La Historia de Maximus

Capítulo 81 - Ataque a Vindobona

Montado a lomos de Argento, Maximus se encontraba en el cruce de caminos al Sur de Vindobona, sus manos sosteniendo las riendas tirantes, la señal para que el semental se mantuviera quieto. El caballo obedecía los deseos de su amo, sus únicos movimientos el ocasionar estremecimiento de un músculo del hombro y el movimiento de su cola para apartar a las moscas deseosas de picarlo que habían aparecido de la noche a la mañana en el tibio aire de primavera.

El silencio que rodeaba al caballo y su jinete era casi sobrenatural, interrumpido sólo por el silbido del cálido viento, bien alto entre las agujas de los pinos. A pesar de que estaba quieto, Argento no estaba relajado. Sentía la tensión en los músculos de las piernas de su amo, señal segura de que algo ocurriría pronto. Hércules también lo sentía pero estaba sentado tranquilamente junto al caballo, las orejas erectas y el hocico crispado.

Cualquiera que hubiera pasado apresuradamente por el lugar habría creído que el general romano estaba solo pero más de doscientos hombres montados a caballo permanecían tan quietos y mudos como su comandante un cuarto de milla más o menos atrás de él. En los bosques linderos, casi diez mil soldados se encontraban agazapados con igual compostura mientras esperaban sus órdenes.

Maximus permanecía quieto como una estatua, su único movimiento el de sus ojos azules que recorrían constantemente el camino que se extendía ante él. El cálido sol daba de pleno sobre su cabeza descubierta -su yelmo sujeto bajo el brazo izquierdo- haciendo que el sudor perlara su frente. Sintió cómo la humedad se acumulaba en la base de su garganta y luego las gotas se deslizaban lentamente por el centro de su pecho bajo la coraza de bronce.

Una ardilla marrón salió a la carrera de un matorral a la derecha, luego se detuvo de golpe, sorprendida, como si súbitamente hubiera notado al caballo y el perro. Hércules gruñó en lo profundo de su garganta, los ásperos pelos de su espina erizándose.

- No, Hércules -la voz de Maximus indicó que no aceptaría desobediencia alguna de parte del perro.

Confundida, la ardilla se sentó sobre sus patas traseras y flexionó su cola peluda como si, por un momento, hubiera sostenido la mirada del jinete. Los labios de Maximus se alzaron en una sonrisa casi imperceptible. Hércules alzó la mirada hacia su amo y gimió su descontento.

El pequeño animal se encogió repentinamente y miró hacia donde se dirigía originalmente, luego se dio vuelta y se lanzó, parloteando, de regreso hacia el matorral del que había salido. Maximus saludó con una inclinación de su cabeza al joven Jonivus, quien emergió de la espesura como un fantasma pelirrojo.

¿Bien? -preguntó al joven

Diría que están a una hora de aquí, señor, y que se dirigen hacia la aldea y

el fuerte.

¿La evacuación fue exitosa?

Sí, señor. No quedó ni un alma. También pudieron llevarse a la mayoría de los

animales. La caballería debería llegar en cualquier momento, señor.

¿Y el fuerte?

- Parece estar listo, señor, tal como usted lo ordenó. Arqueros sobre el muro

-la voz de Jonivus resonó llena de confianza pero Maximus sabía que los bárbaros eran listos e impredecibles.

- Gracias, Jonivus. Hiciste un excelente trabajo, como siempre. Dile al tribuno Libanius que necesito hablar con él y luego ve a reunirte con los demás -Jonivus saludó, luego se lanzó por el camino con la gracia y velocidad de una gacela joven, henchido de orgullo por el cumplido de su general.

Poco después, Maximus escuchó el ruido de los cascos de un caballo detrás de él y tiró aún más de las riendas para evitar que Argento se diera vuelta para enfrentar al recién llegado, tal como estaba entrenado para hacerlo en batalla.

Libanius detuvo su caballo al llegar junto a Maximus.

¿General?

- Libanius, vamos a dividirnos en tres cuerpos. Toma tres centurias y colócate detrás de los bárbaros por el Oeste tan pronto como caigan sobre la aldea.

Asegúrate bien de que no haya ningún grupo de hombres que puedan deslizarse detrás de ti y atraparte, ¿entendido?

Sí, señor.

Dile a Petavius que tome otras tres centurias y ataque por el Este. Debe

bloquear todas las rutas de escape en esa dirección y mantener a los bárbaros apartados de los aldeanos que están escondidos en las cuevas.

- ¿Y usted, general?

- Conduciré al grueso de los hombres directamente desde el Sur y acorralaré a los bárbaros contra las murallas del fuerte.

- Será una batalla terrible, señor -Libanius movió la cabeza tristemente- No habrá margen para moverse. No habrá margen para errores. Con suerte, esto será

el fin.

-Habrá mucha pérdida de vidas -coincidió Maximus- Nuestro objetivo es destruirlos atacándolos por los cuatro lados. En este preciso momento, ellos creen que nos están atacando por sorpresa pero se darán cuenta de que no es así cuando encuentren la aldea vacía. Probablemente creerán que estoy en algún lugar a sus espaldas, de modo de que ten mucho cuidado porque estarán atentos a esa dirección. Con suerte, todo terminará rápidamente. Nos pondremos en movimiento tan pronto como llegue mi caballería. Esperen a mi señal -Maximus saludó al tribuno con el puño contra su pecho- Firmeza y honor.

- Firmeza y honor, señor -Libanius galopó de regreso por el camino, dejando a Maximus nuevamente solo. Sus decisiones tomadas, a Maximus le quedó tiempo para considerar las posibles consecuencias de esas decisiones. Miles de hombres morirían en las próximas horas. Otros tantos serían severamente heridos. El mismo podría encontrarse en cualquiera de los dos grupos. Se permitió pensar por un momento en su esposa y su hijo, luego los apartó a ambos de su mente, reforzando su concentración en la inminente batalla.

Poco después, su caballería apareció hacia su derecha. Maximus desmontó y se acuclilló. Hércules se le acercó rápidamente para que lo abrazara y Maximus alborotó afectuosamente la gruesa piel del enorme perro. Luego tomó un puñado de tierra y la frotó entre sus manos, llevándosela a la nariz antes de arrojarla al suelo y volverse para enfrentar a sus hombres.

Olivia se equivocó al pensar que el sótano era a prueba de ruidos. En absoluto lo era. El ruido de la batalla desatada más allá de las murallas se colaba por la puerta trampa y bajaba por las escaleras, ahogado e indistinto pero reconocible. Jonivus distraía a Marcus tarareando bien fuerte y jugando juegos de bolitas. Trató de involucrar en ellos a la madre del niño pero ésta permanecía sentada en una silla al pie de las escaleras, los ojos vidriosos y las manos apretadas. Sus labios se movían silenciosamente mientras rezaba por la seguridad de su esposo.

El ruido de algo arrastrándose en el piso por encima de sus cabezas despertó al trío de su atribulado sueño e impulsó a Jonivus a empujar a sus protegidos hacia el rincón más lejano del sótano mientras alzaba una espada, listo para defenderlos hasta la muerte si el hombre que se aproximaba no era un romano.

- ¿Olivia?

Era Persius.

- Sí, sí -gritó ella mientras hacía a un lado a Jonivus y corría hacia las escaleras. ¿Qué está pasando arriba? ¿Acabó?

Persius no respondió. En cambio, levantó la trampa para abrirla completamente y sus pies calzados con botas aparecieron en lo alto de la escalera. Descendió lentamente y Olivia soltó una exclamación al ver su rostro: estaba ensangrentado y sombrío. Estaba demasiado aturdida como para moverse y se quedó mirándolo casi estúpidamente- ¿Estás herido? -preguntó mientras las piernas empezaban a temblarle.

- No, estoy bien.

- Estás cubierto de sangre ...

- No es mía. Estuve ayudando a traer a los heridos a la enfermería.

Jonivus se adelantó.

- Olivia, ocúpese de su hijo -le ordenó mientras ella continuaba parada allí y contemplaba a su hermano. Olivia no respondió- Persius, ¿qué está pasando?

¿Ganamos?

- Conservamos el control del fuerte, si es que a eso se le puede llamar ganar.

Ningún aldeano murió.

- ¿Maximus? -preguntó Olivia con una voz temerosa- ¿Qué hay de Maximus?

- ¡Mamá! -Marcus se acurrucó en un rincón lejano, solo y asustado.

- ¿Qué hay de Maximus, Persius? -su miedo escaló a medida de que su hermano permanecía mudo.

- ¡Mamá! -Olivia se movió rápidamente y tomó a su hijo en brazos, murmurando palabras de consuelo que sabía no tendrían ningún efecto. Se aproximó nuevamente a su hermano, quien estaba mirando a Jonivus.

- Persius, ¿qué hay pasa con Maximus? -su voz sonó chillona por el miedo.

- Está herido ... malherido. Lo están atendiendo en el campo de batalla- Persius miró a Jonivus- Su hijo no lo logró. Lo siento. Murió defendiendo a su general.

Jonivus se echó hacia atrás como si lo hubieran golpeado. Olivia se dejó caer sobre la silla más cercana y estalló en incontrolables sollozos. Marcus también comenzó a llorar, reaccionando a la angustia de su madre.

Persius dejó caer su cabeza.

- Nunca había visto algo tan terrible ... nunca había imaginado algo tan brutal.

Jonivus palmeó a Persius en el hombro ... "Tan joven", pensó el ingeniero. Casi tan joven como su propio hijo.

- ¿Maximus está mal?

- Sí -susurró Persius- Una herida en el muslo ... una flecha. Está sangrando mucho y el médico está preocupado.

Jonivus asintió.

- Me ocuparé de Marcus -dijo mientras tomaba al tembloroso niño de los brazos de su madre sollozante- Ayuda a tu hermana a controlarse y luego llévala con su esposo -Jonivus alzó a Marcus en sus brazos y la piernita del chico quedó apoyada sobre el amplio vientre del ingeniero- ¿A dónde se fue el gatito,

Marcus? ¿Hmm? Ven y ayúdame a encontrar al gatito.

Marcus se abrazó a él.

- ¿Dónde está papá? -preguntó el pequeño, temeroso de que el dolor de su madre

tuviera algo que ver con su padre- ¿Dónde está papá?

- Pronto verás a papá, pequeño. Ahora vamos a encontrar a ese gatito ...

-Jonivus se hundió en los oscuros rincones del sótano, apretando contra sí al niño y deseando que fuera posible dar marcha atrás al tiempo.

Persius se acuclilló al lado de su hermana, quien se secaba los ojos e hipaba mientras luchaba por controlar su llanto.

- No estoy seguro de que debas ir allí afuera, Olivia.

- Debo ver a Maximus.

- En este estado no le harás ningún bien. Lo conoces. Se preocupará más por ti que por sí mismo.

- Es cierto -Olivia se las arregló para emitir una risita- Sólo dame unos momentos y estaré bien -se sonó la nariz y luego resopló- Pobre Jonivus.

- Sí, pero miles de padres perdieron hoy a sus hijos. Hay cuerpos por todos lados ... romanos y germanos. Hace calor ... las moscas están empezando a

llegar. No es un espectáculo que quieras ver, Olivia.

- Debo ir junto a Maximus de modo de que, si tengo que verlo ...

- Espera hasta que lo traigan.

- No -se puso de pié, mucho más fuerte y decidida.

Persius también se levantó y extrajo del interior de su túnica un trozo de tela ligeramente húmedo por el calor de su cuerpo.

- Ten ... cúbrete la nariz y la boca con esto. Los cuerpos ya están empezando a oler y vomité dos veces en camino hacia aquí.

Olivia le sonrió tristemente.

- Gracias, Persius, por estar aquí conmigo.

El joven simplemente asintió.

- El atrio está lleno de heridos y los médicos están operando. Tendrás que apartar la vista.

- La sangre no me molesta.

- Es más que la sangre. Además, muchos de los hombres están desnudos.

Olivia se burló.

- Persius, crecí con cuatro hermanos varones, tengo un esposo y un hijo. ¿Qué puede tener un hombre que no haya visto antes? Ahora, ¡llévame con Maximus!

Persius sonrió mientras se dirigía hacia las empinadas escaleras.

- ¡Hombres! -dijo Olivia por lo bajo- ¡Todos parecen creer que tienen algo muy importante dentro de sus pantalones!

Persius rió por primera vez en tres días. Su hermana estaría bien.

Capítulo 82 ­ La Flecha con Púas

Maximus estaba tendido boca abajo entre los árboles del pequeño bosque que separaba la aldea del fuerte, ya fuera porque había caído en esa posición o porque el personal médico de la legión lo hubiera colocado así. Marcianus se encontraba en pleno proceso de inmovilizar la pierna derecha del general -de la que asomaba una flecha proyectada en un ángulo extraño- de modo tal de que éste pudiera ser transferido a la camilla que estaba en el suelo a su lado. Un torniquete había sido ajustado cerca de su ingle para detener la hemorragia pero su muslo desnudo estaba rojo de sangre. El polvo de óxido usado para prevenir las infecciones adquiría un alarmante color rojo en aquellos lugares donde se mezclaba con la sangre. Su pierna sana permanecía con la rodilla doblada y había sido empujada hasta colocarla en una posición incómoda pero que la mantenía fuera del camino de quienes lo estaban atendiendo. Tenía los ojos cerrados, los puños tensamente apretados y la boca abierta, aspirando irregularmente grandes bocanadas de aire.

Hércules estaba tendido cerca, jadeando y vigilando atentamente los procedimientos. Cada vez que Maximus gemía, el enorme perro le gruñía amenazadoramente a sus atormentadores y tenía que ser calmado por su amo. Ocasionalmente, se acercaba a Maximus para olfatearlo y lamerle la cara.

Olivia se dejó caer de rodillas en el suelo saturado de sangre junto a su esposo, sorprendida de ver a su hombre siempre tan fuerte, caído e indefenso.

- Mi señora ... bien -dijo Marcianus mientras los ojos de Maximus se abrían de golpe- Llega justo a tiempo para ayudarme a tratar de hacer entrar en razón a este terco soldado.

Maximus buscó su mano y ella se la apretó entre las suyas.

- No debieras estar aquí -dijo Maximus, su voz sonando inusualmente pequeña.

Cómo podía dejar de venir -susurró ella junto a su oreja.

- ... nunca quise que vieras esto -Maximus gimió y apretó los dientes mientras

Marcianus deslizaba tablillas a lo largo de ambos lados de su pierna y empezaba a atarlas a ella cuidadosamente.

- Mi señora -explicó Marcianus mientras trabajaba- como puede ver, su esposo recibió un flechazo en la mitad del muslo pero la ubicación y posición son preocupantes. Como también puede ver, la flecha lo alcanzó por atrás y está clavada en ángulo hacia el interior del muslo, no hacia el adelante. Eso es desafortunado ya que, debido a lo fuerte de sus músculos, la flecha no pasó de lado. Es una de esas situaciones en que ser musculoso no es una ventaja. Es una de nuestras flechas de modo de que al menos sabemos a qué nos enfrentamos.

Olivia se sorprendió.

- ¿Lo hirió uno de sus propios hombres? -su mano, que estaba acariciando el cabello de su esposo, se detuvo de golpe.

Maximus se las arregló para sonreír tensamente.

- No, no me hirió intencionalmente. Mi pierna se interpuso en entre él y la flecha que disparó contra un enemigo.

Marcianus ignoró el intento de Maximus por restarle importancia a la situación.

- No está envenenada, eso lo sabemos, y la sangre fluye de un hermoso, saludable color rojo. Además, fluye de un modo continuo y tranquilo, por lo que sabemos

que no le seccionó la arteria femoral ... pero está peligrosamente cerca.

También sabemos que tocó los nervios pero no los seccionó, lo que habría dejado su pierna inutilizada de por vida. De modo que, a pesar de todo, tuvo suerte.

Pero ... es una de nuestras peores flechas, una flecha provista de numerosas púas, de modo de que no puedo extraerla como lo haría en otros casos sin destrozar el músculo, los tendones y la carne ... y probablemente la arteria y los tendones también. Para hacerle el menor daño posible, tendré que empujar la flecha aún más hondo en su muslo hasta poder sacarla del otro lado, aunque tenga que lastimar una parte de su pierna que está sana ... ¿Mi señora? ¿Se siente bien?

Olivia se llevó una mano a la frente. Estaba segura de que se iba a desmayar.

- ¿Olivia? -Maximus trató de despegar los hombros del piso pero Marcianus lo empujó contra éste, impaciente por continuar con su trabajo y, aunque esa no era esa su intención, aplastando el rostro del general contra la tierra.

- Respire hondo, mi señora -dijo el médico- Lo siento. No debí haberle hablado tan frontalmente.

Maximus escupió tierra y hojas.

- ¿Dónde está Marcus? -demandó.

El respirar hondo había funcionado y la cabeza y el estómago de Olivia se habían vuelto a asentar.

- Está con Jonivus -respondió.

Olivia no supo decir si la repentina mueca de Maximus se debió a la manipulación que el médico estaba realizando de su pierna o a la mención del ingeniero jefe del campamento. Maximus dio vuelta la cabeza y Olivia siguió su mirada hasta el lado opuesto del pino, donde pudo ver una cabeza cubierta de pelo rojo y ondulado empapada en sangre. Acarició la nuca de su esposo en un intento por calmarlo.

- Lo sabe, Maximus ­susurró- Lo tomó tan bien como sea posible.

- Mi señora, apártese. Vamos a levantarlo para colocarlo en la camilla -Olivia acarició a su esposo una vez más y luego hizo lo que Marcianus le había pedido.

Los asistentes se acercaron de inmediato: dos de ellos y Persius se colocaron a la altura de sus hombros, dos sostuvieron su pierna sana y otro, además de Marcianus y otro médico, manipulando la herida e inmovilizada.

- A la cuenta de tres. Uno ... dos ... tres ... ¡arriba!

Maximus hundió la cara en sus manos para ahogar el incontrolable grito de dolor que brotó de sus labios cuando levantaron su cuerpo.

Marcianus no demostró la menor simpatía.

- Que te aproveche. No quisiste tomar la droga que te ofrecí para dormirte.

Olivia estaba horrorizada.

- Maximus ... toma esa droga.

- No ... no puedo. Tengo que permanecer consciente. Todavía tengo muchas decisiones importantes que tomar. No puedo estar inconsciente.

Olivia estaba desconcertada.

- Bien, pero estarás inconsciente cuando Marcianus te opere.

Miró al médico, quien le devolvió la mirada con una ceja arqueada y los labios apretados.

- Como le dije, necesito su ayuda con este hombre terco. Eligió pasar por la cirugía sin anestesia y no lo puedo disuadir.

El pánico se agolpó en la garganta de Olivia.

- Dróguelo igual -instruyó a Marcianus.

- No se atrevería -gruñó Maximus, sus palabras disolviéndose en un grito cuando levantaron la camilla. Hércules gruñó.

- Tiene razón, mi señora. Es mi general y debo obedecer sus órdenes. Si quiere ser terco y tonto e idiota e ... imbécil ... entonces, no hay nada que yo pueda hacer.

Olivia tomó la mano de Maximus y caminó junto a su camilla mientras se abrían paso entre cuerpos congelados en las contorsiones de la muerte. Apenas si lo notó. Su mente estaba concentrada sólo en la actitud de su esposo.

- Quintus puede quedarse a cargo mientras estás inconsciente ­sugirió.

- Está herido y en cirugía en este preciso momento ... recibió una herida cortante en el brazo que le llega al hueso.

- Debe haber algún otro. Tienes muchos oficiales.

- No, Olivia. Por favor, no hables más del tema.

- ¡No puedes hablar seriamente!

- Lo estoy haciendo y no estoy de humor para discutir.

Olivia frunció el ceño y miró a Marcianus.

- ¿Cómo fue que lo llamó? ¿Terco ...?

- ... y tonto e idiota e imbécil, creo, mi señora.

- Yo puedo agregar algunas cosas más -intervino Persius- ¿Qué tal difícil, obstinado, poco razonable ...?

- ... y estúpido -agregó el asistente, quien apartó rápidamente la vista cuando Maximus lo miró.

- Se toman grandes libertades con un hombre que está indefenso -rezongó el general.

- Indefenso -se mofó Marcianus.

Olivia no sabía si abrazar a su hombre o darle palmadas en el trasero que estaba tan tentadoramente al alcance de su mano. Por cierto que había vislumbrado algunos rasgos de este aspecto de su personalidad allá en España, pero nunca había imaginado que Maximus podía llegar a ser tan obstinado.

Maximus gemía cuando los hombres que cargaban la camilla patinaban o tropezaban en el suelo saturado de sangre mientras pasaban sobre o alrededor de muertos y moribundos. En lugar de descansar, estudiaba las consecuencias desastrosas de la guerra con ojo conocedor. Olivia miró a su alrededor sintiéndose como aturdida, incapaz de decidir si lo que estaba viendo era real.

Las mujeres de la aldea gritaban y se mesaban los cabellos mientras buscaban los cuerpos de sus seres queridos. Los niños se amontonaban en el bosque, la confusión y el horror dibujados en sus rostros sucios y cubiertos de lágrimas.

Los médicos y sus ayudantes iban de uno a otro hombre examinando sus heridas y estableciendo prioridades. Pero toda actividad cesaba momentáneamente cuando veían pasar a su general en una camilla, segura indicación de que su herida era seria. Lo saludaban y Maximus alzaba su mano en lo que esperaba fuera una respuesta tranquilizadora.

Los soldados trabajaban en equipos para quitarles a los miles de germanos muertos cualquier cosa que pudiera ser útil antes de amontonar sus cuerpos en carros. Usaban bolsas de tela empapadas de sangre para recolectar miembros y cabezas cercenadas y una vez llenas también las arrojaban a los carros. Cuando un carro estaba lleno, se dirigía al lugar donde estaban disponiendo de los cadáveres para su descarga y luego regresaba al campo de batalla. Después se ocuparían de los soldados romanos muertos, previa identificación de cada uno de ellos.

Olivia hizo arcadas ante el espectáculo y el olor, buscando el trozo de tela que Persius le había dado.

- Esperen. Alto. ¡Alto! -ordenó Maximus, su agonía momentáneamente olvidada mientras pasaban junto a los soldados que manipulaban los cuerpos de los

germanos- ¿A dónde llevan esos cuerpos?

- Al río, señor. El viento está soplando desde el Sur de modo que será mejor que, cuando los quememos, las cenizas les lluevan a ellos y no a nosotros.

- ¿Ya hay cuerpos allá abajo?

- Sí, señor. Llevamos toda la mañana acarreándolos hacia allí.

Marcianus gimió al escuchar las noticias.

- Bien, ¡sáquenlos de allí! -ordenó Maximus- Llévenlos hacia el Este, cerca de las cuevas.

- ¿Señor? Tomará horas llevarlos tan lejos ­ el soldado se veía confundido. ¿Qué diferencia podía haber si, después de todo, los cuerpos iban a ser quemados?

Un espasmo de dolor dejó a Maximus sin aliento de modo de que Marcianus continuó con las instrucciones, entendiendo perfectamente la preocupación de su general.

- Soldado, esos cuerpos se pudrirán rápidamente debido al calor. Sangre y contaminación pueden volcarse en el río y luego en nuestros pozos. Si eso

ocurriera, todos enfermarían. ¡Haga lo que le ordenó su general y no lo cuestione!

Las órdenes fueron pasadas rápidamente de un hombre a otro y los soldados se dedicaron a rectificar el error.

El rostro pálido de Maximus estaba contorsionado de sufrimiento y el médico no estaba seguro de que el general hubiera escuchado sus palabras.

- Muévanse -le ordenó a sus asistentes- Tengo que practicarle una cirugía a este hombre inmediatamente

Capítulo 83 ­ Cirugía

Maximus -dijo Marcianus a su paciente, quien yacía de espaldas en su propia cama, su esposa sentada a su lado- Voy a decir esto tan claramente como me sea posible- Cruzó los brazos sobre su pecho y contempló al herido, cuya pierna lastimada estaba doblada a la altura de la rodilla y colocada sobre un taburete cubierto de almohadones- La flecha está en una posición muy peligrosa. Si te mueves siquiera una fracción de pulgada mientras la estoy extrayendo, cortará la arteria. Si eso ocurre, morirás. Es así de simple. Ningún médico del imperio podría evitar que te desangraras. Si tienes suerte y no toca la arteria, serán los nervios los que resulten dañados y quedarás inválido.

Maximus mantuvo los ojos bajos, evitando la mirada del médico y de su esposa.

El dolor será tan terrible que no serás capaz de mantenerte quieto ni siquiera si te ato y pongo a diez hombres a sujetarte.

Olivia cerró los ojos y se los frotó con la yema de los dedos, luego se masajeó

Maximus -continuó Marcianus- si sientes algún grado de respeto hacia mí no harás que te opere estando consciente. No podría seguir viviendo si fuera quien te causara la muerte.

Maximus permaneció en silencio pero sus ojos recorrieron lentamente su pierna, la cual estaba envuelta con moho tomado de pan viejo para prevenir temporalmente que se desarrollara en ella una infección. Su sufrimiento estaba bajo control gracias a una abundante dosis de drogas.

Sé que sientes que necesitas estar despierto y por cierto notaste el problema que iba a causar el modo en que se disponían a deshacerse de los cadáveres -espero que a tiempo- pero no eres invencible, Maximus. No puedes siquiera imaginarte el dolor al que te enfrentas.

¿Quintus está consciente? -preguntó el general.

Lo estará pronto.

Déjame a solas con mi esposa.

Marcianus vaciló.
- Prepararé la mesa. Tenemos que hacer esto pronto.

Maximus asintió con la cabeza y el médico dejó la habitación, cerrando la puerta tras él.

Olivia contempló el mural que representaba a su esposo, tan fuerte e invencible montado en su semental negro.

Maximus buscó su mano y ella se la entregó a regañadientes. No estaba segura de cómo se sentía en ese momento. ¿Enojada? ¿Resentida? Tal vez simplemente decepcionada.

Es probable que igualmente te desmayes -dijo con amargura- después de que el daño irreversible esté hecho.

Quiero que tú y Marcus se muden a una tienda fuera del praetorium. La infección y la enfermedad pueden empezar a desatarse en poco tiempo. Cuando hay tantos hombres heridos y tantos cuerpos no hay modo de evitar que eso ocurra. No es seguro para ti permanecer en esta casa.

Como quieras.

Maximus se llevó la mano de ella a los labios y la besó.

Olivia, tomo las decisiones que debo tomar, no las que quiero tomar.

Oh, Maximus ... tengo terror de perderte -le acarició el rostro barbado con el dorso de sus dedos- Tienes un hijo. Por favor, piensa en él.

Maximus asintió.

- Lo hago. Lo hago. Tan pronto como Quintus despierte, permitiré que Marcianus me duerma y me opere.

Olivia casi se arrojó en sus brazos antes de darse cuenta que, de haberlo hecho le hubiera causado aún más daño a su pierna herida. En cambio, lo besó suavemente en los labios.

Tu hermoso muslo va a tener una terrible cicatriz. Tendré que besarla cada noche.

Maximus sonrió.

- Espero ansioso el momento pero tal vez no sea tan terrible. Marcianus tiene unos dedos milagrosos -Olivia lo besó nuevamente- Ve a decirle a Marcianus que estaré listo cuando Quintus esté listo ... y llévate a Marcus de aquí. No quiero que vea nada de esto.

Jonivus lo tiene en su tienda.

Ve con él.

Quiero estar cerca de ti.

Por favor ... ve con nuestro hijo. No quiero que veas lo que me van a hacer.

Olivia asintió.

- Por supuesto, por supuesto -su rostro se contrajo y las lágrimas se agolparon en sus ojos.

Basta -la riñó Maximus cariñosamente- No dejes que Marcus te vea alterada. Todo va a estar bien. Creo que en los próximos días Jonivus te va a necesitar más que yo. Estaré drogado y tendré a casi todo el personal médico del campamento alborotando a mi alrededor.

Le soltó la mano, indicándole que debía irse.

Te amo -susurró.

Yo también te amo -Olivia salió apresuradamente de la habitación, sin atreverse a mirar hacia atrás.

La enfermería del campamento era un lugar bien organizado, que funcionaba perfectamente ... como todos los otros cuerpos del ejército. El espacio estaba dividido de modo tal de que los pacientes que presentaran heridas similares fueran tratados separadamente: un lugar para acomodar los huesos rotos, otro para realizar las operaciones, otro para la recuperación de los ya atendidos. Los médicos eran muy hábiles en medicina general pero además, cada uno de ellos tenía un área de especialización y los asistían ayudantes muy bien preparados. El boticario y sus ayudantes preparaban las medicinas que se guardaban en pequeñas jarras que a su vez eran colocadas dentro de gabinetes para protegerlas de la luz y el calor. Hojas secas, cortezas y raíces varias colgaban de la pared, esperando su turno para ser transformadas en medicinas si así resultaba necesario. En un caldero, hervía la brea usada para las amputaciones. Bisturíes, agujas, pinzas, sierras, esponjas, suturas hechas con entrañas de animales secas, cauterios, taladros y fórceps estaban limpios y organizados, listos para su uso. Estatuas del dios griego Esculapio y de las diosas Panacea e Higeia montaban guardia sobre los procedimientos.

Maximus yacía sobre una mesa en el atrio, cerca del patio para obtener la mejor luz y una serie de lámparas iluminaban los rincones oscuros. Bandejas, trozos de tela, vendajes, esponjas e instrumentos médicos estaban dispuestos sobre una mesa cercana así como los recursos para evitar la infección y reducir la fiebre. El general estaba desnudo, excepto por una manta que cubría discretamente la parte inferior de su cuerpo y su pierna permanecía elevada. Estaba rodeado por cuatro médicos y seis asistentes mientras el boticario permanecía cerca.

¿Qué me estás dando? -demandó Maximus cuando Marcianus le alcanzó una copa de leche caliente, coloreada de un nada atractivo tono verde.

¿Tienes que cuestionarlo todo?

¿Qué me estás dando? -insistió Maximus.

Opio. Una dosis bien grande. Es una droga que compramos en Oriente y es muy cara pero muy efectiva. Una vez que lo hayas tomado, no te importará en lo más mínimo lo que te hagamos.

Marcianus habló con ligereza pero había una gran pesadumbre en su corazón. Nunca en su vida había llevado a cabo una operación tan importante. Este era el general favorito del emperador, todo por no mencionar que era un hombre por el que se preocupaba genuinamente. Su ligero altercado con Maximus sirvió para calmarlos a ambos.

- Esperaré a que estés dormido para ponerte en una posición muy poco... digna. Estarás desnudo, con las piernas muy abiertas y la derecha sostenida en alto - Marcianus atenuó una mueca- Tendré que tener mucho cuidado o podría castrarte mientras estoy trabajando.

Los otros médicos rieron entre dientes.

- Tus intentos por tranquilizarme son un fracaso total. Dame el opio antes de que cambie de opinión y decida andar por la vida con una flecha en el muslo -Maximus probó el líquido y frunció la nariz ante el sabor amargo pero igualmente se lo tomó todo en unos pocos tragos. Se recostó de nuevo y cerró los ojos, poniendo su vida en las manos de los experimentados médicos del campamento. Escuchó que Marcianus le hablaba pero, a medida de que su cuerpo se relajaba, los sonidos parecían llegarle desde muy lejos.

¿Cómo te sientes? -le preguntó Marcianus al cabo de unos momentos.

Maravillosamente -murmuró Maximus, su voz sonó borrosa. Lentamente, su cabeza cayó de costado.

Dulces sueños, Maximus. Antes de que puedas darte cuenta, despertarás en tu propia cama.

Capítulo 84 ­ Recuperación

Maximus gimió ligeramente y giró su cabeza, haciendo que su mente se hundiera en el vértigo. Sintió una mano fresca rozando su frente y se dio cuenta de que estaba transpirando. Trató de apartar las mantas que lo cubrían para refrescar su cuerpo acalorado pero éstas fueron sujetadas firmemente sobre sus brazos incapaces de ofrecer resistencia. Oyó gente que hablaba a su alrededor pero no pudo entender sus palabras. Se hundió otra vez en la inconsciencia ...

Gimió nuevamente y trató de hablar, sus propios oídos incapaces de discernir algo entre la maraña de sonidos inarticulados. Unas manos tocaron su rostro, sus manos, sus brazos. Se lamió los labios resecos y lo intentó nuevamente.

- Sed ... -de inmediato, un vaso conteniendo líquido apareció junto a sus labios. Sabía un poco amargo pero tenía demasiada sed como para preocuparse. Volvió a hundirse en el olvido ...

La tibia luz del sol besó su oreja y Maximus hizo girar su rostro para capturar de pleno su tibieza vital.
- Es agradable ­murmuró.
- ¿Maximus? ¿Maximus? ¿Puedes escucharme? ¿Estás despierto? -susurró Olivia urgentemente.

Sintió unos labios frescos contra su frente y cabello suave rozándole las mejillas. Alzando una mano capturó algunos mechones de esas trenzas sedosas pero ésta comenzó a temblar y cayó nuevamente sobre la cama.

- Débil ... -escuchó que alguien decía.

Trató de abrir sus ojos pero sus párpados parecían pegados entre sí. Sus otros sentidos finalmente lograron enviar mensajes coherentes a su cerebro y logró descubrir dónde estaba. Estaba en una cama -su cama- y su esposa estaba sentada a su lado.

- Olivia -susurró.

- Estoy aquí, cariño -le estrechó la mano y apretó la mejilla contra su frente- Está caliente.

¿Con quién estaba hablando?

Una mano se movió sobre su rostro, demasiado grande para ser la de su esposa.

- Un poco, pero no es nada de lo que haya que preocuparse.

- ¿Marcianus? -su voz sonó áspera y chillona.

- Sí, estoy aquí. Saliste bien de la operación y estás en proceso de recuperación.

Maximus se las arregló para esbozar una ligera sonrisa.

- Gracias.

Marcianus rió.

- De nada -el médico acercó sus labios a la oreja de Maximus- Te saqué la flecha pero te pondrá feliz saber que no te quité nada más.

- ¿Qué hora es?

- Olvídate de la hora. Tienes que dormir y recuperarte. Ordenes del médico.

Maximus luchó por abrir los ojos. Una cegadora luz blanca golpeó su cerebro de pleno y gimió, apretándose la cabeza entre ambas manos. Se las apartaron y de inmediato le aplicaron una compresa húmeda sobre la frente y los ojos. Olivia la apretó suavemente contra sus sienes.

- No se preocupe, mi señora -dijo Marcianus- Está sufriendo los síntomas propios de quien se despierta de una anestesia y le tuve que dar una dosis muy importante.

Maximus apartó la compresa y abrió los ojos muy lentamente, probando la luz. El hermoso y atribulado rostro de Olivia fue poniéndose en foco poco a poco. Se llevó su mano a los labios y la besó, luego la apoyó contra su mejilla.
Olivia le acarició el cabello con su otra mano.

- Bienvenido de regreso -susurró.

- ¿Dónde estuve?

Olivia se echó a reír.

- Oh, en lugares que sólo tu conoces. Durante los últimos días has estado murmurando las cosas más extrañas ...

Marcianus le hizo un gesto de advertencia pero era demasiado tarde.

- ¿Días? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Qué día es hoy?

- Relájate -dijo el médico- El campamento sigue a salvo, el imperio sigue en manos de Roma y Marcus Aurelius sigue en el trono. Todo está como debe estar. Simplemente, descansa.

- Quiero hablar con Quintus.

- Luego.

- Ahora -Maximus luchó para sentarse pero Marcianus se apuró a empujarlo otra vez contra las almohadas.

- Maximus, si no te calmas, tendré que volver a drogarte.

- ¿Y cómo se supone que lo hagas si me niego a tomar esa cosa? -las cejas de Maximus se alzaron en desafío a pesar de su obvia falta de fuerzas.

- Creo que diez soldados fuertes serán suficientes para hacer que te comportes durante el tiempo necesario para hacértelo tragar. En este momento soy yo quien toma las decisiones en lo que respecta a tu salud y Quintus está ocupado con el funcionamiento del campamento después de la batalla. No tienes que pensar en otra cosa excepto en ponerte bien.

Maximus cautelosamente movió su pierna derecha y un relámpago de dolor lo atravesó desde el tobillo derecho hasta la axila, tan severo que le revolvió el estómago. Su rostro se contorsionó y su cuerpo se puso rígido de agonía.

- ¿Maximus? ¡Marcianus! -gritó Olivia.

- Trae más opio -ordenó Marcianus sombríamente a su asistente.

Un día después -tres luego de la operación- Maximus volvió a despertar. Esta vez eligió atender a las señales que le enviaba su cuerpo y permanecer calmo y sedado.

- Te está creciendo toda una barba -lo provocó su esposa- Los asistentes vendrán más tarde a lavarte.

- ¿Cuánto tiempo llevas sentada junto a mi cama?

- Desde que te trajeron aquí, después de la operación.

Maximus se llevó los dedos de su Olivia a sus labios y los besó.

- ¿Dónde está Marcus?

- Con Persius y Jonivus. En este momento, Jonivus parece necesitarlo. Marcus lo está pasando muy bien pero te extraña y pregunta constantemente por ti.

- Tendrá que esperar un poco más para verme. No lo quiero cerca de la enfermería.

- Lo sé. Esperará. En el interín, está jugando a la pelota y aprendiendo toda clase de malos hábitos de los soldados ... palabras que nunca te escuché emplear ... excepto cuando estás dolorido e inconsciente, claro -la boca de Olivia se torció en una sonrisa burlona.

- ¿Dije muchas palabrotas?

- Una cantidad increíble -Olivia sacudió la cabeza para enfatizar el punto- El pobre Marcianus soportó toda clase de abusos verbales. Y te la pasaste dándole órdenes a soldados que sólo tú podías ver. Creo que en sueños comandaste una batalla íntegra. También debías pensar que yo estaba aún en España porque parecías muy preocupado acerca de una carta que tenías que escribirle a una mujer.

- ¿Una carta? -preguntó, luego palideció al comprender de qué se trataba y cambió de tema- ¿Cuánto tiempo más cree Marcianus que deberé permanecer en cama?

- Unos pocos días. Luego podrás empezar a andar un poquito con ayuda de una muleta pero tendrás que descansar mucho. Pasará un tiempo antes de que vuelvas a montar a caballo -Olivia le sonrió al mural- Tus sementales te van a extrañar. Por cierto que Hércules te extraña. No puede entender porqué lo exiliaron de la casa y lloriquea como un cachorro.

La actitud de Olivia se tornó seria.

- Nunca antes te habían herido tan gravemente, ¿verdad?

Maximus negó con la cabeza.

- No, nunca.

- Maximus ... prométeme que no permitirás que Marcus siga tus pasos en el ejército. Después de lo que he visto, no podría soportar que otro hombre al que amo haga una vida tan peligrosa. Seguramente le has dado lo suficiente al imperio, no pueden esperar que les des también a tu hijo.

- Marcus no será soldado, te lo prometo. Pero, sabes? ... La vida de un soldado es ante todo aburrida ... nada más que trabajo duro y obligaciones.

Maximus miró hacia la puerta que crujió al ser abierta y un rostro marcado de cicatrices y rematado en abundante cabello oscuro apareció en ella.

- ¡Cicero! Entra. Entra -el esfuerzo de levantar la cabeza hizo que el dolor le atravesara el cráneo nuevamente.

Cicero sonrió mientras entraba a la habitación.

- Los hombres querían que viera por mí mismo si se encontraba bien. No aceptaban la palabra de los médicos.

- Como puedes ver, estoy bien.

El rostro de Maximus estaba pálido y demacrado y Cicero lo miró dudosamente para luego echar una mirada desdeñosa al desorden creado en la habitación por los médicos.

- Limpiaré esto, señor. Sé cuánto le gusta tener las cosas ordenadas.

- No es necesario, Cicero -murmuró Maximus mientras su sirviente empezaba a arrollarse las mangas.

- Me hace feliz saber que lo estoy ayudando de algún modo. Pero si le molesta, no lo haré.

- Nada que pudieras hacer podría hacerme sentir peor de lo que me siento, te lo aseguro.

Olivia volvió a colocar una compresa fresca sobre la frente de su esposo.

- Caballeros, los dejaré solos e iré a ver qué está haciendo nuestro hijo. No lo he visto desde esta mañana -Olivia besó a Maximus, le sonrió a Cicero y se fue, su andar más ligero de lo que había sido en semanas.

Maximus contempló a Cicero a través de sus párpados entrecerrados mientras éste se dedicaba eficientemente a ordenar la habitación plegando mantas, limpiando las mesas, colocando los muebles otra vez en su lugar. Maximus se sintió feliz de verlo trabajar a su alrededor, cómodo con los sonidos familiares de su presencia. Tenía docenas de preguntas que hacer sobre el campamento pero no se sintió capaz de encontrar la energía necesaria para hacer más que una.

- Cicero, ¿cómo está Quintus?

- Oh, tiene el brazo en un cabestrillo y bastante maltrecho pero está bien. Pasa la mayor parte del tiempo descansando en su tienda pero tiene las cosas bajo control, señor. ¿Quiere hablar con él?

- Mañana.

Cicero asintió y siguió trabajando, ordenando pilas de documentos y mapas y organizando las cartas sin abrir que aguardaban la atención de Maximus. De espaldas a él, no percibió el repentino cambio en la expresión del general.

- Cicero, ¿tienes idea de qué pasó con una carta de Roma -una carta de índole personal- que recibí mientras estaba en Castra Regina? Probablemente está en algún lugar entre mis cosas.

- No la vi cuando empaqué, señor.

- ¿Estás seguro?

- Sí, completamente seguro. Todas sus cartas están apiladas aquí y no hay nada de tipo personal.

Confundido, Maximus frunció el ceño y se deslizó hacia abajo en la cama, haciendo una mueca ante el dolor que le causó el movimiento.

- Ahora lo dejaré, señor. Si necesita algo, sólo llame y lo escucharé. Estaré durmiendo junto a la puerta.

Maximus asintió, sus ojos nuevamente cerrados. ¿Julia ...? ¿Cómo era su nombre de casada? Los tumultuosos eventos de las semanas previas habían borrado ese dato de su memoria. Pero, si dormía, tal vez pudiera recordarlo.

Capítulo 85 - Fiebre

Maximus despertó en medio de la noche por el sonido de unas voces provenientes del atrio ubicado más allá de la puerta de su dormitorio. La pesada puerta de madera atenuaba y distorsionaba todo ruido pero pudo distinguir el tono de pánico que impregnaba las palabras. Creyó escuchar que una mujer hablaba y luego el llanto de un niño. ¿Serían Olivia y Marcus? La noche sin luna había sumido al cuarto en la negrura y Maximus se sintió muy indefenso tendido en la oscuridad, incapaz de mover su cuerpo más allá de la búsqueda de un poco de comodidad.

- ¡Cicero! -gritó- ¡Cicero!

No obtuvo respuesta a su llamado. ¿Dónde se habría metido el hombre?

- ¡Cicero! -llamó nuevamente. De seguro alguien escucharía la voz que era capaz de comandar legiones.

Frustrado por la falta de respuesta, Maximus se quedó tendido, furioso, tratando de descubrir qué era lo que estaba pasando en el atrio. ¿Habría ocurrido un accidente? ¿Un incendio? Maximus olfateó el aire pero no pudo descubrir ninguna evidencia que apoyara la teoría.

Su nivel de alarma se elevó cuando escuchó gente corriendo y muebles que arañaban el suelo embaldosado al ser corridos.

- ¡Cicero! -esperó un momento antes de bramar- ¡Que venga alguien!

Aún así no obtuvo respuesta. Probó su pierna flexionándola suavemente y el dolor que ya le era familiar le atravesó el muslo haciendo que su cadera y rodilla palpitaran. A pesar del sufrimiento, si no aparecía alguien pronto, se levantaría de la cama e iría a investigar por sí mismo.

El grito de un niño, claro y penetrante, atravesó el aire nocturno. El corazón de Maximus dio un salto ... que el supiera, sólo había un niño en el campamento. Echó las mantas a un costado y bajó la pierna izquierda tanteando la alfombra tejida con los dedos del pie. Apoyando las palmas sobre la cama, se equilibró sobre las manos e hizo una mueca mientras transfería su peso a la pierna sana y luego levantaba las caderas cuidadosamente.

- ¡Arghhh! -gritó cuando la cegadora oleada de dolor se abatió sobre él. Sin embargo, a pesar de que le temblaban los brazos, mantuvo su posición y siguió moviéndose hasta que logró arrastrar su pierna herida hasta el borde de la cama. Luego, concentrando todo el peso sobre sus nalgas, usó ambas manos para bajar la pierna vendada, mientras lágrimas de dolor se agolpaban en sus ojos y el sudor cubría su frente. Una vez hecho esto, transfirió nuevamente su peso a la pierna izquierda y se paró, dejando que la que estaba herida simplemente colgara, la mano izquierda aferrada a la mesa que estaba junto a la cama en busca de soporte. ¿Ahora qué? No podía caminar.

Maximus empujó la pequeña mesa frente a él, apoyando el peso sobre sus manos mientras avanzaba impulsándose con el pie izquierdo. Luego, gradualmente, sufriendo una verdadera agonía a cada paso, arrastró la pierna herida. Para el momento en que, repitiendo los movimientos una y otra vez, alcanzó la puerta, el atenaceante dolor era tal que la cabeza le daba vueltas.

Maximus alcanzó el picaporte sólo para recordar de golpe que la puerta se abría hacia adentro y que estaba bloqueándola. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido?

En una mezcla de furiosa frustración y miedo gritó tratando de llamar la atención.

- ¡Cicero! ¡Marcianus! ¡Que alguien responda! -empujó la mesa contra la puerta.

- ¿General? -preguntó una voz ahogada por la gruesa puerta.

- ¿Cicero? ¡Ya era hora! ¿Qué está pasando? ¿Marcus está bien?

Cicero empujó la puerta, casi derribando a Maximus en su intento por entrar.

- General, ¿qué hace fuera de la cama? -preguntó Cicero incrédulo.

Su comentario atrajo la atención de las personas que estaban en el atrio y todas las cabezas se volvieron en su dirección.

- Maximus, ¿qué crees que estás haciendo? -demandó Marcianus quien corrió junto a Cicero.

- Marcianus, escuché a un niño que gritaba. ¿Qué está pasando? ¿Marcus está herido?

- No está herido pero está enfermo. Tiene fiebre ... una fiebre muy alta. Estamos tratando de evitar que haga una convulsión. Si quieres ayudar, vuelve a la cama y déjame que me ocupe de tu hijo -respondió Marcianus ásperamente, su voz disolviéndose a medida de que se alejaba.

- Cicero, ayúdame -imploró Maximus, sus miembros temblorosos de fatiga y miedo. Podía escuchar a su hijo llorando- Si trato de moverme, caeré. Tengo que estar con Marcus.

- ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Puedes moverte de costado para que pueda abrir la puerta?

- ¡Papá! -gritó Marcus, su vocecita aguda de sufrimiento y pánico.

Maximus se revolvió furioso contra su propia indefensión. Podía conducir batallas, orquestar sitios, superar a cualquier hombre con cualquier arma pero no podía ni siquiera salir de su propio dormitorio. Reuniendo todas sus fuerzas, empujó la mesa de costado, donde golpeó la pared, tambaleó sobre el piso de mosaicos y luego cayó estruendosamente astillándose en el proceso. Luego trató de avanzar sobre su pierna izquierda pero ésta cedió bajo su peso y violentamente cayó al piso para quedar junto a la mesa, sintiéndose tan quebrado e inútil como ésta. Rodó alejándose de la puerta, el esfuerzo y el sufrimiento empujándolo a la semiinconsciencia.

Alarmado por la conmoción seguida de un súbito silencio, Cicero entró cautelosamente a la habitación.

- ¿Señor? -preguntó al tiempo que avanzaba unos pocos pasos hasta que su pié tocó el cuerpo caído en el piso. Cicero se arrodilló junto a Maximus.

- ¿Señor? -preguntó mientras el pánico se apoderaba de él y sacudía al hombre caído, al tiempo que llamaba en dirección al atrio pidiendo ayuda.

Maximus gimió y parpadeó tratando de enfocar la mirada en el rostro en sombras de su servidor. Piadosamente aturdido, el general fue examinado con rapidez en busca de huesos rotos para luego ser levantado por cuatro asistentes y colocado en una camilla. Sin embargo, aún estaba lo suficientemente alerta como para detenerlos cuando estos trataron de devolverlo a su cama y les ordenó que en cambio lo llevaran junto a su hijo. Olivia apenas le dirigió una mirada cuando Maximus fue depositado en el suelo junto a ella. Estaba arrodillada junto a una bañera llena de agua fría, bañando a su hijo mientras trataba al mismo tiempo de calmarlo con sonrisas y palabras de aliento. El niño temblaba, sus dientes castañeteando mientras usaba sus manitos para tratar de proteger su cuerpo desnudo del impacto del agua fría. A medida de que ésta se iba templando, más agua fría era agregada y Marcus seguía temblando y llorando. Marcianus dirigía la operación, constatando continuamente la temperatura del niño con mano experimentada.

- Marcus ... Marcus -dijo Maximus suavemente mientras se aferraba al borde de la bañera y se impulsaba a si mismo hasta quedar sentado, sin permitirse que su rostro mostrara siquiera un gesto de dolor.

- ¡Papá! -lloró Marcus mientras buscaba la mano grande y fuerte de su padre. Maximus tomó la manito del niño entre las suyas.

- Estaba bien cuando se fue a dormir. Me desperté en medio de la noche y me di cuenta de que le costaba respirar. Cuando le toqué la frente ardía así que desperté a Marcianus y él vino enseguida -Olivia siguió arrullando a su hijo y pasándole un trapo por la cara mientras hablaba con su esposo.

- ¿Por qué tiene fiebre? ¿Qué puede tener? ¿Hay alguien más que esté enfermo?

Olivia no pudo responder a las preguntas de su esposo de modo que se concentró en su hijo y respondió simplemente:

- No lo sé.

Marcianus regresó con una preparación en un vaso.

- Suficiente por ahora -le dijo a sus asistentes- Sáquenlo y colóquenlo sobre la mesa. Mantengan listo el baño frío porque podemos tener que colocarlo dentro en cualquier momento. Olivia, sosténgalo porque tiene que tomar esta preparación a base de corteza de sauce y es muy amarga. Aquí tengo algo dulce para ayudarlo.

Olivia se sentó en la mesa con su hijo empapado en los brazos, murmurando palabras tranquilizadoras pero, cuando le acercó el vaso a los labios, Marcus apartó la cabeza y apretó los labios decididamente mientras hacía un gesto negativo.

- Cicero, ayúdame a sentarme en una silla. Desde aquí no puedo ver nada - pronto Maximus estuvo sentado junto a su hijo, alentándolo a tomar la medicina mezclada con leche. No tuvo más éxito que su esposa.

- Marcus, si bebo un poco, ¿beberás tu también? -Maximus tomó el vaso de la mano de su esposa y bebió un trago pero no estaba preparado para el desagradable sabor del líquido de modo de que no pudo suprimir un estremecimiento.

- Bueno ... -dijo mientras se obligaba a si mismo a sonreír- por cierto que es feo pero me hace bien de modo que me lo voy a beber igual. Marcus, beberé un trago y luego tu puedes tomar uno también, ¿de acuerdo?

El niño estaba reacio pero al mismo tiempo parecía dispuesto a beber algo que su padre también bebiera. Pero, luego de un pequeño sorbo, volvió a rehusarse.

- Marcus, el agua fría no fue nada divertida, ¿verdad? -dijo Olivia- Tomando esta medicina, tu fiebre tal vez baje y no tendrás que volver al agua. Si lo bebes rápido, no tendrá tan mal gusto. ¡Mira! Papá va a beber un poco más.

Media hora más tarde, usando una combinación de persuasión, halagos y sobornos, el niño había consumido toda la preparación y cabeceaba en los brazos de su madre.

Marcianus lo tendió sobre la mesa, sosteniéndolo mientras sus asistentes le frotaban el cuerpo con alcohol de centeno para ayudar a reducir la fiebre. En unas pocas horas, repetirían todo el proceso.

Los preocupados padres consultaron con Marcianus, quien les aseguró que nadie en el campamento tenía fiebre más que aquellos soldados que habían sufrido heridas.

- Entonces, ¿qué la está causando? -demandó Maximus.

- Sospecho que el agua.

- Dijiste que no había nadie más enfermo. Entonces, ¿cómo puede ser que esta fiebre sea causada por agua contaminada? -preguntó Maximus. Miró el agua de la bañera- Si es el agua lo que la causa, ¿porqué la están usando para bañarlo?

- No se necesita mucho para enfermar a un niño y no creo que el problema esté en nuestros pozos -cansadamente, Marcianus echó hacia atrás los mechones de su largo cabello gris que habían escapado a la cola que tenía atada en la nuca- ¿Estuvo jugando cerca del río?

Olivia miró a Maximus, luego al médico.

- No lo sé. Durante los últimos cinco días, estuvo al cuidado de mi hermano y de Jonivus.

- No debió haber salido del campamento -agregó Maximus, una sensación de desastre abatiéndose sobre él.

- Hablaré con ellos -dijo Olivia mientras se apresuraba a interrogar a los dos atribulados hombres que estaban de pie a la entrada de la casa.

Cuando su esposa se hubo alejado, Maximus tironeó de la mano del médico para hacerlo agacharse y poder hablar con él.

- ¿Qué tan grave es? -le preguntó en voz baja.

- Muy serio. Tenemos que hacer que la fiebre baje y se mantenga así. Una fiebre elevada que se prolonga por mucho tiempo es especialmente peligrosa para un niño porque puede causarle daño cerebral ... o peor -Marcianus contempló a su general con enorme simpatía. Estaba derrumbado en la silla, en obvio sufrimiento tanto físico como emocional. Su rostro estaba pálido y demacrado y había brillantes manchas rojas en sus vendajes, claro indicio de que en su esfuerzo por alcanzar a su hijo había hecho que se le soltaran algunos puntos. Maximus estaba fuera de peligro e iba a recuperarse de modo de que Marcianus eligió olvidar de momento el vendaje ensangrentado y concentrarse en el niño enfermo. Se irguió cuan alto era.

Olivia regresó con Persius pisándole los talones. Jonivus venía detrás de ambos. Antes de que Olivia pudiera decir algo, Persius se le adelantó.

- Marcus estaba aburrido de modo que pensé que le gustaría jugar con otros chicos de su edad . Yo ... yo lo llevé al río porque es allí donde juegan los niños de la aldea. Estaba custodiado por una docena de soldados armados. No me di cuenta del peligro, Maximus. No sabía que el agua estaba contaminada. Se la veía transparente y no olía mal -para cuando terminó de hablar, Persius estaba temblando y al borde de las lágrimas.

Maximus no dijo nada y se limitó a contemplar a su hijo dormido.

Marcianus aportó una explicación.

- La nieve de las cumbres ya se han derretido, de modo de que río ya no fluye tan alto y rápido como antes. Al descender, ha dejado atrás charcas de agua estancada en las curvas del cauce y, a causa del calor, cualquier fluido que haya drenado de los cuerpos hacia el río ha causado contaminación. Todavía no es tan fuerte como para que lo notes por el olor o el sabor, Maximus -dijo Marcianus, quien sintió que tenía que defender al joven y al ingeniero del campamento. Sabía perfectamente lo peligroso que podía ser Maximus cuando se lo empujaba más allá de la razón y que, en la situación en la que se encontraba actualmente, hacerlo no requeriría de mucho.

- Debemos mantener a los niños de la aldea alejados de esa área. ¿Hay alguno enfermo? -preguntó Maximus con una voz curiosamente carente de emoción.
Uno de los médicos que había estado escuchado la conversación se adelantó desde su lugar en las sombras.

- Sí ... tres. Había otro más pero murió hace algunas horas.

Maximus escuchó a su esposa luchando para controlar sus emociones pero no apartó sus ojos de su hijo y dijo suavemente:

- A primera hora, envía soldados a que limpien esas charcas contaminadas y mantengan a todo el mundo alejado del río por unos días. Controla el agua de los pozos -se volvió hacia Marcianus- Haz que traigan aquí a los niños enfermos. Deben recibir la misma atención médica que mi hijo.

Mientras Maximus hablaba, Jonivus se le fue acercando quedamente hasta estar de pie a la espalda de su general herido y le puso una mano en el hombro. Maximus se la aferró con la suya temblorosa y la apretó con fuerza, un hombre que acababa de perder a su hijo y otro en peligro de perder al suyo.

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