Otra batalla ganada... la más reciente de una al parecer interminable serie de escaramuzas. Maximus desenrolló cuidadosamente las tiras de cuero diseñadas para proteger sus manos y muñecas, permitiendo que la sangre cayera sobre sus nudillos y que las rojas gotas rodaran hasta la punta de su dedo índice.
Aquí, señor -dijo Cicero mientras se preparaba para limpiar el profundo tajo en el brazo del general- Permítame atenderlo.
Maximus estaba demasiado cansado para responder.
Un médico debería ver esta herida. Permítame ir a buscar uno.
Los médicos están ocupados con soldados que sufrieron heridas mucho peores, Cicero. No los interrumpas.
Cicero asintió pero, por el modo en que apretó sus labios, Maximus supo que no estaba nada feliz. Se sentó en su silla y apoyó el brazo herido sobre la mesa, descansándolo sobre la gruesa tela doblada puesta allí para absorber la sangre. Cicero trajo una lámpara y frunció el ceño mientras examinaba la herida que iba desde el codo hasta por encima de la muñeca.
¿Cómo ocurrió? -dijo.
Me descuidé.
Los ojos de Cicero se encontraron brevemente con los de Maximus antes de que éste retomara su trabajo.
Lo dudo.
Maximus suspiró.
Dos atacantes vinieron sobre mí al mismo tiempo. Uno volteó mi espada hacia el costado y el otro me embistió. Logré contener lo peor de la estocada pero me alcanzó en el brazo -Maximus se quedó callado por un momento y luego añadió en voz baja- Al menos, todavía tengo brazo.
¿Las heridas de los soldados fueron graves?
Terribles. Los bárbaros estaban bien armados y bien preparados.
Pero ganamos.
Sí... pero a qué precio.
¿Mataron a todos los bárbaros? -preguntó Cicero y, cuando notó que Maximus hacía una mueca de dolor, agregó- Lo siento, señor.
El río está teñido de rojo con su sangre. Los pocos sobrevivientes fueron capturados y están bajo custodia fuera del campamento.
¿Qué pasará con ellos?
Esclavos. Los enviarán a Roma como esclavos. ¡Pobres bastardos! Hubiera sido mejor que murieran.
Maximus movió el brazo para probar el vendaje y agradeció a Cicero sus cuidados con un movimiento de su cabeza mientras se levantaba de la silla.
Estuve ausente por un tiempo. ¿Qué pasó en estos días que yo deba saber?
¿Por qué mejor no descansa, señor?
Cicero, ¿qué asuntos requieren mi atención?
A regañadientes, Cicero le entregó un paquete.
Esto llegó para usted hace unos días. El correo dijo que era importante.
Maximus arqueó una ceja y miró a su sirviente. Cicero se encogió de hombros.
Usted estaba ocupado, señor.
Cuando Maximus le dio la espalda para abrir el paquete, Cicero supo que debía retirarse de modo que reunió sus medicinas y se dirigió con ellas al armario que estaba ubicado en el otro extremo de la tienda. Cuando terminó de guardarlas y se volvió, encontró a Maximus con el rostro ceniciento, apretando fuertemente la carta en su mano y mirando al vacío, con los ojos desenfocados.
General, ¿está usted bien?
Maximus no respondió.
¿Señor? Señor, ¿está usted bien? -Cicero se acercó a Maximus sin saber qué hacer- ¿Vos a buscar al médico?
Maximus volvió sus ojos vidriosos hacia su sirviente y susurró:
Busca a Quintus y tráelo aquí.
Sin decir una palabra, Cicero giró sobre sus talones y abandonó la tienda. El movimiento arrancó a Maximus de su letargia y releyó rápidamente la carta. Apenas escuchó el ruido de pasos que se acercaban a la carrera un instante apenas antes de que Quintus entrara abruptamente con Cicero pisándole los talones.
Maximus miró primero a uno y luego al otro y se dirigió a su sirviente.
Cicero, empaca mi coraza y mis armas y suficientes provisiones para al menos dos semanas. Luego prepara a Scarto y Argento para un viaje.
Maximus, ¿a dónde vas? -preguntó Quintus entre preocupado e intrigado- ¿Qué ocurre?
Maximus respiró hondo.
¿Recuerdas al general Avidius Cassius... comandante de las legiones del Este?
Quintus asintió.
Se ha proclamado a sí mismo emperador.
¿Qué? -preguntó Quintus, visiblemente conmocionado- Marcus Aurelius...
Aparentemente, está vivo. Está en algún lugar del Sur... puede que en Egipto... pero parece que Cassius escuchó el rumor de que ha muerto y se ha declarado a sí mismo emperador a pesar de estar lejos de Roma, donde se ha desatado una crisis. Cassius es un hombre poderoso, Quintus, y puede tratar de tomar el control del imperio aún cuando sepa la verdad sobre Marcus Aurelius. Puede que haya sido él mismo quien echó a correr el rumor para tener la excusa necesaria. Marcus necesita apoyo y debo ir en su ayuda.
¿Quién te envió la carta?
Maximus vaciló ligeramente.
Su hija.
¿Sabe dónde se encuentra?
No exactamente, pero sabe que está vivo. No sé bien cómo. La carta no contiene muchos detalles, Quintus. Lucilla me pide que estabilice el ejército y le dé a Marcus el apoyo moral y militar que necesita para mantener el control del imperio.
Iré contigo, Maximus. No puedes hacer esto solo.
No, Quintus. Eres mi segundo en el mando y te necesito aquí para que te ocupes de todo mientras estoy ausente. Te daré completa autoridad para manejar cualquier situación que se presente y enviaré cartas a todos los generales bajo mi mando diciéndoles que lo he hecho. Trata de dilatar cualquier conflicto hasta mi regreso y asegúrate de que las tribus no se enteren de que he partido, pero no vaciles es actuar si la situación lo requiere. Te traspaso mi completa autoridad sobre las legiones del Norte, ¿entiendes? Ahora quiero que alistes a la caballería completamente armada. No les digas a dónde vamos ni porqué. Se los diré en el camino.
Si Marcus Aurelius necesita ayuda, seguramente hay alguien que se encuentra físicamente mucho más cerca, ¿verdad? Te podría tomar semanas llegar hasta...
El confía en mí, Quintus. En un momento en el que no está seguro sobre en quién puede confiar, sabe que puede contar conmigo.
Quintus asintió con la cabeza y apoyó una mano en el hombro de su amigo.
Siento que esto tuviera que ocurrir justo ahora, Maximus. Sé que estabas planeando una visita a tu familia.
Maximus miró el piso y asintió.
¿Qué edad tiene el pequeño Marcus?
Dos años -una ligera sonrisa cruzó el rostro de Maximus- Olivia me dice que camina y habla mucho -la sonrisa se esfumó- No lo he visto desde que era recién nacido- Maximus se pasó los dedos por su cabello corto- Marcus Aurelius y el imperio están por encima de todo.
Quintus no estaba seguro de que esas palabras no contuvieran un dejo de amargura.
Al amanecer, Maximus cabalgó al frente del cuerpo completo de caballería de la legión Felix III y marchó rápidamente en dirección al sudeste. De acuerdo con Lucilla, Cassius estaba reuniendo sus fuerzas en Moesia, cerca del Mar Negro, y Maximus lo enfrentaría allí, con la esperanza de ganarle a Marcus el tiempo necesario para volver a Roma y organizar a sus pretorianos.
El clima le fue favorable y los caminos que llevaban al sudeste resultaron amplios y estables de modo que, menos de dos semanas más tarde, Maximus y su caballería llegaron ante el campamento del general Avidius Cassius, enarbolando la bandera de la legión Felix III y portando el águila dorada de Roma. A pesar del calor, Maximus vestía su uniforme de general, con las pieles sobre los hombros y la coraza metálica moldeada y con la cabeza de lobo grabada en el centro. Se acercó a los guardias que cuidaban la puerta y se dirigió a ellos usando su más profunda y autoritaria voz de mando.
Dígale al general Cassius que el general Maximus, comandante de las legiones del Norte, está aquí para verlo.
Uno de los guardias corrió hacia el interior del campo mientras los otros contemplaban atónitos a Maximus y su caballería pesadamente armada y alineada detrás de él. Algunos soldados curiosos espiaban desde el interior del campamento y Maximus escuchó que mencionaban su nombre una y otra vez. A modo de respuesta, Scarto resopló y pateó el suelo.
El guardia regresó y se dirigió a Maximus.
Puede entrar, general, pero sus hombres deben quedarse afuera.
Mis hombres van donde yo voy.
El emperador no lo permitirá, señor.
¿El emperador? –dijo Maximus en su tono más sarcástico- Entonces, dígale al general Cassius que salga a reunirse conmigo.
No lo hará, general.
Bien... parece que entonces tenemos un problema... ¿verdad? -respondió Maximus apoyando el codo sobre su rodilla e inclinándose hacia el guardia mientras mantenía la vista fija en él. El tono de su voz descendió hasta convertirse en un gruñido- Pregúntele a su general si quiere iniciar una guerra civil. Lo supero en cantidad de tropas y puedo movilizar mis legiones hasta aquí en cuestión de días.
El guardia tragó saliva y desapareció nuevamente sin articular palabra. Maximus se irguió en la silla y miró hacia delante, sosteniendo las riendas en la mano derecha, el brazo herido relajado sobre su rodilla. Le habló a suavemente a Scarto y el semental se mantuvo quieto como una estatua. Varias cabezas se asomaron por encima del muro del campamento pero Maximus ignoró las miradas de los soldados.
El guardia reapareció.
Usted y sus hombres pueden entrar, general.
Maximus asintió con la cabeza y cruzó la puerta seguido por la caballería. Una rápida mirada le bastó para saber que el campamento estaba pesadamente fortificado. Cassius estaba preparado para enfrentar -y tal vez esperando- problemas. Y su problema acababa de llegar, montado en un lustroso semental negro.
Cassius trató de adoptar un aire casual.
Entre, general -dijo, extendiendo su mano para indicar la entrada a su alojamiento.
Aunque cauteloso, Maximus no sintió que se encontrara en peligro inmediato y entró a la tienda caminando delante de Cassius, luego de dirigirle a éste una rápida mirada apreciativa. Los dos tenían aproximadamente la misma estatura pero Cassius era muy flaco, algo sorprendente en un soldado. Maximus calculó que tenía alrededor de cuarenta y cinco años ya que su fino cabello castaño estaba veteado de gris y su rostro tenía las marcas propias de quien ha pasado mucho tiempo bajo el sol. Estaba completamente afeitado y sus ojos grises miraban cautelosamente desde debajo de unas frondosas cejas que parecían fuera de lugar en su rostro enjuto. No había tenido tiempo de prepararse para la visita de Maximus, de modo de que se había colocado apresuradamente una coraza de cuerdo decorada sobre una túnica de seda, una combinación extraña sólo por decir algo. Sus delgadas piernas estaban desnudas y sus pies calzaban sandalias.
Cassius se echó a reír.
Se puede decir que venimos de diferentes lugares del mundo, general. El verano aquí es endemoniadamente caluroso y húmedo. Tenemos mucho sol pero lo pagamos con el calor. Debe estar mucho más fresco donde...
Maximus lo interrumpió.
No vine aquí para discutir el clima... general.
No, no. Estoy seguro de que no. Escuché hablar mucho sobre ti, Maximus... Espero que no te moleste que te llame así.
Preferiría que no lo hiciera.
Oh... bueno... general... ¿gusta sentarse? -ahora, Cassius parecía de algún modo perturbado, lo que sorprendió a Maximus. ¿Era el impacto de su repentina visita lo que lo había descolocado? ¿O la fría actitud de Maximus?
Antes de sentarme, general Cassius, déjeme poner algo en claro. Sirvo a Marcus Aurelius, emperador de Roma.
Marcus Aurelius está muerto, general.
Eso no es cierto.
¿Oh? ¿Y lo ha visto recientemente? -Cassius había recuperado la confianza en sí mismo.
No, no con mis propios ojos, pero se me ha asegurado que está vivo y bien.
Yo escuché exactamente lo contrario, general, y en situaciones como ésta, alguien tiene que tomar el control para evitar el caos. Como soy el comandante con más antigüedad de todo el ejército pensé que sería apropiado...
Pensó mal. Es completamente inapropiado.
La confianza en sí mismo de Cassius se transformó en enojo.
Pensé que un hombre de armas como usted entendería la necesidad de ese movimiento. El liderazgo de Roma no puede recaer en Commodus, el hijo menor de edad de Marcus.
Estoy de acuerdo, general -dijo Maximus- Pero hay modos apropiados e inapropiados de encarar un traspaso de poder y lo primero que se debe hacer es obtener pruebas irrefutables de que el líder anterior ha muerto... no atenerse a un rumor.
Y, para entonces, algún tonto de Roma se había apoderado...
Si eso ocurre, ese será el momento en el que el que el ejército deba actuar. No antes.
Cassius miró a Maximus de arriba abajo con deliberada lentitud, una mueca despectiva en su rostro.
Eres muy joven, ¿verdad? -caminó en círculo en torno a Maximus y manoseó las lujosas pieles- ¿Se supone que esto me impresione?
Maximus no respondió.
Cassius volvió a enfrentarlo.
¿Un regalo de Marcus Aurelius?
Los dos hombres se miraron a los ojos.
Eres el elegido, ¿verdad, Maximus? Un español elevado mucho más allá de su posición en la vida.
Maximus sonrió ligeramente.
¿Me tiene miedo, general?
En lo más mínimo.
Maximus se acercó de modo tal de que sus narices casi se tocaran y gruñó:
Pues debería temerme.
¿Es esa una amenaza?
Tómelo como quiera.
Eres un tonto, general, si crees que puedes cabalgar hasta mi campamento y amenazarme. ¿Quién crees que te protegerá? ¿Tu caballería? Los superamos por mucho. Diría que tu posición es precaria, muy precaria.
Si me toca, general, las legiones del Norte descenderán hasta aquí y matarán a sus seguidores como a corderos. Piense bien antes de hacer algo de lo que puede arrepentirse.
¿Y cómo sabrán que has muerto? ¿Quién irá a decírselo, ya que todos tus hombres también morirán?
Una sonrisa lenta se apoderó del rostro de Maximus.
Lo sabrán, general. Lo sabrán.
Maximus echó la cabeza hacia atrás y miró a Cassius, las manos apoyadas en las caderas, sus fuertes piernas separadas.
- Si está considerando llevar sus legiones a Roma para apoderarse de la ciudad, mejor piénselo otra vez. Mis legiones lo detendrán y mis hombres son mucho más numerosos que los suyos.
Abruptamente, Cassius se echó a reír.
Tienes gran confianza en la lealtad de tus hombres, general. Mi experiencia me dice que los soldados traspasan su lealtad hacia donde esté el poder con la velocidad de un rayo. Simplemente quieren que se les pague y no les importa qué emperador lo hace.
Creo que subestima gravemente la integridad de los hombres del ejército de Roma, general.
El rostro de Cassius se tornó rojo de furia.
¿Cómo te atreves a darme lecciones sobre el ejército, español? Yo nací y me crié en Roma... soy un verdadero ciudadano romano. He servido a Roma desde antes que nacieras -luchó para controlar su temperamento- Oh, escuché hablar sobre tus métodos para comprar la lealtad, español. Todas esas... mejoras... que introdujiste en los campamentos. Bien, español, déjame decirte que tus hombres cambiarían de bando en un segundo si alguien les ofreciera algo mejor. Hay un solo modo de conservar la lealtad en un ejército.
¿Le molestaría ilustrarme al respecto, general?
¡Miedo! ¡Miedo! –chilló Cassius, su rostro contorsionado- ¡Castigo!
¿Y quién administra el castigo, Cassius? -Maximus escupió el nombre como si hubiera sido una obscenidad.
¡Mis seguidores, por supuesto! -Cassius se vio momentáneamente confundido.
¿Y cómo mantiene el apoyo de sus seguidores, Cassius?
Cassius se quedó callado.
Los compra, por supuesto, con dinero o poder -la sonrisa de Maximus no alcanzó sus ojos- Un método defectuoso, Cassius, se lo aseguro. Porque... por usar sus palabras... todo lo que se requiere es una mejor oferta y el apoyo desaparece. Mis hombres me apoyan porque soy justo y porque me preocupo por ellos. Lidero mediante el ejemplo y soy leal a Roma y a Marcus Aurelius, no un general sediento de poder. Mis hombres sienten lo mismo. Les podría ofrecer todas las riquezas y el poder de Roma y no lograría inclinarlos a su favor.
Qué noble de su parte. Pero qué noble -Cassius se sentó en una silla elaboradamente tallada y puso los pies sobre la mesa, en un intento por parecer despreocupado- ¿Y qué hay de ti, español? Tienes ambiciones, de otro modo, un hombre de tan bajo origen como el tuyo nunca habría llegado a donde te encuentras hoy. ¿Puedes mirarme a los ojos y decirme que no has pensado en un futuro político si surge la oportunidad? -Cassius hizo una mueca- Sólo estás fastidiado porque te gané de mano.
Mi única ambición, Cassius, es regresar a España, a mi esposa, mi hijo y mi granja. Hasta ese momento, usaré mis talentos para servir a Roma del mejor modo que sea capaz.
Cassius se sirvió una copa de vino pero no le ofreció otra a Maximus, quien permanecía de pie.
Qué humilde, español -Cassius bebió el vino de golpe y volvió a llenar su copa- ¿Es por eso que tus hombres te aman tanto? ¿Por qué eres humilde?
¿Amor? Respeto es una palabra más adecuada, Cassius, y es un respeto mutuo. Reconozco que ellos tienen los mismos deseos y miedos que yo tengo. Soy uno de ellos. Marcus Aurelius sabe quien soy... lo que soy. Fue lo suficientemente astuto como para ver en mí condiciones que yo desconocía.
Oh... ¿y qué vio en ti el difunto emperador, español?
Lo que más admira en los hombres. Honestidad, perseverancia, moderación, sentido de la justicia, lealtad. No vio ambición en mi, Cassius, porque no la hay -Maximus apoyó la cadera contra la mesa, cerca de los pies de Cassius y cruzó los brazos sobre su pecho- Pero todo lo que yo veo en usted es ambición. Nada más. Marcus Aurelius jamás lo elegiría como su sucesor.
Maximus descruzó los brazos y se inclinó hacia delante, mirando a Cassius a los ojos.
No tengo ni siquiera interés en ser un líder político, general, pero pienso asegurarme de que un hombre como usted, que no tiene ninguna de las características que admira el emperador, tome el poder. Antes prefiero ver coronado a Commodus.
El rostro de Cassius estaba lívido de furia, sus labios apretados en una fina línea horizontal.
Podría hacer que te mataran ahora mismo.
Podría pero no lo hará. Es demasiado astuto para hacerlo -Maximus se irguió y se echó a reír- Dígame, Cassius, ¿qué lealtad cree que es la más duradera? ¿Aquella que se gana sobre la base de mutuo respeto y admiración o la que se compra con la promesa de dinero? -su voz adquirió un tono mortalmente serio- Se lo advierto, general. No me subestime.
Maximus se enderezó y bostezó.
Ahora, general, estoy muy cansado y quiero que me muestren mi alojamiento. También quiero que atiendan a mis hombres y mis caballos y... -Maximus hizo un gesto con su cabeza en dirección a una cortina- ... puede decirle a sus guardias que se muestren. Está a salvo... por ahora.
Pssst... ¿General?
Maximus giró sobre sí mismo en su catre preguntándose qué ruido lo había despertado. Se sentó y contempló fijamente la oscuridad tratando de escuchar. Las ahogadas, urgentes palabras le llegaron otra vez.
General Maximus. Despierte, señor.
Maximus miró en dirección a la pared trasera de su tienda y luego hacia la entrada, a través de la que pudo ver la silueta de cuatro guardias armados, iluminados por la luz de la luna. Se deslizó de su catre y se arrastró por el piso hasta alcanzar su destino; luego, se sentó con las piernas cruzadas y esperó oír la voz nuevamente.
Psssst. General, por fa...
Estoy aquí -susurró Maximus- ¿Quién eres?
Oh -la voz ahogada sonó teñida de alivio- Soy Claudius Silvanus, señor. Serví en la legión Felix VI por ocho años y sé quién es usted.
¿Y?
Señor, ¿es cierto que Marcus Aurelius ha muerto?
No... está vivo -respondió Maximus cautelosamente. ¿El hombre habría sido enviado para tenderle una trampa?
¿Está usted aquí para detener a Cassius, señor?
Maximus permaneció mudo.
¿Señor?
¿Cómo sé que puedo confiar en ti? ¿Cómo sé que eres quien dices ser?
Esperaba que fuera escéptico, señor, así que traje pruebas. Fui condecorado con la medalla al valor en una batalla contra los germanos en Castra Regina. La pasaré por debajo de la tienda.
Maximus sintió un tironeo en la lona y manoteó en la oscuridad hasta encontrar una pieza de metal dura y fría. No necesitaba verla. Sus dedos trazaron los contornos familiares y supo que era auténtica.
Felicitaciones, Claudius -susurró- ¿Qué hiciste para ganarla?
Salvé la vida del general Avitus al recibir una estocada que iba dirigida a él. Después de restablecerme, el frío me empezó a afectar mucho... me dolían mucho los huesos... entonces me enviaron aquí. No es lo mismo, señor. Odio este lugar. El general Cassius no trata a sus hombres como lo usted lo hace. Para él sólo somos piezas del equipo. No se preocupa por nosotros como usted, señor.
Maximus volvió a mirar hacia la puerta. Los guardias no se habían movido.
¿Eres de estatura y físico mediano, cabello rubio y tienes una cicatriz en la mejilla derecha? ¿Cierto?
Claudius soltó una exclamación.
¿Me recuerda, general? Sólo nos encontramos una vez y brevemente.
Shhhhhh, Claudius, baja la voz. Tengo buena memoria para los detalles. A veces es una ventaja, a veces no. ¿Por qué estás arriesgando tu vida hablando conmigo, soldado?
Estoy aquí para ofrecerle mis servicios, señor. Cuando lo vi entrar cabalgando en el campamento, no podía creerlo y supe que los dioses lo habían enviado para salvarnos. Haré lo que sea para ayudarlo.
¿Salvarlos? ¿Salvarlos de qué?
De Cassius. Aquí la vida nunca fue buena. Nada que ver con lo que era con usted. Pero, desde que se declaró emperador, las cosas van de mal en peor.
¿Qué quieres decir?
Ya no le importan más ni la legión ni el ejército. Todo lo que hace es reunir adeptos y matar a aquellos que se le oponen. Si está aquí para tratar de detenerlo, su vida corre grave peligro. Docenas de soldados han desaparecido y hace tres semanas crucificó a dos de nuestros mejores centuriones porque se atrevieron a oponérsele. Dejó sus cuerpos clavados en las cruces hasta que se pudrieron en el sol a modo de advertencia para el resto de nosotros. La mayoría apoya a Marcus Aurelius si es que está vivo pero, antes de que usted llegara, estábamos demasiado asustados para hacer nada.
¿Cuántos más piensan como tu, Claudius?
Muchos, señor. Saben de usted porque yo les conté cuánto mejor era mi vida en el Norte. Lo apoyaremos, general Maximus, en lo que sea que decida hacer.
¿Hay algún alto oficial que piense tu? ¿Alguien de su círculo íntimo? ¿Alguien en quien confíe? Como puedes ver, me vigilan de cerca.
Conozco a uno que... tal vez...
Necesito comunicarme con él sin levantar sospechas. ¿Crees que puedes ayudarme?
Puedo intentarlo, general.
Claudius, escúchame. Si te descubren, tu, yo y mis soldados somos hombres muertos. ¿Entiendes?
Sí, señor. Perfectamente.
Ahora escúchame con cuidado. Esta noche, me uniré a Cassius, los tribunos y los centuriones para la cena. El hombre probablemente se encuentre allí y, si está deseoso de ayudarme a frustrar los planes de Cassius, deberá hacerme una seña.
¿Qué tipo de seña?
Maximus pensó por un momento.
Dile que cruce el dedo medio de la mano derecha sobre el índice pero que no lo haga de un modo demasiado obvio. Yo lo veré. Claudius, no te acerques a nadie de quien no estés totalmente seguro. Esto no debe llegar a oídos de Cassius.
Entiendo, señor.
Repórtate conmigo otra vez después de que haya oscurecido. Y Claudius...
¿Señor?
Gracias.
Es un honor, señor. Créame. Lamento haber interrumpido su descanso.
Maximus sonrió en la oscuridad y se arrastró hasta su catre, echándose en éste justo antes de que un guardia se asomara para investigar el crujido que produjo el movimiento. Satisfecho de que todo estuviera en orden, el guardia regresó a su puesto en la entrada de la tienda. Maximus respiró hondo y cruzó los brazos debajo de su cabeza, planeando su próximo movimiento.
El olor a comida y los sonidos de música y diversión llegaron hasta Maximus y sus guardias aún antes de que ingresaran al praetorium. Este había aceptado la invitación a cenar con la expectativa de establecer un primer contacto con el hombre dentro del círculo íntimo de Cassius que podía ayudarlo en su objetivo de frustrar la traicionera ambición del general.
Cuando Maximus apartó la cortina en la entrada de la tienda de Cassius, lo que vio lo hizo detenerse bruscamente haciendo a su vez que los cuatro hombres distraídos que iban detrás de él chocaran entre sí, murmurando maldiciones a causa de pantorrillas golpeadas y pies aplastados. Exasperado, Maximus se dio vuelta para enfrentarlos.
No logro entender a quién es que están protegiendo pero les aseguro que esta noche estoy a salvo de Cassius y él está a salvo de mí. ¡Quédense afuera!
Maximus ingresó a la tienda y dejó que la pesada cortina cayera tras él. De inmediato fue asaltado por una cacofonía de sonidos y una combinación de aromas como nunca antes había experimentado en un campamento militar. Todos sus sentidos se pusieron en alerta. Primero registró los olores. El aire húmedo y pesado estaba saturado de olor a especias, comida y vino así como de aromas a jazmín y agua de rosas. A través del humo vio mesas cubiertas de platos y bebidas. Detrás de ellas, separada del resto de la estancia por una cortina opaca, un grupo de músicos tocaba sus instrumentos, creando una dulce melodía que actuaba como fondo de animadas conversaciones salpicadas por risas, eructos y chillidos. A través de la cortina trasparente que se encontraba a su derecha, Maximus pudo atisbar formas humanas indistintas y éstas, obviamente, no eran todas masculinas. Dio un paso adelante y apartó la diáfana cortina, que flotó por un momento antes de caer nuevamente, esta vez a sus espaldas. Se detuvo otra vez para permitir que su mente asimilara lo que vieron sus ojos. "De modo que es esto", pensó. "Así es como Cassius compra la lealtad".
Donde quiera que mirara vio a hombres y mujeres en diferentes estados de desnudez entregados a actividades sexuales de todo tipo, completamente despreocupados por la privacidad. Los cuerpos se retorcían sobre las suaves alfombras y los blandos almohadones así como sobre divanes sin respaldo, diseñados para una fácil intimidad. Vio cómo una mujer se arrodillaba y procedía a satisfacer a un tribuno mientras éste seguía conversando con otro hombre el cual, recostado en un diván, comía los bocados que una mujer completamente desnuda le ponía en la boca. Entre mordisco y mordisco, la pareja compartía besos húmedos y grasosos. Unos pocos hombres ignoraban las actividades carnales, prefiriendo disfrutar la comida o, simplemente, conversar con otros oficiales. Los sirvientes, portando bandejas de comida y copas, se movían libremente entre los invitados, ajenos al parecer a los actos sexuales que tenían lugar a su alrededor.
Maximus calculó que había en la tienda alrededor de quince hombres y al menos veinte mujeres. Y qué mujeres. Cada una de ellas era espléndida y era obvio que no se trataba de prostitutas de las aldeas vecinas. Todas eran altas y delgadas pero de busto generoso, con cabello largo y sedoso que les caía suelto por la espalda y les llegaba hasta las caderas. A pesar de tamaña fuente de distracción, Maximus estaba decidido a completar su misión de esa noche: encontrar a un oficial con los dedos cruzados. Se dirigió hacia la seguridad de las mesas, donde podría merodear sin despertar sospechas mientras estudiaba la estancia. Tres largas mesas crujían bajo el peso de fuentes conteniendo carnes, vegetales, fruta, quesos, panes, pescados... un festín como no había visto desde el día de su boda. Docenas de jarras de vino habían sido abiertas y consumidas y otras docenas esperaban su turno. Al aproximarse a la mesa, un sirviente le ofreció un plato y Maximus le agradeció con una sonrisa. Después, se dedicó ostensiblemente a inspeccionar la comida, eligiendo las porciones que le resultaron más tentadoras y saludando a cada hombre con un gesto, para luego bajar subrepticiamente la mirada hacia sus manos. Rodeó cada mesa al menos dos veces y, cuando la comida comenzó a caerse de su plato sobrecargado, se dio cuenta de que había exagerado.
¿Hambriento, general?
Era la voz de Cassius.
Maximus levantó la vista tan bruscamente que el plato que llevaba en su mano se inclinó y carnes y vegetales cayeron al suelo, formando una pila húmeda junto a la punta de una de sus botas. La hermosa rubia que iba del brazo de Cassius se adelantó rápidamente y sostuvo el borde del plato hasta que Maximus recuperó el equilibrio. Le dio las gracias con un movimiento de su cabeza y ella desplegó sus perfectos y blancos dientes en una sonrisa deslumbrante antes de volver a su posición original.
General -la voz de Maximus sonó sarcástica- Debió avisarme que tenía que venir en pareja.
Cassius se echó a reír.
Oh, no hace falta. Yo me ocupo de mis amigos. Me ocupo de todas sus necesidades -dijo Cassius mientras servía vino en un copón ornamentado y lo ponía en la mano libre de Maximus.
Eso veo -Maximus miró nuevamente hacia donde estaban las parejas pero fue distraído por dos mujeres que se le acercaron haciendo ondular las caderas, sus largas piernas visibles a través de los pliegues de sus delgadas túnicas, sus grandes senos apretados contra el tejido de modo tal de mostrar profundas hendiduras y pezones pintados de rojo. Una de ellas lo aferró por ambos brazos, haciendo que el vino se volcara sobre su mano y una pata de pavo cayera al piso.
¡Oí... general! -chilló mientras le estrujaba los bíceps- ¡Pero si eres lo más hermoso que he visto en mucho tiempo! -la mujer ladeó la cabeza y lo miró a través de largas pestañas aleteantes- Pero llevas puesta demasiada ropa.
Sus manos se dirigieron hacia los cierres que había a cada lado de la coraza de cuero. Maximus se vio obligado a dar vuelta la cara en la dirección opuesta cuando una mano le aferró la mejilla y una voz jadeante dijo:
¿Tienes hambre, general...? ¿Hambre de alguna otra cosa?
Maximus se encontró a sí mismo mirando unos grandes ojos verdes pesadamente delineados de negro.
Gracias, señoras, pero me las puedo arreglar solo.
Hizo rotar sus anchos hombros, derramando aún más alimentos y vino mientras se soltaba de sus manos.
¿No te interesan las mujeres, general? -con un brusco movimiento de su cabeza, Cassius despidió a las contrariadas féminas- Me sorprende.
En este momento sólo tengo hambre de comida -respondió Maximus en lo que esperó que fuera un tono convincente- Pero, vaya mujeres. ¿Son locales?
Oh, no. Son esclavas. Las más hermosas del imperio. Cada una de ellas elegida o criada personalmente por mí.
¿Criada? -Maximus obligó a su rostro a que no revelara su sorpresa.
Sí. Es toda una ciencia... como cruzar caballos. Si fuera tú, general, aprovecharía la oportunidad. Están entrenadas para satisfacer a los hombres y harán lo que desees... no importa lo que sea.
Cassius dio un paso atrás y palmeó a Maximus en el hombro, haciendo que más alimentos cayeran a la húmeda pila que se había formado en el suelo y que su compañera soltara una risita.
Aliméntate, general, y después únete a la fiesta. Elige a la que quieras, aún si está con otro hombre. ¡Esta noche eres el invitado de honor!
Dicho esto, Cassius hizo que la mujer que estaba a su lado abriera la boca y deslizó su lengua dentro de ella tan hondo como pudo. Maximus vio cómo los músculos en la garganta de la muchacha se contraían ligeramente, como si se estuviera ahogando, antes de que ésta recuperara el control y respondiera como se esperaba. Las manos de Cassius se deslizaron por las nalgas de la mujer y estrujó su carne pálida mientras la apretaba contra sus caderas.
Para cuando Cassius interrumpió el abrazo, Maximus estaba de regreso junto a la mesa donde le entregó el plato a un sirviente, su apetito completamente arruinado. Con la cabeza inclinada, contempló subrepticiamente a Cassius y se sintió satisfecho cuando el rostro de éste se contorsionaba en una mueca de enojo al darse cuenta de que su huésped no se había quedado a apreciar su actuación.
Maximus tomó un trago de vino y reflexionó sobre lo que acababa de descubrir. Cassius compraba y criaba a esas bellezas para destinarlas a una vida de esclavitud sexual. Probablemente, en algún lugar de Roma, tenía guardadas niñas pequeñas que estaban siendo entrenadas para ocupar el lugar de estas mujeres cuando se hicieran viejas, quedaran embarazadas o enfermaran. Maximus se estremeció de repugnancia. Miró fijamente hacia delante, sus ojos desenfocados tratando de borrar los cuerpos que se contorsionaban en la periferia de su visión. Lleno de repugnancia y espanto, puso su copa bruscamente en manos de un sirviente y se dirigió hacia la puerta. Se iba de allí.
Casi había alcanzado la diáfana cortina de la entrada cuando escuchó una voz femenina llamándolo desde sus espaldas.
¿General? ¿No disfrutas de la fiesta?
Maximus se dio vuelta para encontrarse cara a cara con una exquisita pelirroja a la que había visto en los brazos de un tribuno de cabello gris.
No -dijo y empezó a darse vuelta para alejarse.
La muchacha lo tomó del brazo y lo trajo de regreso con una fuerza sorprendente; después, apoyó los pechos contra su coraza mientras le deslizaba una mano en torno al cuello y sus labios le acariciaban la oreja.
Tengo mensajes para ti, señor.
Se echó hacia atrás y sonrió ante su expresión asombrada con unos deliciosos labios color coral y brillantes ojos azules enmarcados en espesas pestañas. Su piel impecable era como crema pura y su cabello rubio rojizo caía en una cascada de grandes ondas hasta sus caderas. Su túnica era de seda blanca entretejida con hilos de oro que brillaban a la luz de las lámparas. El corte revelaba el nacimiento de unos senos generosos y se ceñía en torno a una cintura pequeña, sostenida con un cinturón de oro trenzado. El delicado tejido se adhería a la curva de sus caderas y se abría adelante para revelar unas piernas largas y bien formadas. Maximus no pudo evitar quedarse mirándola.
La mujer era apenas unas pulgadas más baja que él y sostuvo su mirada fácilmente. Su voz sonó un poco ronca cuando susurró:
Ven y siéntate, general. Me di cuenta de que no comiste nada -sonrió- Luego podemos hacer algo más íntimo.
Maximus se rehusó a moverse.
¿Cómo te llamas?
Julia.
Julia -repitió Maximus sin saber porqué.
Sí -dijo la joven apretándose nuevamente contra él. Le apoyó una mano en la mejilla, le lamió la oreja y le mordisqueó el lóbulo antes de susurrar- General Maximus, por favor, coopera. Esto es muy peligroso para ambos. Tengo mensajes del tribuno Marcellus.
Maximus le rodeó la cintura con un brazo y con su mano derecha le envolvió la cadera, apretándola contra él. Le acarició el cuello con sus labios y preguntó:
¿Cuál es?
Alto, delgado, cabello y barba gris, en la mesa del medio.
Maximus espió en la dirección indicada a través de los mechones dorados del cabello perfumado de la muchacha. El hombre que respondía a esta descripción cruzó el dedo medio de la mano derecha sobre el índice como para rascárselo y luego se dio vuelta. Era suficiente.
De acuerdo, Julia. Escucharé lo que tienes que decir.
Julia deslizó sus labios por el cuello de Maximus y a través de su mejilla barbada para capturarle la boca en un rápido beso; luego, le mordisqueó el labio inferior y deslizó su lengua por éste.
No debe parecer que estamos conversando, general, o los dos terminaremos clavados en una cruz -susurró junto a sus labios.
Lo tomó de la mano para alejarlo de la puerta pero Maximus la atrajo de nuevo a sus brazos y la besó apasionadamente en la boca para luego susurrar:
¿Cómo se llama el hombre que contactó a Marcellus?
La voz de Julia sonó ligeramente jadeante.
Claudius.
Maximus hundió sus dedos en el cabello de Julia y la besó en la frente, los ojos, las mejillas y los labios.
Guíame, Julia. Me acabo de dar cuenta de que tengo hambre.
Tomó el rostro de la muchacha entre sus grandes manos y le sonrió, sus ojos azules fijos en otros ojos de igual color. Las manos de ella se aferraron a sus fuertes antebrazos.
Julia estaba demasiado aturdida como para moverse. Marcellus no le había advertido que el general Maximus sería así. Era mucho más joven, atractivo y fuerte de lo que había esperado. Sus temores por el papel que le había tocado desempeñar en el complot se redujeron considerablemente. Junto a ese hombre se sentía segura. Le devolvió la sonrisa con otra muy genuina.
Se acercaron a las mesas de la mano.
No queda mucha comida, general, pero sé lo que es bueno y lo que no. ¿Te molesta si te preparo un plato?
En absoluto. Gracias -Maximus retrocedió y chocó con Marcellus- Discúlpeme. Debería fijarme por dónde camino.
Nada de eso, general -Marcellus le tendió su mano y Maximus la estrechó - Soy Marcellus, el tribuno mayor del emperador Cassius.
Y, por lo que veo, muy leal. Ocurre que yo creo que Marcus Aurelius está vivo y bien y sigue siendo el emperador de Roma.
Maximus pudo ver que, a través de la estancia, Cassius seguía el desarrollo de la conversación con gran interés. También era consciente de que un oficial se había parado muy cerca de ellos mientras fingía inspeccionar la comida dispuesta en la mesa.
Bien, espero que podamos persuadirlo para que cambie de opinión, general. Un hombre con sus legendarias habilidades sería muy útil para un emperador que lo apreciara realmente -Marcellus lo miró de arriba abajo- Tal vez, jefe de los pretorianos... ¿cómo le suena? No más campamentos en fronteras miserables.
Sirvo a Roma como mi emperador considera que puedo hacerlo mejor, tribuno Marcellus, y siempre lo haré.
Bien, veo que esta noche no voy a poder persuadirlo para que cambie su modo de pensar, general. Ah... Julia lo está atendiendo. Tiene buen gusto, general. Lo vi rechazar a esas otras mujeres... esperando a que la mejor esté disponible -Marcellus se echó a reír- Que disfrute de la velada, señor. Oh... de paso... si prefiere un poco de privacidad, en el fondo de la tienda hay alcobas acortinadas con divanes y almohadones... muy acogedoras -Maximus siguió la mirada de Marcellus y vio un serie de pequeñas áreas separadas del resto de la estancia por una pesada cortina- No son muy eficaces en lo que hace a los ruidos pero algunos hombres prefieren no hacer un espectáculo delante del resto de nosotros -Marcellus se echó a reír y Maximus asintió.
Aquí estás, general, un poco de todo aquello que es bueno. El cocinero personal del emperador es excelente -dijo Julia.
Diviértase, general -Marcellus inclinó la cabeza ligeramente mientras Julia volvía a tomar a Maximus de la mano y lo conducía a la estancia central, donde había atisbado un diván vacío. Depositó el plato en una mesita, junto a una lámpara ligeramente humeante y mulló una serie de almohadones, apilándolos de modo de que Maximus pudiera recostarse en ellos. Cuando iba a sentarse, Julia lo detuvo.
General, todo ese cuero se ve caluroso y rígido. ¿Por qué no permites que te ayude a quitártelo? -obedientemente, Maximus levantó los brazos y ella abrió los cierres con una habilidad nacida de la práctica. Pronto la coraza de cuero estuvo en el suelo, junto a la mesa.
Así está mejor -Julia retrocedió para admirarlo. Ahora, Maximus vestía sólo una simple túnica color herrumbre de lana ligera que apenas cubría sus anchos hombros y le llegaba a la mitad del muslo, ajustada al cuerpo con un ancho cinturón de cuero. Sus musculosas piernas estaban desnudas, salvo por las botas acordonadas que le cubrían las pantorrillas.
Aquí hace mucho calor, general. ¿No estarías más cómodo con sandalias? Podría buscar...
Estoy acostumbrado a las botas. Está bien así.
Como quieras -Julia estaba plenamente consciente de que muchas de las mujeres la estaban mirando con envidia, aún mientras atendían a otros hombres. No tenía la menor intención de permitir que ninguna de ellas pusiera sus manos sobre Maximus, así que movió su cuerpo de modo tal de bloquearles la visión una vez que éste se sentó.
Maximus se sentía particularmente tonto, reclinado en un diván mientras una mujer lo alimentaba. Pero estaba decidido a no ponerla en peligro por falta de cooperación. Jugueteó con su cabello mientras Julia seleccionaba pequeños trozos que le iba poniendo en la boca. Le besó los dedos antes de que los apartara. Deslizó sus manos por la piel sedosa de sus brazos haciéndola estremecerse y sonreír.
Maximus tragó un bocado y después preguntó:
¿De dónde eres, Julia?
Ella se detuvo con la mano a medio camino entre el plato y la boca de Maximus.
Nací en Roma.
¿Eres esclava?
La mujer asintió.
¿Cómo sucedió?
Nací esclava, señor. No sé quiénes son mis padres -se inclinó y lo besó, un largo, largo beso. Antes de volver a sentarse susurró- Haces demasiadas preguntas.
Maximus insistió.
¿Qué edad tienes?
No estoy segura. Alrededor de dieciocho, creo.
Maximus bebió su vino mientras la estudiaba. Era, simplemente, la mujer más hermosa que jamás hubiera visto o imaginado y le enfermaba pensar en ella como en el juguete de Cassius o de cualquier otro oficial que la deseara. Suspiró pesadamente al pensar en las cosas que se habría visto obligada a hacer en su corta vida.
Julia se movió inquieta.
No estoy haciéndote feliz -deslizó su mano hacia arriba por el muslo de Maximus y bajo su túnica antes de que él le aferrara la muñeca para detenerla
Por favor, general. Se darán cuenta de que algo no está bien -susurró con urgencia- Suelo ser muy buena satisfaciendo a los hombres.
Maximus aflojó la presión que ejercía sobre su muñeca pero no la soltó.
Soy casado -dijo suavemente.
También lo son la mitad de los hombres que están aquí. Cassius es casado -le imploró con la mirada. Maximus volvió a suspirar.
Ven aquí - dijo y la atrajo sobre su cuerpo, acomodándola con las piernas a los lados de sus caderas y los senos apretados contra su pecho. Con una mano le acarició primero la espalda y luego las nalgas mientras que, con la otra, le hacía acomodar la cabeza en el hueco de su cuello. Luego, susurró junto a su oreja- Julia, no intento poner tu vida en peligro. Pero entiende esto: le prometí a mi esposa que le sería fiel y mantendré mi promesa no importa lo difícil que me resulte, ni lo mucho que te deseo. Ahora bésame y luego nos iremos a una de esas alcobas, donde conversar no es tan peligroso.
Maximus giró su cabeza y le capturó los labios en un beso que la dejó aturdida, explorándole la boca con su lengua. Cuando quiso interrumpir el beso, Julia se lo impidió, sellándole la boca con la suya. Podía sentir que Maximus estaba excitado pero ella también lo estaba... y eso la sorprendió. Por fin retiró la lengua de su boca y le besó suavemente los ojos cerrados mientras él luchaba por controlar su respiración.
Maximus -murmuró.
Sus ojos se abrieron de golpe.
No me llames así -gruñó.
A Julia le encantaba lo profundo de su voz.
¿Por qué no?
Es demasiado... demasiado... familiar.
Maximus, estoy acostada encima de ti. No hay prácticamente nada separando nuestros cuerpos, ¿y crees que llamarte por tu nombre es demasiado familiar? -se echó a reír y lo besó nuevamente.
Maximus no pudo pensar en una respuesta adecuada y ella aprovechó su silencio para acurrucarse sobre su pecho, satisfecha de escuchar que su corazón latía tan apresuradamente como el de ella. Maximus la envolvió en sus fuertes brazos y la estrechó con fuerza.
Maximus -suspiró junto a su pecho- El nombre te queda bien. Tan fuerte -permaneció quieta por unos momentos antes de erguirse y mirarlo a la cara, alborotándole el cabello con sus dedos- Pero tan gentil -su tono sonó ligeramente incrédulo- Los hombres no suelen ser gentiles conmigo, Maximus. No recuerdo haber sido abrazada antes.
Para su asombro, Maximus rezongó:
Eres una de las razones por las que pienso hacer que Cassius pague caro.
Dicho esto, Maximus rodó de costado y atrapó a Julia antes de que pudiera caer del diván, pasándole un brazo bajo las rodillas y otro bajo los brazos. La alzó como si no pesara nada y la apretó contra su pecho mientras se dirigía hacia la pequeña alcoba acortinada, pasando por encima o pateando a un costado todo aquello que se interponía en su camino.
Ya en la alcoba privada, Maximus depositó a Julia sobre sus pies y corrió la cortina, haciendo que la estancia se oscureciera considerablemente. Sólo una lámpara ardía sobre la mesa y su escasa luz no alcanzaba siquiera para iluminar los rincones. Maximus esperó a que sus ojos se ajustaran a la penumbra y luego inspeccionó el área encerrada por sus cuatro costados entre pesadas cortinas. Tocó el tejido con sus dedos y descubrió que los paneles estaban bien cosidos entre sí, protegiendo la alcoba de posibles ojos curiosos. Pero, como se lo advirtiera Marcellus, distaba mucho de ser suficiente para acallar los sonidos. A ambos lados de la alcoba había otras similares y las cortinas que las separaban no llegaban al techo de la tienda.
Maximus...
Se llevó un dedo a los labios para silenciar a Julia y se quedó inmóvil, escuchando, la cabeza ligeramente ladeada. Al cabo de unos instantes, Maximus se relajó visiblemente y tendió su mano hacia Julia para atraerla hacia él, sus senos rozándole el pecho.
Ahora, en voz muy baja, dime lo que sabes.
De repente, Julia se sintió muy tímida y se quedó parada torpemente, con las manos a los lados, como temerosa de tocarlo.
Maximus la urgió nuevamente.
Julia, dime lo que te dijo Claudius.
Te envía la advertencia de que Cassius...
Repentinamente, Maximus la estrechó contra sí y le apretó el rostro contra su hombro, acallando sus palabras. Julia se aferró a sus brazos en busca de sostén.
Quédate muy quieta -le susurró al oído.
Con el corazón latiéndole locamente, la muchacha se preguntó qué sería lo que Maximus había escuchado y luego lo escuchó ella misma... el ruido de una cortina al ser apartada en la alcoba a la derecha de la que ocupaban. Después, todo quedó en silencio, salvo por el sonido martilleante de su corazón y su respiración rápida e irregular contra el cuello de Maximus.
Maximus miró atentamente a la cortina que separaba las dos estancias, pendiente de cualquier signo de movimiento. El divisorio permaneció quieto. Pero había alguien allí. Había alguien en la alcoba vecina, tratando sigilosamente de escuchar su conversación o los sonidos de la pareja entregada al sexo.
Maximus soltó la respiración lentamente y susurró.
Rápido. Dime lo que te dijo Marcellus.
Maximus, estás en grave peligro. Cassius planea matarte y hacer que parezca un accidente. Cree que eres demasiado poderoso y que el ejército te apoyará en su contra... que aún sus propios hombres te apoyarán.
¿Cuándo?
No lo sé. Pronto.
Sigue.
Marcellus cree que el único modo de detener a Cassius es matándolo. Está dispuesto a hacerlo si tú lo proteges y le ofreces inmunidad.
¿Cómo planea matarlo?
Cassius no sospecha que Marcellus está en contra suyo. Permite que se le acerque físicamente...
Shhhhhh...
Maximus había detectado un ligero movimiento de la cortina y un pequeño rayo de luz en el suelo. Quien quiera que estuviese en la otra alcoba se estaba poniendo curioso o impaciente. La luz desapareció.
Julia, necesitamos hacer ruido. Algunos... sonidos apasionados.
A pesar de lo peligroso de su situación, Julia no pudo resistir la tentación de provocarlo.
Entonces, Maximus, vas a tener que hacerme el amor.
No. Te dije que...
Sí, sí, sólo estaba bromeando. No te preocupes, puedo fingir. Es algo que hago mucho, créeme -Julia apoyó la cabeza sobre el hombro de Maximus y cerró los ojos, permitiendo que su respiración se hiciera más profunda.
¿Puedes escucharme mientras haces eso?
Julia asintió e intercaló su respiración con una serie de jadeos.
Maximus continuó:
Dile a Marcellus que había planeado contener a Cassius hasta que Marcus Aurelius llegara aquí pero que no tengo idea de cuándo ocurrirá eso, de modo que el único plan viable es matar a Cassius.
Julia asintió y emitió un gemido ronco desde el fondo de su garganta. La respiración de Maximus comenzó a acelerarse y, al percatarse, Julia sonrió satisfecha.
Oh, general -murmuró- Oh, hazlo de nuevo.
Movió sus caderas contra las de Maximus y él le aferró las nalgas para detenerla, pero de inmediato apartó sus manos como si hubiera tocado fuego. Julia le besó suavemente la barba áspera a la altura del cuello antes de acelerar otra vez su respiración. Estaba plenamente consciente de que su pasión no era fingida. Apoyada contra Maximus era muy fácil imaginar sus fuertes brazos levantándola y atrayéndola hacia sus caderas mientras él...
Julia, dile a Marcellus que siga adelante con su plan y que le daré el apoyo que necesita. Pero, para poder hacerlo, necesito estar cerca cuando actúe. Es muy importante que lo haga él -uno de los hombres de Cassius- para mostrarle a los otros... ¿Julia? ¿Julia? ¿Me escuchaste? -susurró Maximus con urgencia.
Sí... -la palabra sonó lánguida y Julia apretó nuevamente su pelvis contra la de él. Pero Maximus sabía que las acciones de la muchacha estaban más allá de su control consciente. Estaba profundamente excitada y temió que perdiera la concentración. La sacudió ligeramente.
Julia, escúchame. Me vigilan de cerca. Me será muy difícil escapar de mis guardias pero tal vez, con la ayuda de Claudius pueda, escurrirme en la noche...
Maximus miró la cortina otra vez y vio que ésta se movía hacia adentro y afuera a un ritmo rápido, como si alguien estuviera apoyado contra ella y respirando agitadamente. La actuación de Julia estaba excitando a alguien más que a sí misma... y a él.
Maximus respiró hondo varias veces, luchando para controlar sus emociones; luego, con un rápido movimiento, alzó a Julia en sus brazos y la depositó sobre el diván, cuyas patas crujieron ligeramente en señal de protesta. De pie frente a ella, Maximus equilibró su cuerpo sobre una pierna y deslizó suavemente su otra rodilla entre los muslos de la muchacha. Julia manoteó, tratando de atraerlo sobre ella pero Maximus movió la cabeza negativamente y le sujetó las manos, apartándolas de su cuerpo. Sólo hizo falta una ligera presión y Julia arqueó la espalda mientras alcanzaba el clímax gritando su nombre.
Unos instantes más tarde, se escuchó un ronco gemido proveniente del otro lado de la cortina. Maximus apretó los dientes en señal de frustración, el único integrante del trío en quedar insatisfecho. Hizo una mueca de dolor mientras retiraba la rodilla del diván y se movió con sigilo hacia la cortina de la entrada, apartándola ligeramente y espiando por ella justo a tiempo para ver a un tribuno calvo que se escurría, dirigiéndose sin dudas a Cassius para contarle lo que había escuchado. Maximus tenía esperanzas de que el reporte no incluyera nada más allá de gemidos y jadeos. Miró la otra alcoba junto a la que ocupaba y vio que también estaba vacía. Dejó caer la cortina y, cuando escuchó hablar a Julia en voz muy queda, se volvió hacia ella.
Eres un hombre extraño.
Maximus cruzó los brazos sobre el pecho y permitió que su cuerpo se aflojara. De golpe, se sintió sumamente cansado.
¿Sí? ¿Cómo es eso? -preguntó en voz baja.
Julia se volvió de costado y cubrió sus piernas antes de explicar.
Eres el único hombre que he conocido que no se preocupa sólo por su propio placer -sonrió traviesamente- Sabes que vas a pagarlo caro.
Maximus se pasó una mano sobre los ojos y luego por la nuca.
Lo sé. Sólo espero que mañana no tenga que montar a caballo.
Julia soltó una risa ahogada y luego su voz se volvió muy seria.
Envidio a tu esposa. Es una mujer muy afortunada.
Maximus sonrió.
Me gusta pensar que lo es.
Espero que ella lo valga.
Lo vale. Le prometí... -sus palabras se disolvieron.
¿Tienes hijos?
Un niño de dos años. Se llama Marcus.
¿Por el emperador?
Sí.
Julia se levantó del diván y se le aproximó, deteniéndose cuando estuvo tan cerca que hubiera podido tocarlo.
Debes admirar mucho al emperador.
Así es. El es como un padre para mí. Perdí al mío cuando era chico.
Julia suspiró pesadamente y Maximus pudo ver lágrimas brillando en sus ojos. Sus palabras sonaron vacilantes.
Lo que me hiciste... ¿lo hiciste sólo porque tenías que hacerlo?
Maximus no respondió porque, honestamente, desconocía la respuesta.
Julia, algún día encontrarás a alguien. A alguien muy especial -dijo.
Maximus, soy una esclava -sus palabras sonaron estranguladas por las lágrimas que se agolpaban en su garganta.
Cuando Cassius esté muerto, tendrás tu libertad. Te las has ganado y también las otras mujeres.
Pero tú eres único. Y le perteneces a otra mujer.
Julia, no he visto a mi esposa en dos años. Estar casada con un hombre en mi posición acarrea tremendas desventajas. Olivia hace sacrificios increíbles...
Olivia.
Maximus contempló a la joven belleza que permanecía de pie frente a él y se apresuró a cambiar el rumbo de la conversación.
Julia... ¿recuerdas lo que debes decirle a Marcellus?
Sí.
¿Qué es?
Que apoyarás su plan y que necesitas estar allí cuando... cuando ocurra... pero que te vigilan de cerca. Supongo que quieres que él te diga cuándo, dónde y cómo ocurrirá.
Sí. Y tiene que ser muy pronto.
¿Debe enviarte un mensaje a través de Claudius?
Sería el modo más seguro.
Maximus, por favor, ten cuidado. Tu vida corre grave peligro. No lo olvides -imploró Julia tendiéndole las manos para luego dejarlas caer a sus lados, sin haberlo tocado.
Maximus asintió.
Tengo que irme. Lo hiciste muy bien, Julia. Marcellus fue sabio en elegirte.
Ansioso por poner fin a la difícil conversación, apartó la cortina y la dejó caer tras él mientras pasaba a la estancia principal. Allí encontró que muchos de los oficiales ya se habían ido y que los pocos que permanecían estaban tendidos en los divanes, ya fuera inconscientes o dormidos. Sus ronquidos se mezclaron con los sollozos ahogados provenientes de la alcoba que acababa de abandonar. Maximus había completado exitosamente su misión de esa noche pero se sentía completamente perturbado... vacío.
Encontró su coraza donde la había dejado y volvió a colocársela, pasando nuevamente por las mesas con la excusa de buscar un trozo de pan y hurtar un afilado cuchillo que escondió bajo ésta antes de dirigirse a la entrada.
Salió de la tienda de Cassius y aspiró ansiosamente el aire fresco. De inmediato, fue flanqueado por los cuatro guardias. Los ignoró con determinación y se digirió hacia su tienda pero sintió cómo se le erizaba la piel de la nuca. ¿Serían esos los hombres elegidos para asesinarlo?