Maximus se arrodilló y apoyó sus brazos cruzados en el borde de la cuna de su hijo y contempló el rostro angelical y dormido de la criatura. Olivia se sentó a su lado en el suelo con las piernas cruzadas, sus ojos fijos en el rostro de Maximus mientras éste acariciaba tentativamente la suave mejilla de Marcus con un dedo. Perdido en el sueño, el niño no se echó hacia atrás y Maximus suspiró aliviado, mientras que la satisfacción dibujaba una sonrisa en los suaves labios de su esposa.
Olivia dejó correr la palma de su mano por la espina de su esposo en un movimiento ascendente, volviendo a familiarizarse con la robustez de su cuerpo. Se irguió sobre sus rodillas y le rodeó el cuello con los brazos mientras susurraba en su oído.
Es valiente como su papá y siente curiosidad por todo - Olivia apoyó el mentón en el hombro de Maximus y lo besó en el cuello, justo por debajo de la oreja - Estoy seguro de que no habría reaccionado de ese modo al verte si yo no hubiera gritado. Se asustó porque pensó que yo estaba asustada. Cuando vea lo mucho que te quiero, su actitud cambiará, ya verás.
Lo besó en la mejilla.
Ven a la cama, Maximus - lo instó.
Ve tú. Yo iré enseguida - sus ojos no se apartaron del rostro de su hijo.
Olivia besó a Maximus una vez más y se dirigió en puntas de pie al dormitorio lindero, donde estudió y descartó sus ropas de dormir habituales a favor de una lujosa túnica de seda color crema con detalles en oro. Colocándosela, estudió su silueta críticamente en el espejo que estaba en el rincón. ¿Habría cambiado mucho en los años transcurridos desde que Maximus la viera por última vez? Su figura seguía siendo esbelta en los lugares adecuados y redondeada donde debía serlo. Su cabello negro relucía mientras sus gruesas ondas caían en forma de cascada sobre sus hombros y hasta la cintura. Sacudió la cabeza haciendo que la oscura masa se agitara sobre éstos y le sacó la lengua a su propio reflejo, tratando de calmar los nervios que le apretaban el estómago. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que ella y Maximus se vieran que casi le parecía estar viviendo su primera noche. Y Olivia deseaba desesperadamente que todo fuera perfecto. Se aplicó perfume entre los senos y en la base de la garganta, para después pasarse los dedos por el cabello y meterse en la cama. Se acostó del lado izquierdo, como lo hacía siempre, aún cuando Maximus no estuviera, su lugar siempre reservado para él.
Olivia se despertó abruptamente y, confundida, se sentó en la cama. El lugar a su lado seguía vacío, las sábanas sin huellas de haber sido removidas. ¿Cuánto tiempo había dormido? Bajó de la cama y se dirigió en puntas de pié a la habitación de su hijo. Se detuvo de golpe y ladeó la cabeza para escuchar mejor cuando la voz profunda y resonante de su esposo llegó a sus oídos. No podía distinguir sus palabras pero sabía que le estaba hablando a su hijo dormido. Sus labios se curvaron en una ligera sonrisa y regresó a la cama. Maximus vendría cuando estuviera listo.
La siguiente vez que despertó, se encontró a sí misma acurrucada bajo el brazo izquierdo de su esposo, la mejilla apoyada en el pecho de Maximus, cuyo corazón latía tranquilamente bajo su oído. Olivia se irguió apenas para descubrir a Maximus profundamente dormido, totalmente relajado y con un brazo echado sobre la cabeza, sus dedos curvados como los de un niño. ¿Cómo podía un hombre con semejante fuerza y virilidad, un hombre con tan pesadas responsabilidades, un guerrero ... verse tan dulce, tan aniñado y tan ... vulnerable?
¿Mamá? - llamó una vocecita desde la habitación contigua.
Olivia se escurrió del abrazo de su esposo y anduvo descalza hacia la puerta, cerciorándose con una mirada de que Maximus siguiera durmiendo. Luego de abrir suavemente la puerta, despidió a la niñera de Marcus con un movimiento de su cabeza, alzó al niño en sus brazos y lo abrazó. Marcus rió cuando Olivia le hizo cosquillas mientras lo cambiaba. Después, murmurando palabras de aliento, volvió a su dormitorio y se sentó en el borde de la cama sosteniendo a Marcus en sus brazos. El niño estudió al hombre dormido con cierta zozobra. Nunca antes había habido alguien en la cama de Mamá salvo él mismo y no estaba seguro de que el cambio le gustara. Olivia lo acunó dulcemente y le explicó en un susurro que el hombre era "Papá". Después, se acostó junto a Maximus, su cuerpo apoyado contra varias almohadas y sentó a Marcus en su regazo. Su esposo no se movió.
El pequeño se llevó cuatro dedos a al boca y miró al hombre durante algún tiempo antes de extender tentativamente un pie y rozar el brazo musculoso con un dedito.
Maximus no se movió pero el niño echó el pié hacia atrás, como si el brazo del hombre lo hubiera quemado. Olivia le sonrió y susurró más palabras de aliento. Lentamente, Marcus extendió el piecito nuevamente y, vacilante, miró a su Mamá, quien asintió y le sonrió. Esta vez, movió sus deditos contra los pesados músculos del brazo y se echó hacia atrás rápidamente cuando Maximus movió la mano derecha para rascar el punto en que lo había tocado. Los ojos de Marcus se agrandaron de asombro cuando vio el modo en que los músculos se contraían, poniéndose de relieve por un momento antes de volver a relajarse. El pequeño rió y luego se tapó la boca con las dos manitos para ahogar su regocijo mientras Olivia luchaba para controlar su propia risa.
Una vez más, Marcus hizo cosquillas en el brazo de su padre y contempló divertido cómo volvía a obtener la misma respuesta; pero Olivia supo que el juego había cambiado cuando vio que los párpados de su esposo se abrían ligeramente para luego volver a cerrarse mientras éste evaluaba rápidamente la situación y fingía estar dormido. La respiración de Maximus se mantuvo tranquila y pareja y sus rasgos permanecieron inalterables, su mano derecha apoyada sobre su antebrazo izquierdo, preparado para el próximo movimiento de su hijo.
No tuvo que esperar mucho. Maximus volvió a sentir el beso de los deditos sobre su piel y movió sus dedos en respuesta. Escuchó la exclamación, luego la risa, luego el suave roce otra vez. En esta ocasión, el pequeño apoyó el pié contra el brazo de su padre y Maximus se lo acarició suavemente, esperando que Marcus lo se apartara bruscamente. No lo hizo.
Maximus esperó con paciencia, los ojos cerrados, para descubrir qué haría el niño a continuación. Muy pronto sintió cómo los dos piecitos se apoyaban contra su brazo y reprimió una sonrisa mientras hacía que sus dedos caminaran rápidamente sobre ellos, arrancándole a Marcus una carcajada de excitación. Maximus no pudo contener más su alegría y rió con ganas mientras rodaba de costado para enfrentar a su esposa e hijo. Marcus le devolvió la sonrisa tímidamente y Olivia suspiró de alivio al ver a las dos personas más importantes de su vida compartiendo un momento de confianza y felicidad.
Gradualmente, durante la siguiente semana, esa confianza se incrementó hasta que Maximus y Marcus estuvieron tan cerca el uno del otro como si el padre nunca hubiera estado apartado de la vida del hijo. Juntos investigaron cada rincón de la granja, el pequeño sentado sobre los hombros de su papá mientras Maximus silbaba una alegre canción. Anduvieron por los campos, mientras dejaban correr sus manos por el trigo crecido, saboreando su olor y su textura. Inspeccionaron las aceitunas que maduraban bajo el cálido sol. Vieron como los trabajadores pisaban las uvas color púrpura, preparándolas para la fabricación del vino, sus pies y piernas manchados de un rojo oscuro. Temprano por las mañanas, cuando aún había parches de niebla en los rincones del valle, echaron una línea en la laguna y se sentaron entre los arbustos a esperar pacientemente que picara algún pez. Cuando probaron la fruta puesta a secar en el cobertizo, sus oídos captaron suaves maullidos y descubrieron a cuatro gatitos acurrucados bajo un carro, su atenta madre vigilando de cerca. Maximus le mostró a Marcus como sostener a los frágiles animalitos y se sentaron juntos en el piso y los contemplaron mientras jugaban, luego se alimentaban y finalmente se quedaban dormidos en un montoncito.
Pero lo que más le gustaba a Marcus era cabalgar sobre Scarto acurrucado en la cuna creada por los muslos y los brazos de su padre. A menudo, el pequeño se quedaba profundamente dormido en esa posición, su cabeza descansando contra el fuerte pecho de su padre.
Olivia los contemplaba desde la distancia, ansiosa por darles tiempo para estar juntos y a solas, sintiendo que una gran paz se apoderaba de ella. Este era el lugar al que Maximus realmente pertenecía. Vio como la tensión de sus hombros se disolvía y cómo las líneas de preocupación de su frente iban desvaneciéndose. Su cabello creció y la brisa lo movía cuando, montado en su enorme semental, contemplaba sus tierras entrecerrando los ojos. Cada noche entraba a la casa con sus manos y ropas sucias y una expresión satisfecha en su rostro.
Pero, por mucho que hiciera para ignorarlo, un miedo constante acechaba a Olivia desde el borde de su consciencia. Maximus le había hablado con ligereza acerca del incidente con Cassius, haciéndolo sonar como un episodio trivial; pero Olivia había comprendido el peligro al que había estado expuesto y sabía que su marido era absolutamente indispensable para Marcus Aurelius y Roma. Esta visita a su familia era nada más que eso: una visita, no un arreglo permanente. Cada mañana, Olivia se descubría a sí misma escudriñando el camino en busca de signos de los pretorianos, quienes terminarían por aparecer sobre la colina, trotando en una nube de polvo y portando órdenes del emperador para que Maximus regresara a Germania o se reportara en alguna otra parte del imperio donde se lo necesitaba. Marcus Aurelius nunca permitiría que Maximus se ausentara por mucho tiempo. Ella y su hijo también lo necesitaban pero el emperador tenía mucha más influencia que ellos en lo que hacía al destino de su esposo.
Olivia estaba decidida a hacer que la estadía de Maximus fuera lo más feliz posible, independientemente de su duración. Controlaba la preparación de comidas apetitosas y a menudo invitaba a su familia a que se les uniera en ruidosas cenas que se prolongaban hasta muy entrada la noche. Maximus se quejaba, diciendo que estaba en serio peligro de engordar y Olivia bromeaba diciendo que, tal vez, ese era su plan: engordarlo lo suficiente para que no fuera de gran utilidad para Marcus Aurelius como soldado y poder así conservarlo con ella en la granja. Lo cierto es que estaba en mejor estado físico que nunca, trabajando lado a lado con los labriegos, cavando, plantando, cosechando y limpiando las cosechas, arreglando cercos y carros. La tierra parecía vigorizarlo. Se acostaba tarde y se levantaba temprano pese a dedicar largas horas a hacerle el amor a su apreciativa esposa. Sonreía a menudo y reía muy seguido, relajándose cada noche bajo los álamos, con una copa de vino especiado en la mano y el aroma de jazmín en su nariz.
No quiero volver - le confesó una noche - Quiero quedarme aquí, contigo y con Marcus y tener más hijos. Quiero sentir la tierra bajo mis uñas y ver crecer las cosas en lugar de verlas morir.
Olivia no respondió. Sabía que Maximus estaba describiendo en voz alta un sueño imposible. La única parte de éste que tal vez se hiciera realidad era el incremento de su pequeña familia y Olivia rezaba para que, antes de que Maximus fuera llamado de regreso, pudiera quedar embarazada otra vez.
Cicero apretó su puño contra la parte baja de su espina y gimió mientras se arqueaba hacia atrás, escuchando el sonido que hacían sus huesos al acomodarse en su lugar. El viejo caballo de guerra que montaba era más que adecuado para su escaso talento como jinete gracias a su andar lento y pesado pero su paso era irregular y, después de casi cinco semanas de viaje, Cicero estaba al límite de su resistencia. Tenía que recordarse a sí mismo permanentemente que este viaje había sido idea suya y que él solo se había causado a sí mismo todo este sufrimiento.
Volvió a moverse incómodo y se preguntó, una vez más, dónde se habría metido el maldito perro.
Perro - rezongó Cicero.
Así era como Maximus lo llamaba pero lo cierto es que el animal era más lobo que perro. Se hizo sombra en los ojos con una mano y escudriñó el verde campo a su izquierda pero no pudo descubrir ninguna cola gris ondeando alegremente por encima del alto pasto. Bueno, donde quiera que estuviera, pronto se haría notar. A pesar de lo mucho que la bestia lo fastidiaba, Cicero tuvo que admitir que Hércules había sido una buena compañía nocturna, le había ofrecido abundante protección y lo había provisto regularmente de conejos.
A pesar de sus sombríos pensamientos acerca de su acompañante animal, el humor de Cicero había mejorado considerablemente en el transcurso de esa mañana porque se había dado cuenta de que su viaje se encontraba próximo a terminar. Un señalador clavado en un poste le había indicado que acababa de trasponer la frontera de España. Pronto se encontraría donde realmente debía estar ... junto al general Maximus.
Repentinamente, Hércules se lanzó a la carrera bajo el vientre del caballo y entre sus patas para después reaparecer en el camino mirando al hombre y el animal, todo su cuerpo bamboleándose mientras movía su larga cola, un cuerpo pequeño y peludo apretado entre sus mandíbulas. Cicero tiró de las riendas y el sorprendido animal frenó de golpe, haciendo que los dientes del hombre se cerraran de golpe y casi se mordiera la lengua. Hércules depositó su trofeo en el suelo y se quedó esperando palabras de felicitación. Cicero vio que se trataba de otro conejo y suspiró. Habían comido conejo cada noche de las últimas tres semanas pero, al menos, sus estómagos estaban llenos.
- Bien Hércules, bien muchacho -dijo sin mucho entusiasmo mientras desmontaba y levantaba el cuerpo ensangrentado del conejo entre el pulgar y el índice, manteniéndolo alejado de su cuerpo.
Ligeramente confundido por la falta de entusiasmo del hombre, Hércules se sentó sobre sus patas traseras y gimió ligeramente, ladeando la cabeza.
Oh, está bien -dijo Cicero palmeando la enorme cabeza del animal- Realmente lo aprecio. Si no hubiera sido por ti, a esta altura, probablemente estaría muerto. Eres un buen perro.
Feliz ahora, Cicero se acostó en la tierra del camino, a la espera de que su compañero desollara su regalo.
- Ahora no, perro. Aún nos queda un largo camino por andar y tenemos que encontrar un lugar seguro para pasar la noche. Vamos, muchacho. Sólo unos pocos días más y volverás a verlo.
Fueron los ladridos los que atrajeron a Olivia a la puerta principal de la casa ... ladridos profundos, frenéticos y que, de algún modo, sonaban familiares. Miró hacia el camino mientras se secaba las manos en el delantal que protegía su túnica y vio al enorme perro gris, con las orejas aplastadas y la cola rígida, corriendo a toda velocidad por el sendero. Era Hércules, no había duda posible. Anduvo rápidamente hacia el pasto y se dejó caer sobre una rodilla justo a tiempo para atrapar al perro cuando éste saltó hacia ella y la lanzó de espaldas al suelo. El animal se montó a horcajadas sobre Olivia, bañándole la cara con sus besos mojados. Ella se echó a reír y después le apartó el rostro mientras luchaba para controlarlo. Aferrándolo del pellejo de la nuca, necesitó todas sus fuerzas para sacárselo de encima y se puso de pié, siempre mirando hacia el camino aún vacío. El momento que tanto temía había llegado. Muy pronto los soldados aparecerían en lo alto de la colina para llevarse a Maximus. Se irguió mientras se pasaba las manos por la falda para quitarse las briznas de pasto que había en ella y reprimió los sollozos que amenazaban brotar de su garganta, preparándose para recibir a los pretorianos con la compostura propia de la esposa de un general.
Pocos minutos después, la inconfundible nube de polvo que anunciaba la llegada de visitantes se hizo visible. Pero era una nube pequeña, no las nubes marrones y densas que levantaba habitualmente una guardia pretoriana y Olivia se dio cuenta de que se enfrentaba a un jinete solitario.
Este se aproximó bamboleándose inexpertamente sobre el lomo del caballo que avanzaba al trote y se detuvo a pocas yardas de Olivia. Lo escuchó soltar un gemido mientras desmontaba y lo vio tambalearse ligeramente. En forma instintiva, se adelantó y le tendió una mano pero él le hizo señas de que no, su cabello grueso y castaño rojizo ocultando momentáneamente su rostro. El hombre se apartó el pelo de la cara y dijo.
Estoy buscando el hogar del general Maximus Decimus Meridius. ¿Vine al lugar correcto?
Por un momento, Olivia se quedó mirando las profundas cicatrices que cruzaban el atractivo rostro del hombre pero se recuperó rápidamente y respondió.
Vino al lugar correcto, señor. Soy la esposa del general Maximus.
El visitante sonrió.
El general no exageró su belleza, Mi Señora.
¿Quién es usted, señor?
Discúlpeme, Mi Señora. Soy Cicero, el sirviente personal del general. Vine desde Germania para estar con él.
Olivia volvió a espiar el camino.
¿Hay otros con usted?
Ningún ser humano, Mi Señora. Sólo este viejo caballo y esa bestia gris a la que el general llama perro. Hace un rato, se escapó y me dejó solo.
Hércules está aquí -Olivia miró a su alrededor y se dio cuenta que el animal se había ido- Supongo que fue a buscar a Maximus -vaciló un momento y luego preguntó valientemente- ¿Vino con órdenes para que mi marido regrese?
No, Mi Señora ...
Olivia suspiró aliviada, sus hombros aflojándose.
- Sirvo al general Maximus y debo estar donde él está. Vine por esa razón, aunque traigo cartas del tribuno Quintus, quien actúa como comandante en su ausencia.
Una sonrisa radiante iluminó el rostro de Olivia.
Entonces, eres muy bienvenido, Cicero. Perdona mis modales y, por favor, ven adentro. Haré que los sirvientes se ocupen de tu caballo. Debes estar muy cansado y hambriento.
Sí, Mi Señora, me confieso culpable de ambas cosas -dijo Cicero mientras subía los escalones y accedía a la sombra reparadora de la gran casa de piedra. Olivia le mostró dónde lavarse el polvo de la cara y las manos y luego lo escoltó hasta el triclinium, donde le sirvió vino mezclado con miel antes de ir a informar a los cocineros que tendrían un invitado a cenar.
Cicero llevaba unos pocos minutos sentado en el comedor cuando escuchó el ruido de pies calzados con botas corriendo por el atrio, seguidos por el sonido inconfundible de las patas de un perro tratando de no perder pie en un piso de mosaico. Segundos después, Maximus echaba una mirada al comedor mientras pasaba de largo por la puerta a toda carrera. De inmediato, Cicero escuchó cómo las botas del general patinaban cuando éste frenaba. El perro llevó la peor parte: sus uñas trataron infructuosamente de aferrarse al piso de mosaico cuando trató de dar la vuelta y Cicero hizo una mueca al escuchar el ruido que causó el enorme animal al darse contra la pared.
Maximus cargó a través de la puerta de entrada, los ojos muy abiertos por la sorpresa.
¡Cicero! -exclamó- Cicero ... ¿qué haces aquí? ¿Hay otros contigo? ¿Dónde están los otros?
Cicero se puso de pié para saludar a su general como correspondía.
No hay otros conmigo, señor, y estoy aquí para servirte. No tiene sentido que me quede en Germania cuando estás en España. Además -se encogió de hombros- necesitaba alejarme un poco de la legión Felix III.
Maximus sonrió y estrechó la mano de Cicero para después abrazarlo brevemente.
Te ves horrible -dijo riendo- Un viaje difícil, ¿verdad?
No sé cómo lo haces, señor ... recorriendo todo el imperio a caballo. Puede que mi espalda nunca se recupere, todo por no hablar de mi baja espalda.
Un baño caliente te hará muy bien -dijo Olivia mientras entraba a la estancia seguida por los sirvientes portando bandejas de comida y bebidas.
¿Conociste a mi esposa? -preguntó Maximus, sus ojos mirando amorosamente a Olivia. Cicero asintió con la cabeza.
Sí, señor, y tu descripción de ella es más que acertada.
¿Y mi hijo ... has visto a mi hijo?
Cuando Cicero movió negativamente la cabeza, Maximus se dirigió a la puerta pero fue detenido por Olivia, quien le bloqueó el paso con su cuerpo.
Maximus, Marcus está durmiendo. Si lo despiertas ahora, estará fastidioso toda la noche. Cicero puede conocerlo cuando se despierte y así tendremos la posibilidad de cenar tranquilos.
Por supuesto. Tienes razón -Maximus miró a Cicero casi avergonzado - Tiendo a olvidarme lo pequeño que es y lo quiero conmigo todo el tiempo.
Siéntate aquí, Cicero -dijo Olivia mientras le indicaba a su invitado el diván en el extremo de la habitación. Maximus arrastró a un Hércules que se resistía fuera del triclinium y le ordenó que se quedara quieto, para después unirse a Olivia en el diván que miraba hacia la puerta. La conversación se interrumpió brevemente, mientras se servían los primeros platos y empezaban a comer las ensaladas y los camarones. Hércules se echó en el suelo, justo en la entrada de la habitación, el hocico sobre sus patas, obligando a los cautelosos sirvientes a pasar por encima de su cuerpo.
¿Eres soldado, Cicero? -preguntó Olivia, todavía consciente de las profundas cicatrices en su rostro.
Lo fui, Mi Señora. Estaba en la infantería -Cicero vaciló y miró a Maximus, quien le hizo señas de que continuara- Cuatro años atrás, fui capturado por una tribu bárbara en Germania y ... herido.
Fue torturado -dijo Maximus y palmeó la mano de Olivia cuando ésta palideció visiblemente.
Cuando los soldados romanos me rescataron, estaba casi muerto y pasaron meses antes de que se supiera que viviría -Cicero bebió un largo trago de vino- Cuando me recuperé, descubrí que revivía esa experiencia cada vez que me preparaba para entrar en batalla y no podía hacerlo. Lo intenté tan duramente ... sabía que me licenciarían del ejército y que mi pensión estaba en peligro. No tengo familia ... el ejército es toda mi vida -Cicero miró a Maximus- El general Maximus me ofreció la posibilidad de trabajar para él como sus asistente y desde entonces lo he servido orgullosamente.
Actualmente, encontraría la vida sin ti muy difícil, Cicero -las siguientes palabras de Maximus fueron dirigidas a su esposa- Es un hombre muy discreto, que no repite los secretos militares que puede llegar a escuchar. Confío en él totalmente. Además, parece saber lo que quiero antes que de que yo mismo lo sepa -volvió a mirar a Cicero- Te hubiera llevado conmigo a cualquier parte, Cicero, si hubiera sabido que eras un jinete tan experto.
Cicero resopló ante el brillo travieso de los ojos de Maximus.
Creo que antes volvería a Germania caminando. No, señor, sólo sería un estorbo. No soy un jinete excepcional como tú.
Debiste haber montado a Argento. Te hubiera traído aquí en la mitad del tiempo que le tomó a ese jamelgo viejo.
Ni se me ocurriría tocar a ese demonio. Si tan siquiera hubiera intentado montarlo, me habría lanzado al vacío por el primer precipio. ¿De dónde sacaste caballos como esos?
Olivia y Maximus se echaron a reír.
Fueron un regalo de mi hermosa mujer. Su padre cría los mejores caballos de guerra del imperio.
Cicero se puso colorado.
Perdóneme, Mi Señora. Estoy seguro de que son animales maravillosos ... no como ese lobo que tienes, Maximus -Cicero hizo un gesto hacia el enorme perro, el cual lo ignoró altaneramente- Ese sí que es un animal malvado ...
Cicero vaciló cuando vio que Olivia volvía a sonreír. Maximus escondió su sonrisa en su copa de vino. Cicero lo miró.
- ¿El también? -preguntó lastimosamente.
Otro regalo de mi encantadora esposa -explicó Maximus en un fuerte susurro.
Bien ... Bien ... ciertamente tiene un gusto excelente en materia de animales, Mi Señora. Sabe qué animales ... le quedan bien a su esposo. Son listos y ... poderosos ... valientes ... igual que él ... y ...
Olivia estalló en carcajadas.
No lastimaste mis sentimientos, Cicero, y no hagas caso de Maximus. Te está fastidiando. En los últimos días, se ha convertido en un fastidioso total.
Olivia suspiró, fingiendo frustración.
Cicero estudió a Maximus cuidadosamente.
Te ves distinto, señor. Mucho más relajado. Casi más joven -Maximus miró a su sirviente con curiosidad. Cicero continuó- Tal vez sea el cabello. No sabía que tenías pelo ondulado.
Maximus se pasó la mano por sus gruesas ondas lustrosas y sonrió.
Aquí es mucho más fácil mantenerlo limpio que en el frente así que no me molesta dejármelo largo.
Y a mí me gusta así -agregó Olivia.
Cicero notó la cálida mirada que le dirigió a su esposo y la expresión de afecto que él le devolvió. Cicero notó que se tocaban el uno al otro con frecuencia: un roce en la mejilla, una mano que estrechaba a otra, una mano que se apoyaba en el brazo o en la espalda. Su relación era realmente una relación amorosa.
Sintiéndose como un intruso, Cicero cambió de tema.
Hércules me fue de gran ayuda en mi viaje. Me preocupaba viajar solo pero, con él a mi lado, ningún ladrón se animó a acercarse. El único momento en que me dejaba solo era cuando iba a cazar conejos. Conejos. ¡Siempre conejos! Comí bien pero estoy completamente harto de comer conejo.
Maximus dio un respingo.
Oh, bueno, entonces ... mejor voy a decirle a los cocineros que busquen alguna otra cosa para servir en la cena. Llevan todo el día preparando un plato especial de conejo.
Maximus ... -le advirtió Olivia por lo bajo.
Su esposo continuó, sin darse cuenta al parecer de la incomodidad de Cicero.
Estoy seguro de que no será problema. Pueden preparar cualquier otra cosa ...
No, no, el conejo estará bien. Estoy seguro de que, preparado por tus cocineros, tendrá un gusto completamente distinto.
¡Maximus, basta! -Olivia le dio una ligera palmada en el brazo- Cicero, tenemos venado para la cena. Maximus te está fastidiando. Ignóralo.
Oh -Cicero estaba muy intrigado por el cambio operado en su general. En Germania Maximus siempre había sido tan serio... casi sombrío. Cicero nunca lo había visto de ánimo ligero y la transformación era sorprendente. ¿Sería eso lo que lo hacía parecer tanto más joven? Por un rato, el enorme peso de las decisiones había sido apartado de sus hombros. Por un rato no tendría que enviar hombres marchando hacia su muerte. No tenía que delinear estrategias para una guerra y todo eso lo convertía en un hombre diferente ... un hombre al que Cicero estaba complacido de descubrir. Se inclinó hacia adelante y levantó su copa de vino en dirección hacia su general.
Por ti, señor.
El gesto intrigó a Maximus.
¿Por mí? ¿Qué quieres decir?
Nada en particular. ¿No puedo honrar a mi general si así lo deseo?
Olivia tomó su copa y también la levantó en alto.
- Por Maximus -dijo con una sonrisa.
Maximus paseó su mirada entre ambos buscando algún indicio acerca de que lo que esos dos querían decir. Finalmente, se encogió de hombros y alzó su copa también mientras inclinaba la cabeza en señal de aceptación.
No tengo idea de porqué están haciendo esto pero supongo que lo mejor que puedo hacer es ser amable.
Luego les sonrió traviesamente antes de echar la cabeza hacia atrás y vaciar su copa de un trago.
- De paso -dijo Maximus dirigiéndose a Cicero mientras que, en un gesto para nada característico en él, se limpiaba la boca con el dorso de la mano- aquí tengo gente de sobra para cuidarme. Considérate de licencia, amigo mío.
Maximus estaba sentado contemplando el interior de su copa de vino mientras la hacía girar entre sus dedos, perdido en sus pensamientos. La luna llena se reflejaba en la superficie del líquido. Cicero estaba sentado cerca, estudiando detenidamente al general. Había aprendido mucho más sobre el hombre en los pocos días que llevaba en la granja que en todos los años que lo había servido en el ejército.
No tenía idea del contenido de las cartas que había traído desde Germania pero éste obviamente había afectado a Maximus.
El general suspiró pesadamente y alzó los ojos para clavarlos en los de Cicero.
¿Las tribus están construyendo un fuerte en Colonia?
Sí, señor. Eso escuché decir.
¿Por qué estamos permitiendo que lo hagan? Si hay un fuerte a pocas millas del río, los germanos tendrán una base desde cual lanzar sus ataques.
Sí, señor.
Entonces, vuelvo a hacer la pregunta ... ¿por qué estamos permitiendo que lo construyan? Le di a Quintus la autoridad necesaria para actuar en caso de una agresión como esa.
Cicero se movió en su asiento y echó una mirada hacia el atrio a oscuras.
¿Puedo hablar llanamente, señor?
Por supuesto.
Quintus no puede tomar decisiones. Es bueno cumpliendo las órdenes de un superior - por ejemplo, las suyas o las del emperador - pero, cuando tiene que evaluar una situación o tomar una decisión por sí mismo, no puede hacerlo. La mayor decisión que tomó fue la de mover las legiones hacia Colonia como una muestra de poderío pero, después de eso, no hizo más nada.
¿Qué ha estado haciendo desde que me fui?
Construyendo nuevos caminos y reparando los que ya había. Reforzando las fortificaciones ... ese tipo de cosas. Ha tratado de ignorar lo que está ocurriendo al otro lado del río. La verdad es, señor, que creo que su ausencia ha sido buena paara él. Le ha demostrado que no es el líder que cree ser.
Bueno ... - empezó a decir Maximus pero se detuvo cuando Olivia entró en el jardín, llevando a un adormilado Marcus sobre la cadera.
Se despertó y pidió por su papá -dijo. Unos bracitos infantiles se tendieron en pos de otros mucho más grandes y fuertes y Maximus acomodó a su hijo en su regazo. Olivia arrancó algunos capullos de la rosa trepadora ubicada junto al asiento que ocupaba su esposo y desapareció silenciosamente en el atrio. El olor a rosas llenó el aire nocturno.
Marcus, éste es mi amigo Cicero -el pequeño estaba todavía muy adormilado y se limitó a mirar a Cicero antes de darse vuelta y acurrucarse contra el pecho de su padre, con el pulgar en la boca y los párpados cerrándosele de sueño. Maximus besó la negra cabellera del niño y le apartó el pelo de la frente antes de sonreírle a Cicero- Mi razón de vivir - dijo - Marcus y Olivia.
Puedo verlo, señor. Lo envidio.
Mi tiempo con ellos es tan breve.
Cuando está con ellos es un hombre diferente.
Un hombre mejor.
No, no mejor. Sólo diferente.
No es humano, sabes, pasar la mayor parte de nuestra vida en guerra, tan lejos de tus seres queridos. Preguntarte cada día si vivirás lo suficiente para ver a tu hijo ya crecido. La vida de un soldado es antinatural.
Podría ser peor.
Supongo que sí.
Podría ser un esclavo y su vida depender totalmente de la voluntad de otros.
Maximus sonrió.
Tienes razón, por supuesto. Estoy sintiendo pena por mí mismo cuando no tengo motivos para ello. Soy un hombre afortunado por tener una familia tan hermosa. No tengo problemas económicos -le sonrió a Cicero-Y doy las órdenes en lugar de recibirlas.
Muchos hombres encuentran más fácil obedecer. No implica responsabilidades.
¿Te refieres a Quintus?
Sí. Detesto decirle esto mientras está sentado aquí, en este hermoso jardín, con su niño en brazos, pero los hombres lo quieren de vuelta. Aún si Quintus fuera capaz de tomar una decisión, no estoy seguro de que los hombres le obedecieran. No confían en su criterio. Confían en usted totalmente.
Los soldados deben obedecer a sus comandantes.
No necesito decirle que hay muchos modos de evadirse de cumplir con una orden sin caer abiertamente en la desobediencia.
¿Por ejemplo? No, no me lo digas ...
Por ejemplo, podrían sabotear el equipamiento de modo de que no esté en condiciones para la batalla - interrumpió Cicero, decidido a decir lo suyo - La maquinaria pesada podría presentar problemas operativos. El campamento podría ser atacado por una misteriosa enfermedad ...
¡Mis nombres no harían esas cosas!
No con un usted a cargo, señor. Pero con Quintus no sé ...
Maximus hundió la nariz en el cabello de su hijo dormido y sintió latir su corazoncito junto al suyo. Sabía que lo que Cicero le acababa de decir era verdad pero había evitado pensar en ello, de modo de poder disfrutar de su tiempo junto a su familia sin culpas.
Hay alguien a quien ama tanto como a su esposa y a su hijo - dijo Cicero.
Maximus levantó los ojos de un modo interrogativo.
Marcus Aurelius y todo lo que él representa. Lo ama y ama a Roma ... apasionadamente.
Maximus asintió y suspiró.
Eres muy perceptivo, Cicero. No tenía idea de que me comprendías tan bien. Dime la verdad, ¿te enviaron desde Germania para persuadirme de que vuelva?
No, Maximus -dijo Cicero con desacostumbrada familiaridad- Vine porque eres el único hombre al que jamás serviré. No estando tú en Germania, yo estaba perdiendo mi tiempo.
Gracias por tu lealtad, Cicero.
Es algo que no otorgo a la ligera, señor.
Maximus jugueteó con el pasto con la puntera de su sandalia.
Debo admitir que, a veces, estando aquí, me siento aislado del mundo. Cuando estoy en España es fácil imaginar que Germania no existe y tampoco Roma. Es algo desconcertante.
Estás acostumbrado a saber de primera fuente lo que está pasando en el imperio, a ser el hombre que toma las decisiones que afectan a millones de personas. Por mucho que ames este lugar, nunca será suficiente para ti.
No sé ...
Yo sí lo sé - dijo Cicero con convicción - Eres demasiado joven para retirarte o para vivir aquí en forma permanente.
Quiero ver crecer a mi hijo. Quiero más hijos ... nietos.
Puedes tenerlo todo. Si hay un hombre en el imperio que puede tenerlo todo, ese eres tú. No tengo derecho a decirte cómo vivir tu vida, señor, pero si me permites ... eres un soldado nato, un líder nato pero puedo ver que también necesitas de tu familia. ¿Por qué no puedes tenerlo todo?
Cuando estoy aquí, extraño el ejército y a mis soldados. Extraño charlar con Marcus Aurelius. Cuando estoy con el ejército, extraño a mi familia. Tal vez estoy destinado a nunca estar satisfecho con mi vida - Maximus se echó a reír - Qué pensamiento tan triste.
Marcus se movió inquieto en su regazo y, como adivinándolo, Olivia apareció para llevarse al niño a la cama. Maximus se lo entregó a regañadientes y Cicero notó la naturaleza íntima de la mirada que pasó entre marido y mujer.
Se irguió y estiró los brazos en dirección hacia las estrellas.
Si no te importa, señor, creo que me retiraré. Todavía estoy muy cansado de mi viaje.
Por supuesto, Cicero. Buenas noches.
Se levantó.
¿Cicero?
¿Sí, señor?
Disfruté mucho de nuestra conversación. Gracias por hacer este difícil viaje a España.
Cicero asintió con la cabeza y se dio vuelta para alejarse, tropezando con Hércules, quien se encontraba echado cuan largo era detrás de su silla. El perro alzó la cabeza y miró al hombre desdeñosamente antes de volver a apoyarla sobre sus patas.
Con todo, hay algo acerca tuyo, señor, que no entiendo.
Maximus alzó las cejas, aunque sabúa lo que vendría a continuación.
Este animal. ¿Por qué no puedes tener un perrito simpático como los demás?
Va con mi personalidad -rió Maximus, levantándose para irse a la cama.
Escucharon y olieron la feria antes poder verla. El nivel de excitación de Marcus aumentaba a cada giro del camino ondulante que iba desde la granja hasta Trujillo y, para el momento en que el carro se detuvo en la proximidad de la feria, el pequeño estaba casi temblando. El día era cálido y soleado y Maximus había descartado sus habituales botas para calzarse sandalias atadas a las pantorrillas y ponerse una ligera túnica de lino que le llegaba a las rodillas. Saltó del carro y luego ayudó a Olivia a hacer lo propio, dejando a Cicero que se las arreglara por sí mismo. Luego, se puso a Marcus sobre los hombros sujetándolo fuertemente por los tobillos y el pequeño, a su vez, se aferró al cabello de su papá para más seguridad. Olivia deslizó una mano por el brazo doblado de su marido y se dirigieron hacia el bullicio de la calle principal de la aldea, transformada por ese día en el escenario de la feria.
La población de Trujillo se había triplicado y más aún por la concurrencia de la gente de las granjas vecinas, deseosa de unirse a las festividades. Malabaristas, lanzadores de fuego y artistas ambulantes que andaban sobre zancos deambulaban entre la multitud y el vino mezclado con miel y los dulces llenaban el aire con sus sabrosos aromas. Algunos tenderos locales pregonaban ruidosamente cintas multicolores, objetos de vidrio y juguetes de madera desde sus puestos y competían entre sí por las monedas de los asistentes. Actores vestidos con coloridos disfraces representaban pequeñas obras de teatro y farsas en pequeños escenarios fabricados por ellos mismos ante apreciativas audiencias. Avestruces, leones, hienas y tigres languidecían en sus jaulas, aburridos y sofocados por el calor del sol, ajenos a las miradas curiosas de quienes paseaban frente a ellos.
Los ojos de Marcus se veían redondos como platos y todo le llamaba la atención. Chilló de regocijo ante un malabarista que mantenía seis pelotas en el aire simultáneamente y su pequeña boca se abrió de par en par cuando un lanzador de fuego vomitó llamaradas en su dirección.
Olivia rió y le palmeó el trasero para hacerle sentir que todo estaba bien y luego apoyó la mano en la espalda de su esposo, mientras la pareja intercambiaba sonrisas. Maximus compró dulces y bebidas que su familia consumió mientras deambulaba por entre la alborotada multitud, deteniéndose cada vez que algo atraía la atención de Marcus.
Cicero observaba la interacción de la pequeña familia desde su lugar ligeramente detrás de ella y sintió pena por Maximus, quien podía verse apartado de ella en cualquier momento. Antes de su viaje a España, no había entendido que el general era un hombre tan devoto de su familia.
Desde su lugar de privilegio, Cicero notó que la gente se detenía para mirar al atractivo hombre con el niño a horcajadas de sus erguidos, anchos hombros. Aldeanos y granjeros por igual señalaban a Maximus al reconocerlo y cuchicheaban entre ellos, sorprendidos y excitados al encontrarlo entre ellos. Se había encumbrado como muy pocos españoles pudieran hacerlo y estaban fascinados por este gran hombre. Maximus no lo notó, pero Cicero les lanzó una mirada severa y se acercó a su general, decidido a no permitir que los curiosos le arruinaran el día. Para gran enojo de Cicero, un pequeño grupo de curiosos empezó a seguirlos, los ojos fijos en Maximus. Finalmente, algunos habitantes más osados que el resto, detuvieron al general para saludarlo y dirigirle palabras de elogio. Unos pocos habían conocido a Maximus cuando todos eran niños y éste estuvo genuinamente deleitado de volver a ver a aquellos amigos de la infancia. Le dedicó tiempo a cada uno, sonriendo, estrechando manos e intercambiando recuerdos. Olivia sonreía orgullosa pero Marcus pateó el pecho de su padre en señal de impaciencia.
Poco después, una verdadera multitud se había reunido en torno a ellos, importunando a Maximus con preguntas acerca del emperador y demandando información acerca de las guerras en Germania así como sobre su reciente aventura en el Este. Maximus los eludió expertamente, ofreciendo en cambio comentarios humorísticos, ya que no tenía la menor intención de discutir asuntos de estado con los civiles.
Marcus se revolvió inquieto y estaba a punto de quejarse cuando Olivia lo tomó en sus brazos y lo colocó sobre su cadera. Le dijo unas palabras a su esposo y después se dirigió con el niño hacia el lugar donde se estaba ofreciendo una función de títeres, bajo una carpa a rayas, no sin antes echar una mirada hacia atrás y cerciorarse de que Cicero permanecía junto a Maximus. Olivia se quedó de pié detrás de los niños que contemplaban la función sentados en el suelo, pero sus ojos estaban fijos en la multitud que rodeaba a su esposo, la cual seguía aumentando y se iba haciendo más atrevida Las mujeres y los niños fueron empujados sin miramentos por jóvenes turbulentos que deseaban ver de cerca al famoso guerrero.
Olivia soltó una exclamación cuando vio a un pequeño caer y estallar en lágrimas de terror antes de que su madre lo tomara en brazos, salvándolo de ser pisoteado. Pronto Maximus y Cicero desaparecieron de su vista, en medio del tumulto que iba en aumento. En el medio de éste, Cicero abrió una ruta de retirada a fuerza de codazos pero ésta se cerró nuevamente antes de que pudieran evadirse. Cuando Maximus vio caer a otro niño aterrorizado, tomó aliento y rugió en su mejor voz de militar:
¡Suficiente! ¡Háganse a un lado y déjenme pasar!
La autoridad implícita en esas palabras tuvo el efecto deseado y aquellos que estaban en la periferia del tumulto se echaron atrás, permitiendo que la gente se dispersara y Maximus emergiera de las profundidades del mismo. Caminó hacia su esposa con pasos largos, decididos, moviendo los brazos acompasadamente, la cabeza ligeramente inclinada y los ojos fijos hacia el frente. Se lo veía furioso pero, aún a la distancia, Olivia pudo ver que sus ojos brillaban divertidos. Repentinamente, Maximus se dio vuelta y enfrentó a la dominada multitud.
Les agradezco, damas y caballeros. Estoy aquí con mi esposa y mi hijo y me gustaría disfrutar del resto del día con ellos y en paz. Confío en que entiendan.
Se inclinó ligeramente ante su audiencia y, tomando a Marcus de los brazos de Olivia, lo colocó otra vez sobre sus hombros, girando su rostro hacia los títeres y la espalda hacia sus admiradores. En medio de un aplauso desprolijo, el gentío comenzó a dispersarse lentamente. Los animadores retomaron la competencia por la atención de las audiencias y los gritos de los vendedores volvieron a llenar el aire.
Maximus miró a su esposa de reojo.
¿Cómo es que saben acerca de Cassius y los acontecimientos ocurridos en el Este?
No sé. Nunca le dije nada a nadie de lo que haces.
¿A nadie?
¡Por supuesto que no! -respondió Olivia, ligeramente irritada de que Maximus dudara de ella – Nadie fuera de la familia lo sabe- cerró los ojos -Oh, no. Titus. Mi hermano sabe. Tu mismo se lo contaste la semana pasada durante la cena y supongo que yo misma mencioné algo. No tenía idea de que se lo contaría a todo el mundo -Olivia se veía acongojada- Lo siento mucho.
No es grave. Pero es mejor dejar que Marcus Aurelius decida qué es lo que quiere que la gente sepa.
Sí, entiendo. Hablaré con Titus sobre ello.
No es necesario. Yo mismo ... -Maximus hizo una mueca cuando Marcus le tiró del pelo con fuerza y chilló de alegría.
¡Mira, papá, mira! Títeres bailan. ¡Mira!
Maximus rió ante la alegría de su hijo.
Los veo, Marcus -dijo mientras hacía girar a su hijo en una danza improvisada. De repente, su expresión cambió y se detuvo bruscamente, mirando el vehículo que avanzaba a los tumbos hacia ellos a lo largo de la calle principal y haciendo que la gente se echara hacia atrás. Marcus siguió riendo y retorciendo su cuerpito para ver el espectáculo, ajeno al cambio operado en su padre.
¿Qué es, señor? -preguntó Cicero, mientras sus ojos seguían la dirección de los de Maximus y se posaban sobre el carro cerrado.
Prisioneros.
Siguieron mirando hasta que el carro se detuvo a no más de cien pies de ellos. Era una especie de jaula cerrada de madera. Manos sucias, callosas pendían flojamente entre las barras, indicando la desesperanza de los hombres encerrados dentro.
¿Por qué traer prisioneros a la feria? -preguntó Cicero
Cuando llegamos, noté que hay una arena improvisada -dijo Maximus en un tono helado -Mira por encima de esa pared. Sospecho que esos hombres son esclavos traídos para entretener a la multitud muriendo muertes horribles mientras sus dueños se dedican a contar sus beneficios.
¿Gladiadores? ¿Aquí? -preguntó Olivia estremeciéndose.
Están por todo el imperio ... en todo lugar donde la gente se reúne en busca de diversión -Maximus se volvió hacia su esposa- Llévate a Marcus, ¿sí? No quiero que vea esto.
Libre de su hijo, el general se acercó al carro seguido de su sirviente. La pesada puerta de hierro gimió de un modo miserable al ser abierta por un guardia armado y los hombres emergieron lentamente, encadenados el uno al otro por las muñecas y los tobillos. Se tambalearon cuando sus pies tocaron el suelo y todos estaban sucios y vestían harapos. Sus cabellos y barbas largos y enmarañados oscurecían sus rostros pero no bastaban para ocultar el miedo y el desprecio visibles en sus ojos. La multitud volvió a reunirse, esta vez para burlarse de los esclavos y algunos jóvenes les arrojaron piedras. Sólo uno de los prisioneros se mantuvo erguido y contemplando desafiante a sus atormentadores. No se movió ni siquiera cuando las afiladas piedras lo alcanzaron. Se mantuvo quieto, sólo sus ojos moviéndose mientras estudiaba a la multitud.
Maximus soltó un juramento entre dientes, una expresión sombría se adueñó de su rostro.
¿Qué ocurre? - preguntó Cicero preocupado.
Conozco a ese hombre. Era el jefe de una tribu a la que derrotamos cerca de Vindobona y fue hecho prisionero -Maximus miró brevemente a su compañero para volver su atención hacia el jefe tribal- Es un hombre muy valiente, Cicero, y peleó con honor -Maximus volvió a jurar- No merece esto. No merece morir para diversión de otros. Hubiera sido más humano matarlo en el campo de batalla.
¿No puedes detener esto? -preguntó Cicero.
No -dijo Maximus con amargura –Es perfectamente legal. Es un esclavo y su dueño puede hacer lo que quiera con él. Escucha a la multitud. Apenas si pueden esperar a que empiece a correr la sangre. Para ellos es diversión. No ven lo que ve un soldado.
El jefe tribal siguió mirando a Maximus hasta que un tirón en las cadenas sujetas a sus muñecas despellejadas lo forzó a darse vuelta. Pero, antes de hacerlo, miró directamente al general romano y escupió abyectamente en su dirección.
A pesar del calor, Maximus se estremeció.
Ven, Cicero. Alejémonos de este lugar de muerte.
Se dirigió nuevamente hacia la función de títeres, una pequeña sonrisa iluminando sus rasgos endurecidos al escuchar a Marcus gritar:
Papá, papá, ven pronto. ¡Mira!
Olivia se dio vuelta para sonreírle a su esposo y Maximus le devolvió la sonrisa, deteniéndose abruptamente cuando vió la alegría y el color desaparecer del rostro de su esposa, sus ojos fijos en algo que se encontraba más allá de su propio hombro. Sus instintos de guerrero despiertos, Maximus se llevó la mano al costado en busca de su espada pero sus dedos sólo encontraron el tejido de su túnica mientras giraba semi agachado para enfrentar a su adversario, un gruñido a flor de labios. Esperó encontrarse frente a frente con el guerrero germano que, de algún modo, se había escapado de sus captores y ahora buscaba venganza. En cambio, sus ojos contemplaron una coraza ornamental de cuero negro con ribetes dorados, del tipo usado por los pretorianos del emperador. Lentamente se irguió y tomó aliento, echando los hombros hacia atrás en un despliegue de indiferencia que no sentía.
General Maximus, lo hemos estado buscando, señor. Traemos una carta urgente del emperador.
¡Mira, mira, papá!
Detrás de él, Marcus gritaba y reía y Maximus se las arregló para dirigirle una tensa sonrisa, una sonrisa para un pequeño al que tal vez no volvería a ver en años.
Maximus estaba montado sobre el lomo de Scarto, relajado a pesar de la multitud de flechas que sobresalían de la tierra semi helada como los pinches de un puerco espín, clavadas a unos veinte pies de distancia. Sus ojos recorrían constantemente el paisaje, alerta a cualquier posible cambio en la situación. Tembló ligeramente cuando el viento frío azotó el pasto muerto bajo los cascos de su caballo, formando remolinos y luego colándose bajo su capa de lana. "Nieve" pensó. Podía comenzar a nevar en cualquier momento y las cosas aún no estaban listas. No habría descanso para los soldados.
Maximus se encontraba en una escarpa de la colina frente a un sector recientemente talado del bosque de Germania. Al final del extremo norte del claro se alzaba una imponente estructura de piedra... una fortaleza construida en secreto por las tribus germanas en la profundidad de un denso bosque mientras Maximus se encontraba primero en el Este y luego en España. Durante meses, la fortaleza había crecido en altura, piedra por piedra, sin que el ejército romano, concentrado al otro lado del río en reparar caminos y reforzar sus propias fortificaciones, lo advirtiera.
El pánico se desató cuando una patrulla romana tropezó con la bien escondida fortaleza y Quintus reaccionó movilizando rápidamente una serie de legiones hacia Colonia. Pero, una vez allí, se habían quedado a la espera de que Quintus decidiera cómo encarar la situación. Semanas más tarde, aún se debatía en su indecisión mientras las legiones realizaban maniobras y daban viva voz a sus deseos de que su verdadero general volviera. Maximus sabría qué hacer, decían.
El general Maximus llegó finalmente a Colonia cuando las noches ya se estaban haciendo largas y frías. Su arribo no fue anunciado pero la voz se corrió rápidamente entre uno y otro campo y, esa noche, los soldados se durmieron con la seguridad de que, ahora, las cosas serían como debían ser. Temprano a la mañana siguiente, Maximus cruzó el río y estudió la fortaleza desde el abrigo del bosque. Tan pronto como regresó al campamento, empezó a dar órdenes y los soldados, apreciadores de un buen comandante, se pusieron en acción de inmediato. En una semana, un fuerte puente de madera atravesaba el Rhin y las legiones talaron los bosques al Sur de la fortaleza, dejando el áspero terreno sembrado de tocones. Tan pronto como los árboles fueron derribados, les quitaron las ramas y la corteza y luego los cortaron de la medida apropiada para construir las enormes catapultas, escorpiones y ballestas. Los hombres trabajaban bajo cobertizos construidos con la misma madera, para protegerse de las flechas y lanzas enemigas lanzadas desde la fortaleza que se alzaba sobre ellos. En el bosque, rodeados de especies siempre verdes y lejos de la mirada de las tribus, comenzó la construcción de las bases de tres grandes torres de asalto. Llegado el momento, las sacarían a campo abierto, arrastradas sobre sus enormes ruedas de maderas por tiros de caballos y allí seguirían trabajando en ellas, hasta que alcanzaran la altura de los muros de la fortaleza. Antes de sacar las torres de su escondite, tendrían que abrir un camino entre los tocones dejados por la tala de los árboles.
Después de tantos meses de paz, los soldados romanos estaban contentos de prepararse para la guerra. Esos hombres altamente entrenados medraban bajo esas condiciones y reían y bromeaban mientras sus músculos se tensaban bajo el esfuerzo de la imparable construcción. Cuando se sentían cansados, miraban hacia lo alto de la colina, hacia la figura siempre presente, quieta como una estatua, montada en un semental negro y en ella encontraban nuevas fuerzas y energía. Maximus vigilaba. Maximus daba las órdenes. Todo estaría bien.
Scarto se movió sobre sus cascos, impaciente con la inactividad y Maximus tranquilizó al semental con unas pocas palabras. Simpatizaba con el caballo, sintiendo su cuerpo más y más cansado al cabo de días y días apostado allí, vigilando y dando órdenes. Sería mejor para todos que la batalla finalmente se comenzara. De golpe, las riendas dieron un tirón en la mano de Maximus, cuando Scarto reaccionó alarmado ante los gritos de terror que llegaron desde más abajo. Una flecha incendiaria lanzada desde la fortaleza había dado en el techo de uno de los cobertizos y éste se había incendiado. Los soldados gritaron cuando sus ropas se prendieron fuego y salieron tropezando al campo abierto, mientras sus compañeros los hacían rodar para apagar el fuego. Maximus gritó una advertencia cuando una andanada de flechas fue lanzada desde la fortaleza, alcanzando a los soldados que se encontraban sin protección. Dos cayeron muertos en forma instantánea y otros corrieron en busca de refugio, arrastrando consigo a sus compañeros heridos, las flechas clavadas en sus miembros. Maximus se dirigió a Quintus hablando entre dientes:
Recuérdale a los hombres que mantengan empapados los techos de los cobertizos. No deben permitir que se sequen en ningún momento.
Quintus asintió con una inclinación de su cabeza y transmitió las órdenes de Maximus a sus subordinados, quienes a su vez las pasaron a través de la cadena de mando. Luego, Quintus contempló a Maximus pero éste estaba perdido en sus pensamientos y, obviamente, no tenía nada más que decirle. La relación entre los dos viejos amigos había sido tensa desde su regreso. El general no había necesitado palabras para dejar en claro que estaba decepcionado con el desempeño del tribuno. Pero, en ese momento, los pensamientos de Maximus no estaban con los soldados bajo su mando. Sus gritos lo habían llevado de regreso a España donde, unos pocos meses atrás, los gritos de un niño habían destrozado su corazón y lacerado su alma.
Marcus sabía que algo estaba mal. Su madre estaba llorando, los trabajadores estaban tristes. Sabía que algo malo estaba pasando... lo sabía. Pero aún así, cuando aquella mañana su padre lo despertó para decirle adiós, la conmoción fue enorme. Estrechó sus bracitos con fuerza en torno al cuello de su papá y lloró a pesar de las palabras de amor y las caricias para luego gritar aterrorizado cuando finalmente fueron separados y su padre se marchó.
Los gritos de su hijo habían resonado en sus oídos durante todo el camino de regreso a Germania y aún lo perseguían. Repentinamente, los ojos de Maximus se nublaron y miró hacia el cielo, parpadeando rápidamente para aclararlos. Este no era un momento para debilidades.
Respiró profundamente e irguió la espalda, concentrando su atención una vez más en las actividades de los hombres tras echarle una rápida mirada a Quintus. Cuando Maximus lo había dejado a cargo de las legiones, ésta había sido una suerte de prueba para determinar su capacidad de liderazgo... y había fracasado miserablemente. Quintus deseaba con desesperación ser ascendido a general de una de las legiones pero Maximus no podía recomendar el ascenso ante Marcus Aurelius con la consciencia limpia. Quintus había llegado tan lejos como podía llegar en el ejército romano y, la próxima vez que le preguntara a Maximus sobre su situación, tendría que decírselo.
No era un día que Maximus ansiara ver llegar.