Pssst, general.
Esta vez, Maximus se despertó instantáneamente, el cuchillo en su mano, y al instante estuvo en el suelo de la tienda, sintiéndose por un momento ligeramente desorientado. ¿Qué hora sería? Le pareció que recién acababa de quedarse dormido.
Estoy aquí -susurró a modo de respuesta.
Durante el día de hoy, no salga a cabalgar, señor.
Irónicamente, Maximus pensó en su conversación con Julia.
No tenía planeado hacerlo.
Cassius piensa llevarlo a una visita por los alrededores. Planea hacer que caiga de su caballo durante el cruce de un puente angosto y que se ahogue en el río. Si no se ahoga solo, sus hombres lo sujetarán bajo el agua hasta que muera.
Maximus casi se echó a reír.
¿Y se supone que debe parecer un accidente? No hay un solo hombre en el ejército romano capaz de creer que, simplemente, me caí del caballo.
Claudius sonó ligeramente ofendido.
Le digo lo que escuché, señor.
Lo siento, Claudius. Estoy muy cansado y, en este momento, todo me parece absurdo -Maximus sacudió la cabeza, incapaz de creer lo que escuchaba.
Planean cortarle la cincha...
¿Y cómo arreglarán para que la cincha se rompa en el momento justo en que esté en el puente?
Todo le sonaba a cosa de locos... tan de locos que, de repente, Maximus estuvo bien alerta y muy cauteloso. Después de todo, ¿sería razonable confiar en Claudius? Se levantó y, ágil y silencioso como un gato, se dirigió a la pared del fondo de la tienda, donde insertó el cuchillo en la costura y lo deslizó hacia arriba, cortando la unión y agrandando el agujero con sus dedos.
Después, retornó sigilosamente a su lugar en el piso de la tienda.
... tiene que confiar en mí... -Maximus alcanzó a escuchar las últimas palabras de Claudius.
Confío en ti y tendré mucho cuidado. Gracias por la advertencia, Claudius. ¿Hablaste con el tribuno después de la cena? -se sintió reacio a mencionar a Marcellus por su nombre.
Todavía no tuve oportunidad, señor. Pensé que debía advertirle enseguida.
Te lo agradezco, Claudius, y seré muy cuidadoso.
Lo dejaré que siga durmiendo, señor -Claudius se levantó y se dirigió hacia la parte trasera de la tienda, tal como había hecho la primera vez. En el interior, Maximus siguió el mismo camino y espió por el agujero al hombre que se alejaba. Vio su espalda... y una cabeza calva. La misma cabeza calva que había visto salir de la alcoba al lado de la que él había compartido con Julia. Lentamente, Maximus se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Sabía que su recuerdo de Claudius era acertado. El hombre que recibiera la medalla al valor en Germania tenía abundante cabello rubio. Hubiera apostado su vida a que así era. ¿Habrían matado a Claudius y hecho que el hombre calvo asumiera su identidad para conducirlo hacia una falsa sensación de seguridad? ¿Qué estaba pasando? ¿Marcellus y Julia también eran parte de este engaño? Marcellus debía ser... pero, ¿Julia? La furia rugió en sus venas. Después de respirar hondo varias veces para calmarse, Maximus cruzó la entrada de su tienda, sorprendiendo a los adormilados guardias. Les sonrió con aire de conspirador.
Tengo cierta picazón que no logro aliviar. Esa esclava pelirroja... Julia... tráiganmela.
Los guardias se miraron entre sí, visiblemente alarmados, y uno de ellos dijo:
Es propiedad de Cassius, señor.
Bien, Cassius estuvo más que dispuesto a compartirla conmigo esta noche. Estoy seguro de que no le importará volver a hacerlo -los guardias no se movieron- Después de todo, soy su huésped.
Tras un momento de deliberación, el jefe de la guardia hizo un movimiento brusco con la cabeza y uno de los soldados se dirigió a buen paso hacia el praetorium. Menos de un cuarto de hora más tarde, regresó arrastrando detrás de él a una Julia obviamente aterrada quien, con una mano sobre sus senos, trataba de cerrar la bata que vestía. Los ojos de la muchacha se abrieron muy grandes cuando vio a Maximus y luego el guardia la arrojó bruscamente en sus brazos. Maximus le dio las gracias con una inclinación de cabeza y la alzó pasándole un brazo en torno al cuerpo y por debajo de los pechos, acarreándola a través de la puerta y hasta que estuvo junto a su cama antes de depositarla en el suelo sin dejar de sujetarla firmemente.
El rostro de Julia reflejaba una mezcla de miedo y confusión.
Maximus... - las palabras murieron en su garganta cuando sintió la punta de un cuchillo apoyada bajo su oreja. Aún más aterrador fue el sonido de la voz de Maximus cuando gruñó en su oreja:
Linda actuación la de esta noche, Julia.
Maximus, no te entiendo -todo su cuerpo estaba temblando.
Baja la voz o te corto esa linda garganta.
Julia trató desesperadamente de calmar su ira.
Sabía que te sentirías frustrado pero esto...
Cállate y haz lo que te digo. Descríbeme a Claudius.
Jamás lo vi.
Uno de los guardias levantó ligeramente la solapa de la entrada y espió el interior.
¡Fuera! -gritó Maximus haciendo que Julia se encogiera como si hubiera si la hubiera golpeado. La solapa volvió a cerrarse y Maximus continuó su interrogatorio- ¿Quién arregló que te encontraras conmigo esta noche?
Marcellus.
Marcellus. ¿Es realmente un tribuno, Julia?
La muchacha soltó un pequeño sollozo, aterrada por la súbita brutalidad de Maximus.
Sí, sí. Es uno de los asesores más próximos a Cassius.
¿Y te dijo lo que debías decirme?
Repetí exactamente lo que me dijo que dijera. General, ¿qué ocurre?
El pecho de Maximus se agitaba con su ira y su respiración sonó áspera en el oído de Julia.
Ocurre que Claudius no es Claudius.
¿Qué?
Conozco a Claudius de Germania y el hombre que dice ser él no se le parece en nada. Claudius es... era... de mediana complexión y rubio. Este hombre es fornido y calvo.
Ese es Balbinus. Es un tribuno y gran amigo de Marcellus. Maximus... ¿qué está pasando?
No lo sé. Pero tú eres parte.
Por favor, yo sólo entregué el mensaje, Maximus. No soy parte de ninguna conspiración en tu contra -ahora, Julia estaba llorando quedamente - ¿Crees que podría hacerte algo así?
Después de esa linda actuación que montaste para mí esta noche, creo que eres capaz de cualquier cosa.
Julia apoyó una mano temblorosa sobre el puño que sostenía el cuchillo contra su garganta.
No estaba actuando, Maximus.
Permitió que ella le apartara el cuchillo y, cuando lo hubo hecho, Julia dio un paso atrás mirándolo, para luego abrazarse a sí misma, tratando de contener los sollozos que escapaban a través de la cortina de cabello rubio rojizo que ocultaba su rostro inclinado.
Yo no podría... no lo hice... yo... -tartamudeó entre sollozos.
Maximus soltó un suspiró de impaciencia; luego guardó el cuchillo en la parte trasera de su cinturón y trató de tomar a Julia en sus brazos. Ella se resistió y trató de acurrucarse y apartarse de él pero Maximus insistió hasta que, finalmente, se fue relajando y apoyando contra él y sus lágrimas fluyeron libremente, humedeciéndole la túnica.
Lo siento. Esta noche te hice llorar mucho -susurró Maximus con los labios junto a su cabello, un matiz de disculpas en su voz- No sé en quién puedo confiar, Julia, o quién está tratando de conducirme a una trampa. Y no sé cómo encajas en todo esto.
Nadie confía en mí, Maximus. Simplemente me usan... como mensajera, como vehículo para obtener placer. Yo atiendo a las necesidades de los hombres. Nada más -se apartó un poco para mirarlo a los ojos- Si pensara que hice algo para lastimarte... aunque fuera sin darme cuenta... no podría vivir con eso.
No lo has hecho. Ven aquí y siéntate -Julia siguió a Maximus hasta la cama y se sentaron en ella, lado a lado, cerca pero sin tocarse- Nunca te hubiera lastimado con ese cuchillo -dijo suavemente, tratando de devolverle la confianza.
Pero estuviste de lo más convincente. Cuando te lo propones, eres aterrador.
Lo sé. A veces resulta útil -bajó la voz hasta que no fue más que un susurro- Julia, necesito tu ayuda.
¿Cómo puedo ayudarte?
Tengo que matar a Cassius y hacer que parezca que fue uno de sus hombres.
¿Por qué uno de sus hombres?
Porque si se sabe que lo maté yo, no saldré vivo de aquí y tampoco mis hombres. Pero, si los soldados de esta legión piensan que uno de ellos lo mató, eso creará suficiente confusión como para que los seguidores de Marcus Aurelius tomen el control... con mi ayuda, por supuesto – le dio tiempo para que absorbiera la información y luego le pregunto - ¿Me ayudarás?
Ella asintió.
Sabes que lo haré -hizo una pausa y después dijo- ¿Confiarás en mí?
Sí.
¿Estás seguro? No quiero que me vuelvan a traer aquí a la rastra para encontrarme con un cuchillo en la garganta.
Maximus sonrió ante el tono ligeramente provocador de Julia.
No te culpo.
¿Qué hay del complot contra tu vida? Estás en peligro, ¿lo recuerdas?
Balbinus me advirtió que hoy no saliera a cabalgar fuera del campamento. Tal vez Cassius planea alejarse tras haberme hecho advertir para que me quede aquí y regresar para encontrarme convenientemente muerto, quedando él con las manos limpias.
Julia se estremeció.
Tengo que encontrar el modo impedir que Cassius haga lo que sea que tiene en mente -dijo Maximus con un tono casual, mientras con una de sus grandes manos cubría las dos de ella completamente - ¿Estás familiarizada con las rutinas de Cassius?
Julia asintió.
Demasiado familiarizada.
Descríbemelas para que pueda hacerme una idea acerca de cuándo y dónde hacerlo.
La hermosa pareja permaneció sentada, en la cama, muy junta, hablando en voz baja. De tanto en tanto, Maximus apartaba con sus dedos un mechón de la cara de Julia y, para cualquier observador casual, no habrían sido otra cosa que amantes, intercambiando palabras y gestos de afecto.
Cuando a la mañana siguiente, ya estando el sol alto, el general Maximus no salió de su tienda, los guardias no se preocuparon. Después de todo, el hombre había tenido una noche de lo más activa y aún él necesitaba descansar. Pero, cuando llegó la media mañana y no apareció, decidieron despertarlo. Todo lo que encontraron fue una costura de la tienda cortada y una cama vacía.
Los cuatro guardias se quedaron momentáneamente paralizados de pánico. Cassius les había encargado seguir de cerca al general Maximus durante cada minuto de cada día y ahora no tenían la menor idea de dónde estaba. La difícilmente olvidable imagen de los cadáveres de los centuriones pudriéndose en sus cruces pasó simultáneamente por sus mentes, haciendo que sus estómagos se contrajeran y sus piernas se aflojaran. Después de una rápida, frenética discusión, dos de ellos fueron corriendo a interrogar a los hombres de Maximus y los otros dos a interrogar a Julia.
Cuando los guardias cayeron sobre ellos blandiendo sus armas y gritando amenazas, los miembros de la caballería de Maximus estaban atareados atendiendo a sus caballos o conversando, sentados en pequeños grupos. Inmutables, los hombres de la legión Felix III hicieron una pausa para mirarlos con curiosidad y luego retornaron a sus actividades, ignorando deliberadamente la conmoción. Se hicieron a un lado cuando sus alojamientos fueron registrados pero no levantaron un dedo para ayudar. En cambio, intercambiaron miradas sabedoras: ¿así que Maximus se les había escapado? Eso quería decir que su general había decidido que era hora de actuar. Después una hora de registro, los frustrados y atemorizados guardias cometieron un gran error. Uno de ellos aferró por el cabello a un soldado que estaba sentado tranquilamente dándole la espalda y, echándole la cabeza hacia atrás, le colocó la espada en el cuello mientras exigía respuestas. De inmediato, los demás hombres se pusieron de pie con sus armas en la mano, preparados para defender a su amigo.
El vocero de la caballería, Gallienus, dijo con calma:
Han revisado este lugar minuciosamente y no encontraron ni rastros del general Maximus. No sabemos nada sobre su paradero y, este hombre, -Gallienus señaló con su cabeza al soldado bajo amenaza- no sabe más que nosotros. Si lo lastiman, mueren. Así que, como pueden ver, están en una posición más que precaria. Bajen el arma y suéltenlo.
La mano del guardia aflojó la presión y la espada se apartó de la garganta del soldado. De inmediato, Gallienus saltó sobre él, desvaneciéndolo con un certero golpe en el cuello mientras el otro guardia era derribado del mismo modo cuando intentaba huir. Los hombres de Maximus arrastraron a los guardias a una estancia posterior, los desvistieron y dos miembros de la caballería se pusieron sus uniformes y se dirigieron hacia la tienda vacía de Maximus, donde montaron guardia como si nada hubiera ocurrido.
Julia supo que los guardias habían llegado cuando escuchó los gritos de las otras mujeres cuando éstas desataron un torrente de insultos sobre los hombres que parecían decididos a arrasar su alojamiento. Desde su lugar en el baño escuchó cómo las camas eran dadas vuelta y los armarios arrancados de las paredes para caer ruidosamente al suelo, la madera haciéndose astillas. Se puso tensa y se hundió más en la gran bañera, las rodillas recogidas contra el pecho, desplazando algunos de los pétalos de rosa que flotaban sobre el agua intensamente perfumada, opacando su superficie.
Los guardias irrumpieron en el baño, tratando de eludir las manos de las furiosas mujeres que los perseguían arañándoles la cara, tironeando de sus ropas y cabellos y pateándoles las pantorrillas. Cuando uno de los guardias llegó junto a Julia, ésta se cubrió los pechos con las manos y demandó:
¿Qué haces aquí, patán? ¿No ves que me estoy bañando?
¿Dónde está? -gritó el guardia.
¿Dónde está quién? -preguntó Julia fríamente.
¡El general Maximus! ¡Anoche estuvo contigo y ahora ha desaparecido!
¡Idiota! ¡Tu mismo me escoltaste de regreso y era evidente que él no estaba conmigo!
El guardia aferró a Julia por un brazo y la arrancó de la bañera, ríos de agua cayendo por su cuerpo desnudo y algunos pétalos de rosa adheridos a su piel reluciente. De inmediato, las otras mujeres se abalanzaron de modo de interponerse entre Julia y la bañera, envolviéndola protectoramente en una toalla grande y suave mientras lanzaban miradas amenazantes a los guardias.
¿Bien? Interrumpieron mi baño. ¿Ahora qué? ¿Quieren que les muestre nuestros alojamientos otra vez, guardias? ¿Para que comprueben nuevamente que el general Maximus no está aquí?
El guardia que la había arrancado de la bañera se quedó allí parado, sin saber qué hacer a continuación, de modo que Julia lo tomó por el brazo y lo empujó en dirección a las alcobas de las mujeres.
No tan rápido -dijo, mientras echaba una mirada a la pequeña estancia. No había allí lugar alguno donde un hombre pudiera esconderse pero, igualmente, pinchó las cortinas y las pilas de toallas con su espada antes de seguir a Julia y varias de sus amigas de regreso a los dormitorios. Una vez allí, las mujeres contemplaron impacientemente cómo estos eran registrados otra vez. Las pocas mujeres que se quedaron en el baño cerraron suavemente la puerta y luego corrieron frenéticas hacia el agua cubierta de pétalos de rosa, tomando a Maximus por el cabello y tirando de él para traerlo a la superficie.
Emergió escupiendo y aspirando de un modo desesperado, la boca abierta, los ojos cerrados apretadamente. Los pulmones le ardían por el largo rato que había pasado conteniendo el aliento y se frotó los ojos con todas sus fuerzas, tratando de limpiarlos de los aceites perfumados que le habían causado irritación. Con los pulmones todavía doloridos, se sentó en la bañera y apoyó las manos en el borde, descansando la frente sobre ellas. Eugenia y Honora le echaron una toalla sobre la cabeza y otra sobre los hombros, al tiempo que escuchaban atentas a la conmoción que tenía lugar en la otra estancia, listas para empujarlo otra vez bajo el agua si era necesario.
Los ruidos se acallaron bruscamente y Julia volvió al baño poco después, corriendo hacia Maximus y arrodillándose a su lado para luego quitarle la toalla de la cabeza, acariciarle el cabello y murmurarle algunas palabras. Envuelta ahora en una bata, se irguió y, colocando sus manos bajo los brazos de Maximus, lo ayudó a ponerse de pie, el agua chorreando de su túnica empapada y formando un charco en el piso de baldosas rojas. Una docena de manos femeninas se tendieron hacia él y una muchacha muy joven le alcanzó un paño empapado en agua limpia que Maximus apretó agradecido sobre sus ojos mientras permanecía de pie en la bañera con el agua hasta las rodillas, la túnica adherida a su cuerpo musculoso.
Oliendo a lana mojada y rosas, por fin abrió sus ojos enrojecidos y pasó por encima del borde de la bañera, teniendo cuidado de no resbalar en suelo lustroso. Contempló a Julia y le sonrió:
Gracias por permitirme compartir tu baño, mi señora. Pero la próxima vez no abuses de los aceites perfumados. ¡Lastiman los ojos como si fueran puñales!
Julia le devolvió la sonrisa y sus compañeras soltaron risitas ahogadas mientras admiraban su figura masculina.
¿Se fueron? -preguntó Maximus.
Más de una docena de cabezas femeninas se movió afirmativamente.
Gracias, señoras. Pronto serán mujeres libres. Julia, vístete y acompáñame ... ponte algo sugestivo.Mientras Julia se vestía, Maximus estrujó su túnica para quitarle la mayor cantidad de agua posible y se puso las botas, que habían estado escondidas bajo las pesadas ropas de dos de las mujeres. Otra le alcanzó su espada, que guardaba aún el calor del lugar donde había estado escondida, muy cerca de su cuerpo.
La esclava rubia que había estado junto a Cassius en la fiesta entró corriendo y riendo.
Vi salir a los guardias -dijo entre carcajadas- Estaban pálidos como muertos y, ¿saben dónde fueron?
¿Dónde? -preguntaron simultáneamente dos docenas de voces.
Directamente fuera del campamento. ¡Lo juro! Cruzaron la puerta y empezaron a correr hacia los bosques. ¡Yo misma los vi!
Maximus no pudo evitar una sonrisa de triunfo. Hasta allí, todo bien.
Cuando Julia entró en su tienda sin anunciarse, Cassius estaba sentado ante su ornamentado escritorio y trabajando en su diario. Levantó la cabeza para mirarla y luego volvió a bajarla. Sin volver a dirigirle la mirada preguntó:
¿Qué quieres?
Sólo quería verte. Te extraño cuando trabajas tanto.
Su túnica semitransparente flotando en torno a su cuerpo, Julia se inclinó sobre el escritorio y le deslizó sus largos dedos primero por la mano y luego por el brazo hacia arriba y hasta llegar al hombro, donde usó ambas manos para masajear los tensos músculos de su espalda. Al cabo de unos pocos instantes, notó cómo la velocidad de la escritura disminuía considerablemente para por fin detenerse por completo, mientras Cassius cerraba los ojos sucumbía a sus atenciones.
Ah, Julia -suspiró- Eres la mejor que jamás haya criado.
Julia se las arregló para mantener el ritmo de sus dedos firme y parejo.
Sabes ... tengo a dos de tus hermanitas listas para seguir tus pasos. Cuando volvamos a Roma, te pondré a cargo de su entrenamiento. Creo que serán magníficos regalos para hombre cuya alianza necesito.
Maximus se estremeció ante la crudeza de las palabras de Cassius y se concentró desde donde se encontraba escondido tras una pesada cortina, en mantener su respiración calma e inaudible. El pretoriano cuyo uniforme vestía estaba atado e inconsciente, encerrado en un armario. Maximus rezó para que Julia no reaccionara a la provocación de Cassius.
Haré lo que tu desees, señor –dijo Julia, su voz tan firme como sus dedos. Sin embargo, la muchacha estaba plenamente consciente de la daga escondida bajo su túnica ... una daga que ni siquiera Maximus sabía que tenía. A medida de que Cassius se relajó, su mentón se inclinó sobre su pecho y ella movió una mano para tomar la empuñadura de plata del puñal, extrayéndolo de su escondite. Se sobresaltó violentamente cuando Marcellus entró a la estancia a la carrera, al punto de que casi dejó caer el arma.
¡Cassius! –gritó- Algo anda mal. Dos de los hombres que estaban custodiando a Maximus escaparon esta noche del campamento ... -se detuvo abruptamente cuando vio a Julia – Bien, bien ... tal vez tenemos aquí a quien nos puede decir que está pasando. Al parecer, Maximus no se dejó ver en todo el día y supe que estuviste anoche en su tienda ...
Cassius hizo un movimiento para volverse hacia Julia pero ella se movió más rápido y le clavó la daga en la yugular hasta la empuñadura. La sangre saltó describiendo un arco y empapó los documentos bajo sus manos, antes de que su cabeza cayera sobre el escritorio con un ruido nauseabundo.
Marcellus estaba demasiado atónito como para moverse y la única palabra que llegó a articular se perdió en el giro violento de su cabeza cuando un pretoriano vestido de negro le quebró el cuello. Maximus dejó que el cuerpo se deslizara lentamente hasta el suelo, sus ojos azules fijos en los de Julia, quien permanecía de pie detrás del escritorio devolviéndole la mirada con calma.
Está muerto -dijo simplemente.
Puedo verlo -respondió pasando sobre Marcellus y moviéndose lentamente hacia ella- Esto no salió exactamente como lo planeamos.
Tenía que hacerlo.
Maximus asintió.
Te entiendo. Pero ahora tenemos un problema. Tenemos que hacer que parezca que lo hizo Marcellus.
Vete, Maximus. Diré que vi a Marcellus matar a Cassius y que yo maté a Marcellus.
Maximus contempló el cuerpo retorcido del tribuno tendido a sus pies.
No creo que haya nadie capaz de creer que puedes romperle el cuello a un hombre, Julia -la vio tambalear ligeramente- No me falles ahora, Julia. Tenemos que terminar esto. Sé fuerte.
Julia tragó saliva y asintió.
Ahora, pasa por encima del cadáver teniendo mucho cuidado de no pisar la sangre que hay en el piso. No permitas que manche ni tus pies ni tu túnica.
Julia hizo lo que Maximus le indicaba, sin atreverse a mirar el cuerpo desplomado sobre el escritorio, la sangre coagulándose sobre la madera y empapando la alfombra tejida que había bajo él.
Siéntate en esta silla mientras armo la escena del crimen -Maximus usó su propia capa para limpiarle la sangre que tenía en los dedos y los brazos y la guió hasta un asiento en el otro extremo de la estancia. Luego, puso manos a la obra.
Levantó el cuerpo sin vida de Marcellus y se lo cargó al hombro, pasando cuidadosamente detrás del escritorio. En esa posición, usó la mano del tribuno para extraer el puñal del cuello de Cassius, asegurándose de que, en el proceso, los dedos y los brazos de Marcellus quedaran cubiertos de sangre. El cuchillo se desprendió con un ruido gorgoteante y el aire brotó bruscamente de la herida. Maximus echó una mirada al rostro pálido de Julia.
- Inclínate hacia adelante, pon la cabeza entre tus rodillas y respira hondo por la boca. Respira lenta y profundamente. No te me desmayes ahora.
Julia obedeció y su cabello rojizo cayó hasta el suelo formando como un charco a los lados de su cabeza, en una horrible parodia de la imagen del hombre que acababa de matar.
Maximus dejó caer la daga de Julia al piso y usó la mano de Marcellus para tomar el abridor de cartas que estaba sobre el escritorio e insertarlo en la herida que dejara el arma asesina. Luego, dejó caer a Marcellus sobre el charco de sangre y lo movió un poco con el pie para asegurarse de que su pecho también quedara cubierto por una gran mancha.
Una rápida ojeada bastó para que Maximus se cerciorara de que Julia aún estaba consciente. Nuevamente estaba erguida, sus pestañas como manchas oscuras sobre su rostro pálido. Sabía lo que sentía la muchacha ... lo que se sentía al acabar por primera vez con la vida de un hombre: que era sorprendente lo fácil que resultaba.
Rápidamente, Maximus se quitó el uniforme de pretoriano, revelando la túnica empapada y arrugada que llevaba debajo. Arrastró al guardia aún inconsciente desde el armario y maldijo entre dientes mientras, como podía, le volvía a colocar el uniforme. Luego, Maximus usó la espada del pretoriano para causar una profunda herida en el cuello de Marcellus, sabiendo que el corazón del hombre muerto no sería capaz de bombear la suficiente cantidad de sangre como para hacer que la herida resultara convincente si se la sometía a un estudio minucioso.
Luego, emitió un sonido de repulsión ante lo que debía hacer.
Al menos, morirás como un héroe – murmuró a modo de disculpas mientras le clavaba al pretoriano su propia espada en el vientre y lo dejaba caer sobre Marcellus, el arma atrapada entre ambos. Con las manos sucias de sangre y manchas carmesí en su túnica arruinada, Maximus dio un paso atrás para estudiar la escena. No era demasiado convincente pero tendría que bastar.
Tomó el puñal de Julia, lo limpió y lo guardó en su cinturón; luego, tomó una pesada capa perteneciente a Cassius y se envolvió en ella. Se acuclilló junto a Julia y le sujetó una de sus manos entre las suyas.
Julia, escúchame. Tengo que ir a lavarme toda esta sangre y ponerme una túnica limpia. Espera a que regrese para dar la alarma. Pero, si alguien aparece antes, debes fingir que tropezaste con la escena del asesinato y te desmayaste pero diste la alarma cuando te recuperaste lo suficiente. No le expliques nada a nadie, ¿entiendes?
Julia asintió, su rostro recuperando poco a poco el color, y mantuvo los ojos fijos en Maximus mientras este se dirigía a la entrada y desaparecía en la noche.
Menos de media hora después, los gritos de Julia atrajeron a los guardias y los tribunos a la carrera. El general Maximus y sus dos guardias restantes se encontraban casualmente en dirección a la tienda de Cassius y llegaron inmediatamente después. En la conmoción que siguió, el general Maximus tomó el control rápidamente, ejerciendo su autoridad sin que ésta fuera cuestionada. Sus dos guardias retiraron rápidamente el cuerpo del general Cassius de la escena del crimen y lo depositaron en su cama para concederle el respeto que su rango merecía. Maximus luego separó los otros dos cuerpos personalmente, exclamando enfáticamente que era obvio que Marcellus había asesinado a Cassius y que el valiente pretoriano había muerto tratando de detenerlo. Se negó a permitir que Julia fuera interrogada ... -después de todo, ¿cuán confiable era el testimonio de una mujer histérica?- y la colocó bajo su protección personal.
El cuerpo de caballería de Maximus puso orden rápidamente en el conmocionado campamento, proclamándolo nuevo general de la legión. Para la media noche, los tribunos y centuriones de Cassius estaban encerrados, a la espera del difícil proceso de determinar quiénes eran traidores a Marcus Aurelius y quiénes le eran leales. A primera luz del día, los correos partieron con destino a las demás legiones del Este, para hacerles saber que el general Maximus estaba en control de la situación, que actuaba en nombre de Marcus Aurelius y que cualquier hombre que se le opusiera sería acusado de traición y ejecutado sumariamente.
Otros cuatro correos partieron hacia Roma, para entregar despachos a Lucilla y su familia informando que el imperio estaba a salvo y que Maximus permanecería al mando de la totalidad del ejército romano hasta que Marcus Aurelius llegara a Moesia.
Marcus Aurelius apareció mucho antes de lo que Maximus anticipara. Cinco días después de que los asesinatos tuvieran lugar, las trompetas anunciaron la llegada del emperador y dos legiones fuertemente armadas.
Apenas tuvo tiempo de organizar su legión para recibir debidamente al emperador antes de que Marcus atravesara la puerta, bajara de su caballo y se dirigiera hacia él. Maximus se dejó caer sobre una rodilla en señal de respeto pero Marcus no quiso saber nada de eso. Lo hizo levantarse y lo envolvió en un fuerte abrazo frente a quince mil hombres que sonreían y vivaban. Reteniendo aún al joven general contra su pecho, Marcus susurró:
¿Quién sino tu podría haberlo logrado, Maximus? ¿Quién sino tu? Esperaba verme envuelto en una espantosa guerra civil pero tu evitaste todo ese derramamiento de sangre. No sé si alguna vez podré encontrar el modo de agradecerte lo suficiente.
El emperador dio un paso atrás y, tomando la mano de Maximus, la levantó en alto en señal de apoyo. La aclamación fue ensordecedora.
Prepararemos una fiesta en tu honor, señor, pero no sé cómo vamos a hacer para alimentar a todos estos hombres – Maximus miró atónito al mar de armaduras grises que cubría cada retazo del campamento y de las colinas más allá de éste.
Marcus bajó la mano de Maximus y apoyó la suya sobre el antebrazo de su general mientras caminaban juntos lentamente hacia el centro del praetorium.
Estoy seguro de que encontrarán el modo de arreglarse entre ellos, ahora que no tienen que pensar en matarse entre sí -dijo Marcus riendo.
Maximus se puso muy serio.
Cesar, ¿por qué creyó Cassius que podría salirse con la suya?
Estaba en Egipto, realizando una gira de inspección por el Norte de Africa y estuve lejos de Roma lo suficiente como para que Cassius creyera en los rumores sobre mi muerte... rumores que él mismo inició, por supuesto. Debí haber estado más atento a su ambición -Marcus apretó el brazo de Maximus- Por cierto que te subestimó. ¿Te das cuenta, Maximus, de que cuentas con la lealtad de todo el ejército romano, no sólo de las legiones del Norte?
Las palabras del emperador hicieron que un escalofrío corriera por la espina de Maximus. Era una responsabilidad agobiante.
No supe nada del complot hasta que llegué a Roma y Lucilla me dijo que había recurrido a ti en busca de apoyo. Confía en ti completamente, Maximus, y yo también. Completamente.
Por la noche, los dos hombres se retiraron a los aposentos reservados para el emperador, donde Marcus Aurelius se relajó recostado en un diván y con una copa de vino en la mano, mientras Maximus permanecía sentado cerca, en una cómoda silla. Tres jarras de vino abiertas -dos de ellas ya vacías- soltaron la lengua del emperador.
Marcus suspiró pesadamente.
Nunca debí haber permitido que el senador Licinius te adoptara... debí haberte adoptado yo mismo -miró a Maximus tiernamente con sus ojos enrojecidos- Hubieras sido tan bueno para mi familia. Commodus necesita un hermano como tú y Lucilla, bueno, Lucilla nunca te olvidó, ¿sabes?
¿Lucilla? -preguntó Maximus con cautela.
Oh, sí... Lucilla te amaba antes de casarse con Lucius y aún te ama. Lo sé - Marcus hizo una pausa para beber un largo trago de vino y luego movió su copa en dirección a Maximus para captar la atención del general, quien contemplaba pensativamente el líquido rojo de su propia copa- ¿Considerarías la posibilidad de ca...?
Ya estoy casado, señor -interrumpió Maximus rápidamente, temeroso de escuchar lo que el emperador iba a decir.
Ah, sí... Lo recuerdo. Bien por ti. Bien por ti -Marcus hizo una pausa y luego agregó- Te di permiso para que te casaras, ¿verdad?
Maximus asintió con la cabeza.
Ah, sí... Otro error. Debí haberte casado dentro de mi familia.
Maximus se sintió irritado.
Marcus, por favor, no llames a mi matrimonio un error.
La cabeza del emperador se volvió bruscamente ante el uso familiar de su nombre por parte de Maximus.
Perdóname, hijo. Sólo estaba pensando en voz alta. Lo que dije fue algo terrible.
Maximus aceptó la disculpa con un rápido gesto de asentimiento de su cabeza.
Mi señor, tengo una petición.
Lo que quieras, Maximus. Cualquier cosa en el mundo.
Quiero ir a casa a ver a mi familia. Hace más de dos años...
Por supuesto. Por supuesto que puedes ir a casa pero no por mucho tiempo. El imperio podría derrumbarse sin ti -Marcus habló en tono de broma pero queriendo decir exactamente lo que dijo.
¿Cuánto tiempo, Mi Señor?
¿Hmmmm? -Marcus se estaba adormilando.
¿Cuánto tiempo puedo permanecer en España con mi familia?
Oh, algunos meses, supongo. Estoy seguro que el imperio podrá sobrevivir unos meses sin ti.
Gracias, Mi Señor.
Enviaré contigo a mis pretorianos de mayor confianza.
Mi Señor...
No, Maximus. No te dejaré ir solo. Fin de la discusión.
Los dos hombres se quedaron un rato en agradable silencio y luego Marcus sorprendió a su general arqueando una ceja y diciendo en tono escéptico:
¿Así que Marcellus mató a Cassius y el guardia mató a Marcellus?
Maximus permaneció en silencio.
Marcus lo miró de cerca y luego sonrió.
Ahora... dime lo que realmente ocurrió.
Maximus le contó al Cesar la historia completa y en detalle y Marcus escuchó atentamente hasta que hubo concluido.
Esa joven ... ¿cómo dijiste que se llama?
Julia.
Sí, Julia. Es muy valiente.
Sí, Mi Señor, lo es. Ella y las otras mujeres sufrieron terriblemente en manos de Cassius y eso debe ser compensado.
¿Qué sugieres?
Deberían regresar a Roma bajo tu protección y recibir cada una de ellas una suma de dinero suficiente como para iniciar una nueva vida.
Marcus asintió.
Sigue.
Maximus suspiró.
No sé si es cierto o no pero Cassius se jactó de criar a esas esclavas para que fueran sirvientas sexuales y dijo que había más muchachas - algunas muy jóvenes - guardadas en algún lugar en Roma. Quiero que eso sea investigado, Mi Señor.
¿Criarlas? - Marcus sonó incrédulo.
Mi Señor, los esclavos son criados todo el tiempo. Es desagradable pero es así. En este caso resulta peor porque se las destina a servir a los hombres de ese modo.
Todo el tema de la esclavitud te molesta, ¿no es así, Maximus?
Sí, Mi Señor.
A mí también - Marcus se apretó el puente de la nariz entre dos dedos como si tuviera dolor de cabeza – Pero está inscripto en la sociedad Romana hasta tal punto que, si se la aboliera, el imperio colapsaría financiera y socialmente.
Se la podría eliminar por etapas.
Tomaría generaciones.
Tal vez, pero hay que empezar en algún momento.
Marcus cambió repentinamente de tema.
Maximus, estuve pensando seriamente en devolverle a Roma la condición de república después de mi muerte -alzó una mano cuando vio la expresión de alarma en el rostro del hombre más joven- No, no me estoy muriendo pero ya no soy un hombre joven y debo considerar esas cosas seriamente.
Commodus...
La voz de Marcus sonó enojada.
Commodus, Commodus. En mi ausencia, era Commodus quien tendría que haber sofocado la insurrección de Cassius. En cambio, se pasa los días en el Coliseo, nada menos que jugando al gladiador. Tu hiciste lo que él debía haber hecho. Tu mantuviste unido al imperio. Ciertamente, esto me da algo en qué pensar -agregó Marcus enigmáticamente- Pero, suficiente por esta noche. Estoy exhausto - y borracho - y seguro de que salvar al imperio es también un trabajo agotador. Por la mañana, enviaré a las mujeres a Roma, acompañadas por una de las legiones. Me gustaría que pasaras un día más conmigo antes de partir para España -Marcus se inclinó hacia delante para aferrar el hombro de Maximus- Pero, ten por seguro que, si te necesito, te mandaré a buscar de inmediato.
Bueno, tengo esperanzas de que no me necesites, Mi Señor. Buenas noches.
Julia contempló a Maximus desde la montura del caballo que la conduciría a Roma.
¿Volveré a verte? - le preguntó.
No -la respuesta fue simple, pero la voz de Maximus sonó suave y tierna.
Julia le sonrió.
Eso pensaba.
Maximus le devolvió la sonrisa.
Estarás muy ocupada iniciando una nueva vida -le tocó el pie- ¿Estás segura de que no quieres viajar en el carruaje?
Ella sacudió la cabeza, las ondas rubio rojizas de su cabello del mismo color que el del sol al amanecer.
No, me sentiría encerrada y he tenido bastante encierro en mi vida.
Maximus asintió en señal de comprensión.
Julia vaciló por un instante y luego dijo.
- No tienes de qué preocuparte, Maximus. No le diré a nadie que conozco personalmente al gran general romano.
El frunció el ceño.
¿Por qué habría de preocuparme?
Julia miró hacia la puerta del campamento.
No quiero avergonzarte.
Julia -Maximus le sacudió el pie- Julia, mírame.
Ella lo hizo a regañadientes y Maximus vio las lágrimas brillando en sus ojos.
Estoy orgulloso de conocer a una mujer con tu carácter, fuerza e inteligencia. Lo que Cassius te hizo estaba más allá de tu control. Si te hubieras resistido, te hubiera matado. Lo sabes.
Ella asintió y tomó aliento temblorosamente antes de volver a fijar la vista en la distancia.
Te deseo una vida muy larga y feliz, Maximus.
Te deseo lo mismo.
Maximus le hizo una seña con la cabeza al pretoriano que estaba parado cerca en posición de firmes y éste dio la orden de avanzar. Retrocedió mientras el caballo de Julia empezaba a moverse y ella no se dio vuelta para mirarlo. Saludó a algunas otras mujeres que también montaban a caballo y respondió riendo a los saludos de las que viajaban en el carruaje y sacaban las manos por las ventanas.
A la mañana siguiente, Maximus condujo a ocho pretorianos por el mismo camino y en dirección hacia su hogar en España.
Maximus se acuclilló bajo el enorme álamo ubicado cerca de los escalones que ascendían hacia su casa, su cuerpo escondido en las sombras mientras se apoyaba en el tronco. Sus ojos estaban fijos en la mujer y el niño que jugaban en la escalinata, no muy lejos de donde se encontraba.
Olivia no lo esperaba y, no queriendo alarmarla, había dejado su semental al pie de la colina, despidiendo a los pretorianos en la última aldea antes de llegar a su casa. A medida de que se acercaba a pié a su casa, la dulce voz de su esposa flotó hasta él en el viento, su risa mezclada con canciones. Olivia estaba sentada en el escalón más alto, su mano extendida hacia el niño mientras este ascendía trabajosamente sobre sus manos y pies, gorjeando feliz y llamando a su mamá para asegurarse de que ésta admiraba su progreso.
La última vez que Maximus había visto a su hijo, éste era un bebé recién nacido pero ahora era un muchachito de cabellos color azabache que se enrulaban en torno a su cuello y piernas regordetas que asomaban bajo una corta túnica blanca. Maximus observó en aturdido silencio como el infante alcanzaba el escalón más bajo y se daba vuelta en su dirección, atraído por el vuelo de una colorida mariposa. Tomó aliento temblando de emoción. Era hermoso, la imagen viva de su mamá, con sus enormes ojos negros y unos pocos dientecitos blancos revelados por su regocijo.
Olivia aplaudió y lo atrajo de regreso hacia la escalera con su mano y su voz. Maximus observó el progreso de su hijo y luego se unió a Olivia en la canción, su voz profunda resonando en el rincón sombreado donde se ocultaba. Sorprendida, ella miró rápidamente a su alrededor, luego se levantó y alzó a su hijo en sus brazos buscando protegerlo, usando una mano para hacerse sombra sobre los ojos y mirando en su dirección.
¿Maximus? -preguntó tentativamente.
El se irguió desde su escondite y sonrió a modo de respuesta, sus ojos azules pasando rápidamente de la madre al niño.
¡Maximus! -gritó Olivia. El niño en sus brazos se asustó por el repentino grito de su madre y, llevándose el puñito a la boca, comenzó a llorar. Olivia lo acunó y lo calmó con su suave voz, sus ojos fijos en el rostro de su esposo. En el querido y cansado rostro de su esposo.
Alarmados, los sirvientes se asomaron a las ventanas y luego sonrieron antes de desaparecer nuevamente. El amo estaba en casa.
Maximus ascendió lentamente los escalones que su hijo acababa de subir, la atención del niño fija ahora en el hombre extrañamente vestido que se le acercaba. Maximus escuchó a Olivia repetir la palabra "papá" una y otra vez, mientras lo sujetaba contra su pecho y lo acunaba dulcemente.
Cuando Maximus vio que el labio inferior del pequeño empezaba a temblar otra vez y la creciente alarma en sus ojos, se detuvo en el segundo escalón. No sabía qué hacer y miró a Olivia en busca de apoyo.
Ella se secó las lágrimas con la mano y luego le dijo:
Está bien, Maximus. Está asustado por tu uniforme, eso es todo. Acércate despacio, cariño -volvió a fijar su atención en el niño, murmurándole palabras tranqulizadoras.
Pero Maximus se quedó donde estaba. El gran general romano, el hombre que acababa de salvar al imperio de la guerra civil, no tenía idea de cómo acercarse a un niño asustado. Su niño. Su hijo.
Los sirvientes se reunieron sonriendo detrás de Olivia pero ella permaneció ajena a su presencia.
Maximus, quédate donde estás y yo iré hacia ti. Tal vez sea mejor de ese modo.
Siguió murmurándole al niño la palabra "papá" y, lentamente, bajó los escalones, deteniéndose en cada uno de ellos para evaluar el miedo de la criatura. Mientras lo hacía, Maximus desabrochó las hebillas de su coraza esculpida y la arrojó al suelo, sobre su capa y las pieles de lobo. Se quedó de pie, vestido con una simple túnica, las manos a los lados del cuerpo, sus dedos retorciendo nerviosamente la tela.
Olivia se encontraba sólo dos escalones por encima de él y extendió la mano para acariciarle la barba.
Maximus -susurró - No puedo creer que realmente estés en casa.
Su esposo le tomó lentamente la mano y se la llevó a los labios, besándola una y otra vez, los ojos cerrados, superado por la emoción.
Marcus nunca quitó los ojos del rostro del extraño mientras se apretaba contra su madre, tratando de evitar el contacto con el hombre. Maximus alzó los ojos hacia el niño y, lentamente, tendió una mano hacia la rodilla adornada por un hoyuelo. Acarició ligeramente la piel sedosa con el dorso de sus dedos y susurró.
Hola, hijo mío. Hola, Marcus.
La mirada del niño descendió hacia su propia rodilla, donde los grandes dedos bronceados tocaban su piel pálida para luego volver sobre el rostro barbado antes de abrazarse a su madre y esconder la cara en su hombro.
El rostro de Olivia reflejó el dolor de su esposo.
Maximus, lo siento. Le hablo de ti todo el tiempo. Pero imagino que verte en persona es diferente. Lo superará pronto.
Está bien. Entiendo -Maximus se obligó a que su voz sonara alegre aunque sentía un peso enorme en su corazón. Este no era en absoluto el recibimiento que había esperado.
Olivia le entregó a Marcus a una de las servidoras y el niño fue con ella de buen grado, tendiéndole sus bracitos para recibir su abrazo. Maximus se sintió inundado por unos celos arrolladores e irracionales al ver a su hijo refugiado en los brazos de la mujer para luego ser llevado dentro de la casa y lejos de su vista.
Olivia tomó a Maximus en sus brazos y lo hizo apoyar la cabeza en su hombro, como si hubiera sido un niño necesitado de consuelo. Lo besó en el cuello y murmuró en su oído:
No es nada, Maximus. Es sólo que no te conoce. Pronto cambiará.
Bajó los escalones para estar a su misma altura y lo abrazó largamente.
Te amo –murmuró- Te amo tanto. Gracias a los dioses que estás de regreso en casa.
Maximus le devolvió sus palabras de amor y acarició el cabello y la espalda de su esposa mientras la abrazaba.
¿Terminó la guerra en Germania? -preguntó Olivia.
Por el momento. Sin embargo, estuve en el Este, solucionando problemas que surgieron allí.
¿El Este? ¿Qué...? -Olivia se contuvo -Ven adentro, cariño, salgamos del sol. Debes estar exhausto y hambriento. Luego hablaremos -acarició la mejilla de su esposo y lo miró a los ojos, sintiendo que el corazón le dolía al ver en ellos una mezcla de fatiga y desilusión- Lo que necesitas es comida, un baño y descanso. Todo lo demás puede esperar.