Olivia anduvo a buen paso por el sendero que conducía a la parte trasera de la casa. Por el camino fue haciendo comentarios sobre el funcionamiento de lagranja.
- Allí tenemos a los sementales y allá a las yeguas. Algunos sementales tienen que ser separados y los mantenemos en los corrales detrás del establo. Las yeguas que están criando potrillos están allí, junto a las que están recién preñadas. ¿Quieres verlas?
Cuando Maximus asintió, Olivia empujó una pesada puerta y tomó la lámpara que estaba colgada inmediatamente a su lado. Con mucho cuidado encendió ésta y otras tres y las colocó sobre repisas de piedra, bien lejos de la paja.
El fuego es nuestro peor enemigo –dijo.
Pese a las lámparas, el interior del establo estaba todavía oscuro pero los ojos de Maximus se ajustaron rápidamente a la penumbra y siguieron la dirección de los resoplidos y suaves relinchos provenientes de los pesebres que guardaban hermosas yeguas y somnolientos potrillos. Suavemente, Maximus rascó a uno de ellas detrás de las orejas mientras admiraba a su potrillito, el cuál estaba parado a su lado sobre patas inseguras.
- Tiene unos pocos días de vida. Su padre es Argento, de modo que será una belleza – la lámpara iluminaba el rostro de Maximus mientras éste admiraba los caballos y Olivia se sintió emocionada por la dulzura de su mirada y la ternura de su tacto.
Juntos recorrieron el establo hasta llegar al último pesebre.
¿Te gustan los perros? – preguntó Olivia.
Me encantan. En el campamento tuve uno durante años. Le pertenecía al general pero en realidad, era mío.¿Qué fue de él?
Murió.
- Lo siento –dijo la muchacha pero enseguida sonrió ampliamente– A mí también me encantan los perros. Mira aquí dentro.
Abrió la puerta del pesebre y un cachorrito medio dormido cayó al suelo de piedra, lanzando un gritito de sorpresa. Eso bastó para despertar a sus hermanos y en un instante el pesebre se llenó de revoltosos perritos grises y negros. Maximus se echó a reír al tiempo que se inclinaba para levantar al primer animal.
¿Puedo? –preguntó.
Por supuesto. Les encanta que los mimen.
Caminó hasta la paja y se sentó cuidando de no hacerlo sobre los cachorros. De inmediato, estos se lanzaron sobre él, masticando sus arreos de cuero, mordiéndole las botas con dientecitos afilados como agujas y arañando sus brazos al tratar de subirse y alcanzar su cara. Dos de ellos lo lograron y sintió cómo sus lenguas calientes y mojadas le acariciaban una oreja y el cuello. Rió deleitado. Olivia encendió otra lámpara y la sostuvo en alto para que Maximus pudiera ver mejor a los animales. Descubrió a la madre, la que siguió durmiendo sin preocuparse por su presencia. Era completamente negra y difícil de divisar en las sombras. De repente, Maximus gritó y tomó en sus manos a un cachorro que se había abierto paso hacia el lóbulo de su oreja, mordiéndolo con ahínco. Sostuvo en alto al montoncito de lana en movimiento para poder contemplarlo mejor.
¡Parece un cachorro de lobo!
- Su madre desapareció por una semana y, cuando volvió, estaba preñada. Creo que su padre es un lobo porque a veces lo escucho aullar en la noche y ella le contesta. Es muy triste que no puedan estar juntos.
Olivia se acuclilló junto a Maximus y contempló al cachorro gris que él estaba estudiando.
Este es especialmente parecido a su papá.
Cuando crezca será magnífico.
¿Les permiten a los tribunos tener perros?
Oh, sí... –Maximus empezó a responder antes de darse cuenta de lo que ella estaba implicando
Bueno... ¿te gustaría quedártelo?
¿Estás segura?
Por supuesto. No podemos conservar a todos estos perros en la granja y no hay muchas personas dispuestas a quedarse con un animal que tiene un lobo por padre
Maximus acunó al cachorro contra su cuello.
Gracias –sonrió a Olivia y preguntó- ¿Cuándo podrá ser apartado de su madre?
En aproximadamente una semana... Tendrás tiempo de sobra para elegirle un nombre.
Hércules. Su nombre es Hércules.
Olivia no necesitaba que le dijeran que el otro perro se había llamado Hércules. Se sentó junto a Maximus y juntos acariciaron a los cachorros hasta que estos volvieron a dormirse. Los colocaron cerca de su madre para que tuvieran calor y salieron del pesebre.
Cuando Olivia se dirigía a la puerta, sintió un suave tirón en el cabello. Se detuvo pero no se dio vuelta. Se estremeció al sentir los labios de Maximus rozándole la oreja.
- Tienes paja en el cabello –susurró él y, suavemente, le pasó los dedos por su espesa melena.
Olivia cerró los ojos y saboreó el roce de las yemas sobre su espalda, brazos y hombros.
- Ya está- dijo Maximus, su voz profunda convertida en un murmullo- Creo que ya salió toda.
Olivia no se movió. Maximus le pasó los brazos por la cintura, hundiendo el rostro en su cabello y aspirando profundamente su perfume a rosas. La muchacha se apoyó sobre su ancho pecho, sintiendo un cosquilleo desconocido en los senos. ¿Escucharía él los latidos desbocados de su corazón? Cuando sintió los labios de Maximus en su cuello, lanzó un grito de remordimiento, se apartó de él y se dio vuelta a enfrentarlo.
Lo siento –susurró Maximus –No tenía derecho a hacer eso.
Olivia respiraba agitadamente.
- Mejor nos vamos – dijo y extendió la mano para apagar la lámpara que estaba junto a la puerta.
El movimiento atrajo la atención de Maximus hacia algo que estaba en el alféizar de la ventana.
Espera –le detuvo la mano- ¿Qué es eso?
Tallas. Mayormente caballos y perros.
Maximus tomó una de las figuritas en su mano.
Es hermosa. Las proporciones del caballo son perfectas. ¿Quién la hizo?
Yo.
- ¿Las hiciste todas tú? –Maximus estaba asombrado- ¿Cómo encuentras tiempo para hacer cosas como ésta?
- A veces trabajo en una talla durante meses. Otras, las termino en pocos días.
Depende de lo ocupada que esté con los caballos. En su mayoría, las tallé en tu casa.
¿Mi casa?
- Sí. Tu casa siempre fue mi refugio cuando necesito huir de esta granja llena de gente. Es un lugar solitario. Allí se está tranquilo y puedo pensar.
Maximus se acodó contra el alféizar de la ventana y la dejó seguir hablando, su rostro bañado por la luz de la luna.
- Me enojé mucho la primera vez que te vi allí. Suponía que eras tú pero resentí que invadieras mi espacio... o lo que consideraba mi espacio.
La rosa trepadora... ¿fuiste tu?
Ella asintió.
- El fuego prácticamente acabó con ella pero estaba tratando de volver a crecer de modo que le quité la maleza de alrededor y me aseguré de que siempre estuviera regada. Durante años he usado sus flores para perfumar los jabones que uso.
- Puedo oler las rosas en tu cabello –tentativamente, Maximus extendió un dedo y le acarició la mejilla- Mi casa sigue siendo tu lugar y puedes venir cuando quieras. Sólo espero que no te moleste compartirlo conmigo.
Olivia estudió el rostro de Maximus.
¿Cómo eres debajo de toda esa lana?
Maximus se echó a reír.
De lo más común, te lo aseguro.
- Lo dudo –le tironeó de la barba juguetonamente- La próxima vez que vaya llevaré mi navaja y mis tijeras. Me encargo de cortarles el pelo a todos mis hermanos.
¿Cuándo vendrás?
¿Cuándo quieres que vaya?
Mañana.
Está bien.
¿A tu padre no le preocupa que estés a solas conmigo?
¿Debería preocuparse?
Maximus se quedó callado por un momento.
No lo sé.
- Creo que confía en ti, soldado. Y creo que le gustas... que le gustas mucho
–Olivia se echó a reír- Durante la cena te miraba como mira a los sementales que planea cruzar.
¿De veras? ¿Y crees que estuve a la altura de lo esperado?
- Déjame decirlo de este modo. Si fueras un semental, por aquí te mantendrían muy ocupado –se le acercó atrevidamente, hasta que sus senos le rozaron la coraza ornamental- Pero a esta yegua podría no gustarle que sirvieras a otras yeguas.
Maximus la tomó en sus brazos y buscó sus labios. Profundizó el beso y ella lo igualó en su pasión, sus lenguas tocándose y atormentándose mutuamente.
Olivia se apartó de Maximus justo antes de que Persius entrara de golpe.
- Lo sabía. Pasaron todo el tiempo aquí. ¡Sabía que Olivia no te mostraría el establo de cría! Ven conmigo, Maximus. Te lo mostraré.
Maximus sonrió y le guiñó un ojo antes de cruzar la puerta y apurar el paso para alcanzar al hermano de la muchacha.
Olivia apoyó la frente contra la ventana y lo contempló mientras desaparecía en la negrura de la noche. Ahora sabía sin lugar a dudas que éste era el hombre con quien iba a casarse.
¿Lo sabría también él?
A la mañana siguiente, Maximus se sentó sobre la pared derrumbada de la que había sido su casa mientras Olivia le recortaba el cabello y la barba. Vestido con la pesada armadura metálica de Maximus, Persius hacía girar su espada decapitando cada planta y arbusto a su alcance.
¿Está seguro con esa cosa? –preguntó Olivia.
Probablemente no –respondió Maximus. Se había sentido de lo más contrariado cuando esa mañana Olivia apareció en su propiedad con Persius trotando a su lado. Olivia se había limitado a encogerse de hombros y decir:
Papá insistió.
Tipo listo –murmuró Maximus entre dientes.
¿Dijiste algo? –preguntó Olivia.
Maximus le tomó una mano y se la llevó a los labios.
¿No podemos deshacernos de él?
Esta mañana, mi padre me dio un sermón acerca de una yegua en celo y un semental brioso –dijo Olivia riendo.
Aunque anoche no lo pareciera, nunca me aprovecharía de ti.
Olivia siguió trabajando en silencio, moviéndose hasta quedar frente a frente con Maximus, sus senos a la altura de los ojos del hombre. Maximus emitió un gruñido. Después de todo, tal vez fuera una buena idea que Persius estuviera allí.
¿Cuándo tienes que volver, Maximus?
No lo sé. Tenía la esperanza de poder quedarme hasta el verano pero pueden llamarme antes.
Un soldado no tiene mucha vida fuera del ejército, ¿verdad?
Muchos soldados tienen mujer e hijos. Las legiones no se movilizan seguido así que se relacionan con las mujeres locales y tienen hijos con ellas.
Pero no están casados. A los soldados no se les permite casarse. Creo que es una ley ridícula.
Tiene un objetivo, supongo.
¿Y cuál es ese objetivo?
Mantener al hombre concentrado en la pelea. Cuando un soldado se retira, la unión se convierte en legal y los hijos pasan a ser legítimos. Pero no antes.
¿Me estás diciendo que en todo el imperio romano no hay un soldado que esté casado?
Maximus supo que Olivia estaba furiosa por el modo en que sujetó su cabello.
Algunos están casados. A veces, por alguna razón, un soldado recibe una dispensa especial para casarse –dijo Maximus articulando las palabras con lentitud. Vaciló por un momento y finalmente se decidió a decirle toda la verdad- Marcus Aurelius me concedió esa dispensa.
Las manos de Olivia se detuvieron.
¿Qué? ¿Tienes permiso para casarte? ¿Por qué?
Algún día te lo contaré.
Olivia dejó caer la navaja y le tomó el rostro entre las manos.
Dímelo ahora.
Siéntate.
No. Dímelo.
Maximus suspiró.
Hace muchos años, me enamoré de la hija de Marcus Aurelius.
Se detuvo. Olivia digirió la información.
¿Ella te amaba?
Sí. En ese momento, estaba comprometida con el emperador Lucius Verus pero yo no lo sabía. No me lo dijo. Cuando descubrí que me había mentido, me puse furioso y, a modo de compensación, Marcus Aurelius me dio permiso para casarme con la mujer que eligiera. Lo tengo por escrito.
¿Cómo se llamaba?
¿Tiene importancia?
Olivia contempló a su hermano, quien seguía jugando al soldado y luego se sentó en la rodilla de Maximus.
No, pero dímelo igual.
Lucilla.
¿Era hermosa?
Sí. Pero no más hermosa que tú.
¿Todavía la amas?
No. Ya no. Lo superé hace tiempo. Lucilla no es la mujer a la que amo.
Olivia besó la frente de Maximus y cerró los ojos.
¿Amas a alguien?
Sí. A una hermosa joven de largo cabello negro que me acosa en sueños.
Qué curioso. En mis sueños aparece siempre un soldado.
Maximus la envolvió en sus brazos y la estrechó con fuerza.
Olivia, no tengo nada que ofrecerte. Ni siquiera un hogar.
Tienes todo para ofrecerme, mi amor.
Estás acostumbrada al lujo. Soy un hombre razonablemente rico pero no tengo un hogar, ni puedo ofrecerte seguridad ni prometerte que estaré allí cuando me necesites.
Muchos hombres me ofrecieron eso pero no era lo que quería.
Vivo en una choza.
Olivia rió a través de las lágrimas que rodaban por sus mejillas y se dio vuelta a mirar la casucha de madera.
Por cierto que sí, mi amor, pero parece suficientemente grande como para los dos.
Ni se me ocurriría pedirle permiso a tu padre para casarme contigo sin tener una casa que ofrecerte –susurró Maximus.
La intimidad del momento fue interrumpida por Persius, quien se las había arreglado para matar un conejo y se los mostró orgullosamente, mientras la sangre del animal le caía por el brazo.
Miren lo que...
¡Fuera! –gritaron los enamorados al unísono y un sorprendido Persius emprendió corriendo la retirada en dirección al arroyo.
Maximus, escúchame –Olivia se arrodilló ante él y le tomó las manos entre las suyas- Prefiero vivir contigo en una choza antes que pasar un solo día más sin ti en la villa de mi padre. Te amo, ¿entiendes? ¿Qué tan seguido tiene una mujer la oportunidad de casarse con el hombre que ama?
Yo también te amo.
Entonces...
No. No hasta que tenga algún tipo de casa. No tiene que ser grande pero sí segura.
Hombre obstinado.
Olivia se puso de pie y apoyó las manos en sus caderas.
No me dejas alternativa –giró sobre sus talones y llamó a gritos a su hermano- ¡Persius! ¡Ven aquí! ¡Nos vamos a casa!
¿Te vas? –preguntó Maximus visiblemente confundido. Ella no le respondió.
Persius se quitó rápidamente la armadura demasiado grande para él y se apresuró detrás de su hermana, mientras ésta se encaminaba hacia el sendero.
Hasta luego, Maximus –le gritó a modo de despedida.
Maximus le devolvió el saludo con un gesto y luego se llevó las manos a la cadera mientras los observaba irse.
Muy temprano a la mañana siguiente Maximus fue arrancado de su sueño por el ruido de un ejército marchando a través de su propiedad. No... un ejército no... pero sí una gran cantidad de hombres. Salió afuera, pestañeando para contrarrestar la luz del sol y se pasó los dedos por el cabello, olvidado de que ahora era considerablemente más corto que unos días atrás. Se frotó los ojos atónito. Cientos de trabajadores y esclavos de la granja de Olivia estaban allí cargados de herramientas. También estaban el padre y los hermanos de la muchacha montados en magníficos sementales. Detrás de los hombres venía una docena o más mujeres conducidas por Olivia y llevando suficiente comida como para el día.
Titus se dirigió al atónito Maximus.
¿Por dónde quieres que empecemos?
La mente de Maximus aún estaba entorpecida por el sueño.
¿Empezar qué? –preguntó.
A reconstruir tu casa, por supuesto. Olivia dijo que necesitabas una casa ya mismo y aquí estamos para ayudar.
Maximus miró a Olivia pero ella se dio vuelta para ocuparse de las canastas.
Hummm, por ahora sólo quiero reconstruir la casita. Más adelante la agrandaré.
¿Algo más? Tenemos mano de obra de sobra.
Bueno, la tierra necesita ser limpiada...
¡Hecho! Simplemente siéntate y tómatelo con calma, soldado.
Durante todo el día, los hombres trabajaron bajo las órdenes de Titus, quien ocasionalmente consultaba con Maximus para aclarar lo que éste deseaba. Para la caída del sol, su hogar estaba otra vez en pié, casi idéntico a cómo era antes del incendio. La tierra había sido limpiada de maleza y estaba lista para ser plantada. Maximus no tenía la menor idea de cómo iba a pagar tanta generosidad.
Mientras Olivia se preparaba para volver a casa, se detuvo un momento para hablar con él.
Espero verte mañana en mi casa, soldado.
Maximus sonrió.
Allí estaré.
Maximus y Olivia se casaron una semana después.
La novia vistió la tradicional túnica de lana blanca con una guirnalda de flores entretejida en el cabello que había sido dividido en seis gruesos rizos y caía por su espalda. Sobre las flores, llevaba un velo transparente de color anaranjado que flotaba a su alrededor cuando se movía. En los pies calzaba zapatos color azafrán y llevaba en la mano un pequeño ramo de flores silvestres. Maximus vistió su uniforme de gala, la túnica color herrumbre y calzas del mismo tono, botas, la coraza ornamental de cuero y una larga capa.
Augusta condujo a los novios al patio de la villa, que estaba adornado con flores olorosas, y juntó sus manos. Luego, ambos prometieron amarse mutuamente y ser fieles el uno al otro e intercambiaron los anillos que usarían en el dedo medio de la mano izquierda. Se ofrecieron plegarias a los dioses y diosas del matrimonio y luego Marcus y Maximus firmaron el contrato matrimonial, con Titus y Eusebius actuando como testigos.
Eso es, mi muchacho –rió Marcus- ¡Ya eres parte de mi familia!
Al patriarca le encantaba el joven soldado y estaba feliz de ver a su única hija casarse con el hombre al que amaba... algo realmente infrecuente. Además, el hecho de que su yerno fuera un alto oficial del ejército y que tuviera acceso directo a Marcus Aurelius no estaba de más. Qué día tan feliz.
Maximus admiró el anillo que Olivia había deslizado en su dedo. Era de plata, con el águila de Roma grabada.
Lo hice hacer especialmente para ti –dijo ella- Pensé que el águila era adecuada.
El anillo de Olivia era de oro con una esmeralda de buen tamaño. Maximus había viajado a Mérida para comprarlo y de paso había adquirido algunos muebles. Su hogar era aún muy simple y sencillo pero lo bastante presentable para su flamante novia. Ahora contaba con una cama grande y confortable, con un cabezal tallado y cuatro postes que sostenían cortinas que podían ser corridas ya fuera para tener más calor o más privacidad. Sus compras incluyeron también mesas y sillas, alfombras y enseres de cocina. Maximus había hecho los arreglos necesarios para agregar un anexo a su hogar empezando una semana después de la boda. La estructura actual se convertiría en cocina y un atrio y se le agregarían un comedor, dormitorios y baños. Su hogar nunca sería una villa tan elaborada como aquella en la que había crecido su novia pero Maximus sabía que Olivia no se sentiría decepcionada.
Los recién casados y sus invitados se sentaron para degustar el festín nupcial, que superaba todo lo que Maximus había jamás imaginado. Una oveja completa y un cerdo entero habían sido asados y las mesas crujían bajo el peso de los platos de vegetales y conservas. Hasta habían importado pescado fresco desde la costa –un lujo casi impensable- y el vino corrió a raudales.
Bien entrada la tarde, después de que terminaran los festejos, Maximus fue en busca de su semental para regresar a su hogar y esperar el arribo de la novia. Pero, en lugar de a Argos, encontró a Argento ensillado y listo. Maximus se detuvo y lo contempló.
Es tuyo, hijo –Marcus se unió a Maximus en el sendero- No se me ocurre otro hombre al que me gustaría más ver cabalgando el mejor caballo del imperio. Cuidaremos bien de Argos. Mira, está allí, en ese campo, disfrutando de su retiro. Hasta puede ser que encuentre una o dos yegüitas de las que pueda hacerse amigo.
Estoy abrumado, señor. Es un regalo excesivo. Ya hizo tanto por mí.
Tonterías. Tu sólo ocúpate de hacer feliz a mi hija, Maximus. Es lo único que te pido. Y, cuando tengas que marcharte, ten por seguro de que cuidaremos de ella.
Muchas gracias, señor
Marcus.
Marcus. Muchas gracias.
Maximus se acercó a Argento, hablándole suavemente todo el tiempo. Acarició el hocico y la frente del animal y lo rascó detrás de las orejas sintiéndose gratificado cuando el caballo frotó su cabeza contra él. Cuando aferró la silla para montarlo, escuchó un gemido y se detuvo. Provenía de una bolsa de cuero cuidadosamente atada a ésta. La bolsa se movía y de ella brotó una cabeza peluda con grandes orejas y un hocico negro, seguidos de una poderosa pata. Maximus rió y extrajo de ella a Hércules, quien le agradeció la ayuda lamiéndole la cara.
No sé por qué en una noche como ésta tienen que molestarse con un perro, Maximus, pero Olivia insistió.
Maximus sonrió y le dio el movedizo cachorro a Marcus para que lo sostuviera mientras montaba a Argento. Luego sujetó al perro bajo su brazo mientras se dirigía hacia su hogar con un con un medio galope.Olivia llegó poco después en una litera adornada con flores y conducida por sus hermanos. Estaba rodeada de celebrantes que sostenían antorchas y cantaban canciones nupciales acompañados por flautistas vestidos de colores vivos. Descendió de la litera con gracia, llevando guirnaldas de flores que colgó de los postes a los lados de la puerta antes de que Maximus la alzara en sus brazos y cerrara ésta de un puntapié en señal de que la fiesta había terminado. Sonriendo con cara de complicidad, los invitados comenzaron a dispersarse.
Maximus depositó a Olivia sobre sus pies en el suelo de piedra pero ella se aferró a él hasta que logró que la besara. Tomándola de las caderas, Maximus la apartó de sí para presentarle una pequeña lámpara encendida y un tazón de agua como símbolo de que, ahora, era el ama de su casa. Olivia miró los regalos y los dejó de lado rápidamente. Había un solo regalo en el que estaba realmente interesada. Cuando Maximus se dio vuelta para apagar la lámpara, Olivia se le echó encima. Se volvió justo a tiempo para atajarla contra su pecho pero el impulso los lanzó a ambos sobre una silla que se volcó lentamente, tirándolos sobre la alfombra muertos de risa, el cuerpo de él debajo del de ella y la coraza de cuero acolchando la caída.
Sus labios volvieron a unirse y Olivia abrió la boca para recibirlo completamente mientras sus manos luchaban con las hebillas de la coraza. Finalmente, frustrada, le dio una palmada en la cadera.
¿Cómo se quita esta cosa?
Primero hay que quitarse la capa –dijo Maximus riendo.
Rodó de modo de quedar sobre ella y se irguió sobre sus rodillas para pasar la capa por sobre su cabeza. Después, desabrochó rápidamente las hebillas, arrojando la coraza al suelo.
¿Mejor?
Uh-Uh. Pero no te detengas allí, esposo.
Sonriéndole, Maximus desabrochó su cinturón y lo arrojó sobre la coraza mientras ella aferraba el borde de su túnica y empezaba a subírsela hasta que las manos de él reemplazaron a las suyas y la prenda voló sobre su cabeza. Aferrándose a la cintura de las calzas de Maximus, Olivia se irguió hasta que pudo rodearlo con sus brazos. Con gran lentitud y deliberación, le cubrió el pecho de besos y entre uno y otro trazó sobre su piel caminos húmedos con su lengua. Hundiendo las manos en su cabello, Maximus le quitó el velo y la guirnalda de flores y luego la hizo inclinarse hacia atrás y volvió a capturar su boca.
Sin apartar sus labios de los de ella, Maximus se puso de pié levantando a Olivia con él. Sus dedos ágiles encontraron el cinturón trenzado y lo arrojaron al suelo, donde inmediatamente se convirtió en juguete de Hércules, el que lo tomó en su boca y empezó a corretear por la habitación gruñendo y sacudiendo la cabeza. La túnica blanca de Olivia se unió en el suelo a la túnica color herrumbre de Maximus. Desnuda ahora salvo por su ligera ropa interior, Olivia apretó su cuerpo contra el de él sintiendo claramente su deseo por ella. Pero, una vez más, Maximus la apartó de sí y su ropa interior cayó sobre la túnica.
Dándose cuenta de que se encontraba desnuda en su nuevo hogar, los ojos de Olivia volaron hacia las ventanas, casi esperando ver a su hermano Persius espiando. Pero la pasión de la pareja las había opacado con una película de vapor y su privacidad estaba asegurada.
Las manos y los ojos de Maximus recorrieron sus curvas, tocando cada pico y cada valle de su cuerpo.
Eres tan hermosa –suspiró.
Repentinamente distraído, Maximus miró a sus pies para descubrir a Hércules mordisqueando los cordones de sus botas, obviamente cansado de su anterior juguete. Maximus rió mientras se inclinaba sobre el cachorro para hacerle abrir las mandíbulas y liberar su pie y luego alzó a Olivia en sus brazos con un movimiento tan rápido y fluido que la dejó sin aliento.
La cama será mucho más cómoda –susurró- Además, no tendremos que preocuparnos acerca de qué elegirá Hércules para jugar.
Olivia se echó a reír mientras Maximus la llevaba hacia el dormitorio y, cuando cruzó la puerta, ella misma se encargó de cerrarla. Dándose cuenta súbitamente de que estaba solo, Hércules se sentó y contempló la puerta del dormitorio. Gimió. La puerta no se abrió. Rezongó. La puerta siguió sin abrirse. Intentó su agudo ladrido de cachorro. Tampoco esto obtuvo resultados. Por último, se dio por vencido y se acurrucó sobre la capa de su amo decidido a dormir hasta que sus compañeros de juego volvieran.
A la mañana siguiente, Flora y Augusta depositaron una canasta con comida y vino en el umbral de los recién casados. Al otro día hicieron lo mismo, sólo para encontrar que la primera canasta permanecía intacta. Riendo, la reemplazaron por otra llena. A la tercera mañana encontraron que la canasta faltaba y a un cachorro gris de lo más contrariado atado afuera.
Las ventanas seguían opacas.
Maximus estaba de pie junto a su esposa, uno de sus brazos rodeándole la cintura. El vientre ligeramente redondeado y los senos hinchados la hacían aún más bella ante sus ojos. En los cuatro meses transcurridos desde su boda, la casa había sido terminada y la tierra sembrada. Maximus sabía que esa mujer, ese hogar y el niño que venía en camino eran todo lo que deseaba en la vida. Era un hombre sumamente satisfecho.
Se había rehusado a comprar esclavos, sabedor de que muchos hombres buenos, a los que la suerte colocaba en la batalla del lado de los perdedores, terminaban en la esclavitud. En cambio, empleó a hombres libres de la aldea cercana para trabajar en los campos y a mujeres libres para que se ocuparan de la casa. Hasta tenía un cocinero permanente, ya que no deseaba que Olivia tuviera que mover un dedo si no lo deseaba. En el fondo, Maximus quería que todo el tiempo y energía de su esposa estuvieran concentrados en él.
Cada mañana, cuando salía de la casa, se agachaba y tomaba en sus manos un puñado de tierra que frotaba entre sus palmas y luego se llevaba éstas a la nariz, recordándose a sí mismo qué era realmente importante en la vida. Su hogar era grande pero simple, con espacio suficiente para los muchos hijos que Olivia y él esperaban tener.
Hércules estaba sentado junto a la pareja, todo patas y orejas. Había crecido como la hierba pero aún le faltaba mucho. Era obvio que el animal iba a ser enorme y su devoción hacia Maximus era absoluta. Cada día, cuando éste ejercitaba al semental, el perro trotaba junto a los cascos de Argento y Maximus estaba asombrado de que siempre se las arreglara para no ser pisado o pateado por el caballo.
Lo único que no estaba bien en su vida era el sentimiento de culpa que lo alcanzaba a veces, cuando su mente no estaba ocupada. Había faltado del ejército durante varios meses, mucho más de lo que había pensado en quedarse allí. Aunque no tenía deseos de regresar, sufría accesos de culpa al preguntarse si lo estarían necesitando en Germania y qué pensaría Marcus Aurelius sobre su prolongada ausencia. Necesitaba estar en dos lugares pero quería estar sólo en uno ... en su hogar, junto a su esposa. Deseoso de no ponerla nerviosa, Maximus se guardaba sus dudas para sí.
Hasta que llegó un día... el día en que su vida volvería a cambiar.
Olivia estaba en uno de los cuartos del piso superior y vio a los pretorianos desde la ventana.
¡Maximus! –gritó y su voz levantó ecos sobre las colinas.
Regresó corriendo a la casa y, en la puerta, Olivia se arrojó en sus brazos, señalando el camino con un dedo tembloroso. Cuando vio la procesión compuesta por dos docenas de pretorianos vistiendo sus uniformes y portando el águila de Roma que cabalgaba hacia él, Maximus sintió que un miedo helado se apoderaba de su corazón.
Dejando atrás a su esposa, caminó a su encuentro.
General –dijo el centurión mientras inclinaba la cabeza ligeramente ante Maximus.
Este lo miró confundido.
Creo que se equivocó de hombre.
¿Es usted Maximus Decimus Meridius?
Sí.
Entonces es el hombre correcto –el pretoriano desmontó y le entregó un pequeño paquete- Una carta del emperador, general.
Maximus rompió el envoltorio cerrado con el sello del emperador y leyó el contenido mientras caminaba lentamente hacia Olivia. Aún a la distancia, su esposa vio cómo la sangre se retiraba de su rostro y, cuando cayó de rodillas, corrió hacia él.
¿Qué es, Maximus? ¿Qué ocurre? –Olivia estaba aterrada.
Maximus levant la vista hacia ella.
Lucius Verus ha muerto. El emperador está muerto.
Aunque Olivia lamentaba la noticia, no tenía idea de porqué ésta había afectado tanto a su esposo. Se agachó a su lado, con un brazo sobre sus hombros, ocultándolo de la mirada de los pretorianos con su cuerpo.
¿Qué más? –insistió.
Me han llamado de regreso al ejército... como general de la legión Felix III. Marcus quiere que parta de inmediato.
Olivia sintió que una oleada de mareo se abatía sobre ella y se aferró a Maximus para no caer. Este se levantó llevando a su esposa en sus brazos y la condujo al interior de la casa, alejándola del sol y sentándola en una silla. Se acuclilló a su lado.
Hay más –dijo- A causa de la muerte del emperador, Marcus Aurelius me ha nombrado comandante de todas las legiones del Norte.
Cuando Olivia habló, había lágrimas en su voz.
¿Puedes negarte?
No.
La atrajo contra sí y hundió el rostro en su cabello.
- Lo siento –susurró- Lo siento tanto.
Olivia le acarició el pelo y trató de sonreír a través de sus lágrimas.
Bueno, lo cierto es que me he casado con un hombre muy importante.
Un ruido proveniente de la puerta la hizo levantar la vista. El centurión de los pretorianos estaba parado en el umbral y a sus pies había un gran paquete.
¿Qué hay? –dijo de un modo tajante, haciendo que Maximus levantara la cabeza.
Discúlpeme, general, pero este paquete también viene de parte del emperador.
Maximus se dirigió a él.
¿Dónde está estacionada actualmente la legión Felix III?
En Vindobona, general, esperándolo.
Maximus se estremeció. Había tenido la esperanza de nunca tener que volver a ese lugar. Anduvo hasta la puerta y trajo el paquete al interior de la casa.
- Olvidé mis modales, centurión. Que sus hombres lleven sus caballos a los establos para que sean atendidos. Haré que les preparen una comida. Tendrán que alojarse en una propiedad vecina. No creo tener aquí lugar suficiente para todos.
El pretoriano miró a Maximus sin emoción.
Entiendo que sus órdenes indican que debe regresar inmediatamente... general.
Maximus le lanzó una mirada que hizo que a Olivia se le helara la sangre.
Necesito tres días –dijo en su tono de voz más grave mientras se dirigía lentamente hacia el hombre- Partiremos en tres días. ¿Entendido?
El pretoriano se mantuvo inmóvil pero evitó mirarlo a los ojos.
Sí, general. Tres días.
Ahora, haga lo que le ordené y lleve sus caballos a los establos. Haré los arreglos necesarios para acomodar a sus hombres.
Sí, señor.
El pretoriano se dio vuelta haciendo girar su capa, ansioso por apartarse de la mirada gélida de Maximus. Olivia se limitó a mirar asombrada mientras Maximus ladraba órdenes a los sirvientes.
Cassius, ve con la familia de mi esposa y diles que necesito alojar a dos docenas de hombres durante tres días y requiero su ayuda. Diles también a Marcus y Titus que necesito hablar con ellos de inmediato.
Con los ojos redondos de asombro, Cassius se limitó a asentir y escapó a cumplir las órdenes de su amo.
Maximus volvió su atención al paquete. Soltó un gruñido al levantarlo porque era muy pesado y lo acarreó hasta el atrio, con Olivia andando a su lado. Lo contempló durante un rato, como si temiera abrirlo, hasta que Olivia le puso un cuchillo en la mano.
Me pregunto qué habrá en él –dijo.
Maximus cortó la cuerda y apartó el tejido para luego echarse atrás cuando un escudo y una espada cayeron al suelo, seguidos de una coraza metálica y dos lujosas pieles de lobo. Hércules lanzó su gruñido más amenazador y el pelaje de su cuello se erizó.
Quieto, Hércules –ordenó Maximus y el perro se echó, la cabeza apoyada en sus enormes patas, sus ojos marrones fijos en las pieles de lobo.
A pesar de lo agitado de sus emociones, Olivia no pudo evitar una exclamación de asombro ante la magnificencia del contenido. Trató de aligerar la tensión del momento.
Bien –dijo- vas a ser el general más atractivo de todo el ejército.
Pero no pudo contenerse más y las lágrimas inundaron sus ojos. Maximus la abrazó justo antes de que su cuerpo se derrumbara en medio de sollozos de angustia.
Esa noche, Maximus les explicó la situación a Marcus y Titus. Aunque estaban contrariados por su partida, los dos hombres estaban también muy impresionados de que el comandante de todas las legiones del Norte fuera un miembro de su familia. Contemplaron anonadados la armadura que seguía tirada en el suelo, con Hércules montando guardia a su lado. Marcus trató de reconfortarlo.
No tienes nada de qué preocuparte, Maximus. Nos ocuparemos de que todo funcione bien por aquí y de que Olivia esté cuidada. Augusta y Flora estarán con ella cuando de a luz.
Pienso estar de regreso para esa ocasión –dijo Maximus con firmeza y Marcus alzó las cejas en señal de duda- Nada en el mundo me mantendrá alejado, ¿me escuchas? Estaré aquí para el nacimiento de mi hijo.
Te creo, Maximus, te creo –dijo Titus al escuchar el tono resuelto de la voz de su amigo- De hecho, me gustaría ver a cualquier ejército tratar de detenerte.
Titus sonrió pero Maximus se mantuvo serio y luego dijo:
Tengo mucho que hacer en los próximos días y necesitaré de su ayuda.
Lo que sea –murmuraron los dos hombres- Estamos aquí para ayudarte.
Olivia estaba demasiado contrariada para aventurarse mucho más allá de su dormitorio. Aunque sabía que lo hacía por ella, no soportaba ver a Maximus preparando la granja para su ausencia. Le había prometido regresar a tiempo para el nacimiento del bebé pero sabía que era probable que no pudiera cumplir su promesa. A medida de que la personalidad de su esposo cambiaba de un modo casi imperceptible, el mundo de Olivia se hacía cada vez más hueco y vacío. Maximus sonreía menos y daba más órdenes. Por la noche, pasaba las horas contemplando el fuego del hogar perdido en sus pensamientos. Las líneas de preocupación que habían marcado su rostro cuando lo conoció estaban allí nuevamente y se revolvía inquieto en sueños. Olivia hacía lo posible por confortarlo pero el peso de su propia pérdida era demasiado como para que pudiera ayudarlo.
Finalmente, el día tan temido llegó.
Los pretorianos se alinearon en el sendero, ansiosos por partir y Olivia los contempló desde lo alto de los escalones que conducían a la casa. Escuchó los pasos de Maximus a sus espaldas y se dio vuelta para enfrentar a un hombre al que casi no reconoció. Estaba vestido con el uniforme de su nuevo rango... sólo la túnica color herrumbre fácilmente reconocible. Su nueva coraza estaba pesadamente grabada con una cabeza de lobo en el medio. Sobre los hombros llevaba una larga capa atada al frente. Sobre cada hombro descansaba una magnífica piel de lobo que caían por su espalda hasta llegarle a las rodillas y estaban sujetas por delante con una gruesa cadena. Tenía el pelo bien corto y la barba prolijamente recortada. Bajo el brazo, llevaba su yelmo ático con la elegante cresta.
Lucía magnífico.
Maximus la tomó de la mano y la atrajo hacia el interior de la casa, conjurando una de sus maravillosas sonrisas.
Te escribiré al menos dos veces a la semana. Lo prometo. Espera mis cartas. Y no te preocupes por mí. Estaré perfectamente a salvo –hizo un gesto señalando a los pretorianos que aguardaban afuera- Mira la escolta que llevo conmigo. No me pasará nada.
Olivia asintió. Estaba decidida a que la última imagen que Maximus tuviera de ella no sería la de una mujer llorando y lamentándose pero sentía un nudo en la garganta. Sin decir palabra, le puso en la mano una pequeña bolsa de cuero.
¿Qué es?
Lo miró con ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
No me olvides –susurró.
Maximus tiró de los cordones de la bolsa y extrajo de ella una pequeña figura tallada que representaba a una mujer con el vientre ligeramente redondeado. Uno de sus brazos estaba tendido hacia él.
¿La hiciste para mí?
Olivia asintió, las lágrimas derramándose de sus ojos y rodando por sus mejillas.
La conservaré como un tesoro –dijo Maximus, su voz insegura. Le rozó los labios con los suyos y salió a la luz del sol, luchando por mantener el control esperado de un general. Sus ojos recorrieron las colinas que rodeaban su hogar y avanzó hasta el sendero. Acuclillándose, tomó en sus manos un puñado de tierra y la frotó entre sus palmas, para luego llevárselas a la nariz. Jamás olvidaría quién era realmente.
Después, caminó a grandes pasos hasta Argento y quedó sorprendido al ver otro animal casi idéntico atado detrás de éste. Marcus estaba junto a los caballos y le sonrió.
Este es Scarto, el hermano de Argento. Todo general necesita dos caballos en caso de que uno resulte lastimado. Me harías un gran honor si lo aceptaras, general Maximus, comandante de las legiones del Norte.
Marcus se inclinó ante su yerno con gran seriedad.
Maximus apoyó las manos en sus caderas y esperó a que su suegro se irguiera nuevamente.
Apreciaría mucho, Marcus, que nunca volvieras a inclinarte ante mí... y mi nombre es simplemente Maximus –sonrió- Te agradezco el regalo. Es increíble.
Los dos hombres se abrazaron brevemente y Maximus susurró al oído de Marcus:
Cuídala.
Lo haré, hijo. No temas.
Maximus montó a Argento y miró hacia abajo para asegurarse de que Hércules estaba con él. Dirigió el caballo hacia el frente de la formación de los pretorianos, luego palmeó la bolsita de cuero atada a su cintura y saludó con la mano a las docenas de personas reunidas para verlo partir.
Sus ojos se cruzaron con los de su esposa y le dedicó un guiño y una sonrisa.
Ella le devolvió la sonrisa con otra radiante y se quedó mirando hasta que su esposo y los guardias uniformados de negro desaparecieron de la vista detrás de la colina. Se quedó allí aún cuando hasta la nube de polvo levantada por los caballos había desaparecido. Luego, apoyó la mano sobre su vientre y le dijo a la criatura que habitaba en él:
Tu papá volverá, bebé. Tu papá volverá.
El emperador supo que Maximus finalmente había arribado cuando escuchó a los soldados de la legión Felix III aclamándolo. El sonido comenzó a escucharse vagamente, en la distancia, y Marcus pudo seguir el avance de su nuevo general con sus oídos por la ubicación y el volumen del ruido que rodeaba al hombre. Sonrió satisfecho. Sabía que había hecho la elección adecuada.
La patrulla había divisado a su nuevo general cuando éste aún se encontraba a varias millas del campamento y la noticia de que Maximus estaba de regreso en Germania corrió como fuego. Cuando cabalgó a través de las puertas del campamento, los soldados lo rodearon haciendo que Argento retrocediera y se encabritara por la sorpresa. Algunos hombres se limitaron a contemplarlo, otros le tendieron la mano, muchos lo aclamaron a viva voz gritando su nombre. Los soldados levantaron sus espadas en señal de saludo y él sonrió y levantó la suya en respuesta.
Maximus escrutó la multitud en busca de rostros conocidos y se sintió extrañamente fuera de lugar. Pero después sus agudos ojos azules captaron un vistazo de alguien a quien conocía muy bien y su sonrisa se hizo enorme.
¡Quintus! -llamó- ¿Qué haces aquí?
¡General!
Quintus se abrió camino entre la multitud a fuerza de codazos y sujetó la brida de Argento con una sonrisa de bienvenida en su rostro.
El emperador pensó que necesitarías aquí a una persona a la que conocieras de modo que fui transferido de la legión Felix VII y ascendido a tribuno.
Maximus se inclinó en la silla y estrechó las manos de su amigo.
Espero que no te moleste, Quintus. Aprecio realmente que te estés aquí -bajó la voz y se acercó a la oreja de su amigo- Voy a necesitar toda la ayuda que pueda obtener.
Lo dudo, Maximus, pero haré lo que pueda -Quintus señaló la puerta del praetoriun- El emperador te está esperando.
Con una ligera presión de su rodilla, Maximus hizo que su montura avanzara entre la multitud y, con Quintus abriéndole camino a Argento, llegó finalmente ante Marcus.
Maximus desmontó y se dejó caer sobre una rodilla frente a su emperador, los soldados ubicados a sus espaldas guardando ahora silencio. Sonriendo afectuosamente, Marcus hizo que se levantara y lo envolvió en un estrecho abrazo para luego dar un paso atrás y admirar a su soldado favorito. Asintió con la cabeza y guiñó un ojo.
Sabía que te verías muy apuesto con esas pieles de lobo.
Maximus miró a su mentor con cierta preocupación. Marcus lucía mucho más viejo que la última vez que lo había visto. Tenía el cabello veteado de gris y las líneas que marcaban su rostro eran más profundas. No podía creer que sólo hubieran transcurrido unos pocos meses.
Lamenté mucho la muerte de Lucius Verus, Mi Señor. Fue un gran golpe.
Fue un golpe para todos nosotros. Se encontraba perfectamente y, un momento después, estaba muerto en el suelo. Los médicos creen que tuvo un ataque. No sufrió.
Maximus vaciló y luego dijo lentamente:
¿Es apropiado decir que te extrañé, Mi Señor?
No sólo es apropiado sino que es muy bienvenido. Yo también te extrañé, Maximus.
Marcus miró a la multitud de soldados que seguían la escena de cerca.
Te recibieron como a un héroe.
No he hecho nada para merecerlo, Mi Señor.
Oh, creo que sí lo hiciste, lo creo -Marcus hizo un gesto en dirección de Argento- Ese sí que es un hermoso caballo... digno de un general.
Fue un regalo de mi suegro.
El rostro del emperador se iluminó como si un rayo de sol hubiera atravesado una nube.
¿Te casaste?
Sí, Mi Señor. Aproveché mi... licencia... para buscar una esposa.
Maximus se sentía aún inseguro acerca de los sentimientos de Marcus respecto de su ausencia no autorizada.
Bien, no podrías haberme hecho más feliz. Lo digo en serio. Sabía que usarías tu permiso de un modo sabio. Ahora, ven adentro conmigo. Tenemos mucho de qué hablar.
Ante sus palabras, Maximus supo que el hecho de que hubiera abandonado el ejército tan abruptamente no volvería a ser discutido.
Maximus siguió al Cesar al interior de su tienda, aunque la palabra "tienda" no era ni remotamente apropiada para describir su alojamiento. Estaba lujosamente amueblada con toda clase de cómodas sillas, divanes, mesas, estatuas, bustos, soportes para sus armaduras, colgaduras, alfombras e incluía el gran escritorio de Marcus con un enorme mapa del imperio como fondo, todo iluminado por docenas de lámparas.
Marcus indicó a Maximus que se sentara y tomó asiento también. Antes de ir a los asuntos que los ocupaban, el emperador ordenó que les trajeran comida y vino. Le describió los hechos que habían tenido lugar durante los últimos meses: la pérdida del general de la legión Felix III, el efecto devastador que había tenido la muerte de Lucius Verus sobre todo el ejército, el fortalecimiento de las tribus al otro lado del río frente a donde acampaba la legión Felix III... y todo a lo largo del Danubio.
¿Quién reemplazó al general Claudius, Mi Señor?
Otro tribuno de la misma legión llamado Fabius. Probablemente lo conoces -Maximus asintió con la cabeza- ¿Crees que será un buen líder? -Maximus hizo un gesto negativo- Lamento decir que yo tampoco. Parece ser que, en este momento, carecemos de hombres con capacidad de mando, Maximus, lo que hace que tu papel sea más importante que nunca. Eres un general de generales, Maximus. Aunque tu base de operaciones estará aquí, con esta legión, viajarás mucho de una a otra asegurándote de que todo esté en orden, dando batalla donde sea necesario. Confío completamente en ti y tu presencia es muy reconfortante para este viejo emperador.
Te agradezco, Mi Señor. Espero no decepcionarte.
Nunca lo hiciste, Maximus. Nunca, desde que eras un muchacho -Marcus sonrió cálidamente- Debes estar muy cansado.
Recién ahora empiezo a darme cuenta de cuán cansado estoy.
Ven, déjame mostrarte tu alojamiento que está muy cerca del mío. Creo que lo encontrarás cómodo.
Marcus encabezó la marcha a través del praetorium y abrió la solapa de otra gran tienda, indicándole a Maximus que pasara delante de él.
Maximus, quiero presentarte a Cicero, tu sirviente personal. Es un soldado que fue gravemente herido y ha elegido servir al ejército sirviendo a su general.
Las heridas de Cicero se habían traducido en profundas cicatrices que marcaban su cara.
Cicero.
Maximus le tendió la mano y el sirviente la aferró con firmeza.
Es un honor, señor -respondió con un acento musical.
Tendrás que ayudarme a entender cuáles son tus obligaciones, Cicero. Nunca antes tuve un sirviente en el ejército. Siempre me encargué de hacer todo yo mismo -dijo Maximus con una sonrisa.
Despreocúpese de todo y ocúpese sólo del funcionamiento de las legiones, señor. Yo me haré cargo de sus necesidades diarias. Creo que me tocó el trabajo más fácil.
Los tres hombres se echaron a reír.
Te dejaré para que te instales, Maximus. Nos volveremos a reunir a primera hora de la mañana.
Maximus asintió. Marcus se dirigió hacia la entrada y luego se detuvo.
Oh... y Maximus.
¿Sí, mi Señor?
Ahora que estás aquí, dormiré mucho más tranquilo.