Toc, toc, toc.
Maximus soltó un gruñido y rodó de costado, su cadera y su hombro doloridos y magullados por el duro suelo. Se envolvió más apretadamente en su capa, tratando de escapar del frío y hundió la cara en sus pieles de lobo, tratando de ahogar el irritante sonido.
Toc, toc, toc.
Lucius, ¿quieres terminarla? -rezongó Maximus mientras levantaba la cabeza y espiaba en dirección a la cama.
¿Mmmmmm? ¿Qu ...? -resopló Lucius, su mente todavía entorpecida por el sueño- ¿Terminar qué?
Toc, toc, toc.
Eso.
Lucius se sentó de golpe, el poco cabello que aún quedaba en su cabeza revuelto y parado.
Yo no soy –dijo ahogadamente.Maximus estuvo de pie en un instante.
Shhhhh.
Extendió su brazo con la palma hacia abajo, indicándole a Lucius que no se moviera. Lucius no objetó, recogiendo las rodillas contra el pecho y abrazándolas apretadamente. Caminando lenta y sigilosamente, Maximus reptó alrededor de la habitación a oscuras, espada en mano, escuchando. Cuando alcanzó la puerta, giró el picaporte silenciosamente y luego la abrió de golpe, listo para enfrentar al intruso desconocido. No había nadie en el umbral. Estiró el cuello y miró a su alrededor. No había nadie.
Toc, toc, toc.
¡Maximus! -siseó Lucius- Viene de allí.
Estaba señalando un guardarropas grande y ornamentado que se encontraba contra la pared de piedra de los aposentos del general.
Frunciendo la frente en gesto de curiosidad, Maximus se acercó al guardarropas y pasó sus manos sobre el frente y los costados. Parecía sólido y no percibió vibración o movimiento alguno. Contuvo la respiración y abrió cautelosamente la puerta, espada en mano, listo para atacar. Estaba vacío.
TOC. TOC. TOC.
Maximus pasó sus manos sobre la pared del fondo del guardarropas que también parecía firme, luego golpeó sobre la madera sólida tres veces. Obtuvo la respuesta que esperaba.
Lucius, trae la linterna, ¿quieres? Apenas puedo ver.
Maximus exploró los bordes del panel del fondo, apretándolo con los dedos y finalmente consiguió moverlo un poco. Luego, milagrosamente, el panel se deslizó de costado con un ruido quejumbroso y su olfato fue asaltado por un húmedo a moho.
¡Ya era hora!
Freyda emergió de la oscuridad que se extendía detrás del guardarropas llevando una pequeña lámpara en la mano y se plantó frente a los dos hombres confundidos. Maximus la hizo de inmediato a un costado y enfrentó a la amenazante cavidad, balanceando su cuerpo sobre sus pies, la espada lista.
Freyda lo miró divertida.
Estoy sola -le aseguró.
¿Por qué habría de creerte? -dijo Maximus sin deponer su actitud de combate.
Estoy aquí para ayudarte.
¿Por qué habrías de hacerlo? -preguntó Maximus con tono de sospecha pero la ausencia de intrusos le permitió relajarse lo suficiente como para dar vuelta la cabeza y mirarla.
Ella se encogió de hombros.
Siento que te lo debo.
No me debes nada. Con la que estás en deuda es con tu propia gente, nunca podrás pagarles.
Maximus finalmente envainó su espada y enfrentó a la mujer chatti, luego indicó la abertura con un gesto de su cabeza.
¿A dónde conduce?
Se abre en dos direcciones. Un pasaje va hacia el Sur y conduce a los bosques y el otro va en dirección Noroeste.
¿Cómo es que sabes de este pasaje?
El que conduce al noroeste termina en la cabaña de la que te hablé.
¿Así es como el general Pollienus se encontraba contigo?
Sí -dijo Freyda sin rastro alguno de vergüenza- Originalmente sólo existía el pasaje Sur, de modo tal que los soldados tuvieran una vía de escape del fuerte si resultaba necesario. El general hizo excavar la otra galería para sus propósitos personales.
Un par de ojos azules se clavó en otro pero Freyda sostuvo la mirada de Maximus audazmente y no cedió.
¿Cómo sé que no me estás conduciendo a una emboscada? -preguntó, aún dudando de ella.
No lo sabes. Tienes que confiar en mí. Dicho sea de paso, no tienes muchas opciones y tampoco tienes mucho tiempo así que tu caballería deberá quedarse atrás y arreglárselas como pueda.
Con una mirada, Maximus silenció a Lucius.
Freyda siguió hablándole con franqueza.
Los jefes tribales piensan ejecutarte y luego lanzar un ataque organizado sobre una docena o más de las comunidades romanas. Me las arreglé para escuchar lo que dijeron en una reunión mi padre y otros jefes que acaban de llegar.
Lucius empalideció, su rostro contraído de horror.
¿Cuánto tiempo tengo? -preguntó Maximus con tanta calma como si hubieran estado discutiendo el clima.
Tal vez un día más. Los guerreros siguen llevando y los jefes quieren su parte en lo que hace a las torturas que van a aplicarte antes de que te maten.
Si Freyda quería ver nervioso a Maximus, no lo logró. El se le acercó más, cruzó los brazos sobre su pecho e inclinó la cabeza, estudiándola.
¿Por qué me lo adviertes? ¿Qué ganas tú?
Ella levantó el mentón, ligeramente picada de que él hubiera cuestionado sus motivaciones. Luego, sus palabras contradijeron abiertamente su actitud herida.
Me voy contigo. Quiero ir a Roma.
Yo no voy a Roma.
Entonces puedes hacerme entrar en territorio romano. De allí en más me las arreglaré sola. Soy muy emprendedora e independiente.
Maximus no pudo evitar una sonrisa seca.
Ya me había dado cuenta.
Estudió a la desenvuelta joven que estaba frente a él, su cabello color miel recogido en una única trenza que caía por su espalda, con múltiples hileras de coloridas cuentas de terracota adornando su cuello y vestida con ropas de hombre. Estaba envuelta en varias túnicas y pantalones de lana marrón, sujetos a la cintura con tiras de cuero. Maximus volvió a mirar el sombrío pasaje.
Bueno, creo que no tengo muchas alternativas, pero te advierto, Freyda, que si esto es una trampa, te cortaré esa linda garganta antes de que tu gente me pueda atrapar.
El pasaje era muy angosto y en algunas partes apenas suficiente como para que pasaran los anchos hombros de Maximus mientras éste seguía a Freyda a través del frío y húmedo túnel. También variaba mucho en su altura y el general se golpeó la cabeza contra el bajo techo de roca más de una vez, cada una de ellas soltando una retahíla de maldiciones. Lucius iba tras él, aferrado a su capa para no perderse porque Maximus bloqueaba completamente la luz de la lámpara que Freyda llevaba en la mano. El frío túnel tenía parches de hielo en el suelo y tres veces Lucius resbaló y cayó pesadamente, casi arrastrando a Maximus con él. En cambio, era obvio que Freyda estaba muy familiarizada con el entorno, ya que se contoneaba sin vacilar, urgiendo a los dos hombres para que se apuraran.
Luego de lo que parecieron siglos, finalmente llegaron a una sólida puerta de madera. Maximus apartó a Freyda y la empujó con el hombro; gimiendo en señal protesta, la puerta cedió. Cuando Maximus sintió que el aire fresco y frío alcanzaba su rostro, aferró a la muchacha por un brazo y la empujó delante de él, apoyándole la espada en la garganta y luego avanzó entre los arbustos que ocultaban la entrada. El único sonido en el bosque oscuro fue el de su pesada respiración. La nieve que caía ligeramente no mostró marcas de pasos cuando fue iluminada por la lámpara.
Ahí lo tienes -dijo Freyda con petulancia- Te dije que podías confiar en mí.
Se soltó de sus manos de un tirón y se frotó el punto donde él le había clavado los dedos. Maximus permaneció tenso y cauteloso.
¿Dónde estamos?
Freyda hizo un gesto con la cabeza.
El puesto militar queda por allí, detrás de los árboles.
¿Por dónde queda el camino? -preguntó Maximus, tratando de orientarse.
En esa dirección -dijo Freyda señalando en la oscuridad- No está muy lejos.
Bien. Ustedes dos, diríjanse al camino. No me esperen.
Lucius se quedó atónito.
¿A dónde vas?
No me voy sin mi caballo.
Los ojos del hombre de menor estatura se abrieron de par en par en señal de absoluta incredulidad.
¿Te volviste completamente loco? ¿Marcus Aurelius hizo general a un loco?
Eso sería realmente estúpido -apuntó Freyda sin rodeos- Escapa mientras puedes.
Lucius y Freyda unieron fuerzas, creando una oposición conjunta al tan poco razonable plan del general.
Debo ... -empezó a decir Maximus pero fue interrumpido abruptamente por Lucius.
Me parece escuchar su epitafio: "Murió tratando de salvar a su caballo".
Maximus no estaba de ánimo para soportar más desafíos a sus decisiones.
Cuando encuentren soldados romanos que se dirigen hacia aquí, díganle dónde estoy. Ahora, váyanse.
Su tono no invitaba precisamente a seguir discutiendo.
Freyda tomó a Lucius del brazo y, muy a regañadientes, se dirigieron hacia el camino, convencidos de que Maximus estaría muerto en cuestión de horas ... todo por un caballo. Lucius se dio vuelta para encontrar a Maximus mirándolos con fijeza.
Fuerza y honor -dijo el general serenamente.
Lucius asintió con la cabeza y siguió andando, empujando a un lado las crujientes ramas cubiertas de nieve. La siguiente vez que se volvió a mirar hacia los árboles, Maximus había desaparecido.
Mis gritos se elevaron como en espiral enloquecida, cual bandada de murciélagos liberada por la súbita apertura de las puertas del Hades. Una y otra vez mi voz ha sido descripta como ronca, una voz grave, muy infrecuente para una mujer y ha sido tan alabada como mi belleza por aquellos que no la encuentran inquietante debido precisamente a las mismas razones. Desde niña fui entrenada para usar mi voz como otra arma de seducción, manteniéndola baja, usando sus ricos, oscuros tonos para infundirle a mis palabras una ardiente promesa de placeres indescriptibles. Turia encontraba mi voz inquietante y se quejó a Cassius diciendo que mi único defecto era mi incapacidad de aprender a cantar. Pero Cassius desestimó sus quejas diciéndole que prefería a una mujer capaz de gemir durante la cópula tan ronca y tan hermosamente como yo lo hacía a todas las perfectamente entrenadas cantantes del imperio. Turia y Cassius, alguna vez amantes, quienes habían tenido mi vida en sus manos durante tanto tiempo y ahora ambos muertos.
No puedo recordar haber gritado en toda mi vida, salvo aquella noche en la casa del viejo senador, cuando grité en vano pidiendo ayuda, pidiendo que alguien me salvara del hombre que estaba aplastando mi cuerpo de doce años bajo el suyo. Mis gritos sólo sirvieron para que fuera violentamente abofeteada, una lección aprendida del modo más duro porque el hombre disfrutó de mi resistencia y la estaba esperando, la violación mucho más placentera que el simple acto de tomar. Las bofetadas del senador me redujeron al silencio y la niña abusada que dejó la casa llevando una daga robada escondida entre las ropas de una costosa muñeca nunca más volvió a gritar porque simplemente no había a quien pedir ayuda. No hasta esa noche, cuando la misma daga había puesto fin tanto a mi sometimiento como a lo poco que quedaba de mi inocencia.
Ignoro durante cuánto tiempo grité pero, repentinamente, un grupo de pretorianos y oficiales irrumpió en la tienda sólo para quedarse paralizados ante la sangrienta escena. Se miraron unos a otros, aturdidos y desorientados, completamente perdidos. Martius, un tribuno joven, se recobró antes que el resto y se volvió para enfrentarme. Yo había retrocedido hacia el fondo de la tienda, ansiosa de poner distancia entre los hombres -tanto vivos como muertos- y yo, mientras apretaba mis manos contra mi boca. El tribuno vino hacia mí y me aferró por un brazo.
¿Qué pasó? -gritó, sus ojos enloquecidos. Era uno de los hombres de mayor confianza de Cassius y sabía lo que su muerte y la de Marcellus significaban: había apoyado al hombre que tratara de apoderarse del trono y ahora ese hombre estaba muerto. Estaba en grandes problemas. Cuando no respondí, me sacudió con fuerza pero yo seguí mirándolo con ojos que sabía debían verse muy abiertos y aterrados.
¡Perra estúpida! -rugió- ¡Dime qué ocurrió! ¿Había alguien aquí? ¡Contesta!
Con la misma indiferencia que había sentido cuando casi me cortara las venas, vi a Martius levantar su mano. Iba a golpearme con el revés. Me preparé para el golpe ...
¿Qué ocurre?
La voz resonante de Maximus tomó a Martius por sorpresa, deteniéndolo a mitad del movimiento. El general entró a la tienda completamente armado y llevando su coraza de bronce, seguido por sus dos falsos guardias, su rango y actitud de mando reduciendo al silencio a los oficiales de Cassius. Martius dejó caer su mano aún cuando no me soltó.
Todos los ojos se posaron en Maximus, el silencio que siguió fue tan absoluto que resultaba inquietante. Luego, uno de los centuriones se aclaró la garganta.
Nosotros ... nosotros vinimos al escuchar los gritos de la mujer y encontramos al ... encontramos al general Cassius y a Marcellus muertos, señor ...
Maximus se dirigió hacia los cadáveres y los miró atentamente.
¡Llamen a los médicos! -ordenó a uno de los pretorianos. Luego, se volvió hacia sus propios guardias- Levanten el cuerpo del general Cassius y colóquenlo en su cama ... sus acciones en relación al emperador son objetables pero fue un buen soldado y merece respeto.
Mientras los guardias obedecían, Maximus se dirigió hacia mí. Aún tenía mis manos apretadas contra mi boca y había empezado a temblar.
Tribuno, suéltela -le ordenó a Martius.
¡General, ella estaba aquí cuando llegamos! -dijo Martius, hundiendo sus dedos dolorosamente en mi brazo- ¡Tenemos que interrogarla! Puede haber visto algo ... ¡Por lo que sabemos, ella misma podría haber matado a Cassius!
Maximus le dedicó al tribuno una mirada helada.
Por supuesto que puede haber visto algo y voy a interrogarla -dijo con una voz tan fría como su mirada.
Martius abrió la boca nuevamente, pero los guardias de Maximus llevaron sus manos a la empuñadura de sus espadas y la solapa de la tienda se abrió para dar paso a dos de los médicos de la legión, un hombre que luego supe era Gallienus y una docena de efectivos de caballería.
- ... no es que crea que servirá de algo -siguió diciendo Maximus, siempre mirando fijamente a Martius- No es más que una mujer histérica. En cuanto a su comentario sobre que ella podría haber matado a tres soldados entrenados ... haré de cuenta que no lo escuché. Ahora, suéltela como le ordené ... y en el futuro, tribuno, espero ser obedecido sin demora ni cuestionamiento.
Martius intercambió una mirada desesperada con los otros oficiales pero ninguno reaccionó o lo apoyó, todos ellos más preocupados por su futuro inmediato. El tribuno me soltó y tambaleé, casi cayendo al suelo. Nadie extendió una mano para sostenerme. Ni los oficiales que estaban intercambiando miradas preocupadas. Ni los médicos que estaban examinando el cuerpo de Cassius. Ni Maximus, cuya atención estaba fija en los otros cadáveres.
Se acuclilló junto a ellos y los separó con sus propias manos, completamente despreocupado por la sangre que ensució sus manos y sus botas. Gallienus se colocó a su lado pero no se agachó. En cambio, permaneció de pié, su mano sobre la empuñadura de la espada, listo para entrar en acción si alguno de los hombres de Cassius intentaba algo contra su general. Ninguno se movió. Sabían perfectamente que sus acciones habían dañado sus carreras más allá de toda esperanza y que probablemente sus vidas estaban en peligro y no querían empeorar la situación.
De modo que así es como ocurrió -dijo Maximus enfáticamente, luego de dar vuelta el cuerpo del pretoriano hasta que quedó tendido de espaldas- Marcellus atacó a Cassius mientras estaba distraído escribiendo pero este valiente guardia debe haber escuchado algo y trató de salvar a su general. Lucharon y consiguió herir a Cassius pero él mismo resultó herido.
Levantó la cabeza y miró a los ojos a los hombres que aguardaban expectantes, desafiándolos a que lo contradijeran. Ninguno dijo una palabra. Se puso de pié y, tomando el trapo que le ofreció uno de los médicos, se limpió cuidadosamente las manos, sin apartar sus ojos de los oficiales.
Gallienus.
El jefe de la caballería se puso en posición de firmes de inmediato.
¿General?
Como el oficial de más alto rango no sólo en este campamento sino en toda la frontera Norte, asumo el mando de esta legión.
Algunos de los oficiales soltaron una exclamación. Maximus continuó como si no los hubiera escuchado.
Lo hago en nombre del verdadero emperador, Marcus Aurelius, y con la autoridad que él me confirió para actuar en su nombre. Quiero a los guardias de las puertas y las murallas reemplazados de inmediato por tus hombres.
Los oficiales de Cassius intercambiaron rápidas miradas.
¡Sí, señor! -respondió Gallienus.
También quiero todos los documentos militares y cartas que haya en esta tienda y en las de todos los oficiales confiscadas, guardadas en un cofre sellado y éste depositado en mi tienda. Quiero a dos de tus hombres vigilando ese cofre día y noche.
Gallienus hizo un gesto con la cabeza y dos oficiales salieron apresuradamente. Maximus siguió hablando.
- En este lugar se han cometido serios crímenes contra el emperador y Roma. Hasta tanto pueda establecer exactamente qué ocurrió y quién está involucrado, las puertas permanecerán cerradas: nadie entra y nadie sale. También quiero que se doble la guardia en la armería y en los establos.
¡Sí, señor!
Los ojos de Maximus nunca se apartaron de los rostros de los oficiales.
El emperador viene en camino y será él quién decida lo que ha de hacerse. Mientras tanto, todos los oficiales presentes en esta tienda o no, permanecerán bajo arresto. Les sugiero, caballeros, que no empeoren su situación ofreciendo resistencia.
Los oficiales se veían pálidos y aturdidos.
También quiero a los praetores y los quaestores de la legión arrestados y los libros confiscados. Esto será todo por ahora. Gallienus, tienes tus órdenes.
¡Sí, señor! -Gallienus volvió a hacer un gesto con la cabeza y sus hombres rodearon a los oficiales.
¿Qué hay de la puta? -estalló Martius.
Todas las miradas se volvieron hacia mí y yo me encogí, pero no antes de ver la mirada relampagueante que pasó por los ojos de Maximus cuando éste miró al tribuno. Luego, me miró y por un breve, fugaz instante vi las conflictivas, cambiantes emociones danzando en sus penetrantes ojos azules. Vi ira amarga y preocupación, culpa y dolor, furia ardiente y ternura. La quemante intensidad de su mirada hizo correr escalofríos por mi espina porque la suya era la mirada atormentada de un hombre luchando no sólo con circunstancias peligrosas sino también con sus propios demonios. Y luego, desapareció. Maximus volvió a controlar sus emociones una vez más y fue otra vez todo un general. La furia ardiente se convirtió en helada determinación, toda preocupación y ternura borrada de sus ojos. Era todo un general nuevamente y yo no era más la mujer que había despertado su preocupación y dolor y ternura sino un peón en un juego peligroso, su objetivo final cumplir con su misión y con su deber hacia su emperador. Yo no era más la mujer que había desatado su pasión de tal modo que casi había traicionado a su esposa. Yo no era más ni siquiera Julia sino simplemente "la puta".
La puta.
Estaba de pie, vestida sólo con una túnica transparente en medio de una estancia llena de oficiales romanos, una estancia llena de hombres que en algún momento me habían tenido en su cama. Maximus, el único que no se había ensuciado. Maximus, el único al que había deseado. Maximus viéndome como lo que era.
Sabía que todo -aún nuestras vidas- dependía de la charada que estábamos representando y mi papel en ella. Estaba más que lista para llevarla adelante no importa lo doloroso que resultara y lo hubiera hecho, lo hubiera soportado todo, hasta los golpes de Martius, de no haber sido por la última y fugaz emoción que vi en sus hermosos ojos azules antes de que los apartara de mí. Porque era la más terrible emoción que una persona puede ver en los ojos de otra, especialmente una mujer en los ojos del hombre del que se ha enamorado. Y era mucho peor que el odio porque era lástima.
Le imploré en silencio ... Le imploré que no me juzgara. Que no me despreciara. Pero, por sobre todo, le imploré que no me tuviera lástima.
¿Gallienus?
¿Sí, señor?
Esta mujer está bajo mi protección personal. Colócala en una tienda cerca de la mía y pon guardias a la entrada. Nadie debe hablar con ella hasta que yo no lo indique. Ni siquiera las otras mujeres. La interrogaré más tarde.
Sí, señor.
Maximus bajó la voz pero no lo suficiente como para impedir que escuchara sus siguientes palabras.
Y busca algo con qué cubrirla antes de sacarla afuera. No quiero que de un espectáculo para los soldados.
Algo estalló dentro mío.
Unos sollozos secos y terribles brotaron de mi garganta, mis manos apretadas contra mi boca incapaces de contenerlos, mis ojos fijos en Maximus. El corrió junto a mí, me tomó por los hombros y me hizo sentar.
No tengas miedo. Nadie va a lastimarte -me dijo suavemente con una mirada de advertencia en sus ojos.
Pero yo estaba más allá de sus advertencias. Temblando de un modo incontrolable, me aferré a él, balbuceando palabras que ni yo misma podía entender.
Maximus le hizo un gesto a Gallienus para que se llevara a los oficiales de Cassius, su arresto interrumpido por mi estallido emocional. Luego, se volvió hacia mí.
Estás a salvo -dijo. La advertencia fue reemplazada en sus ojos por una franca alarma y sólo entonces noté los sonidos salvajes que brotaban de mi garganta en forma de gritos incontrolables. Sentí que mi corazón iba a estallar, el dolor en mi pecho tan intenso que no podía respirar. Empujé a Maximus y traté de levantarme. Quería huir corriendo, esconderme en un rincón lejano y oscuro, hacerme un ovillo y morir.
¡Médico!
El hombre se apresuró a venir junto a nosotros y ayudó a Maximus a obligarme a que me sentara nuevamente, mientras yo luchaba en forma ciega contra ambos.
Necesito interrogarla pero está fuera de sí. ¿Puede hacer algo?
El médico me miró dubitativamente.
Es sólo una muchacha, general -dijo- Recibió una fea conmoción.
Ya sé que está conmocionada -dijo Maximus con un toque de impaciencia en su voz y sin apartar jamás sus ojos de mí- Puedo interrogarla más tarde pero si se derrumba no será un testigo confiable ... ¿Puede darle algo para calmarla?
Puedo administrarle algo de opio -dijo el hombre- La hará dormir y ...
Hágalo.
El médico vaciló por un momento, luego llamó a su asistente y le dio sus órdenes.
¿Está seguro que quiere dormirla, general? -le preguntó a Maximus- Se sentirá muy mal cuando despierte. Debe saber que estará incoherente.
Maximus asintió con la cabeza.
Me preocupa mucho más que se haga daño a sí misma.
El asistente había regresado con una taza de algo que parecía leche y se la dio al médico.
Por favor, general, hágase a un lado y permita que mi asistente la sujete mientras la hago beber esto -indicó el médico. Un olor extraño brotó de la taza y flotó hasta mis narices y redoblé mi lucha contra los dos hombres.
Yo mismo la sujetaré -dijo Maximus. El médico lo miró intrigado y él agregó- Está muy asustada. No quiero someterla a más manoseo y acoso.
El médico me miró, luego lo miró nuevamente a Maximus y asintió, indicándole con un gesto a su ayudante que se alejara. Llevó la copa a mis labios y yo aparté bruscamente la cara, sólo para encontrar el rostro de Maximus junto al mío. Lo miré a los ojos y sentí que mi corazón se hinchaba dolorosamente porque estos ardían con una mirada ferozmente protectora. Fue eso lo que me derrotó. Dejé de luchar y me desplomé contra él. Tentativamente, Maximus aflojó la presión de sus brazos en torno a mi cuerpo y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro. El médico nos miró a ambos por un momento, luego acercó la taza a mis labios. Cerré los ojos y bebí.
Estaba inmersa en la oscuridad, una oscuridad caliente y palpitante que parecía habernos devorado tanto a mí como al mundo que me rodeaba. Escuché unos sonidos ahogados pero no pude distinguir de qué se trataba. La oscuridad era tan profunda que estaba ahogándome. Traté de moverme pero mi cuerpo parecía haberse alejado flotando. Poco a poco, la oscuridad fue reemplazada por un rojo llameante, el color tan intenso que lastimó mis ojos pese a que estaban cerrados. Volví a escuchar los sonidos ahogados y me di cuenta de que estaba gimiendo. La oscuridad retrocedió pero no el doloroso palpitar, la única diferencia era que ahora se encontraba dentro de mi cabeza y no en torno a mí. Jadeando, luché contra la decisión de mi cuerpo de emerger a la superficie pero fracasé.
Cuando finalmente pude abrir los ojos fue para encontrar a Rufa mirándome. Vagamente, me di cuenta de que sus ojos no mostraban la expresión asustada que era habitual en ella sino la mirada curiosa de una niña pequeña intrigada ante la vista de algo misterioso y fascinante. Mi agobiante dolor de cabeza sólo era superado por una agónica sed. Traté de hablar, de pedirle que me diera agua pero mis labios resecos se rehusaron a articular palabra alguna. ¡Estaba tan aturdida, tan confundida, tan débil!
¿Señora Julia?
Su voz martilleó mi cerebro entumecido. Hice una mueca de dolor y traté nuevamente de hablar pero no pude. Vi la jarra sobre la mesa cercana al diván en el que yacía e hice un gesto vago, indicándole que me diera agua pero la niña no me prestó atención.
Debo llamar -dijo en su latín vacilante y gutural- General dijo que cuando despertara debo llamar.
Dicho esto, Rufa salió corriendo, dejándome sola con mi cabeza palpitante y mi garganta seca y dolorida.
Lenta, penosamente, levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Estaba en una tienda que me resultaba vagamente familiar pero no podía recordar cómo había llegado hasta ella. Me encontraba acostada en un diván, cubierta con una manta ligera y alguien -probablemente el médico- había aflojado mi túnica quitándole la faja que rodeara mi cintura. Mi cabeza empezó a dar vueltas y la dejé caer nuevamente, cerrando los ojos.
Primero escuché pasos, luego un movimiento cerca de mí. Abrí los ojos para ver que Rufa había regresado con Maximus.
Déjanos solos -le dijo a la niña suavemente y, cuando ésta se hubo ido, tomó un taburete y se sentó a mi lado.
¿Julia? -preguntó- ¿Cómo te sientes?
Tragué dolorosamente, luego suspiré, el martilleo en mi cabeza implacable.
¿Julia?
Débilmente, traté de sonreírle y luego le indiqué con un gesto que quería un poco de agua. Maximus la vertió en una taza mientras yo luchaba por sentarme. Me puso la taza en las manos y cerró mis dedos en torno a ella, sus ojos oscurecidos por la preocupación. Me llevé la taza a los labios pero mis manos temblaban de tal modo que no pude beber y, en cambio, derramé el agua, empapando el frente de mi túnica y haciendo que la transparente seda color verde mar se adhiriera a mis pechos. Disgustada conmigo misma, no pude evitar un sollozo.
Jurando en voz baja, Maximus se sentó en el diván, me tomó en sus brazos y llevó la taza a mis labios, sosteniéndola mientras yo bebía ansiosamente. Cuando estuvo vacía, apoyé la cabeza en su hombro y murmuré "Gracias ..." antes de que mi cabeza diera vueltas nuevamente.
Maximus me depositó sobre el diván y volvió a su asiento donde permaneció contemplándome en silencio hasta que pude reunir fuerzas suficientes como para volver a abrir los ojos.
¿Qué ocurrió? -susurré.
Las cosas están bajo control pero seguimos en alerta permanente y seguiremos así hasta que llegue el emperador -dijo- El principal problema es que tengo muy pocos hombres conmigo y no sé cuánto tardará en llegar. Tengo a todos los oficiales bajo arresto pero aún tengo que determinar si hay otros traidores entre los hombres. El peligro aún no ha pasado.
Asentí mientras él seguía hablando.
Julia, lamento lo de la droga pero tuve que hacerlo. Sé que has pasado por mucho pero no podía arriesgarme a que dijeras algo que comprometiera mis planes, ¿entiendes?
Suspiré y volví a asentir con la cabeza, sin tener la certeza de que podría controlar mi propia voz.
Has sido muy valiente y no podría haber completado mi misión sin tu ayuda, Julia. Pero necesito que seas fuerte y que me ayudes un poco más -me miró a los ojos como para cerciorarse de que seguía sus palabras- Estás en la tienda de Marcellus. Está en el praetorium y cerca de la mía. Hay dos guardias en la puerta y tienen órdenes de no permitir que nadie entre o hable contigo salvo yo. Se supone que te interrogue y luego te mantenga bajo mi protección hasta que llegue el emperador y él decida qué hacer.
Mis ojos deben haber mostrado una expresión de alarma porque me sonrió ligeramente y agregó:
No tienes nada que temer. Cuando llegue Marcus Aurelius hablaré con él en privado y todo se arreglará. Cassius murió como un traidor y de acuerdo a la ley sus propiedades y riquezas serán confiscadas por el emperador. Pero Marcus Aurelius es un hombre compasivo y te liberará, así como a las otras mujeres.
Adelantó una mano como para apartarme el cabello de la cara pero se contuvo y, tras una breve vacilación, siguió hablando.
- Necesito que permanezcas aquí, bajo custodia, hasta que el emperador llegue con refuerzos. Va a ser difícil para ti, Julia, porque estarás completamente aislada pero es necesario. Te liberaré en cuanto sea posible. Es por tu propia seguridad así como por la de mis hombres ... y la mía.
Me las arreglé para sonreír y volví a asentir con la cabeza.
- Necesitas descansar, Julia, y yo tengo muchas cosas que atender -dijo suavemente- Ahora te dejaré. Duerme. Te sentirás mejor por la mañana. Enviaré a tu servidora a que te cuide y si necesitas algo, házmelo saber por medio de ella -miró mi estado de desaliño y agregó- Haré que tu servidora te traiga algo de ropa.
Dicho esto, se puso de pié y se dirigió rápidamente hacia la entrada.
De algún modo encontré las fuerzas necesarias para llamarlo.
¡Maximus!
Se detuvo pero no se dio vuelta.
Maximus, ¿harías algo por mí?
Se volvió lentamente y me miró con cautela, sin moverse de su lugar cerca de la entrada, esperando que hablara y probablemente temiendo lo que iba a decir.
- ¿Me abrazarías, por favor? -dije con la voz de la pequeña niña asustada que aún vivía dentro de la mujer adulta y la prostituta veterana - ¿Me abrazarías bien fuerte?
Abrió la boca para protestar o negarse pero se contuvo. Luego, sonrió desvaídamente y volvió hacia mí, sentándose a mi lado en el diván y tratando de tomarme en sus brazos. Pero llevaba puesta su coraza y yo me negué a apoyarme contra su fría dureza porque lo que estaba reclamando era la cálida fuerza de su cuerpo.
Nuestras miradas se cruzaron, la mía implorante, la suya confundida.
Por favor ... -murmuré.
Jurando por lo bajo, Maximus volvió a ponerse de pie y forcejeó con las hebillas de su coraza. No era algo fácil de hacer sin ayuda y lo vi luchar impacientemente con ellas hasta que por fin logró quitársela y la dejó caer al suelo, donde aterrizó con un ruido ahogado.
Volvió a sentarse en el diván pero, antes de que pudiera tomarme en sus brazos, me arrastré desde mi lugar bajo la manta y me encaramé a su regazo, mis pechos casi derramándose por el escote de la túnica suelta, la cual se amontonó en lo alto de mis muslos. Rodeándole la cintura con los brazos, hundí mi rostro en su cuello. Lo sentí ponerse rígido. Sabía que era más de lo que había consentido ... y también sabía que, si me rechazaba, iba a morir de soledad y dolor.
Pero, poco a poco, Maximus se relajó y me rodeó con sus fuertes brazos. Gimiendo, me acurruqué aún más contra él, aspirando su olor almizclado y masculino, el calor de su cuerpo envolviéndome como un tibio manto. Cerré los ojos y suspiré en abandono cuando sentí sus dedos primero arreglando mi túnica y cubriendo mis piernas desnudas, luego acariciando mi cabello.
No sé cuánto tiempo permanecí así, arrullada por su fuerza y su calor. Pero, de repente, ya no estaba simplemente acurrucada contra él. Mis manos recorrieron su ancha espalda arriba y abajo, trazando los músculos bien definidos bajo la delgada lana de la túnica color herrumbre. Besé su cuello, el áspero rastro de su barba raspando mis labios eróticamente mientras apretaba mis pechos contra él, desesperada por sentir su cuerpo contra el mío.
Lo escuché soltar una exclamación y lo sentí moverse incómodo bajo mis muslos, tratando de evitar el contacto entre nuestras carnes más íntimas. Estaba desnuda bajo la espumosa túnica de seda, desnuda entre sus brazos y mi piel se sentía afiebrada como nunca antes lo estuviera. Quería montarlo, quería envolverlo con mi cuerpo, quería tomarlo dentro mío tan profundamente como me fuera posible. Mis labios y mi lengua acariciaron primero su cuello, luego su garganta y mis manos descendieron por su espalda, buscando sus nalgas firmes y redondeadas. Estaba ebria de su calor y su fuerza y su olor. Me sentía viva, desesperada, dolorosamente viva. Ardía con el deseo primario de copular, de que me hiciera suya como los machos han hecho suyas a las hembras desde los orígenes del tiempo y de que derramara su simiente dentro de mí en un torrente imparable. Gemí, aferrando su túnica en mis manos.
El cuerpo todo de Maximus se puso rígido, sus manos sujetando mis brazos dolorosamente, sus músculos tensos creando una distancia fría y prohibitiva aún cuando nuestros cuerpos estaban calientes y en contacto. Me puse rígida a mi vez y así permanecimos durante un largo instante, como dos estatuas congeladas en una parodia sin vida de amorosa intimidad.
Luego, me derrumbé contra él en derrota. Apoyé la frente en su hombro, rogándole silenciosamente que me dejara permanecer en sus brazos. Lenta, muy lentamente, volvió a relajarse y yo suspiré, lista para aceptar lo poco que estaba dispuesto a darme antes que perder su calor.
Maximus también suspiró, un suspiro largo y cansado. Luego, volví a sentir sus dedos acariciando mi cabello y mis lágrimas comenzaron a fluir silenciosamente.
- ¿Maximus? -dije. Otra vez mi voz sonaba como la de la niña asustada que había crecido en la villa de Cassius, la niña asustada que no había conocido a su madre ni tenido una muñeca, la niña asustada que había crecido para convertirse en una hermosa, solitaria, triste prostituta.
¿Sí, Julia? -preguntó él con su voz profunda y resonante.
¿Me enseñarás, Maximus?
¿Qué quieres que te enseñe? -sonaba intrigado.
A nadar -me sentía tan cansada, tan desesperadamente cansada. De algún modo, me las arreglé para seguir hablando- ¿Sabes, Maximus? Tengo miedo de ahogarme -mis dedos aferraron su túnica de un modo ausente- No me gusta tener miedo, Maximus. No quiero tener más miedo ... ¿Me enseñarás a nadar?
Sí, Julia. Te enseñaré a nadar -dijo suavemente y sentí el roce tierno y ligero de su beso sobre mi cabello inundándome de dulzura a pesar de la tristeza y el agotamiento y la derrota. Luché para levantar la cabeza. Necesitaba mirar una vez más sus hermosos ojos azules ... pero me resultó demasiado pesada. Me quedé dormida.
Una de las escasas, pequeñas bendiciones que los dioses me han concedido es que, cuando duermo, rara vez sueño. Es bueno porque quiere decir que no tengo pesadillas. Porque de tenerlas, mis pesadillas serían tan aterradoras que hace mucho que me hubiera ahogado gustosamente.
Pero, aquella noche, dormida en los brazos de Maximus, soñé. En mi sueño, no era la asustada Julia que le había implorado que no la dejara sola sino una mujer fuerte y orgullosa. Era mayor y no vestía una túnica de seda transparente sino una decente stolla de lana ligera. Estaba sentada en un banco de madera en el jardín de una casa de campo como nunca antes había visto porque no era una villa lujosa como la de Cassius sino una simple y confortable casa provinciana. Mi cabello estaba recogido, como corresponde a una mujer respetable y miré maravillada a mi alrededor, contemplando la salvaje belleza del jardín y las colinas circundantes. Pero mi atención fue atraída por lo que estaba ocurriendo dentro de mi cuerpo, ya que mis pechos se sentían pesados y un dulce y delicioso calor irradiaba de mi centro. Bajé la mirada para ver mi vientre redondo, hinchado y distendido como lo había estado el de Eugenia años atrás. Mis manos lo acariciaron amorosamente y luego lo apreté como ella me había enseñado a hacerlo y sentí al bebé dentro de mí girar ligeramente y patear en respuesta. Me abracé a mi misma pero no en soledad y desesperación como solía hacerlo sino en amoroso, dulce contento.
Luego, la escena cambió como sólo cambian en los sueños. Estaba en el mismo jardín, pero ya no me encontraba sentada en el banco sino de pie junto al camino, mi cuerpo nuevamente esbelto, mis brazos acunando a una niña. Era tan pequeña pero tan hermosamente perfecta, su piel cremosa idéntica a la mía. Pero no tenía mi cabello rubio rojizo sino que el suyo era suave y oscuro como el de su padre. La bebé bostezó con ese salvaje abandono que sólo los bebés pueden manejar y se llevó los puñitos a su perfecta boca de pimpollo. Luego, abrió los ojos y me miró y sus ojos eran azules pero no azul oscuro como los míos sino del azul verdoso, chispeante, único tono de azul del hombre que la había engendrado.
Levanté la mirada de la maravilla viviente que era mi hija y lo vi. Venía hacia mí andando por el camino con su paso fácil y seguro, sus anchos hombros orgullosamente erguidos, cubiertos con su capa y las plateadas pieles de lobo que proclamaban su alto rango. Llevaba su gastada coraza metálica y su espada colgando a un costado, un veterano guerrero regresando al hogar, regresando a su mujer y la hija que ésta le había dado.
Maximus se detuvo a sólo dos o tres pasos de mi y yo le tendí mis brazos, ofreciéndole el pequeño, frágil tesoro que habíamos creado entre ambos y vi sus manos grandes, fuertes, encallecidas por la espada tomar a la niña tiernamente y declararla suya. Me sonrió, su hermosa, juvenil, dulce sonrisa y yo le sonreí en respuesta y nos abrazamos, acunando entre ambos dulcemente a nuestra hija. Apoyé mi cabeza en su hombro y él me rodeó con uno de sus brazos, apretándome amorosamente contra su cuerpo fuerte y cálido. Y durante ese maravilloso, único instante, los tres fuimos uno solo, como uno solo habíamos sido en el maravilloso, único instante en que habíamos concebido a nuestra hija. Y yo, Julia, la esclava y la prostituta, supe lo que era sentirse realmente amada y feliz y completa.
Me estaba ahogando pero esta vez era dulce y hermoso porque me estaba ahogando no en lágrimas y dolor sino en amor y felicidad. Gemí y traté de estrechar a Maximus aún más cerca de mí ... pero mi brazo no encontró sino el vacío. El sueño comenzó a desvanecerse. Aterrada, luché contra la consciencia, contra la soledad, contra la realidad ...
Perdí.
Lenta, dolorosamente, abrí los ojos. No estaba en un jardín rural sino en la tienda de Marcellus. No había bebé, ni tibieza, ni amor, ni felicidad ... ni Maximus. Estaba sola, completamente sola porque él se había marchado mientras dormía.
Cerré los ojos para evitar los rayos rosados del alba, hundí mi rostro en el almohadón que había puesto bajo mi cabeza y, por última vez en mi vida, lloré.
Maximus cruzó la puerta, luego se dio vuelta y ordenó a sus inexistentes soldados en voz alta y firme que permanecieran adentro, donde había calor. Su voz resonó en la docena de habitaciones vacías y regresó a él en forma de eco, una imitación débil y vacía del original. Entornó la puerta asegurándose de que no fuera a cerrarse accidentalmente y se dirigió con paso firme hacia el establo, bien consciente de su aislamiento en el puesto desierto. Vestido sólo con una serie de túnicas superpuestas, pantalones y botas, Maximus mantenía la mirada fija al frente, pese a su abrumador deseo de desafiar a los guerreros germanos que se encontraban en lo alto de la muralla que rodeaba el puesto. Estos respondieron a su andar resuelto dándose mutuamente codazos en las costillas y señalando al general cautivo, seguros de que no podía ir a ninguna parte hasta que decidieran ir por él. Para ellos, Maximus era como un lobo salvaje en una jaula: peligroso y magnífico pero, pese a ello, cautivo e indefenso. Estaba completamente a su merced y aquellos guerreros desconocían el significado de esa palabra.
Dentro del pacífico establo, Maximus aspiró el familiar y reconfortante olor a caballo. Partículas de polvo flotaban en el sol invernal que penetraba por la elevada ventana y lanzaba su suave resplandor sobre los dorados fardos de paja apilados contra las paredes. Tres caballos somnolientos lo miraron con curiosidad mientras Maximus pasaba ante ellos. Pero él se dirigió al pesebre de su magnífico semental negro, el que movió la cabeza y mostró sus dientes en señal de saludo. Maximus tendió su mano por sobre la puerta baja del compartimento y acarició el morro de Scarto mientras inspeccionaba la cicatrización de la herida causada por la piedra. El caballo respondió frotándose afectuosamente contra el pecho del general. Maximus le habló con la cadencia especial que los seres humanos reservan para los animales y los niños pequeños.
Esta mañana se te ve bien descansado, muchacho. Pero apuesto a que tienes hambre. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
Lo alimenté esta mañana.
Maximus se sobresaltó y uno de sus pies se enredó en un arnés que estaba tirado, cayendo de espaldas al piso. Rodó sobre sí mismo y se puso de pie al instante, listo para enfrentar ... a un muchacho. El general frunció el ceño antes el jovencito mientras se limpiaba la paja que se le había adherido a la túnica de lana.
¿Qué haces aquí?
El muchacho se encogió y Maximus se dio cuenta de que su tono había resultado más áspero de lo que creía.
Me ... me ocupo de los caballos ... señor -el muchachito rubio estaba vestido con la túnica simple de un soldado romano y trataba de mantenerse en posición de firmes pero estaba temblando de tal modo que sólo lo lograba a duras penas.
Maximus miró a los tres caballos castaños que compartían el establo con su semental negro. Era obvio que estaban bien cuidados. Apoyó un codo en el travesaño del pesebre y sonrió paternalmente al muchacho que parecía no tener más de doce años.
¿Sabes quién soy? -le preguntó suavemente.
El chico estaba confundido por la ropa simple que llevaba Maximus pero hizo un intento.
¿Un oficial, señor?
Soy el general Maximus -los ojos del muchacho se abrieron muy grandes- El fuerte fue evacuado, hijo. ¿Por qué no te fuiste con los otros?
Alguien tenía que cuidar de los caballos. No quería que pasaran hambre, en especial aquel -dijo mirando al caballo de Maximus, el cual movió la cabeza obviamente deleitado por la atención- ¿Cómo se llama?
Scarto.
El muchacho miró al semental de un modo casi reverente.
Es el caballo más hermoso que jamás haya visto.
Maximus asintió con la cabeza, intrigado por el muchacho.
¿Dónde están tus padres?
Muertos. Murieron hace mucho tiempo. Ahora soy un soldado.
Maximus acarició la frente del semental y el animal a su vez la frotó contra el pecho del general, luego tomó su túnica entre sus dientes planos, tironeando de ella juguetonamente. Maximus sonrió y acarició el cuello musculoso del caballo. Luego, miró al muchacho que lo contemplaba tímidamente.
¿Cómo te llamas?
Asellio, señor.
Bien, Asellio, te agradezco que le hayas dado de comer a mi caballo. Es muy importante para mí.
Es inteligente.
Lo es. En batalla parece darse cuenta exactamente dónde lo necesito y nunca me ha abandonado. Yo tampoco puedo abandonarlo -acarició la nariz aterciopelada del semental con el dorso de sus dedos- Asellio, estamos en una situación muy difícil y necesito que me ayudes.
El muchacho se puso en posición de firmes y asintió vigorosamente con la cabeza.
Pon abundante heno y agua en los pesebres de los tres caballos castaños -Maximus le sonrió tranquilizadoramente- Nosotros dos y Scarto nos vamos a ir de aquí.
¿Nos vamos? -Asellio miró inseguro a los caballos- ¿Qué ocurrirá con ellos?
No te preocupes, los germanos los tratarán bien. No tienen caballos tan buenos como estos.
Obviamente acostumbrado a seguir órdenes, el joven asintió y se puso manos a la obra sin decir palabra. Mientras hacía lo que le habían indicado, le echaba de tanto en tanto una mirada a Maximus, quien silbaba suavemente una melodía. El muchacho nunca había visto a un general como aquel. Era más fuerte y con una actitud de mando como ninguno pero, al mismo tiempo, había en sus ojos una mirada amable y gran gentileza en el modo en que manipulaba a los animales. Maximus le puso el cabestro a Scarto, luego hizo lo mismo con los otros caballos, colocándole montura sólo a uno de ellos.
¿Sabes cabalgar, hijo? -preguntó Maximus mientras ajustaba la cincha en torno al caballo marrón.
¡Sí, señor! -respondió Asellio, orgulloso de poder dar una respuesta afirmativa.
Bien. Vamos a comenzar ejercitando a los caballos en el patio. Ahora, escúchame cuidadosamente ... -Maximus siguió dándole tranquilamente instrucciones al muchacho quien lo escuchaba con los ojos muy abiertos mientras se dirigían hacia fuera, donde brillaba el pálido sol de invierno.
Maximus hizo caminar a Scarto en torno al patio para que se liberara de cualquier posible entumecimiento causado por su permanencia en el frío pesebre. En su otra mano, sujetaba flojas las riendas del segundo caballo. Asellio venía inmediatamente detrás de él, conduciendo a los otros dos caballos. Los germanos ubicados en el techo los observaban con atención pero Maximus sabía que, eventualmente, los guardias se aburrirían y se volverían distraídos.
Maximus subió a Asellio al caballo ensillado, luego hizo que Scarto se pusiera a la par antes de subirse a él de un salto, quedando boca abajo sobre el ancho lomo para luego pasar una pierna sobre éste y sentarse derecho. Scarto se movió inquieto, desacostumbrado a que lo montaran en pelo. El hombre y el muchacho llevaban los otros dos caballos por sus riendas. Comenzaron andando al paso, luego pasaron al trote, andando en círculos una y otra vez por el interior del puesto describiendo grandes círculos repetitivos. Para los guerreros apostados en lo alto de las murallas, Maximus parecía estar concentrado en sus ocupaciones pero él los estaba observando cuidadosamente, esperando su momento de actuar. Este llegó antes de lo esperado. Una voz llamó a los guerreros desde afuera de las murallas y todos los hombres miraron hacia allí simultáneamente. Con un movimiento demasiado fluido y rápido para atraer la atención, Maximus se inclinó hacia delante, deslizando un brazo en torno al muchacho levantándolo y subiéndolo a Scarto, acomodándolo entre sus propias piernas. Dejó que las riendas del otro animal se deslizaran de entre sus dedos y los bien entrenados caballos siguieron corriendo en el mismo patrón de círculos. Maximus tiró suavemente de las riendas de Scarto y lo urgió a andar unos pasos en dirección a la puerta que había dejado semiabierta. La abrió de un puntapié y en un instante estuvieron adentro.
Maximus desmontó y se lanzó de lleno a un frenesí de actividad. Con la ayuda de Asellio arrastró, pateó, tiró y empujó los muebles que había amontonado cerca de la puerta hasta colocarlos frente a ésta a fin de bloquearla por dentro. Agregó todo lo que pudo encontrar que fuera susceptible de ser movido. Cuando tomó nuevamente las riendas de Scarto escuchó el grito de alarma proveniente de afuera y supo que los germanos estarían ante la puerta en cuestión de minutos. Tratando de mantener su voz calma, guió al gran caballo en dirección a los aposentos del general, donde Asellio y él volvieron a levantar una barricada.
Los golpes en la puerta exterior sonaron como truenos en el edificio desierto, incrementando la urgencia de los fugitivos. A pesar de sus estrechas dimensiones, Maximus estaba convencido de que podría pasar al caballo sin ensillar por el angosto túnel y tiró de Scarto para conducirlo hacia la abertura. Pero el animal se plantó en el umbral de la oscura cavidad y no hubo modo de persuadirlo de que entrara.
Dándole al caballo un momento para que se calmara, Maximus se colocó la coraza dejando las hebillas sin abrochar, luego se echó sobre los hombros su capa y sus pieles. Empleando un tono mesurado, le habló al semental que trataba de alejarse de la abertura.
Por favor, no me hagas esto ahora, Scarto. Es la única manera de salir, muchacho.
Tenga, señor. Use esto -Asellio le tendió una manta y Maximus la echó sobre la cabeza y el cuello de Scarto, lo que hizo que el caballo sacudiera enérgicamente la cabeza sin poder quitársela. Maximus sintió cómo el cuerpo del caballo se relajaba y tiró firmemente de él, atrayéndolo hacia la cavidad y haciendo que mantuviera la cabeza baja.
Asellio, toma la lámpara y entra al túnel. Iré inmediatamentente detrás de ti. No te separes demasiado y asegúrate de dirigirte hacia la derecha.
Maximus le dio tiempo al animal cegado por la manta para que se afirmara pese al ominoso ruido de la puerta de entrada al ser rota a golpes de hacha y de los muebles al ser empujados de lado. Pero, tan pronto como Scarto hubo entrado al pasadizo, Maximus pasó por debajo del vientre del caballo y cerró la puerta del guardarropas antes de hacer lo propio con la entrada al túnel. Luego, volvió a pasar por debajo del caballo y se colocó frente a él. Sus manos tantearon hasta encontrar el hocico del animal y le susurró suaves palabras de aliento, mientras lo urgía a avanzar. Apoyando una mano sobre la pared húmeda del túnel y sujetando con la otra las riendas de Scarto de modo tal de que el animal mantuviera la cabeza baja y no se golpeara contra el techo bajo, Maximus se adentró en el pasadizo, siguiendo la luz bailoteante de la lámpara que llevaba Asellio. Scarto resoplaba y vacilaba cuando las paredes del túnel raspaban sus flancos pero seguía avanzando urgido por Maximus. Los únicos sonidos que se escuchaban eran el clip-clop de los cascos del caballo, sus ocasionales resoplidos y los pasos de ambos soldados. Tal como Maximus había esperado, los germanos estaban confundidos por su súbita desaparición en el interior del dormitorio pero sabía que no tardarían mucho en darse cuenta de la existencia del pasaje secreto tras el guardarropa.
Maximus estimó que estaban a medio camino cuando Asellio lanzó un grito al pisar hielo y caer pesadamente. La lámpara se estrelló contra el piso y se hizo pedazos, dejándolos en la más completa oscuridad. Maximus manoteó hasta encontrar al muchacho y lo puso de pie tirando de su túnica.
Está bien, hijo. Sólo apoya la mano contra la pared y ve un poco más despacio.
Lo siento, general -dijo Asellio, al borde de las lágrimas.
Maximus palmeó su hombro para transmitirle una seguridad que no sentía.
Está bien, soldado. La falta de la lámpara significa que los germanos no podrán vernos. Mantén tu derecha y levanta bien los pies para no tropezar. Y no dejes de hablarme para que sepa dónde estás -Maximus sujetó la manta sobre la cabeza de Scarto, el cual sacudió las crines.
Tengo miedo ...
Vamos, me tomaré de un extremo de la manta y tu puedes ... -las palabras de Maximus fueron interrumpidas por el ruido de la madera al romperse, el cual reverberó en el pasaje. Los germanos los habían encontrado.
¡Muévete! ¡Muévete! -urgió a Asellio- Sigue hacia la derecha y no te detengas hasta llegar a la puerta.
El eco de los gritos resonó en el túnel y los dos fugitivos se golpearon contra las paredes de piedra y resbalaron sobre el suelo irregular en su apuro por escapar, sus corazones latiendo desbocadamente y dificultando su respiración. Scarto relinchó cuando las piedras lastimaron sus flancos una y otra vez. Maximus no tenía idea de cuántos hombres había ahora en el túnel. Lo único que podía hacer era tratar de alcanzar la salida antes que ellos lo alcanzaran a él.
Una luz iluminó el pasaje detrás de los fugitivos, haciendo que sus sombras se retorcieran y parecieran correr delante de ellos. Maximus estaba reacio a desenvainar su espada por temor a lastimar inadvertidamente al muchacho que iba delante de él pero sabía que pronto no tendría otra opción. Los guerreros chatti les gritaron, sus palabras guturales indescifrables para ellos pero su implicación muy clara: les estaban ordenando que se detuvieran.
Sigue andando -jadeó Maximus- Casi hemos llegado.
No acababa de pronunciar estas palabras cuando Asellio se estrelló contra la puerta de madera y rebotó, cayendo atontado en los brazos de Maximus.
Pero, ayudados por la luz, los guerreros los alcanzaron.
- ¡Atrás! -le gritó Maximus a Scarto al tiempo que empujaba los hombros del animal. El caballo reconoció la modalidad de batalla de su amo y obedeció rápidamente, aplastando a uno de los guerreros contra la pared. El aliento del hombre sonó sibilante al salir de sus pulmones comprimidos y Maximus sostuvo al caballo en su lugar hasta que dejó de respirar por completo. Uno de sus compañeros cometió el error de tratar de pasar al animal para alcanzar a Maximus. Scarto no estaba de ánimo para permitirlo y pateó, haciendo que el guerrero resbalara bajo sus cascos. El caballo pisoteó el cuerpo caído hasta que quedó reducido a pulpa.
Impedido de alcanzar su presa debido al enorme cuerpo del animal, otro de los hombres intentó apartar sus ancas. Pero Scarto había tenido suficiente. Contrayendo sus poderosos cuartos traseros, pateó con sus patas posteriores, alcanzando al guerrero chatti en el medio del pecho y aplastándolo contra la pared. El germano gritó y levantó las manos en un vano intento por contener los golpes pero la sangre de Scarto se había calentado y siguió pateando hasta que el hombre se deslizó sin vida contra la pared.
Respirando irregularmente, Maximus tranquilizó al caballo y escuchó, tratando de detectar el ruido que producirían más hombres en el túnel pero todo lo que pudo oír fueron los sollozos aterrados del muchacho aplastado contra la puerta. Podía escucharlo pero no verlo, porque la lámpara de los germanos también se había apagado.
Asellio ... Asellio, todo está bien. Están muertos. Estamos a salvo -Maximus tanteó en busca del muchacho encontró su brazo. Lo atrajo hacia él y lo abrazó- Déjame que abra y estaremos en camino a nuestra salvación.
Tras dos poderosos golpes de su hombro, la puerta se abrió, la suave luz del sol iluminando el follaje que ocultaba la puerta de acceso al túnel. Maximus se dejó caer sobre sus manos y rodillas y apartó las ramas, guiñando sus ojos ante la luz del sol, mientras espiaba cautelosamente. No había nadie. Con una mueca, alborotó el cabello del muchacho que se encontraba a su lado y luego guió a Scarto a través de los arbustos sin que el caballo ofreciera resistencia.
Maximus no deseaba nada más que dar vuelta su rostro hacia el sol y esperar hasta que su corazón desbocado se aquietara pero estaba demasiado preocupado por la posibilidad de que aparecieran más guerreros persiguiéndolos por el túnel. El resto de los germanos, estaba seguro, los estaban buscando en el bosque. De modo que aferró las crines de Scarto y se alzó sobre el amplio lomo del animal y luego alzó a Asellio, colocándolo a su espalda. Hizo que el cabello enfilara en la misma dirección que habían tomado Lucius y Freyda y lo taloneó para que avanzara.
Tras deambular un rato entre los tupidos arboles, encontró el sendero de tierra y enfiló el caballo hacia el Sur. El exhausto Asellio se recostó contra Maximus, su cuerpo tan relajado mientras dormitaba que el general colocó los brazos del muchacho en torno a su cintura y los sujetó con una de sus manos para evitar que se deslizara y cayera. Pero Maximus estaba completamente alerta. El fuerte no estaba muy lejos y tenían un largo, largo camino hacia la seguridad.
Scarto lo percibió antes que él. El caballo echó las orejas hacia a tras y resopló. Maximus miró por encima de su hombro y, no viendo a nadie, hizo que el animal se detuviera y luego que se diera vuelta hacia la dirección en la que había venido. El camino estaba vacío y ningún otro ruido salvo el de los pájaros que volaban de la copa de un árbol a otro alteraba la tranquilidad. Maximus acarició el cuello del caballo.
¿Qué escuchaste, muchacho?
Scarto hizo una cabriola y resopló nuevamente y Maximus sintió cómo una oleada de nerviosismo ascendía por su espina.
Asellio, despiértate. Puede que haya problemas -el jovencito se movió adormilado- Sujétate de mi tan fuertemente como puedas. ¿Entiendes?
Asellio asintió con la cabeza apretado contra su espalda, demasiado asustado para decir una palabra. La mano de Maximus se deslizó hacia su espada pero la dejó en su vaina.
Repentinamente, una bandada de mirlos levantó vuelo desde los arbustos ubicados a su derecha, sus chillidos mezclándose con los gritos de combate de los temibles guerreros chatti que emergieron de entre los árboles a ambos lados del camino, blandiendo sus armas y a la carrera. Surgieron como los salvajes rápidos de un río de montaña, enarbolando espadas, lanzas y arcos. Maximus hizo que Scarto se diera la vuelta y lo taloneó para lanzarlo al galope. Las lanzas pasaron silbando a su lado y las flechas se enterraron en el suelo a su alrededor con un ruido sordo. Maximus lamentó haber puesto al muchacho a su espalda pero no había tiempo para cambiar de posición.
- ¡Sujétate! -volvió a gritarle.
El enorme semental puso distancia entre ellos y sus perseguidores rápidamente pero Maximus sabía que el caballo se cansaría pronto debido al peso extra del muchacho. También era consciente de que Scarto estaba sangrando y lo había estado durante algún tiempo, la sangre tibia que manaba de sus flancos heridos filtrándose a través de sus pantalones. Y el camino iba haciéndose rocoso y ascendente, las suaves ondulaciones originales habiéndose convertido en empinados escalones y hundidos valles.
- ¡Anda! ¡Anda! -urgió Maximus a su montura pero el caballo estaba echando espuma por la boca, sus costados moviéndose como un fuelle. Si abandonaba el camino y trataba de esconderse en el bosque, de seguro los germanos lo encontrarían. Los cascos del caballo devoraban el terreno pero Maximus lo sintió tropezar una vez, luego otra. Frenéticamente, trató de pensar en un plan de escape alternativo en caso de que el caballo se desplomara. Scarto luchaba valientemente contra el terreno escarpado, su enorme corazón negándose a fallar. Maximus vio que las orejas del caballo se erguían nuevamente en señal de alerta pero esta vez, en lugar de echarse hacia atrás se movieron de costado. Había algo del otro lado de la colina.
Luego, Maximus también lo escuchó. El ruido de pies marchando. Y, cuando alcanzó la cima lo vio ... la visión más hermosa que jamás había contemplado. El águila de Roma brillando bajo el sol y las banderas púrpura restallando en el viento frente a un interminable río de soldados romanos, completamente armados y listos para la batalla. Los cuernos sonaron cuando estos vieron a su general cabalgando locamente hacia ellos. Tras él, los guerreros germanos se detuvieron de golpe, incrédulos ante el espectáculo que se presentaba a su vista. Su presa había escapado y ahora se encontraba a salvo, rodeada de los cinco mil soldados de la legión Felix III, quienes de inmediato asumieron posiciones de batalla en medio del camino, listos para luchar hasta la muerte por defender a su general.
Y ... en medio de ellos ... sentado muy alto y lleno de dignidad sobre su semental blanco ... el Divino Imperator Caesar Marcus Aurelius Antoninus Augustus en persona, su cabello blanco flotando en el viento, su capa color púrpura ondulando sobre su coraza de oro y púrpura imperial. El emperador estaba comandando esta operación en persona.
Los germanos no tenían ninguna chance.
Cinco días más tarde, el emperador llegó a Moesia. Las trompetas anunciando el arribo inminente de la procesión imperial tomaron a Maximus por sorpresa y apenas si tuvo tiempo para organizar tanto a la legión como a sus propios hombres para recibir adecuadamente al emperador antes de que las águilas doradas y los estandartes púrpura aparecieran ante las puertas. Poco después, el Divino Imperator Caesar Marcus Aurelius Antoninus Augustus ingresó al campamento, bajó de su caballo y se dirigió hacia Maximus, quien se dejó caer sobre una rodilla en señal de respeto. Pero el emperador lo hizo levantarse y lo abrazó estrechamente frente a quince mil soldados que aclamaban. Desde mi lugar, escondida tras la solapa de la tienda de Marcellus, vi a los dos hombres intercambiando palabras en voz baja. Luego, el emperador dio un paso atrás y, tomando la mano de Maximus, la levantó en alto en señal de apoyo. La aclamación fue ensordecedora. Ante el magnífico espectáculo del general siendo honrado tanto por su emperador como por su ejército, mi corazón se hinchó dolorosamente.
Era la primera vez que veía a Maximus desde que despertara de mi vívido sueño para descubrir que se había marchado. En los siguientes cinco días ni vino a mi tienda ni yo salí de ella, aunque envió a Gallienus -quien actuaba como su legado- al menos dos veces al día para preguntar por mi salud o si necesitaba algo. También envió a Rufa a que me hiciera compañía y se hiciera cargo de mis necesidades mientras yo permanecía en el aislamiento que evitaba que nuestra charada fuera descubierta antes de que el emperador llegara con refuerzos.
Pasé la mayor parte del tiempo tendida en el diván, mis ojos fijos en la pared de lona, una pared cuyo vacío reflejaba perfectamente mi propio vacío interior. Siguiendo mis órdenes y a pesar del calor del verano, la solapa de la tienda permanecía cerrada durante todo el día, impidiendo la entrada de la luz. Por noches, Rufa encendía varias lámparas de aceite pero su luz no era suficiente para disipar un ambiente sombrío que nada tenía que ver con la sombra y la oscuridad y en cambio mucho que ver con el dolor y la desesperación. Los alimentos que ella me traía permanecían intactos en la pequeña mesa que se encontraba cerca del diván. Lo mismo ocurría con las túnicas que disponía para mí sobre las sillas. Rufa permanecía sentada en las sombras por horas, sus ojos redondos fijos en mí y de tanto en tanto, sin que se lo hubiera ordenado, tomaba un cepillo y pacientemente desenredaba mi cabello largo hasta la cintura. También me traía agua tibia y perfumada y me ayudaba a lavarme. En otras circunstancias, me habría sentido conmovida por esa muestra infantil de preocupación por una mujer que no era menos sirvienta que ella misma pero mi mente y mi corazón estaban tan entumecidos por el dolor que no había en ellos lugar más que para mi sufrimiento y simplemente la dejaba hacer mientras seguía sus movimientos en forma mecánica.
Durante el día, dormía de a ratos despertando sólo para tomar conciencia una vez más de que Maximus no estaba allí, de que Maximus no vendría. Resulta curioso el hecho de que, pese a que había vivido en el campamento de la legión durante más de un año, nunca había notado que era un lugar tan ruidoso y lleno de vida. Pero, en esos cinco días, tendida en el diván, contemplando la pared de lona, entre el sueño y la vigilia, tomaba nota del paso del tiempo sólo a través de los ruidos. Pese a la oscuridad, podía distinguir la media mañana del mediodía y la primera tarde del crepúsculo simplemente escuchando las voces de los soldados, el ruido de los platos o el relincho de los caballos.
Después de la comida nocturna, el campamento se iba haciendo más y más tranquilo, hasta que el silencio lo cubría todo y los únicos sonidos eran los de los insectos, el que producía el viento y las pisadas de las botas de los guardias de turno. Era en esos momentos, cuando las sombras y el silencio envolvían el campamento, que me levantaba del diván y caminaba hacia la entrada de la tienda, abría la solapa y miraba hacia fuera, a través del praetorium, hacia la tienda de Maximus, donde cada noche las lámparas permanecían encendidas hasta muy tarde. Permanecía allí durante horas, mirando fijamente a su tienda y a veces mi vigilia se veía recompensada por un fugaz vistazo a su sombra. Me preguntaba qué estaba haciendo, en qué estaba pensando, qué lo mantenía despierto hasta tan tarde ... Me moría por cruzar el praetorium, por ir hacia él, por tomarlo en mis brazos y ofrecerle cualquier consuelo que pudiera. Pero no me movía de mi lugar porque sabía que él me rechazaría y que no podría volver a sobrevivir su rechazo. Y también sabía que, si lograba excitarlo lo suficiente como para que perdiera su control de hierro y me hiciera suya, lo perdería para siempre. Porque cuando la pasión se hubiera calmado, él terminaría por odiarme y por odiarse a sí mismo. De modo que me quedaba en mi lugar y, cuando las luces se apagaban en su tienda, regresaba silenciosamente al diván para otra noche de soledad e insomnio.
La conmoción creada por el arribo del emperador mantuvo al campamento despierto más tarde de lo habitual. Curiosamente, el praetorium, donde Marcus Aurelius y Maximus se alojaban, permaneció tranquilo porque los dos hombres no se entregaron a la celebración de su éxito al evitar que Cassius se apoderara del trono sino que se reunieron en forma privada, seguramente para discutir asuntos de estado. Poco después del arribo de Marcus Aurelius, los había visto a él y a Maximus caminando juntos mientras conversaban, la mano del alto, delgado emperador de largo cabello apoyada sobre el brazo del general joven, fornido y ligeramente más bajo y me había sentido conmovida por la intimidad que trasuntaba la escena. Porque, viéndolos juntos, era obvio que no se trataba sólo de un emperador y su leal, confiable comandante: los caprichos del destino habían hecho más padre e hijo de un patricio convertido en emperador y un granjero español convertido en general que de muchos hombres y sus propios progenitores.
Espié la tienda imperial durante un largo rato, mientras la reunión de Maximus con Marcus Aurelius se extendía por varias horas. Era tarde cuando finalmente lo vi a Maximus salir de ésta y dirigirse a la suya. Sus pasos eran más ligeros de lo que habían sido desde que viniera al alojamiento de las esclavas en busca de refugio y parecía como si un gran peso hubiera sido retirado de sus hombros. Esa noche, las lámparas de su tienda se apagaron poco después de que él entrara y el praetorium se sumió en la oscuridad.
Sintiéndome inquieta, en lugar de volver al diván caminé en torno a la tienda de Marcellus. El emperador había llegado, el peligro había pasado y, de acuerdo con Maximus, Marcus Aurelius nos haría libres. La mañana se anticipaba con una promesa de novedades y amenaza. ¿Nos liberaría realmente Marcus Aurelius? Habiendo cumplido con su misión, ¿qué haría ahora Maximus? ¿Volvería con su legión, donde quiera que ésta se encontrara? ¿Permanecería en Moesia con el emperador? ¿Qué ocurriría conmigo?
Mis cavilaciones fueron interrumpidas por la poco ceremoniosa entrada de dos pretorianos. Hice una mueca ante la vista de sus uniformes negros, la visión de los guardias imperiales siempre inquietante. Rufa estaba durmiendo en un catre en el fondo de la tienda y se despertó ante el ruido de sus pasos y el son metálico de sus espadas, la familiar expresión de miedo visible en su rostro de ébano. Antes de que pudiera ir hacia ella y tranquilizarla, uno de los guardias habló en una voz retumbante pero educada:
- Señora -dijo- Vendrás con nosotros. El emperador ha requerido tu presencia.
¿Señora? ¿Yo? ¿El emperador requería mi presencia? ¿Qué sabía acerca de mí? ¿Qué quería de mí? ¿Maximus le habría contado sobre mi especial condición de servicio y el Cesar quería probar una muestra de lo que su general había rechazado? Marcus Aurelius nunca había sido famoso por sus apetitos sino por su sed de conocimientos. Me sentía completamente perdida.
Todos los soldados romanos -sean legionarios, pretorianos o simples auxiliares- dominan el arte de hacer marchar a quien ellos quieren hacia donde quieran sin siquiera tocarlo. Es una cuestión de actitud, enraizada probablemente en el hecho de que generación tras generación de soldados romanos sólo ha conocido una muerte gloriosa o un glorioso retiro, la derrota desconocida para los ejércitos del Cesar por más de cien años. Esos pretorianos no eran la excepción y, antes de que pudiera reaccionar, me encontré a mi misma caminando a través del suelo de grava del praetorium y dirigiéndome hacia la tienda imperial.
Gentil pero firmemente, los guardias me condujeron hacia una antecámara donde un grupo de sirvientes se afanaba con los preparativos para la noche. Allí se encontraba otro pretoriano, un oficial, quien me recibió de manos de los guardias y me indicó que lo siguiera hacia la alcoba imperial. Aunque aquella no era la tienda que el cortejo del emperador acarreaba a todas partes sino la de Cassius rápidamente reacondicionada para ofrecerle al Cesar un alojamiento adecuado, costaba creer que poco antes había sido un lugar completamente diferente. Colgaduras de seda, alfombras, cómodas sillas y divanes, baúles, mesas y una cama y un escritorio ornamentados ocupaban el lugar de las pertenencias de Cassius. Y, aunque éstas habían sido hermosas y caras, las pertenencias de Marcus Aurelius eran simplemente regias. La habitación estaba escasamente iluminada, las sombras acumulándose en los rincones, y parecía estar vacía. Pero el oficial pretoriano se llevó el puño derecho al pecho y habló en dirección a las sombras.
Aquí está la mujer, Mi Señor.
Un sonido como de tela arrastrándose sobre el suelo alfombrado atrajo mi atención hacia el extremo de la tienda.
Retírate -dijo una voz baja y ronca.
El pretoriano volvió a saludar, giró sobre sus talones y abandonó la estancia, dejándome a solas con la invisible presencia imperial.
Marcus Aurelius emergió de las sombras, un hombre alto, delgado, de barba, con largo y flotante cabello gris. Estaba vestido con una bata de color púrpura profusamente adornada en oro. Su rostro era el de un hombre que no ha pasado su reino ablandándose en el palacio imperial sino viajando a través de su vasto imperio y guerreando cuando fuera necesario. Parecía más viejo de su edad y, como Maximus, lucía las líneas puestas en sus rasgos por años de preocupaciones y responsabilidades. Y, como las de Maximus, aquellas líneas no arruinaban su apostura sino que la aumentaban, las orgullosas medallas de un hombre que era lo suficientemente hombre como para aceptar sus pesadas obligaciones.
Toda mi vida había estado familiarizada con el poder y las riquezas. Cassius no sólo había sido un hombre rico sino un poderoso general, un hombre acostumbrado a su propio poder y a usarlo. Maximus exudaba poder. El suyo no tenía nada que ver con riquezas o rango, aunque era el comandante de un enorme ejército y el general favorito del emperador. Su poder venía su propio interior, era tan primario como las fuerzas de la naturaleza y tenía mucho que ver con su implacable masculinidad.
Pero el poder de Marcus Aurelius era algo completamente diferente. Parecía rodearlo como un halo dorado, algo simultáneamente intocable y palpable. Algo que demandaba reconocimiento y homenaje.
Era, pura y simplemente, un emperador.
Caí de rodillas.
Levántate, niña, levántate - dijo el Cesar mientras tocaba gentilmente mi hombro con una mano seca y caliente.
Lenta, reverentemente, levanté mis ojos y me encontré mirando los alegres ojos azules de Marcus Aurelius.
Levántate -repitió y me puse de pié sintiéndome torpe y tímida, tan inadecuada en la presencia de la persona imperial como sea posible sentirse.
El emperador sonrió.
Ven, siéntate -dijo indicándome un par de sillas.
Vacilé, mi cabeza inclinada en señal de respeto y temor, mi largo cabello rubio rojizo cayendo sobre mi rostro como una cortina. El emperador se sentó en una de las sillas, luego me volvió a indicar que tomara la otra. Obedecí manteniendo mis ojos fijos en mi regazo.
Niña, mírame.
Tímidamente levanté la vista y miré su atractivo rostro envejecido.
Así está mejor -dijo- Me gusta que la gente me mire a los ojos cuando le hablo. Y necesitamos hablar, tú y yo ...
Su largo cabello y su barba eran más blancos que grises y se lo veía cansado pero sus ojos conservaban el fuego de la juventud. Los suyos eran los ojos de un hombre acostumbrado a leer tanto los libros como hombres con la misma facilidad y certeza.
Te llamas Julia, ¿verdad?
Sí, Mi Señor -farfullé penosamente.
El general Maximus me contó de ti, Julia. Me lo contó todo.
¿Todo? ¿Qué quería decir el emperador? ¿Qué Maximus le había contado que yo era una de las prostitutas personales de Cassius? ¿O que era una esclava que había cometido el crimen imperdonable de asesinar a su amo?
Marcus Aurelius sonrió y palmeó mi mano.
Sí, Julia. Me lo dijo todo. Y no tienes nada que temer. Será nuestro pequeño secreto. Un secreto entre nosotros tres.
Volvió a palmearme la mano, sonriéndome gentilmente. Tragué saliva y me obligué a mi misma a seguir mirándolo a los ojos.
Bueno, a decir verdad, el general Maximus no me lo dijo todo acerca de ti, Julia -siguió diciendo el emperador- Se le olvidó mencionar que eras tan hermosa. Dijo que eras inteligente y valiente y que no vacilaste en ayudarlo, aunque al hacerlo te expusiste a un peligro mortal.
Marcus Aurelius inclinó la cabeza y me miró con curiosidad durante un largo instante.
Como dije, siempre me habían alabado por mi belleza y había visto su efecto sobre los hombres con tanta frecuencia que apenas si lo registraba. Pero, luego de ver su efecto sobre Maximus, de algún modo me sentí herida al saber que se había negado a aceptarlo. Me sentí muy herida.
El emperador volvió a sonreír.
Sé que el general no es un mujeriego pero dudo que no haya notado belleza como la tuya -agregó como si hubiera leído mis pensamientos. Como dije, era un hombre acostumbrado a leer a sus semejantes con facilidad y certeza.
Me estaba sintiendo más y más incómoda. ¿Qué era lo que buscaba Marcus Aurelius? No pude evitar pensar en el viejo senador. Aunque parecía más joven que él, había tenido aproximadamente la edad del emperador y también me había alabado ... El Cesar debió notar mi incomodidad porque cambió de tema.
Julia, el general Maximus también me contó acerca de Cassius y lo que te hizo a ti y a las otras mujeres.
A pesar del deseo del emperador de que lo mirara a los ojos, la mención de mi degradación era más de lo que podía soportar y bajé la vista a mi regazo.
Como Cesar, se supone que no cuestione a Roma porque yo soy Roma y todo lo que ella significa -dijo, luego hizo un gesto con su mano como para desestimar aquellas pomposas nociones acerca de él mismo y el poderío de Roma- Como Cesar tampoco se supone que hable libremente salvo cuando lo hago con los dioses. Pero encuentro raro hablar con trozos de mármol, no importa lo hermosos que sean y en cambio hallo gran placer en hablar con ciertas personas como el general Maximus.
El emperador permaneció en silencio por un momento, luego siguió hablando.
Julia, se supone que esta conversación nunca tuvo lugar de modo que te hablaré libremente y entre los dos guardaremos este pequeño secreto. Ni siquiera el general Maximus debe saber sobre él.
Levanté la cabeza y miré otra vez su hermoso rostro envejecido. No era el ídolo remoto que se podría imaginar que es un emperador sino un hombre gentil, cansado, pensativo, sentado en la luz escasa en una tienda cerca del Mar Negro. Sin embargo, era el emperador de Roma y por lo tanto el centro del mundo. Pero era obvio que prefería ser simplemente un hombre. Sentí una creciente calidez en mi corazón y comencé a entender porqué Maximus lo amaba tanto. Y porqué Marcus Aurelius amaba tanto a Maximus.
Julia, como Cesar tengo poder de vida y muerte sobre cada persona que vive en el imperio. También poseo numerosos esclavos, miles de ellos para decir la verdad. Pero debes saber que la sola idea de la esclavitud me molesta tanto como la de los juegos que tanto disfrutan la plebe así las clases altas -rió secamente- Me pregunto qué dirían los senadores si supieran que el emperador romano desprecia a instituciones romanas como la esclavitud y los juegos.
No lo sé, Mi Señor.
Sólo cuando Marcus Aurelius sonrió me di cuenta de que había expresado mi pensamiento en voz alta. Me sonrojé furiosamente.
El emperador se pellizcó el puente de la nariz y siguió hablando.
Ten por seguro que yo sé qué pensarían y también qué harían -rió- Lamentablemente, la esclavitud está tan enclavada en la sociedad romana que, sin ella, el imperio colapsaría tanto financiera como socialmente. Pero eso no es excusa para hacer lo que Cassius te hizo a ti y a las otras mujeres. Como emperador romano, es mi culpa que haya ocurrido porque debería ser capaz de prevenir que mis súbditos cometieran semejante abuso.
Marcus Aurelius suspiró pesadamente.
De acuerdo a la ley romana, soy tu nuevo dueño porque Avidius Cassius murió como traidor y sus propiedades y riquezas serán confiscadas -el Cesar se dio vuelta hacia la mesa que se encontraba a su derecha y tomó un rollo sellado. Luego me lo ofreció- Esto es tuyo, niña.
Vacilé y el Cesar me alentó.
Tómalo, Julia. Abrelo y léelo.
Mis manos temblaban cuando tomé el rollo y dos veces fracasé cuando quise romper el sello. Cuando lo desenrollé, las palabras elegantemente escritas en tinta negra bailaron ante mis ojos. Las miré tontamente, luego volví mis ojos azorados hacia el emperador.
Una mirada de preocupación apareció en los rasgos envejecidos de Marcus Aurelius.
¿Sabes leer, Julia? -preguntó suavemente. Sentí que volvía a sonrojarme; de algún modo, admitir mi analfabetismo era aún más embarazoso de lo que había sido admitir mi degradación.
Un poco, Mi Señor -farfullé.
Lo siento, niña. Tiendo a olvidar que no todos en Roma tienen opciones o una buena vida -dijo con un tono de genuina preocupación mientras sacudía su cabeza- Supongo que eso prueba que me estoy haciendo viejo ... y que no soy tan buen emperador como presumo de serlo.
Permanecí en silencio, mis ojos fijos en él. El emperador volvió a suspirar y, cuando habló, su voz ronca sonó gentil y tranquilizadora.
Como tu emperador y tu amo, tengo el derecho de hacer de ti una mujer libre y eso es lo que eres a partir de este momento -dijo Marcus Aurelius- Como no dispongo de tiempo, me saltearé las formalidades y la ceremonia de la manumisión porque lo que cuenta es el documento que tienes entre tus manos. Eres libre, Julia. Libre de ir a donde quieras, de casarte con quien quieras entre aquellos hombres a los que la ley de Roma les permite casarse con una liberta. Eres libre de hacer lo que quieras y no lo que te ordenen. Y, lo más importante, tus hijos nacerán libres y serán ciudadanos romanos.
Estaba anonadada. Libre. Una mujer libre. Libre de ir a donde quisiera. De hacer lo que quisiera. De casarme ... Maximus me había prometido mi libertad pero en el fondo no había creído que así sería. Como un animal cautivo acostumbrado a ser tentado sólo para luego ser denegado, no había querido creer que mi libertad era posible. Y ahora, el documento que tenía en mis manos, el documento que apenas podía leer y en modo alguno podía entender, proclamaba ante el mundo que yo, Julia, no era más una esclava y una prostituta sino una mujer libre ... sea lo que fuera lo que eso significaba.
Gr-gracias, Mi Señor -tartamudeé, demasiado apabullada para decir más. Marcus Aurelius volvió a palmearme la mano.
¿Cuántas mujeres hay en el alojamiento de las esclavas?
Catorce, Mi Señor, yo incluida.
Marcus Aurelius se estremeció ante las dimensiones del burdel privado de Cassius.
El general Maximus solicitó que sean liberadas y así será. Puse a un quaestor a cargo y él hará lo necesario. Entiendo que también hay algunas esclavas inferiores que se desempeñan como sus servidoras, ¿no es así?
Sí, Mi Señor. Son muy jóvenes, algunas de ellas no tienen más de diez o doce años.
Son demasiado jóvenes para liberarlas y dejarlas libradas a sí mismas. Esas niñas permanecerán a mi servicio hasta que sean acomodadas en la servidumbre de mis parientes.
Fruncí el ceño y Marcus Aurelius ladeó la cabeza y me miró.
¿Eso no te complace, Julia?
Sorprendida, tragué saliva. Acababa de ser declarada libre y mi primer acto como liberta había sido atreverme a mostrar mi desacuerdo con el emperador de Roma. Pero, en lugar de mostrarse enojado, él me estaba dando la oportunidad de exponer las razones de ese desacuerdo.
S-ssí, Mi Señor. Pero ... -me detuve y Marcus Aurelius me alentó con un movimiento de mi cabeza para que siguiera hablando. Respiré hondo- Hay una niña, Mi Señor. Su nombre es Rufa. Es numidia, creo, apenas tiene unos diez años. Ella ... ella es muy tímida y está tan asustada ... parece haber sufrido mucho en manos de los mercaderes de esclavos ... yo ... ella ha sido mi servidora desde que el general Cassius la compró ...
¿Quieres que te la de, Julia? Puede arreglarse fácilmente.
Negué con la cabeza.
No, Mi Señor. Yo ... gracias, Mi Señor, pero nunca tendré un esclavo. No puedo tener un esclavo ... es que es tan tímida y ... tiene dificultades para entender y hablar nuestro idioma. Temo que sus nuevos amos no sean pacientes con ella ...
Marcus Aurelius asintió, luego acercó su cabeza a la mía y bajó la voz como un conspirador.
Te diré lo que haremos. La colocaré entre la servidumbre de mi hija, la Dama Lucilla. Tiene una servidumbre numerosa pero siempre está necesitada de más ayuda. Estoy segura de que puede ocupar a la niña cuidando de su guardarropa o ayudando con su pequeño hijo. Mi hija será una buena ama. ¿Estás de acuerdo con este arreglo?
Lágrimas ardientes nublaron mi vista y luché ferozmente contra ellas mientras movía la cabeza en señal de asentimiento y gratitud hacia el hombre poderoso y compasivo sentado frente a mí.
Entonces está arreglado -dijo el emperador- Ahora, hablemos de las otras niñas. El general Maximus me dijo que Cassius se ufanaba de tener otras esclavas como tú en algún lugar de Roma. ¿Qué sabes acerca de ellas?
Están en una villa cerca de Roma, Mi Señor. Allí es ... allí es donde yo nací y me crié ...-vacilé y Marcus Aurelius me alentó a que siguiera hablando- Allí es donde Cassius ... nos criaba ... y nos entrenaba ...
El emperador se estremeció de obvia repugnancia.
Algunas son muy jóvenes, Mi Señor. Están siendo entrenadas para reemplazar a las más grandes cuando ya no sean atractivas ... -fue mi turno de estremecerse ante la sola idea de lo que me había esperado apenas unos días atrás. Respiré hondo y seguí hablando- También hay otras que ... que han sido retiradas ... están allí para ... procrear, Mi Señor. El general Cassius usaba esclavos atractivos y fuertes y también alquilaba gladiadores para preñarlas. En este mismo momento algunas pueden estar embarazadas.
¿Estoy en lo cierto si supongo que Cassius sólo estaba interesado en el nacimiento de niñas?
Sí, Mi Señor.
¿Y qué ocurría cuando nacían niños?
Pensé en Eugenia y sentí un dolor sordo en mi corazón.
No lo sé, Mi Señor. Simplemente ... simplemente desaparecían.
Marcus Aurelius levantó una mano para detenerme. Luego cerró los ojos y se los frotó cansadamente, su gesto tan parecido al de Maximus que sentí que mi corazón se hinchaba y tuve que contenerme para no tomar su mano y tratar de confortarlo. Con un suspiro, el emperador volvió a abrir los ojos.
Julia, le darás toda la información necesaria al quaestor a cargo de liberar a tus amigas y él se hará cargo también de esas niñas para luego informarme personalmente. Su nombre es Cornelius Crassus y es uno de los hombres en los que más confío en Roma. Ten la seguridad de que hará todo lo necesario.
Gracias, Mi Señor -dije humildemente, una vez más abrumada por la bondad y generosidad del emperador.
Marcus Aurelius se puso de pie. El respeto por la persona imperial demandaba que yo también lo hiciera pero el Cesar me indicó con un gesto que permaneciera sentada. El emperador deambuló por la tienda como un hombre que, pese a estar obviamente cansado, no puede permanecer quieto por mucho tiempo. Luego, volvió a pararse frente a mí.
Julia, la libertad es lo más precioso que un hombre o una mujer puedan tener o perder. Pero, para un esclavo que ha sido liberado, la libertad no es suficiente para iniciar una nueva vida. El general Maximus y yo estamos de acuerdo en esto y cada una de las esclavas de Cassius menos tú recibirán cinco mil sestercios a su arribo a Roma de modo de que puedan iniciar una nueva vida ... es más que suficiente para una existencia sencilla pero reconfortante -movió la cabeza y agregó como hablando consigo mismo- No me gusta la idea de liberar a esas mujeres para que terminen vendiendo sus cuerpos en las calles de Roma. Los dioses saben que hay suficientes muchachas desafortunadas ganándose la vida de ese modo.
El Cesar se volvió hacia la mesa y tomó un segundo rollo.
En cuanto a ti, no tengo duda alguna de que eres lo suficientemente inteligente y fuerte como para no terminar haciendo algo así. Y también sé que corriste enormes riesgos para ayudar al general Maximus.
La voz del emperador se hacía más cálida cuando mencionaba el nombre de Maximus. Era obvio que el hombre amaba intensamente al hijo del granjero español que se había convertido en su general más confiable. No pude evitar pensar que era curioso que dos personas tan distintas como él y yo tuviéramos algo en común. Porque él era el hombre más poderoso del mundo y yo apenas una muchacha de dieciocho años que había sido una esclava toda su vida y los dos amábamos al mismo hombre notable.
La voz ronca de Marcus Aurelius me arrancó de mis meditaciones.
Julia, de un esclavo se espera que sea leal a su amo o ama y que lo sirva o la sirva bien. Pero de ningún esclavo se espera que tome parte en una misión para salvar a Roma de un usurpador. Está más allá de sus obligaciones y es un deber reservado a ciudadanos privilegiados, como los senadores y los oficiales de alto rango como el general Maximus, hombres que han sido honrados por Roma. Pero, pese a que eras sólo una esclava, no vacilaste en ayudar al general Maximus a cumplir con su deber hacia Roma y, gracias a tu ayuda, él pudo evitar una sangrienta guerra civil. De no haber sido por él y por ti, no estaríamos aquí conversando sino en bandos opuestos, mientras los soldados romanos estarían matando a otros soldados romanos.
El Cesar hizo girar el rollo entre sus manos mientras hablaba.
No hay en Roma muchos hombres lo suficientemente valientes como para hacer lo que hiciste, Julia. Roma no te dio nada más que sometimiento y humillación pero aún así estuviste allí cuando el imperio necesitaba desesperadamente ayuda. Eso no puede quedar sin recompensa. A tu arribo a Roma, recibirás veinticinco mil sestercios como recompensa por tus desinteresados servicios. Cornelius Crassus te llevará con uno de mis banqueros y le entregarás esta carta sellada. El hombre hará los arreglos necesarios y te ayudará a establecerte en la ciudad e iniciar una nueva vida. Puedes confiar en él completamente, porque sabrá que estás bajo mi protección personal.
¿Veinticinco mil sestercios Aún cuando estaba acostumbrada a manejar algo de dinero mientras dirigía la casa de las esclavas, siempre habían sido sumas pequeñas, ya que nuestros suministros eran cargados por Cassius al presupuesto de la legión. Ni siquiera tenía idea de cuánto más dinero que las otras esclavas iba a recibir pero el tono de voz del emperador implicaba que era mucho.
Antes de que pudiera hablar, el Cesar levantó la mano para detenerme.
Julia, se está haciendo tarde. Estoy cansado y un poco ebrio -sonrió ligeramente y, como ocurría con Maximus, su sonrisa lo hizo verse mucho más joven y despreocupado. Por un breve instante pude ver al hombre atractivo, vibrante y joven que había sido no mucho tiempo atrás. Al hombre atractivo, vibrante y joven que aún vivía dentro del envejecido emperador.
El Cesar volvió a sentarse, esta vez no en la silla sino en el diván que se encontraba frente a mí.
Tengo algo que decirte, algo que es muy, muy importante -dijo, mientras se reclinaba en los almohadones- En la mañana enviaré una de las legiones de regreso a Roma y tu y las otras mujeres viajarán bajo su protección. Cornelius Crassus viajará con ustedes y se encargará de todo.
Sentí como si hubiera recibido un violento golpe. ¿Roma? ¿El Cesar nos estaba enviando a Roma bajo la protección de una de las legiones? ¿Qué legión? No podía ser la de Maximus porque él había llegado a Moesia acompañado sólo por la caballería de la legión Felix III ... ¡No quería ir a Roma! ¡No podía ir a Roma! Sólo quería permanecer donde Maximus estuviera ... aunque él rehusara a hacerme suya.
El emperador siguió hablando, la luz chisporroteante de las lámparas de aceite creando un halo en torno a su cabello canoso y haciendo que las sombras bailaran sobre su rostro patricio y barbado.
Como te dije, Julia, has prestado un gran servicio a Roma y serás debidamente recompensada. Pero me has prestado un servicio aún mayor a mí y por éste te estaré agradecido toda mi vida pero nunca podré pagártelo debidamente, no importa cuánto oro te de ...
Sorprendida, volví mi atención hacia Marcus Aurelius. ¿De qué estaba hablando el emperador?
Durante los siguientes dieciocho meses, el emperador y el general pelearon batallas desatadas por la fatídica decisión de Marcus Aurelius de enviar a su preciado general dentro del territorio enemigo para solucionar lo que, en apariencia, era una disputa relativamente menor en un insignificante puesto de frontera. El incidente había sido el catalizador que lanzara a la región Norte a una serie de batallas por territorio y diferencias culturales.
Maximus nunca regresó al campamento base de Bonna tras su escape del puesto fronterizo. Luego de que los guerreros chatti que lo perseguían fueran estruendosamente derrotados, había permanecido de pie y con la cabeza gacha y los ojos bajos mientras era reprendido públicamente por Marcus por haber arriesgado su vida por salvar a su caballo. Cuando Maximus pidió humildemente a su emperador que lo perdonara, fue estrechado en un abrazo extremadamente emocional, el rostro húmedo de lágrimas de Marcus apretando contra el de su general, el frágil cuerpo del anciano temblando, sus nudillos torcidos blancos mientras apretaba el brazo y el cuello del hombre más joven y le pedía perdón a su soldado favorito por haberlo enviado en primer término a un lugar tan inestable y peligroso. Todos los hombres de la legión Felix III recordaron haber sido reprendidos alguna vez por padres cuyo enojo había sido alimentado por el miedo y el alivio luego de que sus hijos fueran rescatados del inminente desastre. No había duda posible sobre el amor y el mutuo respeto compartido por esos dos hombres.
Maximus permaneció en el frente, conduciendo batalla tras batalla en los densos bosques de pinos, mientras el emperador regresaba a su campamento de base y trataba en vano de negociar una paz combinada con las tribus chatti, marcomanni y quadi. Cada vez que parecía que la última batalla había sido ganada, nuevos conflictos se desataban en alguna parte y el general y las legiones locales convergían sobre el área para apoyar a los hombres siempre presentes e infatigables de la legión Felix III.
No fue sino hasta el verano del año 179 que Maximus alcanzó una victoria tan decisiva que los germanos se retiraron a lamerse sus heridas y reagruparse, permitiendo al general tomarse un breve descanso en Bonna. Estaba ansioso por volver a ver a Lucius y Asellio y por descubrir que había sido de Freyda. También estaba ansioso por recoger las cartas de su esposa que se habían ido apilando en su ausencia y sabía que ella estaría enferma de preocupación por su falta de respuesta. Sus hombres también necesitaban un descanso, aunque fuera breve, de modo de que los soldados de la legión Felix III entraron a caballo en Bonna en una calurosa tarde de julio listos para relajarse en grande.
Algunos de los hombres permanecieron recluidos con sus familias mientras que otros eligieron pasar sus noches bebiendo, de juerga y con prostitutas. A Maximus no le preocupaba cómo eligieran recuperarse en tanto estuvieran listos para entrar en batalla al instante.
Pero Maximus se sentaba a solas en su tienda, la luz de su lámpara bien baja, de modo tal de que no iluminara más allá de su rostro, sus manos y su escritorio, ignorando aún a los mosquitos zumbadores que eran atraídos por la llama y su piel expuesta. Prefería las cosas de ese modo cuando leía las cartas de Olivia porque la tienda en sombras le permitía olvidar a Germania e imaginar, por un rato, que estaba en su hogar en España y que en la mañana labraría un campo y jugaría con su hijo y abrazaría a su esposa en lugar de contemplar más destrucción y muerte.
Ansiaba construir y no seguir destruyendo. Ansiaba nutrir nueva vida, no sembrar la muerte. Las cartas de Olivia le ayudaban a construir su sueño sobre España y disfrutaba de cada palabra, leyéndolas una y otra vez hasta casi saberlas de memoria.
Ansiaba tanto tener otro hijo que aquella sensación era dolorosa. Había tenido esperanzas de recibir noticias de un nuevo embarazo luego de que Olivia pasara tantos meses con él en Germanía pero no había habido tal mensaje ni gozosa celebración por el nacimiento de un tercer hijo. Nunca había tocado el tema en sus cartas porque estaba seguro de que Olivia estaba tan decepcionada como él. Cuando las cartas de Olivia se habían interrumpido por un tiempo casi dos años atrás, Maximus se había preguntado si acaso habría sufrido un aborto pero ella le aseguró que no. Maximus sabía que Olivia había sido severamente afectada por sus experiencias en Germania y suponía que se guardaba los detalles problemáticos de su vida para sí a fin de evitarle preocupaciones tal como él lo hacía. Pero la idea lo llevó a buscar entre líneas en sus cartas para tratar de descubrir qué era lo que ella no le estaba diciendo, aún cuando el tono de éstas era positivo y alentador.
Olivia incluía en sus cartas dibujos de su hijo, quien estaba creciendo a una alarmante velocidad. Le decía que el niño estaba sano y feliz pero extrañaba mucho a su papá. Llegó a incluir algunos primitivos dibujos realizados por él. Uno de ellos representaba a Maximus y el general rió estruendosamente al verse a sí mismo a través de los ojos de su hijo: todo capa, pieles, barba y ojos, una sonrisa tonta y sus brazos abultados por los músculos. Uno de sus sementales aparecía a su lado -apenas una figura dibujada con palitos- y mucho más pequeño que su importante papá. Luego de estudiar cada detalle de los dibujos, Maximus los aseguró en un paquete que agregaría a su tesoro personal cuando regresara a Vindobona.
El único aspecto negativo de las cartas de Olivia era su constante demanda de información acerca de cuándo volvería al hogar. El trataba de enfatizar que tomaría aún un tiempo, diciéndole que tal vez no llegaría hasta la temporada de la cosecha, aún cuando sabía que aquello sería imposible. Habían transcurrido alrededor de dos años y medio desde que viera a su familia por última vez y quería dejarle a su esposa la esperanza de que la vería en poco tiempo más. Extrañaba su hogar ... extrañaba a su esposa y su hijo ... y el dolor se hacía aún más severo cuando visitaba a Lucius y su familia.
Lucius se había instalado en la aldea de Bonna con Erika y sus cuatro hijos. Y habían agregado un nuevo miembro a su familia. Asellio era ahora su hijo mayor y prosperaba en la amorosa atmósfera de la casita superpoblada. Maximus había arreglado que Lucius fuera promovido al ejército regular con todos sus años de servicio como auxiliar sumando para su ascenso y el incremento resultante de su salario ayudaba a sostener un estilo de vida simple pero cómodo. Lucius actuaba como el traductor oficial tanto de los oficiales del ejército así como de los dignatarios que visitaban Bonna y necesitaban de sus servicios. Al contrario de Maximus, nunca se había alejado de su familia por más de unas semanas.
En cuanto a Freyda, la muchacha no había perdido tiempo alguno en sumarse a un grupo de mercaderes que se dirigían hacia el Sur y probablemente se encontraba ya cerca de Roma, siempre llena de recursos, siempre buscando más.
Una noche, Maximus y Quintus compartieron la mesa con Asellio, Lucius y Erika, su hija menor sentada en las rodillas de su madre. Los niños más grandes ya habían sido alimentados y jugaban ruidosamente. Maximus estaba completamente relajado, bañado por los sonidos felices de los pequeños aún cuando estos aumentaban el ansia dolorosa que se había apoderado de su corazón. Miró a la bebé en el regazo de Erika. La criatura de mejillas rosadas y ojos azules tenía el rostro enmarcado por una suave nube de mechones rubios. Estaba sentada con los ojos muy abiertos, dos dedos metidos en la boca, mientras examinaba a su compañero más cercano, Quintus. La bebé extendió una manito tentativa hacia el legado pero éste reaccionó alejándose ligeramente de sus dedos pegajosos y ahora ella lo miraba la con incertidumbre pintada en sus dulces facciones. No estaba segura de si debía sentir miedo del hombre inconmovible o no pero obviamente terminó por decidir que estaba segura mientras tuviera la rodilla de su mamá bajo su trasero y los pechos de ésta contra su espalda.
Todo era paz y felicidad hasta que Erika decidió buscar más vino en el sótano. La mujer echó una mirada a la silla vacía de su esposo, quien estaba aún tratando de separar a dos de los niños cuyo juego amigable se había transformado en batalla campal, y luego depositó a la bebé en el regazo más cercano -el de Quintus- antes de apresurarse a hacer lo suyo.
Sorprendida por el súbito cambio de ubicación, la niña parpadeó rápidamente y sus ojos se abrieron muy grandes. A medida de que su expresión cambiaba, también lo hizo la de Maximus ... una sonrisa lenta se extendió sobre su rostro mientras veía a Quintus sujetar rígidamente a la criatura, sosteniéndola por debajo de sus brazos y balancearla en el borde de sus rodillas, manteniéndola tan lejos de su cuerpo como era posible. Quintus no podía ver el inminente estallido pero Maximus sí. De golpe, la bebé abrió la boca y gritó, su rostro tornándose de un rojo intenso en camino de volverse púrpura. Completamente perdido, Quintus optó por mover rápidamente sus rodillas, esperando poder calmar a la niña pero sólo logró sacudirla con tanta fuerza que pareció estar montada en un caballo salvaje. Sus chillidos sólo cedían cuando la pequeña no tenía más remedio que tomar aire para seguir alimentando su estallido. El rostro de Quintus estaba del mismo color que el de la niña.
Dámela -dijo Maximus mientras le tendía las manos y Quintus no perdió un instante en deshacerse del bulto gritón, que ahora estaba tan rígido de angustia como él mismo.
Para ese momento, tanto Erika como Lucius volvieron corriendo a la mesa.
Yo me haré cargo, Maximus -dijo Erika mientras tendía las manos para recibir a la bebé. Pero Maximus ya había acomodado a la asustada criatura en el hueco de su brazo, acunándola estrechamente contra su pecho y le hizo un gesto negativo a Erika.
Puedo manejar esto -sonrió- Ojalá todos los problemas fueran tan fáciles de resolver.
Maximus vestía sólo una simple túnica blanca, sus botas descartadas a favor de un par de frescas sandalias, y la bebé estaba acurrucada bien segura entre la suave tela y su brazo desnudo.
¿Cómo se llama? –preguntó mientras la mecía suavemente, acariciando sus sedosos rizos con una mano tan grande que casi ocultaba la cabeza de la niña. Esta se había aquietado, sus sollozos ahora reducidos a suaves maullidos mezclados con hipos.
Isolde -dijo Lucius, quien estaba mirando a Maximus pensativamente- Parece que le gustas.
Ella me gusta a mí -dijo Maximus suavemente, consciente de que su voz profunda hacía vibrar su pecho y resonaba contra el oído de Isolde. La bebé pareció encontrar la vibración reconfortante y se acurrucó aún más cerca de él, el pulgar en la boca, finalmente contenta.
Maximus la levantó contra su hombro y acercó el rostro de la niña al suyo, hundiendo su nariz en el cabello de la pequeña mientras aspiraba profundamente. Erika sonrió una sonrisa conocedora pero Quintus permaneció distante.
Mmmmmmm, huele tan lindo -ronroneó Maximus- Los bebés tienen un increíble ... olor a bebé.
Quintus frunció la nariz.
No -dijo Maximus exasperado- No ese olor. Quiero decir ... -luchó buscando las palabras adecuadas- ... olor a bebé.
Estudió a Quintus, quien parecía encontrar la luz de la lámpara de aceite que se encontraba sobre la mesa sencillamente fascinante.
Quintus, ¿tu Clara no tiene aproximadamente esta edad? Deberías acunar a Isolde. Es obvio que necesitas algo de práctica.
Maximus había pronunciado las palabras con la intención de bromear un poco, pero el rostro de Quintus se puso tenso.
El general y Lucius intercambiaron una mirada. La reunión de los tres amigos de la adolescencia se había agriado a pesar de la calidez de la simple hospitalidad de Lucius. Durante toda la tarde, Maximus había luchado por entender su actitud distante y se había preguntado si Quintus -el único del trío que había nacido en la clase alta- era el menos feliz de los tres. Lucius no había logrado gran cosa en su vida militar pero lo había más que compensado con su devoción hacia su familia. Maximus, por supuesto, había alcanzado grandes logros militares y tenía una familia a la que adoraba. Quintus no había alcanzado la posición que ansiaba dentro del ejército ni tenía una familia ... su joven esposa muerta y su hija a la que nunca había visto en Roma. Maximus llegó a la conclusión de que Quintus sufría de una aguda insatisfacción en todos los aspectos de su vida. Y el general no sabía qué hacer al respecto o, siquiera, si podía hacer algo al respecto.
Quintus miró a Maximus y la bebé, la cual se encontraba ahora profundamente dormida. Durante toda la noche, Asellio había contemplado a Maximus con algo parecido a la adoración. Lucius había acercado su cabeza a la del general en varias ocasiones para intercambiar comentarios en privado. Erika había revoloteado toda la noche, preocupándose por la comodidad de Maximus, su comida y su vino como si lo que le diera placer al hombre fuera lo más importante en su vida. Y ahora había encantado a una bebé llorona ... una bebé que había estado contenta hasta que él, Quintus, la había sujetado. Abruptamente, el legado se puso de pie.
Estoy cansado. Si me disculpan, voy a volver al campamento.
Maximus se levantó a medias, sujetando a Isolde contra su pecho.
Quintus ... quédate. Todavía es temprano.
Quédate -le hizo eco Lucius- Por favor. Tenemos mucho de qué hablar.
Pero Quintus ya estaba en camino hacia la puerta.
Como dije, estoy cansado -se las arregló para ofrecer una sonrisa carente de humor- Lucius ... estoy seguro de que volveremos a vernos antes de que partamos. Mi Señora -se inclinó ligeramente en dirección hacia Erika- Gracias por recibirme en tu hogar.
Dicho esto, alcanzó la puerta en un movimiento rápido, negándoles toda posibilidad de volver a atraerlo.
Oh, lo lamento -dijo Erika al tiempo que volvía a sentarse en su silla. Se dio vuelta hacia Maximus- ¿Lo ofendimos de algún modo?
Maximus volvió a acomodar a Isolde en el hueco de su brazo y se sentó nuevamente.
- No -le aseguró con una sonrisa amable- Lucius y yo hemos estado tratando durante años de entender qué es lo que le pasa a Quintus sin lograrlo. No sé si alguien lo entiende realmente.
Lucius le sirvió a Maximus otra copa de vino y Erika encendió algunas otras lámparas a medida de que la luz grisada de la primera noche desaparecía convirtiéndose en oscuridad. Luego, salió de la habitación para enviar a los más pequeños a la cama. Asellio permaneció sentado a la mesa con los dos hombres, siempre quieto, siempre apabullado por el oficial que se encontraba a su lado. El muchacho estaba sorprendido de ver cuánto más joven parecía el general sentado allí, a la luz de las lámparas, vestido de civil y con un bebé en sus brazos. Se lo veía joven y fuerte y atractivo y relajado y ... aproximable. No blando, decidió Asellio, nunca blando. Pero decididamente aproximable.
Mientras Maximus se llevaba la copa a sus labios, Lucius dijo:
El bienestar emocional de Quintus no es tu responsabilidad, Maximus. Nunca ha sido feliz y probablemente nunca lo sea. Siempre ha estado en pos de algo que se encuentra más allá de sus posibilidades.
No me siento responsable de su bienestar emocional.
Sí, te sientes.
Bueno, si me siento es porque tiene una posición importante dentro de mi legión y toma decisiones de vida o muerte cuando yo no estoy allí para tomarlas. Un hombre que no está feliz con su vida es un hombre que no usará su mejor criterio en situaciones difíciles.
Entonces es peligroso que ese hombre tenga mucho poder.
Lucius, no es tan simple.
Dime, Maximus. Si supieras que mañana vas a morir y tuvieras la oportunidad de elegir a tu sucesor ... ¿lo elegirías a él?
Maximus apartó su mirada de su amigo, sus pensamientos otra vez en aquel momento en que no había confiado en Quintus en absoluto.
No -dijo simplemente.
¿No es eso exactamente lo que ocurriría ... Quintus sería tu sucesor?
Tomaría mi lugar temporalmente hasta que mi sucesor fuera designado por el emperador. Marcus Aurelius es un buen juez de caracteres, Lucius. Tomaría la decisión correcta.
¿Marcus Aurelius lo designó a usted general, señor? -Asellio había decidido finalmente unirse a la conversación.
Maximus dio vuelta la cabeza y sonrió al muchacho, las comisuras de sus ojos arrugándose y arqueándose hacia abajo como siempre que sonreía.
El lo hizo.
Entonces, eso prueba lo que dijo acerca del buen criterio del emperador-
Asellio sonrió con timidez.
Maximus alborotó el cabello del muchacho juguetonamente, luego le dio una palmada.
¿Verdad que sí?
Asellio simplemente sonrió.
Pero Lucius no fue tan fácil de contentar.
¿Y qué hay si algo les sucede a ti y al emperador al mismo tiempo? Podrían morir los dos en la misma batalla.
Y qué hay. Y qué hay -Maximus se burló de Lucius- ¿Y qué hay si las montañas se derritieran? ¿Y qué hay si nevara en pleno julio? ¿Y qué hay si el agua del Danubio se convirtiera en vino?
Lucius resopló ante la negación de su amigo a tomar seriamente sus preocupaciones. Maximus trató de apaciguar a Lucius.
He puesto a prueba a Quintus dejándolo a cargo de la legión durante largos períodos, mientras me encontraba lejos. Actuó admirablemente.
También sabía que tú seguías siendo el jefe, aunque no estuvieras allí. Sabía que tendría que responder ante ti si hacía algo increíblemente estúpido -Lucius se recostó indolentemente en su silla, estiró las piernas y cruzó los tobillos. Miró a Maximus de costado- ¿Me estás diciendo que confías en él completamente?
No, pero hay pocos hombres en los que confío completamente.
¿Soy yo uno de ellos?
Sí ... de otro modo, no estaríamos teniendo esta conversación -Maximus se volvió hacia Asellio- Hijo, ¿entiendes que nada de esto debe ser repetido fuera de estas paredes?
Sí, señor -Asellio asintió vigorosamente, ansioso ante todo de complacer al hombre.
Erika regresó y fue junto a Maximus para tomar a la criatura de sus brazos.
Hace rato que pasó su hora de acostarse, Maximus.
Está dormida -protestó, reacio a entregar a la dulce, cálida bebé. Erika se limitó a arquear una ceja, las manos apoyadas en sus amplias caderas. Maximus besó gentilmente los rizos de Isolde, luego la tomó en sus grandes manos y la depositó en las de su madre, un hilo plateado de saliva de la boca de la niña adherido a una de ellas. Maximus simplemente se limpió la mano en la túnica, sus ojos aún fijos en la criatura dormida mientras era llevada fuera de la habitación.
Necesitas ir a casa.
¿Hmmmm? -preguntó Maximus distraído.
Necesitas ir a casa -repitió Lucius- ... a ver a tu esposa y tu hijo. Y a tener más bebés. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Dos años y medio ... treinta meses ... ciento treinta semanas ... mucho tiempo, no importa cómo lo midas.
¿Sabes cuántos días y cuántas horas? -dijo Lucius con una sonrisa.
Sí -no había humor en la respuesta de Maximus. Las horas estaban grabadas en su mente del mismo modo que si hubieran estado grabadas en una pared de piedra.
Es demasiado tiempo, Maximus.
La voz de Erika les llegó desde el dormitorio, dulce pero firme.
Asellio, es hora de acostarse.
El muchacho hizo una mueca pero dio las buenas noches y recibió la seguridad de que volvería a ver a Maximus en poco tiempo.
Cuando la puerta se cerró detrás del muchacho, Maximus se inclinó hacia delante en su silla y dijo en voz baja:
Una vez que esta guerra haya terminado creo que finalmente tendremos estabilidad en el Norte. Pienso pedirle al emperador que me deje en libertad de modo de que pueda volver a casa ... de que pueda volver para quedarme. Quiero retirarme del ejército. He tenido suficientes matanzas como para varias vidas.
Lucius apoyó su mano sobre la mano mucho más grande de Maximus.
Te lo mereces. Nunca un soldado le ha dado tanto al ejército como tú. Estoy seguro de que te dejará ir.
Maximus asintió pero sus ojos se apartaron y se concentraron en la pared hasta que las piedras grises se desenfocaron y nublaron. ¿Le permitiría el emperador retirarse? ¿Aflojaría alguna vez Roma el puño con el cual lo sujetaba?
Viendo mi confusión, Marcus Aurelius me sonrió y dijo suavemente:
Julia, le salvaste la vida al general Maximus.
Me quedé atónita. Abrumada. Mis ojos se abrieron muy grandes y se clavaron en el emperador. El eco de sus palabras resonó en mi mente: "Julia, le salvaste la vida al general Maximus". ¿Acaso el anciano había perdido la razón? Estaba hablando de un feroz guerrero, de un poderoso general del ejército romano.
Los labios de Marcus Aurelius se torcieron en una mueca divertida, como si yo hubiera dicho en voz alta lo que estaba pensando.
Sí, niña, le salvaste la vida. Si no hubiera sido por ti, el general Maximus estaría muerto. Te debe su vida ... y yo te debo su vida -dijo Marcus Aurelius. Permaneció en silencio por un momento, luego bajó la voz y agregó mirándome seriamente- Créeme, Julia, preferiría perder mi trono diez veces antes que perder a Maximus.
Incapaz de responder, mantuve mis ojos fijos en el César, mientras mis dedos tironeaban nerviosamente el tejido de mi túnica. El emperador se reclinó contra los almohadones para estar más cómodo mientras seguía hablando, sus ojos remotos, sus pensamientos ya no en Moesia sino en el pasado.
Conocí a Maximus cuando tenía catorce años. Estábamos en Hispania, donde él nació. Acababa de convertirme en emperador y él de enrolarse en el ejército, un provinciano, un muchachito granjero que no tenía derecho a estar en la legión porque no era ciudadano romano. Aún así, estaba ansioso por dedicar su vida a servir al imperio. Ya a esa edad tan joven era obvio cuán especial era.
Los ojos del César se enternecieron mientras hablaba quedamente acerca de Maximus y escuchándolo olvidé mi angustia y mi corazón destrozado y mi inminente partida y, fascinada, lo escuché hablar sobre el hombre hermoso, fuerte y compasivo que tanto un emperador como una esclava habíamos llegado a amar.
A través de los años, lo volví a encontrar una y otra vez sólo para ver cómo florecía la promesa que mostrara. He visto una y otra vez las pruebas de su valor, de su lealtad, de su compasión ... Es todo lo que un hombre debiera ser ... Es todo lo que Roma debiera ser ...
Permaneció callado por un momento, perdido en sus pensamientos. A la luz dorada de las lámparas de aceite, vi lágrimas no derramadas brillando en sus ojos azules. Luego, dijo en voz muy baja, obviamente hablando consigo mismo, mi presencia totalmente olvidada:
Es el hijo que debí haber tenido ...
Repentinamente, Marcus Aurelius no sólo se veía más viejo de lo que era y cansado después de marchar por varios días con sus legiones sino también frágil. Y acosado. No me estaba mirando sino sumido en sus pensamientos privados y sus ojos llameaban con emociones conflictivas, como los de Maximus habían llameado cuando enfrentara a Martius en la misma tienda en la que nos encontrábamos sentados. Y, como los de Maximus, los ojos del emperador eran los de un hombre luchando contra sus propios demonios.
Sentí que me dolía el corazón por lo que fuera que hacía sufrir al anciano reclinado en el diván, un hombre que era el más poderoso del mundo pero no era inmune ni al amor y al dolor que éste trae aparejado. Tragué mi propia angustia y tuve que contenerme para no arrodillarme ante el diván, tomar sus manos en las mías y tratar de ofrecerle algún consuelo ... la idea de que una mujer como yo pudiera ofrecerle algún consuelo al emperador de Roma tan ridícula como decir que había salvado la vida de su guerrero más hábil y su general más poderoso.
Pero el César estaba hablando nuevamente, perdido en sus recuerdos del hombre que parecía dejar su huella en el alma y el corazón de cada persona que se cruzaba en su camino, fuera ésta esclava o emperador.
Lo vi crecer y elevarse desde sus humildes orígenes hasta el más alto rango del ejército de Roma y me sentí orgulloso, tan orgulloso como un padre pueda estarlo ... Si lo perdiera ...
Tanto el César como yo nos estremecimos ante la idea de perder al hombre que ambos amábamos. El emperador se puso serio, volviendo su atención hacia mi.
Pero tú estuviste allí cuando él te necesitó, Julia, y salvaste su vida. Aún cuando en el imperio no hay oro suficiente como para pagarte esa deuda, tu acto no puede quedar sin recompensa.
Alzó la mano derecha y se quitó el pesado anillo de oro que adornaba su dedo anular. Luego, me lo tendió.
Vamos, tómalo.
Lo miré vacilante y él volvió a instarme a que tomara la joya. Era un anillo de sello grande y hermoso, exquisitamente grabado y muy pesado, sin dudas un anillo diseñado para un hombre. Para un hombre rico y poderoso. Brillaba a la escasa luz de las lámparas con el brillo único del oro puro y antiguo.
¿Sabes lo que es?
Aturdida, tomé el anillo de sello y moví la cabeza negativamente. Marcus Aurelius siguió hablando, su voz ronca ahora no más que un susurro. Tuve que esforzarme para escuchar sus palabras.
Es el sello de mi familia, Julia. Nosotros, los Antoninos, no somos más una verdadera familia sino un grupo de extraños convertidos en parientes a través de adopciones y matrimonios arreglados, todo en nombre de la gloria y el poder de Roma, su sangre y sus raíces perdidas hace mucho. Yo quería rectificar eso pero ... -el emperador se interrumpió, como quien ha hablado de más aún para una conversación que, se supone, nunca ha tenido lugar- Aún así, somos los emperadores de Roma ... y este anillo no es sólo una joya valiosa o un símbolo vacío porque puede comandar más poder que una legión romana fuertemente armada.
El emperador se irguió y se sentó derecho. Tomó mi mano en la suya y cerró mis dedos en torno al anillo que yo seguía mirando tontamente. Luego, estrechó mi mano con sus dedos largos, elegantes y envejecidos. Pero su puño no era el de un hombre viejo y frágil porque sus dedos eran firmes y fuertes como los de un hombre joven, los dedos de un emperador que era también un filósofo y un guerrero.
Julia, si alguna vez necesitas ayuda, imprime este sello en un trozo de cera y envíamelo al palacio imperial y tendrás lo que necesites o quieras. Si no estoy en Roma o he muerto, envíaselo a mi hija, Lucilla. Ella lo reconocerá y te concederá lo que sea necesario sin hacer preguntas. Pero nunca, jamás, se lo envíes a mi hijo. Nunca se lo envíes a Commodus. El no debe saber que tienes el anillo, ¿entiendes? Si tanto Lucilla como yo hemos muerto, envíaselo a mi nieto, Lucius Verus. Hoy en día es sólo un niño pero muestra una gran promesa.
Marcus Aurelius soltó mi mano y volvió a recostarse. Sintiéndome abrumada una vez más, miré el anillo y sentí que la cabeza me daba vueltas. ¡Las cosas estaban sucediendo demasiado rápido! Primero mi libertad, luego mi recompensa y la notificación de mi inminente partida, después el anillo del emperador y su promesa ... Era libre, era rica, gozaba de la protección personal y del favor del emperador ... y aún así estaba perdiendo a Maximus. Estaba siendo apartada de él como él mismo me había apartado de sí, temeroso de perder su control de hierro y entregarse a la pasión que nos estaba consumiendo a ambos. Respiré hondo tratando de controlar mis emociones, de hacer pié en el terreno resbaladizo en el que se había convertido mi vida ...y de repente vi la salida, la esperanza. Apretando el anillo en mi mano, miré al emperador a los ojos con unos ojos que sabía debían brillar salvajemente, ardiendo como estaban tanto con esperanza como con desesperación.
Marcus Aurelius me miró con curiosidad.
¿Qué es, niña? -dijo amablemente- Habla ...
Las palabras se agolparon en mi garganta y traté desesperadamente de dominar mi voz. Incapaz de hacerlo, me arrojé de rodillas frente al diván del emperador. Lo escuché soltar una exclamación pero, repentinamente, recuperé mi voz y, antes de que él pudiera volver a hablar, lancé mi súplica.
Mi Señor, por favor ...Yo ... ¡yo he sido una esclava toda mi vida! ¡Y-yo n-no sé vivir de otro modo! ¡Por favor, Mi Señor, concédeme ni único deseo! ¡Regálame al general Maximus! ¡Déjame permanecer con él! El será un buen amo y yo lo serviré bien.
Fue el turno de Marcus Aurelius de quedarse atónito. Levantó sus manos y trató de aplacarme.
¡Niña, niña! ¡No sabes lo que estás diciendo! ¡Levántate! Siéntate otra vez y escúchame.
Pero yo estaba fuera de mí, aferrándome desesperadamente a mi última oportunidad de no ser apartada de Maximus, de no ser abandonada una vez más después de haber aprendido lo que se siente estar abrigada y segura y ser cuidada.
¡Por favor, Mi Señor! ¡Entrégame al general Maximus! ¡Mi único deseo es permanecer con él!
Marcus Aurelius movió tristemente la cabeza.
Estás fuera de ti, Julia. No sabes lo que estás diciendo.
¡Mi Señor, dijiste que tendría lo que necesitara o quisiera! ¡Lo único que quiero es ser suya! ¡Me lo debes!
Desesperada, traté de tomar su mano y devolverle el anillo, todo su poder hueco y vacío si no podía conseguirme mi única oportunidad de permanecer con Maximus.
Julia, el general Maximus nunca te aceptaría a ti o a ningún otro esclavo. Aborrece la esclavitud y nunca ha poseído un esclavo o ha conservado a un prisionero de guerra como su propiedad personal. Sabes que lo que estoy diciendo es verdad.
No lo sabía pero suponía que así era. Esclavas y prostitutas no eran para él. Aún así, yo era ambas y deseaba desesperadamente ser suya, no importaba cómo.
Mi Señor, si tu le ordenaras aceptarme y conservarme ... ¡Eres el emperador! ¡Tendría que obedecerte!
¡Levántate y deja de humillarte!
Me encogí como si Marcus Aurelius me hubiera abofeteado, porque su voz era fría y dura como el acero, la voz de un emperador que también era un guerrero dirigiéndose a un mísero súbdito.
¡Te hice una mujer libre y eso es lo que serás! ¡Lo mínimo que puedes hacer es comportarte como una mujer libre!
Sollocé.
¡Siéntate y escúchame!
Temblando, me puse de pie y regresé a mi silla, mi cabeza gacha en derrota, mis ojos fijos en mi regazo, mis dedos apretando convulsivamente el anillo imperial.
En los últimos días has pasado por mucho. Ha sido muy, muy duro. Pero probaste tu fuerza y tu valor y eres muy joven. No importa lo confundida que te sientas ahora, te recuperarás.
Estaba demasiado asustada de la ira del César como para atreverme a hablar pero lo miré con ojos suplicantes. La mirada de Marcus Aurelius se suavizó un poco.
¿Sabes, Julia? Me recuerdas a mi hija, Lucilla -dijo- Como tú, es inteligente y hermosa y valiente.
Me encontré perdida una vez más. ¿Cómo podía el emperador compararme con su hija salvo para decir que ella era todo lo que yo no era, todo lo que yo nunca sería? Y una vez más, Marcus Aurelius sonrió como si yo hubiera dado voz a mis pensamientos.
- Tu naciste esclava y ella la hija de un emperador, favorecida por los dioses como tu no lo fuiste. Pero, cuando tenía aproximadamente tu edad, ella quería algo que no podía tener. Lo quería más que nada en el mundo y yo, como padre y emperador, tuve que negárselo como ahora te estoy negando lo que tu quieres, aunque por razones completamente diferentes. Ella pensó entonces que su vida estaba acabada pero se las arregló para seguir adelante. Tu también te las arreglarás, Julia.
Me rehusé a aceptar sus palabras y lo seguí mirando con ojos suplicantes, llenos de lágrimas. Marcus Aurelius suspiró pesadamente.
Esta noche, el general Maximus me pidió una licencia. Se la concedí y pasado mañana partirá de aquí. Irá a España, a su granja. Y su esposa.
Sentí como si hubiera recibido un violento golpe y me quedé sin aliento.
¿A España? ¿A su esposa? Repentinamente recordé el paso ligero de Maximus al abandonar la tienda en la que yo me encontraba. Se lo veía como si le hubieran quitado un gran peso de los hombros ... pero su paso era en cambio el de un hombre feliz porque regresaba a su hogar.
En un instante fugaz recordé los ardientes labios y lengua de Maximus devastando mis defensas, su calor y dureza apretados contra mi vientre, sus fuertes manos acariciando mi cuerpo, su mirada ferozmente protectora ... y recordé a Eugenia, aullando como un animal herido cuando le arrancaron el bebé de los brazos, comprendiendo por primera vez toda la intensidad de su dolor. Sintiendo yo misma deseos de aullar, me mordí los labios con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca ... del mismo modo que la había inundado cuando Maximus los había aplastado con los suyos en un frenesí de necesidad y deseo.
El César siguió hablando.
Julia, esta noche le ofrecí al general Maximus la opción de que se divorcie de su esposa y se case con mi hija ... se conocen desde que eran muy jóvenes ...
La voz de Marcus Aurelius pareció alejarse flotando. Si agregó algo más, no lo escuché, la sangre que rugía en mis oídos ahogando todo ruido en torno a mí.
¿La hija del emperador? ¿A Maximus le habían ofrecido casarse con la hija del emperador? Nunca había visto a la Dama Lucilla, ya que la familia imperial raramente es vista en público, salvo cuando concurre a los juegos y yo nunca he estado en el Coliseo. Pero había visto sus estatuas cuando fuera brevemente co-emperatriz junto a su madre y recordaba cómo se la veía ... una mujer alta, hermosa, regia, majestuosamente envuelta en sus solemnes atavíos y adornada con las joyas que correspondían a su rango. Tan orgullosa. Tan segura de sí misma. Tan diferente de mí.
Era la hija de un emperador, la viuda de otro y, posiblemente, la madre de un tercero. Y había sido ofrecida a Maximus en matrimonio. Mi respiración era apenas un penoso jadeo, el dolor en mi pecho tan intenso que pensé que mi corazón iba a estallar. ¿Acaso no había fin para mi sufrimiento?
Años atrás, cometí dos errores que lamento mucho -siguió diciendo Marcus Aurelius, forzándome a prestarle atención- Uno fue permitir que un senador adoptara a Maximus en lugar de adoptarlo yo mismo. Al ofrecerle que se case con mi hija, estaba tratando de enmendar ambos errores ...
Una por una, las piezas cayeron en su lugar. Y, repentinamente, supe más allá de toda duda posible que lo que le había sido negado a la Dama Lucilla cuando tenía mi edad era Maximus. Una oleada de indescriptibles celos se abatió sobre mí. Ella lo había deseado ... ¿la deseaba él? ¿Iba Maximus a divorciase de su esposa granjera para casarse con ella? Por supuesto que podía tener a cualquier mujer que deseara ... y también aquellas que ni siquiera se molestaba en desear.
... pero él no quiso ni siquiera escuchar mi propuesta. El matrimonio de Maximus no fue arreglado. Se casó por amor y aún ama a su esposa.
Amor.
Se había casado por amor. Debí haber sabido que no se casaría con una mujer sólo por los hijos que ésta le podía dar para perpetuar su nombre. Se había casado por amor. Y todavía la amaba. La amaba lo suficiente como para rehusar casarse con la hija de emperador. La amaba lo suficiente como para hacer a un lado su oportunidad de convertirse en miembro de la familia imperial. De ser él mismo emperador. No pude menos que pensar que no había muchos hombres que hubieran hecho algo así, las mujeres meros objetos para ser usados y descartados, se trate de esposas o prostitutas. No muchos hombres, sólo Maximus. No muchos hombres, sólo el hombre del que me había enamorado.
Como un combatiente derrotado, agaché la cabeza y me limité a aceptar los golpes sin ofrecer resistencia mientras me preguntaba qué se sentiría ser amada como Maximus amaba a su esposa. Y sentí lástima de la Dama Lucilla, quien podía tenerlo todo en el mundo pero había sido rechazada cuando la ofrecieron en matrimonio al hombre que también ella amaba.
El emperador volvió a suspirar.
Como emperador de Roma, no necesito el consentimiento del general Maximus para casarlo con mi hija. Podría simplemente ordenarle que se divorcie de su esposa y se case con Lucilla y él tendría que hacerlo. Pero, no importa lo mucho que su negativa me decepcione, no lo haré. Y no le ordenaré que te tome como su esclava. Porque si hiciera cualquiera de esas dos cosas, estaría lastimando a un hombre al que amo profundamente. Y nunca, jamás, lastimaría a Maximus a sabiendas. Ni siquiera para salvar al imperio.
Marcus Aurelius permaneció en silencio por un momento, luego dijo suavemente:
Julia, escúchame. Junto con la libertad, el amor es lo más precioso que un hombre o una mujer puedan tener. O perder. Es tan raro, tan ... difícil de encontrar ... tan frágil ... el verdadero amor, quiero decir. Y nadie, ni siquiera el emperador de Roma, tiene derecho a interferir con él.
Apreté mis labios, entumecida de dolor, escuchando indefensa las palabras del Cesar. Eran palabras gentiles, sabias, pero para mí tenían la finalidad de una sentencia de muerte.
Eres joven e inteligente y hermosa. Y ahora también eres libre y rica. Algún día encontrarás a alguien, a alguien especial a quien amarás y con quien serás feliz -dijo Marcus Aurelius con voz tranquilizadora, ignorando el dolor que sus palabras tan parecidas a las de Maximus estaban desatando dentro mío- Y cuando eso ocurra, recordarás esta noche y esta conversación y verás que, si hubiera hecho lo que me pediste, te habría ayudado a cometer un grave error ... y también los habría hecho a Maximus y a ti sumamente desdichados.
Marcus Aurelius volvió a quedarse callado por un momento, luego sonrió tristemente.
Julia, los dioses tienen planes para cada uno de nosotros. Ellos te pusieron en el camino del general Maximus para que lo ayudaras y que él a su vez te ayudara. Pero no eligieron hacerte suya, ni siquiera como su amante, porque Maximus nunca lastimaría a su esposa tomando una amante ni a ti ofreciéndote menos de lo que le ofreció a ella ... Esa es la clase de hombre que es.
Aún si me estaba ahogando en mi propio dolor, no pude menos que estar de acuerdo con el César. Esa era la clase de hombre que Maximus era. Demasiado bueno para ser un simple mortal. Demasiado humano para ser un dios.
El no es para ti, Julia. Llévalo siempre en tu corazón porque lo que él hizo por ti no debe ser olvidado. Pero aprende a vivir sin él porque no puede ser tuyo.
El César suspiró. Repentinamente no se lo veía cansado sino exhausto. Tan exhausto como yo misma lo estaba. Exhausto por sus propias emociones como yo lo estaba por las mías.
Es tarde, niña. Y mañana será un largo día. Probablemente nunca nos volvamos a ver pero ten la seguridad de que nunca, jamás me olvidaré de ti y de la deuda que tengo contigo. Ahora, por el anillo en esta bolsita, escóndelo y regresa a tu tienda porque Cornelius Crassus irá a buscarte al amanecer para llevarte a ti y a las otras mujeres a Roma. Confío en ustedes dos para que las lleven a salvo a destino.
Me tendió una bolsita de terciopelo púrpura. Vacilé antes de tomarla y Marcus Aurelius me alentó con una sonrisa.
Mi Señor, no creo que pueda hacerlo ... quiero decir, vivir como una mujer libre.
Mi voz sonó muy pequeña, una vez más la voz de la asustada, triste y solitaria niñita que aún vivía dentro de mí. Y la niñita estaba más asustada y triste y sola de lo que nunca lo había estado.
Julia, ayudaste al hombre que salvó a un imperio y también salvaste su vida. Puedes seguir adelante con la tuya.
Incliné nuevamente la cabeza y puse el anillo en la bolsita hecha del tejido prohibido para todo aquel que no fuera miembro de la familia imperial. Luché con el cordón dorado, fallando dos veces antes de poder atarlo debidamente.
Julia, ¿sabes cuál es la diferencia entre tu y mi hija?
Sorprendida, miré al emperador. ¿Por qué me preguntaba algo así? No era un hombre cruel, entonces, ¿por qué estaba comparando mi vida de esclavitud y degradación con la de su hija orgullosa y segura de sí misma?
No Julia, no es que tu naciste en el sector de los esclavos y ella en el palacio imperial -dijo el hombre sabio y compasivo reclinado en el diván- La diferencia es que ella conoce la verdadera extensión de su fuerza y su coraje y tú todavía tienes que aprender la extensión de los tuyos. Tomará tiempo, Julia. Y dolor. Pero lo lograrás.
Sorbiendo mis lágrimas y obviamente despedida de la presencia imperial, incliné mi cabeza y giré sobre mis talones poseída por el súbito deseo de abandonar la tienda, de salir a la noche y al aire libre.
¿Julia?
La voz ronca de Marcus Aurelius me detuvo en la entrada de la alcoba. No me di vuelta y él no esperó que lo hiciera.
Aunque los dioses hayan ordenado otra cosa, ten la seguridad de que eres una mujer digna de él y de que podría amarte fácilmente. Es por eso que nunca te aceptará ni como su amante ni como su esclava.
Cerré los ojos, tomé aliento profundamente y, cuadrando los hombros, abandoné la tienda.
Maximus estaba sentado en su bien equipada tienda en el campamento de base, aproximadamente a una milla del frente de batalla, que ahora se encontraba apenas a unas horas al Norte de Vindobona, con una carta del emperador en sus manos y una expresión perpleja arrugando su ceño. Aunque la guerra había entrado en su fase final, inexplicablemente Marcus había elegido quedarse en Vindobona. Le aseguró a Maximus que tenía plena confianza en su habilidad para conducir la operación por sí mismo y también que no se perdería por nada el momento del desenlace. Quería ver con sus propios ojos la batalla que traería finalmente la paz al imperio. Las cartas de Marcus estaban llenas de elogios y aliento para su general pero a Maximus lo dejaban más inquieto y descontento que seguro.
¿Algo anda mal, señor? -preguntó Cicero, el vapor que manaba del plato que llevaba en su mano formando una nube en torno a su cabeza en el aire frío.
Colocó la cena de Maximus en el escritorio frente a él, sabiendo que el general prefería cenar a solas en las noches previas a las batallas de modo tal de poner orden en sus pensamientos. Cicero se dio vuelta para servirle vino, sin saber si recibiría o no respuesta a su pregunta y completamente despreocupado al respecto. No estaba espiando. Simplemente quería que Maximus supiera que siempre estaba consciente de sus sentimientos y que el general podía contar con él como confidente si así lo deseaba.
Maximus dejó caer la mano que aún aferraba la carta en su regazo y apoyó la otra sobre la cabeza del gran perro gris que descansaba su mandíbula sobre la rodilla de su amo, habiendo percibido también él que Maximus estaba inquieto y mostrándose ansioso por calmarlo. El hocico de Hércules se estremeció cuando el alimento pasó sobre su cabeza y su larga lengua color rosa se asomó para barrer la saliva que se formara automáticamente sobre sus labios negros. Sin embargo, no se movió, contentándose con esperar hasta que Maximus compartiera su comida con él como sabía que lo haría. Mientras tanto, disfrutaría de que su amo le acariciara la oreja y de la sensación que le producía su pierna fuerte bajo la mandíbula y contra su pecho.
Maximus miró a su amigo y suspiró.
No lo sé, Cicero. No es habitual en el emperador eludir las batallas. Cuando era joven las comandaba en persona montado en su caballo y ahora se queda sentado en Vindobona y me lo confía todo. Me preocupa pensar que me está ocultando algo.
Es viejo, señor, y tal vez está cansado -Cicero no estaba seguro de que sus palabras sonaran tan tranquilizadoras como era su intención.
Maximus dejó la carta de costado y tomó una cuchara, dándole vueltas a la comida que había en su plato, su estómago demasiado agitado como para permitirle tener hambre.
Lo sé ... pero últimamente hemos ganado un número importante de resonantes victorias y en cuestión de semanas puede que alcancemos lo que Marcus ha buscado durante veinte años ... paz en el imperio. Es difícil imaginarlo, ¿verdad, Cicero? Paz. No más muertes. El Cesar debería estar aquí para ver finalizar esta guerra. No puedo creer que se la esté perdiendo.
Sabeque puedes arreglarte sin él -Cicero se sentó en una silla cercana, sintiendo que Maximus necesitaba hablar.
Yo ... yo lo necesito aquí. Necesito su consejo. No es suficiente que nos comuniquemos por carta. De hecho, no lo he visto desde fines de primavera -Maximus volvió a mirar el papiro- Necesito su compañía -dijo en una voz que no era más que un susurro- Supongo que simplemente lo extraño -sonrió burlonamente- Tal vez lo que deseo es que acepte personalmente el regalo de la paz ... escucharlo decir cuánto significa para él.
Lo amas mucho, ¿verdad?
Maximus no respondió. No necesitaba hacerlo. Simplemente entrecruzó los dedos bajo su mentón y contempló las velas más allá de su plato, la luz chisporroteando sobre la comida que pronto encontraría su camino hacia la boca de Hércules. El perro le empujó la rodilla para recordárselo.
Cicero estudió a su general ... el ceño fruncido, los ojos ensombrecidos, los hombros caídos. Le ofreció una amable sugerencia.
Tal vez el emperador sólo quiere que le digas todo eso. Que le digas que lo necesitas. A veces eres tan fuerte que la gente cree que no necesitas de los demás.
Maximus miró sorprendido a Cicero, una pregunta danzando en sus ojos.
¿La gente me ve así realmente? -Cicero asintió con la cabeza- ¿Tu me ves así?
Eres fuerte pero yo también veo un lado diferente ... un lado que la mayoría de los otros no ve. Te he visto jugar con tu hijo, leyendo y escribiendo cartas difíciles a tu esposa, agonizando sobre tus planes de batalla, llorando la pérdida de los hombres que cayeron en batalla. Vamos ... -Cicero empujó el plato más cerca de Maximus- Come tu cena antes de que se enfríe ... Luego escríbele al emperador diciéndole cómo te sientes y que lo necesitas aquí -Cicero aferró el antebrazo de Maximus y miró sinceramente sus atribulados ojos azules- Estará aquí para ti, no importa cuál sea su problema.
Maximus Decimus Meridius estaba de pie en el campo quemado, muy adentro en el bosque de pinos al Norte de Vindobona. Tocones calcinados salpicaban el paisaje estéril donde majestuosos árboles de intenso color verde se habían mecido en el viento apenas días atrás. Copos de nieve volaban en el viento, mezclándose con las blancas cenizas, haciendo difícil distinguir lo nuevo y fresco de lo viejo y muerto en esa helada mañana de enero del año 180. Pensó que debería estar eufórico pero, en cambio, sólo sentía temor por lo que las próximas semanas traerían. Durante los últimos meses, él y sus hombres habían barrido victoriosamente el territorio de Germania, su fuerza y vigor alimentados por el conocimiento de que la guerra estaba casi terminada, que sólo quedaban pequeños reductos de resistencia, y que ahora estaban a punto de entrar en su batalla final. Ese podía ser el día que finalmente trajera la paz al imperio. Debiera haber estado eufórico.
Pero no era así.
En una colina que se elevaba por sobre el campo de batalla donde sus hombres ahora se movían para tomar posición a la espera de las órdenes de su general, Marcus Aurelius estaba montado en su semental blanco, su cuerpo delgado pesadamente arropado contra los vientos cortantes. Maximus se había sentido conmocionado cuando una semana atrás había vuelto a ver al emperador tras diez meses de ausencia. ¡Se lo veía tan frágil! ¡Tan enfermo! Su invencible emperador obviamente ya no lo era. Al abrazarlo, Maximus había temido que los huesos del anciano se quebraran. Estaba claro que estaba muriéndose y que su muerte traería al imperio un nuevo y temible régimen y dejaría una herida abierta en el corazón de Maximus como nada que hubiera experimentado antes. Aún ahora sintió que su pecho se contraía dolorosamente ante el mero pensamiento de perder al hombre al que amaba como a un padre. Y, cuando eso ocurriera, Commodus se convertiría en todopoderoso -un irresponsable, despreciable, peligroso emperador- y Maximus sabía que nunca serviría a ese hombre aún cuando había tenido en sus manos la oportunidad de alterar la situación por medio de un método que no podía aceptar. Le pediría a Marcus que lo liberara y volvería con su familia en España ... y así huiría de la inevitable muerte de su amado emperador. Nunca se había considerado a sí mismo un cobarde pero la sola idea de ver a Marcus secarse y morir como las hojas de un roble bajo la escarcha de otoño era más de lo que podía soportar. Maximus ya había perdido a un padre; no podía soportar perder a otro.
Se iría a su hogar, a donde pertenecía, a los brazos reconfortantes de su amante esposa y su hijo y reasumiría su interrumpida vida de granjero. Engendraría más hijos y los vería crecer felices y fuertes y sanos y deleitarse con sus nietos y -si los dioses así lo querían- de sus bisnietos.
Maximus miró la tierra calcinada bajo sus pies y usó la punta de su bota gastada y polvorienta para rascar algo de tierra y cenizas, buscando un signo de vida en aquel lugar infernal. Todo lo que buscaba era un delicado brote verde. Una señal de que algo vivía en esa tierra muerta y desolada, de que algo la regeneraría y que su vida también sería regenerada. No encontró brote alguno. En cambio, su nariz fue asaltada por el humo acre, su garganta ardió y los ojos le picaron y se le llenaron de lágrimas. Trató de convencerse de que esas lágrimas que nublaban sus ojos eran causadas por el humo. Parpadeó para ahuyentarlas y tragó saliva.
Sus hombres estaban listos, lo sabía, para esta batalla final y ellos también podían imaginar sus hogares al alcance de la mano. Estaban listos para seguir cada movimiento de su valiente general, para obedecer a cada una de sus órdenes ... ese hombre que los había conducido con seguridad de batalla en batalla. El acabaría con esta guerra interminable y los enviaría de regreso al hogar, estaban seguros. Pero todo eso estaba en el futuro, fuera éste próximo o distante, y ahora necesitaban concentrarse en la tarea inmediata, en la batalla final, y Maximus también lo necesitaba.
Cuadró los hombros y sintió el peso reconfortante de los atributos de su rango: la coraza de bronce, la capa y las pieles. Lentamente, levantó la cabeza y concentró sus pensamientos en la inminente batalla. Tomó aliento para calmarse y luego se dio vuelta sólo para vacilar, su mirada atraída por un pequeño toque de color en esa tierra gris, desolada. Era un petirrojo, uno muy pequeño en un lugar donde era muy temprano para ver petirrojos. Estaba parado sobre una ramita pelada, balanceándose ligeramente en el viento frío, al parecer ajeno a la devastación que allí se había producido y de la violencia que aún estaba por llegar. Una pequeña sonrisa pasó por el rostro de Maximus al encontrar aquel toque de belleza y vida entre las ruinas.
Mientras lo miraba, el petirrojo desplegó sus diminutas alas y voló hacia la derecha. Un signo favorable, pensó Maximus y sonrió mientras lo miraba volar, hasta que desapareció en el plomizo cielo invernal. Un signo favorable, decidió nuevamente y apartó todo pensamiento de su mente salvo la tarea inmediata: ganar la inminente batalla. Su rostro se endureció hasta convertirse en la máscara inescrutable y carente de emociones que tanto aterraba a sus enemigos, indicádole al mundo que estaba listo para enfrentar y derrotar cualquier obstáculo que se interpusiera entre él y lo que quería.
Se dio vuelta con un movimiento fluido, su larga capa revoloteando en torno a sus rodillas, y se dirigió a través del campo devastado hacia los hombres que esperaban sus órdenes ... y hacia el emperador al que tanto amaba y por quien Maximus estaba dispuesto a sacrificar su vida en el campo de batalla a fin de cumplirle su último deseo: la paz y la estabilidad del imperio romano.
FINEl amanecer llegó como siempre llega, sea para traernos felicidad o una sentencia de muerte. Tal como el emperador me lo anticipara, Cornelius Crassus vino a la tienda de Marcellus cuando aún estaba oscuro.
Domina -dijo inclinando ligeramente su cabeza. Me sobresalté al ser saludada por el respetuoso título, luego me recordé a mí misma que ese título respetuoso era el apropiado para la mujer en al que me había convertido gracias al documento guardado en mi baúl. Le devolví el saludo con una inclinación de cabeza mientras trataba de evaluar al hombre parado ante mí. Cornelius Crassus era un delgado, fibroso, media cabeza más bajo que yo, con abundante cabello castaño rojizo y ojos de un mohoso color verde. Suspiré sabiendo por experiencia que los hombres bajos tienen tendencia al mal genio y muchos de ellos resienten malamente a las mujeres que son más altas que ellos, en especial si son espigadas como yo. Estaba de pie, orgullosamente erguido como corresponde a un soldado romano, su brillante casco bajo el brazo, su coraza de cuero y su falda militar del mismo material prolijamente aceitados y lustrados.
Partiremos en una hora, Domina -dijo con una voz curiosamente calma- ¿Estoy en lo cierto si supongo que ya ha empacado?
Está hecho -dije con una voz igualmente calma, demasiado cansada para rebelarme contra mi destino y la voluntad de un hombre que me deseaba y sin embargo se negaba a tenerme. El hombre que también había rechazado a la hija del emperador y que pronto partiría rumbo a su hogar y la esposa que amaba.
Había regresado a la tienda de Marcellus después de mi encuentro con el emperador sólo para encontrar allí a un hombre joven que estaba a su servicio. Detrás de él llegaron otros dos trayendo mis baúles desde el alojamiento de las esclavas. El hombre, quien se identificó como Romulus, me dijo que le habían ordenado supervisar los preparativos de las mujeres que viajarían a Roma con la legión. Nos instruyó a mí y a Rufa para que reuniéramos las pertenencias que tuviéramos en la tienda, las empacáramos y estuviéramos listas para viajar al amanecer. No necesitábamos preocuparnos por nuestros alimentos para el viaje, dijo, porque el quaestor de la legión se encargaría de todo. Y el quaestor que se encontraba ahora de pie frente a mí parecía perfectamente capaz de hacerse cargo tanto de los pequeños problemas cotidianos como de los asuntos más importantes.
Domina, me han dicho que es líder de las esclavas -dijo con su voz curiosamente calma.
Me encogí de hombros. La capacidad de liderazgo y la habilidad en hundir un trozo de hierro en el cuerpo de otro ser vivo son las dos cualidades más apreciadas de la cultura romana. ¡Qué irónico que Maximus se hubiera elevado desde sus humildes orígenes provincianos gracias a ellas y que también gracias a ellas yo hubiera alcanzado mi libertad y mi riqueza!
Ante el sólo pensamiento sentí deseos de reír pero Cornelius Crassus frunció el ceño. Eso y el saber que, si comenzaba a reír me volvería loca, me impidieron hacerlo. Volví a encogerme de hombros.
Si, a falta de una palabra mejor, podría decirse que soy su ... líder.
Domina, el viaje a Roma será largo y tedioso aún para la legión. Las mujeres no están acostumbradas a los rigores del camino y también pueden convertirse en un problema. Un serio problema.
Fue mi turno de fruncir el ceño. ¿De qué estaba hablando aquel hombre? Siguió adelante.
Lo que quiero decir, Domina, es que las mujeres pueden ser una distracción para los soldados y aún para los oficiales. Las he visto, Domina. Son jóvenes y hermosas.
Su latín era de una pureza insultante y resultaba más apropiado para el senado que para el ejército. Luego me recordé a mí misma que era un quaestor, el cargo reservado frecuentemente para aquellos hijos de las familias de clase alta con mentes rápidas y escaso amor por la guerra. Servían los años requeridos ocupándose de las cuentas y la logística de la legión hasta alcanzar la edad necesaria para vestir la toga senatorial. Podía imaginar fácilmente al hombre bajo parado ante mí vistiendo los pliegues prístinos de la toga con raya púrpura con la misma facilidad con la que Maximus llevaba su gastada coraza de bronce.
Maximus. Su nombre era como una puñalada en mi corazón, los ecos de mi conversación con el emperador aún resonando en mi mente. Pero Cornelius Crassus estaba hablando, su propia mente concentrada en su deber y me vi forzada a volver a prestar atención al fastidioso hombrecito, aún cuando sólo quería que me dejaran a solas con mi corazón roto y sangrante.
También está el problema de las niñas esclavas. Son demasiado jóvenes, apenas criaturas, y el emperador ha ordenado que la legión vaya a Roma lo más rápido posible de modo que no podremos llevarlas con nosotros. Permanecerán con el emperador y regresarán luego.
Mientras hablaba, Cornelius Crasus miró a Rufa, quien nos contemplaba con sus grandes ojos redondos y siempre asustados. El quaestor volvió a mirarme.
¿Esta niña es su servidora personal?
Volví a asentir con la cabeza, para nada deseosa de hablar si podía evitarlo.
Entonces vendrá con nosotros. Me han ordenado entregarla en el palacio imperial. Puede atenderla durante el viaje pero las otras mujeres tendrán que arreglarse por sí mismas.
Escuché cómo Rufa soltaba una exclamación y me volví hacia ella para asegurarle que todo estaba bien. Luego me di vuelta para enfrentar al pomposo quaestor.
¿Entregarla? ¿Dijo "entregarla"? -le pregunté en una voz dura y fría.
El hombre se sobresaltó.
Le será dada a la Dama Lucilla ...-empezó a decir pero lo interrumpí.
El emperador se ofreció a hacerse cargo de mi servidora porque yo no puedo hacerlo personalmente y estuvo de acuerdo en confiarla a su hija porque es digna de servir tanto a ella como a su nieto ... ¿de acuerdo? -dije categóricamente.
El quaestor sostuvo mi mirada, luego asintió ligeramente con la cabeza y siguió hablando, su rostro impenetrable. Podría haber sido atractivo si no se hubiera tomado a sí mismo tan en serio o, al menos, se hubiera relajado un poco.
Ordené que prepararan tres carruajes para transportarla a usted y las otras mujeres con rapidez y tan cómodamente como sea posible -dijo- Como está a mi cargo personal, usted y su servidora tendrán el más pequeño sólo para sí. Las otras mujeres tendrán que compartir los otros dos.
No quiero viajar en un carruaje -le espeté.
Cornelius Crassus volvió a fruncir el ceño y luego agregó con un toque de impaciencia en su voz educada.
Domina, ¿cómo piensa viajar a Roma? ¿A pie?
Su tono condescendiente lo logró. Cuadré los hombros, lista para pelear. Aquel hombre no era ni Maximus ni Marcus Aurelius.
No, quaestor -le repondí- A caballo.
Soltó una exclamación.
¡Domina, no puede hablar en serio!
Pese a sus esfuerzos, Cornelius Crassus estaba perdiendo su compostura y disfruté amargamente de su obvia confusión.
¿Cómo cree que llegué aquí? ¿Volando? -le increpé- No quiero viajar en un carruaje porque no soy un saco de mercancía. No más. Quiero un caballo. Y uno bueno y brioso porque soy tan buen jinete como usted ... o tal vez mejor. Los quaestores no guerrean mucho, ¿verdad?
No estaba alardeando. Era buen jinete y lo sigo siendo. Cassius me enseñó personalmente a cabalgar cuando aún era una niña pequeña, mucho antes de enviarme a la cama del senador. Le gustaba cabalgar por la campiña que rodeaba su villa y cuando lo hacía solía llevar con él a varias de sus niñas. Cabalgar es probablemente la única habilidad placentera e inocente que adquirí bajo su control y aún hoy me gusta hacerlo. A veces lo hago con Apollinarius pero mayormente cabalgo sola, mi esposo incapaz de acompañarme. Cuando cabalgo sola, me gusta lanzar mi caballo al galope por la playa, el viento silbando en mis oídos, las olas salpicándonos suavemente a mi montura y a mí. Y, cuando cabalgo, puedo perderme fácilmente y convertirme en una con el viento y el mar y, a veces, hasta puedo olvidar. Olvidar que nací esclava. Olvidar que pasé la mayor parte de mi vida como prostituta. Olvidar que a pesar de las vueltas del destino la pequeña niña asustada aún vive dentro mío. Olvidar que, a pesar de la libertad y la riqueza y el matrimonio, me sigo sintiendo tan sola como siempre. Lo que ni siquiera cabalgar y el mar y el viento pueden hacerme olvidar es que amo a Maximus, que lo deseo, que sufro por él ... y que siempre será así.
Piadosamente silencioso, Cornelius Crassus me miró durante un largo instante, luego volvió a asentir, la rigidez de su gesto un signo elocuente de su creciente disgusto con su "carga personal", como él me había llamado.
Ordenaré que le preparen un caballo ...
Volví a interrumpirlo.
Ordene cuatro caballos, quaestor. Hay otras mujeres en el alojamiento de las esclavas que pueden cabalgar y disfrutarán de la oportunidad de hacerlo.
Aunque la presencia de Aelia, Ariadna y Eugenia me obligaría a soportar su incesante charla infantil durante el viaje, no tenía el coraje de confinarlas a los carruajes, sabiendo cuánto disfrutarían de la libertad del camino polvoriento. Cornelius Crassus no estaba feliz con mi pedido. No estaba nada feliz.
Domina, tener que llevar a catorce mujeres con la legión es ya un gran problema. ¡Tener a cuatro de ellas cabalgando entre los soldados puede ser una amenaza a la disciplina de esa legión. Si insiste en que viajen a caballo en lugar de hacerlo en un carruaje, solicitaré su ayuda para mantenerlas apartadas de los soldados y los oficiales, Domina, aún cuando usted se encuentre a mi cargo personal.
Arqueé las cejas mientras Cornelius Crassus seguía hablando.
No toleraré infracciones a la disciplina del ejército y usted deberá ayudarme a evitar que las mujeres se conviertan en una fuente de inquietud. No toleraré que se mezclen con los soldados o los oficiales.
¿Por qué? ¿Porque nacieron esclavas y fueron usadas como prostitutas durante todas sus vidas?
Sólo cuando escuché mis propias palabras me di cuenta de que las había pronunciado en voz alta. Y que mi tono era duro y amargo. Cornelius Crassus hizo una mueca, obviamente no acostumbrado a que lo cuestionaran. Especialmente, a que lo cuestionara una mujer. Se recuperó rápidamente pero yo fui aún más rápida.
¿Estuvo alguna vez en un burdel, quaestor? -le pregunté con una voz fría y dura
Quedó descolocado. De seguro, las mujeres de clase alta con las que estaba acostumbrado a hablar no sabían nada acerca de burdeles o prostitución
Le gustan las mujeres, ¿verdad? ¿O es que no le gusta compartir y prefiere tener una amante en secreto?
Cornelius Crassus enrojeció furiosamente y estaba claro que no sabía que decir. Lo presioné.
No respondió a mi pregunta, quaestor. ¿Estuvo alguna vez en un burdel?El quaestor compuso su rostro y me respondió.
Sí, Domina. Estuve alguna vez en un burdel.
Bien -dije mientras me preguntaba brevemente a mí misma porqué estaba haciendo aquello, por qué estaba volcando mi ira y mi amargura sobre este hombre contra el que no tenía nada salvo que su mente era estrecha sin importar lo mucho que Marcus Aurelius confiara en él. Pero no pude contenerme- Y supongo que fue a uno bien lujoso y se divirtió mucho, luego volvió a su casa y se fue a dormir sin dedicarle siquiera un pensamiento a esas mujeres que lo atendieron a usted y a tantos otros. Nunca le dedicó siquiera un pensamiento a esas mujeres que soportan humillación, actos degradantes, que hasta son seriamente lastimadas para diversión de otros como usted. ¡Esas mujeres en el alojamiento de las esclavas nacieron en un burdel, quaestor! En un burdel privado. No conocieron otra forma de vida que la humillación, la degradación y el dolor. ¡Dudo mucho que quieran volver a ir a la cama con un hombre en lo que les queda de vida, especialmente si se trata de un soldado romano!
No agregué que yo también había nacido en el mismo burdel, soportado la misma forma de vida y que nunca, jamás iría a la cama con otro hombre. Sólo con Maximus. Si él me aceptaba. No era asunto de Cornelius Crassus ni de ninguna otra persona.
Cornelius Crassus permaneció en silencio por un largo rato, sosteniendo mi mirada enojada, contemplándome como si hubiera estado contemplando a una extraña, exótica, fascinante bestia como las que son exhibidas en los triunfos romanos o masacradas en la gran arena. Luego, poco a poco, sus ojos color musgo se volvieron más cálidos, sus rasgos se suavizaron e inclinó su cabeza respetuosamente.
Acepte mis disculpas, Domina -dijo y su voz no sólo era calma y educada sino que su tono sonaba sincero- He sido extremadamente rudo. Aunque no es excusa, por favor, entienda que he pasado los últimos tres años en las fronteras, tratando sólo con soldados -sonrió una pequeña sonrisa tímida- Parece que he olvidado completamente mis modales.
Suspiré, deseando poner fin al enojoso encuentro con el hombre a cargo de llevarme a Roma.
Su disculpa es aceptada, quaestor.
Gracias, Domina. Ordenaré que preparen los caballos. ¿Puedo hacer algo más por usted?
No, quaestor, gracias. Sólo déjeme a solas hasta que sea hora de partir.
Se quedó mirándome como si estuviera perdido en sus propios pensamientos. Luego inclinó una vez más la cabeza y se dio vuelta para irse. Pero se detuvo a la entrada de la tienda y se volvió para mirarme.
Sostuve su mirada por un largo instante.
Luego, Cornelius Crassus sonrió y dijo:
Debí saber que el emperador estaba en lo cierto ... Siempre lo está.
Lo miré curiosamente.
Dijo que usted no sólo era hermosa sino también inteligente y valiente ... lo suficientemente valiente como para ayudar a salvar un imperio.
¿Eso le molesta, quaestor? -pregunté.
Su sonrisa se hizo más amplia.
No, Domina. No me molesta en lo más mínimo. Y mi nombre es Cornelius. Cornelius Crassus.
Se inclinó respetuosamente, giró sobre sus talones y salió de la tienda.
¿Señora Julia?
La voz de Rufa me obligó a fijar mi atención en ella.
¿Sí, pequeña? -le pregunté cansadamente.
Señora Julia, ¿nos vamos? -preguntó en su latín gutural y vacilante, su tono tan angustiado como la expresión de su rostro oscuro y preocupado.
Sí, Rufa. Nos vamos a Roma.
¡No querer! -gritó la niña. Me sobresalté. Nunca, jamás había escuchado a Rufa protestar o gritar.
Pequeña ... -empecé a decir pero ella rehusó escucharme, visiblemente fuera de sí a causa del miedo.
¡Señora Julia, no querer ir! ¡No querer ir!
La tomé por los hombros y la sacudí ligeramente.
¡Rufa, escúchame!
Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas color ébano. Su boca ancha y marcada por la cicatriz temblaba de angustia. La tomé de la mano, me senté en el diván y la obligué a sentarse a mi lado.
Escúchame, Rufa. Como te expliqué, yo, nosotras ... las otras mujeres y yo fuimos liberadas por el emperador. Tú y las otras niñas son demasiado pequeñas para ser libradas a sí mismas. Entonces, serán ubicadas en la servidumbre de los familiares del emperador.
Rufa sollozó y sentí que me dolía el corazón. Había estado a mi servicio durante los últimos dos años y nunca había podido obtener nada de ella más que obediencia, respuestas parcas y guturales y los servicios pedidos. Verla tan angustiada y llorando era algo inesperado. Y doloroso.
Rufa -seguí diciendo- Estarás al servicio de la hija del emperador. La ... la Dama Lucilla es una mujer hermosa y la de más rango en todo el imperio. Servir a ella y su hijito es un gran honor. Será una buena ama ... debes servirla bien.
Sentí que mis propias lágrimas me estrangulaban la garganta ante la mención de la poderosa, hermosa mujer que amaba a Maximus. Pero no tenía derecho alguno a odiarla porque primero Maximus le había sido negado y, luego, cuando ella le había sido ofrecida, él la había rechazado. Había nacido en el palacio imperial y yo en el sector de los esclavos pero teníamos más en común de lo que Marcus Aurelius había admitido. Porque no eran la fuerza y el coraje lo que nos hacía iguales sino nuestro amor por el mismo hombre ... y su rechazo.
Rufa sollozaba ruidosamente, llorando como la niña que era.
¡Quiero ir con usted, Señora Julia! -gritó la pobre niña- ¡Ir con usted!
Tomando a Rufa en mis brazos, la estreché fuertemente y la niña hundió su rostro entre mis pechos. Temblaba y la acuné, tratando de calmarla, susurrando palabras de aliento hasta que se calmó. Acaricié sus alborotados rizos negros. ¿Cómo explicarle a una niña de sólo diez años que toda su vida había sido la humilde sirvienta de una veterana prostituta que de ahora en más serviría a una mujer que había sido emperatriz y a un posible futuro emperador?
Escúchame, pequeña. No puedo conservarte conmigo pero el emperador es un hombre bueno y estuvo de acuerdo en ubicarte con su amada hija y su nieto -dije mientras seguía acariciándole el cabello- Has sido una muy, muy buena servidora y estoy orgullosa de ti. Debes servir bien a la Dama Lucilla.
Rufa levantó la cara y me miró no con ojos asustados sino con ojos inocentes, llenos de esperanza.
Podría ir con General y llevarme. ¿Por qué no ir con General? -me preguntó y yo sentí como si hubieran frotado sal sobre mi corazón sangrante.
No es posible, pequeña -dije obligándome a mí misma a recordar que la niña era demasiado joven para entender lo que hay en los corazones de hombres y mujeres aún cuando a su tierna edad había visto y escuchado más de lo que muchas mujeres ven y escuchan en toda su vida. Busqué desesperadamente algo que la consolara y aliviara su angustia. Luego, recordé el anillo del emperador, cuidadosamente oculto en mi faja.
Rufa -dije en voz baja- Escúchame. Te diré un secreto. Un secreto muy importante que no debes repetir, no importa lo que pase.
Era, después de todo, una niña y aquello atrajo su atención.
Hay una razón por la cual debes ir con la Dama Lucilla y su hijo. El emperador necesita que alguien cuide de ellos porque pasa mucho tiempo lejos de Roma y está preocupado por su hija y su nieto.
Los ojos de la niña se abrieron muy grandes.
Necesita que estés cerca del Niño Lucius y que cuides de él mientras crece. El emperador no confía en sus otros esclavos y sirvientes, por eso quiere a alguien que se preocupe realmente por él y alguien en quien el Niño Lucius pueda confiar. ¿Harás eso por el emperador? ¿Cuidarás de su nieto?
Rufa se veía intrigada. Luego, su rostro se iluminó. Asintió enérgicamente.
Yo cuido -dijo con convicción.
Bien -dije y, hasta el día de hoy no sé porqué, agregué- Rufa, es posible que algún día yo también necesite tu ayuda. Es posible que un día necesite que entregues un mensaje muy importante, un mensaje secreto a la Dama Lucilla o su hijo. La Dama Lucilla sabe sobre ese mensaje. Pero, si algo le ocurre a ella, debes decirle al Niño Lucius que, algún día, alguien a quien tú y su abuelo conocieron puede enviarle un mensaje a través de ti y que si eso ocurre el emperador espera que pague una deuda que él contrajo. ¿Lo harás? ¿Se lo dirás? Y, si llega el momento, ¿me ayudarás y entregarás ese mensaje?
Sí, Señora Julia. Yo entrego.
No debes decirle esto a ninguna otra persona salvo al Niño Lucius. Será nuestro secreto. Sólo tú, el emperador, la Dama Lucilla y yo lo conocemos, Rufa.
La niña asintió en señal de comprensión.
Entonces, está arreglado. Iremos juntas a Roma y, una vez allí, irás al palacio imperial y te establecerás con tus nuevos amos.
Rufa volvió a asentir. Luego, me sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír. No pude negarme a devolverle la sonrisa aún cuando mi corazón estaba destrozado y el tiempo se acababa, los primeros rayos del sol indicando que la partida era inminente.
¿Señora Julia?
¿Sí, pequeña?
Me miró inocentemente.
¿Quién la cuida cuando yo fui? ¿General?
Se me nublaron los ojos, la garganta se me cerró, el corazón me dolió tan agudamente como si me fuera a estallar. Pero me obligué a sonreír nuevamente y a responder la pregunta de una niña de sólo diez años.
Sí, Rufa. El cuidará de mí.
Antes de que pudiera volver a hablar, la estreché en mis brazos y hundí mi rostro en sus rizos color ébano.
Domina, es hora.
La voz de Cornelius Crassus me trajo de regreso de mis cavilaciones. Me puse de pie y me dirigí lentamente hacia la entrada de la tienda. El quaestor se hizo a un lado para permitirme pasar, luego me siguió a través del praetorium. Los caballos estaban ensillados y Aelia, Eugenia y Ariadna estaban ya montadas en los suyos, charlando y riendo excitadamente. Al verme, se volvieron hacia mí y me ofrecieron sus anchas sonrisas felices pero mi rostro tenso y sombrío las obligó a guardar silencio.
Cornelius Crassus me ayudó a montar. El caballo que me habían dado era hermoso y fuerte, su brilloso pelaje cobrizo y su cola y crines doradas brillando bajo los primeros rayos del sol. Resopló suavemente cuando me instalé sobre su ancho lomo y palmeé su cuello tibio con un gesto ausente.
Desde lo alto de mi montura vi que todo estaba listo para la partida, los estandartes moviéndose suavemente en la brisa, las águilas doradas brillando, los soldados en formación, la larga serie de carros que llevaba el equipaje y los suministros alargándose infinitamente detrás de ellos.
Al escuchar el sonido de pasos me volví para encontrarme a mí misma contemplando a Maximus. Pese al calor del día, se había vestido con su uniforme de general, la cinta oscura artísticamente atada por encima de su coraza de cuero proclamando su alto rango, su capa ondulando en torno a su cuerpo fuerte y musculoso, las plateadas pieles de lobo colgando de sus anchos hombros.
Era la primera vez que lo veía de cerca vestido con su uniforme completo.
Era magnífico.
Mis manos apretaron fuertemente las riendas mientras permanecíamos en silencio mirándonos el uno al otro por un largo, doloroso momento. Sus ojos azules eran suaves y cálidos pero al mismo tiempo inescrutables, sus emociones bien guardadas.
El silencio se estiró hasta hacerse insoportable, mi corazón latiendo salvajemente, mis garganta estrangulada por la angustia y las lágrimas no derramadas.
¿Volveré a verte? -le pregunté aunque sabía la respuesta. ¿Por qué insistía en seguir lastimándome?
No -fue la simple, esperada respuesta. Aunque era esperada, dolió mucho. O tal vez debería decir que hubiera dolido mucho si mi corazón no hubiera estado tan entumecido por el dolor.
Pero la voz de Maximus era suave y amable y aunque no sé cómo lo hice, me las arreglé para sonreírle.
Eso pensaba -dije quietamente.
Me devolvió la sonrisa con una de sus dulces, juveniles sonrisas.
Estarás muy ocupada iniciando una nueva vida.
¿Una nueva vida?
Oh, sí. Era joven. Era libre. No era más una prostituta. Era lo suficientemente rica como para comprarme documentos falsos que borraran mi pasado. Y, oculto en mi faja, llevaba el anillo del emperador, el sello familiar del hombre más poderoso del mundo, el símbolo de la deuda que éste tenía con la mujer que había ayudado a salvar el imperio y que había salvado la vida del más importante general de Roma.
Aún así, no tenía nada y la nueva vida que se extendía ante mí no era sino sinónimo de soledad y dolor porque no había riqueza o poder suficientes en el mundo para darme lo único que deseaba: el amor del hombre magnífico que estaba quietamente a mi lado.
Mirando una vez más sus hermosos ojos azules pensé brevemente que si Maximus me hubiera hecho suya siquiera una vez, habría tenido la esperanza de que su simiente hubiera arraigado en mi vientre y a su debido tiempo la bebé de cabellos oscuros que había acunado en mi sueño habría nacido, un eslabón de carne y hueso entre su padre y yo, sin importar lo mucho que él se negara a volver a tenerme. Y, aunque no hubiera sido así, al menos habría tenido esa esperanza para sostenerme durante algunas semanas ... y aún cuando ésta se hubiera derrumbado, me habría quedado el recuerdo de su cuerpo para entibiar mi lecho como nombre alguno jamás la entibiaría.
Pero él me había rechazado así como a lo poco que tenía entonces para ofrecerle, negándose obstinadamente a sí mismo la posibilidad de ser amado por una mujer que no era su esposa ni la hija de un emperador pero que lo amaba tanto como es posible amar a alguien.
Maximus tocó mi pié, una vez más como si su mano hubiera tenido voluntad propia, sus dedos encallecidos acariciando ligeramente mi piel donde las tiras de cuero de mi sandalia la dejaban al descubierto.
¿Estás segura de que no quieres viajar en el carruaje?
Moví la cabeza negativamente, los tempranos rayos de sol besando las filas y filas de tiendas blancas y haciendo brillar el bronce de los escudos y las armaduras. Suspiré.
- No, me sentiría encerrada y he tenido bastante encierro en mi vida.
Maximus asintió con la cabeza para indicar que entendía. Pero, ¿qué podía entender un hombre como él, que sólo había conocido la libertad acerca de ser mujer y esclava? ¿Cómo podía ese hombre orgulloso e imponente entender el degradante sometimiento que había soportado toda mi vida?
Pero, aún así, me estaba contemplando con su cálida mirada gentil y tuve que contenerme para no inclinarme hacia él y acariciar su cabello corto y su suave mejilla barbada. Vacile, luego le dije:
No tienes de qué preocuparte, Maximus. No le diré a nadie que conozco personalmente al gran general romano.
Frunció el ceño.
¿Por qué habría de preocuparme?
Era un feroz guerrero, un jefe del ejército amado tanto por sus hombres como por su emperador. ¡Pero era tan inocente cuando se trataba de ciertas cosas! Di vuelta la cara y miré hacia un punto más allá de las puertas del campamento, cualquier cosa con tal de evitar tener que mirarlo mientras aceptaba mi propia vergüenza y mi determinación de no ensuciarlo con ella.
No quiero avergonzarte.
Julia -Maximus sacudió mi pié. Me rehusé a mirarlo y volvió a sacudirlo, sus dedos clavándose en mi carne- Julia, mírame.
Lo hice a regañadientes, luchando contra las lágrimas quemantes que sentí acumularse en mis ojos.
Estoy orgulloso de conocer a una mujer tu carácter, fuerza e inteligencia. Lo que Cassius te hizo estaba más allá de tu control. Si te hubieras resistido, te hubiera matado. Lo sabes.
Mi corazón se hinchó dolorosamente. ¡Maximus! ¡Oh, Maximus! ¡Tan fuerte y varonil y al mismo tiempo tan gentil y tan dulce! ¡Aún cuando no podía amarme, aún cuando se negaba a tomarme, se preocupaba por mí y trataba de protegerme ... su consuelo y protección el único calor que conocí en mi vida! Sentí deseos de dejarme caer de rodillas como lo había hecho ante Marcus Aurelius. Sentí deseos de rodear sus piernas con mis brazos y suplicarle que no me enviara lejos, que me dejara quedarme junto a él y beber su bondad y compasión. Pero sabía que no había esperanza porque pronto conduciría a su lustroso semental negro por ese mismo camino en ruta hacia España y su esposa y en lugar de suplicar me hice fuerte, asentí con la cabeza y tomé aliento temblorosamente para luego volver a mirar hacia la distancia.
Te deseo una vida muy larga y feliz, Maximus.
Te deseo lo mismo -dijo, su voz profunda, resonante haciendo correr escalofríos por mi espina. Le hizo un gesto con la cabeza al centurión que estaba parado cerca en posición de firmes y el hombre dio la orden de avanzar. Maximus dio un paso atrás y mi caballo se puso en movimiento. Mientras cruzaba las puertas del campamento, lo escuché saludar a Aelia, Ariadna y Eugenia. Deseaba mirar hacia atrás, verlo una vez más pero me obligué a mí misma a seguir adelante, mis ojos fijos en el horizonte, mi espalda erecta. Porque sabía que, si me daba vuelta, me arrojaría de mi montura para correr hacia él, implorándole que me retuviera a su lado tan desesperadamente como la noche anterior le había implorado al emperador que me entregara a él. Pero sabía que, si lo hacía, él me rechazaría como había sido rechazada en la víspera y que no sobreviviría otro rechazo.
Con un suspiro, levanté la cabeza y miré al cielo, el sol calentando suavemente mi carne como no podía calentar mi corazón. Escuché los pájaros cantando en las ramas. Una mariposa azul danzó en el aire frente a mí. Una ardilla corrió de arbusto en arbusto, chillando excitadamente. El camino se extendía frente a nosotros, un camino construido décadas atrás por generación tras generación de soldados romanos, soldados idénticos a los que marchaban frente y detrás de mí.
La vida seguía adelante con la magnífica indiferencia con la que siempre lo hace, sea para borrar piadosamente las cicatrices de la guerra o para barrer con la fugaz felicidad humana.
Y, repentinamente, lo supe. Supe que sobreviviría, que seguiría adelante, que seguiría viviendo porque era fuerte como el emperador había dicho que lo era, la mujer que ayudara a salvar un imperio y que también salvara la vida del más poderoso general de Roma. Y aunque Maximus me hubiera rechazado, no podía prohibirme que lo amara y lo amaría por siempre.
¿Volveré a verte?
No.
El eco de mis palabras y la respuesta de Maximus resonaron en mi mente. Pero esta vez no dolieron. Al menos, no tanto. Sonreí y mi sonrisa no fue ni falsa ni amarga, aunque sí triste.
No, general -susurré- Estás equivocado. Volveré a verte. Oh, sí ... lo haré.
FIN