Maximus. Maximus, ha pasado tanto tiempo - dijo Marcus Aurelius mientras estrechaba la mano derecha del general entre las dos suyas - Es tan bueno volver a verte.
Y también es bueno volver a verte a ti, Cesar. Te ves bien - Esto último era mentira. El emperador había envejecido mucho desde la última vez que Maximus lo viera. Las líneas que marcaban su rostro se habían hecho más profundas y su cabello y su barba eran casi completamente blancos. Su melena parecía flotar en torno a su rostro en forma de finos mechones. Parecía más pequeño - ligeramente encorvado - y se movía de un modo vacilante. El emperador se hacía viejo y a Maximus le partió el corazón darse cuenta de ello.
Siento que tengamos que encontrarnos en estas circunstancias, Mi Señor.
Siéntate, Maximus, siéntate. Estaba en Galia con mi hija cuando me enteré de la incursión. Quise enviar a Lucilla a casa pero sabes cuán obstinada puede llegar a ser. Se negó a dejarme solo y ahora se encuentra en este campamento. Desde la muerte de mi esposa, mi hija ha estado revoloteando a mi alrededor como una niñera.
Sentí mucho enterarme de la muerte de la emperatriz, Mi Señor.
Sí, sí, pero estaba muy enferma y es mejor que no haya sufrido.
Maximus asintió con la cabeza.
¿Y cómo está el más grande general de Roma?
Ah ... yo ... estoy bien, Mi Señor, pero me sentiría mucho mejor si este acontecimiento terrible no hubiera sucedido - Maximus aún encontraba incómodas las alusiones a su "grandeza".
Marcus asintió mientras un asistente les servía vino. Maximus bebió un trago de la copa ornamentada mientras escudriñaba los oscuros rincones de la amplia tienda. Lucilla no estaba allí.
Estoy seguro de que estás hambriento. Cenaremos pronto y luego le dedicaremos esta noche al descanso necesario para partir mañana hacia Colonia. ¿Cuánto tiempo nos tomará llegar allí?
Alrededor de dos días, Cesar - Maximus vaciló - Puede que no sea prudente llevar a tu hija, Cesar. El olor es espantoso y hay riesgo de epidemia.
No te preocupes, no irá con nosotros - Marcus sonrió - Puedo imponerme cuando tengo que hacerlo. Aún con ella.
Maximus sonrió fugazmente, sin saber si se sentía aliviado o contrariado.
Bueno, cuéntame sobre los desafortunados eventos que tuvieron lugar en Colonia.
Maximus le relató lo que Licinius le había contado.
Sospecho que la tienda del general Solinus fue incendiada deliberadamente para generar una distracción y sacar a los soldados de sus alojamientos.
Marcus frunció el ceño.
¿Deliberadamente?
Sí. Yo ...
¿Padre?
Dos cabezas masculinas giraron en dirección a la entrada de la tienda.
Entra, mi querida. Maximus está aquí. Sé que estás ansiosa por volver a verlo.
Maximus se puso de pie y giró en dirección a la entrada, la cabeza inclinada, no queriendo tener que mirarla a los ojos hasta que no tuviera más remedio.
No es necesaria tanta formalidad, Maximus. ¿O ahora debería llamarte "general Maximus"? - preguntó Lucilla haciendo un alto tras cruzar la entrada.
Mi Señora, puedes llamarme del modo que prefieras.
Finalmente, Maximus levantó la vista. Oh ... era hermosa. Había olvidado cuán hermosa. Los rizos castaño rojizos le caían por la espalda y sobre los hombros, apartados de su cara y retenidos por bandas de oro incrustadas con pequeñas joyas. Su piel cremosa era impecable, sus brillantes ojos de un verde intenso y sus labios de un suave color rosa. Estaba tan delgada como siempre, sus suaves curvas acentuadas por las cintas azules que rodeaban su cuerpo, sujetando los pliegues de su estola de fina lana.
Bueno, por cierto que ahora eres un general de pies a cabeza, pero prefiero pensar en ti como en un amigo.
Eso es lo que soy, Mi Señora.
Marcus sonrió mirándolos mientras, ubicados en lados opuestos de la tienda, Maximus y Lucilla mantenían la vista fija el uno en el otro.
Por cierto que Maximus lucía magnífico, con su armadura, capa y pieles. Lucilla podía imaginarlo conduciendo a miles de hombres a la batalla con la misma facilidad con que a menudo lo imaginaba tomándola tiernamente en sus fuertes brazos.
Nunca tuve la oportunidad de agradecerte personalmente por el modo tan rápido y eficiente en que respondiste cuando te pedí que defendieras a Roma del complot de Cassius para derrocar a mi padre. Me alivia saber que podemos confiar en un hombre como tú.
Fue un honor y mi deber, Mi Señora - Maximus se inclinó nuevamente y mantuvo la vista baja mientras miraba intencionadamente al emperador.
Captando el pedido de ayuda, Marcus intervino.
Maximus me estaba describiendo el ataque a Colonia y sus sospechas respecto de los acontecimientos que tuvieron lugar en torno a él.
¿Puedo quedarme, padre?
Si lo deseas. Siéntate a mi lado, mi querida. Maximus, toma asiento y prosigue, por favor.
Sí, Cesar - no había modo en que Maximus pudiera evadirse de mirarla. Lucilla se sentó directamente al lado de su padre y podía verla claramente cada vez que miraba al emperador. Trató de mantener los ojos finos en Marcus pero estos se desviaban continuamente hacia su hija, quien brillaba y resplandecía a la luz dorada y cambiante de las lámparas de aceite. Maximus no pudo recordar de qué estaban hablando.
Marcus le sonrió afectuosamente a su atribulado general y lo instó a continuar.
¿Crees que alguien incendió la tienda de Solinus? ¿Por qué?
Maximus se aclaró la garganta.
Es demasiada coincidencia que la tienda del general Solinus se incendiara justo en el momento en que los germanos estaban listos para escalar los muros. Necesitaban una distracción y el fuego sirvió a su propósito.
Marcus asintió.
Continúa.
Es posible que uno de los bárbaros apostado en un árbol lanzara una flecha incendiada por encima del muro. Pero, que lo hiciera de noche, es sumamente raro. Creo que el fuego fue iniciado por uno de nuestros propios soldados. Puede que el general Solinus haya sido asesinado previamente.
¿Un traidor? - preguntó Lucilla genuinamente sorprendida.
Maximus la miró directamente a los ojos.
Sí.
Pero, ¿qué ganaría un soldado haciendo algo tan terrible? - continuó ella.
Una parte sustancial del botín, un lugar prominente dentro de la tribu que nunca podría alcanzar en el ejército - Maximus se encogió de hombros - ¿Quién sabe? En cada legión del Norte hay soldados que hablan las lenguas germanas y soldados que actúan como exploradores. Uno de ellos puede haberse convertido en traidor por razones que sólo él conoce. No creo que los germanos lo hayan dejado con vida. Probablemente lo mataron junto al resto.
Lucilla estudió a Maximus mientras él delineaba sus pensamientos. Ahora era un hombre maduro y mucho más serio de lo que había sido la última vez que lo viera, más de diez años atrás. Ansiaba verlo sonreír su sonrisa atrevida, escuchar su risa profunda y ver sus ojos azules brillando con humor; ansiaba verlo como había sido antes de que el destino los forzara en direcciones opuestas y cada uno de ellos cumpliera con su deber hacia el imperio de modos muy diferentes. Ansiaba verlo como había sido cuando se habían profesado mutuamente su amor juvenil.
Lucilla había creído que sus fantasías acerca de Maximus morirían en el momento en que volviera a ver al hombre real ... que éste nunca alcanzaría los estándares imposibles de sus sueños ... pero el agitado latir de su corazón mientras lo veía hablar con su padre, gesticulando con sus manos grandes y expresivas, le dijo claramente que aún lo amaba. Si es que esto era posible, Maximus era aún más magnífico que nunca, ahora que cargaba con la responsabilidad de la región Norte del imperio romano sobre sus anchos y fuertes hombros. Su presencia era arrolladora. Llenaba completamente la estancia. Lucilla miró a su padre. El también amaba a Maximus. Podía verlo en sus ojos cuando contemplaba al general. Nunca, jamás había mirado a Commodus con esa expresión de amor. Lucilla emergió bruscamente de su abstracción cuando su conciencia captó la palabra "escarmiento".
¿Qué? - preguntó confundida.
¿Estás cansada, mi querida? - le preguntó su padre preocupado.
No, no. ¿Qué le acabas de decir a Maximus?
Que los germanos deben recibir un serio escarmiento por lo que hicieron, Maximus estuvo de acuerdo en conducir una incursión punitiva en el territorio de las tribus.
Lucilla sintió como si alguien la hubiera asestado un terrible golpe en la espalda, haciéndole soltar dolorosamente el aire de sus pulmones. ¿En territorio enemigo?
¿Crees que eso es prudente, padre? - se dirigió a Marcus pero sus ojos estaban fijos en Maximus - Suena extremadamente peligroso - Lucilla dirigió una mirada de preocupación hacia el rostro de su progenitor - Espero que no estés planeando participar.
Marcus se echó a reír.
Mi querida, es obvio que sólo estabas escuchando a medias. Maximus puso muy en claro que no quiere ser responsable de mis viejos huesos en esta incursión. Me quedaré en su campamento.
Aquello era sólo la mitad de lo que Lucilla quería escuchar.
Padre, ¿crees que es aconsejable arriesgar la vida del más valioso general romano? ¿Es necesaria esta incursión?
Es muy necesaria y Maximus es el único que puede conducirla. Fin de la discusión. Lucilla, por favor, ve a averiguar si nuestra cena está lista.
Ella dirigió sus ojos doloridos hacia Maximus, quien la estaba mirando con curiosidad. ¿Podría leer sus pensamientos? ¿Se daba cuenta de lo que sentía por él? Se levantó rápidamente y salió de la tienda en un torbellino de seda, lana y oro antes de que él pudiera atisbar algo más de lo que pasaba por su mente.
Los dos hombres permanecieron callados por un momento, cada uno de ellos perdido en sus propios pensamientos. Maximus contemplaba el líquido rojo de su copa, haciéndola girar una y otra vez entre sus dedos.
Marcus notó su agitación.
- Aún se preocupa mucho por ti, sabes - aventuró finalmente - Y ... puede que me equivoque ... pero creo que tu sientes lo mismo por ella.
El movimiento de la mano de Maximus se detuvo al tiempo que éste fijaba sus ojos en los de Marcus.
Mi Señor ... soy casado.
Marcus movió la mano en un gesto de irritación.
Sí, sí, lo sé. Pero, ¿desde cuando ser casado significa borrar de la mente todo pensamiento acerca de otras mujeres? En especial de una a la que se amó ... ¿y tal vez todavía se ama?
Maximus permaneció obstinadamente callado, sus ojos fijos otra vez en el vino, su mandíbula firme.
Marcus suspiró mientras estudiaba al hombre al que quería como su yerno más que a ningún otro en el mundo. No era la primera vez que lamentaba haberle dado a Maximus permiso para casarse tantos años atrás.
¿Tu matrimonio aún es feliz?
Sí, Mi Señor - Maximus no tenía intenciones de entrar en detalles acerca de su esposa, su hijo y su hija muerta.
Marcus se puso de pie y sonrió mientras tendía su mano hacia Maximus, apoyándola en el hombro del joven general cuando éste se levantó.
- Está bien, está bien. No te enojaré más insistiendo con el tema. Ven, comamos y relajémonos y hablemos por un rato de otras cosas.
Pero la cena distó mucho de ser relajada, ya que Maximus se tuvo que sentar tan cerca de Lucilla que a veces, mientras comían, sus brazos se rozaban. Se disculpó a la primera oportunidad, aduciendo fatiga, y se dirigió hacia su tienda atravesando el preaetorium.
¿Maximus? - susurró la voz desde las sombras a sus espaldas.
Fingió no haber escuchado y siguió caminando.
¡Maximus! - esta vez, Lucilla se aseguró que la escuchara.
Se detuvo pero no se dio vuelta.
Ven aquí, por favor.
¿Tenía que obdecerla? Era la hija del emperador de Roma pero, ¿esto quería decir que tenía que obedecerla? No se movió.
Tan obstinado como siempre, por lo que veo - dijo Lucilla mientras salía de entre las sombras para pararse frente a él, sus torsos casi tocándose - Sólo quería agradecerte por desalentar a mi padre de sus intenciones de acompañarte en la incursión.
Ya no tiene edad de hacer esas cosas, Mi Señora. Viajaremos de noche con los pertrechos mínimos. Será difícil y peligroso.
Y, aún así, ¿debe hacerse? ¿Debes arriesgar tu vida por el honor de Roma?
Sí.
Su voz profunda hizo correr escalofríos por su espina. Lucilla tendió su mano para tomar la derecha de Maximus. El trató de apartarla pero Lucilla lo aferró por la muñeca y atrajo su mano hacia ella, obligándolo a abrir los dedos cuando los cerró en un puño. Con el pulgar le acarició la palma mientras que, con la yema de los otros dedos, le acariciaba los nudillos. Se sintió satisfecha cuando notó que su mano se relajaba y que Maximus tomaba aliento trabajosamente.
Guardas tus rencores por mucho tiempo, Maximus.
No guardo ningún rencor, Mi Señora.
Trató de retirar su mano pero Lucilla le aferró la muñeca con su otra mano, sujetándolo como una pinza y la atrajo otra vez hacia ella, continuando con su caricia hasta que él la obligó a detenerse cerrando los dedos en torno a su pulgar. Ella rió suavemente.
Maximus, llámame Lucilla, como solías hacerlo.
El se negó.
Por favor.
Permaneció mudo.
El enojo la volvió imprudente.
Te lo ordeno.
Oh, las cosas no estaban yendo como ella esperaba. Se le acercó más aún pero él dio un paso atrás y, tirando con fuerza, arrancó su mano de entre las de ella.
Lucilla - siseó y luego se dio vuelta.
Maximus, si no hablas conmigo aquí y ahora haré que los pretorianos te saquen a la rastra de tu tienda y te traigan a una audiencia. Puedo hacerlo y sabes que lo haré. Si es necesario, te haré encadenar.
Maximus no tenía la menor duda de que lo haría. Cuadró los hombros y, mientras se daba vuelta, se obligó a hablar con un tono calmo y cortés.
¿Qué es lo que necesitas hablar conmigo en forma tan urgente, Mi Señora?
Maximus se dio cuenta de que tres de las doncellas de Lucilla se cubrían la boca con la mano para disimular sus risitas al tiempo que se ocultaban detrás de la cortina de la entrada de su tienda. Esperó que se estuvieran divirtiendo.
Yo ... Yo quería agradecerte por tu rápida respuesta a mi carta acerca de Cassius ...
Maximus alzó el mentón y dejó que el sarcasmo tiñera sus palabras.
Ya me diste las gracias por eso.
Ella lo ignoró.
También quería hablar contigo acerca de mi hermano.
¿Commodus? ¿En qué está tu hermano ahora?
Lucilla se frotó los brazos por debajo de la capa.
Maximus, hace frío. ¿No quieres entrar?
No - susurró firmemente y enfatizó la negativa con un movimiento de su cabeza.
La muerte de mi madre afectó a Commodus más de lo que nadie imaginó que lo afectaría. Pasa sus días rumiando su malhumor o dirigiendo su furia y dolor contra los esclavos. Yo ... yo temo que se está volviendo loco, Maximus. Es muy inestable pero mi padre está demasiado ocupado leyendo, escribiendo y guerreando como para verlo. Una de las razones por las que estoy aquí es ... es porque necesitaba poner distancia entre mi hermano y yo por algún tiempo. El ... él ... - tragó saliva.
Su tono abatido dijo más que sus palabras y, a pesar de su esfuerzo por permanecer neutral, Maximus se sintió preocupado por ella.
¿Lo has hablado con tu padre? - preguntó suavemente.
Sí, pero no le preocupa. Descartó mis temores como frívolos y sin fundamento.
¿Qué puedo hacer yo?
Mi padre te escucha. Si le dijeras lo que te he contado, te escucharía.
También sabe que no he visto recientemente a Commodus, de modo de que esa información no proviene de mi observación personal.
Lucilla se le acercó nuevamente y lo aferró por los hombros, por debajo de los protectores unidos a la coraza.
Entonces, ven a Roma y velo por ti mismo.
Maximus le sonrió por primera vez desde que llegara a la legión Rapax pero la suya era una sonrisa irónica, no la sonrisa tierna que ella tanto ansiaba.
Lucilla, aquí tengo demasiadas responsabilidades como para ir de visita a Roma.
Deja que otro hombre conduzca la incursión y regresa conmigo a Roma - Maximus sintió cómo los pulgares de Lucilla le acariciaban los bíceps tentadoramente.
Así que era esto. Un engaño para hacerlo ir a Roma.
¿Cómo sé que me estás diciendo la verdad?
Los dedos de Lucilla aferraron sus brazos, las uñas clavándose en su carne.
Nunca volverás a creer en mi, ¿verdad?
Sus ojos azules se clavaron en los verdes de ella.
No.
En lugar de apartarse como él había esperado, Lucilla se le acercó aún más y susurró junto a su boca:
Hice lo que tenía que hacer.
Cuando los labios de Lucilla rozaron los suyos, Maximus ladeó bruscamente la cabeza y el beso se perdió contra su suave barba. Sin dejarse intimidar, Lucilla apretó los senos contra su coraza metálica y le acarició la mejilla y la oreja con la lengua, mientras le sujetaba fuertemente los brazos, manteniéndolo inmóvil con sus afiladas uñas. Era perfectamente consciente de la fuerza de esos brazos ... de que, si lo deseaba, Maximus podría liberarse fácilmente de ella ... pero él parecía tan atrapado por sus tumultuosas emociones como ella misma. Lentamente, Maximus volvió a girar la cabeza y buscó los labios de Lucilla con los suyos. Con una mano la aferró del cabello, al principio dolorosamente, luego con suavidad, mientras sus dedos exploraban los rizos, hundiéndose finalmente en ellos hasta encontrar su cuero cabelludo. El beso de Maximus reflejó los movimientos de su mano: violento primero, después suave mientras su lengua le acariciaba los labios, luego invasivo mientras ésta se adentraba en su boca de una manera a la vez posesiva y demandante. Le pasó el otro brazo por debajo de la capa y la apretó firmemente contra su pelvis, demostrándole sin rodeos cuánto la deseaba. Lucilla gimió al tiempo que años de deseo inundaban sus ingles y se le aflojaban las piernas. Le acarició el pelo y luego lo aferró del cuello, frustrada al encontrar su espalda cubierta por la armadura. Deslizó sus dedos por la abertura de la coraza tan adentro como pudo llegar mientras que, con la otra mano, exploraba bajo su túnica hasta encontrar la piel desnuda y ardiente de su cintura.
Maximus la empujó hacia las sombras con su cuerpo, arrinconándola contra un grueso poste.
- ¿Es esto lo que quieres de mí? - demandó furioso - ¿Es para esto que me quieres en Roma? - La mano de Maximus se apoderó de uno de sus senos y le atormentó el pezón, pellizcándolo y tironeándolo a través de la delgada tela, mientras su boca se hundía en el cuello de Lucilla.
Ella jadeó, entendiendo apenas sus palabras.
No ... sí ...
La boca de Maximus se apoderó nuevamente de la de ella y le aferró las nalgas con ambas manos. Forzándola a abrir las piernas, apretó su pelvis contra la de ella de un modo casi doloroso - Una vez me hiciste esa oferta, ¿lo recuerdas?
Lucilla luchó con las hebillas a los lados de la coraza, desesperada por sentir el cuerpo de Maximus contra el suyo.
El la empujó con fuerza contra el poste.
¿Lo recuerdas? - demandó.
Yo no ... yo no ... - había aflojado las hebillas lo suficiente como para poder deslizar una mano dentro de la coraza y extendió sus dedos sobre el corazón de Maximus que latía desbocado, cuando ambos se sobresaltaron por el paso de cuatro pretorianos hablando en voz alta a sólo quince pies. Los guardias no notaron a la apasionada pareja porque sus ojos estaban fijos en las hermosas doncellas de Lucilla.
Maximus apartó las manos de Lucilla de su cuerpo y las sujetó firmemente con una de las suyas, levantándolas por encima de su cabeza y sosteniéndolas contra el poste.
Puedes tener a cualquier otro amante que quieras. ¡Yo no estoy disponible! -barbotó y la soltó tan bruscamente que Lucilla casi cayó al suelo.
Aferrándose al poste para recuperar el equilibrio, lo vio girar en redondo, su capa desplegándose como las alas de un murciélago para luego envolver su cuerpo y caer finalmente sobre su espalda.
Pero sólo te deseo a ti - susurró Lucilla mientras sus doncellas la rodeaban, para gran confusión de los pretorianos que miraron primero a las mujeres y luego al general que se alejaba rápidamente.
Temprano a la mañana siguiente, sintiéndose miserable, Lucilla permaneció de pie bajo la fría llovizna, agradecida de que ésta disimulara sus lágrimas, mientras Maximus y su padre, montados en sus caballos, se preparaban para partir hacia Colonia. Las trompetas anunciaron el inicio del viaje y las pesadas puertas del campamento se abrieron. Vio desaparecer el estandarte del águila dorada, seguido por las banderas púrpura y oro del emperador. Vio cómo los pretorianos vestidos de negro flanqueaban a su padre mientras éste se daba vuelta en la silla para decirle adiós con la mano. Vio a Maximus poner en marcha su caballo y después lanzarle una breve mirada, sus ojos llenos de remordimiento, para después mirar otra vez hacia delante, su rostro sombrío. Lo vio cabalgar a través de la puerta y salir de su vida una vez más.
Poco después, partiría para Roma, sus fantasías acerca del general montado en su semental negro, su único abrigo en el largo camino a casa.
Maximus se acuclilló detrás del espeso, retorcido matorral, la espada apretada en sus manos. Llevaba puesta una armadura ligera y todos los vestigios de su rango de general habían desaparecido. Sin embargo, los doscientos hombres que se encontraban detrás de él no tenían la menor duda de quién estaba a cargo. Era mediados de enero y otra vez hacía frío. El suelo estaba helado pero había caído poca nieve, lo que hacía que las condiciones para la incursión fueran ideales. No dejarían huellas. Llevaban tres días del lado enemigo del río, durmiendo en las cuevas de las montañas durante el día y moviéndose sólo de noche. Habían sorteado aldea tras aldea, buscando sólo aquellas que pertenecieran a la tribu de los Marcomanni ya que no deseaban lastimar a inocentes. El general lo había puesto muy en claro antes de cruzar el río. Ejercerían su venganza contra aquellos que habían matado a sus camaradas, no contra sus familias o contra otras tribus. Maximus sabía que, como siempre ocurría en estos casos, algunos inocentes morirían pero había prohibido estrictamente el asesinato indiscriminado y la violación como instrumentos de venganza, a pesar de que estos tenían un largo historial de aplicación. El castigo para cualquier hombre que desobedeciera sería rápido y severo.
Maximus apartó ligeramente las ramas del arbusto y espió la villa que se encontraba en el valle ubicado por debajo de ellos. Todo parecía completamente normal: la gente se movía en torno a las fogatas atendiendo sus tareas cotidianas. Niños vestidos con pieles zaparrastrosas se corrían unos a otros dentro y fuera de las construcciones de madera, mientras sus madres los retaban.
¿Cuántas personas cree que hay allí abajo? - preguntó Maximus a Julius, el legado de la legión Primigenia XV.
Hmmmm ... tal vez trescientos o cuatrocientos como máximo. Difícil de calcular cuántos hay dentro de las viviendas. No veo muchos hombres.
Maximus asintió con un gesto de su cabeza.
Los que veo son viejos. Es obvio que, en este momento, los guerreros están en otra parte de modo que tendremos que ser pacientes y esperar hasta que vuelvan.
¿Está seguro de que éste es el lugar, señor?
Maximus volvió a asentir.
Mira lo que hay sobre la puerta de la casa comunal al Norte de la aldea.
Julius soltó una exclamación.
El águila de la legión Germanica II.
Exacto. Un espléndido trofeo para exhibir ante las demás tribus. Este es el lugar - miró hacia la colina que parecía totalmente desprovista de vida humana - Dile a los hombres que regresen a la cueva en grupos pequeños y luego mándame a Jonivus.
En cuestión de instantes, el hijo del ingeniero estaba a su lado, emocionado por haber sido convocado para servir al general.
Jonivus, necesito que hagas algo por mí. Voy a regresar a la cueva con el resto de los hombres. Necesito que tú y otros tres exploradores se acerquen a la aldea lo más que puedan y me hagan saber cuando regresen los guerreros. Puede tomar algún tiempo de modo que tendrás que ser paciente ... y muy, muy cuidadoso. Bajo ninguna circunstancia debes permitir que te vean. Si te capturan, puede que no logre rescatarte.
Sí, señor. Lo entiendo.
Aquí. Ten mi abrigo - Maximus se quitó la piel negra que lo envolvía y la colocó sobre los hombros del joven.
No la necesito, señor.
Sí que la necesitas. Cuando lleves un tiempo allí afuera, vas a tener mucho frío. La necesitas más que yo. Estaré acostado junto a un lindo fuego en la cueva - Maximus alborotó el cabello rebelde cabello rojizo del muchacho afectuosamente y se deslizó hacia las sombras sin hacer ruido.
Dentro de la cueva, la conversación era casi inexistente. Cada uno de los hombres había sido elegido especialmente para esta incursión entre una serie de legiones por sus condiciones pero Maximus conocía a pocos de ellos personalmente. Los instruiría nuevamente antes de que entraran en acción pero, hasta ese momento, la mayoría dormía, sus gruñidos y ronquidos aumentados por la cavidad hueca de la cueva.
Maximus contempló el fuego y miró cómo las chispas se elevaban en una espiral antes de apagarse sólo para ser seguidas por otras. Se movió buscando una posición más cómoda pero se dio por vencido, resignado al dolor de espaldas que resultaría de estar acostado en el húmedo suelo de piedra de la cueva. Yacía de costado, con la cabeza apoyada sobre el brazo doblado y dejó que su mente vagara hacia donde quisiera. Una tentadora visión de cabello castaño rojizo y ojos verdes invadió sus pensamientos de inmediato, su inconfundible imagen ondulando ante sus ojos, llamándolo. Maximus parpadeó, tratando de borrar la visión, pero la imagen de Lucilla siguió atormentándolo.
Estaba disgustado consigo mismo por el modo en que la había tratado aquella noche semanas atrás. Por cierto que ella había intentado seducirlo pero él no había tratado seriamente de disuadirla y, al no hacerlo, la había alentado. No podía engañarse a sí mismo diciéndose que no había sido un participante voluntario, listo para hacerle el amor a pesar de su furia por su intento de atraerlo a Roma. Diez años atrás, había tratado desesperadamente de convencerlo de que se uniera a los pretorianos y se convirtiera en su amante secreto y parecía seguir queriendo lo mismo, a pesar de su alta posición en el ejército ... y su matrimonio.
Maximus se sentó y removió el fuego con un palo, diseminando otra lluvia de chispas que danzó en la oscuridad. ¿Cuán lejos habría llegado si aquellos pretorianos no hubieran aparecido? ¿La habría hecho suya allí mismo, en el praetorium, contra el poste, tal como su cuerpo le había pedido a gritos que lo hiciera? ¿O habría prevalecido el buen sentido? Desconocía la respuesta y eso lo ponía nervioso. Lucilla parecía ser la única persona en el mundo capaz de romper sus barreras morales y tentarlo a ir en una dirección en la que no quería ir.
Maximus dobló las rodillas y las rodeó con sus brazos, tratando de conservar el calor de su cuerpo, mientras seguía contemplando las llamas como en un trance. ¿Debería escribirle y pedirle perdón por lo que había hecho ... o por lo que no había hecho? ¿Debía decirle que casi había hecho que su caballo diera la vuelta y galopado de regreso a sus brazos, dejando que su padre viajara a Colonia solo? ¿Debía confesarle que, cada noche transcurrida desde su encuentro, su descanso había estado plagado por sus sueños con ella, sueños plagados de una intensa, brutal frustración sexual?
Tal vez debería ir a Roma cuando terminara esta temporada de guerra. Nunca había ido a Roma y parecía apropiado que un general del ejército fuera allí. Y en Roma estaría ella ... esperándolo ...
¿Sería posible amar a una mujer pero desear tanto a otra? ¿Sería posible que Marcus tuviera razón y lo que sentía por Lucilla fuera más allá del deseo carnal?
A pesar de amar a Olivia, Maximus a veces se preguntaba cómo habría sido su vida si, diez años atrás, hubiera aceptado la propuesta de Lucilla. ¿Habría sido feliz en Roma? ¿Lucilla se habría cansado de él o él de ella? No podía imaginarse a sí mismo siendo feliz en una ciudad ... ni siquiera en Roma ... pero en realidad no sabía si sería o no feliz porque nunca lo había intentado.
¿Por qué estaba empezando a tener segundos pensamientos sobre las elecciones que había hecho en su vida? Maximus contempló la oscuridad más allá del fuego y se sintió más solo que nunca. Se sintió como si fuera la última persona existente, condenada a vivir para siempre en la oscuridad y la soledad y luchó contra una profunda sensación de insatisfacción, arraigada en cada aspecto de su vida. Era un general. ¿Y qué? ¿Qué gran alegría le producía eso? Estaba casado pero su familia estaba muy lejos y raramente estaba allí cuando él más la necesitaba. Marcus Aurelius lo amaba como a un hijo pero no era su padre. Era amigo de muchos pero confidente de pocos. Su posición como general lo colocaba aparte de otros por la propia naturaleza de las decisiones que debía adoptar ... decisiones de vida o muerte.
Mucha gente lo admiraba pero no estaba seguro de entender por qué. Se sentía un fraude. No era nada más que un humilde granjero provinciano ... Maximus se puso de pie y tanteó el camino hacia la entrada de la cueva a lo largo de las paredes frías y húmedas. El descontento estaba llevando sus pensamientos hacia lugares peligrosos y necesitaba calmar sus emociones. Su respiración adquirió la forma de una nube blanca que se disipó rápidamente, sólo para ser reemplazada por otra. Miró la luna nueva y se preguntó si Olivia estaría mirando esa misma luna ... o Lucilla.
Se preguntó si los hombres y las mujeres de la villa estarían mirando esa misma luna. Hombres y mujeres cuyas vidas estaba a punto de destruir.
Necesitaba deseperadamente alejarse por un tiempo de ese lugar. Tal vez Roma ...
¡Señor! Volvieron, señor.
Sorprendido, Maximus giró en redondo para encontrarse cara a cara con Jonivus y la expresión perturbada de su rostro tomó al muchacho por sorpresa. Maximus la cambió rápidamente por una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
Buen muchacho. ¿Cuántos hombres crees que haya?
Muchos. Tal vez quinientos - Jonivus lo miró curiosamente - ¿Se siente bien, señor?
Estoy bien. ¿Todos están armados?
Pesadamente armados y tienen espadas y escudos romanos.
Maximus palmeó a Jonivus en el hombro.
Bien hecho - le gustaba ese muchacho ... bueno, ya no era un muchacho. Debía tener veinte años o más - Ve y duerme mientras instruyo a los hombres.
Me gustaría ir con usted, señor.
Maximus movió la cabeza negativamente.
Aún no tienes la suficiente experiencia para este tipo de misión. Además, eres demasiado valioso como explorador. Ve a descansar.
Maximus se quedó solo y contempló la oscuridad, escuchando el sonido del viento frío entre las ramas peladas ... el único sonido en esta noche invernal. Un sonido desesperanzado que parecía anticipar el baño de sangre que comenzaría en cuestión de horas.
Maximus contempló la sangre que chorreaba por sus brazos. Siguió su curso con la mirada mientras ésta caía en forma de pequeños riachos de los cortes que tenía en los antebrazos, rodaba por sus manos y goteaba desde la punta de sus dedos, para caer con un ruido ahogado sobre el rostro sin vida del hombre que yacía a sus pies mezclándose con la de éste antes de que el volumen combinado saturara el piso de tierra, tiñéndolo de rojo.
Ajeno a los gritos que provenían de dentro y fuera de la construcción de madera de techo bajo, Maximus permaneció inmóvil, recuperando sus fuerzas después de la lucha con el jefe de los Marcomanni, al que había sorprendido en su sueño. A pesar de ser físicamente más pequeño que su contrincante, Maximus había tenido la ventaja de la sorpresa, la velocidad y la destreza. El hombre había arremetido con un hacha que extrajo del colchón de paja en el que yacía y la había lanzado con toda sus fuerzas contra la cabeza de Maximus, mientras su esposa aullaba y gritaba pidiendo ayuda. Pero los otros hombres estaban luchando para salvar sus vidas y no podían venir en auxilio de su jefe. La violencia de la pelea era evidente en las paredes salpicadas de sangre y en la vestimenta de ambos jefes, también teñida de un rojo intenso y en los hombros que subían y bajaban al ritmo de la trabajosa respiración del hombre que aún permanecía en pie.
Histérica, la esposa del jefe tribal gritó algo a Maximus mientras retrocedía hacia un rincón, poniendo a sus dos hijos protectoramente a sus espaldas. La mujer hundió su rostro sollozante en sus manos y luego alzó nuevamente la vista y tendió una mano temblorosa, suplicándole al guerrero romano que les permitiera vivir. Maximus alzó ambas manos, indicando que no pensaba lastimarlos. Miró una vez más los ojos sin vida del hombre que yacía a sus pies y luego pasó por encima del cadáver, plenamente consciente de que muy bien podría haber sido él quien yaciera muerto. Con una última mirada a la esposa del jefe bárbaro, Maximus empujó la puerta para abrirla y salió a la noche.
El suelo estaba cubierto de cuerpos de los Marcomanni muertos. Soldados romanos recorrían el campamento, pinchándolos para obligar revelarse a aquellos hombres que se fingían muertos y rematando a los que estaban gravemente heridos. Los sollozos de las mujeres y los niños llegaban desde la casa comunal, donde se encontraban encerrados bajo la custodia de dos guardias, la puerta atrancada por fuera. Los pequeños fuegos encendidos debajo de muchas de las viviendas de madera estaban ganando fuerzas gracias a las ráfagas de viento frío. Los copos de nieve que habían empezado a caer no serían suficientes como para apagarlos.
Maximus les gritó a los soldados que estaban más cerca:
¡Apaguen esos fuegos!
¿Señor? Pensé que quemaríamos la aldea.
No. Las mujeres, los niños y los ancianos necesitan un lugar donde vivir y de qué alimentarse. Dejaremos la aldea en pie.
¡Pero, general, ellos destruyeron nuestro campamento!
En nuestro campamento no había mujeres ni niños. Ahora, haga lo que le ordené.
Varios soldados se miraron unos a otros sin poder creer lo que habían escuchado y luego, a regañadientes, comenzaron a patear tierra sobre las llamas. Julius se acercó a Maximus.
Esa decisión no les gustó, señor -dijo en voz baja.
No me importa, Julius. Sería muy diferente si fueran sus familias las que estuvieran en la casa comunal. Esa gente ya lo pasará muy mal tratando de sobrevivir en esta época del año sin sus hombres.
Julius asintió con la cabeza mientras contemplaba la carnicería.
Hicimos un buen trabajo.
Lo hicimos. ¿Cuántos bárbaros murieron?
Contamos quinientos treinta y nueve, señor.
¿Y nuestros hombres?
Hasta ahora, cuarenta y seis ... prácticamente nada.
¿Qué quiere decir con "hasta ahora"?
No encontramos a tres, señor.
¿Hay muchos heridos graves?
Algunos. Parece que a usted no le vendría mal un poco de atención médica, general.
La mayor parte de la sangre no es mía. ¿Cuántos civiles murieron?
Alrededor de dos docenas. Algunos viejos que creyeron que podían ayudar a los suyos, once mujeres que tomaron armas, cuatro niños y una niña.
Maximus se frotó los ojos con el dorso de la mano, manchándose de sangre aún más.
Echaré una mirada alrededor, Julius, mientras se ocupa de que los fuegos sean apagados. Luego, agrupe a los hombres. No quiero estar de este lado del río cuando se corra la voz sobre esta carnicería.
Sí, general.
Desde donde estaba, Maximus podía ver prácticamente toda el área común de la aldea, de modo que se dirigió a la parte trasera de las chozas para investigar si alguno de sus hombres se encontraba allí herido y había sido pasado por alto. Se negaba a retirarse hasta tanto cada hombre hubiera sido localizado, vivo o muerto. Empuñando aún su espada, hurgó en las pilas de desperdicios y hojas, desplazó algunos troncos de sus prolijos montones e hizo huir despavoridas a las ovejas y las cabras al recorrer el corral.
Había recorrido la mitad del campo cuando finalmente encontró a los tres soldados faltantes. Ocupados como estaban, estos no lo vieron. Tenían a una niña de cabellos color paja de unos doce años tendida en el suelo, sus brazos y piernas abiertos y sujetos por dos de ellos mientras el tercero la violaba, groseramente alentado por sus cómplices. Hacía rato que la aterrorizada criatura había dejado de luchar y ahora permanecía tendida inmóvil con los ojos cerrados, su boca abierta en un grito silencioso.
Así, no vio la espada del general romano cayendo en un arco violento sobre el cuello del hombre que se encontraba a su izquierda; no vio su cabeza caer y rodar mientras su cuerpo se desplomaba hacia atrás sin vida, la sangre brotando a torrentes de su cuello cercenado. No vio cuando el hombre a su derecha alzó las manos a la altura de su rostro, sólo para perderlas junto a su cabeza cuando el general asestó un segundo golpe salvaje.
No vio a su violador alzarse sobre sus rodillas, la sangre retirándose de su pene tan rápidamente como de su rostro mientras éste contemplaba a su ejecutor con una muda súplica. Sólo abrió sus ojos cuando escuchó gritar al hombre, el sonido interrumpido abruptamente por el ruido que hizo la espada al caer, cercenándole la espina dorsal con un crujido nauseabundo y éste cayó de espaldas, sin vida, sus calzas aún arrolladas en torno a los muslos.
Maximus arrojó a un lado la espada ensangrentada y se dejó caer de rodillas, tomando en sus brazos a la aterrorizada criatura, estrechándola protectoramente mientras le murmuraba suaves palabras de consuelo. Sabía que no podía entenderlo pero esperaba que al menos su tono de voz le hiciera comprender que ahora estaba a salvo. Le cubrió las delgadas piernas desnudas lo mejor que pudo y se puso de pié, alzándola en sus brazos y apretándola contra su pecho.
Dio un paso en dirección a la casa comunal y se detuvo abruptamente. Julius estaba de pie junto a la choza, su rostro pálido mientras su mirada iba de Maximus a los cuerpos tendidos en el suelo.
Maximus permaneció en silencio, desafiante, negándose a justificar sus acciones ante nadie.
Ah ... ya ... ya reunimos a todos nuestros muertos y heridos. Los hombres no quieren que dejemos los cuerpos para que ... las mujeres de la tribu los mutilen.
Maximus asintió.
Conmocionado por las ejecuciones de las que acababa de ser testigo, Julius miró nuevamente a los tres cadáveres.
Déjelos -gruñó Maximus.
Pero ...
Las mujeres pueden hacer lo que quieran con esos cuerpos. Esos hombres no merecen ser llamados romanos.
Sí, general.
La pequeña sollozó y Maximus la acunó contra su cuerpo.
Tráigame a una de las mujeres. ¡Apúrese!
Julius tropezó en su prisa por alejarse de la horrible escena pero momentos después reapareció con una mujer germana escoltada por dos soldados. El horror claramente visible en los ojos de ésta fue reemplazado por la confusión cuando comprendió que los hombres muertos eran romanos. Después miró a Maximus y la niña que éste tenía en sus brazos. Maximus se la tendió y se sintió aliviado al ver la comprensión en los ojos de la mujer. Esta abrió los brazos para recibirla, le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y se alejó apresuradamente, la larga cabellera rubia de la criatura flotando tras ellas.
Maximus permaneció inmóvil durante varios minutos, contemplando cómo el espacio negro y vacío donde habían desaparecido iba siendo rápidamente ocupado por una nevada de creciente intensidad.
¿Señor? -dijo el legado finalmente.
Julius, conduzca a los hombres hacia el sur y crucen el río en el primer lugar que sea posible.
¿Qué va a hacer?
Estaré detrás de ustedes. Vaya.
Julius vaciló.
¿Señor?
Vaya -repitió Maximus quedamente.
Cuando por fin estuvo solo, Maximus hurgó en el interior de su túnica y extrajo las dos figuritas talladas que siempre llevaba cerca de su corazón. En ese momento, sentía la impostergable necesidad de sostenerlas en sus manos. Se las llevó a los labios, primero una y luego la otra.
Maximus se quedó mirando hasta que el último romano abandonó la aldea, luego subió los dos escalones que conducían a la entrada de la casa comunal. Poniéndose en puntas de pié, arrancó el estandarte de la legión Germanica II de su lugar de deshonra, astillando la madera cuando el asta dorada se soltó. Luego, retiró la tranca de la puerta y se dio vuelta, caminando lentamente en dirección a la entrada de la aldea, la espada balanceándose contra su cadera y el estandarte sujeto en su mano derecha. En la mano izquierda, llevaba las figuritas talladas.
La puerta crujió al abrirse y las mujeres se asomaron a espiar. Ahora, la nieve estaba caía copiosamente, casi impidiendo el amanecer. Las mujeres germanas contemplaron a la figura que se alejaba e intercambiaron palabras apuradas. Algunas bajaron los escalones recogiendo cualquier cosa que pudiera ser usada como un arma, gritando amenazas y obscenidades al solitario romano. Pero una de ellas se abrió camino desde el fondo del grupo y miró al general reconociéndolo. Extendió sus brazos frente a la furiosa multitud y pronunció algunas palabras ásperas para ganar tiempo. En silencio, urgió a Maximus para que se moviera más rápido pero éste no apuró su paso mesurado. En cambio, se detuvo y se volvió hacia ella, sus penetrantes ojos azules fijos en el único rostro familiar del grupo. Saludó ligeramente con la cabeza y ella le devolvió el saludo. Luego, alzó el águila dorada bien derecha y muy alta por encima de su cabeza y se dio vuelta, disolviéndose como un fantasma en la remolineante, blanca nieve.
Maximus cruzó cabalgando las puertas del campamento de Vindobona para recibir la cálida bienvenida de sus hombres.
Es bueno tenerlo de regreso, general -gritó uno de ellos- Estuvo ausente durante meses, señor.
Es buen estar de regreso, soldado -respondió Maximus sinceramente. Estudió los amigables rostros familiares y se preguntó qué dirían cuando supieran que pronto volvería a irse. Estaba aquí sólo para recoger su correo y dormir por algunas noches en su propia cama antes de salir de nuevo a recorrer otros fuertes y conducir a otros hombres a la batalla. Y, cuando las guerras finalmente terminara, quería volver a España. Necesitaba ver a su esposa y su hijo.
Se inclinó sobre su montura y apretó las manos que le tendían. Las noticias de sus decisivas victorias en las batallas de Germania Occidental multiplicadas por el ataque romano contra el campamento de los bárbaros habían alcanzado Vindobona y sus hombres estaban orgullosos de él. Podría ser el comandante de todas las legiones del Norte pero era su general. Desmontó y le arrojó las riendas al soldado que esperaba por ellas, dirigiéndose hacia su casa sin perder el tiempo, Hércules trotando junto a sus talones. Mientras caminaba, echó una mirada alrededor del campamento, complacido al ver que todo estaba en orden. Quintus había hecho un buen trabajo.
Los pasos de Maximus se hicieron más lentos cuando descubrió a un niño en la distancia. El pequeño, parecía, estaba jugando a la pelota con algunos soldados. Esto era algo altamente inusual. El campamento no era un lugar seguro para los niños y los soldados no tenían permitido traer allí a sus familias. Maximus esperaba que Quintus no se hubiera ablandado en ese aspecto. Decidió ocuparse del problema más tarde y siguió andando en dirección a su casa. Sin embargo, Hércules se detuvo y contempló al niño, sus orejas erguidas de curiosidad.
Vamos, chico. Estoy seguro de que te encantaría jugar con él pero, probablemente, lo aterrorizarías.
Después de otro momento de vacilación, el enorme perro siguió a su amo pero pronto fue distraído nuevamente, esta vez por Jonivus, el ingeniero, quien se encontraba justo fuera del praetorium. Este se palmeó las rodillas y llamó al perro.
Maximus sonrió a Jonivus mientras pasaba a su lado.
¿Desde cuándo Hércules y tu son tan buenos amigos?
Siempre me gustó el perrito, señor -Jonivus sujetó el collar del animal evitando que siguiera a Maximus- Es bueno tenerlo de regreso, señor, y gracias por cuidar de mi muchacho.
Maximus hizo un gesto vago con la mano mientras seguía andando.
Ya en la casa, arrojó sus pieles sobre la cama y soltó las tiras que sujetaban su capa mirando fijamente el lecho que tanto ansiaba ... por una vez, su propio lecho. Había algo diferente en su habitación y sus manos cesaron en su tironeo. Había un olor raro. Olfateó y luego alzó la vista. Rápidamente, encendió otras dos lámparas para multiplicar la luz de la nica que ardía en la habitación. Contempló la pared detrás de su cama por un momento, luego alzó tentativamente una mano para trazar los colores con la yema de sus dedos. Su hogar. Estaba contemplando su hogar en España tal como se lo veía desde el camino; su casa situada sobre la colina, rodeada de árboles cargados de frutos maduros y campos listos para ser cosechados. Algunos ponis correteaban en la colina lejana. Un muro de piedra rodeaba la propiedad, los altos álamos alineados a lo largo del camino que conducía a su casa. Un álamo gigante se erguía orgullosamente junto a la puerta, delicadas flores silvestres rodeando su tronco, el lugar donde su hija estaba enterrada. El cielo era de un azul intenso con deslumbrantes nubes blancas y toda la escena estaba iluminada por la dorada luz del sol. El mural ocupaba toda la pared.
¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía el joven Polybius saber cómo era su hogar a menos que hubiera buscado entre los objetos personales de Maximus y hubiera visto los dibujos de Olivia? ¿Cómo se había atrevido a hacer algo así?
Confundido e irritado, Maximus se dio vuelta y se dirigió hacia la puerta sólo para detenerse abruptamente y se quedó boquiabierto ante la pared que se erguía a su derecha. Estaba cubierta con un retrato tamaño natural y a medio terminar de él mismo, montado en uno de sus sementales negros. Los detalles de su uniforme eran exactos ... la coraza, la capa ondulante y las pieles eran perfectas ... y la similitud consigo mismo sorprendente. Su figura era orgullosa y regia pero la ligera sonrisa en sus labios y sus ojos mostraba al hombre real bajo los arreos de un general. Detrás de la figura se veía el azul del Danubio y los picos purpúreos de las montañas y los verdes bosques de Germania.
Pensé que una pared debía mostrar dónde estabas y la otra dónde debieras estar- la voz le llegó desde la puerta.
El aliento de Maximus se estranguló en su garganta y la sangre se retiró de sus miembros. Empezó a temblar y las lágrimas nublaron su visión, distorsionando la figura del fresco.
¿Maximus?
Olivia corrió hacia él y Maximus la tomó en sus brazos temblorosos, hundiendo la cara en su cabello mientras se echaba a llorar sin asomo alguno de vergüenza. Su esposa le murmuró palabras de amor y le besó la mejilla, la oreja y el cuello, sus ojos brillantes de lágrimas. La voz de Maximus fue apenas un ronco susurro:
¿Cómo supiste que te necesitaba tanto?
Lo supe porque yo también te necesitaba. Oh, Maximus, te extrañé.
Ninguno de los dos notó que Cicero sonreía mientras cerraba la puerta del dormitorio ni escuchó a Hércules gemir cuando le impidió arrojarse sobre Olivia.
¿Cuándo ... -empezó Maximus.
Llevo aquí treinta y seis días enferma de preocupación por ti mientras andabas por allí peleando batallas -Olivia le sujetó el rostro con una mano y besó sus lágrimas -Y no te atrevas a decirme que no debería haber venido.
No deberías pero no lo iré -Maximus la estrechó apretadamente y luchó para controlar el temblor causado por la intensa fatiga y el shock de encontrar a su esposa en Germania- Los dioses escucharon mis plegarias -Maximus estudió su rostro- Te ves hermosa.
Tu te ves horrible y hueles como un caballo -lo provocó Olivia- Voy a prepararte un baño -Pero, a pesar de lo dicho, no abandonó sus brazos.
El niño que vi jugando con los soldados debió ser Marcus. No lo reconocí, ha crecido mucho.
Pronto cumplirá cinco años. Ya no es un bebé.
No, no lo es. Me perdí esa parte de tu vida, ¿verdad?
Puedes recuperarla. Está tan excitado ante la posibilidad de verte.
¿Me recordará esta vez?
Maximus, mientras estaba pintando tu retrato en la pared, me corregía si llegaba a cometer el más mínimo error. Te recuerda bien.
¿Quién lo está cuidando?
Su tío Persius. Convencí a mi hermanito de que me acompañara en el viaje a pesar de sus serias dudas. Sabía que si no lo hacía, partiría igualmente.
Maximus simplemente asintió con la cabeza, su mejilla apoyada en el cabello de su esposa, sus ojos cerrados. Suspiró profundamente.
¿Me haces un favor?
Lo que sea.
¿Te pintarías a ti misma y a Marcus en el mural de nuestra granja, parados junto al álamo grande?
Por supuesto -susurró Olivia, mientras le acariciaba la mejilla- Entonces, ¿te gustan?
Más de lo que puedo expresar. Son increíbles -Maximus la abrazó con tanta fuerza que la hizo soltar el aire de sus pulmones.
Cuando Olivia recuperó el aliento dijo:
Han sido tiempos difíciles para ti, ¿verdad?
Su esposo se limpió la nariz, luego susurró:
Sí. A veces siento que esperan que sea un dios antes que un hombre.
¿Un hombre que es como un dios?
Soy un hombre que necesita desesperadamente a su familia. Nada más.
Bueno, tu familia está aquí para ti, amor mío, y estaremos aquí tanto tiempo como nos necesites.
No, no pueden quedarse tanto tiempo.
Olivia se quedó perpleja.
¿Cuánto tiempo?
Para siempre.
La risa de Olivia fue acallada por el beso de su esposo, un beso que pareció durar para siempre ...
Maximus se llevó un dedo a los labios mientras caminaba hacia el grupo de hombres que jugaba a la pelota, indicando su deseo de observar a su hijo sin que éste se diera cuenta por el momento. El niño había crecido tanto ... ya no era más el infante que había visto por última vez sino un robusto muchachito que podía correr y saltar y patear con gracia y fuerza.
Sonrió al notar que sus hombres moderaban sus habituales expletivos cuando perdían la pelota en honor al hijito de su general y a su hermosa y morena esposa, ambos habiéndose ganado el cariño de cada soldado del campamento mientras esperaban ansiosamente su regreso.
Persius pateó la pelota en dirección a Marcus pero deliberadamente apuntó más allá del chico y ésta rodó hacia Maximus, quien la detuvo con su pie enfundado en una bota. Con los ojos fijos en la pelota, Marcus se dio vuelta para interceptar el puntapié de regreso y se quedó sorprendido cuando el hombre simplemente se quedó allí. Lentamente, alzó la mirada hacia el cuerpo que se erguía a continuación del pie ... la larga capa con las pieles, la moldeada coraza de bronce y la túnica color herrumbre. El hombre se acuclilló y el familiar rostro barbado apareció ante su vista.
¿Papá? -preguntó Marcus, inseguro sobre si se trataba del su verdadero padre o de la personificación de sus sueños y deseos.
Maximus asintió y sonrió, abriendo los brazos para envolver en ellos al niño que corrió hacia él sin vacilar.
Súbitamente, muchos de los hombres tuvieron que dar vuelta la cara y limpiarse las narices mientras su general estrechaba a su hijo contra su corazón, su mano casi tapando la cabecita del niño. Luego de unos quietos y tiernos instantes, Maximus se secó los ojos con los dedos y colocó a su hijo sobre sus hombros, mientras le tendía la mano a su cuñado.
Persius.
El alivio se dibujó en el rostro del hombre más joven.
Feliz de volver a verte, Maximus. Feliz también de saber que no estás enojado.
Debería estarlo. Fue un viaje muy peligroso para mi esposa y mi hijo pero me alegra que estén aquí. Me alegra mucho más de lo que puedes imaginarte. Gracias por acompañarlos.
Bueno, si no lo hubiera hecho, Olivia hubiera partido por su cuenta, sabes.
Lo sé -ambos entendían claramente lo determinado del carácter de la mujer.
Lo cierto es que Titus y los otros no sabían nada acerca de este viaje. Les mandé una carta tan pronto como llegamos y recibí una respuesta, ah ... muy enojada.
Le escribiré a Titus explicándole que todo está bien.
Gracias -Persius apoyó las manos sobre sus caderas y echó una mirada en torno al campamento- Lindo lugar tienes aquí. Todos nos están tratando muy bien. Supongo que ser pariente del general ayuda.
Maximus se echó a reír.
Supongo.
Volver a reír se sentía maravilloso. Miró hacia arriba para ver a su hijo y Marcus se inclinó hacia delante, apoyó el mentón en la frente de su padre y le devolvió la sonrisa. Los soldados que contemplaban la escena no pudieron evitar notar el parecido entre el niño y su padre cuando éste sonreía, si bien en general el chico había heredado los rasgos de su madre.
Vamos, Marcus. Busquemos a mamá.
Maximus sujetó a su hijo por ambos tobillos y se encaminó hacia el praetorium, donde Olivia los esperaba.
¿Dónde está tu caballo? -preguntó el niño.
En el establo.
¿Puedo verlo?
¿Ahora?
Marcus asintió.
Acaba de llegar de un largo viaje y está muy cansado.
Mamá lo pintó en la pared.
Lo ví.
También te pintó a ti montado en él.
También lo vi. Mamá pinta muy bien, ¿verdad?
Marcus asintió y siguió conversando con su padre, mientras Maximus se dirigía hacia el establo con pasos largos y seguros.
Cicero estaba de pie junto a Olivia en la puerta del praetorium.
¿Lo ve? -dijo dirigiéndose a la esposa de su general- Le dije que no tenía nada de que preocuparse.
Olivia miró al sirviente de su esposo con una sonrisa.
Maximus se habría sentido destruido si Marcus hubiera vacilado en ir a él -Olivia soltó el aliento que había estado conteniendo por tanto tiempo- Preparémosle el baño, Cicero. Esta noche no pienso dormir con un hombre que huele como un caballo.
Marcus luchó para equilibrar sobre su cabeza el casco emplumado de su padre pero finalmente el peso resultó excesivo para el pequeño y éste cayó sobre el mosaico con un ruido ensordecedor.
Marcus, ¿qué estás haciendo? -preguntó su madre desde el baño.
Nada -llegó la poco convincente respuesta.
Olivia y Maximus se miraron el uno al otro y ella hizo girar sus ojos antes de levantarse del lugar que ocupaba junto a su esposo, quien se estaba relajando en la bañera. Se secó las manos en su stola y se dirigió hacia el dormitorio para investigar que travesura estaba haciendo el chico.
Maximus bebió un trago de vino y luego sonrió contento, mientras la risa de su esposa alcanzaba sus oídos. Esta regresó enseguida a la habitación seguida por su hijo, quien estaba envuelto en la capa y las pesadas pieles de lobo de su padre. La larga capa color herrumbre se arrastraba sobre los mosaicos empapados como una cola y las pieles venían detrás. Marcus era seguido de cerca por Hércules, quien se las arreglaba para pisar una y otra vez la capa, casi arrancándola de los delgados hombros del niño.
El suelo está mojado. Ten cuidado con eso -lo retó Olivia.
Está bien. Esa ropa está acostumbrada a soportar el maltrato porque la uso en todo tipo de climas y también en batalla. A veces, dependiendo de las circunstancias, hasta duermo con ella. No puede dañarlas -Maximus sonrió a su hijo, quien procedió a marchar alrededor de la bañera con la cabeza en alto y levantando bien las rodillas, tal como él imaginaba que debía hacerlos un general.
¿Dónde está tu espada, papá?
¿Mi espada? Mi espada no es para jugar, hijo. Es muy peligrosa.
Pero necesito una espada para ser un general.
Maximus contempló a su hijo con gran afecto mientras Olivia hundía sus fuertes dedos en los hombros y el cuello de su esposo. Suspiró profundamente y cerró los ojos
Te diré lo que haremos, Marcus. Mañana veré que puede hacerse para conseguirte un uniforme.
¿Lo prometes? -preguntó el niño encantado.
Lo prometo -Maximus volvió a suspirar cuando su esposa descubrió nudos de tensión en sus músculos y procedió a trabajarlos en profundidad. Gimió ligeramente, cuando Olivia encontró un punto particularmente doloroso.
¿Duele?-le preguntó preocupada.
No ... se siente maravilloso.
Olivia besó la mejilla de su esposo y le acarició la oreja con la lengua.
No veo muchas cicatrices nuevas desde la última vez que te vi.
Me temo que mis cicatrices están en lugares que la gente no puede ver.
Olivia estaba pensando lo que su esposo había querido decir cuando Marcus reapareció.
Papá, mírame. ¡Mírame!
El niño había encontrado un almohadón y lo tenía sujeto entre sus rodillas, como si estuviera cabalgando un caballo mientras intentaba de galopar alrededor del baño, tratando de manejar el almohadón, la capa y las pieles al mismo tiempo. Al menos no estaba tratando de montar a Hércules ... por el momento.
¿Te gustaría ir mañana a cabalgar conmigo, Marcus?
¡Sí! ¡Sí!
Daremos una vuelta alrededor del campamento montando a Scarto. ¿Qué tal?
¡Yaaaaaay! -gritó Marcus mientras volvía galopando al dormitorio.
Está tan orgulloso de ti -dijo Olivia mientras aplicaba el jabón al cabello de Maximus, masajeándole el cuero cabelludo- Durante el viaje, cada vez que veía un soldado, le decía a todo el que estuviera escuchando que su papá es un general. Quiere ser como tú.
Mi vida debe parecerle muy romántica y excitante -Maximus echó una mano hacia atrás para acariciar el cabello largo y sedoso de su esposa.
Lo es.
No, no lo es. Es una vida dura y aterradora y solitaria. No quiero animarlo a que sea soldado.
Maximus, por favor, no destruyas sus sueños sobre ti. Hay tiempo de sobra para que descubra cómo es tu vida realmente.
Se echaría atrás horrorizado si realmente supiera cómo es. Y tú también.
Maximus, déjalo disfrutar de sus fantasías por unos pocos años más. Por las noches, se duerme pensando en un hombre vestido con un magnífico uniforme montado en un gran semental negro, conduciendo a miles de soldados vestidos con brillantes armaduras.
Quiero ser real para él, Olivia. No una fantasía hecha realidad.
Eres real para él. En la granja le muestro los árboles comunes que plantaste, la cama común en la que duermes, las ropas comunes que vistes. Conoce ese aspecto tuyo. Pero no entiende este aspecto -con un gesto, Olivia señaló las paredes del baño, queriendo indicar el campamento que se extendía más allá de ellas- No entiende a su papá, el general. Entonces se crea fantasías seguras acerca de su vida para compensar sus miedos cuanto te vas por períodos de tiempo tan largos. ¿Entiendes?
Maximus asintió lentamente.
Déjalo tener esas fantasías. De otro modo ... por las noches temblaría y lloraría en su cama.
Maximus se dio vuelta para enfrentar a su esposa y vio la emoción en sus ojos.
¿Cómo tiemblas y lloras tú?
Sí, como tiemblo y lloro yo. No pretendo siquiera empezar a entender en qué consiste ser un general, pelear guerras sangrientas contra los bárbaros ... matar gente y conducir a tus propios hombres a una posible derrota. Sólo rezo cada noche para que sobrevivas a todo eso y puedas volver a casa un día, físicamente intacto, mentalmente estable y listo para vivir con tu familia.
Estoy listo ahora mismo. Sólo que no es posible -Maximus besó las manos de su esposa- Olivia, lamento hacerte pasar por esto.
Sabía quién y qué eras cuando me casé contigo, Maximus. Entendí el acuerdo y lo acepté como una condición necesaria para amarte. Es difícil pero lo manejo. Vales cada minuto de angustia que he sufrido. Ahora, cierra los ojos mientras te enjuago el cabello.
Con su cabello y su cuerpo limpios, Maximus se acomodó nuevamente en la bañera y Olivia le rodeó los hombros con sus brazos y luego metió sus manos bajo los fuertes brazos de él. Le mordisqueó la nuca.
El agua se está enfriando -murmuró. Maximus cerró los ojos, disfrutando de sentir sus suaves pechos apretados contra su espalda.
Está bien. Es mejor que bañarse en un arrollo helado.
Olivia apretó su mejilla contra la de él.
¿Sabes qué es lo que más me asusta?
¿Qué?
Que te hayas acostumbrado tanto al ritmo frenético y a las responsabilidades agobiantes de la vida de un general que encuentres la vida de un granjero aburrida y opaca en comparación.
Maximus comenzó a protestar pero ella lo hizo callar.
Sé que añoras estar en casa, Maximus, pero, ¿cuántos años tardarás en ponerte inquieto? Eres un hombre acostumbrado a tomar decisiones de vida y muerte, no un hombre que tiene que decidir simplemente cuándo cosechar cierto cultivo o cuándo las aceitunas están maduras. Eres un hombre admirado por miles, tal vez por millones ... no simplemente por su familia. Eres un hombre que se codea con emperadores y oficiales, no con comerciantes y granjeros locales. Estás acostumbrado tal nivel de tensión y excitación en tu vida que temo que hayas llegado a necesitar de ambos, aún cuando no te hayas dado cuenta. Ahora, tu hogar en España es un refugio para ti pero, ¿cómo te sentirás cuando no haya más que ese hogar?
Maximus permaneció callado durante un largo momento antes de volver a hablar.
Me casé con una mujer lista. Cuando estoy aquí, ansío estar en España. Pero, cuando estoy en España, al cabo de un tiempo empiezo a extrañar el campamento y a mis hombres. ¿Soy un hombre destinado a nunca estar completamente satisfecho con lo que soy y lo que tengo?
Olivia tomó su cabeza entre sus manos y le besó los labios tiernamente.
Simplemente, tendremos que tener muchos hijos para que te mantengan ocupado y contento.
Es lo que ansío -susurró Maximus- De paso, ¿dónde va a dormir Marcus esta noche?
En el otro dormitorio, con Persius. He estado durmiendo en tu cama y Marcus se ha quedado con Persius. Quería que se acostumbrara a ese arreglo antes de que llegaras. Esta noche estaremos completamente solos -capturó el labio inferior de Maximus entre los suyos y lo mordisqueó- Y Hércules también puede dormir con ellos.
Maximus le devolvió el beso.
Esposa lista. Hablando de Marcus ... todo está muy quieto en el dormitorio, ¿no te parece?
Olivia se puso de pie y desapareció en un instante. Maximus salió de la bañera y tarareó una melodía alegremente, mientras se envolvía las caderas con una toalla y usaba una segunda para secarse el cabello. Rió entre dientes cuando escuchó la voz de su esposa, proveniente de la otra habitación.
Marcus, ¿qué has hecho? Se supone que no toques las cosas de tu papá ...
Maximus soltó una carcajada mientras se secaba primero un pié, luego el otro y se dirigía descalzo al dormitorio para reunirse con su esposa y su travieso hijo.