y luego se ciñó el cinturón de modo tal de que el borde de ésta le llegara a la mitad del muslo, el largo adecuado para un soldado. Demasiado caluroso. Se quitó las calzas. Ahora su apariencia era desabrida. Le echó una mirada a su coraza ornamental de cuero con adornos dorados a la altura de los hombros y las caderas. Sabía que con ella se veía muy atractivo... De repente, Maximus estalló en carcajadas. Nunca en su vida se había preocupado por su ropa o apariencia. Siempre había sido muy sencillo: buscar ropa interior limpia y después ponerse la túnica. Si hacía frío, también las calzas. Si estaba húmedo, la capa. Si iba a entrar en batalla, la coraza de metal. Si no, la de cuero. Finalmente se decidió por la túnica corta, la coraza de cuero y las botas, los brazos y las piernas desnudos. Tendría que ser suficiente.
Su cabello y su barba eran un desastre. Durante semanas, lo único que había hecho era lavarse el pelo y peinárselo con los dedos. Con sólo pasarse una mano por la cara podía decir que le había crecido una pelambre larga y espesa en lugar de la barba prolijamente recortada que solía usar. Buscó entre sus pertenencias algo que le sirviera de espejo pero abandonó la búsqueda rápidamente para dirigirse al arroyo cercano. Allí, su reflejo en las aguas le confirmó sus peores temores: era una masa de pelo. No era de extrañar que, al principio, Olivia se hubiera asustado... ¡empezaba a parecer un salvaje germano! Tendría que ir a Trujillo en busca de un barbero pero, ahora, ya no había nada que hacer. Hundiendo las manos en el agua fría, las pasó luego sobre las gruesas ondas de su cabello tratando de domesticarlo un poquito.
Poco después, Maximus cabalgó su semental por el camino polvoriento donde había encontrado a Olivia y luego hacia la siguiente colina.
Una vez allí encontró una amplia puerta de madera con grandes bisagras de hierro enmarcada en un alto cerco de piedra que ocultaba la vista más allá de ella. Maximus hizo que Argos desandara parte del camino. Luego lo hizo dar vuelta, lo taloneó para ponerlo al galope y saltó la puerta limpiamente. El camino que encontró del otro lado se curvaba a los pies de la siguiente colina y desaparecía de la vista. Olivia había andado un largo trecho cada día para traerle su alimento. Anduvo al galope durante un rato pero, al aproximarse a un área de espesos árboles entre los que sobresalía un techo de tejas rojas, puso su caballo al trote. Desmontando, lo ató a una rama a cierta distancia de la casa ya que no deseaba que Olivia volviera a asustarse. Maximus quedó atónito ante el tamaño de la misma... tan diferente de su pequeño refugio. La imponente y austera construcción tenía tres pisos y parecía una fortaleza. Su desnudez era aligerada por la presencia de rosas trepadoras y floridos arbustos plantados en enormes urnas. Sea lo que fuera que el padre de la muchacha hacía para ganarse el sustento, lo cierto es que le iba muy bien. A la distancia, divisó otras construcciones que parecían ser viviendas, todas ellas de la misma piedra rosa de que había estado hecha su propia casa.
Mientras caminaba, Maximus olfateó el aire. Caballos. El olor familiar de esos animales estaba en el aire. Apartando los ojos de la casa, Maximus miró a su alrededor. A cada lado del camino, sendos cercos de piedra trepaban por las ondulantes colinas hasta perderse en la distancia y magníficos caballos de todo tipo pastaban en los verdes campos. Los animales eran grandes y fuertes como su propio semental. Se apartó del camino y se aproximó al cerco, apoyando sus brazos cruzados sobre la piedra fría y admirando la majestuosa belleza de esos animales... tan espléndidos como los que había visto en la caballería. Maximus extendió su mano y chasqueó la lengua tratando de atraer a un semental negro particularmente hermoso. El caballo lo miró con frialdad y agitó la cabeza, su larga melena flotando en el viento.
Ven aquí, Argento – dijo una voz aterciopelada a espaldas de Maximus. Olivia se aproximó al cerco llevando un puñado de heno en su mano extendida y el caballo trotó hacia ella para tomarlo delicadamente con sus suaves labios. Ella sonrió y le acarició el morro sedoso.
Maximus se volvió hacia Olivia.
O sea que, cuando dijiste que tenías miedo de mi caballo, estabas mintiendo.
Olivia no quitó los ojos de Argento.
Mintiendo no, estaba... bromeando –Olivia lo miró de reojo y sonrió– Mi familia los cría para las legiones. Este está destinado a ser algún día el caballo de un gran general como también lo está su hermano, Scarto. Son los mejores que jamás hayamos criado.
Maximus acarició el cuello musculoso del caballo y asintió con la cabeza.
Es mucho mejor que tu viejo jamelgo –agregó Olivia con tono ligero.
Maximus se echó a reír.
Bueno, mejor que mi viejo jamelgo no te escuche decir eso. Tengo que admitir que Argos se está haciendo viejo pero me ha servido bien... la mayor parte del tiempo.
Fue el turno de Olivia de darse vuelta y estudiar abiertamente la vestimenta de Maximus.
Buena elección, soldado.
No es que haya tenido mucha elección posible.
Bueno, te queda bien. Ven a la casa. Titus está ansioso de volver a verte y el resto de la familia quiere conocerte.
¿Y quiénes forman el resto de la familia?
La esposa de Titus, Augusta, y sus tres hijos. Mi segundo hermano mayor, Eusebius y su esposa Flora. Tienen dos hijos y otro en camino. Y mi fastidioso hermano menor, Persius, que tiene dieciséis años. El nombre de mi padre es Marcus. Mi otro hermano mayor se mudó a otro lado con su familia.
Mientras caminaban hacia la casa, Olivia se llevó las manos a la espalda y acortó el paso, de modo tal de quedar detrás de Maximus. El soldado tenía muy claro que Olivia no era el tipo de mujer que concede al hombre una posición de superioridad... lo más probable era que estuviera aprovechando para mirarle el... Se detuvo de golpe y, tomándola por el codo, la puso a su misma altura antes de seguir caminando.
La risa de Olivia sonó ronca y profunda.
Sabes, si te subes a la parte más alta de la pared de tu casa, tienes una excelente vista del arroyo.
Maximus enrojeció y dio vuelta la cara para admirar a los caballos. La voz de Olivia descendió hasta convertirse en un susurro conspirador.
No tienes nada que no haya visto antes. Tengo cuatro hermanos, ¿recuerdas?
Los ojos de la muchacha descendieron hasta su cintura, luego siguieron camino abajo.
Aunque debo admitir que...
¿Qué vamos a cenar?
Fue lo único que se le ocurrió preguntar para cambiar el tema de conversación. Olivia deslizó una mano en torno a su bíceps.
Oh... pollo y cordero, creo.
¿No estás segura?
No presto mucha atención a esas cosas. Supongo que, en cierto sentido, estoy muy malcriada. Pero tenemos esclavos que se encargan de cocinar y limpiar. Yo ayudo con al cría de los caballos y llevo los libros.
Oh. ¿Sabes leer y escribir?
Mi padre me enseñó.
Llegaron a la casa y Olivia precedió a Maximus a través de la puerta principal. Por fuera tenía la apariencia de una fortaleza pero, por dentro, era muy lujosa. Maximus se encontró en un enorme atrio con un elaborado piso de mosaicos decorados con dibujos de caballos: caballos andando, haciendo cabriolas, saltando... La habitación recibía su iluminación de una abertura en el techo que también permitía recolectar el agua de lluvia en una estanque que se encontraba en el medio. Sobre el atrio se abrían las puertas de madera tallada de numerosas habitaciones y, al final del mismo, se encontraba un gran patio con fuentes y bancos y estatuas de mármol distribuidas entre canteros de flores.
Mientras mi madre vivió, mi padre viajaba a menudo a Roma. Allí vio las villas y juró que, cuando pudiera pagarla, tendría una. Mis hermanos viven con sus familias en otras casas dentro de la propiedad pero esta noche están aquí...
¡Maximus! ¡Maximus! Pensamos que habías muerto, mi amigo. Mírate. ¡Eres un soldado! –Titus aferró a Maximus por los brazos con una expresión de genuino placer en su rostro– Estás un poco más peludo que la última vez que te vi pero sé que eres tú.
Titus, es un verdadero placer volver a verte. Tu también cambiaste un poco, mi amigo –dijo Maximus mientras le clavaba el dedo juguetonamente en el amplio vientre.
Ah, sí... los peligros de la buena vida. Ven, te presentaré al resto de la familia.
Titus hizo las presentaciones y luego empujó a Maximus hacia el extremo del atrio, donde se sentaron en sillas de madera tallada con asientos de cuero. Alguien puso una copa de vino en su mano y poco después los dos hombres estaban inmersos en los recuerdos de su niñez, mientras los otros hermanos –especialmente Persius– escuchaban atentamente. Olivia sonrió cuando vio las miradas apreciativas que sus cuñadas lanzaban en dirección a Maximus.
Titus, no recuerdo que de niño vivieras en una casa como ésta.
Teníamos una casita muy parecida a la tuya, Maximus. Ahora la usamos como establo –Titus rió– Las guerras en el Norte y en el Este serán muy duras para hombres como tu pero sirven para llenar la bolsa de hombres como nosotros. Criamos los mejores animales para la caballería. Los emperadores cabalgan nuestros sementales y cada año enviamos docenas de ellos a Roma para los pretorianos. Tal vez tu mismo cabalgas uno de ellos.
Fue el turno de reír de Maximus.
Lo dudo.
Bueno, deberías tener uno.
La conversación fue interrumpida por el llamado a la mesa. El comedor también tenía piso de mosaicos decorados y en las paredes había murales que ilustraban escenas de la vida rural. En medio de la habitación había una enorme mesa cuadrada rodeada por tres lados por divanes. Maximus se quedó sin saber qué hacer y se sintió aliviado cuando Olivia lo tomó del brazo y lo guió hasta el más cercano. La muchacha se sentó en la punta y le indicó a Maximus que hiciera lo propio a su lado. El patriarca de la familia, Marcus, se sentó a su otro costado. El resto de la familia ocupó sus lugares en los otros divanes, algunos recostados cómodamente. Maximus se sentó muy derecho, como acostumbraba a hacer en el ejército. Se sintió agradecido de que Olivia hiciera lo mismo.
Una vez que estuvieron sentados, Marcus se hizo cargo de la conversación mientras una abundante cena de pollo, cordero, vegetales cocidos, aceitunas, pickles, pan y queso era servida. Una tras otra fueron escanciadas otras tantas jarras de vino.
Persius, pásale el pan a Maximus. ¿Cuál es tu graduación, Maximus?
Soy tribuno, señor. Consejero del general de la legión Felix VII.
Aunque nunca estuve en el ejército, sé mucho sobre su funcionamiento. ¿Cómo es que un español llegó a tribuno?
Me otorgaron la ciudadanía romana, señor. Luego, Marcus Aurelius...
¿El emperador?
Sí. El arregló que fuera adoptado por una familia senatorial para que pudiera ascender más allá de centurión.
¿Conoces a Marcus Aurelius?
Sí, señor. He estado con él en muchas ocasiones.
Marcus asintió pensativamente con la cabeza, mientras entrecerraba los ojos para estudiar a Maximus.
Debe pensar muy bien de ti.
La admiración es mutua, créame. Es el hombre más extraordinario que jamás haya conocido.
Maximus, come un poco más de cordero. ¿Más pickles? –intervino Titus.
No, gracias, Titus. Es suficiente. No estoy acostumbrado a comer este tipo de comidas.
¿En el ejército no te alimentan bien? –preguntó Flora.
Nos alimentan muy bien pero la comida es muy sencilla. Esta cena es la mejor que haya comido en mucho tiempo y les agradezco por invitarme aquí esta noche.
Persius gorjeó:
Olivia no hizo otra cosa que hablar de ti durante toda la semana. No podía esperar a que... ¡ouch!
Titus le clavó un codo en el estómago.
Maximus no pudo resistir la tentación de echarle una mirada a Olivia, quien a su vez miró a su hermano. Decidida a no dejarse intimidar, la muchacha se dio vuelta para mirar a Maximus a los ojos. Marcus se hizo cargo nuevamente de la conversación.
¿Dónde estás acantonado, Maximus?
En Germania – explicó dirigiéndose al patriarca – He servido allí durante varios años.
Obviamente, estás muy lejos de retirarte...
Sí y tendré que volver. Estoy de licencia –en su voz había un toque de remordimiento– Espero empezar a reconstruir mi casa tan pronto como haya despejado la tierra. Algún día quiero volver aquí...
Encontrando el tema de conversación aburrido, Persius la interrumpió:
¿Mataste a muchos hombres, Maximus?
Maximus miró al muchachito y vaciló durante un largo instante. El sonido de platos y utensilios chocando entre sí se esfumó mientras todos esperaban su respuesta. Antes de contestar, Maximus volvió a mirar a Olivia, quien lo contemplaba preocupada. Luego, dijo lentamente:
Sí, he matado cuando tuve que hacerlo.
Papá, Maximus admira a Scarto.
Olivia percibió el cambio en el ánimo de Maximus y se apresuró a llevar la conversación por otro rumbo. Marcus se sintió complacido de que aquel importante militar admirara sus caballos.
¿Te gusta?
Sí, señor. Es el caballo más hermoso que jamás haya visto.
Hasta Marcus Aurelius cabalga uno de mis sementales.
La conversación sobre caballos se prolongó mientras los esclavos traían a la mesa cuencos llenos de frutas y dulces y alguien volvió a llenar la copa de Maximus. Alrededor de una hora más tarde, Marcus dio la cena por terminada.
Olivia, ¿por qué no le muestras a Maximus la propiedad? Ya está oscuro pero es una noche de luna.
¡Yo también voy! – terció Persius.
No es necesario, hijo. Estoy seguro de que Olivia puede arreglarse.
Marcus le lanzó a su hijo menor una mirada plena de significado. Persius no estuvo nada feliz.
Apuesto a que ni siquiera le mostrará a Maximus el establo de cría –dijo enojado.
Apuesto a que sí –le dijo por lo bajo Flora a Augusta y las dos mujeres se echaron a reír.
Maximus sostuvo la puerta del frente abierta y Olivia pasó ante él con una sonrisa radiante. El soldado alzó una mano y la deslizó por los largos rizos de la mujer y los miró caer graciosamente por la curva de su espalda. Un suave aroma a rosas flotó hasta su nariz y, de repente, Maximus sintió el deseo de hundir su rostro en esas dulces trenzas negras