La Historia de Maximus

Capítulo 36 - Reformas

Los siguientes días en la legión Felix III fueron muy ocupados para Maximus, quien los empleó en pasar revista a las tropas y reunirse con sus tribunos y centuriones, aprendiendo sobre ellos tanto como pudo. Marcus no quería apresurarlo en la toma de ninguna decisión importante y lo alentó en cambio a que visitara las otras legiones que bajo su mando. De modo que el general pasó los siguientes dos meses viajando a lo largo de los ríos Danubio y Rhin, reuniéndose con los jefes de las otras legiones, discutiendo estrategias militares y estableciendo su autoridad.

Además, Maximus era responsable de la moral de aproximadamente setenta y cinco mil hombres repartidos entre las quince legiones del Norte y se aseguró de que sus responsabilidades militares estuvieran bien balanceadas con actividades sociales. Estableció bibliotecas en los campamentos para promover el hábito de la lectura y contrató tutores para aquellos soldados que no sabían leer pero querían aprender a hacerlo. Se construyeron baños adecuados en aquellos campamentos que no tenían y se le dio tiempo suficiente a los soldados para que los visitaran o, simplemente, descansaran. Se organizaron eventos deportivos para ampliar las posibilidades de diversión y mantener a los hombres en buen estado físico. Maximus se aseguró que la ropa de los soldados y la ropa de cama fuera lavada regularmente y de que la comida fuera abundante y de buena calidad. Hizo ojos ciegos a las prostitutas que frecuentaban los campamentos pero se aseguró que los hombres fueran instruidos sobre las enfermedades potenciales y el servicio médico en general fue mejorado. Se otorgaron numerosas licencias y Maximus alentó a los hombres a que visitaran a sus familias con frecuencia. Las armas viejas fueron reemplazadas y el entrenamiento de los soldados se hizo más riguroso, con prácticas diarias y maniobras. Maximus supervisó dichas maniobras y escribió un reporte crítico al general de cada legión. Instruyó a los oficiales sobre cómo ser justos, cómo mantener el orden e inspirar obediencia sin necesidad de amenazas y puso fin, lo mejor que pudo, a la práctica de sobornar para obtener favores especiales. Estableció un sistema de reconocimiento por las tareas bien cumplidas y otorgó premios cuando fueron merecidos.

Maximus mejoró lo que era bueno del ejército y cambió lo que no lo era. Así, dejó cada campamento convertido en un lugar mejor que antes de su arribo. Puso en claro que esperaba obediencia y lealtad absoluta de parte de sus soldados y obtuvo ambos... así como su respeto y admiración. Disfrutó especialmente su regreso a la legión Felix VII, donde le tributaron la bienvenida de un héroe y donde pasó algún tiempo con viejos amigos.

Cuando finalmente regresó a la legión Felix III, Marcus se quejó risueñamente de que Maximus le estaba costando una fortuna al imperio y dijo que esperaba un gran rédito de la inversión. Maximus le aseguró que así sería.

El nuevo general se tomó un día para descansar y continuar la correspondencia con su esposa. A pesar de sus viajes, no había descuidado sus cartas a Olivia y éstas estaban llenas de detalles sobre sus nuevas responsabilidades. Ella, por su parte, le escribía asegurándole que se encontraba bien y que la granja funcionaba perfectamente. Se extrañaban el uno al otro desesperadamente.

Cuando el breve período de paz se terminó apenas unos días más tarde, Maximus y las tropas estaban más que listos. El problema se inició en Lauriacum, al Oeste de Vindobona y Maximus se dirigió a ese campamento inmediatamente. Cada legión consistía en alrededor de cinco mil quinientos hombres pero una tribu germana podía contar con cinco veces esa cantidad de guerreros y, además, con inagotables refuerzos. Los germanos no estaban bien equipados ni entrenados ni alimentados como los romanos y las escaramuzas se resolvían a menudo con escasas pérdidas para los legionarios. Pero tanto Marcus como Maximus sabían que una constante de batallas menores lograría poca cosa y no permitiría establecer una frontera segura. Una eventual guerra en gran escala era inevitable.

Maximus tomó nota por primera vez del cambio de estaciones a través de su agudo sentido del olfato. Era el dulce aroma de la descomposición... de hojas que morían, se secaban y caían. Los tonos verdes de la hierba fueron reemplazados por marrones, amarillos, dorados y escarlatas. Pronto las ramas de los árboles quedarían desnudas y el clima se volvería frío y nevoso. Esto le daría ventaja a los germanos por sobre los soldados romanos muchos de los cuales, como él mismo, habían nacido en el Sur. Maximus modificó las técnicas de entrenamiento para adaptarlas a la geografía norteña y se aseguró que ningún soldado de Roma tuviera frío durante el largo y oscuro invierno.

El paso del tiempo le recordaba a Maximus continuamente que el nacimiento de su hijo se produciría en algún momento a principios del año siguiente, en lo peor del invierno. Maximus estaba decidido a regresar a España y sabía que tendría que partir pronto, antes de que los caminos se volvieran intransitables. Aún no le había dicho a Marcus que planeaba marcharse nuevamente.

Pasa, Maximus, pasa. ¿Querías verme? Ven... siéntate -dijo Marcus- Espero que no vengas a pedirme dinero otra vez -el emperador sonrió.

No, Mi Señor, es algo personal. Cesar, mi esposa dará a luz pronto y le prometí que volvería a casa antes de que ocurriera. Una vez que empiecen las grandes nevadas, mi regreso puede hacerse imposible. Me pregunto sí...

¿Si te daré permiso para regresar a España?

Sí, Mi Señor.

¿Crees que te lo mereces?

Maximus se quedó totalmente descolocado por la sorpresa.

Bueno... sí, Mi Señor.

Dime por qué.

Maximus contempló sus manos y se preguntó qué era lo que el emperador quería escuchar.

Creo que el ejército puede funcionar sin mí por un tiempo aún si se produjera una batalla en gran escala, lo que es poco probable en esta época del año.

¿Por qué puede funcionar sin ti?

Porque las tropas han sido bien entrenadas...

¿Quién las entrenó?

Yo, Mi Señor.

¿A dónde quería llegar el emperador?

- Sí, tú lo hiciste. Desde que te puse a cargo, Maximus, los ejércitos del Norte nunca fueron más fuertes... o estuvieron más contentos. Tú lo hiciste. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para Roma, Maximus, o de lo bien que la sirves. Roma no puede prescindir de ti.

Maximus sintió que se le encogía el corazón. Marcus no lo iba a dejar ir. Estudió la alfombra bajo sus pies.

Entiendo, Mi Señor.

No, creo que no entiendes. Has hecho tan buen trabajo que eres prescindible... por un corto tiempo. Ve a casa con tu esposa y no vuelvas hasta que no hayas sostenido en tus brazos a tu hijo.

Maximus se puso de pie tan bruscamente que volcó su copa de vino.

Gracias, Mi Señor.

Lleva contigo a seis pretorianos para protección... no, insisto -dijo Marcus cuando Maximus empezó a protestar- Roma no puede permitirse perderte. Ahora ve a prepararte para tu viaje. Imagino que querrás partir en esta semana.

Sí, Mi Señor. Gracias.

Te extrañaré, mi muchacho.

Yo también te extrañaré, Cesar.

Marcus.

¿Perdón?

Marcus. Por esta vez, Maximus, llámame Marcus.

Marcus. Gracias... Marcus.

Los dos hombres se abrazaron y luego Maximus se retiró

Capítulo 37 – La Tormenta

Tres días más tarde, Maximus emprendió el camino acompañado por seis pretorianos. En otra época del año, hubiera intentado cruzar los Alpes pero prefirió en cambio rodearlos y mantenerse en terrenos más bajos, una ruta más larga pero más fácil. Tendría que superar varias cadenas montañosas antes de llegar a su hogar y calculó que el viaje demoraría un mes. Tan pronto como Marcus le había dado permiso para marcharse, Maximus había enviado un correo avisando de su viaje de modo que de Olivia sabría de su inminente llegada al menos una semana antes de que ésta se produjera.

Cicero lo había ayudado a prepararse para el viaje asegurándose de que llevara consigo grandes cantidades de alimentos nutritivos y que tuviera abundante ropa abrigada, incluidas túnicas y calzas de lana, capas gruesas con capucha, pieles en las que envolverse por la noche y medias de lana para usar debajo de las botas. El sirviente insistió en que debía acompañar a Maximus en su viaje pero éste no quiso saber nada. ¿Para qué movilizar a más hombres de los necesarios?

Argento también fue debidamente preparado con una provisión de gruesas mantas que lo protegieran del frío. Hércules seguiría al caballo como de costumbre pero Maximus había preparado una bolsa especial que podía usar sobre sus hombros y colgarse de las ancas de Argento en caso de que el perro se cansara y necesitara un descanso.

La mañana en la que partieron el cielo amaneció gris y con pesadas nubes que produjeron eventuales nevadas. Ese día hicieron buen tiempo y pudieron pasar la noche y también la siguiente en otros tantos puestos militares. Pero pronto, a medida de que se alejaban de la frontera, estos campamentos se fueron haciendo más y más escasos y finalmente terminaron por desaparecer.

Durante la siguiente semana el viaje fue bueno y el aire frío pero vigorizante. Cada mañana el suelo amanecía cubierto de una gruesa capa de escarcha que volvía los caminos resbaladizos y hacía el viaje lento pero encontraron pequeñas posadas en las aldeas en las cuales pernoctar. Maximus nunca tenía frío por las noches ya que Hércules insistía en dormir con él, generalmente arrollado a sus pies aunque a veces elegía hacerlo apretado contra su estómago. Cuando Maximus dormía boca arriba, Hércules apoyaba su enorme cabeza sobre el pecho de su amo y le echaba en el rostro su pesado aliento perruno. Maximus disfrutaba de la compañía del animal pero ocasionalmente, cuando éste roncaba demasiado fuerte, lo sacudía para que dejara de hacerlo.

Durante los siguientes dos días, ascendieron las estribaciones de las montañas y pasaron la segunda noche en una cabaña de caza en altura. Poco después de que los hombres se fueran a dormir, comenzó a llover y el mal tiempo duró toda la noche. El repiqueteo de la lluvia hizo que la atestada cabaña pareciera el interior de un tambor. Maximus durmió muy poco y, a la mañana siguiente, se despertó muy temprano y se vistió, notando que el aire se había tornado muy, muy frío. Cuando abrió la puerta de la cabaña y salió a la oscuridad, sus pies resbalaron y cayó pesadamente, deslizándose un trecho antes de poder agarrarse de unas ramas y detenerse. Escuchó el asustado ladrido de Hércules, que también resbalaba en la misma dirección y extendió una mano para aferrar al perro de una de sus patas traseras antes de que siguiera de largo. Cautelosamente, Maximus trató de ponerse de pie pero volvió a caer. Se quitó los guantes y tanteó el suelo. Era duro como una roca. Duro como... hielo.

¿General? -Licinius, el jefe de los pretorianos, salió a la puerta.

¡No salga! Anoche debe haber habido una tormenta de hielo y caminar es imposible.

¿Está usted bien?

Lo estaré en tanto sujete esta rama. No puedo decir exactamente dónde estoy porque está muy oscuro de modo que me quedaré aquí quieto.

Escuché al perro...

Lo agarré. Está bien.

Otra voz se unió a la que provenía de la puerta de la cabaña.

¿Qué ocurre?

Todo esta cubierto de hielo -explicó Licinius.

¿Hielo? Pensé que anoche había llovido. Debe haber sido hielo.

Maximus volvió a dirigirse a los pretorianos.

No salgan afuera. Por lo que sé, podría estar al borde de un precipicio. No me moveré hasta que no pueda ver dónde estoy.

Así, durante la siguiente media hora, Maximus se quedó sentado acariciando a Hércules y escuchando cómo las ramas que se alzaban por sobre su cabeza crujían y cedían bajo el peso del hielo. Sus pensamientos se dirigieron a Argento y los otros caballos, que habían quedado atados detrás de la cabaña. Su caballo estaba cubierto desde las orejas a la cola por gruesas mantas pero la tormenta había sido severa. Maximus agachó la cabeza cuando el viento movió las ramas y envió una lluvia helada sobre él.

Los primeros y rosados rayos de sol le revelaron un panorama que Maximus nunca antes había visto o imaginado. Cada astilla de cada rama, cada arbusto, cada brizna de pasto, cada roca y toda la cabaña estaban cubiertos por una gruesa capa de hielo que había transformado el mundo en un alhajero lleno de diamantes refulgentes. Sentado con la espalda apoyada contra un árbol, Maximus contempló la escena anonadado. Los pinos aparecían doblados en dos bajo el peso del hielo y muchas ramas se arqueaban hasta el piso.

General, vamos a arrojarle una soga.

Maximus asintió y se ató la cuerda alrededor de la cintura, sujetando a Hércules mientras los pretorianos lo izaban desde la hondonada donde había caído. Nunca había estado en peligro real ya que un grueso conjunto de matorrales hubiera detenido su eventual caída pero le hubiera sido difícil volver a subir sin la ayuda de los soldados. Una vez a salvo, su primera preocupación fueron los caballos atados detrás de la cabaña. ¿Cómo iban a llegar hasta ellos?

Licinius, el jefe de los pretorianos, tomó su hacha y atacó el hielo en la entrada de la cabaña arreglándose para quebrarlo, lo que permitió hacer pié con más seguridad. Una vez hecho esto, siguió hachando. Pero el avance era lento y Maximus calculó que, a ese ritmo, necesitarían varias horas para llegar hasta los animales ya que el hielo tenía un espesor de al menos dos pulgadas y los rayos del sol eran demasiado débiles para derretirlo.

Finalmente, Maximus decidió que él y Licinius se arrastrarían sobre sus manos y rodillas ayudándose con sus dagas a modo picahielos. Detrás de ellos, a un paso mucho más lento, los otros cinco pretorianos romperían el hielo con sus hachas. Avanzaron lentamente porque siempre una de las dagas debía estar clavada en el hielo para evitar que su portador se deslizara lejos de la cabaña. En un momento, las dos rodillas de Licinius resbalaron lanzándolo de boca al suelo y haciendo que patinara unos diez pies antes de que pudiera volver a asentarse con sus dagas.

Maximus fue el primero en alcanzar los caballos. Los animales se habían acurrucado contra la cabaña y así habían evitado lo peor del hielo pero éste aún los cubría. Los dos que habían quedado del lado de afuera estaban temblando. El calor de sus cuerpos había evitado que el suelo se helara de modo que Maximus pudo ponerse de pie y quitarle al caballo más próximo su manta cubierta de hielo, el tejido lo suficientemente rígido como para retener la forma del animal hasta que Maximus lo estrujó entre sus manos. Después de sacudir los cristales, volvió a colocarle la manta al caballo.

Licinius se le unió y Maximus empezó a darle instrucciones.

Quíteles las mantas y límpielas de hielo antes de volver a cubrirlos. Todos necesitan que les den una buena fricción para mejorar la circulación y también necesitan comer -echó una mirada a las ramas que habían pensado que servirían para proteger a los animales- Una vez que sus soldados lleguen aquí, deberemos mover los caballos y limpiar las ramas de hielo para que no les caiga encima y los lastime.

Mientras trabajaban, los dos hombres no dejaron de hablarle a los asustados animales en un tono tranquilizador y poco después se les unieron los demás soldados. Argento había quedado más cerca de al cabaña que los otros caballos y se las había arreglado bien pero su cola estaba llena de hielo y sus orejas heladas. Maximus pasó largo tiempo con el joven semental, calmándolo y revisando que no tuviera heridas. Para cuando los caballos estuvieron listos, ya era pasado el mediodía y los hombres estaban famélicos. Caminaron cuidadosamente de regreso a la cabaña y echaron mano a sus raciones.

Tengan cuidado –dijo Maximus- El aire se ha puesto aún más frío... ¿lo notan? Quién sabe cuánto tiempo pasará antes de que el hielo se derrita lo suficiente como para que podamos partir.

Se sentó en la puerta de la cabaña y contempló la terrible belleza del paisaje preguntándose cuántos días se alargaría su viaje.

Capítulo 38 – El Hogar

Después de pasar más de una semana encerrado en una cabaña atestada con otros seis hombres, Maximus decidió que era hora de hacer algo. Las condiciones del clima no habían cambiado y era poco probable que lo hicieran antes de la primavera. Cada día, se sentaba en la puerta de la cabaña acariciando a Hércules y memorizando el paisaje a su alrededor en preparación para su fuga de los pretorianos. Estos habían recibido la orden directa del emperador de mantenerlo a salvo de modo que, Maximus bien lo sabía, nada que dijera podría disuadirlos de hacerlo... por la fuerza si era necesario. Así que tendría que perderlos de algún modo. Calculó que le llevaría al menos cuatro días salir de las montañas y tenía la esperanza de que, a medida de que descendiera, el hielo fuera desapareciendo. Cuatro días. Eso lo colocaba dos semanas tarde con respecto a la fecha de su regreso. Olivia estaría frenética.

Esa tarde, mientras los pretorianos atendían a los caballos, empacó sus alforjas con suficientes suministros como para cinco días si era cuidadoso al comer. No podía prescindir del abrigo de modo que empacó también toda su ropa extra. Al anochecer, escondió sus alforjas junto con provisiones para Argento y Hércules en la parte trasera de la cabaña conservando consigo sólo lo imprescindible para esa noche. Cada día de la pasada semana Maximus había excavado el suelo alrededor de la cabaña donde éste no estaba helado. Importantes cantidades de tierra y grava estaban ahora escondidas en los huecos dejados por su excavación, empaquetadas en toscas bolsas de tela.

Esa noche, esperó hasta escuchar que la respiración de los seis hombres se hacía profunda por el sueño. Entonces, se envolvió en sus pieles y se dirigió a la puerta en puntas de pie con Hércules pisándole los talones. Hizo una mueca cuando el perro se sacudió pesadamente para sacudirse la somnolencia haciendo sonar su pesado collar y aletear los pesados colgajos de su mandíbula.

¿General? -era la voz de Licinius.

Vuelva a dormir -susurró Maximus- El perro fastidioso necesita salir. Volveré enseguida.

La puerta crujió ligeramente cuando la abrió y otra vez cuando la cerró con fuerza detrás de él. La noche era negra como la brea y Hércules se mantuvo pegado a él mientras se escurría hacia la parte trasera de la cabaña, recuperaba sus suministros y los ataba a la montura de su sorprendido caballo, salvo una bolsa de tierra que se sujetó a la cintura. Luego metió a un Hércules que protestaba enérgicamente en la correspondiente alforja y también la aseguró al caballo. Por último, tomó a Argento de la brida y contempló la negrura que lo rodeaba. ¿Acaso estaba loco al lanzarse a semejante aventura? ¿No sería mejor llegar tarde a casa que no llegar nunca? El sólo hecho de pensar en permanecer un día más en la cabaña terminó de decidirlo. Se marcharía.

Maximus rodeó la construcción y, cuando sintió que el suelo debajo de él empezaba a hacerse resbaladizo, hundió la mano en la bolsa atada a su cintura y, con un amplio movimiento, regó un puñado de grava frente a sí. Después, tanteó con un pie y comprobó que era bastante seguro. Lentamente comenzó el descenso, dando cada paso con gran cuidado y luego instando a Argento a hacer lo mismo. A pesar de que no podía ver más que las siluetas informes de las rocas y la vegetación, Maximus conocía perfectamente el camino, así como la ubicación de cada arbusto y cada árbol visible desde la cabaña. Se mantuvo cerca de los primeros de modo tal de que éstos amortiguaran la caída del caballo si ocurría lo peor. Le preocupaba más Argento que él mismo ya que no se necesita mucho para que la pata de un caballo se quiebre.

Maximus se obligó a sí mismo a ser paciente y necesitó dos horas para alejarse de la cabaña lo suficiente como para relajarse un poco. Sin embargo, estaba aún lo suficientemente cerca como para escuchar el crujido de la puerta al ser abierta y la voz de Licinius llamándolo.

¿General? ¿General, dónde está? ¿Está usted bien, señor?

Silencio. Cuando el jefe de los pretorianos volvió a hablar, había un dejo de pánico en su voz.

¿General? - gritó- ¿Necesita ayuda, señor?

Hércules gimió y Maximus le apretó el hocico para silenciarlo.

Una mezcolanza indistinta de varias voces agitadas alcanzó los oídos de Maximus.

¿Qué pasa?

El general se fue.

¿Cómo que se fue?

Creo que se marchó.

En el nombre de los dioses, ¿por qué haría algo así?

Si le ocurre algo, el emperador reclamará nuestras cabezas.

No puede haber llegado muy lejos.

¿Qué quieres decir? ¿Qué deberíamos ir tras él? Afuera no se ve nada.

Partiremos en cuanto amanezca.

¿En el hielo?

Bueno, él lo hizo de algún modo. Reza para que no encontremos su cuerpo en el fondo de un precipicio.

La puerta volvió a crujir al ser cerrada. Maximus esperó un momento para asegurarse de que no estaban tratando de engañarlo para que revelara su ubicación. Luego, muy lentamente, retomó el descenso por la resbalosa pendiente. Era un trabajo doloroso y agotador. Cuando el cielo comenzó a clarear en dirección al Este, Maximus se encontraba lo suficientemente al Sur de la cabaña como para que algo de la tensión de sus hombros se disolviera y continuó esparciendo grava y avanzando cautelosamente sobre el suelo helado. Esa noche se envolvió en sus pieles y, acurrucándose junto a Hércules, durmió de a ratos escuchando el aullido de los lobos en la distancia y callando al perro cuando éste intentaba responderles.

El siguiente día fue prácticamente igual al primero y Maximus logró avanzar en su descenso de las montañas. Para el tercero, sus pies hacían crujir el hielo y sus pasos eran mucho más seguros. Para el cuarto, el hielo se limitaba a algunos parches en las zonas que quedaban a la sombra de los arbustos y pudo moverse rápidamente. A mediodía cabalgaba sobre el lomo de Argento por las últimas pendientes y podía ver claramente los pastizales que había más adelante. Su corazón se hinchó con un sentimiento de libertad. Iba en camino hacia Olivia.

Olivia estaba sentada en un banco desde el cual podía ver el sendero y el camino más allá de la entrada. Había pasado cada día de las dos últimas semanas en ese mismo asiento, tratando de atisbar la llegada de su esposo. Los sirvientes le traían sus comidas allí porque se negaba a entrar a la casa. Sus cuñadas le leían historias tratando de distraerla de sus temores por la seguridad de Maximus. Las manos de Olivia acariciaban constantemente su vientre hinchado, como tratando de confortar al bebé que lo habitaba. Sus fuertes patadas eran tranquilizadoras y se encontraba muy bajo, según Flora y Augusta un signo seguro de que el nacimiento era inminente. Titus estaba en alerta permanente para ir a buscar a la partera en cuanto fuera necesario. Olivia se movió incómoda en su asiento, tratado de aliviar el dolor que sentía en la parte baja de la espalda pero mantuvo los ojos fijos en el camino. El viento helado se arremolinaba en torno a sus tobillos y se arrebujó mejor en su grueso chal de lana, envolviéndolo protectoramente en torno a su vientre.

De repente, Olivia se irguió, el pulsante dolor en su espalda completamente olvidado. Podía ver una nube de polvo en la distancia. Flora siguió su mirada.

Olivia, no te hagas ilusiones. Eso sólo puede ser un jinete solitario y dudo de que Maximus viaje sin escolta.

Olivia pensó en la guardia pretoriana enviada a buscar a Maximus y sus ilusiones se derrumbaron pero igualmente mantuvo los ojos fijos en el horizonte.

Tal como lo predijera Flora, un jinete solitario apareció en lo alto de la colina, demasiado lejos aún para poder identificarlo. A medida de que se acercaba, Olivia distinguió la forma oscura de un caballo y su jinete con una capa ondulando tras él. Luego vio el brillo de la armadura que llevaba sobre el pecho. Se puso de pié y el chal cayó de sus hombros. Tras las patas del caballo corría una silueta más pequeña.

¡Maximus! ¡Es Maximus! –gritó Olivia.

A pesar de lo avanzado de su gravidez, se lanzó hacia abajo por los escalones y corrió hacia el sendero. Maximus cruzó la entrada a todo galope y luego tiró de las riendas de Argento en forma tan brusca que el caballo se alzó de manos por la sorpresa. Maximus se deslizó hacia atrás, desmontando por los cuartos traseros de Argento y confundiendo al animal aún más. Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, Olivia estaba en sus brazos, apretándose contra él tanto como lo permitía su vientre y susurrando su nombre una y otra vez. Permanecieron así un largo rato, abrazados, intercambiando besos y susurrando palabras de amor, la mano de Maximus acariciando el vientre hinchado de su esposa y sintiendo patear a su hijo.

Finalmente, Olivia se las arregló para sonreír a través de sus lágrimas.

Maximus, te ves espantoso. ¡Mírate! El viaje debe haber sido terrible.

Lo fue. Hubo tormentas de hielo en la alta montaña, lluvia y barro en las zonas bajas. Estoy exhausto, hambriento... y sucio. Te llené de barro. Estaba tan preocupado de no llegar a tiempo.

Olivia rió entre las lágrimas.

Creo que llegaste justo a tiempo. Nuestro bebé nacerá pronto. Ven adentro, cariño, y te prepararemos un baño caliente -Olivia miró a su alrededor- ¿Estás solo?

Cuando partí no lo estaba. Seis pretorianos muy enojados van a aparecer por aquí tarde o temprano. Pueden alojarse con tu padre y dejarnos solos.

Maximus la besó en la frente y hundió su rostro en el cuello de su esposa, mientras sus manos se deslizaban de la cintura distendida hacia sus brazos.

- Tienes frío. Entremos.

Poco después, Maximus estaba reclinado en la bañera de mármol mientras su esposa, arrodillada sobre varios almohadones, le masajeaba el cabello con jabón.

Mira esa barba -dijo Olivia- Está más desprolija que cuando te vi por primera vez.

Hummmmm -con los dedos de Olivia masajeándole el cuero cabelludo y descendiendo por su cuello hasta sus hombros, Maximus sólo fue capaz de articular un sonido informe. De repente, las manos se pusieron rígidas y Maximus fue arrancado de su languidez para encontrarse mirando los ojos sorprendidos de Olivia. Luego siguió la mirada de su esposa y vio cómo el charco que se había formado en el suelo entre sus rodillas se expandía rápidamente.

Relájate, Maximus, ella está bien -dijo Titus.

Para ti es fácil decirlo -rezongó Maximus mientras recorría el atrio de su casa una y otra vez. Se estremecía cada vez que escuchaba a Olivia gemir o gritar- No es justo que la mujer tenga que sufrir de ese modo.

No, supongo que no lo es. Pero las cosas son así y ningún hombre puede cambiarlas.

Olivia volvió a gritar.

Tal vez pueda reconfortarla -dijo Maximus y se dirigió a la alcoba.

Titus se interpuso y lo tomó por el brazo.

Estarías en el medio, molestando a la partera. Ya hay suficientes mujeres con ella, mi amigo. Ven, vamos a jugar a las damas.

Maximus lo miró como si se hubiera vuelto loco y retomó su paseo de león enjaulado. Caminó y caminó. Pasaron las horas.

¿Cuánto tiempo se necesita, Titus? -demandó Maximus enojado.

En realidad, Olivia no lleva tanto tiempo y me temo que todavía puede tardar un poco más.

Lleva horas.

Se requieren horas.

Los dos hombres se dieron vuelta cuando el padre de Olivia cruzó la puerta del frente.

¿Todavía nada? -preguntó.

Maximus movió la cabeza miserablemente y se sentó en una silla con la cabeza entre las manos.

Se nota que es el primero, mi muchacho. Con los siguientes es más fácil -bromeó Marcus.

¿Más fácil para quién? –demandó Maximus. Estaba a punto de regañar a su suegro por haber dicho eso cuando un grito capaz de helar la sangre hizo que el corazón se le subiera a la garganta. Escuchó. Todo estaba en silencio. Las manos de Maximus empezaron a temblar y miró hacia la puerta de la alcoba, sintiendo más miedo del que nunca había experimentado en su vida.

En la casa nadie se movió, todos los oídos atentos al siguiente sonido.

Repentinamente, un llanto agudo y débil llegó hasta los hombres reunidos en el atrio. El llanto se hizo más y más fuerte, hasta convertirse en un grito.

Maximus se lanzó a través del atrio y embistió la puerta de la alcoba, ganándose de paso el reproche de la partera.

No estamos listas para recibirlo –dijo.

¿Olivia?

Estoy bien, Maximus –su voz sonó débil- Tenemos un hijo.

Sólo entonces Maximus volvió su cabeza en dirección al bulto llorón y la partera le puso en las manos a la criatura que aullaba sin parar. Contempló la carita arrugada y el casco de grueso cabello negro y alzó al niño en alto, reconociéndolo como suyo. Después, acunó el montoncito en sus brazos y se acercó a su esposa con los ojos brillantes de lágrimas.

Gracias, mi amor. Gracias.

Maximus depositó al bebé en los brazos de Olivia y ésta contempló su rostro por primera vez.

Se parece a ti -dijo.

No, se parece a ti. Mira esos hermosos ojos negros. Iguales a los de su madre.

Dos rostros aparecieron en el vano de la puerta.

¿Bien? -preguntó Titus.

Maximus tomó a la criatura en sus brazos y se acercó orgullosamente a su suegro.

Tienes otro nieto, Marcus.

El padre de Olivia frunció los labios y saludó al bebé con sonidos arrulladores.

¿Sabes quién es tu papá, pequeño? Es un famoso general, muchacho afortunado.

Su nombre es Marcus. Marcus Decimus Meridius -dijo Maximus.

Marcus frunció el entrecejo.

Debe llevar tu nombre, Maximus.

Olivia y yo lo decidimos así. Lleva el nombre de dos hombres que son muy importantes para mí -tranquilizado por la voz grave y resonante de su padre, el niño dejó de llorar y aferró uno de los dedos de Maximus.

La partera intervino, quitándole al bebé de los brazos.

Todavía tenemos trabajo que hacer. Váyase ahora y déjenos.

Cuando vio que Maximus no parecía inclinado a obedecerla, le lanzó una mirada de enojo. Maximus se dirigió hacia Olivia, la besó en los labios y ella le apretó la mano como para tranquilizarlo; a regañadientes, se unió a Titus y Marcus al otro lado de la puerta. De inmediato, ésta se cerró de un golpe y en sus caras, mientras las mujeres volvían a ocuparse del bebé y su madre.

Capítulo 39 – Bebé Marcus

Olivia despertó lentamente para encontrar a su esposo ya vestido con una simple túnica, sentado a su lado en la cama y sonriendo con dulzura mientras la contemplaba a ella y al bebé. Acurrucado en sus brazos, Marcus empezó a moverse. Maximus sonrió al ver a la criatura apretar los puñitos mientras su rostro enrojecía y prepararse para gritar demandando su alimento aún antes de estar completamente despierto.

Olivia puso al niño en su seno y éste lo aceptó rápidamente, succionando con hambre. Maximus le hizo cosquillas en una mano con su meñique y se sintió más que gratificado cuando los deditos de su hijo se cerraron en torno al suyo. Acariciando la diminuta mano con su pulgar, Maximus se inclinó hacia Olivia y le besó el cabello, luego la frente, la nariz y la boca.

Buenos días -dijo. Ella le devolvió la sonrisa con una expresión radiante.

Con la mano que no estaba cautiva en el puño del bebé, Maximus buscó el paquete que había dejado en el piso. Era pequeño, cuadrado y estaba muy bien envuelto.

Para ti -dijo, entregándole la caja a Olivia.

Ella balanceó al bebé en el hueco de su brazo y, lentamente, abrió la caja, buscando de alargar el momento, de hacer que cada día junto a su esposo durara lo que diez. Cuando levantó la tapa, soltó una exclamación. Dentro de ésta encontró un brazalete de oro y un par de aros de argolla.

Oh, Maximus. Son hermosos –se colocó el brazalete en la muñeca y alzó la mano hacia la luz, de modo tal de que sol hiciera brillar el metal precioso- Nunca tuve algo tan hermoso.

Mereces mucho más que eso pero no tuve tiempo de comprarte lo que realmente quería. Lo que quisiera es cubrirte de oro y diamantes y rubíes y esmeraldas y...

Olivia lo interrumpió con una carcajada.

No quiero nada de eso. Sólo a ti y a nuestro hijo. Eso es todo.

El rostro de Maximus se ensombreció.

¿Cuándo tienes que partir? -preguntó Olivia.

Maximus se dio vuelta para mirar las colinas a través de la ventana.

Mañana. Los pretorianos llegaron ayer y exigen que regresemos.

¿No los superas en rango?

Maximus se echó a reír.

- Por mucho. Pero Marcus Aurelius les dijo que me cuidaran y ya me les escapé en la montaña. Me temo que no están de buen humor -se puso serio- En esta época del año, tomará al menos un mes regresar al norte y eso si nos esforzamos al límite y tenemos buen tiempo. No puedo permanecer alejado más tiempo.

Olivia le ofreció su sonrisa más valerosa.

Entiendo. Eres un hombre muy importante y tengo que compartirte con Roma. Lo sabía cuando me casé contigo, Maximus.

No hay nada que quisiera más que estar aquí contigo y con Marcus y verlo crecer. Por favor, créeme.

Te creo. Me duele que tengas que partir pero más que nada me duele por ti -Marcus comenzó a moverse y Olivia lo puso en su otro seno- Tenemos un día más para estar juntos.

Sí, pero tengo cosas que hacer concernientes a la granja. Volveré por la noche temprano –Maximus besó otra vez a su esposa y acarició la cabeza del niño. Luego, se marchó.

Olivia sintió que un frío temor se apoderaba de ella.

Esa noche, ninguno de los dos durmió gran cosa. Se quedaron acostados, abrazados, con el bebé acunado entre ambos y Maximus trató de memorizar cada aspecto de la criatura: su cuerpito, su olor a bebé, sus gorjeos y hasta su llanto. Su piel era tan suave comparada con las manos callosas de Maximus.

La intensidad del amor que sentía por su esposa y su hijo lo dejaron atónito y asustado. ¿Cómo podría vivir sin ellos? Por un instante consideró la posibilidad de llevarlos consigo pero descartó el pensamiento como un acto de egoísmo.

Como si le hubiera leído la mente, Olivia preguntó:

¿Cómo es Germania? -quería escucharlo hablar, hundirse en los tonos profundos y tranquilizadores de su voz. Cuando él no se encontraba en casa, Olivia encontraba fácil recordar sus rasgos pero muy difícil en cambio recrear los sonidos ricos y profundos que parecían retumbar en lo profundo de su pecho.

Es... oscuro. Especialmente en esta época del año. Los días son muy cortos y las noches largas y frías y oscuras. El campamento funciona con eficiencia pero hay aldeas que se forman a la vera de los campos de modo de que los granjeros y los artesanos locales puedan vender sus productos a los soldados. La gente vive en... chozas. No hay otro modo de describirlas. Los niños están sucios. Visten harapos. Tienen tan poco. El olor puede ser terrible. Los animales están medio muertos de hambre. Y eso de nuestro lado. No puedo ni imaginar cómo son las cosas al otro lado del río.

¿Los soldados tienen familias?

Maximus pensó mucho antes de responder.

Muchos, pero sus mujeres son locales... mujeres que siempre han vivido allí y están acostumbradas. Aquellas que provienen del Sur y tratan de seguir a sus maridos no duran mucho y se sienten miserables mientras viven allí -Maximus irguió la cabeza y la apoyó sobre una mano mientras contemplaba el perfil de su esposa en la luz tenue- Es una vida muy, muy difícil para una mujer y muy peligrosa, con los bárbaros al otro lado del río.

Maximus se quedó en silencio durante un rato.

Es terrible lo que los ejércitos vencedores le hacen a las mujeres y los niños. Si perdiéramos una batalla importante... -su voz fue diluyéndose- Olivia, no podría funcionar... no podría hacer mi trabajo si tuviera que preocuparme por la seguridad de mi familia. Es muy importante para mí saber que estás aquí, cerca de las personas que amas, cerca de las personas que pueden cuidarte en mi ausencia.

Olivia se dio vuelta para contemplarlo.

Pero si quisieras que fuera contigo, lo haría. Necesito que lo entiendas.

Lo entiendo, pero te necesito aquí, en España, donde Marcus pueda crecer y hacerse fuerte. Donde pueda jugar con sus primos y aprender a andar a caballo y a trabajar la tierra. Y, con suerte, pronto tendrá también hermanos y hermanas con quienes jugar.

Siempre estaremos aquí esperándote, Maximus. Ven a nosotros cada vez que puedas -Olivia sonrió- Y más vale que vengas si es que vamos a darle hermanos y hermanas a Marcus.

Volveré. Volveré pronto -dijo Maximus, sin saber lo errado que iba a estar.

A la mañana siguiente, de pié en los escalones que conducían a la casa, con el bebé en sus brazos, Olivia vio partir a su amado esposo acompañado por seis guardias pretorianos pesadamente armados. Llevaba el brazalete y los aros que él le había regalado y mantenía la cabeza erguida, los ojos secos, la garganta apretada. Esa mañana, Maximus había llorado mientras sostenía al bebé en sus brazos y Olivia no quería hacerle la despedida más difícil de lo que ya era. Vio a los hombres cabalgar por el sendero y luego tomar el camino y mantuvo la vista fija en ellos mientras se iban haciendo más y más pequeños hasta que finalmente desaparecieron tras la colina. Entonces, giró sobre sus talones y caminó hacia la casa, las lágrimas contenidas rodando finalmente por sus mejillas.

Esta vez, Maximus condujo a los pretorianos a través de los valles, evitando aún las estribaciones más bajas. Por su actitud, era obvio que los guardias todavía estaban enojados con él pero Maximus agradecía su silencio ya que no estaba de humor ni siquiera para charlas eventuales. Sólo les dirigía la palabra para darles órdenes o instrucciones. El clima se mantuvo estable y avanzaron a buen ritmo, con Maximus exigiéndolos hasta el límite de su resistencia. Cada noche, Maximus se desplomaba sobre sus pieles, agotada su energía y emociones... el único modo en que lograba dormir.

Cuando llevaban dos semanas de viaje, se acercaron a una aldea y encontraron un establo donde alojar a los caballos durante la noche. El establo se veía más limpio que la posada local, de modo de que los soldados decidieron dormir en él y se acomodaron con sus pieles en los pesebres. Maximus se preparó para pasar la noche con Hércules a su lado. Por primera vez desde que abandonara España, hurgó en su alforja en busca de la bolsita de cuero y extrajo de ella la figurita que Olivia le había tallado. Al hacerlo, sus dedos tocaron algo más. Maximus extrajo otra figurita -una más pequeña- y la sostuvo a la luz de la luna que se filtraba por una ventana, abierta en lo alto de la pared de piedra. Era un niño. Un niño pequeño.

Maximus soltó una exclamación ahogada y rodó sobre su costado para hundir el rostro en la gruesa piel de Hércules y así ahogar los sollozos que se apoderaron de él.

Capítulo 40 – Fortificación

Maximus regresó a la legión Felix III para encontrar que Marcus Aurelius había partido. Cicero le explicó que las tribus bárbaras habían invadido el Norte de Italia y que la frontera Este se había vuelto inestable otra vez, de modo de que el Cesar se había visto obligado a partir.

Me dijo que le hiciera saber que siente que las legiones del Norte están en manos muy capaces y que es por eso que podía partir -agregó Cicero- Aquí hay una carta del Cesar para usted, señor.

La carta ampliaba lo que Cicero le había dicho y enfatizaba la fe del emperador en su comandante. Maximus le escribió de inmediato, diciéndole que había llamado a su hijo Marcus en su honor. También envió mensajes a las demás legiones avisando que había regresado y que pronto pasaría revista. Los correos partieron esa misma tarde. Ahora, Maximus estaba realmente a cargo. Las decisiones de vida o muerte estaban en sus manos y sólo en ellas.

El territorio bajo su mando incluía los ríos Danubio y Rhin, una frontera combinada de unas dos mil quinientas millas de largo. Un rústico sistema de caminos había sido construido años atrás para unir las diferentes áreas pero Maximus empleó soldados para mejorar dichas vías de modo tal de que el movimiento de las tropas -y sus propios viajes- fueran más fáciles. En algunos lugares, habían sido construidos toscos cercos de madera y torres de vigilancia así como algunos fuertes. A los germanos les encantaba cruzar los ríos por la noche y quemarlos hasta los cimientos así que Maximus hizo que fueran derribados y que en su lugar se construyeran estructuras de piedra, jalonadas a intervalos regulares a lo largo de la ruta.

Parecía como si Maximus estuviera siempre en camino hacia algún lugar y empezó a viajar con sus dos caballos de modo de darles la oportunidad de descansar regularmente. Sus viajes lo llevaron tan lejos como hasta la Galia y aún a través del mar hasta Britannia, donde inspeccionó las legiones acantonadas en Londinium para luego seguir viaje hacia la última frontera norte del imperio en Trimontium, donde llovió sin parar durante dos semanas. Maximus encontró Britannia húmeda y neblinosa y a menudo se sintió helado hasta los huesos. Extrañaba el sol de su tierra natal y estaba más que agradecido de saber que su esposa e hijo estaban allí, abrigados y a salvo.

Al igual que en Germania, quedó anonadado por las condiciones de vida de los naturales del país. Sus existencias parecían tener poco lugar para la alegría ya que pasaban cada hora de luz tratando de aumentar sus míseros recursos de cualquier modo posible. Todo el tiempo lo acosaban las prostitutas, atraídas por los claros signos de riqueza y poder que se desprendían de sus caballos y vestimenta. Mendigos y niños vestidos con harapos lo seguían por doquier, implorando comida o monedas. Maximus le hizo saber claramente a cada soldado que esas personas eran parte del imperio y debían ser tratadas justamente, tomando las medidas necesarias para que tuvieran alimento y refugio.

Dejó Britannia en Clausentum y desembarcó en Galia en Coriallum para luego cabalgar nuevamente hasta el Rhin. En su camino hacia Vindobona, se detuvo una vez más en cada fuerte y cada campamento, donde supervisó entrenamientos y maniobras e inspeccionó todas las construcciones de caminos y torres. El periplo le demandó casi un año pero sólo después de completarlo se convenció de que las fronteras del Norte eran tan seguras como podía esperarse. El invierno se estaba aproximando y con él el tiempo de planear las incursiones de primavera en territorio enemigo para sofocar posibles levantamientos contra el imperio y mantener en paz a las tribus asentadas más allá del Rhin y el Danubio por el mayor tiempo posible.

En enero, Maximus requirió a los generales de todas las legiones del Norte que se encontraran con él en un punto intermedio entre ambos ríos, lo suficientemente alejado de la frontera como para que los altos jefes estuvieran a salvo.

Durante dos semanas, los hombres planearon estrategias, discutieron asuntos políticos y llegaron a conocerse mejor mientras socializaban a la hora de la cena y se entretenían jugando ajedrez. A pesar de que muchos de los asistentes eran mayores que él, todos sabían que Maximus había sido elegido personalmente por el emperador y lo respetaban por eso. Para el momento en que la reunión concluyó, lo respetaban además por ser quien era y sabían exactamente porqué Marcus Aurelius lo había elegido. Maximus era inteligente, astuto y entendía perfectamente en qué consistía la estrategia de una batalla. Además, era amable y considerado y escuchaba atentamente las ideas de los demás. Pero nunca había duda de quién estaba al mando y esto nada tenía que ver con el favor del emperador. Maximus era un hombre que atraía la atención sin reclamarla: tenía una increíble presencia y una autoridad calma pero inamovible. Cuando hablaba, la gente lo escuchaba. Era muy fácil gustar de él pero los generales sabían que, si se lo contradecía, podía ser letal: su fama como luchador era legendaria. Pero, por encina de todo, Maximus era simplemente muy, muy bueno en lo suyo. No era un lacayo de clase alta enviado desde Roma. Era un hombre que había crecido en el ejército y que conocía íntimamente su funcionamiento. Entendía la vida y la mentalidad del soldado. Era uno de ellos.

Sólo había un tema fundamental en el que Maximus estaba en desacuerdo con los otros generales y éste era la esclavitud. Muchos de ellos favorecían la realización de incursiones en el territorio de Germania simplemente para capturar cuantos guerreros fuera posible y enviarlos a Roma como esclavos. Después de todo, argumentaban, Roma necesitaba un suministro continuo de esclavos para funcionar adecuadamente, ¿y qué mejores esclavos que guerreros sanos y fuertes?

La sola idea de transformar a soldados derrotados en esclavos molestaba profundamente a Maximus. ¿En qué se diferenciaban esos hombres de los soldados de Roma? Simplemente, peleaban para preservar su forma de vida y proteger a sus familias. Si perdían la batalla, ¿merecían convertirse en esclavos? Si así era, ¿no significaba esto que cualquier legionario merecía convertirse en esclavo de los bárbaros si tuviera la mala suerte de ser capturado en batalla? Los generales se mofaron de la idea. ¿Un soldado de Roma esclavo de un bárbaro? Impensable. Aunque Maximus no podía disentir con la confianza que estos tenían en sus soldados, se mantuvo firme en cuanto a que no se realizarían incursiones con el sólo fin de capturar esclavos. Sin embargo, tuvo que admitir que los guerreros capturados en batalla fueran enviados a Roma como tales aún cuando el tema lo hacía sentirse incómodo. Ese era el modo en que funcionaba el imperio.

Maximus trató de imaginar cómo sería perder completamente la libertad en un instante. No tener más voluntad propia, no más autoridad sobre las propias acciones, el propio cuerpo. Perder la familia, la herencia, la identidad. Pertenecer a alguien que pudiera usarlo del modo que quisiera, venderlo o aún matarlo si le daba la gana. Estaba más allá de su capacidad de comprensión. Pero podía ocurrirle a cualquier persona si la suerte se volvía en su contra. Inclusive a él mismo.

Roman Wall
Banner