Maximus se asomó a la esquina Nor-Oeste de la fortaleza, cuidando de mantener su cuerpo oculto. Estaba envuelto en la sucia piel marrón que no tenía intenciones de descartar y, bajo el cielo nocturno, podía ser tomado fácilmente por un germano.
El campo de batalla parecía estar desierto y ni siquiera habían apostado un guardia romano. Las dos torres de asalto a medio construir estaban en el mismo lugar donde las había visto por última vez pero la principal y más grande era, tal como él lo sospechara, una pila de escombros humeantes.
¿Qué había pasado allí?
Maximus rengueó penosamente a lo largo de la pared, usando las rocas como apoyo. Su pierna herida aún palpitaba dolorosamente pero, ahora, el sufrimiento más intenso irradiaba desde sus lastimadas rodillas y sabía que éstas estaban sangrando en abundancia. A medida de que se acercaba a las ruinas humeantes, detectó olor a carne quemada y experimentó nauseas a pesar del hambre que sentía. ¿Era aquel el olor de la comida nocturna llegándole desde el campamento a causa de la brisa? Pensó que era mucho después de la hora de la cena pero no estaba seguro de qué día era, mucho menos de qué momento del mismo. No estaba seguro de nada y esa sensación era decididamente incómoda. Si el campo seguía bajo el control de los romanos, ¿por qué los soldados no lo habían buscado hasta dar con él? Caminar de regreso hasta el campamento iba a ser difícil pero no tenía otra alternativa que ponerse en marcha. En ese momento, lo hubiera dado todo por sentir el ancho lomo de Scarto debajo de él.
Para el momento en que el cielo comenzó a aclararse en dirección al Este, Maximus estaba escondido bajo un árbol en la colina que se alzaba sobre el campamento. Todo parecía normal. Había guardias en la puerta ... guardias romanos. Estaba ligeramente mareado por el sufrimiento, la fatiga y la pérdida de sangre y su mente no funcionaba con la filosa agudeza de siempre pero sabía que había algo diferente en el campamento. Sólo que no podía determinar qué era exactamente.
Maximus permaneció escondido, acurrucado bajo su abrigo de piel, mientras el amanecer iluminaba el cielo y los soldados comenzaban a moverse en el interior del campamento. La guardia matutina vino a tomar su puesto y la patrulla nocturna se dirigió hacia su comida y descanso. El olor del desayuno que se estaba cocinando allá abajo flotó hasta su nariz. Pero no era el mismo olor que había detectado en el campo de batalla. La clave de todo el misterio estaba allá atrás y Maximus supo que tendría que regresar, ahora que había suficiente luz como para ver. Su mente se rebeló ante la sola idea de infligirse más sufrimiento pero se obligó a sí mismo a ponerse de pié y, dolorosamente, desandó sus pasos.
Montículos de nieve salpicaban el campo... los cuerpos congelados de los germanos caídos, que permanecerían allí hasta la primavera, momento en que serían devorados por los animales hambrientos. Maximus calculó que había alrededor de doscientos hombres bajo la nieve pero ese número no se aproximaba ni remotamente a la cantidad que había cargado desde los bosques hacia la torre de asalto. ¿El resto habría sido tomado prisionero? Miró nuevamente hacia las ruinas humeantes de la torre de asalto principal, sintiendo que el temor empezaba a apoderarse de su mente.
Los restos aún irradiaban una temperatura considerable pero los alrededores estaban lo suficientemente fríos como para que pudiera revisarlos, de modo de que dejó caer la piel y se adentró en las ruinas. Sus pasos levantaron nubes de ceniza gris que lo ahogaron y lo hicieron toser, hasta que tomó una de las tiras de piel de oveja y se la colocó sobre la nariz antes de seguir avanzando entre las ruinas calcinadas.
Un súbito recuerdo inundó su memoria... un niño en España, hurgando entre los restos quemados de su casa, buscando los restos de sus padres y hermano... y repentinamente se dio cuenta de lo que estaba buscando. Lo encontró poco después: trozos inidentificables de carne calcinada, dientes y trozos de hueso. Los hombres que se apoderaran de la torre habían sido quemados vivos. Maximus se dejó caer de rodillas y vomitó violentamente. El nunca habría ordenado algo así. ¿Qué había impulsado a sus hombres a hacerlo? ¿Quién habría dado la orden?
¿General? -la voz a sus espaldas sonó tentativa- General, ¿es usted?
Maximus reconoció la voz como al de uno de sus jóvenes guardias pero no fue capaz de expresar su reconocimiento. Sus emociones estaban completamente fuera de control... una mezcla de dolor y furia... y se tuvo que obligar a sí mismo a ponerse de pie antes de responderle al soldado. Se frotó las sientes mientras escuchaba cómo el joven se alejaba rápidamente al galope.
Para el momento en que Quintus llegó al lugar a caballo seguido de cientos de soldados a la carrera, Maximus ya estaba erguido y listo para enfrentarlos. No había pensado en cuál sería su apariencia pero la cara de Quintus le dijo que lucía espantoso. ¿O acaso lo que Maximus estaba viendo era la sorpresa de un hombre que había creído que ahora estaba al mando?
Maximus... Maximus... yo... -tartamudeó Quintus- Creímos que estabas muerto.
Es obvio que no lo estoy -gruño Maximus.
Te buscamos.
No buscaron lo suficiente.
Revisamos cada construcción ...
La partida que fue en mi búsqueda recorrió el perímetro interior de la fortaleza gritando mi nombre ... nada más. Si hubieran revisado cada construcción, me hubieran encontrado.
Lo intentamos ...
¿Quién ordenó esta masacre? -demandó Maximus.
La sangre se retiró del rostro de Quintus y cientos de ojos se fijaron en él. Sostuvo la mirada acusadora de Maximus durante un momento, antes de bajar los ojos.
Yo lo hice -dijo quedamente.
Maximus buscó las palabras necesarias para expresar sus pensamientos pero sólo atinó a susurrar:
¿Por qué?
Cumplí órdenes.
Maximus lo miró sin poder creerlo.
¿Ordenes de quién? ¿Yo nunca hubiera ordenado algo así y lo sabes?
La orden fue mía -dijo una voz familiar desde atrás de Quintus.
El pelo de la nuca de Maximus se erizó mientras sus ojos se posaban por primera vez en la figura del joven montado a caballo.
Commodus -dijo, la falta de emoción de su voz implicando a las claras su entendimiento.
Te ves terrible, Maximus. Estoy seguro de que hablo por todos cuando digo que me alegro de que ...
Ordenaste que quemaran vivos a estos hombres -el tono de Maximus fue letal.
Sí, lo hice -respondió Commodus a la defensiva- pero primero los revisamos. Cualquier hombre que valiera la pena como esclavo fue apartado y está prisionero. Matamos sólo a los heridos, los débiles y los viejos.
No tenías derecho a dar esa orden.
Por cierto que lo tengo. Creí que estabas muerto y tomé el mando. Represento a mi padre, el emperador.
A pesar de su sufrimiento, Maximus avanzó lentamente hacia Commodus, quien permanecía montado en su semental blanco.
Tu padre es un hombre compasivo. Nunca hubiera dado la orden de quemar vivos a los prisioneros, no importa cuán viejos o heridos estuvieran.
Sí, bueno, mi padre tiene sus debilidades y la compasión es ciertamente una de ellas. ¿Sabías que clausuró los juegos gladiatorios en la arena de Roma? Tendremos que enviar a nuestros prisioneros más fuertes a las provincias.
A pesar de su bravuconada, el muchacho había empezando a ponerse inquieto mientras el general herido se aproximaba decididamente a su caballo. Hizo un gesto ligero con la cabeza y hombres vestidos con capas y cascos negros, sosteniendo largas lanzas y escudos se movieron rápidamente de modo de colocarse frente a él, creando una barrera entre él y Maximus.
El general se echó a reír amargamente, la risa dibujando una mueca horrible en su rostro sucio y ensangrentado.
¿Estos son los hombres que me buscaron, Quintus? -se dirigió al tribuno sin mirarlo.
Sí -la respuesta de Quintus sonó quedamente.
Maximus se dirigió nuevamente hacia Commodus.
Bueno, ahora entiendo todo. Excepto una cosa ...
¿Cuál?
¿Qué haces aquí, a miles de millas de las comodidades de Roma?
Commodus no respondió al insulto implícito.
La fatiga y el dolor lo volvieron agresivo y Maximus avanzó hasta quedar frente a frente con uno de los pretorianos, esperando que su estado hiciera que el hombre se echara atrás. No lo logró. Levantó la mirada hacia Commodus.
- Puedes ser el hijo del emperador pero este ejército está bajo mi mando por orden del emperador -su voz goteó veneno- Hasta que escuche otra cosa de boca de Marcus Aurelius... seguirá siéndolo. Será mejor que lo recuerdes ... Alteza.
Contemplando aún a Commodus, Maximus dijo:
Quintus, tu caballo.
El tribuno desmontó rápidamente y un nutrido grupo de hombres corrió para ayudar a montar al general herido. Cuando finalmente subió al caballo, sus soldados cerraron filas protectoramente en torno suyo y Maximus irguió su espalda y cabalgó lentamente de regreso al campamento, rodeado de cientos de legionarios que sonreían con sus puños en alto en señal de celebración y desafío.
Commodus lo miró alejarse, rodeado aún por sus pretorianos y con Quintus de pié a su lado en la nieve.
Quédate quieto.
Maximus luchó por sentarse en su cama.
Ya me oíste. Quédate quieto -el médico apoyó una mano en el medio de su pecho y sin mayor esfuerzo lo empujó hacia atrás.
¿Marcianus?
Por supuesto.
¿Qué día es hoy?
Martes.
Eh ... ¿qué martes?
Marcianus sonrió y se sentó en el borde de la cama del general con la facilidad nacida de la práctica.
Dormiste durante dos días ... con una ayudita de mi parte.
¡Dos días! -Maximus luchó nuevamente por levantarse pero el médico lo empujó hacia atrás, apoyándose con todo su peso sobre el hombre herido y aferrándose a la cama con la otra mano para desalentar cualquier posible desobediencia.
Sabes, Maximus, a lo largo de estos años te he sacado unas cuantas flechas pero esta vez estás hecho un desastre. ¿Quieres que te cuente sobre tus heridas?
No.
Empecemos por tu cabeza.
No -repitió Maximus obstinadamente, volviendo su cara hacia la pared.
Tienes numerosos cortes y contusiones como consecuencia de haberte golpeado contra las rocas del maldito túnel.
Maximus se dio vuelta rápidamente para mirar a su viejo amigo.
¿Cómo te enteraste del túnel?
Tu me lo dijiste.
¿Cuándo?
Antes de desmayarte y caerte del caballo de Quintus. ¿No lo recuerdas?
Maximus movió la cabeza negativamente.
Marcianus, hay una familia en la fortaleza, con un niño gravemente herido ...
Lo sé. Me pediste que fuera a la fortaleza y lo hice .... a través del maldito túnel.
¿Qué ...?
El médico alzó una mano pidiéndole silencio.
En un momento. Ahora estamos hablando de ti. ¿Dónde estábamos? Ah, sí ... tu cabeza. Es una suerte que sea casi tan dura como esas rocas -Marcianus sonrió brevemente y se acomodó el largo cabello gris detrás de las orejas antes de seguir hablando- Te extraje las flechas, que por cierto no causaron mucho daño. Tuviste suerte de que el clima estuviera tan frío porque eso evitó la infección. Hubo una ligera fiebre pero las heridas causadas por las flechas se cerrarán sin problemas. Tus manos, pies y orejas sufrieron un principio de congelación pero también lo superarás. Sospecho que tienes algunas costillas rotas a causa de la caída del caballo. Nunca nadie te vio caerte de un caballo de modo de que nadie reaccionó a tiempo para sujetarte y te diste un buen golpe. La verdad es que estás todo lleno de moretones.
¿Qué pasó en ...?
Aún no terminé -el médico miró al hombre acostado con gran afecto- Maximus, el problema son tus rodillas. No sé qué les hiciste pero te las raspaste de tal modo que te arrancaste los tejidos hasta llegar en algunos lugares al hueso. Te extraje trocitos de piedra, lana y suciedad pero se necesitará tiempo para que se curen. No puedes doblar las rodillas por una semana para evitar que la piel que está creciendo se dañe.
No puedes hablar en serio.
Hablo muy en serio. Trata de mover las piernas.
Maximus lo intentó sin resultado alguno.
¿Qué me hiciste?
Tablillas. Estás entablillado y así te quedarás, general o no.
Marcianus, si no soy capaz de hacer lo mío, no lo seré -la voz de Maximus sonó desesperada.
Hmmmm ... te refieres a nuestro inesperado visitante. Bien, yo no me preocuparía mayormente por él. Dudo que, con este clima, se quede mucho por aquí.
Por poco que se quede, puede causar mucho daño.
Ningún daño permanente. Los soldados te son completamente leales y nunca lo obedecerán mientras tu vivas.
¿Ningún daño permanente? Díselo a las esposas e hijos de los hombres que quemó vivos -Maximus pensó en Helga y se preguntó si las cenizas de su esposo estarían mezcladas con los de aquellos que habían muerto en la torre de asalto.
Marcianus suspiró.
Sí, eso fue muy ... desafortunado. Commodus convenció a los soldados de que habías muerto y de que los bárbaros habían cortado tu cuerpo en pedazos y se lo habían dado de comer a los lobos. Dijo que era por eso que no podían encontrar tu cadáver -Marcianus arregló la manta que cubría a Maximus- Nunca vi a los hombres más contrariados y todo el campamento se puso de duelo -De repente, el médico sonrió- El pobre muchacho que te descubrió en el campo de batalla estaba convencido de que había visto tu espíritu.
¿Tu creíste que había muerto?
Yo ... yo le pedí a Dios que te trajera de regreso sano y salvo.
Maximus sonrió y dijo en un tono impertinente:
¿A qué dios?
Al único Dios que creo existe. Mi Dios es un Dios misericordioso, Maximus, y respondió a mis plegarias. El sabe lo mucho que Roma te necesita.
Maximus estaba azorado y luchó por encontrar las palabras.
¿Sigues a esa secta religiosa? La de ...
Sí.
Maximus echó una rápida mirada hacia al entrada de la tienda, luego volvió sus ojos nuevamente hacia su amigo.
Por el amor de tu Dios ... y por amor a ti mismo ... no lo divulgues. Tienes que saber que están persiguiendo y matando a los cristianos por todo el imperio.
Lo sé.
Maximus miró preocupado al hombre a quien había conocido desde que era un muchacho.
No sé qué decir.
No tienes que decir nada. Aunque no te des cuenta, Maximus, la vida que llevas es la de un cristiano ejemplar.
¿Un general cristiano al mando de un ejército de Roma? -Maximus se echó a reír- Creo que no.
No, por supuesto que no. Sería imposible. Pero, siendo tu mismo haces que ser yo mismo sea mucho más fácil. ¿Entiendes?
Maximus estrechó la mano de su amigo.
Sí -dijo- Te entiendo. Gracias.
Una sombra se perfiló a través de la entrada de la tienda de Maximus y éste cambió rápidamente el tema de conversación.
¿Dónde está Cicero? -preguntó.
Lo envié a descansar. El pobre está enfermo de preocupación por ti y te ha cuidado día y noche desde que volviste.
Marcianus, sé que estás evitando decirme lo que quiero saber acerca de la familia en la fortaleza y estás haciendo que me ponga muy nervioso.
El médico suspiró.
Encontré el túnel exactamente donde me dijiste que estaría y entré en la fortaleza con otros dos médicos y varios guardias. Llevé medicinas y comida y ropa, tal como me dijiste que lo hiciera. Tomó un poco de tiempo encontrar la vivienda donde estuviste cautivo.
¿Y?
No encontramos a nadie.
¿Qué?
Y revisamos toda la fortaleza buscándolos. Se fueron.
Maximus digirió la información y dijo con una voz que sonó muy pequeña.
Creo que, a pesar de todo, no confió en mi.
Dudo que la decisión haya tenido que ver con la confianza. Probablemente fue cuestión de instinto materno. Vio la oportunidad de huir y la aprovechó.
Pero podría haberse ido antes con los otros y no lo hizo. Se quedó a causa del niño. Marcianus, estaba muy mal. No puedo creer que se haya arriesgado a viajar con él en esas condiciones.
El hombre de más edad se encogió de hombros y se inclinó para acariciar al enorme perro echado junto a la cama de su amo, de modo de que el general no pudiera ver su rostro. Había encontrado al niño. Lo había encontrado ... enterrado en una pequeña tumba cavada en el suelo de la choza, amorosamente envuelto en pieles. Había retirado los vendajes del muñón y visto lo que había matado al pequeño. Aún si hubiera arribado días antes, no hubiera podido salvarlo.
Maximus no necesitaba saberlo.
Tenía más o menos la misma edad que mi hijo.
Marcianus se puso de pie y se estiró aparatosamente.
Maximus, hay mucha gente que quiere verte pero los voy a mantener a todos a raya hasta que estés más fuerte. Gracias a ti, este campamento con toda eficiencia pero, si lo deseas, puedes transmitir algunas órdenes a través de Quintus ...
No, Quintus no.
Quintus es un buen hombre, Maximus. Es tu segundo en el mando.
Lo sé, Marcianus, pero estoy preocupado por su ... amistad con Commodus y por algunas de sus decisiones recientes.
Ahora, fue el médico quien miró hacia la entrada de la tienda antes de sentarse otra vez junto a Maximus y acercar sus labios a la oreja del general.
Tal vez "amistad" sea una palabra demasiado fuerte pero Quintus parece cautivado con los pretorianos y, francamente, nunca vi nada como ellos. Son un aterrador grupo de jóvenes matones que Commodus parece haber seleccionado en base a su falta de consciencia y a su desmedida ambición.
Hummmm ... se las arregló para encontrar otros como él -dijo Maximus pensativamente- Marcianus, a pesar de su juventud y de la buena salud de su padre, tengo la impresión de que Commodus se está preparando para su futuro rol como emperador y que está reuniendo partidarios. Está buscando hombres que lo obedezcan absolutamente, sin importar la vileza de sus órdenes a cambio de ... ¿qué? ¿Prestigio ...? ¿Riqueza ...? ¿Poder ...?
Bueno, creo que eso basta para excluirte -respondió Marcianus y ambos hombres sonrieron.
Me tiene fastidio desde que Lucil ... -Maximus se detuvo bruscamente.
¿Lucilla? -dijo Marcianus completando la palabra.
Eramos buenos amigos y Commodus lo resentía.
Sí, lo sé.
No, no lo sabes -dijo Maximus obstinadamente.
Marcianus se echó a reír.
Mi querido y joven general, todo el ejército sabe que la hija del emperador sentía por ti algo más que un poco de simpatía. En un ejército, nada permanece en secreto por mucho tiempo. Hay demasiados ojos y oídos. Hablando de ojos, los tuyos se están cerrando. Te dejaré descansar. Si necesitas algo para el dolor o para ayudarte a dormir, envía a Cicero a buscarme. No estaré lejos. Como el resto de los soldados, tengo un interés personal en que te pongas bien tan rápido como sea posible y eso implica mantenerte en cama durante al menos una semana.
Marcianus ... una última pregunta. ¿Cuándo llegó Commodus?
Justo antes de que comenzara la batalla, creo. Pero algunos de los soldados dicen que se mantuvo aparte de modo de no correr el riesgo de ensuciarse el uniforme. Cuando se supo que habías desaparecido dentro de la fortaleza, arribó cabalgando como un héroe, listo para tomar el control del ejército privado de su líder. Debo decirte que, después de que Commodus informara sobre tu muerte, muchos de tus hombres quisieron colarse en la fortaleza para buscar por sí mismos pero sus pretorianos la mantenían fuertemente custodiada.
Commodus debía saber que aún estaba vivo. Sus hombres no encontraron mi cuerpo.
Marcianus se acarició la barba gris pensativamente.
¿Quién sabe lo que hay en la mente de ese muchacho?
No es estúpido, Marcianus. Me quería muerto.
Puede ser pero te subestima todo el tiempo, ¿no es cierto?
El médico sonrió. Maximus le devolvió la sonrisa.
Disfruté de nuestra charla.
Yo también. Yo también. Que descanses, Maximus -En su camino hacia la entrada, Marcianus sopló algunas de las velas, reduciendo la luz en la estancia para que el hombre herido pudiera descansar. Pero Maximus sabía que no se dormiría fácilmente porque una terrible tristeza se había apoderado de él. Marcianus no había dicho mucho sobre Helga pero sabía que la muchacha nunca hubiera intentado viajar con su hijo tan mal herido. Se había marchado porque el niño había muerto. Su amigo había querido ahorrarle el dolor de saberlo. Maximus finalmente se fue adormeciendo, su ceño fruncido relajándose a medida de que sus pensamientos pasaban de la pequeña familia encerrada en la fortaleza hacia su propia familia, a salvo en España.
Durante los siguientes días, Maximus siguió las instrucciones de Marcianus y trató de descansar, pero se fue poniendo más y más impaciente. Era un hombre acostumbrado a la actividad física y la inactividad estaba atacando sus nervios a pesar del permanente flujo de visitantes que trataban de distraerlo. Todos los centuriones pasaron por su tienda para decirle lo contentos que estaban de que estuviera a salvo y que debía descansar hasta estar completamente recuperado. Por las noches, un valiente centurión tras otro sufría la humillación de ser derrotado en un juego de ajedrez mientras Maximus, con la espalda apoyada contra las almohadas, canalizaba su energía creativa y su instinto estratégico en el juego. Recibió la visita de todos y cada uno de los oficiales salvo Quintus, quien estaba demasiado avergonzado o demasiado ocupado entreteniendo al hijo del emperador como para pasar por su tienda.
Marcianus visitaba a su paciente favorito al menos dos veces al día y, para el jueves, lo declaró razonablemente recuperado, salvo por sus rodillas que demorarían aún en sanar por completo. Retiró las tablillas de las piernas del general y aplicó un linimento en las rodillas heridas para después flexionarlas e ir estirando gradualmente la piel.
Si seguimos haciendo esto, tus rodillas sanarán completamente casi sin que queden cicatrices -dijo Marcianus.
Cómo si me preocuparan las cicatrices- se burló su paciente, arqueando una ceja mientras miraba al médico.
Bueno, puede ser que no te preocupen tus lindas piernas pero estoy seguro de que a tu esposa sí le importan.
Maximus se echó a reír abruptamente pero enseguida se puso serio.
¿Qué está haciendo ahora?
Ambos sabían a quién se estaba refiriendo.
Se pavonea por el campamento como si fuera el emperador, siempre seguido de cerca por sus perros negros. Se detiene a hablar con los soldados que atraen su atención - sin dudas, tratando de reclutarlos para su bando - pero ninguno parece entretenido. Están todos muy recelosos en lo que hace a él y le echan la culpa de casi haberte perdido. No tienes nada de qué preocuparte.
¿Y Quintus?
Lo sigue a todos lados detrás de los pretorianos pero Commodus lo ignora mayormente. Al contrario de ti, el ambicioso Quintus es sumamente controlable pero, desde que regresaste de entre los muertos, no tiene utilidad para Commodus.
Es difícil de entender cómo el hijo de Marcus Aurelius puede ser tan diferente de él.
Sí, bueno ...
¿Bueno qué?
Seguramente escuchaste los rumores.
Sí, los escuché pero no los creo.
Algunas personas creen que esa es la verdadera razón por la que el emperador finalmente clausuró los juegos gladiatorios en Roma ... para que su esposa no pudiera ... confraternizar con sus favoritos. Commodus se cree un poco gladiador, ¿sabes? Cada mañana, sin importar el frío, él y cuatro de sus pretorianos se desvisten hasta quedar con el torso desnudo y practican con sus espadas. No necesito decirte que atrae mucha atención, algo que adora.
¿Es bueno?
Parece serlo. Supongo un futuro emperador en espera de ascender al trono no tiene mucho que hacer.
Maximus rió sardónicamente.
Sí, me imagino que Roma es de lo más aburrida -el general se tornó nuevamente contemplativo- Me pregunto porqué Marcus los envió aquí en esta época del año.
Commodus podrá ser bueno con la espada pero dista de ser recio, Maximus. Sospecho que el emperador tenía la esperanza de que Commodus viera por sí mismo una batalla real y entendiera lo que es el verdadero sufrimiento, aprendiendo de paso en qué consiste la vida en las fronteras más lejanas del imperio.
¿Crees seriamente que Marcus Aurelius tiene esperanzas de que Commodus adquiera sentido de la compasión? -resopló Maximus -¿Quemar vivas a las personas es compasivo? ¿Apuñalar a un perro ...? -su voz se diluyó mientras sus pensamientos se volvían hacia aquel penoso recuerdo de tantos años atrás.
Hummmm, parece ser una esperanza inútil, ¿verdad? -Marcianus volvió a apoyar la pierna izquierda del general sobre la cama y lo cubrió con las mantas. Ante la mirada inquisitiva de Maximus, respondió- Creo que ya no necesitas más las tablillas siempre que me prometas tomarte las cosas con calma. Puedes caminar un poco pero hazlo lentamente y no te sientes sin haber estirado las piernas.
Maximus asintió con la cabeza.
Gracias, Marcianus. Ahora puedes dedicarte a cuidar de aquellos hombres que realmente necesitan tus servicios.
Los soldados han estado bien cuidados por los otros médicos.
¿En qué condiciones están los prisioneros.
En general buenas, porque Commodus mató a todos los hombres que no ...
En ese momento, Cicero irrumpió en la estancia jadeando y obviamente contrariado.
Señor, Commodus está matando a los prisioneros.
Maximus estuvo fuera de la cama en un instante, agarrando sus botas al tiempo que corría hacia la entrada, saltando de un pie a otro para ponérselas. Marcianus lo sujetó de la túnica corta que vestía tratando de detenerlo pero Maximus se lo sacudió.
¡Maximus! - gritó mientras el general desaparecía a través de la entrada - ¡Ni siquiera tienes pantalones!
Tomando la pesada capa del general, el médico se dirigió tras él con Cicero pisándole los talones.
Una enorme pero extrañamente silenciosa multitud se había reunido en la nieve fuera de la prisión del campamento y Maximus se abrió paso a empujones y codazos hasta alcanzar la primera fila. En el claro vio a dos prisioneros muertos en el suelo, uno decapitado, el otro sin un brazo el cual yacía en la nieve teñida de carmesí cerca del cadáver. Un tercer germano, vivo pero mal herido y armado con sólo un tosco palo, estaba rodeado por Commodus y tres de sus hombres, quienes tenían escudos. Estos reían mientras golpeaban y pinchaban al hombre de ojos enloquecidos, tratando de tentarlo para que atacara.
¿Qué es lo que ocurre? -demandó Maximus, su voz profunda resonando con autoridad mientras se acercaba al grupo.
Bien, Maximus, qué bueno verte -lo saludó Commodus alegremente- Llegas justo a tiempo para ver cómo deben ser castigados los prisioneros que intentan escapar -tajeó violentamente al guerrero, abriéndole una herida en el brazo antes de retroceder de un salto y reír casi histéricamente- Me equivoqué al creer que serían buenos gladiadores, Maximus. No tienen coraje para nada.
Creo que el hombre entiende su situación y sabe que cualquier movimiento que haga simplemente acelerará su muerte. ¿Los descubriste tratando de escapar?
No personalmente, pero me lo dijo ... Quintus. Me lo dijo a mí porque tú llevas días y días en cama.
Bien, como puedes ver, no estoy en cama y los prisioneros son mi responsabilidad, Alteza.
Maximus llamó a tres de sus guardias que se encontraban cerca y les ordenó que llevaran al hombre herido de regreso a su celda. Antes de que nadie pudiera moverse, Commodus saltó hacia delante y hundió su espada en el estómago del prisionero germano, luego la retiró lentamente y lo observó mientras se desplomaba.
Commodus se volvió hacia Maximus con gran satisfacción.
Listo, ya no tienes que preocuparte por él, general.
Junto a él, Hércules gruñó en lo profundo de su garganta y Maximus vio cómo los ojos de Commodus se dirigían hacia el enorme perro. Lo sujetó del morro para silenciarlo mientras Marcianus, parado detrás de él, le echaba la capa sobre los hombros.
Maximus se las arregló para esbozar una tensa sonrisa.
Desde tu arribo, Alteza, no hemos tenido la oportunidad de conversar y realmente no me encuentro vestido como para estar al aire libre. ¿Por qué no te reúnes conmigo en mi tienda para compartir un poco de vino?
Encantado, amigo mío. Estaré allí tan pronto como me cambie de ropa. Como puedes ver, éstas están sucias de sangre.
Maximus extendió su mano, indicando con un gesto que Commodus debía precederlo e inclinó la cabeza ligeramente mientras el joven pasaba. Con la cabeza aún inclinada, alzó los ojos para mirar a Quintus, quien le hizo un frenético gesto negativo con la suya. Maximus asintió, luego ordenó a los soldados que se dispersaran antes de caminar de regreso a su tienda con Hércules trotando a su lado y Cicero directamente detrás de él. El también se cambiaría la ropa. Tenía toda la intención de lucir como un general, no como un inválido, cuando Commodus lo visitara.
¿Tu padre se encuentra bien? -preguntó Maximus mientras Cicero servía vino caliente y especiado. Estaba vestido con su túnica color herrumbre y calzas y la coraza de cuero.
Supongo que sí. Se está haciendo viejo, sabes. Pasa sus días con la nariz hundida en manuscritos y escribiendo su diario en lugar de atender los asuntos del imperio.
Maximus dominó su irritación y permaneció en silencio, decidido a dejar que Commodus hablara antes que a contradecirlo.
Ha permitido que el senado ganara un poder importante. Algunos de esos senadores ... Gracchus, por ejemplo ... tienen más influencia de la que debieran. El imperio debe ser gobernado por el emperador. Debe tener poder absoluto. Eso es lo que hace falta para restaurar la gloria que Roma alguna vez conoció.
Es bueno verte visitando los confines más lejanos del imperio -dijo Maximus- Cuando seas emperador, necesitarás entender a todos los súbditos romanos -bebió un trago de su vino y estiró las piernas, sus rodillas doloridas recordándole las instrucciones de Marcianus- ¿Te envió tu padre?
El viaje fue mi idea.
Maximus sabía que estaba mintiendo.
Te admiro, Alteza. Es difícil y peligroso viajar a esta parte del mundo en invierno.
Lo es, ¿verdad? Germania es un lugar brutal. Puedo ver que aquí no vive nadie más que los bárbaros y los soldados. No entiendo por qué mi padre se preocupa por un lugar como éste.
Creo que está más interesado en hacer la paz mediante tratados que la guerra, pero es difícil convencer de ello a los germanos. Ven nuestra presencia como una amenaza a su forma de vida.
Su forma de vida -resopló Commodus- Parecen animales, huelen como animales y viven como animales. ¿Qué clase de vida es esa?
Maximus pensó en Helga.
Hay más similitudes entre ellos y nosotros de lo que crees -Maximus estaba encontrando difícil no retrucar a este joven que tan poco sabía del mundo.
Bueno, te aseguro que no se parecen en nada a mí -Commodus echó una mirada a Maximus- Has pasado tanto tiempo en este lugar, amigo mío, que crees que así es. ¿No ansías ir a tu hogar?
Cada minuto de cada día, Alteza.
Entonces, ¿por qué no vas?
Maximus respondió sin vacilar:
Sirvo a Roma y tu padre me necesita aquí.
Tu lealtad es apreciada, Maximus. Estoy seguro de que lo sabes- Commodus se quedó callado por un momento, antes de agregar con una nota de sospecha en su voz- ¿O es que tu lealtad hacia mi padre es mayor que tu lealtad a Roma, Maximus?
El general vaciló antes de responder.
Tu padre es el único emperador que he conocido, salvo Lucius Verus, y para mí él es Roma.
Roma ha tenido muchos emperadores, Maximus. ¿Me estás diciendo que no servirás a otro?
Por supuesto que no, Alteza. Un emperador representa a Roma y yo sirvo a Roma.
Bien dicho, amigo mío -rió Commodus- Roma necesita hombres como tú. Líderes fuertes que apoyen a su emperador -y agregó lentamente- Me sorprende la devoción que tus hombres sienten por ti. ¿Por qué crees que es? ¿Te temen?
No, Alteza, no me temen.
¿De veras? Entonces debes decirme tu secreto, Maximus, porque encuentro que el miedo es un buen modo de inspirar lealtad.
Maximus pensó en la guardia pretoriana de Commodus.
Mis hombres me respetan, Alteza.
Por supuesto que te respetan. Eres un general.
Ser un general no significa automáticamente que te vayan a respetar. A obedecer, tal vez, pero no a respetar.
Commodus se inclinó hacia Maximus de un modo desafiante, sus antebrazos apoyados en las rodillas.
Entonces dime cuál es tu secreto -siseó.
No tengo ningún secreto, simplemente me preocupo por los hombres bajo mi mando. Los veo como hombres, no como meros guerreros. Reconozco que tienen necesidades y trato de satisfacerlas. Tan sencillo como eso.
Commodus se echó a reír y se irguió.
- O sea que ... ¿te aman?
¿Amor? "¿Me aman? se preguntó Maximus.
Amor es una palabra excesiva, Alteza.
El amor lo es todo, Maximus. Todos los hombres necesitan amor. Cuando sea emperador, haré que la gente me ame, no como mi padre, quien está demasiado ocupado para amar a nadie.
Tu padre te ama, Alteza.
¿Y cómo lo sabes, Maximus?
Eres su hijo.
Commodus lo miró duramente.
Mi padre te tiene mucho afecto. Habla de ti todo el tiempo.
Maximus supo que la conversación había entrado en un terreno muy peligroso.
Commodus se puso de pie y comenzó a deambular por la tienda, tocando las estatuas y adornos. Tomó las tallas que Olivia había hecho para él y Maximus se aferró a los brazos de su asiento para evitar levantarse de un salto y arrancarlas de su mano.
Lucilla me ama.
Sí, Alteza.
Soy el único hombre al que jamás haya amado, ¿sabes eso, Maximus?
El general no respondió.
- No amaba a su esposo. La obligaron a casarse con él -Commodus contempló a su anfitrión- Sé que pensaste que te amaba, pero no es así. Ella sólo me ama a mí. Me dijo que contigo casi había cometido el mayor error de su vida pero se dio cuenta a tiempo de que eres un mero soldado y estás muy por debajo de su posición. Me dijo que, ahora, tiene escalofríos cuando piensa en ti. Te considera tan rústico.
Maximus no podía apartar sus ojos de las figuritas en la mano de Commodus. Pero su memoria conjuró el recuerdo de un Marcus Aurelius ligeramente borracho en su tienda cerca del Mar Negro mientras decía "Lucilla, bueno, Lucilla nunca te olvidó, ¿sabes?"
Tiene un hijo, ¿lo sabías? -demandó Commodus.
La atención de Maximus volvió a fijarse en el atribulado joven.
Sí.
Es de sangre real, como yo.
Commodus alzó la talla que representaba al niño para inspeccionarla a la luz chisporroreante de la lámpara.
Algún día yo también tendré un hijo -dijo de un modo casi ausente- La realeza debe engendrar realeza. No hay otro camino.
Commodus sonrió y arrojó las tallas descuidadamente sobre la mesa, donde se bambolearon pesadamente para luego rodar al piso. Se echó a reír y se volvió hacia Maximus, quien contemplaba el suelo, su rostro pálido.
Entonces ... ¿dónde está ese odioso perro tuyo? ¿No solías tener otro muy parecido?
Era el perro del general Patroclus y, sí, era muy parecido.
Amabas a ese perro, ¿no es cierto, Maximus? ¿Cómo se llamaba? -preguntó Commodus, llevándose un dedo a la sien mientras fingía pensar- Hércules.
Sí ... Hércules
¿Y cómo se llama tu nuevo perro?
Maximus no respondió.
¿Maximus?
Hércules.
Ahhhh, qué encantador. Tan sentimental - Commodus se recostó contra la mesa, cruzó los brazos y sonrió inclinando su cabeza en dirección hacia Maximus. Sus ojos estaban ocultos en las sombras, haciendo que su rostro pareciera una máscara sonriente y maligna.
Maximus alzó el mentón.
- Escuché que piensas partir pronto, Alteza.
Commodus alzó las cejas.
¿De veras? ¿Quién te lo dijo?
Ya hay algo de nieve acumulada pero se hará más profunda en las próximas semanas. En algún momento será imposible circular por los caminos, aún a caballo. De modo que, si no planeas quedarte hasta la primavera, sería mejor que consideraras ponerte en camino.
Eso suena casi como si no me quisieras aquí, Maximus.
Sólo estaba pensando en tu seguridad, Alteza -Maximus se las arregló para sonar amable.
Por supuesto. Bien, lo cierto es que estaba planeando partir para Roma pasado mañana. Ya tuve suficiente de este feo lugar. Y mi madre no se encuentra bien. ¿Lo sabías?
Lamento escucharlo, Alteza. Espero que no sea nada serio. Entonces tienes más motivos que nunca para regresar a Roma, ¿verdad? -Maximus se puso de pie, indicando que la conversación había terminado- Haré que los cocineros preparen provisiones para ti y tus hombres.
Commodus asintió cortésmente.
Que duermas bien, amigo mío –dijo, se dio vuelta y algo crujió bajo su bota mientras se dirigía hacia la entrada.
Tan pronto como hubo desaparecido, Maximus se dejó caer de rodillas, haciendo caso omiso al dolor mientras manoteaba afanosamente las dos tallas, el corazón cerrándole la garganta. Sus dedos tocaron primero una, luego la otra y se sentó en el suelo con la espalda contra la cama mientras las examinaba. La figurita del niño estaba intacta pero la bota de Commodus la había ensuciado en la cara y el pecho. Maximus la frotó con su pulgar, logrando quitarle la mayor parte de la suciedad pero estaba claro que la talla había sufrido algún daño permanente. Volvió su atención hacia la figurita de Olivia, que había soportado el grueso del daño. Tenía una pequeña rajadura en la falda y un saltado en la base. Las apretó junto a su corazón mientras maldecía a Commodus en silencio y se preguntaba cómo sería capaz de servir a ese hombre si lo inimaginable llegara a ocurrir y Marcus Aurelius muriera.
Dos días después, Maximus estaba de pie ante la puerta del campamento y contemplaba a Commodus y sus pretorianos preparándose para partir. Muy cerca se alineaban los prisioneros germanos, engrillados unos a otros por las muñecas y los tobillos con pesadas cadenas de hierro que arrastraban en la nieve y les lastimaban la piel. Maximus había argumentado que los prisioneros sólo servirían para hacer el viaje de Commodus más lento y demorar su llegada a climas más cálidos pero éste había insistido en que los cautivos más fuertes lo acompañaran a Roma. Maximus dudaba seriamente que alguno de ellos llegara con vida a la ciudad. Junto a Maximus, Quintus permanecía muy quieto, la cabeza ligeramente inclinada, sus dedos apretados a los lados de su cuerpo. El general y él aún no habían tenido la oportunidad de conversar en privado y Maximus estaba decidido a que lo harían tan pronto como el hombre que se las había arreglado para crear una brecha entre ellos, poniendo a prueba su amistad y amenazando la lealtad de Quintus a su general estuviera en camino.
El caballo de Commodus resoplaba y hacía cabriolas, columnas gemelas de vapor saliendo de su hocico en el aire helado de la mañana; pero el hijo del emperador controlaba su montura con facilidad, una arrolladora confianza en sí mismo evidente en su postura erguida y el ángulo de su mentón.
Bien, Maximus, parece que nos separamos nuevamente -sus ojos oscuros recorrieron lentamente el campamento- Aunque no puedo decir que lamente irme -su mirada volvió a posarse en Maximus- Admiro a un hombre como tú, general, tan contento con estas primitivas condiciones de vida, esta falta de cultura y civilización. Cuando llegue el momento, mis generales deberán ser hombres simples como tú mismo, de modo de que se contenten fácilmente.
Maximus no estaba dispuesto a morder la carnada.
Que tengas un viaje seguro, Alteza -fue todo lo que dijo. ¿Acaso detectó que el joven sonreía como complacido consigo mismo? Commodus taloneó a su semental para que se pusiera en marcha y la larga procesión empezó a desfilar a través de la puerta, ante los soldados con las cabezas inclinadas. Su caballo se detuvo justo cuando acababa de cruzar la entrada, cuando Commodus se dio vuelta en su silla y gritó:
La próxima vez que veas a tu familia, dale mis saludos, Maximus. Eres un hombre afortunado ... rodeado de las cosas que amas ...
Maximus se empezó a poner incómodo
... tus soldados, tus amigos, tus caballos ... tu perro.
Commodus sonrió malignamente y se dio vuelta, lanzando su caballo al galope con un golpe de sus talones, su risa resonando en entre las altas ramas de los árboles cargados de nieve.
Maximus se obligó a sí mismo a permanecer calmo hasta que el resto de la comitiva salió del campamento y las pesadas puertas de madera fueron cerradas. Luego, se llevó los dedos a la boca y emitió un largo, agudo silbido. Espero quedamente la habitual respuesta, sus soldados mirándolo de un modo interrogante.
Hércules no apareció. Maximus tomó aliento profundamente y volvió a silbar. No hubo ladrido de respuesta, ni perro con una cola movediza y las orejas alerta trotando hacia él. Un tribuno que estaba parado cerca miró preocupado las facciones tensas del general, sin saber porqué la ausencia del perro le estaba causando tanto desasosiego.
¿Desea que lo busquemos, señor? Probablemente está cazando conejos- dijo tranquilizadoramente.
Maximus simplemente asintió con la cabeza, los ojos cerrados, el cuerpo entumecido.
El tribuno gritó sus órdenes a los hombres y estos echaron a correr en todas direcciones, listos para revisar cada rincón del campamento.
- Si no lo encontramos aquí, señor, buscaremos fuera de la empalizada. ¿Por qué no va a desayunar y nosotros se lo llevaremos muy pronto?
Quintus sabía muy bien por qué Maximus estaba tan contrariado pero no podía creer que Commodus lo hubiera hecho de nuevo.
¿Cuándo fue la última vez que lo viste, Maximus? -preguntó Quintus, haciendo que el general tomara nota de su presencia.
Cuando desperté, estaba junto a mi cama, como siempre. No le he visto desde entonces -respondió Maximus, su voz tensa.
No hace mucho de eso. Probablemente no te puede escuchar. Te ayudaré a revisar el praetorium -los ojos y la voz de Quintus eran conciliadores.
Maximus asintió y, juntos, se apresuraron hacia su alojamiento, el nombre del perro resonando por todo el campamento mientras, detrás de ellos, cientos de soldados buscaban al animal.
Al anochecer, el perro aún no había sido encontrado y la preocupación de Maximus se había transformado en desesperación, mientras permanecía sentado en su cama con la cabeza entre las manos. Quintus entró en la tienda y se aclaró la garganta para anunciar su presencia.
Maximus, aún no encontramos a Hércules y es demasiado oscuro para seguir buscando. Retomaremos la búsqueda al amanecer, te lo prometo.
¿Buscaron en el bosque?
Tres cohortes estuvieron allí afuera todo el día. No lo encontraron.
Maximus alzó la mirada hacia Quintus y sonrió de un modo poco convincente.
Debes pensar que soy un tonto por estar tan preocupado por un perro.
No, en absoluto -se acercó al catre de Maximus y preguntó- ¿Puedo? -El general asintió y Quintus se sentó a su lado -Sé lo que creer que pasó con el perro, Maximus, pero estoy seguro de que estás equivocado. No puedo imaginar a Commodus haciendo algo tan malvado ahora que es un hombre.
Maximus rió amargamente y sacudió su cabeza.
Quintus, Quintus ... no lo conoces como yo. No puedes confiar en él. Mira lo que hizo en el corto tiempo que estuvo aquí ... los engaños, las muertes injustificadas, el atentado contra mi vida ... ¿no puedes verlo?
Maximus, es excesivamente celoso de su posición, eso es todo. Está tratando de probarse a sí mismo.
¿Probarse a sí mismo? ¿Probar qué a quién?
Quintus se encogió de hombros y se miró las manos.
Está tratando de probar su habilidad y coraje, supongo. De probar su habilidad para tomar el mando y dar órdenes que sean obedecidas. De probar que será un buen emperador.
¿A quién, Quintus? ¿A los soldados? ¿A su padre?
A todos, supongo. Quizás a él mismo más que a nadie.
Bueno, no siento que los soldados hayan quedado impresionados y sus acciones repugnan a su padre -Maximus le echó una mirada de reojo a su legado- Tu eres el único que parece impresionado, Quintus -hubo una larga pausa- ¿Por qué?
El legado suspiró.
Será emperador algún día, Maximus. Creo que es correcto cultivar una buena relación con el futuro emperador, eso es todo.
Puede que no sea emperador, Quintus.
Por supuesto que lo será. Es el hijo del emperador.
Marcus Aurelius puede nombrar a quien quiera. No tiene por qué ser su hijo y Commodus lo sabe. Creo que está asustado y el miedo lo está llevando a realizar actos irracionales -Maximus suspiró pesadamente - ¿Podrías servir a un hombre así?
¿Tu no podrías?
Maximus suspiró lánguidamente.
Yo pregunté primero.
Serviré a Roma. Igual que tú, Maximus -dijo Quintus seriamente- Y cuando Commodus sea emperador ... sí, lo serviré. Es su derecho de nacimiento.
¿Aún sabiendo que sus decisiones están guiadas por una mente enferma?
Es sólo que es joven ...
Bueno, ¿cuándo esperas que empiece a cambiar, Quintus? Ya es un hombre pero no es diferente de cuando era chico. Su personalidad no cambiará.
Podría cambiar -dijo Quintus quedamente- La tuya ha cambiado por cierto.
Maximus se irguió, tomado por sorpresa.
No ha cambiado -protestó.
Cambió. Alguna vez fuiste temerario e impetuoso -Quintus se tocó suavemente la frente y sonrió- También tenías todo un temperamento ... y tengo las cicatrices que lo prueban.
¿Estás diciendo que soy como Commodus? -el asombro de Maximus estaba teñido de irritación.
No, no estoy diciendo eso. Sólo estoy diciendo que la gente puede cambiar.
Maximus apretó los labios y entrecruzó los dedos.
¿Y cómo soy ahora?
Mucho más calmo ... introspectivo -Quintus empujó el hombro del general con el suyo y sonrió, tratando de suavizar sus siguientes palabras- De algún modo, distante.
Distante. Los ojos de Maximus se clavaron en el suelo y se le cayó la mandíbula.
Con todo, algunas cosas no han cambiado. Eres tan obstinado como siempre, valiente ...
Distante -repitió Maximus. La palabra dolía.
Maximus, has estado muy retraído durante los últimos años. Pasas tus noches solo. Solías ser tan diferente. Ahora estás encerrado en tu propio mundo. Yo solía saber exactamente cómo te sentías, si estabas molesto por algo o feliz. Ahora apenas puedo discernirlo, salvo que estés enojado y, entonces, es muy evidente.
Mi carga es muy pesada, Quintus. Estoy con los hombres todo el tiempo, salvo por las noches que es cuando ellos socializan. Tengo reportes que escribir, tengo que atender mi correspondencia con los generales de las otras legiones y con Marcus Aurelius, tengo decisiones que tomar, un presupuesto que considerar, suministros que no debo perder de vista ... y necesito tiempo para pensar en mi familia ... para estar con ellos.
Sé que cargas con un enorme peso, Maximus, y desearía que me permitieras ayudarte más.
Te pedí que me ayudaras ... que me representaras -los dos hombres permanecieron en silencio por un largo rato, mientras contemplaban las llamas humeantes que iluminaban la tienda con una suave luz anaranjada- Cuando lo hice, tus decisiones ... me dejaron confundido ... y me preocuparon.
Maximus, me diste autoridad para actuar en tu ausencia pero, honestamente, no estoy seguro de que te sintieras cómodo al hacerlo. Sentía que, si tomaba alguna decisión importante y ésta no era la que tu hubieras tomado, me juzgarías incompetente o algo peor.
Maximus miró a Quintus.
¿Es por eso que no atacaste la fortaleza mientras yo estaba en España?
La respuesta de Quintus fue apenas un encogerse de hombros.
Lo siento, amigo mío. No sabía que transmitía sentimientos contrarios a lo que decía. Confié en ti. De lo contrario, no te habría hecho mi legado.
Es difícil estar a tu altura, sabes.
Maximus se pasó las manos por su cabello corto y luego volvió a apoyarlas en sus rodillas.
El modo en que encaramos las cosas y las soluciones que les aplicamos a menudo tienden a ser opuestas.
Sí pero, ¿eso quiere decir necesariamente que yo estoy equivocado porque actúo de un modo distinto? A veces me haces sentir como si así fuera. Y los soldados también me lo hacen sentir ... vacilan en obedecer cualquier orden que les doy a menos que sepan que viene de ti -Quintus se puso de pie y caminó de ida y vuelta por la tienda antes de volver junto a Maximus- Soy tan bueno como cualquier otro comandante del ejército, Maximus. Sólo tengo la mala fortuna de que constantemente me comparen contigo -Quintus miró al techo de la tienda -Siempre ha sido así.
Quintus volvió a mirar a Maximus, quien estudiaba la alfombra bajo sus pies.
Y ahora estamos en desacuerdo acerca de Commodus y sus motivos y, otra vez, tu crees que estás en lo cierto y yo equivocado.
Pero yo lo conozco mucho mejor que tu, Quintus. No es que necesariamente tenga razón ... es que, en este caso, tengo más experiencia para formar mi opinión.
Esta vez creo que estás cometiendo un gran error ... un error en la forma en que te manejas con Commodus. Estás juramentado a serle leal al emperador, sin importar quién sea. Es tu destino como general de un ejército romano.
Maximus permaneció callado.
Quintus lo miró atentamente.
¿Puedes decirme que no servirás a Commodus cuando se convierta en emperador?
Mi esperanza es que no se convierta en emperador.
¿Y si lo hace?
Mi trabajo es servir a Roma, tal como dijiste, del modo en que sea más capaz.
Quintus presionó, decidido a obtener una respuesta.
Commodus será Roma.
Maximus se puso de pié en un rápido movimiento y se acercó a su legado, mirándolo directamente a los ojos.
Quintus, ¿no entiendes lo poderosos que somos? Damos órdenes y miles - decenas de miles de hombres - obedecen. ¿Qué pasa si esas órdenes están basadas en una lógica errada o simplemente son injustas? ¿Las damos igual?
Sí. No somos quiénes para juzgar.
Maximus se limitó a mover la cabeza.
Nunca respondiste mi pregunta -lo desafió Quintus- ¿Servirás a Commodus cuando se convierta en emperador?
Cuando se llega a este nivel de mando, Quintus, a la hora de evaluar las decisiones tenemos que usar la perspicacia y discreción que hemos adquirido a lo largo de nuestros muchos años de experiencia ... aún las decisiones del emperador. No basta simplemente con seguir sus órdenes. Nuestro trabajo es guiarlo en sus decisiones, ser consejeros del emperador.
Un emperador es todopoderoso. No le importa lo que piensa un general.
Maximus contempló el busto de mármol del emperador situado sobre un pedestal ubicado en un rincón.
A Marcus Aurelius le importa. Valora mi opinión y la de otros generales.
Maximus, cargas con demasiada responsabilidad sobre tus hombros. Cuando el enemigo nos desafía, lo matamos. Cuando la gloria de Roma es amenazada, actuamos en consecuencia. Es tan simple como eso. La decisión no nos compete, de modo que podemos dormir por las noches con la consciencia limpia.
Quintus, ¿puedes realmente dar la orden de quemar vivos a cientos de hombres y dormir tranquilo por las noches?
Sí. No fue mi decisión.
Bien, allí es donde somos totalmente diferentes, amigo mío, porque yo no podría.
Quintus se estaba enojando.
¿Es tan diferente, Maximus, de enviar legiones pesadamente armadas a pelear contra bárbaros que no tienen más que armas primitivas y casi ningún entrenamiento?
Esos hombres estaban atrapados en la torre. No tenían posibilidad alguna de defenderse.
¿Es tan diferente de enviar legiones dentro del territorio enemigo y masacrar a miles de personas sólo para que Roma pueda expandir sus fronteras un poco más? ¿Y esclavizar a los que no matamos?
Estamos aquí para defender las fronteras de Roma, Quintus, y para tratar de hacer la paz con las tribus, no para ganar nuevo territorio.
Será así ahora pero, durante cientos de años, Roma fue el agresor ... siempre tras de nuevos territorios y nuevos esclavos. Puedes engañarte a ti mismo pensando lo que quieras, Maximus -Quintus tendió una mano tentativa hacia el general, como tratando de comunicarse físicamente y su voz adquirió un tono de súplica- Si yo no hubiera dado la orden, Commodus me hubiera matado y después recorrido la lista de oficiales hasta dar con alguno que la diera.
¿De modo, Quintus, que conservarías tu vida pero perderías tu honor?
Actué honorablemente, Maximus. Recibí una orden de un superior y la cumplí. Eso, en un ejército, es honor -Quintus cruzó los brazos, se apoyó contra la tosca mesa y estudió sus pies- Venimos de mundos muy diferentes, Maximus, y creo que tu sentido personal del honor es de algún modo diferente del mío. No mejor, sólo diferente. Tus padres eran granjeros. Tu encumbramiento en una posición de inmenso poder fue inesperada y, estoy seguro, una fuente de orgullo para tu familia - Quintus recordó súbitamente que los padres de Maximus estaban muertos- O, al menos, ... lo sería -se quedó callado. Tomó aliento- En mi caso es bien diferente. Aún hoy recibo cartas de mi padre preguntándome por qué no soy general cuando tu, un muchacho de las provincias, lo eres.
Tú y tu familia deberían estar muy orgullosos de tus logros.
Deberían.
¿Por qué no reconsideras mi propuesta sobre una licencia, Quintus? Las grandes nevadas aún no han comenzado y todavía tienes tiempo de cruzar los Alpes en forma segura. Ve a tu casa, Quintus. Muéstrale a tu familia el hombre magnífico en el que te has convertido. No has ido a tu casa en ... ¿cuántos años? ¿Diez?
Como mínimo.
Es demasiado -Maximus sonrió- Tu crees que me he vuelto distante pero Cicero descubrió a un hombre muy diferente cuando me visitó en España, Quintus. Más relajado. Mi sentido del humor retornó -Maximus sonrió y señaló la entrada de la tienda con su cabeza- Es este lugar. La constante amenaza de un ataque. El frío. La oscuridad. Si no fuera a casa cada tantos años sería mucho más que distante ... estaría ... loco. Extraño a mi familia y toda la compañía de los hombres del campamento no basta para compensarme. Quintus ... daría casi cualquier cosa por tener un hermano. ¿No extrañas a los tuyos?
Quintus se limitó a mirar la entrada de la tienda.
Te diré lo que haremos ... haremos un trago. Te prometo ser menos "distante" y confiar más en ti - como acostumbraba a hacerlo - si me prometes que te tomarás una licencia de al menos tres meses. Eso te dará tiempo de regresar a tiempo para la campaña de primavera. Todo lo que te perderás es el aburrimiento y los entrenamientos y la reparación del equipo ... las tareas habituales del invierno.
¿Qué hay de ti? Pensé que querías volver a España a tiempo para el nacimiento de tu nuevo hijo. No podemos ausentarnos los dos.
Mi hijo no nacerá antes de la primavera y Marcus Aurelius envió un mensaje diciendo que todas las licencias quedan canceladas en cuanto el clima se vuelva más apacible. Piensa que vamos a tener un verano muy activo. Aparentemente, las tribus bárbaras están celebrando alianzas y Marcus cree que planean una serie de ataques estratégicos. No puedo moverme de aquí.
¿Cómo se siente tu esposa al respecto?
Aún no se lo dije. No le causará gracia pero entenderá.
¿Cómo está tu esposa?
Tan bien como podría esperarse. Me dice que ya no tiene náuseas y que su vientre está creciendo mucho.
¿Y tu hijo?
Está bien y creciendo muy rápidamente.
Maximus se dirigió hacia su ornamentado escritorio. Revolvió por un momento antes de extraer unos rollos envueltos en tela. Mientras desenrollaba uno cuidadosamente, le sonrió a Quintus.
Mi esposa es muy talentosa para el dibujo y la talla, Quintus, y me envía dibujos de mi hijo y mi granja -tomó los dos extremos de uno de los rollos y lo extendió ante los ojos de Quintus y a la luz chisporroteante de la lámpara- Mira. Este es mi hijo. Lo recibí la semana pasada.
Quintus estudió el dibujo al carbón. Ilustraba a un niño de ojos oscuros y sonrisa traviesa sentado junto a un enorme perro que se parecía a Hércules. El pequeño vestía una simple túnica y sandalias pero el detallismo del dibujo era notable. Olivia había capturado su expresión facial, cada pliegue de su túnica, la tira suelta de una de las sandalias y hasta las rodillas raspadas. Maximus estaba complacido con la reacción de Quintus. Cerró el rollo cuidadosamente y abrió otro.
Y ésta es mi granja vista desde el camino. No es muy lujosa pero satisface todas nuestras necesidades -mientras arrollaba el dibujo meticulosamente, Maximus agregó- A Olivia se le metió en la cabeza pintar un fresco en las paredes del dormitorio de mi hijo. Mostrará a un general montado en su gran semental negro. Le dije que tendría que esperar a que fuera a casa para que pudiera posar para ella, de modo de que me mandó esto -Maximus desplegó el último rollo y Quintus soltó una exclamación de asombro.
Es exactamente igual a ti.
Lo es, ¿no es cierto? Mi esposa quería probarme que todavía se acuerda de cómo soy. Le hace dibujos míos a Marcus porque la última vez que estuve en casa él no sabía quién era.
Te envidio.
No me envidies, Quintus, has algo al respecto. Ve a casa y búscate una esposa.
Quintus contempló cálidamente a su amigo de tantos años.
Me alegra que hayas salido de esa fortaleza. Pese a lo que pueda parecer, estaba abrumado de sólo pensar en que habías muerto de esa manera -le dio un empujón afectuoso en el hombro- ¿Cómo están tus rodillas?
Casi curadas. Pero no querría tener que limpiar el piso -Maximus sonrió.
¿Volverás a Vindobona?
Sí ... pronto. Antes de que empiecen las grandes nevadas. No quiero que los hombres tengan que pasar el resto del invierno en un lugar como éste. Puedes alcanzarnos allá a tu regreso de Roma.
Quintus miró a su compañero mientras éste envolvía cuidadosamente los dibujos y los dejaba sobre su escritorio. A pesar de sus diferentes orígenes Maximus era más su hermano que sus propios hermanos. Habían pasado por muchas cosas juntos.
Encontraremos a Hércules, Maximus. Ese animal es más lobo que perro y costará mucho matarlo ... igual que a su amo.
Maximus rodó hasta quedar boca arriba, sus ojos aún cerrados, su cerebro obnubilado por el sueño. Su mano cayó por el borde de la cama para aferrar la piel gruesa y caliente del perro que allí dormía y darle su caricia matutina. Cuando en lugar del perro sus dedos tocaron la alfombra vacía, se sentó en la cama, consciente otra vez de los eventos del día anterior. Las velas que iluminaban la tienda, ardían muy bajas y no había rayos de luz que se colaran por el borde de la pesada cortina de la entrada. Cicero aún no había aparecido. Debía ser muy temprano.
Temblando por el frío de las primeras horas de la mañana, Maximus se vistió rápidamente, poniéndose ropa interior y dos túnicas de lana bajo la coraza así como las calzas. Se echó encima la pesada capa antes de detenerse para atarse las botas. Por último, se envolvió los dedos en tiras de cuero, con la esperanza de protegerlos de la helada.
Un adormilado Cicero apareció en la entrada.
Me pareció escuchar que te habías levantado. ¿Estás bien?
¿Tienes idea de qué hora es?
Alrededor de una hora antes del amanecer, creo.
Vuelve a la cama, Cicero, y manténte abrigado.
¿Vas a salir?
Sí.
Deja que primero te prepare algo de desayuno.
Vuelve a la cama; desayunaré cuando regrese.
¿Puedo preguntar a dónde vas, señor?
A la fortaleza - dijo Maximus y, tomando su espada, salió al aire frío de la noche que aún no se despejaba. La luna llena lo guió en su camino hacia el establo, donde abrió suavemente la pesada puerta de madera con la esperanza de minimizar los crujidos. Habiéndolo hecho cientos de veces, no necesitaba de luz para andar directamente hacia los pesebres de sus sementales o echar una manta y una silla sobre el lomo de un sorprendido Scarto.
Lamento despertarte - le dijo en un murmullo mientras ajustaba la cincha -pero hoy necesito tu ayuda.
¡Eh, qué está haciendo! - gritó el chico del establo, emergiendo del lugar donde dormía en la parte alta del mismo, su antorcha arrojando en la pared una sombra enorme que se proyectó amenazante sobre el hombre y el caballo - Oh ... lo siento, general. No sabía que era usted - tartamudeó el muchacho una vez superado el susto.
Es bueno verte en tu puesto tan temprano, Atticus. Prepara raciones extra para Scarto porque las necesitará cuando regrese.
El muchacho se limitó a asentir con la cabeza y luego se hizo a un lado cuando Maximus montó de un salto y salió rápidamente del establo. Apenas había traspuesto la entrada cuando taloneó a Scarto para ponerlo al galope y sorprendió a los guardias, quienes se apresuraron a abrir las puertas mientras el animal resoplante se lanzaba a través de ellas. Con las espadas en sus manos, sólo atinaron a mirar asombrados mientras el caballo que cargaba a su general completamente armado se disolvía en la oscuridad de la madrugada.
Una vez en el sendero que conducía a la fortaleza, Maximus hizo que Scarto anduviera al paso, no queriendo arriesgar la seguridad de un animal para salvar a otro. Más temprano esa misma mañana, en la telaraña que habita entre el sueño y la consciencia, la mente de Maximus se había concentrado en el problema que lo había tenido inquieto durante el resto de la noche. El perro no estaba en el campamento ni en los bosques. Estaba en la fortaleza. El perverso sentido del humor de Commodus debía encontrar la situación muy divertida ... el perro atrapado y muriendo donde se suponía que su amo debía haber perecido.
Para el momento en que la imponente muralla de piedra se alzó frente a Maximus, estaba empezando a amanecer y podía diferenciar los árboles del cielo y los bancos de nieve de las rocas. Cuando llegó a la muralla Norte de la fortaleza, podía distinguir los suficientes detalles como para proceder con su plan. Maximus se sintió aliviado al descubrir que el túnel seguía despejado de nieve y, cuando se acuclilló frente a él, pudo ver luz al otro extremo del oscuro pasaje. Movió sus rodillas con cuidado pero éstas de inmediato hicieron sentir su protesta, por lo que se echó al suelo boca abajo, prefiriendo reptar a través de la abertura a arriesgarse a sufrir la ira de Marcianus. Concentrándose en la luz que brillaba en el extremo, lo atravesó rápidamente y pronto estuvo del otro lado y sobre sus pies. Sus ojos recorrieron las devastadas estructuras familiares. Luego, se dirigió instintivamente hacia el único lugar dentro de esas murallas que le habían procurado algo de consuelo.
¿Hércules? - llamó mientras caminaba - Hércules, ¿dónde estás, muchacho?
Se detenía a cada pocos pies para escuchar pero no oyó ningún ladrido de respuesta.
La puerta de la choza de Helga estaba abierta y la nieve había entrado en ella, formando pequeñas ondulaciones en el exacto lugar donde él había dormido. La vivienda estaba vacía salvo por la nieve, una pila de carbones que era todo lo que quedaba del fuego donde la muchacha había cocinado... y un pequeño montículo de tierra recién removida. Maximus se arrodilló y lo acarició suavemente con su mano.
Lo siento tanto - susurró.
¿Maximus? ¡Maximus!
Maximus se dirigió a la puerta de la choza y miró en dirección al túnel.
Aquí, Quintus.
El legado llegó a la carrera, luchando para no resbalar en la nieve.
¿Qué estás haciendo aquí?
¿Cómo sabías dónde encontrarme?
Los guardias me despertaron porque estaban preocupados al haberte visto salir al galope, solo y en la oscuridad. No se me ocurrió otro lugar donde pudieras estar.
Hércules está aquí, en alguna parte.
¿Cómo lo sabes?
Instinto.
Bien, ¿trataste de llamarlo?
Por supuesto - respondió Maximus con un tono de impaciencia en su voz.
No respondió - dijo Quintus, claramente escéptico respecto de que el perro fuera a estar en la fortaleza.
Respondería si pudiera.
Bien, dividamos la fortaleza ...
No. Voy a revisar personalmente todo el lugar. Es el único modo del que estaré satisfecho, Quintus - trató de suavizar la aspereza de sus palabras diciendo - Pero me daría mucho gusto que me ayudaras.
Quintus resopló.
Espero que esa bestia grande, odiosa y maloliente valga todo esto, amigo mío.
No huele mal - protestó Maximus.
Quintus alzó las manos en fingido desaliento.
¿No recuerdas aquella vez que cazó un zorrino y lo trajo al campamento?
Maximus se encogió de hombros.
Fue un momentáneo error de criterio.
Quintus sonrió.
Vamos, Maximus, encontrémoslo para que podamos volver al campamento y desayunar.
Cuando se detuvieron a descansar, ya era bien pasado el mediodía y sus estómagos estaban gruñendo de hambre. Barrieron la nieve de la parte superior de una piedra baja al pié de la muralla y se sentaron en ella.
No queda mucho por revisar - observó Quintus mientras echaba una mirada a las ruinas.
Si no lo encontramos, volveremos a revisar todo otra vez - la voz profunda de Maximus estaba un poco ronca a fuerza de gritar el nombre del perro una y otra vez.
¿Se te ocurrió en algún momento que Commodus puede haberse llevado al perro con él?
No. No se tomaría la molestia. Hércules está aquí, en algún lugar, vivo o muerto y pienso encontrarlo como sea.
Una voz gritó en la distancia.
¡General! General, ¿dónde estás, señor?
¡Cicero, estamos aquí! - Maximus saltó sobre las piedras e hizo señas a su sirviente, quien portaba paquetes envueltos en una tela - ¡Espero que eso sea comida, Cicero!
Precisamente, señor - respondió Cicero mientras se acercaba a los dos hombres hambrientos - ¿No hubo suerte?
Todavía no. ¿Qué nos has traído?
Ah ... - Cicero apartó la tela y espió el interior de sus paquetes, como si tratara de recordar lo que estos contenían - Pollo y venado, pan, queso y vino que estaba caliente cuando partí hacia aquí. Y conejo para cuando encuentren al perro. Sé muy bien que es su alimento favorito.
Buen hombre - dijo Maximus suavemente, agradecido por su consideración. Comió rápidamente, ansioso por retomar la búsqueda. Concentrados en su comida, a Quintus y Cicero les tomó un momento darse cuenta de que Maximus ya no estaba con ellos.
¿A dónde ...? - empezó a decir Quintus, pero Cicero lo aferró de la manga y señaló a Maximus, quien caminaba lentamente en dirección hacia una pared baja y curva, el alimento olvidado en su mano. Cuando se dio cuenta de lo que era la estructura redonda, dejó caer el venado en la nieve y usó el brazo para barrer la nieve de la superficie de la gruesa tapa de madera que cubría el pozo.
Ayúdenme a levantar esto - demandó y sus dos compañeros estuvieron rápidamente a su lado, su comida también olvidada - Juntos - dirigió Maximus y la tapa pronto cayó al costado de la pared curva, de la que se alejó rodando un corto trecho para finalmente caer en la nieve. Maximus se asomó a la oscura caverna.
¿Hércules? - preguntó tentativamente, su voz resonando en un eco. Le respondió un gemido que luego se transformó en un lamento.
¡Hércules! - gritó Maximus. Se volvió hacia Quintus y Cicero, el alivio y la preocupación impresas a un tiempo en su rostro - Lo encontramos, pero algo está mal. De otro modo estaría ladrando.
¿Qué tan profundo es? - preguntó Cicero.
No puedo decirte. Está demasiado oscuro para ver - respondió Maximus - Resiste, Hércules. Te sacaremos, muchacho.
Quintus y Cicero se miraron el uno al otro. ¿Cómo iban a hacerlo?
Una cuerda. Necesitamos una cuerda - dijo Maximus - Voy a bajar.
Los dos hombres se quedaron mirando a su general
¡Encuentren una cuerda! - gritó Maximus, haciendo que ambos salieran a la carrera. Cuando regresaron con una cuerda, Maximus estaba tan profundamente asomado por sobre la pared del pozo, que Cicero lo aferró del borde inferior de la coraza, aterrado ante la idea de que resbalara y cayera de cabeza. El rostro de Maximus estaba enrojecido.
Las paredes parecen ser hielo sólido. Sospecho que el fondo también lo es. No puedo ver hasta tan abajo pero calculo que son unos veinticinco pies y, como pueden ver, es muy angosto - Maximus miró hacia abajo y una vez más hacia sus compañeros - Tendrán que bajarme lentamente y yo trataré de hacer pie contra las paredes ...
¿Qué? Tu no vas a bajar ahí - dijo Quintus con una expresión inamovible.
Lo haré.
No lo harás.
Lo haré - repitió Maximus, bien consciente de que sonaban como un par de chicos pendencieros.
Caballeros, caballeros - intervino Cicero - Aquí estoy, con el jefe más importante de todo el ejército romano y su segundo en el mando. Yo soy sólo un sirviente. Ahora díganme quién de los tres debería bajar ahí.
Nunca te pediría eso, Cicero. Es mi perro.
No me lo estás pidiendo, Maximus. Me estoy ofreciendo. Además, me hice muy aficionado a ese bicho durante nuestro viaje a España.
Deja que lo haga, Maximus. No quiero tener que explicarle a Marcus Aurelius que su general favorito se rompió la cabeza cuando se cayó en un pozo mientras trataba de rescatar a un perro.
Es mi perro - respondió Maximus obstinadamente.
Maximus - Quintus se aclaró la garganta - Me rehuso a obedecer tu orden ayudarte a bajar a ese pozo porque no se basa en un razonamiento lógico sino en la emoción - había una nota de satisfacción en la voz de Quintus - Un general al que admiro mucho una vez me dijo que debía objetar ...
Maximus levantó las manos en señal de derrota, acallando a Quintus.
Le toca a Cicero.
¡Hoooola abajo! - tres tribunos estaban en lo alto de la muralla Este haciéndoles señas con las manos - ¿Lo encontró, general?
¡Sí, está en el fondo de este pozo! - gritó Maximus en respuesta.
¿Está vivo?
¡Sí, pero estoy seguro de que está herido!
¡No se mueva, general! ¡Iremos a ayudarlo! - corrieron a lo largo de la pared Sur para después desaparecer. Maximus siguió hablándole a Hércules en tonos tranquilizadores mientras esperaban el arribo de ayuda. Hércules sólo gemía en señal de respuesta.
Al cabo de media hora, al menos una docena de hombres cargando sogas, madera y una parihuela de lona se unieron a los tres reunidos en la fortaleza.
Un golpecito en el hombro hizo que Maximus se volviera y se encontrara cara a cara con Jonivus.
Hágase a un lado, general. Soy el ingeniero a cargo y le sacaré su perrito en un momento. Se acuerda de mi hijo, ¿verdad? ¿El chico que trepó al árbol?
Seguro - Maximus sonrió y estrechó la mano del muchacho alto y delgado.
El es exactamente lo que necesitamos para bajar al pozo, no un hombre robusto como usted, señor. Si no es molestia, vaya a sentarse por ahí y déjenos hacer nuestro trabajo - Jonivus le dio a Maximus un ligero empujoncito para ponerlo en marcha, causando que docenas de cejas se alzaran automáticamente. Pero Maximus sabía cuándo pelear y cuándo retirarse y se dirigió otra vez al pié de la muralla, donde volvió a sentarse.
Al cabo de un rato, Jonivus había medido el pozo y formulado un plan. Sus hombres construyeron rápidamente sobre el pozo un aparato capaz de sostener la tosca parihuela e hicieron descender lentamente al joven Jonivus por la cavidad. Jonivus colocaría al perro en la parihuela y éste sería subido a la superficie por un equipo de fornidos soldados. Luego, subirían al chico del mismo modo.
Maximus se sentó sobre la roca, mordisqueándose nerviosamente la uña del pulgar mientras observaba el procedimiento, que también era seguido de cerca por cientos de soldados que ahora se alineaban en lo alto de las murallas. Sabían que, si ellos mismos estuvieran en problemas, su general llegaría tan lejos como fuera necesario para rescatarlos. Así era él.
Maximus se puso de pié mientras el muchacho desaparecía lentamente en el pozo y se preguntó por qué estaba permitiendo que el joven arriesgara su vida para salvar al perro. Dio unos cuantos pasos y fue detenido por una voz familiar.
¿No te das cuenta de lo que está pasando, Maximus? - preguntó Marcianus, quien llevaba un rato parado detrás de él, sin que Maximus lo notara.
Maximus lo miró intrigado.
¿Qué quieres decir?
Marcianus se acercó a su amigo y le dijo en voz baja.
Toda la legión se siente terriblemente culpable por no haber desafiado a Commodus y haberte rescatado de esta fortaleza. Entonces, al menos, déjales rescatar a tu perro para ti, ¿de acuerdo? - señaló a las murallas - Mira hacia arriba.
Maximus así lo hizo y vio que cada pulgada de espacio sobre la muralla en torno de toda la fortaleza hacía sido ocupada por un soldado.
Siéntate y deja que tus hombres al menos hagan esto por ti. Es su modo de pedirte disculpas - como Maximus comenzó a moverse hacia el pozo, Marcianus dijo en un tono de voz capaz de ser escuchado a la distancia - Traje mis suministros médicos para ayudar a Hércules cuando lo saquen ... ¡y si no dejas de morderte la uña, general, tal vez tenga que amputarte el pulgar!
Rota la tensión, los soldados que se encontraban cerca se echaron a reír y, Maximus, ligeramente avergonzado, metió la mano entre sus rodillas, sus ojos fijos en el pozo y los hombres que trabajaban en él.
De repente, un aullido capaz de lastimar los oídos y proveniente del interior del pozo hizo que Maximus se pusiera de pie de un salto, sólo para ser aferrado por Quintus por la parte dorsal de su coraza.
Maximus, quédate sentado hasta que saquen a Hércules a la superficie. Por favor. No hay nada que puedas hacer.
Puedo hablarle - Maximus estaba otra vez en camino hacia el pozo, su determinación evidente en cada paso. Esta vez, nadie se atrevió a detenerlo. Se abrió paso a fuerza de músculos hasta llegar junto a Jonivus y mirar sobre el borde del pozo justo a tiempo para ver emerger la parihuela con su carga peluda.
Una exclamación brotó de todas las gargantas.
El perro estaba apenas consciente pero sus orejas se pararon cuando escuchó el sonido tranquilizador de la voz de Maximus. Empezó a forcejear, pero sus patas delanteras y traseras estaban atadas apretadamente con una fina cuerda que le había atravesado la lana y lacerado la piel. Otro trozo de la misma cuerda le sujetaba el hocico. Una espuma rojiza brotaba de entre sus labios.
Maximus luchó contra la furia que dominaba su corazón mientras le murmuraba a Hércules palabras de aliento. No se dio cuenta cuando Marcianus cortó cuidadosamente la soga que sujetaba las mandíbulas del perro, hasta que sus manos fueron bañadas por una lengua larga y caliente. Maximus mantuvo quieto al animal mientras el médico cortaba la cuerda que le ataba las patas y las vendaba rápidamente. Débil por el hambre y la sed, Hércules pareció contento de quedarse tendido en la parihuela con Maximus a su lado.
¿Bien? - le preguntó Maximus a Marcianus.
Tendré que revisarlo mejor pero puede que tenga rota una pata y tal vez algunas costillas también lo estén. Con el hocico atado no pudo beber, de modo que está deshidratado.
Sin poder ver exactamente lo que estaba ocurriendo, un soldado parado sobre la pared gritó:
¿El perro está a salvo, señor?
Maximus respondió con un gesto de su brazo y una sonora aclamación se hizo sentir sobre toda la fortaleza. Pero la alegría se disipó rápidamente, cuando las noticias sobre la condición del animal circularon alrededor de las murallas y el nombre "Commodus" goteó como veneno de cientos de lenguas.
Los soldados sobre la pared Sur se dispusieron a levantar al perro y Maximus anduvo en esa dirección. Quintus se dispuso a seguirlo pero el general siseó:
¿Qué piensas ahora del hijo del emperador, Quintus?
El legado se quedó atrás, conmocionado por la ira de Maximus y su propia falta de discernimiento en lo concerniente a las motivaciones de Commodus. Tal vez estaba siendo hora de alejarse, pensó Quintus. Tal vez, un tiempo lejos de la legión le permitiría poner las cosas en perspectiva. Empezaría a empacar esa misma noche.