Maximus nombró a Horatius, un tribuno experimentado, para que actuara como legado durante la ausencia de Quintus y fue éste quien condujo a la legión Felix III hacia Vindobona, donde estaría acampada durante el invierno, mientras él se dirigía hacia el Oeste para pasar revista a otras legiones estacionadas a lo largo del Danubio y el Rhin. A pesar de que había muy pocas chances de que se desatara abiertamente una guerra durante la estación más fría, las incursiones de los guerreros de las tribus germanas eran una posibilidad real y Maximus quería que las legiones estuvieran alerta y preparadas.
Envuelto en lana y pieles y acompañado por una partida de guardias, Maximus se abrió camino de una a otra legión, permaneciendo aproximadamente una semana en cada uno de los campamentos, asegurándose de que las rutas que corrían a lo largo del río estuvieran abiertas de modo tal de permitir una rápida concentración de fuerzas en caso de que fuera necesario. Todos los generales habían escuchado hablar sobre el sitio y estaban ansiosos por discutir el tema con él, así como lo relacionado con los falsos rumores acerca de la muerte de su jefe. El alivio iluminaba los rostros de guardias, soldados y oficiales por igual cuando Maximus aparecía en persona en la puerta de cada campamento. El viaje le dio asimismo una excusa conveniente para discutir estrategias con los oficiales a cargo de cada legión, asegurándose de que los generales bajo su mando estuvieran realizando un buen trabajo.
El segundo objetivo de Maximus era reforzar las fortificaciones que ocupaban la franja que se extendía entre los ríos Rhin y Danubio. Años atrás, se habían cavado trincheras pero ahora ordenó que se construyera asimismo un muro de piedra y que éste fuera patrullado permanentemente por un grupo de centinelas posicionados a todo lo largo.
Una incursión germana exitosa no sólo acarrearía un enorme prestigio para la tribu en particular que lo lograra sino también un importante botín. Y significaría la muerte de muchos soldados y el debilitamiento del poderío romano en el Norte. Y ni siquiera la sospecha de una posible vulnerabilidad podía ser tolerada. Maximus tenía la esperanza de que las tribus pasaran el invierno atacándose mutuamente, como solía ocurrir. Pero, si se concretaba una incursión exitosa contra el imperio, Maximus tenía que estar listo para contraatacar rápidamente, conduciendo una columna de soldados despojados de todo equipaje innecesario y cargando sólo con lo necesario para la duración de la expedición. Maximus era plenamente consciente de que, en muchos aspectos, Roma también participaba del patrón de las guerras tribales pero con un poder y efectos mucho más devastadores. Ansiaba un invierno tranquilo.
El general tenía además otra razón para su viaje: necesitaba encontrar algunos centuriones experimentados que hablaran las lenguas de las tribus. Estos soldados podían ser reclutados para asistir a los encuentros con los jefes de las tribus que había solicitado Marcus Aurelius. El emperador podría tratar de disipar el riesgo de una escalada militar en primavera de este modo pero Maximus sabía muy bien que los hombres que en el pasado asistieran a esos encuentros, a veces no habían retornado con vida. En cambio, habían sido enviados de regreso atados a sus caballos y decapitados.
Pese a lo que pudiera pensarse, el invierno era para Maximus una temporada muy ajetreada. Habiendo completado la mayoría de sus objetivos, pasó unos días de descanso junto al general Solinus, de la legión Germánica II, acampada cerca de Colonia. En la segunda noche de su estadía, ambos se encontraban disfrutando de su cuarta copa de vino cuando fueron interrumpidos por el sirviente de Solinus.
Discúlpenme, señores, pero se encuentra aquí un soldado de una legión de Africa para ver al general Maximus, si éste tiene tiempo para atenderlo.
Maximus miró a un Solinus de ojos enrojecidos con curiosidad.
No conozco personalmente a nadie en las legiones de Africa, ¿tu sí?
Ante el gesto negativo de Solinus, Maximus dijo:
Averigüemos que quiere -le hizo un gesto con la cabeza al sirviente- Hágalo pasar.
El hombre se inclinó y salió de la tienda, sólo para ser reemplazado rápidamente por un tribuno de rostro bronceado por el ardiente sol africano y cabellera castaña veteada de dorado. Se inclinó ante los generales.
Señores, soy Septimius Severus, de la legión Augusta III de Africa.
Maximus le tendió la mano.
Bienvenido al helado norte, Septimius. Soy el general Maximus de las legiones Felix y Comandante del Ejército del Norte. Este es el general Solinus de la legión Germánica II. ¿Qué lo hizo abandonar el calor del sol y viajar hasta aquí en esta época del año?
Septimius miró a Maximus, momentáneamente falto de palabras.
Yo ... yo estoy de licencia actualmente, señor.
¿Y eligió venir aquí? - Maximus le indicó al hombre que se sentara - A juzgar por su acento, se crió en Africa.
Tiene un buen oído, señor. Nací en la ciudad de Leptis Magna, cerca de Cartago.
¿Y qué lo ha traído tan lejos? - preguntó Maximus, mientras el sirviente le ofrecía al soldado una copa de vino.
Quería conocerlo, señor.
¿A mí? - dijo Maximus, claramente sorprendido - ¿Cómo supo de mí?
Su reputación como líder y guerrero se ha difundido, señor. Todos sabemos cómo salvó al imperio de las garras de Cassius y escuchamos hablar acerca del sitio y cómo escapó a la muerte. Parece que su leyenda sigue creciendo, señor.
Solinus pateó la pierna de Maximus juguetonamente.
¿Escuchaste eso, Maximus? ¡Eres una leyenda! - estaba ligeramente borracho y disfrutando de ver al tribuno adulando su general. Maximus, por su parte, se sentía incómodo.
Disto mucho de ser una leyenda, soldado. Soy simplemente un hombre que sirve a Roma del mejor modo que sabe.
Podrá ser así, señor, pero usted sabe cómo hacerlo mejor que nadie.
Solinus eructó y se puso de pie con dificultad.
Si no les importa, general ... Septimius ... creo que me iré a la cama - su sirviente lo ayudó a ponerse derecho - ¿Mañana, general?
Sí, nos reuniremos mañana - Maximus suprimió una sonrisa - Si no te molesta, que no sea muy temprano, Solinus.
Bueno ... si mañana te levantas un poco más tarde, general, lo entenderé. Bue ...nas noches, señor.
Que duermas bien, general - Maximus disimuló una sonrisa y volvió su atención hacia su huésped - ¿Vino hasta aquí, con este clima, sólo para conocerme?
Mayormente ... sí, señor. También estoy realizando una gira por el imperio. Quiero ver tanto de él como pueda y tratar de comprender los problemas específicos de cada área.
¿Puedo ver sus papeles, por favor? Estoy seguro de que los guardias los revisaron cuidadosamente pero nunca se es demasiado cauteloso - el tribuno le entregó inmediatamente los documentos requeridos y Maximus los estudió antes de devolvérselos con una sonrisa que indicaba su aprobación - ¿Dónde estuvo antes de venir aquí, Septimius?
Crucé desde Zucchabar a Hispania, luego viajé a través de Galia para llegar hasta aquí. También visité Italia. Espero retornar a Africa a través de Macedonia y luego viajar hasta el Medio Oriente, visitar Egipto y ver las grandes pirámides.
Eso es muy ambicioso. Verá más del imperio de lo que yo he visto. Nunca estuve en Africa o Egipto.
Me deleitaría que visitara mi legión en algún momento, señor.
Maximus rió.
De un provinciano a otro, muchas gracias.
Usted es oriundo de Hispania, ¿verdad, señor?
Así es.
¿Aún vive allí ..? Cuando no se encuentra aquí, claro.
Sí. Tengo una granja cerca de Emérita Augusta, esposa y un hijo. Espero regresar pronto a visitarlos y luego, cuando los problemas que se suceden a lo largo de esta frontera hayan terminado, retirarme allí a trabajar la tierra.
¿Cree que eso ocurrirá alguna vez, señor?
Maximus se encogió de hombros.
Lo mínimo que uno puede hacer es desearlo, Septimius.
Si puedo robarle un poco más de su tiempo, ¿sería tan amable de contarme sobre la situación de esta legión?
Maximus contempló al hombre que se encontraba frente a él. Septimius Severus era unos cinco o tal vez seis años más joven que él - lo que lo colocaba alrededor de los veinticinco - y de complexión similar a la suya. Los dos eran también provincianos pero la similitud terminaba allí. Septimius parecía muy ambicioso mientras que a Maximus lo motivaba el deseo de servir a su emperador y la necesidad de regresar a su hogar. Bebió otro trago de vino y luego preguntó:
¿Cómo se las arregló para encontrarme, Septimius? Llevo mucho tiempo recorriendo las legiones.
Lo sé, señor. Me tomó semanas rastrearlo. En algunos campamentos, se me escapó por unos pocos días. En la legión Gallica XVI, por unas pocas horas.
Es usted tenaz - dijo Maximus con una sonrisa.
Septimius le devolvió la sonrisa.
Eso me han dicho - se movió ligeramente en su silla - ¿Puedo decirle algo personal, señor?
¿No era eso lo que había estado haciendo desde que llegara?
Maximus extendió su mano en señal de que podía seguir hablando.
De algún modo, esperaba que usted fuera un gigante, señor. De siete pies de alto, con hombros tan anchos como esta estancia - se echó a reír mientras extendía sus brazos - Es tranquilizador ver que es usted un hombre normal. Un hombre mortal capaz de alcanzar logros propios de un inmortal. Eso hace que un hombre común encuentre posible aspirar a su grandeza.
Para su incomodidad, Maximus sintió que su rostro enrojecía y desvió la conversación de su persona.
¿Y eso es a lo que aspira, Septimius?
La respuesta fue muy directa.
Sí, señor.
Bueno, parece estar yendo en la dirección correcta. Está persiguiendo sus sueños activamente y de un modo práctico - Maximus contempló su copa de vino por un momento e hizo girar el líquido de un color rojo intenso antes de agregar - ¿Qué le gustaría saber acerca de la situación política de esta parte del imperio?
Pero Septimius aún no había acabado con sus preguntas personales.
Sus hombres hablan maravillas de usted, señor. Darían sus vidas por usted y estarían orgullosos de hacerlo. ¿Cómo lo logró?
Maximus parpadeó varias veces, luego miró a lo lejos para analizar su respuesta.
Sabe, me han hecho esa pregunta muchas veces y, honestamente, no estoy seguro de cuál es la respuesta, salvo que me preocupo por ellos. Los veo como individuos, no como meras extensiones de sus armas - Maximus depositó su copa sobre una mesa, luego apoyó los codos en sus rodillas y cruzó los dedos, apoyando el mentón sobre ellas. Se veía muy pensativo y Septimius lo estudió intensamente - Creo que tiene que ver con el hecho de que no demandaría de ellos nada que no demandara de mí mismo - contempló a su huésped - y ellos lo saben.
Los dos hombre se miraron silenciosamente el uno al otro, luego Maximus se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos detrás de su cabeza y estiró las piernas, cruzándolas a la altura de los tobillos.
Ahora, ¿qué le gustaría saber acerca de la vida en esta parte del mundo?
Todo, señor ... - Septminius bajó la vista al darse cuenta repentinamente de cuánto del valioso tiempo del general estaba demandando.
Bueno, comencemos por las tribus que se oponen tan decididamente a nuestra presencia en esta área. En realidad, es difícil seguirles el rastro porque son muy cambiantes. Sus jefes cambian todo el tiempo, dependiendo de quién sea el hombre con más influencia económica o la personalidad más dinámica del momento. Y todo el tiempo están cambiando sus alianzas. Así, la tribu que una semana está librada a sí misma y cuenta con unos pocos cientos de hombres, puede emerger a la siguiente con un poderío diez veces mayor.
¿Logra usted mantenerse informado sobre todos estos movimientos?
Por cierto que lo intentamos. Si fracasamos o cometemos un error, estamos en peligro. Las tierras montañosas más allá del Danubio son controladas fundamentalmente por cuatro tribus: los Sarmacianos, los Marcomanni, los Quadi y los Iazygues. Son gente astuta, fuerte y determinada y nunca se los debe subestimar. Nos ven como una amenaza a su forma de vida y temen ser esclavizados ... y no les faltan motivos. El imperio romano lo ha hecho más a menudo que no - Maximus se puso de pie y se tomó las manos en la espalda, luego comenzó a recorrer la tienda lentamente, como un maestro dando una clase - Fue Trajano, por supuesto, quien expandió las fronteras del imperio tan al norte, empujando a los Dacianos hacia el territorio que se encuentra al Este de aquí ... un pueblo bien establecido. Distaban mucho de ser los salvajes que a los romanos les gustaba creer que eran. Tenían un gobierno fuerte, un comercio establecido, hábiles artesanos e ingenieros y hasta un alfabeto propio. Algo tan común como los clavos de hierro que nuestros soldados usan ahora para caminar sobre la nieve y el hielo viene de ellos.
Esas guerras son conmemoradas en Roma por una gran columna.
Esto tengo entendido.
¿Quiere decir que nunca la vio?
Nunca estuve en Roma. El emperador me mantiene muy ocupado aquí y, cuando tengo algo de tiempo libre, voy directo a mi casa.
Tiene que verla algún día, señor. Es magnífica. Tan alta que tiene que mirarla desde las ventanas de los edificios vecinos para poder verla completa. Es muy colorida y los legionarios llevan pequeñas espadas de bronce en sus manos. La historia de las batallas está escrita en unas bandas que rodean la columna - Septimius se detuvo al darse cuenta de que Maximus lo contemplaba desde donde estaba parado con los brazos cruzados y la cadera apoyada contra una mesa con una expresión divertida - Prosiga, señor.
¿Hmmmm?
Estaba diciendo que los Dacianos ...
Oh, lo que quería decir es que es muy fácil desestimar a nuestros enemigos diciendo que son salvajes que merecen ser liberados de su miseria por el gran imperio romano.
Suena como si los admirara, señor.
Los respeto. Siempre es bueno respetar al enemigo, Septimius.
El tribuno asintió, ansioso de absorber la sabiduría de este gran hombre.
¿Marcus Aurelius intenta expandir aún más este territorio, señor?
Septimius se dio cuenta de que había cometido un error cuando Maximus se irguió y sus ojos azules se entrecerraron peligrosamente. Su voz naturalmente grave descendió en su tono hasta ser casi un gruñido.
Esa es información confidencial, Septimius. No estoy en libertad de divulgar los planes de nuestro emperador.
Por ... por ... por supuesto que no ... señor - tartamudeó el tribuno. Tomó aliento profundamente, sorprendido de ver cuán aterradoramente intimidante podía ser el general y se sintió aliviado cuando Maximus retomó su actitud amistosa.
Tiene que aprender a ponerle límites a su curiosidad, Septimius - dijo Maximus con ligereza.
Sí, señor, lo sé. Fue imperdonable de mi parte. Lo siento.
Maximus hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, aceptando la excusa y agregó:
Por cierto que no estamos dispuestos a perder los territorios que ya tenemos - se dirigió hacia la entrada, indicando que la entrevista había terminado y extendió una mano que Septimius estrechó rápidamente.
Véame mañana por la mañana y le tendré preparada una carta que le garantizará el acceso a cualquiera de nuestras legiones estacionadas a lo largo del río. Es bienvenido a ellas y, mientras las visita, aprenda todo lo que pueda sobre esta parte del mundo mientras. Pero tenga en claro que, si nos atacan, reclutaré sus servicios de inmediato.
¡Sería todo un honor para mí, señor! Gracias, señor. Gracias por permitirme monopolizar su atención durante tanto tiempo. Por cierto que no me ha decepcionado, señor. No sé cómo decirle ...
Ante la sonrisa torcida de Maximus y un ligero movimiento de su cabeza, Septimius decidió prudentemente no decir más nada y salió de la tienda, emocionado por haber conocido finalmente a su héroe. Y su héroe no lo había decepcionado. ¡Oh, no lo había decepcionado en absoluto!
Mientras se aproximaba a Vindobona, dos meses después de haberse separado de la legión Felix III, Maximus se encontraba satisfecho por haber completado todo lo que se había propuesto hacer. Sabía que las legiones bajo su mando estaban bien preparadas para enfrentar las incursiones de las tribus bárbaras pero igualmente había ordenado que los soldados siguieran reparando los campamentos, construyendo torres de vigilancia, murallas y otros refuerzos a lo largo de los ríos Rhin y Danubio.
Su buen humor también fue incrementado por el olor ácido del barro que impregnaba el aire y los pequeños, apretados capullos púrpura que salpicaban las ramas sobre su cabeza. El cielo parecía ahora más azul que gris y un sol de suave luz dorada tejía sobre los rostros de los soldados intrincados dibujos como de encaje. Parches de flores silvestres azules y amarillas se asomaban montadas sobre sus tiernos tallos entre las hojas marrones que cubrían los lados del camino. Los restos de nieve que aún subsistían a la sombra de los árboles disminuían a diario, creando charcas de agua estancada así como también riachos que corrían a lo largo de los caminos sólo para congelarse por la noche antes de volver a derretirse bajo el sol matutino. Las ardillas miraban con recelo a los soldados desde lo alto de las ramas de los robles y Maximus vio a una cierva y su cervatillo moteado, haciendo que la partida militar se detuviera para poder observarlos hasta que se alejaron correteando, sin preocuparse de que su actitud causara cierta diversión entre los guardias.
Maximus amaba la primavera. Era la época del año en que se producían los nacimientos: corderos, cabritos, terneros, potrillos y su propio bebé. Sonrió al pensar en su esposa esperando a su segundo hijo y deseó que no estuviera demasiado incómoda. Recordaba claramente el nacimiento de su hijo y ansió con desesperación poder estar allí para reclamar al bebé como suyo y darle nombre pero ese honor tendría que dejárselo a su suegro, quien actuaría en su reemplazo a pedido de Maximus. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera sostener al precioso montoncito de carne en sus propios brazos.
Maximus estaba ansioso por reanudar su correspondencia con su esposa. Antes de iniciar el viaje a lo largo de los ríos le había enviado una carta diciéndole que no le sería posible recibir su correspondencia hasta tanto no regresara, a pesar de que le enviaba una carta semanalmente desde alguna de las legiones que estaba visitando. Estaba ansioso por disponer de algunas horas libres poniéndose al día con las noticias de España y esperaba tener al menos dos paquetes esperándolo.
A medida de que se acercaba a la puerta del campamento, se sintió satisfecho de ver que otro piso había sido agregado, elevando su altura a cuatro, con sólidas torres de vigilancia en cada extremo. Ahora, la entrada al campo era imponente, más una fortaleza que un campamento. Echó una mirada a las defensas mientras pasaba ... zanjas ocultas que albergaban lanzas afiladas, así como otras en forma de V que contenían picas colocadas en un ángulo tal como para destrozar a cualquier hombre o caballo que intentara saltarlas. Los altos muros eran de sólida piedra, con torres de vigilancia en cada esquina. Confiaba en que el campamento sería seguro.
Los guardias apostados en la puerta vivaron a su general y él les respondió con un gallardo movimiento de la mano y una sonrisa. Era bueno estar de regreso, Mientras Maximus desmontaba ya dentro del campamento, un grupo de centuriones y tribunos se reunió a su alrededor, saludándolo afectuosamente.
Estaba estrechando las manos de cada uno de ellos cuando, súbitamente fue derribado y casi cae de rodillas por un impacto que le llegó desde atrás. Sostenido por un soldado, se dio vuelta para enfrentar el ataque de un hocico peludo y una lengua babosa.
Hérc ... - empezó a decir pero la misma lengua lamió su boca abierta y Maximus apartó la cara, escupiendo y farfullando, mientras aferraba al perro por el pescuezo y lo obligaba a echarse hacia atrás, sujetándolo entre sus rodillas.
Ajjjj! - escupió, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano en medio de las estruendosas risas de los soldados que lo rodeaban - ¡Bien, parece que estás completamente recuperado! ¡Mira lo gordo que te has puesto!
Maximus se acuclilló y revisó al perro, quien seguía lamiéndolo y buscándolo con la pata.
No puedo sentir tus costillas. Estás muy necesitado de ejercicio, Hércules - se puso de pie y, burlonamente, bajó las cejas y el tono de su voz - Espero que el resto de ustedes no haya seguido su ejemplo y se haya dedicado a engordar mientras yo estaba trabajando tan duramente.
No, general - aventuró uno de los centuriones - Nosotros también estuvimos trabajando duro.
Puedo verlo. La entrada se ve fuerte e imponente. Bien hecho.
Los soldados intercambiaron miradas y sonrisas.
¿Cansado, general? - preguntó uno de ellos.
No mucho, Fabius, pero no me molestaría lavarme un poco. Informaré a los oficiales luego de que lo haya hecho - Maximus se dirigió hacia su tienda con Hércules y un grupo de soldados pisándole los talones. Se dio vuelta para mirarlos con las manos apoyadas en las caderas - ¿Hay algo que debiera saber?
Uh, no señor. Creo que no, señor - dijo un centurión con cara seria, el único integrante del grupo que parecía capaz de controlar su hilaridad.
Maximus se preguntó qué se traerían entre manos. Cuando dio la vuelta a la esquina y el praetorium apareció ante sus ojos, se detuvo de golpe y miró fijamente. Echó una rápida ojeada a su alrededor para asegurarse de que se encontraba en el lugar adecuado y luego miró hacia el lugar en el cual se había erguido su tienda. Ya no estaba allí. En su lugar se alzaba una estructura de sólida piedra gris con techo de pizarra. Jonivus se encontraba en la puerta, una enorme sonrisa en su cara.
Bienvenido al hogar, general - el ingeniero se inclinó tan profundamente como se lo permitía su estómago y extendió un brazo, indicándole a Maximus que debía antecederlo.
¿Qué es todo esto, Jonivus?
Es una casa, señor. Nos sobró un poquito de piedra después de que terminamos de reconstruir la entrada y, como estábamos con ganas de construir, decidimos seguir trabajando.
Maximus se detuvo en la entrada y miró hacia el interior.
¿Una casa? - dijo, obviamente atónito.
Su casa, general. ¡Entre, entre! - Jonivus le tironeó excitadamente del brazo - Es sencilla pero confortable, como podrá ver.
El ingeniero acompañó a Maximus hacia el atrio sombreado y los soldados se agolparon en torno a él, tratando de ver la reacción del general ante su trabajo.
Maximus se quedó en el umbral, totalmente sin palabras. Hércules se sentó a su lado, su larga cola barriendo el piso.
Jovinus se mantuvo impasible ante el silencio de su general.
- Tiene todas las características de una buena casa romana, señor, incluido el patio ... sólo que en menor escala, como podrá ver. ¿Por qué no le echa una mirada?
Maximus se adentró en el espacio soleado y se acuclilló para inspeccionar las flores que habían sido plantadas allí cuidadosamente ... las mismas delicadas flores silvestres que había admirado a los lados del camino. Un banco y una mesa de piedra hermosamente tallados habían sido colocados de modo tal de captar la luz del sol, la cual se reflejaba en un pequeño estanque diseñado para recolectar el agua de lluvia. Maximus aferró un pimpollo en entre sus dedos, dándose tiempo para controlar sus emociones antes de enfrentar a Jonivus. Cuando se puso de pie, sus ojos estaban secos pero lo ronco de su voz traicionaba sus emociones.
¿Tu lo hiciste?
Yo la diseñé, señor, pero estos hombres ... ellos la construyeron - indicó la entrada de al casa, donde los soldados bloqueaban completamente la luz en su esfuerzo por ver y oír la respuesta de su general.
Maximus tragó saliva antes de darse vuelta para enfrentarlos y decir suavemente:
Estoy abrumado. Absolutamente abrumado.
Jonivus le hizo a los soldados un gesto con los pulgares hacia arriba y estos se echaron a reír y se palmearon mutuamente las espaldas en señal de felicitación. Maximus comenzó a dirigirse hacia los legionarios pero Jonivus volvió a sujetarlo por el brazo.
Todavía no terminamos, señor. Toque el piso del atrio.
¿El piso?
Sí. Tóquelo.
Maximus se arrodilló y extendió su mano sobre el concreto alisado.
¡Está caliente! - exclamó y levantó la vista hacia Jonivus.
Está calefaccionado, señor. Todas las habitaciones principales están calefaccionadas ... en forma subterránea. Verá, hay una caldera debajo de su dormitorio, señor, y espacios abiertos bajo el piso que se encargan de distribuir el calor por toda la casa. No volverá a tener que pasar frío, señor. Es una lástima que no la hayamos construido durante el pasado otoño así hubiera podido disfrutarla durante todo el invierno. No necesitará más calentadores en su cama, señor. Venga y le mostraré cómo funciona.
Quédate aquí - le ordenó Maximus a Hércules cuando el perro dio señales de querer seguirlos escaleras abajo. Jonivus no cabía en sí de orgullo mientras demostraba sus habilidades.
Los pisos están afirmados sobre pilares de piedra ... ¿lo ve, señor? - preguntó Jonivus mientras sostenía en alto una antorcha para que Maximus pudiera ver - Aquí está la caldera y la alimentamos con leña. Por estos lados tenemos un importante suministro de leña, señor. Los pisos se calientan lentamente pero, una vez que lo están, se mantienen calientes por mucho tiempo - vio las gotas de sudor que perlaban la frente de Maximus - Lo siento, señor, sé que hace mucho calor aquí pero no tardaremos. Puede ver que el calor y los gases del fuego son conducidos bajo los pisos y luego pasan a través de conductos revestidos de cerámica hacia las paredes antes de escapar por las salidas que hay en el techo. Es lo que se llama un sistema de hipocausto y sólo los mejores hogares los tienen. Lo que haremos será calentar la casa durante la tarde, señor, de modo de que se mantenga así durante la noche y por la mañana dejaremos que se enfríe de modo de que usted no se ase durante el día. Por aquí, señor.
En el sótano, el calor era opresivo y Maximus siguió rápidamente al ingeniero escaleras arriba, limpiándose el sudor de los ojos con la manga.
Permítame mostrarle su dormitorio, señor. Hay uno para usted y otro para un huésped, por ejemplo, el emperador, y Cicero tiene también el suyo de modo de estar cerca de usted.
Desandaron el camino hacia el patio y luego se adentraron por un corredor abierto sostenido por columnas para finalmente abrir la pesada puerta de madera que daba acceso al dormitorio. Jonivus cerró la puerta tras ellos para mostrarle cómo la luz entraba a la habitación a través de una serie de ventanas enrejadas ubicadas en lo alto de la pared. Por las noches, se cerrarían los postigos para evitar que el calor escapara. Esos mismos postigos se dejarían abiertos en verano para airear el cuarto.
Maximus miró a su alrededor. La habitación era mucho más grande de lo que su tienda había sido pero su cama, diván, baúles, escritorio, sillas, armario y alfombras habían sido retiradas de esta y dispuestas cuidadosamente del mismo modo en que habían estado allí. Todo ello, sin dudas, gracias a Cicero, quien en ese momento estaba atareado guardando ropa en un gran armario, de espaldas a los visitantes.
Cicero, ¿sabías que iba a tener una casa?
Es bueno volver a verte, señor. No, no lo sabía. No hasta que llegaron a desarmar la tienda. Tuve muy poco tiempo para organizar tus cosas y sacarlas fuera - le echó una mirada irónica a Jonivus, quien lo ignoró.
Lamento el inconveniente, Cicero - dijo Maximus - pero parece que tú también te vas a beneficiar con estos pisos calientes.
Sí, esa es la parte buena, pero no esperes que Hércules vuelva a dormir a tu lado. Anoche probamos el lugar y lo puse a dormir en tu cuarto para que se acostumbrara. A medianoche lo escuché gimiendo y rascando la puerta. Lo dejé salir y fue directo a zambullirse en el estanque y después se tomó el agua que quedaba en él. Durmió el resto de la noche afuera.
Maximus miró al animal y notó que estaba jadeando, de modo de que lo dejó ir afuera nuevamente. Se encogió de hombros mirando al ingeniero.
No está acostumbrado a los lujos, Jonivus - se movió incómodo - Por cierto que yo también me voy a sentir mal de pensar en que mis hombres van a estar helándose en sus tiendas mientras yo estaré aquí, abrigado. Me da un poco de culpa, ¿entiendes?
Señor, usted no es un soldado común y no debe ser tratado como tal. Quédese tranquilo ya que los oficiales y los soldados discutieron entre ellos si debían o no seguir adelante con la casa y la respuesta fue un "sí" abrumador. Los hombres que la construyeron donaron su tiempo por voluntad propia ... y también el soldado que la decoró.
Maximus siguió con la mirada la dirección en al que Jonivus señalaba y vio la pintura de una magnífica águila dorada que sus alas desplegadas sobre la puerta de su dormitorio.
La hizo un joven llamado Polybius - explicó Jonivus - Molió los pigmentos él mismo y está muy orgulloso de su trabajo. Pintó el águila mientras las paredes aún estaban frescas, de modo de que dure por mucho tiempo. Pintará el resto de las paredes estucadas cuando usted decida qué es lo que quiere en ellas, señor.
Pero Jonivus aún no había terminado con sus sorpresas. Abrió otra puerta que daba al dormitorio y proclamó orgullosamente:
Y aquí está su baño privado, señor. También agradable y calefaccionado.
No sé cómo darte las gracias, Jonivus.
La expresión en su rostro cuando vio la casa por primera vez es toda la gratitud que necesito. Espero que pueda disfrutar de la paz y el descanso en su hogar lejos del hogar.
Maximus caminó por la habitación describiendo lentamente un círculo y luego se volvió hacia Jonivus y Cicero con ojos brillantes.
¿Por qué no hacemos algo más que calentar los pisos de este lugar? Jonivus, ve a decirle a los cocineros que preparen un festín y tengamos una fiesta. Todos los hombres están invitados ... aunque espero que no vengan todos juntos. No se me ocurre otro modo de darles las gracias.
Jonivus sonó entusiasmado.
Qué idea maravillosa, señor. Los hombres que construyeron la casa estarán encantados de mostrársela a los otros.
Asegúrate de presentarme a esos hombres porque quiero darles las gracias personalmente.
Por supuesto, señor - respondió un deleitado Jonivus mientras se dirigía hacia las cocinas del campamento.
¡Y dile a los cocineros que no sean avaros con el vino! - gritó Maximus a sus espaldas. Luego, se sentó en su cama y silbó llamando a Hércules. Momentos más tarde, el enorme perro asomaba su cabeza por la puerta pero se veía reacio a entrar en la estancia.
Hércules, ven acá - Maximus indicó el espacio entre sus pies y el perro puso la cola entre las patas y se acercó al trote.
Maximus sonrió y rascó al animal detrás de las orejas mientras se dirigía a Cicero en tono acusador.
Lo dejaste engordar.
¡Qué! ¡Yo! - tartamudeó el sirviente - Tienes que saber, señor, que ese perro se las arregló solo para engordar.
Maximus arqueó las cejas a la espera de una explicación.
Su pata sanó hace semanas pero cada día va de tienda en tienda buscando simpatía y comida. Lo vigilé un día y, ¿sabes lo que hizo? Caminó normalmente hasta que llegó cerca de la entrada de una tienda y una vez allí comenzó a renguear y gimotear. Cuando los soldados salieron, empezaron a alborotar alrededor del pobre perrito lastimado y le dieron de comer. Fue de tienda en tienda haciendo lo mismo. Cuando les advertí que no lo hicieran, ¡dijeron que cómo podía ser tan cruel!
Maximus se echó a reír y sujetó a Hércules por la mandíbula pero éste se negó a mirarlo a los ojos.
De ahora en más, tus raciones están recortadas, Hércules, y las tiendas de los soldados fuera de tu área de influencia - le alborotó la pelambre y lo dejó retirarse hacia climas más frescos - ¿Tienes mi correo, Cicero?
Sí, señor. En esta ocasión, no hay mucho - Cicero le alcanzó a Maximus dos cartas.
Le dije a Olivia que no estaría aquí - Maximus frunció el ceño mientras inspeccionaba una carta proveniente de España pero que no exhibía la caligrafía de su esposa - de modo de que no podría recibir correspondencia.
Cicero se dirigió hacia la puerta.
Mientras te ocupas del correo, yo iré a ...
Pero Maximus no escuchó las últimas palabras de Cicero porque estaba leyendo la carta de su cuñado, Titus. Mientras lo hacía, se dejó caer lentamente sobre la cama, sintiendo que sus piernas se volvían como de agua y sus manos temblando de tal modo de que apenas podía distinguir las palabras escritas.
Aproximadamente una hora más tarde, Cicero golpeó con los nudillos a la puerta del dormitorio de Maximus. Como no obtuvo respuesta, la empujó con el hombro, sus manos ocupadas con pilas de ropa que debía guardar en los armarios. Tras encender una serie de velas, tarareó suavemente para sí mientras trabajaba, organizando la ropa de Maximus en forma de pilas de acuerdo a su necesidad de uso. Habiendo terminado, se dio vuelta y se sorprendió violentamente, llevándose la mano al corazón. Después de todo, Maximus se encontraba allí, sentado en el mismo lugar en que Cicero lo viera por última vez, el rostro oculto entre sus manos, su cuerpo meciéndose suavemente hacia atrás y hacia delante.
¿Maximus? - preguntó Cicero suavemente, temeroso de sorprenderlo.
El movimiento continuó. A los pies de Maximus, el suelo estaba cubierto de papiro destrozado.
Maximus, ¿estás enfermo?
Maximus empezó a asentir pero luego, en cambio, hizo un gesto negativo con la cabeza, el rostro aún oculto entre sus manos. Cicero se dirigió rápidamente hacia la puerta.
Voy a buscar un médico.
No ... ¡NO! - imploró Maximus, haciendo que Cicero se volviera y se acercara a él.
Cuando Maximus finalmente alzó la cabeza, Cicero soltó una exclamación de asombro ... sus mejillas manchadas y sus ojos hinchados y enrojecidos una clara indicación de que había estado llorando.
Maximus tomó aliento temblorosamente y susurró:
Mi bebé murió, Cicero, mi hija está muerta.
Marcianus estaba sentado en una silla de cuero y contemplaba a Maximus ir y venir, tratando de ofrecerle el poco consuelo que podía.
¿Por qué, Marcianus? ¿ Por qué ocurrió? ¿Por qué no pudo vivir?
Maximus, la carta dice que tu hija nació muchas semanas antes de su término ...
Pero Titus dijo que se la veía perfecta, que no tenía defectos.
Externamente, puede ser pero sus pulmoncitos pueden no haber estado totalmente desarrollados o tal vez su corazón. En su carta dice que vivió por unas pocas horas, pero no fue lo suficientemente fuerte como para sobrevivir fuera del útero.
Pero, ¿por qué nació prematuramente? - con una mezcla de dolor, frustración e ira, Maximus golpeó con el puño su escritorio de roble tallado.
No lo sé. Me temo que suele ocurrir. Sé que esto no te consuela, pero suele ocurrir. Maximus, Olivia y tú tienen que entender que no fue culpa de nadie. Simplemente ocurrió.
Maximus tomó un papiro y se lo tendió su amigo pero los ojos de Marcianus nunca se apartaron del rostro conmocionado de su general.
La segunda carta es de Olivia. La escribió pocos días después de la muerte de nuestra hija. Se echa la culpa de su muerte, Marcianus. Siente que hizo algo que precipitó el nacimiento prematuro. Dice que siente que me ha fallado. Mira ... mira las manchas de lágrimas.
Entonces, debes escribirle de inmediato asegurándole que eso no es cierto.
Por supuesto que no es cierto - gimió Maximus – pero ella igualmente se echa la culpa. Y mi hijo no puede entender qué ocurrió con su hermanita.
Es difícil de comprender para cualquiera, mucho más para un niño. Sé que esto no ayuda, Maximus, pero yo perdí dos hijos, ambos varones. Cuando ocurre, parece que el mundo debiera detenerse pero eso no sucede. El sol sigue saliendo. Tienes que seguir viviendo.
Maximus se detuvo en su ir y venir y contempló a su amigo.
Lo siento, Marcianus. ¿Cómo murieron?
El primero nació muerto y el segundo fue un caso muy parecido a de tu hija, pero el mío vivió por unos pocos meses.
¿Estabas allí cuando sucedió?
Sí, las dos veces. Soy médico y aún así no pude salvarlos. Tampoco tu podrías haber salvado a tu hija. No te atormentes.
Todo ocurrió tan rápido que mi suegro ni siquiera tuvo tiempo de reclamar a Maxima como mi hija. Si hubiera estado allí, al menos hubiera podido hacer eso. La niña murió sin haber sido reconocida como mi hija.
Es sólo una formalidad, Maximus - Marcianus había conocido al general desde que era un muchacho y sufría en su corazón la muerte de su niña - Maxima. ¿Quién le dio el nombre?
Olivia. No quería que nuestra bebé muriera sin nombre. Está enterrada en uno de mis rincones favoritos de la granja. Bajo un árbol ... un enorme álamo que está junto a la puerta de mi propiedad.
Maximus, cuando un niño muy pequeño muere, suele haber una razón. Si la niña hubiera vivido habría sufrido y tu no hubieras querido que eso ocurriera - Marcianus se puso de pie y tomó a Maximus por los hombros, obligándolo a detenerse por un momento - Mira, ¿por qué no vas con Olivia? En este momento, se necesitan el uno al otro.
No puedo, Marcianus.
¿Por qué no?
El emperador ha prohibido todas las licencias.
Por ti hará una excepción.
Ya se hicieron demasiadas excepciones por mí. ¿Viste que alguien por aquí tenga su propia casa? No. No.
Te puedo otorgar una licencia médica.
No, Marcianus - con un movimiento de sus hombros Maximus se soltó de las manos del médico - Aprecio tu preocupación pero estaré bien y Olivia también. No puedo alejarme en este momento. Tal vez en otoño, cuando las cosas se aquieten de nuevo.
Maximus miró la puerta cerrada del dormitorio y suspiró pesadamente.
¿Lo saben los hombres?
Sí. Cuando la fiesta fue cancelada se preguntaron por qué y pensamos que era mejor decirles la verdad. Desconocen los detalles y, Maximus, permíteme darte un consejo basado en la experiencia. Tómate tu tiempo para llorar a tu hija y no te fuerces a superar su pérdida demasiado pronto.
Maximus asintió.
No entenderán, ¿verdad?
¿Quiénes?
Mis hombres. No entenderán por qué estoy tan mal por la pérdida de una niña.
Tal vez no. Pocos hombres pueden permitirse el lujo de tener hijas.
¿Tú lo entiendes?
Sí, lo entiendo. Nada la reemplazará, Maximus, pero eres joven y tendrás otros hijos ... hijos e hijas sanos; y ellos te darán docenas de nietos; y morirás siendo un hombre muy, muy viejo, rodeado de generaciones de seres amados.
Una pequeña sonrisa pasó brevemente por el rostro de Maximus antes de desaparecer, reemplazada nuevamente por la tristeza atemperada por la esperanza.
¿Lo crees realmente?
Por supuesto. Ahora, voy a irme y a darte el tiempo que necesitas para estar a solas y le diré a todo el mundo que te dejen solo a menos que tú desees compañía. Sin embargo, permíteme que te advierta que, si no te veo en unos días, vendré a buscarte. Puedes hacer tu duelo sin aislarte como tienes tendencia a hacerlo.
Los ojos de Maximus se agrandaron por un momento, luego protestó.
Eres la segunda persona que me lo ha dicho.
Es cierto.
Hizo un gesto de futilidad con sus manos.
No lo hago a propósito.
Lo sé. Es simplemente que eres así pero, a veces, piensas demasiado - Marcianus sonrió cálidamente y se dirigió a la puerta, sus ojos fijos en el águila dorada pintada sobre el dintel. "Cuida a tu general esta noche" le pidió silenciosamente al símbolo de la grandeza y el poderío de Roma para luego volver su mirada hacia Maximus - ¿Quieres que haga entrar a Hércules?
Maximus se inclinó y tocó el piso.
No tiene sentido. Está caliente de modo de que no se quedará.
Sabes dónde encontrarme si necesitas algo. Buenas noches, Maximus.
Gracias, Marcianus.
Maximus se quedó allí parado durante un largo rato antes de dirigirse finalmente hacia su escritorio, donde tomó tinta y papiro. ¿Cómo podía ser que su mundo se sintiera tan vacío tras haber perdido a un bebé al que nunca había llegado siquiera a ver? ¿Y cómo podría encontrar las palabras para expresarle a su esposa su dolor y, al mismo tiempo, consolarla por el suyo?
Unas garras rascaron la puerta del dormitorio. Maximus la abrió para encontrarse a Hércules sentado, mirándolo con sus luminosos ojos marrones.
¿Quieres entrar? Te advierto que aquí dentro está caliente?
Hércules entró a la habitación con callada dignidad, sus uñas haciendo ruido sobre el piso de cemento, un ruido que cesó cuando el perro se adentró en la colorida alfombra colocada junto al escritorio de Maximus. Cuando su amo se sentó a escribir, el enorme perro apoyó la mandíbula en su rodilla, sin mover un músculo durante las horas que le tomó a Maximus escribir las palabras más difíciles que jamás tuviera que escribir.
Montado en Argento, Maximus se encontraba en la colina situada directamente sobre el campamento y contemplaba el bosque que ocupaba la orilla opuesta del Danubio. Al cabo de repetidos tirones a las riendas, el semental finalmente obtuvo el privilegio de bajar la cabeza y mordisquear las raíces de los suculentos pastos nuevos. Mariposas amarillas revoloteaban en torno al hocico del caballo y éste resopló varias veces para alejarlas, sacudiendo ocasionalmente sus crines para desalentar a las moscas primaverales que volaban en torno a sus orejas.
Un enorme abejorro zumbó perezosamente en dirección hacia Maximus y éste lo contempló mientras se acercaba, transfigurado por el grácil vuelo de tan desmañado insecto, hasta que llegó tan cerca que sus ojos bizquearon tratando de mantenerse enfocados en él y el bicho maniobró de lado para evitarlo. El abejorro luego se zambulló hacia una flor de brillante color amarillo que ondulaba por sobre la cabeza de Hércules mientras éste yacía pegado a la tierra. Las mandíbulas del perro se cerraron de golpe, fallando piadosamente en su intento de capturar al insecto, el cual se alejó dejando que Hércules volviera a su posición original. El perro guiñó los ojos mientras vigilaba los hoyos que indicaban la presencia de madrigueras recién cavadas y esperó pacientemente para avalanzarse sobre cualquier conejo joven lo suficientemente desafortunado como para asomar su cabeza.
Maximus movió la mano distraídamente frente a su cara para apartar los mosquitos y las negras moscas que buscaban una presa más fácil que el caballo. Se propinó una sonora palmada en el cuello cuando uno de estos encontró la piel suave detrás de su oreja. Maximus se rascó el lugar del ataque, para luego pasarse la mano por su cuello caliente por el sol, resignado a aceptar los inconvenientes propios de la primavera a la par de sus placeres.
El hombre montado a caballo parecía totalmente relajado, hasta somnoliento, pero sus ojos y su mente estaban fijos en el espeso bosque en la rivera opuesta, donde el tupido follaje hacía ahora imposible detectar los movimientos que se produjeran entre los árboles. Hasta el momento, todo estaba tranquilo pero sus exploradores le habían dicho que las dos tribus más importantes – los Marcomanni y los Quadi – estaban celebrando intensas reuniones y bien podían haber forjado una alianza. Esas no eran buenas noticias.
Pensé que te encontraría aquí.
Maximus se volvió en su silla para enfrentar al dueño de esa voz familiar.
Dormitando al sol, ¿no es cierto? ¿No les encantaría a los bárbaros encontrarte así? Qué bueno que tienes guardias que te cuidan - dijo Quintus con una sonrisa mientras guiaba su caballo para colocarlo junto al de su general.
Maximus estrechó la mano de su legado.
Quintus, es maravilloso tenerte de regreso. ¿Cómo estás, amigo?
Bien y feliz de estar de vuelta - echó una mirada a través del río - Es agradable ver que todo está tranquilo.
Me temo que no durará mucho. Ven, sentémonos allí a la sombra. Quiero escucharlo todo sobre tu viaje - Maximus desmontó y se dirigió hacia un par de grandes rocas que sobresalían de la ladera de la colina junto a un bosquecillo de robles jóvenes - Se te ve bien.
Estoy bien - respondió Quintus mientras se acomodaba entre los ranúnculos, su espalda contra una piedra. Arrancó una brizna de pasto y mordisqueó el tallo suculento. Maximus se sentó a su lado sobre una roca plana, una rodilla doblada sosteniendo el peso de su antebrazo derecho, mientras Hércules seguía probando suerte con las madrigueras de los conejos.
¿Alguna novedad de Roma? - lo urgió Maximus cuando Quintus permaneció callado.
Nada políticamente excitante. Calpurnius Piso y Salvius Julianus fueron elegidos cónsules poco antes de que partiera. La gran noticia es que la emperatriz murió un mes atrás.
¿Murió Annia Galeria Faustina? Commodus mencionó que no se encontraba bien - Maximus había visto a la emperatriz sólo una vez y ésta no lo había impresionado favorablemente, pero había sido la esposa de su emperador y le dolía pensar que Marcus Aurelius pudiera estar perturbado - ¿El emperador estaba allí?
Toda la familia estaba allí cuando partí y Roma está oficialmente de duelo.
¿Los viste?
No, pero mi padre me dijo que Commodus estaba especialmente trastornado y que Lucilla está tratando de cuidar tanto de su padre como de su hermano.
Supongo que eso quiere decir que no veremos a Marcus por aquí en un tiempo. Esperemos que los germanos se porten bien - a continuación, Maximus cambió de tema con la rapidez que le era tan familiar a Quintus y llevó la conversación haca asuntos personales - ¿Qué hay de ti? - le sonrió - ¿Cómo anduvo tu viaje?
Bien.
Maximus arqueó una ceja.
¿Casado? - aventuró.
Como lo ordenaste.
¡Qué! - Maximus estalló en carcajadas, haciendo que Hércules interrumpiera momentáneamente su cacería, sus oídos alerta a la voz de su amor – Quintus, eres un soldado de lo más obediente - le propinó un codazo a su compañero - ¿Cómo se llama?
Antonia.
Antonia - repitió Maximus - ¿Dónde la conociste?
En la ceremonia nupcial.
Hmmmm, un matrimonio arreglado. Siempre tan romántico.
Quintus se encogió de hombros.
El hombre de familia eres tú. Bien ... dime, ¿qué fue esta vez? ¿Otro hijo?
Maximus dio vuelta la cabeza y contempló los distantes picos color púrpura.
Una hija.
Sorprendido por la expresión solemne de Maximus, Quintus preguntó:
¿No te complace?
Murió al poco de nacer.
Desacostumbrado al sentimentalismo, Quintus buscó palabras para expresar su simpatía.
Lo siento - fue todo lo que logró decir.
Maximus asintió.
Se quedaron en silencio por un rato, Quintus decididamente incómodo.
Entiendo que pasa mucho ... que los bebés mueran, digo. Es ... bueno, no es como si la hubieras visto.
La vi, Quintus, en mi mente. Era exactamente igual a su madre. Hermosa, con rizos negros y piel blanca. Tenía una sonrisa dulce y una voz como una campanita.
No insistas con el tema, Maximus. Es obvio que no debía ser.
Sabes, Quintus, mucha gente me ha dicho eso recientemente y lo he estado pensando pero lo que no entiendo es esto: si no estaba dispuesto que tuviera una hija, entonces, ¿por qué fue concebida?
Tal vez estaba dispuesto que perdieras una hija.
¿Y por qué habría de ser así? - lo desafió Maximus.
Tal vez, para hacer de ti un hombre aún más fuerte. Tal vez, para hacer que aprecies más la vida. Maximus ... - la voz de Quintus tenía un toque de exasperación - haces demasiadas preguntas.
Silencio.
Quintus miró la mandíbula rígida de Maximus y buscó el modo de aligerar la conversación.
Vi tu nueva casa. ¿Te estás ablandando un poco al llegar a la mediana edad? Suelos calefaccionados, un baño interno ... pronto empezarás a ponerte tan gordo como Jonivus de puro malcriado.
Los labios de Maximus se torcieron en una mueca.
¿Celoso?
Absolutamente.
Bueno, en las frías, ventosas noches puedes unírteme para un juego de ajedrez ... antes de retirarte a tu oscura, helada tienda para pasarte la noche tiritando.
Eres tan amable.
Tengo que admitir que nunca me sentí tan seguro en un campamento. Aún si los bárbaros lograran cruzar la puerta, tendrían que esforzarse mucho para llegar hasta mí, escondido y abrigado en mi pequeña fortaleza.
El comentario le dio a Quintus la apertura que había estado buscando para devolver la conversación al tema militar.
¿Dijiste que esperas que las tribus den problemas pronto?
Maximus asintió.
Está todo demasiado tranquilo. No ha habido señal de actividad de ningún lado del río y sabes que eso es muy inusual en esta época del año. Nuestros exploradores temen que las principales tribus están formando una alianza y eso puede significar grandes problemas para nosotros cuando finalmente encuentren cómo hacerla funcionar.
Entonces, debemos mantener a los hombres bien preparados. Prácticas todos los días - Quintus se sentía aliviado de que la conversación ya no pasara por temas personales. Eran soldados. Los soldados no pierden su tiempo en temas personales.
Sí. La complacencia es otro de nuestros enemigos.
¿Quieres que me ocupe?
Maximus volvió a asentir.
Ahora que estás aquí estoy en libertad de recorrer la ruta del río y verificar los fuertes y campamentos para asegurarme que todas las legiones están tan preparadas como las nuestras.
Quintus se sintió complacido de que le hubieran confiado la responsabilidad de comandar la legión una vez más. Esta vez, no cometería ningún error.
Los dos hombres se levantaron y montaron sus caballos. Siguieron discutiendo sus planes mientras se dirigían al trote al campamento, Hércules corriendo por delante buscando consuelo en la velocidad para la frustración implícita en un día infructuoso en lo referente a la cacería de conejos.
Para principios de septiembre, Maximus conocía tan bien las dos mil quinientas millas de la ruta del río que podía recorrerlas dormido ... y a veces no estaba seguro de no estar haciéndolo. Hacía rato que había dejado de notar la belleza del majestuoso paisaje y se limitaba simplemente a mirar hacia adelante, mientras cabalgaba dejando que su mente divagara y que sus guardias abrieran el camino. Era el único momento del que disponía ahora para estar a solas con sus pensamientos y saboreaba con fruición esos instantes de privacidad en los que los que no tenía que hablar de estrategia o tomar decisiones que involucraran la vida de miles de hombres. La primavera se fundió con un sofocante verano casi sin que Maximus lo notara y después el verano se transformó en un otoño tonificante sin que él prestara mayor atención.
Después de tres meses de paz en el transcurso de la que era usualmente la época más explosiva del año, se iba haciendo cada vez más difícil mantener la mente de los soldados concentrada en sus tareas cuando no podían ver ninguna amenaza inminente. Muchos pensaban que, el tiempo que pasaban a diario entregados a las prácticas, podría haber sido dedicado a otras cosas pero Maximus razonaba que un largo período de paz simplemente anticipaba ataques aún más violentos de los habituales. Algunos hombres debieron ser disciplinados por sus generales por insubordinación pero, afortunadamente, ninguno de ellos pertenecía a la legión Felix III porque Quintus estaba haciendo un buen trabajo al mantener a los soldados ocupados. Maximus no había visto de su propio campamento últimamente ... Vindobona apenas un lugar donde descansar en su trajinar por la ruta.
Maximus olió el humo de los fuegos encendidos para cocinar en la aldea cercana al campamento e hizo girar la cabeza para aliviar las contracturas de su cuello y hombros. Ansiaba recuperar su propia cama y sus pertenencias personales. Las pequeñas figuritas talladas estaban siempre con él, por supuesto, pero no llevaba nada más de su familia consigo por temor a perderlo o dañarlo. Las cartas y los dibujos de Olivia estaban celosamente guardados en su baúl y esperaba encontrar nueva correspondencia esperándolo.
Mientras él y sus guardias atravesaban la aldea, alzó la mano en reconocimiento al saludo amigable de los locales. Su existencia dependía del campamento militar y el general Maximus se aseguraba que se les pagara bien por sus productos y trabajo. Las prostitutas de la aldea acortaron un poco más sus faldas cuando Maximus pasó cabalgando e hincharon el pecho haciendo que sus pezones se apretaran contra el delgado tejido que los cubría ... pero Maximus las ignoró como siempre. Aquellas mujeres habían hecho apuestas sobre quién de ellas sería la primera en tenerlo pero, hasta el momento, la recompensa no había sido reclamada. En cambio, tenían que contentarse con los soldados y saludaron a los guardias por su nombre a medida de que pasaban, lo que les causó gran vergüenza en presencia del general.
Maximus sintió cómo la tensión de su cuerpo cedía cuando las puertas del campamento se cerraron tras él y desmontó, pasándole las riendas de Scarto a su cuidador. Retribuyó los saludos de sus hombres pero no perdió tiempo intercambiando banalidades, dirigiéndose en cambio hacia su propia casa. Sus pies no acababan de posarse sobre el primer escalón cuando vaciló, su atención atraída de regreso hacia las puertas, cuando el pesado gemido de sus bisagras indicó que estaban siendo abiertas nuevamente. Se dio vuelta haciéndose sombra en los ojos para ver mejor al jinete desaliñado que entró galopando al campamento a un paso inusual, su caballo cubierto de espuma, jadeando afanosamente en busca de aire.
El hombre se arrojó del maltratado animal y aferró al soldado más cercano por los hombros, casi sacudiéndolo en su prisa por entregar el mensaje. Maximus vio cómo los ojos del soldado se agrandaban y se quedó esperando de pie en el escalón mientras éste se le acercaba a la carrera.
¡Señor!
¿Qué ocurre, soldado?
Este hombre, viene de Colonia. Dice que el campamento fue atacado y han muerto casi todos.
Maximus se mostró cauteloso.
¿Es un soldado de la legión Germanica II?
Eso dice, general. Exige hablar con usted.
Deme unos momentos y luego envíelo aquí. Asegúrese de que está bien vigilado. No sabemos realmente quién es.
Sí, señor.
Pero Maximus ni siquiera tuvo la oportunidad de entrar al atrio antes de escuchar una voz frenética que lo llamaba desde al puerta del campamento.
¡General! ¡General! ¡Tiene que venir enseguida! Colonia. ¡Colonia fue arrasada! - la voz del correo se quebró por la emoción - Están todos muertos, están todos muertos – el hombre anduvo algunos pasos en dirección hacia Maximus antes de que los guardias lo detuvieran.
¿Dónde está Quintus? - preguntó Maximus dirigiéndose a un soldado.
Está de patrulla, señor, fuera del campamento.
Encuéntrenlo y díganle que lo necesito.
Sí, señor - Maximus empezó a darse vuelta para alejarse - ¿Señor? - agregó el soldado.
¿Qué ocurre?
Por favor, tenga cuidado, señor. Podría ser una trampa - el soldado bajó inmediatamente los ojos, avergonzado de haber ofrecido consejo no solicitado al poderoso general.
Gracias, Claudius. Tendré cuidado - Maximus lo despidió con una sonrisa mientras se volvía para entrar al atrio sombreado, donde su sonrisa se disolvió mientras se frotaba los ojos en señal de fatiga.
¿Cuál es su nombre, soldado?
Paullus, general.
Paullus, ¿eres soldado de la legión Germánica II estacionada en Colonia?
El joven asintió y levantó sus ojos enrojecidos para encontrar la mirada tranquilizadora del general Maximus.
Lo era señor. Quedan muy pocos. Masacrados. Fueron masacrados - miró a los dos guardias armados y en posición de firmes a los lados de la silla que ocupaba y su mentón tembló por la emoción.
¿Cuándo ocurrió el ataque?
Hace unas dos semanas, señor. Por la noche.
¿Quiénes atacaron Colonia?
Los Marcomanni, señor. Había miles de ellos ... más hombres que en toda nuestra legión ... y atacaron por la noche, mientras dormían. Mataron a los hombres mientras estaban desarmados ... - la frase terminó en un sollozo ahogado.
Maximus hizo una seña a Cicero para que le diera al atribulado hombre una copa de vino aligerado con agua fría que éste bebió de un trago.
El general se puso de pie y caminó con las manos en la espalda.
¿Qué pasó con tu general?
Está muerto. El general Solinus está muerto. Sé que usted no me cree, señor, y no lo culpo. Pero yo lo vi en Colonia no hace más de un mes. Ordenó que se elevara la altura de la muralla Norte y que se reforzaran las patrullas exteriores. Se quedó en el campamento durante tres días, creo. Y, antes de eso, vino aquel soldado de Africa a visitarlo. ¿Se acuerda?
Maximus suspiró y se frotó el cuello, tratando de contener el dolor de cabeza que se estaba gestando.
Hay muchas legiones mucho más cerca de Colonia que ésta. ¿Las alertaste a su paso?
Sí, señor. Están enviando hombres a Colonia pero el general Nonius me dijo que siguiera cabalgando hasta encontrarlo.
Hizo lo correcto, Paullus. Partiré hacia Colonia en la mañana con parte de mi caballería. No puedo dejar este campo indefenso - Maximus se pasó las manos por su cabello corto - Sólo espero no encontrar más campamentos arrasados en el camino.
¿Maximus? ¿Hay algún problema? – preguntó Quintus desde la puerta.
Maximus contempló a su legado con ojos cansados.
Empezó, Quintus.
El olor pútrido de la carne quemada asaltó las fosas nasales de Maximus aún antes de que el campamento estuviera a la vista. El guardia que iba detrás de él tuvo náuseas pero el general tosió, tragó saliva y siguió avanzando. Galopó por la curva del camino que conducía a la entrada del campamento y tiró de las riendas de Argento, completamente desprevenido para el cuadro de devastación que vio a través de la puerta faltante. Dentro de las paredes calcinadas, el campo había dejado de existir ... no quedaba más que una pila de escombros quemados. Los soldados que habían llegado antes que él usaban máscaras de tela sobre sus narices y bocas mientras quemaban los restos de los soldados de la legión Germánica II, ceniza blanca arremolinándose sobre sus cabezas. Cuando vieron a Maximus, saludaron con la cabeza y prosiguieron con su macabra tarea.
El legado de la legión Primigenia XV se le acercó.
Lo que ocurrió aquí es terrible, general. Hay al menos tres mil hombre muertos en el campamento y otros mil más en los bosques ... despedazados mientras trataban de huir. Los destriparon, les partieron la cabeza ... es terrible.
¿Tenemos algunos sobrevivientes? - preguntó Maximus mientras estudiaba el desastre desde su caballo.
Unos pocos, señor, pero la mayoría se rehusaron a hablar.
¿Por qué?
Están muy avergonzados, pienso. Avergonzados de no haber muerto con sus compañeros.
Voy a acampar con mis hombres en la colina que está de espaldas al viento. Al anochecer, envíeme a un sobreviviente que esté dispuesto a hablar. Quiero echar una mirada
La preocupación inmediata de Maximus era descubrir cuántos germanos habían tomado el campamento tan completamente por sorpresa que habían logrado matar a casi todos sus habitantes. No debía volver a ocurrir.
Hurgó y buscó en el suelo en torno a los cimientos de las murallas calcinadas, revolviendo la tierra y la ceniza para encontrar restos de cuerdas anudadas para formar una escala. Ese debía haber sido el modo empleado para trepar las paredes. Una investigación más minuciosa reveló la presencia de toscas planchas de madera que habían sido usadas obviamente para sortear las zanjas llenas de lanzas que rodeaban las murallas por el lado exterior. Pero, colocar esas planchas en posición, habría demandado organización y los guardias podrían haber dado la alarma de la inminente invasión con facilidad. Era obvio que los guardias habían sido silenciados previamente. Pero, ¿cómo? En ese momento debía haber cerca de treinta cumpliendo su turno.
Necesitaba hablar con los sobrevivientes.
Maximus sonrió y le ofreció al conmocionado hombre un asiento antes de sentarse frente a él.
¿Cuál es tu nombre, soldado?
Licinius, señor - dijo el hombre con voz trémula mientras se instalaba incómodamente en el asiento, los brazos apretados en torno a su cintura.
¿Y de dónde eres, Licinius?
De España, señor, como usted - Licinius alzó la vista por primera vez, como rogando comprensión de parte de otro provinciano.
¿De veras? ¿De qué parte de España?
Bilbilis, señor.
Ah ... pasé por allí muchas veces. Es un hermoso lugar.
Licinius sollozó y asintió.
Licinius, estoy seguro de que estás ansioso de ir a casa ... y por cierto que te mereces una larga licencia después de haber parado por lo que pasaste.
No la merezco ...
No hiciste nada malo, Licinius - lo interrumpió Maximus - Tuviste suerte de sobrevivir.
Las lágrimas se deslizaron por el rostro del hombro y éste se ahogó con las palabras que Maximus apenas pudo escuchar.
Me escondí.
Maximus suspiró.
Bueno, bajo otras circunstancias, eso no hubiera sido lo más aconsejable pero no así en este caso. Entiendo que los soldados fueron emboscados y que los superaban numéricamente.
Sí, señor.
Necesito descubrir cómo ocurrió para asegurarme que otros campamentos no sean vulnerables como éste lo fue. Para ello, necesito tu ayuda. ¿Entiendes?
El soldado asintió con la cabeza.
¿Puedes decirme lo que sucedió - lo que recuerdes - tan detalladamente como te sea posible?
Desperté en la mitad de la noche ... afuera estaba muy oscuro ... cuando los guardias comenzaron a gritar. Salimos corriendo, con nuestras ropas de dormir ... yo y cientos más ... y vimos que la tienda del general estaba en llamas. Los guardias gritaban y la señalaban. De modo de que corrimos a buscar agua e hicimos lo que pudimos. Había mucha confusión ...
¿Viste al general?
No, señor. Nunca salió de la tienda. Las llamas se extendieron con rapidez porque era una noche de viento y todos los hombres salieron de sus tiendas.
Obviamente, sin sus armas.
Sí, señor. Las armas no sirven de mucho cuando se trata de combatir un fuego.
Maximus asintió.
¿Sabes si los guardias permanecieron en sus puestos mientras el fuego se extendía?
Creo que algunos lo hicieron, señor, pero vi que varios se nos unían ... era la tienda del general, señor ... teníamos que tratar de salvarlo.
Entiendo, Licinius. No estoy tratando de echar culpas, sólo de entender los hechos de esa noche. ¿Estoy en lo cierto si pienso que fue mientras los soldados estaban tratando de apagar los fuegos que los germanos saltaron los muros?
Sí, señor. Cayeron sobre nosotros desde todos los muros. Vinieron de todas direcciones, gritando, aullando. Tenían consigo unas armas terribles y empezaron a matar a los hombres a izquierda y derecha. No tuvimos la menor oportunidad.
¿Puedes describirme a los bárbaros ... cómo estaban vestidos? ¿Qué armas llevaban?
Tenían el cabello largo, señor. Algunos lo llevaban atado en lo alto de la cabeza de modo que caía como una cola pero la mayoría lo llevaban suelto en torno a la cara. Algunos de los jefes llevaban yelmos ... unas cosas altas y puntiagudas. Vestían túnicas de mangas largas, creo. Algunos llevaban capas ... muy toscas.
¿Sus armas?
Escudos de madera ... algunos eran altos y ovalados y otros más rectangulares ... y curvos como una fuente. Algunos llevaban hachas y otros espadas. También tenían lanzas y arcos.
¿Usaban armaduras?
Creo que no, no al menos los que yo vi.
Maximus asimiló la información.
¿Qué se robaron?
Todo, señor. Armas, ropas, armaduras, caballos, carruajes, animales, comida ... todo. Usaron nuestras propias armas contra nosotros. Los vi arrojar a los soldados dentro de una tienda y luego prenderle fuego y quemarlos vivos. A otros los despedazaron y destriparon. Fue terrible ... - Licinius se quebró y sollozó.
Maximus se puso de pie y apoyó una mano en su hombro.
Me has dicho lo que necesitaba saber, Licinius. Tan pronto como estés bien te enviaremos a casa. Ve ahora y descansa un poco. Te quedarás en este campamento con mis hombres.
Licinius abandonó la tienda hipando y moqueando, limpiándose la nariz con la manga. Tan pronto como se hubo ido, entró Cicero con un paquete en la mano.
Un correo acaba de entregar esto, señor. Tiene el sello del emperador.
El sirviente se desvaneció en las sombras mientras Maximus rompía el sello y leía la misiva, acariciándose inconscientemente la barba mientras lo hacía.
¿Cicero?
¿Sí, señor? - replicó el sirviente del general al tiempo que emergía otra vez hacia la luz chisporroteante de la lámpara.
El emperador está estacionado con la legión Rapax XXI entre los dos ríos y quiere un informe de la masacre. Cabalgaré hacia allí a primera hora de la mañana. Tú puedes quedarte aquí.
Cicero se alejó para hacer los preparativos y Maximus se quedó algún tiempo con la carta en la mano, contemplando la pared de la tienda. Pero en lugar de la lona blanqueada, una hermosa visión de ojos verdes y rizos rojizos danzó ante sus ojos.
Lucilla estaba con su padre. Lucilla estaba en Germania.