Maximus se puso en cuclillas, su capa de lana formando un remolino a su alrededor y hundió los dedos de su mano derecha en la fría, húmeda tierra. Sus soldados esperaron pacientemente y miraron, reconociendo el curioso ritual que significaba que todo estaba listo y que la lucha estaba por comenzar. Pensativamente, frotó la tierra entre sus palmas, Hércules sentado cerca, temblando de excitación. Se llevó las palmas a la nariz y aspiró, sus ojos cerrados momentáneamente cerrados, como si estuviera disfrutando de algún delicioso perfume. Luego se irguió y se frotó las manos embarradas en las calzas, indiferente a la suciedad que ahora manchaba la rica tela de color herrumbre. Su asistente lo ayudó a montar a Argento y se quedó inmóvil por un instante, mientras estudiaba a los cientos de hombres reunidos al pie de la colina, de un modo suelto y casual en lugar de las habituales y apretadas líneas.
Procederemos con cautela -dijo Maximus a sus oficiales- Sigan mis órdenes al pié de la letra.
Los oficiales asintieron, Maximus luego alzó la voz, de modo de que todos los hombres pudieran escucharlo, y sus palabras fueron transportadas con cristalina claridad por el aire helado.
¡Firmeza y honor!
Fue todo lo que dijo pero esas palabras significaban mucho para los hombres que la escucharon. Maximus estaba plenamente consciente de que cientos – tal vez miles – de otros hombres también habían escuchado sus palabras desde sus lugares de refugio en lo alto de las murallas de la fortaleza. Aún cuando no entendieran las palabras, reconocerían la intención en su tono.
Mientras los soldados se dirigían a sus puestos, Maximus miró una vez más hacia la fortaleza. Era obvio que había sido construida apresuradamente y era el objeto de burlas entre los ingenieros romanos y los constructores, pero era fuerte como el buey que su gibosa forma irregular recordaba. Se elevaba unos cincuenta pies y encerraba un recinto lo suficientemente grande como para albergar a una pequeña aldea. Su única entrada visible era una puerta de madera baja y gruesa, casi oculta entre los arbustos y pesadamente barricada desde adentro. La estructura estaba bien camuflada por los árboles, enclavada entre las rocas que reforzaban su muralla pero allí precisamente radicaba su debilidad. Los árboles podían ser quemados.
Como sus contrincantes romanos, los bárbaros habían trabajado sin descanso para rociar los árboles con agua hasta que Maximus dio la orden de embalsar el arroyo que corría bajo las murallas de la fortaleza; pero sabía que ahora tenían otras fuentes de agua. El clima se había tornado miserable, con una persistente llovizna que caía sin cesar durante las grises horas de luz para convertirse por la noche en húmeda nieve. El ejército romano había perdido su oportunidad de atacar bajo los brillantes cielos azules del otoño.
Maximus nunca antes había dirigido un sitio y la experiencia era muy diferente de conducir líneas de hombres contra el enemigo en abierta batalla. Se necesitaba una estrategia alternativa y no estaba apurado por tomar decisiones a la ligera de las que después tuviera que arrepentirse. A pesar del frío y la humedad, sus hombres estaban bien abrigados y alimentados y podían muy bien sostener una batalla metódica y cuidadosamente orquestada a pesar de su decidida preferencia por la acción. Literalmente, aquello podía demandar semanas.
El modo más fácil de terminar con aquella situación sería que los bárbaros se rindieran pero Maximus conocía demasiado bien a su enemigo para dudar que algo así llegara a ocurrir.
Pero le daría la opción de poner fin a aquello sin que el baño de sangre llegara a ser tal antes actuar de un modo más contundente. Se dirigió a Quintus en voz baja.
A mi orden, disparamos desde las catapultas dos, cuatro y seis.
¿Vamos a quemarlos? -preguntó Quintus- Tres ballestas apenas si causarán daño. Si lanzamos proyectiles incendiados desde todas las catapultas al mismo tiempo tendremos una mejor oportunidad.
No -replicó Maximus- No los vamos a quemar. Vamos a escuchar.
Sin comprender el significado de sus palabras, Quintus vaciló al transmitir la orden hasta que Maximus le urgió que lo hiciera. En instantes, los proyectiles incendiarios estuvieron cargados en las catapultas elegidas, las cuales se encontraban lejos del alcance de las flechas enemigas y los hombres que las operaban estaban al pié de las máquinas, esperando la orden de disparar. Maximus asintió y un arquero disparó una flecha incendiaria por encima de las cabezas de los hombres que se encontraban más abajo. De inmediato, las enormes máquinas de guerra lanzaron sus fieros cargamentos por encima de las murallas de la fortaleza, donde desaparecieron tras la masa pétrea. Un instante más tarde se escucharon los gritos y alaridos de los ocupantes, quienes se apresuraban a apagar las llamas.
Lo que me temía -dijo Maximus mientras seguía escuchando el alboroto que se alzaba desde atrás de las murallas- Hay mujeres y probablemente niños.
Estar allí fue su elección -dijo Quintus.
Lo dudo -respondió el general sombríamente.
Maximus, estás haciendo exactamente lo que ellos quieren que hagas. Si esas mujeres están refugiadas allí es, precisamente, para evitar ser quemadas. Estás jugando su juego.
¿No tienes consciencia, Quintus? -la voz de Maximus sonó tensa con su controlada ira- ¿Serías capaz de quemar vivos a mujeres y niños?
En las guerras, esas cosas pasan.
No, en una guerra que está a mi cargo, no.
Si nos detenemos a pensar en esto, nos arriesgamos a perder a muchos de nuestros hombres -Quintus también sonó enojado.
Nuestros hombres están bien protegidos. Lo único que corremos riesgo de perder es nuestra humanidad.
Repentinamente, Maximus sonrió y suavizó su tono.
Mira, mi amigo, me conoces lo suficientemente bien como para saber que no daré marcha atrás en este tema -rió suavemente- Después de todo, ¿tenemos algo mejor que hacer con nuestro tiempo?
Quintus ignoró el intento de Maximus por aligerar la discusión.
¿Qué pasa si esto es una estrategia para mantenernos distraídos durante meses, de modo de que más tribus puedan atacar otros puntos a lo largo del río?
Hay otras legiones apostadas a lo largo del río y lo sabes. Pueden manejar las situaciones que se planteen y, en caso de que no pudieran, me mandarán a buscar. Y estamos bien protegidos de un ataque sorpresa por la legión que está estacionada a nuestro alrededor.
Pero...
Quintus, esa fue mi última palabra sobre el tema.
El tribuno dirigió su atención nuevamente hacia la fortaleza y las columnas de humo provenientes de su interior. La rigidez de su cuerpo hablaba claramente sobre su descontento con la decisión de Maximus. Era incapaz de ver la ironía de insistir en un ataque cuando él mismo, al tener las legiones bajo su comando, había demorado el tema durante semanas debatiéndose en la indecisión. Sin embargo, había algo que sí tenía claro. Una vez que estaba convencido de que algo era lo correcto, el general no podía ser convencido de lo contrario.
Eventualmente, tanto el humo como el ruido desaparecieron y Maximus una vez más dio una orden:
Mantengámoslos ocupados por un rato. Disparen desde las catapultas uno, tres y cinco.
Esta vez, Quintus dio la orden instantáneamente y pronto más misiles incendiarios fueron lanzados por encima de las murallas, para iniciar fuegos en los lugares que quedaran intocados en el último ataque. El aterrador griterío comenzó otra vez.
Un repentino movimiento cerca de la base de la gruesa pared captó la atención de algunos de los soldados que operaban las máquinas y le gritaron a su general, señalando el punto al que querían que mirara.
¿Qué es eso? –preguntó Quintus,
No sé. Parece... – Maximus alzó una mano para hacerse sombra en los ojos a pesar del cielo sin sol- Parece... una persona. Una mujer. Y lleva algo en sus brazos. Un niño, Quintus. Está tratando de escapar hacia los bosques.
Los dos hombres se miraron el uno al otro.
¿Cómo hizo para salir? – se maravilló Maximus en voz alta – Dile a los hombres que no disparen. Que la dejen irse.
Desde la distancia, la mujer parecía una contorsionante masa marrón de cabellos y ropa, ennegrecida por el humo y sucia de barro. El niño que apretaba contra su pecho era muy pequeño, un año a lo sumo. Miró hacia atrás obviamente asustada y Maximus pronto se dio cuenta porqué: era perseguida por un bárbaro que se mantenía cerca de la muralla pero que tendió un brazo y la alcanzó por el tobillo, arrojándola al suelo, al que cayó gritando. Empezó a arrastrarla de regreso cuando Maximus dio abruptamente una orden a su mejor arquero, el cual se encontraba no lejos de él.
Mátalo -fue todo lo que dijo.
El arquero levantó su arma y soltó la flecha. En cuestión de segundos, el bárbaro germano caía mortalmente herido. Los vítores estallaron entre los soldados romanos y la mujer se arrastró hacia los bosques con su niño.
¿Cómo hizo para salir? -se volvió a maravillar Maximus – Quintus, quiero hablar con Jovinus, nuestro jefe de ingenieros. Encuéntralo y envíamelo.
Maximus desmontó, deseoso de caminar un poco para paliar la rigidez de sus rodillas. Se tomó las manos detrás de la espalda y se dirigió hacia la cresta de la colina, lejos de sus asesores, perdido en sus pensamientos.
¿Envió por mí, señor?
Maximus giró en redondo, arrancado de sus reflexiones.
Sí, Jovinus. Viste lo que ocurrió.
Sí, general.
¿Cómo hizo esa mujer para salir? Creí que el único acceso era la puerta de madera.
Por cierto no hay ningún otro acceso visible, señor, pero haré que mis hombres revisen la fortaleza nuevamente. El problema es que, si nos acercamos mucho, los bárbaros nos disparan - Jovinus era un hombre de cuarenta y tantos años, bajo y de contextura robusta parecida a la de un luchador. Pese a su aspecto incongruente, era un muy calificado ingeniero romano quien, cansado de construir edificios públicos, se había sentido atraído hacia la ingeniería militar y medraba en ese mundo de rápidas decisiones e improvisaciones eran parte del trabajo – Puede que exista alguna abertura bajo la muralla que está oculta por los arbustos. A juzgar por el estado de la mujer, muy bien podría haberse arrastrado por debajo de las rocas.
¿Podría ser que esas enormes paredes no tuvieran cimientos? ¿Qué las rocas simplemente estuvieran apoyadas sobre el suelo?
Podría ser. Por cierto que la levantaron en un tiempo relativamente corto, de modo de que es posible.
Entonces, también puede ser posible derribarla.
Depende de cuán gruesas sean las murallas y eso no lo sabremos hasta que no podamos ver la fortaleza desde arriba. Es probable que hayan cavado trincheras y las hayan llenado con rocas, dejando lugares abiertos que estén camuflados por los arbustos y que esa mujer haya salido por una de esas aberturas.
Jovinus, necesitamos saber, de modo de tener una mejor idea sobre cuáles son nuestras opciones. Ve qué puedes averiguar pero no arriesgues vidas innecesariamente.
Sí, señor. Así lo haré – el ingeniero comenzó a darse vuelta para marcharse y luego se detuvo – De paso, general, es muy bueno tenerlo de regreso, señor.
Gracias, Jovinus.
Tal vez me esté excediendo al decir esto pero espero que no vuelva a marcharse, señor. El mando se... debilita... cuando usted no está aquí.
Entiendo, Jovinus – Maximus sonrió al ingeniero y los hombres se estrecharon las manos antes de que Jovinus se marchara en su misión exploratoria y Maximus volviera a su caballo y a su puesto de observación en la cresta de la colina. Allí pudo ver que los fuegos habían sido extinguidos y que todo estaba quieto en la fortaleza.
Quintus se volvió hacia él.
¿Le digo a los hombres que vuelvan a cargar las catapultas?
No. No... ya hicimos bastante daño en el interior y no vamos a arriesgarnos a matar a las mujeres y los niños que están allí dentro.
Entonces, ¿qué hacemos?
Maximus le sonrió.
- Vamos a dejar todo como está por esta noche y me vas a dejar que piense un poco en el tema. De todos modos, está oscureciendo y está haciendo más frío. Los hombres se ganaron su cena – Maximus tiró de las riendas y Argento respondió agitando la cola y andando a buen paso, sintiendo que se iba de regreso al campamento, rumbo a su comida y una buena cepillada.
Cicero ayudó a Maximus a quitarse la coraza y el general se frotó los ojos cansadamente. Cuando volvió a abrirlos, su sirviente le entregó una copa de vino caliente y especiado y un paquete.
Una carta de España, señor. El correo dijo que se le pagaría extra su entregaba la carta antes de dos semanas. Debe ser urgente.
Las manos de Maximus comenzaron a temblar y se volvió hacia la lámpara chisporroteante mientras desataba las ligaduras que mantenían sujeto al pergamino. ¿Urgente? Marcus. ¿Le habría ocurrido algo malo a Marcus? El envoltorio cayó a sus pies y Maximus recorrió rápidamente las palabras escritas por su esposa. De repente, echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, sus manos apretando la carta contra su pecho.
Cicero le tendió la mano, sin saber qué hacer.
¿Señor? – preguntó tentativamente.
Págale al hombre el doble de lo que le prometieron, Cicero. No... el triple – Maximus sonrió una enorme sonrisa que borró la fatiga de su rostro – Voy a ser padre nuevamente. Mi esposa está esperando un bebé.
Maximus sólo se dio cuenta de que estaba tarareando cuando Quintus le lanzó una mirada extraña.
¿Todo está en orden, Maximus?
Perfectamente, Quintus -replicó el general mientras su mano tocaba brevemente el lugar de su coraza que cubría la carta apretada contra su pecho -La lluvia cesó finalmente y aún puede que salga el sol -Maximus miró el cielo a través de ojos entrecerrados -Eso calentaría un poco el clima, ¿verdad?
Supongo que sí -Quintus siguió mirando a Maximus pero éste sonrió ligeramente guardándose su secreto y mantuvo los ojos fijos en el campo por debajo de ellos.
Cada uno de los soldados romanos, evitaba intencionalmente mirar en dirección a un grueso roble ubicado al Oeste de a fortaleza por el que pronto uno de sus camaradas de contextura liviana ascendería de rama en rama para examinar el grosor de las murallas, las estructuras que éstas encerraban ... y sus habitantes. A una señal del general, el joven comenzaría a trepar en el momento preciso en que las catapultas y onagros empezaran a bombardear las paredes de piedra con pesados proyectiles, con la expectativa de sacudir la estructura y distraer a los bárbaros, evitando que notaran la presencia del joven en las ramas peladas del roble. Para los hombres esto era casi una diversión - apenas una prueba de puntería - con muy escasas posibilidades de que algún soldado saliera herido. Las catapultas estaban fuera del alcance de las flechas enemigas y los hombres que atendían los onagros estaban protegidos bajo gruesos cobertizos de madera.
Sólo serían vulnerables por los pocos instantes que les demandaba cargar y lanzar. Cientos de arqueros estaban listos para encargarse de los germanos que cometieran en error de mostrarse en lo alto de las murallas de la fortaleza.
Cuando todo estuvo listo, Maximus hizo un gesto con la cabeza y el arquero mayor soltó la flecha que desató una actividad frenética en el terreno ubicado más abajo.
En pocos segundos, pesados golpes resonaron en el aire mientras rocas se estrellaban contra rocas, haciendo temblar las paredes con el impacto. El bombardeo duró hasta que el joven soldado estuvo de regreso en el suelo y corrió en busca de refugio detrás de las catapultas. Maximus volvió a hacer un gesto con su cabeza y en instantes las máquinas de guerra quedaron silenciosas, los hombros de los soldados que las atendían estremeciéndose por el esfuerzo de cargarlas una y otra vez con pesadas rocas.
El repentino silencio fue casi incómodo. Nada se movía excepto los trozos de piedra gris desprendidos por las armas romanas y que ahora caían, deslizándose por los costados de las paredes, para aumentar las pilas de escombros ubicadas junto a la base.
Cualquier pasaje que pudiera haber existido, se encontraba ahora sellado ... al manos desde el exterior de la fortaleza. Cuando el polvo se asentó, Maximus entrecerró los ojos para examinar las murallas mientras esperaba el informe del ingeniero. Habían sufrido un daño considerable pero, detrás de la piedra destrozada, había más piedras y la estructura se veían tan sólida como siempre. No necesitaba de un ingeniero para saber que el método probado no serviría. Inspeccionó a los soldados que se encontraban en el campo ubicado por debajo de él. Unos pocos habían sufrido heridas pero ninguno había sido muerto. Alrededor de una docena germanos habían perdido la vida, sus cuerpos destrozados a medias sepultados bajo montones de piedras.
Que los hombres descansen mientras consulto con Jovinus -le dijo a Quintus.
¿Qué haremos a continuación? -preguntó el tribuno.
Depende de lo que el explorador haya visto -dijo Maximus mientras hacía girar a Scarto para enfrentar al ingeniero, quien se dirigía apuradamente en su dirección.
¿Bien? -preguntó Maximus.
Señor, las paredes tienen un grosor de al menos diez pies todo alrededor de la fortaleza y tienen montañas de rocas listas para reforzarlas en caso de que sea necesario. Muchas de las construcciones se quemaron porque tienen techos de madera pero las paredes se sostienen y las están techando con pieles.
¿Cuántos hombres hay adentro?
El lugar está abarrotado, señor. Nuestro soldado encontró difícil juzgar el número exacto pero la fortaleza está extremadamente bien militarizada.
¿Niños?
Sí, señor. Muchos, de todas las edades.
¿Qué tipo de provisiones tienen?
Parece haber un granero parcialmente dañado por el fuego pero además tienen pollos, cabras, ovejas y bueyes. Sin duda, usaron los bueyes para construir la fortaleza, pero pueden comerlos si es necesario.
¿Armas?
Por todos lados.
Maximus asintió su comprensión del cuadro y luego suspiró y contempló el espeso bosque donde se encontraban ocultas las bases de las torres de asalto. Habló dirigiéndose al mismo tiempo a Quintus y Jovinus.
Que las saquen afuera y empiecen a construir. Tendremos que ir por encima de las murallas. Perderán a muchos hombres ... pero nosotros también. No hay otro modo.
Maximus miró nuevamente a Jovinus y dijo:
Agradécele al joven que trepó al árbol. Es muy valiente e hizo un buen trabajo. ¿Cuál es su nombre?
Jovinus, señor -dijo el ingeniero sonriendo orgulloso.
¿Tu hijo? -preguntó Maximus, sin poder creer que el joven y alto soldado pudiera haber sido engendrado por ese hombre rollizo y bajo.
Así es, señor.
Debes estar muy orgulloso.
No hay nada mejor que tener al propio hijo sirviendo junto a uno en el ejército romano, señor. Tal vez usted tenga algún día ese placer. Los niños crecen más rápido de lo que uno cree.
La intención de las palabras era alegrar a Maximus pero tuvieron el efecto exactamente opuesto. ¿Marcus? ¿Marcus en ese lugar, enfrentando la muerte en la forma de una flecha germana? El corazón se le encogió en el pecho y tomó aliento profundamente para disipar la incomodidad de una emoción sombría. Miró hacia el cielo que se estaba despejando y susurró:
Si esa es la voluntad de los dioses, que estos permitan que Marcus nunca conozca la guerra.
¿Perdón? -preguntó Quintus mientras Jovinus se marchaba para organizar la construcción de las torres de asalto.
Maximus estudió por un instante a su viejo amigo.
Tu no tienes familia, Quintus.
Sabes que no -Quintus se mostró cauteloso al notar que la atención de Maximus se centraba en él.
Antes de que el sitio termine, deberías considerar tomarte algún tiempo para ti. Ve a Roma. Encuentra a una mujer joven de tu clase ...
Mi vida es el ejército -lo interrumpió Quintus.
Lo sé y también es mi vida. Pero una familia es importante. No siempre serás un soldado, Quintus, y un hombre necesita algo más en su vida que la guerra ... y la constante compañía de otros hombres -Maximus sonrió.
Yo también tengo ambiciones, Maximus, y creo que el lugar de un general está con su ejército -Quintus se volvió más audaz- No debería ir corriendo de regreso a su familia cada vez que ...
Quintus, no digas nada más -la voz de Maximus sonó tensa de furia.
El tribuno suspiró en señal de frustración.
Maximus, ¿consideraste alguna vez la posibilidad de traerlos aquí?
No -la respuesta sonó abrupta.
¿Por qué no? Otros hombres tienen aquí a sus familias. Podrías verlos todo el tiempo.
Maximus contempló el desolado paisaje que se alzaba a su alrededor.
Después del sol y el calor de España, en este lugar se marchitarían y morirían. Aquí no hay nada sino mugre y enfermedad -miró a su tribuno- ¿Sabes? Marcus es demasiado pequeño para entender lo que hago -al cabo de un momento, una sonrisa suavizó sus rasgos.- Cuando estuve en España fuimos a una feria y casi fui acorralado por la gente con la que había crecido y que me reconoció como el general Maximus; pero a Marcus sólo le importaba no perderse una función de títeres. No quiero que se exponga todavía a este tipo de vida. Es demasiado pequeño para preocuparse por la posibilidad de que su padre sea muerto en la guerra o por su propia seguridad o la de su madre.
La mayor parte de la gente vive de ese modo.
Maximus contempló a sus hombres mientras estos arrancaban los tocones, preparándose para sacar las torres de asalto a campo abierto. El sonido de las hachas golpeando la madera resonaba en el bosque mientras los soldados derribaban los cientos de árboles necesarios para la construcción.
- Lo sé -respondió- Pero puedo proteger a mis hijos de la muerte y la destrucción ... y lo haré.
Quintus también contempló a los hombres que arrancaban los tocones y, luego, poco a poco, la comprensión se dibujó en su rostro.
¿Hijos?
Maximus sonrió y no pudo evitar que el orgullo tiñera su vos.
Sí. Para fines de la primavera tendré otro hijo.
Bueno, felicitaciones, mi amigo -dijo Quintus tendiéndole la mano.
Maximus la estrechó cálidamente.
Gracias, Quintus. Y fui totalmente sincero en lo que dije acerca de que necesitas algo de tiempo para ti mismo. Sólo di una palabra y lo tendrás.
Quintus asintió y luego volvió su atención a los soldados. No volvería con su familia mientras fuera meramente un legado. No era suficiente. Tendría que ser general antes de volver a mostrar su rostro en Roma. Maximus no entendía lo que era ser hijo de una familia romana de clase alta. El éxito y la posición lo eran todo y cualquier otra cosa - aún una familia propia - eran secundarios.
- Mejor volvamos al campamento y dejemos que los hombres hagan su trabajo -dijo Maximus- Pasarán semanas antes de que las torres estén listas. Entre tanto, podemos dejar las cosas en las manos capaces de nuestros centuriones.
Esa noche, Maximus escribió otra larga carta a su esposa diciéndole cuánto la extrañaba y advirtiéndole que no trabajara demasiado. También le había escrito a Titus pidiéndole que contratara más sirvientes, de modo de que Olivia no tuviera que levantar un dedo y pudiera dedicar todo su tiempo a Marcus y al niño que venía en camino. Maximus le dijo que ansiaba una hija pero le aseguró que otro hijo lo haría el hombre más orgulloso del imperio. Le habló sobre el asalto a la fortaleza sólo en términos vagos, advirtiéndole que no compartiera la información con nadie, incluido Titus.
Las cartas de Olivia eran largas y llenas de detalles acerca de la granja y de sus habitantes, humanos y animales. Pero lo que Maximus valorizaba más eran los dibujos que ella hacía de su hijo. Su talentosa mujer era capaz de captar la imagen y la personalidad del niño perfectamente y, al contemplarlos, Maximus podía discernir que, en los últimos meses, Marcus había crecido considerablemente.
Maximus se estiró, frotándose los ojos para limpiarlos del humo de las lámparas de aceite. Hércules estaba echado a sus pies, su enorme cabeza descansando sobre los dedos del pié de su amo. El general se inclinó y le frotó las orejas, obteniendo como respuesta un enorme bostezo. Las noches como esa eran muy largas y oscuras y Maximus odiaba la inactividad. Los hombres del campamento estarían jugando a los dados o a otros juegos, sentados en sus tiendas, conversando sobre los acontecimientos del día. Parecía que había sido muy poco tiempo atrás que él había sido uno de ellos y había pasado noches como ésta con Darius. Darius ... no había pensado en su viejo amigo y mentor en mucho tiempo, pero sabía que él podía ver todo lo que Maximus hacía y esperaba que el viejo centurión estuviera orgulloso de él.
Mucho menos claros eran los recuerdos de su propio padre. Maximus dejó la pluma y empujó suavemente a Hércules con el pie para que lo dejara levantarse y se dirigió hacia la pulida hoja de metal que se encontraba montada en la parte superior de un cofre ornamentado. Contempló su propio oscuro reflejo y vio a un hombre de llamativos ojos azules y grueso cabello negro ... dos rasgos heredados de su padre. Pero no podía recordar a su padre luciendo tan cansado y pálido como el rostro que lo miraba desde el espejo. En los meses transcurridos desde su regreso de España, su piel había pedido el brillo saludable y las líneas de preocupación habían vuelto a aparecer en torno a sus ojos. Los apuestos rasgos de su juventud habían sido reemplazados por una fuerza de carácter que era atractiva de un modo completamente diferente. Tocó las finas líneas de expresión que marcaban su frente, luego las que rodeaban su boca, sintiendo de paso la aspereza de la barba que allí crecía. Su rostro permanecía notablemente libre de marcas si se lo comparaba con el de otros soldados de su edad y esto no se debía, precisamente, a que se hubiera mantenido alejado del campo de batalla. Ladeó la cabeza y siguió buscando en su rostro recuerdos del de su padre pero pudo encontrar muy pocos. Su padre había sido un hombre mucho más simple, preocupado sólo por el bienestar de su familia, no por el bienestar de un imperio. De repente, Maximus se preguntó su padre estaría orgulloso de su hijo y, dejándose caer de rodillas, hizo algo que no había hecho en años ... implorar su bendición y pedirle que cuidara de su familia mientras él mismo no podía hacerlo.
A mediados de diciembre, las torres de asalto estaban casi listas. Una de ellas había crecido hasta alcanzar la impensable altura de más de setenta y cinco pies, mientras los constructores concentraban sus esfuerzos en hacerla lo suficientemente alta como para superar la determinación de los bárbaros germanos de hacer la muralla Norte de la fortaleza aún más alta. Era una guerra de voluntades que hubiera resultado graciosa de no haber sido porque el vencedor tendría una enorme ventaja sobre el vencido cuando la guerra se reanudara. Frustrado por la demora, Maximus ordenó a los soldados debilitar las partes nuevas y menos estables de la muralla de piedra con ayuda de las catapultas y éstas cumplían su misión sin mayores esfuerzos, lanzando rocas hacia la fortaleza y aplastando a cualquier hombre lo suficientemente tonto como para ponerse en su camino.
Ahora hacía mucho frío y la nieve cubría el suelo. Los soldados pateaban el suelo y batían sus palmas para mantener la sangre en circulación y se acuclillaban junto a los fuegos en cuanto eran relevados de sus puestos. Maximus mantenía las guardias breves e incrementó las raciones de todos los hombres para que mantuvieran su fuerza, vigor y espíritu.
Cada día se instalaba en lo alto de la colina montado en su semental hasta que él también sentía que los dedos de sus manos y sus pies se entumecían. El aliento se congelaba en torno a su boca, bordeando su barba oscura con un festón de escarcha y ganándole de paso algunos apodos bien intencionados.
Ahora Maximus usaba a menudo su casco para mantener la cabeza caliente y sus gruesas pieles. Si él y sus hombres estaban helados, no podía ni imaginar lo que estarían pasando la gente atrapada en la fortaleza, especialmente los más pequeños.
Cuando el trabajo de construcción del día había concluido y la luna brillaba a pleno en el cielo, Maximus anduvo otra vez a través de la nieve hasta su lugar al tope de la colina y escuchó. Todo estaba quieto salvo por el ulular del viento en el maderamen de las torres, que se erguían como monstruos gigantescos bajo la luz de la luna. Los soldados que hacían guardia para evitar que los bárbaros intentaran quemarlas lo saludaron al verlo pasar y él les devolvió el saludo para luego quedarse escuchando, esperando. Poco después oyó lo que esperaba ... el sonido familiar de los niños llorando en la noche, niños que lloraban de hambre o de frío o de miedo. Sabía que los soldados también podían oír esos llantos y esperaba que estos les recordaran a sus propios hijos, como él recordaba al suyo, y que recordaran también que su pelea era con sus padres, no con los pequeños.
Maximus se dirigió de regreso al campamento, sus pasos haciendo crujir la nieve mientras recorría el camino en forma inversa, su alargada sombra oscura bamboleándose frente a él y la luz de la luna haciendo brillar los copos que seguían cayendo. Se detuvo, su capa arremolinándose en torno a él y contempló los miles de estrellas que brillaban sobre su cabeza. La helada noche era tan aterradora como hermosa, con su poder de matar a quien quiera que no tuviera refugio. Pero el terror a la Naturaleza era nada comparado con el horror que el hombre desataría en la mañana contra su semejante y contra todo aquello que se interpusiera en su camino.
Cuando a la mañana siguiente el sol se asomó sobre las colinas distantes tiñendo el paisaje nevado de rosa y oro, los soldados estaban en sus puestos, las espadas y los escudos en sus manos. Cualquier bárbaro que se hubiera atrevido a asomarse a la muralla hubiera gritado de miedo al ver lo que se había materializado ante ella esa mañana. La enorme torre principal estaba lista para ser movida por tiros de caballos pesadamente acorazados que pateaban la nieve con impaciencia. Una vez emplazada en su lugar, un puente levadizo sería bajado para permitir que los soldados armados cruzaran hacia la pared de la fortaleza, defendidos por otros soldados apostados en la torre que estarían protegidos por los gruesos escudos de madera que rodeaban la terraza ubicada al tope de la estructura. Cerrada por tres lados, la torre tenía escaleras y rampas que permitirían a los soldados ascender por ella velozmente para seguir a la vanguardia lanzada sobre la muralla. Cientos de soldados estaban también listos para correr hacia los pasajes cubiertos que corrían a lo largo de la base de la muralla y desde donde dispararían sus flechas contra los germanos que intentaran atacar a los romanos que salían de la torre. Detrás de todos estaban las poderosas catapultas, listas para lanzar misiles contra la fortaleza y frente a éstas se alineaban enormes ballestas, capaces de lanzar grandes dardos en rápida sucesión y con notable precisión. Cerca se asentaban otras dos torres que, de ser necesarias, estarían listas en cuestión de días y cientos de hombres estaban listos para unirse a la batalla cuando su general lo ordenara.
Montado en Scarto, Maximus se encontraba en la base de la colina, a su lado un heraldo listo para transmitir sus órdenes mediante un cuerno a los centuriones que se encontraban junto a los soldados. Ansiaba estar en lo alto de la torre y ser el primero en cruzar el puente pero sabía que eso hubiera sido una tontería. Necesitaba mantener distancia suficiente como para poder apreciar la totalidad de la batalla, de modo tomar decisiones rápidamente con relación a las tácticas.
El águila dorada de Roma se irguió detrás de Maximus en el viento helado, inspirando fuerza y determinación en los soldados. Fuera de este movimiento, el silencio era sobrenatural entre ambos bandos, romanos y germanos aguardando la señal del cuerno. Maximus revisó la escena y encontró que todo estaba listo. Hizo un gesto al heraldo con la cabeza y unas pocas notas breves atravesaron el aire helado. Lentamente, la enorme torre comenzó a rodar a través del terreno nevado sobre sus enormes ruedas, los hombres armados marchando detrás. Ahora que la batalla estaba por comenzar, Maximus se sintió curiosamente relajado. Era la espera lo que él y sus soldados odiaban.
Las enormes ruedas de madera gimieron y los caballos tensaron sus músculos mientras el enorme aparato avanzaba palmo a palmo hacia su objetivo. Las flechas llovieron sobre los animales y los hombres que los conducían pero rebotaron inofensivamente sobre las pesadas armaduras de ambos. Los arqueros romanos respondieron con mucha más eficacia y los germanos muertos cayeron hacia atrás, lejos de la vista.
Cuando la torre finalmente alcanzó su posición, otra serie de notas del cuerno del heraldo transmitió la orden de bajar el puente y éste cayó con un ruido ensordecedor. Sin vacilar, cientos de Romanos armados con escudos y espadas surgieron de la torre a la carrera, lanzando gritos de batalla. Los soldados que se encontraban en el suelo ascendieron rápidamente las rampas y escaleras para seguirlos hacia la muralla. El sonido familiar del acero golpeando el acero llenó el aire mientras los germanos defendían frenéticamente su fortaleza de los invasores. Las flechas alcanzaron sus blancos con mortal precisión, clavándose en escudos y atravesando cuerpos. Los gritos cesaban abruptamente cuando hombres de ambos bandos caían de las murallas, precipitándose hacia sus muertes en las rocas que esperaban abajo. Las cabezas decapitadas rodaban y caían desde la pared de piedra dejando a su paso rastros de sangre, mientras los cuerpos descabezados caían a un lado.
Maximus sabía que las bajas serían importantes para ambos bandos y estaba decidido a terminar la batalla lo más rápidamente posible. Dio otra orden y el cuerno volvió a sonar. Esta vez, las poderosas catapultas desataron toda su furia, lanzando enormes misiles contra la fortaleza a un ritmo regular y sostenido. Maximus vio dos grupos de germanos escapándose a lo largo de la muralla trasera de la fortaleza y dio una breve orden. En instantes, las ballestas los despedazaron y sangre, carne y hueso llovieron hacia el interior de la fortaleza.
Finalmente, el río de romanos que cruzaba a la carrera el puente levadizo fue encontrando menos y menos resistencia hasta que finalmente ya no hubo oposición. Los hombres en la torre alzaron sus armas y proclamaron a gritos su victoria.
Ordénales que se mantengan alerta -gritó Maximus al heraldo y sus notas alcanzaron a los confundidos hombres ubicados en la torre. Pero tenían suficiente experiencia como para no poder en duda a su general y mantuvieron sus armas listas pese a lo que parecía ser una obvia victoria. Pensaron que Maximus no podía ver lo que ellos veían. Que no podía ver los cuerpos apilados de a tres o cuatro y la falta de movimiento dentro de la fortaleza.
Quintus se acercó al galope.
¿Qué ocurre, Maximus? Los hombres en lo alto de la muralla están indicando una victoria.
Es demasiado rápido. No puedo creer que una batalla para defender una fortaleza termine tan rápidamente.
Muchos de los bárbaros están muertos y los que no se han rendido.
Con un gesto, Quintus indicó a los germanos arrodillados en la nieve con las manos cruzadas detrás de sus cuellos.
Hay algo que está mal -insistió Maximus- No podemos bajar la guardia ahora. Ordena a la infantería que esté lista.
Ahora, los únicos sonidos que se escuchaban eran los gritos y quejas de los hombres heridos.
- Quédate con la infantería -le ordenó a Quintus y urgió a Scarto para que avanzara, cabalgando deliberadamente al alcance de las flechas enemigas. Era un blanco excelente y lo sabía pero su presencia desprotegida era la garantía de que cualquier bárbaro que quedara en la fortaleza atacaría. Los soldados apostados en lo alto del muro apuntaron sus armas en todas direcciones, ansiosos por proteger a su genera de cualquier bárbaro dispuesto a morir como un héroe. Maximus cabalgó lentamente, sus ojos y oídos atentos a cualquier cambio en la situación. Notó que algunos hombres en lo alto de la muralla relajaban sus armas y les gritó una orden para que se mantuvieran alerta.
Al cabo de unos instantes todo seguía igualmente quieto y Maximus se preguntó si tal vez no estaría siendo excesivamente cauteloso. Alcanzó la torre y ascendió las escaleras de a tres escalones por vez a pesar de su pesada armadura, sus botas golpeando reciamente la madera, para llegar al tope jadeando. Una vez más les dijo a sus hombres que se mantuvieran alerta. Abajo, podía ver a Quintus y la infantería manteniendo sus posiciones tal como él le había ordenado.
Un centurión se acercó a Maximus mientras éste contemplaba la terrible destrucción en el interior de la fortaleza. Los cuerpos se apilaban unos sobre otros, germanos y romanos por igual, y la nieve estaba teñida de un vivo color rojo.
Parece que lo logramos, general -dijo el centurión.
¿Dónde está el resto? -demandó Maximus.
¿El resto de qué, señor?
No pueden ser todos. Hay muchos hombres muertos allí abajo pero no pueden ser todos. El explorador dijo que el lugar estaba lleno de germanos. ¿Dónde están?
Mientras el centurión luchaba por responder, Maximus caminó a lo largo de la muralla en dirección a la esquina Sur-Oeste, el centurión y un grupo de arqueros andando detrás de él. Miró una vez más hacia la infantería armada antes de volver su mirada hacia el bosque. El sol estaba alto, lanzando sobre el suelo sombras azuladas allí donde su luz no llegaba a penetrar el terreno cubierto de nieve. Todo estaba quieto pero, cuando se estaba dando vuelta, una bandada de pájaros levantó vuelo repentinamente, chillando su desagrado. Maximus se volvió, sus ojos revisando los árboles una vez más, cuando una flecha lanzada desde el interior del bosque pasó silbando junto a su oreja derecha y se clavó profundamente en el pecho del hombre que se encontraba tras él. El bosque estalló en una oleada de movimiento mientras al menos un millar de bárbaros escondidos bajo pieles cubiertas de nieve emergía a la carrera, sus arcos, espadas y lanzas en alto.
Maximus gritó la orden de disparar y los hombres ubicados en la muralla hicieron llover flechas sobre los bárbaros, derribando a muchos aún antes de que salieran a campo abierto, pero la mayor parte de la horda se dirigió hacia la base de la torre, gritando en forma desafiante.
Un sorprendido Quintus ordenó cargar a la infantería pero no antes de que cientos de determinados germanos se las arreglaran para alcanzar la torre.
¡El puente! -gritó Maximus - ¡Préndanle fuego! ¡No deben recuperar la fortaleza!
Mientras los hombres se apresuraban a hacerlo, Maximus tomó el arco y el carcaj del soldado caído. Sin pararse a tomar puntería, lanzó flecha tras flecha hacia los bárbaros arremolinados en el exterior de la torre mientras otros ascendían por sus escaleras, notando satisfecho que sus disparos daban en el blanco con más frecuencia que no. Pero el puente levadizo no ardía ya que la madera verde usada para construirlo estaba aún húmeda, sin contar con la nieve acumulada.
Mátenlos a medida de que crucen -gritó y luego rugió en dirección a Quintus, ubicado al pié de la fortaleza - ¡No permitas que se apoderen de la torre!
Los germanos estaban preparados para dar combate a la infantería pero, el verdadero objetivo, eran la torre, la fortaleza ... y el general Maximus.
Docenas de guerreros germanos se encontraban ahora en lo alto de la torre, preparándose para atacar. Se les iba uniendo un verdadero río de hombres vestidos de pies a cabeza con gruesas pieles. Maximus pensó que no era de extrañarse que hubieran podido pasar la noche a la intemperie. Sus armas consistían en arcos y flechas, toscos escudos y espadas. A pesar de estar ampliamente superados, los romanos apostados en la muralla estaban mucho mejor equipados y entrenados.
Maximus arengó a sus hombres.
Sólo conténganlos hasta que la batalla allá abajo esté ganada. Para ese momento podría haber cientos de ellos dentro de la torre y necesitamos atraparlos allí. Tenemos que resistir hasta que la batalla allá abajo esté ganada. ¿Entienden? Manténganse detrás de sus escudos. No podemos permitirnos perder ni un solo hombre.
Los soldados asintieron y Maximus miró hacia el costado, hacia los cuerpos dispersos en la nieve tinta de sangre ... muchos más vestidos con pieles que con armadura.
Terminará pronto -predijo.
Cada vez que un bárbaro intentaba poner un pie en el puente levadizo era derribado por una andanada de flechas.
- Usen sólo las necesarias. No podemos quedarnos sin flechas -advirtió Maximus e hizo una mueca cuando varios proyectiles enemigos se clavaron en su escudo.
Una vez más, un movimiento captó su atención ... esta vez, desde el interior de la fortaleza. Un germano mortalmente herido tendió su brazo tembloroso y le disparó una flecha. Maximus se dio vuelta a la velocidad de un rayo y disparó a su vez, derribando al hombre, quien cayó con una flecha clavada en la garganta. Pero el movimiento lo había dejado indefenso desde el frente y los germanos apostados en lo alto de la torre no pudieron creer en su buena fortuna cuando vieron al líder romano en una posición tan vulnerable. Dispararon sus flechas en rápida sucesión. Una rozó la coraza de Maximus, dos se clavaron inofensivamente en su escudo pero otras dos alcanzaron su objetivo. Maximus trastabilló hacia atrás en lo alto de la muralla, las flechas clavadas en su cuerpo, su sangre salpicando a los sorprendidos soldados, quienes vieron con horror cómo su general caía hacia el interior de la fortaleza.
Maximus luchó por abrir los ojos y los rayos de luz que alcanzaron sus párpados entornados dispararon una oleada de dolor que sacudió todo su cuerpo y lo dejó sin aliento. Se quedó quieto y se obligó a controlar el pánico que amenazaba devorarlo. ¿Qué tan gravemente estaba herido? ¿Tenía huesos rotos? ¿Dónde lo habían alcanzado las flechas? Lentamente, pasó revista a sus heridas, moviendo cada parte de su cuerpo de a una por vez y suavemente, mientras mantenía los ojos cerrados para concentrarse mejor. El dolor lo asaeteó desde su pierna izquierda. ¿Estaría rota, tendría una flecha clavada o ... ambas cosas? Lo mismo ocurría con su brazo derecho. Su espalda y su nuca estaban golpeadas y la cabeza le dolía despiadadamente pero estaba seguro de que esas partes de su persona sólo habían recibido golpes menores.
Poco a poco, su cerebro fue registrando los ahogados sonidos de la batalla y voces lejanas que gritaban frenéticamente:
¡General! ¡General! ¿General? ¿Está usted vivo, señor?
Maximus gimió pero sabía que el sonido no era lo suficientemente fuerte como para alcanzar a los preocupados hombres que se encontraban en la muralla, muy por encima de él.
¡Bajamos a buscarlo, señor!
Maximus apretó los dientes y se obligó a sí mismo a erguirse sobre el codo izquierdo.
No -su voz no era más que un graznido. Tomó aliento y lo intentó de nuevo - ¡No! -gritó, el dolor atravesándole la cabeza- ¡No! Quédense en sus puestos. Defiendan el muro.
Pero ...
¡Es una orden! ¡No permitan que los germanos recuperen la muralla!
¡Sí, señor! -gritó el centurión, pero la preocupación estaba dibujada en su rostro mientras se daba vuelta para retornar a su puesto.
El mentón de Maximus cayó sobre su pecho, los ojos cerrados tratando de eludir el tormento. Cuando finalmente se obligó a abrirlos, se dio cuenta de cuál era la causa de que hubiera sobrevivido. Su caída había sido acolchada por los cuerpos de los muertos... una pila de cinco o seis cadáveres de alto. Cuerpos romanos y germanos. Cuerpos con rostros congelados en horrendas máscaras de muerte. Maximus se estremeció y se deslizó de costado gimiendo cuando, sin advertirlo, se hundió la flecha más profundamente en la pierna. Rodó sobre la pila cayendo de pie sobre la nieve antes de que sus piernas le fallaran y se desplomara de rodillas. Se quedó quieto, tomando aliento profundamente para mitigar las náuseas que le atenaceaban la garganta y el fuego que parecía quemar sus miembros. A través de ojos nublados examinó los alrededores. Por cierto que su ejército había hecho un buen trabajo. Los cadáveres de hombres y animales yacían por todas partes, muchos de ellos horriblemente mutilados. Nada se movía. El hombre que había tratado de matarlo debía haber sido el último que quedaba con vida.
Maximus se tambaleó sobre sus pies y tomó la flecha que emergía de su muslo izquierdo entre sus dos manos, doblando la madera hasta que ésta se partió a pocas pulgadas por encima de su piel. Arrancó un trozo de tela de la ropa de un cadáver cercano y se la ató con fuerza por encima de la herida, de modo tal de detener el profuso flujo de sangre. No podría romper la flecha que tenía clavada en el antebrazo con sólo una de sus manos y por un momento consideró la posibilidad de arrancársela. Pero sabía que eso sólo le causaría más daño y se limitó a atarse otro trozo de tela por encima de esa herida, ayudándose con los dientes y dejando que la flecha emergiera intacta de su carne.
Maximus contempló la enorme muralla de piedra, tan gruesa que ahogaba casi completamente los sonidos de la batalla que se libraba más allá de ella, creando un silencio casi sobrenatural en el interior de la fortaleza. Un rostro romano lo contempló desde lo alto de la muralla y él levantó su mano izquierda, asegurándole al soldado que se encontraba vivo.
¡General! ¡Le lanzaremos una cuerda!
¡No! No podemos distraer ni un solo hombre. ¡Tienen que defender la muralla! ¡Los bárbaros no deben recuperar la fortaleza! -Maximus se las arregló para esbozar una ligera sonrisa- De todos modos, no podría trepar. Encontraré otro modo de salir de aquí.
El hombre asintió su comprensión y volvió a desaparecer.
Maximus buscó un arma entre los cuerpos y encontró una espada romana cubierta de sangre. El peso familiar en su mano era reconfortante aún cuando no parecía haber nada vivo en interior de la fortaleza. Pero el lugar era enorme, con muchas construcciones en las que el enemigo podía ocultarse.
Tenía que salir de allí. Pensó en la mujer con el niño y rengueó en dirección hacia la muralla Este, por donde ésta había salido, pasando la mano por las rocas que se alineaban en su base. Fue inútil. La nieve se había amontonado a lo largo de la pared, cubriendo completamente cualquier pasadizo de salida.
Maximus se estremeció, sintiendo frío a pesar del calor que se desprendía de su pierna y su brazo heridos. Las nubes ocultaban ahora al sol y la nieve había empezado a caer. El general rengueó en dirección hacia el Norte de la fortaleza, tropezando ocasionalmente con algún obstáculo oculto. Alrededor de un millar de germanos se había arrastrado fuera de las murallas durante la noche pasada, totalmente inadvertidos por los guardias romanos, de modo de que debía haber un número de aberturas en la pared del fondo, que dieran directamente al bosque.
Maximus rengueó dolorosamente una y otra vez a lo largo de la muralla y en la luz que se iba haciendo escasa pero no pudo dar con ninguna abertura visible. Era obvio que los pasadizos habían sido sellados por los hombres que permanecieron en la fortaleza, los cuales probablemente habían hecho rodar pesadas rocas y las habían encajado en las aberturas. Todos los hombres parecían estar muertos pero, ¿qué había pasado con las mujeres y los niños? ¿Dónde estaban? ¿Adónde habían huido?
Maximus miró hacia la muralla Sur y se irguió abruptamente al notar una delgada columna de humo alzándose sobre la fortaleza. Olfateó y detectó fuego. ¿Qué se estaba quemando? ¿Había terminado la batalla? Contempló la columna de humo otra vez pero se dio cuenta de que lo que veía no era el aterrador fuego de la furia y la destrucción sino el fuego que es sinónimo de vida y calor. El reconfortante aroma sumado a la creciente oscuridad, sus dientes castañeteantes y el dolor palpitante de sus miembros le recordaron que, si no encontraba pronto un refugio, probablemente no sobreviviría la noche.
Siguió a su nariz a lo largo del sendero enmarcado a ambos lados por edificios semidestruidos hasta alcanzar una pequeña vivienda intacta, una de las pocas que aún lo estaban en toda la fortaleza. Avanzó arrastrando su pierna herida hasta la puerta de entrada y escuchó, apretando los dientes para detener su castañeteo y apretando la espada en su mano. Una luz amarilla brotaba por debajo de la puerta y acercó un ojo a una grieta de la madera. Dos mujeres estaban acuclilladas junto al fuego. Una de ellas revolvía algo en un caldero que olía a sopa. Maximus cambió ligeramente de posición. A la derecha de las mujeres, dos niños dormían junto al fuego, acurrucados el uno junto al otro bajo unas pieles. ¿Serían acaso las únicas personas vivas en la fortaleza? Y si lo eran, ¿por qué se encontraban aún allí? Maximus ansiaba irrumpir a través de la puerta y rogarles que le permitieran compartir su alimento y su calor pero, en vez de hacerlo, retrocedió tambaleando en la nieve que se iba haciendo más y más profunda. Vestía armadura romana, aferraba en su mano una espada romana y sangraba sangre romana. Su aparición las aterrorizaría. La nieve caía ahora en forma cada vez más copiosa, derritiéndose sobre su cuello desprotegido y goteando bajo su coraza, humedeciendo de paso su túnica de lana y su ropa interior. Se estaba congelando. Arrimó las manos a su boca y les sopló su aliento, tratando de calentarlas. Tendría que encontrar un lugar donde pasar la noche pero necesitaba permanecer cerca del brillo dorado de la luz y los olores tranquilizadores. La vivienda ubicada a la derecha estaba oscura y parecía estar sólo ligeramente dañada de modo de que deslizó su espada entre la puerta y el marco y, haciendo fuerza, logró abrirla lentamente. Se quedó rígido cuando las bisagras gimieron ruidosamente y echó una rápida mirada hacia la otra casa. ¿Habrían escuchado? Maximus esperó unos instantes antes de empujar la puerta otra vez, abriéndola lo suficiente como para atisbar por una hendija. El interior estaba negro como la brea y tan helado como el exterior. Nunca sobreviviría la noche en un lugar así.
Mientras volvía a salir, sus ojos fueron atraídos por un brillo anaranjado que emergía por encima de la muralla Sur de la fortaleza. Algo muy grande se estaba quemando y sólo podía ser la torre. Mientras Maximus luchaba por comprender las implicancias de la situación, no se dio cuenta que la luz amarilla se extendía a través de la parte inferior de sus piernas o de que una sombra se arrastraba por la nieve hacia él. Fue el instinto lo que lo hizo darse vuelta justo en el momento en que una roca se estrelló contra su cráneo, precipitándolo en la oscuridad.
Mientras recuperaba lentamente la conciencia, de lo primero que Maximus se percató fue de la dolorosa agonía en su cabeza, luego del dolor ya familiar en su brazo y su muslo. Después, su cerebro registró que su cuerpo estaba caliente y unos susurros provenientes de una corta distancia. Dio vuelta la cabeza para mirar y gimió miserablemente mientras levantaba los párpados. Cuando sus ojos finalmente se enfocaron, se encontró mirando directamente a los ojos curiosos de una hermosa criatura rubia y de ojos azules. Una niña. Abrió la boca para decir algo pero sólo pudo lanzar un gemido. La niña fue apartada de su vista y su dulce rostro reemplazado por uno muy enojado y mucho más viejo ¿Su abuela? El rostro de la vieja estaba marcado por profundas arrugas y su pelo era gris y pegajoso. La mujer lo regañó en un tono enojado con palabras que no podía entender. Mientras Maximus trataba de concentrarse en su rostro, una mano se deslizó por detrás y debajo de su cabeza, levantándosela y un tosco tazón fue puesto en sus labios. Sus instintos de guerrero le dijeron que no confiara en nadie y se rehusó a abrir la boca. La mano soltó su cabeza, la cual se golpeó contra el suelo con un ruido sordo. Vio literalmente las estrellas y aspiró profundamente para controlar la nausea resultante.
Una mano le abofeteó la mejilla para atraer su atención y esta vez se encontró mirando a una mujer que tenía que ser la madre de la niña. No tenía más de dieciocho años y el mismo cabello rubio y ojos azules. La mujer se llevó el tazón a su propia boca y bebió un trago para luego acercárselo a Maximus de modo de que lo viera, sus cejas arqueadas en un gesto interrogante. Maximus asintió con la cabeza y ella volvió a colocarse detrás de él y a levantarlo para que bebiera. Esta vez, cuando retiró la mano de su nuca, fue para depositar su cabeza en una almohada hecha de piel.
Gracias -graznó y la niña soltó una risita. Maximus se las arregló para sonreírle y luego miró más allá de la pequeña, a la segunda criatura que permanecía bajo las pieles, casi oculta por la peluda cobertura. Maximus no estaba seguro respecto del sexo pero los rizos más cortos le hicieron pensar que era un niño. El pequeño se revolvió inquieto, luego sollozó y finalmente comenzó a llorar. Su madre se acercó rápidamente para consolarlo, acariciándole los rizos y susurrándole suavemente. Cuando el llanto se convirtió en aullido, lo tomó en sus brazos y lo acunó en su regazo, hamacándolo suavemente. Mientras lo hacía, ajustó las pieles que cubrían al niño, pero sus piernas quedaron un momento al descubierto y Maximus soltó una exclamación. Una de ellas no era más que un muñón apretadamente envuelto en harapos sanguinolentos.
La mujer más vieja dirigió toda su furia contra Maximus, levantando su brazo como para golpearlo. Las manos del general se alzaron en un movimiento instintivo de defensa pero no llegaron muy lejos. Había estado tan confundido y distraído que no se había dado cuenta hasta el momento de que estaba atado.
Sus muñecas estaban atadas juntas con trozos de tela y aseguradas a la cuerda que le rodeaba apretadamente la cintura. Trató de mover su pierna sana sólo para descubrir que sus tobillos también habían sido atados. Estaba claro que no iría a ninguna parte.
La joven madre susurró unas palabras ásperas a la vieja y ésta dejó caer su puño y se alejó para dirigir su furia contra el fuego, el cual atizó violentamente con un palo. Se preguntó si aquellas mujeres sabrían quién era. ¿Sabrían acaso que era el hombre responsable de la destrucción de su hogar y de la muerte de sus hombres ... y de la terrible herida del niño? No estaba vestido como un soldado ordinario y debían saber que no era tal. ¿Por qué teniendo la oportunidad no lo habían matado? ¿Planeaban pedir rescate? Maximus casi se echa a reír ante lo absurdo de sus propios pensamientos. ¿De qué les serviría a aquellas mujeres el oro romano?
El niño. ¿Era él la razón por la cual no habían huido con el resto? ¿Porque el niño estaba demasiado mal como para ser movido? Sus propias heridas parecían ahora insignificantes y alzó la cabeza con gran dificultad para mirar su cuerpo. Ya no había una flecha sobresaliendo de su antebrazo y un olor como a resina de pino flotó hasta su nariz. Sus heridas estaban vendadas. La joven habló algunas palabras como respondiendo a su mirada interrogante pero él sólo pudo devolverle la mirada. Ella hizo girar los ojos y movió la cabeza ligeramente como diciendo "Hombre estúpido" antes de depositar suavemente al niño dormido sobre el colchón de pieles y volver a cubrirlo.
Le dijo algunas palabras a la mujer mayor, quien la reemplazó junto al pequeño y luego se dirigió al caldero que estaba sobre el fuego y sirvió un cucharón de estofado humeante en el tazón. El estómago de Maximus hizo un ruido en automática respuesta y la muchacha sonrió ligeramente. Una vez más le hizo levantar la cabeza y le dio de comer la carne con una cuchara y en la boca hasta que el tazón estuvo vacío. Maximus no estaba seguro de qué animal había provisto la carne pero el alimento era satisfactorio y bastó para llenarle el estómago. La mujer lo abrigó con unas pieles y luego procedió a limpiar, lavando los tazones con agua que obtuvo de derretir nieve. Bostezó mientras trabajaba y Maximus la estudió de cerca, tratando de imaginar cómo hacía para sostener a su familia en tan terribles condiciones. Su esposo, ¿yacería muerto en la nieve fuera de las murallas de la fortaleza? ¿Estarían allí también sus hermanos y tal vez hasta su padre?
- Gracias -susurró Maximus y ella se volvió para mirarlo. En sus ojos no había odio ni miedo... sólo resignación. Él era un hombre necesitado de ayuda y ella una mujer compasiva. Tan simple como eso.
¡General Maximus! -llamó una voz desde la distancia.
¿General? -esta vez, fue una voz diferente.
General Maximus, ¿dónde está usted, señor?
¡General!
Maximus se despertó abruptamente y luchó para sentarse antes de haber recuperado totalmente la consciencia. Mientras tomaba aliento para gritar en respuesta, una mano se apretó sobre su boca y su nariz. Una segunda mano se unió a la primera y Maximus se encontró luchando para poder respirar bajo su presión combinada.
La sofocante opresión se mantuvo inamovible hasta que las voces se desvanecieron en la distancia y luego desaparecieron del todo. Cuando las manos se apartaron abruptamente de su rostro, Maximus aspiró hondo con sus pulmones maltratados y miró a su captora con renovado respeto. De haber sido necesario, lo hubiera asfixiado antes que permitir que traicionara el escondite de sus hijos.
La mujer rubia lo contempló en la luz tenue de la primera hora de la mañana que penetraba por las grietas de la puerta. Ahora sabía que no era un soldado romano común. No se enviaban partidas de rescate a buscar a soldados comunes.
Maximus -dijo.
El asintió.
General -dijo.
Maximus vaciló antes de volver a asentir. ¿Sabría ella lo que significaba esa palabra?
La mujer lo estudió cuidadosamente, consciente de la contradicción entre sus ropas de guerrero, sus heridas de guerrero y la ternura en su mirada cuando contemplaba a sus hijos. Pero no hizo movimiento alguno para soltarlo.
Maximus no podía entender por qué sus hombres no habían olido el aroma a comida como él mismo lo había hecho pero luego cayó en la cuenta de que la pequeña vivienda estaba llena de olor a humo y que éste provenía de afuera.
- Maximus general -la mujer sostuvo la espada entre sus manos y lo miró directamente a los ojos. La amenaza estaba perfectamente clara. Si hacía un movimiento en falso, lo mataría ... y Maximus no tuvo duda alguna de que lo haría sin vacilar.
Asintió en señal de comprensión y luego levantó sus manos tan alto como pudo para indicar sus muñecas atadas, interrogándola con sus ojos. Tras considerar la situación por un momento, la muchacha se inclinó hacia delante y cortó la cuerda que sujetaba las manos a su cuerpo pero dejó sus muñecas atadas.
Agradecido por esta muestra de consideración, se sentó y se frotó el sueño de los ojos con los nudillos. Excepción hecha del suave crujir de las brasas, todo en la vivienda estaba en silencio. Maximus miró a los niños dormidos y luego a su madre. Se señaló a sí mismo, luego al hijo de la muchacha. Los ojos de ella se entrecerraron cautelosamente de modo de que Maximus repitió el gesto, esta vez señalando primero al niño ... después, levantó un dedo. Ella asintió rápidamente, indicando que comprendía que también él tenía un hijo. Luego señaló a su hija y alzó las cejas. Maximus movió la cabeza negativamente y la mujer volvió a sonreírle, la paternidad creando un lazo entre dos vidas tan diferentes.
Maximus señaló sus pies, indicando que necesitaba ir a fuera. Ella le apuntó con la espada, recordándole quién estaba al mando y él asintió. Aunque estaba completamente consciente de lo peligroso de lo que estaba haciendo, la muchacha cortó las ligaduras que sujetaban sus tobillos con la afilada hoja y retrocedió. Maximus luchó para ponerse de rodillas, haciendo una mueca porque su pierna herida se había puesto rígida durante la noche. Por fin, logró ponerse de pie, diciéndose a sí mismo que, por mucho que estuviera sufriendo, era lo suficientemente afortunado como para todavía tener dos piernas.
La mujer se inclinó para recoger la sucia piel marrón que lo había abrigado mientras dormía y echársela sobre los hombros. Maximus la apretó en torno a su cuello, más agradecido por la aquella pegajosa piel que por las elegantes y plateadas que usaba regularmente. La joven madre se envolvió de un modo similar y, tras echar una última mirada a los niños dormidos, abrió la puerta y le indicó a Maximus que saliera primero.
Afuera, el aire estaba saturado de humo. Todo estaba cubierto de hollín y el humo oscurecía el sol de la mañana. Maximus miró hacia la muralla Sur y vio que una columna de humo aún ascendía al cielo desde esa dirección. Todo estaba quieto. A sus oídos no llegaban sonidos de batalla. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué la muralla estaba desierta? ¿Quién controlaba el territorio en el exterior de la fortaleza? Los soldados a los que había escuchado, ¿estaban tratando realmente de encontrar a su general herido o habían sido obligados a buscarlo a punta de espada? Maximus tenía que salir de la fortaleza tan rápida y silenciosamente como fuera posible.
Después de orinar, Maximus volvió su atención hacia la joven mujer que estaba contemplando la humareda, sus pensamientos muy probablemente similares a los suyos. Se señaló a sí mismo y después a la muralla Norte. Los ojos de la muchacha siguieron su gesto, después volvieron a fijarse en los de él.
Maximus dio rienda suelta a sus pensamientos a pesar de que sabía muy bien que ella no podía entenderlo.
Tengo que salir de aquí y regresar con mi ejército. No sé qué ha sucedido y tengo que averiguarlo.
Ella lo contempló.
Maximus alzó sus manos atadas en señal de frustración.
Te prometo que enviaré médicos a atender a tu hijo y te mandaré alimentos y también ropas ... y caballos para llevarte a donde quieras ir -señaló hacia la base de la muralla y luego hacia sí mismo- Por favor, muéstrame dónde están los pasadizos.
Ella le tomó las manos e insertó la punta de la espada entre las ligaduras, cortándolas con un rápido movimiento. Luego, invirtió la espada y se la ofreció a Maximus, presentándole la empuñadura, sus ojos fijos en los de él. Maximus asintió y aceptó su señal de confianza.
La muchacha suspiró pesadamente y le hizo señas de que la siguiera. Lo condujo a través de la nieve que les llegaba a las rodillas hacia la muralla Norte y caminó sin vacilar hasta un punto cercano a la esquina Oeste. Luego se detuvo y señaló con un gesto a la pesada, húmeda nieve amontonada en la base hasta la altura de su cintura e hizo el gesto de cavar con sus manos.
Sí, te entiendo. Gracias.
Luego de echarle una larga mirada, la muchacha se dio vuelta para alejarse.
¡Espera!
Ella se volvió, su expresión interrogante.
Maximus se señaló a sí mismo.
Maximus -dijo. Luego la señaló a ella y tendió sus manos en señal de pregunta.
Helga – respondió ella con voz musical, su voz dulce y musical.
Helga.
Ella asintió y se dio vuelta nuevamente.
Gracias, Helga.
Si la muchacha escuchó sus últimas palabras, no lo acusó y desapareció a la vuelta de una construcción derrumbada, en su camino de regreso a sus hijos.
Sin pérdida de tiempo, Maximus arrancó una tabla de la puerta de la misma construcción y empezó a cavar con ayuda de esa tosca pala, haciendo caso omiso al dolor que irradiaba de su brazo y su pierna. Trabajó a buen ritmo y empezó a transpirar bajo su coraza, pero sus manos palpitaban de frío. Maldijo violentamente a Germania, maldijo la nieve, maldijo la tabla que le clavaba astillas en las manos, maldijo las rocas, soltó cada palabrota que conocía ... y, como soldado, conocía muchas.
Al cabo de algunas horas de cavar y maldecir, había limpiado un espacio de aproximadamente ocho pies a lo largo del pie de la muralla. Arrojando la tabla a un costado, se dejó caer de rodillas e inspeccionó la pared cuidadosamente, haciendo correr las manos sobre la superficie. Parecía completamente sólida. Maximus se acuclilló. ¿Helga habría cometido un error ... o lo habría conducido al lugar equivocado deliberadamente?
Maximus.
Sobresaltado, Maximus giró en redondo, tomando de paso la espada que estaba parcialmente enterrada en la nieve.
Helga le sonrió dulcemente y le tendió un tazón de comida humeante.
Maximus ignoró el alimento y le imploró.
Helga, ¿dónde está la salida? –señaló con sus manos la muralla.
Ella le indicó una roca redonda que le llegaba a Maximus a la cintura.
El sacudió la cabeza negativamente.
No puede ser. Esa roca ...
Helga le lanzó esa mirada que parecía decir "hombre estúpido" y murmuró unas pocas palabras mientras depositaba el tazón en la nieve. Luego, saltó al hoyo junto a Maximus y palmeó la roca en cuestión antes de demostrarle que debía empujar. Aunque escéptico, Maximus apoyó su hombro contra la roca y empujó con todo su cuerpo, luchando para no perder pie en el suelo helado. La sintió moverse, luego empezar a rodar y finalmente, para su asombro, caer sobre sí misma. Aunque redonda de un lado, del otro era plana - una media roca - y al caer reveló una abertura lo suficientemente grande como para que un hombre pudiera pasar arrastrándose. Del otro lado, no había luz de sol que le diera la bienvenida y Maximus comprendió que la nieve se había acumulado también en el exterior. Tendría que cavar para salir ... pero esta vez estaría tendido sobre su estómago dentro de un túnel angosto y oscuro, rodeado por toneladas de roca y sus únicas herramientas serían su espada y sus manos entumecidas.
Se sentó en el suelo, junto a la abertura, la espalda contra la pared y su cabeza entre las manos. Todavía tenía trozos de flecha en su brazo y pierna y desde ambos miembros seguía irradiando un dolor implacable mientras que sus pies habían perdido la sensibilidad.
Una mano gentil le acarició el cabello y alzó la vista para ver a Helga, una expresión de desaliento fija en su rostro.
Tu también estás atrapada, ¿verdad? -le dijo suavemente- Tuviste que quedarte por la herida de tu hijo y ahora no puedes salir de aquí.
Maximus miró hacia lo alto de la pared que se erguía muy por encima de él. No había modo de trepar por ella sin ayuda desde lo alto. Tendría que ir por abajo. Helga volvió a ponerle el tazón en las manos y dijo una palabra que posiblemente quería decir "Come" antes de alejarse apresuradamente.
Para el momento en que Maximus estaba raspando el fondo del tazón, ella había regresado con un balde lleno de brasas encendidas en una mano y un monojo de ramas en la otra. Rápidamente las acomodó a los pies de Maximus y con habilidad encendió un fuego. El general tendió sus pies hacia las llamas, hasta que sus botas prácticamente las tocaron, y luego dobló la cintura y acercó sus manos hacia ellas, hasta que sus dedos volvieron a experimentar el calor. Se quedó quieto por un rato, sintiéndose adormilado a medida de que su cuerpo se relajaba y calentaba. Helga rebuscó entre sus pesadas faldas de lana y extrajo de ellas largas tiras de cuero de oveja. Luego tomó la mano derecha de Maximus y, cuidando de no mover la flecha hundida en su antebrazo, la envolvió con el cuero de modo de que la lana quedara hacia adentro. Hizo lo mismo con la otra mano y luego le quitó las botas para envolverle los pies en otras tiras de cuero antes de volver a colocárselas.
Maximus le agradeció con un gesto de su cabeza y le sonrió.
Helga lo urgió a que se sumergiera en la abertura entre las piedras y Maximus se echó a reír.
Eres exigente cuando se trata de poner objetivos -dijo.
Pero su risa se extinguió rápidamente cuando pensó en el trabajo que lo esperaba. Tendría que echar la nieve hacia atrás a medida de que cavaba y existía un margen importante de riesgo de que quedara atrapado en el túnel, con la nieve apilada tanto delante de él como a sus espaldas. Se estremeció ante la perspectiva.
Helga –dijo- tendrás que ir sacando la nieve que yo eche hacia atrás. ¿Entiendes? Tendrás que sacarla del pasaje y apilarla afuera.
Perpleja, la muchacha sacudió la cabeza.
Está bien, déjame que te enseñe Maximus reptó hacia el interior del túnel, haciendo una mueca al sentir que las afiladas piedras le lastimaban las rodillas. Apenas se había adentrado un tercio de la longitud del pasadizo cuando la luz desapareció completamente. El túnel era muy irregular en lo que hacía al ancho y alto y se golpeó la cabeza contra las rocas más de una vez mientras trataba de avanzar. Por momentos tenía que arrastrarse sobre el estómago y luchó para controlar el pánico que amenazaba paralizarlo. Sólo se dio cuenta de que había alcanzado el extremo del túnel cuando se dio de cara contra un montón de nieve. Escupiendo, retrocedió unos pocos pies y trató de reunir sus fuerzas. Manoteó como pudo la espada que llevaba sujeta a la cintura y atacó la nieve con ambas manos. No podía decir cuánta nieve estaba sacando y sólo se detuvo cuando ésta formó una pila en torno a sus rodillas. La pateó hacia atrás y comenzó a retroceder, empujando la nieve con sus pies a medida de que desandaba el camino. Cuando detectó luz detrás de él, llamó a Helga por su nombre.
¿Maximus? -La luz volvió a desaparecer cuando la muchacha se acuclilló en la entrada del túnel.
Volvió a llamarla, luego pateó la nieve con tantas fuerzas como pudo, esperando que de algún modo llegara hasta ella. Sintió que Helga se movía detrás de él y la tenue luz volvió a inundar el túnel. Pateó el resto de la nieve y Helga volvió a retirarla. La muchacha había entendido pero, a este ritmo, tardarían horas - o días - dependiendo de cuánta nieve se hubiera acumulado al otro lado de la muralla.
Maximus se concentró como lo hacía cuando entraba en batalla, bloqueando el dolor y el miedo y haciendo acopio de toda su fuerza y resistencia. Se arrastró, cavó, pateó, empujó, se arrastró, cavó, pateó, empujó, sin atreverse a parar por miedo a que su cuerpo se negara a volver a ponerse en movimiento. Repitió cada acción una y otra y otra vez. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba trabajando. Podrían haber sido minutos, horas o días. Encerrado en aquel túnel que parecía una tumba, su mente había perdido la noción del tiempo. Le tomó unos instantes registrar que estaba cavando en el aire y no fue sino hasta que el viento frío y limpio alcanzó su rostro ardiente que se dio cuenta de que había logrado atravesar el túnel ... ¿Dónde estaba la luz? ¿Dónde estaba el sol? Arrojando la espada, cavó con las manos hasta que la abertura fue lo suficientemente grande como para que su cuerpo pasara por ella. Se desplomó boca a bajo en la nieve y luego se dio vuelta sobre su espalda y contempló la noche estrellada a través de las ramas peladas de los árboles, las lágrimas de dolor y alivio nublándole la mirada.