La Historia de Maximus

Capítulo 76 – Intimidad

Las brillantes estrellas parpadeaban a través de las tablas de los postigos de las ventanas del dormitorio, completamente inadvertidas por la pareja que se encontraba en la cama, mientras Olivia y Maximus sucumbían a su pasión por tercera vez en la noche, terminando lo que sus dedos y lenguas habían comenzado. Esta vez, ella se encontraba encima, sus piernas a cada lado del cuerpo de él, sus caderas girando en círculos sensuales guiadas por las manos de su esposo, sus largas trenzas barriendo el pecho de Maximus, el cual subía y bajaba con creciente frecuencia a medida de que su ardor se intensificaba. Las palmas abiertas de las manos de Maximus se deslizaron hacia arriba y envolvieron sus senos generosos, los pulgares acariciando los pezones rosados que estaban rígidos de deseo. Largos meses de abstinencia para ambos hacían de su unión algo mucho más dulce, un acto raro y precioso como una gema brillante, raramente hallada pero que bien valía la búsqueda.

Las manos de Maximus se enredaron en el cabello de Olivia y la atrajo hacia él mientras buscaba sus labios, aplastándole los senos contra el pecho mientras sus lenguas se entrelazaban. Maximus se dio vuelta y, por segunda vez en lo que iba de la noche, cayeron de la cama para aterrizar sobre la alfombra tejida, él absorbiendo el impacto con su hombro y cadera.

Maldita cama -murmuró mientras colocaba a Olivia debajo suyo y balanceaba su peso sobre sus antebrazos y rodillas.

Olivia entrecruzó las largas piernas en torno a su cintura y jadeó.

Obviamente, no está diseñada para hacer el amor. Eso me tranquiliza.

Maximus trató de prolongar la mutua pasión haciendo sus movimientos más lentos pero ambos estaban más allá del punto en que esto hubiera sido efectivo.

No tienes nada de qué preocuparte. Mis hombres creen que estoy loco por rehusarme a probar lo que me ofrecen.

¿Mi hermoso marido atrae a las damas?

Es el uniforme -gruñó Maximus mientras sentía el cuerpo de Olivia contraerse convulsivamente en torno al suyo. La risa de su esposa se convirtió en un grito afiebrado y Olivia lo mordió en el hombro, ahogando el sonido pero empujando a su esposo más allá del límite de su control. Lo aferró de las nalgas para apretarlo aún más contra ella mientras Maximus gemía, sus caderas moviéndose de un modo incontrolable; luego sus brazos cedieron y se desplomó sobre ella, lo que le quedaba de energía apenas suficiente para evitar aplastarla con su peso. Olivia lo sujetó entre sus brazos y le acarició el cabello húmedo y el cuello transpirado hasta que su respiración se calmó, luego se retorció hasta que logró salirse de su lugar debajo de él, permitiéndole que se derrumbara exhausto sobre el suelo tibio, su mejilla apretada contra la alfombra y los ojos cerrados.

Aún cuando ella misma estaba agotada, Olivia se sentó con al espalda contra la cama y admiró al figura desnuda de su esposo con el corazón de una mujer y el ojo de una artista. Era hermoso. Con sus ojos, Olivia trazó las curvas y huecos de su espalda, mientras ésta se alzaba y descendía a un ritmo regular, recorriendo cada músculo esculpido desde sus anchos hombros hasta la esbelta cintura. Amaba el punto donde su espina dorsal desaparecía entre sus nalgas firmes y redondeadas y los dos profundos hoyuelos a cada lado de su baja espalda. Sujetándose el cabello con una mano, se inclinó hacia delante y acarició las indentaciones con sus labios. Su esposo no se movió. A continuación, examinó sus miembros ... las piernas derechas y fuertes, tan perfectas como las adornaban las estatuas de mármol de los atletas griegos. Le besó el dorso de las rodillas. Sus brazos eran tan perfectos como sus piernas, pesadamente musculosos y aterradoramente fuertes al cabo de años y años de esgrimir espadas y sujetar escudos. Olivia besó las marcas que sus dientes habían dejado.

Llevando una mano hacia atrás, la mujer tomó una manta de la cama y cubrió sus cuerpos mientras se acurrucaba contra él, su dedo trazando dibujos lentamente en la espalda de su marido. Maximus dio vuelta la cara para mirarlo y ella sonrió ante sus ojos somnolientos.

Pensé que dormías.

Casi. Creo que me quedaré despierto para descubrir dónde me ibas a besar a continuación.

Olivia se echó a reír.

Te amo.

Yo también te amo.

Olivia adoraba el retumbar profundo de su voz.

¿Lamentas que haya venido? -lo provocó.

Maximus tardó en responder.

Aún no.

Olivia quedó sorprendida por la respuesta.

¿Qué quieres decir con "aún no"? ¿Qué llegarás a cansarte de mí?

Nunca. No, lo que quiero decir es que hay una escalada de ataques de las tribus germánicas en territorio romano. Son al azar pero de ellas va emergiendo un patrón y, definitivamente, se dirigen hacia el Este.

Hacia aquí.

Sí. Es posible que Vindobona sea atacada en los próximos meses. O en las próximas semanas.

Olivia se encogió de hombros.

Estaremos a salvo.

Nadie está a salvo -Maximus se dio vuelta para acostarse de espaldas y la tomó en sus brazos- He visto cosas terribles, Olivia. He hecho cosas terribles ... en el nombre del emperador y por la gloria de Roma. No es que crea que lo que hice estuvo mal o que el emperador se equivoca en pedirme que lo haga. Es que muere tanta gente inocente. Creo que es importante retener los territorios conquistados pero Marcus Aurelius quiere más. Quiere empujar la frontera más hacia el Norte una vez que la hayamos estabilizado. Tiene la vista puesta en minas ricas en minerales y gemas. ¿Cuántas vidas costará? ¿Vale la pena que una sola familia romana pierda un padre, un esposo o un hermano? ¿Vale la pena que una mujer germana entierre a su hijito inocente a causa de una herida sufrida durante un sitio?

Olivia se irguió sobre un codo y miró a su hombre.

Oh, Maximus, quisiera poder ayudarte a llevar el peso que cargas sobre tus hombros. Nunca quise hacer que fuera aún más difícil para ti viniendo a este lugar.

Estando aquí haces que ese peso sea más ligero y más pesado.

Bueno, entonces ... está equilibrado.

Maximus sonrió pero enseguida se puso serio.

No puedo quedarme aquí por muchos días. Mi conjetura es que el próximo objetivo que los germanos atacarán es el área de Castra Regina y tengo que ir allí. Lugares como los campamentos y las aldeas que hay alrededor de ellos son particularmente vulnerables.

Entiendo -Olivia se acostó nuevamente, apoyando la cabeza en su hombro.

¿Entiendes? ¿Entiendes realmente cuánto más difícil será para tí saber que estoy en batalla ... que cuando me vaya será para ir a la guerra? Cuando estabas lejos, en España, podías imaginar que estaba a salvo. Ahora será diferente.

Olivia no respondió.

¿Sabes por qué el piso está tan caliente? -preguntó Maximus.

Olivia quedó intrigada ante el repentino cambio de tema.

Sí, tu ingeniero en jefe, Jonivus, estuvo encantado de mostrarme toda la operación. Es muy listo.

Lo es. Pero, sin darse cuenta, creó el único escondite realmente seguro en todo el campamento. Voy a ordenar que apaguen el fuego ... de modo que si volvemos a caernos al piso, estará frío -Maximus sonrió brevemente- También voy a hacer que el área debajo del suelo sea equipada con alimentos no perecederos, así como agua y mantas. Ante la primera señal de peligro quiero que tu y Marcus vayan abajo y permanezcan allí hasta que yo o alguno de mis hombres les abra. Le voy a dar las mismas instrucciones a Quintus y espero que todo el mundo obedezca sin hacer preguntas. Tu vida y la de Marcus pueden depender de ello.

¿Qué hay de Persius?

Aún no sé. Tal vez lo envíe contigo o puedo necesitarlo para otras cosas. Aún no lo tengo decidido.

No es un soldado. No tiene entrenamiento.

Lo sé pero sabe de caballos y puedo necesitarlo en esa capacidad.

Maximus besó la cabeza de su esposa.

Si algo te pasara a ti o Marcus mi vida estaría acabada. No entendí lo difícil que es perder un hijo hasta que ocurrió. Jamás podría sobreponerme a la pérdida de otro y tampoco, por cierto, a la pérdida de mi amada esposa.

Olivia levantó la cabeza y miró a su esposo a los ojos.

¿Aún piensas en Maxima?

Nunca se aparta de mis pensamientos.

Ni de los míos. Es fácil decir que tendremos más hijos pero ellos nunca la reemplazarán.

No, siempre la habremos perdido.

Olivia le acarició el rostro deslizando sus dedos a través de su frente y luego hacia abajo por su mejilla hasta alcanzar la barba que rozó tiernamente.

A la mayoría de los hombres no les preocuparía, sabes ... perder una hija mujer. Especialmente a una que nunca vieron.

No soy como la mayoría de los hombres.

No ... no, por cierto que no lo eres -Olivia acomodó otra vez la cabeza en su hombro. Momentos más tarde susurró:

Soy la mujer más afortunada del mundo.

Maximus no respondió y Olivia se dio cuenta de que la respiración de su esposo se había hecho profunda hasta alcanzar un ritmo lento, regular. Por fin se había dormido.

Maximus se movió, las señales de placer provenientes de su cuerpo penetrando finalmente su cerebro pero no lo suficiente como para despertarlo. Su cabeza rodó hacia la izquierda, luego hacia la derecha, sus ojos cerrados. Su brazo se movió para estrechar a su esposa pero cayó sobre su pecho, abrazando sólo el aire. Se deslizó nuevamente hacia el sueño profundo, luego se movió otra vez y gimió ligeramente, su cerebro aún no lo suficientemente alerta como para interpretar las señales que le enviaban sus sentidos. Finalmente, sus párpados aletearon y sus piernas se movieron pero algo les contuvo. Dejó escapar un gemido y de repente tuvo plena consciencia de las cálidas manos, labios y lengua de Olivia mientras ésta exploraba y acariciaba la parte inferior de su cuerpo. Exhausto tras su viaje y por haber hecho el amor tres veces seguidas, no tuvo energía para responder más allá del nivel puramente animal y su mano cayó a su lado cuando trató de alcanzar a su esposa. Sus labios se abrieron para tomar más aire en sus pulmones a medida de que su respiración se aceleraba, cada aliento un suspiro de puro placer. Flexionó los dedos de los pies y sus piernas se movieron inquietas, sus muslos ardiendo. Los suspiros se hicieron más profundos hasta convertirse en roncos gemidos mientras sus nalgas se contraían inconscientemente y sus caderas se alzaban del piso. Sintió que una mano se deslizaba bajo su cuerpo, alentándolo en su pasión pero manteniéndolo seguro. Quería alcanzarla pero sus brazos rehusaron obedecerle y, en cambio, cayeron de lado y por encima su cabeza, donde sus dedos encontraron la alfombra y la aferraron convulsivamente. Echó la cabeza hacia atrás, los tendones de su cuello tensos con el esfuerzo. Su cuerpo no era más suyo sino que estaba completamente a merced de la mujer que se encontraba entre sus piernas y quien piadosamente lo condujo hacia el alivio que su cuerpo y su mente ansiaban, su prolongado gemido de satisfacción parecido a un grito de dolor. Maximus se desplomó en el suelo, completamente agotado, su respiración irregular y sus miembros temblando. Estaba más allá del agotamiento. Si los germanos hubieran atacado Vindobona en ese momento habrían encontrado al general tan débil e indefenso como un bebé. Totalmente vulnerable. A medida de que sus sentidos se iban calmando y el ritmo de su corazón se iba haciendo más lento, sus pensamientos erráticos se disolvieron en la oscuridad y se deslizó en un sueño profundo, sin sueños, muy parecido a la inconsciencia.
Olivia le acarició la cara hasta estar segura de que estaba descansando; luego, volvió a cubrirlo con la manta. Besó con suavidad sus labios ligeramente entreabiertos y susurró.

No es el uniforme, amor mío. Créeme... no es el uniforme.

Dicho esto, se acostó a su lado y se quedó dormida.

Capítulo 77 – La Recorrida

Maximus apretó los párpados y levantó su mano para protegerse del poco bienvenido brillo de la luz. ¿Quién estaría sosteniendo una lámpara cerca de sus ojos? Dio vuelta la cabeza y luego abrió uno de ellos cautelosamente, preparándose para retar a Cicero por molestarlo tan temprano. El dormitorio estaba iluminado por rayas de brillante luz de sol que se colaban a través de los postigos de las ventanas y alcanzaban a la pareja tendida en el suelo en un ángulo tal que hizo que Maximus comprendiera sorprendido que debía ser más del mediodía.

¡Oh, mierda! -murmuró mientras levantaba en sus brazos a su esposa dormida y la depositaba suavemente sobre la cama. Ella apenas si se movió. Se había quedado dormido cuando debía haberse reunido con Quintus y sus oficiales y le había fallado a Marcus en su promesa de conseguirle un uniforme y llevarlo de recorrida. Revolvió entre sus ropas hasta encontrar una túnica limpia que se puso apresuradamente, pasándose las manos por el cabello para alisarlo. Se estaba anudando los cordones de la segunda bota cuando escuchó a su hijo hablando con Persius al otro lado de la puerta.

Pero, ¿dónde está?

Todavía duerme, Marcus. Te llevará a cabalgar cuando se despierte.

¿Cuándo será eso?

Pronto.

Eso dijiste la última vez. Quiero mostrarle mi ... -Maximus abrió la puerta sorprendiendo a ambos. En cierto modo avergonzado, se alisó la túnica e ignoró deliberadamente la mueca atrevida de su cuñado. Cicero estaba de pie junto a la puerta de su dormitorio, también sonriendo. Habitualmente, Maximus se levantaba al amanecer. Nunca iba a poder superar este incidente. Persius tomó la delantera.

Maximus, luces un tanto informal esta ma ... oh, perdón ... esta tarde.

Papá. Mira lo que tengo. ¡Mira lo que tengo! -ignorando a Persius, Maximus se acuclilló para examinar el traje de su hijo. Era una imitación hecha a las apuradas pero bastante respetable de su propio uniforme de general. La coraza era un trozo de madera delgada pintada de modo tal de que pareciera la coraza de Maximus y atada con cintas. Reconoció el material de la capa como proveniente de una capa desgarrada que había descartado recientemente pero que Cicero era obvio que había conservado. El zapatero de la legión había cosido rápidamente unas botas para Marcus y una pequeña espada de madera colgaba de una soga sobre su costado. De sus hombros caían tiras de la piel de algún infortunado animal que Hércules olfateaba y hociqueaba, tan intrigado sobre sus orígenes como Maximus.

¿Dónde conseguiste esto? -preguntó Maximus, impresionado por la velocidad con que el traje había sido concretado.

¡Cicero! -exclamó Marcus- Y tío Persius también ayudó.

Bueno, teníamos que hacer algo para mantener al chico ocupado mientras esperaba que su papá se despertara durante las últimas -Persius fingió contar con los dedos- siete horas .

No llevas tu uniforme -exclamó Marcus, la decepción evidente en su tono de voz mientras contemplaba la simple túnica marrón que vestía su padre.

Pronto me lo pondré, Marcus. Papá estaba muy cansado esta mañana y se quedó dormido ...

Eso se sobreentiende -rió Persius.

Maximus se volvió hacia él con su mejor mirada de general pero el hombre más joven rehusó ser intimidado, ahora que su al parecer infalible cuñado había revelado una grieta en su armadura.

Marcus, sé que te prometí llevarte a cabalgar y lo haremos pronto. Pero primero tengo que hablar con algunos hombres. Tengo que hacer eso primero -repitió, esperando que el chico entendiera. La carita de su hijo cayó hasta el piso. Maximus miró a Persius en busca de ayuda pero el joven movió la cabeza ligeramente como diciendo "Arréglatelas solo, general"- De acuerdo ... ven, puedes cabalgar sobre mis hombros mientras busco a Quintus.

¿Quintus es el hombre con las cicatrices entre los ojos? -preguntó Persius inocentemente.

Sí. ¿Por qué?

Se fue hace rato.

¿Qué?

Estuvo aquí hace unas cinco horas pero Cicero no le permitió que te molestara. Volvió unas cuatro veces antes de decidir que tenía mejores cosas que hacer. Dijo que se reuniría contigo esta noche ... si es que para esa hora estabas despierto.

Maximus se frotó la barba exasperado.

Marcus, quédate con el tío Persius mientras me pongo el uniforme. Mamá está aún dormida y no quiero que la despiertes. Quédate aquí, ¿de acuerdo? No tardaré -Maximus miró a Persius- Cuídalo por unos minutos más -y, cuando Persius no dio muestras de cooperar, agregó- y esa es una orden.

Persius se inclinó de un modo irreverente, luego tomó la mano del niño.

Ven, Marcus. Tu papá nos alcanzará en los establos. ¡Vamos a ensillar a Scarto!

Maximus los miró partir, luego contempló a Cicero, quien permanecía recostado contra la puerta.

- Gracias, Cicero, por ocuparte del uniforme de Marcus ... y por dejarme dormir, aunque tengo la impresión de que voy a pagar muy caro por este pequeño lujo.

¡Qué bueno verlo finalmente levantado, general! Nos estábamos preguntando si debíamos entrar a rescatarlo, señor.

Se lo ve un poco cansado, general. ¿Tuvo que atender muchas obligaciones anoche, señor?

Maximus trató de ignorar las bienintencionadas bromas de sus hombres mientras hacía que Scarto anduviera lentamente alrededor del campamento, Marcus orgullosamente montado entre sus muslos como una versión en miniatura de él mismo. Había esperado que la formalidad de su atuendo de general disuadiera a sus soldados pero esa esperanza se había desvanecido rápidamente. A menudo Maximus parecía tan absolutamente perfecto en todo lo que hacía que la mayoría de los hombres encontraban reconfortante saber que su general podía sucumbir a las necesidades y deseos más básicos del ser humano -como lo hacían ellos mismos- y estaban decididos a sacar ventaja de la situación porque, probablemente, nunca se volviera a presentar.

El general le describió a su hijo cada aspecto del campamento en términos sencillos y respondió a todas las preguntas del niño mientras sonreía resignadamente y aceptaba con una inclinación de su cabeza a cada comentario intencionado o guiño o gran sonrisa de sus hombres. Pronto Maximus descubrió a Quintus caminando a cierta distancia y urgió a Scarto para que trotara hasta alcanzarlo.

Bien, general Maximus -dijo Quintus- y general Marcus -Quintus saludó al pequeño y Marcus rió mientras su papá le enseñaba como devolver el saludo- Es bueno verte hacer tu aparición cuando aún hay luz natural.

No empieces tu también con eso.

Oh ... ¿los hombres te están haciendo pasar un momento difícil esta tarde? -preguntó Quintus poniendo todo el énfasis en la última palabra.

Durante la última hora he tenido que someterme repetidamente al mismo aporreo verbal Y cada hombre parece creer que es el primero en decir algo tan ingenioso.

Bueno ... -Quintus se acercó a la rodilla de Maximus, mientras Marcus estaba momentáneamente distraído y le habló usando la mano para ocultar su boca- Los hombres creen que no tienes suficiente cama y que lo de anoche era una deuda pendiente desde hacía mucho.

Maximus lo miró desde lo alto de su enorme semental.

Gracias por hacerme notar lo que es obvio.

Quintus sonrió.

¿Tendremos finalmente esa reunión informativa?

Si, tengo importante información que transmitirles. Reúne a los oficiales en el praetorium inmediatamente después de la cena, ¿quieres?

Allí estaremos.

El campo se ve magnífico, Quintus. Los hombres están en buena forma y de buen ánimo. Hiciste un gran trabajo.

Gracias -respondió el legado, apreciando realmente el comentario.

Maximus hizo que Scarto diera la vuelta y se dirigiera hacia las puertas del campamento.

¿Maximus? -llamó Quintus a sus espaldas.

El general detuvo a su semental y se dio vuelta a mirar por encima de su hombro.

¿Sí?

Lo hacen porque te quiere. Si no te quisieran, simplemente te ignorarían. Tómalo como un cumplido.

Maximus se tomó un momento para digerir la información, luego sonrió y asintió con la cabeza ligeramente.

Gracias, Quintus.

Con la rodilla, puso a Scarto en marcha nuevamente y empezó a describirle la importancia de la puerta y los guardias al pequeño que estaba pendiente de cada palabra de su papá.

Maximus suspiró y se preparó para otro asalto verbal al ver que los hombres destacados en la entrada lo detectaban aproximándose y sus rostros se partían en enormes sonrisas.

El general saludó a sus tribunos y centuriones alzando una mano para pedir silencio al tiempo que entraba en la habitación.

Caballeros, hoy he soportado más burlas de las que sufrí en toda mi vida. Así, si quieren seguir burlándose, por favor, háganlo ahora de modo de que podamos seguir con los asuntos que nos ocupan -miró a los hombres uno por uno y vio desaparecer sus sonrisas.

Bien -dijo Maximus mientras se sentaba y comenzaba a informar a sus oficiales- La frecuencia de los ataques contra los campamentos y aldeas romanas se está incrementando y lo mismo puede decirse de la intensidad de esos ataques. Hasta el momento no hemos perdido ninguna batalla pero hemos perdido muchos hombres, incluidos oficiales ya que estos parecen ser el blanco principal. Los bárbaros esperan debilitar el ejército al privarlo de sus líderes -un murmullo recorrió la habitación y Maximus esperó a que se extinguiera antes de continuar- He notado un patrón en dichos ataques. Parecen estar salteándose los campamentos que están aislados y dirigiéndose en cambio contra aquellos que están muy ligados a las aldeas vecinas, como es el caso del nuestro. Atacan las aldeas por la noche y, cuando los soldados salen en masa del campamento para defender a los civiles, los germanos les cortan la retirada. Se las han arreglado para apropiarse de un cierto número de uniformes romanos y armas. Las tribus se dirigen sostenidamente hacia el Este y sospecho que Castra Regina puede ser el siguiente objetivo. Partiré hacia allí pasado mañana.

¿Te llevarás algunas centurias contigo, Maximus?

No. No es que no necesite apoyo sino que no puedo darme el lujo de debilitar este campamento. Creo que Vindobona puede llegar a ser el objetivo final. Es el campamento más grande y está asociado a la aldea más próspera. Cuando me haya ido, quiero que la guardia de las murallas sea duplicada y una unidad patrullando el río. El problema es que es un río muy largo y pueden cruzar en cualquier parte. Cada hombre debe estar en permanente estado de alerta. El ataque puede demorar semanas, pero no meses -Maximus miró a Quintus- Quiero que la caldera de mi casa sea apagada y enfriada y que el área debajo del piso sea equipada con los suministros que mi esposa y mi hijo puedan requerir para pasar allí hasta dos semanas. Al primer signo de peligro es allí donde los quiero y no deben salir hasta que no sea perfectamente seguro.

Quintus asintió con la cabeza.

Cuidaremos bien de ellos, Maximus. No tienes nada de que preocuparte al respecto.

Dejaré a Cicero para que supervise el trabajo -dijo Maximus dirigiéndose a Quintus, luego se volvió hacia el grupo de oficiales- Este campamento está tan preparado para la guerra como se pueda estar. Estamos en tan buenas condiciones gracias a todos ustedes y eso alivia mis preocupaciones considerablemente. Castra Regina está a solo un día y medio de aquí así que me mantendré en contacto diario por medio del correo. ¿Alguna pregunta?

Los hombres movieron negativamente la cabeza, luego una voz se hizo escuchar.

Sólo una, señor.

¿Collatinus? -Maximus indicó Maximus dirigiéndose a uno de los centuriones.

En realidad, es una sugerencia, señor. Tal vez, usted y su esposa debieran dormir separados de ahora en más de modo de que usted esté lo suficientemente despierto como para comandar la legión cuando llegue el momento del ataque.

Las paredes se estremecieron con las risas masculinas.

No podías resistirte, ¿verdad? -dijo Maximus y unió su risa a la de sus hombres.

Horas más tarde, Maximus se preparaba para reunirse con su esposa en el dormitorio que compartían cuando fue detenido por una nota pinchada en la puerta. En la gruesa caligrafía de Persius podía leerse: NO MOLESTAR ANTES DEL MEDIODÍA POR ORDEN DEL GENERAL MAXIMUS.

Maximus suspiró pesadamente mientras arrancaba la nota y la hacía un bollo.

¡Cicero! -gritó.

Cicero asomó la cabeza desde la puerta de su cuarto.

¿Puedo hacer algo por ti, general?

Sí. Puedes sacarme a la rastra de la cama en cuanto amanezca, no importa lo cansado que esté o lo mucho que me resista. ¿Está claro?

Por cierto que lo está, señor -Cicero no pudo resistirse a una última sonrisa- Que pases una buena noche, Maximus.

Capítulo 78 - Cartas de Roma

Maximus llevaba ocho días ausente y Olivia aún no lograba adoptar ningún tipo de rutina. Era difícil hacerlo en un campamento en el que su vida estaba restringida casi totalmente al praetorium. Jugaba con Marcus pero éste prefería la compañía de su tío Persius, quien podía moverse por el campamento con mayor libertad que Olivia. Inquieta, empezaba a hacer algo para dejarlo y buscar otra cosa que hacer logrando muy poco en el interín. Cuando Cicero vino a inspeccionar la ropa de Maximus para remendar aquella que así lo necesitara, Olivia reclamó la tarea para sí, feliz de encontrar algo que le permitiera sentarse tranquila y pensar en su esposo. Acarició la lana de sus túnicas y capas y el lino de su ropa interior, encontrando consuelo en tocar algo que él había tocado.

Al día siguiente hubo buena luz de modo que hizo acopio de sus fuerzas y motivación para trabajar en los murales incompletos, los que esperaba tener listos cuando Maximus retornara. Mezcló sus pinturas y, cuidadosamente, se agregó a sí misma y a Marcus en el mural de la granja, de pie junto al enorme álamo tal como su esposo se lo había pedido. Luego, se concentró en el gran mural del General Maximus, contemplándolo con inmenso orgullo ... no en su trabajo sino en su esposo. Quería que durara para siempre, de modo tal de que futuras generaciones de soldados pudieran contemplarlo y entender al gran hombre que existía debajo del uniforme.

Una noche, luego de pintar durante casi todo el día, puso a Marcus en su cama y le pidió a Cicero que velara por él; luego, salió de la casa y anduvo por el praetorium. El día había sido inusualmente caluroso y el dormitorio le resultaba sofocante. Se despegó el cabello del cuello y dejó que la brisa nocturna la refrescara. Mientras dejaba que sus dedos recorrieran su cabello, contempló la luna nueva y se preguntó si su esposo también la estaría mirando. El aire nocturno se estaba haciendo más fresco de modo que Olivia se sentó en la puerta de la casa de piedra, estiró sus piernas y bostezó. Sin Maximus, el campamento era un lugar solitario. El praetorium era una porción relativamente pequeña del mismo -el area correspondientes a la casa del general y las tiendas de los principales oficiales- y se la había aburrido muy pronto. Estaba acostumbrada a vagar por grandes franjas, yendo a donde quería ir con absoluta libertad y las restricciones que encontraba aquí la estaban cansando. Ansiaba tener a alguien con quien hablar.

Las mujeres que frecuentaban el campamento no eran precisamente del tipo adecuado para socializar con al esposa del general y los oficiales la trataban con distante respeto. Los hombres se dirigían a ella como "Domina" e inclinaban su cabeza amablemente cuando pasaba, pero nadie se detenía a hablarle. Aún el mejor amigo de Maximus, Quintus, mantenía su distancia. Varias veces había tratado de entrar en conversación con él pero sus esfuerzos habían sido totalmente infructuosos. El hombre prefería permanecer apartado y parecía tímido e inseguro cuando se encontraba cerca de ella.
La entrada de su tienda estaba directamente enfrente de la casa de Maximus. Mientras estaba sentada en los escalones, mirando hacia ella, Olivia pudo ver el brillo de una lámpara chisporroteando detrás de la lona.

Quintus.

Era el amigo más cercano de Maximus pero Olivia no sabía casi nada acerca de él. Rebuscando en sus recuerdos de las conversaciones que había mantenido con su esposo, recordó que Quintus se había casado recientemente y que había pasado el último invierno en su hogar de Roma pero, más allá de eso, sabía muy poco y nada.

Una silueta pasó delante de la luz, arrojando una larga sombra contra la pared de la tienda y Olivia se preguntó ociosamente si Quintus estaría dentro o si se trataba sólo de un sirviente arreglando la estancia.

No tuvo que preguntarse mucho más. El legado apartó la solapa de la tienda y manipuló desmañadamente sus ropas. Entrecerrando los ojos en la oscuridad, Olivia no pudo determinar qué era lo que estaba haciendo hasta que escuchó el ruido que el hombre producía al orinar sobre la gravilla. Quintus se tambaleó ligeramente y, al hacerlo, salpicó de orina el lado de la tienda.

Escuchó una maldición ahogada.

¿Estaba borracho? La repentina risa de Olivia sacudió tanto a Quintus que el chorro se detuvo y el hombre se volvió a mirarla estúpidamente, la túnica aún amontonada en torno a su cintura, la mandíbula floja. Sí ... estaba borracho, decidió Olivia.

- No te preocupes, Quintus -le dijo- Me crié con cuatro hermanos. Nada que haga un hombre puede asustarme.

Rió de nuevo.

Al confundido cerebro de Quintus le tomó varios largos instantes asimilar lo que ella había dicho y esto le dio tiempo a Olivia para acercarse a él. Rápidamente, se arregló la ropa y se inclinó ante ella, sujetándose del borde de la tienda en busca de apoyo.

- Mil perdones, Domina -dijo con tono incierto- Olvidé que estabas aquí.

- Sí -replicó Olivia- Parece que la mayoría de la gente olvidó que estoy aquí.

Levantó la cabeza para mirar las estrellas y luego suspiró.

- Quintus, estoy aburrida y es una hermosa noche. Por favor, sal y ven a hablar conmigo. Nos podemos sentar en los estalones de la casa.

- Lo siento, Domina ... -tendió una mano tras él para sujetar el poste de la tienda pero sólo aferró el aire y tambaleó ligeramente- ... pero tengo que ...

Olivia no estaba por encima de recurrir al chantaje.

- Quintus, me sorprende encontrate tan ... inestable. Pensé que el campamento estaba en alerta permanente y que tu estabas a cargo.

Dejó el comentario allí, indicando en forma implícita que se lo diría a Maximus pero le dedicó una mirada significativa.

Quintus sostuvo su mirada brevemente, estudiando sus opciones. Una nube pareció pasar sobre su rostro.

- Maximus nunca haría algo así, ¿verdad?

Estaba hablando consigo y había más que un poco de sarcasmo en su voz. Olivia se sorprendió por el tono.

- ¿Quintus? ¿Ocurre algo malo? ¿Estás enojado con Maximus por algo? -no obtuvo respuesta- ¿Quintus?

Suspiró ante su obstinación y luego decidió probar otra táctica.

- Ven y cuéntame de tu vida. Resulta tan rato que conozcas a Maximus tan bien y que seamos extraños. El habla a menudo de ti -le sonrió- Habla muy bien de tí-agregó rápidamente al ver que el ceño de Quintus se hacía más profundo- Me dijo que pasaste el último invierno en Roma y que te casaste. Ven y cuéntame de tu esposa. ¿Cómo se llama?

En lugar de aligerarse, el ánimo de Quintus pareció empeorar.

- Se llamaba Antonia -dijo inexpresivamente.

- ¿Se llamaba? -Olivia levantó la cabeza, el ceño fruncido.

Quintus hundió la punta de una de sus botas en la gravilla, trazando un pequeño surco en las piedras sueltas. Luego, se volvió y desapareció dentro de la tienda. Olivia soltó un gruñido exasperado y se dio vuelta para marcharse cuando él reapareció en la entrada. En una mano traía una carta y en la otra una jarra de vino. Echó la cabeza hacia atrás y bebió en abundancia.

- Quintus, ¿qué paso? -Olivia avanzó un paso, la mirada fija en la carta- ¿Recibiste malas noticias?

- Mi esposa está muerta, Domina. Murió hace meses. Me enteré recién hoy.

Olivia soltó una exclamación y tentativamente dio un paso hacia él pero Quintus volvió a entrar en la tienda. Imperterrita, lo siguió al interior, sin preocuparse de que su actitud fuera malinterpretada. Apenas cruzó la entrada, se detuvo.

Todo cuanto había en la tienda se encontraba revuelto. Los baúles estaban tirados por el piso, había ropa por todos lados y un montón de cartas se encontraba apilada sobre el angosto catre, los sellos de cera en vías de deshacerse manchaba las sábanas como si hubiera sido sangre.

Olivia absorbió la escena, luego se volvió hacia el hombre, sin saber qué decir o hacer.

- Quintus, lo siento -empezó a decir sintiéndose incómoda, dolorosamente consciente de lo inadecuadas que debían resultar sus palabras - Debe ser terrible haber pedido a tu esposa ...

Quintus se encogió de hombros y tomó otro trago de vino, su rostro indescifrable.

Olivia estaba confundida por su reacción. ¿Estaba en shock? ¿Estaba tan borracho que se encontraba más allá de la capacidad de sentir? Apartó las cartas y trató de hacer que Quintus se sentara en el borde del catre.

- Háblame de ello ...

Quintus contempló las cartas mientras hablaba.

- Nos casamos. Ella quedó embarazada. Yo regresé aquí. Ella tuvo el bebé. Murió -una sonrisa enloquecida pasó por un instante por su rostro y luego desapareció- No hay nada más que decir.

- Ella ... Antonia ... ¿murió al dar a luz?

Quintus asintió con la cabeza, recorriendo con sus dedos el borde de la jarra de vino mientras contemplaba el vacío.

- Tuvieron que cortarla.

- ¿Para salvar al bebé?

- Una niña.

Olivia se miró las manos.

- Lo siento tanto, Quintus. Debe ser terrible perder a alguien a quien se tuvo por tan poco tiempo.

- No sientas pena, Domina. Yo no la siento. Vi por primera vez a mi esposa en el altar -su voz se suavizó- Ni siquiera la conocía -Quintus miró directamente a Olivia, hablando otra vez enérgicamente Así se casa la gente normalmente. La gente no se casa por amor ... excepto Maximus, por supuesto.

La amargura estaba allí otra vez.

Olivia lo contempló cuidadosamente mientras acababa el contenido de la primera jarra y luego hurgaba bajo el lecho en busca de otra.

- Pero tienes al bebé ...

- Una hija -su mandíbula se puso rígida- Maximus, por supuesto, tiene un hijo.

Olivia respiró hondo, los recuerdos de Maxima inmediatamente presentes en su mente. Sus pequeños, perfectos deditos ... la suave curva de su mentón ... su risa alegre, cascabeleante que Olivia sólo había escuchado en su corazón. El disgusto del hombre por el sexo del bebé fue como una bofetada en su rostro. ¿Cómo podía decir algo así? Sabía que Maximus había perdido una hija ... que aún la lloraba. ¿Cómo se atrevía a decir algo tan insensible?

- Tu hija vive, Quintus -dijo sombríamente al tiempo que se ponía de pie.

- Domina, siéntate.

- No. Creo que ya no quiero seguir hablando contigo.

- Por favor ...

Olivia siguió caminanto, tratando de contener sus propias lágrimas mientras apartaba la solapa de la tienda.

- Domina ... -su voz la alcanzó mientras salía a la noche. Trató de no escucharlo mientras se apuraba en dirección a los escalones de la casa- Yo la maté -susurró Quintus ásperamente.

Finalmente, Olivia se volvió, sorprendida de encontrar a Quintus de pie en la entrada de al tienda, contemplándola. Su rostro se veía tenso, atormentado, como si la copiosa libación le impidiera mantener a raya sus emociones. Se lo veía tan solo, pensó Olivia repentinamente. Asustado. Culpable.

Sus palabras aún le dolían pero Olivia trató de hacer a un lado su enojo y a regañadientes regresó a la tienda. Encontró una silla cerca de la entrada y se sentó muy rígida en ella mientras sus palabras empezaban a brotar como un torrente.

- Tenía diecisiete años -dijo Quintus, dando vueltas a la carta en su mano- y era hermosa. Algún día Clara ... ese es el nombre de la niña, por supuesto ... -acotó buscando la mirada de Olivia- Algún día Clara me preguntará sobre ella y esto es todo lo que sé. Tenía diecisiete años ... y se desangró en un catre para darme un bebé.

Quintus empezó a levantar nuevamente la jarra pero se detuvo antes de que ésta tocara sus labios y luego volvió a dejarla pesadamente en el suelo, buscando en cambio una de las cartas que yacían sobre la cama. Olivia las estudió por primera vez, dándose cuenta que la caligrafía era casi idéntica en cada una de ellas y que, por lo tanto, provenían de una misma persona.

- Yo no la amaba -las palabras sonaron teñidas de reproche- Debería haberlo hecho, creo. Yo ... yo no sé, Olivia. Maximus ... -en lugar de sombría, esta vez su expresión era confundida- Maximus lo hace todo con tanta facilidad ... fuerza ... honor ... amor ...

- Te equivocas -dijo Olivia suavemente, pensado otra vez en Maxima- El también sufre.

- Amor. Creo que ni siquiera sé lo que quiere decir ... ¿confianza? ¿En qué se diferencia de lo que comparto con mis hombres? ¿Compañerismo? Nunca estoy en casa. ¿Sexo? -rió amargamente- Eso puedo obtenerlo de las prostitutas -miró otra vez las cartas- Ella decía que me amaba ...

De golpe, Olivia entendió que las

Capítulo 79 – Recuerdos

Maximus dio vueltas una y otra vez a la carta que tenía entre sus manos tratando de adivinar quién podía haberla enviado. Había llegado desde Roma vía Vindobona y casi le había pasado inadvertida entre la pila habitual de despachos militares y el mensaje diario de Olivia. Era casi de noche y Cicero se afanaba alrededor de la tienda encendiendo lámparas y tratando de hacer que el austero alojamiento fuera lo más cómodo posible para el general. Acostumbrado a anticipar los menores deseos de Maximus, deslizó una lámpara a través de la mesa para iluminar mejor la carta mientras éste se sentaba, su expresión reflejando la curiosidad que lo embargaba. Sin levantar la vista, el general extendió la mano y Cicero inmediatamente le puso en ella una copa de vino especiado.

¿Todo está en orden, señor?

Maximus miró a Cicero sorprendido.

Sí. ¿Por qué?

Estás mirando a esa carta con el ceño fruncido.

El rostro del general se suavizó y sonrió.

No sabía que estaba frunciendo el ceño. Es sólo que no logro darme cuenta de quién puede haberme escrito una carta personal desde Roma. El sello no me resulta familiar.

Hay un solo modo de descubrirlo -dijo Cicero mirando significativamente al papiro- ¿Puedo alcanzarte algo más, señor?

No, Cicero, gracias -la atención de Maximus estaba otra vez fija en la carta- Leeré mi correo y cenaré más tarde.

Cicero abandonó silenciosamente la tienda mientras Maximus deslizaba la uña del pulgar bajo la cera, rompiendo el sello y echándose hacia atrás en su silla tras colocar sus pies calzados con botas sobre el escritorio en una postura tan casual como poco característica. Bostezó profundamente y se pasó la mano por el cabello corto, un gesto habitual cuando estaba cansado. La constante espera del inicio de la guerra estaba empezando a afectar sus nervios y había comenzado a preguntarse si habría supuesto correctamente que Castra Regina sería el siguiente objetivo de la furia de los germanos.

Buscando una distracción, Maximus desenrolló el papiro y se puso de costado para captar mejor la luz, las comisuras de sus labios alzándose en una pequeña sonrisa privada mientras leía.

Julia Servilia al General Maximus Decimus Meridius, Comandante del Ejército del Norte, ¡saludos!En primer término, ruego por tu salud y seguridad, quieran los dioses protegerte del peligro y darte la fuerza necesaria para cumplir con tus muchas responsabilidades. Llegué a Roma luego de un viaje largo y tedioso, la legión del emperador más que suficiente para protegernos de los peligros de los caminos. A poco de partir, encontramos mal tiempo y sufrimos algunas demoras pero arribé a Roma en buena salud y también lo hicieron las otras mujeres. Después de una ausencia de dos años, encontré a Roma convertida en un lugar diferente del que recordaba, aún más vivaz y colorida. El estipendio del emperador fue más que generoso, los dioses lo bendigan y le concedan una larga vida, y me instalé en un departamento en un vecindario tranquilo. Las otras mujeres prefirieron permanecer cerca del Foro pero era mi deseo vivir en un lugar más apartado. Debido a esto, nos fuimos distanciando y a pesar de que estar sola por primera vez en mi vida fue muy extraño en un principio, no tengo quejas acerca de ello. Los dioses son mis testigos de que necesitaba estar en soledad. Mi vida fue muy simple durante mi primer año como mujer libre y yo preferí que así fuera. Durante ese primer año pasé la mayor parte del tiempo a solas en mi departamento y rara vez salí como no fuera para ir a los mercados locales o los baños. Nunca fui al teatro o a los juegos, prefiriendo en cambio calmar mi espíritu con conocimientos, belleza y los libros que tanto había querido leer pero que nunca pude porque, como sabes bien, General Maximus, fui entrenada para otras cosas y mi educación incompleta. Me rehusé a comprar un esclavo griego para que me sirviera de tutor, incapaz de infligirle a otros lo que yo tuve que sufrir desde el día de mi nacimiento y lo que seguiría sufriendo si los dioses no hubieran tenido piedad de mí y hubieran hecho que nuestros pasos se cruzaran. En cambio, contraté a un hábil liberto, Apollinarius, para que me enseñara y, cuando mi espíritu hubo sanado, también contraté a una servidora para que nos atendiera a mí y mi departamento. Ella iba a ser quien trajera otro cambio a mi vida. Mi servidora y su esposo eran los cuidadores del departamento de uno de mis vecinos, un acaudalado constructor de barcos que pasa la mayor parte de su tiempo en sus astilleros y los puertos del imperio. Este hombre, su nombre Marius Servilius Tibulus, vino a Roma poco después y lo conocí por casualidad, cuando salía hacia el mercado con Nicia, mi servidora. Permaneció en la ciudad por tres meses y poco después comenzó a cortejarme. Antes de regresar a sus astilleros -a los que había dejado abandonados al permanecer tanto tiempo en Roma- me propuso casamiento. Nunca había pensado en mí misma como en una mujer casada, General Maximus, pero una vez me dijiste, en un momento en el que me encontraba especialmente angustiada, que algún día encontraría a alguien especial. En aquel momento no me sentí inclinada a creerte pero has probado ser el más sabio de los dos. Deseando ser sincera con Marius Servilius Tibulus, le dije que había nacido esclava, habiendo sido liberada sólo recientemente por la bondad de un gran general romano y del emperador, quieran los dioses bendecirlos a ambos. Marius Servilius Tibulus me aceptó igualmente y poco después me convertí en su esposa, mudándome con él y convirtiéndome en ama de su residencia. Como regalo de casamiento, mi esposo me concedió mi deseo de no tener esclavos en el servicio de la casa y liberó a aquellos que tenía, empleando hoy esclavos sólo en sus astilleros. Gracias a las lecciones de Apollinarius estuve en condiciones de cumplir con mis nuevas obligaciones y convertirme en una esposa adecuada para mi marido. Manejar su residencia y sus servidores demanda la mayor parte de mi tiempo pero aún encuentro alguno para leer y escribir y disfrutar de las muchas cosas hermosas que Apollinarius me enseñó tan pacientemente. Tal vez, en el futuro viaje un poco pese a que el recuerdo de mi último viaje no es precisamente placentero. Mi vida es muy distinta de lo que era cuando nuestros caminos se cruzaron, General Maximus, una vida con la que nunca había soñado y que nunca hubiera tenido de no haberte encontrado. Te debo mi libertad y mi vida, quieran los dioses pagarte por ambas ya que yo nunca podré hacerlo, no importa cuánto viva. Te recuerdo en mi plegarias cada día y les pido que te conserven en buena salud y te concedan una larga, feliz vida. Entréguese en Vindobona al General Maximus Decimus Meridius, Comandante del Ejército del Norte. Entréguese en el campamento de la Legión Felix III.

Maximus releyó la carta, luego dejó caer las manos en su regazo, una curiosa mezcla de emociones cruzando su rostro en sombras. Se pasó la mano pensativamente por la barba mientras conjuraba la imagen de Julia desde su memoria. La vio tan claramente como si hubiera estado de pie frente a él. Alta, delgada, con deliciosas curvas, una larga cascada de grueso cabello rubio rojizo, la piel inmaculada y espectaculares ojos azules. Sencillamente exquisita.

Maximus había hecho averiguaciones acerca de Julia a través de un agente de Roma unos seis meses después de que fuera liberada. Se había preocupado por ella, sola en el mundo por primera vez y sentía curiosidad por saber qué rumbo había tomado su vida. Había deseado fervientemente que no hubiera recurrido a vender su cuerpo y había estado preparado para facilitarle la ayuda financiera y moral que fuera necesaria para mantenerla a salvo de esa vida. Pero, simplemente, se había desvanecido en el aire ... el agente había sido incapaz de encontrarla ...y esta carta explicaba porqué.

La belleza de Julia sólo había sido superada por su aguda inteligencia y su coraje y Maximus se preguntó qué clase de hombre habría sido capaz de inducirla al matrimonio. No había sido un casamiento arreglado de modo que había sido una novia deseosa. En su carta, Julia no describía a su esposo más allá de decir que era rico ... tal vez esa había sido la razón por la cual se había casado con él.

Probablemente también era joven y atractivo ...

Maximus puso la carta de lado y se ocupó del resto del correo, tratando de suprimir la poco bienvenida emoción que le roía el estómago. Aún cuando la había enviado a Roma sabiendo que nunca volvería a verla, secretamente había tenido la esperanza de reencontrarla algún día. Esto parecía poco probable ahora que ambos estaban casados.

Desconcertado, se puso de pie y le dio la espalda al escritorio. Al cabo de unos minutos de hojear y volver a hojear el resto de su correo sin leerlo, lo arrojó sobre el escritorio y volvió a tomar la carta de Julia. ¿Por qué la había enviado? La misiva era apropiadamente formal y cortés, saludándolo por su título y rango pero había también una nota de familiaridad, recordándole más de una vez el breve tiempo que habían pasado juntos cerca del Mar Negro donde habían compartido intriga ... e intimidad.

¿General? ¿No disfrutas de la fiesta?

Maximus se dio vuelta para encontrarse cara a cara con una exquisita pelirroja a la que había visto en los brazos de un tribuno de cabello gris.

No -dijo y empezó a darse vuelta para alejarse.

La muchacha lo tomó del brazo y lo trajo de regreso con una fuerza sorprendente; después, apoyó los pechos contra su coraza mientras le deslizaba una mano en torno al cuello y sus labios le acariciaban la oreja.

Tengo mensajes para ti, señor.

Se echó hacia atrás y sonrió ante su expresión asombrada con unos deliciosos labios color coral y brillantes ojos azules enmarcados en espesas pestañas. Su piel impecable era como crema pura y su cabello rubio rojizo caía en una cascada de grandes ondas hasta sus caderas. Su túnica era de seda blanca entretejida con hilos de oro que brillaban a la luz de las lámparas. El corte revelaba el nacimiento de unos senos generosos y se ceñía en torno a una cintura pequeña, sostenida con un cinturón de oro trenzado. El delicado tejido se adhería a la curva de sus caderas y se abría adelante para revelar unas piernas largas y bien formadas. Maximus no pudo evitar quedarse mirándola.

La mujer era apenas unas pulgadas más baja que él y sostuvo su mirada fácilmente. Su voz sonó un poco ronca cuando susurró:

Ven y siéntate, general. Me di cuenta de que no comiste nada -sonrió- Luego podemos hacer algo más íntimo.

Maximus se rehusó a moverse.

¿Cómo te llamas?

Julia.

Julia -repitió Maximus sin saber porqué.

En su carta no mencionaba hijos. ¿Tenía un niño? Maximus acercó el papiro a su nariz y lo olió. Ahora, ¿qué lo había llevado a hacer eso?

General, todo ese cuero se ve caluroso y rígido. ¿Por qué no permites que te ayude a quitártelo? -obedientemente, Maximus levantó los brazos y ella abrió los cierres con una habilidad nacida de la práctica. Pronto la coraza de cuero estuvo en el suelo, junto a la mesa.

Así está mejor -Julia retrocedió para admirarlo. Ahora, Maximus vestía sólo una simple túnica color herrumbre de lana ligera que apenas cubría sus anchos hombros y le llegaba a la mitad del muslo, ajustada al cuerpo con un ancho cinturón de cuero. Sus musculosas piernas estaban desnudas, salvo por las botas acordonadas que le cubrían las pantorrillas.

Aquí hace mucho calor, general. ¿No estarías más cómodo con sandalias? Podría buscar ...

Estoy acostumbrado a las botas. Está bien así.

Como quieras -Julia estaba plenamente consciente de que muchas de las mujeres la estaban mirando con envidia, aún mientras atendían a otros hombres. No tenía la menor intención de permitir que ninguna de ellas pusiera sus manos sobre Maximus, así que movió su cuerpo de modo tal de bloquearles la visión una vez que éste se sentó.

Maximus se sentía particularmente tonto, reclinado en un diván mientras una mujer lo alimentaba. Pero estaba decidido a no ponerla en peligro por falta de cooperación. Jugueteó con su cabello mientras Julia seleccionaba pequeños trozos que le iba poniendo en la boca. Le besó los dedos antes de que los apartara. Deslizó sus manos por la piel sedosa de sus brazos haciéndola estremecerse y sonreír.

Maximus tragó un bocado y después preguntó:

¿De dónde eres, Julia?

Ella se detuvo con la mano a medio camino entre el plato y la boca de Maximus.

Nací en Roma.

¿Eres esclava?

La mujer asintió.

¿Cómo sucedió?

Nací esclava, señor. No sé quiénes son mis padres -se inclinó y lo besó, un largo, largo beso. Antes de volver a sentarse susurró- Haces demasiadas preguntas.

Maximus insistió.

¿Qué edad tienes?

No estoy segura. Alrededor de dieciocho, creo.

Maximus bebió su vino mientras la estudiaba. Era, simplemente, la mujer más hermosa que jamás hubiera visto o imaginado y le enfermaba pensar en ella como en el juguete de Cassius o de cualquier otro oficial que la deseara. Suspiró pesadamente al pensar en las cosas que se habría visto obligada a hacer en su corta vida.

Julia se movió inquieta.

No estoy haciéndote feliz -deslizó su mano hacia arriba por el muslo de Maximus y bajo su túnica antes de que él le aferrara la muñeca para detenerla

Por favor, general. Se darán cuenta de que algo no está bien -susurró con urgencia- Suelo ser muy buena satisfaciendo a los hombres.

Maximus aflojó la presión que ejercía sobre su muñeca pero no la soltó.

Soy casado -dijo suavemente.

También lo son la mitad de los hombres que están aquí. Cassius es casado -le imploró con la mirada. Maximus volvió a suspirar.

Ven aquí - dijo y la atrajo sobre su cuerpo, acomodándola con las piernas a los lados de sus caderas y los senos apretados contra su pecho. Con una mano le acarició primero la espalda y luego las nalgas mientras que, con la otra, le hacía acomodar la cabeza en el hueco de su cuello. Luego, susurró junto a su oreja- Julia, no intento poner tu vida en peligro. Pero entiende esto: le prometí a mi esposa que le sería fiel y mantendré mi promesa no importa lo difícil que me resulte, ni lo mucho que te deseo. Ahora bésame y luego nos iremos a una de esas alcobas, donde conversar no es tan peligroso.

Maximus giró su cabeza y le capturó los labios en un beso que la dejó aturdida, explorándole la boca con su lengua. Cuando quiso interrumpir el beso, Julia se lo impidió, sellándole la boca con la suya. Podía sentir que Maximus estaba excitado pero ella también lo estaba ... y eso la sorprendió. Por fin retiró la lengua de su boca y le besó suavemente los ojos cerrados mientras él luchaba por controlar su respiración.

Maximus -murmuró.

Sus ojos se abrieron de golpe.

No me llames así -gruñó.

A Julia le encantaba lo profundo de su voz.

¿Por qué no?

Es demasiado ... demasiado ... familiar.

Maximus, estoy acostada encima tuyo. No hay prácticamente nada separando nuestros cuerpos, ¿y crees que llamarte por tu nombre es demasiado familiar? -se echó a reír y lo besó nuevamente.

Maximus no pudo pensar en una respuesta adecuada y ella aprovechó su silencio para acurrucarse sobre su pecho, satisfecha de escuchar que su corazón latía tan apresuradamente como el de ella. Maximus la envolvió en sus fuertes brazos y la estrechó con fuerza.

Maximus -suspiró junto a su pecho- El nombre te queda bien. Tan fuerte -permaneció quieta por unos momentos antes de erguirse y mirarlo a la cara, alborotándole el cabello con sus dedos- Pero tan gentil -su tono sonó ligeramente incrédulo- Los hombres no suelen ser gentiles conmigo, Maximus. No recuerdo haber sido abrazada antes.

Para su asombro, Maximus rezongó:

Eres una de las razones por las que pienso hacer que Cassius pague caro.

Dicho esto, Maximus rodó de costado y atrapó a Julia antes de que pudiera caer del diván, pasándole un brazo bajo las rodillas y otro bajo los brazos. La alzó como si no pesara nada y la apretó contra su pecho mientras se dirigía hacia la pequeña alcoba acortinada, pasando por encima o pateando a un costado todo aquello que se interponía en su camino.

Maximus contempló sin verla la pared de lona de la tienda, los recuerdos de Julia inundando su mente. Casi podía sentirla en sus brazos, oírla, olerla ...

Shhhhhh ...

Maximus había detectado un ligero movimiento de la cortina y un pequeño rayo de luz en el suelo. Quien quiera que estuviese en la otra alcoba se estaba poniendo curioso o impaciente. La luz desapareció.

Julia, necesitamos hacer ruido. Algunos ... sonidos apasionados.

A pesar de lo peligroso de su situación, Julia no pudo resistir la tentación de provocarlo.

Entonces, Maximus, vas a tener que hacerme el amor.

No. Te dije que ...

Sí, sí, sólo estaba bromeando. No te preocupes, puedo fingir. Es algo que hago mucho, créeme -Julia apoyó la cabeza sobre el hombro de Maximus y cerró los ojos, permitiendo que su respiración se hiciera más profunda.

¿Puedes escucharme mientras haces eso?

Julia asintió e intercaló su respiración con una serie de jadeos.

Maximus continuó:

Dile a Marcellus que había planeado contener a Cassius hasta que Marcus Aurelius llegara aquí pero que no tengo idea de cuándo ocurrirá eso, de modo que el único plan viable es matar a Cassius.

Julia asintió y emitió un gemido ronco desde el fondo de su garganta. La respiración de Maximus comenzó a acelerarse y, al percatarse, Julia sonrió satisfecha.

Oh, general -murmuró- Oh, hazlo de nuevo.

Movió sus caderas contra las de Maximus y él le aferró las nalgas para detenerla, pero de inmediato apartó sus manos como si hubiera tocado fuego. Julia le besó suavemente la barba áspera a la altura del cuello antes de acelerar otra vez su respiración. Estaba plenamente consciente de que su pasión no era fingida. Apoyada contra Maximus era muy fácil imaginar sus fuertes brazos levantándola y atrayéndola hacia sus caderas mientras él ...

Julia, dile a Marcellus que siga adelante con su plan y que le daré el apoyo que necesita. Pero, para poder hacerlo, necesito estar cerca cuando actúe. Es muy importante que lo haga él -uno de los hombres de Cassius- para mostrarle a los otros ... ¿Julia? ¿Julia? ¿Me escuchaste? -susurró Maximus con urgencia.

Sí ... -la palabra sonó lánguida y Julia apretó nuevamente su pelvis contra la de él. Pero Maximus sabía que las acciones de la muchacha estaban más allá de su control consciente. Estaba profundamente excitada y temió que perdiera la concentración. La sacudió ligeramente.

Julia, escúchame. Me vigilan de cerca. Me será muy difícil escapar de mis guardias pero tal vez, con la ayuda de Claudius pueda, escurrirme en la noche ...

Maximus miró la cortina otra vez y vio que ésta se movía hacia adentro y afuera a un ritmo rápido, como si alguien estuviera apoyado contra ella y respirando agitadamente. La actuación de Julia estaba excitando a alguien más que a sí misma ... y a él.

Maximus respiró hondo varias veces, luchando para controlar sus emociones; luego, con un rápido movimiento, alzó a Julia en sus brazos y la depositó sobre el diván, cuyas patas crujieron ligeramente en señal de protesta. De pie frente a ella, Maximus equilibró su cuerpo sobre una pierna y deslizó suavemente su otra rodilla entre los muslos de la muchacha. Julia manoteó, tratando de atraerlo sobre ella pero Maximus movió la cabeza negativamente y le sujetó las manos, apartándolas de su cuerpo. Sólo hizo falta una ligera presión y Julia arqueó la espalda mientras alcanzaba el clímax gritando su nombre.

Unos instantes más tarde, se escuchó un ronco gemido proveniente del otro lado de la cortina. Maximus apretó los dientes en señal de frustración, el único integrante del trío en quedar insatisfecho.

No podía recordar haber deseado a una mujer tanto como había deseado a Julia aquella noche ... ni a su esposa ... ni a Lucilla. Le había dolido el cuerpo de tanto desearla. Pero la había usado como cualquier otro hombre aún cuando de un modo distinto y por diferentes razones. Maximus contempló la carta que tenía en su mano. ¿Debía responderle? ¿Qué era lo que ella esperaba que dijera? ¿Qué debería decirle? ¿Qué era lo que realmente quería decirle?

Julia suspiró pesadamente y Maximus pudo ver lágrimas brillando en sus ojos. Sus palabras sonaron vacilantes.

Lo que me hiciste ... ¿lo hiciste sólo porque tenías que hacerlo?

Maximus no respondió porque, honestamente, desconocía la respuesta.

Julia, algún día encontrarás a alguien. A alguien muy especial -dijo.

Maximus, soy una esclava -sus palabras sonaron estranguladas por las lágrimas que se agolpaban en su garganta.

Cuando Cassius esté muerto, tendrás tu libertad. Te las has ganado y también las otras mujeres.

Pero tú eres único. Y le perteneces a otra mujer.

Maximus se sentó en su escritorio y tomó un trozo de papiro limpio, luego hundió su pluma en la tinta. Empezó a escribir:

El General Maximus Decimus Meridius, Comandante del Ejército del Norte, a Julia Servilia, saludos.

Una vez escrito el encabezado, Maximus se encontró perdido acerca de qué decir a continuación. Volvió a mirar la pared de la tienda, su mente de regreso en el Mar Negro.

Julia contempló a Maximus desde la montura del caballo que la conduciría a Roma.

¿Volveré a verte? - le preguntó.

No -la respuesta fue simple, pero la voz de Maximus sonó suave y tierna.

Julia le sonrió.

Eso pensaba.

Maximus le devolvió la sonrisa.

Estarás muy ocupada iniciando una nueva vida -le tocó el pie- ¿Estás segura de que no quieres viajar en el carruaje?

Ella sacudió la cabeza, las ondas rubio rojizas de su cabello del mismo color que el del sol al amanecer.

No, me sentiría encerrada y he tenido bastante encierro en mi vida.

Maximus asintió en señal de comprensión.

Julia vaciló por un instante y luego dijo.

- No tienes de qué preocuparte, Maximus. No le diré a nadie que conozco personalmente al gran general romano.

El frunció el ceño.

¿Por qué habría de preocuparme?

Julia miró hacia la puerta del campamento.

No quiero avergonzarte.

Julia -Maximus le sacudió el pie- Julia, mírame.

Ella lo hizo a regañadientes y Maximus vio las lágrimas brillando en sus ojos.

Estoy orgulloso de conocer a una mujer con tu carácter, fuerza e inteligencia. Lo que Cassius te hizo estaba más allá de tu control. Si te hubieras resistido, te hubiera matado. Lo sabes.

Ella asintió y tomó aliento temblorosamente antes de volver a fijar la vista en la distancia.

Te deseo una vida muy larga y feliz, Maximus.

Te deseo lo mismo.

¿General?

¿General Maximus?

¡General!

Sorprendido, Maximus dio vuelta la cabeza para enfrentar a Cicero.

¿Qué? -dijo estúpidamente, su mente reacia a volver al presente.

¡Señor, un explorador acaba de reportar que los bárbaros cruzaron el río unas cinco millas al Este de aquí y vienen en esta dirección!

Maximus dejó caer la pluma salpicando tinta sobre la madera y la carta de Julia. Se puso de pie de golpe, su rodilla golpeando el escritorio y volcando el tintero en el apuro por ponerse el uniforme. La tinta negra saturó completamente su carta, cubriendo las pocas palabras que había escrito. Momentos más tarde, espada en mano, apartó la solapa de la tienda invitando a entrar a una fría ráfaga de aire nocturno que describi un remolino en el pequeño espacio. Este levantó la carta de Julia, luego la hizo voar lejos del escritorio donde se deslizó perezosamente hacia un rincón oscuro antes de acomodarse en un pliegue de la lona justo donde la pared se encontraba con el piso, quedando totalmente oculta por las profundas sombras.

cartas provenían de Antonia. Sólo unos pocos sellos estaban rotos.

- Nunca las leí -Quintus pareció seguir su línea de pensamiento- Nunca las leí hasta esta noche. Estaba ... ocupado -tomó aliento profundamente y miró a Olivia a los ojos. Por primera vez, ella creyó ver lágrimas detrás de su mirada acerada.

- ¿Por qué? -la pregunta sonó como un lamento pero también sonó a enojo.

- ¿Por qué? -repitió Olivia.

- ¿Por qué habría alguien de amarme? No le pedí que me amara -una lágrima se deslizó por la mejilla de Quintus y éste la secó rápidamente, al tiempo que trataba de ocultar el gesto, fingiendo espantar un insecto imaginario- No quería que ella me amara. ¿Por qué no pudo ser simple ... normal?

- Es natural querer ser feliz -la voz de Olivia sonó muy suave.

Pensó en las cartas que le había enviado tan frecuentemente a Maximus ... en los dibujos. Era terrible pensar que él podría no haberlas leído. Empezó a sentir simpatía por la pobre muchacha muerta a la que nunca había conocido- Especialmente cuando se es tan joven.

El rostro de Quintus parecía contraído de angustia, de culpabilidad. Sus ojos le imploraron a Olivia que lo tranquilizara. Ella se preguntó, vagamente, si Quintus y Antonia habrían tenido alguna vez la oportunidad de ser felices. Qué afortunados eran ella y Maximus. La felicidad era tan escasa y pasajera.

- Debiste haberle gustado -dijo Olivia tras una larga pausa. El rostro de Quintus se relajó ligeramente- Y ella ... ella no te ... no te disgustaba ...

- Me gustaba acostarme con ella -dijo Quintus llanamente- Es por eso que está muerta.

- Pudo pasarle a cualquiera, Quintus. Le hubiera pasado con cualquiera. Si tu no hubieras sido su esposo ...

- Pero fui yo -dijo suavemente- Fui yo ...

Otra vez estaba mirando al vacío, sus ojos vidriosos.

Olivia sintió que la conversación había terminado. Probablemente, en la mañana, Quintus no la recordaría y tal vez fuera mejor así. Moviéndose cuidadosamente, Olivia tapó la jarra de vino y apagó la pequeña lámpara.

- Necesitas dormir, Quintus -dijo suavemente. Le apoyó una mano sobre el hombro, instándolo a que se acostara en el catre.

El obedeció. Con un suspiro de alivio, Olivia se dirigió a la entrada.

- Diecisiete años -el susurro se arrastró fantasmagóricamente en la oscuridad- Muerta.

Capítulo 80 - El Sótano

- ¡Señor! ¡Señor! -gritó el mensajero mientras corría hacia el praetorium, resbalando al pisar la grava suela y usando una mano para sostenerse. Lo seguían de cerca cuatro guardias con rostros ceñudos. La conmoción atrajo a Quintus y tres tribunos que acababan de sentarse a comer su comida del mediodía, así como a Olivia y Persius, quienes corrieron hacia la puerta, ella con el corazón en la garganta y su hijo sobre la cadera. Aquello sólo podían ser noticias de Maximus

... o sobre Maximus.

- ¿Volvió papá? -preguntó un adormilado Marcus al que habían arrancado de su siesta.

Olivia le apartó el cabello húmedo de la frente.

- Todavía no, cariño. Estate callado ... tenemos que escuchar.

Dejando de lado toda formalidad, el mensajero aferró el brazo de Quintus, forzando al legado a concentrar toda su atención en él, luego jadeó las noticias.

- Señor, traigo órdenes directas del general Maximus. El ataque a Castra Regina fue mucho menor de lo esperado. El general cree que fue una distracción y que unos seis mil guerreros vienen hacia aquí. Dice que ya están de este lado del río. Quiere que la aldea sea evacuada inmediatamente y que la gente sea conducida hacia las cuevas que se encuentran al Este. Dijo que le encargue el trabajo a la caballería porque quiere a todo el cuerpo y todos los caballos fuera del campamento. Deben ir a su encuentro en el cruce de caminos que se encuentra al Sur de la aldea. También quiere que todas las tiendas sean desarmadas, plegadas y escondidas bajo pilas de rocas de modo de que los bárbaros no puedan incendiarlas lanzando sus flechas por sobre la muralla. Toda madera debe ser empapada. Ordenó que todos los suministros de la enfermería sean trasladados a su casa -el hombre hizo un alto para tomar aire pero no soltó el brazo de Quintus- El general quiere a todos los otros hombres en las murallas porque los bárbaros deben ser mantenidos fuera del campamento a como de lugar.

Tiene una partida formada por dos legiones en camino desde el Sur hacia Vindobona. Espera atrapar a los bárbaros entre este campamento y su posición -el mensajero echó una mirada al rostro lívido de Olivia- Ordenó que su esposa y su hijo vayan a refugiarse de inmediato, señor.

Agotado, el hombre finalmente soltó a Quintus y dio un paso atrás, dejando caer sus hombros.

Quintus hizo un gesto con su cabeza hacia los tribunos que habían escuchado las órdenes de Maximus tan bien como él y estos salieron disparados a transmitirlas

a los centuriones, quienes se encargarían de preparar a los hombres para la inminente batalla. Luego, se volvió hacia Olivia.

- Domina ... -empezó a decir, sólo para ser interrumpido por la esposa de Maximus.

- Tienes mucho de qué ocuparte, Quintus. Ten por seguro que Marcus y yo haremos inmediatamente lo que Maximus ordenó. Ocúpate de los aldeanos.

Sin esperar respuesta, Olivia pasó junto a Persius y se dirigió hacia su dormitorio, tratando de calmar a un inquieto Marcus quien no había entendido el contenido del mensaje pero, ciertamente, había percibido la tensión. Lo sentó en la cama, hablándole en tono tranquilizador mientras se afanaba en torno a la habitación.

- ¿Recuerdas el escondite que nos mostró papá, Marcus?

El chico asintió tentativamente, los dedos en la boca, mientras contemplaba a su madre que estaba reuniendo sus ropas. Persius entró en la habitación con los brazos cargados de mantas.

- Ya hay muchas allá abajo -dijo Olivia a su hermano ligeramente exasperada.

- Siempre pueden hacer falta más. También tengo los juguetes de Marcus.

- Deber juntar algo de ropa para ti, Persius.

El joven miró a su hermana a los ojos y alzó el mentón de un modo desafiante.

- No voy a ir con ustedes.

- Persius ...

- No, Olivia. Puedo ser más útil aquí. Iré a verlos seguido y me aseguraré que no les falte nada.

- Persius, no estás entrenado para luchar.

- No, pero puedo acarrear los pertrechos de la enfermería hasta la casa, tal como Maximus lo ordenó. Puedo ser útil -Olivia sintió que se le contraía el estómago. Había arrastrado a Persius a esta odisea y ahora estaba en peligro de ser herido ... o peor. Pero, por su rostro, podía ver que su hermano estaba muy lejos de capitular. A regañadientes, Olivia asintió con la cabeza.

Marcus se quitó los dedos mojados de la boca.

- Quiero quedarme con tío Persius -dijo en tono firme, un dejo quejumbroso en su voz.

Olivia se acuclilló frente a su hijo y pudo ver claramente el temor en sus grandes ojos oscuros. No lo tocó por miedo a que notara el modo en que estaba temblando.

- Marcus, papá quiere que vayamos al escondite y eso es lo que debemos hacer.

Allí estaremos a salvo y ...

- ¿A salvo de qué? -preguntó el niño, las lágrimas brillando en sus grandes ojos y las comisuras de su boca empezando a curvarse hacia abajo.

Olivia buscó las palabras adecuadas para explicar la urgencia de la situación sin asustar al niño más de lo que ya estaba -podía escuchar a los hombres que ya estaban descargando los suministros médicos en el atrio- pero Jonivus eligió ese preciso momento para aparecer en el umbral de la puerta.

- Bueno, bueno -dijo con una risa retumbante. Se quedó de pie con las manos apoyadas en las caderas y contempló a Marcus con la cabeza ladeada y ojos chispeantes- Muchachito, ¿alguna vez te mostré mi escondite secreto?

Marcus asintió solemnemente con la cabeza, sin ánimo de momento para la ligereza del ingeniero.

- No, no ese escondite. Mi otro escondite. Oh, está también allá abajo, Marcus, pero es un lugar que sólo yo conozco -Jonivus entró a la habitación y se acercó al niño- A veces, los dioses dejan cosas muy interesantes allí abajo para que yo las encuentre ... ¿te gustaría verlo?

- ¿Qué clase de cosas? -obviamente, el interés del chico había sido despertado y Olivia tocó el hombro de Jonivus en un gesto de agradecimiento antes de seguir con su tarea. Jonivus se acuclilló ante el hijo de su general- Toda clase de cosas. ¡Una vez encontré una piedra brillante!

Marcus se mostró decididamente ni impresionado.

- Otra vez encontré una magnífica espada que los dioses dejaron para mí.

- ¿Una espada? ¿Cómo la de papá? -esto era más de su gusto. Jonivus asintió con la cabeza.

- Pero, ¿sabes que fue lo mejor?

- ¿Qué?

- Un gatito. Un gatito gris y blanco ... sólo para mí.

- ¿Un gatito? -la cara de Marcus se iluminó mientras consideraba esta novedad.

- Sí, y sabes qué? La otra noche le pedí a los dioses otro gatito -para ti- pero

no tuve tiempo de ir a ver. ¿Te gustaría ayudarme a buscar?

Marcus sonrió y asintió mientras volvía hacia su madre unos ojos suplicantes en busca de permiso.

Olivia sonrió aliviada.

- Ve con Jonivus, Marcus. Me reuniré contigo muy pronto.

Jonivus alzó al pequeño en sus brazos y, dedicándole un guiño a Olivia, se dirigió hacia el dormitorio de Cicero, donde la puerta trampa se encontraba oculta debajo de la cama.

La pesada puerta de madera se cerró con un fuerte golpe dejando a Olivia en la oscuridad. Se detuvo a mitad de su descenso por la escalera y el sonido chirriante que produjo Persius al volver a colocar la cama de Cicero en su lugar la hizo apretar los dientes. Se sentía como si la hubieran enterrado viva.

¿Sobreviviría Vindobona al ataque? ¿Habría visto a su esposo por última vez en la vida? Se sentó en un escalón y se frotó cansadamente los ojos. Cuando había elaborado su plan para reunirse con su esposo en Germania no había anticipado esto. Había pensado que entendía los peligros de su vida en la frontera pero no había entendido nada. Nada en absoluto. Nunca había imaginado algo como esto.

- ¿Mi señora? llamó Jovinus suavemente desde el pie de la escalera.

Olivia abrió los ojos para descubrir que ahora que sus ojos se habían adaptado a la penumbra podía ver claramente. Sintiéndose débil y tonta, se secó los ojos y se obligó a sí misma a ponerse de pie.

- Es normal estar asustado, mi señora. Todos lo están. Aún los soldados más avezados sienten que el estómago se les anuda antes de una batalla.

- ¿Maximus también tiene miedo? -preguntó en un susurro.

- Oh, claro que lo tiene pero lo controla para que sus hombres encuentren inspiración en su coraje -Jonivus tendió su mano para ayudar a Olivia a bajar los últimos escalones- Venga y siéntese. Pasé algún tiempo preparando este lugar para la esposa de mi general y creo que lo encontrará muy confortable.

- Gracias, Jonivus.

- Maximus me pidió que me quede junto a usted.

- Estoy seguro de que estaría más contento de estar con los soldados.

- No, mi señora. Si puedo hacer algo, por pequeño que sea, para que Maximus esté más tranquilo, ese es el trabajo más importante

-Jonivus sonrió y le sirvió a Olivia un poco de vino mezclado con miel

- Seré su anfitrión y su protector mientras su esposo se encuentra ocupado.

Se quedaron callados por un rato y miraron a Marcus acunar a un gatito gris y blanco que no dejaba de maullar. Un pequeño fuego ardía en la caldera, calentando la habitación e iluminando el lugar con un suave brillo. El silencio era sobrenatural, los pisos tan gruesos que ningún sonido llegaba desde arriba.

- Jonivus ... ¿volveré a ver a Maximus con vida?

- Es difícil de responder, mi señora.

- ¿Le pidió que cuide de su familia en caso de que ... -la voz de Olivia se diluyó.

- Sí, mi señora -Jonivus echó una mirada en torno al sótano- Este no es el lugar más deseable para estar pero es caliente y seguro. Hay abundante agua y comida.

Su esposo se aseguró de que esté a salvo. Desafortunadamente, no puede asegurarse de estarlo él mismo. Es importante que lo sepa. El es un guerrero.

- Lo sé.

- Pero usted no consideró que algo como esto podía pasar cuando tomó la decisión de reunirse con Maximus.

Olivia negó lastimosamente con la cabeza.

- Por supuesto que no. Ninguna madre expondría a su hijo deliberadamente a tal peligro -dijo Jonivus amablemente- Creo que, a veces, los hombres jóvenes como su hermano, creen que Maximus vive una vida de aventura y excitación. Pero está muy lejos de ser así. Tiene a su cargo uno de los trabajos más duros del imperio pero Marcus Aurelius fue muy sabio cuando ascendió a su esposo a este cargo.

Desafortunadamente, le deja poco tiempo para relajarse y absolutamente ninguno para cometer errores de criterio.

- ¿Está diciéndome que no debería estar aquí? ¿Que lo distraigo?

- No, mi señora, nada de eso. Su presencia levantó su espíritu de un modo

increíble. Es sólo que ahora va a ver por sí misma por qué Maximus a veces no puede ir a verla a España en años.

Olivia tomó aliento profundamente.

- Maximus va a estar bien. No le va a pasar nada -dijo con una resolución para nada convincente.

Jonivus consideró sus siguientes palabras cuidadosamente.

- Mi señora, ¿sabe usted porqué las vestimentas de los generales son de un color

rojizo más oscuro que las de los otros soldados?

- Es ... es el color que indica el mando en el ejército.

- Sí, pero también porque ese color no permite que la sangre de un general herido no se vea y los soldados se desmoralicen. Un general puede desangrarse hasta morir y sus ropas no lo mostrarán.

- Jonivus ... se supone que eso me haga sentir mejor ... hablar sobre mi marido sangrando ...

- Mi señora, creo que es importante que entienda lo que su esposo y sus hombres van a enfrentar en breve

-Jonivus estudió el encantador rostro de la esposa de su general- ¿Sabe usted que Maximus tiene el hábito de frotar tierra entre sus manos antes de cada batalla y olerla?

- ¿Aún lo hace? La primera vez que lo vi hacerlo fue en la granja, hace muchos años, cuando volvió a su hogar después de convertirse en soldado.

- ¿Sabe por qué lo hace?

- Es un granjero ...

- Sí, pero hay algo más. Se lo pregunté una vez y se mostró casi avergonzado pero insistí en una respuesta luego de que bebiéramos varias copas de vino.

Necesita sentir y oler la tierra que absorberá su sangre y guardará sus restos mortales. Necesita hacerlo antes de cada batalla. Está muy consciente de su propia mortalidad. Olivia estaba demasiado conmocionada para soltar las lágrimas que le apretaban la garganta.

- Su ... su hijo ... está también allá arriba.

- Sí, es un soldado.

- Entonces entiende como me siento.

- Lo entiendo y podemos rezar juntos por la seguridad de nuestros seres queridos. Podemos rezar juntos por su seguridad.

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