La Historia de Maximus

Capítulo 91 - Sueños

- Psst, general. ¡Despierta!

Los ojos de Maximus se abrieron de golpe para encontrar ante sí el rostro en sombras de Cicero.

- ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?

- Hay alguien en la tienda del emperador. Ven conmigo.

Maximus se echó encima una bata y caminó descalzo detrás de Cicero. Sin decir palabra, Cicero apartó la solapa de la tienda de Marcus Aurelius y señaló hacia el rincón lejano que estaba iluminado por la luz de una vela. La llama lanzaba extrañas sombras sobre los numerosos bustos de mármol que ocupaban la tienda, haciendo que algunos de ellos parecieran estar vivos. La vela se encontraba en la mano de Septimius Severus, quien se movía lentamente, tocando las pertenencias del emperador de un modo reverente. Su mano pasaba de superficie en superficie, del mármol a la seda.

- ¿Está tratando de robarse algo? -susurró Cicero.

- No sé -respondió Maximus en un tono igualmente ahogado- No creo que sea tan estúpido. Esperemos y veamos qué hace. No quiero acusarlo en falso aún cuando se encuentra donde no debiera.

Septimius se detuvo y contempló el águila dorada situada por encima del sillón del emperador. Se inclinó ante el asiento vacío y luego, muy lentamente, se dio vuelta y se sentó en el trono.

Cicero soltó una exclamación. Maximus frunció el ceño pero contuvo a su sirviente apoyando una mano sobre su brazo y se llevó un dedo a sus labios. Luego, el general se adelantó lentamente para tener una mejor visión de las acciones del hombre. Septimius se quedó sentado por unos momentos con los ojos cerrados, luego extendió su mano como si saludara a sus súbditos. Asintió con la cabeza como si estuviera escuchando a alguien y realizó algunos gestos con su mano, como si hubiera estado poniendo algo en claro. Sonrió y luego fingió reír, mientras le indicaba a su imaginario súbdito que podía marcharse.

Maximus se adelantó silenciosamente hasta la mitad de la tienda, sin ocultarse pero envuelto en las sombras más allá de la escasa luz de la vela. Contempló a Septimius durante unos instantes mientras éste pretendía ser el emperador antes de aclararse la garganta. Septimius se levantó de golpe, dándose vuelta para enfrentar al desconocido que emergió de las sombras. Aterrado, dejó caer la vela sobre la alfombra sobre la que se encontraba el trono y Maximus se lanzó sobre ésta cuando ya comenzaba a humear. Sus reflejos rápidos como un rayo, aferró la vela, rodó sobre si mismo y se puso de pie con ésta aún encendida en su mano. Cicero se sintió tentado de aplaudir. Septimius, sin embargo, estaba pálido como un muerto, su respiración no más que un agitado jadeo.

- Lamento haberte asustado, Septimius, pero mi sirviente vio luz en la tienda del emperador y tenía que investigar. Tu me entiendes -Maximus puso la vela bajo la nariz del praetor haciendo que adquiriera un aspecto fantasmal- Al emperador no le gusta que la gente se siente en su trono.

Septimius se llevó la mano al corazón, todavía demasiado conmocionado como para hablar.

- Te diré lo que haremos. Dejaré que un guardia te acompañe de regreso a tu tienda y tratarás de descansar. Podremos hablar sobre esto en la mañana -Maximus no había terminado de pronunciar estar palabras cuando Cicero apareció con una lámpara en la mano y un guardia pisándole los talones. Septimius lucía completamente humillado mientras se escabullía de la tienda frente al hombre armado.

Repentinamente, Maximus miró hacia sus pies y luego dio un paso atrás disgustado.

- Se orinó en la alfombra.

Luego, estalló en carcajadas y Cicero se le unió de inmediato. Los dos hombres se palmearon mutuamente la espalda y se doblaron sobre sus estómagos de tanto reír antes de dejarse caer en sendas sillas mientras trataban de recuperar la compostura. Maximus se secó las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.

- Creo que es la última vez que hace algo así. Vamos, Cicero, volvamos a la cama.

- Por la mañana airearé la alfombra -dijo Cicero- No queremos que el emperador regrese para encontrar que su tienda huele como una letrina.

Siguió a Maximus hacia la entrada sólo para darse cuenta de que los hombros del general volvían a sacudirse.

- ¡Tal vez sólo quería hacer sus necesidades y se equivocó de trono! -rió Maximus y los dos se retorcieron de risa durante un largo rato aún, después de que regresar a la tienda del general.

A la mañana siguiente, Septimius no apareció para el desayuno pero buscó a Maximus más tarde, cuando el general se encontraba en su tienda repasando con Quintus los asuntos de la legión. El legado le había preguntado a qué se habían debido las ruidosas risas que creía haber escuchado en la noche y Maximus le había explicado lo ocurrido.

- Yo ... yo debo una disculpa por mis acciones de anoche, general -dijo el praetor en voz baja pero para nada contrita- Tuve un sueño que me llevó a hacer lo que hice. ¿Tu sueñas, general?

- A veces -dijo Maximus de un modo imparcial. No quería parecer poco amistoso pero tampoco estaba dispuesto a permitir que el hombre pensara que estaba perdonado.

- Yo sí. A menudo. Creo que los sueños son augurios que anticipan el futuro.

Maximus recordó su conversación con Marcus Aurelius y miró a Septimius con curiosidad.

- ¿También crees en la lectura de las estrellas?

- Por supuesto. Hasta aquí, mi vida parece desenvolverse exactamente como fue planeada aunque me encuentro ansioso de pasar a la próxima etapa.

- ¿Qué tienen que ver los sueños con tus acciones de anoche? -Maximus no estaba dispuesto a permitir que el hombre cambiara de tema.

- Todo. Poco después de quedarme dormido soñé que el emperador me llamaba para que fuera a él.

- Y cuando encontraste la tienda a oscuras, ¿no te diste cuenta de que era sólo un sueño y nada más?

- Maximus, no entiendes. No puedes tomar los sueños al pié de la letra e interpretarlos está lejos de ser simple. Mi sueño quería decir que el emperador estaba pensando en mí en ese preciso momento y necesitaba ir a algún lugar donde pudiera estar cerca de él para que sus pensamientos sobre mí fueran más claros. Estaba sólo despierto a medias cuando me sobresaltaste. No estaba en control de mis acciones.

Maximus conocía una mentira cuando la escuchaba. Miró a Quintus, quien contemplaba al praetor con interés.

- Estaba tan conmocionado -siguió diciendo Septimius- que me tomó algún tiempo volver a dormirme ... esa es la razón por la que me levanté tan tarde esta mañana. Pero cuando me quedé dormido, tuve otro sueño -la expresión de Septimius cambió y miró a Maximus con cautelosa curiosidad- Soñé contigo.
- ¿De veras? -Maximus no estaba seguro de cuánto tiempo más iba a dejarlo correr.

- ¿Quieres escucharlo?

Maximus se encogió de hombros y Quintus asintió ansiosamente, sin apartar los ojos de Septimius.

- Soñé que las pieles de tu capa cobraban vida y te devoraban. Luchabas para defenderte y lograste herir de muerte al lobo con tu espada pero igualmente perdiste la pelea y caíste sangrando, con sus dientes clavados en tu costado. Aún así, levantaste el brazo y tu espada voló por el aire como si hubiera tenido alas y rodó entre las nubes hasta caer en la mano alzada de tu hijo menor mientras que el mayor gritaba en agonía.

Maximus miró a Septimius sintiéndose vagamente divertido aunque encontraba sus palabras sumamente inquietante.

- Sólo tengo un hijo, Septimius -dijo quedamente.

El praetor se limitó a mirarlo. Quintus también miró a su general.

La mirada de Maximus pasó de uno a otro hombre.

- Si nos disculpas, Septimius, Quintus y yo tenemos trabajo que hacer.

Septimius asintió y salió de la tienda, pero no antes de echarle a Maximus una larga mirada reflexiva.

Quintus soltó un aliento largamente retenido.

- Eso fue pavoroso.

Maximus contempló la entrada de la tienda cuando ésta quedó vacía.

- Es un hombre ambicioso, Quintus, y sé muy bien qué tan peligroso puede ser un hombre ambicioso -Maximus contempló a su legado, quien lo miraba de un modo raro- Volvamos al trabajo.

El Diario de Julia - Conociendo al General Maximus

Escrito por Hebe Blanco

No importa cuánto viva, nunca olvidaré la primera vez que lo vi. Como dije, nos encontrábamos en Moesia, cerca del Mar Negro. Cuando digo "nos" me refiero a mí misma y también a Honora, Eugenia, Eunice, Ariadna y las otras esclavas llevadas allí por Cassius para ser una vez más piezas útiles en sus juegos de poder, nuestra carne la moneda con la que pagar por el apoyo de sus oficiales y de los políticos que tanto necesitaba para satisfacer su ambición.

En los años transcurridos desde que fuera enviada por primera vez a la cama de uno de esos hombres, la ambición de Cassius había aumentado considerablemente. Durante años había intrigado, sobornado y tramado para fortalecer su posición en el ejército y extender su influencia entre los políticos, preparándose pacientemente para la movida final. Y, en el verano del decimocuarto año del reinado del Divino Imperator Caesar Marcus Aurelius Antoninus Augustus, Cassius dio un paso gigantesco al declararse a sí mismo emperador tras la supuesta muerte de aquel, quien no había establecido una sucesión formal tras el fallecimiento de su hermano adoptivo y en cambio había dejado un hijo menor de edad, Lucius Commodus Antoninus, y una hija viuda, la Dama Lucilla, quien había estado casada con el difunto Lucius Verus y tenía un hijo pequeño.

A lo largo de los años había escuchado rumores, chismes y aquí y allá alguna información importante acerca de los planes de Cassius. Pero los esclavos y las prostitutas aprenden muy pronto a guardar sus secretos y los de sus amos y yo era tanto esclava como prostituta y sabía que no era bueno hacer preguntas, guardándome de paso lo que sabía para mi misma. Sin embargo, me preocupaba la decisión de Cassius de apoderarse del trono porque, aún siendo semi-analfabeta, conocía lo suficiente de historia y política romanas como para saber que éste no podía simplemente marchar hacia Roma con sus legiones y esperar ser coronado sin resistencia. Estábamos al borde de serios problemas y cuando sus amos se meten en problemas los esclavos lo pagan caro.

Tras la autoproclamación, permanecimos en Moesia. El campamento fue reforzado y la legión estaba en alerta permanente. Cassius despachó correos hacia diferentes partes del imperio y estaba a la espera del apoyo de otros comandantes. Sus espías le informaron que Roma estaba conmocionada, el senado dividido entre aquellos que querían proclamar a un nuevo emperador -ya fuera él mismo o sus propios candidatos- y los que demandaban prudencia y deseaban despachar enviados al Este para confirmar la supuesta muerte de Marcus Aurelius antes de tomar una decisión sobre el futuro del imperio. Para decirlo de otro modo, estábamos al borde de una sangrienta guerra civil.

Entre tanto, la vida parecía seguir su curso normal pero yo sabía que Cassius se había deshecho rápidamente de algunos oficiales -entre ellos dos centuriones- que se habían rehusado a jurarle lealtad como su nuevo emperador. Las otras esclavas y yo permanecimos en nuestros alojamientos -que eran confortables e incluían nuestros propios baños, ya que no podíamos compartir los de los soldados- y nos mantuvimos ocupadas con nuestras tareas habituales. Había además un grupo de servidoras para atendernos, esclavas menores que no eran lo suficientemente hermosas como para seguir nuestros pasos, quienes se encargaban de nuestras ropas, comidas y baños y nos ayudaban a vestirnos y arreglar nuestros cabellos. Desde que llegáramos a Moesia, me había convertido de algún modo en el ama del sector de las esclavas y era la que daba las órdenes y mantenía todo en funcionamiento. Era yo a la que llamaban cuando había un problema o alguna no se sentía bien, aquella a la que las mujeres recurrían cuando tenían miedo o estaban preocupadas o angustiadas.

Mi liderazgo no pasó inadvertido para Cassius, quien me alabó por manejar su pequeño hogar tan eficientemente y dijo que yo era "la mejor que he criado", convencido de que debía estar agradecida por sus palabras. Como siempre, sonreí dulcemente y seguí adelante, sepultando en mi corazón el peligroso y siempre creciente resentimiento que había comenzado a sentir muy temprano en mis días de prostitución pero que había dominado de tal modo que nadie -a veces ni siquiera yo misma- se daba cuenta de que existía. Era bueno que el manejar la casa y los sirvientes me mantuviera ocupada, porque los días en Moesia eran largos y monótonos y la inactividad hubiera acabado con mis nervios, ya que no había allí biblioteca con la que alimentar mis conocimientos y había leído y releído los pocos rollos y trozos de papiro que había logrado escabullir entre mis cosas al menos cien veces. En las largas, calurosas horas del verano local, me habría vuelto loca de no haber tenido que entenderme con pequeños problemas como la provisión de jabón o el mediar en una pelea entre dos mujeres briosas.

Pero me estoy apartando de mi historia. Como dije, cobijado en su campamento cerca del Mar Negro, Cassius aguardaba el arribo de mensajeros trayendo despachos de sus amigos y espías y también esperaba problemas, porque era lo suficientemente listo como para entender que, aún si el emperador había muerto realmente, no sería el único en tratar de hacerse con el poder. Y los problemas llegaron antes de lo esperado, en la forma de un general romano quien arribó ante sus puertas bajo el águila dorada de Roma y enarbolando los estandartes de la legión Felix III, montado en un resplandeciente semental negro y rodeado por su caballería.

No lo vi llegar pero sí escuché la charla excitada de las mujeres y los soldados. Y, más tarde ese mismo día, dos guardias me condujeron a la tienda de Marcellus. Este era el tribuno mayor, el legado de Cassius, un hombre duro e implacable de unos cuarenta y cinco años, su corto cabello gris como un casco de hierro coronando rasgos que parecían tallados en granito. No me sorprendió que me mandara a buscar porque, aunque no era su favorita entre las esclavas, tenía acceso directo a nosotras gracias a su posición en el séquito de Cassius y a la confianza que éste le tenía. Lo que sí me sorprendió fue que, en lugar de que lo entretuviera en la cama, lo que quería era hablar. Dijo que debía darle un mensaje muy secreto e importante al oficial que nos visitaba, el general Maximus Decimus Meridius. El hombre era el poderoso Comandante del Ejército del Norte, el general favorito de Marcus Aurelius y esa noche Cassius daría una de sus famosas fiestas, el general Maximus su invitado de honor.

Marcellus dijo que, durante esa fiesta, debía atraerlo, mantenerlo apartado de las otras mujeres y darle el mensaje que me hizo repetir hasta estar seguro de que lo había entendido. No dijo que debía hacer lo que fuera necesario para satisfacer al general, sin importar qué le diera placer al hombre pero, claro, eso no era necesario. En cambio, volvió a sorprenderme diciendo que, si fracasaba en mi misión, nuestras vidas -la mía, la suya y la del oficial visitante- estarían en peligro. También agregó que el general Maximus Decimus Meridius no era un romano de clase alta como Cassius sino el hijo de un humilde granjero español adoptado por una familia senatorial quien, como el emperador Trajano, se había elevado en la vida gracias a sus dotes como soldado y el favor de su emperador a quien le era ferozmente fiel. Marcellus también agregó -con una pequeña sonrisa que no alcanzó sus ojos- que el general no era un hombre sofisticado y probablemente los excesos de esa noche le chocarían profundamente pero que confiaba en mi habilidad de cumplir con la misión. Aunque en el pasado me habían ordenado entregar mensajes o dejar caer cierta información en los oídos de un hombre especialmente elegido, todo aquello era muy inusual. Marcellus estaba muy cerca de Cassius, lo había ayudado a deshacerse de aquellos oficiales que se le oponían y, por sobre todo, el contenido del mensaje era sumamente perturbador ... Pensé que tal vez Marcellus sabía algo más acerca de la supuesta muerte del emperador, se estaba sintiendo aprehensivo de su rol en las maquinaciones de Cassius y deseaba estar en buenas relaciones con el poderoso general. En todo caso, aquello era sinónimo de problemas. De grandes problemas. Del tipo de problemas que tan bien había aprendido a evitar.

Me preparé cuidadosamente para la noche. Perfumé mi cuerpo y mi cabello largo hasta la cintura -el mismo cabello que ahora uso recogido, como corresponde a una mujer decentemente casada- con la esencia de mirra que tanto me agrada y me vestí con una de mis túnicas más hermosas, hecha de seda blanca tejida con hilos de oro pero, como siempre, evité el maquillaje que tanto atraía a las otras mujeres.

Mientras me preparaba, deslicé una mano hasta el fondo de uno de mis cofres y rocé con los dedos mi tesoro secreto. Era una daga con mango de plata que había robado en mi camino hacia la puerta de la casa del senador que me había arrebatado la virginidad, cuando la furia ciega que luego había dominado tan cuidadosamente brotó por un momento y me llevó a pensar en apuñalar al próximo hombre que tratara de tocarme o en apuñalarme a mí misma para evitar que ningún otro hombre me tocara. Pero, de algún modo, me hice fuerte y seguí viviendo. Sin embargo, conservé esa daga escondida entre mis pertenencias durante todos aquellos años y de tanto en tanto me sentía impulsada a tocarla, a sentir su peso en mi mano, a obtener consuelo de ese frío trozo de brillante metal. Era como si supiera que, tarde o temprano, la usaría. Lo que estaba por verse era quién se encontraría en el extremo de la hoja.

Llegué a la tienda donde la fiesta estaba llevándose a cabo antes que el general visitante y Marcellus me reclamó para sí de inmediato. Siendo el oficial de más rango después de Cassius y del general Maximus, ninguno de los hombres se atrevió a tratar de apartarme de él. Marcellus me retuvo en sus brazos hasta que fue el momento de ir tras del general y entonces me envió tras él con un ligero empujón.

Tan obviamente incómodo con los excesos como Marcellus lo había anticipado, el austero soldado español estaba abandonando la tienda y apenas tuve tiempo de alcanzarlo cuando levantaba la cortina transparente colgada cerca de la entrada.

- ¿General? -llamé a sus espaldas- ¿No disfrutas de la fiesta?

Se volvió brevemente en mi dirección.

- No -dijo y empezaba a darse vuelta para irse cuando, con una facilidad nacida de años de manejar hombres, lo tomé del brazo y lo atraje de regreso.

El general Maximus era unas cuatro pulgadas más alto y unos diez años mayor que yo, lo que lo hacía menor de treinta, una edad muy joven para alguien de tan alto rango. Era un hombre grande y fornido, su piel bronceada tensa sobre los pesados músculos puestos en sus brazos y piernas por una vida de cabalgar y guerrear. Su torso estaba cubierto por una coraza ornamental de cuero pero igualmente mostraba la misma promesa. Su cabello era oscuro y lo llevaba bien corto, como corresponde a un militar romano y su barba prolijamente recortada cubría su mentón firme y enmarcaba su boca hermosamente esculpida, una boca ligeramente femenina y un tanto fuera de lugar en un rostro tan varonil pero que de algún modo se las arreglaba para exaltar aún más sus atractivos rasgos. Pero lo que me fascinó e hizo correr escalofríos por mi espina dorsal fueron sus brillantes ojos azules y el cálido retumbar de su voz profunda.

Aprovechando el impulso, apreté mis senos contra su coraza mientras mi mano se deslizaba en torno a su cuello y mis labios acariciaban su oreja.

- Tengo mensajes para ti, señor -dije y me eché hacia atrás, sonriendo ante la expresión asombrada del general.

Me miró a los ojos y luego recorrió mi rostro y mi cuerpo una mirada ardiente. Estaba acostumbrada a que los hombres me contemplaran con indisimulada lujuria pero la suya no era una mirada lujuriosa: era una mirada de asombro, su aspecto el de quien se ha quedado sin palabras. En otra situación -y con otro hombre- me hubiera encontrado ante una fácil seducción pero, en cambio, me encontraba al borde de muchos descubrimientos, tanto sobre él como sobre mi misma, descubrimientos que habrían de cambiar mi vida para siempre y que, al final, me llevarían a escribir este diario. Sonreí nuevamente y susurré:

- Ven y siéntate, general. Noté que no comiste nada. Luego podemos hacer algo más íntimo.

Rehusó moverse.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó, su latín impecable pese a ser provinciano de nacimiento y de bajos orígenes.

- Julia.

- Julia -repitió, su profunda voz haciendo que más y más estremecimientos recorrieran mi espina y que casi olvidara porqué me encontraba allí y qué se esperaba que hiciera.

- Sí -dije y me apreté más contra él, el calor de su cuerpo envolviéndome como el manto más suave. Sujeté su rostro con una mano mientras le lamía la oreja y mordisqueé el lóbulo antes de susurrar- General Maximus, por favor, coopera. Esto es muy peligroso para ambos. Tengo mensajes del tribuno Marcellus.

El general rodeó mi cintura con uno de sus brazos y apoyó su mano sobre mi cadera, sujetándome contra su cuerpo fuerte y musculoso. Acarició mi cuello con su boca y preguntó:

- ¿Cuál es?

- Alto, delgado, cabello y barba gris, en la mesa del centro -apenas si podía hablar, el ligero roce de su barba y sus labios sobre mi piel haciéndome sentir aturdida, como nunca el contacto con un hombre me había hecho sentir antes.

Maximus espió en la dirección que le indiqué mientras su mano acariciaba mi cadera como si hubiera tenido voluntad propia. Pareció satisfecho con lo que vio porque dijo:

- De acuerdo, Julia, escucharé lo que tienes que decir.

De algún modo, estar en sus brazos era tan natural como si hubiera conocido su cuerpo por años. No me sentía como quien seduce a un desconocido sino como quien se reencuentra con un amante de mucho tiempo. Deslicé mis labios por su cálido cuello y a través de su mejilla barbada y le capturé la boca en un rápido beso antes de mordisquearle el labio inferior y hacer correr mi lengua a lo largo de éste.

- No debe parecer que estamos conversando, general, o los dos terminaremos clavados en una cruz -murmuré junto a sus labios.

Lo tomé de la mano para alejarlo de la puerta pero el general Maximus me atrajo de regreso a sus brazos y, antes de que pudiera anticipar lo que iba a hacer, me besó apasionadamente en la boca. En aquellos días, evitaba ser besada tanto como pudiera y estaba agradecida cuando los hombres a los que servía preferían no hacerlo, la falsa ternura de sus besos mucho más hiriente que las cópulas egoístas que me veía obligada a soportar. Pero sus labios eran cálidos y suaves y sabían a vino especiado y a su propia esencia masculina. Su beso no se parecía a nada que hubiera experimentado antes, el beso de un hombre capaz de gran pasión pero también de dulce ternura, uno de esos raros hombres que no copulan sino que hacen el amor con aquellas mujeres con las que eligen compartir sus cuerpos. Y su beso también era prueba de que no estaba acostumbrado a aquellas como yo, ya que no hacía distingo entre una prostituta que también era una esclava y una mujer decente a la que podía haber amado. Fue esa conmovedora inocencia de parte de tan feroz guerrero la que encendió en mi corazón la chispa que pronto habría de convertirse en una hoguera y cambiarme para siempre. Liberando mi boca, el general susurró:

- ¿Cómo se llama el hombre que contactó a Marcellus?

Estaba sin aliento y apenas pude pronunciar el nombre que Marcellus me había dado.

- Claudius -mi corazón latía tan fuerte que me sorprendió que él no pudiera escucharlo.

El general Maximus hundió sus dedos en mi cabello y besó mi frente, luego mis ojos, mis mejillas y mis labios.

- Guíame, Julia. Me acabo de dar cuenta de que tengo hambre.

Tomó mi rostro entre sus fuertes manos callosas y me sonrió, sus brillantes ojos azules del mismo color que las cálidas aguas del mar, un mar en el que deseaba perderme para siempre. Me aferré sus fuertes brazos, temerosa de que mis piernas no me sostuvieran, incapaz de hablar o moverme. El acarició mi cabello y siguió sonriéndome y sentí cómo mis temores acerca del mensaje y el complot se disolvían, devolviéndole su sonrisa con una muy genuina. Era como si estando en sus brazos nada ni nadie pudiera lastimarme.

Nos acercamos a las mesas de la mano y mientras me ocupaba de seleccionar algo de comida, él permaneció con los oficiales. Lo vi estrechar la mano de Marcellus y luego intercambiar con el tribuno mayor lo que parecían amables banalidades pero sospeché que se trataba de información relacionada con el misterioso mensaje que aún debía darle. Le di al general tiempo suficiente para hablar con Marcellus antes de regresar junto a él.

- Aquí estás, general, un poco de todo aquello que es bueno. El cocinero personal del emperador es excelente -dije con un tono dulce al volver a su lado.

- Diviértase, general -Marcellus se inclinó ligeramente y yo volví a tomar a Maximus de la mano y lo conduje hacia un diván vacío en la estancia principal. Pacientemente, permaneció de pie a mi lado mientras preparaba una mesa y una lámpara y mullía algunos almohadones, apilándolos para que se recostara en ellos. Cuando iba sentarse lo detuve.

- General, todo ese cuero se ve caluroso y rígido. ¿Por qué no permites que te ayude a quitártelo? -dije.

Levantó los brazos obedientemente, permitiéndome que abriera las hebillas y sonreí para mis adentros, porque la suya era la actitud de un hombre que no estaba acostumbrado a ser manipulado por una mujer. Estaba segura de que tenía un sirviente masculino para atenderlo y no podía imaginarlo usando túnicas de seda como las que prefería Cassius ni tomando baños perfumados como éste acostumbraba. Tan pronto como le quité la coraza, la deposité en el suelo y retrocedí para poder admirarlo mejor. El general Maximus vestía ahora una simple túnica de lana de color herrumbre que apenas cubría sus anchos hombros y le llegaba a la mitad del muslo, apretadamente sujeta por un ancho cinturón de cuero. Sus piernas musculosas estaban desnudas salvo por sus botas acordonadas, las que cubrían sus pantorrillas y tuve que hacer un esfuerzo para no tocarlo.

- Aquí hace mucho calor, general. ¿No estarías más cómodo con sandalias? Podría buscar ...

Me interrumpió.

- Estoy acostumbrado a las botas. Esta bien así -dijo rotundamente. Era obvio que no estaba acostumbrado a los lujos sino a conformarse con la escasa comodidad de un campamento militar.

- Como quieras.

Me senté a su lado en un taburete y le ofrecí una copa de vino, consciente de que las otras mujeres miraban envidiosamente en mi dirección y de que el general me estaba estudiando de cerca mientras jugueteaba con mi cabello. Le di de comer pequeños bocados y él besó mis dedos antes de que pudiera retirarlos, el roce de sus labios despertando una extraña sensación de cosquilleo en las yemas de estos. Sus manos acariciaron mis brazos y le sonreí, tratando de ocultar el tumulto que sus caricias estaban desatando dentro mío.

- ¿De dónde eres, Julia? -me preguntó suavemente.

- Nací en Roma -dije, mientras seguía alimentándolo.

- ¿Eres esclava?

Asentí con la cabeza, evitando sus ojos. De algún modo, hasta ese momento ser esclava había sido tan natural para mí como tener cabello rubio rojizo. Pero admitir mi esclavitud ante él me hizo sentir tan incómoda como nunca había pensado que sería posible. De repente me sentí sucia, tan sucia como no me había sentido desde que abandoné la cama del senador, seis años atrás.

- ¿Cómo sucedió?

- Nací esclava, señor. No sé quiénes son mis padres -me incliné hacia él y lo besé, un largo, largo beso, no sólo porque necesitaba volver a sentir sus labios sino también para silenciarlo. Susurré- Haces demasiadas preguntas -pero él insistió.

- ¿Qué edad tienes?

- No estoy segura. Alrededor de dieciocho, creo.

El general Maximus bebió su vino y suspiró mientras me seguía estudiando con sus penetrantes ojos azules y yo me sentí más y más incómoda bajo su mirada porque sabía lo que estaba pensando: que a pesar de mi hermosa túnica y mi perfume caro no era más que una esclava y una prostituta, una mujer muy por debajo de él, porque tenía la apariencia de un hombre decente, incapaz de imponer sus atenciones a una esclava como muchos hacen o de ensuciarse con una prostituta, sin importar cuán hermosa o refinada fuera.

Aunque le estaba dando la espalda a Marcellus, podía sentir su fría mirada siguiendo cada uno de mis movimientos y los del general Maximus. Y aunque Cassius se había entregado a ardientes juegos amorosos con Honora, lo conocía bien y estaba segura de que nos estaba vigilando. Sus miradas me recordaron que me encontraba en peligro. Y también él.

Tratando desesperadamente de poner fin a la incómoda situación y de atraerlo a un terreno familiar en el que pudiera estar al mando y también de borrar las sospechas acerca de nuestro comportamiento, deslicé mi mano hacia arriba por su muslo velludo y musculoso y bajo el borde de su túnica, buscando la carne masculina que tan bien sabía como tentar y satisfacer.

- No te estoy haciendo feliz -susurré pero, con la velocidad de un rayo, me aferró la muñeca para detenerme, los callos de sus dedos raspando mi piel y despertando una sensación perturbadora, que corrió desde ella hasta mis pechos y luego hacia mi vientre- Por favor, general. Se darán cuenta de que algo no está bien -susurré con urgencia- Suelo ser muy buena satisfaciendo a los hombres.

El aflojó la presión pero no soltó mi muñeca.

- Soy casado -dijo suavemente.

Casado.

Era casado.

Mis instintos no me habían fallado; no sólo era un hombre austero sino también decente. De algún modo, en aquel momento, atrapada entre serio peligro y emociones tumultuosas como nunca antes había experimentado, no me importó. Los hechos habrían de demostrar que debí haber sido más sabia.

- También lo son la mitad de los hombres que están aquí. Cassius es casado -le respondí en un susurro, mis ojos rogándole en silencio. Volvió a suspirar.

- Ven aquí -dijo mientras me atraía sobre él. Acomodé mis piernas a los lados de su cuerpo fuerte y musculoso, mis senos apretados contra su pecho. Una de sus manos me acarició primero la espalda y luego, como si hubiera tenido voluntad propia, descendió para hacer lo mismo con mis nalgas. Con la otra mano, Maximus acomodó mi cabeza en el hueco de su cuello y su cálido aliento acarició mi oreja mientras él murmuraba:

- Julia, no intento poner en peligro tu vida. Pero entiende esto: le prometí a mi esposa que le sería fiel y mantendré mi promesa sin importar lo difícil que me resulte ni lo mucho que te deseo. Ahora bésame y luego nos iremos a una de esas alcobas, donde conversar no sea tan peligroso.

Dio vuelta su rostro y volvió a capturar mis labios con los suyos, su lengua audaz demandando el acceso a mi boca y explorándola profundamente cuando me rendí a su avance. Aquel beso hizo que mi cabeza diera vueltas y una oleada ardiente envolvió mi cuerpo. Me aferré a sus bíceps como quien se está ahogando se aferra a un trozo de madera y, cuando trató de poner fin a su beso, se lo impedí sellando su boca con la mía. Quería que siguiera besándome para siempre, sus labios y su lengua devastando las defensas que erigiera a lo largo de una vida de esclavitud y prostitución. El calor y la dureza de su cuerpo eran clara prueba de que estaba lejos de no responder. Estaba excitado ... y yo también, excitada como nunca antes lo había estado. Excitada como nunca volvería a estarlo. Cuando retiré mi lengua de su boca, los dos estábamos jadeando pesadamente y él cerró sus ojos mientras luchaba por calmar su respiración. Besé suavemente sus párpados y murmuré "Maximus", mi voz ronca de deseo.

Abrió los ojos de golpe.

- No me llames así -gruño, su respiración aún jadeante.

Su voz profunda era embriagadora.

- ¿Por qué no?

- Es demasiado ... demasiado familiar.

No pude contenerme y me eché a reír ante la ingenuidad de su comentario. Mi risa sonó despreocupada como nunca lo había sido.

- Maximus, estoy acostada encima tuyo. No hay prácticamente nada separando nuestros cuerpos, ¿y crees que llamarte por tu nombre es demasiado familiar? -volví a besarlo y, como no respondió a mi pregunta, me aproveché de su silencio para acurrucarme contra su pecho. Sonreí una sonrisa secreta y conocedora al escuchar que su corazón latía con tanta fuerza como el mío y cuando me envolvió en sus fuertes brazos y me estrechó apretadamente contra él fue mi turno de suspirar.

- Maximus -susurré contra su pecho- El nombre te queda bien. Tan fuerte. Pero tan gentil -permanecí quieta por unos instantes antes de erguirme para mirar su hermoso rostro, mis dedos alborotando su grueso y oscuro cabello. De repente, me sentí muy joven y despreocupada y libre. Sentí que podía reír y jugar y soñar ... que podía amar y ser amada- Los hombre no suelen ser gentiles conmigo, Maximus. No recuerdo haber sido abrazada antes.

Para mi asombro, él rezongó:

- Eres una de las razones por las que pienso hacer que Cassius pague caro.

Dicho esto, rodó de costado y me atrapó antes de que pudiera caer del diván, deslizando uno de sus brazos bajo mis rodillas y el otro bajo mis brazos. Me levantó como si no pesara nada y me apretó contra su ancho pecho mientras se dirigía hacia una de las pequeñas alcobas acortinadas del fondo de la tienda, pasando por encima o pateando a un lado todo aquello que se interpusiera en su camino. Deslicé mis brazos en torno a su cuello, apoyé la cabeza contra su hombro y cerré los ojos, disfrutando por primera vez en mi vida de la sensación de estar segura y abrigada y protegida.

Capítulo 92 ­ El Puesto Fronterizo

Maximus volvió su atención sobre las listas de números pero era obvio que Quintus no estaba de ánimo para concentrarse. No hacía más que echarle miradas subrepticias, mientras fingía estudiar las estadísticas.

Finalmente, Maximus se dio por vencido y volvió a sentarse en su silla.

- ¿Qué está pasando por tu cabeza, Quintus?

El legado no vaciló en aceptar la invitación a conversar.

- Ese sueño, Maximus. Es muy inquietante.

- Obviamente, lo es para ciertas personas -respondió Maximus sarcásticamente.

Quintus se puso a la defensiva.

- Bueno, si no te preocupa, debería hacerlo.

- ¿Por qué? ¿Qué sabe Septimius acerca de mí? Hasta ayer, ni siquiera sabía que tengo un hijo y luego sueña que tengo dos -Maximus suspiró- Lo descubrí haciendo lo que no debía y ahora simplemente trata de ponerme nervioso para que quedemos a mano. No va a funcionar.

Quintus insistió.

- Podrías tener otro hijo en el futuro. ¿Quién dice que los sucesos del sueño van a ocurrir pronto ...

- Quintus -lo interrumpió Maximus- Septimius está de licencia y en una misión. Es un hombre pequeño con un gran objetivo y un ego aún más grande. Probablemente, hay cientos como él en el imperio. Aún si logra alcanzar a Marcus Aurelius, no veo al Cesar tolerándolo por mucho tiempo. Nuestro emperador es un buen juez de caracteres.

- Pero ... ­-empezó Quintus, siendo interrumpido por la entrada de Cicero.

- Discúlpame, general. Esto acaba de llegar de parte del emperador y el urgente.

Cicero entregó el documento a Maximus, saludó a Quintus con una inclinación de cabeza y volvió a desaparecer en las sombras.

Maximus examinó el sello para verificar su autenticidad y luego procedió a leer. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro, luego resopló.

- Escucha esto, Quintus. El Cesar envió a Commodus de regreso a Roma. Parece ser que ni siquiera su propio padre lo soporta a su alrededor.

Por toda respuesta, Quintus ofreció una sonrisa amable. Mientras Maximus seguía leyendo, su expresión pasó de una maliciosa satisfacción a otra de gran preocupación.

- ¡Cicero! -llamó.

- ¿Señor?

- Partiré en unos días y estaré ausente por una semana o dos. ¿Tendrás las cosas listas a tiempo?

- ¿Puedo preguntar a dónde vas?

- A internarme en territorio germano -Maximus miró al sorprendido Quintus- Una vez más, amigo mío, dejo la legión en tus capaces manos.

Enero, 178 A.D.

Maximus cabalgaba a lomos de Scarto, acompañado por más de un centenar de efectivos de caballería, sus pieles y su capa bien guardados en sus alforjas. Prefería no pregonar su rango mientras atravesaba el inestable territorio desmilitarizado que se extendía entre los campamentos de base romanos a lo largo de los ríos Danubio y Rhin y los asentamientos tribales en lo profundo del territorio bárbaro.

Maximus raramente visitaba esos lejanos puestos de frontera ya que Marcus Aurelius había dejado su administración a cargo de generales inferiores, permitiendo de ese modo que Maximus se concentrara en la estrategia militar de toda la frontera Norte. Los puestos estaban poblados por tropas auxiliares y cohortes rotativas. Su objetivo era establecer la presencia romana en ese territorio y mantener a las agresivas tribus locales bajo control mediante constantes negociaciones ... y, si estas fracasaban, sometiéndolas mediante robo de ganado, quema de aldeas y toma de rehenes. Estas tácticas raramente eran empleadas ya que germanos y romanos habían aprendido a tolerarse mutuamente y hasta se habían mezclado, casándose y comerciando entre si. Usualmente no había problemas en esa época del año, ya que ambos bandos estaban demasiado preocupados por sobrevivir al cruel invierno del Norte.

Pero algo había salido muy mal. Un general romano había desaparecido y sus hombres habían contraatacado capturando a la hija de un jefe tribal. Las mujeres de la nobleza germana eran tenidas en muy alta estima por su gente y la tribu de los chatti estaba extremadamente molesta, aduciendo que no sabía nada acerca del general. Para empeorar las cosas, la mujer aseguraba haber sido violada por varios soldados romanos, todos los cuales negaban que algo así hubiera ocurrido. La situación era crítica y el Cesar creía que Maximus debía ocuparse personalmente del asunto para evitar que una escalada de las hostilidades se propagara como un incendio forestal por el territorio germano.

Maximus tenía la esperanza de que no fuera demasiado tarde. Iba erguido en su silla, su aliento convirtiéndose en vapor en el aire frío, agradecido por la ausencia de nieve y el cielo claro. Estaba envuelto en pesadas túnicas, pantalones de lana y una capa que lo envolvía desde los hombros hasta las rodillas. Llevaba tiras de cuero arrolladas en torno a sus dedos para protegerlos de la helada y sus pies dentro de las botas estaban envueltos en lana. En la cabeza llevaba un simple casco para darse calor. Poco antes de alcanzar el puesto vestiría su imponente uniforme de general para ayudarse a establecer su autoridad desde el primer momento.

En la tarde del segundo día de marcha, tras una noche acampando bajo las estrellas, envueltos en numerosas mantas y acurrucándose tan cerca de sus fuegos como se animaran, los hombres avistaron en la distancia la torre de piedra. Se detuvieron a descansar, mientras Maximus se ponía su coraza de bronce, la capa y las pieles, luego desplegaron el estandarte del águila dorada de Roma y se acercaron al puesto, las manos cerca de las espadas y los cuerpos listos para tomar rápidamente sus arcos si era necesario.

El puesto era muy pequeño y primitivo comparado con las fortalezas romanas donde los hombres que las poblaban podían disfrutar de lujos tales como baños públicos, pero no era mucho peor que los campamentos de base en los que los soldados pasaban la mayor parte de su tiempo. Todas las necesidades estaban cubiertas pero no había allí ninguno de los lujos. Era un puesto militar, nada más, pero más confortable que el primitivo fuerte de madera que se había erguido originalmente en ese lugar.

En lugar de la esperada inquietud tribal, todo parecía tranquilo ... hasta que una roca, lanzada desde lo espeso del bosque, alcanzó a Scarto en la cabeza, justo debajo de la oreja, haciendo que el caballo relinchara de dolor y se alzara de manos hasta quedar en posición vertical, casi arrojando de su lomo a su jinete, quien se aferró desesperadamente a su melena. Scarto cayó nuevamente sobre sus cuatro patas, sacudiendo la cabeza y salpicando a Maximus con su sangre. Mientras jinete y caballo temblaban, dos soldados cargaron hacia el bosque y pronto regresaron con el culpable sujeto entre ambos de modo tal de que sus pies no tocaran el suelo. Era un muchachito de no más de doce años, quien pateaba e insultaba a los soldados y sus caballos.

Mientras Maximus desmontaba y se acercaba, el delgado cuerpo del muchacho se arqueó y escupió al general en la cara, la saliva alcanzando a Maximus en su mejilla derecha antes de chorrear hacia abajo por su mejilla. Se limpió lentamente con el dorso de la mano.

Furioso, uno de los soldados que lo sostenía primero lo soltó y luego le propinó un violento revés que lo lanzó rodando sobre el camino helado.

- ¡Suficiente! -dijo Maximus mientras aferraba al niño por la espalda de sus vestiduras y lo ponía de pie- Es sólo un niño.

Una multitud de curiosos se había reunido a su alrededor y muchos miraban con enojo al general romano que sujetaba al asustado muchacho con el labio partido. Sin esfuerzo alguno, Maximus alzó al joven rebelde y se lo entregó a otro soldado, quien lo colocó cruzado boca abajo sobre su montura.

- Pónganlo por unas horas en la prisión del fuerte para que se enfríe.

Maximus volvió junto a Scarto en medio de las protestas de la multitud y frotó el morro aterciopelado del semental, mientras examinaba su herida sangrante. Era profunda y requería atención inmediata. Hasta aquí, las cosas no iban bien. No iban nada bien.

- Dígame lo que ocurrió -Maximus estaba sentado en la helada estancia principal del fuerte con el centurión mayor y un escriba al que había ordenado anotar cada palabra que se pronunciara.

- Vi al general Pollienus por última vez hace veintitrés días ... a fines de diciembre. Me encontré con él en la mañana y partió después de la comida del mediodía para una recorrida de rutina. Nunca más lo volvimos a ver.

- ¿De qué hablaron esa mañana?

- Nada inusual. Asuntos regulares como necesidad de equipamiento y problemas del personal.

- Los soldados que se encuentran actualmente aquí, ¿son los mismos que estaban entonces?

- Sí. Me aseguré que ninguno se fuera.

- Mencionó problemas del personal. ¿Qué se entiende por eso?

- De nuevo, nada inusual. Los conflictos normales y discusiones por propiedad. Nada serio.

- ¿Cómo fueron resueltos esos problemas?

El hombre se movió incómodo. La pluma del escriba rascaba el papiro.

- No estoy seguro de lo que quiere decir.

- ¿Todas las partes quedaron satisfechas con los arreglos?

- Sí. Supongo que quedaron algunos resquemores pero nada ...

- Inusual -Maximus completó la frase.

El centurión se puso rígido.

- Sí.

- Lo siento, Oranius. Es que todavía ni siquiera sé si lo que estamos investigando es un accidente, una deserción o un asesinato.

- Es asesinato, general.

- ¿Y cómo lo sabe?

- ¿Qué otra cosa podría ser? Esos bárbaros nos odian. Vieron la oportunidad de destruir a nuestro líder y la aprovecharon.

- ¿Hay testigos?

- No.

- Entonces, su teoría es mera conjetura.

- Conjetura basada en la experiencia ... señor.

- Me temo que necesito algo más antes de acusar a alguien de asesinato. Por empezar, necesito un cuerpo.

- Lo buscamos, señor, pero no lo pudimos hallar. Probablemente lo despedazaron y lo quemaron.

Maximus se frotó el mentón barbado.

- ¿Por qué secuestraron a la mujer de la nobleza chatti?

- La estamos reteniendo hasta que aparezca el culpable.

- Ella asegura que la violaron.

- ¡Violarla! -escupió Oranius- Nadie la violó ... aunque le vendría bien. ¡Es una perra!

Maximus se puso tenso.

- La violación es una de los actos más reprensibles que un hombre puede cometer y nunca hay una excusa que lo justifique.

- Nunca ocurrió.

- ¿Fue revisada por un médico?

- No.

- ¿Por qué no?

- ¿Qué sentido tendría?

- Debió ser examinada en busca de signos de forzamiento, moretones ...

- Probablemente terminó un poco golpeada cuando la capturaron. Eso no prueba nada.

Maximus examinó el rostro resentido que se encontraba frente a él.

- Bien, Oranius, esto es lo que va a ocurrir. Voy a interrogar a todos los soldados de este puesto uno por uno y no quiero encontrarme con que todos me cuenten la misma historia con las mismas palabras ... no sé si me explico. También voy a hablar con la mujer chatti y a escuchar su versión de los hechos. Cuando lo haga, quiero dos intérpretes ... uno romano y otro de los chatti.

- Eso no será necesario. La pe ... la mujer habla latín.

- Bueno, eso hará las cosas un poco más fáciles. Haga los arreglos necesarios, por favor. Empezaré a interrogar a los soldados a primera hora de mañana. Puede retirarse.

Oranius echó una dura mirada a Maximus antes de abandonar la habitación dando un portazo tras él. Maximus contempló al joven soldado que hacía las veces de escrita.

- Bueno, al menos veo que él va a ser muy cooperativo. Esta investigación debiera ser rápida.

El joven sonrió en señal de simpatía.

- Usted también puede retirarse, soldado, pero lo necesitaré de nuevo mañana.

- Gracias, general -Tarius reunió sus documentos- Si me permite decirlo, señor ... nunca antes habíamos visto un oficial de su rango por aquí ... de modo de que algunos oficiales deben estar pensando que su autoridad está siendo usurpada.

- Lo está siendo.

Tarius contempló el rostro serio de Maximus, luego vio cómo una lenta sonrisa se dibujaba sobre los fuertes rasgos del general, suavizando inmediatamente su expresión sombría.

Tarius rió.

- Sí, supongo que lo está siendo. Que duerma bien, general.

Maximus apoyó los codos sobre el escritorio frente a él y se pasó los dedos por su cabello corto, suspirando profundamente. De golpe, se sintió abrumado por la fatiga. Cerró los ojos. Momentos después, su cabeza cayó pesadamente y se irguió tratando de mantenerse despierto. Escuchó una risa proveniente de la puerta y enfocó sus ojos turbios en la figura que se encontraba allí.

- Discúlpeme, señor -dijo Tarius con una sonrisa- pero, ¿nadie le indicó donde puede dormir?

Maximus apoyó el mentón en la palma de su mano para ayudarse a sostener la cabeza en alto, sonrió tristemente y negó con un gesto.

- Supongo que podría dormir en el escritorio, señor, pero creo que puedo encontrarle un lugar más cómodo. Este puesto está superpoblado pero estoy seguro de tenerle un lugar donde podrá disfrutar de cierta privacidad. Creo que la habitación del general está disponible -dijo Tarius sin rastros de ironía.

Maximus siguió al soldado, agradecido de encontrar siquiera un rostro amigable en aquel puesto solitario.

La habitación del general era más lujosa de lo que Maximus había esperado. No era grande pero estaba amoblada y decorada de un modo opulento.

- ¿Algo en esta habitación fue cambiado de lugar? -le preguntó a Tarius.

- No lo sé, señor. Es posible.

Maximus echó una mirada en torno a la estancia y descubrió un par de zapatos de mujer cerca de la cama.

- ¿El general era casado?

- Sí.

- ¿Su esposa estaba aquí con él?

- No. Está en Roma, creo.

Maximus levantó los zapatos.

- Entonces estos pertenecen a ...

- Su amante.

- ¿Y dónde está ella?

- También desapareció.

- ¿Cuándo?

- Al mismo tiempo que el general.

- Ya veo. Supongo que no haberlo mencionado fue una ligera omisión de parte de Oranius.

- Una ligera omisión, señor -asintió Tarius.

Maximus apoyó sus manos sobre sus caderas y volvió a recorrer la habitación con la mirada. Esa noche habría mucho que hacer antes de poder pensar en descansar.

- Gracias, Tarius. Lo veré en la mañana.

La Alcoba

Escrito por Hebe Blanco

Una vez dentro de la estancia privada, Maximus me depositó sobre mis pies y corrió la cortina para cerrarla. La alcoba era una de las pequeñas áreas que Cassius siempre ordenaba que se erigieran en el fondo de la tienda donde estaba llevándose a cabo una de sus escandalosas fiestas. Le gustaba decir que se ocupaba de las necesidades de sus amigos -"de todas sus necesidades", remarcaba enfáticamente- y esos cubículos eran su tributo personal a aquellos que -al contrario de él- preferían cierta privacidad cuando se trataba de gozar de sus placeres. No es que fueran muy privadas ... Pesadamente acortinadas por los cuatro lados, las alcobas protegían a sus ocupantes de los ojos curiosos pero estaban muy lejos de ser a prueba de ruidos. La que Maximus había elegido al azar estaba escasamente amoblada: apenas un diván, una mesa pequeña y una lámpara de aceite cuya luz mezquina no llegaba a los rincones. Con la cortina cerrada, estábamos casi en la oscuridad.

Perder el calor de su cuerpo grande y musculoso fue como una bofetada en mi rostro. Abrí los ojos y me tambaleé, luego me mordí el labio para no gemir, tan grande era mi necesidad de sus brazos en torno a mi cuerpo y la protección y seguridad que había encontrado en ellos. Pero el general Maximus parecía haber olvidado mi presencia completamente, mientras examinaba con sus dedos la tela de la cortina y sus ojos escrutaban la alcoba y aquellas que se encontraban a sus lados, ahora todo un guerrero y no el hombre que me había besado apasionadamente apenas unos momentos atrás.

El súbito cambio era perturbador pero, visto bajo esa nueva luz, el general Maximus parecía aún más magnífico que cuando se había dado vuelta por primera vez para mirarme. Había algo absolutamente masculino, algo primitivo y excitante en torno a él; era como ver a un hermoso león acechando silenciosamente a su presa o a un majestuoso semental salvaje vigilando su territorio. Incongruentemente pensé que muy pocas mujeres -no su esposa, por cierto- debían haberlo visto como yo lo estaba viendo en ese momento.

Su esposa. Había admitido desearme. No es que fuera necesario: casado o no, su cuerpo traidor había hablado por sí mismo. Aún así, había dicho que tenía la intención de serle fiel, sin importar lo duro que le resultara ... Había algo inquietante acerca de ese hombre hermoso y austero, aferrándose tan ferozmente a su código moral como se aferraba a su lealtad hacia un emperador que se decía había muerto. No era sorprendente que Cassius le tuviera tanto miedo.

El silencio se estiró hasta hacerse insoportable. Necesitaba que me hablara, que me reasegurara. ¿Qué me reasegurara de qué? ¿De que aún recordaba que me encontraba allí? ¿De que su cuerpo aún admitía lo mucho que me deseaba? ¿De que podía ser tratada con gentileza y no sólo ser usada y descartada como la esclava y prostituta que era?

- Maximus ...

Llevándose un dedo a sus labios, Maximus me indicó que hiciera silencio mientras permanecía inmóvil, escuchando, su cabeza ligeramente ladeada. En la escasa luz dorada, mantuve mis ojos fijos en su perfil mientras él seguía escuchando, su elegante nariz ligeramente larga pero tan patricia a pesar de sus humildes orígenes.

Luego, Maximus se relajó visiblemente, tomó mi mano y me atrajo hacia él, hasta que mis senos rozaron su pecho. Mis pezones se endurecieron hasta convertirse en apretados pimpollos y un fuego líquido corrió desde ellos hasta mis miembros y mi vientre.

- Ahora, en voz muy baja, dime lo que sabes -me indicó.

Apenas podía respirar, mucho menos hablar. De repente me sentí extrañamente tímida y me quedé parada en forma muy torpe frente a él, las manos caídas a mis costados, deseando tocarlo pero temerosa de hacerlo. No podía recordar haberme sentido tan tímida ni siquiera cuando era una niña pequeña y me obligaron por primera vez a asistir a una de las escandalosas fiestas de Cassius. Estaba segura de que podía sentir mis pezones endurecidos a través de las delgadas telas de nuestras túnicas y me sonrojé como una virgen inexperta frente a su primer amante.

Maximus volvió a instarme.

- Julia, dime lo que te dijo Marcellus.

Esperando que la oscuridad circundante fuera suficiente para ocultar mis mejillas arrebatadas, me obligué a calmarme, recordándome a mí misma que estábamos en esa alcoba para hablar privadamente y no para compartir nuestros cuerpos, nuestras vidas en grave peligro.

- Te envía la advertencia de que Cassius ...- repentinamente, Maximus me tomó en sus brazos y me estrechó contra sí, apretando mi rostro contra su hombro para acallar mis palabras. Con el corazón latiéndome dolorosamente y la sangre rugiendo en mis oídos, me aferré a sus brazos en busca de apoyo.

- Quédate muy quieta -susurró en mi oído.

Cerré los ojos apretadamente y me pregunté qué habría oído. Luego, lo escuché yo también ... el sonido de una cortina al ser corrida en la alcoba a la derecha de la nuestra. Después todo volvió a quedar en silencio, excepto por el sonido de mi corazón martilleante y el rápido jadeo de mi respiración contra su fuerte cuello.

Maximus permaneció quieto y en silencio pero no necesitaba decir nada porque yo sabía lo que él sabía. Había alguien allí, en la alcoba junto a la nuestra, tratando de escuchar nuestra conversación ... o los sonidos de nuestra cópula.

Maximus soltó el aliento lentamente y susurró:

- Rápido. Dime lo que te dijo Marcellus.

Respiré hondo y repetí el mensaje que me había dado el tribuno mayor.

- Maximus, estás en grave peligro. Cassius planea matarte y hacer que parezca un accidente. Cree que eres demasiado poderoso y que el ejército te apoyará en su contra ... que aún sus propios hombres te apoyarán.

- ¿Cuándo?

- No lo sé. Pronto.

- Sigue.

- Marcellus cree que el único modo de detener a Cassius es matándolo. Está dispuesto a hacerlo si tu lo proteges y le ofreces inmunidad.

- ¿Cómo planea matarlo?

- Cassius no sospecha que Marcellus está en su contra. Permite que Marcellus se le acerque físicamente ...

- Shhhhh ...

Maximus me estrechó con más fuerza y seguí la dirección de sus ojos para ver qué era lo que había detectado. A pesar de la oscuridad, lo vi: un ligero movimiento de la cortina y una diminuta raya de luz trazando un camino oblicuo en el suelo. Luego, la luz desapareció. Quien fuera que nos estuviera vigilando, se estaba poniendo curioso o impaciente.

Maximus cerró los ojos por un momento, como tratando de decidir qué hacer. Luego, respiró hondo y soltó el aliento lentamente, al tiempo que volvía a abrir sus ojos. Su brazo izquierdo rodeaba mis hombros apretadamente mientras que su mano derecha me acariciaba la nuca en forma ausente. Por un instante me pregunté qué diría si le hubiera hecho notar que, desde que nos encontráramos, sus manos habían recorrido mi cuerpo más de una vez como si tuvieran voluntad propia.

- Julia, necesitamos hacer ruido. Algunos ... sonidos apasionados -dijo en voz muy baja.

A pesar del peligro en que nos encontrábamos, había algo deliciosamente absurdo en sus palabras ... y en lo obvio del esfuerzo que le había costado pronunciarlas. No pude resistirme a atormentarlo un poquito.

- Entonces, Maximus, vas a tener que hacerme el amor.

- No. Te dije ...

- Sí, sí. Sólo estaba bromeando. No te preocupes, puedo fingir. Es algo que hago mucho, créeme -apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos, dejando que mi respiración se hiciera más profunda.

- ¿Puedes escucharme mientras haces eso?

La pregunta era tan ingenua que casi me hizo reír y brevemente me pregunté con qué clase de mujer estaría casado que sabía tan poco acerca de nosotras ... pero, probablemente, su esposa no necesitaba fingir. En lugar de hacerle la pregunta, asentí e intercalé mi respiración con algunos jadeos.

Maximus continuó.

- Dile a Marcellus que había planeado contener a Cassius hasta que Marcus Aurelius llegara aquí pero no tengo idea de cuándo ocurrirá eso, de modo que el único plan viable es matar a Cassius.

Volví a asentir, al tiempo que emitía un bien practicado gemido ronco desde el fondo de mi garganta.

La respiración de Maximus comenzó a acelerarse y no pude evitar una sonrisa ... o provocarlo un poco.

- Oh, general -gemí- Oh, hazlo de nuevo.

Moví las caderas contra las suyas y me aferró de las nalgas, tratando de detener mis movimientos pero lo sentí endurecerse y apartó sus manos como si hubiera tocado carbones ardientes. Aspiré su almizclado olor masculino y besé suavemente la barba áspera a la altura de su cuello antes de acelerar mi respiración otra vez ... pero ahora estaba más allá de fingir y por primera vez en mi vida mi pasión era real, muy real, un calor húmedo acumulándose entre mis piernas. Apoyada contra el cuerpo musculoso de Maximus era tan fácil imaginar sus manos desgarrando mi túnica, buscando ciegamente mi carne desnuda, sus labios y su lengua acariciando mi piel afiebrada. Era tan fácil imaginar su boca ardiente aplastando la mía en un beso intenso, demandante, para luego beber ávidamente de mis pechos como si hubiera sido un niño hambriento. Era tan fácil imaginar sus fuertes brazos alzándome y colocándome sobre sus caderas para luego hundir la erección dura como una roca que apretaba contra mi vientre dentro mío y hasta el límite. Mi mano derecha se deslizó en torno a su cuello y le acaricié la nuca y el cabello corto y húmedo, mientras mi mano izquierda se aferraba a su brazo, clavándole las uñas en los gruesos músculos y succionaba y lamía la piel ardiente de su cuello, mis senos aplastados contra su fuerte pecho.

- Julia, dile a Marcellus que siga adelante con el plan y que le daré el apoyo que necesita. Pero, para hacerlo, necesito estar cerca cuando lo haga. Es muy importante que lo haga él -uno de los hombres de Cassius- para mostrarle a los otros ... ¿Julia? ¿Julia? ¿Me escuchaste? -susurró Maximus con un toque urgente en su voz.

- Sí ... -escuché nuestras voces como en sueños, incapaz de atraerme de regreso a la realidad, sin deseos de atraerme de regreso a la realidad. Mi cuerpo tomó el control completamente y yo me entregué. En sus brazos, lo olvidé todo: que era una esclava, que era una prostituta, que no tenía una vida propia sino aquella que mi amo decidía, que era sólo el vehículo para los placeres de los otros, nacida, criada y entrenada para ser usada y descartada. Olvidé que tenía miedo, que había tenido miedo cada día de mi vida. Olvidé que me sentía sola, tan sola como es posible sentirse. Olvidé que sufría -en cuerpo, alma, corazón y mente- cada día. Olvidé que no había nada para mí -ni esperanza, ni futuro, ni felicidad, ni amor- y me entregué por completo al hombre contra el cual me encontraba apoyada. El hombre que me deseaba tanto como yo a él. El hombre que se negaba obstinadamente a aceptar sus propias necesidades.

Maximus me sacudió ligeramente.

- Julia, escúchame. Me vigilan de cerca. Me será muy difícil escapar de mis guardias pero tal vez, con la ayuda de Claudius, pueda escabullirme en la noche ...

Volví a besarlo en el cuello, lamiendo el hueco donde su pulso latía tan salvajemente como el mío y moví otra vez mis caderas contra las suyas, desesperada por aumentar la sensación de su dureza contra mi suavidad, desesperada por sentir lo que lo hacía hombre contra lo que me hacía mujer, desesperada por capturar la evasiva maravilla que prometía cambiarlo todo para siempre.

Maximus respiró hondo varias veces, luchando para no perder el control. Estaba profundamente excitado, al borde de entregarse a la pasión que rugía dentro mío como un fuego. Apretó sus manos hasta hacerme daño. Luego, con un rápido movimiento, me alzó en sus brazos y me depositó sobre el diván, el cual crujió ligeramente en señal de protesta. Por un momento, Maximus permaneció de pié junto a mí, mirándome, respirando pesadamente, sus ojos azules ardiendo con el fuego que también lo estaba consumiendo. Le tendí los brazos, implorándole en silencio que viniera a mí, sobre mí, dentro de mí. Separé los muslos, implorándole silenciosamente que me hiciera suya ... Afirmándose sobre una pierna, Maximus levantó la otra pero, en lugar de subirse al diván, colocó su rodilla suavemente, bien alto entre mis muslos abiertos. Traté de atraerlo sobre mí. Estaba más allá de la vergüenza, más allá de la dignidad, más allá de todo salvo de mi necesidad, mi necesidad de sentirlo llenándome hasta el límite y moviéndose intensa, profunda y rápidamente dentro de mi cuerpo deseoso. Pero él aferró mis manos apartándolas de sí y movió la cabeza negativamente.

Antes de que pudiera dar voz a mi súplica, aplicó una ligera presión contra mi carne inflamada y alcancé el climax. Brutalmente. Me tomó completamente por sorpresa. Seis años de prostituirme día tras día no me habían preparado para eso. Hundí las uñas en sus manos, arqueé la espalda y grité "¡Maximus!"

Espasmo tras espasmo sacudieron mi cuerpo, la sensación tan aguda, tan intensa que era placer y también era dolor y yo no sabía dónde terminaba una o dónde comenzaba la otra. Sólo sabía que quería que siguiera y siguiera y siguiera.

Caí otra vez contra el diván, completamente vacía, exhausta, mi cuerpo bañado en sudor. No noté cuándo sus manos se soltaron de las mías o cuándo retiró su rodilla o cuándo se movió silenciosamente hasta llegar a la entrada de la alcoba para apartar la cortina ligeramente y espiar lo que ocurría afuera.

Cuando recuperé mis sentidos, él aún estaba vigilando nuestros alrededores. Mientras me apartaba con la mano el cabello pegado a mi cara, mis ojos fueron atraídos por su brazo izquierdo. La lámpara chisporroteó y pude distinguir el pequeño tatuaje dibujado en su bíceps, el SPQR que tan bien conocía, las cuatro letras el símbolo de su promesa de servir a Roma. Mis ojos bajaron por su brazo hasta alcanzar su mano izquierda donde encontré lo que estaba buscando ... y temía encontrar y mirar: el anillo de plata que era el símbolo de su promesa a la mujer que poseía su corazón, su cuerpo y su fidelidad. La mujer que, de seguro, había ido virgen a su cama y le había dado hijos que perpetuaran su orgulloso nombre.

Suspiré hondamente, el peso de la realidad abatiéndose sobre mi cuerpo agotado.

- Eres un hombre extraño.

Sólo me di cuenta de que había dado voz a mis pensamientos cuando él dejó caer la cortina y se volvió hacia mí. Maximus cruzó los brazos y dejó que su cuerpo se relajara un poco. De repente, se lo veía muy cansado, tan cansado como yo lo estaba.

- ¿Sí? ¿Cómo es eso? -preguntó en un tono sosegado, su voz aún más embriagadora en la ardiente oscuridad y la secuela emocional.

Giré de costado para ajustarme la túnica y cubrir mis piernas antes de explicarme.

- Eres el único hombre que he conocido que no se preocupa sólo por su propio placer -su abultada erección se delineaba aún claramente a través del tejido de su túnica. No pude evitar sonreírle maliciosamente- Sabes que vas a pagarlo caro.

Se frotó los ojos con la mano, luego hizo lo mismo con su nuca, su gesto tan auténtico que tuve que contenerme para no cruzar la alcoba, tomarlo en mis brazos y consolarlo como a un niño cansado.

- Lo sé. Sólo espero que mañana no tenga que montar a caballo -dijo roncamente.

Solté una risita, consciente de que ambos estábamos avergonzados e incómodos y reacios ha hablar sobre lo que había en nuestros corazones y mentes.

Mi voz se tornó seria.

- Envidio a tu esposa. Es una mujer muy afortunada.

Maximus sonrió.

- Me gusta pensar que lo es.

- Espero que ella lo valga.

- Lo vale. Le prometí ... -sus palabras se diluyeron, súbitamente consciente de que estaba hablando de algo muy personal y privado con una mujer que acababa de alcanzar el clímax por su causa aún cuando no lo hiciera bajo su cuerpo.

No quería saberlo. No quería escuchar acerca de ella, de él, de ellos. No quería lastimarme a mí misma sino aferrarme al calor y la pasión que había experimentado tan recientemente. Pero también necesitaba seguir escuchando su voz, su profunda, hermosa voz. Necesitaba atesorar ese retumbar caliente en mi memoria, para confortarme en las noches solitarias y sin esperanza que me aguardaban.

- ¿Tienes hijos?

Maximus volvió a sonreír su sonrisa dulce, juvenil y de repente pareció como si el peso de demasiadas responsabilidades y preocupaciones hubiera sido apartado de sus hombros.

- Un niño de dos años -dijo- Se llama Marcus.

- ¿Por el emperador?

- Sí.

Me levanté del diván y me le aproximé lentamente, deteniéndome justo antes de tenerlo tan cerca que pudiera tocarlo extendiendo mi brazo.

- Debes admirar mucho al emperador.

- Así es. Es como un padre para mí. Perdí al mío cuando era chico.

Me estaba aproximando rápidamente al límite de mis fuerzas, el tumulto interior imposible de controlar. Me sentía exhausta pero inquieta. Saciada pero desesperadamente necesitada. Me sentía acalorada pero estaba temblando. Lo estaba perdiendo y no había nada que pudiera hacer para retenerlo. Suspiré pesadamente, mis ojos nublándose con lágrimas ardientes y no derramadas. Sabía la respuesta. Sabía que iba a salir lastimada pero no pude contenerme. Lo miré a los ojos, mis palabras vacilantes.

- Lo que me hiciste ...¿lo hiciste sólo porque tenías que hacerlo?

Maximus no respondió. En cambio dijo:

- Julia, algún día encontrarás a alguien. A alguien muy especial.

Se me cerró la garganta. Mis palabras sonaron estranguladas en mis propios oídos mientras luchaba ferozmente contra las lágrimas.

- Maximus, soy una esclava.

- Cuando Cassius esté muerto, tendrás tu libertad. Te las has ganado y también las otras mujeres -dijo suavemente.

¿Libertad? ¿No comprendía acaso que yo simplemente no podía entender lo que significaba esa palabra? ¿No comprendía que la libertad no significaba nada para mí en ese momento porque me había convertido en una esclava de otro tipo? ¿Qué podía significar para mí la libertad cuando le había entregado mi corazón a un hombre que no sólo no me amaba sino que amaba a otra lo suficiente como para negarnos a ambos lo poco que podíamos haber tenido, a pesar de desearme tanto como yo lo deseaba a él?

Parecía estar esperando mi respuesta. Me endurecí contra el dolor.

- Pero tú eres único. Y le perteneces a otra mujer -dije.

- Julia, no he visto a mi esposa en dos años. Estar casada con un hombre en mi posición acarrea enormes desventajas. Olivia hace sacrificios increíbles ...

Olivia. Lo había dicho y me sentí como si me hubiera abofeteado. El viejo senador me había abofeteado cuando, a pesar de mi esclavitud y cómo había sido entrenada, mi cuerpo de doce años se había rebelado contra el sometimiento. Me había abofeteado. Con fuerza. Más de una vez. De algún modo, los golpes físicos no me habían lastimado tanto como el sonido del nombre de su esposa.

- Olivia -repetí.

Maximus apretó los labios y apartó la mirada, visiblemente incómodo por haber pronunciado el nombre de su esposa en mi presencia. Luego, ansiosamente, volvió la conversación al problema que nos ocupaba.

- Julia ... ¿recuerdas lo que debes decirle a Marcellus?

- Sí.

- ¿Qué es?

Cerré los ojos. Era el fin.

Tragué hondo y repetí el mensaje, otra vez nada más que un instrumento para ser usado por los hombres.

- Que apoyarás su plan y que necesitas estar allí cuando ... cuando ocurra ... pero que te vigilan de cerca. Supongo que quieres que te diga cuándo, dónde y cómo ocurrirá.

- Sí. Y tiene que ser muy pronto.

- ¿Debe enviarte un mensaje a través de Claudius? -pregunté.

- Será el modo más seguro.

Repentinamente, el peligro fue muy real y la idea de su muerte a manos de Cassius me alcanzó con el impacto de un violento golpe. Tendí mis manos hacia él.

- Maximus, por favor, ten cuidado. Tu vida corre grave peligro. No lo olvides -le imploré. No se movió ni contesto. Dejé caer mis manos.

El asintió con la cabeza.

- Tengo que irme. Lo hiciste bien, Julia. Marcellus fue sabio en elegirte.

Luego, apartó rápidamente la cortina y la dejó caer tras él, al tiempo que se dirigía hacia la estancia principal sin mirar hacia atrás, dejándome sola en la oscuridad, la misma oscuridad que había albergado mi primera real entrega a un hombre.

Me senté en el diván y me abracé a mí misma como lo hacía cuando era una niña pequeña, su olor almizclado llenando mis narices, mi carne aún inflamada y palpitante. Cerré los ojos y estreché mis brazos, tratando de volver a capturar el calor de su cuerpo.

Fracasé miserablemente.

Hundí el rostro entre mis manos y lloré como nunca antes había llorado.

Capítulo 93 ­ Un Viejo Amigo

A media mañana, Maximus ya había interrogado a la mitad de los soldados del puesto; a media tarde, casi había terminado ... y no estaba llegando a ninguna parte. Unos pocos soldados estaban a la defensiva, como Oranius lo había estado en su momento; otros afirmaban no saber nada y muchos estaban tan conmocionados por la presencia de tan alto jefe militar que apenas podían hablar. Maximus tomaba notas mientras los hombres hablaban pero prefería estudiar sus ojos y su postura. Confiaba en el siempre presente Tarius para contar con registros detallados.

- El siguiente -dijo Maximus, la cabeza inclinada mientras escribía unas pocas palabras. Otro soldado tomó asiento frente al escritorio. El general lo miró, luego volvió sobre sus notas- ¿Nombre?

- No me reconoces, ¿verdad, Maximus?

Sorprendido, Maximus volvió a levantar la cabeza y frunció el ceño mientras estudiaba al hombre sentado frente a él. ¿Lo conocía?

El soldado le ofreció una sonrisa comprensiva e imitó la voz quejumbrosa de un niño.

- ¿Te dije alguna vez que me pusieron el nombre de un emperador?

A Maximus se le cayó la mandíbula.

- ¿Lucius? ¿Lucius?

Lucius sonrió.

Maximus se levantó de un salto y corrió al otro lado del escritorio, abrazando a su amigo de la adolescencia.

- ¡Me estás rompiendo la espalda! -gimió Lucius con el poco aliento que pudo reunir y Maximus lo liberó de inmediato pero siguió sujetando los hombros de Lucius mientras lo estudiaba.

- Te ves ... te ves tan diferente -rió Maximus al tiempo que tomaba nota de la cabeza calva y la gruesa cintura del hombre.

- También tú. Lo que yo perdí en mi cabeza lo ganaste tú en tu cara -Lucius le tironeó alegremente la barba- La última vez que te vi no tenías toda esta pelambre. Y tu voz se hizo un poco más grave. Pero reconocería esos ojos en cualquier parte.

- Ven y siéntate -Maximus arrastró la silla del soldado para colocarla de su lado del escritorio y le indicó que se sentara. Mientras lo hacía, el general se dio cuenta de que un grupo de hombres se había reunido en el umbral de la puerta y se esforzaban por ver qué estaba sucediendo y les hizo un gesto impaciente con la mano para que se alejaran- ¿Qué están mirando? murmuró.

- Los tienes aterrorizados y no pueden creer que acabo de tironearte de la barba -Lucius sonrió- Les dije que te conocía porque habíamos estado juntos en el ejército cuando no éramos más que niños pero no me creyeron. Estaban allí esperando verme quedar en ridículo. Gracias por no permitir que eso ocurriera.

- Tarius -Maximus se dirigió al escriba- denos a mi amigo y a mi un rato a solas. Hablaré con el resto de los soldados más tarde.

- Creo que esto es todo. Es el último -dijo el joven mientras reunía sus notas y dejaba la habitación, cerrando la puerta tras él.

- Oh ... bien -suspiró Maximus. Tironeó para quitarse las pieles y la capa y las dejó caer al suelo- Estaba empezando a cansarme ... y aburrirme -le sonrió a Lucius- Tenemos mucho de que hablar y ... por favor ... llámame 'Maximus'. Es tan bueno volver a verte. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

- Doce años.

- ¡¿Qué?!

- Así es Antes estuve en un puesto fronterizo en el Este. Eso es todo. Fin de la historia.

- Este es un lugar brutal para vivir tanto tiempo. Pensé que los hombres rotaban más seguido.

- El ejercito regular lo hace. Yo estoy en un cuerpo auxiliar, ¿recuerdas? Segunda clase hasta el fin -no había amargura en sus palabras y Lucius se echó a reír ante la expresión preocupada de su amigo- No es tan malo, Maximus. Pasar tanto tiempo en un lugar permite echar raíces. Tengo una familia aquí.

- ¿Una mujer germana? -aventuró Maximus.

- Sí. Tenemos cuatro hijos. Tres niñas y un niño ... ¿tú?

- Tengo esposa y un hijo en España, Lucius.

- Aún así ... tu territorio es Germania.

Maximus asintió tristemente con la cabeza.

- No los veo muy seguido. A veces pasan años entre una y otra visita.

- Lo siento. Entonces, en algunos aspectos, mi vida es mejor que la tuya - observó Lucius.

- Puede que tengas razón.

- ¿Qué fue de la vida de aquel miserable de Quintus?

Maximus rió.

- Es mi legado.

- ¿Quiere decir que tú eres su jefe?

La sonrisa del general no se alteró.

- Ahhhh ... entonces existe la justicia. Pero, ¿cómo ocurrió? Vienes de orígenes humildes.

- Sí, pero el emperador arregló que me adoptaran en una familia senatorial y así pude llegar a donde me encuentro hoy.

- Podrías llegar aún más lejos.

- No me interesa -dijo Maximus mientras apartaba la conversación de sí mismo- ¿Qué haces aquí?

- Descubrí que soy bueno para los lenguajes. Soy el principal intérprete ya que hablo muchos de los dialectos germanos. No soy un guerrero. No soy ni lo suficientemente grande ni lo suficientemente fuerte. Mi esposa está más que contenta.

- ¿Traducías para el general Pollienus?

- Sí.

- Entonces ... ¿lo conocías bien?

- Tan bien como cualquier otro. No era amigable ... se mantenía apartado.

Maximus se echó hacia atrás en su silla y contempló a su amigo.

- Me fuiste enviado por los dioses, Lucius.

- Me hará feliz ayudarte en lo que pueda, Maximus, pero me temo que no sé mucho más que los otros.

- ¿Crées que fue asesinado?

Lucius se encogió de hombros.

- No estoy seguro.

- ¿Qué piensas al respecto?

- No, no creo que haya sido asesinado -Lucius echó una mirada hacia la puerta cerrada- Maximus, un puesto fronterizo es una pequeña comunidad romana en el borde de una vasta área a cuyos habitantes les gustaría ver que nos fuéramos. Estamos aislados. El resto del ejército no nos presta mucha atención salvo que algo ande mal. Entonces ... puede ser un buen lugar para que un hombre codicioso de rienda suelta a sus ambiciones. Es ideal para la corrupción.
Maximus asintió en señal de comprensión, alentándolo a continuar. Lucius se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas y bajando la voz mientras miraba a Maximus seriamente.

- Antes tenía otras responsabilidades. Trabajé en los depósitos de suministros durante algún tiempo. El encargado vino a verme y me hizo algunas preguntas. Descubrió algunas irregularidades. Cuando se lo dijo al general, lo transfirieron a otro puesto y a mí me removieron del mío.

Maximus adoptó la misma postura que su amigo, sus rostros muy cerca uno del otro.

- ¿Qué tipo de irregularidades? -preguntó en voz muy baja.

- Cantidades de suministros que no coinciden con las órdenes. Libros que no cierran.

- ¿Alguien estaba robando suministros?

- Pareciera que sí.

- ¿Para qué? ¿Para venderlas?

- Probablemente. Hay gran demanda de suministros romanos entre las tribus germanas. Pagan bien.

- ¿Cómo pagan por esos suministros? Su moneda no tiene valor para nosotros.

- Mujeres ... y niños. Niñas y niños.

- ¿¡Qué!? -Maximus apoyó la cabeza en sus manos y habló mirando al piso- Tráfico de esclavos. ¿El general Pollienus se llenó los bolsillos y después desapareció?

- Es muy posible.

- Y la denuncia de su desaparición podría ser simplemente un subterfugio. En ese caso, Oranius también tendría que estar implicado ... y posiblemente haya otros -Maximus se echó hacia atrás en su silla, cerró los ojos y movió la cabeza- ¿Por qué vendería una tribu a sus mujeres y niños?

- No lo hacen. Los capturan de otras tribus.

- Alimentando de paso la animosidad entre las tribus.

Lucius asintió.

- Pelean entre ellos todo el tiempo hasta que aparece un enemigo común. En esos casos es increíble la velocidad con que se juntan.

- La amante de Pollienus ... ¿era realmente una esclava?

- Sí.

- Entonces, desaparece convenientemente con la bolsa llena por la venta de esclavos y nadie lo busca porque se supone que fue asesinado. Después, le echan la culpa a los chatti de su desaparición, tanto como para cubrir sus huellas, y la hija del jefe tribal es secuestrada para montar un espectáculo que distraiga a Roma.

- Astuto, ¿verdad?

- Sé que no sabes mucho sobre lo que está ocurriendo más allá de este puesto fronterizo, Lucius, pero toda la frontera Norte está humeando como un volcán y no hará falta mucho más que un episodio como éste para desatar la erupción -Maximus movió la cabeza en señal de desdicha- Las consecuencias de estos hechos pueden ser muy serias, créeme.

- Dudo que al general Pollienus le preocupe. Probablemente, en estos momentos está a salvo en algún lejano rincón del imperio. Britania, sin dudas. Apostaría que Oranius también estaba planeando desaparecer. Tu apareciste justo a tiempo para arruinarle la escapada.

- Tengo la costumbre de hacer esas cosas -Maximus sonrió brevemente, luego su expresión volvió a tornarse seria- Hay signos de inquietud tribal fuera de este puesto. ¿Qué pasaría si simplemente liberamos a la mujer chatti para calmar a su gente?

- No te olvides que ella afirma que la violaron.

- ¿Tienes idea si es cierto o no?

- No lo sé. Honestamente, Maximus, a pocos hombres les importa si es cierto o no. La consideran nada mas que otro bárbaro.

- Estás casado con una mujer germana. ¿Hay otros hombres en el fuerte que hayan hecho lo mismo?

- Unos pocos. Las cohortes tienden a cambiar todos los años. Esos soldados no se preocupan por las mujeres locales a menos que se trate de saciar su lujuria. Sólo los hombres en los cuerpos auxiliares -como yo- se han casado.

- De modo que la tribu exigirá una reparación por la violación. ¿En qué consistiría?

- La muerte del hombre o los hombres que lo hicieron.

- ¿Y si no sabemos quiénes son esos hombres?

- En ese caso, la tribu demandará elegir a un par de soldados y los torturará hasta matarlos.

- Hombres inocentes, es probable.

- Podrían serlo -Lucius se inclinó hacia delante y palmeó la rodilla de Maximus- Tienes todo un problema en tus manos, amigo mío.

- Años atrás, cuando éramos muchachitos ... quién hubiera pensado que nos encontraríamos en la posición en que nos encontramos.

- Tú como general y comandante de todas las legiones del Norte ...no me sorprende en lo más mínimo. Aún en aquel entonces, sabía que eras especial.

Maximus se veía perplejo.

- Yo no me di cuenta. Otros sí, pero no yo.

- Un hombre bueno nunca se da cuenta de su propia grandeza.

- ¿Cuándo te volviste tan filosófico?

- Eso es lo que le hacen a un hombre los largos y fríos inviernos de Germania. Eso, o lo vuelven loco.

- Siento que el ejército no haya visto tu potencial -de repente, Maximus sonrió, señaló el lobo grabado en su coraza y alzó las cejas- Puedo rectificar eso, sabes -dijo en un susurro conspiratorio.

Lucius rió.

- Gracias, Maximus, pero es aquí a donde pertenezco. Tengo a mi familia y eso es suficiente.

Maximus asintió, su mirada perdida en la lejanía.

- Es suficiente para cualquier hombre.

La Noche en su Tienda

Escrito por Hebe Blanco

Los sollozos sacudieron mi cuerpo con la misma intensidad con que lo hicieran los espasmos del clímax. Aquel sufrimiento era tan nuevo y tan agudo como el placer que había experimentado poco antes. No sé durante cuánto tiempo lloré. Pueden haber sido minutos, horas o días. Sentía deseos de aullar, como si mi corazón estuviera a punto de hacerse pedazos. Quería correr tras Maximus, suplicándole que no me abandonara, que no me dejara sola, que simplemente me permitiera permanecer a su lado, absorbiendo su gentileza y su fuerza. Desesperada, busqué el aire como lo busca quien se está ahogando. Y me estaba ahogando ... ahogándome en sufrimiento y lágrimas y dolor. Con el rostro aún hundido en mis manos, me hamaqué como lo hace un niño angustiado, tratando de consolarme a mí misma y fracasando una y otra vez.

Eventualmente, me fui calmando. Mi respiración se hizo más normal y el angustiado martilleo de mi corazón fue reemplazado por un palpitar sordo, doloroso. No podía permanecer en la alcoba para siempre. Había preguntas que contestar, un mensaje que entregar y que tener en cuenta la seguridad de Maximus. Me di un poco más de tiempo para componerme pero sabía que con mis ojos hinchados y enrojecidos no podría engañar a nadie, menos aún a Marcellus o Cassius.

Me puse de pié y tambaleé, las piernas casi fallándome. Pero me endurecí contra el vértigo, contra el deseo de tenderme en el diván, hacerme un ovillo y llorar hasta quedarme dormida. Me endurecí contra la urgencia de tenderme, cerrar los ojos y permanecer así hasta que la muerte viniera a buscarme ... porque sabía por experiencia que la muerte no vendría, no importa lo mucho que la invitara.

Tomando aliento profundamente, abrí la cortina y me encaminé hacia la estancia principal, sólo para encontrar que muchos de los oficiales se habían marchado y que los pocos que quedaban estaban tendidos en divanes en diversos estados de desnudez, inconscientes o dormidos. Tenía la esperanza de que sus ronquidos hubieran sido lo suficientemente fuertes como para ocultar mi llanto. No había señal alguna de Maximus o Marcellus o Cassius y muchas de las mujeres habían regresado al sector de las esclavas. Bajé la cabeza para ocultar mis ojos llorosos y me apuré a salir de la tienda.

La noche era cálida y húmeda como lo eran en Moesia muchas de las noches de verano. Había dado unos pocos pasos en dirección al alojamiento de las mujeres cuando mi brazo derecho fue aferrado por un puño de hierro y sentí que me obligaban bruscamente a darme vuelta. El impulso me hizo chocar contra el ancho pecho de Marcellus. Hice una mueca y di vuelta la cara.

- ¿Por qué tardaste tanto, Julia? -me preguntó en voz baja- El general Maximus se fue de la fiesta hace rato.

- Lo ... lo siento -tartamudeé, manteniendo mi cara dada vuelta- Necesitaba ... necesitaba descansar un poco. No me siento bien.

Marcellus no demostró la menor simpatía. No era ese tipo de hombre.

- ¿Hiciste lo que te dije? -preguntó bruscamente. Asentí con la cabeza- ¿Y? ¿Qué dijo?

Respiré hondo y repetí el mensaje de Maximus. Lo que le dije pareció complacerlo porque aflojó la presión que ejercía sobre mi brazo.

- ¿Estás segura? -demandó.

- Lo estoy. Dijo que debes hacerle saber cuándo lo harás, que le envíes un mensaje por medio de Claudius -susurré.

Marcellus soltó mi brazo y volví a tambalearme. Me miró curiosamente, luego sujetó mi barbilla con su mano y me obligó a mirarlo.

- ¿Qué ocurre, Julia? -me preguntó mientras sus ojos oscuros escrutaban mi rostro- ¿Estuviste llorando?

Traté de dar vuelta la cara pero no estaba a la altura de su fuerza.

- Te dije que no me siento bien ... hice lo que me dijiste. Ahora, por favor, déjame ir.

Me soltó y me di vuelta para dirigirme hacia el alojamiento de las esclavas pero no me alejé lo suficientemente rápido como para evitar oír su risa y su último comentario.

- Uno de estos días tienes que contarme qué te hizo que fue tan perturbador. ¡Pensé que estabas más allá de los sonrojos y las lágrimas, Julia! ¿Acaso te enseñó algún nuevo truco?

Frotar sal sobre una herida abierta es la forma más común de tortura y entiendo que es también muy efectiva. Las palabras de Marcellus fueron mucho peores que granos de sal frotados sobre mi corazón sangrante ... Corrí hacia el alojamiento de las mujeres. Corrí a través del praetorium y más allá de sus puertas, sorprendiendo a los guardias somnolientos. Tropecé, caí, volví a levantarme y seguí corriendo. Corrí entre las filas de tiendas y crucé corriendo las puertas de nuestro alojamiento, un confortable edificio de piedra y madera que contenía nuestros dormitorios y baños y también el lugar donde vivían las niñas esclavas que nos atendían. Entré abruptamente y me detuve de golpe cuando la media docena de mujeres que aún permanecían charlando en la estancia común se dio vuelta para mirarme.

Nunca dejaba de sorprenderme lo mucho que les gustaba hablar, que siempre parecieran tener tanto de qué hablar. Raramente buscaba la compañía humana, prefiriendo en cambio la soledad y la paz, rehusando a compartir con ellas los pocos momentos que tenía para estar a solas. Las otras mujeres lo sabían y aceptaban mi decisión del mismo modo en que aceptaban mis decisiones cuando se trataba del funcionamiento de nuestra casa. La nuestra era una extraña camaradería.

Ahora, todas me miraban con cara de asombro, sus ojos muy grandes, las bocas ligeramente abiertas. Permanecí apoyada contra la puerta, mis manos apretadas contra mis senos, mi respiración agitada. Después, Eugenia vino hacia mí. Era una espléndida morena, cuatro o cinco años mayor que yo, sus ojos como hermosas esmeraldas, su sedosa piel de un precioso color bronce.

- Julia ... -me dijo vacilante- Julia ... ¿qué ocurre? ¿Qué sucedió? ¿Estás bien?

Moví la cabeza negativamente, depués me mordí el labio y alcé una mano para mantenerla a la distancia.

Ariadna gorgeó:

- ¿Qué le pasa? La última vez que la ví parecía feliz y contenta con ese hermoso general español.

Era más de lo que podía soportar. Con un sollozo estrangulado, me dirigí hacia mi cuarto. Eugenia trató de detenerme. Era una mujer alta y me sujetó por los hombros con facilidad, sacudiéndome ligeramente.

- Julia -me urgió- ¿qué pasa?

Miré sus ojos color esmeralda con unos ojos que sabía debían brillar enloquecidos y volví a negar con la cabeza.

- Julia ... -insistió ella en voz baja y urgente.

Algo se quebró dentro mío. Me solté de un sacudón y grité.

- ¡Aléjate de mí! -corrí mientras seguía gritando- ¡Aléjate de mí!

Entré a mi cuarto y cerré la puerta, apoyándome contra ella. Las otras mujeres tenían que compartir cada dormitorio entre dos o tres pero yo, siendo el ama de la casa de las esclavas y la favorita de Cassius, tenía uno para mi sola. Era pequeño pero confortable, amoblado con un diván, una mesa, una silla y un taburete, un armario y mis baúles. Hasta tenía un espejo, una hoja de bronce pulido montada sobre la mesa donde ardían dos lámparas.

- ¿Señora Julia? -la vocecita me sorprendió. Me di vuelta para ver a la niña que hacía las veces de mi doncella. No tenía más de diez años y era negra como el ébano, con un alborotado manojo de rizos en su cabeza. Tenía unos ojos grandes y redondos y una boca carnosa que podría haber sido bella de no haber sido por la fea cicatriz causada por el golpe de un descuidado traficante de esclavos. Su nombre era Rufa y, por su aspecto, posiblemente era numidia.

- Señora Julia -repitió en su latín gutural y vacilante- ¿Está bien?

Asentí con la cabeza y me obligué a mi misma a sonreír, consciente de la timidez de una niña demasiado pequeña para servir a una prostituta y, eso esperaba, demasiado pequeña como para comprender lo que ocurría a su alrededor.

- Sí, pequeña -dije, mi voz sonando extraña en mis propios oídos- ¿Qué haces aquí? Es tarde ... - le hablé lentamente, porque aún tenía dificultad para comprender el idioma de sus captores.

- La estaba esperando, Señora Julia -respondió vacilante, sus ojos muy abiertos con la expresión de temor que siempre los acosaba, no importaba lo mucho que tratara de convencerla de que no tenía nada que temer de mí.

- Esta noche no voy a necesitarte, pequeña. Y no me llames "Señora Julia" porque no soy tu señora sino tu hermana. Te dije muchas veces que soy una esclava como tú.

Rufa frunció el ceño, confundida por mis palabras, palabras que no tenían sentido para ella. Suspiré.

- Ve a dormir, Rufa -dije, ansiosa por quedarme a solas.

- Pero, Señora Julia, le traje agua perfumada para ... -se detuvo a mitad de la frase, obviamente asustada por la expresión de mi rostro.

- ¡Vete! -le dije con una voz estrangulada. Cuando no se movió le grité-¡Vete! ¡Ya!

Salió corriendo de la habitación.

Una vez a solas, me dirigí lentamente a la mesa y me senté en el taburete ubicado frente a ella, como siempre lo hacía cuando me preparaba para ir hacia los hombres a los que me enviaban. Evité mirarme en el espejo, sabiendo que mi rostro debía estar pálido, mis rasgos demacrados, mis ojos enloquecidos. En cambio, miré hacia abajo, hacia mi túnica de seda y vi que estaba sucia de tierra. De inmediato pensé en Turia y cómo solía gritarme cuando era una niña y ensuciaba mis finas ropas por esconderme en los jardines de la villa de Cassius. Turia ... La última vez que la vi pasaba sus días tendida en un diván, tosiendo mientras moría lentamente de consunción, sola y olvidada en un cuarto trasero de la villa. Había sido una liberta y la deseosa amante de Cassius. ¿Había sentido por él lo que yo sentía ahora por Maximus? ¿También ella había sido rechazada en el final como yo lo había sido? Sacudí la cabeza. No había pensado en Turia en un largo tiempo. De repente, deseé que hubiera estado allí. Deseé poder preguntarle ...

Me puse de pie y comencé a quitarme la ropa. Rufa me había traído una jofaina con agua perfumada, un trapo y una toalla como le había enseñado a traerme cada vez que abandonara la casa para ir con un hombre. Agua perfumada, un trapo y una toalla para borrar los recuerdos de la cópula. Pero esa noche no había recuerdos que borrar sino recuerdos que atesorar: el almizclado olor masculino de Maximus, su boca ardiente, su voz embriagadora, su ancho pecho y pesados músculos, su carne dura como una roca apretada contra mí ...

Terminé de desvestirme y me puse la ligera túnica de dormir que Rufa había dejado lista para mí sobre el diván. Luego, fui a uno de mis baúles y tomé una bata, porque a pesar del clima cálido sentía frío. Mientras la buscaba, mis dedos tocaron la daga escondida y la tomé, sentándome otra vez ante mi mesa. Le di vueltas entre mis manos una y otra vez, hipnotizada por el brillo del frío metal a la luz de las lámparas de aceite.

Cuando era una niña creciendo en la villa de Cassius, nunca tuve una muñeca. Ansiaba una tanto como ansiaba tener a mi madre pero los esclavos no tienen niñez ni juguetes. Una vez, me hice una muñeca con pasto y flores robados de los jardines y trocitos de tela arrancados de mis propias vestimentas. La escondí debajo de un matorral espeso y cada vez que podía corría allí para jugar con ella. Pero el pasto y las flores se secaron y mi muñeca se deshizo en pedazos. La reparé una y otra vez pero un día llegué al escondite sólo para encontrar que ya no estaba: el jardinero la había encontrado y la había puesto en la basura. Esa noche lloré hasta quedarme dormida.

En los años siguientes sólo atesoré un objeto con tanta pasión como había atesorado mi muñeca de pasto y ese objeto era la daga que ahora tenía en mis manos. Había estado allí, sobre la mesa, cerca de la cama donde el senador me forzó. El la había estado usando para pelar fruta con la que me alimentó y luego me había dado una muñeca, una hermosa muñeca como nunca había visto. El senador era un hombre atractivo, su rizado cabello castaño matizado por algunos parches plateados, sus ojos color almendra sonrientes y benévolos. Pero había aceptado el regalo de Cassius, el primero de una larga lista.

Me habían instruido para que me fuera mientras él dormía y me deslicé en silencio fuera de su cama y de la habitación, haciendo una mueca cada vez que mi cuerpo dolorido me recordaba lo que me había hecho ... pero no me fui sin antes tomar la daga y esconderla entre las ropas de la muñeca. Esa noche no lloré y a la mañana siguiente arrojé la muñeca a una cloaca. Nunca más había vuelto a llorar hasta esa noche, en que mis defensas se derrumbaron y mi cuerpo se lanzó al desconocido reino del placer. Volví a dar vueltas a la daga entre mis manos, aún hipnotizada por su brillo. Luego, la tomé con la mano derecha y apoyé la izquierda sobre la mesa, dándola vuelta para exponer la muñeca. Las venas azules palpitaban suavemente bajo la piel translúcida ... Cortarse las venas ha sido siempre el método favorito de los romanos cuando se trata de quitarnos la vida, aunque algunos prefieren beber veneno y los altos oficiales a menudo se clavan sus propias espadas. Había escuchado decir que cortarse las venas y, en consecuencia desangrarse, no es una muerte dolorosa sino una muy apacible ... como lo son todas las formas de muerte una vez que se las acepta. Como en un sueño, vi mi mano derecha acercar la hoja a mi muñeca y apoyar la punta contra la piel delicada. Después, tracé una línea a través de ella, las pequeñas gotitas de sangre que aparecieron de inmediato formando una delgada línea roja. Curiosamente distante, pensé que no había dolor en lo que estaba haciendo ... y obviamente tampoco había daño. Volví a apoyar la daga y esta vez presioné un poquito. La sangre surgió en un pequeño reguero y corrió por mi muñeca para gotear sobre la mesa ... aún no había dolor y tampoco un daño serio. Me preparé a tajear mi muñeca violentamente.

La puerta se abrió de golpe.

- ¡Julia! -Eugenia estaba sin aliento, sus pechos subiendo y bajando.

Atontada, levanté la cabeza dejando caer la daga. Cayó al suelo, la alfombra ahogando el ruido.

- ¿Qué ...?

- ¡Julia, hay un guardia buscándote! Tratamos de detenerlo pero tiene órdenes de llevarte ... -Eugenia fue apartada bruscamente por el hombre uniformado y pesadamente armado que había encontrado el camino hacia mi habitación.

- ¡Tú! -dijo con la voz resonante propia de los militares romanos- ¡Ven conmigo!

Me puse de pie y me envolví la muñeca apresuradamente con el trapo de lavar.

- ¿A dónde la llevas? -demandó Eugenia.

El hombre se limitó a gruñir "¡Cállate! Y me aferró por el brazo izquierdo, obligándome a ir con él mientras yo sujetaba mi bata para cerrarla sobre mis pechos.

Me llevó a la rastra a través del campamento y en dirección al praetorium. Aunque estaba acostumbrada a ser mandada, nunca antes había sido tratada así. Pensé que Cassius había descubierto la verdad sobre Marcellus y mi rol en el complot. No le importaría que su legado me hubiera obligado a participar. No era hombre de perdonar y me mataría sin importar cuánto protestara mi inocencia. No tenía miedo de morir ... sólo me contrariaba el hecho de que el guardia no hubiera llegado unos minutos más tarde: al menos así le habría arrebatado a Cassius la oportunidad de matarme; yo, quien siempre me había visto obligada a inclinarme ante su deseo.

Pero el guardia no me llevó a la tienda de Cassius. En cambio, me arrastró más allá de ella y hacia otra. Mis ojos se abrieron muy grandes cuando vi a Maximus de pie en la entrada, obviamente esperando mi arribo. El guardia me arrojó bruscamente en sus brazos y él le dio las gracias con un gesto de su cabeza para luego alzarme fácilmente pasándome un brazo en torno al cuerpo y bajo los pechos, llevándome hacia a dentro y hasta llegar junto a su cama, donde me depositó en el suelo, sujetando mi cuerpo con fuerza.

No había tenido miedo cuando pensé que me estaba siendo llevada ante Cassius pero ahora, al mirar la cara de Maximus tuve miedo, tanto como nunca antes había tenido.

- Maximus ...

Mis palabras murieron estranguladas en mi garganta cuando sentí la afilada punta de un cuchillo bajo mi oreja. Sus ojos ya no eran amables sino helados pozos azules. Pero aún más aterrador fue el sonido de su voz, cuando gruñó en mi oído.

- Linda actuación la de esta noche, Julia.

- Maximus, no te entiendo -todo mi cuerpo estaba temblando.

- Baja la voz o te corto esa linda garganta.

Traté desesperadamente de aligerar su humor.

- Sabía que te sentirías frustrado pero esto ...

- Cállate y haz lo que te digo. Descríbeme a Claudius.

¿Claudius? ¿De qué estaba hablando? Lo miré a los ojos pero estos seguían siendo implacables. Como vacilé, presionó ligeramente la hoja del cuchillo e hice una mueca.

- Jamás lo vi.

Con el rabillo del ojo vi a uno de los guardias apartar ligeramente la pesada cortina de la entrada para espiar, obviamente interesado en echar una mirada a la pericia sexual del general ... o tal vez a la de su prostituta.

- ¡Fuera! -gritó Maximus sin siquiera darse vuelta, sus helados ojos acerados sin apartarse jamás de los míos. El sonido de su voz fue tan afilado como la hoja del cuchillo que apretaba contra mi carne y yo me encogí como si me hubiera golpeado. La cortina se cerró y Maximus continuó con su interrogatorio.

- ¿Quién arregló que te encontraras conmigo esta noche?

- Marcellus.

- Marcellus. ¿Es realmente un tribuno, Julia?

Sollocé ligeramente, aterrada por la súbita brutalidad de Maximus. Ya no era el hombre apasionado que me había besado en la fiesta de Cassius ni el hombre que había compartido conmigo la ardiente oscuridad de la alcoba. Ese hombre era un completo y peligroso extraño, un hombre que podía fácilmente amenazar, infligir dolor o matar. Un hombre que no vacilaría en hacer cualquiera de esas cosas.

- Sí, sí. Es uno de los asesores más próximos a Cassius.

- ¿Y te dijo lo que debías que decirme?

- Repetí exactamente lo que me dijo que dijera. General, ¿qué ocurre?

El pecho de Maximus se alzó pesadamente con su furia y su respiración sonó áspera en mi oído cuando gruñó:

- Ocurre que Claudius no es Claudius.

- ¿Qué?

- Conozco a Claudius de Germania y el hombre que dice ser él no se le parece en nada. Claudius es ... era ... de mediana complexión y rubio. Este hombre es fornido y calvo.

Reconocí de inmediato al oficial que estaba describiendo.

- Ese es Balbinus -dije- Es un tribuno y gran amigo de Marcellus. Maximus ... ¿qué está pasando?

- No lo sé. Pero tú eres parte.

¿Parte de qué?

Poco a poco, las piezas cayeron en su lugar. Algo estaba mal en el mensaje que me habían ordenado darle. Maximus había descubierto un complot dentro del complot ... y sospechaba que yo era parte de él. Lo miré a los ojos, protestando silenciosamente mi inocencia ... pero sus ojos no mostraban nada más que una mirada de frío odio que me hizo estremecer, del mismo modo que su mirada ardiente me había hecho estremecer no mucho tiempo antes. Mis ojos volvieron a nublarse. Fue bueno que así lo hicieran porque el cuchillo que sostenía contra mi garganta me impedía dar vuelta la cara sin lastimarme y no podía seguir contemplando su expresión enfurecida.

- Por favor, yo sólo entregué el mensaje, Maximus. No soy parte de ninguna conspiración en tu contra -ahora estaba llorando quedamente, llorando como se llora cuando se está demasiado agotada para suplicar o tener esperanzas- ¿Crees que podría hacer algo así?

- Después de esa linda actuación la que montaste para mí esta noche, creo que eres capaz de cualquier cosa -me respondió, su voz sonando como un peligroso rugido.

Quería argumentar, protestar mi inocencia ... ¿para qué? Me conocía por lo que era, una esclava y una prostituta veterana y esclavos y prostitutas tienen fama de mentirosos. Pero yo necesitaba convencerlo de que no tenía nada que ver con el complot sino que sólo había entregado el mensaje que me habían indicado. Apoyé una mano temblorosa sobre el puño con el que sostenía el cuchillo contra mi garganta y le ofrecí lo poco que tenía para ofrecerle: la verdad, la verdad más dolorosamente íntima que jamás hubiera tenido que enfrentar o confesar en voz alta.

- No estaba actuando, Maximus -susurré, mis ojos nublados por las lágrimas no vertidas.

Permitió que mi mano apartara el cuchillo y no se movió cuando di un paso atrás y me volví para mirarlo, abrazándome a mí misma y tratando de contener los sollozos que ahora escapaban de mi garganta sin importar cuánto luchara para contenerlos. Incliné la cabeza y mi largo cabello rubio rojizo ocultó completamente mi rostro.

- Yo no podría ... no lo hice ... yo ... -tartamudeé entre sollozos.

Maximus suspiró con impaciencia, luego guardó el cuchillo en la parte trasera de su cinturón y trató de tomarme en sus brazos mientras me resistía y trataba de acurrucarme lejos de él. Pero Maximus no aceptó mi rechazo; insistió y gradualmente me fui relajando contra él mientras lágrimas de alivio y angustia y dolor fluían libremente. Apoyé la cabeza en su hombro y lloré hasta que mis lágrimas humedecieron su túnica color herrumbre, mientras él me acariciaba y calmaba como si hubiera sido tanto la pequeña niña asustada que nunca había tenido una muñeca y la mujer adulta que estaba tan desesperadamente sola. Y tanto la que había sido como la que era en ese momento encontraron calor y consuelo y seguridad en sus fuertes brazos.

Por un largo rato el único sonido que se escuchó en la tienda fue el de mis sollozos. Luego Maximus susurró junto a mi cabello en tono de disculpas:

- Lo siento. Esta noche te hice llorar mucho. No sé en quién puedo confiar, Julia, o quién está tratando de conducirme a una trampa. Y no sé cómo encajas en todo esto.

Su hermosa, profunda voz me acunó y sentí que me fundía contra su cuerpo.

- Nadie confía en mí, Maximus. Simplemente me usan ... como mensajera, como vehículo para obtener placer. Yo atiendo las necesidades de los hombres. Nada más -me aparté lo suficiente como para mirar sus gentiles ojos azules- Si pensara que hice algo para lastimarte ... aunque fuera sin darme cuenta ... no podría vivir con eso.

- No lo has hecho. Ven aquí y siéntate -Maximus me tomó de la mano y me llevó hasta su cama, donde nos sentamos lado a lado, cerca pero sin tocarnos.

- Nunca te hubiera lastimado con ese cuchillo -dijo con una pequeña sonrisa.

No pude evitar devolverle la sonrisa a través de mis lágrimas.

- Pero estuviste de lo más convincente -dije- Cuando te lo propones, eres de lo más aterrador.

- Lo sé. A veces resulta útil -bajó la voz hasta que sólo fue un susurro- Julia, necesito tu ayuda.

- ¿Cómo puedo ayudarte?

- Tengo que matar a Cassius y hacer que parezca que fue uno de sus hombres.

- ¿Por qué uno de sus hombres?

- Porque si se sabe que lo maté yo, no saldré vivo de aquí y tampoco mis hombres. Pero, si los soldados de esta legión piensan que uno de ellos lo mató, eso creará suficiente confusión como para que los seguidores de Marcus Aurelius tomen el control ... con mi ayuda, por supuesto.

Hizo una pausa mientras yo fruncía el ceño y me dio tiempo para absorber lo que había dicho antes de agregar:

- ¿Me ayudarás?

Asentí con la cabeza.

- Sabes que lo haré -hice una pausa y luego dije- ¿Confiarás en mí?

- Sí.

- ¿Estás seguro? No quiero que me vuelvan a traer aquí a la rastra para encontrarme con un cuchillo en la garganta.

Maximus sonrió ante mi tono provocador y me pregunté brevemente qué había en él que me volvía juguetona y provocativa aún frente al peligro.

- No te culpo -dijo, contrito como un niño al que atrapan en una travesura.

- ¿Qué hay del complot contra tu vida? Estás en peligro, ¿lo recuerdas?

- Balbinus me advirtió que hoy no saliera a cabalgar fuera del departamento. Tal vez Cassius planea alejarse tras haberme hecho advertir para que me quede aquí y regresar para encontrarme convenientemente muerto, quedando él con las manos limpias.

Me estremecí ante la sola idea de su muerte. Maximus se dio cuenta de mi angustia.

- Tengo que encontrar el modo de impedir que Cassius haga lo que sea que tiene en mente -dijo con un tono casual, mientras colocaba sobre mis manos una de las suyas, grande y encallecida por empuñar la espada, cubriéndolas completamente- ¿Estás familiarizada con las rutinas de Cassius?

Asentí con la cabeza.

- Demasiado familiarizada.

- Descríbemelas para que pueda hacerme una idea acerca de cuándo y dónde hacerlo.

Suspiré. No había modo de evadirme.

Maximus me interrogó durante más de una hora, haciéndome repetir una y otra vez lo que sabía acerca de las rutinas de Cassius. Era un interrogador implacable y sentí pena de sus enemigos. Más de una vez aparté la vista de él, cuando el conocimiento que estaba proporcionándole no dejaba lugar a duda acerca del grado de intimidad que había compartido con el hombre que iba a matar. Cuando eso ocurría, Maximus apartaba un mechón de mi cara con un gesto ausente y me pregunté una vez más si ni siquiera se daba cuenta que me estaba tocando ... que parecía incapaz de controlar su necesidad de tocarme ... Cuando terminé, Maximus permaneció en silencio por un momento, luego se frotó con la mano sus ojos cansados e hizo lo mismo con su nuca, un gesto que me resultaba tan familiar pese a que sólo lo había conocido pocas horas atrás.

- Julia -dijo- necesito salir de esta tienda y hablar con mis hombres y tengo que hacerlo antes de amanezca. Creo que puedo escabullirme pero necesito un lugar donde esconderme hasta que pueda actuar y no puedo hacerlo con mi caballería porque en cuanto se den cuenta que no estoy me buscarán en su alojamiento. Y necesito permanecer dentro del campamento para actuar. ¿Hay algún lugar donde pueda esconderme?

Fruncí el ceño y apreté los labios mientras pensaba en el pedido de Maximus, sus ojos fijos en mi rostro. Había un solo lugar donde podía esconderlo y, al mismo tiempo, estar lo suficientemente cerca de él como para ayudarlo.

- El alojamiento de las mujeres -dije- Está en el fondo del campamento, un edificio grande de piedra y madera. Hay una pequeña puerta trasera que sólo usan las esclavas para ir a lavar la ropa al río. La encontrarás fácilmente. Está atrancada por dentro pero la abriré y te estaré esperando.

Maximus asintió con la cabeza.

- ¿Hay algún lugar dentro del edificio donde pueda esconderme? ¿Un sótano, tal vez?

- No -respondí- Sólo nuestros alojamientos y baños y el alojamiento de las esclavas menores.

Maximus suspiró.

- Tendrá que ser suficiente. ¿Qué hay de las otras mujeres?

- Déjalas por mi cuenta. Harán lo que les diga ... todas odian a Cassius.

Maximus volvió a asentir.

- Llegaré una hora después que regreses. Creerán que me quedé dormido y no notarán mi ausencia por algunas horas. Espérame en la puerta.

Fue mi momento de asentir con la cabeza, mi mente discurriendo a toda velocidad las implicaciones de lo que estaba por hacer. De lo que iba a hacer.

- Julia -Maximus tocó suavemente mi mejilla- quiero que entiendas cuán peligroso es esto. Las cosas pueden salir mal y tal vez no pueda protegerte.

¿Protegerme? La única vez que alguien me había protegido había sido cuando Cassius denegó a sus amigos el permiso para desflorarme durante una de sus fiestas.

- Lo sé, Maximus. Y no necesitas preocuparte por mí. Estaré bien -susurré.

Maximus sonrió y tomó mis manos tiernamente entre las suyas, esas manos grandes, cálidas, fuertes, capaces tanto de causar la muerte como de ofrecer consuelo, de hacer correr la sangre y también de acariciar. Luego, se llevó las mías a los labios y besó suavemente mis dedos, el roce de su boca tan cálido, su barba raspando suavemente mi piel. Fue mi turno de sonreír pero me temblaron los labios y tragué saliva. Maximus levantó la cabeza y me miró a los ojos, reteniendo mis manos entre las suyas mientras sus pulgares acariciaban mis muñecas de un modo ausente.

De golpe se detuvo y atrajo mi mano izquierda hacia él, haciéndome darla vuelta para examinar el vendaje.

- Maximus ... -empecé a decir, tratando de apartar mi mano. Pero él no me lo permitió y echó hacia atrás mi bata para examinar el vendaje que no había estado allí cuando nos encontráramos por primera vez: estaba manchado de sangre. Maximus alzó la cabeza y me miró directamente a los ojos.

- ¿Qué es esto? -preguntó de un modo nada gentil. Me preparé para enfrentar su furia.

- Nada -dije- Un accidente ...

- ¿Qué es esto? -repitió, su voz baja, su tono peligroso. Cuando no respondí, arrancó el vendaje y atrajo mi muñeca cerca de la luz para examinarla mejor. Contuve el aliento. La delgada, irritada línea roja que atravesaba mi carne hablaba por sí sola. Su brusca manipulación había reabierto la herida más profunda que me había infligido un poco más abajo. La sangre fluyó en un pequeño reguero, manchando sus dedos callosos.
Maximus volvió hacia mí su rostro enojado.

- En nombre del Hades, ¿qué estabas tratando de hacer? -gruñó. Traté de arrancarle mi mano pero no tenía la fuerza suficiente- ¿Qué estabas tratando de hacer? -repitió. Estaba furioso, sus ojos azules llameando con una ira letal ... Y yo también estaba empezando a sentirme enfurecida. Amargamente enfurecida.

- ¿Qué te importa lo que estaba tratando de hacer? -le espeté- ¡No eres mi amo! ¡Si me quito la vida, no te estaré robando una valiosa propiedad! ¿Qué te importa si vivo o muero?

Maximus hizo una mueca como si lo hubiera golpeado pero se recobró rápidamente. Me aferró por los brazos, sus manos sujetándome como grilletes de hierro y me atrajo hacia él, hasta que nuestros torsos se tocaron.

- ¿Quieres morir, Julia? -siseó, sacudiéndome hasta que me castañetearon los dientes y el cabello me cayó sobre la cara- ¿Quieres morir? -repitió.

Era demasiado. No podía soportarlo. No esa noche. No de él. Sacudí la cabeza para apartarme los mechones que oscurecían mi visión y sisée a mi vez:

- ¡Sí! ¡Sí, quiero morir! ¡He querido morir desde que puedo recordarlo pero no lo sabía! ¡No hasta esta noche! ¡Quiero morir, general Maximus! ¿Qué te importa?

- ¿Qué me importa? -rugió, alzando peligrosamente la voz- ¿Te atreves a preguntarme qué me importa?

- ¡Sí! -siseé, ahora más allá del miedo como antes había estado más allá de la vergüenza.

Maximus volvió a sacudirme.

- ¿Tienes idea de cuánta gente he visto morir? ¿Tienes idea de cuántos hombres y muchachos he visto implorarle a los dioses y los médicos que no los dejen morir? -rugió- ¿Tienes idea de cuántas personas he matado o enviado a su muerte? ¿Tienes idea de lo que toda esa sangre y esa muerte le hacen al alma de un hombre?

Se detuvo. La expresión azorada de sus ojos me dijo que había dicho demasiado, que había dicho algo que estaba enterrado en lo profundo de su alma, algo que lo atormentaba. Que nunca antes le había confesado aquello a nadie ... ni siquiera a sí mismo. Sus manos apretaron mis brazos dolorosamente. El instante pareció estirarse para siempre, nuestros ojos fijos el uno en el otro, los dos conteniendo la respiración. Maximus inclinó bruscamente la cabeza y apretó su boca contra la mía, castigándome con un beso salvaje. Lo besé con una pasión tal como nunca había siquiera sospechado que fuera posible. Con un suspiró, entreabrí mis labios invitándolo dentro de mi boca mientras luchaba por soltarme, desesperada por tocarlo, por sentir su cuerpo.

Maximus apartó su boca bruscamente y se puso de pié. Se alejó, dándome la espalda. Me erguí y me abracé a mí misma, tratando de detener el temblor que ya se había apoderado de mí. La respiración de Maximus era tan pesada como la mía. En la escasa luz, lo vi apretar los puños.

- Maximus ... -susurré.

Maximus abrió los puños y apoyó las palmas sobre la mesa cercana, sus brazos muy separados, la cabeza inclinada.

- Maximus ...

- Vete -dijo en forma inexpresiva.

Me puse de pie pero no pude obligarme a mi misma a irme. No después de su beso. No después de saber que sufría por dentro tanto como yo. No después de saber que se preocupaba por mí. Que lo que habíamos compartido en la alcoba -a pesar de su negativa- no había sido mera lujuria sino aquello que todos ansiamos y pocos alcanzan. Empecé a avanzar hacia él pero sus palabras me obligaron a detenerme.

- Vete -repitió, su voz tensa- Estaré allí tal como acordamos.

Aparté mis ojos de él.

- Llama al guardia para que me lleve de regreso al alojamiento de las esclavas -le dije en una voz sorprendentemente firme- Querrás que sepan que estabas aquí antes del amanecer.

Maximus asintió en silencio mientras levantaba la cabeza, siempre dándome la espalda.

Antes de que pudiera hablar, agregué:

- Ocúltate en las sombras ... se supone que estuve dándote placer toda la noche ... No permitas que vean que ni siquiera te quitaste la ropa.

Maximus se irguió y se dirigió hacia un rincón oscuro de la tienda. Respiré hondo y cerré los ojos, preparándome para lo que vendría.

- ¡Guardia! -gritó en su mejor tono militar- ¡Ya terminamos!

Pero los dos sabíamos que no era así.

Capítulo 94 – La Rehén

Maximus abrió la pesada puerta de madera y de inmediato se agachó cuando vio que algo volaba en su dirección. El plato se estrelló contra la pared, salpicando al general con trocitos de terracota mientras los dos guardias se lanzaban a través del cuarto, aferraban las muñecas de la mujer y le inmovilizaban los brazos contra la pared de piedra. Esta les gritó en una lengua que Maximus no pudo comprender y luego sus ojos se posaron en él, mientras se erguía lentamente y se limpiaba de astillas la capa y las pieles y se aproximaba a ella. Se detuvo cuando se encontraba a una distancia de aproximadamente dos brazos pero aún así la mujer se las arregló para escupirlo, alcanzándolo en la mejilla derecha. Lucius y Tarius soltaron una exclamación ante su atrevimiento pero Maximus simplemente suspiró y se limpió la cara contra la piel que cubría su hombro.

Creo que conozco a su hermano -murmuró y luego ordenó a los guardias que la ataran a una silla.

Le dio la espalda a la mujer que no dejaba de chillar y tomó otra simple silla de madera, colocándola a una distancia suficiente como para que ésta no pudiera patearlo. Dándola vuelta, se sentó a caballo, apoyando los antebrazos casualmente sobre el respaldo y sus piernas enfundadas en botas a cada lado de la silla.

Sé que sabes hablar latín, Mi Señora, así que, ¿por qué no acabamos con esto?

Ella alzó las cejas fingiendo ignorancia. La mujer chatti era de mediana estatura, delgada y su cabello de un indistinto color castaño caía en torno a su rostro sucio como un manojo de colas de rata. Sus ropas eran de simple lana marrón y estaban muy sucias. Sus pies mugrientos estaban descalzos. De ella emanaba un olor agrio que hizo que Maximus frunciera la nariz. No había nada notable en la mujer, salvo sus llameantes ojos azules que hablaban por sí solos sobre lo que hubiera querido hacerle al general romano. Lo maldijo en su lengua natal y en latín y volvió a escupir en su dirección pero esta vez no pudo alcanzar su objetivo.

Maximus permaneció impasible.

Mi nombre es General Maximus Decimus Meridius. Soy el comandante de las legiones del Norte del ejército romano. Estoy aquí debido a la desaparición del general Pollienus y tu secuestro. Estoy investigando ambos así como tu denuncia de violación a manos de varios soldados romanos.

Ella lo miró iracunda.

¿Tu nombre es ...?

¡Nada que sea de tu maldita incumbencia!

Maximus parpadeó dos veces y se irguió en forma inconsciente. ¿Esta era una dama de la nobleza chatti?

Como quieras. Te llamaré simplemente "Mi Señora".

Ella hizo una mueca despectiva.

Maximus se obligó a sí mismo a relajar sus hombros.

Quiero que me digas lo que te ocurrió.

Ya dije lo que tenía que decir -respondió la mujer, su voz quebrada de amargura.

No a mí y me gustaría escucharlo directamente de ti antes que de boca de los soldados.

¿Por qué, general? ¿Va a excitarte?

En lo más mínimo, te lo aseguro -respondió Maximus sin vacilar pero decidió probar otra táctica- ¿Tienes hambre?

¿Qué te importa? -respondió ella ácidamente y sacudió la cabeza tratando de apartar los sucios mechones de su cara.

Maximus giro los hombros y se dirigió a los hombres que se encontraban detrás de él.

Guardias, aquí hace frío. Enciendan un fuego. Lucius, ve si puedes encontrarle ropa limpia y, Tarius, trae algo de comida y vino.

Los hombres abandonaron la habitación silenciosamente para seguir las órdenes de su general.

¿Me quieres para ti solo, general?

No especialmente.

¿Por qué? ¿Eres raro?

No, es sólo que no encuentro atractivas a las mujeres flacuchas, sucias y malhabladas.

Ella quedó momentáneamente descolocada, luego se recompuso y volvió a atacar.

No dudo que tus putas se visten con ropa fina y se bañan a diario en perfume.

Maximus estaba decidido a no entrar en su juego.

Te lo volveré a preguntar ... ¿qué ocurrió?

¿Qué te parece que ocurrió, romano estúpido?

Retorció los brazos pero las ligaduras no cedieron, de modo que pateó las patas de la silla en señal de frustración.

Maximus trató de discernir qué edad tendría. ¿Dieciséis? ¿Diecisiete? A pesar de su bravuconería, no era más que una muchacha desaliñada y asustada.

¿Quién te trajo aquí?

Ella apretó los labios.

Lucius regresó con la comida.

Déjala allí, por favor.

Maximus señaló una mesa cerca de la mujer. No podría alcanzar los alimentos pero sí podría olerlos.

Ella le lanzó a Lucius una mirada ceñuda, luego miró a Maximus con las cejas enarcadas.

¿Es tu esclavo? -preguntó sarcásticamente.

No, es mi amigo.

¿Tienes amigos, general? Es sorprendente lo que puede comprar un bonito uniforme, ¿verdad?

Maximus saludó su ingenio con una inclinación de su cabeza.

¿Quieres beber algo?

Los ojos de la mujer volaron hacia la mesa, luego volvieron a posarse en el rostro de Maximus. Permaneció en silencio, tratando de obligarlo a bajar la mirada.

Habla conmigo y luego podrás comer y beber.

La prisionera tragó involuntariamente pero no dijo nada.

A Maximus se le acabó la paciencia.

Discúlpame, mi señora -dijo levantándose de la silla- pero puedes informarle a los guardias cuando estés lista para hablar. Hasta entonces, tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo.

Con esto, Maximus pasó la pierna por encima del asiento y se dirigió hacia la puerta.

Ella lo miró cautelosamente, sin creer que se marcharía.

Maximus se marchó.

Una vez del otro lado de la puerta, Maximus llamó a Lucius y le habló entre susurros, pese a saber que la mujer no podía escucharlo.

Lucius, esa mujer apesta. ¿Cuándo fue la última vez que se bañó o se cambió de ropa?

Semanas atrás. No quiere desvestirse por nada en el mundo.

Bueno, si la violaron, es comprensible. Pero no puedo volver a sentarme allí y hablar con ella mientras no sea un poco menos maloliente.

Lucius asintió y dijo pensativamente:

Tal vez mi esposa pueda ayudarnos.

Una hora más tarde, una bañera llena de agua caliente se encontraba en el cuarto de la prisionera así como un poco de jabón y una pila de toallas junto a las que se encontraban algunas ropas simples pero limpias. Erika, la linda y regordeta esposa de Lucius le sonrió alentadoramente a la rehén mientras se arrollaba las mangas, preparándose para la acción. Lucius vigilaba los procedimientos desde una silla colocada en un rincón y dos guardias estaban apostados del otro lado de la puerta cerrada.

¿Qué crees que estás haciendo? -demandó la mujer atada a la silla en su propio lenguaje. Había reconocido a la esposa de Lucius.

Preparándome para ayudarte a que te bañes, Mi Señora. El general opina que apestas.

Los ojos de la prisionera se abrieron muy grandes por la sorpresa y gruñó enojada:

¿Cómo te atreves a ponerte de su lado? ¡Eres una de los nuestros!

Yo también opino que apestas. ¿Dónde está tu orgullo, Mi Señora? Te presentas como una mujer desaliñada, no como la dama que eres.

¡Y tú estás casada con un romano! -señaló en dirección a Lucius con su cabeza- ¡Eres una traidora!

No, Mi Señora. Simplemente soy una feliz esposa y madre que entiende qué es importante en la vida. Ahora ... vamos a bañarnos, ¿sí?

Los comentarios acerca de su mal olor habían dado en el blanco. La rehén le dedicó a Lucius una mirada enfurruñada.

Dile que se vaya -le ordenó a su esposa.

No dejaré a mi mujer a solas contigo, Mi Señora. No tengo deseo alguno de mirar, te lo aseguro -respondió Lucius con convicción.

¡Entonces siéntate mirando hacia la pared!

Lucius suspiró mientras hacía lo que le ordenaran. Poco después, escuchó el ruido de un cuerpo al entrar en el agua.

Lucius encontró a Maximus de pie en el aire helado, contemplando desde lo alto de la torre de piedra las grandes fogatas que iluminaban el paisaje oscuro en torno al puesto militar. Las voces de los chatti llegaban a sus oídos traídas por el viento. Cuatro soldados montaban guardia detrás del general, inquietos, su nerviosismo más que evidente. Maximus habló sin apartar los ojos de las fogatas.

Míralos, Lucius. Por ahora es sólo una demostración de poder pero si su número aumenta estaremos en grandes problemas. Nadie saldrá con vida de aquí. Esta noche voy a enviar a un soldado a Bonna al abrigo de la oscuridad para que vengan otras tres cohortes -se las arregló para sonreír una sonrisa torva- Esto es como estar varado en una islita, rodeado de tiburones hambrientos.

Con casual familiaridad, Lucius colocó una mano reaseguradora sobre el hombro de su amigo y no fue capaz de ocultar la excitación que teñía su voz.

Maximus, mira esto -un intrincado collar de oro incrustado con pequeñas gemas brillantes colgaba de sus dedos- Mi esposa lo encontró oculto entre las ropas de la rehén junto con otras joyas similares. Es por esto que no quería desvestirse.

Lucius movió la mano de modo de que Maximus pudiera examinarlo a la luz de las lámparas.

- Es romano y probablemente muy valioso. No hay ningún lugar por aquí donde ella pudiera conseguirlo a menos de que alguien se lo hubiera dado -Lucius miró a Maximus orgullosamente- Está lista para hablar.

La atmósfera de la habitación era completamente diferente de lo que había sido cuando Maximus la abandonara. Las ventanas habían sido abiertas para permitir la entrada de aire fresco y habían encendido un fuego que echaba una luz alegre y danzante sobre las paredes. En los platos que estaban sobre la mesa no quedaba nada más que algunas migajas y la rehén chatti estaba sentada modestamente en su silla, sus manos sobre el regazo. Su cabello recién lavado estaba aún húmedo pero brillaba a la luz del fuego con la pátina del oro oscuro. Su piel era impecable y estaba ligeramente sonrojada por la emoción. Sus ojos brillaban en un luminoso tono de azul. Era una mujer muy atractiva.

Maximus sonrió y le agradeció a Erika con una inclinación de su cabeza. La mujer se sonrojó profundamente mientras le devolvía la sonrisa, luego tomó las toallas húmedas y abandonó el cuarto.

Mi Señora -dijo Maximus al tiempo que se sentaba y cruzaba casualmente una pierna sobre la otra, entrelazando sus dedos en torno a su rodilla- Confío en que ahora estarás dispuesta a decirme tu nombre.

Lo miró enfurruñada por debajo de sus cejas fruncidas pero finalmente murmuró algo que sonó a respuesta.

Maximus se inclinó hacia delante y ladeó la cabeza interrogativamente.

¿Perdón?

¡Freyda! -soltó ella, su humor no mucho mejor que antes.

Maximus se echó hacia atrás abruptamente.

Gracias, Freyda.

De nada ... Maximus.

El general asintió ligeramente con la cabeza, indicando que le daba permiso para llamarlo por su nombre, luego extrajo el collar de debajo de su capa y lo sostuvo delante de su cara.

¿Dónde obtuviste esto, Mi Señora?

La mujer apartó la vista y se negó a responder.

Maximus esperó en silencio durante un largo rato, hasta que ella comenzó a revolverse inquieta bajo su escrutinio.

Mi Señora, ¿sabes lo que puede ocurrirle a un esclavo en el imperio Romano?

Ella volvió a apartar la vista y cerró los ojos.

Hambre, golpizas, tortura, violación, mutilación y hasta asesinato -alzó nuevamente el collar- ¿Vale esta joya someter siquiera a un niño a semejante horror?

Maximus estudió el perfil de la mujer. La vio tragar saliva y cómo su labio inferior empezaba a temblar. Y la vio apretar la boca obstinadamente.

La voz de Maximus sonó calma.

Una vez conocí a una mujer que nació esclava. Una espléndida, valiente, inteligente y hermosa mujer que era entregada a cada hombre al que su amo decidía entregarla ... desde que era una niña. A pesar de sus muchos atributos personales, ella consideró la posibilidad de suicidarse antes que soportar semejante vida de humillación y dolor -Maximus se inclinó hacia Freyda nuevamente, forzándola a mirarlo a los ojos- ¿Qué se siente saber que ayudaste a enviar a muchas mujeres y niños a un destino similar? Todo por abalorios como éste.

Freyda se levantó de un salto y se dio vuelta para enfrentar a Maximus. Sorprendidos, los guardias se adelantaron rápidamente para sujetarla pero Maximus les indicó con la mano que se apartaran y permaneció sentado ... relajado por fuera.

¡No entiendes! ¡No entiendes! -gritó- No fue por el collar. ¡El me dijo que me amaba! Que me llevaría a Roma ... que viviríamos en una villa cerca del mar.

Los temblores sacudieron su cuerpo delgado y se apretó el estómago como si le doliera.

¿Quién es "él"? ¿El general Pollienus?

¡Sí! ¡Sí! -ahora la mujer lloraba abiertamente- Me mintió.

Pollienus tenía esposa y amante. ¿Por qué pensaste que las dejaría por ti?

No sabía que era casado -sollozó Freyda- Su amante era sólo una fachada. ¡Dormía conmigo!

¿Dónde? ¿Aquí? ¿En el puesto?

A veces ... pero mayormente no -resopló.

¿Dónde? -insistió Maximus.

No encontrábamos mayormente en una cabaña en el bosque.

Maximus miró a Lucius, quien sacudió la cabeza y se encogió de hombros.

Tendrían que buscarla. El general continuó con su interrogatorio.

Engañó a todos, Freyda, no sólo a ti.

La muchacha estaba ahora contra la pared, la frente apoyada contra la fría piedra. Maximus se puso de pie y se le acercó lentamente, hablándole mientras lo hacía para evitar sorprenderla.

Te estaba usando como usó a muchos otros -Maximus apoyó una mano sobre la pared de piedra, por encima de la cabeza de la muchacha y le preguntó suavemente- Freyda, ¿él te violó?

Ella negó con la cabeza, su cuerpo temblando.

¿Algún soldado romano te violó?

Volvió a mover la cabeza negativamente, frotándola contra la áspera piedra.

¿Por qué dijiste esa mentira?

El me dijo que lo hiciera.

¿El secuestro fue fingido?

Si-Si.

No hubo secuestro -dijo Maximus.

Ella volvió a asentir, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Entonces, ¿quién te trajo aquí?

Oranius.

Las sospechas de Maximus estaban confirmadas. Pero aún estaba intrigado por la joven mujer que se apretaba contra la pared como si quisiera que ésta la devorara.

Ayudaste al general Pollienus a escapar. Después de las promesas que te hizo, ¿no pensaste que era raro que no te llevara contigo?

Dijo que enviaría por mí -susurró.

A pesar de lo que la muchacha había hecho, Maximus tuvo que luchar contra la urgencia de tomarla en sus brazos y consolarla.

¿Qué rol jugaste en el secuestro de las mujeres y los niños que fueron vendidos como esclavos?

El ... él hacía que les hablara ... que me ganara su confianza.

Te usó de carnada ... a ti, la hija de un jefe tribal chatti. Los atraías a su propio cautiverio.

Un sollozo áspero escapó de su garganta.

Una pregunta más. ¿Oranius estaba al tanto del tráfico de esclavos?

Ella asintió y le habló a la pared.

Recibía su parte del dinero. Planeaba huir también, en cuanto no resultara sospechoso. Los escuché hablar sobre el tema.

Satisfecho con las respuestas, Maximus empezó a retirar la mano de la pared y a darse vuelta pero la muchacha lo aferró del brazo para detenerlo. Otra vez los guardias se avalanzaron sobre ellos.

Quédense donde están -les ordenó Maximus y volvió su atención hacia Freyda- ¿Qué ocurre?

¿Qué harás conmigo?

Maximus miró sus ojos azules llenos de lágrimas y de miedo.

Devolverte a tu padre para que le digas la verdad y, con suerte, evitemos una muy seria guerra.

Me matará por deshonrarlo.

Freyda, escúchame cuidadosamente -en la voz de Maximus no quedaba rastro alguno de calidez- Si tengo que sacrificar tu vida para salvar la de miles de personas ... lo haré.

Maximus le hizo soltar su brazo y abandonó la habitación sin mirar hacia atrás. Al pasar junto a los guardias dijo:

Arresten a Oranius.

Más tarde, esa misma noche, los guardias abrieron a puntapiés la puerta de una cabaña escondida en el bosque e iluminaron el interior con una linterna.

Maximus los empujó para pasar y entró en la casucha de sólo un cuarto y piso de tierra. El tosco moblaje consistía en una mesa dos sillas y una cama. Tendido sobre el lecho estaba el cuerpo desnudo y congelado de una mujer joven y rubia, sus ojos abiertos y mirando al techo y con profundas marcas negras en su cuello. La amante de Pollienus.

La pálida luz del amanecer empezaba a iluminar el cielo en dirección al Este cuando Maximus se sentó en el claro que se extendía más allá de la puerta trasera del puesto frente el padre de Freyda. Cuatro sillas ocupaban el suelo escarchado, formando un cuadrado simple. Maximus se sentó de espaldas al fuerte, moviendo los dedos de los pies para mantener la circulación. El atrayente aroma que provenía de los fuegos donde se preparaba comida flotó hasta sus narices y su estómago vacío emitió una protesta. Detrás de Maximus se encontraban ocho guardias armados y, tras ellos, la caballería completa, los caballos resoplando y pateando la tierra helada. El jefe tribal estaba igualmente bien protegido por corpulentos hombres de cabello largo vestidos con pieles zaparrastrosas y armados con espadas. Freyda estaba sentada a la izquierda de Maximus y Lucius a la derecha.

Dile todo a tu padre -indicó Maximus.

Había auténtico miedo en sus ojos mientras la joven se dirigía al alto guerrero y hablaba, Lucius traduciendo simultáneamente para Maximus. El rostro del jefe tribal permaneció impasible pero Freyda estaba temblando tanto de frío como de miedo.

Dile que no fuiste violada y que estuviste de acuerdo en tu supuesto "secuestro".

Freyda volvió hacia él unos ojos implorantes.

Ya se lo dije.

Díselo de nuevo. No puede haber malentendidos.

Con palabras vacilantes, la muchacha repitió los dos puntos.

Lucius, pídele al jefe que ponga fin a cualquier tipo de escalada bélica.

Mientras Lucius hablaba, el líder germano miraba a Maximus directamente a los ojos. La respuesta del jefe guerrero hizo que Lucius soltara una exclamación.

Maximus, dice que es demasiado tarde. Miles de guerreros de docenas de tribus están en camino y llegarán aquí antes de que termine el día. Aunque les diga la verdad, no cree que lo escuchen. Dice que no puede detenerlos. Que vienen en pie de guerra.

Maximus se puso de pie, haciendo que el jefe tribal también se levantara. El hombre era al menos media cabeza más alto que Maximus.

Lucius, dile que nuestro encuentro ha terminado y que debe retirar a sus guerreros para darnos tiempo de evacuar el fuerte. Es lo que demanda el honor entre guerreros.

Lucius tradujo las palabras de su general y el jefe guerrero movió lentamente la cabeza mientras respondía en su lengua nativa. Lucius soltó el aliento en forma jadeante.

Dice que no puede hacerlo. Dice que los otros jefes lo matarán cuando descubran que tuvo al gran jefe guerrero de los romanos en sus manos y lo dejó ir.

Maximus se dirigió al alto germano en forma directa.

Si intentas detenerme, la furia del imperio romano caerá sobre tu gente.

Los dos jefes se miraron el uno al otro; uno era alto, de anchos hombros y cabello largo. El otro más bajo pero igualmente fuerte y soberbiamente vestido como el más grande guerrero de Roma. Los hombres detrás de uno y otro se miraron mutuamente con cautela.

Lucius -dijo Maximus dirigiéndose a su intérprete sin apartar sus ojos del germano- Dile a mi caballería que comience a evacuar a los auxiliares y sus familias. No hay tiempo para llevarse nada. Deben dirigirse directamente al Sur y no detenerse por ninguna razón, ni siquiera para dormir. Los soldados del puesto los acompañarán. Luego, dile al jefe chatti que me quedaré aquí en tanto y en cuanto todos menos mis hombres y yo puedan irse pacíficamente.

Maximus -dijo Lucius con un toque de desesperación en su voz- Eso deja sólo a la caballería para protegerte. Podríamos estar hablando de decenas de miles de guerreros germanos llegando aquí mañana. No importa lo buenos que sean tus soldados, no tendrás siquiera una oportunidad.

Maximus asintió con la cabeza, indicando que había escuchado la súplica de Lucius pero dijo:

Saca a tu mujer y tus hijos de aquí ... y vete con ellos.

La voz de Lucius tembló.

¿Alguna vez alguien desobedeció tus órdenes, señor?

Maximus se volvió cauteloso ante la súbita formalidad de Lucius.

No.

Entonces, por favor, no hagas que sea el primero. Enviaré a mi familia a un lugar seguro pero me quedaré contigo. Necesitas un traductor.

Los ojos de Maximus expresaron su aprecio.

Ve y prepara a tu familia ... pero, antes de irte, dile al jefe que mis hombres y yo vamos adentro en busca de abrigo y alimento.

Lucius tradujo la respuesta del guerrero germano.

Quiere una señal de que buena voluntad de que no te irás con los otros.

Bien ... la tendrá.

Maximus llamó a un guardia y dio órdenes que enviaron al soldado corriendo en dirección al fuerte.

Nadie se movió ni habló hasta que el guardia regresó con otros tres ... y un asustado Oranius, quien luchaba por soltarse.

¡No puede hacer esto! -le gritó a Maximus mientras lo entregaban a los germanos- ¡No puede sentenciarme sin un juicio! ¡Me matarán! ¡Hay leyes! ¡Leyes romanas!

Oranius, en situaciones como ésta ... yo soy la ley -rugió Maximus, luego se inclinó brevemente ante su colega y se dirigió hacia la estructura de piedra seguido de sus soldados una vez que los germanos comenzaron a desbandarse. Pero Maximus vaciló y se dio vuelta para encontrar los ojos del jefe tribal fijos aún en él.

Tu hija fue engañada por un general romano. Ese hombre engañó a mucha gente.

Freyda miró agradecida a Maximus y éste siguió su camino hacia la relativa seguridad del puesto.

El Diario de Julia - Escondiendo a Maximus

Caminé de regreso al alojamiento de las esclavas como en un sueño. El guardia que me escoltaba trató de tomarme del brazo pero hizo una mueca al ver mi rostro, pensando de seguro que mis labios hinchados y lastimados y mis rasgos exhaustos eran prueba de que el soldado español me había usado rudamente. Demasiado rudamente aún para una veterana prostituta.

Sintiendo la misma curiosa indiferencia que había experimentado antes, cuando estuve a punto de cortarme las venas, puse un pié delante del otro y me concentré en caminar, haciendo a un lado obstinadamente mis maltratados sentimientos y el tumulto interior desatado por un general romano. Con una facilidad nacida de larga práctica, aparté todo y me concentré en seguir adelante. Ese había sido el único modo en que había sido capaz de sobrevivir día tras día y ahora volvía a hacerlo pero no por mí sino por él, porque la seguridad de Maximus era lo único que contaba.

Llegamos ante la puerta y el guardia esperó a que entrara, luego giró sobre sus talones y regresó a su puesto ante la tienda de Maximus supuestamente para protegerlo; pero él y sus compañeros no eran sino sus carceleros ... y posiblemente sus asesinos designados. Una vez dentro del alojamiento de las esclavas me encontré sola por primera vez en horas, mirando silenciosamente el lugar donde había vivido durante el último año, los aposentos que había dirigido como una matrona romana dirige la casa de su esposo. Pero no había esposo y aquel era un falso hogar, tan falso como pudiera ser porque era un burdel. Un burdel privado. Nada más. Miré el lugar como si fuera la primera vez que veía. Era el mismo alojamiento del que había salido aquella noche luego de perfumar mi cabello y mi cuerpo con esencia de mirra y de haberme vestido con una hermosa túnica de seda blanca. Pero, sin embargo, era completamente diferente y totalmente extraño para mí. O, tal vez, eran los mismos aposentos y la extraña era yo.

Pese a ser una esclava, siempre había vivido rodeada de lujo y comodidad, todo aquello que me rodeaba y que tenía que ver conmigo pensado para destacar mi propia gracia y belleza. Siempre había sido natural vivir así, tener lujosos baños, perfumes caros, hermosas túnicas y hasta joyas ... Pero, de repente, supe que no podía soportar más aquello que me rodeaba. Supe que no podía vivir un día más como había vivido cada uno de ellos. Y del mismo modo concluyente supe que nunca más iría con un hombre que no fuera Maximus ... si él me aceptaba.

¡Julia!

Sorprendida, me di vuelta para ver a Eugenia acercarse apresuradamente, con una expresión de preocupación en su hermoso rostro.

¡Oh, Julia! ¿Qué sucedió?

Estoy bien, Eugenia -dije con una ligera sonrisa. Estaba visiblemente aliviada de ver que no estaba herida pero, tras mirar detenidamente mi rostro, volvió a fruncir el ceño- ¿Dónde estuviste? -me preguntó.

En la tienda del general Maximus -susurré, obligándome a mi misma a ponerme en movimiento. No había tiempo que perder y mucho que hacer si iba a ayudar a Maximus y, para hacerlo, necesitaba de Eugenia.

¿El general español? -preguntó- ¿Estuviste con él toda la noche?

Asentí con la cabeza y sonrió deleitada.

¡Y pensar que yo estaba preocupada! ¡Siempre tuviste suerte, Julia! ¡Conseguir semejante hombre joven y atractivo para variar! ¿Es buen amante?

Haciendo a un lado sus palabras bien intencionadas y el dolor que éstas desataron, la aferré de los antebrazos.

Escúchame, Eugenia -susurré urgentemente- tenemos que hablar. ¿Las demás están durmiendo?

Sí. Julia, ¿qué ... -empezó a preguntar pero la silencié con una sacudida.

¡Cállate y escúchame! -le dije no muy amablemente- Eugenia, ¿quieres vengarte? ¿Quieres que Cassius pague?

Su rostro palideció, sus ojos se volvieron opacos. Permaneció callada por un momento. Luego susurró:

¿Por qué me haces esto? -su voz sonó estrangulada, su tono abatido. Volví a sacudirla.

¡Contéstame, Eugenia! ¿Sí o no? ¿Quieres que Cassius pague?

Como dije antes, Eugenia era la mayor pero siempre había sido yo la que la consolara, la que escuchara sus confesiones, sus esperanzas y sus sueños. Y sueños tenía muchos porque ansiaba un hombre que la amara, una pequeña cabaña en el campo y bebés. "Muchos bebés" solía decir con su voz suave y musical. Soñaba con ser enviada a un hombre que fuera diferente, un hombre que llegara a amarla, que la hiciera libre, se casara con ella y le diera esos bebés que tanto deseaba ... un hombre como Maximus. Yo escuchaba sus sueños una y otra vez y me guardaba los míos, enterrados tan en lo profundo de mi alma que ni siquiera sabía que los tenía ... y que mis sueños no eran diferentes de los de Eugenia. No al menos hasta esa noche.

Y me encontraba con Eugenia cuando las precauciones fallaron y quedó embarazada. Se las arregló para esconder su estado durante varios meses, ya que la enfermedad de Turia la había tornado menos estricta en su vigilancia. Pero eventualmente notó sus pechos hinchados y su vientre redondeado y ordenó a Andreas, quien era aún el médico de la casa, que la librara del bebé. Andreas dijo que el embarazo estaba demasiado avanzado y era peligroso interrumpirlo y Turia retiró la orden, no queriendo arriesgar tan preciado pedazo de carne y tener luego que enfrentar la ira de Cassius. ¡Y Eugenia estaba tan feliz, tan inocentemente convencida de que la dejarían conservar al bebé!

Yo tenía quince años cuando ocurrió y seguí de cerca el desarrollo de su embarazo con una mezcla de asombro y miedo, sorprendida por los cambios operados en su cuerpo, extática cuando ella me permitía tocar su vientre y sentir el bebé moviéndose bajo mi mano. Estaba con Eugenia cuando comenzaron los dolores del parto y con ellos llegó la dolorosa comprensión y supo que era el fin porque le quitarían el bebé en cuanto naciera. Trató desesperadamente de ocultar sus dolores pero no pudo ir contra la naturaleza y al final llegó la comadrona a hacerse cargo. Cuando me ordenó que saliera, me negué a moverme y permanecí con Eugenia durante todo el parto. Al cabo de horas de trabajo, el bebé vino al mundo, un hermoso varoncito. Entre la maravilla y el descreimiento lloramos y reímos juntas ante el milagro que acabábamos de presenciar mientras la mujer se ocupaba de la placenta, más interesada en ella que en la muchacha tendida en el catre ya que la vendería a una mujer rica como producto de belleza por un precio más alto que el que cobraba por sus servicios de partera ... Pero nuestras risas no duraron mucho porque la comadrona tomó el bebé de los brazos de Eugenia y abandonó rápidamente la habitación ... Ella se arrojó del catre, aullando como un animal herido y yo corrí tras la comadrona sólo para ser detenida en la puerta por uno de los guardianes de la villa, quien me empujó rudamente hacia el interior y atrancó la puerta. Era temprano por la noche y nos dejaron solas. Me ocupé de Eugenia lo mejor que pude y pasamos la noche entera despiertas y en silencio, estrechando nuestras manos con tal fuerza que por la mañana estaban hinchadas y doloridas. Al amanecer, la puerta se abrió y me ordenaron que saliera mientras Andreas entraba con una expresión inescrutable en su rostro.

No vi a Eugenia en más de un mes. Cuando volvió a nuestra sección de la villa, actuó como si nada hubiera pasado. Nunca más volvió a hablar del bebé pero yo sabía que pensaba en él cada día y soñaba con él cada noche. La escuché llorar cuando creía que yo estaba dormida y farfullar canciones de cuna mientras dormía. Y sabía que quería venganza. Que la quería tanto como yo.

El rostro de Eugenia parecía una máscara de yeso, sus ojos inescrutables, su respiración irregular. Sabía que la estaba hiriendo y mucho pero, de algún modo, no me importó. Necesitaba su ayuda y estaba lista para hacer lo que fuera necesario para obtenerla. Vagamente me pregunté de dónde había salido esta Julia fría, dura, implacable ... pero tal vez siempre había sido así y hasta ese momento no lo había sabido como no había sabido que quería morir o que, a pesar de la desesperanza de mi situación, tenía sueños y mis sueños eran los mismos de cualquier mujer. Tal vez había sido necesaria esa noche de tumultuosas emociones y verdades, esa noche de placer y sufrimiento para despertar a esta Julia, una Julia que sabía qué era sentirse protegida, abrigada y segura. Una Julia que sabía que no podía seguir siendo prostituta.

¿Qué quieres que haga? -preguntó Eugenia, sus ojos brillando ahora con un frío fuego, su espalda derecha, su mentón firme.

Quiero que me ayudes a ayudar al general Maximus a matar a Cassius - dije. Eugenia hizo una mueca de sorpresa pero sostuvo mi mirada.

¿Estás segura?

Sí, Eugenia. Estoy segura. Me pidió que lo ayudara -alcé una mano para detenerla y agregué en un susurró urgente- Vino aquí para impedir que Cassius se apodere del trono. El emperador está en camino y llegará pronto. Pero Cassius tiene miedo de Maximus y quiere matarlo. Lo esconderé aquí y lo ayudaré a llegar a la tienda de Cassius. ¿Me ayudarás?

Eugenia movió la cabeza como quien no puede creer lo que está escuchando.

Julia, ¿de qué estás hablando? ¿Confías en ese hombre, en un hombre al que ni siquiera conoces?

¡Sí, confío en él! -le respondí bruscamente- Confío en él y lo ayudaré. Prometió liberarnos ...

Fue el turno de Eugenia de sujetarme por los brazos y sacudirme.

Julia, es un hombre. Es joven y atractivo, lo sé, pero no es diferente de los otros. Te usó durante la fiesta y después hizo que te llevaran a su tienda para que siguieras sirviéndolo. ¡Te usó igual que cualquier otro hombre!

Es diferente y voy a ayudarlo -siseé- Si estás conmigo será más fácil. Si no ... lo haré igual. ¿Estás conmigo o no? ¡Si no lo estás, al menos sal de mi camino y déjame hacer lo que tengo que hacer!

La vi vacilar y fui tras ella del mismo modo despiadado en que una loba va tras su presa.

Si no quieres hacerlo por mí -dije sin apartar mis ojos de los suyos- ¡al menos hazlo por Julius!

Eugenia palideció.

¿Cómo lo sabes? -demandó en voz baja y áspera- ¿Cómo sabes el nombre de mi hijo?

¡Porque te escucho repetirlo en sueños cada vez que tengo que compartir mi alojamiento contigo!

Eugenia se encogió como si la hubiera golpeado. Después dijo con una voz inexpresiva:

¿Qué quieres que haga?

El general Maximus vendrá pronto. Abriré la puerta trasera y lo esperaré. Voy a esconderlo en mi cuarto. Mientras tanto, despierta a Honora y Aelia. Son las más listas. Diles lo que está pasando. Cuando las otras despierten haremos que nos ayuden. Maximus nos dirá qué hacer.

¿Y qué pasa si alguna se rehusa a ayudarnos o se asusta? -preguntó Eugenia.

La desmayamos de un golpe. ¡Ahora vete! Tengo que abrir la puerta y hacerlo entrar.

La aparté de mi camino y me dirigí hacia la entrada trasera pero Eugenia me tomó de un brazo y me obligó a darme vuelta.

Le puse Julius en tu honor -dijo, sus ojos brillantes de lágrimas, sus labios estremeciéndose dolorosamente mientras trataba de sonreírme. Asentí con la cabeza y, tomando la lámpara de aceite que estaba sobre la mesa, seguí mi camino. A mis espaldas, Eugenia dijo suavemente:

¿Sabes, Julia? Si no te conociera mejor, diría que te has enamorado del general Maximus.

¡Pobre Eugenia, tan simple y tan dulce! Fue lo más parecido a una amiga que jamás tuve y sin embargo nunca me conoció realmente. No me conoció en absoluto. Nadie me conoció realmente. Ni siquiera yo misma. No antes de esa noche. Y de Maximus.

No tuve que esperar mucho. Llegó puntualmente, espada en mano, su rostro una máscara inescrutable, un hombre con una misión muy lejos del que me había besado tan salvajemente que el sabor metálico de la sangre aún rondaba mi boca. Sin decir una palabra, volví a asegurar la entrada trasera, lo guié hacia mi dormitorio y cerré la puerta detrás nuestro.

Puedes quedarte aquí -le dije evitando mirarlo a los ojos- Cuando llegue el momento, te llevaré a la tienda de Cassius.

¿Qué les dijiste a las otras mujeres? -susurró, también evitando mirarme directamente.

Antes de que pudiera responder, se escuchó un ligero golpe en la puerta y Eugenia entró a la habitación. Se detuvo cuando vio a Maximus, luego me miró.

Maximus, esta es Eugenia. Nos ayudará y se hará cargo de todo aquí mientras nosotros ... mientras vamos a la tienda de Cassius -le expliqué.

Maximus asintió ligeramente con la cabeza.

Gracias, Eugenia -dijo en su voz profunda y resonante- El emperador llegará pronto pero no sé cuándo. Tengo que detener a su ... -vaciló, luego se corrigió a sí mismo- ... tengo que detener a Cassius. Cuando Marcus Aurelius llegue, todas ustedes serán mujeres libres. Tienen mi palabra.

Eugenia inclinó la cabeza y susurró:

Los dioses lo bendigan, señor -luego, volviéndose hacia mí, agregó- Está hecho, Julia. Honora y Aelia se lo dirán a las otras a medida de que vayan despertando ...

Julia -siguió diciendo Maximus- Hablé con Gallienus, mi jefe de caballería, e hice los arreglos necesarios para que mis hombres me apoyen. Pero necesito saber si Cassius sale del campamento y cuándo regrese. ¿Puede alguna de tus amigas o servidoras actuar como intermediaria?

Eugenia y yo intercambiamos una mirada.

Tu servidora ... -empezó a decir Eugenia pero yo negué con la cabeza.

No, Rufa es apenas una niña asustada de su propia sombra. No, tiene que ser una de las mujeres ...

Eugenia asintió.

Yo lo haré -dijo con voz firme.

¿Estás segura? -preguntó Maximus- Será peligroso ...

Eugenia miró a Maximus y le sonrió.

No se preocupe, general -dijo- No le fallaré.

Salió de la habitación en silencio.

No había nada más que hacer más que esperar hasta que Maximus pudiera actuar ... o hasta que vinieran a buscarlo. Sin decir palabra, fui hasta uno de mis baúles y tomé una túnica de seda color lavanda y un par de sandalias. Luego me di vuelta para enfrentar a Maximus.

Descansa un rato -le dije suavemente- Estaré con Eugenia en el cuarto contiguo.

Maximus asintió y lo dejé solo.

Entre las muchas pruebas que debemos enfrentar en nuestras vidas, esperar es una de las peores. Las horas pasaron lentamente y libres de acontecimientos pero la tensión en el alojamiento de las esclavas era insoportable. Sólo exigiéndonos hasta el límite pudimos mantener alguna semblanza de normalidad. Necesitábamos desesperadamente saber qué estaba ocurriendo en el campamento pero no podíamos arriesgarnos a andar por ahí haciendo preguntas. Aelia y Honora se las ingeniaron para salir un rato y regresaron con buenas noticias: Cassius había salido con su escolta y los guardias aún no habían notado la ausencia de Maximus.

Pero, más tarde, cuando Eugenia regresó de su encuentro con Gallienus, supimos que estábamos en problemas.

¡Los guardias no dieron la alarma pero lo están buscando, general! -dijo Eugenia- ¡El oficial dice que lograron apoderarse de dos de ellos y reemplazarlos con un par de sus hombres pero los otros dos vienen hacia aquí!

Maximus y yo intercambiamos una mirada.

El cuarto de baño -dije y Maximus se retiró mientras yo conferenciaba con las mujeres. Luego, entré al baño y cerré la puerta.

¿Sabes nadar?

Los ojos de Maximus se abrieron muy grandes.

¿Qué? -preguntó- ¡Claro que sé nadar! ¡Soy un soldado!

Sonaba ofendido.

¡Qué afortunado! -le espeté- ¡Yo no! ¡Si caigo en un río o un lago, me ahogaré!

Me dirigí al armario y empecé a buscar en su interior.

¿Qué tiene que ver con Cassius?

Sin prestarle atención tomé una pequeña redoma y un tazón de pétalos frescos de rosa y me dirigí a la bañera. Apoyando el tazón en el borde, vertí el aceite de la redoma en el agua. Un aroma a rosas inundó la habitación.

¡Quítate la ropa! -le ordené bruscamente.

Ahora Maximus no sólo sonaba ofendido sino que se lo veía ultrajado.

Julia, ¿estás loca?

No, general -le repliqué ácidamente- ¡Y tampoco planeo violarte sino que estoy tratando de salvarte ese cuerpo de dios! ¡Ahora muévete y quítate la ropa!

Julia, ¿qué ...?

Me di vuelta para dedicarle una mirada dura y enojada.

¡Te vas a esconder en la bañera, general! ¡Bajo el agua! No puedes meterte en ella completamente vestido. ¡Ahora, apúrate! Tengo que esconder tus botas, túnica y espada ... ¡Y rézale a los dioses que más te gusten para que los guardias sean tan tontos como es posible!

Se quedó quieto por un instante, contemplándome como si nunca antes me hubiera visto. Luego, empezó a desatarse los cordones de las botas. Me dirigí a la puerta y llamé a Eugenia. Vino de inmediato, pero le impedí la entrada.

Esconderé al general Maximus en la bañera. Necesito ocultar sus ropas, botas y espadas. Escóndanlas entre la ropa que llevan puesta: no podemos arriesgarnos a que los guardias registren el lugar y las encuentren.

Eugenia asintió. Me di vuelta para encontrar a Maximus a mi lado. Me entregó sus botas y se las di a Eugenia pero cuando quise tomar su espada él se negó con un movimiento de su cabeza.

¡Maximus, la espada y la túnica! ¡Ahora!

¡No dejaré mi espada! ¡Si me encuentran, al menos quiero la oportunidad de morir peleando!

¡Si no te apuras, no tendrás ninguna oportunidad!

No -dijo inflexible.

¡Maximus, sé lo que una espada es capaz de hacerle a una persona y no pienso salir herida!

¿De que estás hablando?

¡Voy a entrar en esa bañera contigo, general! ¡Y no quiero que mi cuerpo acabe hecho trizas!

¡¿Qué vas a qué?!

Lo aferré de los brazos y traté de sacudirlo ... habría tenido más suerte si hubiera tratado de sacudir las columnas del templo de Jupiter.

¡Maximus, registrarán este lugar! Nuestra única oportunidad de sacarlos del baño lo suficientemente rápido como para que no te pongas en evidencia es que me encuentren bañándome. Ahora, ¡dame esa espada!

Tras una breve vacilación, Maximus asintió y rezongando "Ten cuidado" me entregó la peligrosa arma que también le pasé a Eugenia mientras le explicaba apresuradamente a las mujeres cómo quería que actuaran cuando llegara el momento de dar la señal para que Maximus se sumergiera. Después, me volví para encontrar a Maximus aún vestido. Antes de que pudiera gritarle, levantó una mano para detenerme.

Cuanto menos tengan que ocultar, menor el riesgo. Puedo sobrevivir a una túnica mojada -dijo mientras sonreía ligeramente y fue mi turno de asentir.

Tras unas últimas instrucciones a las mujeres, cerré la puerta del baño y me dirigí a la mesa, tomé un par de peinetas de marfil y me recogí rápidamente el cabello largo hasta la cintura. Maximus me miró con la mezcla de asombro e intriga que siempre aparece en los ojos de los hombres cuando contemplan a las mujeres mientras ejecutamos la magia de nuestro arreglo personal. Luego, fijando mis ojos en los de Maximus, solté los broches que mi túnica tenía en los hombros y la dejé caer al piso, la seda color lavanda formando un montoncito a mis pies. No llevaba túnica interior, sólo mi escasa ropa íntima que también descarté, sin dejar de mirarlo.

Cuando tenía dieciséis años, poco antes de partir de Roma, me enviaron con el hijo de catorce de un senador, un muchachito dolorosamente tímido, y me ordenaron que le enseñara a ser un hombre porque su padre estaba muy preocupado por su virilidad. El muchacho era una cosita dulce, tímida y de hablar suave, muy asustado tanto de mí como de lo que iba a ocurrir. Me había mirado lleno de asombro mientras me desvestía, avergonzado y sonrojándose pero definitivamente hambriento por la mujer que tenía delante. Aunque no era un muchacho tímido sino un hombre y uno muy viril, la mirada de Maximus era idéntica. Vi al general romano luchar para no apartar sus ojos de mi cara y permitirles recorrer mi cuerpo desnudo. Y también lo vi perder.

Soy delgada pero curvilínea, mi piel cremosa e impecable. Con mi cabello recogido, nada restringía la visión de Maximus. Toda mi vida me han alabado ilimitadamente por mi belleza pero nunca me sentí especialmente orgullosa de ella, porque fue precisamente mi belleza la que me condenó a la prostitución. Estaba tan acostumbrada al efecto que causaba en los hombres que ya prácticamente no lo registraba. Pero ver ese efecto en el rostro de Maximus fue diferente. Completamente diferente. Y excitante.

Desnuda, de pie ante él, me sentí orgullosa. Tan orgullosa como una mujer puede estarlo. Me sentí hermosa, realmente hermosa. Porque su mirada ardiente no era una mirada de lujuria sino la de un hombre reconociendo a una mujer y, por lo tanto, aquello que lo hace hombre. Era un tributo a mi femineidad porque me estaba mirando como a una mujer, a una mujer real, completa, no un como a un trozo de carne hermosamente modelado al que codiciar, usar y descartar. En cambio, sus ojos me acariciaron y me sentí abrigada, tan deliciosamente abrigada como si me hubiera tomado en sus brazos y me estuviera amando gentilmente. Tan gentilmente como siempre quise ser amada. Tan gentilmente como hombre alguno jamás me había amado.

Después de ti, general.

Maximus se estremeció y luego asintió con la cabeza, caminó hasta la bañera y se metió en el agua. Se volvió hacia mí y me tendió la mano. Como en un sueño caminé hacia él y por un breve, fugaz instante me sentí como una novia virgen yendo a su lecho nupcial. Maximus tomó mi mano y me ayudó gentilmente a entrar en la bañera pero, cuando me di vuelta para enfrentarlo, mis pechos desnudos rozaron ligeramente su antebrazo. El fuego ardió en ese punto de contacto y corrió a lo largo de mi cuerpo. Lo escuché soltar una exclamación y sus dedos apretaron los míos con fuerza, el mismo fuego ardiendo en sus ojos. El mundo y sus peligros se desvanecieron y por un breve, fugaz instante fuimos sólo nosotros dos. Duró lo que un latido y sin embargo pareció durar para siempre. Sólo un latido y pasó.

Moviéndonos al unísono, aún estrechando mutuamente nuestras manos, aún mirándonos a los ojos, nos arrodillamos frente a frente en la bañera. El agua estaba deliciosamente tibia, el aceite perfumado la había convertido en seda líquida, el aroma a rosas intenso y sensual.

Pese a que la bañera era grande, no había lugar suficiente para que estuviéramos cómodos, aunque la comodidad no era precisamente nuestra prioridad. Me senté y doblé las rodillas para acomodarme mejor. El trató de retroceder pero no había dónde ir y me miró como disculpándose cuando nuestros cuerpos se tocaron bajo el agua.

¿Cuánto tiempo puedes permanecer sumergido? -le pregunté para distraer a ambos del mutuo y perturbador contacto.

Lo suficiente -dijo con una pequeña sonrisa torcida- Ser buen nadador me consiguió mi lugar en el ejército cuando tenía catorce años: casi crucé el Danubio.

Bien -dije- Cuando las mujeres den la alarma, te sumergirás y yo verteré los pétalos de rosa para oscurecer la superficie. Habrá un escándalo y saldré de la bañera. No prestes atención, sólo quédate escondido y no te aferres a mí: necesito poder salir fácilmente o sospecharán. Te sacaremos cuando se hayan ido.

Maximus asintió y luchó por acomodar su persona grande y musculosa. Parecía no haber modo de evitar que nuestros cuerpos se tocaran y, cuando Maximus quiso evitar resbalar en el mármol mojado, sus dedos rozaron mis piernas.

- Lo siento -murmuró mientras trataba infructuosamente de apartarse de mí.

¿Lo siento?

Nadie me había dicho "Lo siento" desde que el hijo de catorce años del senador se hizo hombre en mis brazos. Y ahora, el más grande general de Roma me estaba diciendo que sentía haberme tocado accidentalmente. Que no había querido faltarme el respeto, que no había querido faltarle el respeto a una prostituta desnuda que se había excitado tanto por su causa y se había dejado llevar tan lejos por su propia excitación que le había pedido desvergonzadamente que la hiciera suya y había alcanzado el climax pese a su negativa a cooperar. Sentí deseos de reír. Sentí deseos de llorar. Sentí deseos de tomar a Maximus en mis brazos, de apretar su cabeza contra mis pechos y acariciarla como había acariciado la cabeza de aquel muchacho ... pero supe que los guardias habían llegado cuando escuché los gritos de las mujeres insultándolos cuando entraban en nuestros aposentos. Escuché cómo nuestras camas eran dadas vuelta y nuestros armarios arrancados de la pared para caer estruendosamente al suelo. Me puse tensa y me hundí aún más en la bañera, las rodillas dobladas contra el pecho, mis ojos fijos en Maximus. El ruido se hacía más fuerte a medida de que los guardias se acercaban pese a los esfuerzos para mantenerlos alejados. Me mordí el labio y le hice un gesto con la cabeza a Maximus. Tomó aliento profundamente y se sumergió y yo vertí los pétalos de rosa en el agua apresuradamente.

Los guardias irrumpieron en el baño, retorciéndose para evitar las manos de las mujeres que los perseguían. No pude menos que admirar su actuación mientras ellas les arañaban el rostro, les tironeaban de la ropa y el cabello y les pateaban las pantorrillas. Cuando uno de ellos alcanzó la bañera, me cubrí los pechos con las manos y demandé enojadamente:

¿Qué haces aquí, patán? ¿No ves que me estoy bañando?

¿Dónde está? -gritó el guardia con una mirada enloquecida en sus ojos. Curiosamente, no me sentía asustada sino excitada. Poderosa. Invencible.

¿Dónde está quién? -pregunté en un tono frío y duro, los dedos de mis pies rozando el cabello de Maximus.

¡El general Maximus! ¡Anoche estuvo contigo y ahora está desaparecido!

¡Idiota! -grité- ¡Tu mismo me escoltaste de regreso y era obvio que no estaba conmigo!

Se abalanzó sobre mí aferrándome del brazo y obligándome a salir del agua, riachos de ésta corriendo por mi cuerpo desnudo mientras los pétalos de rosa se adherían a mi piel reluciente. Honora, Eugenia y las otras se interpusieron de inmediato entre mí y la bañera, envolviéndome en una toalla grande y suave mientras miraban torvamente a los guardias.

¿Bien? Interrumpieron mi baño. ¿Ahora qué? -grité tan fuerte como lo permitieron mis pulmones- ¿Quieren que les muestre nuestros alojamientos otra vez? ¿Para que comprueben nuevamente que el general Maximus no está aquí?

Por un momento, el guardia se quedó allí, vacilando, de modo que lo aferré por el brazo y lo empujé en dirección a nuestros dormitorios. No sabía cuánto tiempo había pasado pero estaba seguro de que para un hombre escondido bajo el agua, debía parecer la eternidad. Desafortunadamente, el guardia parecía haber recuperado sus reflejos.

- No tan rápido -dijo mientras miraba en torno al cuarto de baño. A pesar de su lujo, era una estancia pequeña y era obvio que no había ningún lugar en ella donde un hombre pudiera esconderse pero pinchó las cortinas y toallas con su espada antes de permitir que lo condujera fuera. Obligarme a mí misma a no mirar atrás mientras salíamos del cuarto fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida. La mayoría de las mujeres y el otro guardia nos siguieron pero Eugenia, Honora, Furnillia y Ariadna se retrasaron silenciosamente y con el rabillo del ojo las vi cerrar la puerta.

Permanecí con los guardias mientras requisaban nuevamente nuestros alojamientos. Estaban enloquecidos y descargaron su frustración sobre nuestras pertenencias, desparramando nuestras ropas, apuñalando los almohadones y rompiendo frascos de perfume y ungüentos. Permanecí fríamente distante mientras ellos seguían con su tarea de destrucción, indicándole a una aterrorizada Rufa que me trajera una bata. Cuando fue obvio que no habían encontrado ni siquiera una pista de Maximus, se volvieron hacia mí.

¿Y ahora qué, soldado? -pregunté con una voz dura y fría. Vi la muerte en sus ojos y las demás mujeres también la vieron. Se me acercaron amenazadoramente.

Mejor lo piensan dos veces -dije con la misma dura voz y la misma distancia- Soy propiedad del general Cassius, una muy valiosa propiedad ... De paso, todo esto también es suyo ...

Con un gesto de mi mano, indiqué lo que quedaba de nuestros aposentos. El guardia que se encontraba más cerca de mí, apretó los labios, luego giró sobre sus talones y se fue, seguido de cerca por su compañero. Con un suspiro, me puse apresuradamente la bata y corrí hacia el cuarto de baño.

Encontré a Maximus aún en la bañera, de rodillas, respirando pesadamente, la frente apoyada en sus brazos y éstos en el borde, Eugenia y Honora a su lado. Le habían colocado una toalla sobre su cabello chorreante y envuelto sus hombros con otra. Me apresuré a llegar junto a él y, arrodillándome a su lado, aparté la toalla y le acaricié suavemente la cabeza mientras murmuraba:

Estás a salvo. Lo logramos. Estás a salvo, mi ...

Me retuve a tiempo antes de llamarlo "mi amor" pero no necesitaba ver su rostro para saber que había oído las palabras tan claramente como si las hubiera dicho en voz alta. Las palabras que nunca antes había usado. Las palabras que nunca volví a usar desde ese día.

Le coloqué las manos en las axilas para sostenerlo mientras se levantaba, el agua chorreando desde su túnica empapada y formando un charco en el piso de mosaicos rojos. Una docena de manos se extendieron para ayudarlo y Ariadna le alcanzó una toalla embebida agua limpia que él apretó agradecidamente contra sus ojos mientras permanecía en el agua hasta las rodillas, su túnica mojada moldeando su cuerpo musculoso, los pétalos color rosa pegados a la lana color herrumbre.

Maximus olía a rosas y lana mojada y cuando abrió los ojos, estos estaban rojos e irritados. Pasó por sobre el borde de la bañera teniendo cuidado de no tropezar y me sonrió su sonrisa de muchachito.

Gracias por permitirme compartir tu baño, mi señora. Pero la próxima vez, no abuses de los aceites perfumados. ¡Lastiman los ojos como si fueran puñales!

No pude evitar sonreírle mientras las otras mujeres ahogaban sus risitas, todas ellas admirando abiertamente su cuerpo masculino.

¿Se fueron? -preguntó.

La habitación era un bosque de espléndidas mujeres rodeando a un espléndido hombre mojado. Todas las cabezas se movieron afirmativamente al unísono.

Gracias, señoras. Pronto serán mujeres libres.

Maximus se volvió hacia mí, su humor juguetón totalmente olvidado, ahora todo un general.

Julia, vístete y ven conmigo ... ponte algo sugestivo.

Dicho esto y habiéndome obviamente descartado, estrujó su túnica para quitarle un poco de agua, se colocó las botas y tomó su espada. Un momento más tarde, Aelia irrumpió en la habitación riendo.

Vi salir a los guardias -dijo entre carcajadas- Estaban pálidos como muertos y, ¿saben dónde fueron?

¿Dónde? -preguntaron las mujeres al unísono.

Directamente fuera del campamento. ¡Lo juro! Cruzaron la puerta y empezaron a correr hacia los bosques. ¡Yo misma los vi!

Aliviadas, las hermosas esclavas que rodeaban a Maximus estallaron en carcajadas y el propio general no pudo evitar una pequeña sonrisa de triunfo. Nadie se dio cuenta de que yo no reía. En cambio, estaba tratando de endurecerme contra la oleada de amargura y resentimiento que se había abatido sobre mí al escuchar a Maximus ordenándome que me vistiera adecuadamente para representar mi papel ... el papel de la prostituta. Me mordí los labios y me di vuelta para salir. Siempre sin que nadie se diera cuenta, dejé el baño luchando ferozmente contra mis lágrimas.

Capítulo 95 – Solo

Maximus y Lucius estaban solos, de pie en lo alto de la torre de piedra mirando la constante procesión de romanos que abandonaba el fuerte. Hombres, mujeres y niños, a pie, a caballo o en carros de madera se alejaban traqueteando del único hogar que muchos de ellos habían conocido. La mayoría miraba resueltamente al frente pero algunos se daban vuelta para lanzar una última mirada a la tosca estructura de piedra. Si alcanzaban la ribera del Rhin, su futuro sería mejor que las vidas que habían conocido en la espesura salvaje del territorio bárbaro pero en su camino por la boscosa zona desmilitarizada les esperaban muchos peligros, entre ellos el posible ataque de guerreros germanos renegados que no habían jurado lealtad a ninguna tribu. Pero el éxodo sumaba varios cientos y esto incluía a las cohortes de soldados del fuerte, que estaban más que felices de alejarse y también a buena parte de la propia caballería de Maximus, todos ellos fuertemente armados y muy hábiles en el uso de las armas que cargaban.

Maximus permanecía en lo alto de la torre, mostrándose abiertamente para infundir fuerza y coraje a aquellos que se alejaban pero también para demostrarle a los jefes chatti que pensaba cumplir su promesa de quedarse atrás. Su permanencia en el puesto casi seguramente garantizaría a los ciudadanos romanos libre paso hacia territorio seguro.

La capa de Maximus ondeaba suavemente en la brisa pero, más allá de ese ligero movimiento, podría haber pasado por una estatua esculpida en mármol. Lucius le lanzaba miradas preocupadas pero no había modo de adivinar en qué estaba pensando. ¿Estaría planeando la estrategia de su propia huida? ¿Temería por su propia seguridad? Si así era, no demostraba su miedo, sus manos descansando sobre la pared de piedra completamente relajadas. A pesar de que habían iniciado sus respectivas carreras militares del mismo modo y muchos años atrás, sus vidas habían sido completamente diferentes. Cuando estudiaba el rostro fuerte y decidido del general, Lucius se preguntaba qué derecho tenía de estar de pie junto a ese hombre extraordinario como si hubiera sido su igual. Ahora que había encontrado a Maximus en su madurez, comprendía perfectamente por qué había sido elegido como jefe del ejército romano y Lucius se sentía apabullado ante su sola presencia.

Los ojos de Maximus recorrieron el recinto, donde lo que quedaba de su caballería parecía deambular sin propósito, yendo y viniendo a través de la puerta abierta, acompañando a los evacuados durante alguna distancia, luego regresando ... algunos a caballo, otros a pie. Parecían completamente desorganizados pero Lucius sabía que no era así. Estaba convencido de que lo que fuera que estaba ocurriendo, había sido cuidadosamente orquestado por el hombre indomable que se encontraba a su lado y que cada movimiento tenía una razón de ser.

Los guerreros germanos parecían conformes con quedarse atrás y mofarse de los evacuados a sabiendas de que el premio que codiciaban estaba aún al alcance de su mano, erguido como un dios invencible en lo alto de la torre del fuerte. Sabían que sin su legendario líder, el invencible ejército romano se vería impotente y esto haría de la región norte del imperio un punto vulnerable por el tiempo necesario como para asestarle una herida mortal. Los guerreros alzaron sus hachas, espadas y lanzas de un modo amenazante mientras abucheaban, insultaban y se burlaban de los ciudadanos romanos que se alejaban. Su sola presencia era inquietante, con sus elevadas estaturas, sus cabellos extrañamente trenzados, sus largas barbas y sus toscas vestimentas.

¿Habrá guerra, Maximus? -Lucius sólo se dio cuenta de que había pronunciado las palabras en voz alta cuando el general respondió.

Estamos en guerra, Lucius, pero no permitiré que civiles inocentes sean las primeras víctimas ni que los soldados de este puesto sean sacrificados como corderos de primavera.

Lucius supo que eso sólo podía significar una cosa.

¿Estás preparado para ofrecerte a ti mismo a cambio de sus vidas?

Maximus no respondió.

Maximus, ¿tienes idea de lo que te harán? Lo he visto, Maximus. He visto soldados que fueron torturados y muertos por las tribus. Sufrieron agonías inenarrables antes de que les concedieran el alivio de la muerte.

Los ojos azules de Maximus siguieron el extremo final de la procesión hasta que ésta fue devorada por el espeso y oscuro bosque. Sólo entonces suspiró y cerró los ojos.

Nunca me capturarán con vida, Lucius. Moriré peleando.

Maximus ...

El general se movió por primera vez en horas, volviéndose finalmente para enfrentar a su amigo, su voz muy baja a pesar de la distancia entre ellos y el enemigo.

Las cohortes que vienen en camino desde Bonna se cruzarán en el camino con los evacuados y seguirán hacia aquí pero antes enviarán por refuerzos. En unos días, habrá una batalla en gran escala ante estos muros. Lucius, no entiendes lo que está pasando aquí de modo que voy a explicártelo. Mi caballería se fue. Estamos solos. Tu, yo ... y algunos caballos.

¿Solos? -confundido, Lucius sacudió la cabeza tratando de entender las implicaciones de lo que Maximus acababa de decir.

Sí. No quise sacrificar a mi caballería del mismo modo que no quise poner en peligro a los soldados de las cohortes.

¿Cómo ... cómo fue que ...?

¿Cómo se fue la caballería? Mientras estábamos evacuando los hice ir y venir del fuerte como si hubiera sido al azar. De hecho, estaban escondiendo la mayoría de los caballos en el bosque y trayendo los mismos de regreso cada vez que volvían. Luego se fueron trepando por la muralla Sur mientras los germanos se divertían ante la puerta del frente. Con suerte, los guerreros tribales creerán que la caballería aún se encuentra aquí y que el fuerte está bien protegido. Eso evitará que vengan a buscarnos hasta que sientan que han reunido la suficiente cantidad de sus hombres como para poder vencer a los mejores soldados romanos. Eso debería darnos algunos días. Hice que dos de mis soldados nos dejaran sus uniformes para que podamos usarlos si es necesario.

Lucius estaba anonadado.

Entonces ... ¿no hay nadie para protegerte?

Maximus se puso ligeramente a la defensiva.

No ... y te acabo de decir porqué.

Furioso, Lucius escupió las siguientes palabras.

¡Maximus, ahora el rehén eres tú!

Baja la voz -le advirtió Maximus.

¿Y qué hay de mí? -siguió diciendo Lucius- ¡También estás arriesgando mi vida!

Las sombras del crepúsculo ocultaron la súbita mueca de dolor en el rostro de Maximus.

Debí haber hecho que también tú te marcharas. Lo siento. Fue sumamente egoísta de mi parte -sus ojos miraron el suelo y por primera vez una ligera vacilación, un ligero toque de vulnerabilidad, se hizo sentir en la voz de Maximus- Supongo que no quería quedarme completamente solo -susurró sin mirar a su compañero- Lucius, todavía hay tiempo para que te vayas sin problemas. Puedes alcanzar a tu familia.

Bien, probablemente es lo que haga -amenazó Lucius pero no se movió.

Vete. Me quedaré aquí durante un rato más. Los guerreros no se molestarán en vigilar el fuerte muy de cerca en tanto puedan verme y sepan que no intento escapar. Toma uno de los uniformes y trepa por la muralla Sur antes de que los guerreros tengan tiempo de reagruparse -lo urgió Maximus. Como Lucius no se movió, el general le dio la espalda para poner fin a la conversación.

Ante esto, Lucius corrió escaleras abajo, pisando fuerte cada escalón que descendía para liberar algo de su frustración y Maximus sintió cada paso como un golpe en sus entrañas hasta que gradualmente fueron muriendo y sólo el sonido sibilante del viento frío alcanzó sus oídos. Sus ojos buscaron una vez más la columna de romanos dirigiéndose hacia el Sur pero hacía mucho que se había perdido en la distancia. Hurgó dentro de su coraza buscando la bolsita de cuero con cordones que siempre llevaba consigo y extrajo las dos figuritas talladas. Las dio vuelta una y otra vez en su mano y luego se las llevó a los labios una por una y las besó. Luego, las envolvió entre sus manos entrelazadas, apoyó los codos en el parapeto y la frente sobre sus nudillos, manteniendo los ojos cerrados.

Horas más tarde y tan helado que apenas podía moverse, Maximus se dirigió hacia el alojamiento del general. Le sorprendió ver las brasas aún ardiendo en el hogar y se detuvo ante éste para calentarse los dedos de las manos, demasiado cansado esa noche como para pensar en algo más.

Me preguntaba hasta cuándo pensabas quedarte ahí afuera.

En un movimiento rápido y fluido, Maximus giró y se agachó, la espada en su mano como por arte de magia. Lucius estaba en su cama, la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados. Tras darse tiempo suficiente como para permitir que su corazón se tranquilizara, Maximus envainó la espada y se dio vuelta hacia el fuego, esta vez tratando de calentarse los pies.

Pensé que te habías ido.

Podría haber sido un guerrero chatti escondiéndome en esta habitación. Si así hubiera sido, estarías muerto.

Yo no estaría tan seguro.

Lucius bajó de la cama y se acercó a Maximus.

¿Qué clase de hombre deja solo a un amigo cuando éste está en problemas?

Maximus simplemente contempló el fuego.

Ahora, si fueras Quintus, me habría ido hace rato.

Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Maximus.

No es tan malo.

Mmmmm, ya veremos -Lucius aferró el hombro de Maximus- Bien, comandante de todas las legiones del Norte, ¿cuál es el plan?

Dormir un poco -Maximus se dio vuelta para enfrentar a Lucius y de paso calentar su espalda.

Tomas esto con tanta ligereza -se maravilló Lucius.

No lo creas pero he estado anteriormente en situaciones muy difíciles. Hasta ahora, me las arreglé para sobrevivir. Lo más inteligente que podemos hacer es descansar para que nuestros cuerpos y mentes funcionen mañana plenamente.

¿Dónde vas a dormir? Yo ocupé tu cama.

Dormiré en el piso.

Maximus -dijo Lucius riendo- Sólo estaba bromeando. Por supuesto que la cama es tuya.

Lucius, puedo dormir en cualquier lugar, créeme. Estaré bien.

Pero ...

Vete a dormir, ¿quieres? -Maximus suavizó sus palabras con una sonrisa.

El Diario de Julia - Matando a Cassius

Entré a la tienda de Cassius sin anunciarme para encontrarlo sentado ante su escritorio grande y ornamentado, escribiendo en su diario tal como le dije a Maximus que estaría. Escribía rápida y eficientemente, tal como lo hacía todo, ya fuera comandar sus legiones, ocuparse de su correspondencia o disfrutar en la cama. En Moesia, Cassius pasaba muchas horas escribiendo en su tienda y los mensajeros partían del campamento varias veces al día llevando cartas y mensajes a aquellos que lo apoyaban en su complot para apoderarse del trono, fuera que estos estuvieran en Roma o en otras regiones del imperio. Cassius apreciaba la velocidad y eficiencia tanto como apreciaba el confort y la belleza y siempre sospeché que su preferencia por mí no se debía sólo a mi belleza y habilidad para dar placer sino también al modo en que puedo hacerme cargo de cosas tales como la servidumbre y hacerla funcionar eficientemente. Solía decir que yo era única, una rara joya, la única mujer que había conocido que podía fornicar y solucionar los pequeños y enojosos problemas de la vida cotidiana con la misma seguridad y los mismos resultados placenteros.

Tal como Balbinus le dijera a Maximus mientras impersonaba al infortunado Claudius, Cassius había salido del campamento sólo para regresar poco antes de que oscureciera y había ido directamente a su tienda, donde retomó su escritura. Cassius se sentía seguro en su tienda, rodeado de sus leales y de aquellos a los que había designado como sus pretorianos y, cuando captó un movimiento con el rabillo del ojo, simplemente levantó la vista para mirarme y luego bajó otra vez la cabeza para seguir con lo que estaba haciendo. Sin volver a mirarme, preguntó sin inflexión alguna en su voz:

¿Qué quieres?

Sólo quería verte. Te extraño cuando trabajas tanto -dije dulcemente, mientras caminaba hacia él, la túnica semitransparente que me había puesto siguiendo las secas órdenes de Maximus acerca de que me vistiera con "algo sugestivo" flotando en torno mío.

La túnica estaba confeccionada en seda color verde mar y era tan delgada que no dejaba lugar para ropa interior y muy poco librado a la imaginación, salvo por la faja de un tono de verde más oscuro que envolvía mi cintura. Maximus había soltado una exclamación al verme salir de mi dormitorio vestida con lo que parecía ser no más que un puñado de espuma de mar y había abierto la boca probablemente para protestar pero se había contenido rápidamente. Sin embargo, cuando abandonamos juntos el alojamiento de las esclavas, había insistido en que me envolviera en un manto para cubrir mi virtual desnudez mientras caminaba entre las filas de tiendas. El gesto había sido tan ferozmente y al mismo tiempo tan inocentemente protector que casi me había hecho reír. El manto yacía ahora donde lo había descartado, en la antecámara de Cassius, el mismo lugar donde Maximus se encontraba escondido esperando el momento de actuar vestido con el uniforme negro del pretoriano que había tenido la mala fortuna de estar de guardia en la tienda de Cassius. El hombre se encontraba atado y escondido dentro de un armario.

Me incliné sobre el escritorio y acaricié con mis dedos la mano de Cassius, luego seguí hacia arriba por su brazo y hasta el hombro donde usé ambas manos para masajear los tensos músculos de su cuello. Al cabo de unos momentos, la velocidad de su escritura decreció notablemente, luego se detuvo por completo mientras él cerraba los ojos y se entregaba a mi atención.

Ah, Julia -suspiró, sonando felizmente relajado- Eres la mejor que jamás haya criado.

Ahí estaba. Su línea favorita cuando se trataba de mí. Parecía que no estaba hecho si no la decía, ya fuera que hubiera puesto orden entre sus cocineros o lo hubiera satisfecho en la cama. No es que importara más. Cassius no saldría vivo de la tienda y, de un modo u otro, mi vida estaba terminada. Pero dolía como siempre.

Aún así, me las arreglé para mantener inalterable el ritmo de mis dedos mientras Cassius seguía hablando.

Sabes ... tengo a dos de tus hermanitas listas para seguir tus pasos. Cuando volvamos a Roma, te pondré a cargo de su entrenamiento. Creo que serán magníficos regalos para hombres cuya alianza necesito.

Cassius había mencionado una y otra vez que cuando volviéramos a Roma habría de heredar el lugar de Turia en la villa. Y también había mencionado a aquellas niñas, un grupo de las cuales crecía en una sección separada de la villa, cada día que pasaba acercándolas más y más a su destino. Cuando hablaba sobre ellas, Cassius siempre las llamaba "tus hermanitas" pero nunca pude saber si estaba hablando de la hermandad creada por la esclavitud y la prostitución o sobre mi propia sangre. ¿Acaso mi pobre, desconocida madre le había dado otras niñas hermosas para calentar su cama y aquellas de sus amigos y aliados? ¿Acaso ella misma la había calentado? Cada vez que una nueva niña era enviada a la sección de la villa ocupada por las prostitutas iniciadas sentía temor de descubrir que tenía cabello rubio rojizo, piel cremosa y ojos azules. Sentía temor de descubrir los mismos rasgos que veía cada día cuando me miraba en los espejos pulidos de la villa en el rostro de una niña lo suficientemente infortunada como para ser mi hermana. Pero eso tampoco importaba y esa noche todos seríamos vengados: mi madre, el hijo de Eugenia, Turia y, por supuesto, yo misma.

Sintiendo la misma indiferencia que había experimentado cuando retornara de la tienda de Maximus al alojamiento de las esclavas seguí trabajando sus músculos y dije:

Haré lo que tu desees, señor -mi voz sonó tan firme como mis dedos. Pero estaba perfectamente consciente de la daga escondida bajo la faja de mi túnica, la daga que nadie -ni siquiera Maximus- sabía que tenía. La daga que una niña abusada de doce años había robado de la casa de un viejo senador, la daga que la mujer en la que ésta se había convertido siempre había sabido que iba a usar. Y esa noche no había duda alguna sobre quién se encontraría en el otro extremo de la hoja.

Cassius se relajó más y más, el mentón cayéndole contra el pecho y yo moví silenciosamente mi mano derecha para tomar en ella la empuñadura de plata, extrayendo la daga lentamente de su escondite ...

Marcellus irrumpió en la tienda. El legado se veía frenético y me sorprendió de tal modo que casi suelto la daga. De algún modo, me las arreglé para sujetar la empuñadura y también para esconderla de Marcellus, usando como escudo el cuerpo de Cassius.

¡Cassius! -gritó Marcellus- Algo anda mal. Dos de los hombres que estaban custodiando a Maximus escaparon del campamento esta noche ...

Se detuvo abruptamente cuando me vio de pié detrás de su general.

- Bien, bien ... tal vez tenemos aquí a quien nos puede decir qué está pasando. Al parecer, Maximus no se dejó ver en todo el día y supe que estuviste anoche en su tienda.

Cassius hizo un movimiento para darse vuelta y enfrentarme pero yo me moví más rápido y le enterré la daga hasta el mango en la yugular, causando una resonante, nauseabunda vibración que corrió hacia arriba a lo largo de mi brazo y alcanzó mi hombro y mi cuello. La sangre saltó en un arco y empapó los documentos que se encontraban bajo las manos de Cassius y también manchó las mías y mis brazos, las gotas carmesíes calientes y pegajosas sobre mi piel fría. Luego, su cabeza se desplomó sobre el escritorio con un ruido sordo.

Marcellus estaba demasiado aturdido para moverse y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos y la boca floja. Luego, se las arregló para emitir una palabra que pudo haber sido una expresión de asombro, un juramento o un pedido de ayuda pero que se perdió cuando el pretoriano vestido de negro que se materializó a sus espaldas le tomó la cabeza entre sus manos y la hizo girar violentamente, partiéndole el cuello.

Sus huesos se rompieron con el mismo ruido con el que se rompe una rama seca. Maximus dejó que el cuerpo del legado se deslizara lentamente al piso, sus ojos azules fijos en los míos mientras yo permanecía detrás del escritorio de Cassius y le devolvía tranquilamente la mirada.

Nos quedamos mirándonos por un instante. Luego, con simple finalidad, dije:

Está muerto.

Puedo verlo -dijo Maximus mientras pasaba por encima de Marcellus y lentamente, cautelosamente se acercaba a mí, listo para saltarme encima si me volvía loca- Esto no salió exactamente como lo planeamos -agregó siempre sin dejar de mirarme a los ojos.

Sabía que mis acciones habían alterado sus planes cuidadosamente organizados pero tenía mis propias razones para hacer lo que había hecho y estaba lista para pagar por ello. Cassius estaba muerto. Maximus estaba a salvo. Y yo había sido vengada. Nada más importaba.

Tenía que hacerlo.

Maximus asintió con la cabeza.

Te entiendo. Pero ahora tenemos un problema. Tenemos que hacer parecer que lo hizo Marcellus.

¿Entendía?

En nombre del Hades, ¿qué podía entender?

¿La esclavitud? Había nacido el hijo de un humilde granjero español pero no había conocido nada más que la libertad. Libremente se había unido al ejército en lugar de trabajar la tierra como su padre y su abuelo y se había elevado desde lo más bajo de sus filas hasta el más alto rango, disfrutaba de la ciudadanía, de la adopción en una familia senatorial y del favor de su emperador.

¿La prostitución?

Era un hombre y los hombres mandan el mundo. Sin ellos, aquellas como yo no existirían. Los hombres van a la guerra en nombre propio o el de quienes los gobiernan y esclavizan a aquellos a lo que no matan. Son ellos los que violan a las esposas, hijas y hermanas de sus enemigos vencidos o las hacen sus concubinas y engendran sus hijos en ellas sólo para abandonarlas en pos de sus órdenes y un nuevo puesto militar o porque cayeron a su vez en el campo de batalla. Son ellos los que toman por la fuerza a las mujeres que compran en los mercados de esclavos o atraen a niñas medio muertas de hambre hacia sus camas con la promesa de su oro. O, como Cassius, tienen burdeles privados para su uso personal y el de sus amigos.

¿La soledad?

Tenía una esposa que lo amaba y un hijo para perpetuar su nombre y era lo suficientemente joven como para tener muchos otros. Tenía el amor de su emperador y la feroz lealtad de sus hombres. Conocía la felicidad -simple, humana felicidad- y tenía otros para compartirla con él.

¿El hecho de matar?

Por supuesto que había matado y lo había hecho muchas veces, probablemente muchas más de las que yo podía imaginar. Pero él mataba a enemigos sin rostro, a enemigos de su emperador, a enemigos de Roma y todo aquello que Roma simbolizaba.

Yo, en cambio, había nacido esclava, había sido forzada a la prostitución, había estado toda mi vida tan sola como es posible estarlo y había matado al hombre que me había condenado a la esclavitud y la prostitución y la soledad ... y quien, por lo que sabía, bien podía haber sido mi padre.

¿Qué podía entender el general Maximus Decimus Meridius?

Suspiré.

Vete, Maximus. Diré que vi a Marcellus matar a Cassius y que yo maté a Marcellus.

Maximus miró el cuerpo del legado tendido a sus pies.

No creo que haya nadie capaz de creer que puedes romperle el cuello a un hombre, Julia -dijo quedamente, su voz tranquilizadora, como si temiera que algo fuera a quebrarse dentro mío y me volviera loca. Traté de decirle que se quedara tranquilo, que me encontraba bien, pero me tambaleé ligeramente. El rostro de Maximus adquirió una expresión más que preocupada.

No me falles ahora, Julia -susurró con urgencia- Tenemos que terminar eso. Sé fuerte.

¿Fuerte?

¿Acaso he sido otra cosa desde que puedo recordarlo?

Tragué saliva y asentí.

Ahora, pasa por encima del cadáver teniendo mucho cuidado de no pisar la sangre que hay en el piso. No permitas que manche ni tus pies ni tu túnica -dijo Maximus tendiéndome la mano.

Hice lo que me decía, dejándole tomar el comando y concentrándome sólo en seguir sus órdenes, sin atreverme a mirar al cuerpo caído sobre el escritorio, la sangre coagulándose sobre la madera y empapando la alfombra tejida. Por un breve instante pensé en lo insultado que hubiera estado el sentido del orden de Cassius al ver su preciada alfombra completamente arruinada. Pero era muy tarde para quejas, ya que el propio Cassius estaba más allá de toda posible ayuda. Sentí que iba a soltar una risita pero me obligué a mi misma a permanecer calma, no deseando alarmar a Maximus, quien me estaba hablando nuevamente.

- Siéntate en esta silla mientras armo la escena del crimen -dijo mientras usaba su manto para limpiarme la sangre de los dedos y los brazos al tiempo que me guiaba hacia un asiento en el otro extremo de la habitación. Una vez que me senté, se lanzó de lleno a la acción.

Levantó el cuerpo sin vida de Marcellus y lo cargó sobre su hombro, pasando cuidadosamente detrás del escritorio. Luego, tomó la mano inerte del legado en la suya y la usó para arrancar la daga del cuello de Cassius, asegurándose de paso de que los dedos y brazos de Marcellus quedaran cubiertos de sangre. La daga cedió con un sonido gorgoteante mientras el aire escapaba por la herida abierta. De algún modo, escuchar ese sonido fue peor de lo que había sido clavar la daga en el cuerpo vivo de Cassius. Solté una exclamación mientras la bilis se agolpaba en mi garganta tan violentamente que creí que iba a vomitar. Maximus me miró. Sabía que debía estar pálida como una muerta, mi cuerpo bañado en sudor frío, la sangre rugiendo en mis oídos.

Inclínate hacia delante, pon la cabeza entre tus rodillas y respira hondo por la boca -me indicó- Respira lenta y profundamente. No te me desmayes ahora.

Obedecí, separando las rodillas e inclinando mi cabeza hasta que quedó entre ellas, mi cabello largo hasta la cintura cubriendo mi rostro y formando un charco en el suelo pero aún así pude seguir los movimientos de Maximus, concentrarme en él haciendo más fácil para mí respirar profunda y lentamente como me había dicho que lo hiciera.

Maximus dejó caer mi daga al piso y usó la mano de Marcellus para tomar el abridor de cartas que estaba sobre el escritorio e insertarlo en la herida causada por mi arma. Luego dejó caer a Marcellus en el charco de sangre que se había formado en el piso y empujó el cuerpo con el pie para asegurarse que su pecho estaba manchado.

Maximus miró rápidamente en mi dirección para ver si me había desmayado pero, aunque aún no había superado las náuseas, me estaba sintiendo un poco mejor y me senté derecha. Mis ojos aún estaban fijos en él pero mi mente había flotado en otra dirección. Estaba pensando en qué fácil, qué ridículamente fácil había sido acabar con la vida de Cassius. Sólo se había necesitado una daga y un simple movimiento de mi mano ... y toda una vida de odio.

Maximus se quitó rápidamente el uniforme de pretoriano para revelar la túnica color herrumbre mojada y arrugada que llevaba debajo. Arrastró desde el armario al guardia que todavía se encontraba inconsciente y, como podía, volvió ponerle el uniforme mientras juraba en voz baja. Usó la espada del guardia para causar una profunda herida en el cuello de Marcellus. Luego, hizo una pausa antes de soltar un gruñido de repulsión y susurró "Al menos morirás como un héroe". Con un movimiento fluido y bien practicado, le enterró la espada en el vientre y luego arrojó el cuerpo del guardia sobre el de Marcellus, la espada aplastada entre ambos.

Sus manos estaban sucias de sangre y había manchas rojas en su túnica arrugada. Maximus la usó para limpiarse cuidadosamente las manos, luego dio un paso atrás y estudió la escena, recuperó mi daga, la limpió y se la guardó en el cinturón antes de tomar el pesado manto que Cassius había dejado sobre una silla y envolverse en él.

Por último, se acuclilló a mi lado y tomó mis frías manos en las suyas.

Julia, escúchame -dijo suavemente- Tengo que ir a lavarme toda esta sangre y ponerme una túnica limpia. Espera a que regrese para dar la alarma pero, si alguien aparece antes, tienes que fingir que tropezaste con la escena del asesinato y te desmayaste pero diste la alarma en cuanto te recuperaste lo suficiente. No expliques nada a nadie, ¿me entiendes?

Sentí que algo de color había regresado a mis mejillas y sus manos fuertes y callosas le habían dado un poco de calor a las mías. No confiando en mi voz, asentí con la cabeza y mantuve los ojos fijos en Maximus mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la entrada de la tienda para luego desaparecer en la noche, dejándome sola con tres hombres muertos.

Permanecí sentada por un largo rato, simplemente mirando, mis ojos fijos en Cassius, mis manos prolijamente cruzadas sobre mi falda. El silencio que reinaba en el interior de la tienda era casi sobrenatural, las chisporroteantes lámparas de aceite arrojaban sobre las paredes de lona una enloquecida danza de sombras. Luego, sonreí. Pero mi sonrisa no era la falsa sonrisa dulce que había aprendido a dibujar en mi rostro desde la infancia. No era la sonrisa genuina, juguetona, amorosa que le había ofrecido a Maximus en la última y predestinada fiesta de Cassius. Era dura y fría y cruel y no necesitaba un espejo para saber que también era aterradora. Brevemente pensé que así es como debe sonreír la diosa Diana cuando, luego de convertirlos en ciervos, abate con sus flechas de plata a aquellos hombres lo suficientemente audaces como para atreverse a desearla a pesar de su divina virginidad.

Y luego, hablé. Mi voz sonó tan firme y tan calma y mi mente estaba tan lúcida que supe que estaba loca.

¿Sabes, Cassius? -dije en tono de conversación- Tenías razón: soy la mejor que jamás hayas criado. Lástima que nunca supiste de qué estabas hablando.

Me puse de pié y giré lentamente para estudiar la escena y asegurarme que todo estuviera en orden. Maximus había esperado que me pusiera histérica y se había sorprendido cuando esto no ocurrió. También me había instruído para que diera la alarma acerca de los asesinatos, dándole así pie para entrar en acción. Era hora de ambas cosas.

Respiré hondo, abrí la boca y grité.

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