La Historia de Maximus

Capítulo 86 - El Altar

Maximus permanecía con la frente apoyada contra los bordes de sus manos frente al altar que se encontraba en su dormitorio, el único rincón cálido en la sombría habitación. Una docena de velas arrojaba una chisporroteante luz amarilla sobre su cabello pero no alcanzaba a iluminar su rostro hundido en las sombras. Sus labios se movían en silencio mientras rezaba a cada dios, diosa y ancestro que conocía implorándoles que salvaran a su hijo.

La luz brillaba sin embargo sobre las manos apoyadas suavemente en sus hombros y se reflejaba en los hermosos ojos oscuros de la mujer que permanecía de pie detrás de él ... la única luz en unos ojos enturbiados por la fatiga y la preocupación. Olivia también rezaba por su hijo pero asimismo elevaba plegarias silenciosas por el bien de su esposo, quien parecía consumido por el temor a perder a su hijo. La habitación se iluminó repentinamente cuando la puerta fue abierta y Olivia besó suavemente la cabeza de su esposo para luego acercarse a saludar a Quintus, quien se encontraba en el umbral, reacio a perturbar la intimidad de la escena. Desde el momento de la batalla, aún no había tenido oportunidad de reunirse con su general, ya que Maximus se encontraba junto a su hijo durante cada momento que el niño estaba despierto y rezando ante el altar cuando éste se quedaba dormido. El general se negaba a comer y su propia salud estaba en peligro de deteriorarse, aún cuando su hijo recuperaba lentamente fuerzas. Maximus raramente dejaba su silla -inclusive dormía en ella- y ésta era llevada del dormitorio al atrio sobre la plataforma con ruedas que Jonivus había construido apresuradamente para hacer que se bamboleara lo menos posible durante el transporte.

Cicero lucía aún peor, ya que se rehusaba a apartarse de su general y se sentaba cerca de él, rodeando al hombre que rezaba ante el altar con muestras de atención y ansiedad. Fuentes con comida que no habían sido siquiera tocada se echaban a perder en la mesa que se encontraba a su lado.

- Nunca lo vi en ese estado -le susurró Quintus a Olivia.

- Ni yo -respondió ella- y eso me asusta. La única persona con la que se comunica es con Marcus. Salvo eso parece ... parece ... haberse encerrado dentro de sí mismo. Marcianus cree que se debe a una reacción a la droga que le dieron.

Dice que en algunos pacientes el opio causa una enorme tristeza. Los efectos de la droga y la enfermedad de Marcus parecen haberlo sumido en la desesperación.

Esto es tan raro en él.

Quintus asintió.

- Aún en las batallas más brutales, siempre se las arregló para mantener el ánimo y motivar a sus hombres con su propia fuerza. Nunca lo vi tan derrotado.

- El fue siempre mi sostén -Olivia contempló la cabeza inclinada y los hombros caídos de su esposo- Tal vez todos nosotros dependemos demasiado de él.

Tal vez... la pérdida de tantos soldados, su propia herida y la enfermedad de su hijo

... es demasiado. Probablemente necesita algún tiempo.

- A veces es fácil olvidar que es sólo un hombre -Olivia y Quintus se dieron vuelta para mirar a Jonivus, quien se les había unido silenciosamente

- Disculpe, mi señora, pero no pude evitar escucharla -estudió al hombre sentado en la silla

- ¿Le molestaría si intento hablar con él?

- Puedes intentarlo, Jonivus -respondió Olivia- pero dudo que tengas más éxito que el resto de nosotros. Todos tratamos de razonar con él pero no nos escucha.

En lugar de entrar en el dormitorio, Jonivus se dio vuelta y salió de la casa para regresar poco más tarde con un plato cargado de fragante pan fresco, queso y fruta temprana del verano. Se dirigió hacia Maximus, quien entre tanto no se había movido ni una pulgada. Lanzando una mirada a Cicero, Jonivus trajo una silla y la colocó a escasas pulgadas de su general. Los labios de Maximus dejaron de moverse por un instante, para retomar sus plegarias en cuanto Jonivus se hubo sentado. Si percibió el olor del pan, no dio muestras de ello.

Jonivus apoyó su mano ligeramente sobre el hombro del hombre sumido en sus plegarias.

- Maximus. Maximus. Los dioses ya te han escuchado, amigo mío. Es hora de ocuparse de los asuntos de los mortales. Mira ... tengo algo de alimento. No has comidos en muchas, muchas horas. La gente se está empezando a preocupar por ti.

Maximus lo ignoró.

Jonivus volvió a intentarlo.

- Maximus, sabes que entiendo cómo te sientes. Pero lastimándote a ti mismo, no le haces ningún bien a tu hijo. Tienes que ser fuerte por él. Tu cuerpo necesita alimento -Jonivus le ofreció un trozo de queso- Vamos, por favor, toma esto y cómelo.

Maximus siguió con sus plegarias, como si hubiera estado solo con sus dioses.

Jonivus dejó caer la mano que aún sujetaba el queso en su regazo y suspiró pesadamente.

- Maximus -intentó una vez más- no puedes hacer más nada. Los dioses te han escuchado. ¿Qué más puedes pedirles que ya no le hayas pedido?

Las roncas palabras de Maximus fueron tan inesperadas que todos los presentes en el cuarto dieron un respingo.

- Les pido que me lleven a mí en lugar de a él.

- ¿Qué? -preguntó Jonivus incrédulo.

La exclamación de Olivia fue casi un grito. Cicero se puso de pie de un salto y tendió una mano hacia Maximus antes de volver a dejarla caer al costado de su cuerpo. Su boca se abrió y cerró silenciosamente, como la de un pez recién capturado, su conmoción evidente en su expresión y comportamiento.

Maximus se pasó la lengua por los labios y volvió a hablar, su cabeza aún gacha.

- No podría soportar perder a otro hijo. Preferiría morir antes que perder a otro hijo. Le pido a los dioses que me lleven en su lugar.

Jonivus contempló a Maximus en silencio, su boca formando gradualmente una línea dura y fina, sus ojos entrecerrándose. De repente, se levantó y arrojó la fuente de metal que contenía los alimentos contra la pared con considerable fuerza. La fuente cayó al suelo, girando locamente sobre su borde, lanzando la comida en todas direcciones. Ante el inesperado estruendo, Maximus se sobresaltó e instintivamente alzó un brazo sobre su cabeza para protegerse. Moviéndose de costado, logró salirse de la silla y ponerse de pie, agazapándose como para saltar sobre un oponente desconocido. Jonivus aferró el respaldo de la silla que Maximus acababa de abandonar y la lanzó a través de la habitación, estrellándola contra la cama. Luego, pateó violentamente la plataforma con ruedas y la envió en la misma dirección. Mientras Maximus se enderezaba penosamente, Jonivus se le acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Cicero se movió hasta quedar junto a su general y se quedó allí, tenso, sin saber qué esperar.

Olivia se iba a dirigir hacia ellos como para proteger a su esposo herido pero Quintus la retuvo.

- Jonivus no le hará daño, mi señora. Esperemos y veamos qué pasa.

Jonivus y Maximus estaban frente a frente, el hombre más alto ligeramente encorvado para proteger la pierna que le palpitaba de dolor. Respiraba trabajosamente pero su mentón estaba fijo en un gesto obstinado.

- ¿Qué significa esto? -increpó Maximus a su ingeniero.

- ¿Cómo te atreves a querer morir? -le escupió Jonivus.

- No te metas en mi vida -la respuesta resonó en un tono letal.

- ¡Tu vida! ¿Tu vida? ¿Te refieres a la vida que mi único hijo murió para salvar? ¿Es esa la vida a la que te refieres?

Maximus parpadeó rápidamente, la mandíbula floja.

- ¿Tan poco te importa mi muchacho que destruirías tu vida después de que él dio la suya para salvarte? -lágrimas de dolor y furia brillaban en los ojos de Jonivus.

Maximus sacudió la cabeza.

- No ... no, Jonivus, por supuesto que no ...

- Entonces demuéstramelo. Me lo debes, Maximus, no importa lo que pase con tu hijo. Soy la prueba viviente de que un hombre puede seguir viviendo después de que su hijo muerte. Yo también quería morir pero tengo razones para vivir y tú eres una de ellas. No seas tan ... egoísta.

Maximus se echó hacia atrás como si lo hubieran golpeado, su rostro una máscara de confusión.

- ¿Egoísta?

Jonivus no dijo nada. Simplemente echó la cabeza hacia atrás y contempló a su general con desdén.

Maximus miró a su esposa, quien permanecía con sus manos apretadas contra la boca, los ojos muy abiertos. Quintus estaba a su lado, rígido como una estatua, su rostro serio y compuesto. Los ojos del general volvieron lentamente al ingeniero, quien lo miraba desafiante. Maximus sacudió la cabeza como tratando de clarificar sus pensamientos y contempló primero el altar y luego a Cicero antes de volver a posar sus ojos en Jonivus. Se dio vuelta rengueando pesadamente y se dirigió a su cama.

Jonivus se dirigió detrás del altar y alcanzó los postigos que cubrían las ventanas, abriéndolos para dejar entrar la última luz de la tarde. Los rayos dorados cayeron oblicuos sobre el mural pintado por Olivia que mostraba a su orgulloso esposo montado en su caracoleante semental negro ... el mejor general de Roma, resplandeciente en su coraza de bronce y sus pieles.

Maximus se detuvo, contemplando su propia imagen así iluminada.

- ¿Reconoces a este hombre, Maximus? -susurró Jonivus fieramente en su oreja -

Ese es el hombre que mi hijo murió por salvar. Ese es el hombre por el que cualquier soldado de Roma daría su vida. Tu no eres un hombre común, amigo mío.

Fuiste elegido por los dioses porque eres especial. Te debes a tu familia, Maximus, pero también eres un servidor de Roma. No te está permitido ofrecer tu vida sin pensar en los demás. Los dioses no escucharán ese pedido y no tienes derecho a hacerlo.

Maximus contempló su imagen en silencio hasta que los rayos oblicuos gradualmente se extinguieron. Mientras esto ocurría, el espíritu del hombre pintado en el mural pareció fundirse con su contrapartida mortal. Maximus enderezó lentamente su espalda y levantó la cabeza.

- Lo ... lo siento, Jonivus. Tienes razón. Le debo a tu hijo -a los hijos de muchos hombres- el tener que seguir con vida, sin importar lo que pase con el mío. Yo ... yo pensé que nadie en el mundo sufría tanto como yo -Maximus se dio vuelta lentamente. Miró a su llorosa esposa, luego por encima de la cabeza de ésta hacia el atrio- En este mismo campamento hay otros niños que sufren tanto como mi hijo; hay otros padres que se sienten como yo; otras madres que ...

-Maximus cerró los ojos- Lo siento. No he sido el hombre que necesitaba ser ... el hombre que se esperaba que fuera.

- Darte por vencido no es lo tuyo, señor -dijo Jonivus suavemente- Eres un luchador. Es extraño ... el modo en que te has estado comportando.

Maximus asintió con la cabeza, luego abrió los ojos.

- No me he sentido como yo mismo últimamente -se aferró al brazo del ingeniero.

Los hombros de Cícero estaban tan contraidos que casi le tocaban las orejas y se obligó a sí mismo a relajarse. Sintiendo la necesidad de experimentar algo normal, se movió por la habitación encendiendo lámparas mientras Olivia abrazaba a su esposo.

- ¿Te duele la pierna? -le preguntó cuando se dio cuenta de que él apoyaba casi todo el peso sobre la izquierda, usando el pie derecho sólo para mantener el

equilibrio.

- Sí -admitió Maximus- pero no quiero más drogas.

- Te traeré la silla -Maximus la detuvo cuando trató de dirigirse hacia ésta y volvió a tomarla en sus brazos- No, mi amor. Ya no voy a necesitarla. Caminaré.

Tal vez necesite de un bastón pero caminaré. Quiero que mi hijo -y mis hombres- me vean de pie.

Jonivus le sonrió.

- Tendré que buscarte un bastón, señor. Y si no puedo encontrar uno que considere adecuado ... ¡entonces te fabricaré un bastón digno de un general! - mientras abandonaba la habitación, Jonivus pasó junto a Quintus y Marcianus, este último recién llegado para ver la transformación experimentada por Maximus.

El médico se echó atrás su largo cabello gris y una sonrisa iluminó lentamente sus rasgos cansados.

- Te levantaste justo a tiempo, Maximus. Marcus está despierto y pregunta por ti ...

Olivia se echó el brazo de su esposo sobre sus hombros delgados, preparada para asistirlo de modo de que pudiera renguear hasta el atrio.

Marcianus cruzó los brazos y le sonrió a la pareja.

- ... y la fiebre que afectó a su hijo ha sido superada.

Lanzando un grito de alegría, Olivia escapó del lado de su esposo y corrió hacia el atrio, dejando a Maximus completamente sin equilibrio y Quintus y Cicero se apresuraron a ayudarlo. Con un hombre sujetándolo de cada brazo, Maximus se recuperó y los tres dieron un suspiro de alivio.

- Bien, Maximus, parece que tu esposa tiene claras sus prioridades -hizo notar Quintus.

Maximus hizo que los hombres que lo asistían al caminar se detuvieran y les preguntó seriamente:

- ¿Tan mal me porté? ¿La he descuidado mucho?

Cicero asintió con la cabeza.

- Por cierto que lo has hecho. Ha sido muy duro para ella. Mejor empiezas a pensar en muchas formas de recompensarla.

Los tres retomaron el camino hacia el atrio.

- ¿Y qué me sugieres que haga, Cicero? -preguntó Maximus.

- Mmmm ... unas vacaciones en Roma.

- ¿Roma? -repitió Maximus escéptico.

- ¿Qué tal alguna joya? -aportó Quintus- En esta época del año puedes conseguir oro y gemas en los mercados de Vindobona.

- Es una buena idea -dijo Maximus mientras rengueaba pensativo- Pero, ¿saben qué es lo que ella probablemente quiera por encima de todo?

- ¿Qué? -preguntaron Quintus y Cicero al unísono.

- Volver a España.

- Sólo si tu vuelves también y pasas algún tiempo con ella, señor -apuntó Cicero.

- Bueno, puede arreglarse -dijo Maximus- Estoy seguro de que puede arreglarse.

Capítulo 87 - España

El sol de otoño y las verdes colinas de España dieron la bienvenida a Maximus y su familia a modo de cálido abrazo. Al fin ... al fin estaba en casa. Sintió que su espíritu se henchía cuando vislumbró la casa en la distancia, sobre la colina, rodeada de campos listos para cosechar y árboles cargados de fruta y taloneó a Argento para que emprendiera el galope, adelantándose al carruaje que transportaba a su esposa y a su hijo dormido.

El viaje a España se había visto demorado por meses hasta tanto Maximus se hubo curado y Marcus recuperó sus fuerzas. Por una vez, los meses de verano en Germania habían sido relativamente pacíficos luego de la terrible batalla de Vindobona, dándole a Maximus el tiempo y la seguridad necesarios para llevar a su familia a visitar la aldea y los alrededores, siempre flanqueados por soldados armados. Marcus hizo amigos entre los niños del lugar y jugaban juntos cada día, ya fuera en la aldea o en el campamento. Maximus ejercitó su pierna herida hasta que ésta recuperó totalmente sus fuerzas y cada noche Olivia masajeaba con cremas suavizantes la cicatriz que poco a poco se iba desvaneciendo, lo que invariablemente precipitaba apasionadas sesiones de amor.

Pero ahora estaban en casa. Desde el interior del carruaje, Olivia no pudo ver a su a su esposo cuando éste se alejó y no se dio cuenta de que Maximus no se encontraba junto a ellos hasta que el vehículo se detuvo ante la casa. Los sirvientes salieron en tropel por la puerta y los trabajadores vinieron a la carrera desde los campos para saludar a la familia y Olivia pasó de lloroso abrazo en lloroso abrazo. Marcus, por su parte, fue alzado en alto con comentarios acerca de lo mucho que había crecido.

Los ojos de Olivia buscaban a su esposo mientras era cálidamente saludada por sus amigos, su alegría por haber regresado a casa disminuida en cierto modo por la sensación de que algo estaba mal. ¿Dónde estaba Maximus? Todos preguntaban por él y ella respondió con un encogimiento de hombros hasta que Cicero señaló hacia un punto camino abajo, cerca de la puerta y bajo el gran álamo, ante cuya base se encontraba arrodillada una figura solitaria.

Era casi de noche cuando Maximus se dirigió hacia los escalones que conducían a la casa. Una Olivia recién bañada salió a recibirlo.

- Tenía que hablar con ella -susurró.

- Te entiendo, cariño -dijo Olivia enlazando su brazo con el de él mientras ascendían los escalones.

- Ohhh ... me siento cansado -dijo Maximus mientras estiraba los brazos por sobre su cabeza y bostezaba- Es bueno que no viva aquí todo el tiempo, Cicero, o me volvería tan gordo y haragán como un cerdo.

- Lo dudo, señor -respondió Cicero con una sonrisa. Lo cierto es que Maximus lucía maravillosamente en forma y relajado, su cabello y barba más largos de lo habitual cuando estaba en casa. Su piel estaba bronceada y su cuerpo endurecido por trabajar a diario en los campos. Vestido con una simple túnica y sandalias podría haber pasado por un granjero local pero todos sabían perfectamente que no lo era. En todo caso, el que se estaba acostumbrando a la buena vida era Cicero, ya que Maximus lo había relevado de sus obligaciones y lo trataba como a otro miembro de su familia.

Cuando no estaba trabajando en mejoras para su propiedad o jugando con su hijo, Maximus se dedicaba a visitar los mercados locales, vendiendo sus mercancías y comprando provisiones Los ciudadanos de Emerita Augusta se acostumbraron gradualmente a tener entre ellos a un hombre famoso y dejaron de contemplarlo embobados como si se hubiera tratado de un dios en forma humana.

A medida de que los días se iban haciendo más cortos, la familia pasaba las noches tranquilamente frente al fuego, discutiendo los acontecimientos del día.

A menudo, visitaban a la familia de Olivia, con la que pasaban ruidosas veladas de conversación y juegos. Marcus jugaba con sus muchos primos y Persius contaba embellecidas historias sobre sus aventuras en Germania, logrando entre tanto que Maximus arqueara una o dos veces las cejas. Los hermanos y el padre de Olivia lo habían perdonado finalmente por haberla acompañado en el peligroso viaje para ver a su esposo pero pusieron en claro que esperaban que el episodio no se repitiera. Maximus les aseguró que no ocurriría ya que su esposa había sufrido suficientes contratiempos en Germania como para que le alcanzaran por el resto de sus días.

El invierno se iba acercando, el aire se hizo helado. Las noches eran ahora más largas y Maximus y Olivia pasaban muchas horas abrazados bajo las cobijas, conversando, riendo y haciendo el amor. Ninguno de los dos tocaba el tema del que ambos temían hablar ... la inminente partida de Maximus hacia Germania y su alejamiento de las personas que más amaba en el mundo. Marcus Aurelius le había dado permiso para permanecer junto a su familia hasta enero y se estaba acercando el fin de diciembre.

Una mañana, Maximus se despertó para encontrar a su esposa sentada frente al fuego, contemplando las llamas. Se frotó los ojos para borrar los restos del sueño.

- ¿Olivia?

Ella se dio vuelta para mirarlo.

- Maximus ... ¿quién es Julia?

Los ojos de Maximus se posaron sobre la carta arrugada y desgarrada que ella sostenía en su mano, luego volvieron a fijarse en los de su esposa. Se sentó en la cama, la manta deslizándose hasta la cintura para revelar su pecho y brazos desnudos.

- ¿Dónde la encontraste? -le preguntó tibiamente.

- Un soldado en Germania la encontró en un doblez de una tienda cuando extendió la lona para que se secara. Me la trajo para que te la diera. Así que ... te la estoy dando.

Maximus trató de aligerar su humor.

- ¿Cómo fue que te tomó tanto tiempo? -le dijo sonriendo. No funcionó. Olivia se volvió otra vez hacia el fuego. Maximus suspiró.

- Es la joven esclava que años atrás me ayudó a matar a Cassius ... Te hablé de ella ... ¿lo recuerdas?

La mirada de Maximus se sostuvo firme.

- ¿Te escribe a menudo?

- No, esa es su única carta. No tenía idea de qué había ocurrido con ella hasta que la recibí -Maximus cruzó los brazos- ¿La leíste?

- No.

- Tal vez deberías hacerlo. Léela. No me importa. De paso, despejará tus dudas

porque no hay nada que ocultar -Olivia no se movió- Léela -la urgió.

Después de un instante, Olivia desenrolló el papiro, lo inclinó de modo tal de que luz del fuego lo iluminara y lo leyó. Cuando hubo terminado, lo dejó caer en su regazo y se volvió para enfrentar a su esposo.

- Es una carta de amor.

A Maximus se le cayó la mandíbula.

- ¿Una carta de amor? No lo es -protestó- Es una mera carta de agradecimiento, nada más. Ella simplemente quería que supiera que se ha establecido y tiene una vida feliz ... una feliz vida de casada.

- Es una carta de amor -insistió Olivia- Sus sentimientos están claros si vas más allá de las palabras.

Maximus alzó los brazos exasperado.

- ¿Era hermosa?

- Sí, pero no más que tú.

- ¿Le hiciste el amor?

- ¡No! Olivia, hice la promesa de serte fiel en tanto ambos estemos con vida y la honro. Por favor, no me acuses de serte infiel porque nunca lo he sido ...

Desde que me casé contigo, nunca me acosté con otra mujer -Maximus se levantó de la cama desnudo y la tomó en sus brazos- ¿Por qué estás actuando así? ¿Hmmm?

Olivia resopló a través de sus lágrimas y se aferró a él mientras Maximus le acariciaba el cabello.

- No sé. Tengo ... tengo tanto miendo de perderte y me doy cuenta de que podría perderte ... de tantos modos. Pasamos tanto tiempo alejados.

- Es difícil para ambos. Lo sé. Pero al menos ahora sabes que Germania no es un rincón romántico donde paso mis días y mis noches en los brazos de hermosas mujeres. Ahora sabes cómo es mi vida realmente.

- Ahora voy a tener miedo de que te mueras de fiebre.

Maximus rió.

- No ... no pienses siquiera en esas cosas. En cambio, piensa en mí dirigiendo interminables prácticas y supervisando la construcción de caminos, comunicándome con exploradores y espías y correos, planeando estrategias para batallas que tal vez nunca ocurran. La mayor parte del tiempo, mi vida es muchas cosas menos excitante. Tú lo viste. Dicho sea de paso, ocupo la mayor parte de mi tiempo libre escribiéndote cartas e informes para Marcus Aurelius. No sé qué fue lo que impulsó a Julia a escribirme esa carta.

- ¿Vas a contestarla? -la voz de Olivia sonó ahogada, ya que su rostro estaba apretado contra el cuello de su esposo.

- No.

Maximus tomó la carta de la mano de su esposa y la arrojó al fuego, donde se retorció y humeó mientras se convertía en cenizas. Luego, Maximus alzó a Olivia en sus brazos y la llevó de regreso a la cama, donde pasaron el resto de la mañana sin ser molestados.

Tres días después, el 3 de enero del año 177, Maximus montó a lomos de Argento y lentamente recorrió su propiedad, tratando de grabar cada arbusto y flor y roca en su mente, construyendo un recuerdo que lo sostuviera durante los próximos meses ... o años.

Olivia y Marcus se encontraban junto a la puerta, sus adioses habían sido largos y dolorosos. Olivia apretaba a su hijo contra su cadera y su otra mano contra su vientre, bajo la capa, mientras apretaba las mandíbulas para evitar que le temblara el mentón. El niño trataba de ser valiente pero lágrimas silenciosas rodaban por su rostro. Levantó su pequeño puño y se lo llevó al pecho. Los ojos de Maximus se nublaron mientras le devolvía el saludo, luego, taloneó a Argento y galopó camino abajo antes de que lo ganara el debilitante impulso de desmontar y quedarse con ellos para siempre.

Capítulo 88 – Opciones

- En un honor volver a verte, Cesar -dijo Maximus mientras se mantenía en posición de firmes junto a la entregada de la lujosa tienda del emperador, la cual se encontraba situada en ese momento en Bonna, Germania Prima.

- Oh, Maximus ... ven aquí, ven aquí -respondió Marcus Aurelius mientras atraía a su general favorito a un cálido abrazo y le palmeaba afectuosamente la espalda. El rostro arrugado del emperador se suavizó mientras éste sujetaba los hombros del hombre más joven y se echaba hacia atrás para estudiarlo mejor -Te ves bien, Maximus. ¿Tu pierna está totalmente curada?

- Sí, Mi Señor. He recuperado totalmente mis fuerzas. El tiempo que pasé en España me ayudó mucho. Una vez más, gracias por haberme concedido esa licencia.

- Pues me temo que bien puede ser la última por algún tiempo -Marcus se dio vuelta y Maximus notó que sus hombros estaban encorvados y que tenía un aspecto frágil ... ¿o acaso el cansancio lo hacía aparecer tan vulnerable?

- Siéntate Maximus -Marcus señaló una cómoda silla- y quítate la armadura. Aquí no la necesitarás. ¿Has comido?

- No en un largo rato, Mi Señor -dijo Maximus con honestidad y su estómago gruñó mientras se desabrochaba la capa, las pieles y la coraza y las depositaba en el suelo junto a la silla. Tuvo que hacer un esfuerzo para resistir la urgencia de estirarse y rascarse el pecho.

Un sirviente emergió de entre las sombras trayendo una bandeja con dos copas llenas hasta el borde de un espumoso líquido ambarino.

- ¿Te gusta la cerveza, Maximus? Debo admitir que he pasado tanto tiempo en Germania que ha llegado a gustarme.

Maximus sonrió.

- A mí también. Es un cambio interesante entre tanto vino pero, por cierto, hay que aprender a gustarla ... un poco amarga. En España no tenemos nada parecido -tomó una copa de la bandeja y la alzó en un gesto de honra hacia su emperador-

Por la paz del imperio, mi señor.

Marcus alzó su copa en respuesta y bebió el contenido sin pararse para tomar aliento. Cuando terminó, estaba un poco jadeante. Maximus trató de no mostrar reacción alguna pero no pudo suprimir un ligero temblor de sus labios. No se dio cuenta de que su expresión divertida se había extendido al resto de su rostro hasta tanto Marcus alzó sus cejas y dijo con una mueca:

- Ahhh, disfruto del tiempo que paso a tu lado, Maximus. Puedo relajarme y no tengo que cuidarme de lo que digo y hago.

- Me siento muy honrado de que te sientas así, Mi Señor. Yo también disfruto de tu compañía. Nos vemos muy poco.

- Tienes razón. ¿Más cerveza?

- Por cierto que sí, Mi Señor -sus copas fueron llenadas nuevamente y esta vez ambos hombres se dedicaron a disfrutarla antes que a tragarla- ¿Estuviste en

Roma, Cesar?

- Sí. Tenía muchas cosas de que ocuparme. Cosas nada placenteras, me temo. Tuve que volver a aumentar los impuestos para cubrir los gastos de las guerras que estamos librando en todos los frentes -hizo una pausa, luego agregó cautelosamente- Los moros invadieron el Sur de Hispania, Maximus. ¿Lo sabías?

- ¡Qué! No, Mi Señor -dijo Maximus al tiempo que se enderezaba, visiblemente

alarmado- ¿Cuántas legiones hay en Hispania, mi señor. No deben ser muchas, ¿no es cierto?

- Relájate, Maximus. La invasión será contenida. Hay sólo una legión establecida en forma permanente en Hispania pero he movilizado tres más desde Italia y Galia. La partida invasora no es muy grande y pronto será aniquilada. No se encuentran en modo alguno cerca de tu casa.

Maximus se pasó la mano por la nuca, luego se llevó la copa a sus labios y bebió su contenido de un trago. Inmediatamente, la copa volvió a ser llenada.

Cuando su general se hubo relajado un poco, Marcus continuó.

- Para reunir dinero hice algo más que aumentar los impuestos ... rematé muchas

de mis pertenencias personales. Se me ocurre que es lo mínimo que puedo hacer ya que le estoy pidiendo a todos los demás que den más aún. Joyas. Hice que mis hijas conservaran sólo sus favoritas y vendí el resto. Actualmente hay en el palacio imperial habitaciones completamente vacías.

- Lo siento, Mi Señor.

- Ah ... todos tenemos que hacer sacrificios por el imperio, Maximus. Estamos obligados a hacerlos por ser ciudadanos de Roma. Todo el tiempo tengo que alistar más y más hombres en las legiones todo el tiempo y tienen que ser vestidos, equipados y alimentados. ¿Sabías que estoy preocupado por la posibilidad de quedarme sin hombres? He llegado inclusive a alistar a algunos gladiadores. Muchos de esos pobres desgraciados fueron soldados hace no mucho tiempo y ahora deben luchar en el bando contrario.

- ¿Puedo hacerte una pregunta, mi señor?

- Por supuesto.

- A la luz de lo que me acabas de decir, ¿aún tienes expectativas de anexar los territorios al otro lado del Danubio?

- Es una buena pregunta y no tengo una respuesta. La verdad es que hay grandes riquezas en esos territorios que ayudarían a llenar los cofres de Roma pero el costo de obtenerlas sería alto.

- Tanto en términos de vidas humanas como de equipamiento, Mi Señor.

Marcus asintió.

- Sí, me doy cuenta. Encuentro tan difícil ver morir a los soldados romanos como tu. Pero se deben sacrificar vidas para mantener fuerte al imperio -miró directamente a Maximus- Como dije, todos debemos hacer sacrificios.

El emperador acabó su cerveza y aceptó otra copa pero Maximus indicó que había bebido lo suficiente.

- Mi visita a Roma fue la primera en siete años, por difícil que resulte creerlo. Casi me siento un extranjero, Maximus. Ha cambiado mucho a lo largo de los años que llevo siendo emperador y yo no estuve allí para verlo, de modo que esos cambios me tomaron por sorpresa. ¿Sabes cuál es el furor de moda?

La pregunta era meramente retórica pero Maximus la respondió igualmente con un movimiento de su cabeza.

- La astrología. Los horóscopos.

- ¿Horóscopos?

- Sí ... la lectura de las estrellas y la creencia de que éstas influyen sobre los asuntos de los humanos. Gente de todas partes de la ciudad hace trazar sus horóscopos y termina alterando sus vidas de acuerdo a lo que escucha -Marcus contempló a Maximus bajo sus frondosas cejas blancas- Si vivieras en Roma, ¿lo harías?

- ¿Hacer trazar mi horóscopo? No, mi señor, no lo creo. Me inclino por creer que son las acciones de un hombre las que determinan su destino, no las estrellas.

Por cierto que siempre ocurren eventos inesperados en nuestras vidas pero pienso que es el modo en que reaccionamos ante estos lo que determina nuestro futuro

-Maximus se acomodó en su silla- Debo admitir, sin embargo, que a veces busco signos -especialmente antes de las batallas- pero creo que esos signos son posibles indicios de lo que vendrá, no una ventana abierta hacia el destino -sonrió ampliamente- Esos signos son probablemente producto de mi imaginación a causa del nerviosismo, Mi Señor, no señales de los dioses.

Marcus rió.

- Bien ... yo creo lo mismo. El hombre determina su propio destino. ¿Sabes qué otra cosa están haciendo en Roma?

Otra vez, Maximus negó amablemente con la cabeza.

- Se van en manada a Grecia para consultar a esa sacerdotisa, la Sibila -Marcus agitó su mano en un gesto de desdeñoso- Oh, el consultarla es algo que se ha venido haciendo por generaciones, ya lo sabes, pero ahora está de moda. Hasta los senadores van a consultarla porque creen que ella les dirá los secretos de los dioses mientras se encuentra en trance. Hasta le piden consejo sobre asuntos de estado -como, por ejemplo, quién será el próximo entrenador- y lo tienen todo anotado en libros. ¡Imagínate! No son las estrellas ni los dioses quienes determinarán quién será el próximo emperador, ¡soy yo!

- Por supuesto, mi señor -Maximus asintió con la cabeza para enfatizar sus palabras.

- Ah ... aquí está nuestra comida. Se está bien aquí. ¿Por qué no nos quedamos

así como estamos? -Marcus le volvió a sonreír a Maximus e instruyó a los sirvientes para que colocaran la comida sobre pequeñas mesas al alcance de ambos hombres- Así que -siguió Marcus mientras partía una rebanada de pan- estás de acuerdo en que soy yo el hombre que debe elegir al próximo emperador.

- Es tu derecho y tu deber, mi señor-

- Exacto. Y es algo sobre lo que he estado pensando mucho últimamente -Marcus

bebió un sorbo de vino- Soy un hombre viejo, Maximus.

En aquel momento, Marcus se veía muy viejo. El general bajó la mirada y de repente se le hizo difícil tragar. Casi se atoró con su pan y bebió un trago de vino para poder pasarlo. Marcus lo miró atentamente, luego se acomodó en su diván.

- Como dije, Maximus, regresé a Roma hace algunos meses tras varios años de ausencia. Una de las razones por las que lo hice fue porque tenía que atender asuntos de familia que postergué por mucho tiempo pero no podía seguir demorando -bebió otro trago de vino- Algo que me enseñó el complot de Cassius para apoderarse del trono es que si un sucesor no ha sido nombrado, el imperio se sumirá en el caos a la hora de mi muerte, cuando los candidatos luchen entre sí por el poder aún antes de que mis huesos se enfríen. Tengo que agradecerte a ti que eso no haya pasado hace unos pocos años.

Maximus masticó su comida mientras pensaba en el traicionero general y su propio rol en su derrota y en la posibilidad de que existieran docenas de hombres igualmente ambiciosos e implacables.

- El imperio podría verse sumido en la guerra civil mientras los candidatos buscan apoyo en los diferentes generales de los ejércitos de Roma en su intento de apoderarse del poder, ¡ugh! Ni siquiera puedo tolerar pensar en algo así -su escaso apetito saciado, el emperador se sentó de nuevo, sus ojos fijos en su general, quien contemplaba pensativamente su comida- Sabes que hubo pánico en Roma cuando se esparció el rumor de que había muerte. El senado se dividió de inmediato en diferentes fracciones, cada una apoyando a su propio candidato -Marcus suspiró profundamente y se pasó la mano por la cara. Maximus lo miró brevemente, luego volvió a bajar la vista- No puedo permitir que algo así vuelva a ocurrir. El único modo de hacerlo, es designar un sucesor mientras aún estoy vivo. Con ese objetivo, arreglé matrimonios para mis hijas mientras me encontraba en Roma.

Aquello atrajo la atención de Maximus, tal como Marcus sabía que lo haría, y el hombre más joven alzó la mirada sorprendido. Una sensación de incomodidad recorrió la espalda de Maximus y éste se estremeció ligeramente. Bajó los ojos otra vez, cuando se dio cuenta de que Marcus había notado su reacción. Se preguntó a dónde conduciría la conversación.

El emperador continuó.

- Por supuesto, una de mis hijas está casada con Claudius Severus. A las dos más jóvenes las comprometí con hombres igualmente inefectivos e impotentes, Burrus, quien proviene de la familia del general Antistius Adventus, y Sura Mamertinus. Esos dos no le causarán problema alguno al futuro emperador. Marcus hizo un alto y se hizo un silencio absoluto en la estancia salvo por el silbar del frío viento que soplaba sobre el techo de lona, haciendo que éste se moviera ligeramente. Maximus sabía que el emperador esperaba que él preguntara por Lucilla pero no iba a hacerlo.

Finalmente, Marcus volvió a hablar.

- En cuanto a Lucilla, bueno, su casamiento es de particular importancia. Tengo que decidir entre casarla con un hombre igualmente inferior a los que elegí para sus hermanas y, por lo tanto, removerla para siempre de una posición de influencia o bien elegir cuidadosamente un esposo con la intención de hacerla nuevamente emperatriz y a su esposo emperador cuando yo muera -Marcus dejó su copa sobre la mesa y se puso de pié lentamente, apretando una mano contra su baja espalda, como si tratara de contener un dolor. Su larga vestimenta se arrastró por el piso mientras el emperador se movía hasta quedar parado detrás de la silla que ocupaba Maximus. El general contempló la pared más lejana, sintiendo que un gran peso había caído repentinamente sobre sus hombros.

Cuando Marcus finalmente habló otra vez, su voz no era más que un susurro pero sonó tan cercana al oído de Maximus que éste sintió que la nuca se le erizaba.

- Lucilla, por supuesto, tiene su propia opinión sobre el tema y está deseosa de hacer lo que sea necesario para evitar que su hermano se convierta en emperador.

Ha sugerido un matrimonio que la complacería, serviría bien al imperio ... y me deleitaría. Pero, si el hombre en cuestión no acepta la propuesta, entonces tendré sólo una opción. ¿Te gustaría escucharla, Maximus?

Sin esperar respuesta, Marcus soltó el respaldo de la silla de Maximus y volvió a colocarse en su línea de visión.

- La única otra posibilidad es que mi hijo, Commodus, sea declarado mi heredero y que case a Lucilla con ese sirio insignificante, Claudius Pompeianus.

Maximus soltó un suspiro tembloroso.

- Commodus es muy joven, Mi Señor.

- Por cierto que lo es, Maximus, y esa es una de las muchas razones por las cuales no es la mejor opción. Es mi hijo pero no soy ciego. Pero si eso sirve para salvar al imperio de una guerra civil, lo nombraré mi heredero. Podría empezar nombrándolo co-emperador, como yo mismo lo fui con Lucius Verus y que luego, cuando yo muera, siga adelante como único emperador. Realmente, casi no se notaría la transición.

La cabeza de Maximus daba vueltas. ¿Commodus? ¿Emperador?

- Uh ... sería el primer emperador nacido durante el reino de su padre, Mi Señor

-dijo Maximus cuando no se le ocurrió nada más que decir.

Marcus sonrió.

- Conoces bien la historia. Sí, Commodus se convertiría en el décimo séptimo emperador de Roma. Ese sería el modo más fácil de establecer una sucesión. ¿No estás de acuerdo ... Maximus?

- Sería el modo más fácil, Mi Señor.

- ¿Y la mejor opción, Maximus?

- Esa es una decisión que sólo te compete a ti, Cesar.

- Te estoy pidiendo tu opinión.

Maximus empezó hablar, luego se detuvo mientras buscaba las palabras adecuadas.

- Tal vez haya una tercera opción ... podrías elegir a un senador como tu heredero, Mi Señor. Tal vez podrías adoptar a uno de ellos ... eso se hace habitualmente ... tu mismo eres adoptado.

- ¿Y a qué senador sugerirías?

Maximus se encogió de hombros.

- No los conozco, Mi Señor.

- Bueno, pues yo sí los conozco y no hay ninguno al que me quisiera ver como emperador. Oh, eso no quiere decir que no haya en el senado hombres capaces pero, ser emperador, requiere cualidades especiales. Ningún senador está más calificado que mi hija, Lucilla, pero -lamentablemente- es mujer. Ahora, imagínate a Lucilla emparejada con un hombre de igual fuerza e inteligencia, integridad y coraje. ¡Qué equipo formarían! Un emperador y una emperatriz dignos

de su título -Marcus estiró sus dedos mientras estudiaba a Maximus, quien a su vez se rehusaba a mirarlo a los ojos- ¿Qué piensas, Maximus?

- Yo ... Yo creo que ... que la elección es tuya, Mi Señor.

- Sé que la elección es mía, Maximus -dijo Marcus con un toque de impaciencia-

Quiero tu opinión.

¿Estaba hablando en serio? Maximus se frotó nerviosamente los nudillos de una mano con la palma de la otra.

- Con toda honestidad, no creo que Commodus sea la mejor elección como emperador.

Marcus asintió con la cabeza.

- Entonces crees que debo casar a Lucilla con el hombre que deseo que sea mi sucesor.

Maximus sintió como la trampa se cerraba y rezó pidiendo que algo distrajera al emperador. ¿No podía caer un rayo sobre la tienda o algo así?

- Supongo que sí, -Mi Señor, y estoy seguro, de que hay muchos candidatos adecuados.

- En realidad, no -lo interrumpió Marcus- Lucilla y yo lo hemos discutido y estamos de acuerdo en el candidato.

Maximus permaneció en silencio, sus ojos fijos en el suelo.

- Este hombre s un líder natural y ha probado su valía una y otra vez -Marcus se inclinó hacia delante y capturó la mirada de Maximus, rehusándose a liberarla-

Conozco bien a este hombre. Ama al imperio. Hará lo que es adecuado para Roma.

Es el único hombre que puede impedir que mi hijo se convierta en emperador.

Marcus se reclinó hacia atrás, sus ojos siempre fijos en el general.

La comida que acababa de comer se sentía como plomo en su estómago y las manos de Maximus se aferraron a la silla hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

- Ese hombre ... ¿qué es lo que hace?

- Está en el ejército ... es su líder más importante.

- Puede que no entienda la política del imperio, Mi Señor -dijo Maximus con una nota de desesperación en su voz.

- Tendría a mi hija para guiarlo. El carácter es mucho más importante que el conocimiento de la política. Eso puede aprenderse. Con el carácter se nace o no

se nace.

El corazón de Maximus atronaba y se sentía sin aire, como si hubiera corrido una larga distancia cargando con un gran peso.

- Ese hombre, ¿es libre de casarse con tu hija? -su voz sonó muy pequeña, aún a sus propios oídos.

- Se lo puede hacer libre con un mínimo alboroto. Se tomarían los recaudos necesarios para proteger a su actual familia.

Ni siquiera por el imperio abandonaría a su amada esposa e hijo. No podía hacerlo y no lo haría. Maximus miró a Marcus Aurelius directamente, levantó su mentón y no dijo nada, su cuerpo tan frío y rígido como piedra. Si Maximus no consentía en casarse con Lucilla y convertirse en heredero de Marcus Aurelius,

¿se convertiría en el único responsable de que Commodus llegara a ser emperador?

Aquello era puro y simple chantaje. Tal vez lo único que Marcus tenía en mente era lo mejor para Roma pero Maximus se sintió traicionado en lo personal. Sólo podía rezar para que Marcus apenas estuviera tanteando el terreno y no hubiera decidido su curso de acción.

Pasó un largo rato antes de que Marcus finalmente suspirara y dijera:

- Es tarde, Maximus, y estoy cansado. Estoy seguro de que tu también lo estás después de tu viaje. ¿Por qué no nos retiramos y piensas en privado en lo que te he dicho? Podemos volver a discutirlo en otro momento. Decisiones como ésta no se toman así como así -se puso de pié y Maximus también lo hizo envaradamente.

Marcus lamentaba causarle al hombre más joven tan obvio malestar pero sabía en el fondo de su corazón que estaba haciendo lo adecuado.

- De paso, traje a Commodus conmigo. Pensé que le haría bien vivir en el frente por un tiempo y ver qué es lo que un verdadero emperador hace como tal.

Marcus miró tristemente cómo Maximus reunía sus pertenencias y salía la tienda sin pronunciar palabra.

Capítulo 89 - El Nuevo Recluta de Maximus

Maximus se paseaba frente a sus hombres tratando de controlar su furia. Le había dicho a Commodus que se encontrara con él a mediodía y el joven llevaba dos horas de atraso. Sus hombres se estaban cansando de estar formados de modo que Maximus les dio permiso para descansar. Los soldados se sentaron en el suelo y contemplaron a su general ir y venir hasta acabar completamente con el pasto bajo sus pies, Hércules siguiéndolo como una sombra.

Maximus maldecía a Marcus Aurelius en silencio. Le dijo que había traído a su hijo a Germania para que aprendiera en qué consiste la vida de un emperador y, en cambio, se lo había asignado a él. En un intento por calmar a su general, el emperador había despachado algunas legiones para que se encontraran con la Felix III en Bonna. No fue suficiente. Maximus estaba enojado con el emperador, furioso con su hijo y se sentía vejado por verse obligado a tener que sufrir la compañía del muchacho mientras Marcus trataba de convencerlo acerca de lo inadecuado que era Commodus para conducir un imperio. Maximus no necesitaba al odioso heredero imperial todo el tiempo a su alrededor para saberlo.

Finalmente, Commodus y su guardia pretoriana aparecieron trotando alegremente sobre la colina cercana. Los hombres se apresuraron a ponerse de pie para recibir al hijo del emperador, a pesar de su apenas disimulado desdén por el joven e inclinaron sus cabezas a medida de que se aproximaba. La inclinación de Maximus fue tan ligera que resultó prácticamente inexistente, sus dientes al descubierto mientras sus labios se retraían en una mueca tensa.

- Estamos listos para partir desde hace dos horas, Alteza.

- ¿Dos horas? Supongo que el tiempo se me pasó volando, Maximus. Estaba practicando el uso de la espada con mis hombres, como siempre lo hago a esta hora del día -Commodus lo miró altaneramente desde lo alto de su semental- Ya estoy aquí así que no perdamos más tiempo, ¿de acuerdo? ¿Cómo se supone que nos vamos a divertir hoy? ¿Reparando caminos como hicimos antes? ¿Hmmm? ¿Cuál es la diversión programada para hoy, general? -sus palabras se arrastraron sarcásticamente.

Al tiempo que Maximus hervía, los hombres de la legión Felix III se miraron entre sí expectantes. Nadie se atrevía a provocar a su general de ese modo y se salía con la suya, ni siquiera el hijo del emperador. Alarmado por la expresión de Maximus, Quintus se acercó a su amigo y le indicó con sus manos que cuidara su lengua. Sus gestos fueron completamente ignorados.

Maximus se plantó sobre sus piernas abiertas en una actitud de desafío, apoyó las manos sobre su cadera e inclinó la cabeza de costado mientras alzaba la

mirada para contemplar a Commodus, quien lucía uno de sus trajes más finos a pesar de lo sucio del trabajo que la legión debía completar ese día, creando un marcado contraste entre él y Maximus, quien vestía una simple túnica de lana, llevaba las piernas desnudas y calzaba sandalias.

Los pretorianos que acompañaban a Commodus estaban igual de elaboradamente vestidos con sus uniformes de cuero, lana y seda negras riveteados de oro.

- Si tú y tus hombres encuentran esas tareas demasiado exigentes, Alteza, tal vez podamos encontrarles algo más adecuado -su ira lo volvió petulante- Tal vez pudieran ... encargarse del lavado de ropa. De ese modo, las bateas de agua permitirían que los chicos bonitos alineados detrás de ti pudieran admirar su propio reflejo mientras lavan y terminarían el día aún más limpios de lo que lo comenzaron.

Quintus hizo una mueca mientras una oleada de risas apreciativas se expandía entre las filas de soldados, a medida de que el comentario de Maximus era pasado en voz baja a aquellos hombres que se encontraban demasiado lejos para haberlo escuchado; las carcajadas se siguieron expandiendo hasta alcanzar a los que se encontraban más lejos. Quintus les dedicó una mirada severa y la risa murió poco a poco.

A pesar de su expresión agria al mirar a las tropas, Commodus tuvo la decencia de sonrojarse consciente de que era él la causa de su diversión.

- ¿No puedes controlar a tus hombres, general?

- Maximus, cuida tu lengua -apuntó Quintus en voz muy baja, preocupado de que el general llegara a lamentar haber hecho un comentario tan cáustico.

- No tienes siquiera idea de la extensión de su autocontrol, Alteza -los hombres de la legión Felix III brillaron de orgullo ante la muestra de apoyo de su general- Tu padre te puso bajo mi mando. Quería que probaras en qué consiste ser un soldado. Parece que probar es lo único que te interesa, no comerte el plato entero ... pero tomarás parte en las actividades del día.

- ¿Cómo te atreves a hablarme así? -siseó Commodus.

- Si no te gusta, preséntale la queja a tu padre -Maximus giró sobre sus talones y se alejó, prácticamente saltando sobre el lomo de un sorprendido Argento el cual se encabritó de pura sorpresa. Hércules salió disparado de su lugar bajo las patas del caballo, miró a Commodus y le gruñó.

- Quieto, Hércules -ordenó Maximus al tiempo que hacía que Scarto se diera vuelta y lo urgía a ponerse en movimiento.

Poco después, Maximus se encontraba de pié en el Danubio, con las frías aguas de abril hasta los muslos y sus pies hundidos en el barro, dirigiendo la operación

consistente en ensanchar el cauce de un arroyo lateral de modo de permitir que el agua fluyera mejor hacia el campamento. Los hombres gruñían al tiempo que extraían paladas de barro y las apilaban laboriosamente en las márgenes del río.

Una vez que el cauce estuviera ensanchado, tendrían que reforzar las orillas con piedras para evitar que el barro se deslizara nuevamente dentro del río.

Commodus se había quitado las botas y se había adentrado en el agua hasta que ésta le llegó a los tobillos, su rostro una máscara de desagrado. Sostenía el ruedo de su manto en alto, rehusando quitársela pero al mismo tiempo no queriendo arruinarla, mientras usaba su otra mano para espantar a las moscas de primavera, las cuales parecían especialmente atraídas por el brillo de su coraza. Miraba cómo trabajaban los soldados, fingiendo apreciar lo que éstos hacían. Ocasionalmente, le ofrecía a Maximus algún comentario u opinaba sobre el progreso del trabajo pero el general lo ignoraba sistemáticamente. Cuando parte de la orilla amenazó derrumbarse, Maximus tomó una pala y se puso a trabajar lado a lado con sus hombres, para gran disgusto de Commodus.

Hércules había jugueteado en el agua por un rato pero ahora yacía en la margen del río, la mandíbula apoyada en las patas delanteras, sus cejas moviéndose mientras miraba trabajar a su amo. Cada vez que Commodus hablaba, un gruñido retumbaba en el pecho del enorme perro sólo para ser reemplazado con un alegre movimiento de su cola cuando escuchaba la voz de Maximus.

Al final del día, los cansados y sucios, los hombres caminaron pesadamente de regreso hacia el campamento, detrás de su embarrado general. El cauce había sido ensanchado y reforzado. Su tarea estaba terminada y estaban satisfechos con su logro. Un inmaculado Commodus cabalgaba junto a Maximus, quien tenía la vista fija en el horizonte.

- Maximus, creo que es impropio que un hombre de tu nivel trabaje como un simple soldado. Mírate ... estás sucio ... nadie sería capaz de reconocer tu rango.

Creo que perderás el control de tus hombres si te comportas como uno de ellos.

- Mis hombres saben quién es su general, Alteza. La autoridad de un hombre no tiene nada que ver con la ropa que usa -respondió Maximus echando una mirada al atuendo de Commodus. El tono de su voz era benigno ya que se encontraba demasiado cansado para entrar en una batalla verbal con el joven -Te gustará el trabajo de mañana, Alteza. Vamos a rellenar un pantano con rocas que sacamos de las cuevas de las colinas. No será tan malo. En esta época del año, las serpientes del pantano son relativamente pequeñas.

A Commodus se le cayó la mandíbula y Maximus urgió a Argento para que trotara, una sonrisa tironeándole los extremos de la boca.

- ¿Estuviste jugando con barro, señor?

- Esta noche no estoy de humor para bromas, Cicero -dijo Maximus cansadamente, mientras se sentaba y se arrancaba sus sandalias sucias de barro.

- Lo siento, señor. Te prepararé el baño enseguida.

- Que sea bien caliente. Estoy completamente helado.

- Por supuesto. Entre tanto, bebe esto. Te calentará por dentro -Cicero le alcanzó una copa de vino sin diluir- No dejes que te derrote, señor.

Maximus le sonrió a su amigo.

- ¿Es tan evidente?

- Oh, sí. En el campamento no hablan de otra cosa que del modo en que enfrentaste al príncipe, pero todos sabemos que es duro para ti -dijo Cicero.

Tras un momento de vacilación, agregó - ¿Puedo darte un consejo, Maximus ... como amigo?

El general sonrió.

- Si digo que no, ¿te lo guardarás?

- No.

- Entonces ... di lo que piensas.

- Ten cuidado de Commodus, señor. Ya te ha causado gran cantidad de problemas y aún no está en una posición de poder. Algún día, puede llegar a estarlo. Sólo ... ten cuidado, señor.

- Entendido, Cicero. Quintus también me lo advirtió -Maximus cerró los ojos, tratando de borrar al mundo que lo rodeaba.

Algunas horas más tarde, Maximus se sentó ante su escritorio y apoyó los codos sobre la superficie lustrada, masajeándose las sienes con las yemas de los dedos. Nadie en el campamento comprendía realmente por lo que estaba pasando.

Los soldados que veían el aspecto externo del conflicto no tenían ni idea de lo que estaba sufriendo por dentro. La presión y la soledad le resultaban casi intolerables. Ansiaba contarle sus problemas a su esposa y escuchar sus amables palabras de consuelo mientras le apretaba la cabeza contra sus suaves pechos.

Maximus atrajo la lámpara más cerca, luego cortó un trozo de papiro de un rollo.

Mojó su pluma en el tintero y escribió:

Mi querida Olivia, espero que esta carta los encuentre bien a ti y a nuestro hijo...

A miles de millas de distancia, en Italia, otra alma solitaria tomaba la pluma ...

El Diario de Julia - Primera Parte

Una novela escrita por Hebe Blanco

Fue Apollinarius -el viejo, querido Apollinarius- quien me instó a que escribiera este diario. Ocurrió durante una noche de primavera, hace no mucho tiempo, cuando lloró en mis brazos como un niño y yo deseé poder mezclar mis lágrimas con las suyas. Pero no me quedan lágrimas por llorar. Derramé las últimas durante una noche, parece que hace toda una vida, en Moesia, cerca del Mar Negro, por un hermoso general romano.

Era una noche lluviosa y me despertó el frenético golpear a la puerta de mi departamento. Estaba sola porque Nicia, mi servidora, regresaba cada noche junto a su esposo ... y al departamento del hombre que hoy yo llamo "esposo".

Estaba sola como quería estarlo en las noches, cuando el sol caía por debajo del horizonte y las sombras envolvían la ciudad. En esas noches, me sentaba en mi cuarto con mi lámpara y mis libros y mis recuerdos de un hombre de ojos azules.

Tomé la lámpara y fui a la puerta, la que abrí para encontrar a mi siempre elegante tutor y amigo sucio de barro y sangre, sus finas vestiduras desgarradas, su cabello revuelto y sus ojos rojos e hinchados. Mientras permanecía asombrada en el umbral, Apollinarius me miró a los ojos y me dijo entre desgarradores sollozos:

- ¡Julia, oh Julia! Hippolitus ha muerto.

Saber de la muerte de su joven y hermoso amante fue como recibir un golpe pero antes de que pudiera preguntarle cómo había ocurrido, se arrojó en mis brazos llorando como un niño. Finalmente, cuando pudo hablar, Apollinarius me dijo que el muchacho -quien tenía sólo dieciocho años- había sido aplastado bajo los cascos de los caballos de un grupo de borrachos que salía de una taberna, las leyes de la ciudad permitiendo durante la noche el uso de monturas en sus calles.

Apollinarius y yo pasamos lo que quedaba de la noche compartiendo un diván en mi antecámara, bebiendo vino especiado y hablando. O, mejor dicho, él hablaba y yo lo escuchaba y de tanto en tanto, cuando el dolor lo desbordaba, yo lo estrechaba contra mi pecho como si hubiese sido la criatura que tanto ansío y que nunca tendré.

¡Pobre, querido Apollinarius! La muerte de Hippolitus otro vínculo entre nosotros, los dos nacidos esclavos, los dos forzados a una vida antinatural y sin amor desde muy temprana edad, los dos liberados por la generosidad de hombres poderosos y compasivos, los dos dejados de lado y forzados a forjarnos una nueva vida, los dos tan enamorados de los libros y la historia y la belleza ... los dos tan solos y ahora los dos compartiendo el dolor por la pérdida de nuestro amado, él ante la muerte, yo ante el honor y otra mujer.

La lluvia cesó al amanecer y para ese momento ambos estábamos exhaustos y algo más que un poco ebrios. Poco antes de quedarse dormido, Apollinarius me miró con sus hermosos y ahora doloridos ojos castaños y me dijo:

- Julia, sé muchas cosas sobre tu vida pasada. Muchas cosas salvo una: ¿qué hizo él para causarte tanta tristeza?

Traté de protestar, de negar la verdad que él había visto tras los muros que erigí a mi alrededor desde mi regreso a Roma. Pero Apollinarius me silenció con un gesto de su mano.

- No, Julia -dijo- No trates siquiera de negarlo. Te he visto sufrir por él desde el día en que te conocí. Y no, no necesitas contarme. Pero encuentra el modo de volcar lo que hay en tu corazón o terminarás por hacerte más daño del que él te hizo.

Poco después, Apollinarius se quedó dormido en mis brazos y un rato más tarde yo lo seguí hacia el olvido. Cuando despertamos, ambos estábamos algo avergonzados y nos apresuramos con los preparativos del funeral de Hippolitus para evitar hablar sobre la noche anterior. Para él había sido la primera noche en su vida -y que yo sepa, la única- en que había dormido en los brazos de una mujer. Para mí, la segunda en que había dormido en los brazos de un hombre con el que no había compartido mi cuerpo. Para Apollinarius yo no tengo uso alguno en ese aspecto pero aquella noche en Moesia el otro hombre me había deseado tanto como yo a él. Sin embargo, rehusó aceptar lo poco que yo tenía entonces para ofrecerle, dejándome atrás sin el consuelo del recuerdo de su cuerpo.

Así que poco después del funeral de Hippolitus, volví a mi departamento y empecé a escribir. Al principio, fue un ejercicio torpe y doloroso. Mi pluma parecía ir en una dirección mientras mi mente vagaba en otra. ¡Sentía tanta vergüenza de poner por escrito lo que realmente quería y tanto necesitaba decir! De modo que, en lugar de escribir lo que en verdad estaba en mi corazón, traté una y otra vez de escribir sobre la poesía de Ovidius y Catullus o mi opinión sobre tal o cual tragedia griega.

Pocos meses más tarde, recibí la más inesperada de las visitas: uno de mis vecinos, Marius Servilius Tibullus, vino a mi departamento y me propuso matrimonio. Era un acaudalado constructor de barcos, quien pasaba la mayor parte del tiempo en sus astilleros y los puertos del imperio pero mantenía un departamento en el mismo edificio donde estaba el mío, regresando a Roma cada tantos meses. Mi servidora y su esposo eran los cuidadores de la propiedad que quedaba directamente debajo de la mía, en el primer piso del edificio, siendo esa la razón por la cual pude contratar a Nicia sin tener que alojarla conmigo.

Lo había visto por primera vez a su regreso a Roma luego de un año y medio de constante viajar entre uno y otro astillero, cuando nuestros pasos se cruzaron en la entrada del edificio. Me saludó amablemente e intercambió unas pocas palabras con Nicia, pero sus ojos nunca se apartaron de mí. Poco después, mi servidora me dijo que Marius Servilius Tibullus había estado haciendo muchas preguntas sobre mí. Dijo también que el hombre era viudo desde hacía muchos años, no tenía hijos ni otra familia conocida y que, aunque su departamento romano era simple, era muy rico y prefería vivir en su propiedad cercana al mar. Desestimé las palabras de Nicia y también el interés de Marius Servilius Tibullus pese a que ocasionalmente lo cruzaba y en un par de oportunidades apareció en mi mesa un ánfora de excelente vino de Cécuba, un presente más adecuado para un hombre de negocios que para una mujer, pero no tan inapropiado que requiriera ser devuelto.

A pesar de que conocía su interés, su propuesta me tomó por sorpresa. Nunca había pensado en mí misma como en una mujer casada y la rechacé pero él insistió y al final me convenció de convertirme en su esposa. A pesar de que mi casamiento fue una simple ceremonia privada, bastó para mantenerme apartada de la escritura y no fue sino hasta varios meses después, cuando nos hubimos establecido en su propiedad cerca del mar y aprendí a manejarla como se esperaba de mí en mi nueva condición, que empecé a escribir nuevamente. Pero aún entonces era el mismo ejercicio torpe, estéril, vacío ...

Y, entonces, ocurrió.

Esa noche, nos encontrábamos cenando junto a varios socios de Marius Servilius y sus esposas. El comedor estaba lleno de risas y conversación cuando, repentinamente, escuché su nombre. Desde que nos casamos, a mi esposo le gusta invitar a sus amigos y socios a visitarnos y cenar porque dice que el arte de recibir es algo que un hombre solo no puede dominar ni disfrutar. En otros tiempos, me habría sentido intimidada ante la idea de manejar su servidumbre y su propiedad así como también de estar a cargo de planear sus banquetes. Pero Apollinarius me educó bien y, aunque mi vida pasada fue muy diferente de la actual, algunas de las habilidades que adquirí durante aquellos días terribles han probado no sólo no ser vergonzosas sino también útiles. Y, por sobre todo, no soy más aquella Julia, la asustada, confundida muchacha que tembló y lloró en los brazos de un general romano sino una mujer que se las arregló para sobrevivir tanto la esclavitud como la libertad y también se las arregló para sobrevivir tanto la prostitución como el enamorarse ... y ser rechazada. Fue esta nueva Julia la que aceptó casarse con un hombre al que apenas conocía, la que caminó sola y con paso firme hacia su propia boda, la que no retrocedió ante la vista de esta enorme y lujosa propiedad o lo numeroso de su servidumbre y, en cambio, tomó el manejo de ambas en sus manos calma y eficientemente, para deleite y orgullo de su esposo. Y, desde aquella noche, esta Julia que tan naturalmente está a cargo, ha sido la respetada Domina, la hermosa, distante e impecable señora de la casa de Marius Servilius Tibullus.

Cuánto tiempo había pasado desde que nos dijimos adiós bajo la primera luz del alba? ¿Cuánto tiempo desde que escuché sus últimas palabras, desde que escuché por última vez su hermosa, profunda voz?

Dos años. Dos años desde que cabalgué para alejarme de él, sin atreverme a darme vuelta para robar una última mirada, temerosa de no ser capaz de obligarme a seguir adelante si así lo hacía, temerosa de perder el escaso control que aún tenía y arrojarme a sus pies suplicándole que no me dejara ir, que me conservara a su lado, que simplemente me dejara quedarme cerca de él y beber su bondad y su fuerza tras una vida de servidumbre y abuso y soledad ... temerosa de volver mi cabeza sólo para descubrir que simplemente me había descartado y no estaba allí viéndome alejarme de Moesia y de su vida ...

Mi esposo y su socio estaban hablando de la política y la guerra, ambas muy importantes para ellos y sus negocios ya que Marius Servilius es un rico constructor de barcos pero también suma a sus riquezas cada año transportando y vendiendo suministros para las legiones. Estaban hablando de las interminables guerras en la frontera Norte cuando su socio mencionó que las tribus germanas debían ser mucho más astutas y valientes de lo que la gente pensaba si el general romano a cargo de tan lejana frontera del imperio no había podido someterlas completamente. Ese general, dijo, era el favorito del emperador, su coraje y talento militar tan legendarios como la fiera lealtad que inspiraba en sus hombres. Siguieron hablando y bebiendo vino mientras los sirvientes nos atendían y yo seguía conversando con las mujeres, quienes hablaban de niños y embarazos y de las hermosas sedas que uno de los barcos de mi esposo había traído recientemente, pero mi mente no estaba en la conversación sino otra vez en Moesia, cerca del Mar Negro.

Lo vi tan claramente como si hubiera entrado en el comedor con su andar fácil y seguro, el mismo andar con el que había entrado en mi vida ... y salido de ella. Lo vi como lo había visto por última vez, magnífico en su uniforme de general, sus sorprendentes ojos azules contemplándome con una mirada ardiente, su hermosa y profunda voz tranquilizándome como lo había hecho aquella noche en que me dormí en sus brazos. Mientras las mujeres hablaban a mi alrededor, me esforcé por escuchar lo que Marius Servilius y su amigo decían pero sólo pude oír algunas palabras sueltas mientras me obligaba a mí misma a ser la amable anfitriona y la perfecta dama que soy hoy en día, una mujer de la que nadie sospecharía que alguna vez fue esclava y prostituta. Pero, pese a que pude escuchar muy poco de su conversación, obtuve la información que me iba a empujar a hacer lo impensable. Porque el socio de Marius Servilius mencionó que el poderoso general romano mantenía su cuartel general en el campamento de su legión en Germania, en un lugar llamado Vindobona.

No recuerdo cómo terminó la velada o cómo regresé esa noche a mis lujosos aposentos, los aposentos a los que me retiro tanto como puedo para disfrutar del silencio y la soledad y de la lectura y la escritura en compañía de mis gatos. Sólo recuerdo que el ceño fruncido de mi esposo cuando le deseé buenas noches me hizo dar cuenta que debía lucir perturbada. Sólo recuerdo haber pasado la noche tendida en mi cama sin dormir, repasando hora tras hora mis recuerdos del hombre que había compartido mi vida brevemente y la había cambiado para siempre, recordando cada palabra que intercambiamos, los pocos besos y caricias robados, el fuego que nos quemaba cada vez que nuestros cuerpos se tocaban.

¿Sabes lo que pasa cuando te atreves a amar a un dios? Es brillante, es hermoso, no se parece a nada que hayas experimentado antes ... y quema ... las llamas te convierten en cenizas y no hay viento lo suficientemente fuerte como para dispersarlas y devolverte la libertad. Porque es una forma de esclavitud muy diferente de aquella que conocen amos y esclavos, de aquella que conocen simples hombres y mujeres. Eso fue lo que me pasó cuando me atreví a amar a un hombre que era también un dios. Un hombre demasiado bueno para ser un simple mortal. Un dios demasiado humano para ser una deidad vacía.

Cuando llegó la mañana, despedí a mis doncellas y permanecí en mis aposentos, informando a mi esposo que no me sentía bien. Como desde que estamos casados nunca había estado enferma, Marius Servilius se preocupó y quiso llamar a su médico pero le informé que se trataba sólo de una ligera indisposición femenina y no me volvió a cuestionar. Permanecí durante horas tendida en el diván que conservo en la terraza sobre la que se abren mis aposentos, ignorando la magnífica vista de la ciudad y el mar, ignorando las travesuras que hacían mis gatos mientras jugaban entre los árboles que crecen en macetas y las plantas floridas. Mi mente estaba concentrada sólo en él. En los dos años que habían transcurrido desde que nos dijimos adiós creí haber aprendido vivir sin él aún cuando nunca dejé de recordarlo. Pero, de repente, me sentí abrumada por la necesidad de verlo, de estar cerca de él, de hablar con él, de mirarlo a los ojos y descubrir qué pensaría de esta nueva Julia que no es ni esclava ni prostituta, que no es más aquella muchacha confundida y asustada sino una mujer adulta, orgullosa, segura de sí misma, que también es rica y libre y educada ... una mujer adecuada para ser esposa de un hombre de su elevada posición.

El sol se hundía bajo el horizonte cuando regresé a mis aposentos, me senté ante mi escritorio, tomé un trozo de papiro y una pluma y empecé a escribir una carta, la primera carta personal que jamás escribí, porque no tengo nadie a quien escribirle más que a Apollinarius y mi querido, antiguo tutor pasa la mayor parte de su tiempo cerca de mí, su sed de viajes saciada hace años.

Con mano firme, le escribí en el estilo formal apropiado para la correspondencia entre una mujer casada y un hombre que no es su esposo un breve relato de lo ocurrido durante los últimos dos años, recordándole oblicuamente ciertas cosas que nosotros y sólo nosotros conocemos. También le informé que ahora era una mujer casada, la acomodada posición de la que disfruto y le agradecí por haber sido quien hizo posible todas esas cosas.

Cuando terminé, arrollé la carta y la sellé con el sello que mi esposo me dio en el día de nuestra boda para que lo use en el manejo de los asuntos relacionados con sus propiedades y servidores. Lo guardo en un cofre que está sobre mi escritorio, siempre a mano ... no como el otro sello, que permanece escondido y cuya existencia ni siquiera Apollinarius conoce. Colocando la carta dentro del baúl que siempre mantengo cerrado con llave, fui hacia su escondite, el hueco secreto donde lo coloqué a poco de llegar a esta casa. No lo había visto en mucho tiempo pero ahora necesitaba verlo tanto como necesitaba ver al hombre de ojos azules que había cambiado mi vida para siempre. Me arrodillé en la alfombra, cerca de mi cama adoselada, y sopesé en mi mano el pequeño bulto antes de abrir el saquito de terciopelo púrpura -el prohibido púrpura imperial- para revelar el pesado anillo de oro que alguna vez adornara la mano del hombre más poderoso del mundo. El anillo que me concedería lo que quisiera o necesitara cuando lo quisiera o necesitara ...

Pero todo el poder del emperador romano no había bastado para darme lo único que realmente quería: el amor de un hombre que estaba enamorado del honor y de su propia esposa. Volví a colocar el anillo en el saquito de terciopelo, lo devolvía su escondite y me fui a acostar.

Para enviar la carta a Vindobona, tuve que esperar hasta que pude regresar a la ciudad y eso ocurrió recién dos semanas después. Una tarde, poco después de volver a instalarme en el departamento de mi esposo, salí en mi litera y le hice una visita a Aemilius Trebutius Flaccus, el banquero que se había encargado de ayudarme a establecerme en Roma cuando regresé a la ciudad como una mujer libre. Como siempre, el hombre me recibió con gran deferencia ya que mi primera visita no había dejado lugar a dudas sobre mi importancia, una muchacha de dieciocho años y cabello rubio rojizo que apareció en su puerta escoltada por seis pretorianos y un quaestor portando una carta sellada con el sello personal del emperador Marcus Aurelius. El banquero hizo traer vino y tortas de miel e intercambiamos cortesías durante algunos minutos antes de que yo extrajera la carta de entre los pliegues de mi palla. Si la naturaleza del servicio que le pedía lo sorprendió, no lo demostró y no sólo me aseguró que la carta sería enviada de inmediato sino que agregó que el envío se haría con la más absoluta discreción y que cuando la respuesta llegara, sería notificada del mismo modo. Hasta rechazó el pago por su ayuda, diciendo que era un honor para él poder ayudar a tan importante dama como yo. Le agradecí y poco después volví a casa.

Habiendo regresado a casa, comenzó la peor parte. Porque había hecho todo lo posible, había escrito la carta y la había enviado a la lejana frontera donde el general estaba acampado y ahora no había nada más que hacer salvo esperar.

Esperar su respuesta, esperar el mensaje de Aemilius Trebutius Flaccus, esperar el momento -para el que faltaban meses- en que rompería su sello militar y leería sus palabras. Esperar y entre tanto, recordar y soñar y seguir viviendo día tras día, cumpliendo con mis obligaciones, llenando páginas con mis pensamientos acerca del drama y la poesía y leyendo libros de historia y filosofía mientras acariciaba a mis gatos con mano ausente. Pasaron meses desde que envié la carta y esperar sigue siendo lo único que puedo hacer. Esperar y seguir adelante, llenando página estéril tras página estéril y endurciéndome cada vez que alguien llama a mi puerta, endureciéndome contra la esperanza de que sea él quien llama. De que vino a mí. De que vino por mí.

Pasaron el verano y el otoño. Saturnalia vino y se fue y el invierno se instaló con sus vientos fríos y sus lluvias aún más frías. Permanecimos en la ciudad, los puertos cerrados hasta la primavera, el cielo gris, el clima frío especialmente incómodo para mi esposo pero la naturaleza de sus negocios nos impidió dirigirnos hacia el Sur y un clima más agradable. Recluidos en su departamento, recibimos pocas visitas y yo agradecí el cambio, quedándome a solas, leyendo tercamente a la luz de las lámparas y el calor de los braseros, mis gatos durmiendo a mi alrededor o aún en mi falda, tercamente escribiendo acerca de todo y de nada, tercamente evadiendo la verdad mientras el invierno se convertía en tibia primavera.

Hasta anoche, cuando soñé una vez más con el general romano y me desperté jadeando, el corazón doliéndome de tal modo que creí que iba a estallarme. En mi sueño, él acarició mi mejilla con sus dedos encallecidos por la espada y yo di vuelta mi cara para besar la palma fuerte y caliente de su mano. Me ofreció su sonrisa dulce, juvenil -una sonrisa capaz de borrar las líneas que años de preocupaciones y responsabilidades pusieron en su hermoso rostro y capaz de hacerlo parecer tan joven y despreocupado y también un poquito vulnerable- y susurró "Julia ..."

Fue el retumbar profundo de su voz lo que me despertó. Escuché el eco de mi nombre en la oscuridad de mi dormitorio, tan vívidos habían sido el sonido de su voz y el calor de su presencia. Permanecí largo rato con los ojos cerrados, tratando de aquietar mi respiración y de contener las lágrimas ardientes y luego me levanté y encendí una lámpara, busqué papiro y tinta y, a pesar de que la noche era fría para Aprilis, me senté y escribí hasta el amanecer.

Y fue así como finalmente empecé a escribir acerca mío, acerca de mi verdadero yo, y acerca del General Maximus Decimus Meridius, General de las Legiones Felix, Comandante del Ejército del Norte, el hombre que me hizo quién y lo que soy hoy en día, el único hombre al que jamás amé, el único hombre al que he de amar.

Capítulo 90 - El Visitante

En junio, el emperador decidió recorrer los campamentos y fortalezas a lo largo de la frontera Norte y, para gran alivio de Maximus, llevó con él a su hijo. En los últimos meses habían tenido lugar muchas pequeñas escaramuzas entre las legiones y las tribus germanas, todas las cuales habían sido fácilmente ganadas por los soldados de Roma. Pero la guerra en gran escala era aún una amenaza real y Marcus Aurelius quería cerciorarse personalmente de que todo estuviera en orden, así como levantar la moral de los soldados con su presencia.

Aunque Maximus y el emperador habían cenado juntos a menudo durante los meses previos, para gran alivio del general el tema de la sucesión no había sido tocado nuevamente y el soldado comenzó a relajarse poco a poco. Maximus dirigió su atención a asegurarse de que las líneas de comunicación con el resto del imperio se mantuvieran abiertas en caso de guerra, estableciendo rutas alternativas por agua y tierra. A modo de prueba, envió misivas a todas partes del imperio y midió cuánto tiempo tardaba en recibir respuestas. Experimentó bloqueando las rutas al azar para probar la habilidad de los correos para restablecer las comunicaciones usando las otras rutas. Los resultados lo dejaron satisfecho.

Aunque estaba agobiado con el correo de prueba, aún se las arreglaba para encontrar tiempo y enviarle a su esposa sus cartas regulares y siempre leía sus respuestas primero, ansioso de tener noticias sobre su hijo y su hogar. Olivia seguía incluyendo en sus cartas los preciosos dibujos que registraban el rápido crecimiento del niño.

A principios de agosto, las cartas de Olivia dejaron de llegar. Pensando que había ocurrido un error de comunicación, Maximus envió cartas a la legión acantonada en Emérita Augusta. Obtuvo respuesta en apenas tres semanas.

Alarmado, envió de inmediato otra carta a la legión de España solicitando que alguien verificara cómo se encontraba su familia, en la granja sobre las colinas cerca de la ciudad. Pero la siguiente carta de Olivia llegó a principios de septiembre, antes de que arribara la respuesta de la legión. La carta de su esposa era una misiva breve, no su habitual parloteo rico en noticias y Maximus se sintió intranquilo. Le expresó su preocupación en otra carta, preguntándole di tenía algún problema o algo la estaba molestando. Su respuesta llegó antes de fines de septiembre y fue de lo más neutra. Para octubre, sin embargo, todo parecía haber retornado a la normalidad y Maximus pudo apartar de su mente las preocupaciones por su familia, permitiéndole concentrarse completamente y una vez más en los problemas de Germania.

En los siguientes meses, Maximus anticipó y frustró numerosos intentos de los guerreros de la tribu de los Chatti por cruzar el Danubio y destruir los campamentos y aldeas romanas. Los guerreros murieron por cientos y otros tantos fueron capturados a costa de muy escasa pérdida de vidas romanas. Hasta allí, los habitantes que poblaban el Norte del imperio pudieron llevar adelante su vida relativamente libres del miedo a una invasión y el espíritu de los soldados romanos se mantenía alto.

Una brillante mañana de diciembre, cuando Maximus acababa de llegar de patrullar el río fue sorprendido por la presencia de un visitante que lo estaba esperando.

Al principio, Maximus no reconoció al hombre bajo, de piel tostada y barba envuelto en una flotante toga pero luego su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.

- ¡Septimius Severus! ¿A qué debo el honor de esta visita?

Septimius se puso de pie para saludar al general y le estrechó la mano con entusiasmo.

- Maximus, es un placer volver a verte. Las cortes de Roma cerraron por los habituales dos meses de modo que decidí viajar un poco.

- ¿Las cortes?

- Si ... soy praetor en Roma.

- Bueno, felicitaciones -dijo Maximus mientras le indicaba al hombre que se sentara y acercaba una silla para sentarse junto él.

- Gracias. Es un puesto que me sirve para hacer pie en el sistema.

Maximus frunció el ceño ligeramente.

- Yo diría que es una posición muy importante.

- Oh, no quise desmerecer a la justicia romana pero lo cierto es que no se trata de una posición de poder. Sin embargo, me mantiene ocupado.

Maximus asintió mientras Cicero les alcanzaba de beber.

- No dudo que tendrás un alojamiento mejor que éste.

Septimius sonrió.

- No vivo en una tienda pero cambiaría con gusto mi lujoso departamento de Roma por una cargo como el tuyo. Eres un hombre que marca el destino del imperio. Yo no.

- Sólo hago mi trabajo.

- No seas tan modesto, general. Todo el mundo sabe que el emperador te tiene en muy alta estima. Eso ... combinado con el indiscutible apoyo del ejército ... te hace un hombre muy poderoso.

Maximus lo miró pensativamente.

- Septimius, cuando en algún momento del futuro el emperador me libere de mis obligaciones, planeo regresar a mi hogar en España.

El praetor estaba claramente perplejo.

- Maximus, seguramente no estarás diciendo que ni siquiera has considerado un futuro en Roma ... como mínimo como senador. Entrarías en Roma como un héroe y serías reverenciado por el pueblo.

- Prefiero ver crecer a mi hijo fuerte y libre. ¿Estás casado, Septimius?

- Sí. Mi esposa se llama Paccia Marciana. Me casé relativamente tarde.

- ¿Tienes hijos?

- No todavía. Te envidio tu hijo.

- Tener hijos es lo más maravilloso que hay en el mundo. Mucho más importante que cualquier puesto en Roma.

- Tu familia se mudaría contigo, por supuesto.

Maximus cruzó la pantorrilla de una pierna sobre la rodilla de la otra y estudió a su compañero.

- ¿No extrañas Africa?

- Por supuesto. Pero mi familia se encuentra dispersa. Una de las razones por la cual emprendí este viaje es para visitar a mi hermano, Geta. Es el nuevo legado de la legión Italica I, estacionada en el Norte de Italia bajo el mando de Pertinax. Lo envidio. Aspiro a obtener una promoción a un cargo de mando en una legión en Siria. De todos modos, luego de viajar tan lejos, decidí seguir adelante y ver la situación en Germania por mí mismo. ¿Dónde se encuentra el emperador?

- En algún lugar del Este del Danubio. En Vindobona, creo. Tiene consigo a su hijo y debería regresar pronto.

- Commodus.

- Sí, Commodus.

- ¿Y qué piensas de él, general?

Maximus miró a Septimius con cierta cautela.

- No me corresponde opinar sobre el hijo del emperador.

- A ninguno de nosotros nos corresponde pero todos lo hacemos, ¿no es cierto?

Maximus permaneció en silencio, una sonrisa impenetrable en su rostro.

Septimius se echó a reír.

- Está bien. No te presionaré.

- ¿Por cuánto tiempo te gustaría quedarte con la legión Felix III, Septimius?

- Por unos días, si es que no es molestia.

- Ninguna molestia -Maximus llamó a Cicero con un gesto y dijo- Prepara la tienda que se encuentra junto a la del emperador.

Cicero asintió y salió de la estancia para ocuparse del encargue.

- Eché una mirada alrededor antes de que regresaras. Vi que la prisión está llena -comentó el praetor.

- Capturamos muchos hombres en la última escaramuza. Su ataque no estaba bien organizado, fue casi improvisado ... y lo pagaron caro.

- Bueno, no puedo decirte lo feliz que me hace saber que las arenas de Roma pronto recibirán un nuevo contingente de gladiadores. Estoy a cargo de organizar los juegos y créeme que se ha convertido en una tarea complicada. Son muy costosos y hay carencia de luchadores.

- ¿Te gustan los juegos?

- Por supuesto. Son una buena diversión. ¿Y a ti, general?

- Nunca he visto uno.

Septimius se echó a reír.

- Eres un hombre poco común. ¿Por qué no has visto nunca uno? En España hay arenas.

- Sí, pero mis padres nunca concurrieron a los juegos cuando yo era niño y después me convertí en soldado, ver a un hombre morir por diversión me repugna.

La muerte no es diversión.

- Yo diría que depende de en qué extremo de la espada te encuentres -rió Septimius.

Maximus sintió que aquel hombre le estaba empezando a desagradar. Ahogó un obvio bostezo y se frotó la frente antes de decir enfáticamente:

- No ... no lo es.

Cicero reconoció la señal.

- Con su permiso, general, la tienda del visitante se encuentra lista.

Septimius alzó las cejas.

- ¿Tan rápido?

- Es muy eficiente -explicó Maximus mientras se levantaba e indicaba a su

huésped que lo siguiera.

Cuando Maximus se disponía a darle las buenas noches frente a su tienda, Septimius lo detuvo sujetándolo por el antebrazo. Se inclinó hacia él y dijo en susurro de conspirador:- General, esta noche me vendría bien la compañía de una mujer. Fue un largo viaje, si me explico -el hombre le guiñó un ojo a Maximus para indicar su hermandad con ese general tan varonil.

- No hay mujeres en el campamento, Septimius.

- ¿En las cercanías, entonces?

- La verdad ... no.

Septimius estaba anonadado.

- ¿Esclavas? De seguro que hay esclavas. ¿A quiénes tienes en la prisión?

- Sólo guerreros. No capturamos a sus mujeres.

Septimius contempló a Maximus y sacudió la cabeza asombrado.

- Eres un hombre fuera de lo común, general.

Espero que no, Septimius. Que descanses bien. Te veré por la mañana.

El Diario de Julia - Mi Niñez en la Casa de Avidius Cassius

Una novela escrita por Hebe Blanco

Nací en la casa del general Avidius Cassius, una esclava criada para belleza y placer masculino del mismo modo que los caballos son criados para velocidad o resistencia. No fui la única. Eramos un grupo de niñas y mujeres jóvenes guardadas bajo estrecha vigilancia en la villa campestre del general a dos horas de Roma. La villa se encontraba lo suficientemente cerca de la ciudad como para que Cassius pudiera recibir y agasajar fácilmente a sus invitados y lo suficientemente lejos como para estar apartada de los ojos de su esposa. No es que ésta estuviera interesada: como muchas esposas de clase alta, habiendo cumplido su deber hacia su esposo en cuanto a darle los hijos necesarios, a la dama no le importaban en lo más mínimo sus andanzas en tanto éstas no trajeran vergüenza o desgracia a su casa y su familia. Y, como Cassius era rico, poderoso y discreto, no había peligro. No al menos en aquellos días ... aunque hacia el final las cosas terminaron peor de lo que la dama pudo haber temido.

Nuestra guardiana era Turia, una liberta alta, de cabello oscuro y unos treinta y cinco años, quien había sido amante de Cassius en su juventud y ahora detentaba el poder absoluto dentro de los muros de la villa, estando directamente a cargo de nosotras. Vivíamos una vida de reclusión, especialmente las muchachas más jóvenes, quienes aún no estábamos listas para ocupar nuestros lugares y desempeñar nuestros roles en los juegos de poder de Cassius. Como no éramos esclavas comunes, el trabajo duro y el agotamiento nos eran desconocidos. Habíamos sido criadas para desempeñar tareas que no tenían nada que ver con limpiar, cocinar o labrar la tierra sino con darle placer a los hombres: los amigos de Cassius, sus aliados políticos y militares, sus potenciales partidarios, sus oficiales y, por supuesto, el propio Cassius.

Como dije, Turia era nuestra guardiana y también nuestra maestra y llevábamos una vida muy estricta. En los años venideros habría de aprender que la desamorada disciplina que regía nuestra existencia no era muy diferente de aquella que comandaba la de las vírgenes vestales. Pero toda similitud terminaba allí: nuestra servidumbre nada tenía que ver con Vesta sino con Venus, nuestra virginidad era valuada en términos de quién habría de arrebatárnosla y cuándo y no de cuánto tiempo habríamos de conservarla y nuestra utilidad mucho más corta que los treinta años del servicio prometidos por las vestales al momento de formular sus votos. Al menos ellas saben por anticipado la fecha de su libertad y la recompensa que recibirán, algunas aún lo suficientemente jóvenes como para encontrar un buen esposo y formar una familia luego de tres décadas en el templo de su diosa. En cambio, para nosotras, el fin de nuestros servicios significaba ser conservadas en la casa por algunos años más si probábamos ser buenas reproductoras y le dábamos a Cassius hermosas niñas que nos reemplazaran .. eso si no moríamos durante el parto o a causa de un aborto. En el último de los casos, todo lo que podíamos esperar era ser relegadas a posiciones inferiores, olvidadas o vendidas.

Mi vida fue tan antinatural como mi nacimiento. No fue el amor -ni siquiera la lujuria- lo que me trajo al mundo desde las ingles de mis padres sino la voluntad de un hombre implacable, acostumbrado a mandar la vida ajena, a ser obedecido y satisfecho en sus menores deseos. Desde muy temprana edad, aprendí a ser una seductora, una esclava obediente, una hábil cortesana. Bajo la tutela implacable de Turia aprendí cómo incrementar la belleza con la que los dioses me bendijeron, cómo vestirme, cómo perfumar mi cabello y mi cuerpo, cómo maquillarme, cómo moverme, cómo sonreír, cómo ser grácil y elegante, cómo hablar y cuándo permanecer callada y, por sobre todo, cómo satisfacer los deseos de los hombres, sin importar cuán sofisticados o poco naturales fueran.

Y, por supuesto, también fui enseñada a fingir, porque de nosotras se esperaba no sólo que soportáramos las atenciones de los hombre y les diéramos placer sino también que fingiéramos disfrutarlas, sin importar cuan burdos, ineptos o desagradables fueran. Como Turia decía, no estábamos allí para juzgarlos sino para hacerlos sentirse como si fueran dioses copulando con ansiosas mortales.

Crecí escuchando a la gente decir cuán hermosa era y cuánto más hermosa sería cuando me convirtiera en una mujer. Los espejos pulidos de los baños de la villa me mostraban a una joven alta, delgada, de largo y ondulado cabello rubio rojizo, piel cremosa y grandes ojos azules. Y la mirada de Cassius cuando visitaba la villa entre una y otra campaña militar me decía claramente que pensaba en mi más de lo que era bueno para mi propia tranquilidad.

Cuando naces esclava, aprendes desde muy pequeña que tu vida no es tuya sino aquello que tu amo desea que tu vida sea. También aprendes a manejarte lo mejor que puedes con lo que el destino te dio o de lo contrario te metes en problemas. Y, para un esclavo, los problemas pueden ser muy graves. Así que, al igual que las otras niñas que crecieron conmigo y aquellas que vinieron después, aprendí a obedecer, a sonreír, a ser agradable, a complacer y a seguir adelante día tras día hasta que olvidé -o creí haber olvidado- que había personas que vivían de un modo muy diferente, personas que iban a donde querían ir, personas que reían sinceramente y no por miedo a ser castigadas, personas que amaban y eran amadas.

Aunque estaba rodeada de muchas otras niñas, crecí solitaria. Me gustaba estar sola, la soledad una rara joya en una casa como aquella. Cada vez que era posible, me ocultaba en un rincón lejano de los jardines de la villa o, mejor aún, en la gran biblioteca sombreada, sus paredes cubiertas de nichos donde se guardaban cientos de rollos que yo tocaba reverentemente, fascinada por el misterioso poder de la palabra escrita que no podía leer. En esos lugares aislados, me sentaba a pensar y soñar. Solía soñar con mi madre, tratando de imaginar a la anónima, hermosa mujer que me había llevado en su vientre y traído al mundo. Debió haber sido hermosa, ya que todas nosotras proveníamos de la belleza y la fuerza, nuestras madres nada más que yeguas de cría, nuestros padres sementales dispuestos.

¡Cuánto la necesitaba A veces nos llevaban a Roma ya que Turia pensaba que visitar los mercados y baños de la gran ciudad estaba de acuerdo con nuestra educación en las artes del placer y la perfección. Cuando esto ocurría, yo miraba ávidamente a mi alrededor, absorbiendo tanto como podía de la vida de los otros. Y mis ojos siempre eran atraídos por las madres con sus niños. En aquellas ocasiones, cuando regresábamos a la villa, pasaba horas despierta, tendida en mi cama. Cerraba los ojos y me abrazaba apretadamente a mí misma y trataba de imaginar que era mi madre apretándome contra su seno. ¡Qué irónico resulta el hecho de que hayan pasado tantos años y aún haga lo mismo tendida noche tras noche en mi fría cama, abrazándome a mí misma y pretendiendo que es otro quien me abraza! Pero aquel con el que sueño ahora no es mi pobre, desconocida madre sino un reciamente apuesto general romano de hermosos y algo tristes ojos azules.

El tiempo pasó y cada vez tuve menos y menos posibilidades de aislarme. Mi cuerpo floreció y se convirtió en el de una joven mujer y Turia y el médico de la casa me declararon lista para cumplir mis deberes. El médico era un griego de Alejandría al que le pagaban por mantenernos en buena salud y libres de las consecuencias de nuestras obligaciones ... y por librarnos de ellas cuando éstas fallaban, algo que ocurría de tanto en tanto. Su nombre era Andreas y me una vez descubrió escondida en la biblioteca cuando era apenas una niña, de pie y aturdida frente al tesoro escrito que ésta albergaba. Me preguntó si estaba interesada en los rollos y se sorprendió cuando le dije que por cierto lo estaba pero no podía leer ni escribir. La educación no es alentada entre los esclavos, a menos que éstos sean hombres y demuestren habilidades excepcionales que puedan ser de utilidad para sus amos. Me preguntó si tenía interés en aprender y le respondí "¡Sí!" con tal entusiasmo que lo hice reír.

Empezó a enseñarme de inmediato, usando un trozo de papiro que tenía en su caja de medicinas y cada vez que volvió a la villa siguió enseñándome la poca lectura, escritura y matemáticas que conformaron la única educación formal que recibí siendo esclava. Desde que logré dominar las primeras nociones, me escapaba a la biblioteca cada vez que podía y me inclinaba ávidamente sobre los rollos, tratando de descifrar sus secretos, fracasando más veces que no.

Pero de tanto en tanto lograba dominar una línea aquí y una idea allá y resplandecía en triunfo, sintiendo que había alcanzado un premio maravilloso.

Mantuve en secreto mi escasa educación, ansiosa de no ensuciar sus maravillas con la cruda realidad de mi vida diaria. Mi virginidad fue el precio que Cassius pagó por el favor de un senador. El hombre tenía más de cincuenta y prefería a las jovencitas. Y yo muy jovencita era, porque hacía menos de seis meses que había comenzado mi sangrado femenino por lo que estaba alrededor de los doce. Hasta ese momento, mis deberes habían consistido en aprender las artes de la seducción y servir vino a los huéspedes que Cassius agasajaba en su villa. Cuando eso ocurría, sentía la mirada de aquellos hombres siguiéndome ávidamente y con frecuencia le hacían a Cassius preguntas sobre mi virginidad al tiempo que desgranaban crudos comentarios e indagaban sobre sus planes para mi futuro. Pero una y otra vez Cassius les negó su pedido de desflorarme durante una de esas fiestas, lo único decente que hizo por mi. Pero no fue la decencia lo que lo movió sino sus intereses y cuidó de mi virginidad como de una preciada joya, reteniéndose aún de tomarla él mismo. En cambio, se la entregó al hombre cuyo favor necesitaba en aquel momento.

Después del senador vinieron más y más hombres: jóvenes, de mediana edad, viejos, altos, bajos, delgados, rollizos, rubios, morochos, pelirrojos o canosos, sofisticados, ordinarios, inteligentes, arrogantes, estúpidos, educados, habladores, fríos, de buenos modales, brutos ... tan diferentes y tan similares, todos ellos listos para aprovecharse de la carne que les era entregada en forma gratuita, todos ellos listos para disfrutar de los placeres y descartar el vehículo de los mismos. Y, por sobre todos ellos, estaba siempre Avidius Cassius, quien esperaba que cada uno de sus caprichos fuera obedecido sin vacilación alguna y quien me reclamaba regularmente, como hacía con todas sus esclavas especiales, y me prefería por encima de todas.

Yo los satisfacía a todos y luego dejaba sus camas, porque no querían encontrarme allí cuando despertaran y yo daba gracias por esta pequeña bendición, retirándome a mi propio lecho luego de lavar su memoria de mi cuerpo para luchar con un trozo de papiro y mi propia ignorancia. Fue esa lucha casi sin esperanzas la que me mantuvo cuerda y me ayudó a borrar de mi mente el recuerdo de sus rostros, del mismo modo que el agua tibia y el jabón borraban la evidencia de las cópulas.

Durante los siguientes seis años mi vida fue una ronda interminable de fiestas y hombres y deberes cumplidos en camas senatoriales y catres militares. Era lo suficientemente grande como para viajar con mi amo y él me llevó -así como a más de una docena de otras mujeres- a sus puestos militares. Avidius Cassius era un respetado general quien había guerreado exitosamente en el Este lado a lado con el difunto emperador Lucius Verus y era muy bien considerado por el senado.

Aquella que habría de ser su última campaña militar, lo condujo -y también a mí- a Moesia, cerca del Mar Negro. Y fue en ese puesto, tan lejos de Roma, que mi vida cambió para siempre. Todo comenzó la noche en que mis pasos se cruzaron con los del general Maximus Decimus Meridius, el hombre quien pretendo es quien me abraza cuando noche tras noche me abrazo a mí misma en mi solitaria, fría cama.

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